Capítulo XXXV. El desguasadero
Cerveza, la bebida universal, excepto para los musulmanes. La que tenía Leonardo Katz en su mano era una Heineken contrabandeada, fría, y tan efectiva como calmante, que Leo lucía ya despreocupado mientras observaba el proceso de desensamblaje de los dos autos sobrevivientes a la excitante persecución. Una que otra vez, eso sí, giraba su cabeza para mirar a través de las ventanas del despacho particular de William. Allí hablaba seriamente con el coronel Matson, y Katz habría dado un brazo y una pierna por saber qué se traían entre manos esos dos. ¿De dónde diablos se conocían? Evidentemente el taxista colombiano había resultado tan parte de la operación como el propio Leonardo: había sido contratado para ayudarlo, desde su llegada al país, hasta sacarlo con vida del peligroso atentado contra el imán.
Ahora ese imán estaba muerto y su misión terminada. La tensión abdominal-bascular que antecede a los grandes acontecimientos parecía recordarle, que en el fondo, aún tenía alma; o quizá era sólo miedo; en todo caso, Katz deseaba entonces y como nunca, que todo fuese como en las películas: una vez la acción se acaba, el volumen desciende, y la pantalla se sumerge en el fade to black, se ve al héroe ya en su casa, o rumbo a ella, antes de que los créditos de cierre envíen a todos los testigos fuera del teatro.
Y no obstante la pregunta continuaba: cómo salir. Pasar entre las amenazas, y las puertas controladas hasta ese avión rumbo a París. El asesinato del alemán —qué difícil parecía recordarlo ahora, pensó Leo— seguía bullendo, caliente aún, entre las calles, las estaciones de policía y los agentes investigadores a cubierto entre sus autos. Aún ignorando los esfuerzos de las fuerzas de contrainteligencia para atraparlo, Katz tenía tan presente la amenaza como el calor de la tarde adhiriendo la camisa prestada a su piel.
Fue y se buscó otra cerveza. Allí lo encontró el coronel, unos diez minutos más tarde, cuando ya terminaba ésta y trataba de extraerle las últimas gotas situando la lata verticalmente.
—Leonardo necesitamos hablar —dijo y le señaló la puerta con la cabeza, a pesar de que no había nadie más, la seguridad, tan necesaria, parecía más cosa de poder estar tan solos como fuese posible—. Me temo tenemos algunos problemas para salir de aquí —agregó traspasando el umbral, enfilando por una escalera hacía un patio elevado que resumaba frescura.
—Bueno, ya algo me decía que no iba a ser fácil —respondió Katz buscando con una mano tapar el sol, de tal forma que pudiese contemplar el atardecer sobre todo el ancho horizonte desértico—. ¿Es por el alemán?
Dick estaba a su lado, mirando en sentido opuesto, directamente a los rascacielos pintados de naranja.
—Por qué diablos sabía que de alguna maldita manera estabas comprometido… Dios, Leonardo… —comentó, pensando en voz alta, realmente. Lo encaró cruzado de brazos— ¿Qué sucedió?
—¿Qué sucedió? El tipo está muerto. Eso sucedió.
—¿Cómo?
—¿Cómo? ¿Qué importa ahora?
—¡Te estoy dando una orden para que me respondas!
Como un chico atrapado al tratar de cubrir una travesura, Katz tuvo que mirar al coronel, sólo para que un momento después sus ojos resbalasen hasta el suelo.
—¿Qué se supone que tenía que hacer —decía en voz baja—, dejarme matar? El tipo me saca por la mala de mi hotel, me introduce en un auto, me ata a un poste, me muestra un cuchillo, me amenaza con usarlo… mierda ¿quién era ese hijo de puta para comenzar?
Dick Matson le explicó entonces a Leonardo la importancia de Franz Wessel dentro de todo el panorama, y la forma en como el alemán encajaba dentro de las siguientes jugadas. Al terminar las primeras estrellas empezaron a aparecer. Tan claro como el cielo era el resto del curso de acción a seguir dentro de la operación. Tan irregular y sórdida como se veía la ciudad de noche, así se veían las consecuencias que buscaban las acciones del coronel. Como fuera, hasta que terminase el asunto Leonardo no podía salir del país.
—Salgamos de este agujero; tengo hambre —fueron las ultimas palabras de Matson antes de reingresar al edificio.
Mientras los conspiradores cenaban pizza y 7up en un semiabandonado apartamento de seguridad con vista al parque, Amin Hedayat recibía el informe de la muerte del imán Estrella del Norte, mejor conocido por sus documentos como Barid Somma.
—Impacto de bala. Rostro prácticamente deshecho. Cuello, ni qué decir; se aseguraron de que iban a matarlo —iba apenas ojeando el extenso informe pasando una página tras otra—. ¿Y los otros?
El asistente dio un paso para entregar otro reporte, de igual extensión al primero.
—Tres hombres fueron vistos por los testigos acompañar al fallecido —dijo el asistente—: uno está imposibilitado para hablar; los médicos lo tienen bajo un sueño de narcóticos. Otro recibió un impacto en pleno rostro a la entrada de la mezquita; no hemos tenido hasta ahora forma de saber quién era porque no tiene cara, además de que robaron sus documentos. Los otros al parecer viajaban en una camioneta que se volcó once calles más arriba; el conductor tenía varios orificios de bala entre la cabeza y el cuello; su propio cráneo lo encontramos embadurnando las paredes del vehículo; supongo que eso encegueció al que lo acompañaba y no le permitió ver el muro de concreto contra el que chocó.
Las noticias parecía preocupaban mucho a Hedayat, quien hundía las yemas de sus dedos entre su cabellera negra ansiosamente, tratando al parecer, de forma infructuosa, de darle marcha a las neuronas que no le trabajaban bien: ¡era el extremo! Primero liquidaban a un alemán, proveedor de armas, con una veintena de enemigos esparcidos por el globo. Ahora un maestro de escuela coránica. Aparentemente, sin problemas; pero con un buen puñado de guardaespaldas. ¿Era una labor de limpieza? ¿De quién? ¿Qué relacionaba a los dos hombres? Al menos sabía quién era uno de ellos.
—Massud —Amin consultó el reloj y se puso de pie buscando su chaqueta—. Que la policía se encargue de buscar a los extranjeros. Usted y cuantos estén disponibles, los quiero averiguando quién era este tal Barid Somma, y quiénes eran los de su escolta; quién pagaba por ella y todo eso.
—Pero…
—Puede que no haya ninguna relación; pero dos muertes así en tan pocos días, en esta ciudad… Ese imán quizá tiene respuestas.
—Sólo que está muerto, señor.
Hedayat quizá no vio necesidad de responder, o no escuchó lo obvio. No obstante fue directo por su auto mientras marcaba el número de la morgue, a donde arribó veinte minutos más tarde.
El cuerpo del imán era excesivamente largo; alienígena. Su piel era cobriza y con manchas inidentificables a lo largo de la espalda —estaba bocabajo—. Su cabeza estaba rasurada y el punto por donde había entrado la bala estaba limpio. Amin se inclinó para ver el rostro: desfigurado por completo, uno de los ojos se le había salido y la boca no podía cerrarse. Su último gesto fue de profundo dolor.
—Como es obvio —continuó diciendo el médico forense, un muchacho recién egresado— ni tatuajes ni marcas. No encontré perforaciones por agujas en ninguna parte, pero hasta no tener los exámenes de sangre no podré decirle si tomaba algún medicamento o sí estaba enfermo.
Las palmas de las manos estaban manchadas de tinta, y eran estas unas enormes garras de uñas que simulaban un juego completo de cuchillos de mesa. La tosquedad de estas y del cuerpo contrastaba de un modo radical con la fineza y buena presentación del vendedor de armas alemán. La pregunta seguía siendo qué unía a estos dos hombres.
—El proyectil… —dijo quedamente Amin, a lo que el empleado encendió una pantalla plasma de televisión situada a un lado del cuarto. Una foto de alta resolución mostraba un cuerpo casi esférico metálico y limpio con los rasguños habituales producidos por el ánima del fusil. El sub director de contrainteligencia permanecía mudo—. No sé gran cosa de balística, doctor. Pero creo, por mi experiencia, que una bala de fusil disparada directamente al cráneo de un hombre debería lucir más como una seta.
—Si fuera de plomo; la que extraje del cuerpo es de acero.
—¿Una bala de acero? ¿Con qué la dispararon?
—No podría decirle qué clase de arma, no es mi especialidad, tendría que buscarse a un conocedor de rifles. Pero por el desgaste a lo largo del cuerpo de la bala sabemos que no fue un rifle ordinario, sino un arma especialmente hecha para un francotirador.
—¿Distancia?
—Si no hubieran movido el cuerpo intentando reanimarlo lo sabríamos con claridad. Pero por la inclinación no pudieron haber sido más de cincuenta metros. De hecho ya tenemos el edificio desde donde pudieron haber disparado.
—¿Encontraron el arma?
—Eso no lo sé, señor.
Amin Hedayat cruzó sus brazos y clavó la vista en el joven. Este tornó su mirada hacía el cadáver, pero la insistencia silenciosa de Hedayat terminó por vencerlo:
—No tengo acceso a esa información.
—Akbar.
—¿Señor?
—¿Cuántas veces tu padre intentó enviarte al ejército?
—Yo…
—¿Cuántas?
—¡Sí lo sé!
—Sabes que siempre pude convencer a tu padre de que una carrera en medicina sería más provechosa que enviarte a una unidad en el desierto, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces ésta vez creo que puedes tú ayudarme, ¿cierto?
—No puedo… —murmuró Akbar. Amin se acercó a él, era obvio que había algo más en todo ello.
—¿Qué ocurre? —El tono era muy bajo.
—Escribí mi informe y lo mandé al detective Fanizadeh. En cuanto intenté averiguar qué clase de rifle había matado a ese hombre me dijeron que escribiera un segundo informe diciendo que el arma era un Heckler and Koch MGS 90 A1. Llamé al detective y le pregunté que si podía ver el arma, el me dijo que no habían encontrado ninguna, y que siguiera con el resto de los cadáveres; hace un rato llamó él mismo y me dijo que sí, que era un Heckler and Koch, pero modelo PSG1 A1. Y por cierto tampoco pude verlo.
Lentamente Amin Hedayat puso la mano, en forma compasiva, en el hombro de su ahijado Akbar. Se metió las manos en los bolsillos y deseó que Alá protegiera al muchacho. Sin perder su rostro de meditación profunda salió del edificio de la morgue en busca de su auto. La calle le pareció fría, atormentada por fuertes vientos, y con ojos en las esquinas pendientes de sus movimientos. Arrancó y dio marcha, sin premura, hacía su apartamento.
Nada como ir tranquilamente por una amplia autopista y encontrarse, de repente, con un enorme muro bloqueando todos tus planes. Hedayat, hasta ahora, nunca se había topado con tapizas de orden alguno. Había obtenido algunos triunfos parándole los pies a los intentos de la OTAN de reclutar científicos del programa nuclear, y de los chinos que trataban de poner estaciones de escucha cerca de las empresas de desarrollo tecnológico de la ciudad.
Alguien quería obstruir la investigación; o al menos estaba esa intención aflorando entre las pesquisas. ¿Quién? El alemán tenía tratos con el gobierno; muy posiblemente compra de armas no convencionales, ya que estas eran vomitadas minuto a minuto por las factorías nacionales. A menos que una parte de estas fuera a parar a otras manos; a grupos o individuos con los que el estado no quiere mantener relación alguna. Pero todo eran rumores, o palabras desconectadas; ni una prueba para comenzar a trazar un mapa.
Qué se tiene: un alemán muerto; un imán muerto, otros tantas víctimas… un rifle desaparecido, igual que las huellas del lugar donde Wessel fue asesinado. Tanta precisión sólo puede responder a individuos no sólo entrenados, también conocedores del terreno, de las dimensiones en los espacios. Hombres con armas, con autos, con conocidos, cámaras, vías de escape, documentos. Una operación de millones de riales, o dólares —sólo Alá tiene la respuesta—, contra dos hombres en las márgenes opuestas de la filosofía de vida. Entonces, ¿quién podía poner a estos dos hombres en bajo la misma mira? América, Alemanía, o
Rugiente el vehículo de Hedayat rasgó el ronroneo pasivo de la apacible noche; Leonardo lo escuchó claramente porque miraba al techo sin poder dormir. Su bolsa de dormir lo asfixiaba, las impresiones de la persecución le galopaban en la cabeza, y con todo su corazón ansiaba poder largarse y volver a Colombia a dormir en su helada cama, porque lo que se le venía encima durante las siguientes horas —confiando en las palabras del coronel Matson— habría de ser mucho más peligroso de lo que hasta ahora había visto.

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