Capítulo XXXVIII. El salón del Comité.
Irma jugaba ajedrez con Leonardo Katz, era tarde en la noche, pero el calor los mantenía despiertos junto a dos botellas de agua Perrier. Katz, quien nunca fue bueno en el ajedrez, pero se consideraba con conocimientos sobre el tema por encima del promedio general, estaba siendo físicamente destripado por la bella Irma, quien a cada movimiento miraba al agente secreto con una sonrisa de madre compasiva.
—¿Qué sentido tiene seguir jugando? —Preguntó entonces Leo, viendo que no le quedaba mucho que hacer con tres peones, un alfil y un rey atemorizado que iba de un lado a otro del tablero.
—Tú dijiste que no podías dormir.
—Sí, pero esto me frustra; de esa manera no puedo dormir tampoco.
—Bueno, dejaste claro que eras malo. Yo creo que simplemente ignoras muchas cosas. Cosas que deberías aprender.
—¿Ah sí? ¿Qué has aprendido tú con esto?
—A hacer negocios, por ejemplo.
—¿Me ayudaría a pescar a una chica?
Otra sonrisa de madre.
—Empieza por corregir tu lenguaje, chico. No se trata de arrojar el anzuelo y esperar a que alguien pique; o te puedes quedar esperando por años.
—Está bien, entiendo. Ahora, háblame sobre eso de hacer negocios.
—Muy bien; empiezas teniendo unos recursos, si no los tienes debes adquirirlos. Cuando te sientes en capacidad de competir debes plantear una estrategia, la cual apunta a dejar a tu rival en una situación donde no se sienta capaz de competir. Tú mismo ahora tienes ganas de abandonar la partida, simplemente porque crees que tus piezas son insuficientes para lograr un jaque-mate. Pero cuando conoces las reglas del juego, cuando realmente las conoces sabes en qué punto sí debes abandonar la partida.
—Emplear recursos.
—Sí, todo puede ser una herramienta.
—¿El Cielo era una herramienta?
—Sí… —Irma, en este caso, no levantó los ojos del tablero— pero no te confundas: yo no soy una proxeneta. Era un negocio, como cualquier otro; todas las chicas eran socias, los ingresos se repartían equitativamente, y con ello pudimos emprender otras empresas.
—Como esa fábrica de vestidos.
—Exacto.
—Te envidio
Irma rió preguntando por qué; Katz movió otro peón, ficha que fue a dar de inmediato al arrume de bajas situadas fuera del tablero.
—Porque tienes el control de tu vida. Porque has hecho algo para salir adelante y lo has logrado. Creo que eres muy hermosa y que podrías haberte casado con un tipo poderoso; inclusive un buen tipo.
—¿Y qué habría ganado con eso? ¿Eh? Te lo diré: una cocina, un auto prestado, niños que atender, e incluso una golpiza de vez en cuando. Oh no, no me gustan las restricciones; la pieza más valiosa que he ganado en este juego es mi libertad. Tengo mi auto, tengo mi apartamento, mis negocios, incluso la clase de amante que quiero cuando quiero tenerlo. Soy lo que esta sociedad no quiere que la mujer sea: un ser con alma.
La mirada de Leo estaba perdida entre el tablero, aunque claramente no estaba pensando en continuar la lucha. Surgió, sin embargo, una sonrisa que sostuvo durante unos segundos, negando con la cabeza, como recordando un chiste, o al menos dejando entender que así era.
—¿Qué es lo gracioso? —Preguntó Irma, no molesta, sino ejecutando su parte.
—Pensaba en Borges…
—Oh, Borges.
—Nosotros movemos las fichas; quién nos mueve a nosotros.
—¿Te refieres a todo este asunto en el que estamos metidos?
—Sí. Pero la verdad es que la respuesta no me importa —movió una mano en el aire—… está fuera de mi comprensión.
—No… con tal que ganemos la partida.
Era este un día muy importante en su vida; por primera vez, estaba dispuesta a lanzarse en una cruzada, casi personal, contra todo el mundo, con tal de exponer una amenaza, doméstica o extranjera, contra su país. Amin Hedayat escogió su camisa más fina importada de
Salió y cerró la puerta, aplicando llave a las tres cerraduras que mantenían su refugio fuera del alcance del corrupto mundo. Antes de haber girado la llave por tercera vez sonó el teléfono. Naturalmente, la contestadota se encargaría de registrar la llamada, mas algo lo obligó a consultar su reloj: 7.47; alguno de sus múltiples conocidos, o sus propios familiares, podrían considerar que aún estaba en casa. Retiró los cerrojos y se apresuró a contestar.
—¡Amin! —extraño, pensó, era la voz de un joven— Soy yo, Arizeh —recordó de inmediato, era el hermano menor de su ex esposa; un muchacho humilde, de buen humor y muy patriota que trabajaba en la oficina de la delegación de exportaciones como traductor de alemán, francés e italiano; uno de sus mejores informadores— ¿Estás bien ahí? ¿No has salido de casa, verdad?
Lo que decía en verdad era más confuso que eso, pero Hedayat comprendió el mensaje.
—Sí. No he salido, pero estaba por salir; ¿qué ocurre Arizeh?
—El, el, el edificio… donde trabajas… acaba de caerse al piso. Yo lo acabo de ver caerse al piso.
Sonaba tan fuera de lógica que Hedayat se sintió molesto. No obstante, que un tipo inteligente como su antiguo cuñado barbotease frases sin sentido a primeras horas de la mañana era salirse demasiado de la línea. Amin cortó la comunicación con el índice y marcó el teléfono del primer piso; el encargado de la central de comunicaciones debía responderle. El llamado se repitió, y al tercer ulular en la distancia, Amin empezó a sentir que los nervios se le agitaban convulsos. Marcó el teléfono de Arizeh Duhari, tampoco hubo respuesta. Sacó su teléfono móvil, pero nadie le había llamado ni enviado mensajes escritos. De la repisa tomó el control remoto y encendió la televisión, la cual podía ver angularmente mientras conseguía que alguien le respondiera en el edificio de Contrainteligencia. Distinguió el rostro oscuro y los grandes bigotes del presentador de noticias de la mañana, el maldito aparato, empero, estaba sin sonido, ¿para oír qué a fin de cuentas? Entonces la imagen cambió y un edificio hecho escombros entre columnas de humo enfocado por una cámara temblorosa le hizo tirar la bocina del teléfono al piso.
Puso la tele a todo volumen.
“…que empezó a ser reportado a grupos de rescate y bomberos desde distintos puntos del sector. Aunque las edificaciones cercanas no sufrieron daños considerables, entre los heridos hay numerosas personas que se encontraban en los alrededores y fueron alcanzadas por fragmentos del edificio despedidos por la detonación.”
Amid ya estaba cayendo a través de la escalera; al alcanzar la puerta de su auto su móvil timbró dentro de su traje y con un gruñido contestó.
—Hedayat —era el director.
—Señor, ¿cuál es el estado de la situación?
—Escúcheme: a las nueve en punto el Comité estará reunido; venga de inmediato para acá. Olvídese del cuartel; allí no hay nada qué hacer.
—Señor, la información sobre mi investigación…
—Nada que hacer allá. ¿Me he expresado con claridad?
—Ciertamente, señor.
Arrojó el teléfono a la silla trasera, ofuscado. Su mente ardía a cada minuto y reprochaba todo el desarrollo de los eventos a su mala suerte. Que Alá lo castigara si estaba sojuzgando sus planes, pero no podía ser justo que la maquinaria de la justicia se viese de pronto estancada de forma tan infame. Si se daba prisa podría alcanzar su antigua y ahora arrasada oficina con tiempo suficiente para ir de vuelta al centro de la ciudad y presentarse a las 8.50 para enfrentar al Comité. ¿Enfrentar? Él iba poner a temblar a todo el Establecimiento si es que se confirmaba todo lo que suponía.
Le tomó media hora acercarse al cordón policial. Reconoció el laboratorio móvil forense del doctor Saeed Avini-Ara; al menos podría empezar hablando con él antes de intentar llegar hasta lo que quedase de su despacho y archivo. Un policía patrullero, no obstante, lo detuvo en el acto:
—Hedayat Amin. Subdirector de operaciones. Me es urgente ingresar al sitio.
—Va a ser imposible, señor —el policía, aunque joven, parecía estar muy seguro de cada palabra—: Nadie ha podido entrar —y dicho esto señaló a un enorme árbol situado en toda la esquina de la manzana donde se alzaban las ruinas del edificio carbonizado: el sauce estaba casi sin hojas, pero ni una sola rama quemada, ni estropeada por obra de la explosión. Debajo, un hombre con traje antirradiación levantaba pájaros muertos con pinzas y los descargaba en una bolsa roja. Cualquiera que trabajase en alguno de los edificios de esa calle conocía a los gorriones grises que, tanto en la mañana como al caer el sol, revoloteaban masa en torno al sauce, o se descargaban contra las ventanas provocando sobresaltos en los atareados empleados. Ahora todos yacían muertos por el suelo alrededor del sitio de la bomba.
De igual manera, pensó Amid instantáneamente tras captar esa escena, los seres vivos más débiles —e incluso fuertes, como la cucaracha— estarían cayendo exánimes por la contaminación que liberaba el explosivo una vez detonado. Obra de los mismos hombres. Si Hedayat fuese un paranoico, creería que el estallido ocurría para borrar sus avances en la investigación que estaba en marcha. Pero suponer ello sería igual a creer cualquier otra tonta teoría surgida de una mente desocupada.
Cuando de nuevo la nausea lo atacó, encendió el motor y giró el volante para dirigirse al norte, a enfrentar con las manos vacías al Comité.
El coronel extendió el mapa, y girándolo con una mano, situó el sur apuntando a la silla donde estaba Leonardo, quien empezó a seguir el índice de Matson mientras este recorría la carretera sinuosa hasta el mar. Irían al norte hasta el Caspio; en algún bote surcarían aquel mar rodeado de arenas hasta alcanzar Bakú.
—Podemos alcanzar la costa en cuatro horas, y Azerbaiyán en once —dijo tomando asiento frente a la pequeña mesa auxiliar plástica de la cocina. Irma se daba una ducha a esa hora; trabajaba de noche y se acostaba cuando las siluetas de Teherán se dibujaban en el firmamento azul de la madrugada. A una breve comprobación Leonardo descubrió bocetos de ropa femenina en los cuadernos de Irma—. Pero, como te dije antes, muchacho, todo depende de que los jefes de Washington puedan lograr los arreglos.
En efecto, esa ruta a través de la región de Mazandarán, había ya sido estudiada por Leonardo junto a James Al-Jezza, mientras Thomas Jefferson le explicaba la misión. Pero había entonces mencionado el profesor ciertos inquietantes puntos que debían tenerse en cuenta: si bien resultaba la más corta de las rutas para abandonar el país —en caso de que la alternativa del aeropuerto quedase cortada, lo cual era aquí el caso—, no estaba establecido por la Compañía tener una nave anclada en el puerto de Babolsar, ni documentos falsificados que les permitiesen arribar sin problemas en Bakú, donde Katz podría solicitar ayuda en el consulado de los Estados Unidos. Es claro que ni la CIA, ni mucho menos el coronel Matson consideraban posible un escape fuera de la ley, con persecuciones y disparos; ya tenían demasiados problemas por cosas así.
Turquía, aunque estaba más lejos, era más factible, pero…
—Aunque saltásemos todos los controles, y pudiéramos pasar sin identificaciones aceptables, significaría recorrer todo un país de cabo a rabo para llegar a una casa segura de la Compañía en Estambul. En todo caso, para que la Compañía nos diese esa salida tendrían que pasar días mientras ellos disponen la operación —dijo Matson, y movió de nuevo el mapa empezando a señalar con la punta de su cigarrillo la frontera con Irak.
—Por aquí ni pensarlo. Hay tantas tropas ahí, iraníes y de los nuestros, que corremos tanto riesgo de ser abaleados por unos que por los otros —le dio una calada al cigarrillo y el camino de la línea fronteriza siguió hasta el océano—. Lo mismo puede decirse de toda la costa frente a Arabia Saudita.
Esto desinfló a Leonardo: durante la fase de planificación, Thomas Jefferson y Al-Jezza aseguraron que la mejor forma de salir, al menos por tierra, era tomar toda la carretera hasta la provincia de Kuzestán y cruzar la frontera entre Irán e Irak, y entre este y Kuwait, en lo cual se emplearía a una unidad de Seals para asegurar la extracción. Además de sonar emocionante, para Katz tenía el valor de poder pasar, en horas, de Irán a un país aliado, y quedar seguro en un hotel cinco estrellas mientras se hacían los arreglos para devolverlo al Planeta Occidente. Pero el coronel no pensaba de tal forma.
—Queda Afganistán —dijo Leonardo tras una pausa, al escuchar que la puerta del baño se abría.
—Sí, claro, siempre queda Afganistán. Pero sería una locura, tan peligrosa como dirigirse a Irak.
—¡Claro! Ni pensarlo, jefe.
El coronel Matson terminó su cigarrillo, pero sus ojos, a la perspectiva de Katz, seguían clavados en la gran mancha parda que separaba Irán de Afganistán.
—Una locura —repetía Dick, en español, y nadie en particular—; una locura.
Como la sala de de oración de una mezquita, el salón de audiencias del Comité Central de Evaluación, órgano subordinado al poder del Ejército de Guardianes de la Revolución Islámica —mejor conocido como Sepah, o “guardianes”—, tiene sus suelos cubiertos de alfombras mullidas y de maravillosas tramas que contrastan con la desnudez espartana de sus muros. Sólo la bandera iraní y una foto del Líder Ayatolá Khamenei estaban presentes en la pared del fondo. Entre esta y las sillas para los asistentes había una larga mesa donde los siete miembros del Comité debían escuchar sobre las potenciales amenazas que se cernían sobre la República a un nivel que requiriera una participación urgente de las demás agencias estatales. Cuando Amin entró en el lugar, revisándose continuamente los zapatos y la chaqueta, pensaba además en que aquel era el último paso que debía dar si las cosas se salían de control; debía poner en alerta a todo el establecimiento antes que algo le sucediese a él: la muerte o la desacreditación.
Tomó asiento y consultó la hora, los miembros del Comité estaban siete minutos retrasados, igualmente el Director. A parte de él sólo había un encargado de poner flores en un jarrón de cobre situado junto a la entrada, y una mujer vestida de gris y negro que escribía en una computadora a un lado. Sacó del maletín su agenda privada, la cual mantenía dentro de un cajón en su propio apartamento y donde consignaba, casi a manera de diario —casi porque Hedayat no habría aceptado que eso era—, los avances de sus investigaciones. Diría lo que tenía allí, lo expondría todo y luego dejaría que el Comité y sus sabios miembros decidieran: era él un alarmista, o había un verdadero problema flotando sobre la seguridad de la República.
Precedidos de dos muchachos que empujaban un carrito con una jarra de agua y vasos, entraron en línea los siete miembros del Comité. Vestían de la forma tradicional, tocados de turbantes negros; el más joven de ellos, situado a uno de los extremos, tendría acaso cincuenta y siete años. La secretaria se puso de pie y empezó a entregar copias de un texto a cada miembro, y cada uno, como si fuese aquel el pase de un hipnotizador, iban cayendo en la lectura, sin mover la boca o mirar al subdirector de contrainteligencia. Por demás, la sala seguía vacía.
—De pie —ordenó el más anciano de los miembros, quien debía ser el presidente, situado en la justa mitad—. Diga su nombre y cargo.
Hedayat saludó respetuosamente y respondió.
—Dice usted —este era otro miembro—, que ha habido una penetración por parte de organismos de inteligencia extranjeros en el gobierno de la República. ¿Es eso cierto?
—No señor, no es cierto.
—¿Puede explicarse?
—He venido a señalarle a este comité sobre la presencia de agentes extranjeros (que no precisamente tienen que estar actuando bajo órdenes de un gobierno), que podrían estar trabajando para una organización que busca ocultar o destruir una red de tráfico de armas. Quiero además dejar expuesto ante este comité que podría haber hombres dentro del Gobierno que podrían estar colaborando con estos extranjeros de un modo u otro.
—¿No es eso un caso de penetración?
—Para ello, señor, sería necesario iniciar toda una investigación. Para ello he venido ha ustedes.
—Una petición como la suya debe venir directamente del director de contrainteligencia nacional. Usted es subdirector adjunto para la oficina de Teherán.
—Sí he venido aquí es porque, a raíz de los últimos acontecimientos, creo que mi vida puede correr igualmente peligro. He venido aquí a levantar una denuncia como ciudadano.
—Pero… un ciudadano debe recurrir a los canales tradicionales. Usted es parte de uno de esos canales.
La conversación se estaba dando entre un hombre solo y un ser de siete cabezas que se alternaban para hablar pero que compartían la misma mente.
—No sé hasta qué punto pueda haber personal burocrático involucrado…
—Las acusaciones que usted hace son graves. Aunque no esté apuntando a nadie en particular.
—No estoy apuntando a nadie en particular.
—¿Tiene esto algo que ver con los atentados que han ocurrido en la ciudad?
—Sí señor.
—¿Cuál es la relación?
—Creo que los explosivos pertenecían a un vendedor de armas llamado Franz Wessel. Franz Wessel murió al ser asaltado por un grupo armado en su taller de pintura al oeste de la ciudad.
—Estamos enterados de eso.
La respuesta sorprendió a Hedayat; cierto ánimo lo alumbró en su interior:
—¿Qué es lo que saben?
—No puede cuestionarnos.
—Entiendo. Proseguiré: tres días más tarde murió un imán identificado como Barid Somma por obra de un francotirador, que eventualmente ejecutó a un guardaespaldas del imán y cuyo nombre y origen no se me han informado. En el lugar donde se originaron los disparos se encontró el arma homicida, un rifle de manufactura nacional perteneciente al ejército; sin embargo para el informe presentado a mi oficina se cambió el modelo a un rifle estándar alemán. Según parece, además, el asesino, o los asesinos, fue perseguido o perseguidos por la fuerza de seguridad del imán; la policía metropolitana halló una motocicleta y una camioneta que chocaron, según los testigos, mientras perseguían un taxi a través de la avenida Enghelab, y que en el curso de esta carrera hubo intercambio de disparos.
—No ha aclarado la relación entre el vendedor de armas alemán y las explosiones. Tampoco entre aquel y todos estos sucesos tan impresionantes que nos está mencionando.
—En primer lugar, el explosivo empleado fue, en ambos casos, plástico; que no puede ser comprado dentro de este país sino que debe ser importado. Segundo, el material contenía trazas de metales y químicos que hacen inestable esta carga, además de ilegal para las leyes internacionales de comercialización de armas. Franz Wessel era un vendedor de armas, con acceso a material semejante al que acabo de describir, y estaba en la ciudad justo antes de estos atentados. He ahí un muy posible vínculo. Por último, fue la muerte de este maestro lo que, desde mi punto de vista, ha sido el detonante de estos ataques.
—¿Por qué lo cree así?
—Es un presentimiento.
No hubo respuesta.
—Antes de ser asesinado Franz Wessel —prosiguió rápidamente Hedayat—, un representante del ministerio de defensa se hizo presente en nuestras oficinas afirmando que el vendedor de armas alemán estaba siendo seguido por agentes; mencionó a un periodista sudamericano llamado Kratz, y a un alemán de apellido Mann…
—¿Esto fue confirmado?... Que fuesen agentes.
—No está aún confirmado; pero los dos han desaparecido, junto a una mujer que creemos estaba relacionada personalmente con Franz Wessel: Irma Yushij. Ninguno de los dos extranjeros regresó a su hotel; el personal del Evin reportó que Günter Mann canceló la cuenta y salió con su equipaje, no hizo lo mismo Leonard Katz quien salió sin pagar, pero al parecer no olvidó sacar su equipaje, el cual desapareció del cuarto.
—¿Han salido del país?
—No está confirmado que hayan salido del país. Solicito a este comité que se inicie una búsqueda de esos hombres y de la mujer. Su presencia aquí, su relación con uno de los muertos y su intempestiva salida es, hasta ahora, lo más sospechoso y sólido que tenemos. Ahora espero saber cuál es la decisión de este comité.
Esperaba una respuesta inmediata, y, honestamente, no esperaba que fuese positiva. En vez de esto, los hombres de la mesa del Comité tornaron sus miradas al presidente, quien estaba en el centro. Este retiró de su frente sus gafas de lectura y cruzó las manos sobre la mesa.
—Subdirector Hedayat. Siempre he tenido un gran respeto por su trabajo; hace unos años fue gracias a usted que descubrimos que los americanos tenían más de treinta agentes en esta ciudad. Esa fue una acción valerosa y por ella se considera, tanto a usted como a su departamento, piezas fundamentales en la construcción de una nación libre de la dominación extranjera. Pero cada acción que se tome desde ahora, señor Hedayat, deberá ser responsabilidad de este comité si decide seguir sus hipótesis de conspiraciones. No se ha presentado aquí prueba alguna, y solo tenemos tres nombres, que para nosotros no significan nada.
“Pero los ataques son reales. Igual las muertes del imán, y del vendedor de armas. Sin un informe completo, con evidencia, que pruebe el vínculo entre todos estos hechos, este comité no le puede dar más poderes a su departamento, cuya acción por ahora estará estancada debido al ataque que se ha sufrido. El señor Presidente unos minutos antes de entrar se ha comunicado conmigo, como director de este Comité, y me ha dicho que todas las investigaciones y la captura de los involucrados queda en manos del ministro Hossein del Ministerio de Inteligencia y Seguridad Nacional. A él deberá entregar todos los avances de su investigación.
—Los avances de mi investigación, señor presidente, han quedado hechos cenizas junto a mi oficina.
—Entonces creo que no le queda otra opción que colaborar con la fuerza de trabajo del SAVAMA.
—Señor presidente, usted y yo nos conocemos de tiempo atrás; si he llegado a esta instancia, espero que entienda que temo que esto supere un caso de terrorismo.
El presidente del comité se enderezó sobre su asiento, tomando de nuevo sus gafas y revisando otra vez los documentos secretos que le habían sido entregados por la secretaria. Los hombres situados a izquierda y derecha le hablaban al oído y este parecía asentir a todo sin que sus labios se moviesen siquiera un tanto. Se inclinó hacia el micrófono y habló por última vez:
—Este comité ha decidido tomar las siguientes decisiones: primero, como ya sabe, sus investigaciones alrededor de la presencia de agentes extranjeros en nuestro país y su relación con los atentados que han ocurrido pasarán directamente a la fuerza de trabajo del Ministerio. Segundo: se dará una orden de detención preventiva contra los dos hombres y la mujer que usted ha señalado hoy y será usted, Amin Hedayat, parte del equipo de interrogatorios. Pero escúcheme bien: aunque estas personas aparezcan, no se podrá detenerlas más que por doce horas ya que el ministerio no tiene un argumento concluyente contra ellos. Tercero: tendrá acceso a toda la información que recabe el SAVAMA a menos que el ministro Hossein considere lo contrario. Puede retirarse.
No fue directamente a su auto; prefirió caminar con la chaqueta sobre el hombro ya que el calor era insoportable. Pidió un refresco en una cafetería y se sentó en la terraza; le cayó bien la soda helada, y siendo un día tan bello pensó que no le había ido tan mal. Usaría lo que le quedase de libertad, más los recursos del Ministerio, para hacer las cosas por su cuenta propia. De momento, ni la mujer ni los dos extranjeros podrían salir del país sin ser detenidos. Bien podría ser que ya hubiesen dejado el país, pero debía tener fe en que no era así. Su objetivo más importante ahora era descubrir quién era realmente ese imán, y en qué medida su muerte estaba relacionada con tan violentos ataques.

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