Tuesday, December 04, 2007

Capítulo XXVIII. La Terminal de Autobuses.

México es sólo un pueblo en el desierto, dijo Hegel alguna vez, cuando ambos acababan de llegar al D.F. Lo dijo tal vez para reprimir el miedo instintivo que siempre genera el sumergirse en la boca del lobo. En verdad, sí, habían visto mucha arena y mucho calor en ruta hacía la capital, pero en esos días ambos eran un par de jóvenes vaqueros que irían a probar suerte como héroes en este “pueblo en medio del desierto”. Cielos, madre mírame, dime qué es lo que vez; sí, me pasé de la raya. Leonardo Katz no se cansaba de repetir ese mantra, pero qué más podía hacer: acababa de matar a cinco hombres o al menos a dos de ellos mientras que los otros podrían estar gravemente heridos o levemente heridos, retorciéndose en su propia sangre, pidiendo socorro, o en camionetas viejas adaptadas como ambulancias que estarían zigzagueando por los recovecos de la ciudad de Teherán en búsqueda de hospitales.

Teherán. Yo quería una misión y por mis pecados me dieron una. No, no —se contradijo Katz—; no eres Marlowe buscado a Kurtz el Congo, ni el capitán Miller buscando al coronel Kurtz en Vietnam. Eres la mosca que aún quiere ser águila. No, tampoco, sólo un turista que ha cometido un crimen. No, tampoco: un instrumento de los Estados Unidos. Menos. Un instrumento de la CIA —que no representa a millones de buenos norteamericanos que no quieren saber nada de infiltraciones en otros países—… pero la CIA no te dio órdenes de matar a ningún alemán, ni lo habrían hecho, si es que Malcom tenía razón y la Compañía estaba legalmente impedida de involucrarse con la muerte de nadie. Orden ejecutiva…

Por unos veinte minutos Leonardo estuvo tratando de recordar qué número de orden ejecutiva era. Se enfureció al no poder recordarlo, aunque estuviese, tal vez, si decidimos jugar a los sicólogos, molesto consigo mismo. Palpó con las yemas de los dedos las mangas y el cuello de su camisa azul. Olía a limpio y estaba completamente seca, al igual que su cabello que perdió toda la humedad a la misma velocidad que sus pies. Detestaba usar sandalias pero no podía cargar sus botas de obrero —ocultas en una bolsa de lona roja—, que estaban aún mojadas, ni su camiseta gris en el mismo estado que sus jeans húmedos y pegajosos que el calor de la tarde no podían secar.

Miró la hora, cortesía de un reloj publicitario de un producto desconocido: una de la tarde y cincuenta minutos. Hacía cuarenta minutos había llegado al Terminal de buses de Teherán, con la idea de mezclarse con los miles que abarrotaban el sitio y planear su marcha, por la avenida del Aeropuerto, hasta su hotel. Mas el miedo a perderse y ser descubierto por la policía lo atenazaba en aquella mesa de plástico de la plaza de comidas del Terminal.

En Chile, cuando a alguno de los muchachos del grupo de Leonardo no se le ocurría nada para escribir, optaban siempre por darse una vuelta. Caminar —decía Ingrid en aquellos bellos y pacíficos días de juventud (tan atrás, tan atrás, tan atrás)— libera hasta él último de los músculos, y las ideas fluyen entonces tan animosamente como la sangre. “Ingrid, tú nunca estuviste en algo así”. No obstante se puso de pie y comenzó a caminar con su bolsa de lona roja en la espalda. Nadie lo había molestado, ningún guardia, ningún vendedor; pasaba por ser otro ciudadano esperando a algún familiar que viniese de viaje de alguna provincia lejana.

Unos chicos con aspecto de montañistas reían y se tomaban fotos con un teléfono celular justo antes de levantar sus maletas para salir de viaje. Al lado una madre joven de negro trataba de calmar a su hijita, también de chador negro, que lloraba al tener que despedirse de su abuela —en chador negro obviamente— que movía la palma de su mano desde la entrada de un bus con destino incierto para el occidental analfabeto. Así otros cientos de despedidas y de recibimientos jubilosos.

Salió al andén exterior donde una fila de taxis largos y viejos con rayas azules pintadas en el medio esperaban pacientemente ser cargados. Podría hurtar uno, o simplemente usarlo para llegar al hotel de Dick Matson, o al suyo propio, y conseguir dinero para pagar el viaje. Sin embargo cómo rayos trazas un plan, uno cualquiera, cuando todos tus otros planes han fracasado. No es el miedo a fallar, es el miedo a los antecedentes. En Colombia lo tenía todo claro: encontraría a un hombre sabio y pacifista cuyas ideas bien estructuradas pudieran allanar el camino a un Irán verdaderamente democrático y secular. Entablaría un diálogo fluido mediante una serie de entrevistas, lo cual le permitiría establecer un perfil. Luego descubriría sus necesidades y problemas domésticos para generar ofertas. Digamos, por ejemplo, un viaje a Jordania, o a Egipto, o incluso a Francia, con todos los detalles solucionados por los hombres de la Compañía quien ese en última instancia se reunirían con él, quizá en un solariego restaurante parisino donde le revelarían los… —Leonardo esperó para reordenar bien las palabras en su cabeza— esfuerzos de toda una comunidad de iraníes expatriados quienes ansían ver de nuevo el suelo donde nacieron sin las tinieblas del terror político.

Él debía buscar a un hombre. Fue muy fácil realmente, y cualquier detective privado de la ciudad lo habría podido hacer para cualquier agente de campo que hubiese entrado como lo hacían otros tantos, ¿o acaso era tan poderosa la contrainteligencia iraní?

Resonó una sirena. Una moto Honda frenó junto a los taxis y el policía de tránsito, increíblemente ataviado con una chaqueta de cuero y casco blanco, saltó sobre el grupillo de taxistas viejos que jugaban backgammon sobre el capote de uno de los vehículos. Leonardo ya estaba entonces sobre la avenida principal dispuesto a cruzar por en medio de los autos. Considerando como son las cosas en Teherán, lo más posible es que hubiese terminado detenido por la propia autoridad de tránsito al hacer un cruce indebido, en una avenida de dos carriles, donde a las primeras horas de la tarde fluían camiones, buses y autos por encima de los sesenta kilómetros por hora. Encontró el puente peatonal cubierto y a grandes saltos se introdujo en aquel túnel de gusano color azul. Vio hacía el sur la avenida bifurcarse en dos al chocar contra la gigantesca torre Azadi cremosamente resplandeciente bajo el sol de la tarde.

Giró la cabeza y vio el flujo vehicular correr hacía las montañas y supuso cuál debía ser su ruta. Al norte, pensó, a donde suelen apuntar casi todas las ciudades; allá donde todo mejora, donde hay más vegetación y la elegancia en los barrios crece, como crece el número de autos elegantes europeos aparcados en las aceras. ¿Por qué no visitar a Irma? Y pedirle ayuda. Al bajar del puente y pararse bajo un árbol para escapar del calor decidió que no. Cruzó otra avenida y siguió su marcha hacia el norte entre negocios de toda índole y el rugir de los autos siempre presurosos.

“Sería una desgracia una invasión” Pensó, imaginando que la primera medida de los invasores sería la de bombardear la ciudad, cosa que, según la teoría moderna de guerra significa reducir una ciudadela a escombros humeantes ‘sin víctima civiles’ dirían los generales desde el Pentágono, aún a sabiendas que, en cuanto a estrategia de guerra psicológica se refiere, la desmoralización del enemigo se basa, principalmente, en atacar el punto más vulnerable de la oposición: sus seres queridos. Así, ríos de sangre, mujeres llorando, niños mutilados y propiedades bajo control de las llamas le hacen pensar a cualquier soldado si realmente vale la pena seguir luchando contra una bestia colosal de tecnología y explosivos.

Siendo niño, como otros tantos, vio la guerra del golfo por televisión. Por aquel entonces todo el mundo andaba pendiente de la transmisión en vivo de la operación Tormenta del Desierto. Y en la escuela todos jugaban a lo mismo: ser piloto de caza bombardero, o soldado de infantería e incluso conductor de tanque Abraham. Es fácil, y divertido, bajo la cultura del G.I Joe y las imágenes de la CNN en que las bombas eran puntos verdes lloviendo del cielo y reventando en fragmentos diminutos y brillantes como fuegos artificiales.

Pero muy distinta perspectiva se tiene cuando son las dos de la mañana, sabes que tienes que dormir por que tienes un empleo y debes estar ahí a las siete. Entonces algo revienta en la calle y te quedas helado sudando en tu cama; corres a la ventana: ¡BOM! El edificio de enfrente se está desplomando. La alarma de bombardeo resuena a lo lejos, ya tarde, por que sabes que el infierno ya llegó; sacas a tu hija, a tu mujer, todo es muy confuso, nadie sabe qué hacer. El miedo que envuelve a cualquier ser humano al saber que por todo lado caen toneladas de explosivos, como una lluvia contra la que no hay paraguas ni alero ni techo que te cubran, aquello debía de ser horrible. Correr, ¿a dónde? Si del estampido supersónico de los bombarderos no se puede huir, ni del fuego, un dragón gigantesco que parece serpentear por toda la ciudad.

Se detuvo a mirar una vitrina: zero en decía el anuncio: un local de ropa femenina, lleno de pañuelos atados sobre cabezas anónimas.

Aunque los estrategas se esforzaran en demostrar que la guerra era cada día más precisa, siempre se podría contar con el infinito desprecio y odio que un ser humano puede llegar a demostrar por otro. Ya podrían algún día las guerras ser luchadas por robots, mas entonces tendremos científicos que programarán a los androides para que ataquen primero a los civiles desarmados.

“Bueno, en parte para eso estoy yo aquí, ¿no? Yo, instrumento del destino” No lo creía realmente, pero en teoría ese era el objetivo primordial de los agentes: recabar información sobre el enemigo de tal manera que fuese más fácil derrotarlo. Si se lograba, mediante una serie de campañas de sabotaje, terminar con el régimen del Líder Supremo, y e instaurar una verdadera democracia en Irán, ¿no se evitaría una guerra?

Siempre la guerra es mejor negocio que la paz.

Pero Irán tiene petróleo, podríamos ser socios.

¿Socio o colonia?

No tiene por qué haber guerra, si queda algo de honestidad en los gobiernos, en las agencias de inteligencia, y en el uso de la información. Y la misión de Leo Katz entonces es decirle a Langley la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

Se detuvo en un banco de la calle y se cambió de zapatos. Las sandalias de cuero quedaron dentro de la bolsa de lona roja y fueron a parar directamente a un bote de basura. Katz siguió su camino sintiendo un insistente puntilleó bajo su talón; sabía que no tenía una piedra dentro, y que lo único que le apremiaba era la necesidad de enviar su mensaje con el aparatito electrónico que le habían entregado. Una estupidez, quién sabe quién lo habrá planeado, se dijo, mientras pensaba desde dónde transmitir. Técnicamente podía hacerlo desde cualquier tipo de antena, siempre y cuando esta tuviese un alcance de recepción superior a los cien kilómetros.

En problema es que justo ahora estaba en ningún lugar: de pie, sintiendo el calor hasta en la boca, miró alrededor; delante se alzaba un puente de dos carriles, y más allá la avenida se extendía hasta el infinito. Una carretera llevaba a los vehículos hacía el oriente y los incorporaba a la avenida del puente. De pie sobre el césped gris, notó que, a parte de aquel pequeño espacio de verdor ahogado, en los alrededores de la avenida y el puente sólo había arbustos y tierra seca como en la más árida de las estepas. No tenía ni idea de dónde estaba.

Podía seguir hacia el norte, e intentar llegar al hotel. O regresar, al aeropuerto, intentar contactarse con el coronel Matson y explicarle todo el asunto, solicitándole que sacase sus cosas del hotel para poder tomar un avión de regreso a casa. O…

¡Diablos! Un serie de pitos de advertencia lo hicieron soltar una procacidad en voz alta. Tal vez algún pendejo le estaba increpando desde su auto por el hecho de estar parado sobre el escaso césped de este arenal. Buscó al ecologista con los ojos entrecerrados de odio y encontró una figura conocida: un Tondar 90 rojo escarlata y un rostro de niña asomando por la ventana con unas gafas de sol enormes tapándole la mitad de la cara. Las gafas bajaron por acción del dedo índice de la mano izquierda, revelando dos ojos profundos de enormes pestañas que miraban risueños.

¡Irma!

Cincuenta segundos después, sorteando el tráfico y escuchando cláxones, Leonardo estaba dentro del Renault. Yendo a casi setenta por hora, con la ventana abierta, música electrónica y con los pies quietos y sujeto por un cinturón de seguridad, Katz se sentía muchísimo mejor. Tomaban hacía el oriente y el sol reflejaba en cada ventana de la ciudad; por ello Irma usaba gafas.

—Perdón, no te he preguntado: ¿te llevo a tu hotel?

—Yo…

—¿Sabes? Es muy raro que te haya encontrado así; veras: vengo del aeropuerto y te descubro deambulando como un vagabundo —se río un poco— en plena avenida.

—Me perdí.

—¿Disculpa?

—Mi guía. El taxi que tenía contratado recibió una llamada de su esposa. Me dijo que vendría a recogerme después de una hora; creí que podría, con ese margen de tiempo, irme al hotel; buscar yo mismo la ruta e irme hasta el hotel para llamarlo desde ahí.

—¿Te llevo a tu hotel?

—No —la réplica fue intempestivamente brusca. Estaba aún latente la amenaza de que aquellos contra los que había actuado fuesen de vuelta al Azadi para buscarlo. Ciertamente no tenía a dónde ir—. No quiero perturbarte; estoy seguro que estás ocupada ahora.

—Siempre hay cosas pendientes —respondió en tono retórico—. Si quieres podemos ir a mi casa a almorzar. Sin querer ofenderte tienes cara de no haber comido aún.

—¡Ni desayunado aún! —Fue la respuesta de Katz que se rió de si mismo y por los nervios que le martillaban los costados. ¿Acaso sus ojos reflejaban las vidas que había quitado?

Por diez minutos viajaron en silencio. Leonardo sentía que conocía esa ciudad bien; que podía guiarse con tanta seguridad en ella como lo haría en Bogotá. Lentamente, de la forma más cuidadosa, Leo escrutó el perfil delicado de Irma; algo en su cara, tal vez en sus labios, o en sus ojos, estaba sumamente contraído y tenso. Además, sus dos manos estaban tan fijas en el volante que parecían haberse soldado al mismo y estar tan ajustadas que parecían a punto de reventar. “Mierda… qué puede sospechar. ¡Carajo! Peor; ¿qué puede saber? ¿No lo habías pensado? Hasta qué punto puede estar involucrada con el alemán. ¡Sabe que lo maté!”

Revisó el seguro de la puerta. Iban despacio por una calle congestionada; una desviación por un sector residencial a un taponamiento por obras. Darle un golpe con el canto de la mano en la garganta, arrancar las llaves del contacto y salir corriendo.

—Irma, ¿puedo decirte algo?

—Algo me dice que tienes que hacerlo.

—Es sobre tu amigo, el alemán.

—¿Franz?

—Sí.

—¿Ha hablado contigo? Tuve la sensación de que estaba muy interesado en tu trabajo.

“¡Reflauta!”

—¿Sabes quién es?

Un nuevo semáforo. Irma giró la mitad de su cuerpo para enfrentar a un Leonardo Katz que de repente se sintió muy pequeño.

—Por qué me estás preguntando eso.

—¿Tú sabes quién es?

—¿A qué viene la pregunta?

—¿Lo sabes?

—¿Por qué me preguntas?

—¿Sabes o no sabes?

—¿Por qué?

—¿Sabes?

—¡Dime!

—¡Está muerto!

Retrocedió y dijo algo en persa; lo repitió mirando el semáforo ponerse en verde de nuevo aunque sus manos parecían ahora incapaces de operar los mandos. Durante un instante, muy largo, Katz creyó que empezaría a llorar, mas en vez de esto se inclinó sobre el volante con los ojos perdidos en la nada, un buen rato.

Exhaló un hondo suspiro, aplicó un cambio de marcha, y el Tondar empezó a rodar lentamente de nuevo por la calle; giró a dos cuadras, aceleró por un callejón, cruzó una avenida y se adentró en el parqueadero subterráneo del edificio de apartamentos de la calle Yakhchal.

Leonardo esperaba, como en la antesala de un dentista, codos sobre las rodillas, mirada inquieta recorriendo bordes y superficies. Irma se quitó sus zapatos, su rhusari, sacó de un cajón una botella de licor indefinido y sirvió dos vasos. Uno de estos apareció de repente frente a los ojos de Katz.

—Tequila —afirmó la dama. Si Leo lo tomó en sus manos fue por protocolo, el sólo nombre ‘tequila’ le sonaba, como a cualquier norteamericano, a un exótico fuego eventualmente mortal.

Fingiendo probarlo, con el borde al pie del labio inferior, Katz lanzó los dados:

—Qué había entre ustedes dos.

—Bueno… para un hombre acostumbrado a pagar por compañía femenina, yo era lo más cercano a una amiga por contrato.

Mediante una serie de frases breves y pausas largas, Irma le explicó a Leonardo el vínculo extraño que mantenía con el vendedor de armas. Ella había llegado a convertirse casi en su esposa cuando él la visitaba en su apartamento. Un sueño de plácida vida burguesa en diversos actos. Entre la prostituta y el vendedor de armas había surgido un mutuo entendimiento y una relación que escapaba a cualquier catalogación. Si tal vez Irma no hubiese sido tan reticente a dejar el país, quizá Franz la habría paseado por medio mundo.

—¿Y por qué no?

—Prefiero ser libre; acá soy libre, a mi manera —extendió los brazos señalando su reducido apartamento—: bebo, leo, escribo… Y además tengo ciertos compromisos. No estoy yo sola en esto.

—¿En qué?

Pero en vez de responder, Irma se puso de pie y se plantó frente a Leonardo. Había algo de tristeza expresada en su abundante cabello lacio derramado vulgarmente por sus hombros y la parte derecha de su rostro. No veía a Katz como una amenaza, o el que fuese una le entristecía; quizá creyó que podrían ser buenos amigos.

—Yo sé que él vendía armas. Que tenía negocios con el gobierno; pero no cosas completamente legales. Ahora llegas tú… tú, yo ni siquiera sé quién eres, y me dices que está muerto.

—Lo mejor es que me vaya —respondió Katz buscando romper el pesado y opresivo silencio.

Un árbol, de la especie que fuera, abatía sus ramas y hojas contra la ventana; el resplandor de la calle, un coro de gritos y risas de niños y el resonar de un balón ser pateado le dijeron subliminalmente a Leonardo que aún era temprano para buscar en la gran ciudad una “puerta” para contactar a las estrellas que guiarían su mensaje de misión fallida. De nuevo la voz de Irma, más cerca esta vez, lo sacó de su sistema planificador mental:

—¿A qué viniste Leo Katz?

—Busco a alguien. No lo buscaba a él.

Decidió enfrentarse a los profundos ojos de la odalisca persa: de la frente hasta el mentón se dibujaban diminutas líneas de madurez mal cubiertas por productos locales de belleza, no obstante sus labios eran todo un anuncio de provocación marca Max Factor, tan lamentablemente iguales a los de una colegiala malcriada que vivía allá en el nuevo mundo…

—No sé para quien trabajas —su inglés resultaba tan claro que Katz sintió que le hablaba en español—, pero te ayudaré si tu me ayudas.

Si esperan que en la escena haya un beso, pues imagínenlo, porque no lo hubo. Nunca como en ese momento sintió Leo más ganas de tener a Erica a su lado; de estar en casa hundido en ella por completo. Y cuando Irma le dio un fraternal abrazo, Katz maldijo: “vaya puto en el que me he convertido. Seré mal escritor, mal amante, pero en esto nadie me gana”.

Acababa de reclutar un nuevo agente.

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