Thursday, October 18, 2007

Capítulo XXV. El Ministerio


Hamid estuvo estudiando todo el domingo. Para los musulmanes, el único día de descanso es el viernes, que es sagrado. Mas no así para Leo Katz, Dick Matson y Franz Wessel. El primero estuvo nadando en la piscina, probando cosas raras en el comedor, jugando ajedrez por Internet y garrapateando locamente cierres y aperturas para su crónica. Ya había cesado de buscar su libreta roja y sus necesarios apuntes; optó por iniciar una nueva colocando en las tres primeras páginas el nombre de Erica repitiéndose una y otra vez. Erica, luz de mi vida escribió, y pensó en mandar a volar aquellos apuntes para su anterior proyecto de novela. En vez de eso planteó una trama de espionaje en medio de Bogotá que involucrase a un agente de la Compañía —a quien se haría referencia sólo como el Granjero— que por cosas de la vida termina en una misión malsana entre los edificios de la capital, los barrios, e incluso una escuela secundaria donde conocería a cierta Erica Cuervo, lolita irresistible de doce años de quien el agente secreto intenta abusar, y quien pondrá en peligro la misión que busca desmantelar a unos criminales argelinos. La narración pasaría de tercera a primera persona alternando los capítulos, y cada párrafo estaría conformado por frases fuertes y realistas como “se conduce como un loco. Todos nos conducimos como locos, supongo. Dios se conduce como un loco, supongo.” Katz estalló en carcajadas, solo en su cuarto, mientras anotaba todo ello. Al final el hombre de la Compañía se terminaría arrojándose a las ruedas de un camión.


Mientras Katz desvariaba como demente en cuarto de aislamiento, Dick Matson esperaba cerca de la pista tercera del Aeropuerto Qaleh Murgeh el arribo de una pequeña aeronave bimotor Gulfstream de matrícula suiza. Hacía calor, pero el teniente coronel estaba fresco con sus sandalias modernas, su camisa francesa y sus pantalones veraniegos La Coste. En una muy distinta situación estaba Julius, quien en su papel de escolta y chofer de Matson estaba obligado a usar un traje con corbata.

Dick le echó una ojeada y no pudo reprimir una sonrisa.

—Te mataré por esto, Dick —dijo Julius secamente.

La sonrisa se transformó en carcajada.


Franz Wessel no estaba tan contento. Desde su descubrimiento en casa de Irma había estado teniendo una serie de conversaciones con Milan acerca del tal Leonardo Katz. La diferencia entre una charla y otra variaba entre el qué hacer y el cómo hacerlo: lo importante era no ir a cometer el error de señalar a un periodista inocente de ser un agente encubierto de alguna potencia interesada en exponerlo a él.

Lo primero era identificar a quién podía servir. ¿A los rusos? Seguramente querían quemarlo, ya lo habían intentado y nada evitaba que lo intentasen otra vez, pero, ¿cometerían un error tan tonto, como enviar a este tipo con unas libretas que ya había usado una de sus agentes? ¿Era sólo una coincidencia? Qué dos personas completamente distintas se hiciesen a dos productos idénticos y ambas terminasen llegando a él. ¡Un momento! Leo Katz no lo estaba buscando: estaba en Al-Äcemän buscando una historia; charlando con Irma, como podría estar charlando con cualquier otra mujer allí dentro. ¿O es que acaso también sabían que él e Irma salían juntos de vez en cuando? ¡Pero no era la única chica del Cielo! Estaban también estaban Naith y Chona, con ambas se había acostado, pero habían elegido a Irma… callejón sin salida, anunció Milan, y tras una pausa en su cabal análisis preguntó: ¿y si trabajara para los americanos? Posible pero muy difícil. Franz era un tipo realista que leía los diarios de distintos países y escuchaba noticias en tres idiomas; los superespías no existían. Si la CIA quería saber algo de él, ya fuera la marca de su cepillo de dientes o el monto completo de sus ingresos en un año, sólo tenía que preguntárselo a los quince o veinte topos que tenía dentro su organización. Wessel estaba seguro de que la Compañía estaba en capacidad de comprar la conciencia de TODOS dentro de sus empresas; era duro, pero la vida es una mierda y hay que aceptarlo. O si no cómo diablos el Departamento de Estado y la CBS habían informado sobre los nuevos misiles de distancia media que él le había vendido a Venezuela. O del embarque de minas antipersonales que le compraron los pakistaníes el año pasado y por el cuál le enviaron una carta muy amable —firmada por la propia Secretaria de Estado— pidiéndole que, por favor, la próxima vez no vendiera armas estadounidenses a un régimen tambaleante, ya que eso le podía dar para mofas o comentarios sarcásticos por parte de la opinión mundial si Pakistán algún día apuntaba sus cañones contra EUA. Si, en efecto la CIA tenía ojos y oídos encima de él y no necesitaban de agentes secretos que vinieran a inmiscuirse en sus asuntos.

—¿Qué otros quedan? —Le preguntó a Milan.
—Los ingleses.
—Entre americanos y británicos se suelen llamar “primos” y supongo que comparten entre sí cualquier dato. Además nunca hemos hecho nada contra el Reino Unido.
—Francia.

Wessel guardó un silencio de vergüenza: él le había vendido granadas y algunos explosivos plásticos al Comando Boudia, aunque él ignoraba que ese gordo venezolano que se hacía llamar “Carlos” estuviera al mando del asunto; ¡Por poco le quitan su acceso a Francia después de que ese matón liquidó a esos dos detectives! Tuvo que dar explicaciones a todo el mundo y pagar muchas prostitutas en muchas fiestas para que lo dejaran en paz. Claro de que eso hacían siglos. No, ahora los franceses estaban apuntando contra Al-Queda, como todo el Mundo Occidental. Mientras él, Franz Wessel, no se metiera con ellos, todo bien. Ahora que lo pensaba bien no tenía ninguna prueba de que en realidad existiera tal grupo terrorista.

—¿E Israel? Tal vez Katz —ese es un apellido completamente judío— sea un agente del Mossad.
—Tienes razón —pero Franz hizo oscilar su cabeza restándole credibilidad a la afirmación—. Pero si tuvieran realmente pruebas de lo que les he hecho, ¿no estaría muerto ya?

Podía estar en lo cierto: el alemán había estado proveyendo al Hezbolah de proyectiles tierra-tierra por años, casi desde principio de los ochenta. Pero siempre lo había hecho desde el interior de Irán y siendo así estaba protegido; bueno, pues por eso estaba ahora ahí: se encaminaba una ofensiva y en el Líbano se necesitaba del material que él enviaba al Valle del Beka con ayuda de sus amigos iraníes.

A mediados de los noventa un tribunal de Munich le había empezado un proceso por enviar material excedente de la OTAN a agentes del Hezbolah en Turquía. La fiscalía no le logró probar nada ya que contaba con un excelente abogado; tan bueno sería que murió “misteriosamente” tras una orgía muy rara con unos travéstis que se hicieron humo sin que nadie pudiera dar con pista de ellos. Franz estaba seguro de que eran espías del Mossad. Le quedó prohibido venderle más armas de la OTAN a desconocidos en Turquía. Fue un duro golpe, por lo cual empezó a comprarle armas a los chinos, quienes siempre han sido avaros como nadie.

—Es una opción. Pero nada ganamos con estar aquí sentados; tendré que hablar con alguien aquí que pueda realmente investigar a Katz. Me prometieron seguridad, maldición.


Y por eso hoy, domingo, Franz Wessel conversa con su contacto dentro del gobierno de Irán. Los políticos son iguales en todos lados, menos aquí, pensaba esperanzado el alemán, quien tenía al hermano del ministro por un hombre patriota, inteligente y con las pelotas suficientes como para detener una amenaza antes de que se eleve sobre la línea del horizonte.

Su requerimiento era simple: un extranjero, un judío, había estado acercándose a él indirectamente. ¿Qué tenía que entender por indirecto? Bueno, había estado presente en una fiesta privada a la que no cualquier jornalista de dos pesos podía ingresar, e igualmente había estado visitando a una amiguita de él que vivía en el centro de la ciudad. ¿Es todo?

—Eso y un mal presentimiento —respondió un tanto ofuscado Wessel.

El hermano del ministro tenía los ojos fijos en las aguas calmas de la piscina.

—Si es extranjero y está hospedado en un hotel importante ya debemos tener información sobre él. Es de rutina; siempre estamos pendientes de los hoteles. Si su periodista ha hecho algún movimiento extraño, ha contactado a alguien sospechoso, o ha actuado fuera de las rutinas comunes de un turista ya debe haber un equipo siguiéndolo. Así que en principio usted no debe preocuparse: no hay dato de él que no tengamos ya, y sobre el que no podamos hacer una investigación. Le pasaré, si es posible el jueves, una copia de un informe; es todo lo que puedo hacer por usted.
—Oh no; puede hacer algo más: puede tenerme ese informe mañana mismo.

El político se fue poniendo en pie con presteza, aunque sus gestos no señalaban precisamente que estuviese molesto por las exigencias hechas.

—Sólo le diré una cosa, señor Wessel: si este joven extranjero es realmente miembro de alguna organización de inteligencia el caso pasará a otras manos. ¿Entiende? Lejos de usted y de mí, lo cual es, creo, no, creo no, es lo correcto. Entienda, hay leyes para procesar a este tipo de delincuentes y en su calidad de invitado a nuestro país no puede, ni debe, tomar el asunto por sus propias manos.
—Noto que usted cree que mi compañía está conformada por matones. Somos una empresa bastante seria, y me sería muy triste tener que finalizar los acuerdos que hemos hecho con este país que amo como si fuese mi propio hogar.


El Ministerio de Inteligencia y Seguridad Nacional de Irán —conocido como SAVAMA— esta dividido, como el KGB en su momento, en dos: Inteligencia y Contrainteligencia; abarcando la primera el espionaje más allá de las fronteras del país, y la segunda eliminando cualquier forma de espionaje exterior en suelo iraní. Su jefe entonces era Gholam Hossein Mohseni-Ejehei, personaje oscuro de la política, no muy dado a las fotos y servido de cerca por un círculo cerrado de asistentes directos, entre ellos, el hermano del ministro de defensa.

La posición de aquel hombre, por tanto, le dio acceso en minutos a los archivos electrónicos que se generaban, se actualizaban y se borraban cada hora de las computadoras centrales del Servicio de Seguridad Interna, el departamento que directamente actúa en las calles de Teherán siguiendo a diplomáticos y a posibles traidores.

Bajo un inútil ventilador de techo cuyas aspas giraban en exasperante cámara lenta, el director del Servicio, Adel al-Rajim, tomaba apuntes con una pluma de fuente. Una vez el hermano del ministro terminó de hablar el director tomó el teléfono.

—En Control, sí, busquen inmediatamente al encargado esta semana —colgó sin esperar respuesta, se abanicó con unas hojas sueltas de papel en blanco y cuadró sus ojos verdes y vidriosos al visitante—: ciertamente debo decirle que sin más pruebas que esta “denuncia anónima” no podemos hacer mayor cosa. Puedo pasarle, claro, el informe que se haya recopilado hasta ahora, pero de ahí a lanzar una investigación contra un ciudadano extranjero, sin más pruebas, repito, que una denuncia anónima…

—Esta vino de un importante socio comercial que está de visita en nuestro país. No es cualquier chismorreo.

Sin perder la calma ante la interrupción el director siguió agitando su improvisado abanico.

—Le decía que a menos que algo realmente fuera de lo común ocurra en torno a este periodista, no puedo dar ninguna orden. Sólo puedo sugerirle a su importante socio comercial que mantenga los ojos bien abiertos ante los movimientos de este joven.

Una mujer de cara redonda y algunos años expresados en cortes cercanos a las comisuras de los labios entró con un racimo de carpetas de carátulas grises. Saludó con una gran reverencia al político y se situó tras la voluminosa figura de Adel al-Rajim.

—Tenemos aquí a Kaminski, Kadovs, Kainé, Katz y Karpov.
—Katz, señorita, ése es el nombre —dijo el hermano del ministro.

La secretaria pasó la carpeta con el nombre Katz escrito en caracteres romanos. Debido a que todo el sistema de clasificación y orden del SAVAMA era heredado de la oscura SAVAK de los tiempos del Sha, y que este había sido ensamblado por personal de la CIA, que siempre consideró más fácil el alfabeto latino que el árabe.

El director ojeó las primeras palabras de cada párrafo; no mostró interés por nada de aquello y le pasó el papel al enlace de Franz Wessel, quien comenzó a leer con la fruición propia de quien se empeña en señalar los errores escritos de los otros. Al terminar agitó vulgarmente las hojas:

—Qué hay de las fotos. Necesito las fotos. Esto que me ha dado no me dice nada.
—Es que no hay nada más que saber. Sólo que las escuelas de periodistas en… Colombia, eso es, son muy malas si dejan que tarados de este calibre se lancen a redactar las noticias.
—Entonces pueda que no sea un periodista —alcanzó a musitar el político, pero notó en sus propias palabras la paranoia que envolvía al alemán aquel. No, no debía haber nada malo en aquel Leonardo Katz; quizá era sólo un chico con dinero y tiempo para desperdiciar; un rasgo de Occidente, indudablemente. Tomaría las fotos y se las llevaría a Wessel si esto lo ponía contento. Él también tenía sus órdenes: darle al vendedor de armas todo lo indispensable para que se sienta cómodo en Teherán. Y si quería jugar al detective, allá él.

Se abrió la puerta violentamente sin que nadie hubiese tocado antes. Un hombre joven, corpulento y a la vez atlético, de barba castaña muy bien cortada con líneas rectas bajo sus pómulos, camisa y corbata impecables y ya poco pelo sobre la coronilla entró como si viniese a destazar a alguno de los presentes en la oficina del director.

—¡Director al-Rajim! —exclamó parándose firmemente con las rodillas bien juntas. Su pasado militar estaba clarísimo.
—Señor Hedayat permítame las imágenes tomadas al ciudadano colombiano Leonardo Katz —dijo el director releyendo el título del informe.

Hedayat, Amin Hedayat, subdirector encargado del departamento de contrainteligencia de Servicio Interno de Seguridad asignado a Teherán le entregó once hojas de papel para fotografía en las que se habían impreso las tomas hechas a Leo y que se conservaban en la memoria de la computadora personal de Hedayat, cuya rapidez y proactividad impresionaban a al-Rajim hasta llevarlo, de tanto en tanto, al borde del desconcierto absoluto.


En menos de diez minutos, al-Rajim, su secretaria, y el agente Hedayat vieron al hermano del ministro poner en marcha su auto y arrancar con torpe prisa.

—¿Quién era? —preguntó Hedayat.
—Un secretario del Ministerio de Defensa. No, no exactamente, creo que más bien deba ser un enlace entre el Ministerio y el Ministerio de Inteligencia. Parece que les llegó un rumor de un periodista que hace demasiadas preguntas.
—¿Y por qué no lo advirtieron a este departamento por los canales debidos?
—Quieren proteger a su fuente. Humm… presumo que debe ser algún diplomático extranjero, o alguien importante fuera del país.
—¿No deberíamos establecer un equipo para seguir a ese hombre?
—Dudo que sea una amenaza. Confío en la vigilancia dentro del Azadi, y creo que usted debería hacer lo mismo ya que es su gente la que está ahí. Por ahora regrese a sus funciones normales.
—Los turistas como Katz hacen parte de mis funciones normales —dijo secamente el agente antes de cerrar la puerta.


Dispuestas en desorden sobre la mesa del comedor, las fotos de vigilancia tomadas por los agentes del Servicio Interno de Seguridad en el Hotel Azadi, mostraban a un Leonardo Katz en la variedad de ángulos que ofrecía su irregular rostro. Todas eran en blanco y negro, con sus tonos oscuros y claros muy definidos, en su mayor parte tomadas a distancia para evitar que el objeto de la vigilancia pudiese darse cuenta de esta y alterar sus planes. Pese a que no corría ninguna acción directa de vigilancia sobre el periodista colombiano, como todo extranjero —en especial con un sonoro apellido como Katz—, debía ser fotografiado para que su rostro fuera cotejado con las bases de datos del Servicio.

Más y más instantáneas, el paquete tenía unas noventa impresiones, pero nada que revelase el comportamiento o acciones sospechosas del posible agente de controlador desconocido.

Un momento.

Una instantánea atrajo su atención al punto en que se olvidó de todo lo demás y se centró en ésta como hechizado. Por una puerta entreabierta se detallaba una serie de bancas de madera y aluminio adosadas a una pared blanca; en todo el centro estaba Katz, en camiseta, con los ojos entrecerrados, tal vez controlado un bostezo, y las manos entrelazadas sobre su estómago. Escuchaba a alguien hablar: a un hombre robusto, rubio, de bigote espeso y elegantemente cortado, con cejas casi invisibles alzadas y una mano borrosa alzándose en un gesto explicativo. Inconfundible, Günter Mann, el hombre de los chips.

Sentado en una esquina de la espaciosa sala de enormes ventanas, Milan, el mercenario, observaba una a una las reacciones de su patrón: primero la concentración mística frente a la foto. Segundo, las enormes manos de hombre maduro cerrándose con la impresión entre ellas, provocando un ruido crujiente. Tercero, los ojos que estallan, que se expanden, más grises que nunca, casi recobrando un color que nunca han tenido. Franz terminó soltando la foto; el instante terminó. Pasándose una mano por su amplísima frente se quedó con los ojos clavados en los pies de Milan.

—Qué hombres, de confianza, de absoluta confianza, tenemos que puedan llevar a buen término un encargo.
—Varios. Pero dígame: ¿qué necesita exactamente?
—Mann y Katz parece que se conocen.

Milan ojeó a distancia el papel fotográfico arrugado.

—¿No pude ser una coincidencia?
—¿Otra? —Los ojos estaban por salírsele de las órbitas— Si estos policías de medio tiempo no piensan hacer nada yo sí. Quiero, tengo que, hablar con ese periodista. No más juegos. No puedo creer que aquí en Teherán, ¡donde me sentía seguro! Me lleguen estos matones, toquen a mi puerta, se porten como si fueran mis conocido de toda la vida, se rían de mis camisas, se acerquen a mis mujeres, invadan mis círculos sociales, y no me dejen dormir Milan encuentre a este periodista, o espía, o lo que sea y llévelo…

Finalmente perdió el aire en sus pulmones y tuvo que esperar a calmarse. Milan Gotovac ya estaba a su lado, alcanzándole un vaso de agua que sirvió mientras el alemán se desbordaba de ira, en su mano izquierda tenía apresado el celular con el que llamaría a su “grupo de reacción”.