Capítulo XXVII. El Taller de Arte.
Milan Gotovac gastó su noche entera revisando las instalaciones inferiores del Hotel Azadi. Su plan era rudimentario, sencillo, y sólo se necesitaba una pizca de suerte, cosa que, como le fue enseñado en la academia, es siempre componente inseparable de toda estrategia. Tras su larga fase de reconocimiento regresó al gran Citroen negro de ventanas opacas donde pudo cambiar su camisa, chaqueta y pantalones, haciéndose a un aspecto más distinguido, y si se quiere, más extravagante. Un millonario solitario de Europa Oriental, con camisa de seda, chaqueta en tono arena hecha a la medida y cadena de oro bailando sobre su cogote.
El auto tenía como chofer a un iraní de 26 años llamado Ebrahim Armin, de pelo escaso y piel clara, con una corbata negra muy ajustada sobre su camisa azul de manga corta. La forma moderna de la carrocería no impactó al guardia de la entrada del parqueadero subterráneo, quien supuso de inmediato que el viajero en la parte trasera era alguno de esos franceses que vienen a pasar el verano en la ciudad y a sacar verano antes de regresar a Europa.
El joven Armin no sólo era bien parecido, sino que contaba en recta académica con una visita de dos años a París en los cuales aprendió el francés. Allí había sido reclutado por el servicio secreto exterior iraní, y trabajó durante unos ocho meses como espía antes de regresar a casa. Lo lamentable es que, una vez de vuelta en Teherán, su superior le comunicó que su fachada de agente había sido descubierta por el SDE —contrainteligencia interna de Francia—, razón por la cual el gobierno no podría hacer más uso de sus patrióticos servicios. Tuvo entonces que regresar a los libros de texto y a la búsqueda de empleo como maestro de lengua gala, hasta el día en que, de ese mismo ministerio, le ordenaron trabajar como escolta e intérprete de un alemán llamado Wessel, importante socio comercial del gobierno, y la clase de personas que se pueden ver asaltadas en plena calle por ladrones profesionales, aunque estos no abunden en la capital, ni en el resto del país.
Se podía todavía probar la frescura de la mañana bajo el cielorraso de concreto del estacionamiento. Con excepción de un europeo que no hallaba la manera de meter sus palos de golf en la cajuela de su Mazda, ningún ser humano perturbaba el silencio o el continuo ronroneo de los autos en la lejana avenida.
Un impacto metálico resonó por todo el estacionamiento: el turista, ya enfurecido, había guardado su bolsa en el asiento trasero y cerró de la forma más violenta que pudo la cajuela. Los impactos se repitieron: la puerta de atrás y la del conductor mismo. Ya se iba.
—Armin escúcheme muy bien. Debemos operar rápidamente para ponernos en riesgo —le fue diciendo Milan a su conductor mientras él revisaba una bolsa para raqueta de tenis—; es sólo cuestión de calma y movernos rápidamente.
Extrajo el cargador y la bala de nueve milímetros de la recámara de la pistola austriaca modificada. Ebrahim miraba el proceso con sobreactuado interés, obviamente para cuestionar aquello sin abrir la boca.
—No vamos a matar a este hombre, ni siquiera a lastimarlo. Pero es necesario que coopere —y de la misma bolsa Dupont sacó un silenciador negro y poroso; lo aplicó a la pistola y lo enroscó en tres breves movimientos de su muñeca derecha. Llevó, con la izquierda, el arma a un lado, depositándola en la mitad de un ejemplar recién comprado del Le Monde. Envuelta la herramienta más usada en el mundo para disuasión, sacó de su bolsillo su celular señorero de forma ovalada.
Esta mañana, tras un sueño intranquilo, Leonardo Katz se despertó convertido en un patético insecto. Estaba echado de espaldas sobre su camisa transpirada, y al alzar su cabeza vio sus pálidas extremidades inferiores cubiertas de vello, tan largas y delgadas como las patas de un escarabajo. Un torpe escarabajo de tierra que sueña con ser águila. Que soñó con ser águila.
El viajante de espionaje Gregorio Katz descubría esta metamorfosis mezclada con el fétido olor del fracaso. Esta bien, lo aceptaba: le había llegado a tomar cariño, y cierta emoción, a su rol de espía. Ser un escritor fracasado que trabaja vendiendo empanadas en una escuela nunca es buen rótulo para quien se vio envuelto en tanto rollo demencial. Olvidando a Candy, la asesina profesional, y a los Cabeza de Martillo, los guerrilleros urbanos, no era, ni había sido, nadie. Viajar a medio oriente en misión de correo de la CIA —algo teóricamente legal y sin riesgos de muerte acechando en las esquinas— con protocolos memorizados y un dispositivo secreto de comunicación —algo que, bien visto, resulta algo ridículo en esta era de cámaras miniatura— era tan propio de una novela de aventuras, de un Jules Verne, que lo contrario, es decir este ecosistema kafkiano en donde había despertado esta mañana, le resultaba aburrido, triste, azul.
Terminado su monólogo, preparó su ropa y fue a la ducha. Debía mandar un mensaje mediante aquel telégrafo portátil, esperar una respuesta de Langley en forma de un nuevo post en un blog que debía visitar en la tarde, y saber por medio de este cuál sería el siguiente paso para informar de todo lo visto a Thomas Jefferson.
Para vestirse se sentó de nuevo en la cama; no había dormido, descubrió, y el sueño le vendó los ojos. Había cosas que hacer y aquella misión debía terminar cuanto antes; Teherán no era Mónaco, ni Roma, nada había que hacer aquí como turista. Ansiaba ver Bogotá de nuevo; para el viernes sería perfecto estar de nuevo allí. Ergo, mejor no envolverse de nuevo en esa sábana usada, buscar el aire libre, el correr del tráfico, quizá un café en el hotel de enfrente y decirle al coronel que todo ha sido un grave error.
Y casi sin ver se fue sobre la puerta, casi sin abrir los ojos salió al corredor; no vio, claro, al tipo delgado de bigotes afilados que esperaba recostado en una esquina, que aunque no era el único en aquel corredor si lo observaba fijamente, comportamiento por demás sospechoso, y que, de haber seguido Leo las pautas enseñadas por Malcom Rivers, lo habría puesto en guardia, y así los hechos que vamos a narrar a continuación no habrían tenido lugar:
El ascensor abrió sus puertas; Milan y su asistente iraní observaron a Leonardo; este no se fijo en ellos tanto como en el desmedido resplandor de la lámpara del techo que quemaba como fuego. En el pasillo quedaban el egipcio alto, asegurándose de que nadie más tomaría el elevador.
En la pequeña pantalla de dígitos verdes, los números en descenso se sucedían en cáaaaaaaamara lenta. Borroso, Katz vio el número uno, primer piso, donde se encontraba el restaurante y la puerta de salida. Alargó el brazo, su índice apuntó al 1 encerrado en un círculo negro; mas un golpe evitó la acción. Y, la sorpresa, llamó su atención al punto de despertarlo, hacerlo girar y mirar al tipo que había osado tocarlo. Eso antes que la superficie plana y dura de la boca del silenciador chocara contra el costado derecho de su cabeza.
—No se mueva. No intente nada. No abra la boca.
—¡Dios qué esta pasando!
—Cállese. Mantenga la boca cerrada —Gotovac no elevaba la voz, pero la rápida forma en como escupía las frases aumentaban la tensión.
—No, no, no le entiendo —dijo Katz buscando tranquilizarse—. No hablo inglés.
—¡No juegue a hacerse el listo! Mantenga la boca cerrada. No intente nada.
Los números siguieron pasando: 3, 2, 1… -1
La puerta metálica del elevador se abrió y los corredores gris cemento del primer subterráneo se presentaron vacíos y fríos. Muchos autos y poca gente. Leo Katz fue tomado por la camiseta y arrastrado por un mercenario europeo oloroso a colonia barata. Un vistazo rápido y descubrir que ahí estaba la pistola automática con silenciador en su mano derecha; que no es un broma y que ahora está atrapado.
Dos hombres estaban al frente, en espera, y vestían igual: chaquetas, camisa y sin corbata. Milan lanzó a Leonardo contra el baúl del auto repitiéndole que no debía moverse si quería seguir con vida. Motores a lo lejos, el ulular urbano ahogado por los gruesos muros, nadie en el parqueadero. La pausa terminó, el iraní abrió la cajuela, tomó por la nuca a Katz y lo obligó a meterse dentro. La tapicería en fieltro le dio contra la boca, el grito metálico resonó en sus oídos mientras sus largas extremidades inferiores quedaban atrapadas en el reducido espacio. Eso y luego la oscuridad, luego el motor encenderse, luego un bandeo constante que no pararía durante los próximos cuarenta minutos.
No lo creerán pero se quedó dormido con el aroma a pino canadiense sintético que bañaba, desde el motor hasta las llantas, a uno de los autos del vendedor de armas alemán conocido como Franz Wessel.
Un tipo además no acostumbrado a la violencia, o mejor, que odiaba la violencia; no toleraba que dos personas se peleasen frente a sí y aborrecía todos los deportes que propiciaban un contacto físico desmedido, como el rugby o el hockey sobre hielo. Fanático del fútbol europeo, de las carreras de caballos y de los vinos, Wessel se introdujo en la venta de armas al no encontrar otra opción de hacer fortuna para salvar los negocios familiares.
Su hermano mayor era un playboy, fingía de millonario y hasta de aristócrata en todas las fiestas con las que se topaba. Gastaba dinero a mares y parecía no importarle. Y peor cuadro no podría ofrecer su hermana: divorciada de un timador profesional; un cochino italiano que la había despojado de su casa de campo, de sus dos hijos y de varios cientos de miles de euros.
Y qué hacía él, el periodista, el más joven, el benjamín de la familia que se gastaba los días yendo en moto de un punto a otro de la Alemania del Oeste; lanzando a revistas y periódicos de bajo tiraje crónicas breves de la Europa Central y algunos reportajes frívolos sobre los chismes que capturaba entre las ruedas de prensa. Quería una gran historia, pero el dinero se acababa a medida en que los problemas familiares resultaban demasiado onerosos para el patrimonio de los Wessel. Se terminaban los sesentas; había todavía una gran convulsión revolucionaria en Europa, Vietnam ardía, Sudamérica se agitaba, y el planeta buscaba héroes.
Cuando Franz se encontró uno, sintió que aquel podía ser su trampolín hacía la fama: al reportaje completo, quizá el libro, posiblemente la crónica novelada: millones de copias vendidas, adaptación a la gran pantalla, un apartamento en la Rue Jardine en París, con una gran máquina de escribir presidiendo su colosal despacho atiborrado de libros donde escribiría día y noche con una bella secretaria francesa que le colaborase con todo. El “héroe” se llamaba León Cossac.
Claude Genet, como se llamaba realmente, tenía un pasado oscuro y un presente que podríamos simbolizar con una fiesta de disfraces en una casa de espejos. Era posiblemente de origen campesino o mediterráneo, de familia paupérrima en todo caso, educación anecdótica y tal vez un paso por la Resistencia durante la guerra. Como fuera el tipo estaba involucrado con docenas de operaciones donde las palabras “acción” y “encubierto” resaltaban a cada párrafo. Espionaje industrial, captura de criminales varios, sabotajes, rescate de secuestrados y presos políticos. Todo en una agenda sin bandera política definida: de la izquierda a la derecha como un metrónomo, por dinero, claro, pero manteniendo en lo alto el espíritu romántico del aventurero.
Una noche, bajo las luces fuertes de un casino privado en Orleáns, Franz fue prácticamente levantado en vilo por un robusto guardia de seguridad que no se creyó mucho que el periodista fuese un joven millonario enfundado en un esmoquin alquilado. “No queremos mirones acá” le anunció el gorila, y empezó a arrastrarlo hacia la salida. Wessel había estado tomando notas mentalmente; tratando de capturar conversaciones en el aire o detallando el atuendo de los comensales. Siendo aquel antro un lugar no muy legal, escribir sobre ello excitaba al chico de manera increíble. Lamentablemente ahora estaba capturado, y su trasero habría terminado besando el duro pavimento de la calle si no es por el buen León Cossac.
León apareció parado frente al gorila. Parecía sonreír, aunque conservaba una firme mirada de un azul que sabía a un día soleado en la costa del Egeo. Fumaba un Disqué Bleu de papel dorado, y aunque no era muy alto sus anchos hombros parecían cortarle toda ruta al hombre de seguridad.
—Libere a ese joven de inmediato —ordenó lentamente León Cossac.
—Pero monsieur Cossac —replicó de inmediato el gorila—, este hombre no está en la lista de invitados; es un colado, una filtración…
—Mire bien atorrante: éste chico es mi secretario particular. Si se ha visto a entrar, así, con ese traje y bajo estas circunstancias, es porque de seguro trae para mí un recado importante.
Las cejas del guardián del casino se estrecharon en una expresión de desagradable molestia.
—No creo que le estuviese buscando a usted; ha estado husmeando por ahí por horas.
El cigarrillo se separó de los labios súbitamente:
—Barbudo incompetente, entrometido gaznápiro. Mis hombres tienen órdenes de no establecer contacto conmigo a menos que consideren segura la situación —miró a Franz, benévolo—: Has hecho bien Jean Pierre.
El agente estaba hecho un caldero hirviente de rabia: llamarlo barbudo, barbouze, como si él fuera uno de esos psicópatas de la división de seguridad interna del servicio secreto francés con los que alguna vez tuvo la desgracia de toparse en Argelia. ¡Inaudito, maldito hijo de p…!
Pero el ex legionario recordó a tiempo que sólo podía pagar las medicinas de su padre conservando aquel empleo. Soltó al entrometido chico y se alejó directo hacía la cocina a buscar su ración de escocés.
León miraba sonriente las espaldas del tipo alejarse; Franz se acomodaba el traje de cóctel dos tallas por encima de su medida.
—El insulto —afirmó Cossac ofreciéndole un cigarrillo al chico—, es un verdadero arte: tomas lo que tu enemigo odia y se lo refriegas en el hocico.
Sin ordenarle nada, llevó a Wessel hasta la barra, ordenó tragos y luego le habló sobre su error garrafal de alquilar un esmoquin con un ropavejero, entre otras fallas que había tenido durante su misión de periodista encubierto.
Franz no llegó a convertirse en su secretario, pero sí le acompañó durante tres años seguidos en unas once misiones a lo largo y ancho del mundo conocido. Hubo poca acción, cero muertos y ningún problema con la policía. Lo que hubo fue dinero a raudales; grandes fiestas, restaurantes lujosos y bellas mujeres. Ser un periodista, se dijo un día Franz Wessel, equivalía a ser un perdedor: siempre un mirón tras la barda, siempre. Y mediante su amigo francés se fue introduciendo en el comercio de armas. Todos las quieren, todos pueden pagar por ellas, cualquiera se puede hacer rico por estas.
Empezó con pequeñas comisiones y luego tuvo a su cargo operaciones completas. La fachada que cargaba como periodista le era muy útil, el dinero para sobornar autoridades no faltaba, y el conocimiento que cargaba acerca del bajo mundo, tomado de algunos de sus colegas, le hicieron digno de la confianza de sus jefes. A los veintiocho años tenía cuatro autos de lujo, una casa envidiable Dusseldorf y soñaba con hacerse a un jet privado, entre otras muchas cosas, porque, lamentablemente, cada vez que visitaba a uno de sus superiores, a alguno de los jerarcas, americanos, franceses o italianos, con sus villas gigantescas o sus yates de veinte pies, la envidia le quemaba el interior de los párpados.
Vendiendo rifles y pistolas nunca se haría rico. Sus jefes sí, claro, pero ellos controlaban el noventa y nueve por ciento del proceso: desde la fabricación hasta la entrega. Él era un agente, sólo un vendedor, bien pagado, pero un empleado al fin. Considerando que el negocio de la venta de armas en el mundo está basado en una serie de complicados mecanismos burocráticos e influencias comerciales, hacerse independiente en este ramo requiere, no sólo años de trabajo, sino aceptar ciertos riesgos. No queriendo pasar por lo uno ni por lo otro, Franz optó, a principios de los ochenta, hacerse a la venta de material que no estuviese en los catálogos de todo el mundo.
Computadoras, chips, teléfonos celulares, sistemas láser, radares; una nueva colección de tecnología abierta a todo el mundo, pero con pequeñas modificaciones. En una era en que las primeras compañías de software comenzaban a emerger y dar su primeros pasos en tierra firme, Wessel se hizo a cinco que se encargaron de la producción de sistemas de análisis estratégico, de infiltración electrónica y de virus informáticos. Los celulares —así lo creía Franz— acabarían con las viejas radios de campaña y su empleo en masa haría de las unidades de combate fichas fáciles de manipular para los comandantes bien ocultos en sus búnkeres. La guerra moderna, la guerra tecnológica, la era del Terminator que el mundo vería durante la primera guerra del golfo pérsico estaba siendo inyectada en los países no alineados por Franz Wessel, el millonario ex periodista.
Su problema fueron siempre los rusos. En el Gran Juego, la influencia sobre una nación podía ejercerse, entre otras formas, mediante el control sobre sus suministros militares. Así la OTAN y el Pacto de Varsovia tenían divido el planeta, con solo una pequeña parte del mercado abierta a los chinos. Los pequeños vendedores de armas hacían su papel como peones, pero un tipo como Franz esperaba ser algo más que una pieza en el tablero. A las pequeñas naciones de África, como a algunos estados asiáticos y sudamericanos, el alemán los proveía de armamento de siglo XXI, en buen estado, a precios aceptables y con excelentes planes de financiación. Algunos de sus antiguos patrones vieron la posibilidad de asociarse con él y lo hicieron, dándole a Wessel un campo de acción increíble: “¡Compre ya su cargamento de rifles automáticos y lleve gratis once miras térmicas. Oferta increíble!”. Y es obvio que en aquella época muchos de sus compradores vieron la posibilidad de una independencia económica de los grandes poderes, en especial de los irritantes soviets.
Mediante robos, envenenamientos, sabotaje y muros legales la Unión Soviética intentó acabar con el negocio de Franz Wessel. Un error común de todos los grandes suele ser la subestimación que les genera sus enemigos más pequeños. El aparato de represión de los organismos soviéticos no podría tan fácilmente aplastar a un astuto comerciante que tenía la agilidad de un escurridizo insecto. Y no es que Franz no sintiese miedo del gran oso ruso; sino que en vez de aterrorizarse y hundirse entre la tierra optó por buscar aliados. Los Estados Unidos y Alemania le dieron protección a cambio de servir de puente entre ellos y algunos de sus agentes allá donde los conflictos arrojaban enormes llamas.
Fue mediante Franz que la tecnología de la guerra con gases tóxicos. De igual manera, fue gracias a Wessel que las comunicaciones, los radares, sensores de movimiento y los cohetes teledirigidos llegaron a los afganos que combatían contra los odiados rusos. Bien protegido en una mansión de la costa mexicana, el alemán enviaba millones de dólares en muerte a conflictos de los que buena parte del mundo nada sabía.
En los noventa su operación tuvo un cambio de bando: hombres de negocios del régimen iraní buscaban socios europeos que se hiciesen cargo de sus suministros de armas. La Unión Soviética había desaparecido e Irán estaba ahora abierto a todo el mundo —excluyendo, claro está a los Estados Unidos—. Pero como los americanos eran ahora enemigos del régimen de Bagdad, ¿por qué no ir a Teherán? Y desde allí comenzaría una fructífera con el régimen de los ayatolaes a los que proveería tanto de los excedentes polvorientos de las antiguas naciones tras la Cortina de Hierro como los modernos instrumentos de control táctico que se producían de Paris a Tokio.
El único problema de estrechar la mano del Guía Supremo de la Revolución era el deseo enfermizo de este, y otros tantos musulmanes, de apoyar la causa del Islam alrededor del globo en una contracruzada por liberar al mundo árabe y persa de la influencia del Gran Satán. Y siguiendo esta campaña envió misiles a Hezbolá, pistolas ametralladoras a rebeldes en Indonesia, misiles tierra-aire a Yemen, y explosivos chinos a decenas de grupos islámicos en África central.
Entre esta nueva lista de clientes surgieron pronto los independentistas chechenios. Franz los dotó de armas modernas, entre ellos cohetes con sensores de calor para derribar los helicópteros Mi-24 y los modernos Mig rusos. Pero expulsados estos rebeldes a comienzos del nuevo siglo, la campaña de los mismos, con un carácter más de terrorismo urbano, requirió el envío de material de alta tecnología para que los agentes y saboteadores pudieran estar seguros dentro del territorio enemigo que pretendían atacar. Ya entonces el Servicio Federal de Seguridad estaba tomando medidas para frenar el acceso de los independentistas musulmanes a sistemas de vigilancia electrónica, teléfonos satelitales, programas de rastreo e incluso de identificación facial con cámaras de alta resolución. De algún viejo y chirriante archivador salió en caracteres cirílicos el nombre de Franz Wessel, y para un departamento del FSB se convirtió en una misión de máxima prioridad rastrear, encontrar y eliminar o detener al alemán, por los métodos que sean necesarios.
Fue un americano, pensó Franz esta mañana, el que dijo: no son los militares los que inician las guerras, sino los políticos. Él no iniciaba las guerras, pero mientras existiesen siempre habría proveedores de armas; comerciantes que en última instancia terminan llenando las arcas de los grandes gobiernos. ¿Acaso los Estados Unidos no le vendió armas a Irán en alguna época? Bueno, basta de hablar solo. Franz revisó su taza: vacía y con una pincelada de café seco en el fondo. Llevaba rato ahí parado en el balcón, viendo el ir y venir de los comerciantes en el estrecho bulevar. Ingresó a los interiores del tibio y húmedo taller. Estaba rodeado de lienzos grapados a marcos de madera rústica. Pintaba en sus ratos libres; un hobby que resultaba muy relajante cuando se le acompañaba de buen vino, del ruido feliz del bazar vecino, y de una hermosa mujer, como Irma en sus momento o como Naith ahora: siempre algo bello e inspirador para dejar correr su alma entre oleos multicolores. En su taller siempre estaba sólo, por eso lo había escogido para que trajesen allí al periodista latino. Podría retenerlo allí por semanas mientras averiguaba quién demonios era. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué la vida tiene que trastornarse tanto? Había conseguido una patria y un lugar para mantenerse a salvo de los espías y matones. Le aterraba comer en algún restaurante europeo y ser envenenado allí con el horripilante litio ruso. Terminar calvo y casi ciego en un hospital era su peor pesadilla. ¿Por qué? ¿Por qué diablos tiene que haber gente como Leo Katz?
Fue hacía un grupo de telas ya usadas: obras fallidas. Paisajes, frutas, el retrato de un desdentado beduino, don intentos de copiar un samovar de plata, un autorretrato en que quedó muy gordo, otro de un, lilas, azucenas, orquídeas, los enormes cerros cubiertos de nieve en una impresión otoñal. Los hizo a todos a un lado y retiró una cortina negra que protegía de los elementos y las miradas curiosas sus trabajos más queridos: Enrica, Marianne, Ann Marie, una chica afgana sin nombre, Henriette —lo que podía recordar de ella—, Irma y el contorno de los labios y los ojos de Naith.
Hizo a un lado también esos cuadros de tamaños varios. Su material de trabajo no artístico estaba ahí oculto: rifles Kalashnikov modelo 74 fabricados y enviados a Teherán mediante los israelíes. Se había apoderado de cien de estas y las mantenía guardadas para venderlas en caso de que estallara la guerra contra la OTAN o que el actual régimen cayera víctima de un golpe de estado. No las necesitaba realmente; su verdadera fortuna estaba solidificada en lingotes de oro y bien oculta bajo algún bar de alpinistas en Berna. Pero, hombre cauteloso y no paranoico, prefería conservar un pequeño tesoro que podría vender rápidamente, a un precio bajo, quedándose con las suficientes ganancias como para empezar de nuevo en otro rincón del planeta. O para fines más prácticos, como el de asustar a un entrometido periodista del tercer mundo.
Aplicó un cargador, amartilló el rifle y le aplicó el seguro. Como odiaba la violencia física a su alrededor, nunca había sido parte de fuerza alguna, mas si, por cuestión de negocios, guardaba toda clase de conocimientos teóricos relativos a las herramientas de la muerte.
Sostuvo el rifle entre ambas manos y caminó, guardando la barriga y con la frente en alto, hasta el espejo de cuerpo entero que utilizaba para sus autorretratos. Pensó en un al que podría llamar “Mercader del Fuego” y sonrió sintiéndose más animado. Una serie de motores lo sacaron de su contemplación y con el AK en el hombro derecho fue a echar un vistazo por el balcón.
Los egipcios rodeaban el elegante auto de alargada y brillante silueta color carbón lacado. Por el bulevar pasaban vendedores de tapetes, de artesanías, de narguiles, y de chucherías occidentales. Esta calle era de todos y de nadie. Los hombres del alemán no eran realmente extraños ahí; otras tantas veces los vecinos habían visto como descargaban cajas, bultos de yeso o cuadros en blanco. Un artista vive ahí, dijo un anciano y todos lo tomaron como una verdad, ergo nadie hace preguntas.
Sacaron a Katz quien enceguecido por la luz de la mañana, y ensordecido por el congestionado concierto de gritos y pitazos de la calle, se bamboleaba de pie como un ebrio. Le tomaron las muñecas y le aplicaron cinta adhesiva por que a nadie se le ocurrió traer unas malditas esposas. Gotovac le dio una palmada en la nuca para que se moviera. Delante estaba Ebrahim Armin, halando al periodista por la camiseta para que no se perdiera del auto a la puerta del taller.
Los pitazos, los motores y el calor quedaron atrás: el zaguán era frío y olía a dátiles. Leonardo pudo abrir los ojos.
Los dátiles se hicieron seca pintura olorosa a humedad, a madera corroída por el tiempo; cruzaron por un patio con una fuente seca y un ángel de piedra decapitado y manco de un brazo la coronaba. Una residencia británica de aspecto colonial francés, pensó Leo, el único lugar donde podría haber cabida para un serafín. Olor a polvo, yeso y cemento: la reconstrucción estaba en marcha. Subir por una escalera: más yeso, disolventes, y fuertes aromas a pintura y gasolina.
El salón, de varios metros, era un taller con grandes ventanales abiertos que daban a un balcón, con sólo un cortinaje de muselina que el viento alzaba como una larga capa. Columnas cilíndricas y techos blancos. Parecía una casa de banquetes chapineruna, recordaría Katz después, mucho después.
El croata lo empujó suavemente contra una de esas columnas; le preguntó algo al iraní joven que lo acompañaba —que dónde había una soga—, y este salió a buscar algo dejando la puerta entre abierta.
—¡No se mueva! —ordenó Gotovac apuntándole con su dedo justo entre los ojos. Luego caminó hacía Wessel. Le tomó un poco recordarlo, pero era el único europeo que había visto en Teherán sin contar al matón que lo había raptado del hotel. Los dos hablaban; Wessel sostenía un rifle, un AK-47 —qué típico—, un AK-74; bueno, quizá si salgo con vida le pregunte al coronel. Sí, Leo Katz no estaba atemorizado, sólo curioso: ¡tantas cosas pasando tan rápido! El viejo alemán dejó sobre una pila de botes de pintura su rifle; caminó hacía Katz con los brazos cruzados —un científico loco mirando al escarabajo Leonardo Samsa—
—Milan —dijo.
El guardaespaldas se acercó a su jefe. Este le dio una orden sin dejar de mirar al prisionero. “Entre mis herramientas tengo un cuchillo, tráelo”
Gotovac fue hacía la caja de herramientas. Leonardo no podía ver qué hacía ni donde —otra columna se interponía—, pero escuchaba herramientas metálicas ser revueltas; destornilladores, brocas, escalpelos, martillos. Son muy fáciles de usar contra ojos, lengua, genitales y rótulas. Justo entonces te dan ganas de ir al baño y uno de tus tobillos te empieza a escocer. La lengua se le tornó de piedra y el estómago se le tremó hasta el corazón. Milan regresó… con un cuchillo de amplia hoja, muy afilado; un triángulo de plata refulgente. Él caminaba despacio, su patrón, a un metro nada más, no parpadeaba ni movía la boca. Luego ambos hombres se pararon, uno al lado del otro; el viejo cacreco que estaba con Irma la otra noche le dijo algo al marica que empuñaba el cuchillo de carnicero. “No lo vayas a herir, es sólo un chico, asústalo un poco.” Como las palabras salieron en el oscuro dialecto de Hitler a Katz le empezó a temblar la mandíbula, se sintió repleto de orina y el tobillo derecho le empezó a arder.
El croata se acercó y alzó el cuchillo; el colombiano alzó el pie y se rascó el tobillo. El croata tomó por el cabello a su presa; el colombiano descontrolado se rascaba todo el pie hasta que dio con una punta roma oculta entre el falso fondo del talón. El croata situó la diminuta punta bajo el ojo de Katz; abrió la boca para hablar y un hedor a salchichón, cerveza y nachos con queso gruyere se le escapó. Leonardo no aguantó más y le clavó el estilete metálico en plena garganta al croata.
El cuchillo de mantequilla, afilado durante noches enteras de insomnio, fabricado y ocultado por consejo de Dick Matson durante el entrenamiento, dio entre el músculo esternocleidomastoideo y la yugular. Fue un ¡ploc! Bastante indiferente lo que congeló la escena, la cual continuó su marcha cuando Katz al intentar sacar el arma terminó de cortar el cuello duro de Milan dibujando una raya negra que se fue ensanchando en milésimas de segundo.
Algo de sangre saltó en erupción; Franz Wessel debió de gritar, así lo cree Leo, pero de lo que está seguro es que cuando éste le apuntó con el rifle de asalto, y disparó, el AK soltó un miserable chasquido agudo. Él debió tomar el arma entre sus manos; fue como quitárselo a un chico para enseñarle cómo usarlo; quitar el seguro, poner el arma en semiautomático y disparar a lo primero que se te para enfrente. Una detonación, pero sin humo. Y ahora aquel alemán se veía muy raro, con un profundo pozo en vez de su ojo derecho y su cabeza cayendo hacía atrás entre una nube de fina agua colorada.
En menos de dos segundos ya había dos cadáveres y Katz si apenas sabía qué había pasado. Tenía el rifle entre sus manos y estaba listo a acabar con el mundo entero; al ver sus muñecas descubrió la cinta rota que las envolvía, con cortes leves en su piel, ahí donde su arma de escape —aquel cuchillo de untar— había topado con su propia torpeza, pero es que si a algo le temía Leonardo Katz era a convertirse en un periodista decapitado.
Emergiendo, recuperando poco a poco la conciencia, creyó oír ruidos. El disparo atraería a todo el maldito mundo. Corrió hacía la puerta: vio la silueta de un enano por el resquicio abierto y disparó: tres tiros instantáneos que perforaron la puerta. Ebrahim cayó escaleras abajo, ya muerto. Abrió la puerta y una larga sombra negra se acercaba a las escaleras proveniente del patio del ángel. Cerró y dio marcha atrás, un segundo antes de que la puerta volara en fragmentos diminutos de madera al ser reventada por un millón de balas. Katz se parapetó tras una columna. Una voz dio un aviso antes de darle una patada a lo que quedaba de la entrada. ¡Pum! Otro tiro y una cabeza estalló en pedazos. ¿Dios, no estaban armados o qué? Correr al balcón: negativo, mucha gente en la calle. Buscar una salida trasera: efectivamente tras una persiana de madera un ventanal abierto daba a un patio. Algo le zumbó cerca del oído. Gritos, disparos, el ventanal vuela hecho pedazos. Sin correa cómo putas se pone uno un rifle a la espalda. Tuvo que sostenerlo en una mano y saltar de una terraza a otra sin mirar abajo ni atrás. Rodó por el suelo, se hincó y apuntó al patio contiguo: unas figuras sin nombre a la distancia. Un tiro de advertencia y seguir corriendo tras aquellas sábanas extendidas esperando secarse bajo el sol de Medio Oriente.
No es posible —pensó el árabe Abdul aplicando un nuevo cargador a su pistola ametralladora Uzi—. Primero el tipo estaba en el cuarto, seguro, tras un instante en el que él se había servido un café había estallado una balacera. No sabía cuántos heridos había o si su patrón estaba muerto. Sólo sabía que ni él ni los otros habían podido detener al asaltante, quien fuera que fuese.
Le hizo una seña a Iosif, el chechenio, para avanzar cautelosamente. Más adelante, tras aquellas telas blancas podía estar aún escondido el matón. Personalmente, y basado en su experiencia como soldado profesional en distintos destinos, dudaba que le quedaran balas al extranjero. Pero tanto él, como su compañero, no dudarían en disparar a matar en cuanto lo viesen o captasen alguna señal de aquel.
No podían hacer ruido alguno, apenas si levantaban los pies del suelo de concreto húmedo. Fueron descorriendo las sábanas; habían muchas y un era seguida de otra y de otra; de momento creyeron estar entre las blancuras de un comercial de detergentes. Y del otro lado… nada, sólo una pileta de agua y dos lavaderos adornados por geranios y amapolas entre productos de limpieza. De lado y lado habían casas de ladrillo o canastos para botellas de soda apilados y todos vacíos. No sabían, pero presentían, que estaban en la terraza del hostal barato que estaba al lado del taller de herr Wessel.
Bajaron las armas y ambos escoltas se miraron. ¿Huyó?
—Se ha ido —aceptó Abdul.
Se dieron la vuelta. Y los mataron.
Del fondo del estanque emergió Leonardo quien sin ver disparó una ráfaga completa con las balas que le quedaban en su cargador, suficientes al parecer para partir en dos las humanidades de Iosif y Abdul. Katz dejó que el rifle regresara al agua mientras el terminaba de emerger, empapado. Temblaba, y no de frío. Vio una camisa junto a una ventana y fue por ella. Los cadáveres fueron encontrados por un empleado de la pensión minutos después mientras Leonardo Katz, el agente secreto, de camisa azul, sandalias de cuero y gorro de lana blanco corría hacía ningún lado por las calles céntricas de un Teherán de rodillas ante la oración del medio día.

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