Capítulo XVII. El Bazar
Se sintió mucho mejor en la mañana pese a lo poco que había dormido. Su cuerpo estaba fresco y distendido, quizá por acción del calor. El sol a través del sedal de las cortinas bendecía cada esquina de una manera plácida. No había rastros de sueño, ni en sus párpados ni en los cráteres de su mente; al confirmar la hora, entonces, se sintió feliz de estar tan vivo a tan temprana hora. Eran las siete y cincuenta.
Tras la ducha, pasó un buen rato tratando de hacerse entender con el empleado de recepción; Leo quería un par de huevos revueltos, pero la cocina manejaba cuatro clases de huevos, y la palabra "gallina" no le decía mucho al empleado.
Encendió de nuevo el televisor, aunque, estando en esta otra realidad, los mensajes pasarían a un ritmo ilegible para su cabeza. El presidente daba un discurso sobre un tema cualquiera. Leía una hoja frente a un auditorio lleno de cámaras, luces y la perturbadora presencia de un centenar de ancianos barbudos. Era extraño que la cultura de los países musulmanes obligase a sus súbditos a usar barba; como si no tuviesen el menor sentido de la estética, puntualizó Katz viendo a un jefe de estado con chaqueta raída y camisa abierta.
Con el desayuno ya dispuesto sobre la pequeña mesa auxiliar, él se avocó a continuar su proyecto personal. El hecho de que estuviera trabajando en una crónica no lo obligaba a emplear el cien por ciento de su tiempo en ello. Tomó entonces una de sus libretas de tapas en cuero con una estrella en medio, abrió una caja de esferos y miró a la nada del horizonte procurando ver, en medio de la bruma contaminada de la mañana, el rostro de Erica.
Si quería plasmar una historia, su historia, tendría que empezar por tergiversar algunas situaciones. Una realidad ya vista, ahora revisada, deformada por las lentes convexas de los deseos insatisfechos. Cambiaría nombres propios y unos cuantos sustantivos; pero quería dejar el marco y una estela reconocibles.
Escribió, bajo el subtítulo "Personajes" el primer nombre: Erica Cuervo. Le pareció entonces lo más cercano a Cruz, con un remanente del misterio propio de esta ave que ilustraba bien la profundidad de aquella chica.
Se detuvo tras llenar dos hojitas describiendo, o tratando infructuosamente de describir, la larga cabellera adornada de bucles, las piernas largas y bien formadas, o ese gesto inconciente y provocador que formaban sus labios. Se acercó al teléfono y marcó un número; esperó. Un ruido metálico, luego una voz femenina.
—¿Sí? Se encuentra William, por favor.
La mujer aquella replicó ininteligiblemente en Persa.
—¿William?
—¿Ui-leam?
—Sí.
La bocina golpeó violentamente contra una superficie metálica; resonaron al fondo imprecaciones en persa y luego una voz completamente colombiana.
—¿Qué hubo, qué pasó?
—¿William?
—Aquí Leo Katz; usted me recogió del aeropuerto ayer, ¿se acuerda?
—Ve, vos sos el cachaco.
—Ajá.
Entonces Leonardo le explicó su deseo de recorrer la ciudad entera preferiblemente en un solo día. Pese a las insistencias del taxista sobre la dificultad que entrañaba tratar de conocer una megalópolis como Teherán en un día, Leonardo optó por describirle sus límites monetarios para la realización de aquella crónica.
Quedaron de verse a las diez de la mañana.
La mañana al principio fresca degeneró para Leo en una pesada atmósfera de humeante calidez. De irrespirable calidez. El mundo islámico, al que él definitivamente no pertenecía, se reveló como un gran mar de arena con ciudades que no pasaban de ser espejismos. Así lo veía Katz: esos autos, esas avenidas, el comercio, el ruido, la música aflorando de restaurantes y de artistas callejeros. Le parecía todo tan falso…
—¿En qué piensa, don Leonardo?
William sonreía amablemente desde el espejo retrovisor.
—El calor es insoportable —respondió; y le costó mucho pronunciar esas sílabas contadas. El vehículo avanzaba sin interrupciones pese a la marea humana que atravesaba el asfalto sin consideración con los conductores que se veían obligados a frenar de un momento al otro ante la envestida de cientos de hombres. Hombres.
—En esta ciudad casi no hay mujeres. ¿Es que ni siquiera pueden salir de la casa?
—No, hombre. Están por todos lados; pero la verdad es que muchas no se atreven a salir sin el marido. Y las que lo hacen lo hacen en grupo, como esas…
Señaló con el brazo extendido hacia la derecha. Cuatro oscuras formas ataviadas con un traje de formas indescifrables, más con aspecto de monjas ortodoxas que de mujeres libres, transitaban a paso presuroso por un corredor muy estrecho entre dos viejas casas hasta perderse camino arriba a la entrada de un laberinto.
Leonardo estaba por preguntar algo. Aquello ya visto fue como una visión; casi como suelen representarse los sueños en el cine. Llegando al distrito comercial de Elahieh se reincorporaron a la autopista, sobrepasando con ello los tediosos cuarenta kilómetros por hora.
—Muchos edificios ahí —dijo por lo bajo Leo al contemplar al menos una docena de blancas torres con diseño de los ochentas—. ¿Es ése el distrito de negocios?
—Pues no exactamente. Ahí por esos lados lo que hay son embajadas, clubes de extranjeros y esas vainas.
—Vamos por allá —ordenó Leo inconcientemente, ya que no era alguien acostumbrado a tener sirvientes. Quizá no debería perder el tiempo en aquel distrito, pero allí se veía algo de fresco verdor y occidentalismo.
Al subir al puente del cruce Modaress desviaron a la derecha y tras una curva aceleraron hacia el norte. Todo parecía mejorar al avanzar al norte. Igual que en Bogotá.
Durante los siguientes diez minutos Leonardo Katz pudo ver la embajada rusa, oculta tras un perímetro defensivo de árboles. Las embajadas de Bélgica, Suiza; media docena de clubes privados. Escuelas para niños ricos con campestres aires británicos. La gigantesca embajada turca en un sector tan silencioso como los bosques de Alaska en un verano sin turistas. Calles elegantes y residencias de estilo americano desperdigadas sin conjunto con lustrosos autos en las entradas.
Terminaron saliendo en Meidan Tajrish, y allí, antes de pasar el cruce para regresar al oeste, William le sugirió a Katz ir al bazar del distrito Ghaem. Así pasaron el cruce y estacionaron en el hospital Shohada.
El lugar impresionó a Leo. Aquel mercado era esa clase de puntos que suelen agradar a los visitantes extranjeros de cualquier nación. El sitio era todo color y movimiento; siendo las plazas de mercado en Colombia (o al menos en Bogotá) sitios lúgubres y húmedos como viejos estacionamientos, regentados por campesinos de apocada mirada y manos cubiertas de tierra, la mayor parte de quienes compran al detal optan por visitar los animados e impecables supermercados. Mas esto le cambia el punto de vista a cualquiera: el techo estaba en lo alto, como una iglesia o una mezquita; vidrios decorados con diseños orientales que bañarían todo el recinto de luz si aquel antiguo puesto de ventas no estuviese rodeado de otros tantos edificios que lo superaban en altura. Abajo entonces la iluminación corría a cargo de centenares de bombillas colgantes sobre cada uno de los puestos. Racimos luminosos que provocaban una explosión de color en aquellas pilas de verduras y frutas ordenadas y a la vez caóticas como una paleta de miles de tonos.
Por otro lado allí se evidenciaba la existencia de las mujeres.
Vestían igualmente de oscuro, aunque tonos de sepia y grises o apagados rojo sangre se combinaban hasta en los paños que cubrían sus cabezas. Caminando entre la gente atascada entre corredores, él se puso a analizar esos rostros, aunque esto resultó más complicado de lo que pensó: esas caras, esas miradas, esos labios, eran tan disímiles como sólo pueden serlo quizá en las calles de América. Lo único que compartían quizá eran unos enormes ojos, de mirada desbordada de curiosidad; como si todo lo que se les presentara a la vista fuera siempre nuevo y fascinante.
Por demás, el ruido y el constante galope de la vida humana concentrada no eran del gusto de Leonardo. Nunca se había sentido bien ni en conciertos ni en manifestaciones, ni siquiera en iglesias o sitios demasiado turísticos. William era su guía. Aún en medio de las miles de voces en un idioma que no comprendía, su tono de eses arrastradas con el timbre propio de un sujeto robusto alcanzaba efectivamente sus tímpanos. Le contaba entonces que, aunque estaba acostumbrado a ir a las grandes bodegas para aprovisionarse de víveres y abarrotes para el restaurante de su esposa, visitaba, cuando su trabajo le permitía, el mercado de Ghaem, y allí compraba ciertas especias imposibles de encontrar en otros puntos de Teherán sin tener que pagar por estos casi el triple de su verdadero valor.
Los gritos de los vendedores, la feroz música de cuerda escapando de una grabadora colgante, el humo de docenas de cigarros transformados en procesiones de chimeneas, las risas y el continuo paso de niños y más niños jugando fútbol en una cancha sin límites, sin arcos ni árbitros, tenían a Katz a un paso de la claustrofobia general. William lo notó y le sugirió ir a la terraza.
Antiguas mesas y antiguas sillas en lo que parecía un café parisino de los años treinta. El taxista y el agente secreto pidieron bebidas soda y se apoyaron en la terraza para observar las cumbres nevadas de la sierra iraní.
—Eso es lo único que le falta a Bogotá. Montañas así, cubiertas de nieve. Se verían muy del carajo, e incluso se podría ir uno a esquiar —dijo Leonardo a la vez que rechazaba un cigarrillo Camel ofrecido por su guía.
—¿Hasta ahora qué te parece la ciudad?
—Que debe ser más tolerable en invierno; o al menos en otoño.
La gaseosa tenía un sabor raro, los autos en la avenida eran viejos, y una nube de olor a comida completaba el clima.
—Para mi investigación voy a necesitar ir a un par de puntos que pueden no ser muy turísticos.
—Decime pues.
—Una es la universidad Tecnológica de Ariamehr; me gustaría ver a algunos estudiantes y… no sé, hablar con ellos.
—Ariamehr, Ariamehr…
—El otro es un sitio que llaman “El Cielo”. Ya no me acuerdo cómo se llama en persa, pero en español traduce algo así como “El Cielo”
—Ariamehr, Ariamehr… ¿el Cielo, dijiste?
—Por ahí lo escuché. ¿Es difícil de encontrar?
William dejó de contemplar las montañas, se dio media vuelta dándole la espalda a estas y a su botella de soda, se cruzó de brazos y miró detalladamente a todos los presentes en la terraza.
—Mirá, el problema es que ése es un sitio como para gente elegante, ¿sí? Como para gente como de mucha altura. No digo que vos no seas un tipo muy bacan; pero El Cielo es más bien para gente de mucha plata: extranjeros, árabes ricos, hombres de negocios… toda esa gente que puede pagar por estar un ratico con las niñas lindas.
—Entonces sí sabe qué sitio es ese.
—El asunto sardino que tiene que tener en cuenta, si va escribir sobre ese lugar, es que el sitio no es legal, ¿me entiende? Ahí no puede ir cualquiera que se le pueda ir la lengua a contar quiénes son los miembros del club o en dónde queda. Por lo mismo los dueños son requetecerrados en lo de la seguridad.
—Bueno listo, digamos que el sitio es inaccesible. Pero el hecho de que usted lo conozca ya dice mucho de la confidencialidad… digo, sin ofender.
—Ah, papá… pero es que taxista que no se conozca los burdeles de la ciudad es que no tiene ni idea de este oficio. Sí claro, yo he llevado a algunas niñas allá; igual que a la gente que trabaja por ahí en la entrada; o sea, los de seguridad y eso.
—Quiero entrar.
—No… no está ni tibio moacho.
—Pero qué lo impide.
—Pelao, no le estoy diciendo que el sitio es sólo pa’ los duros.
—Algo deben tener. Como una tarjeta, un pase, una contraseña. Digamos: yo soy un tipo podrido en plata; tengo que hacer negocios en esta ciudad y uno de mis socios me ha contado del sitio, ¿sí? Tengo toda la plata del mundo ¿y qué?
William se rascaba la cabeza y sus cejas permanecían fruncidas a todo lo largo de la pregunta de Katz. Éste no sabía si aquello era por el sol o simplemente estaba molesto por haberle inmiscuido en tan peligrosa conversación. Cuando Leo guardó silencio el conductor se dio la vuelta y quedó mirando de nuevo hacia el vacío. Hizo un gesto con la cabeza para que Leonardo se le acercara y poderle hablar al oído.
—El sitio no tiene una sede, ¿entendés? Los dueños van de edificio en edificio, arriendan pisos enteros y no le dicen a nadie para qué los usan. Los decoran y luego los devuelven tal y como se los entregaron. El Cielo —y de pronto por eso le pusieron ese nombre—, no está fijo, sino que se mueve, es sólo que siempre está arriba, bien alto.
—Y cómo contactan la gente. O cómo hace la gente para ir.
—Es que si voz sos socio a ti te informan de la vaina por Internet. Te mandan un correo y ahí es donde les dicen todo, ¿sí? Dónde es el sitio, a qué hora empiezan, esas vainas.
—A usted no le llegan esos correos, ¿no?
—No mijo, qué tal.
—Tiene que llevar a alguien en estos días, u hoy…
—No. Vea, las únicas veces que he ido han sido porque he tenido que llevar a alguien que trabaja ahí, y listo.
—¿Y esa gente lo llama?
—Sí, pero ni piense que yo voy a llamarlos a ellos. Ni de vainas.
—Espere, espere. Sí yo pudiera averiguar el sitio y la hora, ¿usted me recogería y me llevaría? Así, como cliente.
—Sí, claro.
—Entonces, qué más necesita.
—A mi me prestan un carro bien pinta cuando tengo que llevar a los invitados a fiestas elegantes, y es el que he usado cuando tengo que llevar a algún duro al Cielo. Lo que le tocaría sería conseguirse un esmoquin, o frac, o cómo le llamen a eso.
—Por eso no hay problema.
—Listo.
Leonardo meditó un rato más en aquella terraza. William fue por su tercer paquete de cigarrillos. Una brisa desértica envolvía a los clientes a esa hora, la mayoría escondidos bajo la sombra de la tarde. Lo que esperaba conseguir Leo no era fácil, pero tampoco era nada del otro mundo; esperaba tan sólo no estar metiendo la pata, o inmiscuyéndose en lo que no debía. La orden la había dado el coronel, cierto, pero Thomas Jefferson nunca le había dicho que lo tuviese a él al mando. Pero, considerando su actual situación, ese hombre era el único equipo con el que contaba.
Se sintió mucho mejor en la mañana pese a lo poco que había dormido. Su cuerpo estaba fresco y distendido, quizá por acción del calor. El sol a través del sedal de las cortinas bendecía cada esquina de una manera plácida. No había rastros de sueño, ni en sus párpados ni en los cráteres de su mente; al confirmar la hora, entonces, se sintió feliz de estar tan vivo a tan temprana hora. Eran las siete y cincuenta.
Tras la ducha, pasó un buen rato tratando de hacerse entender con el empleado de recepción; Leo quería un par de huevos revueltos, pero la cocina manejaba cuatro clases de huevos, y la palabra "gallina" no le decía mucho al empleado.
Encendió de nuevo el televisor, aunque, estando en esta otra realidad, los mensajes pasarían a un ritmo ilegible para su cabeza. El presidente daba un discurso sobre un tema cualquiera. Leía una hoja frente a un auditorio lleno de cámaras, luces y la perturbadora presencia de un centenar de ancianos barbudos. Era extraño que la cultura de los países musulmanes obligase a sus súbditos a usar barba; como si no tuviesen el menor sentido de la estética, puntualizó Katz viendo a un jefe de estado con chaqueta raída y camisa abierta.
Con el desayuno ya dispuesto sobre la pequeña mesa auxiliar, él se avocó a continuar su proyecto personal. El hecho de que estuviera trabajando en una crónica no lo obligaba a emplear el cien por ciento de su tiempo en ello. Tomó entonces una de sus libretas de tapas en cuero con una estrella en medio, abrió una caja de esferos y miró a la nada del horizonte procurando ver, en medio de la bruma contaminada de la mañana, el rostro de Erica.
Si quería plasmar una historia, su historia, tendría que empezar por tergiversar algunas situaciones. Una realidad ya vista, ahora revisada, deformada por las lentes convexas de los deseos insatisfechos. Cambiaría nombres propios y unos cuantos sustantivos; pero quería dejar el marco y una estela reconocibles.
Escribió, bajo el subtítulo "Personajes" el primer nombre: Erica Cuervo. Le pareció entonces lo más cercano a Cruz, con un remanente del misterio propio de esta ave que ilustraba bien la profundidad de aquella chica.
Se detuvo tras llenar dos hojitas describiendo, o tratando infructuosamente de describir, la larga cabellera adornada de bucles, las piernas largas y bien formadas, o ese gesto inconciente y provocador que formaban sus labios. Se acercó al teléfono y marcó un número; esperó. Un ruido metálico, luego una voz femenina.
—¿Sí? Se encuentra William, por favor.
La mujer aquella replicó ininteligiblemente en Persa.
—¿William?
—¿Ui-leam?
—Sí.
La bocina golpeó violentamente contra una superficie metálica; resonaron al fondo imprecaciones en persa y luego una voz completamente colombiana.
—¿Qué hubo, qué pasó?
—¿William?
—Aquí Leo Katz; usted me recogió del aeropuerto ayer, ¿se acuerda?
—Ve, vos sos el cachaco.
—Ajá.
Entonces Leonardo le explicó su deseo de recorrer la ciudad entera preferiblemente en un solo día. Pese a las insistencias del taxista sobre la dificultad que entrañaba tratar de conocer una megalópolis como Teherán en un día, Leonardo optó por describirle sus límites monetarios para la realización de aquella crónica.
Quedaron de verse a las diez de la mañana.
La mañana al principio fresca degeneró para Leo en una pesada atmósfera de humeante calidez. De irrespirable calidez. El mundo islámico, al que él definitivamente no pertenecía, se reveló como un gran mar de arena con ciudades que no pasaban de ser espejismos. Así lo veía Katz: esos autos, esas avenidas, el comercio, el ruido, la música aflorando de restaurantes y de artistas callejeros. Le parecía todo tan falso…
—¿En qué piensa, don Leonardo?
William sonreía amablemente desde el espejo retrovisor.
—El calor es insoportable —respondió; y le costó mucho pronunciar esas sílabas contadas. El vehículo avanzaba sin interrupciones pese a la marea humana que atravesaba el asfalto sin consideración con los conductores que se veían obligados a frenar de un momento al otro ante la envestida de cientos de hombres. Hombres.
—En esta ciudad casi no hay mujeres. ¿Es que ni siquiera pueden salir de la casa?
—No, hombre. Están por todos lados; pero la verdad es que muchas no se atreven a salir sin el marido. Y las que lo hacen lo hacen en grupo, como esas…
Señaló con el brazo extendido hacia la derecha. Cuatro oscuras formas ataviadas con un traje de formas indescifrables, más con aspecto de monjas ortodoxas que de mujeres libres, transitaban a paso presuroso por un corredor muy estrecho entre dos viejas casas hasta perderse camino arriba a la entrada de un laberinto.
Leonardo estaba por preguntar algo. Aquello ya visto fue como una visión; casi como suelen representarse los sueños en el cine. Llegando al distrito comercial de Elahieh se reincorporaron a la autopista, sobrepasando con ello los tediosos cuarenta kilómetros por hora.
—Muchos edificios ahí —dijo por lo bajo Leo al contemplar al menos una docena de blancas torres con diseño de los ochentas—. ¿Es ése el distrito de negocios?
—Pues no exactamente. Ahí por esos lados lo que hay son embajadas, clubes de extranjeros y esas vainas.
—Vamos por allá —ordenó Leo inconcientemente, ya que no era alguien acostumbrado a tener sirvientes. Quizá no debería perder el tiempo en aquel distrito, pero allí se veía algo de fresco verdor y occidentalismo.
Al subir al puente del cruce Modaress desviaron a la derecha y tras una curva aceleraron hacia el norte. Todo parecía mejorar al avanzar al norte. Igual que en Bogotá.
Durante los siguientes diez minutos Leonardo Katz pudo ver la embajada rusa, oculta tras un perímetro defensivo de árboles. Las embajadas de Bélgica, Suiza; media docena de clubes privados. Escuelas para niños ricos con campestres aires británicos. La gigantesca embajada turca en un sector tan silencioso como los bosques de Alaska en un verano sin turistas. Calles elegantes y residencias de estilo americano desperdigadas sin conjunto con lustrosos autos en las entradas.
Terminaron saliendo en Meidan Tajrish, y allí, antes de pasar el cruce para regresar al oeste, William le sugirió a Katz ir al bazar del distrito Ghaem. Así pasaron el cruce y estacionaron en el hospital Shohada.
El lugar impresionó a Leo. Aquel mercado era esa clase de puntos que suelen agradar a los visitantes extranjeros de cualquier nación. El sitio era todo color y movimiento; siendo las plazas de mercado en Colombia (o al menos en Bogotá) sitios lúgubres y húmedos como viejos estacionamientos, regentados por campesinos de apocada mirada y manos cubiertas de tierra, la mayor parte de quienes compran al detal optan por visitar los animados e impecables supermercados. Mas esto le cambia el punto de vista a cualquiera: el techo estaba en lo alto, como una iglesia o una mezquita; vidrios decorados con diseños orientales que bañarían todo el recinto de luz si aquel antiguo puesto de ventas no estuviese rodeado de otros tantos edificios que lo superaban en altura. Abajo entonces la iluminación corría a cargo de centenares de bombillas colgantes sobre cada uno de los puestos. Racimos luminosos que provocaban una explosión de color en aquellas pilas de verduras y frutas ordenadas y a la vez caóticas como una paleta de miles de tonos.
Por otro lado allí se evidenciaba la existencia de las mujeres.
Vestían igualmente de oscuro, aunque tonos de sepia y grises o apagados rojo sangre se combinaban hasta en los paños que cubrían sus cabezas. Caminando entre la gente atascada entre corredores, él se puso a analizar esos rostros, aunque esto resultó más complicado de lo que pensó: esas caras, esas miradas, esos labios, eran tan disímiles como sólo pueden serlo quizá en las calles de América. Lo único que compartían quizá eran unos enormes ojos, de mirada desbordada de curiosidad; como si todo lo que se les presentara a la vista fuera siempre nuevo y fascinante.
Por demás, el ruido y el constante galope de la vida humana concentrada no eran del gusto de Leonardo. Nunca se había sentido bien ni en conciertos ni en manifestaciones, ni siquiera en iglesias o sitios demasiado turísticos. William era su guía. Aún en medio de las miles de voces en un idioma que no comprendía, su tono de eses arrastradas con el timbre propio de un sujeto robusto alcanzaba efectivamente sus tímpanos. Le contaba entonces que, aunque estaba acostumbrado a ir a las grandes bodegas para aprovisionarse de víveres y abarrotes para el restaurante de su esposa, visitaba, cuando su trabajo le permitía, el mercado de Ghaem, y allí compraba ciertas especias imposibles de encontrar en otros puntos de Teherán sin tener que pagar por estos casi el triple de su verdadero valor.
Los gritos de los vendedores, la feroz música de cuerda escapando de una grabadora colgante, el humo de docenas de cigarros transformados en procesiones de chimeneas, las risas y el continuo paso de niños y más niños jugando fútbol en una cancha sin límites, sin arcos ni árbitros, tenían a Katz a un paso de la claustrofobia general. William lo notó y le sugirió ir a la terraza.
Antiguas mesas y antiguas sillas en lo que parecía un café parisino de los años treinta. El taxista y el agente secreto pidieron bebidas soda y se apoyaron en la terraza para observar las cumbres nevadas de la sierra iraní.
—Eso es lo único que le falta a Bogotá. Montañas así, cubiertas de nieve. Se verían muy del carajo, e incluso se podría ir uno a esquiar —dijo Leonardo a la vez que rechazaba un cigarrillo Camel ofrecido por su guía.
—¿Hasta ahora qué te parece la ciudad?
—Que debe ser más tolerable en invierno; o al menos en otoño.
La gaseosa tenía un sabor raro, los autos en la avenida eran viejos, y una nube de olor a comida completaba el clima.
—Para mi investigación voy a necesitar ir a un par de puntos que pueden no ser muy turísticos.
—Decime pues.
—Una es la universidad Tecnológica de Ariamehr; me gustaría ver a algunos estudiantes y… no sé, hablar con ellos.
—Ariamehr, Ariamehr…
—El otro es un sitio que llaman “El Cielo”. Ya no me acuerdo cómo se llama en persa, pero en español traduce algo así como “El Cielo”
—Ariamehr, Ariamehr… ¿el Cielo, dijiste?
—Por ahí lo escuché. ¿Es difícil de encontrar?
William dejó de contemplar las montañas, se dio media vuelta dándole la espalda a estas y a su botella de soda, se cruzó de brazos y miró detalladamente a todos los presentes en la terraza.
—Mirá, el problema es que ése es un sitio como para gente elegante, ¿sí? Como para gente como de mucha altura. No digo que vos no seas un tipo muy bacan; pero El Cielo es más bien para gente de mucha plata: extranjeros, árabes ricos, hombres de negocios… toda esa gente que puede pagar por estar un ratico con las niñas lindas.
—Entonces sí sabe qué sitio es ese.
—El asunto sardino que tiene que tener en cuenta, si va escribir sobre ese lugar, es que el sitio no es legal, ¿me entiende? Ahí no puede ir cualquiera que se le pueda ir la lengua a contar quiénes son los miembros del club o en dónde queda. Por lo mismo los dueños son requetecerrados en lo de la seguridad.
—Bueno listo, digamos que el sitio es inaccesible. Pero el hecho de que usted lo conozca ya dice mucho de la confidencialidad… digo, sin ofender.
—Ah, papá… pero es que taxista que no se conozca los burdeles de la ciudad es que no tiene ni idea de este oficio. Sí claro, yo he llevado a algunas niñas allá; igual que a la gente que trabaja por ahí en la entrada; o sea, los de seguridad y eso.
—Quiero entrar.
—No… no está ni tibio moacho.
—Pero qué lo impide.
—Pelao, no le estoy diciendo que el sitio es sólo pa’ los duros.
—Algo deben tener. Como una tarjeta, un pase, una contraseña. Digamos: yo soy un tipo podrido en plata; tengo que hacer negocios en esta ciudad y uno de mis socios me ha contado del sitio, ¿sí? Tengo toda la plata del mundo ¿y qué?
William se rascaba la cabeza y sus cejas permanecían fruncidas a todo lo largo de la pregunta de Katz. Éste no sabía si aquello era por el sol o simplemente estaba molesto por haberle inmiscuido en tan peligrosa conversación. Cuando Leo guardó silencio el conductor se dio la vuelta y quedó mirando de nuevo hacia el vacío. Hizo un gesto con la cabeza para que Leonardo se le acercara y poderle hablar al oído.
—El sitio no tiene una sede, ¿entendés? Los dueños van de edificio en edificio, arriendan pisos enteros y no le dicen a nadie para qué los usan. Los decoran y luego los devuelven tal y como se los entregaron. El Cielo —y de pronto por eso le pusieron ese nombre—, no está fijo, sino que se mueve, es sólo que siempre está arriba, bien alto.
—Y cómo contactan la gente. O cómo hace la gente para ir.
—Es que si voz sos socio a ti te informan de la vaina por Internet. Te mandan un correo y ahí es donde les dicen todo, ¿sí? Dónde es el sitio, a qué hora empiezan, esas vainas.
—A usted no le llegan esos correos, ¿no?
—No mijo, qué tal.
—Tiene que llevar a alguien en estos días, u hoy…
—No. Vea, las únicas veces que he ido han sido porque he tenido que llevar a alguien que trabaja ahí, y listo.
—¿Y esa gente lo llama?
—Sí, pero ni piense que yo voy a llamarlos a ellos. Ni de vainas.
—Espere, espere. Sí yo pudiera averiguar el sitio y la hora, ¿usted me recogería y me llevaría? Así, como cliente.
—Sí, claro.
—Entonces, qué más necesita.
—A mi me prestan un carro bien pinta cuando tengo que llevar a los invitados a fiestas elegantes, y es el que he usado cuando tengo que llevar a algún duro al Cielo. Lo que le tocaría sería conseguirse un esmoquin, o frac, o cómo le llamen a eso.
—Por eso no hay problema.
—Listo.
Leonardo meditó un rato más en aquella terraza. William fue por su tercer paquete de cigarrillos. Una brisa desértica envolvía a los clientes a esa hora, la mayoría escondidos bajo la sombra de la tarde. Lo que esperaba conseguir Leo no era fácil, pero tampoco era nada del otro mundo; esperaba tan sólo no estar metiendo la pata, o inmiscuyéndose en lo que no debía. La orden la había dado el coronel, cierto, pero Thomas Jefferson nunca le había dicho que lo tuviese a él al mando. Pero, considerando su actual situación, ese hombre era el único equipo con el que contaba.
