Monday, July 28, 2008

Capítulo LV. La Terraza

Leonardo Katz, escritor, empezó con una promesa: no volvería jamás a los famosos cafés de Paris. Su juramento tenía como base el picante sedimento que le había dejado entre los dientes el líquido que acababa de ingerir y por el que el menú le tenía el apodo de "tostado especial", con un costo, un valor, de tan sólo tres euros la unidad; sin rebaja.

Estaba mirando la taza o tacita; un diminutivo en sí de todos modos. El tiempo hacía contrastar su color ocre con el blanco inmaculado del mantel de lino. Una rajadura ya muy cicatrizada en el borde ­­le daba un aire de pobreza, tal vez para que contrastase con el ambiente de estrechez impresionista del resto del lugar.

Así debió verlo el emisario: el agente ir-desertflower 1 removía con una cucharita el azúcar que infructuosamente intentó mejorar el "tostado especial" servido por un pakistaní ilegal. De cuando en cuando miraba con ojos nostálgicos las erizadas torres del centro de París, diseñadas por arquitectos modernos, y entre todas a aquella eterna que se distinguía desde cualquier parte de la ciudad, como una mujer de elegancia clásica contrasta con las obesas matronas del siglo XXI.

Se acercó y esperó no ser visto; no deseaba que fuese un alegre ¡sorpresa! sino tan sólo evitar que el agente preparase demasiado sus respuestas.

Katz, sentado frente a la terraza, intentando ver la supuesta belleza de unos geranios marchitos que delimitaban la terraza con el vacío, habría dado la mitad de su cuerpo por tener a Erica al frente, sonriéndole, endulzando con su extraña voz el silencio y la tibieza de aquella tarde veraniega. Aquel era un restaurante situado en el sexto piso de un edificio de oficinas dedicadas, casi en exclusiva, a manejar la tesorería pública del ayuntamiento. Sus hombres y mujeres tomaban a aquella hora sus cafés entre fotocopiadoras y libros de contabilidad; así los únicos presentes en el lugar eran tres fantasmas de meseros, un espía graduado con honores y ahora, su contacto.

"Buenos días" dijo en un francés pésimo. Al retirar su atención de los geranios, Leonardo encontró un traje Polo Ralph Laurent con corbata color caoba apretada entre la chaqueta cruzada y un amplio torso ejercitado.

El hombre misterioso de la embajada; aquel que lo había detenido frente a la escuela; el perro guardián de Thomas Jefferson, repantigado en su silla lo miraba con una simpatía hasta ahora nunca antes demostrada.

Ah, por cierto, soy Ashton.

"Me importa un culo" pensó Leo instantáneamente.

El jefe está orgulloso. Hiciste el trabajo. Cierta gente está volando en las oficinas de Virginia; y... con las puntas de los dedos hizo cruzar un papel doblado sobre la mesa hoy es tu día de pago.

Leonardo lo abrió; el papel en blanco y dentro, como una amenaza, un cheque de un banco local colombiano. Su propio nombre escrito por la ya conocida y a la vez misteriosa máquina de escribir eléctrica de la Embajada, más una suma que quitaba el aliento en letras y números, por si las moscas. El borroso sello de una importadora de productos para odontología pasaba tan desapercibida como la firma ilegible que la acompañaba.

En medio de la Cuidad de la Luz, Leo Katz estaba lejos de sentirse rico. Ya en Bogotá sería otro cuento.

El equivalente a seis meses de salario de un oficial de inteligencia explicó Ashton.

Carajo esto es un montón de plata —dejó escapar Katz en un clarísimo español.

El agente sin apellido soltó un bufido de burla:

Claro Leo una fortuna.

Pero para un colombiano que ha pasado noches con agua de panela y harina cruda era una fortuna. Esos tres meses de salario básico más prestaciones legales significaban meses de arriendo en un apartamento decente; electrodomésticos, una tele nueva, ropa en fin.

¿Es real? O como el resto de los asuntos aquí es una falsificación.

No olvides que pagar bien es una de las principales políticas de la Compañía.

Claro; tampoco se me olvida la forma en que le pagan a quienes no les sirven bien.

Callado.

No manejamos las razones, ni siquiera las decisiones; no nos metemos en cosas de política; ya deberías saberlo.

Sí, me lo dijeron, igual que me dijeron que no podían involucrarse con asesinatos, ni directa ni indirectamente.

Ok, pero déjame darte una enseñanza más: hay niveles de verdad y niveles de mentira. En todo. En el mismo modo, esto es una guerra. No hay guerra sin bajas. Es un asunto de los Estados Unidos. Y, no lo olvides, eres un soldado.

Levantó la servilleta doblada y la dejó caer de nuevo como si la hubiese usado. Se puso en pie y abonó un dólar al bolsillo del paquistaní ilegal. Arreglándose la corbata por tercera vez en cinco minutos agregó:

Envía tu reporte a esa oficina señaló el cheque. Ahí está el número de teléfono por si necesitas la dirección.

Pero Katz no respondió nada; ambos ojos fijos en la Torre Eiffel, la frente inclinada apuntando al horizonte, el puño sosteniendo la mandíbula, cerrado como una caja fuerte, la rabia contenida de aquel que empieza a entender en qué clase de mundo está. Ashton reparó en esto e inclinándose un poco le dijo:

Nosotros no iniciamos el incendio, Leonard y se largó escurriéndose entre las mesas y unos cuantos peces gordos de oficina que mascaban unos crepes. Leo Katz sólo pudo restregarse el rostro con las manos, un gesto completamente teatral que utilizaba para demostrar una completa desazón: por fuera de las fronteras de ese mundo civilizado donde se toma "especial tostado" la guerra contra el terrorismo de la CIA continuaba.

Su avión salió una hora más tarde. Durante su recorrido, del centro de París al Charles de Gaulle, entre un taxi feísimo conducido por un italiano de increíbles bigotes y jerga de arponero esto último una suposición porque Leo Katz no hablaba francés, intentó pensar en Irma, y buscar su figura bella y corriente entre los ciudadanos del mundo que empezaban a asfixiarse con el calor de junio.

Su misión comenzó a deshacerse. Las comodidades del vuelo, el café de abordo, las piernas de la sobrecargo, el océano, infinito, y un atardecer idílico ante el cual las palabras sobraban le dieron en qué pensar hasta que fue derribado por el sueño.

Llegó tardísimo a una Colombia envuelta en la penumbra y un frío macilento donde una luna de antiácido alumbraba los tejados cortantes del centro de la ciudad. El taxista, que se agenció una pequeña fortuna, lo dejó en la húmeda avenida Séptima a unos metros del Capitolio revestido del naranja de las lámparas callejeras.

Cuando agotado se tendió en su cama, despedazado casi, se quedó viendo la hora hasta dormirse: 3.40 am.

Tal vez durmió por dos días, o más, porque al despertar eran las seis y diez minutos del primer lunes del segundo semestre de clases. Sin estar completamente repuesto de sus "vacaciones", Leo Katz regresó al trabajo.

No obstante, recuperó el sentido a las cuatro y media de la tarde. Tenía los ojos fijos en tres docenas de dulces de coco de envoltura verde los cuales intentaba contar, aunque llevaba ya un buen rato en ello y los números no le cuadraban. Y luego, cuando tras un desmedido esfuerzo lo logró, estando a punto de hacer la anotación en la planilla de inventario no la encontró y en la confusión los números se le borraron de su memoria de corto plazo.

Estaba en el suelo. Se puso en cuclillas para levantar las hojas desparramadas sobre el pavimento empapado por la mitad del contenido de una gaseosa tan agitada que al ser retirada su tapa su contenido se derramó sin que hubiese forma de detenerlo, y entonces escuchó los zapatos deportivos arrastrarse y un cuerpo frágil chocar sin violencia sobre la lámina de metal. Era ella, claro; ¿quién más?

Tenía el cabello recogido, aunque un mechón de pelo rebelde le colgaba sobre el ojo derecho. Tras tanta agitación ahora podía verla con calma. Estaba en camiseta y shorts ajustados; el agotamiento tras un violento juego de voleibol, con golpes, saltos, caídas y gritos, había dejado su cuerpo y temperamento igualmente ablandados.

No sea malo y véndame una gaseosa dijo casi bordeando el desfallecimiento.

Es como estar en una nube; ser etéreo, tal vez. La verdad es que ya nada te importa, pensó mientras se deleitaba con la sensual boca jadeante de Erica Cruz. Era una sensación que no tenía desde que había terminado su misión en México junto a los Cabeza de Martillo. Sacó la 7up helada que siempre reservaba para sí en los días soleados, y al ponérsela al frente agregó:

Aquí está. Pero no les digas nada a las otras o se lanzarán sobre mí como chacales.

Ja replicó sin ganas de reír.

Sin saber qué agregar, Leo se arriesgó a darle una punzada a la agotada nínfula:

Sobre todo no le digas nada a Daniela; me parece que tiene pésima actitud.

¿Daniela? No qué va; ella es rebacana.

Quizá contigo, pero a mí me detesta.

No... Ella es bien con todo el mundo.

Claro.

Pagó y se largó. Caminaba despacio y balanceaba su figura a cada paso como una modelo, sin desprenderse del balón de voleibol que guardaba bajo su brazo. Se detuvo, como ya lo había hecho en el pasado, miró a Leo, con los mismos ojos felinos, y este pensó, de igual manera que lo hizo tiempo atrás, que aquel mamífero era lo más hermoso que había visto en toda su pesada y larga existencia. Mas esta vez ella giró todo su cuerpo y lo enfrentó:

Usted qué es lo que tanto me mira dejó caer la pelota y se llevó los puños a la cintura. ¿Es que le gusto mucho o qué?

Usted me vuelve loco, Erica Cruz. En medio de la nada el silencio me susurra su nombre; el recuerdo de sus ojos son la única luz que me queda en la penumbra y nada tendría para mí sentido si creyese que no la podría volver a ver.

Ella enrojeció de repente; sostenía su boca brillante ligeramente abierta, cual si hubiese escuchado a alguien proferir alguna procacidad enorme. Como pudo, tomó su balón, giró su esbelta cintura y se escabulló mediante enormes zancadas. Pero algo muy dentro de ella la detuvo antes de alcanzar la puerta; apuntó una mirada de reojo a Leonardo con las cejas fruncidas como si hubiese descubierto que ese insulto imaginario había sido dirigido a ella.

Atemorizado, Katz se lanzó hacia el oscuro objeto de su deseo, logró darle alcance tras pasar el portón, redujo su marcha frente a las oficinas de secretaría, y empezó a caminar a su lado. Ninguna bata blanca asomaba en el patio interno; apenas algunos suéteres rojos.

Oiga, no lo tome a mal, ¿sí? dijo él con voz de huérfano.

Quién lo está tomando a mal respondió ella sin alzar la voz.

Simplemente, no hay que hacer un caso federal por esto.

Frente al cuarto de instrumentos deportivos él le cerró el paso. Estaba a menos de veinte centímetros de ella y mientras buscaba las palabras adecuadas para justificar sus acciones la contempló bien, ahora que podía. La muchacha era una niña, ¡Grasa! Como decía Hegel cada vez que se estrellaba con una fémina de abrumadoras cualidades. Erica escasamente tenía catorce años y su cuerpo apenas despuntaba un desarrollo exiguo, pero espantosamente sugestivo.

Usted es un tipo raro, Leonardo Katz; si fuera un man normal, como cualquier otro tipo, listo, no le vería problema en verme con usted. Sólo como amigos. Pero todo sería bien. Pero en cambio no, usted me da la impresión de que anda en un cuento todo torcido. No sé si anda con una pandilla, o vende drogas, no sé. Pero

Se mordió el labio inferior y estuvo contemplando por un rato a Leo, a un tipo joven que trabaja tiempo completo en una cafetería de un colegio público. Un tipo que cinco días atrás estaba cruzando un desierto que nadie se atrevía a cruzar. Un agente secreto que dos semanas atrás disparaba y huía entre los corredores de una capital de Medio Oriente. Que mientras ella veía la televisión o paseaba entre los frescos salones de un centro comercial, él colaboraba con los servicios de inteligencia rusos eliminando a un vendedor de armas que proveía a los chechenios de los explosivos que aterrorizaban a los moscovitas. Sí, un chekista; y tal vez ella lo intuía con ese sexto sentido femenino, pero claro, no tenía la mente tan sucia como para anotar tal idea en la lista de posibles ocupaciones extra del señor Katz. Y sin embargo la sensación que le producía aquel extraño acento, esos labios, esos ojos pequeños y curiosos, le bajaba de la nuca hasta la cavidad del corazón; se derramaba entre su estómago como vino caliente y terminaba más abajo de su vientre en las noches en las que se soñaba con él, llenándola de un miedo que en esa tarde le empezó germinar desde el centro de las pupilas, y que Leonardo terminó notando por fracciones de segundo, obligándolo a inclinarse sobre ella, a buscar el olor de su cabello y la textura de sus labios. Entonces el hechizo se hizo trizas:

¿La señorita ahí es que no piensa ir a clases? —era la coordinadora (bata de carnicero, cabello corto de madrastra jubilada y maldita, gafas de anciana y garganta de gallina), esperaba con los brazos cruzados en medio patio. Erica echó a correr escalera arriba, y Leo, ahora experimentado en el arte de la evasión, se borró del mapa.

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