Tuesday, July 24, 2007

Capítulo XXII. El Castillo

A diferencia de El Cielo, era real. Si bien carecía de almenas, torres, puente levadizo y foso circundante, Das Schloss —así estaba su nombre en fuentes góticas de aluminio bañado en laca negra con líneas de neón azul celeste brillando desde tras de sí— tenía altos muros en piedra, puertas de doble hoja hechas en recia madera oscura y un sinnúmero de banderitas en lo alto oscilando entre las brisas veraniegas de la noche.

Aparcaron a casi tres calles y se movieron por la acera como dos ladrones; Leo era rápido, pero Irma lo superaba.

—¿Hay algún problema si una mujer anda sola por la calle de noche? — inquirió Leonardo cuando ambos esperaban el cambio en la luz de un cruce vehicular.
—No es aconsejable... Ahí está.

La fachada le recordó a Katz los agujeros donde suelen meterse los ricos en Cartagena y Santa Marta, aunque aquí no hubiese gorilas armados con porras listas a evitar que sus amos cachacos tuvieran que ver a algún negro. Y en vez de esos ritmos tropicales con peste a coca y ron, el zaguán estaba contaminado por el ulular de un bajo en práctica con acordes de jazz como guía.
Luego vino el cristalino tintinear de un piano. Se mezcló con un saxofón perezoso y finalmente un alegre clarinete. El interior le encantó...

La iluminación la proveían unas quince lámparas colgantes, de antiguo estilo como faroles londinenses. Una barra en madera, lacada y lustrada en la que esperaban acodados al menos siete hombres con aspecto de oficinistas, conversando en parejas. Imponentes máquinas de café, con intermitentes descargas de vapor mantenían ocupados a los tres mozos encargados de la barra. Los presentes alrededor de las mesas eran más jóvenes. Se veía a mucho estudiante y a mucho empleado en la arbolada de la madurez conversando en tonos disímiles.

—No veo mujeres acá, Irma —dijo Leonardo en el umbral de entrada tras escanear el lugar. Mas su acompañante extendió en silencio su brazo y señaló el fondo del salón: ocho mujeres ocupaban tres mesas separadas. Katz e Irma fueron acercándose allí y aquel descubrió que la mayor de estas no llegaba a los veinte. Ambos ocuparon en una mesa desocupada cerca a los caballeros.
Cuatro muchachos de camisetas multicolores y jeans descoloridos afinaban sus instrumentos.


Aquel sitio era lo menos 'árabe' que Leo había visto en toda su estancia en Irán; parecía un grill cualquiera del centro de Bogotá, aunque jamás en la vida Leo había visto un lugar tan elegante, tan old fashion, y a la vez tan abierto. En su ciudad, los bares y cafés frecuentados por intelectuales o artistas simplemente eran producto de la imaginación de unos cuantos. Y los que eran montados por algún aventurero caían pronto en las garras de algún administrador astuto que ponía a servir a dos empleadas mediocres, amigas de poner vallenatos a todo volumen en sus grabadoras y servir un café pésimo por un costo altísimo.

—¿De quién es este lugar? —Preguntó.
—No tengo la menor idea —Irma llamó con una mano al mesero y este diligente escuchó el pedido de la señorita—. Debe ser de algún tipo rico y culto. Un iraní; porque realmente no creo que a los extranjeros les interese montar sitios como este.

En el clavo. Si algún día los Estados Unidos invadía Irán terminarían barriendo estos cafés old fashion para montar una cadena de Starbucks.

Por los parlantes que dominaban el lugar desde cada esquina resonó una voz rasgada. El líder de la banda saludaba al público y se explayaba en un largo monólogo acerca de algo —quizá político— que Leonardo no pudo entender.

—¿Qué dice?

Irma lo hizo callar con un movimiento de la palma de su mano. En esas llegó el mesero quien dejó dos anchas copas de vino casi al borde de un líquido negro y ligero como el oporto. Leonardo levantó la copa y miró el líquido oscilar dentro del cristal un rato; el clarinete empezó a cantar en compañía de la profunda percusión de un bajo, mientras los rostros de los presentes se alegraron ante un tema conocido.

—¿Vino sin licor?
—No. Es expreso helado con clavo y nuez moscada —respondió Irma sin dejar de mirar a la banda y contoneando sus hombros con el ritmo de la canción.

Aún con esta explicación Leo ajustó el borde de la copa en sus labios y dejó que una cantidad minúscula alcanzara la punta de su lengua. Nada mal. Entonces dejó correr el líquido garganta abajo y lo saboreó. Nada mal; y empezó a seguir las ondulaciones acústicas sin quitar su atención de los otros presentes.

Los hombres de la barra seguían su conversación; nuevos grupos de chicos hacían su entrada y se apoderaban de las mesas vacías. Katz regresó con sus ojos al extremo dominado por las mujeres. Ahí, entre otras cuatro jovencitas sin mayores puntos relevantes, había una princesa de piel canela y ojos verdes, dueña de una sonrisa más hipnótica que un cerro de diamantes. El buen Leo creyó en principio que la mirada y el gesto iban en su dirección, entonces la canción terminó y la niña se puso en pié, aplaudiendo y lanzando besos a un flaco lleno de barros encargado del teclado.

El pianista en forma de caña de bambú y su admiradora de cintura perfecta se encontraron en medio de las mesas, juntaron sus frentes y se miraron a los ojos mientras se decían pendejadas; ¿qué más se puede esperar de un par de jóvenes enamorados? Leonardo, quien había seguido la trayectoria de la jovencita, sacó de su mente los escombros que le quedaban de esperanza y notó unas espaldas demasiado anchas, y una cabeza demasiado calva, ocupando la barra. El tipo se giró y lo miró distraídamente unos segundos. En su mano sostenía el trozo de cuerda del que se aferraba una bolsita de té que no cesaba de ascender y sumergirse en una taza muy ancha. Irma en esos instantes elevaba una mano para llamar la atención de alguien en la tarima —a alguno de los músicos, obviamente—, y Katz sintió la invasión de una rigidez casi mortal serpenteándole desde las extremidades inferiores: algo no estaba bien con el tipo de la barra. Era un viejo. Puede que sólo tuviera cuarenta años, pero en un sitio donde la media de la edad es de 22, la presencia de este adulto, mal vestido y sólo entre otras cosas, no podía ser una cuestión natural.
—¡Ahí está Hamid! Haré que venga ahora con nosotros —exclamó Irma entre los aplausos que no se extinguían. Mas Leo optó por cerrar los ojos y dibujarse ese rostro sereno y profesional que lo había estado observando desde la barra. ¿Acaso ya lo había visto? No, no puede ser. ¿Por qué no? ¿Acaso estás tan seguro de que no era uno de los hombres de negocios que chapoteaban alegremente en la piscina mientras tú y el coronel charlaban?

Si tu instinto dice que algo va mal, va mal.

—Sabes una cosa… ¡hey!

Irma volvió a sentarse, parecía excesivamente animada.

—Sabes una cosa, creo que estoy muy cansado; lo mejor es que regrese a mi hotel. Ya hay mucha gente y mucho ruido en este lugar.
—Está bien, serán sólo unos minutos — concedió ella sin ceder en su emoción.

Hamid finalmente ocupó su silla a menos de diez centímetros de Irma. Traía su botella de agua Evian y la plantó firmemente sobre la mesa. El cuerpo plástico tenía gotas de todos los tamaños excepto ahí donde la mano reseca de Hamid se había aferrado.

Se saludaron y el chico la besó en la mejilla, a lo que Irma respondió con una sonrisa de madre.
Luego él se quedó mirando a Leonardo y dijo algo en persa.

—Es Leo Katz, periodista colombiano —explicó ella en inglés y él asintió con la cabeza sin quitarle los ojos de encima, los cuales eran tan negros como su cabellera rizada. Sus brazos cruzados, al igual que el resto de su complexión, no sólo eran recios, sino que delataban un entrenamiento deportivo —o militar—.
—¿Qué edad tienes? —Le preguntó Leo distraídamente.
—Diecisiete —respondió Hamid, y su tono de voz lo confirmó.

Diecisiete malditos años; aún debía estar en la escuela, o por mucho en el primer año de universidad; y con todo aparentaba más madurez y fortaleza que el propio Katz. Tenía además unas patillas enormes lo cual tal vez reemplazaba la barba y el bigote que ordena la religión llevar. "¿Si un hombre sufre de alopecia, recibirá un castigo de Alá? Probablemente sí" Pensó Leonardo detallando que muchos jóvenes en ese café preferían llevar una barba rala o muy perfilada antes que una al estilo talibán.

—¿Colombiano, he? ¿Y que escuchan ustedes allá? —el tono, fuertemente influenciado por su lengua, estaba aplastado por el timbre propio de un chico.
—De todo. Todo lo que produce el Mundo se puede escuchar en Colombia —lo cual era cierto, pero sólo en teoría.
—Ah... las ventajas de América —eso pareció decir Hamid sonriendo—. Es un país abierto a todo. Tú entras en una tienda —iba diciéndole a Irma mientras daba cuenta de su agua importada—, y ahí está la música ordenada por países y por géneros. Nadie te puede impedir comprar nada. Y tooooodos los tipos de música, de tooodos los países del planeta. ¿Verdad?
—Sí, técnicamente. Y, dime, qué estudias.
—Programación de sistemas, como todo el mundo. En la universidad tecnológica de Sharif.

Antes que terminara de explicar su situación en aquella universidad, un torrente de voces de toda clase se desplomó sobre la mesa. Ya estaban entonces rodeados de una caterva de chicos y chicas de todas clase que saludaban a Irma sin ninguna pausa. Ella, escuchaba a todos, aunque todos hablasen al tiempo. Leonardo fue sacudido por dos golpes en su hombro derecho: era Hamid quien quería llamar su atención. Este torció la cabeza a un lado señalando una mesa vacía, Leonardo tomó su copa y ambos se trasladaron a la paz del rincón.

—Tengo planeado viajar a Venezuela dentro de un año. Un amigo de mi primo se fue a vivir a Caracas hace un año y ya tienen dos restaurantes allá. Okey. Yo he planeado lo siguiente: ir por Venezuela, visitar Ecuador y Bolivia, y Colombia. En la internet he leído que en Colombia el mercado de la música electrónica es muy bueno.

Leonardo, tras una pausa en la que no dejó de asentir lentamente con la cabeza, logró descifrar el contenido de las palabras de Hamid. Sonrió cortésmente y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.

— Suena excelente. Es realmente una buena idea. Espero que tengan éxito.

No tenía realmente mayor conocimiento sobre la movida de la música electrónica en Colombia. Acaso, ¿qué rayos tenía que ver aquello con él? Nada. Si se lo preguntaba a sí mismo no podría decir qué clase de música le gustaba; en una rápida elección se decantaría por el jazz, el rock industrial o la música clásica. Para leer o escribir prefería el silencio.

— Bueno, el punto es que si tú estás allá en Colombia puedas darnos una mano: ayudarnos a conocer la ciudad, o buscar gente a la que le interese patrocinar un concierto nuestro — pausa— . Bueno, lo que sea, apenas nos conocemos y ya te estoy pidiendo que seas mi representante.
Soltó una fingida risita rotulada de timidez, pero Leo a su vez soltó una enorme carcajada que sobresaltó a Hamid.
— Oh claro que sí: será un placer ayudarles. ¿Sabes, mi amigo? Yo soy escritor; soy un artista. Por qué no habría de ayudar a otros artistas.

La respuesta pareció satisfacer a Hamid, ya que su boca se desplegó en un gesto más natural. Leonardo aún no se consideraba un escritor profesional, y ante nadie — al menos en su vida común— se definiría a sí mismo como un artista. Estaba en un continúo proceso de adiestramiento y por tanto el título bajo su nombre era “aprendiz de escritor”. Lo lamentable era que avanzaba más en su carrera de espía que en su oficio con las letras; mírenlo ahí, utilizando con audacia los recursos dados por sus instructores para reclutar a un nuevo agente. En la vida ordinaria Katz no era muy propenso a las largas charlas; estaba tan lejos de ser un gran conversador como lo estaba de alcanzar en un pista de atletismo a un medallista olímpico. Con el método de interrogación fue pasando de un tema a otro, generalmente de asuntos de la banda, sin cometer el error de desviarse en alguna charla técnica sobre música.

Al cabo de un rato Irma estaba rodeada de chicas con la cabeza envuelta en pañuelos que escuchaban embelezadas un poema, o un cuento, o una parte de una novela. El idioma persa sonaba bello al ser reproducido por aquella voz. Leonardo y Hamid observaban desde la barra.

Al terminar los aplausos de toda la concurrencia hicieron imposible toda conversación, y ambos jóvenes optaron por buscar el aire de la noche. Hamid encendió un Camel y Leonardo buscó la forma de mantenerse fuera del área de daño de la nociva nube de nicotina.

— Entonces, así quedan las cosas — dijo por fin el iraní.
— Entonces así quedan las cosas — respondió Leo— : me quedan unos pocos días; no quiero parecer grosero.
— Para nada, Leo.
— Entonces nos veremos ahí mañana en la mañana. ¿Hay algún problema porque sea sábado?
— Muchos vamos a la universidad el sábado en la mañana para realizar prácticas en los laboratorios. Quiero que veas el sistema de ecualizador que estamos ensamblando con los de mi equipo: ciento doce canales.

Quince minutos después Leonardo descubrió el brillo pálido de las ventanas de su hotel. Un dragón de dieciséis ejes estaba muerto en plena glorieta y los uniformados de tránsito no hacían más que dar vueltas a su alrededor, en tanto que unos cien desesperados trataban de regresar a casa.

— Qué atasco — Irma había estado muy callada, aunque sonriente, desde que habían abordado de nuevo el auto— . Supongo que en Occidente no tendrán esta clase problemas tan seguido.
— Claro que sí: en todo el mundo es igual, creo.
— Era sólo una idea. Pensé que las ciudades más modernas estaban más planteadas para los autos.
— Eso habría que preguntárselo a los planificadores urbanos.

Irma no replicó nada.

— ¿Qué le leías a esas niñas en el bar?
— ¿Qué bar? Era un café por si no te diste cuenta.
— Sí, lo que sea.
— Algo de Damir Sharif, es de El Cairo pero se trasladó hace algunos años a Irán. Viaja mucho; no le conozco personalmente porque es, dicen, bastante solitario. Ese poema se llamaba Inspiración.
— Suena bien.

Entonces empezó a recitarlo. Era toda una serie de frases cortas aparentemente desligadas de un contexto; así lo vio Leo, quien sólo vivía en función de la prosa. Enunciaba toda clase de flores y cosas presentes en un jardín, y como todo ello le recordaba a una mujer, señora de la casa, que en aquel momento estaba ausente. Esto último lo dilucidó con las únicas palabras que le quedaron en la cabeza cuando llegaron finalmente al hotel Azadi: “…en medio de la nada el silencio me susurra su nombre / el recuerdo de sus ojos son la única luz que me queda en la penumbra / nada tendría para mí sentido si creyese que no la podría volver a ver”

— Traducido al inglés pierde casi toda su profundidad — dijo con los ojos puestos en el recibidor del hotel. Sólo un empleado solitario de chaleco rojo esperaba al fondo sin mover un músculo— . Nos vemos, Leo.

Se despidieron chocando las manos como dos amigos. Frente a la entrada — sola por completo— se quedó mirando como arrancaba y daba vuelta para hacer el camino de regreso. El problema es que no lo hizo sola: otro Renault negro la seguía con veinte metros de diferencia. ¿Claro está que podía ser una coincidencia; cuántos autos no daban también ese giro a la derecha — prohibido, además— para tomar la avenida hacia el sur? Pero Malcom le había dicho, llegando al final de su adiestramiento relámpago, “piensa que estás en un triller de espías; piensa en lo peor y prepárate para ello”.

Entró entonces a su cuarto como una tromba. Fue a la cama y levantó el colchón, revisó las lámparas, desarmó el teléfono, sacó todo lo armario, reacomodó los muebles y miró en todas direcciones hasta darse cuenta que, a menos que lo hubiese hecho dormido, no había dicho en voz alta nada comprometedor, ni tenido conversación alguna con nadie. Se sentó en el piso, emocionado. Mierda, y aún no había hecho nada; eso era lo peor de todo.

Al apoyarse en la mano derecha para ponerse de pie descubrió el extremo romo de un objeto metálico oculto bajo la mesa de noche de lado derecho de su cama. Descubrió que era un cuchillo de carne, muy pequeño de hecho, untado de mermelada endurecida con aspecto de sangre seca.
Ni siquiera estaba pensando en ello; en su cabeza revoloteaban las palabras de James al-Jezza acerca de la policía secreta y su, al parecer, capacidad arrolladora de detectar entre los visitantes del extranjero a posibles espías. Cientos de detenciones en los últimos veinte años; nacionales de otros tantos países que no fueran de Estados Unidos eran simplemente detenidos e incomunicados en cuarteles de policía por estar, supuestamente, espiando para el Gran Satán.


Algo parecido pasaba en Colombia tal vez. Mientras Leo reflexionaba sobre ello se sentó en el cuarto de baño comenzó a pasar el cuchillo sobre la piedra áspera del suelo. Un hombre había llegado con el deseo de cruzar el mundo en bicicleta; un suizo, o quizá un italiano, Leonardo no lo podía recordar porque no había llegado a Colombia entonces, sino que la noticia la encontró en un ejemplar muy atrasado de El Tiempo. Entonces el hombre se fue directo, desde el sur, hasta la costa norte colombiana, para venir a toparse con los perros de algún frente guerrillero que, tras una breve inspección, acusaron al ciclista de ser agente del imperialismo yanqui y procedieron a ejecutarlo. Así suelen actuar los imbéciles y los cobardes.

¿Se podría decir lo mismo de los agentes de seguridad dispersados en Irán? Hasta qué punto verdaderamente estaba modernizada la vigilancia que el gobierno sostenía sobre sus súbditos. La lógica enseñaba que los espías realmente peligrosos eran más difíciles de capturar porque solían ser los individuos más astutos, pero la Historia exponía a veces casos de verdadera ceguera investigativa para dar con estos tipos.

La hoja del cuchillo seguía raspando la superficie de la piedra, y tanto el movimiento de su mano como el crujir áspero de aquella acción fueron relajando a Katz.

Ahí estaban casos como el de Aldrich Ames; ¿Qué hizo la CIA? Ni un carajo; o muy poco, por lo que recordaba Leonardo. Tenía entonces once años cuando las cámaras de todo el país le apuntaron a aquel maldito beodo. Las palabras del comentarista de la televisión local de Anchorage le seguían resonando en los oídos: agentes del Departamento Federal de Investigación, tras una larga y dura búsqueda, dieron con…”. Y ahora que pensaba en los federales, fueron estos quienes mantuvieron la vigilancia sobre los terroristas encargados de ejecutar los golpes del once de septiembre de 2001. No obstante, la diferencia estaba en que los burócratas y las libertades civiles hechas para proteger a los ciudadanos de bien solían pararle la marcha a los detectives cuando estos estaban por abalanzarse sobre los terroristas. ¿Funcionaría igual acá? El plan que había trazado en Colombia se basaba en no quebrantar, en forma alguna, la ley iraní. El problema es que no podía decir lo mismo del coronel Matson. ¿Qué si este intentaba algún golpe? No, el coronel era un tipo inteligente. Lo suficiente al menos como para no poner en riesgo su propia existencia intentando hacer de James Bond.

Tomó el filo y probó el corte sobre la yema de su dedo pulgar; no salió sangre, pero el pellejo se alcanzó a levantar con un solo movimiento muy suave. Regresó al cuarto escondiendo el arma entre sus dedos y buscó sus botas. En la oscuridad parcial, apenas contrarrestada por el cuadro de luz que salía del baño, Leonardo accedió a la cavidad donde los hombres de negro habían ocultado el transmisor morse. Como ambos objetos no cabían, Leonardo fue hacia su bolsa de equipaje y metió aquel costoso juguete entre su ropa.

Habría dormido más tranquilo si hubiese podido hacer trizas aquella tontería, pero no lo consideró conveniente en aquel momento. En vez de esto, sacó el cuchillo de su escondite y lo puso bajo su almohada. Durmió mal; si hubiese tenido una Walter PPK quizá se habría quedado profundo.