Saturday, July 19, 2008

Capítulo LII. El desierto

La luna enseñó su cara al filo de la media noche, cosa ignorada por Leonardo Katz ya que no tenía reloj. El satélite pacífico se mostró con nitidez y proximidad al violento planeta. Leo pudo detallar en aquel globo blanco rectas avenidas, sinuosos canales, pozos gigantescos, lagunas de toda clase y tejados de casas habitadas, seguramente, por lunáticos. En Bogotá no podía ver la luna, al menos no tan cerca pese a estar unos mil y tantos metros por encima de la montaña por donde transitaban ahora. El tren de carbón llevaba una velocidad cercana a las cincuenta millas por hora, a juzgar por el viento, que golpeaba los rostros de los viajeros permitiéndoles no asfixiarse con el polvo flotante del carbón.

El material que trasladaba el tren estaba triturado y transformado en pequeñas piedras, por lo que no había una forma segura de poner el trasero sin empezar a resbalarse. Todo intento, tanto por parte de Irma, como por parte de Katz de ponerse cómodos terminaba fracasando. La luz no era suficiente para leer, o escribir, así que, a parte de meditar, no podían hacer nada. El coronel, en el vagón siguiente, encendió una linterna de bolsillo una vez, apagándola inmediatamente, esto atrajo la atención de Leo, quien al mirar a Matson notó que este le estaba haciendo señas.

—¿Puedes dormir? —Preguntó en voz baja Dick una vez estuvieron lo suficientemente cerca para hablar.

—No, no creo, no tengo donde…

—Muy bien, en ese caso haz la primera guardia. Quédate aquí sentado con esta linterna. De ocurrir algo sospechoso enciende la luz y apuntala a mi cara hasta que despierte.

—Bien.

—Mucho cuidado, mucho cuidado.

—Sí, señor.

—Dile a la chica que intente dormir, nos esperan muchas horas de marcha aún.

Dicho esto regresó a su posición: había logrado cavar, seguramente con sus manos, una zanja entre el montículo de carbón. Allí, rodeado de piedras, como en un ataúd, pálido y con los brazos sobre el pecho, como un difunto, se quedó dormido. Julius dormía ya de la misma manera, mimetizado completamente entre la carga.

Leonardo fue con Irma y le ayudó a abrir una zanja para ella. Luego, de su morral, extrajo la pistola y la puso sobre su rodilla derecha mientras en la izquierda tenía la linterna, fuertemente agarrada, ya que temía que esta se le resbalase y se perdiese, ya entre el carbón, ya en medio del desierto. Tenía que estar alerta, no distraerse, ni concentrarse tanto en un movimiento continuo que terminase cayendo dormido.

El paisaje era poco llamativo: montañas y rocas y las planicies interminables del desierto, donde la propia luz de la luna parecía negarse a llegar. Las estrellas se contaban por millones, pero para verlas debía inclinar la cabeza completamente hacia atrás y, tras hacerlo por un par de minutos empezó a sentir dolor. El ronroneo de las máquinas era además hipnótico.

¿Valía la pena escribir sobre esto? Se preguntó de nuevo; no ahora, claro, ¿pero algún día valdrá la pena? Como aquello no parecía ser parte del proceso de formación de escritor quizá no. Era mejor guardar silencio en torno a ello. Intentó pensar luego en el helicóptero destruido, pero ya su cabeza sangraba por este hecho: se había desarmado en el aire, a causa del proyectil o el rayo láser disparado por una aeronave situada casi a una altura inalcanzable. No, olvidar, mejor olvidar. Cuando se aprende a olvidar convenientemente algo, se vuelve esta la mejor herramienta para sobrevivir a un mundo violento. Había olvidado ya al primer hombre que mató —al menos sus ojos y la expresión de sorpresa que tenían—, luego a los otros, incluso al alemán y sus secuaces. Fases tantas de un videojuego superado. Capítulos de novela más de un libro sin valor literario.

La nube gris con los cuerpos hechos ceniza de los tripulantes del helicóptero se le formó de nuevo frente a los ojos. Agitó la cabeza: se estaba quedando dormido. Prefirió pensar entonces en qué respondería en su primera entrevista para televisión, una vez fuera famoso y su novela El empleado del mes se vendiese por millones.

Dick Matson salió de su ataúd de carbón un rato después. A Leonardo le pareció que no había transcurrido mucho tiempo, pero en verdad no sabría decir qué horas eran.

—¿Ya he terminado, señor?

—No realmente, pero no duermo mucho.

Silencio, la luna, el viento.

—¿Qué rayos fue eso de esta mañana, Leo?

—No lo sé, señor.

—Basta con eso de “señor”, no eres un maldito infante de marina.

—Muy bien; no lo sé, estoy seguro que desintegraron ese aparato con una sobrecarga de energía.

—Sí, pero lo que yo me pregunto es ¿quiénes eran?

—¡Pero ya qué importa, están muertos!

—No levantes la voz.

—Lo siento —Leonardo se acomodó mejor, o al menos lo intentó; su trasero se estaba adhiriendo al metal oxidado del vagón—. Es que no quiero pensar en eso. Hayan sido quienes hayan sido, enviamos una señal de ayuda, como cuando se solicita un ataque aéreo, y esa fue la respuesta. Somos responsables de esas muertes, yo al menos siento que sí.

—Leonardo, mi preocupación no es si estuvo bien o mal; entiende de una buena vez que esa clase de clasificaciones no existen en el reino animal. Pero es que estoy seguro que no había posibilidad de que alguien, ni la guardia revolucionaria, ni la policía, ni la contrainteligencia, nadie, nos siguiera ni intentase detenernos.

—¿Entonces por qué diablos no tomamos un avión el aeropuerto?

—¿Recuerdas a tu amigo William?

—¿William? Yo no creo que ese tipo nos hubiese vendido.

—A ustedes no, pero a mí sí. En el mismo modo, no se puede confiar en ese tipo de personas. Conozco a ese sujeto y sé de lo que estoy hablando.

—¿Quién es?

Raúl Strogov, apellido que adoptó de la mujer que tomó por esposa cuando se radicó completamente en Rusia. Su anterior apellido es desconocido, así como su país de origen, pero podría ser cubano, o más posiblemente mexicano, según algunos indicios que flotan por ahí. Desde muy joven se unió al partido comunista y esto le permitió conseguir una beca en la Universidad de la Amistad Patrice Lumumba en Moscú. Que tuviese los conocimientos de ruso suficientes para ingresar hace pensar que pertenecía a una clase alta. Se graduó en Historia de Medio Oriente e hizo un doctorado en literatura árabe. Su capacidad de expresión en cuatro dialectos árabes —y muy posiblemente el farsi—, lo puso en la mira de los caza talentos del KGB.

En el curso de adiestramiento no se destacó por su corrección política; parecía siempre dispuesto a hacer lo que sus instructores le ordenasen y asentir ante lo que el Partido dijese. Como allí valoraban más la lealtad política que la capacidad operativa, fue enviado erróneamente a América del Sur. Primero estuvo en Ecuador y luego en Colombia y de ambos salió por la misma razón: aunque logró en las dos asignaciones desarrollar una identidad creíble, vivir entre los locales y adquirir información, pronto se dio cuenta que la capacidad de penetración de la CIA era demasiado alta para que él, o cualquier otro agente estuviese seguro por mucho tiempo. Así lo dejó saber en una serie de informes que luego pasaron a Moscú. Se aplicaron nuevas medidas y Raúl recibió un asenso.

También ganó el derecho a aplicarse a su verdadero campo de trabajo. Empezó a viajar por Argelia, Túnez, Irán, Siria, Egipto, Libia y Yemen. Su misión era mantener los vínculos entre la Unión Soviética y los “elementos progresistas” que allí se ocultaban o se entrenaban. Aunque Strogov, quien siempre viajó con credencial de periodista y documentos mexicanos, se presentaba ante los miembros de estas células como “representante” y tomaba nota de sus necesidades, su verdadero trabajo era mandar reportes acerca del estado de ánimo, capacidad, lealtad, y seguridad de estos grupos terroristas.

Algo más importante que estos reportes obligó a salir a Raúl y trasladarse de nuevo a Moscú. El continuo derribo de aeronaves soviéticas por parte de los mujahedines limitaba todo esfuerzo ruso por mantener el control del país. Los informes del GRU habían dejado de ser confiables; sus reportes de bajas enemigas sólo mencionaban locales, pero no podían diferenciar un árabe de un afgano ni entre estos a qué etnia podía pertenecer. El Segundo Directorio del KGB estaba seguro de la presencia de americanos entre los rebeldes pese a que aún no habían capturado a ninguno. Tal vez el Primer Directorio debía ocuparse del asunto.

Raúl siguió empleando su fachada de periodista, viajó junto a otros corresponsales occidentales que se arriesgaban, entre la muerte, las malas condiciones y las minas, hasta llegar a las posiciones de los mujahedines. Las cosas que vio en el camino, el rastro de muerte y las victimas no le hicieron cambiar de opinión ni cuestionarse qué hacía allí y a quién servía; para Raúl los pueblos podían vivir en paz o en guerra, si elegían esto último, como parecía ser el caso de los afganos, las víctimas terminarían siendo aquellos que no pudiesen escapar de la voluntad de los otros. Así se lo dijo a un cronista francés que viajaba con él.

Este periodista, llamado Marc Freyè, buscaba a un antiguo compañero suyo de la universidad, un joven afgano de familia moderadamente adinerada que había enviado a su muchacho a estudiar medicina en París. Freyè quería hacer un largo reportaje sobre él, ya que mediante correo este le había comentado que ahora ayudaba en un campamento muyahedin. A Strogov no le interesaba el médico, pero sí esperaba ver dentro del campamento a algún americano que confirmase los rumores de la Lubianka.

El lugar, en el extremo suroeste del país, a unas cincuenta millas de la frontera con Pakistán, estaba habitado por los rebeldes, sus familias, y aquellas personas que simplemente no tenían a donde ir. El médico estaba allí, por supuesto, con una fila de pacientes más larga que cualquier centro médico moscovita. Tras saludarse con su amigo Marc, y serle presentado Raúl, empezó a hablar con los dos sobre sus años allí y su lucha por prevenir a todos, pero en especial a los niños, de las minas y trampas instaladas por los soviéticos.

A media tarde Raúl Strogov se dedicó a recorrer el campamento, tomando fotografías y desplegando sonrisas a todo el mundo. Una mujer le preguntó si era también un americano, el contestó que no, que era venezolano, pero quiso saber de inmediato si había visto a algún americano. La dama, que ya era una anciana, le señaló un toldo con dos guardias fuertemente armados a la entrada. Raúl se acercó cautelosamente y se sentó a fumarse un cigarrillo. Aquellos guardias absorbieron de inmediato el olor a tabaco fino y, tras dudarlo un rato, le pidieron un poco. Amablemente el agente del KGB les entregó la cajetilla que tenía en el bolsillo y empezó a hacerles preguntas, las cuales fueron contestadas con evasivas, pero que lograron convencer a los guerreros que aquel hombre que hablaba torpemente su dialecto local, era un periodista venido de América. Así, un rato más tarde, le permitieron entrar a echar un vistazo dentro del toldo, a condición de no tomar notas ni fotografías.

Las cajas con los misiles stinger estaban ahí, unas sobre otras. Había también medicinas, alimentos enlatados europeos, y revistas médicas estadounidenses. Pero lo más valioso de todo era el radio transmisor que estaba situado sobre una mesa, junto a los mapas. El interés de Raúl por esto puso nervioso al centinela que de inmediato le pidió que salieran ya de ahí; Strogov, sin embargo, no movió un músculo. Cuando el soldado intentó llevárselo fuera asiéndolo por el brazo, Strogov le descargó el borde de su mano contra la garganta, y un segundo después le rompió el cuello al girarle la cabeza trescientos sesenta grados. Arrastró el cuerpo, le quitó las armas y lo cubrió con una enredadera de camuflaje, luego regresó a los mapas.

Tomó todos los apuntes de coordenadas que pudo y, vaciando su mochila de cigarrillos y chocolates empezó a guardar el radio. Fue entonces cuando entró el entonces teniente Lawrence Olmstead.

Matson y Strogov, recordaba ahora el coronel, se miraron fijamente por un segundo, luego Dick desenvainó el cuchillo y se lanzó contra Raúl dispuesto a despedazarlo. El agente a su vez tomó el Kalashnikov del guardia muerto y disparó una ráfaga de tres tiros. Matson cayó al suelo y Strogov salió corriendo empujando a los curiosos que se acercaban a ver qué había retumbado de tal forma. Cuando otro muyahedin trató de detenerlo, Raúl arrojó sus granadas, se trepó a un caballo y se marchó al galope, disparando como un cowboy.

Los guerreros se repusieron en un par de minutos del sorpresivo ataque. En esta clase de situaciones es difícil establecer qué ocurre en realidad. Cuando llegaron donde Dick, y este les comunicó lo ocurrido y lo importante, por encima de todo, que era atrapar a ese sujeto, una banda de treinta jinetes se lanzó al galope siguiendo las huellas del espía soviético. Este, como no era tan tonto para creer que podía escapar de los nativos, se escondió en la primera gruta que encontró, modificó la frecuencia del radio y se puso en contacto con el primer oficial del GRU que logró localizar; reportó sus coordenadas y las del campamento. Luego recargó el rifle y se aprestó a defender su posición entre las rocas.

Los muyahedines entrenados especialmente por Matson lo rodearon, pero todo intento por avanzar los ponía en riesgo: Raúl había escogido sabiamente su escondite, con un campo despejado en semicírculo, lo cual hacía suicida cualquier intento de aproximación. Un mig apareció veinte minutos después, disparando desde media milla de distancia. La misma aeronave arrasó el campamento y se mantuvo dando vueltas hasta que cuatro unidades de infantería se acercaron al lugar y recogieron a estresado agente.

Fue ascendido a capitán, recibió la Orden de Lenin, la medalla a los héroes de la Unión Soviética y estrechó la mano del mismísimo Yury Andropov. Era un inmigrante convertido en héroe de la rodina. Andropov lo llamó “ejemplo para la juventud”. Un ejemplo mantenido en secreto, claro, hasta que Oleg Gordievski logró salir de Rusia y le habló de él a los británicos. Fue así como Dick Matson llegaría a enterarse de quién era el hombre que le había fracturado dos costillas y había hecho pedazos su campamento. Planeó vengarse, tal vez rompiéndole el cuello en alguna ciudad de Medio Oriente, pero las cosas tuvieron otro desarrollo.

El KGB fue desarticulado y sus hombres echados a la calle. En el mejor de los casos se hicieron políticos, en el peor taxistas, y algunos aprovecharon lo que sabían para transformarse en mafiosos. Raúl se vio de pronto sin su uniforme de oficial, sentado en una oficina helada en Yasenevo, tomando un té despreciable y viendo a su mujer e hijos alimentándose precariamente. Sin embargo no abandonó su puesto, no sabía hacer otra cosa y no quería volver a su país.

A finales de la década del noventa, Dick Matson entró a un restaurante de Plaza Verbano, en Roma, con el ánimo de comer algo de pasta y beber algo de vino sin tener que pagar la fortuna que le cobraban en el hotel donde se hospedaba. Andaba, por esos días, buscando trabajo como asesor militar; no había pasado un mes desde que abandonase el servicio activo.

Pidió la carta y empezó a titubear; no venía en plan de turista y sus gastos aumentarían gradualmente a cada fracción de segundo que estuviese sin hacerse a un contrato. De pronto levantó la vista para llamar al camarero: estaba aprendiendo italiano por correo pero los nombres de los platos aún se le complicaban; entonces fue que lo vio.

Estaba más viejo, pero su pelo tenía un corte impecable y, a diferencia de la última vez, estaba perfectamente rasurado. Llevaba una chaqueta, una camisa y una corbata que llenaron de envidia a Dick, quien estaba acostumbrado a vestir de uniforme y no estaba al corriente de la moda italiana. Al verlo además pedir con tanta seguridad una botella de quién sabe qué cosa, sintió deseos de estrangularlo. Pero se calmó a tiempo. Sus contactos en la CIA le habían dicho que ahora vivía encerrado en una oficina de análisis y que los ingresos de esta clase de empleados no dan ni para mantener un coche. ¿Había desertado? Matson fue directamente a resolver su duda.

Raúl quedó momentáneamente congelado al ver a Dick.

—Buenos días capitán Raúl Pavlovich.

—Buenos días señor —contestó Raúl en español, su inglés era elemental, pero por suerte, Dick se dirigió a él durante el resto del almuerzo en español.

El encuentro se desarrolló civilizadamente; no podía haber verdadera concordia entre estos dos hombres, pero seguían considerándose a sí mismos caballeros.

Strogov le contó a Matson que había abandonado Rusia finalmente; había llevado a su familia a Marsella —su mujer, Olga, tenía parientes allí— y él se había convertido en asesor privado de inteligencia y seguridad para compañías europeas. Sin ambages le confesó que muchos de sus “patrones” en realidad lo contrataban para hacer labores de espionaje y, en uno que otro caso, patearle los bajos a algún infeliz. Ganaba bien y sus hijos irían a la universidad en vez de ser recolectores de patatas, como habían sido los padres de Olga, o políticos corruptos, como su propio padre.

Al terminar Raúl insistió en pagar el almuerzo y luego invitó a Dick a fumarse unos habanos mientras paseaban un rato. Atardecía y el ambiente entre los dos hombres se fue relajando. Strogov lamentó haber matado al muchacho, pero no el haber llamado el ataque aéreo; era una guerra y el defendía su país. Luego le contó apartes de su propia vida y porqué había abrazado la causa del comunismo. Dick a su vez le explicó, sin detalles comprometedores, por qué había dejado las fuerzas especiales. Ahora buscaba empleo, pero no sabía dónde; en América mucha gente lo conocía y a él no le agradaban los mercenarios.

Antes de separarse Raúl le dio el nombre de una compañía en París que empleaba ex miembros de unidades élite para revisiones de seguridad en países donde funcionaban oleoductos privados. La compañía, una aseguradora, vendía pólizas contra terrorismo y secuestro a aquellas empresas y empleados que estaban bien protegidos. Ese fue el primer empleo que obtuvo Matson como civil en toda su vida.

Pasaron los años, el 11-S, la empresa se hizo asquerosamente rica y promovió a Dick Matson a supervisor global. Una mañana al levantarse, contaba Dick, descubrió que apenas podía ver sus pies tras la barriga en aumento que ahora le colgaba. Horrorizado renunció a su cargo y empezó a buscar plaza allí donde aún hubiera acción. El Tio Sam necesitaba gente para labores de apoyo en países inestables y cosas así. Los ataques de Al-Queda le dieron ánimo a muchos grupos insurgentes musulmanes que buscaban el derribo de los regímenes laicos en los que vivían. Dick y otros como él empezaron a ejecutar misiones en países como Pakistán, Jordania y Arabia Saudí.

Una tarde, meses atrás, recibió una llamada mientras celebraba el cumpleaños de un compañero de armas en un hotel de Mallorca. Temió que algo le hubiese pasado a su hijo, esa era la única excepción que permitía a su supervisor en Washington ponerse en contacto con él. La voz que escuchó del otro lado no era la aquel hombre, sino la de un americano que decía llamarse Thomas Jefferson, y lo estaba esperando en el lobby del hotel.

A esa hora, once de la noche, la mayoría de los huéspedes dormían o estaban divirtiéndose. Sonaba un piano y el encargado de atender a los visitantes no estaba visible.

—Parecía un vampiro —recordaba Dick—; nunca he visto a un hombre tan parecido a Drácula. Definitivamente un spook, y eso nunca puede traer nada bueno.

—¿Qué le convenció de venir entonces?

—La libertad de acción. Durante toda mi carrera siempre me vi a mí mismo como a un instrumento, un peón; no es algo tan malo si quien mueve las piezas es un Bobby Fisher. Cuando no… En todo caso, desde que soy contratista privado me gusta conocer el plan en conjunto; saber en qué me estoy metiendo, de otro modo no me involucraría. Ahora, cuando tienes el cuadro completo y el mando absoluto en el terreno sólo dependes de ti mismo y puedes introducir los cambios deseados.

Al Queda —explicó el teniente coronel— no era la gran y poderosa organización que los americanos, y por extensión el resto del mundo civilizado pensaba que era. Carecían de un cuartel general, o un comandante verdadero. Si bien Osama Bin Laden aparecía como cabeza suprema de la organización, su labor era más la de coordinador económico que de jefe operativo. La Base era en realidad la entidad que coordina el traslado de fondos, de los grandes patrocinadores, a las pequeñas células que actúan en todo el mundo, de distintas nacionalidades y diversos nombres. Del sudeste asiático a las mezquitas en EE. UU, Al Queda podía brindar un apoyo a todo el que se comprometiera a combatir, en nombre de Alá, al Imperio y sus aliados.

La dificultad de capturar y destruir a estos terroristas estriba en la inconmensurabilidad de la organización misma. En principio podría estar manejada por media docena de hombres, o bien por un centenar. Además, más allá de su propia agenda política, su poder se basa, como toda organización terrorista, en lo útil que le puede ser a un tercer grupo:

Al Queda sirve de filtro económico, entre las células de la Yihad y quienes desean invertir en estas, ya sea por motivos religiosos o capitales. Los ataques que llevan a cabo estas bandas pueden beneficiar a estos inversores de distintas formas: ya bien impulsando el poder político de aquellos líderes de extrema derecha, así como a sus contrarios; todo depende del correcto empleo de las maniobras políticas. Por otro lado estaba la droga, quienes la sembraban, simples granjeros; los dueños de la tierra, políticos y terratenientes; y los intermediarios del comercio y distribución. Es más fácil invadir y derrocar a un régimen, por grande que sea su fuerza militar, a acabar con un negocio que hace girar millones de dólares alrededor del globo. Muchos viven de ello, y mientras mayor sea el control que los países desarrollados tengan en los países productores, más limitada estará la producción de estupefacientes. La verdadera labor de Al Queda es luchar contra el control de Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia sobre el comercio de drogas y armas en los países musulmanes.

Leonardo entendía bien este problema; no en vano vivía en Colombia.

Desde sus inicios, el terrorismo ha sido siempre la herramienta de un poder superior contra otro, a diferencia de lo que piensan los románticos, que consideran a estos grupos “luchadores de la libertad”.

En un plano de logística militar, toda fuerza necesita hombres y estos hombres motivación. Toda nación genera su cuota anual de jóvenes desadaptados, que por una razón u otra, buscan el sentido de sus vidas en la militancia política. Europa Central produce nazis, América del Norte produce klansmen, Sudamérica produce comunistas, y Medio Oriente y el sudeste asiático radicales musulmanes. Y de la misma manera que la Unión Soviética empleó agentes para introducir el comunismo, e impulsó a los grupos terroristas que enarbolaban la bandera roja, Al Queda diseminaba agentes por los países musulmanes, o incluso allí donde el Islam no es mayoría, para atizar la hoguera del odio, lavar cerebros y formar nuevos reclutas.

Todo esto lo supo Thomas Jefferson al leer el libro Los puros que el comité de estudios en inteligencia de la CIA había preparado. Estos agentes se infiltraban en los países y las escuelas haciéndose pasar por maestros de ley coránica y guías religiosos. Los imanes tienen mucho prestigio y cierto poder. Si Al Queda estaba usando a esta clase de personas para reclutar combatientes y formar células terroristas, había que empezar a detenerlos.

La perspectiva era fascinante: capturar a estos agentes significaría frenar la influencia de Al Queda en sus territorios y poder conseguir de estos más información acerca de sus mandos. El único problema es que Langley no contaba con aprobación parlamentaria para lanzarse de cacería. Este tipo de operaciones requieren varios millones, amen de la completa certeza de que ni los Estados Unidos, ni la propia Compañía corren el riesgo de quedar expuestas si fracasan. Las operaciones paramilitares sólo las podía aprobar en ese entonces el Comité de Inteligencia del Senado. Y esto, incluso en estos agitados tiempos, es difícil.

Thomas Jefferson ideó entonces un plan llamado Desert Flower —nadie sabe de dónde diablos viene el nombre—; su objetivo, demostrar que Al Queda empleaba imanes para reclutamiento y organización de grupos terroristas. El plan, encontrar a uno de estos y matarlo, de tal manera que La Base tuviese alguna reacción que los pusiese en evidencia. Para esto no necesitaba un permiso del Senado, ya que la CIA no se involucraría en forma alguna con la operación: él, Jefferson, se limitaría a enviar a los hombres y darles ciertas órdenes.

Los registros de transmisiones que se consideraban sospechosos guardaban toda una serie de nombres y lugares en clave. Los descifradores de códigos tienen la tarea de relacionar estas palabras con locaciones exactas y personas determinadas. Tras un estudio de los nombres se estableció que el individuo denominado en farsi setare (Estrella del Norte) era un miembro de Al Queda en Irán. Y aunque no necesariamente tenía que ser la clase de agente que Thomas Jefferson estaba buscando, las coincidencias eran muchas.

Alguien debía ir a buscarlo y alguien debía ir a matarlo.

—¿Por qué yo? —Preguntó Leonardo mientras masticaba lentamente una barra de chocolate.

—Realmente no lo sé. Tal vez por lo de México. Tal vez fue cosa de los israelíes. En todo caso pienso que eras la persona correcta.

—Cualquier pudo haber hecho lo que yo hice.

—Tal vez sí, pero tal vez no; muchas operaciones fracasan por errores de selección de personal que nadie podía preveer. En la operación Eagle Claw seleccionaron hombres de la armada y el ejército para pilotear los Sikorsky; por eso ocurrió lo que ocurrió.

Con sus tres peones, eficientemente elegidos, Thomas Jefferson no podía fallar. Leonardo Katz no tenía opción sino colaborar con la CIA; además, si se había metido en un asunto como la Operación Oz es porque algo tenía de aventurero. Julius era un mercenario completo, por la cantidad justa haría cualquier cosa. Matson podía negarse, y por ello le fue explicado desde un principio el asunto. Era, por cierto, el más capacitado para llevar a cabo el golpe: manejaba armas, conocía el desierto, hablaba farsi y tenía los contactos necesarios.

Uno de esos contactos era Raúl Pavlovich Strogov, Matson logró ubicarlo y ambos se reunieron en París. Strogov escuchó atentamente el requerimiento de Matson y meditó un rato. Dick necesitaba alguien confiable, con conocimientos de farsi y de cultura iraní, que pudiera moverse con seguridad en el área y tuviese acceso a armas y explosivos. Raúl no estaba seguro de ser esa clase de hombre; ni aún ante la jugosa oferta de dinero dio una respuesta clara. Dijo que tenía que pensarlo y que se reunirían en tres días. En efecto, llegado el momento de la reunión, Raúl aceptó el trato pero bajo ciertas condiciones.

—Atrapar a Franz Wessel, ¿verdad?

—El SVR, el servicio de inteligencia ruso tenía en la mira a Wessel desde hacía años. Igualmente la CIA; habían intentado capturarlo una vez pero logró escapar. Los rusos, en cambio, no tenían ninguna prueba para presentarlo en un juicio en caso de que lo capturaran. Lo que deseaban era tenderle una trampa.

—Y ahí los explosivos.

—Correcto.

Raúl expuso su plan: Rusia podía pedir a las autoridades iraníes que apresasen a Franz, pero para ello necesitaban demostrar que este vendía, por su cuenta, explosivos a elementos insurgentes. Los rusos, mediante sus agencias aliadas, sabían que Wessel tenía un embarque de explosivos chinos desechados por el ejército de la República Popular por ser inestables y muy venenosos. Franz pudo haberlos vendido a cualquiera, sólo necesitaba un comprador.

Dick entraría a Irán bajo su falsa identidad de alemán vendedor de dispositivos electrónicos. Julius, se le uniría en Teherán y luego Katz. Matson compraría los explosivos y, tras haber localizado y eliminado al imán, causaría una serie de explosiones por la ciudad obligando a todo el mundo a movilizarse a la caza de unos terroristas inexistentes. El gobierno iraní y sus servicios secretos también estaban tras Al Queda, quienes mediante los talibanes se había dedicado a atacarlos a todo lo largo de la frontera con Afganistán. Naturalmente el SAVAMA no compartía sus hallazgos con la CIA ni con ningún otro servicio secreto. En ese punto fue necesaria la ayuda de Israel, ya que el Mossad había logrado hacerse con algunos de esos informes y análisis. Con esto, Dick Matson lograría hacerle creer a los iraníes que Al Queda estaba detrás de los ataques, causados por la misteriosa muerte del imán. Tal vez este plan no le gustaría mucho a Thomas Jefferson, pero qué se le iba a hacer: Matson tenía una cuenta que saldar con su pasado y no estaba dispuesto a perder.

Necesitaban, sin embargo, apoyo logístico, seguridad, y datos. Strogov aseguró que él podía brindar todo ello, siempre y cuando se le pagara lo justo. Como el dinero no era problema, Dick accedió.

Raúl, durante sus años como agente del KGB, había hecho amistades dentro de todos los círculos de terrorismo socialista alrededor de Europa y Medio Oriente. Conocía a muchos hombres y mujeres que, pasados los años, estarían dispuestos a seguir de nuevo sus órdenes. Uno de esos grupos era el Mujahedin-e Khalq o MEK. Aunque este grupo declaró un cese al fuego en 2003, y empezó a trabajar como parte del Consejo Nacional de Resistencia de Irán, sus agentes dentro de Teherán se mantenían en condición de sleepers, y sólo Raúl Pavlovich los conocía bien y podía ponerlos en acción.

Pero sin duda lo más valioso fue que el propio Strogov se reunió en Londres con Jeraf al-Qadir, un prominente miembro del Consejo Nacional de Resistencia y amigo personal de Strogov. Este se dedicaba a viajar por el mundo para hablar con aquellos quienes podrían apoyar el movimiento secular demócrata en Irán. No obstante, no había hombre que conociese mejor Teherán, su cultura, y sus fuerzas de seguridad. Raúl lo convenció de trabajar con la CIA en el adiestramiento de un agente que entraría en Irán.

—James Al-Jezza —dijo Katz en voz baja.

—Vaya seudónimo —replicó Matson—. Con todo ese tipo es un peso pesado en relaciones internacionales.

—A mí me dijo que el MI-5 lo había capturado.

—¡Ja! Ese viejo tiene buen sentido del humor: según sé el gobierno británico le ha asignado más guardaespaldas que al Primer Ministro.

Leonardo también rió, aunque no sabía bien por qué; pero estaba cansado, y la risa le dio ánimos de seguir escuchando. El sol aún oculto pintó de violeta una franja delgada sobre el horizonte. Era un nuevo día y él no había dormido.

—Cuando liquidaste a ese tipo —continuó Matson—, toda la operación corrió el riesgo de irse al piso. Strogov estaba enfurecido; Moscú le había dado orden de abandonar todo el asunto. Afortunadamente logré convencerlo de que nada ganaría yo eliminando a un cochino vendedor de armas y de que siguiéramos adelante. Aceptó, pero luego se negó a cumplir con uno de los acuerdos, y era el de sacarnos del país en un avión de carga. Así que tuve que empezar a considera la alternativa de salir por tierra.

Hizo una pausa, dando a entender que la historia había terminado, mas luego agregó:

—Lo único de todo este asunto que no entiendo es la presencia de ese helicóptero. Si la policía, o la guardia revolucionaria, o el ejército tenían algo contra nosotros, ¿por qué no se movilizaron antes? ¿Por qué no enviaron más hombres, o bloquearon las carreteras?

—Entonces pudo ser él,­ Raúl.

—Pensándolo bien, no es posible: no sabía a dónde íbamos y no pondría a su gente en riesgo lanzándoles un soplo a las autoridades.

—Pero si Wessel intentó matarme es porque creyó que estaba con los rusos. Tal vez también se lo dijo a los iraníes.

Dick alzó los hombros sin saber qué agregar.

—Los que sabían están muertos ahora. Duérmete Leo; pero cúbrete la cara si no quieres que el sol te la arranque de cuajo.

—Sí señor.

0 comments: