Wednesday, January 30, 2008

Capítulo XXXI, El registro.

El genio es aquel que tiene la respuesta antes que la pregunta. Para Irma aquellas palabras eran un modelo a seguir. Proveniente de una familia cuya cultura intelectual estaba basada en profundas meditaciones, ella prefería el modelo occidental. Podría haberse casado, tenido hijos, amar a un hombre, ser ama de casa… pero optó por el riesgo buscando las soluciones antes que comenzaran los problemas. Se hizo amante de un hombre rico, empleó bien los recursos de su familia, formó su empresa y se hizo fuerte ahí donde la sociedad esperaba que una mujer se amilanara, entregara su bandera y su corazón. Al entrar a su apartamento, bien entrada la tarde, recorrer su colección de objetos personales, y tenderse en el sofá con la vista al techo, buscaba una nueva respuesta antes que surgiese la pregunta, o el problema, de estar colaborando con un espía.

Nada quedaba por hacer; ni excusas, ni ventanas para escapar volando. Ningún abogado la defendería si la policía secreta la detenía; tendría su abogado de oficio y un breve juicio para pasar los próximos treinta años marchitándose en una celda de tres por tres junto a otras once mujeres.

Barrotes, estrechos pasillos, baños fétidos y los cortes de la edad se dibujaron en el estucado cielo raso de ópalo rosa; con las yemas de los dedos dibujó circunferencias y examinó las ondulaciones de su propio rostro. Si aún era joven, pensaba, era porque utilizaba los productos de belleza occidentales y no los cosméticos nacionales. Invertir en ella misma, hacerse siempre con lo mejor del mercado; quien cree en sí mismo aplicará siempre lo mejor y no dejará nada a medias. Aún se sentía joven, por dentro. No obstante, si quería conservar la cabeza y los finos y bellos rasgos trazados en esta, más le valía abandonar lo poco que realmente tenía y partir hacia Occidente. Lo había intentado tres veces antes, lo que significaba tres filas, tres esperas largas, tres empleados ajenos a todo, tres protocolos de formularios, fotos, documentos copiados y autenticados. Si a un ave le basta abrir sus alas para emigrar, ¿por qué a una mujer le debe costar tanto ir hasta donde desea?

Leonardo Katz la sacaría de Irán, o ella misma mataría a Leonardo Katz. Debía tener los recursos; de seguro no estaba solo y habrían hombres allá afuera, tras los desiertos y las montañas con el poder suficiente como para poder ayudar a una mujer sola. Sola, si sola, estoy sola. Era una lástima que Katz fuese un muchacho tan carente de tantas cosas: de ingenio, de atractivo, de pasión; que fuera una marioneta que torpemente quiere aparenta ser hombre. Desde niña soñó con un hombre a caballo, que cruza la estepa y la arrebata de la tierra yerta asiéndola por la cintura. Que ambos navegan por praderas y bosques hasta lagos de luces con vida propia exhalada en músicas diversas, donde las noches cada una es única. Katz no era ese jinete, ella ya no era una niña, pero era cuestión de tomar un último riesgo… o morir de pie y reseca en el desierto.

Durante la noche se empleó en una actividad de búsqueda desde su sillón de lectora, en plena oscuridad y con un vasito que se llenaba de tequila a momentos y se desocupaba en segundos. Las chicas conocían a mucha gente; para mujeres como ellas los hombres no son seres sino números, hasta que tienen un nombre, y entonces son un recuerdo a veces incluso formidable. Existían también los casos de sujetos cuya importancia o impotencia dejaban un recuerdo sobre el que se podía volver sin dolor. Y la suerte estaba del lado de Irma: una austriaca, Helga, recordaba al jefe de seguridad de un imán; algo raro, y más si ese hombre negara ser su jefe de seguridad y se presentase como uno de sus discipulos, con americana, pantalón de dril gris y revolver Colt largo calibre 45.

—Farnod. No lo sé, mademoiselle Irma: ¿es verdaderamente iraní tal nombre?

—¿Y su apellido?

—Oh… es un poco tarde y apenas si recordé su nombre por pura casualidad.

—No te debes preocupar amiga; ¿hablaba inglés?

—Ummm… sí, sino de otro modo no le habría entendido nada.

Eran las cuatro de la mañana al terminar la conversación. Helga estudiaba cocina, lo que la hacía un personaje diurno que teme a la noche porque la transforma. Helga de dieciocho años que cree puede engañar a todos diciendo que tiene veintitrés. Se iría pronto, claro, cuando no pudiese soportar más el olor de los hombres y la certeza de que los hombres realmente existían y que no eran sueños oscuros esas manos, esos cuerpos y esas bocas ávidas de juventud. Pero por ahora había sido muy útil.

Del armario Irma extrajo su computadora portátil. Una vetusta IBM que se mantenía funcionando gracias a los injertos mecánicos que la muchachita española, Mirta, aplicaba cada dos meses para extender la vida del aparatejo ese. Pero era útil por su propia antigüedad, ya que bastaba muy poco para reducirla a fragmentos irreparables mediante golpes de martillo y no contaba con puertos inalámbricos ni de red para ser intervenida desde fuera. En su memoria electrónica estaba la lista de clientes, socios y colaboradores del Cielo.

Farnod Alizadeh; tal vez un nombre falso. Pero Franz le había dicho cierta vez que los hombres que usan nombres falsos jamás emplean sus identidades como cigarrillos o cubiertos desechables, sino que se hacen uno con el nombre y la leyenda que tiene aquel por título. En otras palabras el hombre de seguridad del imán que buscaba Leonardo —que ya que estamos en el cuento también debía ser un nombre falso— no se desharía del nombre con el que se había inscrito en el club Al Äcemän, mientras estuviera en Teherán. La dirección de una residencia en pleno centro de la ciudad sobre la avenida Jomeini bastaba por ahora para seguir la investigación. Encontrar al hombre, acercarse a él, preguntarle cosas y escudriñar, como bajando una escalera, hundiéndose en el cobertizo paso a paso iluminando el camino y viendo fragmentos olvidados que en una charla casual se revelan siempre para el interlocutor y rara vez para el interrogado.

Pero primero debía hablar con el agente secreto y preguntarle qué diablos pensaba hacer con el imán una vez lo encontrara.

Candy, la asesina a sueldo rusa, tenía una política muy clara sobre el asesinato selectivo: si tienes que matar, hazlo, y luego olvida la cosa como olvidas el encendido de un cigarrillo —a menos que ese sea un cigarrillo explosivo—, o el beso que das en la mañana a tu pareja —a menos que sea el último antes de desaparecer para siempre—. Bueno, racionalizaciones de una asesina profesional. Pero Katz tenía una nula experiencia en tal materia. Error: había llegado y había matado a un hombre peligroso como Franz Wessel, que de seguro tenía muchos enemigos. Pero nadie le había pedido que lo matara, claro; él se lo buscó cuando quiso decapitarlo.

Matar al imán y olvidar, matar al imán y olvidar, matar al imán y olvidar.

Rifle o pistola con silenciador. Una estocada con un punzón ¡viva el matador!; quizá cuchillo, un fino corte; ¿por qué no la bomba conectada a su coche? Veneno marca Borgia, o una serpiente de coral. Los métodos sólo forma son, y el arte verdadero es contenido y fuerza. Oh, Natacha Ivanovna, realmente no me enseñaste nada...

Jugar con palabras, eso era lo que hacía siempre Leonardo Katz para escapar de la realidad, así como invocar el nombre de su mentora, para sentirse menos solo. A pesar de que el tiempo pasa, siempre queda mucho por aprender; tanto, que si se tomara uno un momento para pensar en todo lo que se ignora acerca de un tema, por sencillo que sea, pronto se caerá en el campo del miedo absoluto.

Se estaba olvidando del coronel Matson, como es obvio; y quizá estaba ignorando, por puro descarte, la existencia de un pequeño grupo de soldados profesionales, tal vez mercenarios, tal vez mujahedines, que pudieran ir directamente a la morada del imán Estrella Norte y llenarle los intestinos de plomo… a menos que la alternativa fuese secuestrarlo... ¿y si este imán resultaba ser una figura más poderosa aún en la baraja de ese enemigo oculto y casi inalcanzable conocido como Terrorismo? ¿Sería él el líder de una secta, su guía espiritual, su confesor, su instructor, su bandera? ¿Y matarlo realmente solucionaría algo? ¿Se habría evitado el ataque del 11-S si, digamos, unos cinco años antes alguien hubiese mandado a un asesino a coser a puñaladas a Osama Bin Laden? ¿Qué es un hombre en medio de la filosofía del terrorismo religioso? ¿Una herramienta?, ¿El mismo Alá?

Terrorismo… heme aquí, planeando la muerte de un hombre al que no conozco, todo por el bien ulterior de los míos, de mi cultura y mi nación. Soy el agente secreto, el puño de la Constitución de los Estados Unidos de América.

Irma llegó a las dos de la tarde, dándole tiempo a Leonardo de redactar su testamento y ponerlo en su cuenta de correo enviándose a sí mismo el mensaje; confiaba en que alguien, su familia o Hegel o el propio coronel revisaran sus mensajes y hallasen su último escrito.

Parecía agotada. La natural elegancia, de orden matemático, que trazaba las líneas de sus trajes, estaba casi desdibujada, dejando a una mujer cansada de vivir tendida en el sillón presidencial de su empresa mientras se pasaba una toalla desmaquilladora por encima de sus parpados. Casi de inmediato comenzó a hablar.

—Encontré al hombre que has estado buscando —pero ni todo el polvo de la ciudad podían borrar el brillo de sus ojos de soprano—. Pero, como ya te dije antes, no esperes que sea gratis.

—Te sacaré de aquí. Es una promesa.

—¿Quiero saber cómo?

Reflauta. Pero no había forma de mentir, a menos que el mismo no supiera si estaba mintiendo o no; algo que naturalmente sucede cuando levantamos una hipótesis: se confía en ello pero eso no es garante de que sea verdad.

—El resto del personal que está conmigo en esto tiene más facilidades que yo para extracciones —¡mierda! Quizá estaba empeorando la situación…—. Documentos, o quizá ya tienen listo un avión; todo muy normal, no esperes que sea como en el cine.

Las cejas de Irma se arquearon de forma no muy amistosa.

—No soy ninguna tonta, amigo.

—En todo caso no será algo mío. Pero me has colaborado y aún puedes ser de mucha utilidad para la gente con la que trabajo; aunque no es asunto mío, ciertamente. Y… en caso de que, simplemente, decidas reiniciar tu vida en otra parte, pues, supongo que serás libre de hacerlo.

Pero ella estaba muy callada y desvió la mirada de nuevo a las líneas de producción de vestidos de alta costura. A donde fuera, o hiciera lo que hiciera, no sería tan rica como posiblemente era ahora; pero era su decisión. Se pensase lo que se pensase la deserción es siempre un acto de valentía.

—Necesito regresar a la ciudad. Hablar con un hombre y luego todo habrá terminado. Lo único que él necesita saber es dónde y cuándo.

Una hora después de que Leonardo Katz terminase así la conversación, la lista de sospechosos se había alargado hasta completar los treinta nombres. Estaban en la computadora de Amin en orden descendente, del más importante al más inocuo. El compatriota del difunto, señor Günter Mann, estaba bien arriba, junto a Leonardo Katz; ambos desaparecidos desde la mañana en que Wessel había sido asesinado.

—No puedo darle una orden de detención, habría que ir con la policía —respondió el jefe del Servicio de Seguridad Interna de Teherán. Hedayat había tratado, durante infructuosos quince minutos, de explicarle al director lo ridículo que sería dejar salir de la ciudad a tres sospechosos sólo porque eran extranjeros, siendo los nacionales de otros países los directamente investigados por una agencia de contrainteligencia como esta.

—Se equivoca y le diré porqué: el objetivo que nos ha encomendado el ministro Hossein, es la de asegurarnos que no hay traidores al régimen entre los buenos ciudadanos de este país… ¡Y! Especialmente en la capital de la nación.

Adel Al-Rajim señaló la fotografía del ministro Hossein en la tabla de mando que decoraba, si se puede decir, la pared lateral izquierda de la oficina del director. Por encima sólo estaba el presidente Ahmadinejad y el Líder Supremo Khamenei.

—¡Podría tratarse de agentes americanos, señor!

—Los tiempos de las detenciones han terminado. ¿Ha oído del caso de esa maestra española? La detuvieron por espionaje (¡espionaje!) y lo único que hacía era copiar los libros de texto que se venden aquí en cualquier librería y pasarlos a los maestros de las escuelas rurales. ¡Espionaje! Y ahora el gobierno no puede vender el grano que producimos a España; todo por este absurdo episodio.

No obstante, siendo un militar de carrera, Amin conocía el efecto final que puede tener la penetración de agentes enemigos dentro del territorio; y la muerte de un hombre importante como Franz Wessel, no sólo se podía determinar como un acto de terrorismo, sino que había que tratarlo como ataque directo a la soberanía del país. Y si bien, en esta primera instancia no podía dar captura a los sospechosos, sí podría lanzarse sobre los colaboradores que de seguro tenían diseminados por la ciudad.

En principio, es muy difícil que un agente, o un grupo de agentes, trabaje completamente solo dentro de territorio enemigo. Siempre buscarán corromper a algunos desleales, cuyas almas pueden atraparse con dinero, un chantaje o simples mentiras acerca de un mundo mejor de puertas para afuera. Estos colaboradores terminan implicados en asuntos periféricos alrededor del verdadero objetivo de la misión; de esta manera, cualquier dato importante está lejos de su alcance y si son atrapados no podrán revelar nada importante.

Al desconocer el tiempo que llevaba corriendo la operación contra Wessel, sería muy difícil de prever la amplitud del círculo de espías formado por los infiltrados. Podría ser algo muy pequeño, cosa de unos cinco nombres, o un listado kilométrico que anuncia cientos de detenciones; el tipo de cosas que para la prensa mundial significaría grandes anuncios y que para empleados gubernamentales como él serían el verdadero fin laboral. Aunque el trabajo de contrainteligencia signifique sacar a los espías de sus agujeros, el descubrimiento de una cloaca demasiado profunda provocaría gritos en distintos ministerios y despidos a diestra y siniestra. El nuevo presidente había facultado a la SAVAMA para llegar tan lejos como pudiera —eso se podía entender como un salto sobre los límites legales— para atrapar a los agentes extranjeros, saboteadores y terroristas. El riesgo que significaba la posible penetración de las naciones de la OTAN (e Israel) dentro de Irán no daba espacio para benevolencia alguna.

No obstante, Amin no pensaba en nada de ello, sino que le corría por las venas como la sangre. Era un hecho que el enemigo trabajaba en crear redes de espionaje, por todo el país, y a diferentes niveles. Moverse rápido cuando estos terroristas ingresaban en el suelo patrio era la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por tanto, ahora caminaba velozmente hasta la cafetería donde uno de sus colaboradores de turno, Abdel, bebía agua de tanque y masticaba fajas de harina con pollo picado en salsa de nigrus picante. Lo tomó del brazo y sin dejar que terminase de tragar su diminuto almuerzo lo envió a buscar el nombre de todas las amigas, amantes, o putas que pudiesen haberse acostado con Franz Wessel durante las estadías de éste en el país.

El último bocado de pollo pasó por la garganta de Abdel mientras ingresaba a los registros operacionales del Ministerio. Aunque mucha de la información se guardaba bajo un nivel de clasificación demasiado alto, un hombre como Franz Wessel, y sus conocidos, debían estar citados, precisamente cuando esta clase de incidentes ocurriesen. Y no tardó realmente en descubrir que estaba en lo cierto: una docena de contactos estaban archivados bajo el nombre Wessel Franz; siete eran iraníes, el resto extranjeros de nacionalidades imprecisas, es decir, que no estaban anotadas en los ficheros.

De los siete contactos nacionales, tres eran mujeres. Una aparecía como cocinera personal, otra como interprete, y una tercera simplemente como “amiga”, lo que parecía ser el vínculo más directo con el fallecido hombre de negocios.

—¿El nombre? —Preguntó Amin desde su oficina.

—Irma Yushij. Sin empleo, sin marido, sin bienes o familiares cercanos. Una mujer que vive del aíre.

El último comentario fue ignorado por Hedayat, quien ya estaba rebuscando en su celular el número del detective de homicidios con el que había hablado en la mañana. Aunque cabía la posibilidad de que ya tuvieran fichada y detenida a esta mujer, podían no haber relacionado el nombre aún y por tanto la “amiga” soltera y sin trabajo del extranjero rico se podría estar paseando impunemente, o bien viajando libre de cargos fuera del país.

Dos patrulleros en moto cerraron la entrada, dos vehículos sin marcas de la policía se estacionaron frente al portón principal. La calle frente a la residencia, siendo una avenida principal, estaba dominada por los ciudadanos propietarios de veloces autos japoneses que, en algunos casos, se pasaban del límite de velocidad, evitando así que los curiosos hicieran presencia.

Con una orden judicial conseguida en tiempo record, y unas cizallas rompecandados, el detective Omid Fanizadeh y su equipo: un asistente de criminalística, dos policías de la división de homicidios y dos sargentos recién ascendidos, ingresaron calmadamente, pero con presurosas zancadas, hacía la casa silenciosa que dormitaba entre las palmeras de la propiedad de un general de mecanizados, ahora en misión diplomática, que gustosamente había prestado la vivienda al ahora frío Franz Wessel, cuya cortesía alemana se petrificaba en una nevera de la morgue.

A los tres minutos de requisa los policías encontraron algo: una mujer. Una chica realmente, muy baja para ser una reina de belleza, pero de una figura escultural que no dejó de perturbar a los policías que la encontraron vestida con pantalones cortos y una playera roja anudada sobre su firme abdomen. Le dieron la orden inmediata de vestirse conforme a las leyes del decoro, y subir a una de las patrullas.

Naith Badiee; diecisiete años, interprete de laúd, de padres divorciados, fue la primera detenida por el caso de Franz Wessel. Dentro de la patrulla el capitán Omid habló con ella durante una hora y tres cuartos que duró el allanamiento de la casa de descanso del general. Al final aceptó colaborar mencionando los nombres y lugares relacionados con la antigua amante de Wessel, Irma Yushij, y los negocios de compra de equipos electrónicos de bajo costo con el comerciante alemán Günter (ignoraba o no recordaba el apellido).

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