Thursday, June 26, 2008

Capítulo XXXIX. El cubículo

Tras las llamadas telefónicas la reacción no se hizo esperar. Al lugar llegaron, junto a unos cuantos periodistas bien conectados, equipos de antiexplosivos, unidades de antiterrorismo, grupos de socorro y un destacamento de ocho hombres adjuntos a la fuerza de trabajo del SAVAMA.

Amin Hedayat, también asignado a esta fuerza de trabajo, estaba a esa hora cotejando rostros frente a una computadora y bebiendo ingentes cantidades de café barato. No sé enteró de estos hechos sino hasta que la bomba fue neutralizada, dos horas después de que un taxista alertó a un teniente de la policía turística en el Aeropuerto.

Según el conductor, pasado el medio día un joven de polo y jeans con una barba monumental lo detuvo frente al Museo Nacional de Teherán. Llevaba consigo una maleta y la introdujo en el baúl; anunció que tenía prisa por llegar al parque Amir Kabir. A unas siete calles, el hombre empezó a discutir por su teléfono celular, según el chofer, en un dialecto incomprensible, pero que no se parecía al árabe o a lengua occidental alguna que hubiese escuchado antes. Luego, pasando frente al parqueadero de buses, quizá un poco antes, abrió la puerta y salió caminando, sin dejar el teléfono, evitando los autos que cruzaban raudos como un completo demente. Tras aquella pérdida monumental de tiempo, sintiéndose robado, lo único que pudo hacer el conductor del taxi fue maldecir a aquel tipo, dar media vuelta en el siguiente giro y dirigirse al aeropuerto para esperar los pasajeros del vuelo de la una en punto.

Ya entre sus compañeros, y superada la cólera que inicialmente sintió, empezó a lustrar el auto, pensó en limpiar también el baúl y al abrirlo se encontró la maleta de su anterior y despreciable cliente. Esperaba, aceptó, que allí hubiese dinero, o al menos documentos que señalaran a quién pertenecían aquellas cosas. Se reunió con otro compañero y empezaron a revolver el contenido. Había un uniforme de policía empacado en plástico y una caja de cartón llena de virutas plásticas, como si escondiese una preciada y frágil obra. Explorando con las manos, el conductor sacó las pesadas latas de leche en polvo europea, con un teléfono celular en el medio; una rara forma, a ojos de los dos profesionales del volante, de cargar un teléfono móvil. Cierta inquietud le entró a su compañero, dijo igualmente el taxista, por lo que llamaron a un agente de la policía turística que hacía guardia por allí.

Demasiado obvio para ser cierto, el policía primero se comunicó con su superior, quien ordenó de inmediato formar un cordón de seguridad mientras los expertos en bombas arribaban. Minutos más tarde la congestión frente al aeropuerto Mehrabad era impresionante. Al técnico, por otra parte, le tomó sólo unos segundos deshacer tan sencilla bomba: revisar la unión entre el detonante y la carga, que no existía, y retirar la “antena”, en este caso un viejo celular finlandés. La carga empacada en latas de alimentos fue puesta en un contenedor de seguridad y retirada para su posterior análisis, los policías se llevaron a los dos taxistas, sus autos fueron levantados con grúa, y los agentes de contrainteligencia partieron junto a ellos para el interrogatorio de rigor.

El noticiero lanzó la noticia de “última hora” a las cuatro y diez minutos de la tarde, momento en el cual ya se había retirado la bomba, los testigos y los autos. Katz estaba escribiendo a esa hora en un computador prestado el primer borrador completo de su crónica. Se escuchó el volumen de la televisión aumentar, así que Leonardo se acercó a la sala.

En el suelo —aquel sitio no tenía muebles— estaba Jules, o Julius, mirando la televisión y riéndose por algo. El coronel Matson estaba al pie de la televisión con los ojos clavados en la presentadora, no porque fuera una belleza —medianamente bonita es el término—, sino por la noticia del momento:

Las cámaras mostraban la entrada del terminal aéreo y a dos sujetos vestidos con trajes similares a holgadas escafandras retirando una caja de metal con el cuidado que se trasladaría la tumba del profeta Mahoma si tuviesen que hacerlo. El resto eran primeros planos de los agentes de turismo encargados de acordonar el área, aviones despegando y otros tocando tierra. Un hombre mayor, muy elegante, de cabello blanco y largos bigotes, empezó a responder las preguntas de los periodistas.

Dick estuvo escuchando un rato. Leonardo se acercó a la ventana y empezó a mirar a la distancia.

—No tienen ni la más remota idea de qué encontraron —dijo el coronel devolviendo el volumen de la tele a su anterior nivel—; y dicen hablar de detenidos… qué payaso. Espero que por detenidos no se esté refiriendo al taxista a quien le descargamos el cuerpo del delito.

—Oh, no. De seguro tienen una lista de “sospechosos de siempre” —replicó Jules. Luego miró a Katz y le preguntó—: Y tú qué rayos haces ahí, ¿eh? ¿Esperas ver algo de la función?

Lo cual no era posible por un bloque de apartamentos situado justo frente a aquella ventana. Los conspiradores se habían pasado a la última casa de seguridad establecida por el coronel en Teherán: un cómodo y amplio apartamento de tres alcobas en el complejo habitacional Ekbatan, Fase 2. Según la táctica de Matson, no revelada sino a Jules, a medida en que las cosas se complicaban en la ciudad, lo mejor era irse acercando al aeropuerto, en vez de buscar los límites de la metrópoli. Dick sabía que en caso de que las cosas se salieran de control, sólo los separarían unos cien o doscientos metros de la pista de aterrizaje del Mehrabad. Allí Jules trataría de identificar uno de los aviones franceses adscritos en secreto a la OTAN, cuyo trabajo era, a parte de acarrear carga y pasajeros, tomar fotos con cámaras de seguridad ocultas bajo las alas. Como estos aparatos eran tripulados por agentes del servicio secreto francés (SDECE), estos usan ciertas claves para reconocer personal local que debe ser sacado con urgencia y Jules conocía algunas de estas contraseñas. Ya adentro y volando hacia el mundo libre, todo problema legal que se ganasen los conspiradores más tarde sería una bagatela si se compara con lo que podrían recibir si eran capturados por los iraníes.

Al ver las imágenes en la televisión, no obstante, Dick se relajó pensando que esa posibilidad era cada vez más lejana. Sin embargo no se podía perder tiempo.

—Hay que llamar al sultán —dijo el coronel sentándose—. Es esta noche o mañana, no más tiempo.

—Al sultán no le agradó que hubiese muerto el alemán. ¿Realmente podemos confiar en él?

—¿Quién es el sultán? —Interrumpió Leo.

—Para ti, la Resistencia; nada más —el coronel giró hacía Jules—: ellos confían en mí, yo en ellos. Es la base de la fuerza multiplicada; no arreglos de pistoleros.

—Como sea —dijo Leonardo retirándose al cuarto. Empezaba a entender, que cuanto menos se sabe de un asunto, menos peligro se corre.

Entró el asesor principal del ministro, entró el director de contrainteligencia local, entró el doctor Saeed Avini-Ara, uno de sus alumnos, dos agentes que no tenían nada que hacer ahí, y claro, Amin Hedayat. El cuarto 303 del Ministerio de Inteligencia Seguridad Nacional de Irán —Vezarat-e Ettela'at va Amniat-e Keshvar, VEVAK o SAVAMA, como también se conoce— parece una bóveda egipcia en el corazón de una pirámide: paredes desnudas coloreadas por la luz dorada de las lámparas; nada de muebles, y una enorme mesa eléctrica con una pantalla luminosa por debajo. El sitio era para el análisis de pruebas, y en aquel momento, las evidencias estaban desperdigadas alrededor de una maleta de viaje.

—La maleta —dijo Ali Parsa, de treinta y siete años, asesor principal del ministro Gholam Hossein—, que ya ha sido revisada con escáneres, no tiene partículas de contaminación; es nueva y contiene huellas ni fibras que se pudiesen usar como pista. Encontramos dentro una camisa y unos pantalones que pertenecen al uniforme de la policía; no tenían huellas ni señales de uso. Estaban igualmente los explosivos, los cuales mantenemos en el laboratorio, y eso…

Entre una bolsa plástica de cierres herméticos había una libreta roja, no mayor a una agenda pequeña, con tapas de piel en color rojo oscuro, y una estrella de cinco puntas trazada en bajorrelieve.

—Todo el material escrito en este cuaderno ha sido ya entregado a la oficina de análisis grafológico; pero quiero que observen algunos apartados del material.

Dicho esto presionó un botón sobre la mesa. A un extremo un foco disparó una intensa luz contra una de las paredes. El cuadro blanco quedó sólidamente expresado en el muro color hueso; en medio, un reloj de arena digital daba vueltas hasta que se cargó el archivo de imagen a la computadora conectada al proyector de video: empezaron a aparecer rayas borrosas, ordenadas unas sobre otras; carriles para la escritura y el dibujo. Las ilustraciones trazadas con tinta azul mostraban los mecanismos del explosivo.

El grupo de hombres en la sala empezaron a acercarse a la proyección, atraídos como colegiales por un interés devorador. Hedayat, sin embargo, tenía los ojos puestos en la libreta empacada que la poderosa mano de Ali mantenía cautiva.

Seguían pasando las hojas en la pantalla. Ahora aparecían líneas de texto en alfabeto árabe, vulgarmente trazadas como notas caligráficas.

—Estas notas han sido escritas en árabe hijazi, propio del sur de Arabia Saudita. Hay errores gramaticales y de concordancia, pero también palabras inidentificables de dialectos locales árabes. En otras palabras hemos llegado a la conclusión de que estas notas han sido tomadas por un hombre joven, con baja instrucción, que ha sido encomendado para una misión.

—¿Qué dicen? —Preguntó Hedayat.

—Estas —Ali señalaba la pantalla—, son órdenes, contactos, y pisos francos. Todo, sin embargo está en clave. Menciona sitios de la ciudad, rutas, horas, no hace referencia a días, pero sí a horas, y personas concretas mediante seudónimos: estrella polar, estrella sur, estrella norte, etc.

“Las primeras páginas, sin embargo, son las que más nos llamaron la atención. No las hemos puesto aquí ya que han sido separadas y clasificadas. Son, lo que creemos, partes de un manifiesto contra el islamismo chiíta.”

Todas las cabezas se giraron hacia Ali Parsa. Este levantó la libreta enseñándola a todos.

—Nuestro juicio preeliminar es el siguiente: creemos que tras los ataques hay miembros de la red de Al-Queda que se han infiltrado en Irán siguiendo órdenes de Estados Unidos. Temíamos que algo así sucediera; desde hace unos meses estábamos contemplando esa posibilidad. Ahora, como pueden ver, es una amenaza presente y real.

Simplemente, el mundo se detuvo para el subdirector Hedayat. Las últimas palabras de Parsa congelaron el cuadro, titilaron en su mente un segundo, y luego le provocaron una súbita pérdida de presión en el cerebro. ¿Era una broma? ¿Habían entrado todos en un cuadro surrealista, en una mala película, en una novela barata? La última de todas las posibilidades que ha Amin Hedayat se le hubiesen podido pasar por la cabeza era la de la presencia de los supuestos terroristas de Al-Queda.

—¿Esto tiene alguna confirmación? —Preguntó Amin, cuya voz escapó casi como una honda exclamación; no deseaba gritar, pese a estar tremendamente agitado.

—¡Por supuesto! Y se procederá de inmediato contra quienes están amparando la presencia de estos terroristas en esta ciudad. Como saben los imperialistas han dado apoyo a Osama Ben Laden y a sus hombres desde que los soviéticos estaban en Afganistán. Ben Laden y la familia real saudita, con el dinero de los americanos, han alimentado a los talibs, y les han encomendado tareas como ataques sobre nuestra frontera este. Recuerden, hermanos, cuando estos salvajes mataron a un grupo de nuestros diplomáticos en Mazar ya hace algunos años.

Hedayat recordó aquello de inmediato: sólo uno de los diplomáticos había sobrevivido, fingiéndose muerto entre los cadáveres de su compañeros. En cuanto pudo, con enorme valentía, se puso en marcha de vuelta a casa; luego fue interrogado duramente por las autoridades de contrainteligencia. Aquel sujeto, a quien Amin logró escuchar durante el interrogatorio, estaba seguro que, antes de ser fusilados, el jefe de aquellos bandidos talibanes había estado pidiendo órdenes a Kandahar, muy posiblemente a los agentes del ISI, el servicio secreto pakistaní. Las cosas eran distintas entonces. El gobierno pakistaní de aquel momento había caído, y ahora gobernaba Musharaf, aliado de los estadounidenses y víctima constante de las amenazas de Al-Queda. Sí, las alianzas habían cambiado. Y arrojar tal juicio de esa forma no le parecía juicioso para nada.

Mientras los otros asentían ante las palabras de Ali Parsa, Amin Hedayat fue abandonando lentamente el salón. Al cerrar la puerta tras él, ya en el frío corredor, el subdirector de contrainteligencia, ahora relegado a simple observador de una torpe investigación, decidió que, como fuese, tenía que atrapar a Katz, a Mann, o la mujer de apellido Yushij. Había estado perdiendo el tiempo estas últimas setenta y dos horas. Si los tuviese ahora en su poder, podría demostrar la verdad, cualquiera que fuese.

¿Y cuál era esa verdad? Se preguntó Amin tras encerrarse en el ascensor y presionar el botón del piso cuarto, donde tenía su puesto de trabajo, ¿y de dónde habían sacado tamaña idea? Era terrible pensar en la traición, pero a cada minuto aquella posibilidad aumentaba: el Gobierno había asesinado a un vendedor de armas y a un imán por medio de un grupo de mercenarios extranjeros, posiblemente con el apoyo de algunos ciudadanos. Ahora estaban cubriendo todas sus huellas mediante el bombardeo de instituciones. Luego encuentran una libreta mágica, llena de información útil que cualquiera podría haber escrito. Los explosivos eran fáciles de reconocer, incluso por un taxista, mucho más tras los ataques de los días anteriores. Ahora el Ministerio tenía todas las pruebas; denunciaría públicamente a Al-Queda —que es lo mismo que denunciar a un fantasma por un robo de joyas—, a los Estados Unidos, y así enterrarían todo el asunto.

El cubículo que le habían asignado como nueva oficina, medía la cuarta parte del tamaño de su despacho anterior. A parte de una terminal de computadora, una papelera, y dos cajones, no tenía nada allí; sin embargo, esta vez, la máquina podría servir de algo.

Estaba solo, estaba contra el tiempo, y lo sabía. Ingresó a la red de seguimiento de civiles; un programa muy completo que era alimentado constantemente con los perfiles de millones de ciudadanos de los cuales se hubiese alguna vez hecho un reporte. Tan vasto era, que al potente procesador le tomó cuatro minutos hallar los datos de Irma Yushij. La página no contenía mayor cosa: datos esenciales, algunas fotos, aficiones, amistades, propiedades; a parte de su apartamento, ya requisado, tenía un auto, un Renault Tondar. Si había escapado lo más seguro es que hubiese vendido su coche a cualquier desconocido; pero este tipo de trámites, más tratándose de una mujer sola, no son tan sencillos, a menos que el comprador hubiese sido un familiar, un amigo, o su pareja actual. Era una pista muy débil para seguirla, pero no intentarlo sería igual a negarse ver una posibilidad.

De su agenda personal sacó el teléfono de capitán Reza Sayyad, jefe de control de tránsito para Teherán. Sus cámaras de vigilancia y agentes motorizados podían encontrar casi cualquier cosa en la ciudad en cuestión de horas.

Aunque estaba ocupado, oír de nuevo, tras varios meses, la voz de Hedayat, le hizo poner el resto de sus tareas, momentáneamente, a un lado. Escuchó pacientemente el pedido y juró que si el vehículo señalado estaba aún en la ciudad, y se movía lo suficiente en las siguientes horas, lo encontrarían. Pero, que a medida en que pasaran las horas, las posibilidades irían disminuyendo. Hedayat agradeció a Sayyad cualquier esfuerzo y colgó. No pensaría más en esa posibilidad; tenía que buscar otras, y mejores: regresar al aeropuerto a revisar los controles de aduanas; contactar a los puestos fronterizos de carretera, aunque fuese de uno en uno, y por último, al menos de momento, contactar a todos sus conocidos en las calles, en el bajo mundo de los ladrones, las prostitutas, los vendedores de droga, incluso, con los propios judíos.

Regresó a su casa y trabajó hasta las once de la noche fabricando esa lista de contactos. Sin embargo, no tuvo que usarla, a las siete horas del día siguiente fue despertado por el capitán Reza Sayyed: habían encontrado el Tondar vinotinto.

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