Capítulo XI McLean
Al noroeste del centro de Washington, enclavado entre los bosques de Virginia está el poblado de McLean. Es un suburbio aislado de la crepitante capital de la nación; y allí viven cerca de treinta y nueve mil personas. Sus pobladores, desde simples empleados postales hasta congresistas y algunos diplomáticos, conviven en uno de los centros de población más grandes del estado. Hay cierto movimiento comercial, pero es considerado estadísticamente como un punto residencial.
De una de aquellas casas ordinarias salió una mañana un empleado federal (días antes de los hechos mencionados arriba) y condujo bajo sesenta kilómetros por hora tomando con elegancia las curvas, procurando no asustar a ninguno de los peatones que ese día festivo salían en pantalón corto a recorrer las calles del pueblito, a tomar quizá un helado, y se hundió entre los bosques por toda la carretera hacia el norte, presionando precavidamente el acelerador y alcanzando los setenta kilómetros transformando los pinos y cipreses del camino en alargadas manchas oliva que parecían rasguñar la vista.
A unos dos kilómetros una formación de concreto, un complejo oculto, se alzaba entre aquellos bosques y sólo la presencia de una que otra patrulla habría podido impresionar a un viajero común. Alcanzó la entrada que separaba el complejo del mundo mediante altas cercas de acero negro y se sintió mejor de que el proceso de apertura de la puerta no tomara más de cinco minutos; el verano se había ya extendido y hasta los empleados federales de corbata y puños cerrados tienen que soportar aquel vaho oloroso a pino que en los meses de mayo a junio ahoga a todos.
Detuvo su auto en el estacionamiento norte; había ganado tal plaza en parte gracias a su situación en el government schedule y en parte gracias a favores hechos a antiguos amigos situados en puestos más altos. Caminó a toda prisa para salir lo más pronto posible de aquel terreno hirviente (apenas eran las ocho de la mañana) oloroso a gasolina y a neumático requemado. En menos de tres minutos alcanzó el vestíbulo principal, donde ya una veintena de personas presentaban sus identificaciones a las máquinas registradoras. El súbito cambio de temperatura, allí en el gran hall de rectas líneas romanas y deslumbrante mármol ópalo provocó que aquel hombre que se le presentó a Leonardo Katz como Thomas Jefferson sintiera las primeras gotas de sudor perlarle la frente.
Su oficina, en el ala noroeste, debía compartirla con otros tres funcionarios de Operaciones, mucho más jóvenes que él, con el mismo salario, pero prácticamente en condición de asistentes. A aquel hombre le molestaba tener que verlos tan seguido y por eso empleaba las noches y los días feriados para trabajar en los asuntos realmente importantes.
Al noroeste del centro de Washington, enclavado entre los bosques de Virginia está el poblado de McLean. Es un suburbio aislado de la crepitante capital de la nación; y allí viven cerca de treinta y nueve mil personas. Sus pobladores, desde simples empleados postales hasta congresistas y algunos diplomáticos, conviven en uno de los centros de población más grandes del estado. Hay cierto movimiento comercial, pero es considerado estadísticamente como un punto residencial.
De una de aquellas casas ordinarias salió una mañana un empleado federal (días antes de los hechos mencionados arriba) y condujo bajo sesenta kilómetros por hora tomando con elegancia las curvas, procurando no asustar a ninguno de los peatones que ese día festivo salían en pantalón corto a recorrer las calles del pueblito, a tomar quizá un helado, y se hundió entre los bosques por toda la carretera hacia el norte, presionando precavidamente el acelerador y alcanzando los setenta kilómetros transformando los pinos y cipreses del camino en alargadas manchas oliva que parecían rasguñar la vista.
A unos dos kilómetros una formación de concreto, un complejo oculto, se alzaba entre aquellos bosques y sólo la presencia de una que otra patrulla habría podido impresionar a un viajero común. Alcanzó la entrada que separaba el complejo del mundo mediante altas cercas de acero negro y se sintió mejor de que el proceso de apertura de la puerta no tomara más de cinco minutos; el verano se había ya extendido y hasta los empleados federales de corbata y puños cerrados tienen que soportar aquel vaho oloroso a pino que en los meses de mayo a junio ahoga a todos.
Detuvo su auto en el estacionamiento norte; había ganado tal plaza en parte gracias a su situación en el government schedule y en parte gracias a favores hechos a antiguos amigos situados en puestos más altos. Caminó a toda prisa para salir lo más pronto posible de aquel terreno hirviente (apenas eran las ocho de la mañana) oloroso a gasolina y a neumático requemado. En menos de tres minutos alcanzó el vestíbulo principal, donde ya una veintena de personas presentaban sus identificaciones a las máquinas registradoras. El súbito cambio de temperatura, allí en el gran hall de rectas líneas romanas y deslumbrante mármol ópalo provocó que aquel hombre que se le presentó a Leonardo Katz como Thomas Jefferson sintiera las primeras gotas de sudor perlarle la frente.
Su oficina, en el ala noroeste, debía compartirla con otros tres funcionarios de Operaciones, mucho más jóvenes que él, con el mismo salario, pero prácticamente en condición de asistentes. A aquel hombre le molestaba tener que verlos tan seguido y por eso empleaba las noches y los días feriados para trabajar en los asuntos realmente importantes.
Limpiado el sudor de su amplia frente pálida, remojada la garganta con una pepsi (no sé por qué en este como en todos los edificios federales hay sólo máquinas dispensadoras de pepsi) abrió la caja fuerte en un veloz y mecánico movimiento de la diestra y, poniendo en marcha un archivo de audio del computador, reviviendo momentáneamente a María Callas, sintiendo el la luz bienhechora de la mañana, buscó poner sus cinco sentidos en la confección del informe operativo de la operación IR-DESERTFLOWER. Aunque en la portada de cartón el dígrafo IR (para Irán) no estaba enlazado con las palabras Flor del Desierto por una raya, sino por un punto. Aquel truco, muy usado por los analistas, significa que aquello que se tiene entre las manos es tan sólo un proyecto. Un sueño si se quiere.
El mim, debió surgir de una frase suelta de una conversación sostenida durante una cena en un restaurante francés entre el subdirector adjunto de Operaciones, el senador R y un redactor político del Washington Post. Eran las nueve y punta de la noche, dos botellas de Chardonnet destapadas, los tres hombres, por coincidencia robustos y grandes bebedores comentaban las palabras del presidente que, antes de partir a Camp David quince días antes; había afirmado: Irán es más que un objetivo, pero es un objetivo. Aquello sólo fue registrado por la mente aguda del redactor de cincuenta y cuatro años, y no estaba por completo relacionada con aquella cena. Era esta sólo una reunión informal de un viernes en la noche; una cena de actualización. Pero de un modo u otro debió citarla por reflejo en medio de la charla sostenida acerca de un contexto radicalmente distinto.
Entonces el hombre de la Compañía, quien gracias a sus viejos hábitos se había gastado aquella semana espiando a R, miembro de la comisión de Inteligencia del Senado, mencionó ligeramente la disposición de las tropas americanas sobre el territorio en disputa que hay entre Irán e Irak. El senador hizo un apunte al hecho, soltó la risa, alzó la copa, la situó sobre sus labios y el periodista ya tenía una respuesta:
—Pero en ése sentido no es un objetivo.
Tras vaciar la copa, el senador se limpió los labios, dejó caer la servilleta sobre el plato a medio comer, y replicó:
—El presidente no estaba hablando de un objetivo militar. No hay por qué sostener una idea de un golpe contra el régimen, no al menos un golpe directo. Hablamos de objetivos como grupos humanos, o nichos sociales; o pongámoslo en términos de publicidad: el objetivo es aquellos a quienes queremos que llegue nuestra voz.
—Los opuestos al gobierno en todos sus niveles —apuntó el subdirector— son ellos los que llevarían la batuta del cambio. ¿Eso es lo que insinuó el presidente?
—El helicóptero hacía mucho ruido y no me enteré si dijo algo más.
—Por favor… —al hombre de la CIA ya le molestaba el seco humor de aquel político.
—Pero no se haga ilusiones —el redactor del Washington Post se inclinó hacia el hombre de la Compañía—: hoy en día los movimientos estudiantiles y —por decirlo de alguna manera— de izquierda, tienden un tanto hacia la derecha.
—Porque están presionados por el propio gobierno. Todos conocemos sobre la acción de los órganos en la represión de los movimientos que tengan gestos revolucionarios. Los ahogan.
—La situación actual, señor M… es muy distinta a la de hace veinte años; si quiero le puedo decir que la Irán post revolucionaria de Jomeini es, a los presentes días, lo que la Rusia estalinista fue a la Rusia que conocimos en la distensión de los setentas.
—Me pregunto entonces que querrá decir usted con eso de distensión.
—Me entrevisté en Soborna hace dos meses y medio con un par de estudiantes de ciencias aplicadas iraníes. Tuvimos una charla que pudo haberme dado para un libro, pero lo que me quedó grabado en la cabeza, como al aguafuerte, fue ese espíritu de… enajenamiento, sí, de Occidente. Fue claro como el agua. Los recursos no escasean allá, pero los jóvenes con una verdadera visión política ven a su nación sumida en un estado de corrupción endémica. Creen que ante todo Occidente carga con aquel mal como algunos perros la rabia. No son todos, claro, y estoy seguro de que a muchos les gustaría verse más invadidos por América, pero, pero señores, si esa invasión cultural trae consigo un aumento en la corrupción, y por ende en el desmejoramiento de los niveles de vida, la mayoría se inclinará hacia unos ideales de ortodoxia tal que enarbolen un pensamiento aún más radical, más musulmán, llamémosle, que erradique por completo cualquier mirada occidental y suprima mucho de lo que allí queda de civilizado, sobre todo, claro, las libertades.
—¿Nos dice entonces que debemos esperar es una desaparición total del control moderadamente laico que hay allá?
—Pues me impresionaron las palabras de aquellos muchachos; mencionaron por ejemplo la cantidad de enfermedades infantiles y de muertes que ocurren en Tabriz y Mashhad. Y se preguntaban si un estilo de vida menos moderno no sería tal vez la solución; una nación, como ellos dijeron, para los puros.
Y fue ahí cuando el subdirector de operaciones tuvo aquel estremecimiento que los escritores llaman musa. De entonces a esa mañana un puñado de analistas había sido ordenado en forma de comité evaluador, se les había aislado en un amplio despacho del ala sur, se les abasteció con suficientes café y rosquillas y se les entregó media tonelada de informes y prospectivas, muchas de ellas olvidadas en los sótanos de Langley.
Redactaron un libro de trescientas páginas simplemente titulado Los Puros, del cual se imprimió sólo dos copias (ambas con una clasificación tan alta que ninguno de los analistas pudo cargar ninguno de aquellos volúmenes en sus manos) y el subdirector de operaciones entregó una de ellas al hombre conocido como Thomas Jefferson con el cual se entrevistó por más de tres horas a mediados de abril.
El compendio final de la misión conocida como IR-DESERTFLOWER que algún día vería —censurado— Leo Katz paso de ser un borrador a un trabajo en limpio aquella mañana. Faltaban sólo tres ingredientes, denominados: IR-DESERTFLOWER-1, 2 Y 3. Y aunque sus nombres y fotografías ya estaban ajustadas mediante clips a la carpeta, faltaba hacerse con esos tres personajes para poner en marcha la obra.
Sus ojos, sus miradas, sus cabellos y gestos tomados por distintas lentes miraban sin ver a Thomas Jefferson. Una, de un hombre robusto, con una sonrisa bajo su increíble bigote, uniforme impecable y cabello brillante. La otra, la copia de una copia de una copia de una mala foto tomada en prisión a unos saltones ojos de asesino bajo los cuales era sostenida una tabla con las palabras Penitenciaría Federal de Sing Sing. Y la otra, una de pasaporte, tan mala como solo pueden ser las fotos para este tipo de documento; en ella un muchacho de piel color yodo, ojos cafés ligeramente rasgados y un indomable pelo negro parecía entrecerrar los ojos ante el agresor resplandor de la cámara.
La contemplación de esta última foto duró un rato. No había problemas para reclutar a los dos primeros hombres. La verdad es que con aquella clase de hombres, denominados en la Compañía como técnicos, las discusiones se ven enfocadas más en cómo se les pagarán sus honorarios. En Estados Unidos si algo abunda son los mercenarios; es posible conseguirlos entre las revistas especializadas en armas en el papel de detectives, y hasta en las calles de las megalópolis. Pero estos dos técnicos no eran simples guns for hire, sino operadores muy cualificados de cierta unidad secreta, tan secreta, que ni el mismo Thomas Jefferson tenía acceso a ella. Simplemente los nombres fueron vomitados por la computadora como los dos soldados más hábiles para cumplir el trabajo.
No pasaba lo mismo con el tercero, el muchacho, y eso era lo que provocaba las arrugas en la cavilosa frente del hombre de Operaciones. El nombre de aquel tipo de labios gruesos y mirada perdida había llegado a él gracias a uno de sus asistentes que coincidencialmente —y estas coincidencias deberían investigarlas— había descubierto ese nombre en un informe ya archivado en una caja de archivos sobre Latinoamérica, concretamente bajo el título “Violencia Política”, redactado por un agente de la CIA en México DF que trabajaba allí supuestamente como corresponsal de la AFP.
Aquel sujeto, cuyo nombre quedó clausurado para siempre por el infalible rotulador negro, envió en su momento una docena de fotos, copias de informes de policía, de agencias federales mexicanas de investigación, algunos resúmenes de noticias relacionadas con ello y fotos, claro está. Una muy mala —presumiblemente tomada con un teléfono celular— mostraba la parte alta de una espalda muy masculina y bien formada; entre el omoplato y el hombro derecho estaba tatuada en negro la figura de una especie de enano muy feo, sin brazos, con corbatín, gran nariz y sonrisa circense. Qué americano no había visto a aquel extraño ser, obra de la mente de William Wallace Denslow, el famoso ilustrador de El Mago de Oz. El bicho era un Cabeza de Martillo, una raza de seres belicosos encargados de evitar que cualquiera (incluida Dorotea y sus amigos) cruzase por su montaña. Otras fotos mostraban los rastros de la ultraviolencia de estos terroristas antifascistas, y una, tomada en el aeropuerto por un agente de contrainteligencia mexicano mostraba, en medio de la multitud de una sala de embarque, al mismo muchacho mestizo, con su cabello negro lacio y sus ojos almendrados de mirada enajenada. Otras tantas instantáneas acompañaban a una lista elaborada por la policía del DF de los sospechosos contra los que, sin embargo, no pudo haber acción legal alguna pues nunca se presentaron pruebas suficientes como para que un juez pudiese poner en marcha una acción contra estos hombres.
Entonces, de los seis cabezas de martillo —nombre trillado, pensó Thomas Jefferson— cuyas identidades quedaron descubiertas, sólo dos podían ser empleados en esta misión, mas uno de ellos, ya había desaparecido en Londres y ni el MI-5 podía encontrarlo, dejando así sólo una opción: Leonardo Katz.
Cerró la carpeta, llamó al aeropuerto, preguntó qué vuelo salía para Atlanta y de allí qué avión podía tomar hacia Bogotá. Llamó a la secretaria del jefe adjunto de Operaciones, solicitó una entrevista con su jefe, y empezó inmediatamente la redacción de un informe sobre la necesidad de reclutar a un americano radicado en Colombia que podía tener las habilidades suficientes para entrar, actuar, y salir de Irán con vida.
Hasta el miércoles siguiente pudo Thomas Jefferson archivar en su caja fuerte el plan de la operación Flor del Desierto, esta vez, con una raya en vez de un punto para separar el dígrafo de identificación del país del nombre de la operación.
