Capítulo XXIII. El Campus.
Fue imposible encontrar a William. Se negaba a responder su teléfono móvil y tratar de ubicarlo en su restaurante terminaría en una cuasi imposible labor diplomática para hacerse entender con la mujer que siempre se ocupaba de la línea. Intentó con Hamid, entonces, y resultó: Una hora y cuarenta minutos más tarde le estaba esperando frente al hotel Azadi recorriendo, tras el velo de sus lentes para el sol, la fachada y la alta figura del edificio.
Cuando reconoció a Leonardo entre los arbustos de la entrada con su mano derecha actuando como visera, aplicó el claxon de su mustang 88 convertible color naranja. Parecía tan amplio como para llevar consigo a un pelotón, y a juzgar por como rugió la máquina una vez Hamid metió la marcha, Katz supo que aquel juguete estaría completamente reformado por dentro. Por esas cosas que dictan los manuales de comportamiento urbano, Leo Katz dijo “lindo auto” y Hamid se derramo en una detallada explicación de cómo había ido consiguiendo las partes en distintos puntos de la ciudad; cómo había encargado otras por correo, pagando con sus ingresos como músico en algunas fiestas. Katz sólo miraba.
Como todo lo nuevo, aquello estaba contagiado del diseño occidental, incluso en la forma en como estaban organizadas las áreas verdes y los jardines, aunque el bueno de al-Jezza habría dicho que el decorado y los jardines eran cosa propia de las culturas de medio oriente. Ciertamente a Leonardo aquellos vergeles que cercaban los enormes edificios de la universidad se le parecían mucho a los que había visto en las escuelas británicas.
Para entrar se dirigieron primero al edificio Ebne Sina. Parados junto a una pileta seca Hamid recibió una llamada a su teléfono móvil y mientras Leonardo daba lentos giros sobre su eje buscando alguna amenaza. La concurrencia no era mucha. Saliendo frente a la torre del reloj había un puñado de mujeres de traje negro con sus libros bajo el brazo; de cerca se descubría que sólo sus ojos eran jóvenes. Los muchachos parecían más libres: solos, con un tomo entre sus piernas y la mochila reglamentaria esperándolos a un lado, o en grupos de tres a siete ocupando una esquina, dando cuenta de unos cigarrillos, sentados, parloteando entre sí o tan sólo escuchando la orquesta del ambiente.
Una revelación; la luz que arroja el descubrimiento de un significado: Leonardo Katz, joven estadounidense nacionalizado colombiano, vestido con una camiseta gris barata, jeans descoloridos con desgarres en el extremo de la bota, botas de obrero de Nueva York, barba de cuatro días y pelo castaño oscuro ligeramente rizado, aparentaba ser tan propio de esa ciudad universitaria como cualquier otro de los jóvenes estudiantes que se paseaban sin rumbo entre los prados y los rosales. Se había convertido en un hombre gris. Podría pasar cuatro veces frente a uno de los guardias de la puerta y este no notaría su presencia; y ciertamente contrainteligencia tampoco, a menos que ya estuvieran con los ojos puestos en él.
En el laboratorio de computadoras, Leonardo sintió resurgir un anhelo que creía borrado: acceder a estudios universitarios. Piso a piso por entre una escalera oscura y fría, él y su guía buscaban a quién sabe quién —Hamid había mencionado su nombre pero Katz no había reparado en que le estaba hablando—, en tanto que las posibilidades de pagar la matrícula u el primer semestre de una carrera como Literatura eran analizadas por el hemisferio izquierdo de su mente. “Es posible” se dijo cuando cruzaron el umbral y el run-run de las máquinas entró en sus oídos “pero tendría que ejecutar otras cuatro operaciones como esta para pagar siquiera la mitad de la carrera”.
El salón era enorme, o pequeño, o simplemente digno de ser el laboratorio de computadores del piso sexto de la facultad de computación de la Universidad Tecnológica de Sharif. Entre paredes y suelos tan blancos como la nieve en la mañana, ciento y pico de terminales alienadas formaban un frente que se extendía por los treinta metros yendo de extremo a extremo. A parte de las máquinas, del estudiante-músico y del escritor-espía, nadie más estaba interesado en la tecnología aquella mañana.
—Qué tal es el acceso a Internet —preguntó Leonardo.
—Es bueno; estas máquinas usan redes de acceso de mil doscientos kilo bites por segundo. Ahora, lo único de lo que debe cuidarse uno es de qué páginas piensa visitar.
—¿Tienen muchos controles?
—Un tercio de los que estudian aquí se gana sus buenos riales escribiendo programas para detección de pornografía. Las otros tres cuartos se ocupan de burlar esos programas.
No había ninguna sonrisa añadida al comentario; las cosas eran tal y como las expresaba el chico. Leonardo creyó ver incluso la acción de una punzada en el estómago de Hamid; la existencia de tales sistemas de control de contenido dentro de un instituto le causaba dolor de cabeza.
—Las letras de tu grupo… ¿de qué van?
—Cuando empezamos hacíamos adaptaciones de canciones británicas o francesas, como White Lemons, que es mi favorito. Por un tiempo entonces se nos unió un chico de la escuela que estaba dedicado a la poesía; con él iniciamos nuestras propias canciones. Luego Mosudd se retiró y se fue a estudiar a Amman. Nos alegramos por ello, pero por un tiempo no tuvimos compositor. Pasó entonces el tiempo y decidimos renovar los temas de siempre: amor, escuela, amistades; Dayir fue el primero en escribir de temas políticos; siempre le preocuparon esas cosas, casi desde que comenzamos la secundaria. A mí todo me da igual. Cuando hablo con mis padres me hablan de que la apertura del país es buena y que el futuro puede ser brillante para los jóvenes. Pero ahí está el gobierno siempre, censurando, cerrando las fronteras, buscando la enemistad de los americanos.
Los músculos de Leonardo se frenaron. “Buscando la enemistad de los americanos”. Al-Jezza le había dicho que los iraníes, y sobre todo los jóvenes, eran muy patriotas, lo que también quería decir que verían a las potencias extranjeras siempre como enemigos.
—¿Qué piensas de Estados Unidos?
—Es un gran país, supongo. En doscientos y tantos años han creado una máquina de hacer dinero; a costa de otros países menos desarrollados los cuales no han parado de explotar. Nunca he conocido a ningún americano, pero, cuando los viejos empiezan a hablar mal de ellos, me gusta imaginar que no son muy distintos a nosotros, tan iguales en suma a todas las personas. Que los hay buenos y malos; y que son los malos quienes se han hecho con el poder, los que envían a esos saboteadores y asesinos de la CIA para eliminar a los verdaderos líderes del pueblo e instalar en el poder a criminales como el Sha. Yo he leído algo de la situación en América Latina: golpes de estado y guerras civiles, y ha sido América la que ha instado todas esas conflagraciones. Son sus intereses, al menos. Pero, lo que yo te digo, tolerancia. No cambiaría mi país por otro, pero creo que la intolerancia de algunos de sus líderes es lo que nos tiene en la misma lista negra de los terroristas.
—Respecto a otro tema: que hay de los grupos religiosos. ¿Cuál es la posición de ellos?
—Personalmente no conozco a nadie que haga parte de estos grupos. Los que tenemos algo de sentido común nos mantenemos al margen de esas cosas. Muchos de los que están metidos en ello, digo yo, son porque creen que andar con el imán, o realizar esas manifestaciones cada vez que la ONU o la OTAN mandan un comunicado, les dará una mejor posición ante las autoridades. Estudiar el sagrado Corán no tiene nada que ver con las computadoras. Aunque tal vez sí para alguno de esos despreciables extremistas; deberías verlos, amigo Leonardo, creen que todo es Dios. Deux ex machina. Tal vez creen que pueden acabar con todo el mal del mundo y a todos los “infieles” con el poder de la tecnología que ellos nos venden.
Katz asentía repetitivamente como un idiota; dentro de los muros de su mente un disco grababa en alta fidelidad. La brújula, para felicidad del agente secreto, había dejado de bailar y ahora empezaba a encontrar su norte magnético. Sólo algo temió Leo durante la siguiente hora que duró la primera entrevista de su vida en calidad de cronista: el Ketman. Algo contra lo que James Al-Jezza le había prevenido: una rara actitud de los persas y algunos otros pueblos de medio oriente, basada en contarle a los desconocidos —o los enemigos— lo que estos quieren oír, aunque no sea más que un chorro de mentiras. “Una renuncia a la verdadera opinión” le explicó el palestino en aquel hotel de Bogotá “una suma de mentiras y engaños para alejar al enemigo de la verdad; de enceguecer y humillar al infiel, mientras el que practica el Ketman flota en la nube de la superioridad mental.” Tras escucharlo Katz sólo pudo replicar: “¡Qué país! Me imagino el nivel de infidelidades matrimoniales”. Al-Jezza sólo siguió fumando su pipa. Pero en el presente ahí estaba él, lidiando con un chico iraní que quizá le estaba tomando el pelo mientras le contaba acerca de los planes de algunos de sabotear los sistemas computarizados de defensa del gobierno, de un estado que, explicó, muchos creían alejado del verdadero mensaje del profeta.
De la misma manera, una mente madura trabajaba a velocidad máxima mientras detallaba un objeto muy interesante. Franz Wessel había llegado tarde en la noche al apartamento de Irma, había llamado a su puerta y no recibió respuesta. La vio llegar unos diez minutos más tarde, con la casaca que le había regalado, con uno de sus tantos velos en la cabeza, con algo de euforia ya borrada entre los ojos y las migajas de una sonrisa en los labios. Había salido con un amigo, eso dijo y aclaró que era aquel joven suramericano que trabajaba como periodista. Esto no le importó a Wessel lo más mínimo; sólo quería un plato de fideos fritos con queso de cabra, un café y las manos de Irma sobre su espalda aplicando un suave masaje mientras charlaban de cosas banales.
En vez de todo ello compartieron la mitad de una pizza escondida en la nevera, vieron Otto e metzo de Fellini hasta que Irma se quedó profunda a un lado del sofá. Entonces, con la única luz de los destellos del televisor, Franz notó la presencia de algo en el piso arrojado junto a una de las patas de la mesa de centro, en la natural postura que tendría si se le hubiese caído a alguien del bolsillo. Era un cuadernillo, una agenda seguramente, de color oscuro y superficie cuarteada, muy posiblemente cuero o algún sucedáneo. Estiró la mano y procuró leer: las letras eran casi microscópicas y tenían un orden incomprensible. Fue hasta la pantalla y acercó la primera hoja. Era italiano, no, español, se dijo rápidamente; era el cuaderno del suramericano aquel que Irma le había presentado y que de seguro la había estado entrevistando a ella antes de que ambos salieran a dar un paseo. Quiso sonreír: en el pasado él había sido un muchacho igual, siempre emocionado por las entrevistas y con una necesidad de tiempo completo de nueva información. Algo detuvo a la mitad este agradable pensamiento: algo estaba mal en todo el cuadro. No respecto a… Katz, si eso es, Katz; no respecto a que el muchacho hubiera estado visitando a su amiga —Irma no tenía necesidad de mezclarse con un pelele como Katz—, sino sobre algo… algo estaba… Salió de inmediato del apartamento con la libreta entre el bolsillo; fue descendiendo por las escaleras, así como encendió el motor, así como aceleró y buscó la vía para regresar a la villa, sin pensar, con todo su presente interior enfocado en reordenar el caos en el que le había quedado la mente tras la detonación surgida por la libreta roja.
En este proceso, fue poniendo en secuencia los recuerdos de meses pasados: pasadas las fiestas por el año nuevo, Franz y su amigo Lothar treparon a un porche convertible último modelo, recién regalado a Lothar por los padres de Enrica, su prometida, como forma de agradecerle que la hubiese sacado de las drogas y que la transformase, de ser una supuesta estrella de rock, a ser una futura ama de casa. Llegaron entonces a Bruselas donde Lothar tenía su apartamento de soltero. Allí había una mujer esperándolos; se presentó como Henriette Brass, hija de un millonario de la industria del papel llamado Donald Brass; necesitaba hablar urgentemente con Lothar.
Los tres estuvieron entonces charlando en un restaurante japonés durante una hora. La muchacha británica era una castaña espectacularmente bella, de piel casi transparente y ojos plateados. Por otra parte, en su refinadísimo inglés le explicaba al amigo de Franz algo que éste apenas si podía comprender: el deseo de las empresas Brass en comprar el cuarenta y ocho por ciento de la imprenta Sternner, propiedad, al menos en teoría, de Lothar. La empresa de la familia Brass esperaba poder enlazarse con dos editoriales francesas —cuyos nombres se me escapan ahora— para poder abastecerlas de todo el papel que necesitaban para sus productos en el año que empezaba. Lothar entonces tendría el deber de imprimir los libros, lo que significaría al menos dos años de ininterrumpido de trabajo; algo que hasta ahora no había tenido ni en las más fantasiosas proyecciones.
—¿Por qué él, por qué la Sternner? —preguntó Franz, interviniendo de repente en una charla que no le competía en absoluto.
La mujer lo miró con sobresalto, luego tomó aire y se explicó: querían una imprenta pequeña que pudiese crecer y quitarle mercado a otras más grandes. Ambos tendrían enormes ganancias y se expandirían hasta donde no podía hacerlo la competencia por las leyes antimonopolio alemanas. Siendo la Sternner en parte británica, algunas barreras fiscales se podrían saltar. Esto lo explicó durante casi cuarenta minutos en una jerga comercial sólo comprensible para un tipo atezado en los negocios como Franz Wessel.
Al final, Lothar, tras escuchar la traducción de su amigo, sólo atinó a decir: “lo pensaré y nos veremos en un par de días”. Aún así la joven inglesa les dejó un número para que la llamaran. Wessel se quedó la tarjeta y la llamó cuatro horas más tarde. Al diablo el idiota de Lothar: aquel negocio podría dejar unos buenos millones de euros si se sabía aprovechar bien. Además, Henriette poseía una belleza ejemplar; la clase de mujer que le habría encantado mostrar como esposa; ahora, ambas cosas podían ser de él: la chica y la empresa de su padre. Quizá apuntaba demasiado alto, pero si no lo hubiese hecho así en el pasado aún sería un miserable periodista.
Las cosas fueron bien durante el siguiente mes. Henriette le traía diversos productos hechos por la empresa Brass. Cajas llenas de libros, de revistas interinstitucionales, de sobres, incluso de vasos de cartón; todo lo que podía producir una empresa como la Brass Papers & More Inc. Franz tenía un proyecto en mente: mandar toda una imprenta nueva y papel para unos socios en Ruanda, quienes estaban necesitados de material para sus publicaciones de propaganda racial. Y no era todo. Con cinco años en el lucrativo mundo de la venta de armas, la posibilidad de enviar paquetes de información comercial —y de producirlos él mismo a un bajísimo precio— sería una alternativa más segura que el Internet. Qué mejor que hacerle llegar a un jefe de estado un catálogo completo de rifles y obuses bellamente empastado y con hojas de papel satinado. Alcanzó a tener un último proyecto incluso, cuando estaba sentado en una terraza de Bruselas frente a la bellísima Henriette, rodeados de velas y con un contrabajo haciendo más romántico el momento: producir pornografía, en masa, sin restricciones. Estaba harto de la maldita red y sus restricciones en cuanto a menores; había que volver a los medios impresos.
Esa noche pudo darle un beso tras bailar un par de piezas. Sólo eso. Era difícil separar placer y negocios con esa chica, pero fue un buen avance para una noche. Al día siguiente ella llamó: debía viajar en un par de días a ver a uno de sus clientes, no obstante no quería que “los maravillosos días que hemos pasado juntos” se interrumpieran; ¿por qué no ir juntos? Franz, encantado de irse a un hotel, lejos de cualquier vigilante a sueldo de su futuro suegro, aceptó y empezó a empacar.
Estaba listo con un ramo de rosas amarillas en el aeropuerto. No sabía a qué país viajaba, pero suponía que era dentro de Europa, así que por documentos no se preocupaba, además, por ella y su dinero iría hasta el fin del globo. Henriette se presentó tras diez minutos: Bruselas – Moscú.
Franz perdió la temperatura de su cuerpo tan rápido como le habría sucedido a un carbón ardiente de caer en las gélidas aguas del mar de Barentz. No podía ir a Rusia, ni loco. Allí nadie debía conocerle, ni podía pesar sobre su persona orden de captura alguna, pero él había estado proveyendo a los fejayines chechenios de mercurio para sus balas y de gas mostaza para las pipetas explosivas que empleaban en sus ataques. Una vez había estado en San Petersburgo y otra Zernosovjozkii hablando personalmente con agentes de los rebeldes. Era muy inexperto en cuestiones de seguridad entonces, pero tuvo suerte y el FSB no lo detuvo. Pero pudieron haberlo fotografiado, como le explicó Milan, su guardaespaldas croata. Ir por tanto a Moscú no era una buena idea; y aunque se trajese a un par de buenos abogados para sacarlo de una posible detención, ¿qué impediría que los rusos le dieran una paliza y lo introdujeran en una mazmorra para interrogarlo con ácido lisérgico? Nada.
Se excusó del viaje y explicó que tenía problemas de oído; los cambios de presión no le ayudarían mucho, claro, y que mejor esperar unos días. Henriette se alarmó al escuchar eso, pero dijo que prefería quedarse con él a tener que hacer un viaje largísimo para escuchar las quejas del tarado editor del diario al cual proveía de tintas. Por algo, por alguna maldita razón, este comportamiento le supo raro. Entonces consultó con su jefe de seguridad.
Milan Gotovac, un sargento de paracaidistas a quien conoció como mesero en Bali, ciudad a la que llegó el croata con el deseo de ser jefe de seguridad de algún mafioso asiático, era uno de esos hombres que no suelen destacarse por nada en toda su vida; quizá por lo mismo aceptó de inmediato hacerse cargo de la seguridad de un tipo como Wessel, quien, si bien no temía por su vida, ya había tenido una experiencia desagradable en Guayaquil, Ecuador, donde se vio aligerado en veinte mil dólares a la salida de su hotel por un par de chicos que no llegaban a tener quince años. El alemán y el croata tuvieron una breve conversación en el restaurante de comida de mar y allí mismo se realizó el contrato. Gotovac, sin esposa ni hijos, se había visto en los últimos meses viajando por el mundo, siempre en primera clase, habitando buenas habitaciones y acostándose con las prostitutas que deseaba; todo, junto a una paga aceptable, por tan sólo revisar habitaciones, asegurar pasillos, caminar delante de su jefe y alertarle sobre cosas que hasta el más obtuso podría darse cuenta. Milan tenía claro que de haberse quedado en la milicia de su país nunca habría llegado más alto en la pirámide. Su coeficiente intelectual no era muy alto; carecía de cultura general y no era un soldado realmente hábil. ¿Pero por qué habría de necesitar el señor Wessel a un ejército de un solo hombre? No era el alemán más rico del mundo, no tenía enemigos declarados, y su trabajo era apenas una pizca ilegal. Mover dineros y armas no tenía nada de malo; malos eran los políticos y sus necesidades de hacerse ricos enviando a algunos estúpidos a batallas que terminarían realmente solucionándose en mesas de conferencias.
El croata lo escuchó un rato y le soltó su opinión: podría no haber amenaza alguna en las invitaciones de la bella Henriette; pero sí valdría la pena asegurarse: si ella intentaba sacarlo del país de alguna otra manera, o si buscaba retenerlo en algún lado, usando si quiera un mínimo de fuerza letal o persuasiva, entonces había que declararla como amenaza; sería entonces agente de alguna organización y, sin importar quién fuera esta, lo mejor era huir de la misma y esconderse entre quienes le conocían y podrían protegerlo.
Durante casi una semana la señorita Brass no se dejó ver, no contestó llamadas ni se apareció por el hotel; Wessel empezó a destrozar los proyectos que tenía montados alrededor de ella con un mínimo de esfuerzo. Le lastimaba un poco que alguien le pudiera tomar tan poco en serio. Si lograba casarse con ella la tendría vigilada de tiempo completo, decidió.
Pasados ocho días llamó, animadísima.
Su padre estaba en Ostende, un puerto del Flandes Occidental, sobre el Atlántico Norte. Allí llegaban todos los pedidos por barco que enviaba la empresa Brass a la Europa Central y los Países Bajos. Él estaba coincidencialmente supervisando la llegada de cientos de bobinas de papel arroz para una nueva revista de deportes situada en Lieja, así que ¿por qué no reunirse todos y conocerse? Papi, explicó Henriette, tenía un hermoso yate en el puerto.
Franz estuvo a punto de salir disparado hacia Ostende, Milan lo detuvo: sería muy fácil secuestrarlo —o asesinarlo— en un yate solitario con un motor lo suficientemente poderoso como para escapar en un par de horas a aguas internacionales. Pero no asistir sería evidenciar que se conocía lo que no se debía conocer, dijo.
Fueron entonces en tren hasta esa ciudad y se presentaron en la amarradero de de yates a la hora convenida. Las ocho de la mañana del día más gris de su vida, según recordaba Franz Wessel. Henriette lucía un abrigo pesado, unas gafas y un gorro cosaco. Un hombre robusto y de piel color ceniza lo esperaba sin el menor atisbo de buen humor. Antes de dar un paso dentro de la nave Franz hizo una señal con la cabeza, y en segundos se paró a su lado el sargento de paracaidistas. El viejo habló en inglés de inmediato: aquel matón no entraría en su lujoso crucero en miniatura. Tal vez su acento lo delató, o tal vez la pintura nueva y mal aplicada que cubría la nave, pero Wessel debió sentir algo que le hizo retroceder y apoyarse en el hombro de su jefe de seguridad. Este desabrochó velozmente el único botón apuntado de su chaqueta de ante; su Mágnum .45 se asomó ligeramente bajo la axila izquierda. El viejo reconoció esta acción de inmediato: “si piensa abordar hágalo de una maldita vez” gritó, y Henriette de repente estaba muy nerviosa y con los ojos vidriosos: “por favor, Franz…”. Wessel ya estaba a un paso de caer en el pánico; giró la cabeza para ver en qué estado de ánimo estaba su guardaespaldas, eso le permitió ver el diminuto círculo rojo que recorría la parte superior del pecho del croata. “¡Milan!” y Milan alzó la mirada a la atlética silueta de un marinero de pelo casi blanco con camisa a rayas azules que le apuntaba con una moderna Walter PPK con silenciador y mira láser.
Fue cosa de un segundo y BAM. La detonación fue estruendosa. Un grito agudo de mujer se mezcló con la nube que surgió al instante. Otra serie de detonaciones cavernarias sacudieron la plácida mañana del Mar del Norte. Ni Milan ni su jefe se quedaron a ver si alguien estaba herido; corrieron hasta dar con el auto y salieron como un rayo para tomar el primer tren que los sacara a Brujas, ciudad donde al menos un par de socios podrían ayudarle a esconderse y salir disimuladamente de Holanda.
Nunca supo quiénes eran. Podrían haber sido los rusos, o los británicos, o la CIA, aunque uno de sus amigos, un belga de confianza a quien le narró el hecho, le aseguró que los americanos no estaban interesados en vendedores de armas europeos; más les asustaban los chinos y los norcoreanos. Como sea, habían intentado secuestrarlo, por las buenas o por las malas; llevárselo a sólo Dios sabe dónde para interrogarlo o retenerlo de por vida en prisión. Y quien lo había intentado de seguro tenía el capital y el tiempo para intentarlo de nuevo. Así, desde ese día, optó por invertir más en seguridad. Dejó en manos de su tío Helmutt, abogado y banquero, la contratación de una escolta de seis hombres. No le importaba el costo, con tal que fueran profesionales.
Del mismo modo, su generoso y anciano tío uso a sus dos mejores investigadores para que dieran con alguna pista sobre la misteriosa Henriette y su supuesto padre, el señor Brass.
Nada. No dejaron ni el menor de los residuos; ni siquiera un recuerdo entre quienes los habían visto juntos; y la única prueba de los eventos ocurridos en Holanda fue una libreta pequeña, de tapas en cuero rojo, con una estrella en la mitad. Exactamente igual a la que había dejado el periodista colombiano en el apartamento de Irma. Un cuaderno de apuntes, muy bonito, eso sí, pero que, como lo mostró la investigación hecha en los meses siguientes, no había sido hecha por ninguna empresa conocida en el mundo occidental. No obstante, antes de concluir la investigación, uno de los detectives obtuvo un dato de ya escaso valor: el papel lo había producido una empresa de Bakú, en Azerbaiyán, a mediados de mil novecientos setenta, usando un tipo de pulpa de corteza originario del norte de Vietnam. Un papel único, para unas libretas únicas, fabricadas con un fin único: tenderle una trampa.
Esto podría ser, como se dice actualmente, hilar demasiado fino, pero, tras el aterrador suceso de Ostende, ya no podía darse el lujo de obviar las casualidades. Tendría que llamar a Milan tras la hora del almuerzo y discutir acerca de qué acción se tomaría en contra de este, posiblemente falso, periodista colombiano.

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