Friday, December 21, 2007

Capítulo IXXX. El Almacén.

Flores para Alrgernon de Daniel Keyes, edición de Bantam Books de 1967. De niño, estando en cuarto grado, Leo recibió la orden de leer a Keyes; sus padres no le compraron el libro, Katz no pudo cumplir su tarea, el profesor de inglés lo trató de retrasado mental, y tuvo que repetir el curso. Así el interno motor del odio que había en Katz apuntó sus ojos ciegos contra esta novelita de ciencia ficción. Al encontrarla, tantos años después, en el estante de una mujer iraní, Leonardo aceptó una tregua y empezó a leer.

En la cocina se asaban trozos de carne de cordero aliñados. Habría arroz dulce, además, y la gatuna voz de la señorita Irma tarareaba.

Tardó una media hora, tiempo en el cual Katz dio cuenta de buena parte del libro. Olvidaba lo difícil que era a veces el inglés, y la propia lectura del texto le hizo pensar si era posible que, de seguir viviendo la vida que vivía, podría algún día olvidar el idioma con el que se había criado.

El nahar, almuerzo, fue un pedazo de torta de arroz tostado y el cordero aliñado. Para beber hubo Coca-Cola, cosa que sorprendió a Leonardo, quien aunque sí había visto alguna publicidad por la calle, no había visto a nadie tomándola; el mercado parecía estar bajo control de la Parsi-Cola. Sobre la pasividad del ambiente flotaba la nube cargada de una tempestad en ciernes. Irma conservaba una pétrea expresión, de ojos apagados y los labios abundantes hechos una línea recta. Servía todo con prolijidad de madre pero con desapasionamiento aterrador.

Se sentó; ambos se miraban desde extremos opuestos de la mesa redonda. Iniciaban las negociaciones.

—¿Qué buscas aquí? —Irma no levantaba los ojos del plato.

—A un hombre.

Evitó eructar y continuó.

—Ya lo encontré, pero necesito localizarlo físicamente en un lugar determinado a una hora determinada.

—Probablemente yo pueda ayudarte. No somos una agencia encargada de buscar gente; pero mis amigas tienen amigos, y ellos conocen gente. Así es como se mueven las cosas en esta ciudad. Quien quiere tener tequila tiene tequila; quien quiere opio consigue opio; el que quiere sexo consigue sexo; sólo es una cosa de dinero y contactos.

Había dejado los cubiertos sobre la mesa, terminando así su almuerzo. Hasta que Leonardo no enfrentó sus ojos ella no continuó hablando. Brillaban intensamente.

—No soy una mujer cualquiera que da lo que tiene por dinero. Soy una empresaria, y soy fría en ello. Ustedes quieren algo de mí yo quiero algo de ustedes: quiero ir a Francia. No importa lo que haga aquí, jamás podré llegar por las vías legales. Hay demasiados factores en contra.

¿Qué hacer? ¿Podía prometerle a Irma una extracción? ¿La CIA podría sacarla?, ¿Lo considerarían pertinente? ¿Lo suficiente como para invertir en ello? No…

—No puedo prometerte nada.

—¡Oh no! —Negó lentamente con la cabeza, sabía lo que quería— No te voy a ayudar si no me das tu palabra. Tú y tus recursos de espía…

—¡No soy un espía!

—¡No tengo jodida idea de quién eres! Mataste a Franz o te involucraste de alguna manera con su muerte, pero de alguna manera él estaba aterrado ante el hecho de tenerte aquí; yo lo sabía, pude verlo en sus ojos porque conozco muy bien a los hombres. Con él habría tenido lo suficiente para poder largarme de este desierto en unos seis años; ahora él está muerto, así que todo lo que me queda eres tú; y tú vas a ayudarme.

Una vez más, como cuando Thomas Jefferson lo había amenazado en la embajada en Bogotá, Leonardo perdió el color y la temperatura: todos lo atrapaban, lo amenazaban y lo usaban. “Vaya puto en el que me he convertido”. ¿Para qué seguir adelante? Rápidamente, junto a los últimos restos de cordero picante y coca-cola fría, las palabras de acento austral del instructor Malcom le vinieron a su mente. Sin importar cuán valiosa era una fuente de información, todo agente debía estar listo para cortar el cordón umbilical y dejarla a la deriva. Irma era una amenaza: podía, en bien de sus intereses, venderlo a la policía secreta, o a los socios de Franz Wessel. Pero mientras ella creyera que él tenía los recursos para ponerla en primera clase de un jet directo a París, Leo Katz tendría la ventaja.

Media hora de silencioso viaje, por largas y serpenteantes carreteras que ascienden hacía los montes Elbruz. Viajando hacía la muerte, o hacía la seguridad, la cuestión ya no era tanto de confiar o no en Irma, sino de cómo aprovechar su conocimiento. “Todos los seres humanos sirven para algo” decía la siempre alegre profesora de religión en la escuela. No era verdad, pero este no parece ser momento de filosofar sino de trazar planes. A medida en que pasaban los minutos, y que las cifras se deslizaban al vacío negro dentro del cuentakilómetros, la mujer que había conocido en El Cielo se desvanecía cada vez más. Ahora había una mujer madura y peligrosa frente al volante, llevándolo a lo desconocido entre altos pinos y hayas colorados por el sol del atardecer.

Se detuvieron frente a una bodega de puro aluminio y hierro. No había parqueadero, sino que el Renault quedó apagado a unos metros de la puerta. La ciudad estaba a lo lejos; por todo ruido había un rumor de hojas batirse. Siendo aquel paraje de la montaña un desolado y reseco extremo, poca vegetación había ya. El suelo, cascajo y arena, debía ser peligroso en otoño e invierno; detallando Katz estos elementos, sus ojos descubrieron una antena roja y blanca, de unos diez metros, situada detrás del inmueble. Esta, similar a una antena de radio, trajo al rostro de Leonardo su primera sonrisa en todo el día.

Entraron por la puerta de atrás, a la que llegaron mediante la escalera de incendios. Irma traía llaves.

Desde la altura del segundo piso, a través del cristal de la ventana de una oficina, Leonardo observaba el enorme centro de trabajo extendido en unos cuatrocientos metros cuadrados. Se alineaban unas treinta máquinas de coser, unas diez para otras labores, cuatro enormes monstruos verdes de propósito inidentificable, más material y cajas de embalaje de todo tipo.

—No estamos en ningún lado, ¿me oyes? —dijo Irma revisando un armario al fondo del cuarto— Por si estabas por preguntarlo.

—¿Estarás así de agresiva por el resto de tu vida?

—Pórtate bien.

En el armario había una bolsa de dormir y varias cobijas dobladas. Sobre una bella alfombra, muy propia del lugar, Irma tendió la bolsa y puso las mantas sobre una silla de cuero.

—Gracias —Katz comenzaba a entender todo aquello.

—Ahora me eres útil —replicó ella innecesariamente.

Leo fue hacía la ventana y se dedicó a mirar de nuevo la maquinaria allí ordenada. Necesitaba poder confiar en Irma; calmarla y tenerla seriamente como una aliada. Lo contrario supondría el riesgo constante de que ella llamara a la policía y estos se tomaran aquella fábrica en cualquier momento de la noche. Debían ser amigos de nuevo.

—En todo caso —dijo él como si estuvieran a mitad de una conversación informal—, sin importar qué suceda encontraré la manera de sacarte de aquí. Ahora que me has ayudado es mi deber.

Esperando una respuesta pudo sentir los ojos de Irma clavados en su espalda, en su nuca, en el contorno de su mejilla derecha y sus labios y sus pestañas; una mujer misteriosa, madura y muy inteligente tratando de leer el rostro de un agente entrenado para mentir. Tal vez habría leído su mente si hubiese estado, realmente, escrutando su cara; pero, aquella mujer no era una inescrupulosa bruja, ni una madame con ansias de trasladarse a París. Era una chica que le corría a la pobreza y que temía un día verse demasiado vieja para llevar pan a su casa. Aún sin haber tenido hijos, Irma Yushij Farjami, hija única de un editor independiente de Teherán, veía la vida como una serie de triunfos y fracasos alineados en una tabla colgada de la frente durante toda la vida; la elección, ser un ganador, o un perdedor.

—En este lugar —esperó a que Leo demostrase algo de atención—, en este lugar trabajan cuarenta mujeres solas; la mayoría son madres solteras, o madres que no han podido evitar que les quiten sus hijos. Aquí les hemos dado trabajo.

—¿Quienes?

—Esta empresa comenzó por la iniciativa de diversas organizaciones que trabajan por los derechos de la mujer. Estas empresas no sólo no reciben apoyo del gobierno, sino que muchas son vistas, y han sido declaradas, enemigas del Estado. No es raro que la mayoría se hayan tenido que ir del país y otras vivan ocultándose. Pero habemos algunas que hemos decidido luchar por lo que creemos es justo. Por derechos, libertades, igualdad laboral y jurídica. Falta mucho para combatir la cultura patriarcal de Irán, pero si podemos llevar conocimiento, educación, cultura y trabajo a mujeres de todo el país le estaremos dando un gran regalo a nuestras hijas.

—¿Tienes hijos?

—No. Te decía que algunas de nosotras optamos por luchar. Bien, hay dos formas; esperar la ayuda de Occidente, de los liberales de Occidente y de otras naciones musulmanas que no están siempre en mejor situación, o dos, hacer nuestro propio dinero, por los métodos que sean necesarios para alcanzar nuestros logros. Me preguntabas por el reloj, las joyas y el vestido que lucía aquella noche en que nos conocimos en el Äcemän…

—La verdad, no me acuerdo.

—En todo caso, las hicimos aquí. Vestidos de diseños exclusivos de Europa, relojes suizos, joyas holandesas, zapatos italianos… piensa en cualquier símbolo de estatus, siempre se puede crear una copia al carbón de ello y venderlo como original en el mercado negro, para que las mujeres de los hombres poderosos de esta ciudad se puedan sentir más cosmopolitas que sus amigas en los clubes.

—Impresionante.

—Esta no es la única fábrica; hay otras. Lo importante es la imprenta y la sala de comunicaciones. Teníamos una estación de radio —ahí afuera está la antena— y transmitíamos programas educativos. La cerraron hace un mes; pero pronto tendremos suficiente dinero para pagar a un buen abogado, o tal vez a siete. En todo caso… en todo caso ya no estaré aquí para ver los cambios o ver esta planta trabajar de nuevo.

—No era mi idea intervenir así en tus planes.

—Entonces son cosas del destino… —su tono era retórico, pero ya no se detectaba dolor. En adelante cualquier cosa podría ser una sorpresa— Pero ya estás acá, y yo estoy acá también y podría yo cambiar muchas cosas si lograra salir y ayudar desde fuera a mis amigas. Pero claro que si lo veo desde un plano convencional, de dejarlas así, lo más probables es que ellas me vean como una cobarde que cambió la patria por un pedazo de suelo extranjero.

En la medida en que Irma hablaba, Leonardo podía ver, reflejado en el vidrio del despacho gerencial, la lucha entre las dos mujeres, la que desea quedarse y seguir con su deber —cualquiera que sea— y la que ve espíritu acogedor de la fuga, la aventura en una primaveral postal de París. El monólogo de aquella extraña mujer duró casi veinte minutos; el cielo ahora estaba en blanco y negro, con grillos de todas marcas en pleno concierto veraniego. A Katz le pesaban los parpados y ansiaba ver terminar tan largo día entre una fresca bolsa de dormir.

—Si el hombre que buscas es poderoso no será trabajo seguirlo en una ciudad tan pequeña. Mis amigas lo harán por mí. Pero debes ser paciente si toma más tiempo del que estás esperando, Leonardo.

—¿Y aquí, qué debo hacer?

—Es cosa tuya cuánto tiempo quieres esperar. Noto que no esperas regresar pronto a tu hotel, al menos hasta que hayas encontrado a este importante hombre. ¿Verdad?

—Sí. Luego tengo que comunicarme con una persona; otro extranjero, acá en Teherán.

Irma ya iba directo hacia la puerta.

—Oh, ni quiero saber en qué clase de asunto están metidos.

—¿Tienes una computadora acá?

La puerta ya se estaba cerrando.

—En la sala de transmisión, pero prefiero que no entres ahí. No lo tomes a mal, pero los hombres son mamíferos muy mentirosos y no sé qué partes de tu historia creerte. Acepta morar en esta casa esta noche; mañana hablamos.

No aplicó cerrojo alguno. Los grillos se acallaron cuando el motor del auto se alejó por la avenida cubierta de piedras. Ni siquiera las lámparas de neón del techo hacían ruido; una fábrica de noche es la soledad concentrada. Y durante un rato, tal vez una hora, no pudo despegar los ojos de la ventana: cuando se concentraba demasiado en una sombra larga, o en un arrume oscuro de productos sin identificar, creía ver fantasmas: movimientos, oscilaciones, desapariciones y resurgir de cosas que simplemente no estaban allí.

No iba a poder dormir esa noche; no sólo por la gran fábrica y sus espíritus particulares, estaban también aquellos cinco que había matado. O seis. Se lo merecían los bastardos, repetía Katz mirando una revista Bazaar con la escasa luz que se alcanzaba a filtrar de las lámparas de la zona de trabajo a la oficina en el mezanine. Trataron de cazarlo, torturarlo y luego matarlo; ahora ellos están en bolsas de plástico en alguna morgue. Sigo vivo y aún puedo salir impune como suelen hacerlo los extranjeros que cometen fechorías… luego llego a casa, me compro una botella de merlot chileno y me tiro a Erica hasta dejarle los ojos en blanco. Mas me falta una pieza en la obra.

Lleno de energías salió a la frialdad, los vientos cortantes, y la increíble visión de un cielo completamente estrellado. Abajo había un lago enorme de estrellas caídas cuyo fulgor blanco había pasado a un amarillo pálido o a rojo agonizante. La ciudad de Teherán seguía su vida, aún de noche, sin importarle mucho qué había o que no había hecho Leo Katz. Las lámparas que iluminaban los costados de la fábrica apuntaban contra sus propias fachadas, así que el resto del perímetro en rededor resultaba estar en las tinieblas absolutas. Noche sin luna, noche de amantes y de prófugos; para el agente secreto la oscuridad y la soledad resultaban, una vez más, propicias.

La antena no estaba cercada por nada. Junto a su base sólo había algo parecido a un transformador eléctrico, una caja gris con inscripciones en persa y rayos en fondo amarillo que no necesitan traducción. Esta torre de varillas metálicas pintadas de rojo y blanco, fría como el hielo, tenía unos diez metros de alto y carecía de luz roja de seguridad en su punta, o si la tenía preferían mantenerla apagada.

Carente del nerviosismo que solía atraparlo cada vez que intentaba algo nuevo, Leonardo tenía la primitiva emoción infantil que envuelve a los hombres cuando se enfrentan con la tecnología. Sentado sobre la base de concreto que sostenía a la antena cuyas bases mismas chirriaban calmadamente en voz baja por la presión del viento. Buscó la hendidura en la base de su bota, hundiendo el dedo hasta sentir el filo romo de transmisor. Pensaba en Erica, en una tarde soleada en el patio del colegio leyendo algo bueno y viendo a las chicas trotar por la cancha de baloncesto. Retirar la tapa inferior, extender la antena. Erica… no era única; qué sentido tenía pensar en ella en aquella noche tan hermosa, tan clara. Enrollar la antena a la Fuente; verificar la luz verde de adquisición de señal. ¿Era un signo ella? ¿Algo importante en el reciente desarrollo de los hechos de su vida como lo había sido Ángela? Luz en verde, afirmativo. Levantar la tapa del manipulador, con mucho cuidado sin ir a presionarlo. Ángela sentada en aquel restaurante, mirándolo con deseo devorador mientras él servía platos diligentemente. Empezar a contar hasta diez en armonía con los latidos del corazón, llevando el compás con golpes del índice sobre la rodilla o el muslo. Erica recostada a un lado de la cancha de baloncesto, mirándolo con sus enormes ojos que esconden un enigma, mientras él vende papas y gaseosas con irremediable pereza. Siguiendo el ritmo pulsar: uno, dos y tres puntos, a cada segundo un toque; dos segundos entre letras. Una raya, que son tres puntos seguidos, pausa, otros tres puntos.

Lo que Leonardo Katz había puesto en marcha era la apertura de una “ventana” de transmisión entre él y un lector de frecuencias situado a más de mil cien kilómetros al este de Teherán.

A lo largo de la frontera entre Irán y Afganistán —unos setecientos setenta kilómetros— la Inteligencia Militar y la CIA tenían toda una serie de aparatos de escucha que interceptaban cualquier forma de comunicación que saliera de Irán por aquel lado. Se esperaba que con ello se pudiera identificar y probar el apoyo iraní a los talibanes, así como cualquier coordinación de tropas en tan caliente frontera. De este modo, las transmisiones de todo tipo eran recibidas, clasificadas y analizadas a su debido tiempo. Buena parte de esta labor recaía en computadoras dotadas de software AI —inteligencia artificial—, capaz de encontrar palabras en clave o detectar una comunicación de tipo militar, dándole la mayor prioridad para transmitirlo a sus amos.

Una computadora entonces, de las cientos que estaban por allí, notó una serie de oscilaciones muy, pero muy breves durante un espacio de cuarenta centésimas de segundo en una onda hertziana de uso público. Cualquiera que hubiese estado escuchando la radio esa noche en la ciudad, o en el este del país, habría notado, de haberse concentrado en ello, una minúscula baja de sonido durante medio segundo.

Desde ese momento la computadora estaría pendiente de todo lo que llegase por aquella ventana de transmisión.

Venía la parte más difícil de la transmisión: enviar el mensaje en sí, para lo cual debía usarse una serie de palabras claves de tres letras. Durante el entrenamiento Katz había tenido que memorizar todo ello, pero al final hizo trampa y contradijo las órdenes de su jefe Thomas Jefferson: tomó El espía que surgió del frío, de John le Carre y marcó con lápiz los códigos que debía mencionar y luego la ubicación de las letras en coordenadas numéricas que anotó en forma de falsos números telefónicos en una de las libretas rojas de apuntes. Una gran complicación, pensará el lector, pero cada persona tiene formas distintas de memorizar las cosas; y en el caso de Leo habían funcionado.

Raya dos puntos; dos puntos raya punto; tres rayas: DFO. Contar hasta cinco. SAC. MAN. Y ya estaba; tres palabras, nueve letras, que hicieron bailar la señal durante dos segundos en los que el pequeño cerebro electrónico del transmisor transformó los toques eléctricos dados en el manipulador en brevísimas oscilaciones en las ondas hertzianas. Ignorando su significado, pero seguro de haber seguido al pie de la letra el protocolo de comunicaciones, el agente secreto desenrolló el cable de la antena y lo volvió a anudar al interior del delgado transmisor. Cuando todo el equipo quedó bajo la suela del zapato, Katz lanzó inconcientemente un suspiro de alivio. Faltaba revisar las páginas de la Internet en que debían aparecer las nuevas instrucciones; con ellas, y teniendo ubicado al imán, Leonardo estaba seguro de poder arriesgarse a abandonar el país, a menos que descubriera algún riesgo de ser detenido por la muerte de Franz Wessel y sus hombres, cosa que, confiando en que la justicia es torpe en todos lados, no llegaría a suceder.

Regresó a Flores para Algernon, leyendo entre la cómoda pero fría bolsa de dormir e iluminado por una sencilla y estilizada lámpara de escritorio. Como era hombre de costumbres, el sueño lo tumbó a las dos de la mañana, mientras la computadora traducía aquellas siglas (DFO-SAC-MAN) en un mensaje de correo encriptado: Desert Flower One. Still Alive and in Contact. Objetive found. Diez segundos después el e-mail estaba ya en la bandeja de entrada de una terminal en Langley.

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