Capítulo XXX. La escena del crimen.
Un buen sueño siempre corre el riesgo de ser interrumpido por algún entrometido alarmista al otro lado de la línea telefónica. Amin Hedayat recibió la llamada del deber a las cuatro en punto, de parte del guardia nocturno de la oficina de contrainteligencia. Su reporte acerca de lo sucedido fue breve y muy conciso: alguien había asesinado a Franz Wessel y a otras cuatro personas, miembros de su escolta privada, en un taller propiedad de éste situado al sur de la ciudad.
Ya despierto recorrió su apartamento de soltero —en realidad una alcoba con baño, un pasillo y una cocina— buscando ropa limpia puesta a secar sobre las puertas y las sillas. Con dos meses de separado de su tercera esposa, su última prioridad era la de buscarse un gran apartamento donde sentir el vacío que genera la partida de alguien que alguna vez se amó.
Su protocolo de preparación para ir a la oficina terminaba con la revisión de su pistola, una PC-9 ZOAF, versión iraní bajo licencia de la suiza Sig-Sawer. Una última mirada en el espejo del pasillo anexo al ascensor e ir por el auto para atravesar los once kilómetros que lo separaban de su oficina.
Tan pronto como la información había entrado en su cabeza esta empezó a tejer líneas entre sinapsis antes desconectadas. Alguien había matado al alemán Wessel; lo hizo con precisión, lleno de conocimiento sobre el terreno, carente de prisa, sin emoción. Muy seguramente nueve a quince hombres… el informe de la policía basado en las respuestas de los posibles testigos tenía que arrojar el número aproximado. Estos llegaban en autos alquilados, divididos en dos grupos, como suelen hacerlo los equipos entrenados: una parte espera, alrededor del blanco haciendo guardia, el resto propina el golpe distribuido sobre cada área donde se pudiesen presentar posibles amenazas. A menos que tuviesen radios —cosa que sería fácil de investigar ya que todas las comunicaciones en Teherán están intervenidas—, su coordinación estaría basada en los tiempos: x segundos para llegar, y segundos para tomar control del lugar, z segundos para salir. Lo cual arroja un dato importante: los asesinos estaban entrenados; contaban con maquetas del lugar, planos, o incluso instalaciones similares para realizar prácticas. Lugares para hacerlo no son fáciles de encontrar dentro de la ciudad. A los civiles el ruido de los disparos podría ponerlos en estado de alarma. Por fuera de la ciudad sería distinto; y por fuera del país… muy fácil. Luego viene el transporte: ¿y si no llegaron en autos? ¿Por qué complicarse con vehículos robados que fácilmente podrían ser detenidos por la policía rural de tránsito, si podían hacerse a motos rentadas, o robadas también, mucho más fáciles de transportar, cargar y esconder que automotores más grandes.
Como un autómata, Hedayat entró, se sirvió té y alcanzó a su oficina sin toparse con nadie ni saludar a los pocos presentes. Su análisis interno consumía toda su atención: determinado número de motocicletas salen, a una señal de radio o una hora acordada y convergen en determinadas calles del sur de la ciudad. Cada moto trae a un hombre y su acompañante. Los pilotos hacen guardia con pistolas bajo sus cazadoras, mientras los otros, con subametralladoras (muy posiblemente uzis) arremetían contra el sitio, reducían a los presentes a la impotencia bajo los amedrentadores cañones, y terminaban alcanzando al alemán, solo o acompañado por alguien de su equipo, propinándole tantos balazos como los hubiesen instado a darle.
Amin Hedayat saludó con un monosílabo al capitán Omid Fanizadeh, del departamento de homicidios. Tan sólo en dos oportunidades anteriores se habían visto, y se conocían más por la presencia de sus nombres en memorandos interdepartamentales que por haber tenido una relación cercana. Debido, tal vez a su carrera militar, o a pasados conflictos propios, los policías no estaban precisamente en la lista de personas que agradasen a Hedayat. Cierta vez incluso le dijo al Ministro que la existencia de un departamento de policía era innecesaria; algo heredado de los países occidentales que una república revolucionaria como Irán no requería. Bastaba, para él, una redistribución de las labores del Ejército, de tal manera que éste pudiera navegar entre el pueblo como un pez en el agua.
Tras la brevísima introducción, Amin sacó una grabadora de su escritorio, comprobó la conexión de esta a una toma de corriente, colocó un casette y dejó el aparato en mitad de la tapa de cuero del escritorio. El capitán Fanizadeh, no ajeno a los interrogatorios, pero sí a los sistemas de los agentes de contrainteligencia, cargaba sobre su rostro los delatadores gestos de un hombre nervioso.
—Capitán, sea breve y específico —dijo Amin sin mirar al policía.
—Tengo a dos de mis hombres encargados del extranjero y casi todo mi departamento en la escena del tiroteo.
Hedayat pulsó el botón de pausa rápidamente.
—Le pedí concisión y claridad; por favor, evíteme lo que ya sé y dígame qué tiene en relación a las muertes del alemán y de sus hombres.
De nuevo la cinta se puso en marcha, y tras una pausa larga, dos breves carraspeos guturales y el roce de ropas de alguien que se acomoda, quedaron consignadas las siguientes palabras:
“En las últimas horas de la mañana el personal de hotel… (el capitán se estaba rebuscando un apunte de su libreta de notas, pero al parecer el agente Hedayat le pidió que siguiera adelante) descubrieron dos cuerpos en la terraza de una de las casas de junto; llamaron a la policía y mi departamento fue transferido allá. Me dicen que otras tantas llamadas de teléfonos móviles llegaron a la estación local advirtiendo que escuchaban disparos de armas. En todo caso cuando llegamos…
“—Un momento… ¿especificaron qué tipo de armas?
“—No está claro en el informe previo. Los que llamaron fueron comerciantes de la calle, dudo que puedan reconocer el calibre de las armas, o si había fuego cruzado.
“—Continúe.
“—Mi impresión inicial al llegar es que se trataba de un atraco. Cosa singular, si me permite, que alguien se haya tomado la molestia de tomar por asalto el estudio de un pintor, lugar sin objetos de valor, a no ser que alguien famoso y pensaran robar las pinturas. Por otro móvil, entonces, creo que iban directo por el ciudadano europeo que responde al nombre de … espere está por acá… Franz Junger Wessel Oddel.
“—Usted menciona varias personas.
“—Fue un asalto armado hasta donde llega la primera fase de la recolección de evidencia. Puede que mis hombres hayan pasado algo por alto en estas primeras 20 horas. Ciertamente necesitaremos otras veinte de barrido para encontrar evidencia que se nos pudiese haber pasado por alto en la primera revisión. Tampoco puedo afirmar que sólo hayan podido ser un grupo organizado; creemos que pueden haber otros testigos, si es que no todo el personal del señor Wessel Oddel Franz fue eliminado. Sin embargo como usted me está pidiendo una declaración oral por fuera del informe oficial de mi oficina le diré que me parece imposible que esta sea la acción de un solo hombre. Por muy profesional que pudiese ser un asesino a sueldo —y déjeme decirle que esas cosas me parecen más propias de novelas folletinescas que de la vida real, al menos hasta donde llega mi conocimiento— eliminar a cuatro hombres, dejar al borde de la muerte a otro y huir sin dejar en la fuga pista alguna de la que podamos aferrarnos me parece un camino poco convincente. No, definitivamente fue un grupo entero: conocían el lugar, la víctima y planearon, quizá con meses de adelanto, el golpe.
Aquí hay un corte en la grabación y luego una serie de preguntas acerca de cartuchos de bala, perforaciones en las paredes y estado de los cadáveres al ser encontrados. El hecho de que el alemán yaciera arrojado de espaldas, con las rodillas dobladas y el cuello prácticamente fracturado por el choque violento de una bala de gran calibre disparada a quemarropa (el ojo derecho se reventó y las quemaduras de la pólvora y la expulsión del gas de la recamara del arma cauterizaron la cuenca) dejaba bastante claro que Wessel había sido sometido, puesto de rodillas y asesinado a sangre fría.
Haciendo un recuento de la entrecortada narración del capitán de la sección de homicidios, un grupo, no muy numeroso, pero seguramente superior a cuatro hombres, armados con metralletas o pistolas de alta velocidad con supresores de ruido añadidos, había tomado control de la casa de dos pisos, sometido a sus inquilinos, e iniciado un tiroteo con los guardaespaldas del alemán, de los cuales tres cayeron dados de baja y el cuarto quedó mortalmente herido y sobrevive de milagro. Se ignora entonces qué sucedió con respecto a Franz: ¿sería secuestrado o asesinado?
—Definitivamente fue ejecutado —respondió el detective.
“Quizá esas eran las órdenes que tenían: atraparlo o matarlo” pensó Hedayat.
Algo así como un choque eléctrico le sobrevino a Amin en la parte trasera de su cabeza; era un recordatorio de que no podía sentarse a divagar, o presumir nada. Aquel policía sudoroso no le estaba dando mayor información. De hecho, si le seguía escuchando, podría en su mente crearse más ideas ajenas a la verdadera realidad de la situación.
Amin Hedayat se puso de pie causando un sobresalto en las cejas del detective Fanizadeh, pero era imperioso terminar ahora la reunión y seguir a una segunda instancia de la investigación antes que el rastro terminara de difuminarse en alguna carretera tendida hacía una intraspasable frontera. Hedayat acompañó al capitán hasta la puerta solicitándole el envío de los informes que arrojara la investigación de campo durante las próximas veinticuatro horas; para evitar réplica alguna Hedayat se introdujo en un ascensor desocupado y fue directamente al cuarto piso del departamento de contrainteligencia; allí trabajan frente a sus terminales cerca de cuarenta agentes que tienen como tarea analizar las cientos de páginas de informes que sus propias fuentes, diseminadas por toda la ciudad, les envían en relación a actividades sospechosas por parte de extranjeros o nacionales. Eligió dos agentes y les ordenó trasladar sus listados de labor a otros agentes; siendo el subdirector los jóvenes no podían siquiera abrir la boca para presentar una queja por tan súbito giro en las órdenes; aunque para ser honestos, releer los listados de las llamadas hechas por agentes de tránsito acerca de matrículas sospechosas en autos de diplomáticos, no era, ni de lejos, tan interesante como lanzarse a recorrer las calles tras un verdadero caso.
—¿A dónde vamos, señor subdirector? —preguntó el más joven de los agentes (unos veinte años) a Hedayat una vez encendió el motor y comprobó el combustible.
—Por ahora sólo maneje —replicó Amin desde el fondo de la silla trasera. Sus ojos estaban clavados en un navegador del tamaño de una libreta de notas. Conforme los tiempos avanzan hay que darle oportunidad a las nuevas tecnologías, reconocería el subdirector si le cuestionaban el hecho de que cargase todo su trabajo en la memoria de aquella computadora en miniatura.
Del archivo de imágenes fue revisando las fotos de Leonardo Katz una tras otra. El político dijo que su contacto había estado bajo cierta vigilancia por el colombiano, justo antes que lo mataran. Y aunque podía ser una coincidencia, motivo y oportunidad son palabras clave; de mucho peso, realmente. Asegurar, o negar por completo que el extranjero aquel podría ser parte de la nómina de alguien que necesitaba a Franz Wessel fuera del camino, sería, en cualquier sentido, una acción irresponsable.
Primero, ¿quiénes podrían querer fuera del camino al proveedor de armas? Porque eso era lo que era él: un proveedor de armas de escala mundial. Qué hacía en Irán no era asunto suyo, pero sí de alguien más, de algún departamento o ministerio que prefería guardar silencio respecto al tema y que no se hicieran preguntas sobre el mismo. Frenar a los curiosos es también labor del departamento de contrainteligencia; Leonardo Katz es uno, y la información que pudiera recabar acerca de un tipo como Franz Wessel podía traspasarse a un grupo de hombres armados encargados de ejecutar el operativo de (secuestro u homicidio) del susodicho.
De la misma manera en que nombres y banderas atormentaron a Franz Wessel, razones y naciones bailaban en la lista de sospechosos de Amin Hedayat. Estados Unidos, Israel, Rusia. Los tres, o ninguno. Tal vez su propia gente, o un competidor del ramo, celoso hasta la cólera. ¿Y si era su esposa? ¿O el amante de ella? ¿Un hijo descarriado, una amante con el corazón hecho pedazos, o un empleado insatisfecho con su salario? Pero en ese caso todo el asunto competería a los policías; si estaba él, subdirector de contrainteligencia para Teherán, entre todo este atascado tráfico de la hora punta, buscando respuestas entre granos de arena, era porque un alemán que prestaba un servicio confidencial al gobierno revolucionario había sido asesinado junto a sus acompañantes por una banda de profesionales. Como sea, Leo Katz… Leo Katz y ese hombre robusto, elegante y con bigote de rufián que está hablando con Katz en la piscina de un hotel estaban involucrados. Ambos eran extranjeros, ergo los dos son espías.
Ya el sol en el cenit, y Leo Katz buscando la manera de colarse en la sala de comunicaciones. Estaba de buen humor, relajado y sin rastros de estrés. Para quien el día anterior mató a cinco personas —ignorando que una vive a medias en la cama de un hospital— su estado de ánimo no podía ser mejor. La curiosidad despertada por un posible mensaje enviado por sus patrones lo tenía inyectado de energía. Alcanzar
Tenía los ojos a unos veinte centímetros del cerrojo; todo problema, decía el instructor Dick Matson, puede inclinarse hacía la solución si se mira a la distancia correcta. Las opciones aquí eran volar la puerta de una patada, algo no muy educado, o encontrar algo que pudiera funcionar como llave.
De pie, de nuevo, recorriendo con la vista las máquinas tejedoras alienadas y a la espera de sus operadoras, Leo vio bajo cada una de ellas un puñado de largas agujas tan finas como para aplicar inyecciones a bebes. Katz tomó dos y regresó a la cerradura; probó girar la perilla y el seguro saltó sin poner objeción. Mirando las agujas Leonardo pensó en su mala suerte: si aquello hubiera sido de vida o muerte no habría encontrado la manera de saltar aquel obstáculo.
El calor que se derramaba por los tejados traslúcidos, y el canto ahogado de cigarras llenaban al agente secreto de paz. Si estuviera en casa podría escribir, pensó. En el sueño perfecto, rodeado de un lago, y césped verde, sin la molesta presencia de los homo sapiens y sus guerras frías y calientes; solo completamente solo con sus pensamientos y las libretas rojas, llenándolas de trazos sanguíneos en letras puntiagudas, redactando verdades en fragmentos de historias.
Algo positivo pasó; la computadora estaba en inglés. Katz temía toparse con un Windows en inteligible persa. El escritorio estaba de extremo a extremo tapizado con archivos de hoja de cálculo. Al abrir el navegador de Internet encontró la lista de correos de la empresa: pedidos de Frankfurt, Oslo, Moscú, y otra docena de ciudades con nombres de nueve sílabas que en la vida Leo había escuchado de ellas. No eran una pobre empresa de pobres mujeres solas con hijos a cuestas; y si lo eran Katz era un idiota que no entendía de negocios, como naturalmente no entendía de muchas cosas. Mientras dejaba correr, como el agua, sus pensamientos, el motor de búsqueda halló el blog de un pintor llamado Flamingo. El sitio no contaba con fotos y los posts eran continuos, día tras día, provocando que Leonardo no supiera por dónde empezar.
El último había sido puesto hacía unos minutos; era un haiku, pero no se veía relación entre el contexto y las palabras, por tanto Leonardo siguió leyendo. Uno de los textos había sido puesto a las cinco de la tarde —la foto de un gato callejero— y el otro a las once de la noche, siendo de seguro aquel escrito después de la transmisión de Katz, siendo su contenido no tenía nada de secreto, siempre y cuando se pudiese leer entre líneas su significado:
…con la información que tenía entonces, se reunió con su compañero de tareas; juntos fueron al lugar especificado y ejecutaron el golpe tal y como las circunstancias lo permitían. Luego, con otras identidades, salieron del reino mágico y volvieron a casa…
Era, según “Flamingo” un fragmento de un cuento A prince of the Middle East, del escritor pakistaní Suali Dogamu. Para Katz quedaba en el aire la pregunta de qué tan verdadera era la existencia de tal escritor. Pero si las instrucciones eran claras había una interrogante aún más poderosa: execute the hit, sólo podía significar una cosa:
Dando marcha atrás; dejando la computadora como estaba, el cuarto cerrado, y las agujas en su sitio, Leo se recostó en la silla presidencial de la oficina de Irma. Sentía un tambor tocar en su pecho y la repercusión de éste en las sienes; matar al imán Estrella del Norte no sería una verdadera tragedia después de todo. Siempre y cuando no tuviera que hacerlo él mismo. Mas para eso estaba el coronel Matson: un boina verde con experiencia de acción tras las líneas enemigas infiltrado en un país que se asegura enemigo de

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