Sunday, May 13, 2007

Capítulo XVIII. El Camino al Cielo

Lo que creyó sería lo más complicado, fue de hecho lo más fácil. Con todo y los nervios fastidiándole el paso pudo cruzar la calle y alcanzar el hall principal del hotel Evin, presentarse ante un recepcionista de aspecto casi caucásico, e indagar sobre un huésped en particular.

Se mostraron muy solícitos eso sí, pero ante la consulta respondieron que el señor Mann estaba ausente desde las doce del día, y que ante una necesidad imperiosa podría conseguírsele en comedor del hipódromo. Leo prefirió simplemente dejarle una nota en su casillero dándole su número de habitación, solicitando con ello una llamada tan pronto como le fuese posible.

Alcanzó su cuarto. Estaba hecho un horno. Prendió la calefacción. El ruidito blanco lo relajó. Se quitó los zapatos y clavó la vista en la nada del cielorraso. Hizo una honda y ruidosa aspiración, luego otra, y otra, y así mientras en su cabeza rebotaba una otra vez la idea de estar cometiendo un error al contactar a Dick Matson.

Sus temores se disiparon a las dos en punto de la tarde. El coronel, haciendo uso de su acento teutón, le invitó a cenar en la noche; Leonardo se rehusó y dijo que tenía que comentarle algo lo más pronto posible. A los quince minutos ambos se encontraban el la piscina del hotel Evin.

Pese a la hora y a la temperatura ambiente, en el lugar apenas hacían presencia unos doce hombres, cuyas pálidas pieles y enormes parches rojos los delataban como occidentales, aunque Leonardo juzgo a varios de ellos como rusos. Se sentaron en un banco protegido por la sombra bienhechora del edificio y hablaron sin mirarse de frente. Leo explicó en pocas palabras lo que deseaba.

—¿Puede hacerse?
—Puede hacerse.
—¿Cuándo tendría respuesta a mi inquietud?
—En un par de horas; no obstante puede que la respuesta no sea lo que esperes.
—En tal caso ya pensaré en otra cosa.

Dick se puso en pie y caminó hasta el borde de la piscina, contemplaba el agua, parecía meditar casi. Aún así su voz resonó con su acostumbrado acento rasgado:

—Ante cualquier cosa enviaré una copia a tu cuenta de correo —dijo alejándose en dirección a la puerta. Leonardo esperó un rato; se sentía ahora más calmado, no había cometido un error, aunque aún le faltaba enfrentarse al verdadero terreno.

Cruzando la calle sintió deseos de comunicarse de inmediato con Hegel y ponerlo al tanto de todo ello, cuidando, claro, de no cometer una falta a las normas básicas de seguridad. Entre la puerta y los pasos que fue dando hasta la barra de la recepción, el tomar las llaves, dar la vuelta hasta el fondo de un corredor con dos elevadores, girar media vuelta repensando mejor todo, seguir hacia el restaurante ahora atiborrado de comensales y restañar de platos y vasos, terminando en un paseo sobre el tapete rojo cuasi púrpura y un letrero que invita a los huéspedes del Azadi a hacer uso de las terminales conectadas a internet, Leo Katz redactó moviendo silenciosamente los labios el texto íntegro de su epístola.

Entró en su cuenta de correo: pura basura más drogas modernas; la archiconocida pornografía, un número nuevo de una revista de la editorial Neuf; ofertas en línea de productos de contrabando, reseñas de novelas inalcanzables, invitaciones a fiestas con "las chicas más bellas de Bogotá", lanzamiento de un cuadernillo de poesía de la Casa Silva, un poema enviado por la flaca Juliette llamado "Silencios" —originalísimo—; noticias culturales y en fin, nada más reciente que de tres días atrás.

Lanzó todo a la nada con excepción del poema. A principios del año las autoridades del I.E.D Villegas habían impreso un número más de periódico escolar Noti Net y allí la flaca dejó correr la pluma —o sus largos dedos de pianista sobre el keyboard— explayándose sobre la libertad, en un párrafo en prosa demasiado oloroso a romanticismo alemán. Leonardo le envió un correo sugiriéndole un par de nombres en poesía que debía leer; la Juliette no respondió nada, pero ahora de vez en vez le enviaba cosas que escribía, a él y a otros trescientos interesados. En este específicamente pintaba un espacio de vida que se abandona cuando la Diosa Economía lo impulsa a uno a arrastrar el trasero a una nueva vivienda. Lo componían doce párrafos, minimalistas, pero claros y con la crudeza de los muros recién pintados. La chica tenía futuro, aseguró mientras buscaba cómo imprimir aquel poema, y agregó que llegaría lejos mientras se mantuviese apartada de las tentaciones de las publicaciones baratas y los redactores que edifican novelones de quinta acerca de sus vacaciones en Paris.

Abrió el "bloc de notas" y ante la falta de una buena entrada, Leonardo copió uno de los párrafos del poema. Cuando escribir es parte de las actividades vitales de una persona ésta espera hacerlo bien, impresionar, agradar al menos, aún cuando simplemente esté poniendo sobre el papel una receta de cocina o las instrucciones para una ligera reunión informal. Por esto rebuscó cinco palabras de peso y jugueteando con ellas empezó la redacción del mensaje:

"Hegel,
"Atacado constantemente por la vida con lanzas frías y de todo tipo, te disparo unos cuantos pensamientos, a ver si tú tienes alguna maldita idea de lo que me está pasando."

Borró lo escrito por Juliette; en comparación a sus palabras, las de aquella chica de melena corta color ébano eran los elegantes pasos de una bailarina, y los suyos, el tarado andar bípedo de un pastor alemán. La pausa lo puso en ambiente: rodeado ya estaba por cerca de una docena de huéspedes que, tras opíparas comidas, ahora asentaban cafés junto a los monitores y sus traseros sobre las sillas ergonómicas, y se hundían en la lectura, o simple ojeada, de las páginas financieras. Un indio, además, reía en medio en una sala de chat en inglés. Todos esos hombrecitos en corbata parecían tan seguros de sus carreras; Hegel alguna vez le había dicho que la literatura era el oficio de aquellos con las pelotas suficientes para despreciar un empleo seguro. Tal afirmación tiene sus bemoles.

En la bandeja de entrada un mensaje había caído hacía unos pocos segundos. Firmado por un tal Günter Mann, con el título de "as you request" el renglón titilaba en rojo y amarillo hasta que Leo dejó que la flecha lo abriese con un doble clic. Y una página entera se desplegó: tono marfil pastel, letras cursivas en rojo, membrete verde con una leyenda en persa, texto en inglés. La invitación estaba dirigida al señor Leonardo Katz, ciudadano colombiano, para asistir a un nueva reunión del club Al Äcemän, y gozar de la bellezas de la tierra. Leo recordó las tarjetas plastificadas con ilustraciones de playmates de Internet e invitaciones como "colegialas indisciplinadas", "masajes estimulantes", "modelos estrato nueve" y el archiconocido "vírgenes por $20.000". Casi se echa a reír; Planeta Oriente - Planeta Occidente. Recordó a los banqueros y turistas que lo rodeaban, memorizó o anotó lo que pudo en un papelito de tono zapote oscuro y abandonó el sitio en tres zancadas.

Antes de llegar a su piso y pasar la tarjeta por el lector magnético ya tenía claros los pasos siguientes. Descolgó el teléfono, preguntó por William: no estaba —eso supuso porque no se lo pasaron—. Siguió las instrucciones para hacer llamadas a teléfono móvil y marcó el número que él le había dado en cuanto lo dejó en el hotel el día anterior.

—¿Qué hubo, William?
—¿Sí, Leonardo?

No se detuvo en protocolos. Tras solicitar lo que le era necesario le preguntó a qué horas pasaría a recogerlo; respuesta: seis de la tarde. El compromiso es a las ocho, le recordó. Seis es lo más temprano, replicó el otro. ¿Nos vemos entonces? Sí y sí.


Una botella de agua mineral con gas como único contacto con la vida. Su cuadernito de lomos gruesos y la estrella roja sobre la cual la punta del esfero golpeaba rítmicamente el lejano vibrar del lounge-chill out de la sala de recibo del Azadi. Ocupando una banca, Leonardo Katz quería pintar con palabras el atardecer mezclado y batido con su nerviosismo particular. La hora, cinco y cincuenta minutos.

"En una ciudad multimilenaria" escribió "un atardecer tarda lo que un día dura para un siempre atareado occidental. Este atardecer va de un extremo al otro en la región que ve pasar callada los siglos. Ahora son las seis, y lo que debería ser un azul zafiro difuminándose en negro profundo es todavía la blanca palidez del mediodía". Lo que pasaba era que Leonardo nunca había visto las tardes veraniegas de países con estaciones. Su vida en Alaska era un invierno constante y veranos tan breves como los amores que en este se sucedían. En Bogotá, a las seis en punto, el sol suele estar tan abajo que todo en el horizonte se transforma en siluetas de cartón negro.

Llegó el taxi, pero pudo ser otro porque Leonardo no reconoció la placa —olvidó memorizarla—, pero la sonrisa del antioqueño era, para sus ojos, indeleble.


Usando la misma ruta de la mañana, William dirigió su auto hacia el oriente, donde la cadena montañosa que rodea Teherán ardía en todas las tonalidades de rojo bajo los rayos del sol que se hundía. William le preguntó qué había almorzado y Leo —bastante atenazado por los nervios— le contó escuetamente acerca del sánduche de atún y lonchas de jamón que había ordenado a su cuarto. Realmente no tenía ganas de conversar, pero tenía en cuenta que la mayoría de los colombianos no pueden dejar de parlotear mientras no tengan nada más entre la boca. Prefirió inventarse la historia de su familia: madre, padre y tres hermanos de ficción, en una Bogotá no muy distinta a la que había conocido.

—El viejo es fanático del Santa Fe; mi mamá a veces lo secunda cuando va al estadio, pero ni a mis hermanos ni a mí nos puede gustar clavarnos por tres horas en esa pelotera de gente y gritos. ¿A qué? A ver a esos tipos que nunca ganan nada y siempre empatan, o que cuando ganan es con uno o dos goles sufridos…
—Pero moacho, si es que así es el fútbol: sufrido, hermano, sufrido.

A Leonardo le hubiera gustado confesar que, al menos en ese sentido, prefería el béisbol; pero no estando seguro de qué tan arraigado o no estaba este deporte en la capital de Colombia, prefirió mostrarse como un ignorante para todos los deportes.

—Y aquí en Irán a qué equipo le apuesta, don William —preguntó cuando no le quedó nada más que decir.
—Al Perspolis —declaró el taxista sin el apasionamiento que suele mostrar el colombiano promedio ante el equipo de su predilección. A este nombre se sumó luego un silencio, y las dudas de Leo acerca de su conductor afloraron débilmente en algún lugar de su cabeza, posiblemente en su sexto sentido.

Bordeando la Universidad de Ciencia y Tecnología de Irán, Leonardo pudo ver, quizá por primera vez, jóvenes sin barba, con jeans y camisetas en technicolor; chicas con zapatos deportivos y camisetas blancas. Lentes oscuros y audífonos para escapar del estruendo de la música electrónica que retumbaba desde un auto descapotable. Subían a autos japoneses y alemanes, a pequeñas motos italianas, conservando ese vibrante espíritu universitario cuya alma es similar en todo el globo. “La única esperanza que tenemos recae en las nuevas generaciones” pensó Leo, enunciando sin querer un lugar común tan antiguo como el pensamiento. “Pero necesitan de esto, de una cultura en común. Mientras mis ‘hermanos’ de occidente vean a los árabes (persas) como barbudos violentos que agitan rifles AK, y no como pares que sólo quieren divertirse, el mundo seguirá dividido en dos”. Recordó también las órdenes dadas por el coronel: buscar contactos en la universidad, entre los libres de pensamiento, entre los liberales; así como Malcom le había hecho en el Sur durante la Guerra Fría.

El Gran Juego no ha terminado, sólo ha cambiado de competidores.

Tan al oriente que parecía que se fueran a salir del mapa, William se introdujo entre los compactos bloques de barriadas del distrito de Khak Sefid. Allí el comercio y los edificios chatos diseñados para solteros abundaban. El desorden de la economía informal que buscaba el cobijo del los miles de árboles plantados en las aceras parecía tan común acá como lo puede ser en Chapinero; aunque en algunas calles, de tonos más plomizos que las otras, el caos se dejaba ver en forma de cierta miseria.

—Mirá, por ahí es lo que llaman el Ghorbat: la zona a donde van todos los viciosos de la ciudad.
—¿Drogas?
—Coca, marihuana, heroína, hachiz, opio… La olla más de pa’ abajo es tan berraca que la policía sólo se mete sin la escoltan con camiones blindados.

Salieron por la calle Ehsan hasta una avenida perpendicular dividida por un separador de árboles resecos y enanos. No sabía que habían virado para el sur, ya que todo sentido de orientación había quedado difuminado en las mil vueltas que daba su brújula interna. De un lado Leonardo veía toda clase de locales comerciales: venta de repuestos para coche, alquiler de videocintas, tiendas de ropa barata occidental (made in China), y tiendas de toda clase de artilugios electrónicos anunciados por multicolores anuncios en el ininteligible persa.

Al otro lado, bodegas. Esos enormes receptáculos de todo que afean cualquier ciudad, que carecen de la menor brizna de estética, si es que conocen esa palabra aquellos que, ya sea en Bogotá en Nueva Jersey o en Teherán, edifican casonas de zinc o bloque, coronados de tejas grises y rojizas —eso depende de la acción de las lluvias o los años—. Los nombres de empresas francesas o belgas estaban pintados en aquellos galpones. Calles de tierra seca —futuro lodo en el invierno— y grandes espacios baldíos, donde el verde es poco menos que un sueño, esperando ser usados como base de un nuevo refugio para ensamblar autos o conservar materiales de construcción. Todo toque de desarrollo europeo-oriental había muerto ahí; éste era medio oriente, tal y cual es.

No sabía qué preguntar, como siempre. Pudo haberle pedido a William los nombres de aquellos barrios bajos del sector industrial; que le hablase de los problemas de sector, de si conocía a personas influyentes ahí con las cuales se pudiese tener una conversación reveladora acerca de la vida y costumbres del iraní promedio. Pero no. Recordó que lo de la crónica era sólo un mediocre recurso para estar en el corazón del Eje del Mal.

Ya estaban estacionados en una acera rodeados de otros tantos autos polvorientos. La fachada carecía de emblemas u otros distintivos. Con sus muros encalados y columnas de roble oscuro traían a la mente de cualquier occidental demasiadas reminiscencias mexicanas. Al pasar un torbellino de especias abrazó a Leo y este quedó sin darse cuenta bailando entre las mesas, llevado de un punto a otro como una marioneta por lazos invisibles de hirvientes platos sazonados con todo aquello que conoce el hombre.

Cayó en una silla, un plato le fue colocado al frente ante una orden dada por nadie.

Entre vapores y el continuo movimiento de seres vivos, como si fuese un sueño, Katz vio pasar a William hasta la barra y gritar órdenes allí. Mujeres de todos los tamaños, en los más variados atuendos, parecían un frenético ballet del siglo veinte entre tanta mesa, tanto hombre, siempre con dos y hasta tres platos en las manos evitando tocarse entre ellas o tardar demasiado.

Aquel paisa continuaba ladrando a sus pequeñas empleadas. No era muy distinto a otros aurigas de restaurante, pero ver a aquel colombiano levantar la voz en un persa fluido es siempre una imagen impactante. De repente le clavó sus ojos de lince y se acercó con una gran sonrisa.

—Eso será suficiente hasta que llegue mi mujer.
—¿Ella lleva el sitio? —Leonardo vio a un hombre de poderosos brazos y grandes bigotes bailar entre el fuego. No era un acto de magia, sólo manipulaba grandes trozos de res entre una parrilla monumental.
—Sí —y su sonrisa se apagó. Leo estaba por preguntar quién era el dueño, pero no lo consideró pertinente; enfocó el plato: pinchos de res y ternera pasados por la braza y un baño de cilantro.
—Cortesía de la casa —y una mano salida de sólo Alá sabe dónde puso un vaso rebosante de algo negro junto al plato.
—¿Y esto es?
—Cerveza irlandesa. Ahora oíme un minuto: yo te puedo llevar al edificio donde vos dices va estar el Äcemän; pero, mirá, tenemos que ir en otro carro: ni de chiste te llevo en un taxi; sabrían de inmediato que vos sos un don nadie. Perdoname pues, pero es así como lo van a ver.

Luego, interrumpido sólo por sus propios gritos que arrojaba al personal de cuando en cuando, se explayó durante cuarenta minutos en la explicación de su plan para entrar y salir de El Cielo, sin correr mayor riesgo de ser atrapado por los gorilas de algún pez gordo que esa misma noche hubiese deseado entretenerse en aquel edén ambulante.

La cerveza sabía horrible, y por el ambiente propio del restaurante atestado de ejecutivos barbados, Leo se sintió culpable por estar ingiriendo alcohol. Pidió a William algo de pan para quitarse el tufo y este, mediante ruidosos aplausos, trajo a la mesa una fuente cubierta de sangak, una pizza sin queso, ni salami, ni nada más que una capa de harina y unos cuantos agujeros.

Se levantaron, cruzaron la cocina —el infierno en la tierra— donde un incendio de menta, espliego y somag ardía sin fuego, y los hombres rudos y forrados como soldados pasaban con ollas y enormes animales muertos. Cuando se introdujeron en las habitaciones interiores, entre velos y silencios, Katz pensó que con aquellos chefs armados de cuchillos William no debía preocuparse por la seguridad de su negocio.


Pudo ver de nuevo el cielo y respirar la atmósfera cruda de la ciudad en marcha sólo tres horas más tarde.

BMW M3; dieciséis válvulas. Negro; el color del poder. Lustrado como la plata; trazado elegantemente como las curvas bien perfiladas de una miss universe fijada en una foto por la lente de un profesional. Su contraste con el ruinoso callejón trasero del comedero de los Jaramillo era a la vez perturbador, a la vez corrupto, a la vez mágico.

Katz no pensó tanto en el hecho de que aquella maravilla en cuatro ruedas pudiese estar ahí sola, indemne al robo o al vandalismo, sino en el fabuloso cuadro que componía, al estar simplemente ahí como arrojado por la mano de un ser superior, a un ser inferior como él que, ante el deber, requería un coche.

El cascabeleo sumado de los rugidos distantes de la zona industrial se acallaron tras el golpe seco de los cierres laterales de las puertas. En el asiento trasero, mientras luchaba con su propio traje a la medida y la corbata se obstinaba en constreñirle el cuello, Katz quedó embriagado por un superfluo olor a vainilla, cuya dulce identidad borró de su memoria el vaho saturado de la mesa iraní.

—Dios, qué nave. Parece una limosina esta vaina —comentó cuando el nudo de su corbata cedió lo suficiente como para habilitarle el habla.
—Ah sí, es de un primo de mi señora —fue la escueta contestación de William.

El motor —un conjunto de percusionistas de todas las clases— preludió el avance del auto por la estrecha calleja trasera a un ritmo parsimonioso. William buscaba una canción específica en un menú del mp3 y aceleraba con cautela.

El lamento de un 'paseo' de acordeón pareció esparcirse por sillas, techo, ventanas y hasta en la trama de su traje nuevo. En otras circunstancias Leonardo habría ordenado acallar el siempre estridente vallenato; pero a un millón de kilómetros del país del Sagrado Corazón ese ritmo de la sierra tenía un timbre completamente distinto, e incluso melodioso.

Ya caída la noche, convertido el cielo en un manto de penumbra, Teherán lucía ahora más parecida a Bogotá que nunca. Su zona industrial erigía entre sus techos los mismos penachos de humo, al igual que los mismos faroles ámbar brillaban desde miles puntos varios sin orden específico. Aquel distrito de sombras y comercios ya en cierre, de pequeños grupos de siluetas a medio esconder entre esquinas y porches mal alumbrados, escabulléndose de la ley, parecían un signo ortográfico común en todas las ciudades de Europa y América que ahora se colaba entre las calles de una nación cuyos esfuerzos por conservarse “pura” parecían a cada día más desesperados.

Regresaron por donde llegaron; Leonardo Katz reconoció la mayor parte del camino. La avenida perpendicular ahora atascada en dirección noreste-suroeste; el reverso era un canal veloz. Entre uno que otro camión cisterna el auto alemán zigzagueaba elegantemente dejando la Ciudad-Caos atrás.

Tras presionar un botón el moderno vidrio eléctrico descendió permitiendo que el frío de la noche de aquel verano le aclarase un poco la mente y mitigara su nerviosismo.

De nuevo on asigment, como esas primeras noches de crimen en Bogotá junto a aquella asesina rusa, buscando a los blancos entre luces de semáforos y las miradas de los habitantes de las calles. Todo otra vez aunque en esta oportunidad no tuviese que matar a nadie: sólo recopilar información, lo cual podría catalogarse como periodismo, no como espionaje. ¿No?

No, ¿espionaje? Trabajar para la Agencia Central de Inteligencia y estar usando un traje prestado disfrazando así su pobreza de sudaca, ¿no es acaso eso portarse como un espía?

¿Periodismo? Viajar legalmente, hablar con personas, escribir mucho, apreciar la belleza de un país lejano para exponerlo en palabras a los lectores de una revista, ¿no es acaso eso ser un cronista?

Lo uno o lo otro, ¿qué carajos importa siempre y cuando la CIA y S... paguen lo justo? Quién puede probar que muchos reporteros famosos no dedicaron la mitad de su tiempo a traspasar datos a los organismos de inteligencia de sus respectivos países. Ah… ética del periodista. También podría existir la ética del político y todos se ampararían en ello para que no dudasen de su reputación y buen nombre. Pero todos sabemos cómo funciona el mundo, ¿verdad?

Leonardo no trataba de justificarse ni justificar su oficio. ¡Pero este no es mi oficio, maldita sea! No soy agente de inteligencia de tiempo completo; soy escritor, soy escritor, soy escritor. Decía, y frotaba una rodilla contra otra, como si ese movimiento —o quizá el roce del paño— apaciguara los temblores que tenían como hipocentro su estómago.
Pero aún puedes hacer las cosas bien para ambas partes. Si realmente eres un escritor, el putas de la redacción, nada te detiene para inventar un pinche escrito de cuatro cuartillas llenas de descripciones urbanas, falsas entrevistas, apuntes numéricos tomados de Internet, y el resto artimañas de prosista copiadas de Onnetti.

—…bueno, mejor dicho ahí está —continuó diciendo William quien al parecer llevaba un buen rato hilando un monólogo de crítica contra el departamento de transportes de la ciudad. Al usar su cabeza para señalar, la atención de Leonardo se apuntó a una torre solitaria y fija a un lado de la carretera. Tenía un extraño diseño: parecían cuatro torres independientes de fachadas espejadas, con miles de ventanas ya sin luz, que escondían en su interior otra torre más pequeña, luego otra, y luego otra hasta un corazón que permanecía exhalando una luz fría color glacial.
Algo más le llamó la atención tras describirse a sí mismo, para la posteridad, el aspecto de aquel edificio; pocas ventanas quedaban encendidas, el auto continuaba en marcha y otras tantas se apagaban ya. Pero uno de los últimos pisos conservaba toda una línea centellante de ventanas por las cuales un resplandor más cálido cortaba el ennegrecido cielo nocturno. El Cielo.

Carecía de rejas; era alto y sumido ya en la penumbra. Mil focos y lámparas callejeras delataban a los doce o quince autos aparcados al frente, de la misma manera que borraban la silueta del coloso. Con dos estacionamientos, uno interior y el otro exterior, el área completa superaba la extensión de muchas manzanas que había visto en otros barrios. William hablaba con el portero, éste era un muchacho y desconocía por suerte muchas de las capacidades de su puesto. Ambos terminaron sonriendo y tal vez hasta se desearon buena noche.

De nuevo en marcha, silenciosamente. Frenaron unos metros más adelante y con el ascensor mirándolos taciturno. Ni un alma; todo parecía estar abierto a ellos, o a él, quien salió del auto y se quedó mirando las líneas eléctricas vestidas en tubos de PVC sobre el hormigón de la primera planta. William se quitó su gorro de chofer.

—No te vayas a meter en líos —sonaba como un padre—; mirá que por un reportaje para un periódico (o revista, o lo que sea) no vale la pena que expongás el culo así. Si la vez muy pesada te bajás de inmediato y yo pongo en marcha la nave y ¡tenga! Nos les volamos a estos hijueputas —hablaba como un compañero de misión.

Ante su propio reflejo expandido en una de las ventanas del flamante BMW, Leonardo Katz se acomodó la corbata, las solapas de la chaqueta y los hombros del gabán de paño ébano. No llevaba guantes por el calor, pero bajo los reflejos de las lámparas urbanas se sintió muy elegante, más atilado que si viniese a proponer matrimonio o a matar a alguien. Sonrió: “te ves bien, Leonardo. Tal vez vivas lo suficiente como para enseñarle ese traje a Erica”

William regresó a su asiento y el vallenato regresó a la cavidad oscura del auto. Cerrada la puerta, cortado el vínculo, el caminante lunar dio unos pasos inseguros hasta que tuvo a su alcance el interruptor del elevador. Presionado el botón, abierta la puerta. Su último deseo fue que la ascensión tomara el resto de su vida o que no tuviera fin jamás; pero los números verdes aumentaban, aunque Leo sentía que la caja no se movía: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

0 comments: