Saturday, June 30, 2007

Capítulo XXI. La Calle Yakhchal

Leonardo olvidó pronto su idea de tomar apuntes acerca de las calles mientras estaba en el auto. La ciudad no sólo era un maldito laberinto sino que las superficies que debían estar asfaltadas mostraban, en ciertas calles, tantos baches que parecían haber sido olvidadas por el ministerio de obras públicas.

Cuando ya no pudo resistir más aquellos giros preguntó a William dónde estaban. El conductor tenía la cabeza inclinada sobre el volante y parecía buscar el número en las fachadas, como se suele hacer en Occidente. No obstante Leonardo no veía numeración alguna: aquel sector asemejaba una jungla invadida y fragmentada por casas modernas, amplias, pintadas de bellos colores pastel; de marcos en aluminio, de fresca modernidad, abrigados del calmo verano por sauces y hayas. La vida parecía allí tan digna de ser vivida como en barrio El Chicó en Bogotá.

El paisa fue restando velocidad a su máquina hasta que el motor se silenció completamente. No había ni número ni marca alguna, pero el taxista no tuvo que abrir la boca para aclarar que habían llegado.

William fue le primero en bajar del auto. Agitó sus piernas como si llevase todo el día manejando. Leonardo estaba pendiente del movimiento humano tras las ventanas; un par de ojos expectantes podían darle una seña de qué apartamento era el que debía buscar.

—¿A qué hora querés que vuelva? —escuchó que le dijo William, ahora con el mentón apoyado en el techo de su taxi.
—Yo lo llamo, fresco. ¿El hotel no queda lejos, no? Tal vez vaya caminando.

A esto no quedaba más que agregar. Sin perder la vista en los cristales Katz despidió a su conductor y guía y se quedó plantado un rato más frente al árbol a la espera de que se objetivo ejecutara un movimiento delatador, lo cual hizo tras otros cuarenta y dos segundos. Gracias Malcom Rivers.

Primero vio sus ojos brutalmente contrastantes entre su pálido rostro. Luego una sonrisa y finalmente un gesto de la mano. La puerta emitió un graznido metálico y Leo tuvo que aplicar sus dos manos para moverla hacia dentro. Al otro lado estaba Irma con una mirada pícara entre el pañuelo que le rodeaba la cabeza.

—Es más fácil tirar de ella que empujarla —afirmó conteniendo una risotada. Notó el ligero enfado de Leonardo y agregó—. Pero movámonos; no es bueno que una mujer sola reciba visitas de hombres solos.


Era extraño. Leo Katz, y el común de las personas, no se pone a pensar en qué clase de sitio vive una prostituta; aunque el imaginario colectivo suele emplazar a estas mujeres en los estrechos cuartos compartidos, caóticos y olorosos a humedad de los pisos superiores de los prostíbulos.

Antes de salir de Bogotá Katz había estado leyendo una crónica de la revista S... acerca de un lugar llamado Reina de Corazones; un club nocturno con servicio de acompañantes que prometía a su distinguida clientela hermosas y esculturales modelos 'estrato siete', pero que en las fotos tomadas por uno de los agentes de la revista enseñaba un lugar no muy distinto a una discoteca barata, con mujeres de rostros recomidos por la pobreza, cuerpos deformados por malas dietas y en algunos casos vejes prematura. Todo entre paredes sin pintar con fotos de baladistas de los noventa entre íconos religiosos.

Pero este lugar, como se dijo Leonardo a sí mismo en el instante en que cruzó la puerta, era el muy burgués hábitat de una profesional.

Irma, de pie tras Leo, soltó un suspiro que delató el orgullo que sentía por su apartamento.

—Ponte cómodo. Ésa es la idea —e dijo un tono muy informal.

Se fue a las ventanas que permanecían abiertas, donde la brisa agitaba las ramas de los árboles, su murmullo refrescaba la escena y el verdor de sus hojas, al contraste con el cielo azul, brindaban la impresión de estar en una apacible villa veraniega y no en medio de una megalópolis incrustada entre montañas alcalinas y mares de sal.

—Hace calor, ¿no? —Leonardo se giró para mirarla y al verla con su vestido naranja le pareció una mujer arrebatadoramente hermosa. Ella le entregó un vaso de gaseosa con tres cubitos de hielo. En efecto, la atmósfera era casi irrespirable a momentos; como cuando el sol bogotano daba de lleno en la caja metálica en la que trabajaba.
—Si. Por momentos es casi irrespirable.
—El nombre que le pusieron a esta calle es en definitiva sólo un nombre —agregó ella tendiéndose cómodamente en el sofá, sonriendo ante su propia lucidez, aunque Leo no le encontró sentido a sus palabras.

Él ocupó su porción del sofá; se terminaron de beber sus vasos en silencio. Leonardo preparaba su aproach. Como siempre no se le ocurrió nada y pasó otro minuto escrutando la escena: el minimalismo de la estancia y sus colores pomelo, marfil y terracota hábilmente combinados daban una impresión fresca en verano, y quizá reconfortantemente cálida en invierno.

—¿Son muy duros los climas aquí? —preguntó al terminar el un cabal análisis del mobiliario y las velas alineadas en el estante bien provisto de libros.
—Es como en todo lado, creo. Los inviernos son ahora más duros y en compensación los veranos son increíblemente tórridos. Infortunadamente no hay nada que hacer salvo esperar a que lleguen la primavera o el otoño.

Nada que anotar. Tanto el esfero como la libreta roja esperaban entre los dedos de Katz.

—¿Teherán es una buena ciudad para vivir?
—Sí, es formidable, por lo menos si la comparas con otras ciudades en esta parte del mundo. Verás: tenemos un buen sistema de transporte, un comercio abierto y un rico desarrollo arquitectónico.

Algo en las palabras de Irma oscilaba entre el sarcasmo y la tristeza.

—¿Y tú eres feliz aquí?
—No.
—¿Qué te falta?
—Nada.
—¿Entonces...? —pero se arrepintió al instante: Los enormes ojos de Irma lo miraban desde el vacío; vidriosos pero sin lágrimas con las cejas ligeramente fruncidas, como si se estuviese haciendo a sí misma una pregunta sin respuesta.
—Yo... —increíblemente estaba hablando— Tengo días en los que sueño que puedo algún día no ser yo. Que habrá un cambio; una metamorfosis. Si pudiera dejar Irán, sería cualquier cosa en Europa, pero sería diferente. Aún si tuviese que vender mi cuerpo en París todo sería distinto de hacerlo acá. ¿Por qué? ¿Quieres escribirlo? Porque allá hay esperanza.

Leonardo dudó. El bolígrafo tembló en sus manos y resbaló yendo a caer al suelo. Se molestó, maldijo en voz baja y mandó a volar la libreta también; ser periodista es una mierda.

—No, no lo entiendo —dijo él.

Irma cambió la aflicción de sus pupilas por un ligero brillo que redundó en todo su rostro. Tomo la cabellera de Leonardo y la revolvió como se hace con un niño. Luego le dijo "sígueme". Y desapareció en un corredor adjunto.

Leo fue tras ella de un salto y dos zancadas. El apartamento era pura sala, un baño y dos cuartos que quizá eran uno sólo antes de que le practicaran una modesta escisión. Irma estaba en el primero: una radio ronroneaba hasta que la bella mujer la hizo callar. No había árboles frente a la ventana y el oriente de la ciudad podía verse hasta sus límites.

El espacio era pequeño, acogedor, con un estante que conservaba unos cincuenta volúmenes de distintos tamaños. Algunos tomos de gran formato y muchos ejemplares de bolsillo. No tenía computador sino solamente una amplia mesa —casi un tercio del cuarto— de fina madera cepillada y lustrada como caramelo duro. Un cuaderno de hojas amarillas argolladas con alambre permanecía en la mitad de la superficie lacada; lo acompañaba un vaso de vidrio atestado de jazmines, un portalápices de acero con plumas y lápices de distintos tonos. De nuevo, como en la casa de Malcom, lo azotó la envidia.

—No hay problema por tener estos libros en mi casa —dijo ella tomando un librito de pastas verdes y caracteres a máquina en hojas amarillentas; se lo pasó a Leonardo-, pero no es aconsejable quizá que lo vean quienes me visitan. Aunque tú eres amigo.

Todo estaba en persa.

—¿Qué es?
—Los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Pablo Neruda.
—¿Te gusta la poesía?
—Es mi vida; mi verdadera vida.

Observando los lomos alineados Leo Katz descubrió nombres en inglés y francés. Una Temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud fue lo único que reconoció entre medio centenar de nombres mezclados en tres lenguas distintas.

Ella iba tomando los ejemplares y le señalaba autores; él revisaba los libros e intentaba leer en voz alta lo que estaba en francés. Tras un par de párrafos Irma lo instó a que dejara de hacerlo.

Luego se sentaron; Irma en su silla ergonómica moderna y Leonardo en un banquito de madera. Durante el resto de la hora Irma leyó a Baudellaire y a Dickinson.

—Y este es mi mayor tesoro —Irma fue a buscar algo al otro cuarto. Se escuchó por unos segundos el crepitar de plásticos guardados y de nuevo el repiquetear de los tacones sobre la alfombra.

En sus manos tenía algo tan enorme como una Biblia, así que Leonardo supuso de inmediato que de eso se trataba. Pero la portada, escrita en persa e italiano aclaró todo: La Divina Comedia de Dante Aligieri; en la edición más fina y hermosa que hubiese pasado ante los ojos del aprendiz de escritor Katz: cubierta de cuero en negro, caracteres latinos y árabes dorados, así como dorados los bordes de las páginas. Al abrir en la mitad del libro se topó con una imagen renacentista del infierno. Los versos en italiano y en persa compartían las páginas en sendas columnas.

—Wow —debe valer una fortuna.
—Vale una fortuna. Verás: de este tipo sólo se sacaron doscientos ejemplares. No podrás encontrar en estos tiempos otra edición bilingüe de la obra de Dante; no al menos en este país.
—¿Está prohibida?
—Legalmente no, socialmente sí —Leonardo movió en silencio la cabeza: no comprendía—. Es decir, nadie te puede prohibir publicarla, pero nadie querría hacerlo porque no habría quién la comprara.
—¿Y esta?
—Mi papá la editó simplemente porque no existía. En todo el mundo persa nadie podría encontrar una edición en dos idiomas y con este grado de calidad en diseño. Invirtió mucho, aunque no amaba el arte, pero si el dinero y creía en las grandes obras. La edición, recuerdo, tomó unos siete meses: reclutó un equipo de filólogos para la traducción; profesores e historiadores de arte para las gráficas y a un excelente diagramador Egipcio, un genio. Era una obra colosal para las mentes cultas del país, dispuestas a pagar por un clásico de edición limitada.

Un largo suspiro.

—Luego vino la revolución. Todo lo que pudiera ser extranjero era una ofensa al Profeta y a Alá. Dos operarios de la prensa eran seguidores del Jomeini y dinamitaron las oficinas y las imprentas... mi papá estaba dormido junto a las pruebas de la segunda edición. Decía que había tantos errores. Nosotros le decíamos que no había ninguno pero el insistió e insistió hasta que hizo de ese lugar su... casa, prácticamente...
—Habría sido genial ver esa segunda edición. Pero te juro que en la vida tendré el dinero para adquirir semejante joya —dijo Leonardo rápidamente para sacar a Irma del pozo de tristeza en el que se estaba hundiendo.

Ella entonces le dedicó una mirada y una sonrisa. Abrazó el libro, abandonó el pasado, y lo dejó sobre su mesa de trabajo. Katz tomó el cuaderno. Al igual que sus lecturas, este estaba en tres idiomas, usando tres colores para ello: rojo para el francés, azul para el inglés y verde para el persa.

—Si pudieras salir —preguntó Katz—, e irte a cualquier ciudad del mundo, ¿cuál sería?
—Bueno, qué pregunta más simple.
—A Francia, ¿verdad? ¿Y qué harías allí?

Miró al techo y mantuvo un gesto coqueto entre sus largas pestañas y sus labios cristalinos.

—La verdad... es un secreto. Comamos primero, ¿sí? Tengo hambre y quiero que pruebes algo.


Salieron y en media hora estuvieron de vuelta, tras una breve visita al los sánduches Haida, situado apenas a tres calles de la casa de la casa de Irma. El establecimiento, de cierto renombre, estaba abarrotado; su clientela eran al menos una docena de familias felices aun bajo el calor subyugante y la retumbar del rock iraní cortesía de un cerco de altoparlantes.

De vuelta en la calle se sintió muchísimo mejor, y descubrió con sorpresa lo cómodo que se sentía esa mañana, incluso siendo casi ya el medio día; pero esta calle era bastante fresca y poco transitada, el paseo así resultaba agradable.

Para salir Irma había cambiado sus zapatos de tacón por tenis de lona y algo parecido a una serie de túnicas color verde oliva la cubrían desde los tobillos hasta la frente; aún con todo su rostro denotaba una frescura irreal.

Hablaron de libros, de poesía, de Colombia. Irma, mientras ordenaba los sánduches y sus salsas en platos, le aseguró a Katz que lo que más detestaba en cuanto a climas era el invierno. Su espacioso apartamento era un congelador a principios de año, y en esos días trasladarse por Teherán podía convertirse en una verdadera aventura si no se tenía el auto adecuado. Así, la perspectiva de irse a un país sin estaciones, donde el clima sólo se hace más soleado o más lluvioso, no dejaba de serle atractiva.

Mientras se comía su sándwich y bebía naranjada fría, Leonardo le preguntó por sus amigas.

—No se tiene amigas en el Äcemän. A las otras chicas sólo las veo allí y por supuesto el lugar es un corredor de caza; no te puedes confiar un segundo porque ten quitan la presa.
—¿Quién es el dueño de ese lugar?
—Un industrial según dicen. Todo lo manejamos por correo dentro de la ciudad; muy extraño, sí, pero no sé realmente mucho y no me hagas más preguntas porque no te las pienso contestar. No es que me haga realmente feliz.
—Sería una idiotez entonces preguntarte por qué lo haces.

Irma se limpió la boca con una servilleta de papel, y mientras terminaba de masticar pensaba una respuesta.

—Porque soy libre y puedo ganar tanto dinero como desee -ella debió notar la impresión que estas palabras causaron en su interlocutor-. Si fuera maestra, o ingeniera, o incluso trabajara para una empresa multinacional no ganaría sino la mitad de lo que puede conseguir un hombre, aún con menos experiencia que yo. Este empleo, si es que puedo llamarlo así, me quita sólo un día a la semana y me deja los ingresos de casi tres meses.
—Un sueño.
—Ummm, eso depende de tu punto de vista.
—¿Has hecho algo asqueroso por dinero?
—Lavé platos en un restaurante chino. Fue mi primer empleo después de que murió mi padre.

Katz quiso preguntarle por la forma en como entró a su actual negocio. Mientras ordenaba las palabras en su cabeza Irma se terminó de beber la naranjada; era definitivamente una mujer de sensualidad explosiva, incapaz de realizar un sólo movimiento que no resultara provocador. Y antes de que Leonardo terminase de armar su pregunta, ella empezó a interrogarlo acerca de su vida.

—No hay mucho que contar —replicó él, pero ella quería escuchar algo. Le contó acerca de su vida en Bogotá, de Ángela, de sus intentos de ser escritor, su logro final de escribir para una revista, y claro, de Erica.
—¿Estas enamorado?
—No sé.
—Cómo no lo sabes.
—Bueno no es algo que te genere manchas en la piel. No sé qué es lo que siento, es todo.
—Y cuando estabas casado... qué sentías por tu esposa.
—No... todo era distinto. Vivir con Ángela era como vivir conmigo mismo, pero no estar sólo. Era perfecta; Erica, en cambio... bueno tampoco la conozco muy bien.
—Trata de ser su amigo.

Decirlo es fácil.

—Sabes —continuó diciendo ella como borrando el error emitido previamente—, lo que más enamora a una mujer es sentirse a la vez querida y deseada.
—Lo último es muy evidente creo. Esa niña me hace pone los sesos por fuera.
—Pues debes asegurarte de que ella lo sepa. Sí tú te enteraras de que hay una muchacha que está loca por ti, dime, ¿te sería irrelevante?
—No, obviamente no. Pero aquí las cosas son ligeramente más complicadas, Irma. Yo conozco a las chicas como Erica: están sentadas en el baile de graduación esperando a que su príncipe azul se aparezca y las lleve en un Ferrari a un castillo en las nubes. ¡Hmmm! Deberías ver la cloaca en la que vivo.

Irma explotó en carcajadas, Leonardo no pudo evitar ser contagiado de esa sonrisa y terminó carcajeándose de su propia desventura. Finalmente ella se inclinó hacía él y puso sus manos largas alrededor de los estrechos hombros de Leonardo Katz.

—Si todos los asuntos amorosos se solucionaran con dinero este mundo sería un lugar muchísimo más sencillo. Ven, vamos a salir, quiero presentarte a unas personas.

Prácticamente tirando de él, Irma arrastró a Leo hasta la puerta. Del perchero tomó un pañuelo verde oliva y se lo ciñó a la cabeza, asegurándose de que ningún cabello asomara por su frente. Esta vez dejó el manto gris y tomó una casaca negra y muy elegante de un material desconocido. Tanto le impresionó a Katz esta prenda que no pudo evitar tomar una de las solapas y palpar toda su superficie.

—¿Qué es?
—No lo sé; es regalo de Franz. Parece que es un material aislante e incombustible que fabrica su empresa para proteger a la gente rica que no quiere morir incinerada. Es para hombre de hecho, pero eso aquí no importa.

Fueron escaleras abajo a un ritmo atlético, saltando de a tres escalones, Irma parecía una niña jugando. Quizá pasaba de los treinta, pero sus acciones estaban untadas de una frescura que quisiera para sí algunas mujeres más jóvenes. En el sótano Leonardo pudo escuchar el tintinear de las llaves mientras su nueva amiga se acercaba a un hermoso Renault Tondar 90 color rojo escarlata.

Dentro del espacioso Tondar bailaba sobre la tapicería un fuerte olor a menta, tal vez muy dopaminoso, pero para Irma, a juzgar por la expresión comercialmente plácida que ponía su rostro, aquello debía ser indescriptiblemente relajante. La marcha se encendió repentinamente, los faros halógenos hicieron que los muros encalados destellaran como mármol al sol de la mañana, y con un rechinar de neumáticos fueron despedidos hacia la salida del foso.

Ahora el cielo era azul y la calle Yackchal tenía un aspecto encantador: mil ventanas e incontables faroles de destellos naranja iluminaban, de entre los árboles, la vía por donde cruzaban autos de todas clases, muchos de los cuales tenían música electrónica retumbando desde su interior. Irma, para no desentonar, encendió su sistema de audio Mp3 y seleccionó del menú en inglés un tema del grupo Barobax.

No sonaba muy distinto a lo que hacía medio centenar de DJ’s en Europa y América; aunque las voces distorsionadas cantaban en persa. Con todo, y aún con la preferencia que sentía Leonardo por el lounge, Barobax tenía estilo. Irma conocía a uno de sus miembros, Keivan, un ingeniero de computadoras que le presentaron en un café bar llamado El Castillo: un centro de reunión de intelectuales y músicos. Algo que sin duda, pensó Katz mientras seguía el ritmo con la cabeza, debía existir en todos los países del mundo.

Sunday, June 17, 2007

Capítulo XX. La Sala de Redes.

De nuevo el insomnio. Dar cuarenta vueltas a una cama sólo acompañado del calor molesto de su propio cuerpo. En casa, Leo Katz no tenía muchas opciones para matar su tedio, pero siempre era preferible estar ahí que acá. Allá, por ejemplo, optaba por entrar en la cocina, tomar los ingredientes y esforzarse en la elaboración de un café perfecto; se hacía a un libro de difícil lectura (Ulices o Archipiélago Gulag) y se esforzaba en memorizar alguno de esos párrafos ilegibles. El sueño pronto se anclaba en sus ojos.

Por el contrario este cuarto de hotel era un sitio extraño. El techo, demasiado blanco, con bordes en relieve, lanzaba sobre todo el aposento un cántico insonoro de fastidiosa santidad.

Entre otras cosas, estaba descartada la televisión como alternativa de entretenimiento. Lo que estuvieran presentando estaría en persa, o sería lo suficientemente aburrido como para sofocarlo aún más. Igualmente no podía escribir o pensar en escribir. Lo que había visto en la noche lo tenía demasiado atormentado, como si el perfume de esa mujer se le hubiese hundido hasta las vísceras, y como un tumor su sola presencia le restara los ánimos.

Entre darse una ducha y hacer ejercicio, o simplemente tomarse toda la botella de naranjada y mirar las estrellas, prefirió mandarle a Hegel un mensaje de correo electrónico.

Sin grandes prisas y apenas vestido con camiseta, pantalones de ejercicio negros y un par de pantuflas, cortesía del hotel, buscó entre el lobby y la sala de recepción la sala de computadores. Y vino a encontrar un cuarto insonorizado, oloroso a jazmín y tabaco, encerrado entre paneles de madera y vidrio, con quince terminales encendidas ejecutando protectores de pantalla con vistas idílicas de los desiertos iraníes.

Empezó con la siguiente consideración: todo lo que expresase en aquella carta podría ponerlo en un aprieto. Así que el estilo debía lo suficientemente almibarado como para aburrir a un posible detective cibernético, pero lo bastante clara como para que la entendiera un alemán que aún tiene lagunas con el español.

Hegel,

El tiempo en Colombia no pasa, igual que acá; no creo entonces que sea relevante contarte algo que no te haya mencionado en oportunidades anteriores.
Te escribo desde una aceptable sala de internet en el primer piso del Hotel Azadi de Teherán; un edificio ochentero, alto y solitario entre avenidas estrechas que corren montaña arriba...


Tomó una hoja y apuntó estas últimas palabras que le parecieron dignas de ser añadidas a la crónica.

...hasta donde la vista se pierde entre las brumas heladas de la cordillera iraní.

Una de las reglas de Latinoamérica (si te digo esto es para que lo hagas parte de alguno de tus proyectos de libro) es que TODO es posible si se tiene el suficiente número de palancas. Y la regla se aplicó a este caso: estoy escribiendo para una revista de larga (sic) circulación. Debo llenar cuatro cuartillas -piensa en hojas A4- con un texto lo sufientemente atractivo como para no verme muy por debajo de otras tantas reconocidas plumas.

Ah, no sé. No siento que esto me haya quedado grande. Antes de salir de Bogotá tuve la precaución de leer números atrasados de S... y realmente no encontré crónicas de viajes dignas de ser protegidas del fuego destructor; quizá con un par de excepciones. Pero la gente no sabe quién soy yo, y quiero que comiencen a saberlo.

No sé si realmente tengo oportunidad de volverme colaborador en serie de esta revista. El sólo hecho de que pudiera recibirla en mi casa por correo sería un pago excelente por mis servicios. Damn... atiborran sus páginas de mujeres sacadas de los corredores del cielo. Eso, o me contento con asistir a una sesión de fotos.

Pero vamos a lo esencial. Quiero empezar a tener una vida de verdad, o al menos la clase de vida que habría tenido si no hubiera muerto Ángela. Quiero ser escritor; dirás que no se puede vivir de eso, como ya me lo dijo Andrés Hoyos y otros tantos gentiles hombres. Lo que necesito es forjarme un Nombre; algo sonoro, ya que Leonardo Katz suena pésimo, comercialmente nulo, amen si soy homónimo de un duro de los restaurantes finos. De eso último no estoy seguro.

Como decía —y es que pierdo el hilo con facilidad— tengo que ponerme la meta de producir a una velocidad de vértigo capaz de atiborrar las bandejas de salida de revistas y editoriales. No quiero meterme en premios de novela ni intentar la osadía de editarme a mí mismo. Aunque si tuviese la plata lo intentaría. Aunque difícil, lo que necesito es un maldito editor.

Tenemos que hablar, no tengo ni puta idea de dónde andas. Espero salir de esta ciudad gris en unos días. Las vainas aquí son raras, mein Befreundet. Pero todo está bien por ahora. Ya nada de líos ni problemas como los de México. Paz y trabajo. Por cierto, ¿en qué trabajas ahora? ¿Otro ensayo? ¡Diablos! Si estás en Europa veámonos en París en unos días, sólo déjame ordenar un poco las cosas y ajustar el día.

Eso es todo por ahora. Son como las tres de la mañana o algo así; tengo que dormir.

Chao.


Clic y enviar. Era genial, en parte, y también triste que tu único amigo viva corriendo de extremo a extremo del mundo. Hegel podía estar en ese momento es Calcuta, entre calor y moscas, o en la casa de sus padres en Berlín, siendo masajeado por la fisioterapeuta de su hermano. Leonardo se quedó pensando en lo endiabladamente buena que era la vida de su amigo alemán: seleccionar una ciudad en un mapa claveteado en una pizarra del cuarto; tomar dinero, documentos, un par de camisas —o treinta y tres condones— y navegar por los cielos en primera clase para dar con el hotel más barato del distrito bohemio de la metrópoli, comprar cuatro libros, levantarse una joven belleza local y darle a la redacción de un cuento o una novela o sólo una crónica de viaje.

¿Y tú qué putas estás haciendo ahí sentado, Leo? Se preguntó y sus propias palabras resonaron cavernosas entre su cabeza aplicándole un escalofrío por la nuca. Se estaba quedando dormido, nada más. “Bueno, no es culpa mía: no estoy dedicado a lo mío, que es escribir. Tengo que buscar a cierta gente para que la Thomas Jefferson esté contento”. Pésima excusa, el escritor escribe siempre; ¿acaso alguien te aleja de tus cuadernos? ¿Careces de un cuarto para ti solo? ¿O es que mañana en la mañana debes ir a trabajar?

“Sí, tengo que buscar a Irma. Tengo que buscar a los estudiantes o a alguien que me de alguna idea de lo que es este grupo ‘Estrella Norte’, si es que en realidad existe”

Irma, más los estudiantes rebeldes, darle a los analistas de la CIA algo en qué pensar, luego irse a París y buscar a Hegel, y quizá algunas chicas de colegio y armar una buena fiesta de ácidos y cerveza en un apartamento alquilado. Drogas, sexo y de vuelta el lunes a trabajar. Buen plan.


En tanto Leonardo se devanaba los sesos buscando formulas elegantes para explicarle a Hegel su situación, sombras sin forma, casi etéreas recortadas entre muros viejos y callejones de nadie dejaban abandonado una camioneta Wolkswagen pintada por entero de negro. Sólo una estela de puntos de pintura brillantes en uno de los guardabarros la hacían visible ante los ojos de un observador experto.

Ese ojo de enorme poder estaba a casi cuarenta metros, cruzando una intersección vacía, en la esquina de un edificio similar a una almena bizantina. Pendiente, tras unos binoculares adaptados para recoger la luz de las farolas callejeras y concentrarla en un sólo punto. Tras diez minutos de fija concentración apuntó la vista a un estrecho corredor; una cerilla se encendió ahí.

El teniente coronel Dick Matson y el mercenario Julius se encontraron en aquel intersticio sumido en las absolutas tinieblas. Esperaron otros quince minutos para confirmar que los encargados de la camioneta no regresaban, ni que hubiesen extraños fumadores o bebedores de café apoltronados entre coches de observación.

Julius fue el primero. Con sus gráciles movimientos de atleta alcanzó la puerta y puso en marcha el motor. La vieja van ejecutó un giro de de bailarina y se frenó a tiempo para ser abordado por Dick. Salieron a toda potencia entre las calles vacías del centro empresarial de Teherán.

—¿Nos vieron? —Preguntó Julius.
—No hemos volado en pedazos —respondió Matson.

La camioneta parecía perseguida por los diablos. Las luces de la ciudad cruzaban el parabrisas como relámpagos cortantes. Julius estaba pendiente siempre de cualquier cosa que intentase seguir el curso del vehículo; aunque a esa hora la avenida en dirección oeste-este estaba tan sólo habitada por el alumbrado nocturno. En minutos estuvieron en la reserva natural de Sorkhe-Hesar, una selva planificada con orden milimétrico.
A la vera del camino, ante la vista de árboles de idéntico tamaño se detuvieron a escasos metros de una camioneta: otra Wolswagen, igualmente negra, igualmente robada. Cuando ambos vehículos quedaron igualmente a espaldas del otro empezó la transferencia: quince maletines deportivos marca Mamut, color rojo oscuro, cada una con doce kilos de peso, según pudo constatar Dick en la pesa que colgó de una de las puertas, tras haber revisado el interior de cada bolso.

Dick y Julius se dieron la mano y se despidieron. Una mancha muy leve de color turqueza cubría la cresta de las montañas y ambas camionetas arrancaron en direcciones distintas. Antes de que sonaran las voces de los muhadines llamando a la oración, los dos vehículos serían abandonados, sus matriculas removidas y cualquier huella de su uso borrada.

Ciento ochenta mil gramos de explosivo chino pasaron del supuesto control de aduanas de Etiopía —donde estaban anotados como material decomisado a piratas libaneses— a manos de terroristas. Ahora un enorme cañón cargado andaba suelto por la capital de Irán.