Capítulo LIII. El no lugar
Y cuando despertó, Leo Katz supo que aún estaba en Irán: le dolían los huesos y había tenido pesadillas. Concretamente, se vio a sí mismo invitando a salir a Erika frente a toda la escuela, y aún al abrir los ojos, en vez de escuchar el traqueteo de las ruedas sobre los raíles, creía sentir aún los chiflidos y risas de la multitud burlándose de su atrevimiento. Lo único que no podía recordar era si Erika aceptaba o no. Pero fue un sueño terrible y sus huesos, como si fuesen testigos, lo pateaban por dentro.
Ya no hacía calor —aquel sueño había sido un abrasador escenario—, pero el viento seguía siendo igual de seco y cortante. No obstante estaban en las montañas de nuevo.
—¿Sabes qué horas son? —Le preguntó a Irma en cuanto pudo volver a salivar la boca y a mover correctamente la mandíbula.
—Las siete y veinte minutos.
Pese a los dolores había dormido todo un día; algo positivo. Faltaba mucho para la puesta del sol, aún, y Leonardo ignoraba cuánto más tendrían que viajar entre carbón. Sus manos, su ropa, su propio rostro estaban cubiertos de una pátina negra imposible de sacar.
Por fortuna para Leo, y para Irma, que sentía la resequedad con más desagrado que su compañero, el viaje terminaba ahora: Dick Matson llamó su atención arrojándoles una piedra de carbón. Los dos se acercaron al otro vagón y escucharon:
—Preparados para salto en seis minutos. Mucho cuidado; recuerden caer con los pies juntos y rodar.
—Qué suerte que este no es un Hércules.
Dick sonrió entendiendo el apunte. Luego, con las puntas de los dedos se señaló los ojos y tocó el reloj de su muñeca: atento y preparado. Katz levantó su mochila y, con las manos aferradas al pie del vagón, empezó a respirar lentamente para reducir el miedo natural que le corría como un ejército de hormigas de vidrio por las piernas y los brazos. Había rocas de todos los tamaños, arbustos resecos de hojas afiladas, poca arena y más bien mucha grava se acumulaba al pie de la carrilera.
—¡Diez! —gritó Matson. Leonardo empezó a contar de forma regresiva sentándose al borde del vagón. Irma hizo lo mismo pero en su aterrorizada cara se le notaba el temor creciente a resbalarse.
Dick y Julius saltaron cuando la cuenta llegó a cero; Leonardo los siguió al alcanzar el número uno sin pensar, sin dudar, simplemente descolgándose como lo haría si hubiese estado sentado en una barda al lado del camino. Sintió medio segundo después sus pies enterrarse entre las diminutas piedras, no intentó rodar luego, se quedó allí de pie con sus brazos pegados al cuerpo como si se hubiese lanzado a una piscina. Miró hacia delante, y vio que Irma seguía trepada en el borde del vagón, incapaz de moverse. Dick lo rozó por un lado al ir corriendo tras el tren mientras le gritaba a Irma que saltase de inmediato. Unos veinte metros adelante la mujer se dejó caer en los brazos de Matson y ambos terminaron rodando en una nube de polvo.
Una de las enormes manos de Jules tomó a Leo por el brazo obligándolo a ponerse de rodillas. Fue un movimiento súbito y violento, pero ante el que no habría excusas: el negro miraba en todas direcciones como si viese a sus enemigos invisibles; mas Katz entendió a tiempo: estaban a cincuenta metros de una autopista que se dirigía al noroeste y a menos de cien de una arteria principal que se conectaba a esta. Por allí pasaban autos, camiones e incluso motocicletas. Cuando el tren redujo su forma visible en el horizonte, Leonardo pudo ver el complejo de los ferrocarriles donde haría su próxima parada. Ya no estaban entre el desierto montañoso; por todos lados se veía actividad humana.
En total el tren había recorrido seiscientos treinta y dos kilómetros hasta ese punto, en, aproximadamente, once horas y media. Había hecho dos paradas, pero su destino final era Mashhad, la capital de la provincia de Jorasán, la ciudad más grande e importante del este de Irán. Naturalmente, los aventureros debían evitarla, así como a cualquier otro ser humano que, al activarse su curiosidad, los pusiese en peligro.
Irma estaba bien; todos estaban bien, aunque cubiertos de hollín y transpiración seca. No obstante, Julius, y el propio coronel, lucían tan propios de aquel ambiente agreste que no parecían tan lamentables como Irma y Leonardo, animales de ciudad, que ya parecían extenuados.
El coronel ordenó moverse de inmediato, señalando un puente situado a unos cien metros de ellos en dirección sur. El puente pasaba por encima de un río de arena; los autos por aquella vía eran menos, y aquel punto parecía bueno para esconderse hasta que cayera la noche.
Bajo el puente, mientras empezaba a oscurecer de nuevo, el teniente coronel Dick Matson explicó el asunto con lo que algunos autores llaman “un prólogo necesario”:
—Nunca como ahora habremos estado en tanto peligro de morir. Estamos a ciento ochenta kilómetros de la frontera con Afganistán. En ese tiempo-espacio puede ocurrir cualquier cosa: ser atacados por el ejército, ser atacados por los talibanes o morir de sed. Tengo que advertirles que nunca en mi vida he hecho una cosa así, por que algo que aprendí en las Fuerzas es que nunca se debía hacer algo como esto. He considerado, junto con Julius, la posibilidad de robar un vehículo que nos pueda acercar a la frontera. Pero sería arriesgarnos a ser blanco de las patrullas aéreas; sus pilotos saben bien reconocer las marcas que dejan los vehículos en la arena. La única manera de no ser detectados es mediante el yomp, hasta que podamos alcanzar una posición en que podamos establecer contacto con fuerzas amistosas.
El plan era atravesar el desierto de Jorasán hacia el sureste, cruzando las montañas, hasta alcanzar Afganistán y las fuerzas de la coalición estacionadas cerca de la frontera. Se moverían de noche y tan separados que ningún satélite o avión de reconocimiento les diese importancia. Los peligros, obviamente, a parte de los mencionados por Dick en su preámbulo, eran perder la orientación, separarse del grupo o enloquecer. Al igual que la selva, que nubla los sentidos hasta que el cerebro, de forma defensiva, empieza a generar alucinaciones, en el desierto el calor y la repetición constante de panoramas similares causan, en personas agotadas o con bajos niveles de hidratación, pérdida de la razón o la noción del tiempo. Algo muy similar a lo que ocurre cuando una persona es sometida al aislamiento sensorial.
A las nueve de la noche comenzaron la marcha, manteniendo una separación de quince metros entre cada uno. Dick, el guía, iba adelante; Leonardo no debía perderlo de vista, así como Irma debía mantener sus ojos fijos en él. Julius iba a veinte metros de ella, con el rifle AK a su espalda y asegurándose que nada los siguiera.
De ese momento, a las siete de la mañana del día siguiente, los viajeros evitaron las últimas concentraciones humanas y se introdujeron entre los riscos cortantes de la cordillera. El aire se hacía diáfano, como pasar de un río de aceitoso caudal a uno de alcohol puro. La luna y las estrellas de verano les dieron luz suficiente como para no perderse de vista; Matson revisaba su mapa con una linterna de campaña sostenida a dos centímetros del papel. Para un boina verde, pensó Leonardo, el mundo debe ser su casa. ¿Podría acaso guiarse también entre la montaña como entre el bosque, como entre la nieve, como entre la jungla húmeda? Muy probablemente sí; para él, Katz, las estrellas seguían siendo granos de arena diamantina arrojados al azar por la aleatoria fuerza del cosmos. De seguro se comportaba como un tonto y un ignorante, pero él no había pedido venir aquí. Los escritores —meditó luego— como los artistas, deben aprender de todo; el conocimiento del mundo les permite hacer reflejos de este en sus obras. ¿Acaso la mediocridad de las artes hoy en día se debía a que ya nadie quería saber nada más que lo específicamente relacionado con su labor? Era muy probable: antaño los pintores ilustraban su época, su gente, la Historia o incluso le daban vida a la mitología cristiana. Ahora un mozalbete derretía vasos plásticos extraídos del vertedero de una cafetería y luego los pegaba a láminas de madera para poder exhibir aquello la galería. Los escritores no se quedaban atrás: inventaban historias insulsas sobre pecados de oficina o amores por correspondencia, o cualquier otro tipo de drama clase B ambientado en alguna temporada de caos. El cine se mantenía. Corrección, Hollywood mantenía al cine: Europa y la India procuraban hacer películas de bajo presupuesto, lagrimas a litros y supuestas buenas actuaciones, basadas, generalmente, en primeros planos a los rostros mal afeitados de actores reconocidos. Sobre la música no podía decir nada porque nada sabía en verdad.
Aprender, entonces, debía ser parte de la disciplina del artista; una fase necesaria dentro de la ceremonia de creación. Un pianista, por poner el ejemplo más sencillo, podía practicar hasta seis horas al día, todos los días, y agregar a ello el estudio analítico de las sonatas y conciertos más reconocidos de la Historia; a ello, entonces, debía sumar la apreciación de las artes plásticas, la literatura, la fotografía, y el vasto etcétera que podríamos mencionar, donde composición, talento y alma se mezclan en crear algo útilmente inútil como es el Arte.
Leonardo Katz debía aprender a entender las constelaciones, los mapas y la brújula, como a los hombres, las mujeres y la vida diaria. En medio de una cueva los viajeros instalaron su campamento improvisado, sin luz, arrollados en mantas y comiendo pulpa de frutas de empaques metalizados. Luego vino el coronel y le dio la orden de hacer la primera guardia; así pudo el agente secreto ver el cielo mutar de color hasta hacerse de un finísimo azul zafiro. No intentó dormir luego de ser relevado por Dick, sino que se dedicó a revisar el plan de su novela; al final decidió componer un larguísimo monólogo que mezclara las relaciones interpersonales y los problemas económicos que aquejan al ciudadano promedio.
Latas de leche condensada les dieron la energía de empezar la navegación entre las rocas, los diminutos guijarros que se clavaban en la planta de los pies. Katz agradeció tener sus botas de constructor, pero lamentó que Irma tuviese que andar despacio y torciendo el rostro cada vez que una piedrita centenaria afilada por el viento se le hundía en la carne.
Navegaban entre una marea violenta, con enormes olas de magma ahora seca y gris, donde el viento corría colándose entre sus surcos, grietas y rocas, silbando de todas las formas posibles. Viajaban por una luna habitada por sirenas invisibles. Leonardo empezó a sentirse mal cuando, tras alcanzar la cima de la montaña vio un valle abismal a sus pies, un cañón de negrura absoluta que se iba empinando poco a poco hasta elevarse otros cientos de metros por encima de su ángulo recto horizontal. Ese descenso fue lento y lleno de temores; al llegar al fondo, los aventureros tuvieron que tomarse las manos para no perderse entre la nada. Permanecieron ciegos hasta que, mientras trepaban, empezaron a verse las caras entre sí, pintadas de azul por el sol aún oculto. Extenuados llegaron a la cima, sólo para descubrir otra serie de ondulaciones sin fin.
Rodeados de cardos secos se instalaron a dormir. Leonardo de nuevo tuvo a su cargo la primera guardia. Estaba extenuado y sus rodillas fallaban, como el resto de su sistema motor; con sólo cerrar los ojos un instante, sus párpados se adherían entre sí y requería un gran esfuerzo, a cada vez mayor, para separarlos.
Durmió bien cuando le fue permitido el descanso, pero su cuerpo, atacado por las altas temperaturas, empezó a deshacerse, de tal forma que Leonardo se encontró empapado de sudor cuando fue despertado al caer la noche. Su rostro, por el que pasó una mano para limpiarse la boca estaba cubierto de una barba espesa y dura como si estuviese compuesta por filamentos de cobre.
Por la posición del sol, ya casi extinto al occidente, Leo Katz supo que viajaban hacia el oriente de nuevo. Las millas anteriores fueron un recorrido hacia el sur, cruzando la cordillera; ahora, seguían la línea de las montañas, entre una tierra muerta y accidentada, muy distinta al desierto plano que Katz había previsto. Al llegar a lo alto de una de estas colinas, de no más de ochenta metros, Leonardo avistó una oscura llanura con pastos y fragmentos de vida humana extendidos entre los montes que él cruzaba y otras montañas más hacia el sur. No es que estuviesen en el confín del mundo, pensó, sino que aquel viaje requería mantenerse alejado de los habitantes locales. Ignoraba cuán fuerte o qué tan débil era la presencia del gobierno en estas zonas del país; quizá el coronel tampoco tenía mayor idea, así que mejor no correr riesgos.
En el curso de la noche abandonaron las montañas, aunque allí la presencia de vida silvestre, y tierras húmedas por la presencia de algunos caudales aumentaba, así como el olor del hombre, el fuego y el gas de las minas. Estas montañas de Jorasán son la parte más fértil de la región; hay diversos pueblos localizados allí al pie del río que corre de sur a norte. Al iluminarse el cielo, Leonardo esperó la orden del coronel para detenerse y descansar; no hubo tal. Irma y Leo se miraban; en los ojos de esta estaba pintado el esfuerzo sobrehumano que había hecho para seguir caminando las últimas sesenta millas, agotando el agua del cuerpo. Leonardo, trotó un poco para acercarse a Matson, quien guiaba como siempre la columna, y le preguntó dónde acamparían. Este, sin detenerse, replicó:
—Ya no nos podemos detener.
—Leonardo —exclamó Irma más atrás—, dile que no puedo seguir; estoy por caerme al piso.
—Sigue caminando, Leo —ordenó Dick, luego se regresó por Irma. Le pidió la mochila, se la puso a la espalda por encima de la que ya llevaba y tomándola por el brazo le dijo en farsi:
—Detrás de esas colinas está Afganistán. Y —trazó un semicírculo apuntando con el dedo— toda esta zona es el corredor de desplazamiento de la guardia fronteriza de Irán. Si alcanzamos las colinas nos podremos detener, mientras, seremos pasto de los francotiradores. Si las cosas se ponen mal habrá que esconderse, pero por ahora, cuanto más tiempo podamos ganar a menos peligro estaremos expuestos.
Le soltó el brazo, le dio de beber el contenido de su cantimplora y luego le dijo:
—Nos vamos a separar aun más. Si te caes al piso te quedas sola.
Un miedo terrible se apoderó instantáneamente de Irma; dos lágrimas se le escaparon y soltó un quejido muy débil que intentó ocular tapándose la boca. Matson la tomó de nuevo por el brazo como si se lo fuese a arrancar. Le señaló de nuevo las elevadas lomas que limitaban aquel desierto que tendrían que cruzar y le dijo al oído:
—Mira bien el sendero que dejan mis pies y la dirección que llevamos. Hacía allá está mi hogar, hacia allá esta París. ¿Quieres ir a París? ¿No dijiste que dejarías todo por ir a París? Que eras una mujer que perseguía sus sueños; bien, ahora tus pies te duelen, pero llegó el momento de que demuestres, fuera de toda palabra, que no hay barrera que frene lo que buscas.
La dejó y siguió caminando. Irma, pálida y con los hombros caídos miraba hacia la nada, por sobre la marea seca de esta tierra en ruinas,
Las ondulaciones, accidentes, montes, riscos, cañones y demás desaparecieron. La tierra a en torno se hizo en planicie, y las montañas alrededor, antes tan claras como puntos de referencia, desaparecieron. Estaban entre el cielo, más azul que nunca, y una nada infinita de arena parda.
Para Leonardo aquellas fueron las peores horas. Fuego verdadero le abrasaba de los pies hasta los ojos. Al abrir la boca sólo sentía el aire seco que puede salir de un horno encendido. Y cuando llegó el medio día, y su sombra desapareció, creyó que había sido tragado por la arena finalmente: arena bajo sus párpados, arena entre su ropa, entre sus fosas nasales, las orejas, sobre la lengua, tapando cada poro, imposibilitando el avance. Desesperado, creyéndose atrapado trató de correr, pero el intento culminó en fracaso: la arena, fina como el talco, había atrapado sus rodillas, y su nivel, como un caudal creciente de agua —¡agua!—, empezaba a cubrir sus muslos, para proseguir con su cadera. Cayó al piso para desenterrarse; si pudiera ver, maldita sea, podría trepar para salir de esta celda asfixiante. Por más que movía las manos, aumentando el frenesí de su desesperación por salir a la superficie, más arena lo envolvía, hasta que sus brazos mismos quedaron presos y, habría gritado, si no fuese tanto el miedo de ahogarse con aquella materia viva que lo devoraba.
El coronel tuvo que tomarlo por la camisa, abrirle la boca y derramar dentro la poca agua que le quedaba. Le limpió los párpados y Leo pudo abrir los ojos; estaba tendido en el suelo. Dick le sugirió que no guardase más la pulpa de fruta y se la tragase toda. Leonardo, aún en el piso, obedeció la orden, y aunque no se sintió mejor, pudo ponerse de nuevo en pie y seguir el curso que dibujaban sus propias sombras, alargadas por la luz de la tarde.
Irma y Leonardo se apoyaron entre sí para caminar. Él quiso preguntarle algo —luego no se acordó de qué fue—, pero ella le ordenó callar: cada vez que abría la boca el aire caliente le arrebata el agua del cuerpo. No importaba, pero unos diez minutos más tarde ella señaló algo y exclamó otro tanto en farsi, muy preocupada, creyó Katz, a juzgar por su tono: delante, manchando la recta superficie del mundo inerte, ciertas figuras, muy pequeñas, distorsionadas además por el calor, avanzaban. El coronel, además, avanzaba hacia ellos como si no los viese, como si no los pudiese ver, o si no le importase ya.
Eran caballos, y sus jinetes, claro; agrupados entre sí, hechos un obeso insecto de miles de patas, hasta que se revelaron cabezas, formas de hombros y luego, rostros barbados, turbantes, gorros, manos aferradas a las bridas de las bestias, y luego, rifles; fusiles AK sobre los hombros, o colgados de la espalda. A unos cien metros, Leonardo decidió que eran unos treinta, todos hombres, con un guía robusto de camisa gris, y una enorme barba; un hombre blanco teñido de rojo por el sol.
El guía adelantó a los otros y detuvo su caballo a dos metros del coronel Matson; se desmontó lentamente, se quedó mirando a Dick y exclamó:
—Capitán Gary Howard, señor —saludó militarmente en una fracción de segundo y añadió.
Matson sonrió y cuidadosamente saludó al capitán.
—Soy el teniente coronel Richard Matson. Bueno, algunos progresan, ¿verdad Gary?
El guía empezó a reír enseñando sus apretados y amarillentos dientes. Sus cavernosas carcajadas llegaron a Leonardo, quien, observando la escena, había estado conteniendo la respiración. Aliviado se dejó caer en el suelo.
—¡Demonios Dick! Algo me decía que tú eras el paquete… ¡Por Cristo que sí!
Levantó una mano y gritó.
—¡Hey Buker! ¡Trae agua y que el doc atienda a esas personas! ¡Pero ya maldición!
Un sujeto rubio de largos bigotes y pañoleta de pirata en la cabeza desmontó y extrajo dos contenedores de agua, a su lado un gigantesco árabe de piel cetrina se acercó corriendo a donde estaban Irma y Leonardo; de inmediato empezó a revisar los ojos y el interior de la boca de Irma. Katz tomó una de las cantimploras que le ofreció Buker y empezó a beber como un loco.
—Despacio chico —advirtió el sargento Fred Buker—; ahogarse en medio del desierto es la forma más ridícula de morir.
Aquellos eran hombres de algún destacamento A, del quinto grupo de fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos. Los otros eran guerreros de alguna tribu occidental afgana, entrenados y formados por los boinas verdes. Al verlos, Irma tomó su rusari y se cubrió totalmente el cabello y la cara, dejando sólo espacio suficiente para poder ver.
El grupo llevaba consigo unos seis caballos extra, a parte de aquellos que cargaban cestos con alimentos, agua y munición. Tras muchos años Leonardo volvía a montar, y lo hacía torpemente, en parte porque nunca dejó de tenerle cierto miedo a esta clase de animales, y en parte porque estaba agotado por el recorrido. Su estado de ánimo mejoró, y se dedicó a contemplar a sus nuevos compañeros de viaje: aquellos soldados americanos se mezclaban con los afganos como si fuesen parte de su tribu, hablaban con ellos y reían o señalaban quién sabe qué en él, en Matson y en Julius, quien reservado cabalgaba a un lado junto a Irma.
Dick, por su parte, charlaba animadamente con el capitán Howard. Como luego se enteraría Leo, Matson había recibido a Gary en el 2003, justo antes de partir para Irak. Necesitaba alguien que lo sustituyera en sus labores contra los talibanes. Howard, recordaba Dick, parecía recién egresado de West Point: impecable y rígido como un académico. En tres meses lo transformó en un guerrero salvaje que blandía su cuchillo y lanzaba gritos de guerra al entrar en combate. Katz se sintió entonces orgulloso de ser también alumno de aquel hombre tan famoso.
La banda recorrió durante el resto de la tarde veinte mil metros. Tras un descanso de cuatro horas empezaron los siguientes cincuenta kilómetros de recorrido hasta Afganistán, donde pudieron ver, a la distancia, las primeras unidades de tropas americanas estacionadas con artillería AA y antenas de interceptación de señales. Al medio día descendieron al río; mientras las bestias bebían y los afganos se entregaban a la oración, el ingeniero de comunicaciones del equipo montó una radio y solicitó una extracción en la base de Chakab. Allí llegaron una hora y media más tarde, aunque no pudieron ver mucho: un UH-60 Blackhawk se presentó aún antes de que alguno de los aventureros hubiese podido bajarse del caballo. Tuvieron que correr de inmediato hacia el aparato, no sin un gran esfuerzo, ya que los cuatro llevaban días caminando. Dentro una cabo les gritó que aquello no era un autobús escolar, y que mejor seguían las reglas de seguridad. Dick estaba al parecer muy cansado para replicarle algo a esa chica.
El médico encargado del destacamento llegó con un muchacho de quince años herido espantosamente en un costado de su torso. El capitán Howard le entregó a la cabo el correo y, una vez todo estuvo debidamente atado, el pájaro se elevó elegantemente hasta que el poblado no fue más que una mancha junto al serpenteante curso del verdoso río.
Antes de quedarse dormido, Leonardo vio a Irma, al pie de la puerta, tomar con una mano su rusari, hacer un nudo con él y arrojarlo al vacío. Liberada al fin de su cultura se quedó dormida.

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