Saturday, March 31, 2007

Capítulo XVI. La Barra

Los hoteles pertenecientes a las grandes cadenas comparten las mismas características sin importar en que punto del globo se hallen. El elegante grill del noveno piso del Azadi Grand Hotel era un ejemplo perfecto de la anterior afirmación. Esta podría ser la sala de reunión de un hotel en Venecia, Tokio o Londres.

La barra no era de madera, sino de aluminio, y un cóctel hecho con doce néctares de fruta servido en un vaso tallado esperaba ser consumido. Leonardo pensaba en lo absurdo de prohibir la venta de bebidas alcohólicas en un lugar atiborrado de extranjeros. Aferrase a una costumbre, se dijo, era ponerse un ancla de diez mil libras al cuello.

Una figura voluminosa ocupó violentamente el sillín del lado derecho. Leo no se molestó en mirarlo. Huéspedes de todas las cataduras entraban y salían del lugar; y muchos, como él, debían ser insomnes crónicos, victimas del a veces implacable jet-lag.

El barman, un joven muy bajo, echó hacia atrás la cabeza para mirar el reloj, sin dejar de limpiar un vaso chato. Las doce en punto.

Un timbre oscuro y bien modulado murmuró algo en alemán. Luego lo dijo más fuerte, como si quisiese llamar la atención de Katz. Éste primero se cercioró de que no buscaba llamar la atención del dependiente y luego giró su cabeza para echarle una ojeada. Y fue, durante el breve lapso en que las retinas de Leo captaron ese perfil bien cortado, ese mentón recto, y, como no, aquel pulido bigote, que una imagen del pasado le dio de lleno en la cabeza, alertó sus sentidos, lo situó en guardia, y borró la seguridad bajo sus pies.

Pudo haberse ido en ese momento, mas en el acto la curiosidad pesó tanto como la duda; así que aplicó otra mirada, midió una vez más el grosor de los mostachos y el pálido iris de los ojos. Vaciló un rato, pero al fin habló:

—¿Disculpe?
—Ah… inglés, sólo inglés, ¿verdad?
—Sí, sólo inglés.
—Pero usted no habla como americano... bah, qué importa. Qué importa todo.

Guardó silencio un rato con los ojos fijos en los movimientos del empleado de chaqueta blanca. A un giro de este, para acercarse a la nevera, el bebedor extrajo una botellita minúscula de la cual consumió casi todo su contenido en menos de tres segundos. Se limpió los labios con un movimiento brutal tomando la manga de su arrugada chaqueta gris como servilleta.

—Usted... usted no sabe, no, lo que es tener que pararse cada noche ante la puerta de la casa y fingir; fingir como un payaso, con una sonrisa pintada en la cara pretendiendo que tu maldita vida es un paraíso. Ante tu esposa... ante tus hijos.

Se calló, parecía borracho hasta el copete pese a la corrección en sus palabras.

—Mi hijo... yo te voy a decir quién es mi hijo. ¡Yo lo eduqué para que fuera un abogado! ¡Un gran abogado! Le di todo —ya había extraído otra botellita de su chaqueta ante un nuevo descuido del barman—... ¿sabe qué hace ahora?
—...
—¡Se ha ido con una mujerzuela para Holanda! ¡Ahora es un maldito actor porno! Y cuando procuro llamarlo ya no contesta mis llamadas. Yo que tengo que viajar por todo el maldito planeta para conseguir algo decente... comida decente, ¡un piso decente para que la zorra de mi esposa lleve a sus amantes!

Sus puños sobre la lámina metálica parecían temblar de ira. Era un motor poderoso con algún engranaje suelto, que de un momento a otro saltará enloquecido. Leo Katz, entre asustado y curioso quería saber cuál sería ese instante y cuáles sus consecuencias. Pero aquella frente perlada de sudor, la corbata floja y manchada de vino, un mechón de lacio cabello rubio vulgarmente tumbado sobre la frente, todo eran absolutamente real que Leonardo no sabía si realmente estaba ante algún ordinario europeo o si era su antiguo instructor, ahora caído en un profundo pozo de problemas familiares.

—Pero yo sí sé de quién es la culpa... El maldito de Klement. ¡Ese traidor! Le dice a mi mujer que me abandone, que sólo soy un vendedor puerta a puerta; ¡Yo! ¡Yo soy ingeniero electrónico por Dios!

Aquellas palabras actuaron como detonador. Leonardo supo que aquel verdaderamente era Dick Matson. Le puso una mano sobre el hombro y le señaló una mesa; Dick (o Günter, como se prefiera) se dejó llevar como un becerro hasta una de las mesas para dos situadas junto a las enormes ventanas que enseñaban la avenida Chamran y los miles de luciérnagas rojas que lo cruzaban.

Leonardo pensaba a cada minuto si no estaría cometiendo un error. El tipo apestaba a licor barato; su traje arrugado no guardaba relación alguna con el teniente coronel de impecable uniforme que él había conocido durante su instrucción. Pero minuto a minuto, paso a paso hasta la mesa, Katz pensaba en que, a fin de cuentas, estaba inserto en el mundo del espionaje, y en este difícilmente se puede separar la verdad de la ficción.

Cambiar de escenario pareció calmarlo. Dejó su pesada y enorme cabeza entre las manos, escondida de un mundo reprochable. Leonardo regresó a grandes zancadas hasta la barra y le pidió al nervioso muchacho un expreso fuerte. El tipo, aunque con escaso conocimiento del inglés, actuó con celeridad y puso una pequeña tacita blanca en la barra con dos sobres de azúcar. Regresó y le ofreció la bebida, aunque el alemán-americano no parecía ya estar en este planeta.

—Escuche señor...
—Günter.
—Señor Günter, soy periodista. Estoy acostumbrado a escuchar a las personas. Puede hablarme con confianza.

Los labios se movieron y esa voz conocida y fustigante entró derecho en la cabeza del joven Katz.

—Leonard Katz, ¿Qué demonios haces acá?
—No tengo ni la más remota idea, señor.
—Pues yo sí. Es tan sólo que estoy sorprendido de que este sea el curso de los acontecimientos.
—Casualidad o coincidencia, señor.
—Empieza por dejar de decirme "señor". Mi nombre Günter Mann.
—Beba un poco entonces y cálmese.

Dick Matson fingió tomar de la taza. Ni siquiera le había puesto azúcar.

—Que buscas en Teherán, Leo.
—Busco mi destino; demostrarme que quizá sirvo como periodista, o como cronista, ya ni sé.
—¿Y sobre qué escribes?
—Supuestamente debo retratar esta ciudad para que los hombres colombianos que leen S… revistas tipo Squire o GQ crean que todo esto es muy interesante. ¿Por qué escribir sobre esta ciudad que al fin y al cabo nadie quiere visitar, y que piensan borrar en unos años?
—No sé nada de eso; no soy periodista. Pero debo decir que si un día comprara una revista y me encontrase con un artículo sobre Teherán, esperaría leer algo completamente aislado de lo que le tratan a uno de vender los medios: Hezbolah, Al-Queda, armas de destrucción masiva, etcétera.
—Ya que está aquí, ¿qué piensa de este lugar?

Ahora el coronel sostenía la taza en ambas manos. Sus ojos estaban de nuevo puestos en el fondo de la ciudad durmiente. Un cambio de guardia en la barra, pero Leo no lo notaría sino mucho después; otro barman, éste muy alto y con el rostro ajado por una enfermedad desconocida, contaba el dinero de las propinas y movía su cabeza al compás de la percusión de la radio.

Sin mover la cabeza Dick continuó hablando:

—Busca un guía y escribe cualquier cosa… Pero no pierdas de vista el objetivo de todo este asunto. Sea cual sea. Por cierto, hay algunas cosas que puedes hacer por mí.

Entonces dejó caer la cabeza como si estuviese tan borracho que le fuese imposible mantener la conciencia.

—Visita la Universidad Tecnológica; algunos estudiantes realizan prácticas para el gobierno. Dos, encuentra un lugar llamado Al Äcemän, o El Cielo. Debe ser muy restringido pero cualquier dato me servirá. Nos vemos en unos días.

El encargado atendía ahora a cuatro obesos japoneses que hablaban a gritos y cuyos trajes lucían más maltratados que el pavimento de una vía interestatal. Dick Matson roncaba, pero el peso de una responsabilidad ineludible lo asfixiaba, y por lo mismo abandonó el bar dando grandes zancadas y evitando la mirada del iraní de la barra. Los japoneses parecían ya estar calmados. Una última mirada, y el descubrir que el coronel había desaparecido.

Las cuatrocientas ochenta y dos habitaciones del Hotel Azadi estaban divididas por largos corredores de alfombras rojas y paredes de oro ocre con diseños persas claveteados a todo lo largo de estos espacios vacíos. El peso del tiempo y el desfase horario hacían de Leonardo un muñeco de torpe andar.

No quería ir a ningún lado sólo meditar sobre lo que acababa de pasar.

Miró al techo, las cortinas, la tele, el closet, su maleta, todo. Su propio cuarto carecía más de la mitad de las comodidades que se encontraban allí; a un universo de distancia extrañaba esa pieza alquilada. No eran los objetos personales -que eran muy pocos-, ni los recuerdos -menos aún-, sino la paz de no ser nadie más sino un empleado de colegio, con rutinas sencillas, horarios fijos y sin una amenaza mayor que la que suponía ser despedido por írsele la lengua con alguna niña.
En la suntuosa elegancia y simpleza de aquel sitio tomo conciencia de sus responsabilidades. No estaba solo; era parte de una operación. La CIA no enviaría a un militar experto como Matson para proteger a un simple cronista alquilado como informante.

Le quedaban entonces dos opciones: la primera era tratar de comportarse como un profesional; hacer uso de todos los recursos de investigación hasta hacerse con la verdad, averiguando cuán profunda era aquella operación y quizá salvando con ello su trasero, o, por el contrario, portarse como un aprendiz de escritor colombiano que viaja a la porra para escribir un reportaje maltrecho acerca de una ciudad "árabe". Ignorar cualquier cosa rara que pudiese pasar y salir en cuanto su propio pellejo se viese demasiado opacado por las sombras del mundo del espionaje.

Encendió la lámpara y la televisión. Otro partido de fútbol: Esteghlal contra Perspolis. Pero no, no era un partido en directo, simplemente otro programa de análisis con dos viejos y reputados comentadores deportivos. Las incoherencias o las profundas reflexiones de aquellos tipos le tenían sin cuidado a Leo, quien necesitaba del murmullo de la vida tras la pantalla para sentirse menos solo. Tomó una de sus libretas y comenzó a escribir.

Con letra cuidada y controlando lo márgenes, haciendo un perfeccionista uso de los signos de puntuación, fue presentándose a sí mismo su agenda para el siguiente día y el esbozo de una crónica digna de ser leída en una publicación de gran tiraje. Al momento, pasadas las primeras líneas, se emocionó. Estaba escribiendo por primera vez en una revista otras tantas veces ocupada por textos de escritores de verdad (famosos). Habría que poner entonces determinación y empeño para impresionar al editor. Al fin y al cabo los lectores, se dijo Leonardo dejando el cuadernito a un lado, terminan consumiendo cualquier cosa que les sepan vender.

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