Wednesday, February 28, 2007

Capítulo XIII. El Hotel Evin

El huésped de la habitación 507 contemplaba en silencio el amplio paisaje dispuesto frente a su ventana. Estaba cubierto por la bata de seda púrpura reservada a los clientes VIP. Su mano derecha rozaba la superficie lozana de su mentón recién afeitado. En la otra mano, el excelso café yemení humeaba desde una taza alargada. Sonó el carillón de la entrada y el hombre de anchos hombros que miraba por la ventana permitió, de una sola palabra, enunciada con voz grave, que el mozo accediera al cuarto y dejara el desayuno sobre la mesa principal de la suite.

Con la taza de café en la mano, el hombre alto de cabello rubio y bigote de marqués le señaló al empleado la disposición de dos billetes que le había dejado como propina. El muchacho inclinó la cabeza en repetidas ocasiones para demostrar su agradecimiento.

Con él fuera, el visitante extranjero continuó bebiendo su café y observando las montañas. No tocaría el desayuno, sino que lo mandaría todo por completo al retrete; no era anoréxico, sino cauteloso. Nunca consumía nada a domicilio, ni siquiera en casa, muchos menos en un hotel. Si tenía hambre buscaba un buen restaurante al azar, y jamás iba dos veces el mismo sitio en la ciudad. En extremo caso, compraba víveres en el mercado y preparaba sus alimentos a solas en su cuarto. Pero, las apariencias importan, y no tomar el desayuno del hotel podría hacer sospechar a ciertas personas que suelen pasarse de precavidas.

A un lado, al pie de la ventana, su cafetera eléctrica le reservaba aún dos tazas más de café. Se sirvió pues otra media y volvió a mirar a un punto determinado entre los edificios y bloques habitacionales del centro de Teherán.

Había pasado el tiempo, la ciudad había cambiado; nuevos puentes, nuevos edificios, grandes avenidas, más comercio... De los ochenta al presente, una verdadera revolución pasó como una aplanadora demoliendo las viejas estructuras de los tiempos del Sha. Pero el mapa aún estaba en su mente, tan definido como cuando lo terminó de memorizar en su juventud.

Allá en lo lejos podía ver lo que quedaba de un edificio restaurado. En el pasado había sido un bloque de habitaciones, y en una de ellas hacía mucho tiempo, acodado sobre un alero había estado toda la noche del 25 de abril esperando algo que no sucedería.

Era mucho más joven; entonces se sentía muy mayor, pero a través del cristal de los recuerdos se veía entonces como un niño. Ataviado con jeans, una raída chaqueta de aviador y una barba de tres días, miraba a través de una franja de tejados erizada de antenas, a un conjunto de edificios sin norma habitados por 53 diseminados de rehenes y casi un centenar de "estudiantes" (terroristas).

Una llamada. Una señal corta, de no más de tres segundos de duración, pondría las bielas en marcha. Allí en las tinieblas absolutas contra las que se recortaba el cielo nocturno de Teherán, debían estar los Delta. El radio táctico apoyado contra su pecho resonaría de un momento a otro; la espera claro se tornaba insufrible. Entonces él y sus camaradas saltarían sobre los autos robados, los motores rugirían y ya todo quedaría en manos del Dios de las tácticas; el retumbar de las detonaciones durante el asalto los impactos de lado y lado... luego un gran silencio. Entonces, aceleradores a fondo. El mapa mental lo guiaría incluso sin luces hasta las montañas a través del panal humano que en aquel momento debía dormir. El resto pura rutina: de Desierto Dos a Desierto Uno... luego a casa.

Pero la llamada nunca llegó, algo debió pasar en medio de esa noche helada lo suficientemente malo como para que el comandante diese la orden de abortar. Así él y otros tantos operadores de las fuerzas especiales tuvieron que hundirse entre las negruras de los callejones y regresar a la base de la misma forma camuflada en que habían llegado.

Mientras conducía aquel renault destartalado no podía dejar de pensar en aquellos a quienes había dejado atrás. Que esos otros estadounidenses —a quienes quizá conoció y ya no recordaba- tendrían que languidecer durante otros tantos meses antes de poder ver de nuevo la tierra que conocían por Hogar.

Más tarde vendrían las explicaciones, las recriminaciones, las fotos, las evidencias, las nuevas preguntas, las salvas en memoria de los caídos en acción y toda una vida de noches sin sueño para pensar que se pudo haber hecho algo más aquella vez.

Hoy el teniente coronel Dick Matson de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos estaba en un hotel cinco estrellas viendo a su pasado y a sí mismo como se ve una serie de viejos fotogramas de veranos familiares. Terminado el café, trocó la bata púrpura por una camisa polo, pantalones color marfil, calzado italiano color miel y unas gafas de concha de carey. Viéndose al espejo, comparando su actual cabellera (cada vez más escasa) y su propia expresión de padre de familia norteamericano promedio, se dijo que, gracias a Dios, a parte de unas cuantas desmejoras, había adquirido paciencia y sabiduría. En aquel entonces era impetuoso; confiaba su capacidad de combate a las energías gestadas por su propia ira. Hoy día era un técnico, un estudioso, un erudito, si se quiere, de la guerra. De esas épocas de sargento a su actual situación como profesional, el mundo mismo había cambiado; cámaras, internet, satélites más poderosos, lectores de retina y demás; la supervivencia en los actuales campos de batalla dependía de una pericia biónica, y él por suerte, poseía tal virtud.

Tomó su portafolios, ordenó sus documentos y catálogos de microcomponentes, sus cartas de presentación, y tras dejar un par de trampas contra los potenciales intrusos dejó el cuarto y avanzó al ascensor.

En recepción entregó su llave. El dinámico recepcionista políglota le saludó en claro alemán, el coronel Matson respondió con una leve inclinación de la cabeza, y replicó, igualmente en alemán, que esperaba una serie de llamadas y que solicitaba se anotasen los nombres de quienes buscasen comunicarse con él. Una vez el empleado pudo ver las anchas espaldas del huesped alejarse por el vestíbulo soltó un bufido de desprecio: detestaba a los alemanes y su forma displicente de dirigirse a los otros.

Era cierto, la guerra había cambiado, al menos para Dick Matson. Si antes, como comandante de un destacamento Alfa, debía buscar la forma de mimetizarse entre bosques cerrados y áridas montañas, ahora debía crear una "leyenda" para ocultarse en medio de la civilización.

En la jerga de los servicios secretos, una leyenda es una personalidad falsa, que usará un agente, basada en una persona real, que por lo general ya ha muerto. En este caso, el coronel Matson estaba utilizando una de las tres "leyendas" que se había agenciado en los últimos años. De tal forma que para las autoridades, y todo aquel que preguntara, Dick Matson era Günter Mann, un vendedor de microchips del montón. Otro de los tantos europeos que en esta época de globalización intentaba venderle tecnología a los iraníes. Los hombres de la policía secreta apostados entre el personal del hotel ya lo habían chequeado y descartado como amenaza.

La verdad es que el señor Mann había muerto por error en manos de una unidad kidon del Mossad; no debían matarlo pero pasó. Los documentos habían sido tomados y enviados al cuartel general del Instituto, en Tel Aviv; de alguna manera habían quedado en manos del coronel y ahora los utilizaba, como un disfraz, cuando una operación lo requería.

Tomó un taxi adscrito al hotel y le señaló en un estirado inglés las empresas y las direcciones que visitaría aquel día. En esto no mentía: Günter Mann iría de empresa en empresa durante aquel día tratando de vender a los aburridos jefes comerciales de estas compañías una tecnología algo obsoleta a precios bajos, a sabiendas de que muchos de estos hombres de negocios rechazarían cortésmente tales ofertas y le enseñaban, con elegantes ademanes, la puerta de salida.
Y si Günter, el vendedor, pese a su optimista sonrisa, no vendía nada, a Dick, el mercenario, a la espera de entrar en acción, le importaba un comino.

Friday, February 16, 2007

Capítulo XII La Factoría

Sobre el desierto salado se tienden vías reales (autopistas) y vías invisibles trazadas en la mente de los avezados navegantes de las arenas. Por uno de estos caminos sin orillas, perturbada su imagen por el calor abrasador del verano, un vetusto camión ford avanzaba a media marcha temblando a cada bache en la blanca superficie del desierto de Kavir.

En la parte trasera, en medio de estacas, viajan cerca de quince hombres apiñados codo a codo, soportando el calor asesino, las moscas, los chinches, y toda aquella fauna de una región aparentemente sin vida. Todos sostienen aspectos similares pero hay allí afganos, irakies, kurdos, pakistaníes y hasta turcos. Pero en esa clase de transportes también se encuentran algunos africanos subsaharianos que han cruzado muchas millas de áridos pueblos para un trabajo verdadero lejos de las estepas donde yacen sus moradas.

Dos son muy altos y fuertes; trabajadores profesionales sudaneses. Sus camisetas blancas y sus lentes oscuros baratos los delatan como viajeros frecuentes, siempre listos a engancharse donde sea que haya trabajo, ya sea en una refinería, en un puerto o en las profundidades de una mina. Otro africano los acompaña, y nadie sabe por qué está ahí, si apenas parece apto para realizar algún trabajo. Debe tener unos sesenta o más años y eso es todo. Un arrume de trapos le cubre la cara y sólo se ven un par de enormes ojos saltones que los otros ocupantes del camión han preferido ignorar. Sus manos (también muy grandes) se han mantenido aferradas a la punta de una rama de mil años que emplea como bastón. El resto de su atuendo es una colección de túnicas que lo envuelven como a una anciana, dejando visibles tan sólo sus pies protegidos de sandalias de un cuero sumamente rústico.

Entre el bamboleo, el calor, y la sensación de navegar a la deriva en un interminable mar de sal, el viejo parecía cantar, y su voz cascada como un derrumbe de rocas era lo único que se escuchaba sobre el traqueteante motor del ford. Ya en dos ocasiones le habían pedido que cesara su canto; una vez fue un turco muy joven quien intentó hablarle para que dijese otra cosa que no fuera aquel lamento acompasado; en otra un afgano de barba y cabello rojo situado justo frente a él le gritó en un dialecto desconocido para el resto lo que pudo haber sido un sinnúmero de palabrotas. Pero nadie realmente puso un dedo encima de aquel vejestorio cubierto de arena y décadas, ya que aunque encorvado como un boomergan, tenía una estatura que rebasaba a cualquiera de los otros viajeros, con las honrosas excepciones de los dos sudaneses, quienes parecían proclives a proteger al anciano en caso de que este se convirtiera en el blanco de alguna amenaza.

A unos diez kilómetros al sur de Semnan se encuentran los primeros campos de gas del oriente del país. La imagen digna de postal de uno de los más grandes campos industriales del país, con la meseta de Irán tras este, alzó la moral de los viajeros quienes se alzaron jubilosos mientras se empinaban por contemplar mejor aquella ciudad de acero que brillaba por todos lados como si fuese de plata pura.

Todos menos el anciano se levantaron a verla. Y en tan solo quince minutos el vetusto camión se detuvo junto a una gran mole de concreto que albergaba miles de barriles de material refrigerante. Los hombres, con sus bolsas de lona al hombro, saltaron, se dispersaron y procuraron caminar lo más posible tras siete horas de viaje continuo. El viejo también puso sus pies en tierra, pero nadie se fijo en él porque ya había un sujeto que, megáfono en mano, iba dando órdenes en persa. Quizás muchos de aquellos jornaleros no entendían lo que decía aquel tipo, pero todos procuraban entender para no tener que regresar a casa con las manos vacías.

Mientras los hombres eran ordenados, sus nombres apuntados, y sus pertenencias revisadas, el conductor de ford recibía los quinientos dólares de pago por el reclutamiento de los nuevos empleados y otros cuatrocientos por el viaje hasta allí. Así todos estaban ocupados mientras el viejo arrastraba los pies y movía su bastón de un lado al otro, rasguñando la tierra como un ciego. Pronto estuvo fuera de la escena, pero había tanto que hacer, y el sol escocía tanto los ojos, que ninguno de los presentes reparó en ello.

Como una persona sin futuro el viejo bordeó el enorme complejo de concreto y se acercó con su encorvada figura hasta un aparcamiento donde quince camiones JAC en perfecto estado esperaban bajo una apacible sombra.

Entre tanto camión sólo había un hombre; un conductor de treinta y dos años que sentía una verdadera fascinación por su máquina. Ahora mismo estaba cerrando la tapa del motor tras una minuciosa revisión. Se limpió las manos con una toalla hecha jirones que colgaba de uno de sus costados, limpió el sudor de su frente, contempló maravillado la pulcritud y perfección de su vehículo de trabajo y se dio media vuelta para irse a las duchas donde pudiese quitarse el calor y la arena de dos días de viaje. Entonces un susto, que habría sido mortal para alguien más viejo o más joven, lo asaltó al encontrarse con aquel despojo de anciano y sus enormes ojos de demente. El viejo tenía levantada la mano y susurraba algo con el mismo tono en que se usa en todos los países del globo para pedir limosna. El conductor, que nunca en su vida habría pensado ver a un mendigo dentro de las instalaciones de la planta, estaba, a cada momento, más sorprendido. Y esto aumentó cuando el viejo, ya suplicante, se le aferró del overol negro que se ponía cada vez que empleaba una tarde en revisar su camión. El chofer, ya molesto, le pidió que lo dejase en paz; lo empujó por los hombros pero no logró hacerlo mover ni un centímetro. Entonces, como si su comportamiento no pudiera ser más extraño, se fue directo al camión como si quisiese abordarlo. Esto fue lo último, debió pensar el transportista, porque se fue sobre el viejo y le tomó una de las manos para que este no pudiese accionar la manija de entrada. Lo que sucedió después tomó menos de un segundo: el viejo se apoderó del brazo del conductor, lo hizo girar ciento ochenta grados, y lo estampó con tal fuerza a uno de los lados del camión que lo dejó por completo inconciente.

El viejo tomó el cuerpo con suma facilidad. El conductor era bastante robusto, pero apenas medía un metro con setenta centímetros, y el viejo africano, casi un metro noventa ahora que había abandonado su encorvada postura de artrítico mendigo.

Asaltante y víctima subieron, el último en manos del primero. El chofer quedó con su cabeza apoyada en la ventanilla del asiento del copiloto, el viejo, con las manos ya en el volante se tomó dos minutos para explorar los mecanismos para operar el vehículo. Encendió el motor, puso primera marcha, luego segunda, y buscó el portón de entrada donde, según dijeron más tarde, nadie notó nada extraño. Era simplemente un embarque que salía ya o un empleado que se retiraba temprano para irse a casa. Desde que las políticas de la refinería china habían cambiado, los contratistas de transporte podían llevarse sus camiones a casa si solicitaban antes un permiso; este era revisado por el capataz y nunca por los custodios de la entrada, el cual, a esa hora, tomaba café helado y revisaba los marcadores del fútbol en el diario.

Apenas los neumáticos del camión JAC rodaron por el asfalto de la nueva carretera, su conductor cambió la marcha y presionó el freno al fondo mandando a la máquina a una velocidad bestial sobre la franja de civilización tendida entre las arenas, dejando, para quien estuviese atrás sólo una enorme tormenta de polvo y arena.

A casi ciento cincuenta kilómetros por hora el incursor se fue desprendiendo de los trapos podridos que le habían estado cubriendo el rostro. Era una cara juvenil la que poseía aquel asaltante, aunque aquel tipo pasaba ya de los treinta y ocho, y tanto sus pómulos como su nariz y más que todo sus labios, eran prominentes y agresivos.

A ciento sesenta y dos kilómetros por hora aquel negro abrió la puerta del copiloto y mandó al antiguo operador del camión a rodar: la acción de la dura superficie de asfalto a aquella velocidad bestial destrozaron el cuerpo; para cuando este terminó de rebotar, a quince metros de la carretera, parecía que una motocicleta o un auto pequeño lo habían golpeado a toda potencia en un muy común accidente de tránsito.

En dos horas había abandonado las llanuras saladas y se encontraba interno en la meseta iraní, donde el paisaje comenzó a mejorar y las zonas de cultivo transformaron la atmósfera de un seco terracota a un plácido verde olivo. Había más vida allí, el calor disminuía, los vehículos pequeños, las motos y algunos camiones de carga pasaban raudos a su lado como si no hubiese leyes de control de velocidad. En suma, aquel asaltante estaba feliz de estar fuera del desierto, cercado ahora por tierras fértiles se sintió mejor, casi en casa, sintiendo desde sus ásperos pies a su cabeza cubierta por una espesa cabellera, que en el campo se vivía mejor, más sano, que en el maldito desierto, que en la odiosa jungla tropical, y por supuesto que en la selva de concreto.

Porque este hombre que ahora, vestido como un pastor de Ruanda, manejaba un camión en la mitad de Irán, hacía dos semanas estaba ataviado con una chaqueta rota y un pantalón de paño recortado, en mitad de Manhattan, con gafas de sol remendadas con cinta aislante, pidiendo, con acento sureño, una colaboración.

A todos los empleados y visitantes que cruzaban por la calle les parecía aquel un cuadro común a toda Nueva York. Un mendigo más entre los miles de miles. Otro negro, sumido en la indigencia por la actitud del hombre capitalista blanco, pensaban de seguro los habitantes de la casa que aquel menesteroso vigilaba sin descanso durante días enteros, a cuyos habitantes contaba y memorizaba, y de cuyos movimientos daba cuenta sin tener que anotar nada, porque esto iría en contra de su personalidad de invidente.

Llevaba ya dos semanas en misión para el FBI. Los Panteras Negras a quienes vigilaba podían estar relacionados con un ex convicto de Detroit de 26 años llamado Dan, quien había perpetrado el asesinato de un líder cristiano radical en aquella ciudad. Ya había un contingente de agentes siguiéndole la pista por todos los bares y agujeros donde los tipos de su clase solían meterse. Quedaba por ver si regresaba con su primo, comandante de campo de aquella facción de racistas, por ayuda o en busca de un escondite. Y el propio agente encubierto, con su olor animal y su aspecto de desplazado del mundo, sentía que pronto el fugitivo daría de golpe en el 172230 de la calle Hill Five.

Lamentablemente para el FBI una tarde, la número dieciséis de vigilancia, se hicieron presentes en aquella calle dos tipos, muchachos en verdad, vestidos con jeans rotos, camisas de leñador y gorros de lana. Ambos blancos y de pérfidos ojos azules clavaron su atención en el mendigo negro en cuanto notaron que estaba allí postrado en mitad de la vía pública.
Empezaron a increparlo de inmediato: usando toda clase de insultos y epítetos contra él y contra los afroamericanos buscaron hacerlo reventar de ira, cosa que no pasó. Luego empezaron a darle de patadas y uno de ellos sacó una porra de goma. Llegado a este punto, los agentes encargados del caso salieron de la camioneta donde mantenían sus equipos de vigilancia electrónica y se mandaron contra los blancos racistas. Los cuatro negros, agentes veteranos vestidos de empleados de la ITT, cargaban sus armas de dotación bajo los overoles azules. Pero estando a cuatro pasos largos del mendigo y sus atacantes, el ciego se levantó corriendo y se hundió en un callejón cercano; los blancos fueron tras él, y parecía que todos los demás habitantes del vecindario habían tomado la decisión de no ver aquella trifulca.

Los federales, igualmente, entraron en el callejón, y lo que siguió a continuación fue tan surrealista que todos gastarían el resto de su semana pensando en ello.
Allí estaba el mendigo, al fondo, ya sin sus gafas y observando a todos como si por obra de Dios hubiera recuperado el don de la vista. Los pandilleros blancos lo cubrían con pistolas automáticas, y los cuatro empleados telefónicos enseñaron las propias dejando por unos minutos el cuadro en un vertiginoso suspenso.

—¡FBI, suelten las armas! —exclamó uno de los negros.
—¡ATF, suelten las suyas! —replicó uno de los blancos.

Cuando aquella voz profunda anunció que los blancos eran de la Agencia de control de Alcohol, Tabaco y Armas de fuego, sus contrapartes quedaron tan desarmados como si sus pistolas Beretta hubiesen sido borradas del acto. Y, obligados por el código de procedimientos, sacaron lentamente sus credenciales. Lo mismo hicieron —y con los mismos cautelosos movimientos— los dos muchachos, que a la luz de la tarde ya no se veían tan jóvenes.

La tensión no desapareció cuando las armas apuntaron al suelo. El agente que comandaba aquella operación se acercó a uno de los blancos y comenzó a dialogar con él; el tono, piano, que fue en aumento a medida en que el blanco hablaba de jueces y el negro de objetivos. El primero mencionó algo de unos, pakistaníes enlazados con Al-Queda, mientras el segundo argumentaba algo sobre los, yemeníes enlazados con Al-Queda; el negro juró tener en sus manos una orden de prioridad provista por el Director del Departamento Federal de Investigación, mientras el blanco sostenía que toda su operación estaba bajo el mando del Secretario de Estado. Hubo toda clase de tecnicismos jurídicos en la conversación hasta que ambos se quedaron mirando el uno al otro, fijamente, seguros de que las palabras o los papeles no les harían ganar el debate, y que el mismo estaba en manos del agente secreto. Así, se dieron la vuelta y le preguntaron al falso mendigo ¿qué prefieres, FBI o ATF?

—Logan —dijo el afroamericano—, tenemos estos tipos en la red, sólo falta un paso para capturar a ese hijo de perra.
—Steve —dijo a su vez el tipo de camisa de leñador—, esto supera cualquier interés federal, esto es de seguridad nacional.
—Logan, piensa en el daño que le hacen estos maniáticos a nuestra gente.
—Steve, te pagaremos el doble de lo que te ofrecen los feds.
—Bien podemos ofrecerte más que eso, Logan, tenemos enormes recursos para esta investigación.
—Te daremos cien mil sobre lo que te ofrezcan estos burócratas, jefe.
Para entonces el agente federal ya no tenía palabras sino una cara agrietada por el dolor interno que le provocaba la ira. Aquello era un irrespeto total.

—Veremos qué quiere el foggy bottom —dijo finalmente el falso ciego, poniéndose sus anteojos negros y enseñando una de sus mejores sonrisas. Y seguido de los dos blancos se encaminó a una destartalada camioneta blanca mal aparcada al fondo del callejón.

—¡Vas a pagar por esto, Logan! —Exclamó finalmente el jefe del destacamento del FBI. Pero ante tal invectiva el hombre del ATF se dio media vuelta, miró encolerizado al federal, se arrancó la gorra llenó de rabia, y se lanzó sobre él como si quisiese matarlo, deteniéndose a tan sólo diez centímetros de su rostro:

—Intente hacer tal cosa, agente Burrougs, inténtelo; y le juró que cuando se regrese al edificio Hoover será para poner sus pertenencias en una caja.

Ante tal cosa no hubo más palabras, sino el ruido de aquella cafetera moverse entre la destrozada calleja del norte de Manhattan. En su interior Logan —o Steve, vaya uno a saber cuál es su verdadero nombre—, revisaba sus mensajes en su teléfono celular. Una vez terminó el chequeo preguntó realmente qué quería el Departamento de Estado. Entonces el mayor de los agentes le contestó simplemente mostrándole su pase de seguridad de la CIA. El negro que actuaba como ciego se alarmó y pidió que le dejasen bajar del auto; el otro agente procuró calmarlo diciéndole que sólo lo requerían para que les brindase a ciertos agentes una asesoría en cuestiones referentes a las armas usadas por los grupos criminales más grandes de Francia.

Cuando la noche había caído ya sobre los campos sembrados de bosques de Virginia, el falso ciego y los dos agentes que lo acompañaban bajaron de la camioneta junto a un granero usado para el acopio de provisiones de alimentos destinados a saciar el hambre de los hombres y mujeres que se adiestraban en Camp Peary, centro de instrucción de la Agencia, más conocido entre los pasillos de Langley simplemente como La Granja.

La Wolskwagen gris sin marcas se había transformado, a mitad de camino, en una camioneta de transporte de alimentos enlatados. Los tres hombres, quienes llevaban casi cuatro horas en aquel estrecho vehículo, bajaron ataviados de overoles con distintivos estampados de la empresa a la que supuestamente pertenecían. Cada uno cargó una caja sobre su hombro derecho y fueron con paso parsimonioso hasta el interior de la bodega donde un alto oficial de la Compañía los esperaba.

En menos de lo que le tomó a Thomas Jefferson explicarle a Leo Katz su obligación de servir a los Estados Unidos, el hombre de operaciones había llegado a un acuerdo con el falso ciego a quien desde este punto se le llamará Julius, porque ése fue el nombre que le asignó el Departamento de Operaciones a su nuevo agente en la operacion IR-DESERTFLOWER.
Durante los cinco días siguientes, un reservado comité de expertos guiados por Thomas Jefferson le explicaron cierto dilema que les planteaba la operación y le enseñaron varios escenarios trazados por computador de las posibles soluciones. Julius, enclaustrado en uno de los dormitorios reservados a los nuevos reclutas estudió los planes durante dos días y al tercero presentó su opinión. Luego pasó un día entero con un armero especialista en rifles de largo alcance y un agente veterano que había vivido durante quince años como sleeper en Irán. Los tres trabajaron en la adecuación de media docena de rifles Colt, Heckler & Kosh y Mausser; hicieron pruebas de tiro al día siguiente a razón de cien rondas por arma, éso antes de decidir que, simplemente, debían adquirir otra arma y aplicarle ciertas modificaciones para poder ser empleada en la misión correspondiente.

El último día, Julius, solicitó ciertas cosas, y se dirigió, sin compañía al aeropuerto de Internacional de Dulles con un tiquete de Alitalia.

Ahora, en medio de las cortantes cimas de las montañas del norte de Irán, viendo a la distancia el lago gris de concreto que formaba Teherán, pensó que, ciertamente, no odiaba la jungla de concreto; de hecho no podría vivir en el triste campo, el cual siempre recordaba como una mar verde, silente y apagada, pero que prefería la pasividad y el silencio de los bosques de Carolina del Sur o incluso la paz de los Pirineos Centrales. Mas, como el bebedor que odia el caótico ambiente del grill que visita cada noche, siempre se veía obligado a regresar a este. Era un cazador de hombres, y la ciudad el mayor coto de caza que podría hallar.

Al adentrarse en los suburbios del norte aparcó el camión JAC y saltó dejando las llaves en el contacto; en unas horas el camión sería desmantelado por los propios habitantes del lugar, o sería levantado por agentes de tránsito; Teherán en ese sentido es una ciudad muy organizada.

Antes de que cayera la noche Julius estaba inmerso en el corazón de la ciudad.