Capítulo LI. El expreso de carbón.
No tardaron en llegar a Semnan, en un viaje silencioso en que nadie quería recordar lo ocurrido. Irma condujo, Jules hizo guardia, Leonardo durmió y Dick leyó la Divina Comedia que Irma, contra todo compromiso, había traído; como Matson no hablaba italiano debía estar leyendo en farsi.
Semnan es una pequeña ciudad del este, calida y fresca con almenas que pueden ser vistas desde la carretera, centellando al caer la tarde, como faros. Mas los conspiradores no podían arriesgarse a mostrar sus caras, o su auto abaleado, a los policías locales, aún cuando la noche se venía ya; Julius le señaló a Irma un camino polvoriento que se introducía entre las arenas. Aquello podía ser propiedad privada, pero, ninguna señal lo declaraba así y ya realmente nada les importaba a estos aventureros.
—Gira noventa grados —ordenó Matson guardando la obra de Dante y poniéndola de nuevo en la mochila.
—Por aquí nos podemos perder —respondió Irma, obedeciendo pese a ello las órdenes del coronel—. No vamos hacia ningún lado.
—Sólo aléjate de la carretera, ¿quieres?
—Ok.
Katz despertó cuando la camioneta se sacudió con el quinto agujero que encontró. Las mochilas y los pasajeros daban repetidos saltos al pasar por la superficie irregular. Soñaba con Ángela, lo cual para él era mejor augurio que soñar con Erika. Al apagarse el motor todo vestigio de sueño desapareció: las ventanas le enseñaban una interminable superficie dorada; el desierto cubierto por el sol crepuscular. Tan bello cuadro le hizo creer que ya habían abandonado Irán, y que ahora, en Afganistán, verían muy pronto un hermoso helicóptero descender sobre ellos con amigables pilotos de película, sonrientes entre sus cascos con emblemas de póquer.
Al bajar, estirar las piernas y extender los brazos, girando además la cintura, descubrió que había una ciudad llena de luces, y tras esta las mismas montañas que llevaba viendo todo el día. No, no estaban ni cerca de casa. Irma apareció frente a él y le entregó la mochila que debía cargar. Se veía tan fresca como en el momento en que salieron, tenía una elegancia y belleza que no podían ser al parecer borradas por fuerza alguna.
El teniente coronel dio la orden de empezar a empujar el auto. Los cuatro apoyaron su cuerpo contra la enorme camioneta, ahora golpeada por la inclemencia de las balas y el viento seco del desierto, y la fueron llevando hasta que empezó a rodar hacia un agujero de cuatro metros de profundidad. Dick regresó a donde se habían estacionado y tomó los últimos galones que quedaban de gasolina guardados en un contenedor plástico. Bañó con el combustible la camioneta, pero no le prendió fuego, como esperaba Katz, y posiblemente Irma. Julius, que ya estaba a unos diez metros de allí gritó “¡vámonos!” y tanto Irma como Leonardo se fueron tras él en dirección sur, donde no se veía nada más que arena uniforme.
Matson venía tras ellos, virando en redondo de cuando en cuando para ver si habían dejado algún rastro. Ninguno, al parecer, más que sus huellas acaso, las cuales el viento se encargaría de borrar en los próximos minutos.
Un kilómetro o menos más al sur se extiende la vía férrea. Julius se detuvo haciendo la señal de alto para los otros. Revisó su reloj y le mostró su mano con tres dedos arriba a Dick: treinta minutos. Matson asintió sin palabras igualmente, se quitó la mochila de la espalda y se sentó a contemplar el disco solar, rojo apagado ya, que se hundía tras las montañas. Irma y Katz hicieron lo mismo sin preguntar nada. Julius sacó unos binoculares y se paró mirando hacia el oeste, esperando.
Una escena, pensó Leonardo Katz, una escena de todo ello. Luego empezó a escribir en su libreta roja: el empleado del mes esperando el autobús; al lado está la mujer mayor de la que se ha hecho amante, aunque lo ha hecho, torpemente, intentando acercarse a su hija. Debía darle un nombre a la mujer; ¿por qué no Irma? Irma Cuervo. El esposo de Irma, en este viaje familiar que ha fracasado cuando el eje delantero de la camioneta se ha partido en dos, mira la carretera con la esperanza de ver el autobús que de el pueblo X va hacia Bogotá. Anochece, con calor, y entre el joven encargado de la tienda escolar y la dama corre cierta tensión sexual: dos cómplices a un pie de
Irma pensaba en un poema que dedicaría a todo ello. Pero era un río de frases inconexas, provenientes de los manantiales milenarios de la literatura persa.
El coronel, en cambio, se despedía, ya que una vez más había logrado salir con vida de Teherán. Había cambiado de entonces a ahora, pero en este caso había triunfado. Tomó de su cinturón la cantimplora, bebió un trago y lo levantó, discretamente, en forma de brindis. Por el mayor Meadows, pensó. Aquel hombre había sido su figura a seguir desde que lo conoció allí en Irán, más de dos décadas atrás.
Recién superado su adiestramiento en las fuerzas especiales, Matson, entonces no más que un muchacho con la cabeza llena de conocimientos y el cuerpo lleno de energía, veía pasar los días entre los pinos y el olor a tierra húmeda de una base en el corazón de Alemania Occidental. Tenía libros, tenía revistas, una cancha de golf y una enorme piscina, pero ansiaba más disparar un rifle que aceptar las sonrisas de las chicas mensajeras o siquiera volver a casa. En el mundo parecía no haber más guerra aun cuando la tierra se cimbraba ante continuos sismos políticos. Todos, por ejemplo, comentaban lo de Irán, la revolución y los americanos allí detenidos. Hablaban de lanzar la bomba; de rescatar a los diplomáticos y lanzar la bomba. Los veteranos, oficiales y suboficiales que encanecieron sin ascender en la pirámide, miraban los televisores y los diarios sin decir palabra.
A él tales acontecimientos le llamaba la atención desde un punto de vista cultural: había estado estudiando persa durante los últimos dieciséis meses con logros admirables. El Imperio crepuscular requería boinas verdes que entrenasen a sus fuerzas a lo largo de rocoso país. A Matson le pareció una buena oportunidad de probar nuevos aires, conocer una cultura antiquísima con paisajes amplios que inspirasen pintar un cuadro. Por demás, veía todo el asunto como un gran juego político que no traería nada bueno al ejército, a menos que los Estados Unidos iniciase una guerra contra Irán, aunque eso él no lo podía preveer ya que, entonces, sabía muy poco de política.
Pero una mañana, tras dejar su cartera a un lado del escritorio donde se encargaba de traducir del inglés al alemán los comunicados del estado mayor, encontró a un capitán de inteligencia militar que sólo le hizo tres preguntas tras saludar brevemente: ¿tiene experiencia en combate?: no. ¿Habla persa?: sí. ¿Sabe conducir?: sí. Le ordenó recoger sus cosas y seguirlo fuera de la base. La neblina evitó que los vieran, a él, al capitán, a un cabo cuyo nombre ignoraba entonces, y trepar a un jeep para dirigirse a la pista aérea. Cuando le preguntó al capitán a dónde se dirigían este respondió que lo ignoraba completamente. Dick, no obstante, supuso que era hacia el sur, a Irán.
La CIA se encargó de darles a ambos boinas verdes documentos falsificados que los identificaban como turistas alemanes. Entraron al país, vestidos de civiles pero con la misma actitud con la que se hubiesen infiltrado en territorio enemigo, porque en eso se había convertido el país que hasta hacía muy poco era el principal aliado de Estados Unidos.
Una vez dentro debían contactar a “Squire”, nombre clave de un agente que sería el hombre de punta en toda la operación. “Squire” terminó siendo ni más ni menos que el mayor Richard Meadows, una leyenda viviente dentro de las Fuerzas Especiales, con incontables medallas —la mayoría de ellas secretas— y un historial increíble. Meadows había estado entrando y saliendo te Teherán, manteniendo comunicación con el cuartel general de la operación en Egipto mediante una radio que ocultaba fuera de la ciudad, y moviéndose por allí con la seguridad con la que se movía en las junglas de Vietnam del Norte. Dick Meadows, como llegaría a saber más tarde Matson, había participado en la operación Ivory Coast en Son Tay, el fallido intento de rescate de prisioneros de guerra; asalto que falló por vacíos de inteligencia, lo cual llevó al pelotón de boinas verdes a encontrarse con un campamento sin prisioneros.
Meadows, en el papel de un irlandés dedicado a los autos, se hospedaba en el Arya Sheraton. Matson se buscó un hotel familiar a cuatro calles de la embajada americana, donde entró con una mochila llena de libros socialistas, una botella de vodka y un porro en los labios. El propietario del inmueble, un fotógrafo jubilado, estuvo todo el tiempo seguro que en el cuarto 211 había alojado a un hippy alemán.
El coronel Charles “Charlie” Beckwith estaba al mando del equipo de fuerzas especiales infiltrados en la ciudad, quienes servirían de respaldo y guía a los Delta y los Rangers que vendrían a ejecutar el golpe. No obstante la confianza de Matson, y seguramente de los otros, estaba en el mayor Meadows; en Vietnam nunca perdió a ninguno de sus hombres y se le consideraba un maestro en estrategia militar. Que estuviese allí, aun cuando estaba retirado ya del servicio activo, le daba buenas perspectivas a la operación, al menos para esos hombres que lo consideraban un guerrero de corazón.
Junto a Meadows aprendió lo que eran verdaderas labores de inteligencia en pleno corazón de territorio enemigo. Moverse con cautela, registrar todo en la mente, hacerse parte del entorno y planificar conforme a la realidad. Le debía mucho al mayor.
La noche del asalto Dick Matson, que entonces no se llamaba así, tenía a su mando a dos iraníes reclutados en Estados Unidos; estos hacían parte del grupo de conductores que se encargarían de guiar los camiones donde irían los Rangers y los Delta. Matson esperó esa noche a que llegara la señal, pero esta nunca llegó y de inmediato supuso que algo malo había pasado. Fue al amanecer a ver a Dick Meadows y se enteró de lo sucedido: el choque en el desierto y la veloz retirada de las fuerzas restantes; así los boinas verdes y su comandante quedaban solos en Teherán.
Matson, muy molesto, presentó un plan ante Meadows para rescatar con la fuerza presente y algunos colaboradores locales a los rehenes; el mayor pareció interesado, pero, como le dijo al propio Matson, no se podía contar con una aptitud psicológica positiva por parte de los diplomáticos americanos: estos podían caer presas del pánico y terminar atacándolos a ellos; además Richard Meadows seguía siendo un militar de carrera, respetuoso del reglamento; y aunque se había metido en ello por cuenta propia, no estaba muy seguro de querer pasar por encima de sus superiores, entre ellos el presidente de los Estados Unidos, quien ya había dado la orden de abortar todo intento de rescate.
Matson era joven y estaba lleno de ira. Ahora podía contemplar el cuadro con una sonrisa compasiva, pero en el momento estuvo muy seguro de su idea, tanto si le interesaba o no al mayor. Pensó quedarse en Teherán e ir disponiendo las cosas gradualmente para reintentar una operación de rescate. Mientras ejecutaba las labores de observación, logró acercarse a algunos de los estudiantes que acampaban frente a la embajada. A diferencia de los pasdaran, la guardia revolucionara, compuesta por pistoleros, los estudiantes tenían todo un discurso político intelectual con el que Dick estaba dispuesto a jugar y creer, siguiéndoles el juego, con tal de poder llegar a conocer sus planes. Consideraba que una vez descubierto el intento de rescate, los secuestradores llevarían a los diplomáticos a otro lugar, posiblemente secreto, como una casa de campo o un cuartel militar. Llegado el momento, Dick Matson y sus colaboradores informarían a Washington acerca de cada detalle del lugar, de tal forma que no hubiese margen de error.
Los planes de Matson no se llevarían nunca acabo, ya que muy pronto se enteró que los detalles de la operación, incluidos los nombres de los agentes dentro de Teherán, habían caído en manos del enemigo. Su posición estaba comprometida, así que se lanzó a toda prisa en su bicicleta hacia el aeropuerto, a media ciudad de distancia. Al llegar la policía y la guardia revolucionaria rondaba el lugar como palomas una plaza; detenían a todos y registraban cada maleta con inusitada violencia. Sin saber qué hacer, mas sin perder la calma, Dick Matson fue hacia una cafetería en el segundo piso y se sentó a meditar un plan de escape. Estaba en Teherán, un oasis anclado al pie de las montañas rodeado de semanas de desierto. Comenzó a plantearse la posibilidad de subir clandestinamente al tren de aterrizaje de algún avión comercial europeo que con suerte lo pusiese un poco más al norte del mapa, y allí, detenido de seguro por la policía —sino es que terminaba en la sala de cuidados intensivos de un hospital—, contactar una embajada o consulado americano.
Como parece ser que la fortuna, en ocasiones, no abandona a los valientes, algo mejor estaba allí sentado, apenas a cuatro mesas de distancia.
Tenía el pelo blanco, rostro arrugado como un mono y enormes brazos de marinero. Usaba una camisa azul clara y bebía agua, sin mucho gusto, ajeno a todo el movimiento de seguridad en la terminal. Como parecía ser el único occidental presente allí en ese momento, Dick esperaba poder al menos entablar una conversación, relajarse, y pensar con cabeza fría un verdadero plan de escape. Le preguntó al viejo si tenía algo más fuerte que simple agua embotellada, pero este le contestó que, aunque deseaba más que nada beberse cuando menos una botella de whiskey, debía pilotear y, como no quería perder su vida, debía mantenerse sobrio.
Era extraño, no parecía un piloto; hablaba un alemán de acento francés, muy académico y teatralmente pausado. Dick se presentó, con su falsa identidad de estudiante alemán, y empezó por preguntarle qué avión piloteaba; era una avioneta corriente bimotor; ¿había sido piloto desde siempre?
—Lo heredé de mi padre, que fue prisionero de los yankees; los americanos, los americanos eran inteligentes y, cuando menos aquellos que trató mi difunto padre, unos verdaderos caballeros. Le asignaron un aparato para transportar personal administrativo militar, y yo creo que una que otra labor de espionaje. Mi padre, un patriota, lo habría hecho con el mayor gusto y sin cobrar una sola moneda.
—Usted siguió sus pasos, según veo.
—Pero únicamente en la profesión, no en el cargo. Mire usted, joven, que todos empezaron a hacer dinero en Alemania; un joven, como lo era yo en esos días, no podía quedarse atrás y fui directo a Siemens. Oh, eran los días en que un hombre bien dispuesto a trabajar podía hacerse a un empleo sin ponerse de rodillas ante nadie, o mostrar cartones y medallas. Me dieron un cursillo en computadoras, ¡y cuán grandes eran entonces! Pero los clientes no daban espera, y telegrafiaban urgente pidiendo revisiones y nuevas partes. Desde entonces, joven, he levantado una familia haciendo esto de llevar tecnología, muchas veces a países donde ni siquiera hablan una lengua civilizada.
Ahora parecía de mejor humor; Dick comentó algo sobre Berlín y sus deseos de estudiar Historia del Arte, con énfasis en arte persa y asirio. A medida en que Matson contaba aquellas mentiras, con una seguridad increíble, el viejo se animaba, hasta que llegó un punto de quiebre en que se sonrisa, cayendo por un oculto barranco, se destrozó en una mueca de tristeza.
—Ah… que tan grande puede llegar a ser la patria con jóvenes como tú… Pero hay otros, que aunque lo han recibido todo se desperdician en… la industria de la inmoralidad. Oh, mi hijo, mi hijo… le di todo para hacer de él un gran abogado: fue a la escuela, aprendió idiomas: inglés, francés y latín, ¡latín! Nunca en su casa faltó ejemplo de respeto por las buenas costumbres, pero el, dejó todo eso a un lado; abandonó su carrera y su casa y su novia, una santa, sus amigos, los amigos correctos y ahora anda detrás de una mujerzuela turca que dice ser actriz…
—¿Qué hace su hijo?
—Se ha convertido en un actor de cine rojo. Tocaba el piano y la mandolina, quién lo creyera, y ahora se pasea por París, con prostitutas y homosexuales, haciendo esas cochinadas. He perdido la fe, muchacho, la fe se me ha escurrido entre tanta lágrima que su madre y yo hemos derramado. ¿Qué será de mi futuro? Si ahora anda lejos y corre tantos riesgos de contagiarse de esas enfermedades modernas que son tan monstruosas.
—Hay que encaminarlo a la senda de Dios —dijo Matson procurando emplear su tono sacerdotal.
—Oh Dios, Dios nos niega su luz. Parece haber olvidado al mundo entero; mira este país, se cae a pedazos. Mira a Norteamérica, antaño poderosa con sus aviones y bombas y revistas con mujeres de grandes pechos; la creíamos invencible. Ahora se derrumba con todos esos políticos maricones.
—Vendrán tiempos mejores, señor. Para todos.
El viejo sólo murmuraba.
—¿Qué permitió a la madre patria resurgir de las cenizas que dejaron los británicos y los americanos? —continuó diciendo Dick Matson. No espero respuesta, claro—: el férreo corazón alemán; nuestra capacidad de trabajo. ¿Se han apagado los motores? ¿Ha muerto el último granjero? Yo digo que a Alemania le esperan aún mejores días. Mientras no se nos olvide lo que es el trabajo diario y a conciencia, nadie nos detendrá. Le prometo que hablaré con su hijo y lo devolveré a la senda de los justos. Tal vez él también perdió la fe, y fue arrastrado por el tridente del diablo.
Esta última frase recibió un grave asentimiento del anciano, quien además se torno positivamente pensativo, como si, ante el breve discurso del boina verde, hubiese encontrado, al menos hipotéticamente, la solución a sus actuales dificultades de espíritu.
—Sin embargo, señor —agregó, apagando su tono enérgico, Dick—, estoy metido ahora en un grave inconveniente: me habían propuesto viajar a Afganistán y visitar allí los buda de piedra; pero he sido engaño: me han robado todo exceptuando lo que llevo puesto. Casi pierdo la vida también y juraron matarme. Fui a la embajada, nada, está cerrada porque temen que la tomen los estudiantes. No cargo un centavo, señor, pero temo que si no regreso a casa pronto aquellos pillos me encontrarán tarde o temprano.
—¡Humm! Así que también atacan a los académicos. ¡Qué tiempos estos! Vamos, si no te incomoda viajar entre procesadores HAL 983 abrasados por un rayo, creo que puedo ponerte de vuelta en casa.
Así fue que Dick Matson logró salir de su primera incursión a Irán, gracias a la ayuda del viejo Arnold Friederick Mann Matson, piloto y vendedor de la empresa Siemens.
Ya de vuelta a su base recibió un castigo de treinta días por negarse a cumplir las órdenes. Sólo la hábil labor de su abogado le permitió que la pena fuese tan corta y que no lo expulsaran de las Fuerzas Especiales. Cuando se enteró de todo el desarrollo de los tristes acontecimientos de Desierto Uno se sintió muy apesadumbrado. No sólo lamentaba la muerte de esos tantos americanos, sino haber, en principio, juzgado de cobardes a los pilotos que lo dejaron a él y a sus compañeros, tirados a su suerte en Teherán.
Decidió emplear el resto de su tiempo en otras labores: visitó en su casa al viejo Arnold Mann. Aquel deprimido hombre vivía en un verdadero palacio: una casa nueva, de diseño eduardiano con piscina en el patio. Tenía una mujer, que a pesar de su edad conservaba una extraña belleza, que no se comparaba, claro, con la deslumbrante gracia de Celestine Matson, actriz estadounidense que se casaría con Lothar Mann y le daría tres hijos, entre ellos Arnold. Así este hombre, de ascendencia norteamericana, tomó a Dick casi como un hijo: le acceso a su biblioteca y al fascinante y nuevo mundo de los computadores.
Sin embargo, Dick no pudo cumplir su misión de devolver al hijo de Arnold Mann a la senda del “buen camino”. Cuando logró ubicarlo, filmando Cleopatra y las mil momias en El Cairo, este ya agonizaba por culpa del Sida.
Este frustrado aspirante de abogado, no era actor porno, como suponía su padre, sino director, y de buen ojo: había hecho una fortuna y en los festivales de
Dick empleó sus conocimientos y astucia para ubicarlo, y no tardó mucho en hallarlo, moribundo, en una casa de achís de la periferia de la ciudad. A parte de inyectarse heroína no hacía nada más. Habló con un Dick sobre su vida y sus deseos de hacer arte verdadero, para venir a morir apenas el sol despuntó entre las dunas. Tomó sus objetos personales, llamó al consulado de Alemania Occidental, a la policía, y luego se escabulló de vuelta al aeropuerto.
Le entregó aquellas cosas a Arnold y a su esposa, pero se quedó con el pasaporte el cual aseguró no haber encontrado. Dick conservaría aquel documento para construir otra identidad, la cual pudiese usar con seguridad en un futuro, en una próxima operación encubierta al servicio de los Estados Unidos.
El viejo Arnold murió en 1986, su esposa, cuatro semanas más tarde. A modo de herencia le dejó un apartamento en el centro de Berlín, que desde entonces estaba continuamente en alquiler, un Cadillac, que el teniente coronel conservaba ahora en una bodega y paseaba por Europa cuando podía permitirse unas vacaciones, y libros, muchos, que permanecían arrumados en su casa de Nueva Jersey.
Luego, en 1995 moriría, de leucemia, el mayor Richard “Dick” Meadows. De este, y del segundo apellido de su amigo Arnold, tomaría el nombre que emplearía como propio. Desde 1999 no sería el teniente coronel Lawrence Daniel Olmstead van Melle de las Fuerzas Especiales, sino Richard —“Dick” para casi todos— Matson, o por mucho, coronel Dick Matson, asesor militar privado.
Por ellos era que brindaba Dick Matson esa noche temprana en el desierto iraní. Por todos los que se habían ido desde entonces, en que era un joven rebelde, hasta ahora, que era un profesional de la guerra y un estudioso de las artes militares.
A lo lejos se escuchó venir el tren; el equipo se puso de pie y esperando órdenes. Leonardo estaba nervioso; aquello se salía por completo de sus planes o de toda visión que pasara por su mente de una forma de escape. Un tren. Trepar a un tren.
Dick ordenó a que todos bajasen la cabeza y lo siguiesen a través de una zanja de un metro más o menos generada por el viento y una que otra lluvia anual durante siglos al pie de la línea del tren. La máquina diesel pasó frente a ellos y los vagones empezaron a sucederse uno tras otro. Katz nunca había viajado en tren, y lamentaba que la primera vez tuviese que ser así y no en un cómodo vagón del TGV a través de la bella Europa.
Tras pasar las primeras cargas guardadas en enormes contenedores, siguieron los vagones del carbón amontonado, siendo estas casi la mitad de la carga que llevaba el convoy. Dick y Julius salieron de la zanja, seguidos instintivamente por Leonardo e Irma, los cuales recibieron ayuda para saltar a uno de estos contenedores de carbón, mientras Matson y su amigo trepaban al siguiente. La soledad del desierto era casi absoluta, y aunque hubiese habido alguien por allí, la oscuridad de la noche sin luna le hubiese impedido ver mayor cosa.
Rauda la máquina viajaba a toda potencia hacia el oriente.

0 comments:
Post a Comment