Wednesday, March 12, 2008

Capítulo XXXIII. La Mezquita

Para esta ciudad, para este país, para este lado del planeta, las cosas no habían cambiado: el crimen de Franz Wessel había pasado desapercibido para la prensa. Por directrices tomadas directamente en el centro del poder iraní todo el asunto se manejaba entre la cancillería y la embajada alemana. El ministro de defensa, personalmente, llamaba directamente al embajador y de Berlín salían mensajes codificados en respuesta: Franz Wessel, su figura fantasmal, debía permanecer en las brumas.

Pero Amin Hedayat no entendía de eso. Atravesando las arterias congestionadas de la ciudad en plena hora punta, buscaba a los asesinos; ya fuera en las terrazas de los cafés, en las cabinas telefónicas, o colándose en las entradas del metro. No contaba con motivos personales cercanos: no había familiar muerto que necesitara vengar de los agentes extranjeros; sólo su certeza de la importancia de la seguridad en materia de inteligencia.

Hacía calor; el verano había alcanzado ese punto donde no tiene remedio. Si Amin manejaba sin rumbo, no era porque el verano hubiese trastornado su mente, sino porque el temor a que los asesinos hubiesen escapado se acrecentaba minuto a minuto. Tenía que encontrar la manera de hacer visible la amenaza para todo el Ministerio, o bien, en última instancia dirigirse al Presidente en persona.

Ignoraba que otro asesinato se estaba planeando en esos mismos momentos, en una calle que no podía ver, en una casa que ignoraba que existiera.

El rifle armado fue ajustado a la carrocería de un Volvo recién robado. Su color gris metalizado había pasado a ser negro, sus vidrios oscurecidos, y los rines cromados instalados por sus nuevos propietarios borraron cualquier vestigio de la antigua identidad del automóvil. Autos tan finos son extraños; se supone que pertenecen a cierta elite de Teherán, por tanto rara vez son revisados por la policía.

Leonardo no había visto el Volvo; en su vida podría verlo, pero este estaba tras una sencilla pared de yeso que separaba el vehículo del taller de trabajo donde los conspiradores planeaban su golpe. Si estaban ahora ahí era porque, treinta minutos antes, Irma había recibido una llamada de su amiga.

—Está confirmado —le dijo a Dick Matson que leía el periódico en uno de los cuartos del segundo piso—: estarán a medio día en la mezquita.

El coronel levantó momentáneamente sus ojos grises: “gracias”.

Motesakkeram… —contestó.

Suficientemente inteligente para saber en qué estaba metida, obvió las preguntas que le habrían surgido a cualquier otro ser humano de verse metido en el gradual proceso que apunta a la muerte de un desconocido. Estaba dispuesta a ir a cualquier extremo con tal de alcanzar su soñada Ciudad de la Luz.

—¿Qué debo hacer ahora? —Preguntó, aún en persa.

—Esperar. Esperar a Leonardo.

A unos metros del auto mencionado arriba, sobre una mesa de madera basta, suficientemente amplia como para hacer cualquier reparación encima de esta, pero lo suficientemente vieja como para no hacer parte del mobiliario general de la hostería, se extendió un mapa general de Teherán; ni una sola marca manchaba las delgadas líneas grises que dibujaban avenidas y manzanas. El coronel Matson extrajo de lo oculto un acetato de dos octavos; tenía algunas marcas en tinta roja y fue puesto, sobre el mapa, con milimétrica precisión.

—Todo este —dijo mientras Leonardo se inclinaba para ver mejor—, es el distrito de Amirieh; nuestra mezquita esta ahí. Te quedarás aquí en Allameh Majlesi; es una escuela, así que habrá mucho tránsito porque supongo que muchos estudiantes se mueven de un lado para el otro antes de que se llame para la oración.

—Okay.

—Caminas tres calles en esta dirección y encuentras la mezquita; es muy grande imposible no verla.

—Okay.

—El lugar… parece que fue bombardeado. No tengo la historia completa, sólo una estúpida guía turística que hasta ahora no me ha resuelto nada… Pero parece que fue construida durante el reinado del primer Pahlevi; no me extraña que se esté cayendo a pedazos. La administración de Ahmadinejad puso un enorme presupuesto para… —se detuvo y miró al agente secreto como descubriendo por primera vez que estaba presente—. El lugar es una ruina completa, pero tiene sólo una entrada que es por esta calle.

—¿No tenemos un mapa?

—No.

—Okay.

—Esta mezquita prácticamente no tiene techo. El anterior era una gran cúpula pero amenazaba con venirse abajo, así que la removieron, si lo que dice la guía esa es verdad. No hay ventanas y el muro del lado sur está siendo refaccionado, igual que los pilares.

Hubo una pausa: el coronel —Leo lo entendió así— medía cuánto podía decirle a su agente sin ponerlo a él o a sí mismo en peligro.

—Lo que quiero que hagas es que entres en el sitio, y esperes. Debes estar muy pendiente de ver entrar al imán o de hallarlo en el sitio. Son menos de cien metros cuadrados, pero concéntrate. Acércate tanto como puedas, pero no establezcas ningún contacto visual con él a menos que sea absolutamente inevitable. Lo que necesito es que lo señales.

—Cómo.

—Sólo tócalo. Una vez, pero despacio. Y mira: tienes que estar absolutamente seguro de que es el hombre correcto; no hay más que una oportunidad. ¿Entiendes, soldado?

—Sí.

—Repite tus órdenes.

—Entrar, localizar, señalar… y salir me imagino.

—…Hasta que termine la oración; antes no hagas nada o te meterás en un lío. Y al salir no corras, no huyas, sólo muévete sin parar hasta que alcances la salida. Si te siguen, ¿puedes perderlos?

—Eso creo.

—Sí o no. Tengo que estar seguro.

—Lo haré.

—Regresarás hasta esta calle, ¿correcto? Y sigues el tránsito hacía el este… a tu izquierda, hasta que alcances este parque. Sí esto de aquí es un parque, se llama Park-e Sharh. Alguien te recogerá. Ahora, si sientes que tienes una sombra tras de ti, dirígete de inmediato a una estación de autobuses que hay hacia el norte. Acá. Toma un bus hacía cualquier lado y bájate en algún lugar lo bastante lejos y lo bastante público como para poder encontrarnos sin riesgo. Entendido soldado.

—Entendido, señor.

—Jules te llevará hasta frente de la escuela. De ahí en adelante depende de ti.

—Sí, señor.

Trayendo al presente el recuerdo de Malcom Rivers y sus enseñanzas, Leonardo Katz procuró darse confianza; había sido entrenado, sabía cómo hacerlo; cómo actuar, desaparecer, hacerse uno con el ambiente. El coronel Matson también lo había instruido en ello, tiempo atrás, en calidad de instructor de una pequeña guerrilla urbana. Si esa era su universidad, la ciudad, cualquier metrópoli en el mundo, podría ser su territorio, su jungla, su montaña impenetrable para los hombres pero no para el tigre que conoce los recodos, las grutas y las cavidades de los árboles muertos, donde acecha, listo a lanzar su zarpa.

—¿Coronel?

Matson, obviamente, esperaba preguntas.

—¿De casualidad no tiene un par de anteojos sin aumento?

El wolskwagen de Jules lo arrojó casi frente a la escuela, donde Katz apreció la exactitud de las palabras de Dick Matson: los estudiantes salían en manadas, regándose por diversas puertas, ocupando esquinas, parando el tráfico y aumentando la sensación de caos inherente a la calle. Pululaba toda clase de gente a esa hora, y el barrio parecía de clase media, lo suficiente como para que Leonardo, con su camisa a rayas, sus pantalones grises y sus sandalias de cuero se sintiera como un pobre diablo, rodeado de chicos ataviados con lo mejor de la moda europea.

El perfil de la mezquita —una línea delgada que señalaba la presencia de un muro antiguo en la relativamente nueva calle— entró en el ángulo visual de Leo, y desde ese momento los altoparlantes empezaron su canto de llamado. Todo, con calor incluido, era confusión. A unos cien metros el agente se sintió menos solo: otros tantos jóvenes, no tan jóvenes, empleados de todas clases y viejos, se dirigían hacía la puerta de la mezquita. Andamios de hierro y redes azules de protección evidenciaban la presencia de las obras. Katz redujo la velocidad de sus pasos para mezclarse mejor con la gente. Llevaba unas gafas sin aumento que el coronel le había entregado al salir junto con el resto del atuendo que, por cierto, sentía demasiado grande para un joven tan escuálido como él. De seguro era ropa de Matson.

Intentó revisar matrículas, pero habían tantos autos aparcados junto a la acerca, tan cerca, increíblemente próximos, que olvidó el asunto y se coló con el resto de los visitantes por una puerta de arqueado marco.

Los muchachos holgazaneaban, apoyados en las paredes, y algunos hombres mayores leían. El templo, a diferencia de Occidente, seguía significando el sitio de reunión de la comunidad, y no un antro privado de un clero acaudalado. Pero tantos hombres pasando, o estáticos, en el pasillo sin luz, llenaron a Katz con la sensación de estarse sumergiendo en el agujero temporalmente abierto de un lago congelado: siendo niño su madre siempre lo prevenía de andar por los estanques congelados; aunque otros chicos patinaran allí, ella siempre le repetía que podía quebrarse el hielo, y que tras sumergirse, el agua volvería a congelarse impidiéndole salir, dejándolo atrapado para siempre.

Adentro parecía no caber un alma: hombres de todas las catalogaciones existentes en la sociedad multiétnica iraní estaban de pie o sentados en las centenares de alfombras tendidas en el suelo. Unos hablaban con otros, nadie parecía estar solo excepto el agente secreto con su misión terrorista a las espaldas. Era un cambio en el gran campo de batalla ideológico: si un alumno del fundamentalismo se colaba en un avión o un restaurante para detonar una bomba y matar a diez o trescientos civiles, en nombre de Alá, por qué no podría él ingresar en una mezquita y matar a una sola persona, en nombre de la democracia, la igualdad, las libertades y el resto del panfleto… Dejó las sandalias ordenadas junto al resto del centenar de zapatos en el pasillo, y se sumergió.

Matar… las órdenes del coronel sólo mencionaban que él debía señalar a su objetivo, lo que quería decir que lo estaban observando. Se tendió en el piso, cruzo sus piernas y se dedicó recorrer los muros con la vista: paredes descascaradas y largos pendones con frases en persa o árabe, vaya usted a saber. Y la pared sur, tanto como la que daba al este, hechas pedazos por lo que parecía la acción de un grupo de bombas. ¿Estragos de la guerra con Irak? Menos sabía sobre tal punto porque durante sus charlas el profesor James Al-Jezza éste no lo había mencionado.

Los andamios, sin hombres, seguían allí: y tras estos y los velos protectores contra la caída involuntaria de material, un edificio muy feo, color herrumbre con ventanas más negras que la noche estaba observándolo por una veintena de ojos.

—¿Sabe que estamos aquí? —Preguntó Julius, quien en ese momento tenía los prismáticos.

—No. Pero supongo que pudo llegar a deducirlo —respondió el coronel Matson quien seguía auscultando pieza a pieza el rifle de precisión.

—Espero que sea el único.

—Es un chico inteligente; hay muy pocos así.

De nuevo apuntó hacía el centro descubierto de la mezquita: Katz ya estaba de pie y caminaba con las manos en los bolsillos entre la muchedumbre congregada. No debía perderlo de vista, pero era realmente fácil seguirle el rastro: la camisa que el coronel le había entregado estaba cubierta de laca con isótopos de tritio; visto con el filtro de los prismáticos militares de amplio espectro, su cuello, espalda, brazos y el bolsillo del pecho brillaban con intensidad entre los grises asistentes al llamado del muecín.

Leonardo se apoyó en una columna mientras los hombres parecían ordenarse para iniciar la oración. Desde su perspectiva podría examinar rostros y ver a los recién llegados sin mayor esfuerzo. El maldito Dick tenía razón: era un chico listo.

El imán Estrella del Norte se destacó de inmediato ya que su estatura y delgada figura contrastaban con los tres tipejos de traje y cara de matones que lo rodeaban. Mierda… pensó Katz: uno de ellos estaba en la madraza el día en que conoció al imán. El turbante y la barba poblada, así como sus amables facciones de sabio eran tan reconocibles como el rostro elegante de Abraham Lincoln en los billetes de cinco.

Caminando por un extremo del salón, mientras los hombres ya se paraban alineados con los pies separados y las manos sobre sus antebrazos, Katz se fue acercando a su presa, quien ahora estaba solamente acompañado por un guardaespaldas flaco y muy joven. Logró encontrar un espacio, a menos de un metro del enorme radical musulmán, recordando que Osama Bin Laden también era un tipo muy alto, de similar contextura física, misma edad, e idénticos ojos.

Sobre un taburete de madera el francotirador apoyó el bípode de su rifle. Bajó el cañón para apuntarlo a las ventanas inexistentes de la mezquita, tras las cuales se descubrían docenas de espaldas, y asió el mango mientras empezaba a concentrarse en su respiración, a fin de disminuir el movimiento cardiaco.

El rifle de precisión Dragunov (SDV por sus siglas en ruso) de 7.62 milímetros es, junto al conocido Ak-47, uno de los fusiles más vendidos, modificado y adoptado por distintos gobiernos en todo el mundo. Es, a diferencia de los Winchester o Heckler & Kosh, mucho más pesado y sus proyectiles suelen ser devastadores. El modelo que tenía, en casi todos los sentidos, era similar al fusil Dragunov manufacturado por la industria armamentística iraní, excepto por el hecho de que el aquí mencionado había sido fabricado por Finlandia.

Estando en Fort Peary, a Julius le fue explicado —muy brevemente y de manera completamente teórica— la misión que tenía por delante y la necesidad de elegir el rifle indicado para el escenario. Los técnicos sabían que el SDV era el arma estándar usada por los francotiradores del ejército iraní, y conocían incluso qué modelo y con qué especificaciones era entregado a sus hombres. El problema técnico era hacer llegar a Matson y a Julius uno de estos, sin tener que robarlo de un arsenal —lo que habría sido una locura—, o sin tener que comprarlo en el mercado negro, acción que habría involucrado aún más a la Compañía. La solución más obvia fue la de comprar algo parecido por Internet, mandarlo a un agente encubierto en un piso franco y que este lo desarmara para mandarlo, pieza por pieza, escondido en computadores supuestamente donados por una ONG a los pobres chicos de las escuelas de Zanjan.

Siendo un experto en armamento europeo, Julius tomó el SDV finlandés y junto a un armero lo convirtieron en un Dragunov iraní. Las instrucciones de cómo y con qué fueron enviadas al agente en Helsinki por el mismo correo ordinario en que le llegó el rifle nuevo y con todos sus accesorios.

Ahora en Teherán, el último pasó de un proceso que comenzó al norte de Europa llegó cuando Dick tuvo listo el cargador de seis proyectiles, igualmente modificados.

Cada misión tiene sus necesidades, las cuales, si no son satisfechas, redundarán en el fracaso. Si Dick llegó a ser teniente coronel es porque entendía esto, por tanto no tomó ninguna decisión absoluta hasta no tener un panorama completamente claro de las circunstancias en las que se hallaría el imán. Dispararle con un rifle tan pesado y potente como el SDV llevaría a dos cosas: una, que la presión de la cavidad craneana no soportaría la fragmentación del proyectil y provocarían que la cabeza se le reventara al tipo, llevando al asunto a convertirse en un espantoso espectáculo de diminutas bolitas de materia gris proyectadas en todos los sentidos, o dos, que la punta afilada cruzaría hueso y sesos con suficiente potencia como para matar a otro par de desdichados. Y no queriendo ni una cosa ni la otra, Matson cambió las balas de plomo por cuerpos de acero completamente romos, tan pesados, que al expandirse, por acción de su propia temperatura, no podrían salir de la cabeza de la víctima. Aunque si bien había que contemplar que tanta fuerza proyectada hacia un solo punto provocaría que los ojos se le salieran de las cuencas al imán y que su paladar se partiera en dos, eso era preferible a un volcán de sangre que complicase la salida de su agente.

El plan, tendido en los minutos posteriores a la confirmación de Irma sobre la presencia de Estrella del Norte en la mezquita, no tenía fisuras aparentes. Aunque nunca se sabe.

—Ciento once metros, diez grados —dijo Dick ahora actuando como marcador; su resolución a expresarse en metros y no yardas era porque conocía la torpeza de Julius fuera del sistema métrico decimal. La retícula graduada del SDV permite que el tirador corrija cualquier desviación que cause el retroceso, pero es de vital importancia, en un tiro como este, conocer factores como viento e inclinación.

—Tengo al cascabel en la mira —afirmó Julius. Leonardo era el cascabel.

En mitad del círculo, dentro de las líneas convergentes de la mira, la escueta figura del escritor se mostraba inocente a todo, hasta que levantó la mano derecha y tocó el hombro de un hombre delgado y larguirucho con un turbante gris y blanco en la cabeza.

—¡Lo tenemos! —Exclamaron los mercenarios. De inmediato Julius aplicó sus dedos al botón graduador de la mira PSO y dejó el eje de la cruz sobre el parietal de la víctima. Entonces los hombres al unísono se inclinaron hacía Alá.

—¿Dick?

Con un gruñido Matson respondió: estaba concentrado en medir la distancia y la dirección del viento.

—¿Sabes cuál es la reacción de una cabeza humana cuando es golpeada por un bate de acero directamente, digamos, por un jugador de las Grandes Ligas?

Los ojos de ambos hombres se encontraron.

—Bueno —el coronel regresó a sus prismáticos— espero que este bateador tenga el brazo un poco lesionado.

Por tercera vez los hombres de la mezquita se pusieron en pie para repetir la oración; sus brazos estaban uno sobre otro y miraban al suelo, por lo que no podían ver al propio Leo, pendiente de cada movimiento, tratando de imitar a los musulmanes que lo rodeaban. Hasta ahora iba bastante bien para ser un ateo.

De rodillas; frente y nariz pegadas a la alfombra. Los hombres oraban, Leo, a su forma, también:

Busco refugio y protección en el Conocimiento, de la estupidez y la ignorancia.

En el nombre de la Democracia, y la Ilustración

Ellas son la Libertad, única.

La Libertad eterna.

Que ha engendrado la Civilización, y engendrará Justicia.

Por encima de todo.

Ahora los fieles y el kafur estaban sentados con las piernas cruzadas en profunda oración. Leonardo se sentía increíblemente ligero, relajado, casi en un trance de pacífica espiritualidad. Pero el imán seguía ahí con vida.

Los hombres miraron a la derecha: “hago lo que hago por que es lo correcto; soy un patriota y odio a los terroristas como este hijo de puta que está frente a mí”, pensó Katz. Luego los hombres giraron sus cabezas a la izquierda: “mentira: lo haces por dinero, y por poder: toda misión que terminas, todo hombre que matas, te pone un paso más adelante en la escala evolutiva, ¿verdad?” Horrorizado de sus propias palabras el corazón le dio un vuelco, en el preciso instante en que todos los fieles se inclinaban de nuevo hacía la Meca el Arcángel San Gabriel soplaba su cabeza.

Mierda. Pero no fue un soplo, sino el aire viciado de un lugar sagrado cortado por una bala de acero volando a una velocidad fantástica. Y alguien conectó un home-run.

Al ver hacia adelante notó que el imán, a diferencia de los demás, no estaba postrado, sino tumbado sobre su cabeza y hombros con tanta vida como una muñeca de trapo abandonada en una calle vacía. Tras un segundo más, el peso de los hombros se venció contra el costado derecho y quedó allí tendido el cuerpo de guía religioso con la lengua escurrida entre sus dientes amarillos.

La visión duró menos de un segundo: todo el mundo se empezó a poner de pie y él tuvo que hacer lo mismo. En un instante el cadáver se voló del plano de la realidad de Leo Katz y éste empezó a caminar de espaldas, notando que los fieles tomaban toda clase de caminos y empezaban a despedirse unos de otros, mirando en todas direcciones, hablando en toda clase de registros, excepto uno que empezó a gemir, y luego a gritar… Las voces de alarma empezaron a correr, mientras los curiosos fueron cerrando el cerco en medio de la mezquita. Katz tomó aire, encontró el anhelado rectángulo negro de la salida, y se mandó a grandes zancadas hacía una seguridad que no estaba del todo convencido de si aún existía.

La superficie de este lago le pareció ahora un duro cristal.

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