Saturday, March 31, 2007

Capítulo XVI. La Barra

Los hoteles pertenecientes a las grandes cadenas comparten las mismas características sin importar en que punto del globo se hallen. El elegante grill del noveno piso del Azadi Grand Hotel era un ejemplo perfecto de la anterior afirmación. Esta podría ser la sala de reunión de un hotel en Venecia, Tokio o Londres.

La barra no era de madera, sino de aluminio, y un cóctel hecho con doce néctares de fruta servido en un vaso tallado esperaba ser consumido. Leonardo pensaba en lo absurdo de prohibir la venta de bebidas alcohólicas en un lugar atiborrado de extranjeros. Aferrase a una costumbre, se dijo, era ponerse un ancla de diez mil libras al cuello.

Una figura voluminosa ocupó violentamente el sillín del lado derecho. Leo no se molestó en mirarlo. Huéspedes de todas las cataduras entraban y salían del lugar; y muchos, como él, debían ser insomnes crónicos, victimas del a veces implacable jet-lag.

El barman, un joven muy bajo, echó hacia atrás la cabeza para mirar el reloj, sin dejar de limpiar un vaso chato. Las doce en punto.

Un timbre oscuro y bien modulado murmuró algo en alemán. Luego lo dijo más fuerte, como si quisiese llamar la atención de Katz. Éste primero se cercioró de que no buscaba llamar la atención del dependiente y luego giró su cabeza para echarle una ojeada. Y fue, durante el breve lapso en que las retinas de Leo captaron ese perfil bien cortado, ese mentón recto, y, como no, aquel pulido bigote, que una imagen del pasado le dio de lleno en la cabeza, alertó sus sentidos, lo situó en guardia, y borró la seguridad bajo sus pies.

Pudo haberse ido en ese momento, mas en el acto la curiosidad pesó tanto como la duda; así que aplicó otra mirada, midió una vez más el grosor de los mostachos y el pálido iris de los ojos. Vaciló un rato, pero al fin habló:

—¿Disculpe?
—Ah… inglés, sólo inglés, ¿verdad?
—Sí, sólo inglés.
—Pero usted no habla como americano... bah, qué importa. Qué importa todo.

Guardó silencio un rato con los ojos fijos en los movimientos del empleado de chaqueta blanca. A un giro de este, para acercarse a la nevera, el bebedor extrajo una botellita minúscula de la cual consumió casi todo su contenido en menos de tres segundos. Se limpió los labios con un movimiento brutal tomando la manga de su arrugada chaqueta gris como servilleta.

—Usted... usted no sabe, no, lo que es tener que pararse cada noche ante la puerta de la casa y fingir; fingir como un payaso, con una sonrisa pintada en la cara pretendiendo que tu maldita vida es un paraíso. Ante tu esposa... ante tus hijos.

Se calló, parecía borracho hasta el copete pese a la corrección en sus palabras.

—Mi hijo... yo te voy a decir quién es mi hijo. ¡Yo lo eduqué para que fuera un abogado! ¡Un gran abogado! Le di todo —ya había extraído otra botellita de su chaqueta ante un nuevo descuido del barman—... ¿sabe qué hace ahora?
—...
—¡Se ha ido con una mujerzuela para Holanda! ¡Ahora es un maldito actor porno! Y cuando procuro llamarlo ya no contesta mis llamadas. Yo que tengo que viajar por todo el maldito planeta para conseguir algo decente... comida decente, ¡un piso decente para que la zorra de mi esposa lleve a sus amantes!

Sus puños sobre la lámina metálica parecían temblar de ira. Era un motor poderoso con algún engranaje suelto, que de un momento a otro saltará enloquecido. Leo Katz, entre asustado y curioso quería saber cuál sería ese instante y cuáles sus consecuencias. Pero aquella frente perlada de sudor, la corbata floja y manchada de vino, un mechón de lacio cabello rubio vulgarmente tumbado sobre la frente, todo eran absolutamente real que Leonardo no sabía si realmente estaba ante algún ordinario europeo o si era su antiguo instructor, ahora caído en un profundo pozo de problemas familiares.

—Pero yo sí sé de quién es la culpa... El maldito de Klement. ¡Ese traidor! Le dice a mi mujer que me abandone, que sólo soy un vendedor puerta a puerta; ¡Yo! ¡Yo soy ingeniero electrónico por Dios!

Aquellas palabras actuaron como detonador. Leonardo supo que aquel verdaderamente era Dick Matson. Le puso una mano sobre el hombro y le señaló una mesa; Dick (o Günter, como se prefiera) se dejó llevar como un becerro hasta una de las mesas para dos situadas junto a las enormes ventanas que enseñaban la avenida Chamran y los miles de luciérnagas rojas que lo cruzaban.

Leonardo pensaba a cada minuto si no estaría cometiendo un error. El tipo apestaba a licor barato; su traje arrugado no guardaba relación alguna con el teniente coronel de impecable uniforme que él había conocido durante su instrucción. Pero minuto a minuto, paso a paso hasta la mesa, Katz pensaba en que, a fin de cuentas, estaba inserto en el mundo del espionaje, y en este difícilmente se puede separar la verdad de la ficción.

Cambiar de escenario pareció calmarlo. Dejó su pesada y enorme cabeza entre las manos, escondida de un mundo reprochable. Leonardo regresó a grandes zancadas hasta la barra y le pidió al nervioso muchacho un expreso fuerte. El tipo, aunque con escaso conocimiento del inglés, actuó con celeridad y puso una pequeña tacita blanca en la barra con dos sobres de azúcar. Regresó y le ofreció la bebida, aunque el alemán-americano no parecía ya estar en este planeta.

—Escuche señor...
—Günter.
—Señor Günter, soy periodista. Estoy acostumbrado a escuchar a las personas. Puede hablarme con confianza.

Los labios se movieron y esa voz conocida y fustigante entró derecho en la cabeza del joven Katz.

—Leonard Katz, ¿Qué demonios haces acá?
—No tengo ni la más remota idea, señor.
—Pues yo sí. Es tan sólo que estoy sorprendido de que este sea el curso de los acontecimientos.
—Casualidad o coincidencia, señor.
—Empieza por dejar de decirme "señor". Mi nombre Günter Mann.
—Beba un poco entonces y cálmese.

Dick Matson fingió tomar de la taza. Ni siquiera le había puesto azúcar.

—Que buscas en Teherán, Leo.
—Busco mi destino; demostrarme que quizá sirvo como periodista, o como cronista, ya ni sé.
—¿Y sobre qué escribes?
—Supuestamente debo retratar esta ciudad para que los hombres colombianos que leen S… revistas tipo Squire o GQ crean que todo esto es muy interesante. ¿Por qué escribir sobre esta ciudad que al fin y al cabo nadie quiere visitar, y que piensan borrar en unos años?
—No sé nada de eso; no soy periodista. Pero debo decir que si un día comprara una revista y me encontrase con un artículo sobre Teherán, esperaría leer algo completamente aislado de lo que le tratan a uno de vender los medios: Hezbolah, Al-Queda, armas de destrucción masiva, etcétera.
—Ya que está aquí, ¿qué piensa de este lugar?

Ahora el coronel sostenía la taza en ambas manos. Sus ojos estaban de nuevo puestos en el fondo de la ciudad durmiente. Un cambio de guardia en la barra, pero Leo no lo notaría sino mucho después; otro barman, éste muy alto y con el rostro ajado por una enfermedad desconocida, contaba el dinero de las propinas y movía su cabeza al compás de la percusión de la radio.

Sin mover la cabeza Dick continuó hablando:

—Busca un guía y escribe cualquier cosa… Pero no pierdas de vista el objetivo de todo este asunto. Sea cual sea. Por cierto, hay algunas cosas que puedes hacer por mí.

Entonces dejó caer la cabeza como si estuviese tan borracho que le fuese imposible mantener la conciencia.

—Visita la Universidad Tecnológica; algunos estudiantes realizan prácticas para el gobierno. Dos, encuentra un lugar llamado Al Äcemän, o El Cielo. Debe ser muy restringido pero cualquier dato me servirá. Nos vemos en unos días.

El encargado atendía ahora a cuatro obesos japoneses que hablaban a gritos y cuyos trajes lucían más maltratados que el pavimento de una vía interestatal. Dick Matson roncaba, pero el peso de una responsabilidad ineludible lo asfixiaba, y por lo mismo abandonó el bar dando grandes zancadas y evitando la mirada del iraní de la barra. Los japoneses parecían ya estar calmados. Una última mirada, y el descubrir que el coronel había desaparecido.

Las cuatrocientas ochenta y dos habitaciones del Hotel Azadi estaban divididas por largos corredores de alfombras rojas y paredes de oro ocre con diseños persas claveteados a todo lo largo de estos espacios vacíos. El peso del tiempo y el desfase horario hacían de Leonardo un muñeco de torpe andar.

No quería ir a ningún lado sólo meditar sobre lo que acababa de pasar.

Miró al techo, las cortinas, la tele, el closet, su maleta, todo. Su propio cuarto carecía más de la mitad de las comodidades que se encontraban allí; a un universo de distancia extrañaba esa pieza alquilada. No eran los objetos personales -que eran muy pocos-, ni los recuerdos -menos aún-, sino la paz de no ser nadie más sino un empleado de colegio, con rutinas sencillas, horarios fijos y sin una amenaza mayor que la que suponía ser despedido por írsele la lengua con alguna niña.
En la suntuosa elegancia y simpleza de aquel sitio tomo conciencia de sus responsabilidades. No estaba solo; era parte de una operación. La CIA no enviaría a un militar experto como Matson para proteger a un simple cronista alquilado como informante.

Le quedaban entonces dos opciones: la primera era tratar de comportarse como un profesional; hacer uso de todos los recursos de investigación hasta hacerse con la verdad, averiguando cuán profunda era aquella operación y quizá salvando con ello su trasero, o, por el contrario, portarse como un aprendiz de escritor colombiano que viaja a la porra para escribir un reportaje maltrecho acerca de una ciudad "árabe". Ignorar cualquier cosa rara que pudiese pasar y salir en cuanto su propio pellejo se viese demasiado opacado por las sombras del mundo del espionaje.

Encendió la lámpara y la televisión. Otro partido de fútbol: Esteghlal contra Perspolis. Pero no, no era un partido en directo, simplemente otro programa de análisis con dos viejos y reputados comentadores deportivos. Las incoherencias o las profundas reflexiones de aquellos tipos le tenían sin cuidado a Leo, quien necesitaba del murmullo de la vida tras la pantalla para sentirse menos solo. Tomó una de sus libretas y comenzó a escribir.

Con letra cuidada y controlando lo márgenes, haciendo un perfeccionista uso de los signos de puntuación, fue presentándose a sí mismo su agenda para el siguiente día y el esbozo de una crónica digna de ser leída en una publicación de gran tiraje. Al momento, pasadas las primeras líneas, se emocionó. Estaba escribiendo por primera vez en una revista otras tantas veces ocupada por textos de escritores de verdad (famosos). Habría que poner entonces determinación y empeño para impresionar al editor. Al fin y al cabo los lectores, se dijo Leonardo dejando el cuadernito a un lado, terminan consumiendo cualquier cosa que les sepan vender.

Monday, March 26, 2007


Capítulo XV. El chalet.


En el preciso instante en el que Leonardo Katz abordaba el taxi en el aeropuerto, un BMW negro y de forma alargada frenaba en seco junto a agitada entrada del Hotel Evin. El motor del coche público se encendió al tiempo en que el del auto privado se silenció. Y mientras el agente escritor entraba en el primero, el agente chofer salía del segundo.

El tipo conocido como Julius había cambiado su atuendo de pastor somalí por un traje cruzado de buen corte, hecho a medida, con corbata ajustada color arena, camisa gris y chaqueta de un azul nebuloso. Con casi un metro noventa de estatura su silueta parecía ocupar todo el umbral de la entrada; muchos giraron sus cabezas para detallar a aquel extranjero imponente como un faro y silencioso como un glacial puerto abandonado.

Superada la impresión inicial, un empleado del hotel se fue acercando a él con el mismo temor reverencial que causaría la llegada de un sabio del que mucho se ha especulado. Pero antes que cualquiera intentase entrar en contacto con aquel gigante, otro extranjero, igualmente alto, pero ya conocido entre los pasillos y el lobby se cuadró frente al negro y le entregó un portafolios metálico sin decirle palabra alguna. De aquella forma todo cambió. El negro marcho tras el alemán con un paso casi sumiso, y solo lo adelantó para cortésmente abrirle la puerta del elegante carro. Él mismo se introdujo un segundo después, y el potente auto se llevó al señor Mann y a su guardaespaldas aunque, como meditó más tarde el recepcionista, no sabían que tenía uno.

El motor pegó un rugido propio de la sabana del Serenguetti, arrancó en seco y se lanzó avenida abajo fuera de la vista de los presentes. Fue en dirección sur y en su interior no se dijo una sola palabra durante los primeros diez minutos. Pasado ese lapso el chofer encendió el sistema de reproducción de audio. La obertura de la ópera Carmen resonó con toda su fuerza instrumental entre el fresco interior del BMW. El coronel Matson empezó a revisar papeles de una forma por completo distraída; Julius le miró un rato y luego consultó el mapa electrónico de Teherán expuesto en la pantalla de LCD situada en medio del tablero.

—He aquí a otro negro conduciendo a un blanco —dijo en su inglés afectado de franco parlante.

—Cuando tengamos una misión en Somalia de nuevo seré y quien conduzca —contestó Dick sin levantar la vista de sus documentos. Estaban el libertad de decir casi cualquier cosa sin temor a ser escuchados: el coronel, entre su muestrario de piezas de moderna tecnología, había llevado consigo un sistema de reproducción de música cuyos archivos de audio en Mp3 eran ejecutados a una frecuencia que intervenía en cualquier sistema de transmisión y deformaba cualquier captador acústico instalado en el lugar donde estuviera sonando. Si alguien había introducido un bicho entre el coche sólo podría escuchar una versión más de la obra de Bizet.

—Sabemos quién es este tipo, o es sólo uno de los amigos del Tío Bob.

—El nombre debió salir por ahí de una Fuente Abierta. Había otros nombres pero ya los deseché. Este es sólo un hombre de negocios más; tiene algo que nosotros queremos, y le haremos creer que tenemos algo que él quiere.

—Sí, justo como en Wall Street.

Para ese momento Julius giró el volante e introdujo el auto en una entrada sin asfalto frente a una reja de acero cerrada. La propiedad estaba protegida de los observadores de la avenida por un bosque particular que se veía realmente gris ante la sequía veraniega que afectaba al país.

—Y bien —Julius se giró hacía Dick—, dónde está nuestro pase de entrada.

—Estamos sentados en él.

En efecto, las puertas se abrieron ante la presencia del deslumbrante BMW negro; si Matson hubiera podido acarrear consigo otro vehículo de escoltas o por lo menos dos motoristas, para dar la impresión de estar rodeado por un séquito de protección que confirmara su estatus, lo habría hecho. Parecía, aún así, que había bastado aquel sencillo aut para asegurar la entrada a la residencia alquilada de uno de los mayores comerciantes de armas de Europa Central, Franz Wessel.

La propiedad tendría tal vez más de mil doscientos metros cuadrados divididos en un sinnúmero de áreas de recreo temporalmente abandonadas. El lugar era realmente un campo de veraneo que, por motivos tributarios, había caído en manos de un secuestre quien no tenía ningún problema en ponerlo en manos de quien pudiese pagar el alquiler.

El césped crecido bordeaba las rocas ornamentales y el fresco chapoteo de una piscina se escuchaba a lo lejos. Unas cuantas palmeras brindaban sombra a una casa blanca de una sola planta con grandes ventanales abiertos.

A medida que el auto se desplazaba por un sendero cubierto de grava más visible se hacía el personal de seguridad. Hombres en los tejados, a lo largo del camino, En esquinas resguardados del sol canicular; casi todos eran árabes que Dick Matson reconoció como egipcios. Ninguno portaba rifles, sino que las automáticas (muy, muy posiblemente Walter) permanecían ajustadas a sus cinturas mediante finas pistoleras de cuero.

El BMW se situó entre otros cuatro autos, a saber, dos mercedes convertibles, un audi deportivo y una camioneta blindada. Otros dos egipcios esperaban en la puerta principal que permanecía abierta.

El primero en bajar fue Julius, y cada uno de sus movimientos fueron precisos y con el fin específico de hacerles sentir a aquellos mastines árabes que aquel también era un profesional de la seguridad. Aunque por razones legales ninguno de los dos estaba armado, sí tenían un plan para derribar a aquellos tipos y salir corriendo disparando sus armas en caso de presentarse una desagradable sorpresa.

El compañero de Dick se detuvo casi desafiante a unos pasos de los guardias. Notó en cada uno de ellos un minúsculo receptor de radio, así que supuso que ninguno de los dos haría nada hasta no recibir órdenes. Eran pues autómatas; no vacilarían en vaciar sus cargadores sobre los recién llegados, pero igualmente carecían de instinto para evitarse una muerte segura a manos de un par de sujetos entrenados, apoyados en el siempre poderoso factor sorpresa.

Entonces salió un tercer hombre. Su rostro era aún más duro que el de los otros dos; cortado al parecer por las cicatrices de alguna guerra. Un bigote muy fino le dividía la cara entre un mentón afilado, unos labios casi invisibles y unos ojos de chacal, todo enmarcado en unas largas patillas que el propio Dick no veía desde los tiempos del disco.

Increíblemente los rasgos se arrastraron a los lados y el chacal mostró los dientes en una sonrisa que, pese a todo lo que ya he dicho, resultó cordial.

—Muy buenas tardes caballero —empezó diciendo en inglés—. El señor Wessel recibe ahora una llamada en su despacho, pero en cuanto esté dispuesto los recibirá junto a la piscina. Favor indíquele al señor Mann que puede pasar ya si lo desea.

Julius no movió un músculo, sus labios no se movieron y sus ojos no dejaban de ir de un guardia al otro. Tras lo que pareció una pausa de meditación tomo del bolsillo externo de su chaqueta un teléfono celular, marcó tres números y esperó. El empleado de Wessel pasó de amable a trastornado en un segundo; posó sus ojos en la silueta opacada del hombre en la silla trasera del vehículo recién llegado y pudo ver como este levantaba el teléfono para contestar. El negro dijo algo, muy poco, y sólo media docena de sílabas pudieron ser escuchadas; lo que dijo, en francés, permitió que el hombre aún oculto entre el auto saliera, se arreglara su chaqueta y se presentara.

Veinte minutos más tarde las carcajadas resonaban junto al agua. Allí había habido una chica muy delgada de piel olivácea chapoteando alegremente; ahora quedaba sólo el vaivén del agua.

Wessel dejó de reír y destapó la botella de agua que le había esperado entre un cubo de aluminio habitado por un cerro de hielo picado.

—En efecto... Ahora prefiero apostarle a los ingleses. El Manchester es mi equipo; aunque solo puedo verlos una vez al mes cuando viajo a Inglaterra -comentó Franz y luego se embuchó media botella de agua Evian.

—Tuve el placer de verlos destrozar al Arsenal el mes pasado —dijo a su vez Dick Matson removiendo los hielos de un vaso de whiskey que no se tomaría nunca—. Pero, ahora con todo este embrollo en Afganistan estoy algo separado de las páginas deportivas.

—Claro, eso le digo yo a mi esposa cuando intenta que vaya a ver a mi hija saltar ese maldito caballo de trescientos mil euros.

Más risas; la charla fluía en alemán y ambos notaron pronto los ligeros matices de regiones distintas. Lo que pensara el coronel Matson es imposible de dilucidar; hablaba simplemente de sus muchos viajes, del Euro Stock 50 y frecuencias de transmisión y de órdenes de datos.

—La escuela tecnológica aquí está logrando verdaderos avances en soportes inalámbricos. En una revista leí sobre el nuevo sistema de descarga de datos mediante líneas OBDC que, supongo ya sabe, son las mejores para evitar las interferencias de intrusos.

—Eso suena interesante —comentó aburridamente Wessel. Dick, que ya esperaba esto, empezó a liberar la verdadera “carga pesada”.

—Esos sistemas inalámbricos tienen miles de aplicaciones fuera del área de la computación. Un ingeniero militar belga me dio un par de ideas sobre como mi empresa puede equipar proyectiles de mortero con chips guía por un costo relativamente muy bajo.

Mientras que los párpados, los pómulos, los labios e incluso la frente de Franz Wessel conservaron la rigidez de un busto de plaza pública, sus ojos soltaron un destello de interés que duró en el espacio menos de medio segundo. Matson optó, sin embargo, por hacer caso omiso a tal muestra de interés.

—Pero tengo que dejar de lado mis negocios personales. No es sólo la compra de esos microchips lo que me trajo a Teherán. Vine de parte de un amigo.

El alemán terminó de beberse su botella de agua; estudió en silencio la blanca superficie de la mesa exterior, el borde del cubo metálico parcialmente ocupado por hielo ahora parcialmente ocupado por agua y se puso de pie ordenando con una mano a los empleados que se hallaban cerca que se abandonaran el lugar.

—Él —continúo Matson— necesita algo que usted tiene y piensa pagárselo dándole algo que yo tengo y que creo que usted necesita. En virtud de esto yo recibiré algo que me es muy valioso ahora.

Considerándolo, Wessel dio unos cortos pasos dentro de un diámetro de tres metros al rededor de la mesa donde Dick esperaba. el tono y la fórmula no eran predecibles; se lo había trazado en el aire como un juego de palabras, como un acertijo.

Por un instante se dio vuelta y observó a Matson: éste, en un acto para reafirmar su impasibilidad, fumaba y eliminaba la ceniza de un cigarro negro, con una serie de estudiados movimientos del brazo. Tal actitud causó el efecto deseado.

—¿Qué busca?

—Busco a Madame Chong. No sé lo que es y realmente no querría yo meterme demasiado profundo en estos asuntos. Pero la ayuda que me puede proporcionar ese "amigo" me es incalculable en este momento.

Como el tono empleado por el vendedor de tecnología habíase coloreado gradualmente de preocupación, Franz, el vendedor de armas, ocupó de nuevo su silla y clavó sus ojos en las manos de su supuesto compatriota.

—Y qué le han dicho sobre esta... Madame Chong.

—Nada. Pero algo me hace pensar que no es una señora de las triadas.

En este caso no hubo risas.

—Y si no sabe qué es, ¿cómo puede estar seguro de que no pienso embaucarlo?

—Mi amigo me entregó su historial. Sé que es un hombre de negocios, un caballero, una persona con palabra, y que ha logrado lo que ha logrado a base de estrechar vínculos útiles y no tejiendo enemistades.

El tono duro y sin fisuras en boca del robusto ex boina verde debió agradar a Wessel, que durante los últimos quince años había aprendido lo difícil que era, en el mundo de la venta de armas, conseguir nuevos clientes o nuevos socios. La oportunidad actual se presentaba muy prometedora: un especialista en micro componentes guía para armas inteligentes, ése sí era un contacto valioso, ahora en sus manos por cosas del destino.

En estos casos el tiempo apremia, más hay que moverse con calma porque la prisa ahuyenta a los foráneos. Un vendedor berlinés podría no sentirse muy cómodo si se le enreda en asuntos de armamento.

—Los chinos desarrollaron hace unos tres años un nuevo tipo de explosivo plástico, de consistencia coloidal, en una factoría cercana a la ciudad o al pueblo de Chong. El explosivo es muy seguro y estable, tanto, que el propio gobierno prefirió asignarlo a obras de ingeniería y minería en vez de dárselo a los militares, como se había planeado en un principio. No obstante hay un problema con este explosivo: es sumamente inflamable, uno, y dos, provoca incendios incontrolables además de ser terriblemente venenoso. Sepa usted, señor Mann, que hace un año cuatro ingenieros fueron enviados al hospital por haber inhalado los gases que produjo una conflagración ocasionada por una pátina de este explosivo que quedó en el suelo después de que este fue descargado. La mancha recibió el sol directamente y ardió más pronto que si fuese petróleo. Según sé esos cuatro hombres continúan en coma.

Mirando al suelo con expresión de burgués aterrorizado, Dick extrajo un cigarrillo y se lo colocó torpemente en los labios haciendo uso de sus casi incontrolables dedos. Encendió una llama. Exhaló el humo. Se aclaró la garganta. Movió los hombros procurando recuperar su anterior seguridad. Miró a Franz:

—Claro es un hecho terrible, lamentable. El gobierno de Beijing quiso deshacerse de todo ello arrojándolo al mar. Un amigo en Hong Kong creyó poder comprarlo para poder venderlo en el Tercer Mundo, pero habló con los gobiernos equivocados, o al menos con la gente equivocada porque nunca le compraron nada. El explosivo como tal no sirve para nada; pero hay una docena de aplicaciones para el mismo y supongo que su amigo estará interesado en una de ellas.

Dick ya había terminado su cigarrillo y encendió otro. De vez en vez tomaba su camisa con las puntas de los dedos para despegársela de la piel. No era una persona acostumbrada a estos trances, pensó Franz.

—Bien, no sé. Se lo repito: él quiere el explosivo; me dijo que a cambio yo podría venderle los chips guía para los proyectiles de mortero. Si tenemos un trato preferiría cerrarlo ahora…

Franz Wessel casi se echa a reír.

—Le diré lo que pretende hacer su amigo. Me comprará esta dinamita insalubre e impopular con un centenar de chips para mortero. Yo gano mucho dinero equipando obuses y vendiéndolos a la OTAN. Genial. Pero su “amigo” opta por hacer lo mismo, pero en vez de equiparlos con la corriente composición B, los llena con un poco de Madame Chong y va directo a esos países africanos y sudamericanos que quieren controlar a sus enemigos con unos proyectiles venenosos no amparados por ningún acta en especial. Yo le tengo una mejor propuesta: olvídese de su amigo, trabaje para mí.

—Olvídelo: ¿qué ganaría yo?

—Mi amigo… ¿Por qué cree que estoy aquí en Teherán?

—Pues… no sé. Aquí tiene una de sus residencias. Él único lugar en el mundo donde me dijeron podría encontrarlo en esta época del año, según me han dicho.

—¿Si recuerda a la chica que nadaba en la piscina cuando usted llegó?

—Sí, muy bella.

—Se llama Naith; tal vez la prostituta más cara de este país. No obstante la tengo viviendo aquí como si fuese mi esposa. Me costaría una fortuna si no tuviese entre el bolsillo al general Fouad de la Defensa Aérea. Es socio del club Aceman, así que puede obtener a casi cualquier chica que desee. No piense mal, Naith no es el pago, es… sólo una amiga que me presentó, o quizá una espía, no me importa. Pero Fouad piensa equipar a todos sus aviones caza con Madam Chong. Estoy comprando los cohetes a los belgas, la carga explosiva a los chinos, los microcomponentes a usted, los armo por una pequeña suma y los vendo en un contrato del cual le prometo de 22% por la dotación de veinticuatro mil de estos chips. No haga cuentas, se hará rico.

Dick Matson parecía abrumado por las cuentas alegres que le presentaba su potencial socio. Meditó con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en ese estanque color turquesa. Franz lo miraba con cierta lástima: estaba frente a un tipo que de la noche a la mañana se le aparece una mina de diamantes totalmente explayada ante sus ojos.

—Pero, pero, pero —dijo el vendedor Mann—. Debo darle algo a mi amigo. Mi trabajo, este viaje, algunas… deudas que he adquirido con él, todo ello era por conseguirle a la tal Madame Chong. Si regreso a casa ahora…

—Le daré lo suficiente para que su socio inicie una pequeña guerra en algún país de brutos negros. Ya no es asunto nuestro. Es más, es un regalo. Yo mismo le diré dónde puede ir a buscarlo para que lo embarque —y a medida que hablaba conducía a Dick por el borde de la piscina con un brazo sobre sus hombros. El americano era tan alto como el alemán, pero ahora parecía pequeño ante la seguridad y el aplomo del vendedor de armas—. Nosotros ahora pertenecemos a otro círculo, el de los millonarios. Bienvenido.

Entonces regresó la escultural chica de piel dorada e incandescentes ojos plata. Traía dos martinis y a parte de ello nada cubría sus atléticas formas. Sonrió plácidamente a Dick como parte de esa pomposa bienvenida.

Monday, March 12, 2007

Capítulo XIV. El Azady Grand Hotel

La tarjeta estaba en su mano derecha, las letras en dorado sobre cartón negro, todo en inglés, idioma oficial del mundo. Leonardo Katz revisó la dirección una vez más a fin de poder decírsela con claridad al taxista que debía llevarlo. El problema es que aún no había salido del Aeropuerto Mehrabad.

Por lo demás, el resto del mundo oriental trataba de cruzar por el control de aduanas. Delante de Leo había un árabe de baja estatura pero al parecer enormemente rico, quien, pese a sus millones en petrodólares, le estaba siendo negado el ingreso de comida para su mascota (un halcón, supuso Katz). Luego le llegó el turno a él. Para muchos colombianos, el presentar el pasaporte presupone un calvario, la angustia originada en el temor común de ser detenido por unas horas, aislado de todo y sometido a un trato degradante, porque, basados en el principio de “si grazna como pato es un pato” las policías del mundo tienden a dirigir sus arpones sobre los sospechosos de siempre. Un hombre rico y británico siempre será menos sospechoso de cualquier delito que un afgano pobre, o que un colombiano común; y a estos últimos siempre se les puede recelar, o por ladrones o por falsificadores o por traficantes de drogas. Leonardo que ya había pasado por esa situación sólo esperaba a que el calor no hiciese brotar de su frente más sudor del que debe supurar un hombre común cuando está acalorado. El empleado tomó el pasaporte, miró mecánicamente a Katz, pronunció en voz baja el nombre, y se lo devolvió con bostezo. “¿Algo que declarar?” Preguntó con la rudeza y velocidad propias de un hombre que quiere estar en cualquier otro lado distinto a su puesto de trabajo. Leonardo sólo preguntó dónde podía cambiar sus dólares y el encargado se limitó a torcer su cabeza en dirección a la salida. Sin más Leonardo Katz levantó su maleta; notó que más que el esfuerzo el instinto del colombiano se le había colado entre la piel y que aquello le empapaba las axilas, se echó su mochila a los hombros y caminó, sintiéndose muy indemne hacia las puertas transparentes que a lo lejos enseñaban una hilera de centenares de taxis aparcados.

Toda persona próxima a viajar o a entrar en contacto con una nueva realidad intenta hacerse una imagen mental del sitio que tiene como destino. Aunque en algunos casos ciertos individuos prefieren “dejarse sorprender”, siempre estará ese reflejo nuestro por procurarnos una instantánea virtual de aquello que veremos. Leonardo Katz tenía la suya propia: una planicie de casas terracota tendidas sobre una telaraña de caminos de herrumbre y arena, unos cuantos edificios gubernamentales de más de tres plantas; palmas y carros viejos, como se ve en Cuba, y un millón de hombres envueltos en sábanas blancas con sus barbudos rostros cubiertos de toallas de cocina.
Pero, se dijo instantáneamente en la entrada del Terminal, el maldito profesor al-Jezza había estado en lo cierto, y realmente se había quedado corto: Teherán era una ciudad moderna, ¡y bien moderna! La medialuna que cercaba la entrada del Aeropuerto de Mehrabad la constituían miles de árboles (olmos, supuso Katz) entre los cuales habían aparcados, amen a una legión de taxis, automóviles europeos de todas clases, camionetas asiáticas e incluso algunas motos americanas.

Desde ese punto, una avenida perpendicular se tendía hacía el norte de la ciudad, y ya desde allí el tráfico se tornaba pesado; un hormiguero que marcha entre la humareda de su propia contaminación.

El cielo azul estival era el fondo pálido sobre el que se trazaba la megalópolis musulmana: los cerros estaban al fondo demarcando el límite natural de aquella meseta. “Exactamente igual que Bogotá” pensó Leo, aún estúpidamente parado con su maleta a los pies. Pero mientras en la capital andina las montañas a la vista del observador casual mantienen su tono jade natural, aquí el smog procura una campana de neblina persistente que opaca aquella cadena de elevaciones que se extiende por toda Asia Central hasta la China.

Los edificios modernos cortaban también la vista. Al igual que en Bogotá, parecían agolparse todos en el mismo distrito; blancos, grises, de tonos tierra, anchos, delgados, en construcción, en espera de la demolición, majestuosos como hermanos mayores sobre una multitud de infantes de no más de cinco pisos ahogados en ríos de arboledas, porque esta gran urbe, al menos desde la distancia, estaba surcada por una enredadera esmeralda entre sus manzanas.

La contemplación se detuvo cuando el aprendiz de escritor notó que su camiseta gris se había encogido; estaba empapada en sudor. Los hombres lo rodeaban, frescos, alegres, con prisas, maletas, algunos sombreros, y una que otra túnica vaporosa y blanca que se colaba entre algún elegante mercedes oficial. ¿Dónde estaban las mujeres?
El cartoncito negro estaba ya adherido a su mano izquierda; releyó la dirección: Chamran Highway, Evin Cross Road.

—Buenas, hombre. ¿Necesita un taxi?

Esas palabras le provocaron un sobresalto. La confusión que se le presentó fue similar a la que experimenta un hombre que descubre que está por usar su closet como baño. Levantó los ojos y se topó frente a sí con un tipo en camisa blanca, quizá un palmo más bajo que él, manos entrelazadas tras la espalda, sonrisa oculta bajo una espesa barba rojiza, ojos grises y cabello pulcramente trazado a un lado. Como el tipo no quitaba su sonrisa Leonardo sonrió igualmente y buscó las palabras adecuadas para quitárselo de encima, mas el tiempo corría tan inexorable que, para terminar con todo ello Leo optó por seleccionar su tono agreste:

—¿Y quién es usted? ¿Cómo sabe que hablo español?
—Bueno, mire: es que usted ya lleva rato ahí parado, como que no sabe qué hacer, ¿sí me entiende? Esa camiseta es de Artesanías de Colombia, y vos tenés pura cara de rolo.

El tipo era un antioqueño, un paisa, hasta los huesos. Leo entendió lo que alguna vez Ángela le había dicho cuando planeaban su luna de miel: quizá no había país del mundo donde no hubiese un jodido paisa.

Ahora, ¿sería peligroso abordar ese taxi? Si aquel taxista había averiguado que él era colombiano, cualquiera podría averiguarlo, ¿no? Pues no; en un sentido meramente técnico no era colombiano, y sí lo era. Era esa ambigüedad propia de aquellos asuntos secretos que al cabo de algunos años transformaba a los mejores agentes en alcohólicos. Era un joven bogotano (rolo, para este amable tipejo), en carrera por hacerse periodista, en su primera asignación overseas ¡perdón! En el extranjero.

—Vamos pues hombre —le dijo Leo, con el dejo propio de los antioqueños, y dejó que el pelirrojo llevase su maleta de viajero hasta el baúl de su taxi. Los otros conductores hablaban entre sí o esperaban con un diario entre las manos la llegada de clientes.

El interior estaba fresco, y una esencia mentolada hacía pensar al visitante que aquel vehículo era un transporte a un mundo de paz, riachuelos y sombra de eucaliptos. El motor arrancó y Leonardo buscó la identificación del chofer, pero era realmente inútil: la foto en color del barbado pelirrojo concordaba con los rasgos que podía ver Katz en el retrovisor, pero todo texto adicional estaba en alargados caracteres árabes. Si era falsa o no esa identificación es algo que Leonardo no habría podido asegurar.
—Voy al Azadi Grand Hotel. Es acá —y entregó la tarjeta.
—Listo compadre —dijo el taxista tomándola y encendiendo el motor—. ¿Voz cómo te llamas?

Leonardo dudó por un momento qué responder. Pero sólo era un taxista finalmente.

—Leonardo Katz.
—William Jaramillo Ortega a sus órdenes para todo lo que se le ofrezca don.
Leo no pudo evitar reírse.
—Y eso… ¿qué hace tan lejos de Colombia?
—Ah pues trabajando… No, vea, es que hace como tres años me presentaron a una señorita lo más de linda allá en medallo, ella era de acá, ¿sí me entiende? Nada y pues yo quería pues que viviéramos juntos y ella me invitó a venir. No, y aquí estoy de lo más contento.
—¿Y el idioma, no es difícil?
—Mirá que a medida en que escucha uno hablar a la gente pues le va cogiendo el hilo a la vaina. Al principio claro que era muy berraco, pero, por lo menos en mi trabajo el truco es aprenderse los nombres de las calles, los hoteles… y pues claro también es muy útil hablar inglés, yo por eso prefiero llevar turistas, pues porque en inglés es más fácil entendernos.
—Ya veo. Y cuando estaba en Colombia qué hacía.
—¿Yo? Pues administraba un laboratorio farmacéutico. Yo me gradué de la Universidad de Antioquia en Química; luego hice un postgrado, y me metí a dirigir la empresa de la familia. Lo berraco si fue que hace unos años una partida de hijueputas secuestraron a mi papá, y por pagar el rescate quedamos en la olla.
—Terrible, ciertamente.
—¿Y voz qué?
—¿Yo? Pues estoy en último semestre de Comunicación Social. Por ahí me conseguí un contacto con una revista para hacer una crónica y ellos me ayudaban con parte de los pasajes y los costos. Querían que viniera acá y pues ¿qué se le va a hacer? Yo habría elegido otro lado, como… no sé, a Europa o incluso Japón, pero pues como este país está tan de moda ahora con eso de las armas de destrucción masiva y las vainas de los gringos allá en Irak, pues me mandaron acá.
—No pero mirá que este país es muy bacano; tiene sus cositas sí, pero hay mucho para conocer.

Terminando de enunciar aquella frase giró el timón y la luz de la mañana dio de frente en el auto por unos segundos. Al entrar en una gigantesca glorieta que rodea la Plaza Azadi, poniendo a la vista de Leo Katz uno de los monumentos más importantes del mundo islámico.

Parecía el eje propio de la ciudad moderna con más de dos mil años: alta y blanca ante los rayos directos del sol, la torre Azadi se elevaba por encima de la ciudad a cincuenta metros de altura. Una especie de Arco del Triunfo árabe y revolucionario, construida en 1971 para celebrar los dos mil quinientos años del Imperio Persa. Se llamaba Torre Shahyad (Torre de los Reyes) pero después de la revolución islámica pasó a llamarse Torre Libertad, como le explicó alegremente William.

—Está hecha en puro mármol. Son como ocho mil bloques de mármol ahí apilados.

Parte del tráfico se desvió al sur pero pronto la velocidad del auto se aminoró y conductor y pasajero se vieron rodeados de una nueva y abundante multitud de vehículos que igualmente intentaban colarse en dirección norte. A la izquierda Leo pudo ver por un momento a un centenar de viejos y nuevos autobuses de todos los colores esperar bajo la temperatura ascendente de la mañana la hora de arrancar. Mientras el estancamiento vehicular se deshacía y lograban avanzar unos metros más, Katz pudo ver el edificio del Terminal Oeste de buses; una de las pocas cosas que recordaba de lo que le había dictado el profesor al-Jezza.

La velocidad aumentó. Leonardo pudo reconocer a unas cuantas patrullas de policía, pero estas estaban siempre yendo y viniendo a una velocidad superior que la del propio taxi, cuyo impulso superaba ya los ochenta kilómetros por hora. Pasaron por el distrito de Sadeghiyeh donde se veía un mejor modo de vida y más comercio que en el resto del recorrido.

Dejando atrás la plaza Falakeye, William se dedicó a hacer toda clase de comentarios sobre los sitios que conocía a lo largo de la ruta del Aeropuerto hacia el norte de la ciudad. A veces señalaba un conjunto de casas o un complejo industrial y añadía algo como “yo conozco a un tipo que trabaja ahí. Es armenio y un duro para el poker” pero no mencionaba nada lo suficientemente valioso como para que Katz lo dejase anotado en la pequeña libreta de notas que no se separaba un segundo de su mano.

El sol ascendió paulatinamente, del mismo modo que el agente secreto iba acercándose a su primer destino. Aunque viajaba con la ventana abierta el calor parecía sofocar a todo el mundo, y cuando el auto viró al este y se elevó sobre un puente dejando a lado y lado amplias zonas de terreno sin construir cubiertas por completo de arena, Leonardo sintió que realmente había llegado a Medio Oriente.

Parecía que habían salido por completo de la ciudad y se internaban en las resecas elevaciones del norte. Allí la avenida se transformó en una enorme autopista. El taxi alcanzó los cien kilómetros por hora y la radio soltaba anuncios y música árabe. William, el pelirrojo barbado guardaba silencio transformándose en otro iraní más, otro elemento del paisaje. El cansancio que se apoderaba de él no le permitió ni por un segundo pensar que quizá no iba realmente al hotel, sino que tal vez lo llevaban a una prisión secreta de la policía del régimen.

Cuando la carretera se elevó y trazó una gran curva Leo cayó dormido a un lado del asiento. Por su parte William recibió una llamada y habló en un tono familiar con alguien durante los siguiente veinte minutos en los que el auto dejó atrás una docena de secos suburbios y plantas de procesamiento, para alcanzar un verde y fresco distrito de elegantes casas y elevadas torres de apartamentos que componían el complejo Saman 3. William apagó el motor y soltó un sonoro “¡listo pelado!” que puso a Katz erguido y con los ojos desmesuradamente abiertos.

Bajo la sombra de un árbol cuyas copas se alzaban como una sombrilla y rodeado de otros tantos taxis, Leonardo se quedó mirando un rato la fachada del edificio de siete u ocho pisos. Se tomó su tiempo para regresar al planeta tierra mientras el conductor extraía su maleta. Un mozo ya estaba allí para hacerse cargo del equipaje.

Le costó veintiocho dólares y entregó treinta; se despidió de William que le dejó una tarjeta con la dirección y el número del restaurante que poseía la familia de su esposa. Le ofreció además ser su guía a un bajo precio e incluso llevarlo a una excelente y muy discreta (recuérdese que estamos en Irán) casa de citas.

Todo el personal del hotel estaba compuesto por hombres y no parecía haber siquiera mujeres en viaje de turismo. El lobby era tan elegante como suele serlo en las capitales de Medio Oriente, aunque este dato no lo sabía Leonardo, quien sólo conocía cuatro países y todos estos estaban aferrados a las mismas reglas de diseño.

Un eficiente árabe lampiño tomó su pasaporte y le saludó con una venía y un torrente de palabras en un inglés británico. Ante la sugerencia de éste de que el botones llevase el equipaje Leo mostró su mejor sonrisa y desechó la idea tratando de demostrar un brío que el jet-lag le había arrebatado ya.

Cuando encontró la cama se quedó profundamente dormido, su maleta a un lado y con sus botas puestas; esas botas que contenían su transmisor de espía. Ahora estaba en territorio enemigo.