Capítulo XXVI. La Madraza.
Un atardecer, de lila y fucsia, de vientos cortantes, de arenas en la autopista. Viajaban ambos jóvenes, un aprendiz de escritor y un talentoso músico, en un autobús de línea, que aunque con más de once años de servicio cubriendo rutas en la meseta iraní, guardaba el buen aspecto que tiene todo automotor al salir de la factoría.
Y cómodamente sentado, drogado por el aroma artificial de canela y fresas del ambientador vaporizado sobre las sillas, Leonardo trataba de poner cierto orden en sus pensamientos; cesar de hacerse preguntas y empezar a encarrilar las acciones que tenía que poner en marcha más que de inmediato. Desgraciadamente, a parte de media docena de párrafos rasgados apuntados entre una de sus libretas rojas no tenía nada más, y estas, a parte de ser instantáneas de las cosas vistas durante su visita a la escuela de Chitgar, carecían de cualquier valor en aquellos momentos de duda.
Un autobús de línea regular cubre el trayecto desde el centro de Teherán hasta el pueblo de Chitgar. La distancia no es superior a los diecinueve y medio kilómetros, y le tomó a Leonardo Katz y a su guía Hamid menos de treinta minutos alcanzar una villa que bordeaba la pequeña ciudad.
En Shahabad, por donde cruza una línea férrea, unas veinte casas de color arenoso esparcidas entre verdes prados componen las instalaciones —si se puede aplicar tal término— de una de las madrazas más conocidas de Irán. Al bajar del autobús y caminar, Leo fue descubriendo esta ciudadela universitaria anclada en el tiempo, con jóvenes vestidos tanto a la manera occidental como a la clásica manera persa, sosteniendo sus libros y mirando al cielo repasando lecciones.
Había jardines y mucho césped, pero el calor le daba a todo esa apariencia desértica que el occidental promedio cree inherente a los países musulmanes. Leonardo se dejó llevar hasta donde una congregación de muchachos parecía esperar algo. Todos estaban en el suelo, formando un círculo, y algunos hablaban entre sí.
En la mañana, Katz se deshizo de su indumentaria de colombiano y pidió prestado un pantalón de pana gris, una camisa amarillenta de manga corta; sólo conservó sus botas. Su mandíbula y mejillas estaban ya cubiertas por la barba no rasurada de los últimos ocho días. Su aspecto, entonces, al tomar asiento entre los otros tantos jóvenes estudiantes tenía tal semejanza, que por primera vez, desde el inicio de su viaje, Leonardo se sentía seguro.
Acercándose a uno y otro Hamid preguntaba por alguien; de tanto repetirlo, Leo supo que buscaban a alguien llamado Kasravi.
Lo encontramos asomado mirando al sur, con un libraco enorme entre las manos, rascándose la ceja derecha, concentrado en descubrir algo el horizonte. Como estaba asomado al balcón del segundo piso, la impresión que me causó fue variando a medida en que ascendíamos por la escalera y los detalles de su atuendo, así como de su cara y expresiones se fueron intensificando.
Hamid hizo la presentación de rigor. No mencionó que Katz fuera periodista, prefirió referirse a él como simple turista; así se lo explicó a Leonardo más tarde, aduciendo que ni Asad Kasravi, ni sus compañeros de estudios veían con buenos ojos a los cronistas extranjeros, siempre deseosos, en su opinión, de reforzar clichés. Debido a que la conversación y la introducción se hizo en persa, Katz no pudo saber cuánta verdad o cuánta falsedad había en esta explicación. Y, no obstante, el alumno de la madraza se inclinó ligeramente, enseñando una desusada educación, al estrechar la mano del impresionado Leonardo.
—Es un verdadero placer para mí conocerlo —aseguró Asad Kasravi, alumno de filosofía musulmana.
Hamid y su conocido, seguidos de cerca por el concentrado señor Katz, hablaron en su idioma natal durante el recorrido por el balcón de la elegante casa de dos pisos de formas españolas que parecía regir todo el poblado de pequeñas viviendas. La conversación fluía como un río crecido que arrastra risas, comentarios serios, apuntes al margen e incluso invectivas. Todo esto a consideración de Leo que al no conocer el farsi dependía de las actitudes y gestos de aquellos dos amigos.
Revoloteaban los alumnos, muchos, con su variedad de atuendos, siempre en colores crema o variantes de gris. Alegres, presurosos, van y vienen; poco queda por hacer para no ser contagiado por el aire agitado de esta escuela de tendencia absolutamente masculina.
De pronto, para Leo, muy de repente, Asad se dio la vuelta, tras detenerse, y se quedó mirando al visitante asintiendo lentamente. Se acercó, probó usar dos palabras —que cortó a la mitad de cuajo—, emitió un carraspeo directamente de su garganta y afirmó:
—Entonces tiene usted curiosidad de conocer a nuestro grupo de estudio.
Como no era una pregunta el periodista no supo si debía responder.
—Tengo curiosidad sobre muchas cosas.
Hamid tuvo que traducir aquello.
—Ya veo. Pero mi amigo me dice que usted busca a alguien en especial.
Nervioso. Esto no estaba en el plan.
—Todo lo que quiero hacer —y Leo fue soltando las palabras en cámara lenta— es conocer a tanta gente como me sea posible. Y la verdad es que los puntos de vista y opiniones de…
—Del imán —apoyó Hamid a un lado del escenario.
—Del imán, me serían muy útiles. Ahora estoy en un viaje de conocimiento; sé que no podré repetir esta experiencia dos veces en mi vida.
Estas palabras parecieron convencer al ahora —porque hasta ahora así se revelaba— tímido, o nervioso simplemente, estudiante llamado Asad, quien girando su cabeza emitió un monosílabo afirmativo y asintió una vez con la cabeza. Hamid agregó una sonrisa personal e hizo una invitación que reiteró con su inglés de televisión.
—Muy bien, ¡vamos!
Como no sabía a dónde iban a Leo le tocó de nuevo caminar tras los dos muchachos iraníes. Muchas cosas se le pasaron por la cabeza: su máquina interna de producción narrativa le relataba bellas oraciones, pero el esfero estaba en su camisa y el cuaderno de tapas rojas en la mochila de diseño indígena. Una gran distancia cuando alguien quiere ser prudente y no desea ser visto tomando notas en un idioma extranjero.
Salimos de la casona mediante una serie de puertas de arco que nos transportaron a un jardín en la parte trasera. Su ambiente, claro, era mucho más relajado, y allí pude ver a tres muchachas; si es que puede aplicarse ese adjetivo a tres mujeres envejecidas por el chador negro. Estaban a lo lejos, parecían cuervos agazapados junto a una fuente de piedra, picoteando el Corán.
Creo que les pregunté sobre las mujeres aquellas, y si alguna respuesta me dieron debió ser muy escueta, tanto, que ahora la he olvidado por completo. No sabía que admitían mujeres en estas escuelas. O tal vez fue solo la impresión devastadora que fue surgiendo de entre los árboles que hacían a un lado en la medida en que avanzábamos, revelando el mayor arco que he visto en mi vida.
Luego Katz se quedó sin palabras para registrar lo que había visto; aquella entrada, sus muros, el intrincado patrón de los mismos; tonos azules, detalles en verde y dorado, como una floresta gigante levantada sobre el dado abandonado por gigantes de otro planeta. Era una mezquita, y para Leonardo, que hasta ahora sólo conocía iglesias y sinagogas, representó el primer contacto con el verdadero imperio musulmán.
Navegaron un rato por un interior más modesto. Sólo muros en blanco, citas del Corán en árabe y poca asistencia de público. La oración de la mañana acababa de terminar.
Entonces, los tres muchachos se quedaron quietos; Hamid le preguntó algo a Asad, este no contestó, y Leonardo miraba admirado la alfombra bajo sus pies descalzos. Cuando notó que esperaban algo, miró al frente, como sus compañeros, y vio hacía el fondo del salón a un hombre de rodillas, vestido de blanco tradicional con un turbante del mismo color en la cabeza, la cual no estaba en el suelo, sino casi recostada contra su espalda como si este hombre esperase ver algo en el cielo.
Pasaron cerca de diez minutos hasta que el tipo se puso en pie y se dio la vuelta con un gesto de profunda concentración sobrecargada en su cabeza gacha. Desde su posición, a razón de la distancia, y por la forma en como avanzaba, en los ojos de Katz lo primero que entró fue aquella increíble barba blanca, rizada y muy larga, donde un primitivo y salvaje negro quedó aplastado por un gris ratón que degeneró en blanco nieve, años y mala vida. Al levantar finalmente la frente el segundo punto sobre el que recayó la atención de Leonardo fue la larga y chata nariz de punta prominente mejor conocida por los bogotanos como nariz de breva. El tipo resultaba ser muy alto, condición presente sólo en pocos iraníes que Katz hubiese visto en los días pasados. Cuando Asad se hizo a su lado, cosa que consiguió tras acercarse a él inclinado un poco, llamándolo en susurro, con total humildad, la diferencia entre estaturas, ciento sesenta y tres para el alumno, ciento noventa y dos para el maestro, creó en Leo la impresión, no de hallarse frente al pequeño y sabio maestro árabe, sino con el hercúleo luchador de la jihad.
Asad le hablaba al oído, el imán lo escuchaba con resignación declarada, algo muy típico en todos los maestros.
—Puedo ser tu intérprete si quieres —le dijo Hamid en voz baja a su lado, sin dejar de mirar al hombre de blanco—: mi inglés es mejor que el de Asad. Pero si te digo la verdad algo en este tipo me asusta.
Katz no pudo reírse de esta revelación; el imán tenía los ojos de un demente y las delgadas cejas de un sádico. Hacer comentarios de orden racial contradecía los principios demócratas de la casa paterna de Leonardo y sus propias convicciones, entre las cuales se anotaba de que los hombres, blancos o negros, podían llegar a ser tan malos como el sida y el cáncer juntos. Pero es que, definitivamente, la piel aceitunada y los profundos ojos carbón podían ser usados para ilustrar la maldad.
Asad regresó.
—El imán acepta hablar contigo. Dice que siempre está dispuesto a escuchar a los jóvenes y a orientarlos. Dice que el mensaje de Alá debe llegar también a los extranjeros que buscan guía aquí, lejos de sus hogares.
Antes de poder dar las gracias, el enorme guía y profesor de filosofía ya estaba en marcha. Sus movimientos tenían algo de pendular y su thob se arrastraba sobre las laberínticas alfombras como un traje de novia.
Y ahora parecía haber otros presentes en la sala de oración. Leonardo se fijo en dos de ellos, quienes vestían de camisa y pantalones y no lucían tan jóvenes como los estudiantes entre los edificios de la madraza. Siguieron caminando. Al querer ver atrás, se encontró con un tipo calvo, de traje y camisa desabrochada, que al instante giró sus ojos para posarlos en una de las ventanas de apabullante resplandor. Siguió caminando. Aquellos hombres mayores volvieron a moverse. Ahora quería correr.
Junto al guía se introdujeron por un umbral de fondo irreconocible pintado de oscuridad. Voces de fuentes irreconocibles asaltaban el paso por el zaguán sin luz; parecían cantos, parecían discursos, u oraciones. La fuente se reveló: un cuarto, muy grande, en verdad una sala de oración más pequeña que la principal. Pero allí no se oraba, se estudiaba y se conversaba. Sentados en cojines, cuando no sobre las alfombras mismas, grupos pequeños de estudiantes, nunca más que cuatro alrededor de algún maestro, hacían preguntas —o eso le parecía a Leonardo Katz que a cada cosa le aplicaba su propia impresión— y esperaban respuestas de aquellos quienes debían saber de memoria el Corán.
Era sin duda el lugar correcto para buscar la esquiva verdad. Y la verdad, ¿quién era ese hombre? ¿Por qué le interesaba tanto a
Aún Katz no se atrevía a girar la cabeza en búsqueda de sus posibles perseguidores. Podrían estar ahí en el cuarto, pero mirarlos contravendría las recomendaciones de su instructor de espionaje. Entonces será cerrar los ojos, concentrarse, jugar a que realmente somos periodistas, jugar a que el periodismo es cosa fácil: preguntas, respuestas y composición de cápsulas informativas para saber al pueblo llano lo que pasa.
—Primero quiero saber —se aclaró la garganta sonoramente para darse un tiempo, y no dejó de mirar a Asad, al buen chico iraní, escapando de los flamígeros ojos de
Antes de que la pregunta estuviese completa el veloz estudiante le traducía a su maestro. Katz procuró usar su inglés más articulado y abierto. Parecía funcionar. Y mientras el mensaje se trasladaba al campo del persa, el agente secreto miró por primera vez de cerca a su objetivo: era joven aún, pese a la barba y las espesas cejas, pese a los rasgos incluso de hombre mayor, los labios que asomaban entre el bosque grisáceo sonreían, acompañados de las cejas arqueadas de forma positiva. Un iluminado, una figura espiritual, un guía, una luz; si eso es en lo que se puede convertir un hombre ante sus hermanos, si a eso puede llegar una idea, un mim, a dar esperanza y un sendero claro en un mundo donde todos estamos parcialmente ciegos, ¿no es algo genial?
—… la palabra de Alá, el único, en la tierra —terminó de decir el intérprete sin que Leonardo hubiese retenido una sola palabra, olvidando de raíz todo conocimiento de inglés que tenía.
El guía seguía hablando. Ahora más rápido y convencido de sus palabras.
—Por que, cada uno de los supuestos conocimientos del hombre, que el hombre llama conocimiento, pero que no es conocimiento si no proviene de
Las palabras empleadas por el joven alumno del potencial colaborador de
—¿Cómo ve la labor de este gobierno en esa búsqueda por llevar a todos ese mensaje?
La réplica tardó un poco más en llegar, pero el guía parecía darse cuenta de la necesidad del mensaje de verse traducido, y el tiempo que esto toma.
—En el actual estado de las cosas no es posible llevar el mensaje, ya que este debe ser puro, y las estructuras de este gobierno, envenenadas por occidente, sólo pueden darle a los jóvenes el mensaje equivocado.
—¿Qué mensaje?
—De que debe haber tolerancia. No seremos tolerantes. No hay espacio para los no-musulmanes o los politeístas. Hay sólo un camino y es aquel que conduce a
—¿Eso significa que este gobierno debe ser cambiado? Aún con todo el apoyo que este nuevo presidente le ha dado a estas escuelas y su interés en fortalecer la ley islámica…
El guía alzó las manos y aumentó el tono de su voz.
—El camino que ha elegido este gobierno no es el correcto —tradujo Asad, retrocediendo un poco ante la explosión repentina que se desató en el rostro del imán—. Porque este gobierno y los otros han traicionado la revolución; la guerra de liberación que debemos lanzar contra quienes buscan aplastarnos.
—Entonces Irán está invadido. ¿Usted habla de una guerra de liberación?
—Yo hablo de una guerra en todo el mundo islámico. Yo hablo de una guerra contra los que nos han traicionado, los que nos han vendido, los que aceptan en su casa al invasor. Contra los colaboracionistas.
—Entonces, el camino es, liberar al mundo musulmán de cualquier presencia occidental. Así cualquier forma de cultura occidental en nuestra tierra es una afrenta. Sólo borrando de nuestras naciones los instrumentos de agresión cultural de las potencias podremos considerarnos libres.
—Un mundo musulmán sin ninguna presencia de cultura occidental; sin sus formas de gobierno, o su tecnología, o su ciencia, o sus filosofías.
—Sí, asía sea. Alá es grande.
El tipo incluso tenía una enorme sonrisa cortándole el rostro. Sus ojos estaban encendidos con algo parecido a la chispa incandescente producto del amor. Sin odio, sin ira. Katz cerró los ojos e inclinó su cabeza en una serie de repetidos asentimientos. La verdad era un recurso para ganar tiempo; aun quedaba la parte más complicada de toda la maldita operación: cómo, putas, va, a reclutar, a este fanático religioso del demonio, como agente, de, la, maldita, y, conservadora ¡CIA!
—Maestro —dijo al fin Leonardo, quien esperó a que la palabra, traducida al persa, calara en aquel instructor de odio—. Vengo de un país pobre, y pequeño llamado Colombia. Mi pueblo está constantemente amenazado por las potencias de Europa y América; ellos roban nuestros recursos, imponen mandatarios crueles y roban nuestros recursos.
“Vamos, vamos; es como redactar un diálogo en una novela: tienes que creerlo aunque sabes que no es cierto. Sólo usa todo lo que sabes” Se decía Leonardo en cada pausa que debía darle a Asad para que lo entendiese el imán.
—Muchos creemos que la única forma de vencer es mediante una oposición pacífica, y una unión con todos nuestros hermanos alrededor del mundo que sabemos compartirán nuestro ideal, socavando la imagen de monstruo invencible, poseedor de toda la verdad, que es el monstruo imperialista.
Uff… le salió de un solo golpe. Gracias James Al-Jezza por todo tu odio marxista.
Los fervorosos ojos de brillante optimismo ante el cuadro de un mundo sin la supuesta corrupción occidental se opacaron por una tormenta de reprobación. Por un par de segundos, hasta que la voz de Asad regresó al cuarto, Katz estuvo aterradoramente seguro de que había cometido un grave error.
—¡No hay espacio para la paz! ¡No debes darle cuartel a tu enemigo! La unión de todos, de cada nación apunta sólo a un fin: el fin de todos los imperialistas. El derrumbamiento del Gran Satán y de todos aquellos que no quieran entregarse al verdadero mensaje. Si tú muchacho encaras a tu enemigo, y deseas su muerte y que corra su sangre, entonces tendrás todas las posibilidades de vencer. La paz para el mundo llegará sobre las tumbas de los que intenten detenernos en nuestra jihad.
“Y, por ejemplo, nuestra fuerza no sólo marcha contra América; sino contra todo el mundo. La misión no terminará sino hasta que todo hombre o mujer, sin importar su edad, inclinen su cabeza a Alá, el más grande. Nosotros no peleamos sólo por tratados de paz con naciones infieles; no queremos tratados falsos con aquellos politeístas que hablan de una Trinidad cuando Dios es uno sólo, Alá el más grande.
—¡Alá el más grande! —Exclamó Leonardo entonces.
—¡Alá el más grande! —Repitió con voz de trueno el imán.
—¡Alá el más grande! —Corearon los otros en la sala.
Una vez las voces se apagaron Leo Katz se inclinó obediente hacia el maestro.
—Bendito seas, gracias por tus palabras —se dirigió hacía Hamid, quien con los ojos muy abiertos observaba toda la escena—. Es todo; gracias. Podemos irnos ahora.
Agradeció igualmente a Asad y los cuatro se pusieron en pie.
Cruzaron el corredor, la gran sala principal —donde ninguno de los misteriosos hombres de antes hicieron presencia—, y salieron al bosque donde el sol se derramaba inmisericorde. En medio de ello dos enormes manos se posaron en los hombros de Leo. El imán que Leo K conocía sólo como Estrella del Norte le habló entonces; parecía más alto allí, gigante, y tan propio del caluroso escenario como lo es la boa en la impenetrable selva húmeda.
—Dice que puedes asistir con él a la mezquita de Abruz Dubah, en Teherán. Allí va cada jueves —tradujo Asad.
“Claro que sí maldito terrorista” pensó de inmediato Leo, pero su boca de aprendiz de espía soltó un humilde “gracias” en persa. El imán se dio la vuelta y se retiró seguido por su pupilo hacia el propio bosque. “Maldito perro” siguió pensando mientras caminaba de vuelta al sendero que habían utilizado para llegar allí; Hamid hablaba, tal vez de música, tal vez de religión, al diablo con él también. “Golpear a los infieles; claro, como el once de septiembre. ¿Cierto?” Carajo, esa mañana, cuando aún vivía en Chile, no la olvidaría nunca. Las detonaciones, la gente saltando por las ventanas, las columnas monumentales de humo… y los malditos que en Medio Oriente celebraban por las calles.
Lo peor es que esta clase de fanáticos se deben de encontrar en todas las escuelas, fomentando el odio, diciéndole a toda una nueva generación que el mejor destino de un verdadero musulmán es el de envolverse en plástico y hacer volar un avión, o cuando sea un bus; atacar todo lo que signifique occidente. Viajar a Estados Unidos, o a Inglaterra, probar su comida, hacerse a un empleo, recibir los estipendios gubernamentales, enamorar a sus mujeres, botar basura en sus ríos, asolearse en sus playas, contemplar sus paisajes, disfrutar de la protección de sus derechos como no lo hacían en sus patrias de origen… y matar a diez, cien o mil civiles sólo para demostrar que su Dios y no el Dios cristiano es el verdadero. Qué filosofía.
Enhebrando ideas de odio, Leo Katz llegó a las cinco y cuarto al hotel, se dio una ducha larga bajo el agua tibia. Sin vestirse se metió entre las cobijas, buscó música en la radio, buscó humor en la televisión, relajamiento masturbándose y exorcismo mediante el ejercicio. Todo sin lograr nada. Si los Estados Unidos querían deshacerse de Ahmadinejad, un conservador, y poner en el trono a aquel tipo, un demente, una nueva guerra: otros tres mil cadáveres en féretros de caoba con banderas cubriéndolos.
“Soy un soldado del Islam” dirá entonces aquel chico que ahora sueña con crear robots, para entonces empuñando una metralleta en un teatro atiborrado de gente aterrorizada. Un genio, un premio Nobel en potencia una vez más sacrificado por la maldita cultura, la puta educación.
“Soy un soldado de Occidente: igualdad, libertad, fraternidad y la búsqueda de la felicidad. Y si algún maldito extremista pretende hacer desgraciada mi tierra lo mataré en el acto”
—Las luces han apagado —dijo en inglés con fuerte acento egipcio una voz del otro lado de la puerta—, creo que ahora se ha dormido.
Cortó la comunicación y puso su teléfono móvil entre el bolsillo de su chaqueta. Siguió caminando con su portafolios vacío y su andar resuelto y aburrido de hombre de negocios tras una infructuosa cita comercial. Debía ahora irse al auto y esperar junto a su compañero a que el objetivo a vigilar hiciese algún movimiento. Como era un tipo joven, podía ser escurridizo, afortunadamente quedaba alguien en el vestíbulo del hotel Azadi en caso de que el espía latino quisiese salirse del hotel. Las entradas y salidas estaban revisadas; y el jefe, Milan, ya estaba calculando los planes para caer sobre el chico una vez el sol se levantase de nuevo.

1 comments:
Desde este punto en adelante, me niego a hacer cualquier comentario acerca de mis puntos de vista sobre el Islam.
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