Tuesday, May 22, 2007

Capítulo XIX. El Piso Veintisiete

Sí, sólo veintisiete; imposible subir más. Cuando la caja quedó aprisionada por los frenos, una onomatopeya metálica le congeló las tripas. Bajo la campanada sintetizada que anunciaba el abrir de las compuertas Leo Katz se llenó de valor; inspiró el aire viciado del corredor oloroso a papel y cigarrillo, golpeó el puño cerrado de su mano derecha contra la palma abierta de la izquierda y se lanzó de frente contra el gorila que custodiaba el portón marcado con la cifra 33 en dorado.

—Busco al señor Benazi -aseguró Leo con el mismo tono con el que solía buscar empleo: tajante, en el inglés que consideró más propio de la Costa Este.
—¿Name?
—Leonardo Katz.

Muy despacio y casi en susurro el guardián de cabeza rapada y pequeños ojos porcinos repitió a su micrófono de solapa el nombre de aquel joven de barba rala, cabello negro y ojos inmutables.

Por unos... treinta segundos, que parecieron treinta minutos, en el más absoluto de los silencios ambos hombres se clavaron la vista el uno al otro.
¿Y si está armado? ¿Y si la respuesta que cruce el éter y resuene en su audífono le demandan prohibirme el paso? Estuvo por preguntarse Leo, mas antes la respuesta le entraba al paquidermo en su cerebro de alcachofa. Dio un paso a la derecha y el cerrojo giró como la manecilla de un reloj.
Primero, al pasar a pocos centímetros del guardián, los bajos lo alcanzaron con un ritmo indefinible. Luego un piano jugueteaba alegre, unas risas lo acompañaban. Mujeres.

Como sumergirse en magma, pensó Leo, una inmersión en un ambiente sumamente denso pero increíblemente atractivo. Sus zapatos impecables pisaban una alfombra tan profunda como una cabellera. Lámparas de refulgores como atardeceres; tono ambarino en los muros de blanco perla. Un saxofón in crescendo y el joven Katz dejándose llevar. El Cielo sonaba bien.

Se detuvo y miró al suelo; quería ir despacio, pero también tenía curiosidad por aquella textura. La rozó con los dedos y se dijo que estaba bien para pasearse sobre ella cuando se llega agotado del trabajo. Como los bordes estaban ligeramente recostados contra los guardaescobas, Leo sintió el deseo de saber si aquel suelo había sido puesto allí recientemente. En efecto. Abajo el pasillo estaba cubierto por una alfombra de tráfico pesado hecha para soportar el trajinar diario de una oficina; una burda superficie en nylon.
También las lamparitas, al parecer. Aquellas pantallas con trazos de caligrafía japonesa y vistas del Fujiyama no sólo estaban apresuradamente adosadas a la pared por encima de las líneas de poder de las luces de halógeno estándar, sino que eran tan nuevas que una de ellas conservaba un trozo de cuerda de la tirilla de compra. La artificialidad del sitio no le restaba mérito; a ojos de un cualquiera se estaba en un palacio.

Piso comercial alquilado por días, convertido en burdel por noches. "Cuando me jubile montaré uno igual en Bogotá" pensó él mientras sonreía por primera vez en la noche.

Aquel corredor desembocaba en un balcón. Apoyó las manos en la baranda de frío hierro forjado y dejó correr la vista por el amplio salón: en el medio había una fuente diamantina carente de agua, sólo pastelillos y galletería variada; chocolates y caramelos blandos girando al alance de todos. Los hombres que estaban junto a esta cascada de almíbar eran ya mayores, sin pelo o de cabelleras clareadas hasta el color de la nieve, cada uno en compañía de alguna damita de ojos rasgados e innata flexibilidad envueltas en trajes de satín rojo. Bombones y más bombones.

Sin separarse del barandal, dando pasos cortos y un tanto trémulos, Leonardo Katz llevaba sus ojos de un punto al otro de lo que parecía el salón más enorme que había visto en su vida. Las ventanas eran el perímetro defensivo contra esa ciudad salvaje de costumbres erizadas por el brazo secular. Las lamparitas japonesas estaban igualmente repartidas en todas las columnas brindando su calidez a cada centímetro cúbico del área. Habían sillas, sillones, poltronas, sofás, algunos de estos tan largos para que en ellos se tendieran cómodamente hasta cinco bellezas de rubias cabelleras en cascada. Pero desde su posición, en descenso, Katz lo único que podía ver eran hombres. Viejos, maduros, jóvenes y atléticos, todos en traje cruzado y corbata negra. La presencia de no-occidentales parecía estar descartada.
Una camarera le salió al paso en cuanto hubo quitado sus pies del primer escalón. Era más baja que él; su piel y sus ojos la delataban como palestina, iraquí o egipcia. Sin ser un conocedor de razas, Leonardo usó sus conocimientos extraídos de National Geographic. Los pómulos altos y los ojos bien bordeados de negro le daban más un aspecto simpático pero no seductor; sin duda estaba sólo para ofrecer canapés.

Otras dos iguales estaban encargadas de servir copas en una mesa de mil puestos extendida hasta el confín del mundo. La tarea no terminaba jamás para el par de chicas que, por carecer de mayores atributos, pasaban la noche en blanco siguiendo un proceso mecánico de llenar copas con algo que juzgado de un vistazo podía ser considerado champaña. Leo tomó una copa: asqueroso; le importó un carajo si la habían importado del Elíseo, simplemente prefería la cerveza o un chardoné. Si no se deshizo de la copa era porque la necesitaba para dar la apariencia de ser nada.

Es como otra de esas presentaciones de libros a las que no fui invitado, pensó, aunque prefería estar ahora mismo en una. No era cobardía, agregó, sino conveniencia: por qué diablos no habían enviado a un espía de verdad, o al menos a un periodista de verdad. Sin respuestas fue a buscar un lugar donde sentarse y poder observar con calma.

Surcando entre la marea presente Leo Katz procuró fijarse en las conversaciones. Los grupos más jóvenes parloteaban en francés e italiano; tanto el movimiento de sus manos, como la tendencia a empinarse un poco y a subir la voz para acallar a sus interlocutores, dejaban ver en estos la impaciencia innata de la juventud: nuevos ricos, hijos de banqueros o estudiantes recién graduados viajan a medio oriente donde sus papis millonarios tienen puestas sus miras. Tanto trabajo agota... ¡pasemos una noche en el cielo!

Los hombres maduros son viejos zorros. Sin canas pero con sin la chispa que relumbra en los menores de treinta, estos sujetos hablan con calma, visten con elegancia trajes sencillos, y sus lenguas son un continuo proyector de terminología bursátil y mercadotecnista en inglés, lengua madre, hija, esposa, amante de los FBT. Viajando de un extremo a otro del mundo, empacando y desempacando, enviando postales de lugares exóticos a sus esposas rubias y a sus hijos fotogénicos en sus casas de ensueño. Aquí, lejos de ser los padres que arrojan pelotas de fútbol a sus hijos en los fines de semana con barbacoa incluida son los ajetreados adictos a las ventas que necesitan, como todo hombre, los brazos de una desconocida.

Y los viejos, claro. Entre ellos ya no hay guerras; diplomáticos... charlan con todo el tiempo del mundo acerca del pasado en el que podían sentir amor a cosas etéreas, a estados y banderas; y odio, claro, a estados y banderas cuando no a algún político quizá muy liberal. El pasado, el pasado, y sus viejas bibliotecas en sus viejas dachas, o chales con las ancianas que la sociedad les impuso como esposas en salones decorados como este burdel de Medio Oriente. En ruso se bebe vodka, en inglés británico whiskey (escocés, no irlandés, please), en alemán, francés o italiano suizo se toma cualquier cosa. ¡Ah, que viejos nos hemos puesto, Piotr Mandelevich! Y las muñequitas que aprietan bajo sus extremidades de oso son apenas pieles para relajar el tacto, ya que hace tiempo, como sus respectivas naciones, su artillería se volvió el recuerdo sepia de una época fallecida.

Se podían pasar por alto a los asiáticos —para usar una expresión colombiana: están presentes hasta en la corrida de un catre—, y uno que otro latino temeroso siempre de mostrar quién es; quizá algún político colombiano, venezolano, peruano, mexicano. Entre sus salones, en Lima o Quito, tendrán siempre la sonrisa brotada y el peso de ser señor ministro, honorable congresista, excelentísimo señor presidente. Acá son apenas unos mequetrefes oscilando en un mundo que les queda demasiado grande.

Mierda, si pudiese escribir todo esto para S...

Leonardo dejó la copa con las otras tantas ya vacías que en un minuto serían limpiadas y puestas de nuevo en la línea de acción. Se acercó a la fuente central y buscó chocolates; las risas grotescas lo abrumaban, el olor a fruta selvática de las tailandesas era demasiada tentación y los chocolates no aparecían por ningún lado. Se quedó con una galleta de pasas y almendras.
Lo difícil no sería plasmar en aquella revista a estos tipos que gastan el producto del trabajo de otros en algo que pueden conseguir más barato a nivel local. El esnobismo es una enfermedad grave. Pero con las mujeres es otro cantar: ¿qué sería del Aceman sin estas huríes, tan bellas como rubíes y perlas? Parecía este un evento de los tantos que se realizan alrededor de Miss Universo: mujeres de todos los mundos de la Galaxia Humana en trajes únicos de sus diseñadores locales. Cabelleras largas y sonrisas fijas. La variedad estaba únicamente en el vestuario: sin importar su origen étnico todas buscaban un equilibrio entre el exótico tono almendra y el fascinante blanco vainilla.

Nada de jeans, nada de pantalones, por muy elegantes que fueran. Cero trajes de fantasía femenina o de fantasía masculina (adiós enfermeras, azafatas y mucamas). Nada revelador, no estamos en la playa. Los escotes deben insinuar formas y no enseñar detalles; igual para las faldas, lo mejor es que suban por un costado y caigan a los pies por el otro. Se permiten los accesorios, pero estos dependen de la identidad de la chica, como lo pudo constatar Leonardo: con un cuadro de Manet en el medio una rubia de peinado alto, traje negro de estrellas diminutas y los ojos de una modelo de joyas hablaba con una trigueña bajita y flaca de encantadores rasgos americanos con dos trenzas a lado y lado que le colgaban sobre el collares y más collares de cuentas de todo tipo.

El aspecto de la pocahontas provocó que Leonardo pensara en hacer lo que, al fin de cuentas, todos los hombres vienen a hacer. La conversación entre la princesa sueca y la princesa cheyenne parecía tan animada que Katz prefirió no intervenir y recordar más bien que venía en busca de información y no de sexo. ¿Y si combinaba ambas cosas? Ni pensarlo: el costo superaría la ganancia, y, realmente, aquella noche no le hacía falta, no tanto al menos como un buen argumento para transmitírselo a los hombres grises de Langley.
Pensándolo mejor quizá el plan correcto era empezar hablando con las mujeres. Y, olvidando el riesgo de que una de aquellas bellezas lo hicieran hablar a él, enfocó su atención a unos ojos grises que centellaban en medio de una cara de tez cetrina. Muy tarde, un quarterback de Yale se acomodó a su lado como un perro consentido; la chica, como se haría con un perro, le acarició la cabellera y escuchó sus tonterías.

Aquella pócima que estaba bebiendo, con todo y sus burbujas, no le estaban cayendo bien a su estómago. El licor de los millonarios estaba hecho tal vez para los que basan su dieta en kilos de scargot y caviar. Por el contrario, entregar semejante bebida a alguien que pasa sus noches con hamburguesas y papas pastusas, se desayuna con caldo de costilla y suele caer en la tentación casual de una fritanga, tal contacto parecía semejante al dejar caer acero derretido en un pozo de agua helada.

Katz optó por estar sólo un rato y replantear toda su estrategia. Fue en busca de la ventana mientras daba cuenta de lo que quedaba de la galleta con una lenta masticación.

Sin ser Las Vegas, aquella sector de Teherán parecía un avispero de luces y actividad nocturna. Muchos edificios permanecían encendidos y sus líneas de blanco polar afirmaban una increíble proactividad empresarial. La autopista estaba condenada a una oclusión que corría el riesgo de hacerse aguda: los puntitos rojos avanzaban cada vez menos y sus estancias fijas parecían cada vez más largas. Al menos un centenar de establecimientos con emblemas luminosos en color eran el reflejo de imparable actividad. Un cuadro que a Leonardo Katz siempre le había gustado.

—De noche cualquier ciudad es mágica, ¿no?

Leonardo se puso rígido ante el intempestivo surgimiento de aquella voz. Era juvenil, teñida de un extraño tono de madurez que estiraba las palabras una a una. Buscó confirmación a la primera imagen que le propuso su mente: la de una belleza italiana de cabello ébano, piel clara y ojos mate de brillantez abrumadora. La realidad... la realidad resultó más apabullante: tenía casi un metro con ochenta; los ojos eran enormes y vibrantes, enmarcados en largas pestañas. De facciones maduras, pero sin una sola línea de expresión, desde la frente completamente lisa hasta las comisuras de una boca de impactantes labios pintados con discreción. Su figura completa y de justas proporciones estaba cubierta por un elegante vestido strapless de franjas transparentes alrededor de su esbelta cintura. No parecía una bomba sexual sino más bien la hermosa esposa de algún afortunado.

Los ojos de esta dama increíble abandonaron la contemplación de la capital iraní para ojear a Leonardo. Lo revisó de arriba a abajo y de nuevo hasta la coronilla.

—¿Y tú te llamas? —de nuevo esa voz lo sacudió; no había forma de saber de momento si aquel acento francés era natural o impostado.
—Katz, Leonardo Katz.
—Katz... ¿No eres alemán cierto?
—¿Por qué?
—Bueno, de repente parece que esta ciudad se ha llenado de alemanes.

Un buen dato, pero Leonardo se estaba ahogando con su propia timidez y no lo anotó.

—Colombiano —dijo al fin.

Ella entornó los ojos a un extremo del cuarto mientras su cerebro rebuscaba entre archivos y archivos de datos.

—¿Sur América?
—Sip.

Sonrió, luego lo fue cercando hasta quedar entre él y la ventana: la única forma de escape.

—Déjame adivinar —extendió su brazo derecho como si quisiese tomar el hombro de Leo, pero lo que asió fue una copa de champaña sacada de la nada. Se la llevó a los labios y tras un sorbo ridículamente mínimo continuó—: no eres un millonario. Te falta esa suficiencia que tienen los americanos ricos. Podrías ser el hijo de un político, o de una figura importante; la pregunta sería por qué estas sólo. Más bien —y se acercaba gradualmente lo cual resultaba aterrador—, parece que tienes una misión en tus manos.

No se quedó frío, ni ardía, más bien la temperatura lo abandonó transformándolo en mármol antiguo y una suma de temblores lo asaltaron, como si alguien buscara hacerlo pedazos.

—Lo sabía —finalizó su observación alzando el mentón sensualmente pero sin quitarle los ojos de encima—: periodista.

Eso fue como un baño de agua cálida. El agente secreto se permitió una sonrisa y giró su cabeza en ambas direcciones buscando alguna mesera; ahí estás; y se apoderó de la última copa de la bandeja. La chica palestina regresó a su base para repostar combustible.

—Se ve costoso —dijo él tras fingir que bebía.
—¿Qué cosa?
—Tu vestido
—Es un Modena Plaza. Diseño exclusivo e imposible de conseguir.
—Se hacen ustedes una fortuna aquí, ¿verdad?

Soltó y refrenó su propia risa. Su cabeza se balanceó a ambos costados como desechando la afirmación.

—Todo es cuestión de tener buenos contactos, señor Katz.
—Llámame Leo.

Ella extendió su mano, no con el ánimo de que la estrechara sino que la besara. Era larga, elegante y parecía tener huesos muy firmes. Sólo hubo un roce de labios, pero los destellos de la pulsera con diamantes engastados en ella por poco lo deja ciego.

—Yo soy Irma; como las demás aquí no tengo apellido.

Leonardo soltó la mano, se cruzó de brazos y se quedó mirando la gargantilla de esmeraldas y su constante relumbrar jade de semáforo dañado. Apuntó con su índice al cuello topacio de Irma:

—Lindo. No tengo mayor idea acerca de joyas pero debe valer una barbaridad.
—Gracias... Un regalo de un príncipe sueco.
—¿Viajas? O la realeza te visita.
—Somos una potencia ahora; viene gente de todo el mundo a hacer negocios o a conocer al país independiente más poderoso de la región.

Leo Katz anonadado:
—Veo...
—¿Y cuál es tu excusa?
—El placer que me causa viajar: la comida de los aviones, la espera en los aeropuertos, los encantadores agentes de aduana, y claro la gente con la que me topo en sitios como este.
—¿Esperas toparte con algún famoso aquí?
Leo estuvo a punto de responder, pero algo en aquella conversación no iba bien.
—¿Acaso aquí se leen las revistas occidentales?

Irma soltó algo parecido a un suspiro:

—Bueno...

Y comenzó a caminar muy lentamente, enseñándole a Katz su maravillosa espalda mientras ella perdía los ojos en el paisaje abierto tras el cristal del piso veintisiete.

—... aquí llegan Vogue y Vanity Fair, y GQ y Men's Health. Productos que nos dice la autoridad debemos rechazar como el excedente del mundo descompuesto que es Occidente. Pero lo que son libros, de medicina, de arte, de historia o literatura nos llegan censurados y con precios inalcanzables. ¿Y tú sobre qué escribes?
—No sé... de la vida en general de todo el mundo.
—Umm... ¿qué esperas encontrar aquí?
—Ya lo encontré: te encontré a ti.

Sorprendido por sus propias palabras Leonardo trocó su tono pálido por un fuerte tono de granito bermellón. Se bebió el resto de la copa esperando que el alcohol le extrajese del planeta tierra o que al menos aliviara su vergüenza. Cuando sintió que un violento ataque de tos le subía por la garganta inspiró profundamente; Irma se acercó a una silla sin espaldar, una butaca cuadrada y mullida cubierta de terciopelo rojo. Sentada, con la espalda muy erguida, elegantísima, muy hermosa y pensativa; Leonardo ocupó otro de estos cubos rojos y buscó aquel punto donde los ojos de ella convergían, sin saber realmente qué tan pesada le había caído la última afirmación por él expuesta.

—Ahora voy entendiendo —Irma no variaba ni en su tono ni en su acento, falso o no—. Pero la vida es simple: cómo hombre puedes obtener lo que quieras, siempre y cuando no olvides que todo en este mundo merece una compensación... Si vienes como periodista no obtendrás nada, así de simple.

—¿Y cómo amigo? —tanteó Leonardo que ya tenía claro que en ese juego de conversación no se podía actuar.

El torso de Irma y su cabeza giraron en ese preciso orden. El pecho ampuloso de aquella mujer apuntó a Leo como una casamata giratoria; los ojos fijaban el blanco y aseguraban el tiro.

—¿De verdad me puedes ver como a una amiga?

¡Rápido, busca una respuesta astuta!

—Podría jurar sobre la memoria de mi madre que tras todo ese cortinaje de vestido italiano, joyas y maquillaje hay una chica del montón.

La línea dura de los labios que representaba de manera un poco abstracta una sonrisa astuta se resquebrajó en unos labios pesados manchados de tristeza. Aquel cortinaje del que hablaba Leo se había levantado, no revelando una linda flor de villa sino a una mujer cuyas resplandecientes lámparas de belleza juvenil se apagan una a una sin haber todavía visto un baile de graduación.

Llevó sus finas manos hasta su muslo derecho y extrajo una pitillera de plata como si fuese el arma secreta de una asesina. Se llevó el cigarrillo extralargo a sus labios y lo dejó allí colgando en una pose de fotografía. De otro rincón secreto extrajo fuego, lo acercó a la punta, lo quitó y tomó de nuevo el cigarrillo entre sus dedos:

—Entonces no podemos hablar aquí. Estoy trabajando.
—Yo también.
—¿Puedes pagar lo que yo valgo?

Él sonrió de forma protocolaria cual si ella hubiese esgrimido un argumento genial. Recordó los riales en su cuenta; presupuesto asignado a su misión sin nombre. Dinero de la CIA, del black budget; de fondos de la Defensa, con origen en los impuestos de todos; la plata de pueblo. Así quizá el negocio de aparejos de pesca de su madre le costearía una noche de sexo con una prostituta iraní. Pensándolo mejor, no, no era necesario, aunque le gustase la idea, recorrer esa piel de alabastro más suave que cualquier cosa hecha por el hombre; aprisionar en su boca esos labios o dejarse devorar por ellos; inflamarse de deseo, extenderse a voluntad sobre terrenos desconocidos y perder el conocimiento sirviendo a la Nación. No, no era necesario.

—Si ya sabes que no soy un millonario, ni un playboy, ni un tonto astuto que sólo se quiere acostar contigo, dime ¿podemos vernos un día en tu casa y charlar como el aprendiz de escritor que soy y como la mujer iraní que eres?

Una sonrisa compasiva le devolvió el brillo perdido a la señorita Irma. Atrajo a Katz a su comprensivo cuerpo y le estampo un tierno beso en su mejilla recién afeitada.

—En el bolsillo de tu chaqueta te acabo de dejar mi número. No lo saques ni lo veas hasta salir de aquí —murmuró tras retirar lentamente los labios del rostro del espía, haciendo sentir a este como a un tonto que ha sido victima inversa del pase de un carterista profesional.
Unas pisadas, el frotar de unos pantalones en movimiento, una respiración resignada e Irma bajando los ojos a un extremo en preparación de una respuesta. Leo sólo sintió una leve sombra a su lado.

—Oh, eso es lo malo de presentarse uno tarde a una cita: otros pueden optar por olvidarlo a uno.

En las milésimas de un instante, Katz creyó reconocer en el acento bávaro a su maestro Matson. Pero al verse casi bajo la silueta levemente degenerada de un sujeto de cuarenta a cincuenta años, gafas sin arco, cabellos blancos y tez rubicunda, supo que estaba frente al Señor de su transitoria compañera. Irma ya estaba de pie y de con movimiento y medio se trepó a los anchos hombros de aquel alemán.

—¡Azizam! —exclamó como si fuese una niña— Oh, por qué no puedes decirme que vas a venir.

Aquel entrometido alemán respondió algo en su jerga y luego añadió en inglés "contigo no tengo que hacer citas"

Tal vez fue el perfume que Leonardo no había notado, pero al recién llegado se le esfumó la ferocidad natural de ver a otro macho en su terreno y tras rodear la cintura de su querida la besó cual si esperase traspasarla.
La escena duró lo suficiente como para que Katz planeara una retirada decente. Tenía un dato valioso entre el bolsillo —se metió la mano y comprobó la presencia del rectángulo de cartulina por segunda vez— y ahora podía regresar a la tierra donde sólo los ateos están conformes. Pero el entreacto terminó y los ojos azules reaparecieron:

—Y dime mein susser, ¿quién es tu amigo?
—Se llama Leo Katz; escritor, periodista, viajero, aventurero, apasionado retratista de costumbres… —y siguió enunciando adjetivos en francés acelerando a cada palabra hasta que se hizo inteligible.

Aquel viejo debió entender menos. Entornando los ojos le dirigió a la mujer una mirada cargada de la molestia que se siente cuando alguien descubre nuestra ignorancia. En cambio al mirar a Leonardo le enseño unas cejas arqueadas y una sonrisa plácida. Rodeó las dos cubos de terciopelo rojo y extendió su mano.

—Franz Wessel —Leonardo sintió aquella piel fría y escurridiza de reptil en una mano con demasiados anillos—: antiguo gitano en motocicleta y ahora abnegado prisionero de una gran oficina en Berlín —se rió, ¿de qué?— Pero mientras tenga algún rasgo de joven amaré los viajes y las aventuras. Vamos chico, sentémonos.

Y llevado del brazo de aquel hombre de negocios Leo Katz regresó a la fiesta que ahora se agitaba en su punto máximo de ebullición. Algún Genio procuró nuevas luces: de las ambarinas lamparitas japonesas se trastocó el cuadro a relámpagos azules, rojos intempestivos y tropicales verdes fluorescentes. Ya los viajeros se despojaban de sus chaquetas, corbatas y corbatines; el calor amenazaba y se subían las mangas, se desataban los botones y se bebía con menos moderación. Las mujeres igualmente se apoderaron de lo que antes parecía el salón de algún parlamento europeo. Siluetas y cuerpos, cabelleras impecables, escotes y tacones, aquí y allá, todos sentados y sentadas, en el piso o en las mesas, algunos incluso bailan. La orquesta desapareció y ritmos electrónicos de los Países Bajos eran la banda sonora de un cielo técno.

Franz se acomodó en una barra de lustrosa superficie diamante; Irma lo acompañó y ordenó dos bebidas o que cambiaran al Dj Lo Que Sea por Handel; en persa pudo haber dicho cualquier cosa. Resultó ser cerveza ucraniana, y Leonardo, cómodamente sentado, estudió la etiqueta mientras la desprendía por los bordes en tanto que Wessel hablaba a todo pulmón.

—De muchacho fui reportero. No me gustaba escribir pero si viajar. De eso era muy poco lo que podía hacer. Me dije que si un buen día me hacía rico me gastaría todo en conocer el mundo. Ahora heme aquí. ¿Sentiste lo mismo?

Su inglés era escaso pero fluido, amen de parecer feliz. Si lo que quería era hablar, perfecto; Leo sólo tenía que darle cuerda.

—¿Y por qué me dijo que era un prisionero de oficina?

Más risas.

—Mira: para poder viajar con calma a donde yo quiera viajar tengo dos opciones, una olvidarme del mundo, negar que tengo una empresa, vender muchas cosas, sacar dinero de mi banco y retirarme a ese lugar que quiero conocer. Así quedaría en la ruina en un mes; no podría viajar y sería infeliz de nuevo. Dos, trabajo, trabajo y trabajo, luego hago los arreglos para que parte de ese trabajo incluya un viaje en tren o en avión a un sitio... interesante, exótico, nuevo, o viejo y renovado; dónde sea que pueda uno probar otros aires. Cargo todo a mi cuenta empresarial, y lo asumo como una inversión. Se duerme muy bien aún cuando caen las facturas.

Quizá no lo era pero sonaba ingenioso. Leonardo Katz aportó sus propias risas. El viajero rico elevó su botella verde para que el viajero pobre completara el brindis. Fue imposible escuchar los cristales pero no las palabras de aquel tipo:

—Ah... el mundo es nuestra casa, Leonard.

A Wessel le sirvieron una nueva cerveza (ya era la tercera), y Leonardo no tuvo que entretenerse más con la etiqueta de la suya: una muchachita de cuerpo largo y tensado por duras horas de gimnasio bailaba apenas cubierta por cables lumínicos de color azul; el ondear de su cabellera castaña que se agitaba de un lado al otro era todo un acto de hipnotismo.

En las tinieblas de la rumba los cuerpos eran llamas negras; unos contra otros.

Irma se situó en medio y colocó sus brazos en los hombros del alemán y del colombiano, como una de esas amigas intermedias que suelen provocar la ruptura de las mejores amistades.

—Uff... necesito aire, vamos a la terraza.

Obedientes el muchacho y el viejo siguieron las caderas oscilantes de la mujer madura y explosiva que parecía ser un mundo impenetrable. La brisa de escasos grados centígrados que cruzaba la cadena montañosa refrescó los impulsos.

Una de aquellas manos de reptil bajaba y subía por la columna de de Irma; Los finos labios de Franz se aplastaron en las finas líneas de la clavícula derecha de su amante. Pareció beber enloquecido su perfume por un instante telúrico y luego dejó que ella se apoyara en su robusto pecho y que mirara a Leo enternecida.

—Ahora sí dime, ¿sobre qué escribes exactamente? -Irma parecía muy cómoda desde los brazos del hombre de negocios, mas algo en su mirada parecía sugerirle a Leonardo las respuestas que debía dar.

—Sobre la ciudad, sobre la ciudad moderna. Los negocios y la gente y, ya saben, todo lo que esa modernidad que se niega en la prensa occidental y que se va a acabar si los yankees insisten en hacerle la guerra a este país.

Un nuevo beso de Franz a la refinada nuca de Irma. Luego una mirada de aprobación.

—Déjame decirte que te doy todo mi apoyo, hasta donde sea posible, desde ahora. Conozco gente en muchos lugares y te puedo acordar citas para con aquellos que quieres entrevistar. Incluso tengo unos buenos intérpretes que te harán todo más fácil. Por los gastos en los que incurras despreocúpate: llegar a todos cuesta y lo tengo muy presente. Ah... si tan sólo alguien me hubiese apoyado así cuando tenía tu edad.

—Ok, ok, ok, muchas gracias; no sé qué decir.

Pero Wessel parecía demasiado entusiasmado sobre los hombros de Irma como para contestar. Ella por su parte sostenía otra vez su gatuna mirada de mujer astuta que ha conseguido lo que se propone. Finalmente Franz se ocupó de Leo:

—Regresa a tu hotel o quédate, como quieras. Si deseas compañía de alguna chica sólo espéranos unos quince minutos más e iremos en mi auto -y volvió al mundo magnético del cabello lacio de Irma que miraba pacíficamente la cadena montañosa que la separaba del resto del mundo conocido. Con este último cuadro Leonardo Katz cruzó el ambiente interno de la bacanal, esquivó a borrachos y bailarinas, localizó las escaleras y trepó por ellas abarcándolas de dos en dos. Luego una puerta; el gorila había desaparecido. Bajo la luz mortecina del ascensor se acomodó su traje prestado y alistó posibles respuestas a su chofer.

William y un chofer negro que mascaba un puro hablaban animosamente en persa. Al introducirse en el auto lo primero que dijo el taxista paisa fue "¡ve! No te imaginás la historia de ese tipo, Ave María" y se la fue contando durante el resto del trayecto sin que a Leonardo le importara un comino. Misteriosamente, pensó Leo al bajarse frente al Hotel Azadi, no le preguntó nada sobre su visita a la casa de citas cinco estrellas clandestina que era El Cielo; al recoger su llave Katz se respondió que no sería digno de un taxista hacer preguntas a sus clientes cuando abandonan hoteles, residencias, moteles puteaderos. En fin...

Sunday, May 13, 2007

Capítulo XVIII. El Camino al Cielo

Lo que creyó sería lo más complicado, fue de hecho lo más fácil. Con todo y los nervios fastidiándole el paso pudo cruzar la calle y alcanzar el hall principal del hotel Evin, presentarse ante un recepcionista de aspecto casi caucásico, e indagar sobre un huésped en particular.

Se mostraron muy solícitos eso sí, pero ante la consulta respondieron que el señor Mann estaba ausente desde las doce del día, y que ante una necesidad imperiosa podría conseguírsele en comedor del hipódromo. Leo prefirió simplemente dejarle una nota en su casillero dándole su número de habitación, solicitando con ello una llamada tan pronto como le fuese posible.

Alcanzó su cuarto. Estaba hecho un horno. Prendió la calefacción. El ruidito blanco lo relajó. Se quitó los zapatos y clavó la vista en la nada del cielorraso. Hizo una honda y ruidosa aspiración, luego otra, y otra, y así mientras en su cabeza rebotaba una otra vez la idea de estar cometiendo un error al contactar a Dick Matson.

Sus temores se disiparon a las dos en punto de la tarde. El coronel, haciendo uso de su acento teutón, le invitó a cenar en la noche; Leonardo se rehusó y dijo que tenía que comentarle algo lo más pronto posible. A los quince minutos ambos se encontraban el la piscina del hotel Evin.

Pese a la hora y a la temperatura ambiente, en el lugar apenas hacían presencia unos doce hombres, cuyas pálidas pieles y enormes parches rojos los delataban como occidentales, aunque Leonardo juzgo a varios de ellos como rusos. Se sentaron en un banco protegido por la sombra bienhechora del edificio y hablaron sin mirarse de frente. Leo explicó en pocas palabras lo que deseaba.

—¿Puede hacerse?
—Puede hacerse.
—¿Cuándo tendría respuesta a mi inquietud?
—En un par de horas; no obstante puede que la respuesta no sea lo que esperes.
—En tal caso ya pensaré en otra cosa.

Dick se puso en pie y caminó hasta el borde de la piscina, contemplaba el agua, parecía meditar casi. Aún así su voz resonó con su acostumbrado acento rasgado:

—Ante cualquier cosa enviaré una copia a tu cuenta de correo —dijo alejándose en dirección a la puerta. Leonardo esperó un rato; se sentía ahora más calmado, no había cometido un error, aunque aún le faltaba enfrentarse al verdadero terreno.

Cruzando la calle sintió deseos de comunicarse de inmediato con Hegel y ponerlo al tanto de todo ello, cuidando, claro, de no cometer una falta a las normas básicas de seguridad. Entre la puerta y los pasos que fue dando hasta la barra de la recepción, el tomar las llaves, dar la vuelta hasta el fondo de un corredor con dos elevadores, girar media vuelta repensando mejor todo, seguir hacia el restaurante ahora atiborrado de comensales y restañar de platos y vasos, terminando en un paseo sobre el tapete rojo cuasi púrpura y un letrero que invita a los huéspedes del Azadi a hacer uso de las terminales conectadas a internet, Leo Katz redactó moviendo silenciosamente los labios el texto íntegro de su epístola.

Entró en su cuenta de correo: pura basura más drogas modernas; la archiconocida pornografía, un número nuevo de una revista de la editorial Neuf; ofertas en línea de productos de contrabando, reseñas de novelas inalcanzables, invitaciones a fiestas con "las chicas más bellas de Bogotá", lanzamiento de un cuadernillo de poesía de la Casa Silva, un poema enviado por la flaca Juliette llamado "Silencios" —originalísimo—; noticias culturales y en fin, nada más reciente que de tres días atrás.

Lanzó todo a la nada con excepción del poema. A principios del año las autoridades del I.E.D Villegas habían impreso un número más de periódico escolar Noti Net y allí la flaca dejó correr la pluma —o sus largos dedos de pianista sobre el keyboard— explayándose sobre la libertad, en un párrafo en prosa demasiado oloroso a romanticismo alemán. Leonardo le envió un correo sugiriéndole un par de nombres en poesía que debía leer; la Juliette no respondió nada, pero ahora de vez en vez le enviaba cosas que escribía, a él y a otros trescientos interesados. En este específicamente pintaba un espacio de vida que se abandona cuando la Diosa Economía lo impulsa a uno a arrastrar el trasero a una nueva vivienda. Lo componían doce párrafos, minimalistas, pero claros y con la crudeza de los muros recién pintados. La chica tenía futuro, aseguró mientras buscaba cómo imprimir aquel poema, y agregó que llegaría lejos mientras se mantuviese apartada de las tentaciones de las publicaciones baratas y los redactores que edifican novelones de quinta acerca de sus vacaciones en Paris.

Abrió el "bloc de notas" y ante la falta de una buena entrada, Leonardo copió uno de los párrafos del poema. Cuando escribir es parte de las actividades vitales de una persona ésta espera hacerlo bien, impresionar, agradar al menos, aún cuando simplemente esté poniendo sobre el papel una receta de cocina o las instrucciones para una ligera reunión informal. Por esto rebuscó cinco palabras de peso y jugueteando con ellas empezó la redacción del mensaje:

"Hegel,
"Atacado constantemente por la vida con lanzas frías y de todo tipo, te disparo unos cuantos pensamientos, a ver si tú tienes alguna maldita idea de lo que me está pasando."

Borró lo escrito por Juliette; en comparación a sus palabras, las de aquella chica de melena corta color ébano eran los elegantes pasos de una bailarina, y los suyos, el tarado andar bípedo de un pastor alemán. La pausa lo puso en ambiente: rodeado ya estaba por cerca de una docena de huéspedes que, tras opíparas comidas, ahora asentaban cafés junto a los monitores y sus traseros sobre las sillas ergonómicas, y se hundían en la lectura, o simple ojeada, de las páginas financieras. Un indio, además, reía en medio en una sala de chat en inglés. Todos esos hombrecitos en corbata parecían tan seguros de sus carreras; Hegel alguna vez le había dicho que la literatura era el oficio de aquellos con las pelotas suficientes para despreciar un empleo seguro. Tal afirmación tiene sus bemoles.

En la bandeja de entrada un mensaje había caído hacía unos pocos segundos. Firmado por un tal Günter Mann, con el título de "as you request" el renglón titilaba en rojo y amarillo hasta que Leo dejó que la flecha lo abriese con un doble clic. Y una página entera se desplegó: tono marfil pastel, letras cursivas en rojo, membrete verde con una leyenda en persa, texto en inglés. La invitación estaba dirigida al señor Leonardo Katz, ciudadano colombiano, para asistir a un nueva reunión del club Al Äcemän, y gozar de la bellezas de la tierra. Leo recordó las tarjetas plastificadas con ilustraciones de playmates de Internet e invitaciones como "colegialas indisciplinadas", "masajes estimulantes", "modelos estrato nueve" y el archiconocido "vírgenes por $20.000". Casi se echa a reír; Planeta Oriente - Planeta Occidente. Recordó a los banqueros y turistas que lo rodeaban, memorizó o anotó lo que pudo en un papelito de tono zapote oscuro y abandonó el sitio en tres zancadas.

Antes de llegar a su piso y pasar la tarjeta por el lector magnético ya tenía claros los pasos siguientes. Descolgó el teléfono, preguntó por William: no estaba —eso supuso porque no se lo pasaron—. Siguió las instrucciones para hacer llamadas a teléfono móvil y marcó el número que él le había dado en cuanto lo dejó en el hotel el día anterior.

—¿Qué hubo, William?
—¿Sí, Leonardo?

No se detuvo en protocolos. Tras solicitar lo que le era necesario le preguntó a qué horas pasaría a recogerlo; respuesta: seis de la tarde. El compromiso es a las ocho, le recordó. Seis es lo más temprano, replicó el otro. ¿Nos vemos entonces? Sí y sí.


Una botella de agua mineral con gas como único contacto con la vida. Su cuadernito de lomos gruesos y la estrella roja sobre la cual la punta del esfero golpeaba rítmicamente el lejano vibrar del lounge-chill out de la sala de recibo del Azadi. Ocupando una banca, Leonardo Katz quería pintar con palabras el atardecer mezclado y batido con su nerviosismo particular. La hora, cinco y cincuenta minutos.

"En una ciudad multimilenaria" escribió "un atardecer tarda lo que un día dura para un siempre atareado occidental. Este atardecer va de un extremo al otro en la región que ve pasar callada los siglos. Ahora son las seis, y lo que debería ser un azul zafiro difuminándose en negro profundo es todavía la blanca palidez del mediodía". Lo que pasaba era que Leonardo nunca había visto las tardes veraniegas de países con estaciones. Su vida en Alaska era un invierno constante y veranos tan breves como los amores que en este se sucedían. En Bogotá, a las seis en punto, el sol suele estar tan abajo que todo en el horizonte se transforma en siluetas de cartón negro.

Llegó el taxi, pero pudo ser otro porque Leonardo no reconoció la placa —olvidó memorizarla—, pero la sonrisa del antioqueño era, para sus ojos, indeleble.


Usando la misma ruta de la mañana, William dirigió su auto hacia el oriente, donde la cadena montañosa que rodea Teherán ardía en todas las tonalidades de rojo bajo los rayos del sol que se hundía. William le preguntó qué había almorzado y Leo —bastante atenazado por los nervios— le contó escuetamente acerca del sánduche de atún y lonchas de jamón que había ordenado a su cuarto. Realmente no tenía ganas de conversar, pero tenía en cuenta que la mayoría de los colombianos no pueden dejar de parlotear mientras no tengan nada más entre la boca. Prefirió inventarse la historia de su familia: madre, padre y tres hermanos de ficción, en una Bogotá no muy distinta a la que había conocido.

—El viejo es fanático del Santa Fe; mi mamá a veces lo secunda cuando va al estadio, pero ni a mis hermanos ni a mí nos puede gustar clavarnos por tres horas en esa pelotera de gente y gritos. ¿A qué? A ver a esos tipos que nunca ganan nada y siempre empatan, o que cuando ganan es con uno o dos goles sufridos…
—Pero moacho, si es que así es el fútbol: sufrido, hermano, sufrido.

A Leonardo le hubiera gustado confesar que, al menos en ese sentido, prefería el béisbol; pero no estando seguro de qué tan arraigado o no estaba este deporte en la capital de Colombia, prefirió mostrarse como un ignorante para todos los deportes.

—Y aquí en Irán a qué equipo le apuesta, don William —preguntó cuando no le quedó nada más que decir.
—Al Perspolis —declaró el taxista sin el apasionamiento que suele mostrar el colombiano promedio ante el equipo de su predilección. A este nombre se sumó luego un silencio, y las dudas de Leo acerca de su conductor afloraron débilmente en algún lugar de su cabeza, posiblemente en su sexto sentido.

Bordeando la Universidad de Ciencia y Tecnología de Irán, Leonardo pudo ver, quizá por primera vez, jóvenes sin barba, con jeans y camisetas en technicolor; chicas con zapatos deportivos y camisetas blancas. Lentes oscuros y audífonos para escapar del estruendo de la música electrónica que retumbaba desde un auto descapotable. Subían a autos japoneses y alemanes, a pequeñas motos italianas, conservando ese vibrante espíritu universitario cuya alma es similar en todo el globo. “La única esperanza que tenemos recae en las nuevas generaciones” pensó Leo, enunciando sin querer un lugar común tan antiguo como el pensamiento. “Pero necesitan de esto, de una cultura en común. Mientras mis ‘hermanos’ de occidente vean a los árabes (persas) como barbudos violentos que agitan rifles AK, y no como pares que sólo quieren divertirse, el mundo seguirá dividido en dos”. Recordó también las órdenes dadas por el coronel: buscar contactos en la universidad, entre los libres de pensamiento, entre los liberales; así como Malcom le había hecho en el Sur durante la Guerra Fría.

El Gran Juego no ha terminado, sólo ha cambiado de competidores.

Tan al oriente que parecía que se fueran a salir del mapa, William se introdujo entre los compactos bloques de barriadas del distrito de Khak Sefid. Allí el comercio y los edificios chatos diseñados para solteros abundaban. El desorden de la economía informal que buscaba el cobijo del los miles de árboles plantados en las aceras parecía tan común acá como lo puede ser en Chapinero; aunque en algunas calles, de tonos más plomizos que las otras, el caos se dejaba ver en forma de cierta miseria.

—Mirá, por ahí es lo que llaman el Ghorbat: la zona a donde van todos los viciosos de la ciudad.
—¿Drogas?
—Coca, marihuana, heroína, hachiz, opio… La olla más de pa’ abajo es tan berraca que la policía sólo se mete sin la escoltan con camiones blindados.

Salieron por la calle Ehsan hasta una avenida perpendicular dividida por un separador de árboles resecos y enanos. No sabía que habían virado para el sur, ya que todo sentido de orientación había quedado difuminado en las mil vueltas que daba su brújula interna. De un lado Leonardo veía toda clase de locales comerciales: venta de repuestos para coche, alquiler de videocintas, tiendas de ropa barata occidental (made in China), y tiendas de toda clase de artilugios electrónicos anunciados por multicolores anuncios en el ininteligible persa.

Al otro lado, bodegas. Esos enormes receptáculos de todo que afean cualquier ciudad, que carecen de la menor brizna de estética, si es que conocen esa palabra aquellos que, ya sea en Bogotá en Nueva Jersey o en Teherán, edifican casonas de zinc o bloque, coronados de tejas grises y rojizas —eso depende de la acción de las lluvias o los años—. Los nombres de empresas francesas o belgas estaban pintados en aquellos galpones. Calles de tierra seca —futuro lodo en el invierno— y grandes espacios baldíos, donde el verde es poco menos que un sueño, esperando ser usados como base de un nuevo refugio para ensamblar autos o conservar materiales de construcción. Todo toque de desarrollo europeo-oriental había muerto ahí; éste era medio oriente, tal y cual es.

No sabía qué preguntar, como siempre. Pudo haberle pedido a William los nombres de aquellos barrios bajos del sector industrial; que le hablase de los problemas de sector, de si conocía a personas influyentes ahí con las cuales se pudiese tener una conversación reveladora acerca de la vida y costumbres del iraní promedio. Pero no. Recordó que lo de la crónica era sólo un mediocre recurso para estar en el corazón del Eje del Mal.

Ya estaban estacionados en una acera rodeados de otros tantos autos polvorientos. La fachada carecía de emblemas u otros distintivos. Con sus muros encalados y columnas de roble oscuro traían a la mente de cualquier occidental demasiadas reminiscencias mexicanas. Al pasar un torbellino de especias abrazó a Leo y este quedó sin darse cuenta bailando entre las mesas, llevado de un punto a otro como una marioneta por lazos invisibles de hirvientes platos sazonados con todo aquello que conoce el hombre.

Cayó en una silla, un plato le fue colocado al frente ante una orden dada por nadie.

Entre vapores y el continuo movimiento de seres vivos, como si fuese un sueño, Katz vio pasar a William hasta la barra y gritar órdenes allí. Mujeres de todos los tamaños, en los más variados atuendos, parecían un frenético ballet del siglo veinte entre tanta mesa, tanto hombre, siempre con dos y hasta tres platos en las manos evitando tocarse entre ellas o tardar demasiado.

Aquel paisa continuaba ladrando a sus pequeñas empleadas. No era muy distinto a otros aurigas de restaurante, pero ver a aquel colombiano levantar la voz en un persa fluido es siempre una imagen impactante. De repente le clavó sus ojos de lince y se acercó con una gran sonrisa.

—Eso será suficiente hasta que llegue mi mujer.
—¿Ella lleva el sitio? —Leonardo vio a un hombre de poderosos brazos y grandes bigotes bailar entre el fuego. No era un acto de magia, sólo manipulaba grandes trozos de res entre una parrilla monumental.
—Sí —y su sonrisa se apagó. Leo estaba por preguntar quién era el dueño, pero no lo consideró pertinente; enfocó el plato: pinchos de res y ternera pasados por la braza y un baño de cilantro.
—Cortesía de la casa —y una mano salida de sólo Alá sabe dónde puso un vaso rebosante de algo negro junto al plato.
—¿Y esto es?
—Cerveza irlandesa. Ahora oíme un minuto: yo te puedo llevar al edificio donde vos dices va estar el Äcemän; pero, mirá, tenemos que ir en otro carro: ni de chiste te llevo en un taxi; sabrían de inmediato que vos sos un don nadie. Perdoname pues, pero es así como lo van a ver.

Luego, interrumpido sólo por sus propios gritos que arrojaba al personal de cuando en cuando, se explayó durante cuarenta minutos en la explicación de su plan para entrar y salir de El Cielo, sin correr mayor riesgo de ser atrapado por los gorilas de algún pez gordo que esa misma noche hubiese deseado entretenerse en aquel edén ambulante.

La cerveza sabía horrible, y por el ambiente propio del restaurante atestado de ejecutivos barbados, Leo se sintió culpable por estar ingiriendo alcohol. Pidió a William algo de pan para quitarse el tufo y este, mediante ruidosos aplausos, trajo a la mesa una fuente cubierta de sangak, una pizza sin queso, ni salami, ni nada más que una capa de harina y unos cuantos agujeros.

Se levantaron, cruzaron la cocina —el infierno en la tierra— donde un incendio de menta, espliego y somag ardía sin fuego, y los hombres rudos y forrados como soldados pasaban con ollas y enormes animales muertos. Cuando se introdujeron en las habitaciones interiores, entre velos y silencios, Katz pensó que con aquellos chefs armados de cuchillos William no debía preocuparse por la seguridad de su negocio.


Pudo ver de nuevo el cielo y respirar la atmósfera cruda de la ciudad en marcha sólo tres horas más tarde.

BMW M3; dieciséis válvulas. Negro; el color del poder. Lustrado como la plata; trazado elegantemente como las curvas bien perfiladas de una miss universe fijada en una foto por la lente de un profesional. Su contraste con el ruinoso callejón trasero del comedero de los Jaramillo era a la vez perturbador, a la vez corrupto, a la vez mágico.

Katz no pensó tanto en el hecho de que aquella maravilla en cuatro ruedas pudiese estar ahí sola, indemne al robo o al vandalismo, sino en el fabuloso cuadro que componía, al estar simplemente ahí como arrojado por la mano de un ser superior, a un ser inferior como él que, ante el deber, requería un coche.

El cascabeleo sumado de los rugidos distantes de la zona industrial se acallaron tras el golpe seco de los cierres laterales de las puertas. En el asiento trasero, mientras luchaba con su propio traje a la medida y la corbata se obstinaba en constreñirle el cuello, Katz quedó embriagado por un superfluo olor a vainilla, cuya dulce identidad borró de su memoria el vaho saturado de la mesa iraní.

—Dios, qué nave. Parece una limosina esta vaina —comentó cuando el nudo de su corbata cedió lo suficiente como para habilitarle el habla.
—Ah sí, es de un primo de mi señora —fue la escueta contestación de William.

El motor —un conjunto de percusionistas de todas las clases— preludió el avance del auto por la estrecha calleja trasera a un ritmo parsimonioso. William buscaba una canción específica en un menú del mp3 y aceleraba con cautela.

El lamento de un 'paseo' de acordeón pareció esparcirse por sillas, techo, ventanas y hasta en la trama de su traje nuevo. En otras circunstancias Leonardo habría ordenado acallar el siempre estridente vallenato; pero a un millón de kilómetros del país del Sagrado Corazón ese ritmo de la sierra tenía un timbre completamente distinto, e incluso melodioso.

Ya caída la noche, convertido el cielo en un manto de penumbra, Teherán lucía ahora más parecida a Bogotá que nunca. Su zona industrial erigía entre sus techos los mismos penachos de humo, al igual que los mismos faroles ámbar brillaban desde miles puntos varios sin orden específico. Aquel distrito de sombras y comercios ya en cierre, de pequeños grupos de siluetas a medio esconder entre esquinas y porches mal alumbrados, escabulléndose de la ley, parecían un signo ortográfico común en todas las ciudades de Europa y América que ahora se colaba entre las calles de una nación cuyos esfuerzos por conservarse “pura” parecían a cada día más desesperados.

Regresaron por donde llegaron; Leonardo Katz reconoció la mayor parte del camino. La avenida perpendicular ahora atascada en dirección noreste-suroeste; el reverso era un canal veloz. Entre uno que otro camión cisterna el auto alemán zigzagueaba elegantemente dejando la Ciudad-Caos atrás.

Tras presionar un botón el moderno vidrio eléctrico descendió permitiendo que el frío de la noche de aquel verano le aclarase un poco la mente y mitigara su nerviosismo.

De nuevo on asigment, como esas primeras noches de crimen en Bogotá junto a aquella asesina rusa, buscando a los blancos entre luces de semáforos y las miradas de los habitantes de las calles. Todo otra vez aunque en esta oportunidad no tuviese que matar a nadie: sólo recopilar información, lo cual podría catalogarse como periodismo, no como espionaje. ¿No?

No, ¿espionaje? Trabajar para la Agencia Central de Inteligencia y estar usando un traje prestado disfrazando así su pobreza de sudaca, ¿no es acaso eso portarse como un espía?

¿Periodismo? Viajar legalmente, hablar con personas, escribir mucho, apreciar la belleza de un país lejano para exponerlo en palabras a los lectores de una revista, ¿no es acaso eso ser un cronista?

Lo uno o lo otro, ¿qué carajos importa siempre y cuando la CIA y S... paguen lo justo? Quién puede probar que muchos reporteros famosos no dedicaron la mitad de su tiempo a traspasar datos a los organismos de inteligencia de sus respectivos países. Ah… ética del periodista. También podría existir la ética del político y todos se ampararían en ello para que no dudasen de su reputación y buen nombre. Pero todos sabemos cómo funciona el mundo, ¿verdad?

Leonardo no trataba de justificarse ni justificar su oficio. ¡Pero este no es mi oficio, maldita sea! No soy agente de inteligencia de tiempo completo; soy escritor, soy escritor, soy escritor. Decía, y frotaba una rodilla contra otra, como si ese movimiento —o quizá el roce del paño— apaciguara los temblores que tenían como hipocentro su estómago.
Pero aún puedes hacer las cosas bien para ambas partes. Si realmente eres un escritor, el putas de la redacción, nada te detiene para inventar un pinche escrito de cuatro cuartillas llenas de descripciones urbanas, falsas entrevistas, apuntes numéricos tomados de Internet, y el resto artimañas de prosista copiadas de Onnetti.

—…bueno, mejor dicho ahí está —continuó diciendo William quien al parecer llevaba un buen rato hilando un monólogo de crítica contra el departamento de transportes de la ciudad. Al usar su cabeza para señalar, la atención de Leonardo se apuntó a una torre solitaria y fija a un lado de la carretera. Tenía un extraño diseño: parecían cuatro torres independientes de fachadas espejadas, con miles de ventanas ya sin luz, que escondían en su interior otra torre más pequeña, luego otra, y luego otra hasta un corazón que permanecía exhalando una luz fría color glacial.
Algo más le llamó la atención tras describirse a sí mismo, para la posteridad, el aspecto de aquel edificio; pocas ventanas quedaban encendidas, el auto continuaba en marcha y otras tantas se apagaban ya. Pero uno de los últimos pisos conservaba toda una línea centellante de ventanas por las cuales un resplandor más cálido cortaba el ennegrecido cielo nocturno. El Cielo.

Carecía de rejas; era alto y sumido ya en la penumbra. Mil focos y lámparas callejeras delataban a los doce o quince autos aparcados al frente, de la misma manera que borraban la silueta del coloso. Con dos estacionamientos, uno interior y el otro exterior, el área completa superaba la extensión de muchas manzanas que había visto en otros barrios. William hablaba con el portero, éste era un muchacho y desconocía por suerte muchas de las capacidades de su puesto. Ambos terminaron sonriendo y tal vez hasta se desearon buena noche.

De nuevo en marcha, silenciosamente. Frenaron unos metros más adelante y con el ascensor mirándolos taciturno. Ni un alma; todo parecía estar abierto a ellos, o a él, quien salió del auto y se quedó mirando las líneas eléctricas vestidas en tubos de PVC sobre el hormigón de la primera planta. William se quitó su gorro de chofer.

—No te vayas a meter en líos —sonaba como un padre—; mirá que por un reportaje para un periódico (o revista, o lo que sea) no vale la pena que expongás el culo así. Si la vez muy pesada te bajás de inmediato y yo pongo en marcha la nave y ¡tenga! Nos les volamos a estos hijueputas —hablaba como un compañero de misión.

Ante su propio reflejo expandido en una de las ventanas del flamante BMW, Leonardo Katz se acomodó la corbata, las solapas de la chaqueta y los hombros del gabán de paño ébano. No llevaba guantes por el calor, pero bajo los reflejos de las lámparas urbanas se sintió muy elegante, más atilado que si viniese a proponer matrimonio o a matar a alguien. Sonrió: “te ves bien, Leonardo. Tal vez vivas lo suficiente como para enseñarle ese traje a Erica”

William regresó a su asiento y el vallenato regresó a la cavidad oscura del auto. Cerrada la puerta, cortado el vínculo, el caminante lunar dio unos pasos inseguros hasta que tuvo a su alcance el interruptor del elevador. Presionado el botón, abierta la puerta. Su último deseo fue que la ascensión tomara el resto de su vida o que no tuviera fin jamás; pero los números verdes aumentaban, aunque Leo sentía que la caja no se movía: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…