Capítulo XXIV. La casa
El mustang naranja apuntó de nuevo hacia el norte. Una canción llamada Remind me resonaba en el MP3. Hamid le hablaba de variantes matemáticas y variantes de composición. De desplazamientos, curvas de percusión y una tonelada más de información, aunque Leonardo ahora maldecía: tenía ya mucho que procesar y había olvidado su maldita libreta. Tenía otras dos entre el equipaje, completamente inservibles ahora.
Estaba invitado a tomar el almuerzo en la casa del futuro ingeniero en sistemas. Lo sorprendente en la forma de actuar de este chico era la facilidad para abrir todo su conocimiento a una persona de la cual no podía decir gran cosa. ¿Se sentía Leonardo con capacidades de periodista? Negativo. La labor de los "jornalistas" como llamaba despectivamente Leo a algunos comunicadores estaba lejos de llamar su atención. ¿Para qué la realidad? ¿Qué se le había perdido entre la ciudad de Bogotá, como para andarlo buscando mediante aburridas entrevistas a pobres diablos? Estar en Teherán buscando a un posible grupo terrorista era otra cosa: tenía que informar a ciertas personas que se dedican a reportar a los halcones del fondo brumoso —Katz no empleó esta expresión, la cual ignoraba, pero el mensaje era el mismo—.
La tenía dos pisos y un jardín guardado por una verja. Junto al mustang permanecía una camioneta Rover Land azul metalizada, tan extravagante como el auto del propio Hamid. La puerta permanecía abierta y dentro un reguero de niños de todas edades salía y entraba de cuartos arrojándose juguetes. La banda sonora de este hogar en plena actividad era música de cuerda con la cadencia conocida de los ritmos persas.
El volumen se alzó por los corredores de forma momentánea: una puerta del fondo de un pasillo carente de decoración se abrió; dos hombres, un bajo y flaco y mal vestido de barba afilada que se reía bajito mientras el otro, un toro con camisa guayabera y bigotes anchos de charro mexicano que se carcajeaba igualmente le daba palmadas en la espalda. Se separaron cuando lograron apaciguar su risa; el alfeñique de cabellera negra se separó y saludó con un breve movimiento de la cabeza a Hamid; detrás, el caballero de poderosos brazos esperaba al muchacho. Evidentemente era el padre pero… cielos, ese tipo tendría por lo bajo unos cincuenta años: la mayor parte de su cabello era blanco y su piel, de color muy clara, estaba rasguñada por el tiempo, desde la amplísima frente, hasta el cuello de ancho calibre.
El saludo entre estos dos no fue muy efusivo; más bien aquel viejo estaba interrogando a Hamid. Se percataron de la presencia de Katz tras un rato de charla, y entonces fue presentado en persa. Tras recibir la explicación de quién era él, el viejo apenas dijo "¡salom!" sin la mayor carga emocional.
Sorhab, el padre de Hamid, se retiró dejando el paso abierto hacia el cuarto de su hijo.
Éste venía riéndose entre dientes.
Éste venía riéndose entre dientes.
—Pensaras que mi padre es muy viejo para ser mi padre, ¿verdad? —dijo tras cruzar el umbral y descorrer las cortinas, derramando el sol de verano entre la ropa tendida por todos lados, los cuadernos, los libros, miles de hojas, música en discos compactos y otras tantas miles de cosas; todas fuera de lugar.
—Yo no sé cuántos años tiene —replicó quedamente Katz mirando el mundo caótico de Hamid.
—Cincuenta y siete —aseguró.
—Yo no sé cuántos años tiene —replicó quedamente Katz mirando el mundo caótico de Hamid.
—Cincuenta y siete —aseguró.
Fue hasta una nevera miniatura oculta bajo dos camisas blancas y un par de zapatos para fútbol. Dentro, entre aquella caja de temperatura envidiable, esperaban unas seis latas de soda con nombre árabe o persa. Leonardo recibió una y buscó donde sentarse. Un puff de cuero —o algo que se le parecía mucho— parecía una buena opción. Hamid ya estaba manipulando su equipo estéreo para poner en marcha un disco compacto. Guitarras, bajo y la percusión dura y estridente de una batería enfurecida empezaron a oírse en todo el cuarto.
—Es de un grupo de Riad, no sé su nombre pero me gusta como suena. Es el intro del álbum; un amigo me lo consiguió junto a otras canciones.
Antes de que siguiera hablando de música, Katz quiso saber de su padre.
Explicó que era una especie de ingeniero de suelos que pasaba el día sembrando árboles o al menos señalando en qué sitio podían plantarse. Trabajaba para el ministerio de obras públicas y, aunque no lo conocía personalmente, había trabajado con el nuevo presidente desde que era alcalde de Teherán. No ganaba mucho, para tener el puesto que tenía, pero eso era porque sobre su cabeza flotaban otros tantos peces gordos, más cercanos al presidente, que solían destacarse más dentro del ministerio. Aún con todo podía pagar una gran casa y la educación de sus ocho hijos.
—¿Ocho?
—Si, ocho.
—Parece una gran carga.
—Es una gran carga. Y lo peor es que no podrá seguir haciéndose cargo de ella si no admite que los tiempos están cambiando. Mamá se lo dice todo el tiempo pero creo que el piensa que callándola soluciona el problema.
—…Lo siento, me perdí…
—Sólo quiero decir que ya nadie puede ser tan "liberal" ni andar diciendo cosas sobre el orden de la administración sin esperar que hayan represalias.
—Si, ocho.
—Parece una gran carga.
—Es una gran carga. Y lo peor es que no podrá seguir haciéndose cargo de ella si no admite que los tiempos están cambiando. Mamá se lo dice todo el tiempo pero creo que el piensa que callándola soluciona el problema.
—…Lo siento, me perdí…
—Sólo quiero decir que ya nadie puede ser tan "liberal" ni andar diciendo cosas sobre el orden de la administración sin esperar que hayan represalias.
Su voz había alcanzado el ritmo desesperado de aquellos que están derramando todo su contenido y sólo quieren ser escuchados. Leonardo asentía mansamente, a lo cual ya estaba completamente acostumbrado, pero realmente no le encontraba la cabeza a la serpiente.
—Mira Leonardo: las cosas aquí pueden sonar distintas que en Occidente. Pero son radicalmente
distintas. No sé como lo llamarán allá; pero sí aquí hablas mal del gobierno no sólo te verán con malos ojos, ¡te pueden encarcelar! Hablo de que podemos perder todo: nuestra casa, acceso a educación, empleo… la libertad. Mi padre sólo ha comentado ciertas cosas a otros de sus compañeros; sobre los ascensos de los otros especialmente. Bueno sí, se queja, pero antes todos lo hacían: mi padre se quejaba ante su jefe, este ante otro, mi madre se quejaba de mi padre, mis hermanos se quejaban de los maestros; el año pasado los alumnos de tercer semestre levantamos una protesta pacífica por la expulsión de un maestro que nos habló sobre El Capital de Kart Marx. Apenas lo mencionó de pasada, y lo metieron preso. ¡Preso! Y ciertamente no es el único. ¡Leonardo mis compañeros están desapareciendo!
Cuatro golpes resonaron en la madera de la puerta y ambos jóvenes estuvieron por caerse muertos del susto. Una voz femenina hizo un llamado y Hamid intentó recuperar su sonrisa:
—Hora del almuerzo, amigo Katz.
Intentó levantarse pero Leo lo retuvo por un brazo.
—Espera, esto es importante. Mira, ciertamente, no vine aquí a tomarle fotos a la torre de la plaza Azadi ni a escribir sobre los cien y tantos ingredientes de su cocina tradicional. Sé que hay mucha gente descontenta; jóvenes más exactamente. Pero en los últimos meses la prensa que se le vende a occidente pretende mostrar un Irán ciertamente más abierto; como si todo anduviese a las mil maravillas. Déjame decirte contarte una cosa: Venezuela, por ejemplo; ellos son aliados de Irán ahora. Su plan es formar un solo frente junto a los chinos contra los Estados Unidos y Europa. Ahora que Rusia ya no existe piensan formar un eje comunista que elimine por completo todo contacto con Occidente. Quieren aislarlos del mundo.
—Pero el gobierno aquí no es comunista —aseguró Hamid con expresión de extrañeza—. Lejos realmente de serlo.
—Bueno, los japoneses no eran ciertamente nacionalsocialistas, pero se unieron a Alemania, ¿no?
—Bien, creo. Pero cómo sabes todo eso.
—Soy periodista, y los periodistas de Colombia trabajamos muy unidos a nuestros colegas de Venezuela. Entonces entre nosotros todo se sabe, especialmente sobre las maniobras de los gobiernos. Por eso es importante que esto se sepa. La verdad nos hará libres, ¿sabes?
Intentó levantarse pero Leo lo retuvo por un brazo.
—Espera, esto es importante. Mira, ciertamente, no vine aquí a tomarle fotos a la torre de la plaza Azadi ni a escribir sobre los cien y tantos ingredientes de su cocina tradicional. Sé que hay mucha gente descontenta; jóvenes más exactamente. Pero en los últimos meses la prensa que se le vende a occidente pretende mostrar un Irán ciertamente más abierto; como si todo anduviese a las mil maravillas. Déjame decirte contarte una cosa: Venezuela, por ejemplo; ellos son aliados de Irán ahora. Su plan es formar un solo frente junto a los chinos contra los Estados Unidos y Europa. Ahora que Rusia ya no existe piensan formar un eje comunista que elimine por completo todo contacto con Occidente. Quieren aislarlos del mundo.
—Pero el gobierno aquí no es comunista —aseguró Hamid con expresión de extrañeza—. Lejos realmente de serlo.
—Bueno, los japoneses no eran ciertamente nacionalsocialistas, pero se unieron a Alemania, ¿no?
—Bien, creo. Pero cómo sabes todo eso.
—Soy periodista, y los periodistas de Colombia trabajamos muy unidos a nuestros colegas de Venezuela. Entonces entre nosotros todo se sabe, especialmente sobre las maniobras de los gobiernos. Por eso es importante que esto se sepa. La verdad nos hará libres, ¿sabes?
Lema corporativo de la CIA.
Hamid no parecía preocupado, ni asustado y sus ojos estaban tan calmos como una tinaja de agua abandonada en el desierto. Entre sus dedos bailaba una pluma metálica, la puerta resonó de nuevo y esta vez la voz fue de la de una niña pequeña. El mundo seguía girando, pero Katz necesitaba saber si había logrado reclutar a Hamid.
—Qué quieres saber —dijo el joven persa, y Leonardo le ayudó a incorporarse del suelo mientras le explicaba la forma en como recogerían y canalizarían la información que compondría la "crónica más real y cruda sobre la verdadera situación del Irán actual".
Durante el almuerzo Leonardo sólo pudo escuchar la, para él, tan incomprensible charla entre el padre de Hamid, su esposa, la hermana de esta, la abuela de Hamid, sus seis hermanos presentes y un vecino entrometido sin vida propia. La mesa estaba ordenada; cada uno comía en su plato y no había fuentes por ahí cruzando de un punto a otro. Una gran jarra de jugo de cuello largo y cuerpo en vidrio esmeralda acarreaba un jugo de origen que Katz no pudo averiguar. No hizo preguntas; prefirió no hacerlo, no lo consideró conveniente o simplemente no le dio la gana. Pudo haber tomado notas acerca del menú, de sus ingredientes o simplemente del orden jerárquico de su distribución, pero algo más importante daba giros ciclónicos entre su mente.
Increíblemente pudo beber café tras el almuerzo, pese a que el té es una de las bebidas tradicionales de los iraníes, en esta casa, según explicó el joven Hamid, siempre se preparaba una gran olla de café, pesado y de aroma embriagador, al inicio del día y se gastaba en su transcurso.
La música llenó la casa a eso de las tres de la tarde; el cuarto movimiento en do mayor de Luddenback: un piano descarrilado perseguido en vano por un regimiento de violines. El agente secreto y su fuente se sentaron en el jardín. Vieron en el cielo infinito y azul un jumbo de fuselaje perla navegando en silencio. Todo alrededor eran orquídeas, césped de golf y un zumbido de abejas. Parecía la casa de un diplomático británico; en fin.
—Qué hay de los grupos políticos en la universidad —preguntó Leonardo, oscilante, sin tener bien claro como dirigir la entrevista.
—Hay muchos, pero todos son de carácter religioso y se inclinan hacía las autoridades. Los otros… bueno, ya te lo he dicho, desparecieron.
—¿Ocultos?
—Y otros se han desintegrado. Quedan algunos por ahí intentando que surja algo de entre las cenizas que quedaron. Y quedan los que no tienen nada que ver con política, al menos al nivel de querer elegir entre un presidente u otro o de ser tan estúpidos como para criticar al Líder, digamos, las asociaciones por los derechos de las mujeres y los radicales.
—Aha…
—Tú conoces a Irma, ¿cierto? Bueno ella está con todo ese grupo de escritoras y poetas; ellas hacen algo de política, o lo hacían, ya no sé. Ella te puede contar más de todo eso.
—Y los radicales son…
—Los comunistas, los anarquistas y los extremistas religiosos. En este grupo no creo que haya grupos de centro izquierda; mira, la verdad no es mi campo ya llegar tan lejos sobre ellos, pero cuando la televisión hace alguna referencia a "extremistas" es porque, o son comunistas o son de algún orden fanático religioso.
—¿Qué opinión tienen de Al-Queda aquí?
—Los mayores dicen que siempre que haya un genio malvado en este planeta habrá un guerrero que lo combata. Bueno, lo que ellos pretenden decir es que Osama Ben Laden es la última espada contra el imperialismo americano. En los periódicos los periodistas de opinión no avalan sus métodos, ni el fanatismo religioso; sí, ése es el sentimiento de la mayoría de la gente, al menos de la gente culta en las ciudades.
—¿Y en las madrazas?
—Bueno, cada escuela tiene un tipo distinto de enseñanza, yo pienso, porque nunca he estado en una. Tengo un conocido; es un genio para la tecnología y ahora hace algunas prácticas en la universidad, pero sé que se reúne con otros muchachos con un guía que enseña filosofía islámica. Me dice Asad —Asad es mi amigo— que la mayor parte del tiempo este guía está hablando y hablando sobre que el verdadero espíritu del Islam se verá florecer en cuanto se derriben las estructuras que han dejado los infieles. Algo así es lo que dicen los que Estados Unidos llama los fanáticos.
—Las estructuras occidentales… ¿el sistema democrático?
—El gobierno, sí. Es un loco, me dijo Asad —Hamid se rió con nerviosismo como queriendo pasar un paño húmedo sobre las palabras que había puesto en el aire—. Bueno, no acostumbramos a llamar locos a los mayores, sobre todo si son maestros; es sólo que este hombre siempre habla de revolución y revolución…
—Hay muchos, pero todos son de carácter religioso y se inclinan hacía las autoridades. Los otros… bueno, ya te lo he dicho, desparecieron.
—¿Ocultos?
—Y otros se han desintegrado. Quedan algunos por ahí intentando que surja algo de entre las cenizas que quedaron. Y quedan los que no tienen nada que ver con política, al menos al nivel de querer elegir entre un presidente u otro o de ser tan estúpidos como para criticar al Líder, digamos, las asociaciones por los derechos de las mujeres y los radicales.
—Aha…
—Tú conoces a Irma, ¿cierto? Bueno ella está con todo ese grupo de escritoras y poetas; ellas hacen algo de política, o lo hacían, ya no sé. Ella te puede contar más de todo eso.
—Y los radicales son…
—Los comunistas, los anarquistas y los extremistas religiosos. En este grupo no creo que haya grupos de centro izquierda; mira, la verdad no es mi campo ya llegar tan lejos sobre ellos, pero cuando la televisión hace alguna referencia a "extremistas" es porque, o son comunistas o son de algún orden fanático religioso.
—¿Qué opinión tienen de Al-Queda aquí?
—Los mayores dicen que siempre que haya un genio malvado en este planeta habrá un guerrero que lo combata. Bueno, lo que ellos pretenden decir es que Osama Ben Laden es la última espada contra el imperialismo americano. En los periódicos los periodistas de opinión no avalan sus métodos, ni el fanatismo religioso; sí, ése es el sentimiento de la mayoría de la gente, al menos de la gente culta en las ciudades.
—¿Y en las madrazas?
—Bueno, cada escuela tiene un tipo distinto de enseñanza, yo pienso, porque nunca he estado en una. Tengo un conocido; es un genio para la tecnología y ahora hace algunas prácticas en la universidad, pero sé que se reúne con otros muchachos con un guía que enseña filosofía islámica. Me dice Asad —Asad es mi amigo— que la mayor parte del tiempo este guía está hablando y hablando sobre que el verdadero espíritu del Islam se verá florecer en cuanto se derriben las estructuras que han dejado los infieles. Algo así es lo que dicen los que Estados Unidos llama los fanáticos.
—Las estructuras occidentales… ¿el sistema democrático?
—El gobierno, sí. Es un loco, me dijo Asad —Hamid se rió con nerviosismo como queriendo pasar un paño húmedo sobre las palabras que había puesto en el aire—. Bueno, no acostumbramos a llamar locos a los mayores, sobre todo si son maestros; es sólo que este hombre siempre habla de revolución y revolución…
…Y siguió hablando un buen rato, repitiendo las cosas que el tal Asad Kasravi le había ido contando durante las noches en que los dos se sentaban juntos a ensamblar, con miles de líneas de código fuente, vías y puentes para viajes musicales. Asad era listo, tímido, con una familia anticuada y con un anhelo enorme por dedicar su vida a la creación de robots para todas las áreas del servicio. En su cuarto diminuto de estudiante emergido de un caserío junto al mar Caspio estaban grapadas cientos de hojas con esbozos, diseños y heliografías de los robots con los que soñaba.
Honestamente toda aquella descripción sobre el cuarto de un joven de pobre cuna quien tiene la cabeza llena de servomotores, diodos, tarjetas y cableado, le tenía sin cuidado: había dado un salto impresionante en sus investigaciones; se había dado de frente con un enlace directo entre él y Estrella Norte, entre la CIA y Estrella Norte. Un apretón de manos entre ambos y luego volver a casa.
—Él quiere que apliquemos una viola de gamba española, pero yo le he dicho que no va bien porque el ritmo debe ser algo más rock, por decirle de algún modo.
—¿Cuándo puedo hablar con Azad? —preguntó Leonardo, que al salir de su ensimismamiento sintió el nerviosismo del pez que finalmente tira del anzuelo.
—Okay, okay, supongo que también quieres entrevistarlo. Creo que mejor organizo una reunión con todos los del grupo y nuestros asistentes para que nos entrevistes para esa crónica, Leo.
—Bien, bien, suena bien; pero esta historia puede ser fundamental para mí. Por ahora. Aún me queda tiempo disponible para ver y recorrer ese tipo de ambientes en los que toca tu grupo, pero esto para mí es fundamental. ¿Me ayudarás?
—Sí, claro; pero no veo qué puedes sacar de entrevistarte con ellos. Es cierto, debo respetar a quienes acuden a la escuela de filosofía, pero de allí salen demasiados chicos con ideas retrogradas. No todos, pero algunos salen.
—En todo caso… —Leonardo se puso de pie de un salto; el deseo de escribir cuando las ideas se te agolpan en la cabeza es tan devorador como el deseo sexual— ¿Cómo llego a Azad, a esa madraza y al guía que me has mencionado?
—¿Cuándo puedo hablar con Azad? —preguntó Leonardo, que al salir de su ensimismamiento sintió el nerviosismo del pez que finalmente tira del anzuelo.
—Okay, okay, supongo que también quieres entrevistarlo. Creo que mejor organizo una reunión con todos los del grupo y nuestros asistentes para que nos entrevistes para esa crónica, Leo.
—Bien, bien, suena bien; pero esta historia puede ser fundamental para mí. Por ahora. Aún me queda tiempo disponible para ver y recorrer ese tipo de ambientes en los que toca tu grupo, pero esto para mí es fundamental. ¿Me ayudarás?
—Sí, claro; pero no veo qué puedes sacar de entrevistarte con ellos. Es cierto, debo respetar a quienes acuden a la escuela de filosofía, pero de allí salen demasiados chicos con ideas retrogradas. No todos, pero algunos salen.
—En todo caso… —Leonardo se puso de pie de un salto; el deseo de escribir cuando las ideas se te agolpan en la cabeza es tan devorador como el deseo sexual— ¿Cómo llego a Azad, a esa madraza y al guía que me has mencionado?
Hamid se incorporó igualmente, y tanto sus ojos, como la forma en que se movían sus dedos, delataban una sorpresa total ante la intempestiva necesidad del periodista colombiano por entrevistar a un alumno de filosofía que le gustaban las computadoras y los robots.
—…Bueno creo que… podríamos ir a Karaj el lunes ya que mañana debo asistir a clases y le dije a Azad que nos veríamos aquí el lunes en la tarde; supongo que podemos vernos el lunes en la mañana en su residencia e ir los tres a Karaj para que él se reúna con su grupo.
Leo Katz, sonrisa en los labios, ojos en la nada, hacía planes.
—¿De verdad eres periodista, Leonardo? —preguntó Hamid Shamlou con una voz muy queda— ¿No serás un espía, ah?
—¡Ja! Los espías ganan una miseria, amigo Hamid —respondió Katz alegremente.
—…Bueno creo que… podríamos ir a Karaj el lunes ya que mañana debo asistir a clases y le dije a Azad que nos veríamos aquí el lunes en la tarde; supongo que podemos vernos el lunes en la mañana en su residencia e ir los tres a Karaj para que él se reúna con su grupo.
Leo Katz, sonrisa en los labios, ojos en la nada, hacía planes.
—¿De verdad eres periodista, Leonardo? —preguntó Hamid Shamlou con una voz muy queda— ¿No serás un espía, ah?
—¡Ja! Los espías ganan una miseria, amigo Hamid —respondió Katz alegremente.
