Capítulo XV. El chalet.
En el preciso instante en el que Leonardo Katz abordaba el taxi en el aeropuerto, un BMW negro y de forma alargada frenaba en seco junto a agitada entrada del Hotel Evin. El motor del coche público se encendió al tiempo en que el del auto privado se silenció. Y mientras el agente escritor entraba en el primero, el agente chofer salía del segundo.
El tipo conocido como Julius había cambiado su atuendo de pastor somalí por un traje cruzado de buen corte, hecho a medida, con corbata ajustada color arena, camisa gris y chaqueta de un azul nebuloso. Con casi un metro noventa de estatura su silueta parecía ocupar todo el umbral de la entrada; muchos giraron sus cabezas para detallar a aquel extranjero imponente como un faro y silencioso como un glacial puerto abandonado.
Superada la impresión inicial, un empleado del hotel se fue acercando a él con el mismo temor reverencial que causaría la llegada de un sabio del que mucho se ha especulado. Pero antes que cualquiera intentase entrar en contacto con aquel gigante, otro extranjero, igualmente alto, pero ya conocido entre los pasillos y el lobby se cuadró frente al negro y le entregó un portafolios metálico sin decirle palabra alguna. De aquella forma todo cambió. El negro marcho tras el alemán con un paso casi sumiso, y solo lo adelantó para cortésmente abrirle la puerta del elegante carro. Él mismo se introdujo un segundo después, y el potente auto se llevó al señor Mann y a su guardaespaldas aunque, como meditó más tarde el recepcionista, no sabían que tenía uno.
El motor pegó un rugido propio de la sabana del Serenguetti, arrancó en seco y se lanzó avenida abajo fuera de la vista de los presentes. Fue en dirección sur y en su interior no se dijo una sola palabra durante los primeros diez minutos. Pasado ese lapso el chofer encendió el sistema de reproducción de audio. La obertura de la ópera Carmen resonó con toda su fuerza instrumental entre el fresco interior del BMW. El coronel Matson empezó a revisar papeles de una forma por completo distraída; Julius le miró un rato y luego consultó el mapa electrónico de Teherán expuesto en la pantalla de LCD situada en medio del tablero.
—He aquí a otro negro conduciendo a un blanco —dijo en su inglés afectado de franco parlante.
—Cuando tengamos una misión en Somalia de nuevo seré y quien conduzca —contestó Dick sin levantar la vista de sus documentos. Estaban el libertad de decir casi cualquier cosa sin temor a ser escuchados: el coronel, entre su muestrario de piezas de moderna tecnología, había llevado consigo un sistema de reproducción de música cuyos archivos de audio en Mp3 eran ejecutados a una frecuencia que intervenía en cualquier sistema de transmisión y deformaba cualquier captador acústico instalado en el lugar donde estuviera sonando. Si alguien había introducido un bicho entre el coche sólo podría escuchar una versión más de la obra de Bizet.
—Sabemos quién es este tipo, o es sólo uno de los amigos del Tío Bob.
—El nombre debió salir por ahí de una Fuente Abierta. Había otros nombres pero ya los deseché. Este es sólo un hombre de negocios más; tiene algo que nosotros queremos, y le haremos creer que tenemos algo que él quiere.
—Sí, justo como en Wall Street.
Para ese momento Julius giró el volante e introdujo el auto en una entrada sin asfalto frente a una reja de acero cerrada. La propiedad estaba protegida de los observadores de la avenida por un bosque particular que se veía realmente gris ante la sequía veraniega que afectaba al país.
—Y bien —Julius se giró hacía Dick—, dónde está nuestro pase de entrada.
—Estamos sentados en él.
En efecto, las puertas se abrieron ante la presencia del deslumbrante BMW negro; si Matson hubiera podido acarrear consigo otro vehículo de escoltas o por lo menos dos motoristas, para dar la impresión de estar rodeado por un séquito de protección que confirmara su estatus, lo habría hecho. Parecía, aún así, que había bastado aquel sencillo aut para asegurar la entrada a la residencia alquilada de uno de los mayores comerciantes de armas de Europa Central, Franz Wessel.
La propiedad tendría tal vez más de mil doscientos metros cuadrados divididos en un sinnúmero de áreas de recreo temporalmente abandonadas. El lugar era realmente un campo de veraneo que, por motivos tributarios, había caído en manos de un secuestre quien no tenía ningún problema en ponerlo en manos de quien pudiese pagar el alquiler.
El césped crecido bordeaba las rocas ornamentales y el fresco chapoteo de una piscina se escuchaba a lo lejos. Unas cuantas palmeras brindaban sombra a una casa blanca de una sola planta con grandes ventanales abiertos.
A medida que el auto se desplazaba por un sendero cubierto de grava más visible se hacía el personal de seguridad. Hombres en los tejados, a lo largo del camino, En esquinas resguardados del sol canicular; casi todos eran árabes que Dick Matson reconoció como egipcios. Ninguno portaba rifles, sino que las automáticas (muy, muy posiblemente Walter) permanecían ajustadas a sus cinturas mediante finas pistoleras de cuero.
El BMW se situó entre otros cuatro autos, a saber, dos mercedes convertibles, un audi deportivo y una camioneta blindada. Otros dos egipcios esperaban en la puerta principal que permanecía abierta.
El primero en bajar fue Julius, y cada uno de sus movimientos fueron precisos y con el fin específico de hacerles sentir a aquellos mastines árabes que aquel también era un profesional de la seguridad. Aunque por razones legales ninguno de los dos estaba armado, sí tenían un plan para derribar a aquellos tipos y salir corriendo disparando sus armas en caso de presentarse una desagradable sorpresa.
El compañero de Dick se detuvo casi desafiante a unos pasos de los guardias. Notó en cada uno de ellos un minúsculo receptor de radio, así que supuso que ninguno de los dos haría nada hasta no recibir órdenes. Eran pues autómatas; no vacilarían en vaciar sus cargadores sobre los recién llegados, pero igualmente carecían de instinto para evitarse una muerte segura a manos de un par de sujetos entrenados, apoyados en el siempre poderoso factor sorpresa.
Entonces salió un tercer hombre. Su rostro era aún más duro que el de los otros dos; cortado al parecer por las cicatrices de alguna guerra. Un bigote muy fino le dividía la cara entre un mentón afilado, unos labios casi invisibles y unos ojos de chacal, todo enmarcado en unas largas patillas que el propio Dick no veía desde los tiempos del disco.
Increíblemente los rasgos se arrastraron a los lados y el chacal mostró los dientes en una sonrisa que, pese a todo lo que ya he dicho, resultó cordial.
—Muy buenas tardes caballero —empezó diciendo en inglés—. El señor Wessel recibe ahora una llamada en su despacho, pero en cuanto esté dispuesto los recibirá junto a la piscina. Favor indíquele al señor Mann que puede pasar ya si lo desea.
Julius no movió un músculo, sus labios no se movieron y sus ojos no dejaban de ir de un guardia al otro. Tras lo que pareció una pausa de meditación tomo del bolsillo externo de su chaqueta un teléfono celular, marcó tres números y esperó. El empleado de Wessel pasó de amable a trastornado en un segundo; posó sus ojos en la silueta opacada del hombre en la silla trasera del vehículo recién llegado y pudo ver como este levantaba el teléfono para contestar. El negro dijo algo, muy poco, y sólo media docena de sílabas pudieron ser escuchadas; lo que dijo, en francés, permitió que el hombre aún oculto entre el auto saliera, se arreglara su chaqueta y se presentara.
Veinte minutos más tarde las carcajadas resonaban junto al agua. Allí había habido una chica muy delgada de piel olivácea chapoteando alegremente; ahora quedaba sólo el vaivén del agua.
Wessel dejó de reír y destapó la botella de agua que le había esperado entre un cubo de aluminio habitado por un cerro de hielo picado.
—En efecto... Ahora prefiero apostarle a los ingleses. El Manchester es mi equipo; aunque solo puedo verlos una vez al mes cuando viajo a Inglaterra -comentó Franz y luego se embuchó media botella de agua Evian.
—Tuve el placer de verlos destrozar al Arsenal el mes pasado —dijo a su vez Dick Matson removiendo los hielos de un vaso de whiskey que no se tomaría nunca—. Pero, ahora con todo este embrollo en Afganistan estoy algo separado de las páginas deportivas.
—Claro, eso le digo yo a mi esposa cuando intenta que vaya a ver a mi hija saltar ese maldito caballo de trescientos mil euros.
Más risas; la charla fluía en alemán y ambos notaron pronto los ligeros matices de regiones distintas. Lo que pensara el coronel Matson es imposible de dilucidar; hablaba simplemente de sus muchos viajes, del Euro Stock 50 y frecuencias de transmisión y de órdenes de datos.
—La escuela tecnológica aquí está logrando verdaderos avances en soportes inalámbricos. En una revista leí sobre el nuevo sistema de descarga de datos mediante líneas OBDC que, supongo ya sabe, son las mejores para evitar las interferencias de intrusos.
—Eso suena interesante —comentó aburridamente Wessel. Dick, que ya esperaba esto, empezó a liberar la verdadera “carga pesada”.
—Esos sistemas inalámbricos tienen miles de aplicaciones fuera del área de la computación. Un ingeniero militar belga me dio un par de ideas sobre como mi empresa puede equipar proyectiles de mortero con chips guía por un costo relativamente muy bajo.
Mientras que los párpados, los pómulos, los labios e incluso la frente de Franz Wessel conservaron la rigidez de un busto de plaza pública, sus ojos soltaron un destello de interés que duró en el espacio menos de medio segundo. Matson optó, sin embargo, por hacer caso omiso a tal muestra de interés.
—Pero tengo que dejar de lado mis negocios personales. No es sólo la compra de esos microchips lo que me trajo a Teherán. Vine de parte de un amigo.
El alemán terminó de beberse su botella de agua; estudió en silencio la blanca superficie de la mesa exterior, el borde del cubo metálico parcialmente ocupado por hielo ahora parcialmente ocupado por agua y se puso de pie ordenando con una mano a los empleados que se hallaban cerca que se abandonaran el lugar.
—Él —continúo Matson— necesita algo que usted tiene y piensa pagárselo dándole algo que yo tengo y que creo que usted necesita. En virtud de esto yo recibiré algo que me es muy valioso ahora.
Considerándolo, Wessel dio unos cortos pasos dentro de un diámetro de tres metros al rededor de la mesa donde Dick esperaba. el tono y la fórmula no eran predecibles; se lo había trazado en el aire como un juego de palabras, como un acertijo.
Por un instante se dio vuelta y observó a Matson: éste, en un acto para reafirmar su impasibilidad, fumaba y eliminaba la ceniza de un cigarro negro, con una serie de estudiados movimientos del brazo. Tal actitud causó el efecto deseado.
—¿Qué busca?
—Busco a Madame Chong. No sé lo que es y realmente no querría yo meterme demasiado profundo en estos asuntos. Pero la ayuda que me puede proporcionar ese "amigo" me es incalculable en este momento.
Como el tono empleado por el vendedor de tecnología habíase coloreado gradualmente de preocupación, Franz, el vendedor de armas, ocupó de nuevo su silla y clavó sus ojos en las manos de su supuesto compatriota.
—Y qué le han dicho sobre esta... Madame Chong.
—Nada. Pero algo me hace pensar que no es una señora de las triadas.
En este caso no hubo risas.
—Y si no sabe qué es, ¿cómo puede estar seguro de que no pienso embaucarlo?
—Mi amigo me entregó su historial. Sé que es un hombre de negocios, un caballero, una persona con palabra, y que ha logrado lo que ha logrado a base de estrechar vínculos útiles y no tejiendo enemistades.
El tono duro y sin fisuras en boca del robusto ex boina verde debió agradar a Wessel, que durante los últimos quince años había aprendido lo difícil que era, en el mundo de la venta de armas, conseguir nuevos clientes o nuevos socios. La oportunidad actual se presentaba muy prometedora: un especialista en micro componentes guía para armas inteligentes, ése sí era un contacto valioso, ahora en sus manos por cosas del destino.
En estos casos el tiempo apremia, más hay que moverse con calma porque la prisa ahuyenta a los foráneos. Un vendedor berlinés podría no sentirse muy cómodo si se le enreda en asuntos de armamento.
—Los chinos desarrollaron hace unos tres años un nuevo tipo de explosivo plástico, de consistencia coloidal, en una factoría cercana a la ciudad o al pueblo de Chong. El explosivo es muy seguro y estable, tanto, que el propio gobierno prefirió asignarlo a obras de ingeniería y minería en vez de dárselo a los militares, como se había planeado en un principio. No obstante hay un problema con este explosivo: es sumamente inflamable, uno, y dos, provoca incendios incontrolables además de ser terriblemente venenoso. Sepa usted, señor Mann, que hace un año cuatro ingenieros fueron enviados al hospital por haber inhalado los gases que produjo una conflagración ocasionada por una pátina de este explosivo que quedó en el suelo después de que este fue descargado. La mancha recibió el sol directamente y ardió más pronto que si fuese petróleo. Según sé esos cuatro hombres continúan en coma.
Mirando al suelo con expresión de burgués aterrorizado, Dick extrajo un cigarrillo y se lo colocó torpemente en los labios haciendo uso de sus casi incontrolables dedos. Encendió una llama. Exhaló el humo. Se aclaró la garganta. Movió los hombros procurando recuperar su anterior seguridad. Miró a Franz:
—Claro es un hecho terrible, lamentable. El gobierno de Beijing quiso deshacerse de todo ello arrojándolo al mar. Un amigo en Hong Kong creyó poder comprarlo para poder venderlo en el Tercer Mundo, pero habló con los gobiernos equivocados, o al menos con la gente equivocada porque nunca le compraron nada. El explosivo como tal no sirve para nada; pero hay una docena de aplicaciones para el mismo y supongo que su amigo estará interesado en una de ellas.
Dick ya había terminado su cigarrillo y encendió otro. De vez en vez tomaba su camisa con las puntas de los dedos para despegársela de la piel. No era una persona acostumbrada a estos trances, pensó Franz.
—Bien, no sé. Se lo repito: él quiere el explosivo; me dijo que a cambio yo podría venderle los chips guía para los proyectiles de mortero. Si tenemos un trato preferiría cerrarlo ahora…
Franz Wessel casi se echa a reír.
—Le diré lo que pretende hacer su amigo. Me comprará esta dinamita insalubre e impopular con un centenar de chips para mortero. Yo gano mucho dinero equipando obuses y vendiéndolos a la OTAN. Genial. Pero su “amigo” opta por hacer lo mismo, pero en vez de equiparlos con la corriente composición B, los llena con un poco de Madame Chong y va directo a esos países africanos y sudamericanos que quieren controlar a sus enemigos con unos proyectiles venenosos no amparados por ningún acta en especial. Yo le tengo una mejor propuesta: olvídese de su amigo, trabaje para mí.
—Olvídelo: ¿qué ganaría yo?
—Mi amigo… ¿Por qué cree que estoy aquí en Teherán?
—Pues… no sé. Aquí tiene una de sus residencias. Él único lugar en el mundo donde me dijeron podría encontrarlo en esta época del año, según me han dicho.
—¿Si recuerda a la chica que nadaba en la piscina cuando usted llegó?
—Sí, muy bella.
—Se llama Naith; tal vez la prostituta más cara de este país. No obstante la tengo viviendo aquí como si fuese mi esposa. Me costaría una fortuna si no tuviese entre el bolsillo al general Fouad de la Defensa Aérea. Es socio del club Aceman, así que puede obtener a casi cualquier chica que desee. No piense mal, Naith no es el pago, es… sólo una amiga que me presentó, o quizá una espía, no me importa. Pero Fouad piensa equipar a todos sus aviones caza con Madam Chong. Estoy comprando los cohetes a los belgas, la carga explosiva a los chinos, los microcomponentes a usted, los armo por una pequeña suma y los vendo en un contrato del cual le prometo de 22% por la dotación de veinticuatro mil de estos chips. No haga cuentas, se hará rico.
Dick Matson parecía abrumado por las cuentas alegres que le presentaba su potencial socio. Meditó con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en ese estanque color turquesa. Franz lo miraba con cierta lástima: estaba frente a un tipo que de la noche a la mañana se le aparece una mina de diamantes totalmente explayada ante sus ojos.
—Pero, pero, pero —dijo el vendedor Mann—. Debo darle algo a mi amigo. Mi trabajo, este viaje, algunas… deudas que he adquirido con él, todo ello era por conseguirle a la tal Madame Chong. Si regreso a casa ahora…
—Le daré lo suficiente para que su socio inicie una pequeña guerra en algún país de brutos negros. Ya no es asunto nuestro. Es más, es un regalo. Yo mismo le diré dónde puede ir a buscarlo para que lo embarque —y a medida que hablaba conducía a Dick por el borde de la piscina con un brazo sobre sus hombros. El americano era tan alto como el alemán, pero ahora parecía pequeño ante la seguridad y el aplomo del vendedor de armas—. Nosotros ahora pertenecemos a otro círculo, el de los millonarios. Bienvenido.
Entonces regresó la escultural chica de piel dorada e incandescentes ojos plata. Traía dos martinis y a parte de ello nada cubría sus atléticas formas. Sonrió plácidamente a Dick como parte de esa pomposa bienvenida.

1 comments:
Wow... no sabia que los puestos de combate fueran tan románticos y andarán así de inspirados
Saludos
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