Tuesday, January 16, 2007

Capítulo XI McLean

Al noroeste del centro de Washington, enclavado entre los bosques de Virginia está el poblado de McLean. Es un suburbio aislado de la crepitante capital de la nación; y allí viven cerca de treinta y nueve mil personas. Sus pobladores, desde simples empleados postales hasta congresistas y algunos diplomáticos, conviven en uno de los centros de población más grandes del estado. Hay cierto movimiento comercial, pero es considerado estadísticamente como un punto residencial.

De una de aquellas casas ordinarias salió una mañana un empleado federal (días antes de los hechos mencionados arriba) y condujo bajo sesenta kilómetros por hora tomando con elegancia las curvas, procurando no asustar a ninguno de los peatones que ese día festivo salían en pantalón corto a recorrer las calles del pueblito, a tomar quizá un helado, y se hundió entre los bosques por toda la carretera hacia el norte, presionando precavidamente el acelerador y alcanzando los setenta kilómetros transformando los pinos y cipreses del camino en alargadas manchas oliva que parecían rasguñar la vista.

A unos dos kilómetros una formación de concreto, un complejo oculto, se alzaba entre aquellos bosques y sólo la presencia de una que otra patrulla habría podido impresionar a un viajero común. Alcanzó la entrada que separaba el complejo del mundo mediante altas cercas de acero negro y se sintió mejor de que el proceso de apertura de la puerta no tomara más de cinco minutos; el verano se había ya extendido y hasta los empleados federales de corbata y puños cerrados tienen que soportar aquel vaho oloroso a pino que en los meses de mayo a junio ahoga a todos.

Detuvo su auto en el estacionamiento norte; había ganado tal plaza en parte gracias a su situación en el government schedule y en parte gracias a favores hechos a antiguos amigos situados en puestos más altos. Caminó a toda prisa para salir lo más pronto posible de aquel terreno hirviente (apenas eran las ocho de la mañana) oloroso a gasolina y a neumático requemado. En menos de tres minutos alcanzó el vestíbulo principal, donde ya una veintena de personas presentaban sus identificaciones a las máquinas registradoras. El súbito cambio de temperatura, allí en el gran hall de rectas líneas romanas y deslumbrante mármol ópalo provocó que aquel hombre que se le presentó a Leonardo Katz como Thomas Jefferson sintiera las primeras gotas de sudor perlarle la frente.

Su oficina, en el ala noroeste, debía compartirla con otros tres funcionarios de Operaciones, mucho más jóvenes que él, con el mismo salario, pero prácticamente en condición de asistentes. A aquel hombre le molestaba tener que verlos tan seguido y por eso empleaba las noches y los días feriados para trabajar en los asuntos realmente importantes.

Limpiado el sudor de su amplia frente pálida, remojada la garganta con una pepsi (no sé por qué en este como en todos los edificios federales hay sólo máquinas dispensadoras de pepsi) abrió la caja fuerte en un veloz y mecánico movimiento de la diestra y, poniendo en marcha un archivo de audio del computador, reviviendo momentáneamente a María Callas, sintiendo el la luz bienhechora de la mañana, buscó poner sus cinco sentidos en la confección del informe operativo de la operación IR-DESERTFLOWER. Aunque en la portada de cartón el dígrafo IR (para Irán) no estaba enlazado con las palabras Flor del Desierto por una raya, sino por un punto. Aquel truco, muy usado por los analistas, significa que aquello que se tiene entre las manos es tan sólo un proyecto. Un sueño si se quiere.

El mim, debió surgir de una frase suelta de una conversación sostenida durante una cena en un restaurante francés entre el subdirector adjunto de Operaciones, el senador R y un redactor político del Washington Post. Eran las nueve y punta de la noche, dos botellas de Chardonnet destapadas, los tres hombres, por coincidencia robustos y grandes bebedores comentaban las palabras del presidente que, antes de partir a Camp David quince días antes; había afirmado: Irán es más que un objetivo, pero es un objetivo. Aquello sólo fue registrado por la mente aguda del redactor de cincuenta y cuatro años, y no estaba por completo relacionada con aquella cena. Era esta sólo una reunión informal de un viernes en la noche; una cena de actualización. Pero de un modo u otro debió citarla por reflejo en medio de la charla sostenida acerca de un contexto radicalmente distinto.

Entonces el hombre de la Compañía, quien gracias a sus viejos hábitos se había gastado aquella semana espiando a R, miembro de la comisión de Inteligencia del Senado, mencionó ligeramente la disposición de las tropas americanas sobre el territorio en disputa que hay entre Irán e Irak. El senador hizo un apunte al hecho, soltó la risa, alzó la copa, la situó sobre sus labios y el periodista ya tenía una respuesta:

—Pero en ése sentido no es un objetivo.

Tras vaciar la copa, el senador se limpió los labios, dejó caer la servilleta sobre el plato a medio comer, y replicó:

—El presidente no estaba hablando de un objetivo militar. No hay por qué sostener una idea de un golpe contra el régimen, no al menos un golpe directo. Hablamos de objetivos como grupos humanos, o nichos sociales; o pongámoslo en términos de publicidad: el objetivo es aquellos a quienes queremos que llegue nuestra voz.

—Los opuestos al gobierno en todos sus niveles —apuntó el subdirector— son ellos los que llevarían la batuta del cambio. ¿Eso es lo que insinuó el presidente?
—El helicóptero hacía mucho ruido y no me enteré si dijo algo más.
—Por favor… —al hombre de la CIA ya le molestaba el seco humor de aquel político.
—Pero no se haga ilusiones —el redactor del Washington Post se inclinó hacia el hombre de la Compañía—: hoy en día los movimientos estudiantiles y —por decirlo de alguna manera— de izquierda, tienden un tanto hacia la derecha.
—Porque están presionados por el propio gobierno. Todos conocemos sobre la acción de los órganos en la represión de los movimientos que tengan gestos revolucionarios. Los ahogan.
—La situación actual, señor M… es muy distinta a la de hace veinte años; si quiero le puedo decir que la Irán post revolucionaria de Jomeini es, a los presentes días, lo que la Rusia estalinista fue a la Rusia que conocimos en la distensión de los setentas.
—Me pregunto entonces que querrá decir usted con eso de distensión.
—Me entrevisté en Soborna hace dos meses y medio con un par de estudiantes de ciencias aplicadas iraníes. Tuvimos una charla que pudo haberme dado para un libro, pero lo que me quedó grabado en la cabeza, como al aguafuerte, fue ese espíritu de… enajenamiento, sí, de Occidente. Fue claro como el agua. Los recursos no escasean allá, pero los jóvenes con una verdadera visión política ven a su nación sumida en un estado de corrupción endémica. Creen que ante todo Occidente carga con aquel mal como algunos perros la rabia. No son todos, claro, y estoy seguro de que a muchos les gustaría verse más invadidos por América, pero, pero señores, si esa invasión cultural trae consigo un aumento en la corrupción, y por ende en el desmejoramiento de los niveles de vida, la mayoría se inclinará hacia unos ideales de ortodoxia tal que enarbolen un pensamiento aún más radical, más musulmán, llamémosle, que erradique por completo cualquier mirada occidental y suprima mucho de lo que allí queda de civilizado, sobre todo, claro, las libertades.
—¿Nos dice entonces que debemos esperar es una desaparición total del control moderadamente laico que hay allá?
—Pues me impresionaron las palabras de aquellos muchachos; mencionaron por ejemplo la cantidad de enfermedades infantiles y de muertes que ocurren en Tabriz y Mashhad. Y se preguntaban si un estilo de vida menos moderno no sería tal vez la solución; una nación, como ellos dijeron, para los puros.

Y fue ahí cuando el subdirector de operaciones tuvo aquel estremecimiento que los escritores llaman musa. De entonces a esa mañana un puñado de analistas había sido ordenado en forma de comité evaluador, se les había aislado en un amplio despacho del ala sur, se les abasteció con suficientes café y rosquillas y se les entregó media tonelada de informes y prospectivas, muchas de ellas olvidadas en los sótanos de Langley.

Redactaron un libro de trescientas páginas simplemente titulado Los Puros, del cual se imprimió sólo dos copias (ambas con una clasificación tan alta que ninguno de los analistas pudo cargar ninguno de aquellos volúmenes en sus manos) y el subdirector de operaciones entregó una de ellas al hombre conocido como Thomas Jefferson con el cual se entrevistó por más de tres horas a mediados de abril.

El compendio final de la misión conocida como IR-DESERTFLOWER que algún día vería —censurado— Leo Katz paso de ser un borrador a un trabajo en limpio aquella mañana. Faltaban sólo tres ingredientes, denominados: IR-DESERTFLOWER-1, 2 Y 3. Y aunque sus nombres y fotografías ya estaban ajustadas mediante clips a la carpeta, faltaba hacerse con esos tres personajes para poner en marcha la obra.

Sus ojos, sus miradas, sus cabellos y gestos tomados por distintas lentes miraban sin ver a Thomas Jefferson. Una, de un hombre robusto, con una sonrisa bajo su increíble bigote, uniforme impecable y cabello brillante. La otra, la copia de una copia de una copia de una mala foto tomada en prisión a unos saltones ojos de asesino bajo los cuales era sostenida una tabla con las palabras Penitenciaría Federal de Sing Sing. Y la otra, una de pasaporte, tan mala como solo pueden ser las fotos para este tipo de documento; en ella un muchacho de piel color yodo, ojos cafés ligeramente rasgados y un indomable pelo negro parecía entrecerrar los ojos ante el agresor resplandor de la cámara.

La contemplación de esta última foto duró un rato. No había problemas para reclutar a los dos primeros hombres. La verdad es que con aquella clase de hombres, denominados en la Compañía como técnicos, las discusiones se ven enfocadas más en cómo se les pagarán sus honorarios. En Estados Unidos si algo abunda son los mercenarios; es posible conseguirlos entre las revistas especializadas en armas en el papel de detectives, y hasta en las calles de las megalópolis. Pero estos dos técnicos no eran simples guns for hire, sino operadores muy cualificados de cierta unidad secreta, tan secreta, que ni el mismo Thomas Jefferson tenía acceso a ella. Simplemente los nombres fueron vomitados por la computadora como los dos soldados más hábiles para cumplir el trabajo.

No pasaba lo mismo con el tercero, el muchacho, y eso era lo que provocaba las arrugas en la cavilosa frente del hombre de Operaciones. El nombre de aquel tipo de labios gruesos y mirada perdida había llegado a él gracias a uno de sus asistentes que coincidencialmente —y estas coincidencias deberían investigarlas— había descubierto ese nombre en un informe ya archivado en una caja de archivos sobre Latinoamérica, concretamente bajo el título “Violencia Política”, redactado por un agente de la CIA en México DF que trabajaba allí supuestamente como corresponsal de la AFP.

Aquel sujeto, cuyo nombre quedó clausurado para siempre por el infalible rotulador negro, envió en su momento una docena de fotos, copias de informes de policía, de agencias federales mexicanas de investigación, algunos resúmenes de noticias relacionadas con ello y fotos, claro está. Una muy mala —presumiblemente tomada con un teléfono celular— mostraba la parte alta de una espalda muy masculina y bien formada; entre el omoplato y el hombro derecho estaba tatuada en negro la figura de una especie de enano muy feo, sin brazos, con corbatín, gran nariz y sonrisa circense. Qué americano no había visto a aquel extraño ser, obra de la mente de William Wallace Denslow, el famoso ilustrador de El Mago de Oz. El bicho era un Cabeza de Martillo, una raza de seres belicosos encargados de evitar que cualquiera (incluida Dorotea y sus amigos) cruzase por su montaña. Otras fotos mostraban los rastros de la ultraviolencia de estos terroristas antifascistas, y una, tomada en el aeropuerto por un agente de contrainteligencia mexicano mostraba, en medio de la multitud de una sala de embarque, al mismo muchacho mestizo, con su cabello negro lacio y sus ojos almendrados de mirada enajenada. Otras tantas instantáneas acompañaban a una lista elaborada por la policía del DF de los sospechosos contra los que, sin embargo, no pudo haber acción legal alguna pues nunca se presentaron pruebas suficientes como para que un juez pudiese poner en marcha una acción contra estos hombres.

Entonces, de los seis cabezas de martillo —nombre trillado, pensó Thomas Jefferson— cuyas identidades quedaron descubiertas, sólo dos podían ser empleados en esta misión, mas uno de ellos, ya había desaparecido en Londres y ni el MI-5 podía encontrarlo, dejando así sólo una opción: Leonardo Katz.

Cerró la carpeta, llamó al aeropuerto, preguntó qué vuelo salía para Atlanta y de allí qué avión podía tomar hacia Bogotá. Llamó a la secretaria del jefe adjunto de Operaciones, solicitó una entrevista con su jefe, y empezó inmediatamente la redacción de un informe sobre la necesidad de reclutar a un americano radicado en Colombia que podía tener las habilidades suficientes para entrar, actuar, y salir de Irán con vida.

Hasta el miércoles siguiente pudo Thomas Jefferson archivar en su caja fuerte el plan de la operación Flor del Desierto, esta vez, con una raya en vez de un punto para separar el dígrafo de identificación del país del nombre de la operación.

Saturday, January 13, 2007

Capítulo X. El Aeropuerto

No tuvo conciencia siquiera de lo que pasó en las últimas horas. A menos de diez minutos de recibir el mensaje del altoparlante de abordar, Leonardo sentía que los últimos dos días se habían vertido sobre el de manera vertiginosa. Se miró las palmas de las manos y notó que estaban cubiertas de una película brillante; se las limpió con asco, odiaba sudar. Su rodilla derecha actuaba sola, como accionada por un mecanismo desconocido que la hacía moverse arriba y abajo sin que el la pudiera controlar. Su propio estómago estaba tan tenso, y sus dientes castañeaban tanto como la vez en que vio por primera vez a Ángela quitarse la ropa frente a él.

Buscó a otros viajeros, pero la sala de embarque estaba a esa hora (cinco y cuarenta de la mañana) sumida en un estado de triste abandono, muy semejante al que posee una fiesta terminada y abandonada. Un chico y una chica, jóvenes y ricos, hermosos ambos y vestidos a la moda, con gorros de lana, guantes de cuero, la misma clase de jeans, y gruesas chaquetas de esquiadores se besaban y se reían sin jamás separar sus rostros más de tres centímetros; Leo pensaba que llevaban ya horas así. Un hombre de negocios con la corpulencia de un toro, traje gris una enorme barriga dormía y desde lo profundo soñaba con algo que le hacía relamerse los labios. Y finalmente, pegado a la ventana, observando la pista y los aviones entre las brumas del amanecer, un tipo alto y flaco de cabellos ensortijados, barba de chivo y atuendo de director de cine hablaba mediante callados gritos con uno de sus empleados, o uno de sus asesores, o uno de sus superiores, o incluso con esa amante que, en el último momento, le había confesado que estaba embarazada.

No podía entonces hablar con nadie y le restaban ocho minutos antes de dirigirse al Airbus de Air France que lo llevaría a París. A esa ciudad, Valhala de todos los escritores habidos y por haber, que si bien a él no le quitaba el sueño sí hubiera preferido como destino en vez de saber que, a diferencia de la pareja de jovencitos que harían el amor entre las colinas de los Pirineos Centrales; a diferencia del hombre de negocios que cenaría junto a los Campos Elíseos con algún importante socio, y que al final de la jornada encontraría en su cuarto a una estilizada señorita de compañía, él Leonardo Katz, aprendiz de escritor, tendría que tomar otro vuelo para viajar al corazón del ortodoxismo musulmán en una misión secreta que, de fracasar nadie se enteraría, y de triunfar —siguiendo uno de los lemas de la CIA— se guardaría en el más absoluto de los secretos. Entonces pensó, mientras sonaba el llamado a abordar, que los escritores, por más cerrados que pretendan ser, siempre buscan obtener triunfos públicos que pongan sus perfiles en las portadas de los diarios.
El viernes anterior había terminado sumamente cansado. Le escocían los ojos y los sánduches de lomo de cerdo le tenían el estómago convertido en una avenida continuamente atascada. Ya en la cama y muy tarde escuchó a Malcom Rivers moverse por la casa con pasos cautelosos. Se durmió pensando de nuevo en Erica.

Una camioneta todo terreno alcanzó el portón de entrada la mañana siguiente con un rugido estremecedor. Leo Katz, que buscaba a esa hora acomodarse en la siniestramente estrecha ducha del cuarto de huéspedes, se asomó por la ventana a contemplar la camioneta Hummer vino tinto y vidrios blindados que había llegado en compañía de dos motociclistas de guerreras de cuero y cascos negros de los que no tenían intención de separarse.

Las cuatro puertas del vehículo militar acoplado a la vida civil se abrieron. El rubio de traje impecable y lentes Yves Saint Laurent conducía; con sus nuevos dotes de detective Katz notó el bulto que tenía en la cadera y trató de imaginar que calibre tenía aquella automática. También bajaron Thomas Jefferson, James al-Jezza y un viejo casi calvo, horriblemente vestido, con el gesto cansado del alcohólico que, tras una noche de vasos largos de ginebra, tiene que vérselas con el sofocante sol de la mañana.

Bajó a la sala biblioteca en jeans y una camiseta empapada por su propio cabello húmedo; cruzó la estancia sin reparar en nadie y se tumbó sobre una poltrona desocupada con el actuar de un completo rebelde. Seis pares de ojos estaban encima de él, y tanto el ser el centro de atención como ser objeto de reprobación eran cosas que le fascinaban a Leonardo; así como cuando cruzaba el patio del I.E.D y un placer sordo le envolvía las piernas y le enderezaba la espalda cada vez que pasaba con grandes zancadas en medio de las chicas y sabía que allí una que otra mirada se posaban exclusivamente en él. Jefferson le preguntó en inglés a Malcom sobre el entrenamiento; este le respondió que la cosa había ido bien, y que, si bien estaba a un par de años luz de ser un verdadero agente, sí tenía los conocimientos básicos que debe tener un turista que quiera evitar situaciones desagradables con los de inmigración y otros tipos de policía.

Por su parte al-Jezza comentó que Leo tenía muy poca memoria, un enorme déficit de atención y que si viajaba ahora llegaría a Irán con muy pocos conocimientos sobre el terreno.

—Espero que no lo estén considerando para una misión de reclutamiento —comentó James al-Jezza después de explayarse en su monólogo casi veinte minutos.
—Para nada —fue lo único que replicó Thomas Jefferson.

Luego vino un silencio que parecía preparado de antemano. Thomas Jefferson se inclinó a un lado del sofá que compartía con el vejete —cuyo traje, según pudo detallar Katz estaba más arrugado que si hubiese nacido con él—, levantó un enorme portafolios y lo abrió tras teclear una contraseña; extrajo dos carpetas y se las pasó a Leonardo con ayuda del viejo calvo quien parecía sumido en otro mundo.

—El primero, señor Fields, es el informe final y detallado de lo que queremos que haga durante su visita a Irán. Esas son pues sus órdenes. Notará que (sí ahí) hay una primera página con ese rótulo de advertencia que indica que tanto esa, como cualquier otra copia que exista, deben ser destruidas en un lapso de cuarenta y ocho horas; si consulta su reloj notará que le quedan dieciséis horas antes de que venza ese plazo. Pero antes de leerlo quiero que lea este y lo firme.

La segunda carpeta era igual de liviana, contenía la misma cantidad de hojas pero en vez de tener en conocido sello de la CIA en la introducción podía leerse las palabras Departamento de Estado, muy claras, junto a una cantidad de texto redactado en una forma similar a la de cualquier edicto judicial.

—Esa es la Ley de Secretos Oficiales, señor Fields —Thomas Jefferson sacó una costosa pluma de plata de su chaqueta y se la extendió a Leonardo—. En ella acepta que si hace pública alguna de la información que le entregamos, o si comenta algo sobre las situaciones en las que pueda verse envuelto, será procesado judicialmente ante una corte federal de los Estados Unidos. Firme, por favor.

Eran en total seis páginas con una letra tan minúscula como la que viene en los billetes, excepto aquellas que resaltaban en mayúsculas como EL PROCESADO, CONDENA, NINGUNA APELACIÓN, CARGOS, etcétera. Al final de mucho trasegar por aquella marea de ininteligibles palabras encontró la línea punteada y se dispuso aplicar la pluma.

—¿Con qué nombre firmo? —Leonardo dejó a todos mirándose entre sí— El nombre que tengo en mi cédula colombiana o mi nombre de ciudadano estadounidense.
—En ese caso Leo debes firmar como americano ya que de otra forma no podrías trabajar para una entidad del gobierno federal —respondió Malcom con el rostro de quien ha ejecutado un astuto movimiento.
—Nada de eso —era Thomas Jefferson—. Firmará como Leonardo Katz. Según el estatuto de seguridad 10221 del 2002 un ciudadano extranjero puede colaborar con los organismos de inteligencia norteamericanos en la búsqueda de terroristas u otras personas que pongan en peligro la seguridad de los Estados Unidos. Usted —en este caso y sólo en este caso— es un colombiano que está en capacidad de brindar información a nuestros agentes sobre temas relativos a seguridad. Eso es cooperación.

Leonardo no dijo nada, le daba igual porque no podía ver la diferencia entre ser un turista colombiano que se mete de sapo entre unos terroristas, y un estadounidense vinculado a la Agencia Central de Inteligencia que hace una investigación encubierta. Aplicó entonces la pluma, movió su muñeca con movimientos elásticos, dejó unas grandes líneas sobre el papel en las que apenas se entendía “Katz” y dejó caer displicentemente la carpeta.

—Le recuerdo algunas cosas —agregó Thomas Jefferson devolviendo la carpeta al portafolios—: primero, usted es un ciudadano colombiano. Segundo, nunca nos ha visto ni ha tenido contacto alguno con persona o entidad del gobierno de los Estados Unidos. Tercero, ni la Agencia, ni el Departamento de Estado, le brindarán ninguna ayuda en caso de que se vea en aprietos, ni aceptarán tener conocimiento alguno de sus actos. Cuarto, basado en el contrato que acaba de firmar usted acepta que cualquier colaboración con gobierno extranjero alguno —le aclaro, incluso el gobierno de Colombia— lo sindica a usted de traidor a su país, por lo cual puede recibir hasta cadena perpetua. Quinto, de este día en adelante colaborará con nosotros en la recopilación de información con el propósito de dar captura a los terroristas involucrados con los ataques acaecidos el once de septiembre del año dos mil uno; lo que viene a significar que trabajará para la CIA hasta que lo consideremos necesario.

—Nunca los he visto…
—Así es.
—No tengo que ver nada con la CIA…
—Así es.
—Eso significa que no tengo que estar aquí, y no tengo que viajar allá, ni tengo que prestarles atención a ustedes —el tono de Katz fue subiendo gradualmente hasta buscar hacerse amenazante.

Thomas Jefferson no variaba su expresión, habría permanecido igual ante un insulto directo o ante la más elaborada adulación.

—Eso significa, simplemente, que usted no tiene que pensar en nosotros mientras haga lo que tenga que hacer, o sentirse como parte de la agencia durante su vida diaria. Es libre en ese sentido, y en un contexto laborar. Pero le juro Paul Fields que si llega a traicionar a su país, o alguno de mis agentes, lo pondré en la celda más podrida de Guantánamo durante el resto de sus días.

No eran realmente aterradoras esas palabras, aunque fuesen ciertas. El tono en que las enunció estaba exento de toda pasión. Por lo mismo, Leo se consideró en posición de seguir atacando:

—¿Tengo sueldo?
—Recibirá dos mil quinientos dólares en una cuenta particular, de ahí tendrá que desprender para gastos personales. Si lo consideramos conveniente podemos enviar más, siempre y cuando sea por motivos directamente relacionados con esta operación.
—¿Tengo seguro médico?
—No es un empleado de nómina, por tanto no recibirá compensaciones laborales —esto último lo recitó en el mismo tono que usaría un jefe de recursos humanos. Se le olvida a uno a veces que el mundo del espionaje no es nada glamoroso.
—¿Si me matan —continuó Katz tras una pausa—, me van a poner una estrella ahí en la entrada del Cuartel?
—Le repito una vez más que usted no es un agente, señor Fields. Usted es un colaborador independiente; si se le provee de cierta cantidad de dinero es porque, técnicamente, usted está en posición de recoger información vital para los objetivos presentes de nuestra organización.

Nada perturbaba a Thomas Jefferson, era la maldita roca impenetrable tirada junto al mar. Leonardo estaba ya sin dardos; rebuscó en la sala algo con qué atacar, pero sólo vio al hombre de la compañía, al profesor —quien de pie junto al armario, pipa en la boca, mano derecha hundida en el gabán, ojeaba un libro de poemas de Penrose—, y claro, al hombre avinagrado de traje a cuadros. La mirada perdida de este sujeto, sus sutiles y momentáneas miradas a Leo, casi temerosas, podrían ser un nuevo punto de avance:

—¿Quién es este man? —preguntó en español a nadie en particular. Thomas Jefferson arrugó el entrecejo velozmente; le molestaba seguro que P. Fields hablara en bogotano.
—Este señor es Cleveland Petersen —el tal Cleveland no movió un músculo al ser presentado—; nuestro técnico en la embajada. Tiene además ciertos conocimientos técnicos que le pueden ser útiles. Verá. Señor Petersen, su presentación.

El técnico era asquerosamente flaco; rojizo y con indescifrables manchas en su estirada garganta. Mientras que con un movimiento paulatino se ponía en pie, miraba en derredor en busca de amenazas. Leo pensó entonces (muy acertadamente) que el tipo no salía mucho del Fuerte Cara Pálida, y que el contacto con la violenta selvática y piel roja Colombia lo ponían nervioso.

—Calma Clev, no hay apaches en esta montaña —exclamó con un movimiento vigoroso de la cabeza. Tanto Malcom como al-Jezza soltaron una carcajada ahogada.
“Qué empute el que se pegó” se dijo Katz al notar la mirada fría y reprobatoria del señor Petersen. Este levantó un tablero en acrílico blanco, muy nuevo y centellante, de no más de sesenta centímetros de largo y quizá cuarenta de alto. Lo colgó a una puntilla abandonada entre chivas (unos camiones viejos autóctonos pintados de mil colores) y reproducciones de fachadas de casonas antioqueñas, y empezó su disertación:

—Comencemos por lo básico —su voz era muy estilizada, más bien fina, alargada y aflautada, carente de otros matices—: hay unos diecinueve billones de líneas telefónicas aproximadamente. Un poco menos, creo yo. El servicio allá hasta donde me han informado no es de lo mejor, pero uno de los objetivos de la presente administración es tender líneas por todo el país. ¿Estoy bien profesor?

Al-Jezza asintió con la cabeza. El libro de poemas estaba de nuevo en su sitio.

—Bien, entonces continúo:

De manera cautelosa fue explicándole a Leo el sistema telefónico de Teherán, sus fallas, sus facilidades de interceptación, las acciones de la policía secreta en la vigilancia de líneas de sectores de alto riesgo, la maquinaria de la contrainteligencia para la escucha de comunicaciones provenientes de embajadas, consulados, organizaciones extranjeras, incluso hoteles y lugares turísticos. Si lo que decía Cleveland Petersen era cierto —y no tenía ninguna necesidad de mentir— habría unos cuarenta mil agentes diseminados por toda la ciudad cobrando mensualmente un cheque por pasar el día entero escuchando charlas privadas y conversaciones comerciales.

Luego le fue mostrando fotos y diagramas sobre teléfonos, cómo descubrir, poniendo cuidado a una serie de ruidos en la línea, si esta estaba pinchada o no; como rastrear un cable y seguirlo hasta la calle, descubriendo de paso si hay alguna derivación de la línea. También le enseño los nueve modelos telefónicos más usados en hoteles y sitios públicos; cómo desarmarlos sin destruirlos y un método eficiente para engañar a las máquinas telefónicas de tarjeta. Leonardo, que no tomaba notas, memorizó sólo lo que consideró práctico para la vida diaria.

Hubo un descanso a medio día y Malcom le ofreció a sus invitados café negro y galletas secas y saladas. Llevó a Leonardo a la cocina y le sirvió un gran vaso de yogurt con medio sándwich de pavo:

—Esta gente es intolerable —afirmó Katz sin hablarle directamente a Rivers—. Trabajar todo el tiempo con ellos debe ser una mierda.
—Oh, bueno, uno se acostumbra.
—¿Cómo?
—Aprendes a perderles el respeto.

Satisfecho regresó a su puesto, y esta vez Thomas Jefferson se aseguró de entregarle una libreta muy pequeña de apuntes y un esfero de tinta negra. Tanto le gustó el diseño de la libretita que estuvo tentado a preguntarle a su “controlador” dónde la había adquirido, pero reflexionando un poco consideró dicha acción un tanto ridícula.

En la misma pizarra blanca de acrílico el señor Petersen empezó a trazar cifras y letras como VHF, MHZ, TAE, FLAG y otras. Al final, dejando ya la superficie casi negra de tanto dato, guardó el rotulador en uno de sus bolsillos y afirmó:

—Me han traído aquí, entre otras cosas, porque la Compañía necesita un vínculo entre usted y ellos, y es comprensible, además de sensato. Las comunicaciones, digo yo, son como las arterias de un cuerpo que desea permanecer vivo. Usted, en este caso, representa las extremidades, y ellos la cabeza.
—¿Qué me dice de las neuronas? —preguntó Malcom desde su rincón. Cleveland no respondió nada pero torció un poco los ojos y trazó con sus labios una mueca de molestia ante aquella moderada burla.
—Así que la mejor idea que tuve fue la de adaptar un mecanismo de envío de señales en clave morse como los que actualmente usan algunos miembros de las unidades de marines de reconocimiento.
“El aparato es muy pequeño y nada complicado. Consta de una antena desplegable que se puede unir a cualquier trozo de metal (digamos la reja de una ventana o una antena de televisión); una batería, un manipulador y un chip para cifrar los mensajes. Este chip, mucho cuidado, puede almacenar los mensajes antes de enviarlos. No es precisamente una memoria, lo que hace es guardar los conjuntos de letras que escriba mediante el manipulador, transformarlos en una serie de ruidos similares a la estática, y transmitirlos en una frecuencia abierta de onda corta. Sé que parece cosa de ciencia ficción, pero es cien por ciento real”
Y con ello parecía mostrarse muy orgulloso. Sí, era un gran invento, pero Leonardo no se mostró sorprendido; después de muchos años de televisión y cine pocas cosas podían impresionarlo.

—En el informe encontrará los grupos de letras que utilizará para comunicarse con nosotros. No necesitamos que esté todo el tiempo enviándonos mensajes. El transmisor será para usos determinados. Ya encontrará detalles exactos sobre lo que le estoy diciendo —dijo Thomas Jefferson sin mirarlo.
—Y cómo se supone que voy a llevar esa cosa, ¿en la suela del zapato?

Tanto Thomas Jefferson como el señor Cleveland se mostraron sorprendidos. El primero arqueó las cejas como si hubiese escuchado una mala palabra y el otro soltó sin querer el marcador de tinta que manipulaba entre los dedos. El hombre de la CIA se puso en pié tras mirar por unos segundos el suelo. Se retiró de la estancia y regresó con una caja de cartón —bastante pesada por su tamaño— entre los brazos.

El contenido se reveló muy pronto: eran unas descomunales botas todo terreno de uso industrial, similares a las que usan los empleados de construcción en la mayor parte del mundo civilizado. Eran negras, de enormes suelas y sus gruesos cordones parecían cables que permanecían esparcidos sin función sobre el calzado. Tras sacarlas de su empaque, Thomas Jefferson las tomó en una mano y las situó a los pies de Katz.

—Son botas Kovacs de construcción; es un modelo estándar de venta en todo el mundo, material aislante y resistentes a las altas temperaturas. Las llevará puestas todo el tiempo, no las cargue en su equipaje; los empleados de aduanas no dudarían en revisarlas si las ven entre la ropa, pero lo pensarán dos veces antes de pedirle que se las quite o quizá ni siquiera lo tomen en cuenta.

—Son bonitas —dijo Leonardo sencillamente. Y lo eran; Leo había ahorrado cierta vez para adquirir unas iguales, pero terminó aceptando que sus ingresos como vendedor escasamente le daban para adquirir un par de zapatos chinos de esos que se importan por millares.
—Y efectivas —añadió Thomas Jefferson de momento sumamente relajado, como si estuviera en su medio natural—. No hay forma de que descubran lo que cargan en su interior, a menos claro que sepan lo que usted sabe y tal cosa sólo pasará si se sientan a interrogarlo, cosa que sólo pasará si lo capturan, cosa que sólo pasará si empiezan a perseguirlo, cosa que sólo pasará si ellos lo consideran un sospechoso.
—Cosa que sólo pasará si me descuido.

Thomas Jefferson no sonrió, pero extendió la palma de su mano puesta hacia arriba para expresar que su nuevo espía había entendido plenamente la situación.

—El señor Petersen le mostrará la manera de extraer el transmisor de la bota. Aquí —golpeó con un dedo la tapa de la carpeta cerrada a menos de un metro de Leo—, están los grupos de letras que usted debe memorizar. No usará mensajes en clave, simplemente grupos de tres o cuatro letras mediante los cuales podremos saber sobre sus progresos. Si nosotros necesitamos comunicarnos con usted usaremos la Internet; ahí están las páginas que debe visitar y las horas en que serán actualizadas.
—En ese caso por qué no usar el correo electrónico para enviarles mis informes.
—Es que usted no hará informe alguno hasta que haya salido, señor Fields. El transmisor que le hemos dado es sólo para transmitir cosas muy concretas. Su misión en el terreno no es la adquisición de información, sólo hará servirá momentáneamente de enlace. El plan completo está ahí —señaló la carpeta una vez más y Leonardo la tomó y comenzó a hojearla. La primera página era una hoja de color rojo que en letras negras decía Cómo manipular esta información, y una serie de advertencias dirigidas al potencial lector para advertirle que lo que venía podía quemarle los ojos si no tenía cuidado: destrúyanse todas las copias antes de setenta y dos (72) horas. Pasado aquello venía una hoja de presentación firmada por la División de Operaciones para Medio Oriente y al final en enormes letras rojas la advertencia: ESTO ES COMPLETAMENTE SECRETO, pero el nombre de la operación estaba tachada por rotulador negro. Y no era lo único: las páginas de lo que parecía un prólogo estaban recubiertas en un noventa y siete por ciento por rayas negras que impedían su comprensión. Todo nombre, toda seña de un lugar, de una fecha, de un asunto específico estaban ya cubiertos para la posteridad por un manto impenetrable de tinta negra.

Malcom Rivers entró en la sala con delantal muy moderno, las mangas de su camisa enrolladas y el aspecto de haber estado cocinando algo.

—Pueden pasar a la mesa, el almuerzo está listo —anunció en español, pero todos entendieron y se fueron poniendo de pie, pero Thomas Jefferson detuvo a Leo antes de abandonar la estancia:

—Traiga ese informe. Durante el almuerzo le explicaremos, todos juntos, exactamente lo que debe hacer.

Aquello sería más agotador que toda la actividad de las dos semanas anteriores. Durante el resto del día, de lo que fue el almuerzo hasta una espartana cena, el grupo de trabajo: Malcom, en su calidad de ex agente; James, como asesor en asuntos iraníes; Cleveland, con todo lo referente a comunicaciones y SIGINT (inteligencia en base a interceptación de señales); y Thomas Jefferson como jefe operativo de toda aquella obra, lo atormentaron durante horas explicándole el asunto paso a paso, y exigiéndole que memorizara y repitiera cada fase del operativo, desde su comportamiento en el aeropuerto de Teherán hasta su llegada a París, donde el personal de la agencia residente allí lo interrogaría durante tres días que duraría la redacción de su informe final.
Cuando todos se fueron levantando Leonardo se acercó a Thomas Jefferson y le preguntó si tendría más de esas pequeñas libretas en blanco; le aclaró que las usaría para tomar notas, como cualquier periodista en medio de la confección de una crónica. El tipo de la Compañía lo miró brevemente y sin decirle palabra alguna sacó de su maletín otras cinco libretas como esa y se las puso en las manos.

—Al menos usted sabrá qué hacer con ellas —dijo mientras cerraba de nuevo su maletín—; nosotros no sabíamos ya donde meterlas.

Aquellas libretas, pequeñas, de hojas en blanco nieve, forradas de cuero rojo y con una estrella en bajo relieve en la portada, eran, quizá, parte de una operación (otra) mucho más grande, tal vez fallida, ocurrida a miles de kilómetros de allí, o posiblemente en el propio territorio colombiano; un asunto, a fin de cuentas, del que nadie se enteraría jamás.

Ya en la noche, cansado pero sin sueño, mirando los pliegues de las cobijas de su cama recubiertos de la luz seca de la luna, Leonardo pensó en usar las libretas para redactar una novela basada en un diario que pensaba llevar en Irán. Pero se le metió en la cabeza que aquello podría terminar siendo como el diario de Jonathan Harker en Drácula. Y el score terrorífico del filme de Francis Ford Coppola acompañó sus sueños durante el resto del tiempo que le tomó sumirse en un profundo sueño.

Pensar en los libros, pensar en su trabajo como escritor; meditar sobre las pequeñas y grandes cosas que involucran la redacción de una novela, y otras cosas más, permitieron a Katz subirse a la camioneta sin que el miedo se apoderara de él. Tuvo su última charla con Malcom Rivers en el café Juan Valdez del aeropuerto El Dorado; charlaron sobre Álvaro Mutis y los asuntos del gaviero Maqroll en Illona Llega con la Lluvia.
De eso hacía unas dos horas.

El segundo llamado para abordar resonó cuando Leonardo Katz ya estaba en la puerta de embarque entregándole a una apenas agraciada muchacha su boleto. Caminó por el corredor hasta la puerta del avión de Air France sin titubear, con grandes zancadas y su mochila artesanal indígena bamboleándose sobre su espalda.

Wednesday, January 03, 2007

Capítulo IX La Casona

Siguiendo las órdenes; Leonardo debía viajar el sábado para terminar de asimilar los últimos detalles sobre la operación de la que haría parte y cuyo nombre debía ignorar por las mismas cuestiones de seguridad. El calendario de labores del I.E.D, sin embargo, planteaba el cierre de labores para el primer semestre del año en curso para aquel jueves. Por tanto partiría esa misma tarde hacia la casa de campo de Rivers y allí pasaría el fin de semana para tomar el primer vuelo hacia París.

La cuenta regresiva empezaba. Leo incluso pensó en despedirse para siempre de Erica dándole un beso en la boca. Si se armaba un escándalo y lo echaban, qué importaba, en una semana estaría en el corazón del así llamado Eje del Mal, corriendo el riesgo de ser torturado y asesinado si los agentes cazadores de espías descubrían que era de la CIA.

Estuvo pendiente de ella toda la tarde, y cuando terminó el descanso ella se presentó en shorts y camiseta. Aún azotada por el calor de la tarde y la extenuante actividad física en un partido de microfútbol conservaba su belleza fresca de adolescencia y cargaba, además, con la seductora apariencia de un animal agreste. Miraba a Leo en silencio mientras escuchaba a Daniela comentar alguna tontería.

—¿Entonces —dijo Erica sin responder a algo que Daniela le había dicho—, me va a gastar algo hoy?
—¿Otra vez?
—Ay, qué le pasa. Venga, quiero una gaseosa. Pero que esté fría.

Tal vez era demasiado atrevimiento, pero Leonardo estaba embrutecido, o enamorado, o quién sabe qué. Todas las chicas que habían gastado esa tarde en los diferentes juegos intercursos ya estaban acodadas en la caja de aluminio, estirando los billetes y solicitando las cosas usuales.
Erica sacó su teléfono móvil y contestó aún en medio de toda la multitud. Leonardo soportaba cualquier cosa, pero que hablara con el novio frente a él era demasiado.

—Bueno, largo todo el mundo.
Llegaron las usuales protestas.
—Largo —repitió Leo actuando como el hombre más cansado del mundo Quiero a todos fuera.
Erica colgó el aparato y se quedó mirando a Katz con una sonrisa.
—Déme la gaseosa y ya lo dejo en paz.
—¿Para siempre?
—Sí.

Una vieja profesora andaba como una gallina tras las chicas cacareando para regresasen al corral. Nadie parecía escucharla. Y ante la vista de todas Leonardo sacó una 7 Up helada del congelador. La botella, verde como una esmeralda, echando un vapor de ensueño, perlada de gotas, espumosa en su interior y mil pares de ojos contemplándola. La última 7 Up del desierto. Sólo para ella.

—Gracias —Erica se bebió un trago y se fue retirando con Daniela pegada a su lado.
—¿Oiga —una muchacha de rostro liso y ojos saltones preguntó—, por qué a ella sí le vende, y además, le fía?
—Porque ella tiene unos ojos preciosos.

Se alzó un coro de chiflidos tan fuerte como el rugido de la marea bajo el peso de un huracán. A Leonardo no le importó; estaba sordo al Mundo. Pero en medio del gentío que empezaba a dispersarse Erica debió escucharlo, se detuvo y luego continuó. Leonardo tomó la bandeja de las pizzas y salió del cubo ordenando a todas las chicas desaparecer.

No, mierda, no se sentía capaz de decirle nada; ni una frase halagadora, ni de invitarla a salir. Ya no era un chico, ya no tenía quince, pero igual cuando tenía esa edad no había sabido cómo hacerlo. ¿Por qué no enseñan eso en la escuela, acaso no es importante para la vida? De regresó vio a la morena sin nombre pero de afilada lengua, a Daniela y a Erica. Reían por alguna estupidez. Tal vez por él. Lástima no ser más atractivo; no ser un galán completo de ojos azules y músculos firmes ajustados bajo su camiseta blanca. Podría seducir a Daniela y luego dejarla por Erica. Partirle el corazón a esa tonta pelirroja tal vez le enseñaría a no burlarse de los menos afortunados.

De nuevo en la caseta empezó a realizar el inventario. La conversación seguía y Leonardo procuraba actuar como todo un hombre, es decir, sin ponerle cuidado a las charlas de las chicas, pero como todo hombre, no perdía detalle de las mismas, lo cual no era difícil; Daniela, por ejemplo, hablaba a todo volumen:

—Y cuando metimos el gol, ¿sí vio? Esa vieja agarra y abraza a la otra y se me queda mirando… ¡mucha lesbiana!
—¡Ja! Cuidado… —Erica procuraba cambiarse su atuendo de deportes por el uniforme de falda; pero consideró más prudente esconderse tras la caseta para evitar los ojos de cierto pervertido.—Lo que pasa es que esta escuela es un nido de areperas —sintetizó la morena ya dispuesta a irse. Leonardo anotó la palabra porque le sonó rara para definir a una mujer gay; habría que buscarla en Internet. La conversación entre ésta y la pelirroja continuó mientras ambas avanzaban hacia la entrada ante la atenta mirada del profesor.

El patio estaba por completo solo. Y Leonardo soportaba a su lado los ruidos metálicos que producía Erica al cambiarse. ¡Qué maldito suplicio! La mujer más hermosa que había visto en su vida estaba a su lado cambiándose la ropa; ajustándose su falda. Ahí, a menos de treinta centímetros de él. Protegida de cualquier arranque incontrolable de deseo por sólo una delgada lámina de latón pintado. Si no existieran las reglas…

Erica terminó y salió de su escondite. Tenía puesta una holgada camisa y la falda alrededor de la cintura estaba maravillosamente ajustada a su cintura perfecta. El contoneo de la falda se detuvo y la señorita Cruz se quedó mirándolo. Siguió su marcha inexorable al mundo donde Leo Katz no podía entrar, pero no le quitó la mirada de encima. Esos ojos quemaban y él sentía que le llegaban hasta fondo donde su sensibilidad era total. ¿Lo odiaba, lo detestaba, o…?

Cuando ya en las tinieblas que envolvían la casona alejada de la civilización tocó el timbre, la sensación permanecía ahí. No había podido decirle adiós. Ni decirle lo que sentía, en parte, por razonamiento lógico: ¿cuántos hombres no se le habían acercado ya a decirle lo mismo? ¿Diez, cien, mil? Era demasiado hermosa, demasiado deseable, la colegiala perfecta. Un tipo —un soldado, cabeza rapada, lenguaje cuartelario— había conquistado su corazón, o al menos tenía una puerta menos entre el frío de la soledad y aquel joven y palpitante pecho. Tal vez no había necesitado nada; tan sólo simples palabras bonitas. O su apariencia había sido suficiente, pese a que Katz estaba seguro de que en Colombia los soldados no lucen como esos apuestos marines que flanquean al Presidente cuando visita a sus homólogos del resto del globo. Si un mamarracho enclenque que en este país es el estereotipo del soldado había logrado impresionarla, qué sería de tipos como Hegel, o Both, o los otros Cabeza de Martillo. Cuerpos perfectos, rostros de actor, en veloces autos por las carreteras de California o Baviera.

La cena estaba compuesta por largas lonchas de ternera a la parrilla y una compleja ensalada. Maestro y discípulo no necesitaron hablar de nada más que no fuera de cocina. Estando en la Argentina Rivers se había hecho fanático de la carne de res en sus miles de formas de ser cocida. Aunque tampoco comentó nada del pasado como operativo.

Ante el silencio a la hora de poner las fuentes y los platos sobre la mesa Leo le preguntó a Malcom sobre su familia, y sobre por qué vivía solo.

—¿Qué te digo? —no parecía apesadumbrado, sólo denostaba un grave esfuerzo para recordar algo olvidado— Me divorcié de Caroline cuando los chicos llegaron a los quince. Regresaron a América; ella se casó con un teniente de la Fuerza Aérea que es amigo mío y cada Navidad los visito. Los muchachos pasan seis meses aquí y seis meses en Estados Unidos. Uno es agente de una empresa de tabaco, Steve. El otro, Mathias, sociólogo; ha publicado un par de libros en español aquí creo.

—¿Sobre la guerra?
—Sí.
—Me suena…
—Tú cuéntame sobre tu vida, ¿estuviste casado?
—Pensé que conocía mi expediente.
—Ahí no dice nada de eso.
—¿Y qué dice?

Malcom sonrió sin responder y se llevó la copa de tinto a los labios. No puedo responder a eso. O si te lo dijera tendría que matarte.

—Conocí a una mujer bellísima, única, que además estaba obsesionada conmigo. La clase de persona por la que irías hasta el fin del mundo; y lo hice. Vine a Colombia con un sueño: pensé en trabajar en convertirme en un escritor, y trabajar en la editorial de mis suegros. O en una revista, ya no recuerdo. Luego ella, se enfermó, o algo así. No importa ya. El hecho es que el sueño se hizo pedazos. Tras haber encontrado el amor y haberlo perdido jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.
—Pero aún estás vivo.
—Y cuánto más duraré así.
—No hay riesgo de morir si se siguen ciertas reglas básicas en este juego. Primero, no te arriesgues por nadie más que por ti mismo. No tomes una decisión basado en el miedo; suele ser mal consejero. Cree en tu instinto, si algo va mal, va mal. No uses nunca la violencia, empeora todo. Sigue las órdenes pero no te fíes de estas. Y lo único que es seguro, al cien por ciento, es lo que tú sabes; todos los otros pueden estar mintiendo.
—En ese caso necesito un plan —Leonardo se sirvió un vaso de coca-cola y se lo fue tomando despacio, mirando a la nada procurando sonar meticuloso y hasta maquiavélico—. Uno a parte del que tengan Jefferson y sus agentes; uno en el que yo pueda contar.

Malcom Rivers sabía exactamente a qué se refería Leonardo, y por primera vez estaba impresionado. A los agentes en Fort Peary siempre se les enseña a seguir estrictamente las órdenes operativas; pero cada instructor no deja de mencionar que si las cosas no van bien, o si se está en una situación para la que no hay un plan de contingencia, lo mejor es dejarse llevar por el sentido común.

—Desgraciadamente —Rivers se puso de pie e invitó a Leo a salir de la cocina—, la Compañía, al igual que todo el estamento de defensa americano, tiene doctrinas estratégicas basadas en Carl von Clausewits y no en Sun Tzu. ¿Has leído el Arte de la Guerra?
—Sí.
—Bien, en ese caso sabes que un general no está obligado a escuchar todas las órdenes del soberano. No estoy diciendo que no debas seguir las instrucciones que te den, sino que debes saber en qué momento desobedecer. Si sientes que una orden es demasiado peligrosa, o que una tarea supera el riesgo aceptable, mejor aborta de inmediato. En otras palabras, si tienes que echar a correr, corre.
—Por qué siento a cada momento que esto no va a ser tan fácil como me lo pintaron —Leo soltó, junto a sus palabras, un sonoro suspiro de desaliento.
—¿Tienes miedo ya?
—No. ¿Y por qué me pregunta eso cada cinco minutos?
—Para que te acuerdes que en determinado momento sentirás miedo. Y que lo único que te evitará una muerte ridícula será el poder que tengas para concentrarte, pensar con cabeza fría y actuar sin pánico.

Después Leo Katz argumentó tener sueño; Malcom lo condujo al cuarto de huéspedes y cerró la puerta dejando al muchacho a solas con sus pensamientos, su maleta de viaje arrollada entre sus pies, los dedos entrelazados y la mirada en el entablado del piso.

Se despertó temprano sin la ayuda de ningún despertador. Acostumbrado como estaba a levantarse a las seis treinta, a las siete ya estaba bañado y llamando en voz alta a Malcom. Una nota pegada a la nevera le aclaró que el señor Rivers estaría fuera durante buena parte del día, y que de ser posible debería ocupar el tiempo libre en el estudio de los informes que le había dejado entre la biblioteca.

Mientras estaba bajo la plácida regadera de agua caliente pudo repensar su plan una vez más. Era un colombiano, cierto, en viaje a un país rico y rodeado de problemas como Irán; su objetivo era realizar una crónica para una revista, y punto. No importaba nada más sino ese concepto de sencillez que rodeaba a toda esta trama. Teniendo bien presente esto no estaba obligado a inmiscuirse en nada peligroso. Pasaría los días en su hotel y paseando de la mano de los guías que suelen proporcionar las agencias de turismo. Luego regresaría a casa para redactar un informe aclarando que le había sido imposible entrar en contacto con la llamada Estrella del Norte.

No obstante estaba obligado a contemplar la alternativa.

La alternativa era que no estuviese sólo, sino que hubiese un grupo de agentes diseminados por todo Teherán ocupados en diversas funciones: ya fueran correos, armeros, guías o simples observadores. Un turista polaco —Leo realizaba estas reflexiones sentado en el jardín frontal de la casona, disfrutando del sol—, de esos que son rubios, peludos y enormes, conviviendo en el cuarto de al lado con una cubanita de dos en conducta, que todo el tiempo te saluda en mal inglés, te acompaña a la piscina, al bar —¿y cómo putas puede ser un bar allá?—, te cuenta que es un mujeriego y que la chica que lo acompaña es en verdad una jinetera de dos pesos y que ya la detesta, que en verdad tiene una esposa en Ámsterdam, o incluso Damasco, que vende auto partes o relojes, o comercia con café, o qué sé yo, y que, pese a todo, sientes pena de él porque sabes que su disfraz no le quita que sea otro empleadito de Langley.

Y lo que más temía era eso, la presión. Si lo obligaban a meterse entre la boca del lobo podía terminar en una celda oscura torturado por los agentes de Contrainteligencia.

La alternativa era entonces meterse en un enorme mierdero y todo por cuenta de unos infelices que lo habían venido a buscar hasta el último reducto del mundo para que llevara a cabo una misión suicida. ¿O estaba dramatizando demasiado? Quedaba la tercera opción: entrar, investigar, sacar un nombre, hacer una llamada, concertar una cita, realizar una breve entrevista, proponer el trato, recibir una respuesta, comunicarlo a Thomas Jefferson o a quien estuviese al mando, y abordar el siguiente vuelo de regreso al Imperio Occidental. ¿Era tan imposible acaso? ¿No lo habían hecho otros ya? O acaso sería Tintín el único periodista capaz de meterse en un follón de los mil diablos y salir indemne.

Pero nadie obligaba a Tintín a meterse en aquellos asuntos, excepto, tal vez, las circunstancias.

Resignado y cansado del sol que ya empezaba a ser molesto, regresó a la casa y pensando en que quizá lo único que le quedaba era la opción cinematográfica de planear sobre el terreno, cuando ya supiera quiénes eran sus enemigos, o al menos, qué uniforme portaban.

A eso de las doce le llegó la inspiración de la misma manera que le llega a todos: por medio de uno de sus autores favoritos. Sentado en una ultramoderna silla reclinable contemplaba la colosal biblioteca, la cual, cuanto más cerca estaba uno de ella más proclive parecía esta a venirse contra el suelo. El mueble tenía más de tres metros. Estaba constituido por algún tipo de madera muy pesada pintada del mismo tono polar que cubría las demás paredes de la casa. En la parte inferior estaban los tomos más grandes. Aquellos que se llaman “de gran formato”, la mayoría de la editorial Tachen. Luego estaban las obras clásicas: de una edición monumental del Quijote hasta la Biblia en un tamaño propio de ser usado en un monasterio del corazón de Italia. La parte estaba habitada por revistas y otras publicaciones en serie, incluyendo todo una serie de la National Geographic y series varias sobre fotografía. Leo Katz tomó algunos de estos y los puso en la mesa de centro. Ojeó las revistas de Foreign Affairs, pero no encontró en estas nada relacionado directamente con la situación de una posible resistencia en Irán. Descubrió en una edición e la editorial Norma el Local Color de Truman Capote (en español claro). Lo puso junto a las publicaciones de fotografía y un tomo viejo de la Foreign Affairs donde resaltaba un artículo sobre las posibles operaciones contra Sadam Hussein, esto mucho antes del 11-S. De esta forma selectiva continuó tomando cosas que consideraba útiles.

Entre los últimos tesoros que pudo pescar estaba un tomo las aventuras del agente K-2 llamado El Gran Juego. Las primeras páginas lo cautivaron por el formato y el manejo del texto. No era momento de dedicarse a la contemplación literaria, pero un tipo como Katz no abandonaba el placer de un buen texto, aún por encima de las obligaciones en su nueva carrera en el mundo del espionaje.

Pasó entonces el día entero hojeando revistas y libros. De paso al baño se atrevió a entrar en el cuarto de Malcom. En un revistero estaban arrumadas al menos veinte de los últimos números de la New Yorker. Con todo aquel material y varias tazas de café, algunos trozos de queso y champiñones se dedicó a reflexionar sobre su misión y sobre la estrategia, termino extraído directamente de K-2, cuya novela pudo leer en tres horas de no despegar el trasero del pegajoso diván.

A diferencia de un James Bond, o incluso alejándose de un Jason Bourne, K-2 resuelve el caso —en este caso, ejecuta la misión—, basándose en su coeficiente superior. Rara vez dispara y se porta más como un espectador ausente de toda escena que tras bambalinas le tiende trampas a todo el mundo y pone a sus enemigos a luchar contra sí mismos. El clásico principio de “divide y vencerás” aplicado al enemigo. Entre los números de New Yorker que encontró, en los cuales se hacía referencia a Irán, le llamó la atención las operaciones dirigidas por el Pentágono para infiltrar boinas verdes en territorio iraní para el reclutamiento y el trabajo con algunas tribus no muy afectas al régimen de Teherán.

Si alguien podía darle una verdadera asesoría sobre el tema era sin duda el coronel Matson. Pero el bien podía estar al otro lado del mundo, en alguna misión secreta, o allí, en Colombia, entrenando a los boinas rojas de las fuerzas especiales colombianas.

A las ocho se preparó una cena muy elaborada con sánduches y pasabocas que encontró a granel en la cocina. Se sentó entre mullidos cojines a ver la televisión. Cuando los libros y las enciclopedias no ayudan lo mejor es encender la tele. Bajo las detonaciones y tiroteos de una película de acción Leonardo recibió la iluminación; con un efecto tan fuerte que se tragó uno de sus sánduches de un golpe, se limpió las manos con la alfombra y bajó atropelladamente a la sala a buscar los mapas y los informes operativos enviados por la Compañía.

Ahora tenía un plan.