Capítulo XIII. El Hotel Evin
El huésped de la habitación 507 contemplaba en silencio el amplio paisaje dispuesto frente a su ventana. Estaba cubierto por la bata de seda púrpura reservada a los clientes VIP. Su mano derecha rozaba la superficie lozana de su mentón recién afeitado. En la otra mano, el excelso café yemení humeaba desde una taza alargada. Sonó el carillón de la entrada y el hombre de anchos hombros que miraba por la ventana permitió, de una sola palabra, enunciada con voz grave, que el mozo accediera al cuarto y dejara el desayuno sobre la mesa principal de la suite.
Con la taza de café en la mano, el hombre alto de cabello rubio y bigote de marqués le señaló al empleado la disposición de dos billetes que le había dejado como propina. El muchacho inclinó la cabeza en repetidas ocasiones para demostrar su agradecimiento.
Con él fuera, el visitante extranjero continuó bebiendo su café y observando las montañas. No tocaría el desayuno, sino que lo mandaría todo por completo al retrete; no era anoréxico, sino cauteloso. Nunca consumía nada a domicilio, ni siquiera en casa, muchos menos en un hotel. Si tenía hambre buscaba un buen restaurante al azar, y jamás iba dos veces el mismo sitio en la ciudad. En extremo caso, compraba víveres en el mercado y preparaba sus alimentos a solas en su cuarto. Pero, las apariencias importan, y no tomar el desayuno del hotel podría hacer sospechar a ciertas personas que suelen pasarse de precavidas.
A un lado, al pie de la ventana, su cafetera eléctrica le reservaba aún dos tazas más de café. Se sirvió pues otra media y volvió a mirar a un punto determinado entre los edificios y bloques habitacionales del centro de Teherán.
Había pasado el tiempo, la ciudad había cambiado; nuevos puentes, nuevos edificios, grandes avenidas, más comercio... De los ochenta al presente, una verdadera revolución pasó como una aplanadora demoliendo las viejas estructuras de los tiempos del Sha. Pero el mapa aún estaba en su mente, tan definido como cuando lo terminó de memorizar en su juventud.
Allá en lo lejos podía ver lo que quedaba de un edificio restaurado. En el pasado había sido un bloque de habitaciones, y en una de ellas hacía mucho tiempo, acodado sobre un alero había estado toda la noche del 25 de abril esperando algo que no sucedería.
Era mucho más joven; entonces se sentía muy mayor, pero a través del cristal de los recuerdos se veía entonces como un niño. Ataviado con jeans, una raída chaqueta de aviador y una barba de tres días, miraba a través de una franja de tejados erizada de antenas, a un conjunto de edificios sin norma habitados por 53 diseminados de rehenes y casi un centenar de "estudiantes" (terroristas).
Una llamada. Una señal corta, de no más de tres segundos de duración, pondría las bielas en marcha. Allí en las tinieblas absolutas contra las que se recortaba el cielo nocturno de Teherán, debían estar los Delta. El radio táctico apoyado contra su pecho resonaría de un momento a otro; la espera claro se tornaba insufrible. Entonces él y sus camaradas saltarían sobre los autos robados, los motores rugirían y ya todo quedaría en manos del Dios de las tácticas; el retumbar de las detonaciones durante el asalto los impactos de lado y lado... luego un gran silencio. Entonces, aceleradores a fondo. El mapa mental lo guiaría incluso sin luces hasta las montañas a través del panal humano que en aquel momento debía dormir. El resto pura rutina: de Desierto Dos a Desierto Uno... luego a casa.
Pero la llamada nunca llegó, algo debió pasar en medio de esa noche helada lo suficientemente malo como para que el comandante diese la orden de abortar. Así él y otros tantos operadores de las fuerzas especiales tuvieron que hundirse entre las negruras de los callejones y regresar a la base de la misma forma camuflada en que habían llegado.
Mientras conducía aquel renault destartalado no podía dejar de pensar en aquellos a quienes había dejado atrás. Que esos otros estadounidenses —a quienes quizá conoció y ya no recordaba- tendrían que languidecer durante otros tantos meses antes de poder ver de nuevo la tierra que conocían por Hogar.
Más tarde vendrían las explicaciones, las recriminaciones, las fotos, las evidencias, las nuevas preguntas, las salvas en memoria de los caídos en acción y toda una vida de noches sin sueño para pensar que se pudo haber hecho algo más aquella vez.
Hoy el teniente coronel Dick Matson de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos estaba en un hotel cinco estrellas viendo a su pasado y a sí mismo como se ve una serie de viejos fotogramas de veranos familiares. Terminado el café, trocó la bata púrpura por una camisa polo, pantalones color marfil, calzado italiano color miel y unas gafas de concha de carey. Viéndose al espejo, comparando su actual cabellera (cada vez más escasa) y su propia expresión de padre de familia norteamericano promedio, se dijo que, gracias a Dios, a parte de unas cuantas desmejoras, había adquirido paciencia y sabiduría. En aquel entonces era impetuoso; confiaba su capacidad de combate a las energías gestadas por su propia ira. Hoy día era un técnico, un estudioso, un erudito, si se quiere, de la guerra. De esas épocas de sargento a su actual situación como profesional, el mundo mismo había cambiado; cámaras, internet, satélites más poderosos, lectores de retina y demás; la supervivencia en los actuales campos de batalla dependía de una pericia biónica, y él por suerte, poseía tal virtud.
Tomó su portafolios, ordenó sus documentos y catálogos de microcomponentes, sus cartas de presentación, y tras dejar un par de trampas contra los potenciales intrusos dejó el cuarto y avanzó al ascensor.
En recepción entregó su llave. El dinámico recepcionista políglota le saludó en claro alemán, el coronel Matson respondió con una leve inclinación de la cabeza, y replicó, igualmente en alemán, que esperaba una serie de llamadas y que solicitaba se anotasen los nombres de quienes buscasen comunicarse con él. Una vez el empleado pudo ver las anchas espaldas del huesped alejarse por el vestíbulo soltó un bufido de desprecio: detestaba a los alemanes y su forma displicente de dirigirse a los otros.
Era cierto, la guerra había cambiado, al menos para Dick Matson. Si antes, como comandante de un destacamento Alfa, debía buscar la forma de mimetizarse entre bosques cerrados y áridas montañas, ahora debía crear una "leyenda" para ocultarse en medio de la civilización.
En la jerga de los servicios secretos, una leyenda es una personalidad falsa, que usará un agente, basada en una persona real, que por lo general ya ha muerto. En este caso, el coronel Matson estaba utilizando una de las tres "leyendas" que se había agenciado en los últimos años. De tal forma que para las autoridades, y todo aquel que preguntara, Dick Matson era Günter Mann, un vendedor de microchips del montón. Otro de los tantos europeos que en esta época de globalización intentaba venderle tecnología a los iraníes. Los hombres de la policía secreta apostados entre el personal del hotel ya lo habían chequeado y descartado como amenaza.
La verdad es que el señor Mann había muerto por error en manos de una unidad kidon del Mossad; no debían matarlo pero pasó. Los documentos habían sido tomados y enviados al cuartel general del Instituto, en Tel Aviv; de alguna manera habían quedado en manos del coronel y ahora los utilizaba, como un disfraz, cuando una operación lo requería.
Tomó un taxi adscrito al hotel y le señaló en un estirado inglés las empresas y las direcciones que visitaría aquel día. En esto no mentía: Günter Mann iría de empresa en empresa durante aquel día tratando de vender a los aburridos jefes comerciales de estas compañías una tecnología algo obsoleta a precios bajos, a sabiendas de que muchos de estos hombres de negocios rechazarían cortésmente tales ofertas y le enseñaban, con elegantes ademanes, la puerta de salida.
Y si Günter, el vendedor, pese a su optimista sonrisa, no vendía nada, a Dick, el mercenario, a la espera de entrar en acción, le importaba un comino.
El huésped de la habitación 507 contemplaba en silencio el amplio paisaje dispuesto frente a su ventana. Estaba cubierto por la bata de seda púrpura reservada a los clientes VIP. Su mano derecha rozaba la superficie lozana de su mentón recién afeitado. En la otra mano, el excelso café yemení humeaba desde una taza alargada. Sonó el carillón de la entrada y el hombre de anchos hombros que miraba por la ventana permitió, de una sola palabra, enunciada con voz grave, que el mozo accediera al cuarto y dejara el desayuno sobre la mesa principal de la suite.
Con la taza de café en la mano, el hombre alto de cabello rubio y bigote de marqués le señaló al empleado la disposición de dos billetes que le había dejado como propina. El muchacho inclinó la cabeza en repetidas ocasiones para demostrar su agradecimiento.
Con él fuera, el visitante extranjero continuó bebiendo su café y observando las montañas. No tocaría el desayuno, sino que lo mandaría todo por completo al retrete; no era anoréxico, sino cauteloso. Nunca consumía nada a domicilio, ni siquiera en casa, muchos menos en un hotel. Si tenía hambre buscaba un buen restaurante al azar, y jamás iba dos veces el mismo sitio en la ciudad. En extremo caso, compraba víveres en el mercado y preparaba sus alimentos a solas en su cuarto. Pero, las apariencias importan, y no tomar el desayuno del hotel podría hacer sospechar a ciertas personas que suelen pasarse de precavidas.
A un lado, al pie de la ventana, su cafetera eléctrica le reservaba aún dos tazas más de café. Se sirvió pues otra media y volvió a mirar a un punto determinado entre los edificios y bloques habitacionales del centro de Teherán.
Había pasado el tiempo, la ciudad había cambiado; nuevos puentes, nuevos edificios, grandes avenidas, más comercio... De los ochenta al presente, una verdadera revolución pasó como una aplanadora demoliendo las viejas estructuras de los tiempos del Sha. Pero el mapa aún estaba en su mente, tan definido como cuando lo terminó de memorizar en su juventud.
Allá en lo lejos podía ver lo que quedaba de un edificio restaurado. En el pasado había sido un bloque de habitaciones, y en una de ellas hacía mucho tiempo, acodado sobre un alero había estado toda la noche del 25 de abril esperando algo que no sucedería.
Era mucho más joven; entonces se sentía muy mayor, pero a través del cristal de los recuerdos se veía entonces como un niño. Ataviado con jeans, una raída chaqueta de aviador y una barba de tres días, miraba a través de una franja de tejados erizada de antenas, a un conjunto de edificios sin norma habitados por 53 diseminados de rehenes y casi un centenar de "estudiantes" (terroristas).
Una llamada. Una señal corta, de no más de tres segundos de duración, pondría las bielas en marcha. Allí en las tinieblas absolutas contra las que se recortaba el cielo nocturno de Teherán, debían estar los Delta. El radio táctico apoyado contra su pecho resonaría de un momento a otro; la espera claro se tornaba insufrible. Entonces él y sus camaradas saltarían sobre los autos robados, los motores rugirían y ya todo quedaría en manos del Dios de las tácticas; el retumbar de las detonaciones durante el asalto los impactos de lado y lado... luego un gran silencio. Entonces, aceleradores a fondo. El mapa mental lo guiaría incluso sin luces hasta las montañas a través del panal humano que en aquel momento debía dormir. El resto pura rutina: de Desierto Dos a Desierto Uno... luego a casa.
Pero la llamada nunca llegó, algo debió pasar en medio de esa noche helada lo suficientemente malo como para que el comandante diese la orden de abortar. Así él y otros tantos operadores de las fuerzas especiales tuvieron que hundirse entre las negruras de los callejones y regresar a la base de la misma forma camuflada en que habían llegado.
Mientras conducía aquel renault destartalado no podía dejar de pensar en aquellos a quienes había dejado atrás. Que esos otros estadounidenses —a quienes quizá conoció y ya no recordaba- tendrían que languidecer durante otros tantos meses antes de poder ver de nuevo la tierra que conocían por Hogar.
Más tarde vendrían las explicaciones, las recriminaciones, las fotos, las evidencias, las nuevas preguntas, las salvas en memoria de los caídos en acción y toda una vida de noches sin sueño para pensar que se pudo haber hecho algo más aquella vez.
Hoy el teniente coronel Dick Matson de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos estaba en un hotel cinco estrellas viendo a su pasado y a sí mismo como se ve una serie de viejos fotogramas de veranos familiares. Terminado el café, trocó la bata púrpura por una camisa polo, pantalones color marfil, calzado italiano color miel y unas gafas de concha de carey. Viéndose al espejo, comparando su actual cabellera (cada vez más escasa) y su propia expresión de padre de familia norteamericano promedio, se dijo que, gracias a Dios, a parte de unas cuantas desmejoras, había adquirido paciencia y sabiduría. En aquel entonces era impetuoso; confiaba su capacidad de combate a las energías gestadas por su propia ira. Hoy día era un técnico, un estudioso, un erudito, si se quiere, de la guerra. De esas épocas de sargento a su actual situación como profesional, el mundo mismo había cambiado; cámaras, internet, satélites más poderosos, lectores de retina y demás; la supervivencia en los actuales campos de batalla dependía de una pericia biónica, y él por suerte, poseía tal virtud.
Tomó su portafolios, ordenó sus documentos y catálogos de microcomponentes, sus cartas de presentación, y tras dejar un par de trampas contra los potenciales intrusos dejó el cuarto y avanzó al ascensor.
En recepción entregó su llave. El dinámico recepcionista políglota le saludó en claro alemán, el coronel Matson respondió con una leve inclinación de la cabeza, y replicó, igualmente en alemán, que esperaba una serie de llamadas y que solicitaba se anotasen los nombres de quienes buscasen comunicarse con él. Una vez el empleado pudo ver las anchas espaldas del huesped alejarse por el vestíbulo soltó un bufido de desprecio: detestaba a los alemanes y su forma displicente de dirigirse a los otros.
Era cierto, la guerra había cambiado, al menos para Dick Matson. Si antes, como comandante de un destacamento Alfa, debía buscar la forma de mimetizarse entre bosques cerrados y áridas montañas, ahora debía crear una "leyenda" para ocultarse en medio de la civilización.
En la jerga de los servicios secretos, una leyenda es una personalidad falsa, que usará un agente, basada en una persona real, que por lo general ya ha muerto. En este caso, el coronel Matson estaba utilizando una de las tres "leyendas" que se había agenciado en los últimos años. De tal forma que para las autoridades, y todo aquel que preguntara, Dick Matson era Günter Mann, un vendedor de microchips del montón. Otro de los tantos europeos que en esta época de globalización intentaba venderle tecnología a los iraníes. Los hombres de la policía secreta apostados entre el personal del hotel ya lo habían chequeado y descartado como amenaza.
La verdad es que el señor Mann había muerto por error en manos de una unidad kidon del Mossad; no debían matarlo pero pasó. Los documentos habían sido tomados y enviados al cuartel general del Instituto, en Tel Aviv; de alguna manera habían quedado en manos del coronel y ahora los utilizaba, como un disfraz, cuando una operación lo requería.
Tomó un taxi adscrito al hotel y le señaló en un estirado inglés las empresas y las direcciones que visitaría aquel día. En esto no mentía: Günter Mann iría de empresa en empresa durante aquel día tratando de vender a los aburridos jefes comerciales de estas compañías una tecnología algo obsoleta a precios bajos, a sabiendas de que muchos de estos hombres de negocios rechazarían cortésmente tales ofertas y le enseñaban, con elegantes ademanes, la puerta de salida.
Y si Günter, el vendedor, pese a su optimista sonrisa, no vendía nada, a Dick, el mercenario, a la espera de entrar en acción, le importaba un comino.
