Capítulo L. El camino a casa
A las dos de la mañana Dick Matson se paró junto a un Leonardo Katz profundamente dormido, le pisó la mano lentamente, el agente secreto despertó de inmediato, sin mayor sobre salto, y se puso de pie tras unos segundos de agitar la cabeza. El coronel le alcanzó un café, y Leonardo, taza en mano, le dijo que había una última cosa que debía hacer. Salió al frío corredor, subió por la escalera hasta el último piso y de ahí, hasta el techo. El viento helado de las montañas soplaba con toda su intensidad; abajo la cuidad parecía tan despierta como siempre. El agente secreto, recordó su primera noche en la ciudad y se alegró de que esta fuera la última. A un pararrayos ató la antena de su dispositivo de transmisión: pulsó las letras IGH; desató la antena y se introdujo de nuevo en el edificio.
Entró en el apartamento pensando en cuál sería el mejor destino para el transmisor: si el desierto, o dejarlo en un baño público del primer aeropuerto que pisara. Realmente no tenía ganas de llevarlo consigo a su casa en Bogotá; sabía que en le futuro esa clase de cosas le traerían malos recuerdos.
Desayunaron sopas instantáneas de ramen mientras se preparaban. Cada uno llevaría una maleta con alimentos enlatados, agua en botellas, medicinas y un arma. Como si fuera otra de sus tantas unidades entrenadas, Matson hizo formar a sus cuatro acompañantes y revisó su equipo; tras la breve inspección de treinta segundos, levantó el brazo ordenando que subiesen a la camioneta. William, quien se había quedado haciendo los arreglos del apartamento —quién sabe qué clase de arreglos—, fue el último en llegar, entregándole a Matson una mochila deportiva de marca. Un simple vistazo a través de la cremallera parcialmente abierta le confirmó a Dick el contenido: un rifle de asalto AK-47 y dos cargadores.
Al salir bordearon el parque, y se dirigieron hacia el oeste. Era Dick esta vez quien llevaba el volante de la camioneta; como todo hombre frente a los mandos de un gran auto, parecía sentir una especial satisfacción.
Dichas calles eran un laberinto; por suerte no era su misión. Leonardo Katz estaba admirado ante la capacidad del coronel para guiarse en un entorno extraño. Poder buscar el occidente sin ayuda de brújula o mapa. Se conducía, digamos, como si estuviese en su propia ciudad, llevando a unos turistas de regreso a su hotel, o directo al aeropuerto, tras una velada entre amigos.
A pesar de ser un país en el que no se consume alcohol, y en que las costumbres religiosas parecían estar por encima de todo, incluso de la diversión, se apreciaba esa noche, en estas calles del norte de la ciudad, un gran movimiento; música escapando de cada puerta y risas en cada esquina poco iluminada, donde voces de hombres y mujeres se combinaban en exhalaciones altas y bajas.
El auto vino a detenerse en una esquina sin nombre; nadie decía nada, pero el motor seguía en marcha. La puerta del pasajero se abrió y William bajó a la calle. Contaminando el aire acondicionado del interior con el vaho húmedo de la calle. El taxista, o lo que fuese, se inclinó sosteniéndose en el marco de la puerta y sonrió a todos. Se despidió de Irma, de Julius, y le pidió a Leonardo que se cuidara de las malas compañías. Luego le clavó una mirada agresiva al coronel Matson:
—Günter Mann… espero que esta sea la última vez en la vida en me vuelva a topar con usted —cerró la puerta y echó a correr calle abajo. Katz sintió curiosidad por el destino final de aquel extraño pero agradable sujeto. Al fin y al cabo le había servido de chofer, de guía turístico, como contacto y, finalmente, le había salvado la vida.
Raúl Strogov; el capitán Raúl Strogov, corrió como nunca en su vida las tres calles cuesta abajo hasta el borde del jardín. Se situó frente a una de las cámaras, encendió un cigarrillo y esperó. Tal vez fue una de las más angustiosas esperas en su vida, o tal vez no, es poco lo que se sabe de él. Pero no le gustaba estar ahí. Pisando ese suelo de concreto, territorio enemigo, ni se sentiría bien hasta estar del otro lado de la verja. Al fin, tras ocho minutos dos hombres robustos, con pieles alienígenas que relumbraban blancas a la luz de los faroles, se acercaron a él, auscultaron su rostro un instante y luego, coordinando todo con un pequeño radio común de vigilancia, le ayudaron a trepar el muro de concreto y ponerse a salvo. Los dos mastines encargados de la guardia nocturna de la embajada de la Federación Rusa siguieron caminando hasta rodear toda la propiedad; luego entraron y se reincorporaron a sus labores.
El capitán Strogov salió en el vuelo de las once de la mañana, dos días después, rumbo a Estambul. Un tren lo llevaría de vuelta a Moscú, a donde arribaría tres días más tarde para rendir su informe completo acerca del asunto Wessel.
Pero esa mañana los conspiradores siguieron su ruta; las montañas del norte no podían verse a tal hora, y Leonardo se preguntaba si habría carreteras que pasasen sobre ellas, o túneles bien iluminados a través de las entrañas de la tierra. De repente el coronel torció el volante y la camioneta giró temerariamente en el retorno de la calle Attari, con lo cual fueron a tomar el sentido oeste-este de la avenida Ayatolá Sadir.
—¿Qué ocurre? —Preguntó de inmediato Katz, temiendo que aquella fuera una maniobra evasiva ante un posible seguimiento. Los ojos calmos y transparentes del coronel aparecieron en el espejo retrovisor:
—Nada —respondió susurrando. La aguja del velocímetro se fue inclinando lenta e inexorablemente. Los pocos autos y camiones presentes esa noche empezaron a pasar frente a las ventanas como recuerdos borrosos.
¿Avanzaban en sentido contrario? ¿Iban acaso a Afganistán y no al Caspio?
Irma viajaba a su nueva vida completamente dormida; el viejo Jules también. Él no podía dormir. A medida en que las tinieblas cóncavas se decoloraban, el paisaje se iba revelando. En un disco de datos que cargaba en su mochila, Leo Katz tenía consignadas once páginas del primer borrador completo de su crónica para la revista S… aunque sabía que muchas cosas le quedarían sin contar. Cada vez que cerraba los ojos, y su cabeza, recostada contra la ventana, se sometía a la vibración del vehículo, Leonardo recordaba aquel viaje tan largo que hizo cuando era niño, en compañía de su familia, de Anchorage a Reno, Nevada; aunque sus padres le contaron cómo se fueron relevando para conducir, a Katz le pareció que sólo su padre estuvo manejando todas esas horas. Al abrir los ojos, de vuelta al presente, y ver a Matson confiado guiar el volante con una mano, sintió venir de él un espectro familiar que le agradó y que le permitió conciliar el sueño.
Rara vez el Comité debe reunirse a tan tempranas horas. Por lo general, por más importante que sea el caso, empiezan sus labores a las nueve en punto de la mañana. Que los integrantes del comité, y las partes citadas, empiecen a ingresar al pobre salón de audiencias, a las siete y cuarto de la mañana, es muy, muy inusual.
A diferencia de la primera reunión, en la que Amin presentó su acusación, donde a parte de la secretaria, un ayuda de cámara y los miembros del Comité no había nadie, aquella mañana las sillas dispuestas para los asistentes a las audiencias se llenaron. Tras los bancos que debían ocupar los sabios ancianos, cinco miembros de la guaria revolucionaria, uniformados y con pistolas, esperaban con las manos a la espalda. A sus espaldas, Hedayat sintió la llegada de toda una fauna perteneciente a las distintas ramas de policía y agencias encubiertas del país. Hombres mayores, pocos jóvenes, poco atléticos, más bien bajos y con barrigas inflando sus camisas a rayas. Unos pocos, quizá políticos, usaban corbatas, que por lo general no son muy comunes entre los iraníes, empezando con el Presidente. Y por cierto que la presencia de este estaba, a la vez descartada y confirmada, por una cámara de televisión que dos técnicos estaban instalando en el corredor intermedio de la sala de audiencias.
Amin revisó de nuevo su teléfono: no habían llamadas; estaba a punto de llamar a Bahman, pero en ese momento escuchó la voz del director, quien acompañado del ministro de inteligencia y seguridad nacional, y su asistente, venía hablando a voz en cuello, buscando tal vez llamar la atención de todos con sus discursos patrióticos. Escanear de nuevo el recinto, aquellos hombres, y ya Amin podía confesar que odiaba todos esos tipos, y que ya ni siquiera le extrañaba, si al final de su investigación, descubría un profundo caso de corrupción gestado entre los amos del poder.
—Señor Hedayat —dijo el director Adel al-Rahim a manera de saludo—. Espero que se haya preparado para lo de hoy; esta es una de las peores crisis en toda la historia del Servicio.
—Vengo aquí representando la verdad, señor director —respondió secamente Amin sin darse cuenta al parecer lo retóricas que sonaban sus palabras.
El director se cruzó de brazos, enseñó una sonrisa burlesca y preguntó por qué.
Sonó el teléfono celular justo en aquel instante, pero era contestarle al director o contestarle a Bahman. Que esperase, pensó tras tres segundos de duda.
—Porque todo esfuerzo por parte del Servicio por poner en claro las causas relacionadas con los eventos de los últimos días, desde la muerte del comerciante Franz Wessel, han sido, de una manera u otra, bloqueados por la mismísima burocracia estatal.
El director, que no parecía impresionado, solo contestó:
—Mejor tenga cuidado con sus palabras. Esta gente que le rodea no ha venido a reírse.
Los presentes se levantaron mientras desfilaban las largas túnicas de los miembros del Comité. Sonaron los micrófonos al ser acomodados y las sillas cubiertas de cuero mientras los traseros de los presentes buscaban ponerse cómodos. La gutural voz de órgano de uno de los ancianos —de anchas espaldas y relativamente más joven que los otros—, resonó brutalmente reventando tímpanos mientras hacía la introducción al acta.
La vibración del teléfono continuaba; parecía el agitarse de un hombre que se ahoga. La desesperación superó los temores, y Amin se llevó el teléfono al oído.
—Adelante.
—Señor; los he encontrado.
—¿A qué se refiere? —De lado, el subdirector pudo ver al ministro Hossein de pie leyendo de una hoja, pero las palabras de su Farahani aplastaban a las del señor Gholam.
—Los sospechosos, señor; salieron a las tres de la mañana del edificio que registramos ayer. Dieron algunas vueltas por el barrio, así que me mantuve a distancia, cuando tomaron la avenida y traté de acercarme aceleraron, y ni un maldito policía apareció para detenerlos; irían acaso a cien kilómetros por hora, señor.
—¡Farahani!
—Los perdí un rato; era simplemente imposible seguirles el paso sin exponerme yo también. He seguido todos sus procedimientos, señor; usted nos ha dicho que en casos como estos…
—¡Farahani dónde diablos están!
—Acaban de salir de la ciudad y cruzaron la intersección entre la avenida Babaie y la autopista Nueve.
Hedayat se dio una sonora palmada en plena frente al escuchar aquello. Su mano se fue arrastrando por encima de los ojos y el tabique nasal. Tras pasar, los ojos se abrieron, y Amin pudo ver que todos en la sala lo miraban con especial interés, empezando por el presidente del Comité, quien parecía esperar una respuesta.
—Puede respondernos, subdirector Hedayat, o tiene que atender necesariamente esa llamada.
Silencio. Amin apagó el celular con el pulgar y no dejó de apretar la tecla hasta que le dolió el dedo. Luego se inclinó sobre el micrófono:
—¿Disculpe?
Un coro de voces ofuscadas invadió cada pulgada cúbica del salón. Los viejos del Comité no decían nada, pero el presidente negaba tristemente con la cabeza. ¿Qué habían preguntado? ¿Qué esperaban que respondiera?
—Señor subdirector —dijo el presidente golpeando su escritorio con la mano abierta para lograr que las avispas se callasen—, su comportamiento en los últimos días, según lo dejan ver los registros de investigación del Ministerio, son, no sólo muy sospechoso, sino además indigno de un hombre en su actual cargo. Presentó una acusación muy grave ante su superior inmediato, y no pudo sostener la misma por falta de pruebas ante nosotros los presentes. Ahora ha hecho uso de recursos de la ciudad para labores que no le competen, como la detención de posibles terroristas, cuando la ley de Contrainteligencia perfectamente establece cuáles son las funciones de un subdirector adjunto. Y a parte de un serio incidente diplomático, que el canciller tuvo que tomar en sus propias manos, no le ha dado al grupo de trabajo del SAVAMA dato alguno que conduzca a la captura de los responsables de los ataques cometidos en la ciudad.
—¡Es suficiente! ¡Qué no he hecho nada! ¡Los terroristas a los que ustedes buscan están escapando de la ciudad en este momento por una carretera hacia el oriente!
—Le sugiero que modere su tono…
—¡No! Diez horas atrás tenía a sus terroristas atrapados entre un anillo policial. Pero fueron ustedes mismos —Hedayat los señalaba con el dedo— los que me quitaron todas las herramientas. Le diré, señor presidente del Comité, le diré, señor ministro, le diré, señor director, y señores presentes en esta sala a quienes además no conozco, les diré cuáles son las funciones de un subdirector adjunto de contrainteligencia, y son las mismas de todo el personal de contrainteligencia y por extensión de todo ciudadano honesto de este país: detener a toda persona, extranjera o nativa, que entregue, de un modo u otro información clasificada de la República, o a todo aquel que pretenda atacar sus intereses y a sus ciudadanos. Eso es lo que he estado haciendo durante los últimos quince días, intentando atrapar a estos individuos.
Si en la sala hubiese habido un reloj analógico su tictac habría sido audible para todos. La cámara de televisión estaba apuntando directamente a la vena alborotada en la frente de Hedayat.
Pacientemente, con un gesto de prepotencia exacerbada, mientras se arreglaba el traje y la cortaba —era uno de los pocos que la usaba, como ya se dijo—, Ali Parsa se puso de pie y se dirigió a los viejos:
—La fuerza de trabajo combinada de los sectores policial, de seguridad, contraespionaje e inteligencia electrónica han ya levantado una lista de sospechosos. Alrededor de trescientos hombres y mujeres, entre egipcios, iraquíes, pakistaníes, y once árabes aún no identificados. Detrás de estos perros están los causantes de todas estas muertes y terror general. Los someteremos al más duro interrogatorio en la medida en que les demos caza —miró satisfecho a Hedayat y tomó asiento.
—¡Esto es ridículo! —Sentenció Amin— ¡No tienen nada!
—Señor Hedayat —exclamó el presidente del Comité—, ya que creo que, ante la gravedad de la situación, no puedo seguir llamándolo señor subdirector; le diré qué es lo que tiene usted, o al menos qué ha presentado ante nosotros, como guardianes del gobierno de la Revolución al que gustosamente representamos: una mujer, Irma Yushij, que se encuentra desaparecida, cuyo único vínculo con toda esta investigación es haber, posiblemente conocido, a un extranjero asesinado por delincuentes cuyo nombre ni siquiera aparece en los registros. Luego a un ciudadano mexicano… —el anciano junto al presidente se inclinó para decirle algo al oído—, quiero decir colombiano, en todo caso latinoamericano, que desapareció de su hotel hace ya varios días y que el departamento de seguridad del Azadi describió como periodista, y creo que es de público conocimiento cómo son los periodistas occidentales. Por último su informe señala a un ciudadano europeo, Günter Mann, también como sospechoso; aunque los testigos que lo vieron afirmaron a la policía —policía que usted solicitó a este comité—, que este hombre haría un recorrido turístico de quince días por Zanjan y Gilan. Me temo que no es mayor cosa.
El ayuda de cámara, que había entrado al recinto mientras el presidente del comité hablaba, entregó un mensaje al ministro y este se puso de pie junto a su séquito:
—El excelentísimo señor Presidente desea se le presente de inmediato un informe sobre la captura de los terroristas; por tanto debo marcharme ahora.
—Habrá un receso hasta las dos de la tarde —dijo rápidamente el presidente y todo lo demás fueron ruidos de sillas al moverse y voces que discutían mientras Amin Hedayat se hundía en la desolación. Los conspiradores y terroristas habían ganado ¿cómo? Encontrando el punto más débil de toda la estructura gubernamental: su propia torpeza de gigante ciego, que aunque fuerte no puede notar el daño que la descomposición de una pequeña herida puede causar en todo su cuerpo. Y es que hace unos años, hace realmente poco tiempo, él mismo contaba con todas las herramientas y todo el poder para detener a los agentes imperialistas; en algunos casos le bastaba una ronda por el aeropuerto y frente a las cámaras de vigilancia para ver llegar a los espías, y una vez dentro de Teherán estos quedaban atrapados sin posibilidad de escapar. Nunca usó en ellos la tortura de forma alguna; no la necesita quien tiene la inteligencia y las pruebas para llevar a la corte a un infiltrado. Ese era el alfa y omega, inteligencia pura, la capacidad para ver lo que otros llevan a cabo, aunque lo hagan de forma encubierta, y exponerlo. Ahora, siguiendo esos mismos procedimientos su carrera estaba hecha pedazos, o al menos al borde de un risco muy alto. ¿Había sido derrotado en su propio juego? ¿Habrían los conspiradores previsto incluso esto? En ese caso un aplauso por esas cabezas agudas en el cuartel enemigo, que con la brillantez de Al-Huarizmi resolvieron la ecuación última, para hacerle zancadilla al departamento de contrainteligencia.
Sacó de su bolsillo el teléfono celular: era hora de llamar a Bahman y decirle que cancelase toda la operación antes que él también se quedase sin puesto y sin futuro. No bien el aparato terminó de captar la señal cuando recibió una llamada y se agitó convulsamente en la mano de Amin.
—Adelante —respondió sin haber confirmado la identidad de su interlocutor.
—Señor, han cruzado el puesto de control y ahora van directo por la autopista hacia las montañas. He tenido que detenerme por combustible, pero si no cambian de ruta podré seguirlos un buen trecho, pero necesitamos otro vehículo, creo yo.
La voz agitada del muchacho contagió a Hedayat, quien se quedó dudando entre cancelar definitivamente el seguimiento o seguir con este hasta las últimas consecuencias; aunque terminase preso o muerto. Cuestión, pensó, de darlo todo por aquello que se desea, condición última de quien entiende su profesión como su vida misma, que por conservarla entregará hasta su última bocanada de aire y toda la sangre de sus venas; más allá de riesgos, más allá de las barreras que se dibujan en la mente, entre lo correcto y lo “estúpidamente peligroso”, es la verdadera bravura aquella donde no hay agotamiento tan grande para detenernos en la lucha, pensaba. Y pensaba en el desierto, en los días de la guerra, cuando estudiaba los mapas, las señales de radio, y las fotos de reconocimiento aéreo, descubriendo las posiciones de avanzada de los iraquíes y sus grupos de infiltración hábilmente camuflados. Entonces, con su rifle a la espalda saltaba dentro del primer helicóptero disponible, e importándole un comino la cadena de mando ordenaba al piloto llevarlo a aquellas coordenadas, a la hora que fuera, para exterminar a estas unidades ocultas entre la arena y camufladas como rocas. ¿A cuántos abatió entonces? No lo sabía ni quiso jamás averiguarlo; las vidas que haya salvado, eso es lo que le quedaría siempre en el corazón.
—Bahman, escuche: quédese donde está…. No, mejor regrese de inmediato a su oficina y espere allí. Lo llamaré en una hora o antes.
A paso apresurado Hamid abandonó la sala, y encontró el pasillo bloqueado por los hombres que hace un momento lo miraban de forma acusatoria. Tomó las escaleras y subió al siguiente piso, deslizándose por el corredor en busca de una puerta abierta. De uno de los despachos salió la secretaria del comité y pasó sin mirar a Hedayat; la oficina de esta quedó abierta y sobre un escritorio atestado de documentos esparcidos como cartas de póquer había un teléfono de seguridad. Descolgó y marcó rápidamente; la memoria para los números telefónicos resulta a veces vital para los detectives.
La llamada fue contestada de inmediato por una mujer joven.
—Oficina del capitán Hedayat.
—Buenos días… Soraya, habla Amin Hedayat, necesito hablar con mi hermano.
—Temo que no puedo localizarlo en este momento, señor Amin Hedayat. ¿Quiere dejarle un mensaje?
—Soraya, ¿está mi hermano en el hangar?
—Lo lamento, señor; no puedo responder a eso.
—Es muy importante, ha ocurrido algo de lo que debo informarlo de inmediato. Si está en el hangar iré a verlo y hablaré con él.
—En ese caso le avisaré que viene para acá y de esa forma ambos podrán encontrarse en la pista del helipuerto —dijo la muchacha tras unos instantes de vacilación.
Sin agradecer Amin colgó el aparato, se topó con la secretaria, la cuál se dio un gran susto al verlo allí, y salió a la terraza de la parte trasera del edificio. Allí funciona un café para el personal del Ministerio que tiene una escalera de emergencia la cual va a dar al estacionamiento. En cinco minutos los neumáticos del auto chillaron sobre el asfalto frío y húmedo. Los pocos hombres allí —guardaespaldas y vigilantes— se quedaron mudos viendo la inusual escena.
El capitán Adar Hedayat era un año mayor que su hermano Amin. Las diferencias físicas eran pocas, realmente parecían gemelos, aunque en los últimos años Adar se había transformado en un robusto toro, con algunos centímetros de más en la cadera, y Amin estaba hecho un delgado, e incluso escuálido, agente en traje de negocios. Ambos habían servido al ejército, como la mayoría de los hombres de su generación; pero mientras uno entró a la infantería ligera el otro se enroló en la fuerza aérea con el sueño de ser piloto de combate. Sus estudios, no obstante, apenas le dieron para comandar helicópteros. No podía quejarse, tenía al mando el primer escuadrón de reconocimiento, compuesto de seis aeronaves Bell 214, pilotados por hombres a los que veía como su propia familia; una estabilidad y una paz difícil de encontrar en el cambiante mundo moderno.
Hacia el sur, directamente, tras pasar la plaza Hagh-Shenaas se encuentra una bifurcación que abraza el aeródromo militar Ghale Morgi; una escuela de adiestramiento en realidad, pero que al mismo tiempo sirve de hogar al primero y quinto escuadrones de defensa y reconocimiento de la ciudad. Debían haber pasado unos seis años desde la última vez en que Hedayat hizo ese recorrido, llevando a su padre, ya entonces muy enfermo, a conocer el lugar donde trabajaba su primogénito.
Mal aparcado quedó el auto, pero Amin no tenía tiempo de sutilezas; a cada segundo que pasaba los terroristas se le escapaban. Si bien estarían aún muy lejos de la frontera, a cada metro que se internaran en el desierto más difícil sería encontrarlos, ya que sin una orden de detención oficial el ejército no movería ni al último de sus hombres en las arenas del Semnan. De hecho, si los terroristas hubiesen deseado salir por el aeropuerto, lo habrían hecho en la total impunidad. La duda, pensó Hedayat, debió obligarlos a buscar una ruta por tierra, donde hay menos controles. Si su plan era tan bueno, ¿por qué hacerlo variar?
—Puedo ayudarle, señor —preguntó un cabo retóricamente.
—Soy Hedayat Amin; busco a mi hermano, el capitán Adar.
Mientras el suboficial se comunicaba por radio con la pista de helicópteros, Hedayat seguía analizando el asunto: algo en el plan de los conspiradores había fallado. ¿Qué pudo ser? ¿La muerte de Franz Wessel, o la del imán? Ambos parecían tan metódicamente planeados… pero a diferencia del maestro, el vendedor de armas no fue emboscado en un sitio público, sino eliminado de forma bastante violenta; casi una reacción necesaria para eliminar a quien sin duda era un testigo. No lo planearon… tenían que hacerlo y lo hicieron.
Hedayat caminaba como un zombi, mirando sin ver las botas del cabo marchar hacia el helipuerto y los hangares de la zona oeste. Su mente trabajaba a toda prisa, hecha una máquina imparable, buscando el sentido de toda esta historia: un falso, o verdadero, quién sabe, periodista latinoamericano; un alemán y una mujer iraní. Dos hombres y una mujer, aparecen, muere un vendedor de armas, tiroteado, muere un imán, de un solo disparo. Mueren algunos en edificios dinamitados. Luego la policía y los servicios de inteligencia buscan terroristas y todo lo que los une, ese lazo tendido, arrojado vulgarmente, son las palabras de herr Wessel, del difunto Franz, quien conocía a la mujer —era su amante—, vio a Katz por que se acercó a él —como periodista—, y conoce a Mann —porque ambos son de la misma nacionalidad—, ahora, qué lo hace dudar de ellos tres, tanto para llamar a su contacto dentro del Ministerio de Defensa y denunciarlos por espionaje. Algo vio, algo sabía…
—Capitán —exclamó el cabo. Al fondo frente al motor en refacción de un helicóptero, un hombre de escasos cabellos, bigote finamente cortado, gafas de sol francesas y camiseta color caqui húmeda de transpiración, levantó la cabeza y asintió repetidamente para luego, alzando una mano ordenar al muchacho que se retirara.
Debió descubrir la fachada de alguno de ellos; o Mann o Katz. Descubrió que venían detrás de él, específicamente de él, y quiso protegerse. Pero esta teoría, de dos asesinos buscando a un vendedor de armas, dejaba por fuera al imán y los ataques. Una muerte limpia, de varios balazos a la cabeza, por ejemplo, explosivos en el auto o venenos, serían más propios del Mossad israelí. ¿Y si era una operación conjunta? Mann —que perfectamente podría ser un americano con falso pasaporte y algo de sangre teutona en sus venas— liquida a Wessel; a cambio Katz, un judío latinoamericano mata al imán, un pobre hombre fichado por la CIA como terrorista, o colaborador de terroristas, o agitador político, o simplemente no les gustó su cara.
Ya entonces el capitán Adar estaba frente a él; sonreía amablemente y tenía las manos sobre la cintura como preguntándole, sin palabras, a su hermano menor si no se había metido de nuevo en otro problema.
—Hermano… —dijo Amin, luego los dos se abrazaron, y al separarse continuó—: qué te trae aquí y por qué estás tan agitado.
Le tomó unos diez minutos explicarlo, más otros diez de contestar preguntas. Cuando pudo cerrar la boca para esperar una respuesta a su solicitud, el capitán giró la cabeza para mirar su trabajo a medio hacer; parecía ser aquel el único impedimento para ayudar a su hermano en la caza de aquellos terroristas.
—Cada minuto que pasa se nos hará más difícil encontrarlos —añadió Amin, como apuntalando el túnel perforado en la negativa inicial de Adar de apoyarlo.
—No podemos tomar ninguna de estas aeronaves; todas deben estar en servicio y retirar cualquiera de estas me metería en un gran problema. Hay un control estricto, está computarizado; así cualquier helicóptero que abandone o despegue de esta nave será detectada y se le comunicará al coronel Hatami, y no quiero que esto quede en mi hoja de servicios.
—¿Y cuándo realizan ejercicios de adiestramiento?
—Deben estar en la lista de labores diarias. Hay una agenda que se sigue al pie de la letra; ¿realmente no es posible seguirlos por tierra?
—Ya te lo he dicho: tardaríamos horas en encontrarlos, y podrían intentar asesinarnos para luego perderse en el desierto. Si no creyera que es la mejor manera nunca habría venido aquí.
—Entiende. Estas son aeronaves de adiestramiento; en toda la base no hay…
Adar encontró algo en su mente con lo que no contaba un momento atrás. Ordenó a sus hombres junto al aparato en reparación detenerse.
—Tomarán un descanso de quince minutos a partir de este momento —ordenó tronando, con lo cual los hombres empezaron a retirarse de inmediato—. Si al cabo de ese tiempo no he regresado seguirán con este aparato hasta terminar de instalar las nuevas partes.
Los soldados, detenidos de momento en su carrera, saludaron, recibieron la orden con un sí gestual y siguieron corriendo; en toda base el tiempo libre es oro puro. Una vez se alejaron unos veinte metros, Adar se acercó al rotor del helicóptero, allí un hombre mayor, de unos cuarenta años, con una barba tan negra como la noche y un abdomen creciente bajo el overol de trabajo bebía una soda, en lata, mientras procuraba quitar con su velludo brazo el sudor acumulado en sus espesas cejas.
—¿Golab?
—El obeso sujeto se plantó firmemente dejando su frente y la lata a un lado de momento.
—Andando, hay una misión en marcha.
Amin no hizo preguntas, pese a su momentánea ignorancia relativa al giro de las cosas; consideraba que la situación estaba dando un giro positivo, que su hermano había encontrado una solución al problema, así que mejor esperar a ver las soluciones aparecer en vez de perder el tiempo cuestionando las acciones de otros.
Primero caminaban a paso presuroso, estos tres hombres; luego el capitán empezó a correr y el ex subdirector lo siguió, muy de cerca, dejando solo rezagado al teniente Golab Pesyani, que hacía su mejor esfuerzo pese a la media cajetilla de cigarrillos que se fumaba antes del medio día. En este caso antes de las nueve de la mañana. Pero seguían trotando, a todo lo largo de los hangares azules alineados frente a las pistas de helicópteros. El último de estos, cubierto de rojo gracias a la descomposición de viejas capas de zinc no removidas por falta de presupuesto, estaba cerrada totalmente con candado. Adar Hedayat enfiló rumbo hacia uno de los costados, en el extremo había una puerta protegida por un perro encadenado. El animal ladró como una salva de cañonazos, unos tras otros, apenas los hombres se introdujeron en el corredor. Mas cuando el capitán de helicópteros se detuvo a su lado, transformó sus advertencias en gemidos de mascota consentida., se echó sobre sus patas y sacó la lengua amablemente.
La pequeña puerta marcada como “servicio” ocultaba la negrura y el olor a aceite, siendo tan penetrante este que Amin tuvo que taparse la nariz de inmediato, ya que sentía que el hedor se derramaba en sus pulmones. Con una mano sobre el hombro derecho de su hermano avanzaba, como en el resto de la investigación, a tientas, sin ver.
Se encendieron las luces: tres focos distribuidos por el suelo apuntando a un aparato de hélices pintado de negro, con formas que Amin, apenas si instruido en helicópteros, no pudo reconocer.
—Golab, la puerta.
—Sí señor —escuchó Amin decir al gordo; luego sus pasos hacía una esquina, y luego un generador eléctrico ronronear pesadamente mientras la luz natural de la mañana empezaba a derramarse entre el tejado que, partido a la mitad, se abría en dos. Lo que quedó expuesto tras iluminarse la estancia fue un RH-53 Sea Stallion; ancho, de dimensiones aplastantes, pintado por entero de negro y con el emblema iraní cercano al rotor de cola. A parte de eso carecía de detalles superficiales; ni siquiera con números de matrícula contaba.
Adar trepó al aparato y empezó a operar los controles desde el interior. Golab sacó de un casillero metálico una lista de vuelo y empezó a revisar el aparato por todos lados. Aún con el sol iluminando aquella caparazón de lata, la aeronave permanecía oscura, como el único punto donde la luz del cielo no llegaba. Parecía un mal augurio, el tipo de vehículo que emplearía la muerte si la muerte fuese un ser que necesitase de transporte a motor. Con todo parecía un excelente aparato, poderoso y moderno. Si Amin hubiese sabido más de aeronaves, habría notado que el modelo frente a él tenía más de veinte años, y actualmente solo estaba en uso por parte de la Armada. De hecho, el Ejército contaba con otro tipo de helicópteros para los menesteres en que se suele emplear los RH-53, los Mi-24 rusos.
El capitán golpeó la ventanilla llamando la atención de Amin, este trepó de inmediato dentro del helicóptero. Una vez se les unió el teniente Golab, y las compuertas se cerraron, los motores empezaron a rugir, primero, y fueron seguidos del trueno de las aspas en movimiento. El interior de la cabina, no solo se lleno con ruido bestial de la maquinaria, sino con una agitación sísmica e incontrolable. Sin testigos, el Sea Stallion abandonó la concha escarlata de zinc y recibió los rayos directos del sol que se levantaba. La ciudad, era plana y árida en ese sector del sur; la mar de arena que se extendía frente a ellos parecía el confín del mundo.
Capitán y copiloto revisaban en la pantalla del computador la hoja de ruta. A un hombre como Amin le seguía pareciendo increíble que un solo hombre pudiese recordar y entender tantos botones y diales. Tan ensimismado estaba en su observación que no notó que le hablaban por el canal interno de su casco.
—¿Estás seguro que es hacia el este?
—Este noreste, sí. —respondió. Seguía siendo algo increíble, pensó un instante después: aquel tosco y enorme aparato se elevaba como una pluma: allí abajo la base se había transformado en un gran círculo con una X en el medio. Simplemente nunca la había visto de esa forma. Esta aeronave tan poderosa era algo increíble, se repetía el ex agente de contrainteligencia, maravillado como un niño pequeño.
—¿Hermano?
—Sí —respondió el capitán sin dejar de mirar sus cartas de navegación.
—¿Qué clase de helicóptero es este? ¿De qué tipo?
—Es un Sikorsky CH-53 americano. Sirve más que todo a operaciones de extracción.
—¿Por qué este no tiene números de matrícula?
—Este no hace parte de la flota de la Armada. No está en los registros.
Amin, sin decir palabra, se acercó al hombro de su hermano, como si ver los ojos de este —ahora cubiertos con la visera oscura del casco— pudiesen confirmar o denegar lo anteriormente dicho.
—Eso qué significa.
El barbudo Golab miró a su capitán un momento, como recordándole algo, mas Adar no parecía tener deseos de guardar secretos con su hermano.
—Este aparato en el que estás montado lo usaron los americanos cuando quisieron sacar a su gente de la embajada hace veinticinco años. De sus ocho helicópteros perdieron dos de forma estúpida, y otros dos los dejaron abandonados cuando sacaron a su gente del desierto. No puedo decirte ahora dónde está el otro, pero este me fue asignado para labores de adiestramiento de pilotos para misiones de extracción en el desierto. ¡Ja! Suena irónico, pero concretamente lo que busco es que a nadie le ocurra lo que le sucedió a los americanos esa noche: quedar atrapados en una tormenta de arena.
—¿Y por qué este específicamente y los otros no?
—Ya te lo dije: no está registrado, técnicamente no existe. Yo me he encargado de cuidarlo, de repararlo y de instruir en él a los nuevos pilotos que usarán los RH-53D de la Armada.
Ya habían dejado la ciudad. Las últimas fábricas y complejos habitacionales del oriente, rodeados de tierra seca, estaban ahora bajo el helicóptero y muy pronto quedarían atrás. Las primeras montañas, lomas y colinas de tono pardo rojizo se alzaban allí donde terminaba la presencia humana. Amin se concentró en la vía que trepaba las montañas; a novecientos metros de altura no le debía quedar imposible distinguir una camioneta Toyota color amarillo. Su hermano y el copiloto también estaban informados sobre el hecho y debían tener sus ojos de águila puestos en la vía.
—Es posible que hayan tomado una desviación —sugirió su hermano cuando llegaron al cruce de dos avenidas—. Si siguieron hacia el noroeste se toparán con la guardia revolucionaria de Khosrowabad; tienen dos puestos de control sobre la carretera. Pero podrían desviarse hacia Sangareyun y proseguir al este sin toparse con nadie.
Amin consultó su propio mapa; en efecto era una gran curva, pero se evitaría un control militar donde revisarían sus documentos. Aunque no tenían caso alguno contra ellos, y tendrían, en principio, que dejarlos pasar, estos hombres de los puestos de carretera suelen ser más inquisitivos que el policía común metropolitana. Por Alá… si sólo Farahani los hubiese seguido… Tal vez no los habría perdido del todo; pero allí arriba su teléfono celular sería inútil en un área sin cobertura, corriendo el riesgo de alterar los equipos electrónicos de abordo. Tenía que tomar una decisión final: el éxito o el fracaso de toda su búsqueda: seguir o desviarse.
—Sureste —dijo finalmente Amin Hedayat sin saber que se estaba echando una soga al cuello.
Pasaron por encima de otro control de carretera para pago de impuestos. Lugar por donde los conspiradores habían cruzado hacía sólo una hora y dónde Leonardo, enseñando su pasaporte colombiano, no tuvo problema alguno. Allá abajo la carretera apenas era transitada por uno que otro vehículo y rara vez se veían más de dos. Con aquel sol que estaba alcanzando el cenit era fácil, a cualquier distancia, distinguir un vehículo con el destello de la luz en sus ventanas. ¡Cuánta inmensidad de tierra!
Dick no durmió más que dos horas; recién salidos de Teherán cambiaron de puestos y Leonardo, que no había manejado en mucho tiempo, se sentía dirigiendo el curso de un gran buque; sensación placentera, además, ya que de niño siempre jugaba a ser el piloto de un barco pirata, algo mejor que ser el responsable de una nave ballenera, como el Pequod, pensó Leonardo riendo internamente.
Le fascinaba el paisaje. Mientras fue turista inocente debió buscarse un guía, o una guía turística que le enseñase también las maravillas naturales de un país con paisajes tan hermosos. La vasta e inabarcable extensión de árida llanura le invitaba a caminar, sentir el viento y entregarse a la meditación. Olvidarse del mundo debió ser más fácil en los desiertos que en los bosques o las selvas. Quizá por ello Medio Oriente fue la cuna de las grandes religiones, que con todo y sus fallas habían guiado la mente de millones durante siglos. Allí, en Irán, en Persia, surgió el zoroastrismo la más antigua religión monoteísta aún existente, cientos de años antes que inventaran a Dios y a Alá y que sus súbditos empezaran a pelearse por el dominio del mundo.
—Helicóptero —dijo Julius sin dejar de mirar adelante. Parecía que lo había visto en uno de los espejos retrovisores. Luego sacó la cabeza por la ventana para mirar hacia atrás. Katz intentó verlo igualmente en su espejo, pero no consiguió ver nada más que el firmamento azul claro y el camino marcado tras ellos.
—Los tengo —dijo el capitán Hedayat, provocando que Amin se sobresaltara y se lanzara hacia el puesto de mando. Adar estaba señalando una pantalla de video que mostraba la camioneta amarilla y, los números de matrícula, bastante difusos, en la parte inferior.
Una camioneta amarilla Toyota viajando hacia el oriente; no podía ser otra.
—Muy bien vamos a acercarnos.
El capitán inclinó los mandos y por un segundo Amin pensó que iba a expulsar su estómago por la boca: el Sikorsky tenía ahora un ángulo de 135 grados y apuntaba hacia el lejano suelo rocoso.
El paisaje ahí cambiaba, de una tierra rojiza calcárea a un color ocre oscuro, como sangre seca, entre rocas y arbustos muertos. La carretera serpenteaba vacía entre aquellos montes lunares. Allí el vehículo brillaba como un grano de oro que se va a la fuga. El helicóptero se situó paralelo a los fugitivos, a unos doscientos metros de altura y a otros doscientos de la vía. Si las ventanas no fuesen tan oscuras, pensó Amin empuñando sus prismáticos, podría incluso verles las caras.
Sonó el amartillar del AK en la parte trasera del vehículo; el coronel tenía el rifle en sus manos e Irma la cabeza entre las suyas mientras decía algo en farsi.
—Por favor, no vaya usted a cometer una estupidez —agregó terriblemente nerviosa, tal vez no por la situación, sino por ver un arma de alto poder a unos centímetros de ella. Eso parecía aterrarla y Leonardo habría deseado decirle a Matson que se guardara su rifle; pero este seguía siendo su oficial superior, de una forma no convencional, claro, y por tanto debía esperar a que conservarse la calma y se le ocurriese un buen plan.
—Definitivamente vienen por nosotros. Ahí hay un hombre con prismáticos; se refleja el sol en ellos —dijo Dick, quien parecía estar dispuesto a dispararle desde allí.
A su lado, Jules se echó la bendición con la mano derecha y luego la izquierda, cosa rara para un católico. Si esa bestia voladora decidía atacarlos nada podrían hacer. De seguro contaba con ametralladoras capaces de hacer pedazos la camioneta; ni Dios los salvaría de esa, pero al menos los creyentes pueden encomendarse a alguien, un ateo ¿a quién pedía ayuda?
¿Cómo detenerlos? Tanta fue la prisa por ir tras los terroristas fugitivos que Amin no había pensado en cómo atraparlos. Lo único sería posar el helicóptero frente a la camioneta, obligándolos a parar, pero corriendo el riesgo de que estos no se detuvieran, o que cualquier otro viajero no lo hiciese a tiempo y terminasen chocando y muriendo todos juntos. ¿Dispararles?
—¿Hermano?
—Adelante.
—¿Esta nave está equipada con armamento?
—¿Para amedrentarlos?
—Sí.
—Teniente —dijo Adar y Golab de inmediato presionó un botón en la parte superior de la cabina, lo cual activó un nuevo panel que surgió a un lado. Tras activar otros interruptores tomó la palanca y empezó a fijar una mira en la pantalla de video. La ametralladora Vulcan .50 estaba fijada en la parte delantera del aparato, por tanto el RH-53 debía tras la camioneta.
—Mucho cuidado, teniente —exclamó Amin—. Los necesitamos vivos.
—No está hablando con uno de sus subordinados —replicó de inmediato Golab, claramente ofendido—; conozco perfectamente mi trabajo.
Irma vio la aeronave a unos trescientos metros tras ellos y acercándose lentamente. Era claro que podía ponerse como desease mientras que la camioneta —pequeña en comparación al helicóptero— apenas tenía un camino que seguir. Un relámpago tronó a lo lejos, aún en el día sin nubes, y frente a los viajeros el suelo saltó hecho pedazos en una consecución de géiseres de tierra.
Irma pegó un grito que por poco mata a Leonardo. Habían disparado con la ametralladora.
—¡Ni pienses en detenerte! —exclamó el coronel volviendo a ser el instructor de hierro que Katz conoció en el pasado.
En vez de frenar el vehículo aceleró. Irma no sabía quién estaba más loco o qué podía pasar, y para hacer más distorsionado el cuadro, Leonardo pugnaba por extraerse algo de la suela del zapato; incluso el negro Julius lo miraba con desconcierto:
—¿Qué diablos haces, chico?
Finalmente Leonardo logró sacarlo: era el pequeño transmisor plateado que la CIA le había entregado para mantener una comunicación con ellos. Curioso, Julius tomó el aparato entre sus enormes manos y lo revisó como un juguete. En ese momento una nueva ráfaga de tiros cubrió de tierra seca la camioneta.
“¡Nos van a matar!” Gritó Irma en farsi. Dick, fastidiado, la tomó por el brazo y le respondió, en el mismo idioma: “¡Cállate mujer! Nadie falla estando tan cerca; quieren que detengamos el auto”. “¡Cuide sus modales!” Replicó Irma, quien había cambiado, en medio segundo, el miedo por la ira.
—No se detienen —dijo Adar, temeroso al parecer de estar metiéndose en algo indebido, como atacar un vehículo lleno de gente que no conocía.
—Tendremos que cortarles el paso. Bajar y detenerlos con nuestras propias armas.
—¿Y si están armados? —Replicó de inmediato el teniente—. Capitán creo que sea conveniente seguir…
—Silencio —Adar pareció acallar incluso el rotor de la aeronave—. Les apuntaremos de frente y dispararemos a la vía. Tendrán que detenerse o volcarse. Una vez frenen usaremos el “arpón”.
—¡Es una locura! —barbotó nervioso Golab.
—¿Qué es el arpón?
—Es algo que me dieron antes de salir —dijo Katz apresuradamente—. Puede enviar un mensaje de onda corta en una frecuencia especial que sólo pueden detectar los nuestros. Bueno, no exactamente; no sé cómo funciona, pero me dijeron que si me veía en problemas podría usarlo.
—Dudo que la caballería venga hasta acá, Leonardo —dijo secamente el teniente coronel Dick Matson.
—Ridículo —agregó Julius.
—¡Maldita sea! Ustedes tres están ahí hincados ante su dios pidiéndole ayuda. ¡Al menos esta cosa es algo de este planeta!
Ninguno de los acompañantes de Katz respondió nada. Jules, calmadamente, preguntó qué debía hacer con él.
—Se debe conectar a una antena; cualquier cosa de metal que sirva de antena. Luego se enciende y se pulsa el mensaje en clave morse.
De inmediato Jules extrajo la lujosa radio empotrada al panel de control del vehículo. Introdujo la punta del alambre de cobre del transmisor a la antena de la camioneta y espero mientras la luz se tornaba verde.
Ahora la carretera subía y bajaba sobre los contornos irregulares de la montaña. Estaban finalmente rodeados de enormes montes de roca y sedimento; frente a ellos surgió entonces el Sikorsky con su rugido ensordecedor y sus descomunales hélices cerrando el paso.
—¡Creo que tengo señal! —Alcanzó a gritar Jules por encima del estruendo— ¿Cuál es la clave que debo enviar?
—¡Ese, o, ese!
Julius soltó un bufido de burla y empezó a golpear el manipulador con la punta de su dedo índice. Parecía calmo y confiado aún en medio del angustioso momento.
Amin, Adar y Golab veían la camioneta dirigirse a ellos sin disminuir siquiera un tanto la velocidad. El teniente ajustaba el cañón mediante la cámara de tal forma que pudiese lanzar una ráfaga de balas .50 directamente a la carretera. Siempre sentía un enorme placer al disparar así que nadie lo sacaría de su concentración.
—Una vez frenen activa esa palanca roja que está junto a la compuerta —dijo el capitán Hedayat—. Eso liberará el “arpón” y podremos usarlo sobre esa Toyota. Una vez estén enganchados y nos elevemos no creo que piensen saltar.
El “arpón” era en realidad un enorme electroimán conectado mediante un cable al CH-53. Siendo aquel aparato para entrenamientos, a un ingeniero aeronáutico se le había ocurrido instalarlo para que los reclutas aprendieran a enganchar y levantar vehículos o material en zonas de combate o terrenos difíciles. Este artilugio no estaba disponible en ningún otro helicóptero de las fuerzas iraníes.
—¿Resistirá el peso, con cuatro personas dentro? —Preguntó inseguro Amin.
—Lo hemos hecho hasta con siete, ¿verdad teniente?
—Verdad.
La camioneta no se detenía, y cada metro que devoraba lo acercaba cada vez más al robusto helicóptero que ahora lucía como un dragón a la espera del caballero. Dick irguiéndose dentro del auto fue abriendo la claraboya con una mano mientras con la otra sostenía el rifle.
—Sin importar qué pase, no frenes —ordenó mientras asomaba los ojos por encima del auto.
Sonó una nueva secuencia de veloces estampidos que ensordecieron a todos. Una nube de polvo, un muro sólido casi, se levantó frente a ellos; pero la aguja de la velocidad no se movió, antes siguió aumentando, pasando de noventa y cinco a cien millas por hora. Dick tuvo que arrojarse al piso y cerrar aquella compuerta superior ante la lluvia de fragmentos de asfalto y grava que cayeron sobre el auto. Un repentino deseo de frenar atacó el cerebro de Leonardo, pero su pierna estaba tan tensionada como uno de los cables del puente de San Francisco, así que sólo podía seguir acelerando entre los escombros volátiles.
Piloto, copiloto y pasajero vieron de entre la nube surgir la camioneta que con un raudo salto pasó por encima de la zanja trazada a balazos. Aquel era un vehículo todo terreno; cualquier otro coche habría hundido sus ruedas delanteras en la brecha habría quedado completamente vertical durante un segundo antes de irse de nuevo al piso con las ruedas y las tripas apuntando al cielo.
La trompa del Sikorsky surgió frente a ellos y los remaches metálicos se le grabaron a Katz en la mente tras cerrar los ojos, seguro de que sobrevendría el estruendo del impacto. Pero le fallaron los cálculos, el aparato estaba a cuatro metros de altura y la camioneta, de dos metros de alto, voló por encima del asfalto apenas a sesenta centímetros.
De largo el CH-53 Sea Stallion tiene 28 metros, así que la sombra que este proyectaba por encima de los fugitivos apenas duró una fracción de segundo. La guadaña giratoria del rotor de cola tenía la suficiente potencia para causar un ligero corte vertical, y muy recto, sobre el parabrisas. Antes que pudiesen parpadear el helicóptero había desaparecido y sólo quedaban las zigzagueantes formas de la carretera sobre la montaña.
Amin de un grito ordenó que el aparato diese media vuelta, pero Golab, con un grito aún más estentóreo, le dijo que se callara: estaban muy cerca de la montaña y si no operaban con cuidado la corriente podía provocar que diesen contra las rocas. El capitán Adar, sin añadir comentario alguno, elevó el aparato hasta que superaron la altura de los cerros y la carretera abajo pareció una hebra de hilo abandonada. Entonces el aparato pudo dar su giro de ciento ochenta grados para apuntar de nuevo hacia los fugitivos.
—Teniente quiero que destroce la parte trasera de ese auto.
—¡No! —se interpuso Amin— ¡Encuentre otra forma!
—¡Ese es el procedimiento!: si un vehículo no se detiene cuando se hacen disparos de advertencia se le debe disparar a uno de sus flancos para averiarlo. No hay otra salida a menos que estés dispuesto a dejarlos escapar. ¡Adelante teniente!
El Sikorsky se mandó una vez más en picada. Golab se inclinó sobre la pantalla como un niño con un videojuego: aquello requería toda su concentración; era una maniobra de cirujano.
Apretó el gatillo y las trazadoras dibujaron una línea recta de su panza a la camioneta situada doscientos veinte metros de distancia.
El vidrio lateral izquierdo inferior saltó hecho pedazo e Irma vio el relumbrar de los proyectiles a menos de un palmo de su cara. Pegó un salto hacia delante y cayó sobre el regazo de Julius que la atrapó entre sus brazos para protegerla. Leonardo, que vio saltar en el mismo momento su espejo retrovisor, y sintió junto a su mejilla las balas rasguñar la ventana, le metió una patada al freno y giró el volante, tal como le enseñó alguna vez una asesina profesional rusa, haciendo girar el auto como un trompo para no volcarse ante la fuerza destructora de la inercia. Tras cuatro vueltas en redondo la camioneta quedó apuntando de nuevo al helicóptero.
Adoloridos por la agitación, los aventureros tenían ahora que encarar a su perseguidor. Para Katz el CH-45 —que él confundía con un Blackhawk— se asemejaba al rostro ancho y grasoso de un obeso policía corrupto de grandes gafas ahumadas, papada y cigarrillo humeante en la punta de los labios, con su presa acorralada en un callejón de mala muerte.
El rifle y la cabeza del coronel Matson aparecieron de nuevo a su lado:
—Muy bien hecho, soldado. Vamos a hacerlo de nuevo —y le dio una palmada en el hombro.
Leonardo cambió de marcha y se preparó para hundir el acelerador en su última carga contra el Sikorsky; entonces algo indescriptible pasó: un rayo, una línea recta de pálido azul eléctrico surgió del cielo en una fracción de segundo; en menos tiempo, de hecho, del que tarda pasar un pensamiento terrible que descartamos enseguida. Fue como una burla de la mente, un espejismo que ataca a cuatro personas que no han dormido y han estado bajo tensión durante los últimos días; sí, de seguro eso fue aquella raya brillante que al tocar la aeronave como un juguete al que un niño descarga un martillazo: las aspas de hélice y rotor salieron disparados como flechas; el plexiglás de la cabina se curvó desprendiéndose de sus uniones, al igual que cada fragmento del fuselaje. Los remaches se transformaron en perdigones metálicos de este big-bang mezclados con todo el instrumental electrónico y mecánico, lo cual formó una ensalada de metales y cables que llenó el cielo y bañó la carretera. En el aire, a treinta pies donde antes hubo una poderosa aeronave sólo quedaba una nubecita gris: las cenizas volátiles de tres hombres muertos.
Como despertar de un sueño, cada uno creyó que habían imaginado la persecución. Y mientras Irma caía de rodillas agradeciendo a Alá y Dick botaba el aliento contenido y Jules cerraba los ojos cansadamente, el estupefacto Leo vio dibujarse en lo profundo del firmamento celeste la estela curva que dejaba un microscópico triángulo plateado que, como el helicóptero iraní-americano, tardó un segundo en hacerse parte de la imaginación.
El desierto y el rumor de su silencio se quedaron. Pasaron quizá otros dos minutos hasta que la camioneta amarilla echase reversa y retomara su anterior rumbo, esta vez, siguiendo el límite de velocidad en carretera.

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