Sunday, June 17, 2007

Capítulo XX. La Sala de Redes.

De nuevo el insomnio. Dar cuarenta vueltas a una cama sólo acompañado del calor molesto de su propio cuerpo. En casa, Leo Katz no tenía muchas opciones para matar su tedio, pero siempre era preferible estar ahí que acá. Allá, por ejemplo, optaba por entrar en la cocina, tomar los ingredientes y esforzarse en la elaboración de un café perfecto; se hacía a un libro de difícil lectura (Ulices o Archipiélago Gulag) y se esforzaba en memorizar alguno de esos párrafos ilegibles. El sueño pronto se anclaba en sus ojos.

Por el contrario este cuarto de hotel era un sitio extraño. El techo, demasiado blanco, con bordes en relieve, lanzaba sobre todo el aposento un cántico insonoro de fastidiosa santidad.

Entre otras cosas, estaba descartada la televisión como alternativa de entretenimiento. Lo que estuvieran presentando estaría en persa, o sería lo suficientemente aburrido como para sofocarlo aún más. Igualmente no podía escribir o pensar en escribir. Lo que había visto en la noche lo tenía demasiado atormentado, como si el perfume de esa mujer se le hubiese hundido hasta las vísceras, y como un tumor su sola presencia le restara los ánimos.

Entre darse una ducha y hacer ejercicio, o simplemente tomarse toda la botella de naranjada y mirar las estrellas, prefirió mandarle a Hegel un mensaje de correo electrónico.

Sin grandes prisas y apenas vestido con camiseta, pantalones de ejercicio negros y un par de pantuflas, cortesía del hotel, buscó entre el lobby y la sala de recepción la sala de computadores. Y vino a encontrar un cuarto insonorizado, oloroso a jazmín y tabaco, encerrado entre paneles de madera y vidrio, con quince terminales encendidas ejecutando protectores de pantalla con vistas idílicas de los desiertos iraníes.

Empezó con la siguiente consideración: todo lo que expresase en aquella carta podría ponerlo en un aprieto. Así que el estilo debía lo suficientemente almibarado como para aburrir a un posible detective cibernético, pero lo bastante clara como para que la entendiera un alemán que aún tiene lagunas con el español.

Hegel,

El tiempo en Colombia no pasa, igual que acá; no creo entonces que sea relevante contarte algo que no te haya mencionado en oportunidades anteriores.
Te escribo desde una aceptable sala de internet en el primer piso del Hotel Azadi de Teherán; un edificio ochentero, alto y solitario entre avenidas estrechas que corren montaña arriba...


Tomó una hoja y apuntó estas últimas palabras que le parecieron dignas de ser añadidas a la crónica.

...hasta donde la vista se pierde entre las brumas heladas de la cordillera iraní.

Una de las reglas de Latinoamérica (si te digo esto es para que lo hagas parte de alguno de tus proyectos de libro) es que TODO es posible si se tiene el suficiente número de palancas. Y la regla se aplicó a este caso: estoy escribiendo para una revista de larga (sic) circulación. Debo llenar cuatro cuartillas -piensa en hojas A4- con un texto lo sufientemente atractivo como para no verme muy por debajo de otras tantas reconocidas plumas.

Ah, no sé. No siento que esto me haya quedado grande. Antes de salir de Bogotá tuve la precaución de leer números atrasados de S... y realmente no encontré crónicas de viajes dignas de ser protegidas del fuego destructor; quizá con un par de excepciones. Pero la gente no sabe quién soy yo, y quiero que comiencen a saberlo.

No sé si realmente tengo oportunidad de volverme colaborador en serie de esta revista. El sólo hecho de que pudiera recibirla en mi casa por correo sería un pago excelente por mis servicios. Damn... atiborran sus páginas de mujeres sacadas de los corredores del cielo. Eso, o me contento con asistir a una sesión de fotos.

Pero vamos a lo esencial. Quiero empezar a tener una vida de verdad, o al menos la clase de vida que habría tenido si no hubiera muerto Ángela. Quiero ser escritor; dirás que no se puede vivir de eso, como ya me lo dijo Andrés Hoyos y otros tantos gentiles hombres. Lo que necesito es forjarme un Nombre; algo sonoro, ya que Leonardo Katz suena pésimo, comercialmente nulo, amen si soy homónimo de un duro de los restaurantes finos. De eso último no estoy seguro.

Como decía —y es que pierdo el hilo con facilidad— tengo que ponerme la meta de producir a una velocidad de vértigo capaz de atiborrar las bandejas de salida de revistas y editoriales. No quiero meterme en premios de novela ni intentar la osadía de editarme a mí mismo. Aunque si tuviese la plata lo intentaría. Aunque difícil, lo que necesito es un maldito editor.

Tenemos que hablar, no tengo ni puta idea de dónde andas. Espero salir de esta ciudad gris en unos días. Las vainas aquí son raras, mein Befreundet. Pero todo está bien por ahora. Ya nada de líos ni problemas como los de México. Paz y trabajo. Por cierto, ¿en qué trabajas ahora? ¿Otro ensayo? ¡Diablos! Si estás en Europa veámonos en París en unos días, sólo déjame ordenar un poco las cosas y ajustar el día.

Eso es todo por ahora. Son como las tres de la mañana o algo así; tengo que dormir.

Chao.


Clic y enviar. Era genial, en parte, y también triste que tu único amigo viva corriendo de extremo a extremo del mundo. Hegel podía estar en ese momento es Calcuta, entre calor y moscas, o en la casa de sus padres en Berlín, siendo masajeado por la fisioterapeuta de su hermano. Leonardo se quedó pensando en lo endiabladamente buena que era la vida de su amigo alemán: seleccionar una ciudad en un mapa claveteado en una pizarra del cuarto; tomar dinero, documentos, un par de camisas —o treinta y tres condones— y navegar por los cielos en primera clase para dar con el hotel más barato del distrito bohemio de la metrópoli, comprar cuatro libros, levantarse una joven belleza local y darle a la redacción de un cuento o una novela o sólo una crónica de viaje.

¿Y tú qué putas estás haciendo ahí sentado, Leo? Se preguntó y sus propias palabras resonaron cavernosas entre su cabeza aplicándole un escalofrío por la nuca. Se estaba quedando dormido, nada más. “Bueno, no es culpa mía: no estoy dedicado a lo mío, que es escribir. Tengo que buscar a cierta gente para que la Thomas Jefferson esté contento”. Pésima excusa, el escritor escribe siempre; ¿acaso alguien te aleja de tus cuadernos? ¿Careces de un cuarto para ti solo? ¿O es que mañana en la mañana debes ir a trabajar?

“Sí, tengo que buscar a Irma. Tengo que buscar a los estudiantes o a alguien que me de alguna idea de lo que es este grupo ‘Estrella Norte’, si es que en realidad existe”

Irma, más los estudiantes rebeldes, darle a los analistas de la CIA algo en qué pensar, luego irse a París y buscar a Hegel, y quizá algunas chicas de colegio y armar una buena fiesta de ácidos y cerveza en un apartamento alquilado. Drogas, sexo y de vuelta el lunes a trabajar. Buen plan.


En tanto Leonardo se devanaba los sesos buscando formulas elegantes para explicarle a Hegel su situación, sombras sin forma, casi etéreas recortadas entre muros viejos y callejones de nadie dejaban abandonado una camioneta Wolkswagen pintada por entero de negro. Sólo una estela de puntos de pintura brillantes en uno de los guardabarros la hacían visible ante los ojos de un observador experto.

Ese ojo de enorme poder estaba a casi cuarenta metros, cruzando una intersección vacía, en la esquina de un edificio similar a una almena bizantina. Pendiente, tras unos binoculares adaptados para recoger la luz de las farolas callejeras y concentrarla en un sólo punto. Tras diez minutos de fija concentración apuntó la vista a un estrecho corredor; una cerilla se encendió ahí.

El teniente coronel Dick Matson y el mercenario Julius se encontraron en aquel intersticio sumido en las absolutas tinieblas. Esperaron otros quince minutos para confirmar que los encargados de la camioneta no regresaban, ni que hubiesen extraños fumadores o bebedores de café apoltronados entre coches de observación.

Julius fue el primero. Con sus gráciles movimientos de atleta alcanzó la puerta y puso en marcha el motor. La vieja van ejecutó un giro de de bailarina y se frenó a tiempo para ser abordado por Dick. Salieron a toda potencia entre las calles vacías del centro empresarial de Teherán.

—¿Nos vieron? —Preguntó Julius.
—No hemos volado en pedazos —respondió Matson.

La camioneta parecía perseguida por los diablos. Las luces de la ciudad cruzaban el parabrisas como relámpagos cortantes. Julius estaba pendiente siempre de cualquier cosa que intentase seguir el curso del vehículo; aunque a esa hora la avenida en dirección oeste-este estaba tan sólo habitada por el alumbrado nocturno. En minutos estuvieron en la reserva natural de Sorkhe-Hesar, una selva planificada con orden milimétrico.
A la vera del camino, ante la vista de árboles de idéntico tamaño se detuvieron a escasos metros de una camioneta: otra Wolswagen, igualmente negra, igualmente robada. Cuando ambos vehículos quedaron igualmente a espaldas del otro empezó la transferencia: quince maletines deportivos marca Mamut, color rojo oscuro, cada una con doce kilos de peso, según pudo constatar Dick en la pesa que colgó de una de las puertas, tras haber revisado el interior de cada bolso.

Dick y Julius se dieron la mano y se despidieron. Una mancha muy leve de color turqueza cubría la cresta de las montañas y ambas camionetas arrancaron en direcciones distintas. Antes de que sonaran las voces de los muhadines llamando a la oración, los dos vehículos serían abandonados, sus matriculas removidas y cualquier huella de su uso borrada.

Ciento ochenta mil gramos de explosivo chino pasaron del supuesto control de aduanas de Etiopía —donde estaban anotados como material decomisado a piratas libaneses— a manos de terroristas. Ahora un enorme cañón cargado andaba suelto por la capital de Irán.

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