Capítulo LIV. El Hotel Kabul
El cielo raso era de un color castaño; Leo llevaba un rato viéndolo y ya tenía los ojos perdidos allí. Carecía de la energía suficiente para ponerse en pie y cuan siquiera echar una ojeada a la calle. Desde su perspectiva, además, el cuarto era muy deprimente. Su propia cama era un lecho hospitalario con sabanas pesadas y cobijas de pelo de camello. Había un viejo armario, un espejo ovalado con bordes dorados —perturbador fósil de una época colonial borrada para siempre—, y una mesa con una lámpara de bombillo parpadeante. Eso era todo; y la ventana claro, que dejaba penetrar, a través de sus cortinas de telaraña, el sol de las once y diez. Estaba solo, y la cama de junto había sido hecha con la precisión que sólo se ve en los cuarteles.
Cerró los ojos, escondió su cabeza de la luz cubriéndose con la colcha y procuró dormir otro rato. Vio el helicóptero hacerse pedazos de nuevo y una cara gritando en el asiento del piloto. Se levantó de un salto y sobresaltado por el susto. Maldijo en voz alta y en español. Luego se pasó la mano por la cara: mierda… aún tenía la espantosa barba del espía occidental en suelo musulmán.
Se levantó y caminó hasta el baño al que calificó de aceptable, al menos mejor que el que tenía en Bogotá, pero muy lejos de parecerse al del Azadi Hotel de Teherán. La eficiente administración o quizá un amigo previsor había dejado crema de afeitar, tres cuchillas y una muestra de loción. El agua estaba fría y el día tibio. Se aseó completamente de todos modos y al terminar se quedó un rato mirándose en el espejo. ¿A quién veía Leo Katz, tras todo lo sucedido? Tal vez a Paul Fields, tal vez al asesino eficiente, o al espía imposible, o al mismísimo agente secreto de Joseph Conrad. Regresó a la cama y siguió mirando al techo.
El blackhawk trasladó a Katz y a sus compañeros hasta la base de la Coalición en Herát, la mayor ciudad del oeste de Afganistán. Leo no tuvo tiempo de verla, un médico y un psiquiatra estuvieron revisando que el desierto no le hubiera hervido los sesos. Ambos seguramente concluyeron que Leonardo era así de nacimiento, lo conectaron a una bolsa de suero y en la tarde lo subieron a un monstruoso helicóptero de doble hélice, un Boeing CH-47 Chinook. De esta parte del viaje sólo podía recordar que le habían dado un chaleco antibalas con una etiqueta blanca sobre la que alguien escribió “Katz Leonardo. Journalist. Columbia”. Cuando despertó de nuevo ya estaba en aquel hotel, el Kabul Plaza.
A las once se abrió la puerta pero Leonardo no se apresuró a cubrirse pensando que era Matson. Sonó una voz femenina exclamar cierta sorpresa y cerrar de nuevo apresuradamente.
—Lo siento —dijo Katz alzando la voz—. Por favor sigue.
Entró Irma; su pantalón, zapatos baratos y gabán fueron cambiados por el uniforme de un soldado estadounidense. Incluso la bandera de las barras y estrellas estaba en su brazo. En la franja del apellido se leía “Dickinson”. Por demás estaba bellísima. Leo de por sí sentía una gran debilidad hacia las mujeres en uniforme, y su amiga, en este caso, parecía haber rejuvenecido: sin maquillaje y con su pelo suelto parecía una niña. Llevaba un paquete envuelto en plástico transparente bajo el brazo y una taza de poliestireno llena de café humeante.
—Delicioso, gracias —dijo Katz sorbiendo un poco.
—Gracias.
—No gracias a ti. Me moría por un café.
—No. Quiero decir… —sonrió dulcemente, dejó el uniforme empacado sobre la cama y se puso de pie—. Gracias por todo.
Leonardo se quedó con la taza a unos centímetros de su boca sin saber qué decir. Una motocicleta pasó por la calle haciendo un gran ruido.
—Aún no hemos salido —dijo cuando Irma estaba ya en el umbral de la puerta.
—Yo sí —respondió ella, y cerró.
Leonardo, uniformado para el desierto, subió las escaleras y llegó a la terraza. Había mesas allí pero ningún bar que las atendiese. El coronel tenía una botella de agua y miraba la ciudad y las montañas del norte tras esta. Katz ocupó una silla y se quedó mirando la hermosa mezquita Abdul Rahman, con su cúpula roja y sus muros color ocre. Matson lucía de nuevo sus insignias de teniente coronel y su boina verde con la bandera negra del quinto grupo estaba sobre su rodilla derecha.
—¿Qué vas a hacer ahora Leonardo?
—Voy a casa. Voy a dormir mucho. Voy a conseguir una novia. Voy a escribir una novela. Voy a convertirme en un buen colombiano. Y voy a olvidar esto.
El coronel reía entre dientes pero sin agregar nada más. Bebió un trago de agua y luego, moviendo su silla, encaró a Katz:
—¿Por qué no te quedas?
—¿Dónde, aquí?
—Correcto.
—No… no lo creo. ¿Haciendo qué? Vivo en Colombia; no es el mejor lugar del mundo pero he logrado adaptarme. Además quiero escribir.
—Pues escribe sobre lo que pasa acá. Realmente hace falta.
Pero Leonardo seguía agitando la cabeza en forma negativa. Como no quería seguir siendo presionado optó por preguntarle a Dick si él se quedaría.
—Leonardo, hay cerca de cuarenta organizaciones internacionales trabajando en la reconstrucción de este país. Algunas nuevas llegan, otras se van, así como la financiación. Todos ellos necesitan protección porque este país los necesita a ellos. Nosotros nos encargaremos de darles protección. Leo, esta guerra no la vamos a ganar eliminando tipos en las montañas, la vamos a ganar dándole paz a estas personas, y eso significa una vida digna y unas oportunidades de progreso y de justicia.
—Pensé que ya no estaba con el Ejército.
—Así es. Si estuviera aún con las Fuerzas tendría que ir a donde el Pentágono me ordenase; así que me uní a un programa distinto de
—Mentes y corazones.
—Más o menos —dijo entre risas, luego añadió con extrema seriedad—: Leo, hace veinte años sacamos a los soviets de aquí. Ahora estoy dispuesto a sacar a los malditos que quieren mantener a esta gente en la miseria y la ignorancia.
—Buena suerte, señor. Y cuídese.
—No, tú cuídate. Y no vuelvas a trabajar para
—No lo haré.
—Lo digo en serio.
—Lo sé, señor. Me atraparon en esto, pero no volverá a pasar.
Matson revisó su reloj y le ordenó a Katz bajar con sus cosas a la recepción. Quince minutos más tarde abordaron un humvee con dos rángers dentro y se dirigieron hacia el norte a través de la ciudad que soportaba el peso de un verano terrible.
Si en verano aquella ciudad parecía un basurero en invierno debía ser el lugar más deprimente del mundo. Los edificios viejos se sucedían unos a otros, pero no con la constancia de las grandes ciudades, sino que estas torres, muchas de ellas pertenecientes a la era soviética, se elevaban entre las miserias de la propia calle. Dick le enseñaba a Leo y a Irma los sitios de interés: El ministerio de comunicaciones, el hotel Serena con sus muros de concreto y guardias en cada esquina, el cinema Aryana, cerrado durante la dictadura talibán, el círculo Masoud, el edificio de
—¿Qué avión es ese? —Fueron las únicas palabras de Irma en toda aquella parte del viaje, señalando un caza rodeado de banderas a unos cien metros de la entrada del aeropuerto.
—Es un avión ruso, un Su-22 de la antigua fuerza aérea afgana.
A la entrada del aeropuerto había un enorme cartel en memoria de Ahmad Shah Masud, el “León de Panjshir”, un arquitecto que luchó durante años contra rusos y talibanes. Dick Matson, quien lo había conocido durante los días de la lucha contra Unión Soviética, sentía un enorme respeto por aquel sujeto ya fallecido. Los talibanes, siguiendo órdenes de Osama Bin Laden, lo asesinaron el nueve de septiembre de 2001.
El interior del aeropuerto estaba bajo control de tropas afganas, aunque había marines en uniforme y comandos de civil por todos lados. Un teniente de inteligencia militar los hizo pasar a la sala de aduanas. Allí estaba Julius, vestido con turbante, suéter gris y pantalones blancos, un atuendo repetido docenas de veces en la calle. Sus pies estaban sobre la mesa y fumaba mientras leía el periódico local. Leonardo estuvo a punto de preguntar de dónde rayos había salido pero cerró la boca ante lo que vio: sobre la mesa de aluminio estaba su maleta, sus libros y ropa. Cómo había llegado aquello ahí, no lo sabía ni lo sabría nunca; Julius era un tipo perturbadoramente oscuro y lleno de secretos.
—Hay excelentes peleas de perros al oeste de la ciudad, Dick. ¿No vienes?
—Luego —respondió Matson. Luego de entregarles a Leo y a Irma sus pasajes y documentos de viaje, ordenó a esta y a Julius que salieron mientras Leonardo cambiaba su uniforme por sus jeans baratos, su camiseta gris de Condorito y sus botas de constructor. Su pasaporte colombiano estaba también allí, pero esta vez usaría el estadounidense. Era increíble, pensó, las habilidades que desarrollaban algunos agentes secretos para pasar por encima de la ley.
Dick les abrió paso hasta que llegaron a la pista. Allí se despidió de Leonardo, al que le dio un abrazo, y de Irma con la cual sólo hubo un apretón de manos.
Luego caminaron hasta un Airbus A320 de la aerolínea Swiss Skies. Al ir subiendo por la escalera, Leonardo, que ascendía con pasos cortos, miraba a Dick Matson, su maestro, allí de pie, firme como una roca; sabía, además, que al darse vuelta, mientras el regresaba al mundo occidental, él se entregaría de nuevo a las operaciones secretas. Tal vez llegaría el día en que él terminase así, viviendo de la guerra. Esperaba que no, esperaba morir a los noventa años en una finca al norte de Bogotá, rodeado de nietos y periodistas culturales.
Durante el vuelo, tanto él como Irma se dedicaron a escribir en las pequeñas libretas rojas. Irma, empezaba, con trazos temblorosos, a redactar los primeros apuntes de su diario en francés. Esto hizo sonreír a Leonardo, para quien el aprendizaje del español también fue un lento proceso de años y crecimiento. Su metamorfosis, pensó luego, no parecía haber terminado con el paso de ser un chico estadounidense a ser un joven latinoamericano, sino que de aprendiz de escritor mutó a agente secreto, envuelto en operaciones de guerrilla, persecuciones en auto, tiroteos y fugas por desiertos. Ahora podía considerarse experimentado en cosas que la mayoría de los mortales ni siquiera soñarían con hacer, pero, temía que este proceso lo llevase a su propia destrucción. Si se hacía adicto a la adrenalina podría terminar muerto en un sótano, ejecutado por terroristas o agentes de contrainteligencia. Como Charlie Gordon, el protagonista de Flores para Algernon —libro que ahora deseaba haber tomado de la casa de Irma—, quien a cada paso se hace más inteligente, pero al mismo tiempo más infeliz, al final sufre el dolor más grande, perder todo lo que ha conseguido; y ese podía ser también el dolor más grande para Leonardo: convertirse en un superhéroe para ver luego todo evaporarse ante sus ojos. Antes de quedarse dormido tras la cena, Katz deseo con todo su corazón que aquello no sucediese nunca.
En el luminoso y futurista aeropuerto Charles de Gaulle Irma Yushij y Leonardo Katz se dijeron adiós. Ella lo abrazó con fuerza y al separarse había lágrimas en sus ojos. Se sobrepuso e intentó una sonrisa:
—No, esto no está bien. Si te digo adiós ahora nunca te voy a volver a ver.
Leonardo le pidió entonces la libreta y anotó su correo electrónico.
Ella por su parte tomó su maleta de viaje y extrajo su abrigo negro. Se lo entregó, mas Leonardo no supo qué responder.
—Tómalo —dijo ella poniéndole la prenda regalada por Franz Wessel en las narices—; por favor, a mí solo me trae malos recuerdos, y además le queda mejor a un hombre que a una mujer occidental. Pensé en tirarlo igualmente al desierto, pero tú eres un muchacho muy alto y se te va a ver bien.
Katz se puso de inmediato el gabán y eso fue todo. Irma, la prostituta de Teherán, la madame de El Cielo, la poeta, la empresaria, la hija del editor devorado por la revolución, se marchaba vestida de soldado estadounidense; su pasaporte decía que ella era la sargento segunda Arianah Melany Dickinson Hatami. Sólo le serviría durante un par de meses antes de caducar, pero por ahora podía entrar libremente en Europa, e incluso en Estados Unidos, como miembro de la infantería de marina. Definitivamente
Katz se dirigió a un puesto de información y preguntó donde había computadoras públicas con acceso a Internet. Mandó un correo electrónico y media hora después obtuvo su respuesta: un agente de

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