Capítulo XL. La camioneta gris.
Irma tenía su propia operación en marcha, iniciada tras algunas conversaciones con Dick Matson. La seguridad del grupo, y su posterior salida, podían asegurarse mediante la red de amigas y socias de la señorita Yushij. Estas reportaban continuamente cualquier dato que captasen de sus amantes entre la policía, el ministerio de seguridad y el ejército. Eran cerca de ocho colaboradoras que dejaban mensajes en puntos clave a la antigua manera: en las grietas de muros, postes y andenes; con una marca hecha en tiza en el muro paralelo al lugar donde se dejaba la nota. De esa manera funcionó la red de espionaje de Irma durante los últimos ocho días; todo a cambio de un tiquete a París y algo de dinero.
Había llegado el momento de dejar Irán, para siempre. Dirigiéndose hacia el norte, Irma contemplaba las montañas: estaba harta de vivir ahí sin salida; de sentirse sola y no poder ir sola por donde quisiese sin correr peligro. En esta tierra, en su tierra, quedarían miles de recuerdos, que por ella bien podían quedarse ahí.
Los patrulleros en moto de la policía de tránsito de la ciudad habían recibido sus órdenes a las cero horas. Entre su listado de tareas para ese día, debían comunicar la presencia de un Renault Tondar rojo escarlata, posiblemente conducido por una mujer, y matriculado en la ciudad hacía tres años. El comunicado hablaba de reportar el auto y su movimiento, no detenerlo, ni seguirlo; el capitán Sayyed no iba a poner a sus hombres en labores policiales solo porque así lo requería un cazador de espías.
Irma no se había librado del auto aún. Nunca en su vida había arrojado algo que le pudiese ser útil más tarde, y aquel vehículo le había costado mucho dinero; fue algo se de dio así misma, la clase de regalo más alto que puede haber. Le había sido, en los últimos días, de suprema utilidad. El americano le había ofrecido casi el precio que pagó por él, y ella había aceptado. De hecho aquel sujeto, que hablaba el farsi con un raro acento pero una locuacidad sorprendente, se portaba como todo un caballero, de manera siempre muy respetuoso frente a ella. Los americanos que había conocido eran por lo general vulgares; exigían a gritos cuanto deseaban, bebían sin moderación, y cada cuatro sílabas soltaban alguna palabrota. ¿De dónde había salido este?
El hombre en quien pensaba Irma estaba a treinta yardas tras ella, en una destartalada Land Rover blanca. Su rostro estaba cubierto por unas enormes gafas de sol y una barba de varios días teñida de negro; a su lado viajaba Katz quien lucía igualmente barbado, con sus gafas sin aumento y una gorra sucia en la cabeza. Julius iba detrás, oculto, ya que algún testigo podría haberlo mencionado como conductor personal del señor Günter Mann. No había sido así, realmente nadie lo recordaba, pero era necesario ser cautelosos. Cada uno de los tres hombres, por ejemplo, miraba a lado y lado, esperando ver algún auto más de dos veces, ir tras ellos demasiado tiempo, o mirarlos más de lo normal.
Los policías de tránsito, con sus cascos blancos y cazadoras de cuero, no estaban dentro de su lista de amenazas.
Llegaron al restaurante, situando los autos, el Renault y el Rover, en las puertas trasera y delantera respectivamente. Irma no iba armada, así que, como le ordenó Matson, debía esperar en el auto, con el motor encendido, hasta que Leonardo fuese a buscarla. Sin embargo, si él se dirigía a ella de forma extraña, con los ojos cerrados, llamándola por otro nombre, o rascándose la cabeza, debía arrancar de inmediato, deshacerse del auto, y buscar sus propios medios para esconderse o salir del país, sin pensar nunca más en Leo Katz o los otros.
Katz se asomó perezosamente y con la mano derecha la invitó a entrar.
Todo había sido recogido, sin dejar rastro alguno de que aquello había sido un restaurante. Hasta sus olores a miles de especias se borraron, junto a las mesas, los implementos de la cocina, los kilos y kilos de víveres y abarrotes. Olía a desinfectante, eso era todo, si descontamos, por supuesto, a su antiguo propietario, si es que alguna vez lo fue realmente. William estaba en el segundo piso, solo, ya que sus guardaespaldas estaban distribuidos por toda la casa: uno en el tejado, con prismáticos; dos en el primer piso, cuidando las puertas delantera y trasera, y otro frente a la puerta del cuarto donde el taxista conversaba con el teniente coronel Matson.
—Teníamos un acuerdo, Günter —decía William en su inglés de acento persa—; ustedes no lo cumplieron, pero yo le ofrecí la oportunidad de salir; y lo hice por el muchacho, a quien realmente aprecio, y usted sabe el poco aprecio que puede desarrollar un hombre en un campo como en el que yo me hallo metido.
—Dejémonos de tonterías Will —Matson se recostó contra la pared con los brazos cruzados—. Usted y sólo usted quería agarrar a Wessel. Muy bien, Wessel está muerto. ¿Acaso planeaban sacarlo de aquí?
—Ese no es asunto suyo, Günter.
—Ahora lo es: Wessel creyó que Leonardo iba por él, que era uno de ustedes, e intentó matarlo; Leo se defendió y lo mató.
—Y lo hizo muy bien según la policía: mató además a otros cuatro payasos él solo. Ahora creerán que lo hicimos nosotros.
—Error, la noticia no ha trascendido. Franz Wessel se encargaba de armar a Hézbola, con armas alemanas, por cierto.
—De eso no estamos seguros.
—Por favor. Ambos gobiernos lo van a mantener oculto el tiempo que puedan.
—¿Y si no?
Matson se irguió de nuevo; se acercó a William, ya con el tono sosegado de quien busca una solución acordada.
—Necesitamos una salida.
—La tienen; con nosotros.
—No… para usted es tomar un taxi y perderse, ¿verdad? Vamos hacia Afganistán.
—¿Ustedes? ¿Y Leonardo? ¿Y la mujer?
—Son fuertes.
—Tiene alguna puta idea de qué clase de desierto es ese: no es una pista de baile: son montañas, pozos de sal, eso sin contar a los bandidos que pueden escuchar un motor de auto a kilómetros; ¡eso sin contar al ejército!
—Conozco el desierto; he estado en Afganistán.
—Oh, claro: olvidé quiénes le daba los stinger a los bandidos, quiénes ordenaban derribar nuestros helicópteros, quiénes torturaban a nuestros hombres…
—Esta conversación no nos lleva a ningún lado. Necesito agua, alimentos, un auto y una ruta fuera de esta ciudad hasta la línea del tren.
William se quedó mirando a Matson un rato; al final sonrió:
—¿Por qué confías en mí, Dick?
—Me la debes, Raúl —con el dedo índice doblado el coronel golpeó el vidrio—. Odias al gobierno de este país tanto como yo. Pero ustedes le dieron a los terroristas los nombres de nuestros contactos… los torturaron, los colgaron. Ustedes apoyaron a Jomeini, ¿y cómo les pagó? Introduciendo agitadores en Chechenia, entrenando a los sujetos que atacan los cines y las escuelas.
—Todos tenemos pecados. ¿Pero no se supone que ahora somos independientes? ¿Que no representamos ya a ningún gobierno?
—Puede que yo sea un mercenario, pero amo a mi país. ¿Puedes tú decir lo mismo?
William retrocedió, riendo retóricamente.
—Ayudaré a Leonardo, eso es lo que voy a hacer. No te debo nada coronel Matson —caminando hacia atrás llegó a la puerta, antes de darse media vuelta para salir agregó—. Mejor aléjate de esta tierra, nunca has tenido suerte en ella.
—Tal vez, capitán Strogov, tal vez.
Leonardo no sabía como apaciguar el nerviosismo que Irma le había contagiado. Ella caminaba de un lado para otro del salón con los brazos cruzados y fumando un cigarrillo. Al escuchar las pisadas bajando la escalera, el agente secreto se lanzó a hacer preguntas, las cuales se guardó de inmediato al ver a William; cada vez le quedaba menos claro quién demonios era él.
—Moacho… —dijo el taxista en su tono más amable—, vení que te tengo un regalo.
Y apoyando la mano en su hombro se lo llevó al garaje. Una enorme Toyota gris pardo, casi nueva, apenas con sus ruedas cubiertas de polvo, esperaba como si estuviese bajo el árbol de Navidad.
—Mirá —William sacó las llaves y las empezó a agitar ante las narices de Katz—. Esta nave que vos estás viendo ahí es para que te largués de una buena vez de este país del diablo. Vos y la señorita. Y si quieres te llevas a los gringos, pero eso es cosa tuya.
Dejó caer las llaves y Leo las atrapó en el aire.
—Otra cosa… Esa llave roja, que te di con la de la Toyota, es de un apartacho que tengo junto al parque Gheytarieh; ¿la señorita sabe dónde es? —Preguntó William, de repente, a la sorprendida Irma. Esta agitó la cabeza ya que al parecer no comprendía lo que el hombre preguntaba—. Bueno, les doy luego la dirección. Ahí pueden esperar hasta mañana, y a primera hora, pero lo que se dice primera hora, te vuelas de esta ciudad y del país. En el apartamento tengo agua, comida, un mapa… mejor dicho lo que vos necesites para el safari, ¿cierto?
—Claro… gracias.
A pesar de que Leonardo había recibido en su mano la llave de la enorme camioneta Toyota, William fue el que se apoderó del timón y encendió el motor; Katz estaba a su lado mirando el lujoso conjunto de aditamentos electrónicos en el tablero.
—Bacana la narcotoyota, ¿cierto? —Exclamó William mientras los demás, Julius, Irma y Dick se acomodaban atrás.
La mezcla de ambas palabras, narco, contracción de narcotraficante, y Toyota, la marca del vehículo, hizo desternillar de risa a Leonardo.
—Del putas —agregó Katz entre risas.
Miren lo que es la globalización: dos hombres se encuentran en Medio Oriente y hablan como colombianos, pero ninguno de los dos lo es. Antes de dejar el garaje William se inclinó por la ventana para hablar con uno de sus ayudantes; este asintió a las órdenes y luego fue a cerrar la puerta.
El vehículo de ventanas oscuras giró silenciosamente entre el barrio que caía entre la somnolencia del medio día y los llamados a la oración que reverberaban por toda la ciudad. Fue acelerando por la calle con mucha gracia, siendo observada, cien metros atrás, por Amin Hedayat y sus dos asistentes. Ambos jóvenes confiaban en su superior, así que no les importaba mucho estar separados de las nuevas obligaciones a las que habían sido asignados; si el jefe decía que algo debía hacerse, debía hacerse, y podía contar con ellos.
Cuando la camioneta fue apenas visible al final de la calle, el auto de Bahman Farahani, un viejo Mazda familiar, aceleró y empezó a seguirle el rastro al coche de los conspiradores.
Estos fueron hacia el oeste, llevándole una ventaja de dos calles a los hombres de contrainteligencia; Amin, sin embargo, tenía años de seguir espías y les conocía todos los trucos. En ningún momento los viajeros de
Ya subiendo por la avenida Imán Alí su teléfono celular empezó a pitar.
—Hedayat —contestó mientras sacaba la cabeza por la ventana para poder ver a la camioneta, momentáneamente oculta tras un camión lleno de arena.
—¿Puedo saber dónde se encuentra? —Era el director.
—Voy siguiendo a unos sospechosos —respondió apresuradamente. Maldijo por dentro no saber mentir tan bien como a los espías que perseguía.
—¿Y quién le dio esa orden?
—Recibí un soplo por parte de uno de mis informantes. En cuanto confirme las identidades de estos sospechosos llamaré refuerzos para realizar la detención.
Del otro lado no se escuchó respuesta alguna por cuatro o cinco segundos.
—Escuche bien Hedayat —dijo el director una vez se puso de nuevo al aparato—: indíqueme ahora dónde se hayan estos sospechosos, y enviaré a un par de agentes para que realicen el seguimiento…
Una válvula al interior del corazón de Amin liberó una sustancia fría que le corrió hasta el fondo de las tripas. No, ya no podía confiar en nadie. Y sin querer cortó la comunicación y arrojó el teléfono al piso. Haría el trabajo por sí solo.
—Trajeron las armas ¿verdad? —preguntó a sus acompañantes.
Estos respondieron que sí y se las sacaron del pantalón: ambas pistolas automáticas suizas Sig-Sawer. Tanto Parviz como Bahman parecían felices de estarlas empuñando. Hedayat asentía nerviosamente mientras estos las guardaban de nuevo.
—Si tenemos que hacerlo nosotros mismos —dijo—, lo haremos; por encima de todos.
Con el aire acondicionado, y el olor a pino verde que le recordaba siempre su infancia en los bosques de Alaska, Katz se entregó al relajado placer de admirar la ciudad en la tarde veraniega. Empezaba a sentir la paz de un asunto que venía a concluir, sin más sangre, sin más muertos, sin prisas, sin amenazas.
Seguía creyendo que esta era una hermosa ciudad, pacífica y sencilla, y aún con toda la magnificencia de Occidente. Si no fuese por el incomprensible idioma, y los muchos problemas que había adquirido, podría quedarse allí por meses. Conseguirse, luego, quizá, una chica de piel canela y ojos verdes para olvidar a Erika Cruz; un apartamento elegante como el que había ocupado los días anteriores junto al coronel, y un auto propio, sencillo pero eficiente, para recorrer Teherán en las noches.
—Qué filo —dijo de pronto—. Me muero del hambre.
—Tranquilo Leo que ya vamos a llegar —respondió distraídamente William; más bien parecía pendiente del espejo retrovisor.
Ahora se habían adentrado por Bahmanpoor, una bifurcación al noroeste. Dick y Julius estaban igualmente pendientes de cualquier auto que viniese tras ellos, pero nadie más los acompañaba en aquella calle. Siguieron por Khorasami a baja velocidad, esta vez buscando un lugar para aparcar.
Resonaban los pájaros entre los árboles frondosos de aquel barrio. Entre las casas burguesas que no alzaban más de tres plantas había un edificio de once pisos y muros blancos con largas ventanas. Parecía nuevo y en la recepción olía a pintura. El ascensor los llevó al quinto piso.
Al igual que los pisos francos del coronel, esta casa de seguridad, propiedad exclusiva de William, no contaba con muebles; en vez de esto habían cajas con libros, mochilas, uniformes, linternas de campamento, numerosas latas de decenas de alimentos distintos, botiquines de primeros auxilios, y en fin, todo lo necesario para iniciarse en el negocio de venta de artículos para excursionistas.
La vista, esta vez, daba sobre el parque Qeitariyeh, un enorme bosque al otro lado de la avenida. Nubosidades espumosas se derramaban sobre las montañas. No lo había notado, pero estas descendían hasta hacerse una con la recta superficie del horizonte. Hacía el oeste, hacia su mundo, no habían cerros, ni picos, ni colinas, era una ruta despejada, y hasta ahora podía verlo. Si se pensaba con cuidado, claro, se llegaba también a la conclusión de que allí, siguiendo esa plana dirección, se llegaba a la desértica y violenta Irak. Saldrían en auto, eso era todo lo que sabía, ¿pero a dónde?
El coronel Matson estaba dormido ya en su sleeping bag. Julius leía uno de los libros de la caja, Irma sacaba algo de ropa de su maleta y miraba al fondo de esta como poseída por la nostalgia; William calentaba algo de comer en la cocina, y Leonardo se sentía perdido.
A las cuatro de la tarde cayó la primera lluvia que Katz hubiese sentido desde su llegada a Irán.
Peor que actuar como un cliché de la cultura popular occidental es convertirse en uno sin desearlo. Amin Hedayat se sentía, mientras contaba las ventanas del edificio, en la posición del detective de seriado americano que espera la salida del delincuente tragando salchichas sobrecubiertas de salsas, pero eso era todo lo que Bahman había podido conseguir sin alejarse demasiado.
Arreciaba el caer de la lluvia, y el parabrisas parecía derretirse en una cascada cristalina, imposibilitando la visibilidad. Dentro apenas si se podía respirar; la humedad tornaba el pan más blando de lo debido, a la parsi-cola le daba un sabor raro y adhería la ropa a la piel. Se había dicho a sí mismo que emplearía esos minutos de almuerzo en pensar una forma de llegar hasta los saboteadores sin darles la posibilidad de escapar.
Eran todos: Katz, Mann, Yushij, un negro del que no sabía nada y un sujeto que de seguro era su guía. ¿Qué esperaban? ¿Por qué no se habían largado ya de la ciudad?
—Muy bien, jefe —dijo Parviz terminando de masticar y limpiándose las manos con una servilleta que terminó arrojando a la calle—. Cómo se supone que lo haremos.
—Necesitamos refuerzos —respondió quedamente Hedayat.
—Pensé que los de la oficina no nos ayudarían con esto —dijo Bahman.
—No lo harán —Amin sacó su teléfono móvil—. Escuche, Farahani, necesito saber exactamente en qué piso y en qué departamento están esos hombres. Ellos no deben saber que estamos aquí, pero nosotros tenemos que estar seguros dónde están ellos; ¿está claro?
—Sí, señor.
—Cuando esté confirmado nos repartiremos las salidas; entonces llamaremos a los otros.
—¿Cuáles otros, señor? —Preguntó Parviz.
—Yo me encargaré de eso.
Bahman Farahani tenía veinticinco años, llevaba cuatro años con Hedayat, desde que este lo descubrió resolviendo los complicados crucigramas del Times. Su conocimiento del idioma inglés rebasaba incluso a los filólogos del departamento de traducciones. Era además de sanas costumbres, puntual y de pocos amigos; Amin lo consideraba su mano derecha.
Bahman esperó a que hubiese suficiente gente en la recepción para pasar directamente a las escaleras. Se asomó al corredor del segundo piso, fue de extremo a extremo y regresó a la escalera, repitiendo la rutina hasta el cuarto piso, donde encontró a un encargado de mantenimiento y limpieza. Le mostró rápidamente su identificación y afirmó ser policía; como los ciudadanos de Teherán saben que la policía secreta es una presencia constante, lo mejor es portarse como buenos ciudadanos y responder.
—¿Cuatro hombres y una mujer? Qué cosa más extraña, señor. No, no creo haberlos visto.
—¿Todos estos apartamentos están ocupados?
—¿En este piso?
—En el edificio.
—Si, señor. Oh, no, vea usted: arriba, en el quinto, no se han podido ocupar los departamentos seis, siete y ocho. Termitas.
—Y los demás.
—Ocupados.
—Muy bien. Inquilinos nuevos, ¿de este mes?
—La mayoría de aquí son parejas de pensionados, señor. Hay unos chinos que viven en el sexto, son diplomáticos y no permiten que hablemos con ellos, señor. Aunque en todo caso no hablo chino.
—Quédate por acá muchacho —dijo el agente encaminándose a la escalera. Como el joven encargado de limpieza debía encargarse de limpiar las bombillas del corredor, no pensaba ir a ningún lado de todos modos.
“Apartamentos seis, siete y ocho” pensaba el agente ascendiendo por la escalera. Una pequeña revisión al borde de la esquina para comprobar si había una cámara o un vigilante cerca: ninguno de los dos. Entonces seguir y acercarse a cada una de estas: la seis, vacía, la siete… pegó el oído a la puerta. Nada. Hizo lo mismo con la ocho, pero tampoco se escuchaba voz o movimiento alguno. Tendría que idear otra manera de localizarlos, pensó, e iba caminando de vuelta a la escalera cuando un olor extraño lo detuvo. ¿Lo imaginaba? Fue hasta el extremo del pasillo, junto a la escalera, tocó la pared y camino lentamente hasta el lado opuesto, ¡ahí estaba otra vez! Un olor picante, un tanto ahumado, a salsa o cosa parecida. Se inclinó junto a la parte inferior de la puerta ocho, acercó la nariz y solo inhaló polvo. En la siete se olía el frío del abandono, pero no a insecticida, como se supondría si es que allí estaba actuando algún grupo de control de plagas. Finalmente se puso de rodillas ante la puerta seis. ¡Salsa boloñesa!
Se irguió de inmediato alejándose de la puerta. Empezó a marcar el teléfono de Amin Hedayat. No había duda en que, en el supuesto apartamento desocupado, había personas tomando un almuerzo vespertino.
—Piso quinto, departamento seis.
—Muy bien, espera ahí —respondió Hedayat cerrando el auto. Parviz ya estaba del otro lado, vigilando la salida trasera que daba a un pequeño jardín con juegos para niños.
Apenas hubo cortado la comunicación empezó a marcar el número de Ali Parsa, el asistente principal del ministro de inteligencia y seguridad nacional. Si entre sus nuevas labores, el subdirector de contrainteligencia debía ponerse a buscar terroristas árabes por la ciudad, pues bien podía decir que había encontrado algunos. Si el SAVAMA se negaba a enviar agentes para proceder a la captura, tendría todo un nuevo argumento para referir al Comité, y la certeza absoluta que el Ministerio ocultaba algo.
Dick no dormía, ¿cómo puede hacerlo un soldado en territorio enemigo? Estaba simplemente descansando en su bolsa de dormir y mirando al techo mientras escuchaba la radio local con los audífonos puestos. Aunque las noticias eran parcas al respecto, el resto podía imaginarlo el radioescucha avezado: la ciudad estaba contemplando el continuo desplazamiento de policías, en uniforme y de civil; de camiones cargados de tropas de asalto, trajes negros, cascos y rifles; agentes, de una entidad u otra haciendo preguntas, y claro, los espías y soplones, que todo el mundo distingue entre la muchedumbre pero qué se le va a hacer.
Entonces había funcionado. El imán estaba muerto y la policía estaba buscando a unos terroristas en lugar de los asesinos. Maldito Thomas Jefferson. Matson nunca había creído en el plan que una mañana lluviosa en un café de Fayetteville le había expuesto. No solo era el trabajar para
—Hey, Dick —era Julius que estaba a su lado, hablaba en voz más baja de lo que se había estipulado para estar en aquel piso franco—. William dice que hay problemas.
Matson revisó el cargador de su arma y fue hacia la sala de estar, allí estaba Leonardo, junto a la puerta, también pistola en mano. William estaba de rodillas junto a la ventana asomándose a ver a la calle tímidamente. En su mano izquierda llevaba una Colt 1911 negra y gastada —sacada de la calle, sin duda— y en su mano derecha un teléfono celular. Se llevó el teléfono al oído y contestó algo; colgó cuando Matson se sentó a su lado.
—Qué ocurre —preguntó.
—Policías.
Dick se levantó y miró hacia la calle: una camioneta de carga negra, cinco autos patrulla de color blanco con su franja verde al medio, tres hombres de uniforme negro y rifles, y otros cinco policías de uniforme regular hablando con agentes de traje. Sin alzar la cabeza, Matson regresó al cuarto, allí estaban sus cosas, entre las cuales sacó un tarro de leche en polvo, sellado y con clavos de dos pulgadas ceñidos mediante cinta aislante. Puso el explosivo en la mochila que cargaba Irma y se puso esta a la espalda. Llegó a donde estaba Leonardo y dejó el bolso a su lado. Sin dejar de mirar a su discípulo se tocó la oreja, ordenándole así que pusiese mucho cuidado en los ruidos del corredor. Le mostró su teléfono celular y el morral, dándole a entender que en éste habían explosivos, así que, llegado el momento, debía correr alejándose de la puerta e yendo directamente al cuarto principal situado al fondo. Irma y William ya iban en esa dirección.
Irma, asustada ante todo esa agitación sin ruido, estaba parada en el cuarto vacío, tenía las manos sobre la nuca y no sabía qué demonios hacer. Sus ojos estaban, de momento, clavados en la aterradora pistola del taxista. William notó la impresión que su arma causaba en ella, así que sonrió y dijo, en el tono más simpático que podía usar en un idioma que dominaba con fluidez:
—Bueno, si empieza un tiroteo, ¡los coreanos del piso de arriba sí que se van a molestar!
—¿Quiénes perdón?
—Ah, unos diplomáticos que viven en el piso de arriba, pero no les gusta nada: todo, todo, todo los molesta.
Las puertas del ascensor se abrieron y, mientras se arreglaba el traje, Amin Hedayat salió y se dirigió hacia la puerta seis, pasando junto a los once policías de la fuerza especial de orden llamados para tomar por asalto una madriguera de terroristas. Cada uno portaba una versión compacta del rifle kalashnikov, de color tan negro como sus uniformes y pasamontañas. A la cabeza de la fila, parado junto a la puerta, el primero de la fuerza cargaba un escudo de plexiglás antibalas; frente a él, uno de sus compañeros sostenía un mazo de seis kilos, suficiente para tirar la puerta al piso. Amin y su asistente, Bahman, se pararon a medio metro de la puerta, sin enseñar sus armas. El subdirector de contrainteligencia tenía ya la mano lista sobre el timbre del apartamento; con la misma mano, sabía, podía dar la orden de derribar la puerta y acabar con quienes estuviesen dentro.
Un cosquilleo en la pierna lo asaltó de repente; su celular vibraba y el identificador de llamadas reveló la identidad del imbécil del otro lado de la línea: Adel al-Rahim, director de contrainteligencia local, su jefe.
A menos de treinta centímetros de Hedayat estaba Leo, con la cabeza pegada a la puerta, sin estar completamente seguro de qué pasaba del otro lado de las láminas de pino, donde creía oír a un hombre más bajo que él hablar rápidamente en persa, lengua que ignoraba por completo pese al tiempo que había pasado en Irán.
Al mirar a su lado de reojo, vio a Matson rasgar violentamente las cortinas con su cuchillo, y por un momento la tensión del momento se suavizó ante la incógnita que le surgía ante tales acciones.
Llevando las cortinas seccionadas en largas franjas, anudadas entre sí, Dick llegó hasta el baño, tomó una extensión de cableado eléctrico que encontró arrollado y sin uso en la cocina, y ató las cortinas a esta. El cable aislante negro le dio tres vueltas al inodoro, de donde se sostendría la soga improvisada del coronel.
Estaba por llamar a Irma, ya que consideraba un deber, no de caballero, sino de comandante, proteger a sus aliados, en este caso sus fuentes, y esperaba que ella fuese la primera en descender tras de Julius, quien caería del baño del quinto piso al del tercero, rompería la ventana y aseguraría el lugar mientras él entretenía a la policía. La explosión, el incendio y las alarmas sacarían a todo el mundo en estampida, y las patrullas allá abajo no serían suficientes para detenerlos. Con toda la ola de estallidos en la ciudad, lo único que necesita el saboteador para causar el caos es… un ligero “bum”.
Entonces fue cuando Irma pasó a su lado.
William que iba tras ella sólo susurró “dijo que necesitaba el teléfono”.
Leonardo la escuchó detenerse junto al teléfono en el suelo del corredor.
Y Julius la escuchó hablar en voz baja, viendo además la mitad de su rostro donde se dibujaba una amable sonrisa.
Hedayat estaba a punto de clavarle un puñetazo a la puerta. Si lo hubiese hecho… pero no lo hizo, era un hombre lo suficientemente inteligente para contemplar, aún en el peor de los escenarios, una alternativa. Lo que escuchaba, sin embargo, acortaba sus posibilidades, a cada sílaba.
—Señor, escuche —decía Amin masticando cada sílaba que soltaba con ese tono de sirviente que tanto detestaba emplear—, una vez los tenga en mi poder, yo y solo yo seré responsable. Estoy dispuesto… no, sí puedo demostrar que todo esto que está pasando, pero debo detener a estos hombres. Yo… Muy bien, señor, firmaré ese papel; estaré allá en treinta minutos.
Y colgó el teléfono. Sus opciones de realizar una labor por las líneas legales, de seguir los procedimientos de acuerdo al reglamento, y cumplir la misión encomendada por su país de capturar a quienes atacaban sus intereses, se habían volatilizado; acababan de aplicarle una sanción de once días por evasión del cargo.
La burocracia es cruel, así que era hora de saltar las reglas por una vez: aún tenía a su grupo de asalto, a la policía y sus propias manos. Se llevaría a Katz y a sus secuaces hasta el ministerio y les extraería la verdad aunque tuviese que arrancarle la piel a pedazos para conseguirlo.
Desenfundó la pistola e hizo un gesto al policía a su lado izquierdo; este levantó el mazo en alto, pero lo dejó caer de inmediato viendo lo que tenía al frente:
Tres asiáticos, pequeños pero robustos, habían salido de la nada y les apuntaban con pistolas Makarov 9mm mientras gritaban como locos. La guardia de asalto respondió levantando los rifles, y por un segundo Bahman, parado en el extremo del corredor, creyó que iba a presenciar una matanza en directo.
Detrás de los pistoleros surgió otro coreano, más grande, con una mandíbula desproporcionada y hablando en un persa con acento muy marcado.
—¿Quiénes son ustedes?
—Policía de Teherán —respondió el hombre del mazo, mayor Amestris Shariati, jefe del pelotón de asalto—. Venimos a realizar un arresto.
—Eso es evidente —dijo despectivamente aquel asiático de casi dos metros—. Pero están poniendo en riesgo las medidas de protección de los diplomáticos a mi cargo.
—¿Quién es usted si se puede saber? —Preguntó Hedayat sin bajar su pistola, antes más seguro que algo raro ocurría allí.
—Mi nombre es Chae Man-shik, soy el jefe de seguridad general del cuerpo diplomático de
Katz, Matson, Julius, William e Irma observaron a los hombres embarcarse de nuevo con sus rifles colgando a un lado, flácidos, a sus compañeros de uniforme gris subir a sus autos patrulla, y al asistente del ministro hablar en términos amistosos con el guardián de los norcoreanos. Hedayat, que para los conspiradores no era sino un rostro más, miraba al edificio recostado en un auto, como si este se estuviese elevando para perderse entre los cúmulos de nubes en la noche cerrada.
Los tres hombres miraban de reojo a la señorita Irma sin saber qué preguntar.
—Oh, el señor Man-shik y sus amigos de la embajada son… buenos clientes; y siempre me he esforzado por recordar los teléfonos de mis clientes, ya saben —dijo ella, orgullosa y con falsa timidez, respondiendo la pregunta que imaginaba atenazada en los labios de aquellos hombres occidentales.
Ali Parsa esperaba en su auto a que Hedayat terminase de hablar con sus hombres; la orden era perentoria: debía dirigirse en aquel preciso instante hasta el Ministerio y presentarse ante su superior inmediato, el director de contrainteligencia; en cuanto a los dos agentes que había traído consigo, tendría que hablar con ellos, aunque por ahora el que estaba con la soga al cuello era Hedayat. Apretó el claxon para llamar la atención del subdirector… cuya butaca temblaba a punto de hacerse pedazos.
—No importa lo que pase; quiero que se quede aquí y vigile el auto. En algún momento uno de ellos, o todos, saldrán; una vez pase eso quiero que los siga; no importa donde vayan, pero quiero que los siga y me comunique en dónde se esconden. Regresaré mañana a primera hora de la tarde. ¿Cuento con usted, verdad Bahman?
—Siempre, señor.
Parsa vio a Hedayat despedirse de sus compinches y venir al auto; una vez estuvo a dentro este soltó una explicación que nadie había exigido:
—Los he enviado a casa. Me ayudarán con sus reportes para la audiencia de mañana.
El asistente del ministro no dijo nada. Para él Amin era sólo una molestia que había llegado a quitarle tiempo valioso en su investigación. El Presidente mismo había ya solicitado un reporte completo a su equipo de asesores de seguridad, y esto quiere decir que el ministro debía estar allí y aclarar, sin vacilaciones, quién y por qué causas habían atacado la ciudad. El ex subdirector y sus callejones sin salida no le iban a dar respuestas al presidente.
A las once de la noche entró Basir Akhoundzadeh al edificio donde estaba Leonardo y los otros. Este era un hombre de cuarenta y siete años, calvo, un tanto obeso, tocado con un gorro de lana y vestido enteramente de negro. Ya había venido otras veces al edificio y su auto estaba registrado en el control del parqueadero subterráneo, por tanto nada lo detuvo hasta que llegó al quinto piso. Golpeó con cortesía la puerta número seis y esperó. William salió pasados unos segundos.
—Muy bien camarada, cuáles son las órdenes —preguntó muy respetuosamente con su voz de tonel el señor Akhoundzadeh.
—Retira a todos los hombres, todos. Que regresen a sus bases o encuentren manera de cruzar la frontera. Como sea, ningún contacto entre las células bajo ninguna circunstancia.
—Gadhir y su hermano están en la puerta. ¿Deben irse también?
—Así es. Que se reporten en treinta días. Igual usted, camarada. Nos veremos en Nicosia en treinta días.
Y no hubieron más palabras; el rostro ancho y grisáceo de Basir, que siempre podía recordar en cualquier persona la imagen de un sapo, se ensanchó en una sonrisa. Los dos hombres se dieron un sencillo abrazo fraternal y luego se separaron. Akhoundzadeh se perdió entre las sombras de la escalera como de cierta manera se hundía de nuevo entre las sombras del mundo. William respetaba a ese sujeto, a pesar de saberlo un asesino despiadado, líder de la última banda de filiación comunista, el Mujahideen-e-Khalq o MEK.
Al cerrar la puerta, Matson, Julius y Katz lo esperaban entre las penumbras del apartamento sin bombillos.
—Ahora estamos solos —dijo el cada vez más misterioso William—. Quiero decir, ahora ustedes están solos —agregó tras dar dos pasos. Siguió caminando y se metió en su cuarto.
Julius durmió en el pasillo. Irma en el cuarto de huéspedes, el coronel y el agente secreto se quedaron en la sala, sin poder dormir y mirando las estrellas.

0 comments:
Post a Comment