Sunday, August 24, 2008

2. Los peones blancos

La Agencia de Análisis de Riesgos Ejecutivos (ARE para todo el mundo) tiene una sola misión, detectar y señalar cualquier amenaza contra la vida del presidente de la República de Colombia. No es que fuera una labor sencilla, pero sí delicada, por ello el personal se reducía a cuatro agentes con magníficos sueldos y licencia para todo. Nada ni nadie podía detener a un agente de la ARE; estaban por encima del DAS, del DNE, de la Policía, el Ejército, todo el mundo en otras palabras excepto por encima de tres hombres: el director, el ministro de Defensa y el Presidente.

Fue creada cinco años atrás, la razón, el asesinato del presidente Tomás Cipriano Velasco. La respuesta que dio la comisión de analistas del DAS tras el magnicidio, fue que este pudo haberse evitado de haber existido una coordinación efectiva entre las agencias gubernamentales encargadas de inteligencia. Los dos detenidos en aquel momento, por ejemplo, no estaban fichados por departamento alguno. De hecho resultaba increíble que sólo dos personas, ambas con un grado de instrucción que no llegaba a la secundaria, hubiesen llevado a cabo el homicidio de uno de los hombres más custodiados del mundo. Por esos días la guerra civil estaba en su punto más álgido y una vez muerto Velasco, el jefe de estado más detestado desde el nacimiento de la República, la confusión fue monumental; acusaciones iban de extremo a extremo; se solicitaban despidos inmediatos, pero faltaba un presidente ya que el primero en esa lista era el vicepresidente mismo, que desde la llegada de Velasco al poder era al mismo tiempo el encargado de la cartera de Defensa.

Aun mientras los restos del vehículo presidencial humeaban en la carretera, el ministro de gobierno de aquel entonces, Julio Céspedes Monterreal, ordenó al jefe del DAS crear una comisión de investigación que identificase, atrapase y explicara por qué los culpables habían llegado tan lejos. Así nació la Comisión de Análisis de Riesgos Ejecutivos: durante nueve meses una fuerza de trabajo de ciento veinte personas a lo largo del país juntaron evidencia, realizaron estudios y al final presentaron novecientos treinta legajos que componían el informe final acerca de cómo se pudo haber evitado y cómo evitarlo de nuevo. No obstante y su copioso informe, los autores intelectuales del magnicidio nunca fueron atrapados.

Ñandis Escobar y Cristobal Guatamarín, en cambio, estuvieron en la cárcel federal de Tunja durante dos años y tres días, aislados del mundo pero en buenas condiciones. Nunca pudieron, pese a los interrogatorios constantes, responder quién los había contratado: a saber de ellos un hombre con el rostro cubierto les había hecho la proposición. Escobar tenía a su padre en el hospital con cáncer de hígado; Guatamarín tenía a su hija presa en España por tráfico de drogas. El misterioso hombre prometió pagar los tratamientos del enfermo y sacar de prisión a la convicta. Tuvieron unas quince sesiones cada uno, siempre en cuartos de hoteles baratos con muy poca luz a primeras horas de la mañana. Luego recibieron instrucción de un mercenario búlgaro-danés (en esto nunca llegaron a ponerse de acuerdo) que les explicó el plan y los hizo practicarlo durante nueve sesiones de seis horas cada una. Ninguno de esos dos hombres pudo ser claramente identificado.

El 16 de octubre la caravana presidencial salió a las nueve de la mañana de la Casa de Nariño y se dirigió a la residencia campestre de Hato Grande. A unos veinte kilómetros de la propiedad dos hombres bajaron en motocicleta de la montaña, apuntaron al tercer vehículo con una bazooka y lo volaron en pedazos. Atraparlos les tomó a los guardaespaldas quince minutos de persecución; el ataque por parte de los asesinos había durado dos minutos y siete segundos. El arma, además, era de fabricación casera: un tubo de cañería empleado como rampa de un cohete de propulsión sólida, un percutor en la punta y sesenta balines que, como metralla, mataron al presidente, a su jefe de seguridad, y dejaron al chofer con medio cuerpo paralizado.

El arma había sido construida con materiales que se podían comprar en cualquier ferretería. El Departamento Federal de Investigación de los Estados Unidos (FBI) fue llamado para colaborar con la investigación del DAS, pero no pudo llegar a mejores conclusiones: el plan había sido trazado por una sola persona, excesivamente inteligente, y el arma había sido construida por dos o más personas con grandes conocimientos de física y química. Por encima de todo, lo que más atormentaba a los investigadores era que los asesinos supieran a cual auto atacar: viajaban nueve camionetas Mercedes, exactamente iguales, y el presidente estaba en libertad de subirse a cualquiera de ellas, cosa que siempre hacía al azar. Durante los interrogatorios ambos detenidos aseguraron que la información les llegó en un mensaje de teléfono móvil a las ocho y cuarenta minutos de la mañana, es decir, diez minutos antes de que Tomás Cipriano Velasco subiera a su transporte. Entonces los investigadores quedaron en el limbo: nadie, con excepción de Velasco, sabía a qué vehículo se subiría; por protocolo de seguridad debía simplemente salir de la residencia presidencial y dirigirse a una de las camionetas sin decir nada a nadie. Está, por último, el hecho de que, hasta el día anterior, el jefe de seguridad, mayor Ricardo Fandiño, ordenó que no habría cambios de posición en el orden de la caravana. Esta era una movida que siempre se empleaba en los viajes por carretera del presidente, y solo Fandiño supo por qué la cambió, llevándose su secreto a la tumba.

Pero la comisión conjunta del DAS y el FBI llegó a otra conclusión, no tan precisa como quién había enviado el mensaje sobre la situación del presidente respecto a su escolta, sino bastante ambigua: detrás del atentado —según el informe final— había un grupo de unas diez personas, vinculadas con las células urbanas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) quienes trabajaron por separado y nunca se conocieron entre sí.

Estas afirmaciones desataron la furia de varios congresistas del Partido Liberal; ¿cómo era posible —decía el congresista Patricio Olmos Rueda— que tras cinco meses de investigación los resultados fuesen tan vanos? Pero así estaban las cosas. El Partido Conservador tenía su propio discurso: lo grave no era el magnicidio, sino que los responsables de cuidar de la vida del presidente hubiesen fallado, dejándole claro a los enemigos de la democracia —así lo declaraban ellos— que sus instituciones podían ser derribadas mediante la fuerza. Entonces se propuso la creación de la Agencia de Protección Presidencial. Una entidad con todos los recursos para recabar información mediante la cual las amenazas contra el primer mandatario de la nación pudiesen ser detectadas y eliminadas.

La APP empezó a reclutar agentes de todas las instituciones: Fiscalía General de la Nación, DAS, DNE, Policía Nacional y un largo etcétera. Pronto tuvo más de mil cien agentes con identificaciones, quienes podían pasar, aún por encima de sus antiguas instituciones, para llegar “la verdad”. El resultado fue atroz: agentes de la APP robaban, secuestraban, asesinaban, timaban, extorsionaban y además le mentían al Congreso. Los informes llegados de cada sucursal de cada estado mostraban que había tantas amenazas contra la seguridad de la democracia como agentes. Bombas en globos de aire caliente, satélites que podían reflejar un láser para asesinar a una determinada persona, zapatos con veneno, esporas ponzoñosas… la creatividad era increíble, pero como su director el general de la policía retirado Esteban Ulloa decía, que sólo dos hombres montados en una moto hubiesen podido asesinar al presidente Velasco demostraba nada era absurdo, y que además las operaciones en marcha —y sus terribles consecuencias— estaban plenamente justificadas.

No así su presupuesto al parecer. El jefe del partido Liberal, el entonces ex senador en campaña José Hilario Vargas, se presentó a televisión nacional en una entrevista de una hora señalando los costos verdaderos de esta “cacería de brujas” como el mismo lo llamó. La APP le costaba a la nación casi cuatro puntos de su PIB, una cifra alarmante, y buena parte del dinero se estaba irrigando hacia cuentas numeradas en Suiza y Aruba. Esto, explicó Vargas, se debía a que muchos agentes, en cuanto lograban impresionar a sus jefes con reportes amarillistas, conseguían cheques en blanco para comprarle información a quien quiera que pudiese revelar todo el tamaño de la conspiración denunciada. Sobra decir que algunos agentes, como Cantalicia Espinel quien ahora vivía como refugiada política en Venezuela, habían amasado verdaderas fortunas; pero lo peor eran los capitales entregados a soplones y timadores de manos de agentes que realmente creían en estos tipos.

Vargas entonces llegó al poder y aplastó de un golpe la APP: su director fue enviado directo a un consulado en Bulgaria, su plana mayor fue puesta literalmente en la calle. Y los agentes investigados fueron puestos bajo arresto. El golpe fue tan violento que los medios lo aclamaron: la corrupción en Colombia vería su extinción, decían los columnistas, ahora que el sanguinario Velasco estaba muerto y que en el solio de Bolívar había un hombre recto e implacable. A los diez días de su toma de posesión, José Vargas contaba con los aplausos de todo el país.

Pero una de sus primeras medidas, no sólo fue el desmantelamiento de la APP, sino la creación de una agencia más pequeña que la sustituyera; así nació la ARE.

Para ello Vargas llamó a la Casa de Nariño al subdirector de la Dirección Nacional de Estudios —es decir la agencia central de inteligencia colombiana—, Máximo Cohen, un filósofo e historiador quien había llegado a su puesto por su enorme capacidad de análisis y varios triunfos secretos, y le pidió que buscase al personal de la nueva agencia, la cual, como enfatizó el nuevo presidente, debía ser tan secreta que sólo una decena de personas supiese de su existencia. No era esta una labor fácil; Cohen era sin embargo muy inteligente y, para seguir al pie de la letra las instrucciones de Vargas, concibió un equipo muy pequeño de ex agentes desempleados que pudiesen ver una situación y actuar debidamente. No era necesario que comprasen informadores, sino que tuviesen acceso tanto a los reportes de las agencias de inteligencia, como al presidente mismo.

Máximo Cohen se aseguró de que sus agentes pudieran tener acceso a todo, e incluso que pudiesen pasar por encima de cualquier persona o institución, con excepción del Ministro de Defensa y de él mismo como director. Solicitó un centenar de currículos y se sentó en su casa campestre de Villa de Leiva a analizar prospectos.

Ocho fueron los seleccionados, de los cuales debían salir cinco. Mediante correo electrónico los llamó a entrevista y durante la siguiente semana se encargó de hablar con ellos en una suite del Hotel Tequendama. No les dijo a qué entidad pertenecía ni cuáles serían sus cargos; en vez de esto, optó por una serie de charlas amistosas sobre temas universales: arte, vida, muerte, mujeres, familia, futuro y país. Las respuestas iban quedando grabadas, tanto la mente del nuevo director como en una cámara de alta definición oculta entre un arreglo floral que decoraba una ovalada mesa de centro color carbón.

Federico Góngora fue el único que logró descubrir la cámara. En su opinión no hacía juego con la mesa de centro y más bien hacía falta en la mesa del pasillo que conducía a la puerta; entonces, dejó caer una pluma que traía dando giros entre sus dedos y al inclinarse a levantarla pudo ver de cerca el florero, descubriendo el lente del aparato. El agente de contrainteligencia del DAS fue el primero en la lista de admitidos.

Nacido en Bogotá había llegado a los veinte años sin la seguridad de qué camino elegir. Empezó a estudiar criminalística, como otros tantos miles de jóvenes que veían en esta carrera —ofrecida por medio millar de instituciones en la ciudad— la posibilidad de hacerse a un oficio entretenido y bien pago; los delitos nunca faltarían y a los empleados públicos de la rama policial jamás les retenían los cheques.

Estudió durante dos años, mantenido por sus hermanas, pero con la terrible sensación de estar perdiendo el tiempo. La mediocridad del pensum académico, el pésimo ambiente que se respiraba en la institución, con muchachos y muchachas para los cuales la vida era desconectarse del mundo con la música y la televisión más el lapso de tiempo que se sucede entre una desconexión a otra, eran todos estos motivos para que cada día abandonase las rutinas propias, se dejase crecer el cabello, una espesa barba y rara vez le diese un relevo a sus ropas. Lo único bueno de aquella etapa de desolación interior fue el contacto, por primera vez en su vida, con los libros. La ley y el funcionamiento de los poderes oficiales cautivaron su atención hasta llenar su boca de toda clase de teorías, siempre disponibles a quien se tomara el tiempo de escucharlas. El gobierno, sostenía ante sus aburridos compañeros, no debía ser una forma de control sobre el territorio sino el control absoluto. La menor fisura puede crear en cualquier país el brote de enfermedades como pobreza, delincuencia, analfabetismo y crisis de salud. Cuando un gobierno, en cambio, controla, basado en un organigrama de precisión matemática, cada aspecto de la vida del país, todo ciudadano puede hacer uso de sus derechos. Cuando terminaba, si no terminaba solo, quienes lo escuchaban asentían lentamente y luego dirigían la charla hacia el fútbol o las mujeres. Federico consideró al terminar el cuatro semestre de carrera que su futuro no podía estar entre las fuerzas de la ley, ya que estas estaban conformadas por borrachines, onanistas, adictos al fútbol o mujeriegos. El poder estaba en quien hacía surgir las ideas y giraba el timón para modificar el rumbo de los acontecimientos.

Entró a la Universidad Nacional con uno de los puntajes más altos en los exámenes de ingreso. Eligió filosofía y letras, pero al pasar las semanas y chocar contra las publicaciones exigidas por los profesores, una nueva desazón se apoderó de él: las ideas que creaba y modificaba en su mente respecto a cómo mejorar al país nada tenían que ver con los postulados de alto entramado redactados por los pensadores más reconocidos de la historia. Los franceses y alemanes podían llenar libros, que aunque traducidos al español, resultaban tan incomprensibles como los pictogramas sumerios. Y cambió entonces de postura: los filósofos eran unos vagos que se dedicaban a garabatear ideas incomprensibles sobre el alma humana, lejos de buscar las verdaderas respuestas que necesitaba el hombre; mucho papel, mucho discurso y citas al pie de página mientras seguían habiendo niños con hambre y políticos corruptos.

Al menos en Colombia, la filosofía no servía para nada, declaró a su hermana una vez. Algo muy distinto sucedía en el campo de las leyes: se podía ser un abogado chupasangre o, mediante el conocimiento y buen uso de la Ley, hacer que la Constitución dejase de ser letra muerta. Así que se hizo abogado.

Al comenzar sus prácticas, durante el cuarto año de carrera, en su mente se dibujó una curva dinámica donde, en el punto más alto de detenciones y procesos, se hallaban los pobres diablos, que o bien eran inocentes, o eran culpables de delitos comunes: asaltos, robos, o estafas no planeadas. Los abogados eran un ejército de cobrar cuentas y saldar venganzas. La fuerza jurídica del país empleaba dos tercios de su capacidad para resolver pleitos de hacendados, enredos con pólizas de seguro, despedazar matrimonios y enriquecerse con herencias de terceros. Los grandes delitos en cambio: robos millonarios por parte de entidades y agentes estatales, terrorismo, masacres, exportación de drogas, esclavitud y otros no eran confrontados por nadie. ¿Qué hacían las agencias de seguridad? Nada al parecer; y todo el cambio debía surgir de allí, decidió Federico mientras presentaba su solicitud de ingreso al DAS.

No tenía madera para ser agente encubierto o detective de homicidios, pese a sus estudios en dicha material, los cuales, la verdad, no eran aceptados en la institución. Pero parecía ser bueno para estudiar a las personas; fue enviado al Aeropuerto el Dorado, vestido de civil y con un radio transmisor para cumplir turnos de vigilancia de doce horas. En ello estuvo durante casi diez años, a la caza de instructores mercenarios que venían a trabajar para la guerrilla; tras los reclamados por Interpol; y capturando a los traficantes de drogas o armas. Al final fue ascendido y se le dio una oficina en dentro del Cuartel General para analizar los progresos en investigaciones varias y asistir en interrogatorios.

La llegada al poder de Tomás Cipriano Velasco le cambió la vida, pero no para bien. Hasta ahora podía decir que había servido a las fuerzas del bien en la lucha contra los criminales, parándoles los pies en ocasiones varias. Ahora una especie de herrumbre maloliente empezaba a trepar por las columnas de todo el aparataje de seguridad del estado: si para detener a un hombre sospechoso de un crimen los fiscales y agentes debían hacerse con una gran cantidad de pruebas, ahora bastaba con rumores para imprimir órdenes de captura.

Las prisiones se abarrotaron de “terroristas” e “informantes” de las Farc y el ELN. Uno de cada diez extranjeros era un asesor en bombas, y todas las mujeres, entre la Fiscalía General y el Ministerio de Defensa, empezaron a ser investigadas, interrogadas o vigiladas desde viejos coches por oscuros mirones a sueldo.

Federico, quien hizo buen uso de sus básicas nociones de sicología para servir de apoyo en los interrogatorios, desarrolló, durante los últimos cinco años de labores, su propio método para que los detenidos suministrasen información o revelasen sus crímenes. Estaba basado en un modelo de contra preguntas de Erroll Pettissen Ven, psiquiatra holandés de principios del siglo XX: convencer al paciente de que lleva el hilo de la conversación para extraer de sus preguntas las conclusiones obvias y mediante estas hacer preguntas breves y directas que fuesen respondidas de inmediato llevando, en el caso de los interrogatorios, a que los sospechosos cometieran errores o cometieran indiscreciones.

Tan eficiente resultó, al menos en siete de cada diez casos, que el FBI lo llamó a dictar un curso en la academia del departamento en Cuántico, Virginia. Fue una época de prosperidad y plácida vida para el agente; estuvo incluso a punto de casarse con la hermana de un agente de apellido Fierbanks del que se había hecho amigo. No obstante para Góngora vivir alejado de su patria era demasiado, como era demasiado para la chica, Esther, vivir lejos de los Estados Unidos. Acordaron mantener un contacto por correo electrónico pero el flujo de mensajes fue más bien breve y ambos terminaron por no saber nada el uno del otro.

Al llegar a Colombia, además, la situación era caótica: estallaban más bombas que nunca y los esfuerzos en seguridad terminaban en nada. La nueva agencia de coordinación de inteligencia, la Dirección Nacional de Estudios, DNE, sólo había logrado frenar el ingreso de armas desde el exterior, así como el apoyo de otros países a las guerrillas; pero en el contexto territorial colombiano el antiterrorismo estaba fallando. La Agencia Central de Inteligencia envió un reporte al presidente Velasco informándole sobre la presencia de cerca de veinte células terroristas, cuyo único objetivo era el de buscar un golpe de estado, a manos de la oposición —tan perseguida y vigilada como las guerrillas mismas—, o de los generales de las Fuerzas Armadas. Si no se hacía algo para mejorar la imagen del actual gobierno, decía en su comunicado la Compañía, la lista de grupos de inconformistas que empleaban la violencia para hacerse escuchar iría en aumento.

Se ignora también cual fue la respuesta del presidente; Velasco terminaría muriendo faltando dos meses para convocar a elecciones y, según parece, en su agenda próxima no había ningún deseo de frenar el proceso nacional de purgas llamado “Seguridad Legítima”.

Góngora, que había renunciado al Departamento al poco de regresar a su patria, estuvo desempleado casi seis meses; manteniéndose con el producto del alquiler de los dos pisos arrendados en su edificio. En toda Bogotá era imposible conseguir empleo.

Su ingreso el ARE le significó un amplio giro en su estilo de vida: empezó a devengar un sueldo sustancioso, y como soltero, pudo empezar a gastar en trajes a la medida, zapatos de diseñador, corbatas francesas, un Mazda último modelo, un nuevo equipo de sonido, televisor de alta definición —importado ya que por entonces tal tecnología no había llegado a Colombia—, y la planificación de viajes alrededor del mundo para unas próximas vacaciones.

Los otros no tardaron en ser escogidos; Cohen buscaba perfiles extraños de colombianos que pudiesen ser sometidos a un gran estrés, con capacidad de meditar y que supieran manejar un arma. Los matones, o los gorilas sin razonamiento estaban descartados; si alguien demostraba habilidades que se saliesen del margen de lo usual, ese era el hombre que había que tener al lado.

Y el primero de estos, que se destacó por tener el historial más oscuro, fue Ever Jesús Ríos Velez. Surgido de un remoto caserío del Departamento del Chocó (ahora Estado del Chocó), con una vida sumergida en operaciones clandestinas para la Cancillería y luego como oficial de vigilancia del DNE. Tenía, al ingresar al ARE, cuarenta años cumplidos, veinte de los cuales se había dedicado a labores de inteligencia.

Nacido en La Llanta, un corregimiento entre la espesura de la selva, donde a parte del puesto de radio no hay otro contacto con el resto del país —si se pasa por alto el casi invisible sendero solo conocido por los locales—. Allí las posibilidades de educación son muy pocas; en general quedan dos opciones, abandonar el pueblo o aprender un oficio y vivir sin mayores aspiraciones. Ever pudo haber sido uno de esos; su padre, proveía gasolina a los habitantes del caserío mediante un escuadrón de jumentos encargados de realizar viajes de cincuenta kilómetros hasta el río.

Cuando su segundo hijo, Ever Jesús, cumplió los catorce años, lo envió a Basilea, un punto de paso de transporte de carga; salió de casa con la tarea de llevar un recado a un primo de su madre, quien acarreaba en un viejo camión manteca de cerdo. Pero no regresaría a casa sino diez años después; siendo la primera vez fuera del campo donde había crecido, se encontró entonces con la violencia de vehículos que corrían por la autopista de ciento veinte kilómetros por hora; intentó seguir entonces otra ruta, distinta a las indicaciones de su padre, terminando así tan lejos de la vía principal del departamento que luego no supo cómo regresar.

En el primer pueblo que pudo detenerse perdió el burro sobre el que había venido viajando; nunca, sin embargo, trato de pedir ayuda, sino que su interés principal estaba en llegar a Basilea para cumplir con el recado. Ever contaría a su madre, muchos años después de separarse de ella para este viaje, que su situación terminó de complicarse cuando se encontró con una banda de jóvenes australianos que venían recorriendo el continente en un Cadillac cubierto de polvo y años. A parte de un diccionario y un mapa no contaban con más guía en aquel rincón de Sur América. Los muchachos empezaron a hacerle preguntas a Ever, pero este no podía dar respuesta alguna; cuando los extranjeros empezaron a realizar señales con las manos y los brazos, pensó que lo llevarían con él hasta el siguiente pueblo, o a Basilea misma; en realidad, aquel grupo de estudiantes buscaba un guía.

Llegaron a Quibdó, capital del estado; una ciudad pequeña con altas tasas de pobreza, pero para el muchacho extraído del corazón de la jungla aquel era un lugar enorme, lleno de autos, de ruido, música, gente y ni un solo conocido.

Pasaría cerca de un año trabajando en la plaza de mercado descargando mercancías y durmiendo sobre costales hasta que empezó a involucrarse con contrabandistas. Armamento pesado para las guerrillas estaba llegando a través de barcos japoneses anclados frente a las costas del Pacífico colombiano. Los porteadores eran robustos lugareños sin más necesidad que una buena paga y quienes ignoraban la clase de crimen con la que se estaban involucrando. Ever tampoco podía ver el cuadro completo, y seguramente, si no hubiese conocido a Carmen, hubiese pasado sus días como otra más de las negras siluetas que al amanecer se recortaban en la playa cargando cajas de proyectiles desde canoas hasta los jeeps.

Carmen era una muchacha sencilla; natural de Pio XII, un corregimiento costero, hija de un pescador, y con solo una pasión, la danza. Al conocerla tenía diecinueve años, dos años mayor a Ever, quien ya era lo bastante alto y musculoso para impresionar a la joven. Tuvieron un noviazgo sencillo y a los dos meses empezaron a plantearse el matrimonio. Para Ever Jesús el matrimonio era una de esas etapas en la vida que tocaba tomar conforme llegara; estaba, o creía estar, enamorado de aquella muchacha delgada y bonita, por tanto lo mejor sería hacerse a su propio rancho, organizar una boda y esperar a los hijos y luego a la señora muerte. Pero ocurre que el mundo es más complicado que eso.

Una tarde, a semanas ya de realizarse la boda, Ever fue detenido por su jefe inmediato, un antioqueño sencillo y joven que le pidió como favor organizar una reunión sencilla en su casa para “don Salman”, el propietario de los barcos y de las armas que se encargaban de subir a los transportes todoterreno. El tal señor Salman, explicó el paisa, siempre estaba de viaje, de un barco a otro, o de un avión a otro; era hombre sencillo, agregó, y disfrutaba de cosas tales como atardeceres en playas que la civilización y el mal llamado progreso no hubiesen infestado de hoteles. Como Ever se había hecho a una casa de bareque y paja frente a una playa de arena como oro blanco, el jefe pensó que unos aguardientes, el atardecer y la brisa suave con olor a coco serían un buen regalo para el traficante de armas.

En efecto el gran hombre se hizo presente. Era un viejo de tez cetrina, barbas y cabello blanco, vestido como turista —con un traje de aspecto caribeño cuyo costo debía ascender hasta las estrellas—, de baja estatura y sonrisa sosegada. Saludó a Ever Jesús, a su prometida Carmen, se sentó en una mesa por la pareja frente a la casa y, mientras bebía de una botella de whiskey, conversaba con su socio colombiano y un par de sujetos de barbas rufianescas que portaban pistolas plateadas.

El sol se fue resbalando en el paraíso mientras la luna ocupaba su lugar. Ever estaba pendiente de sus invitados, pero a sugerencia de su jefe era Carmen quien los atendía. En determinado momento, Salman tomó de la cintura a la muchacha y la hizo sentarse en sus piernas. Los tipos reían tomaban de forma imparable; Ever sentía que eso no estaba bien, así que quiso ir y ordenarle a su futura esposa que dejara ya a esos hombres y regresara a la cabaña. No pudo acercarse a la mesa, los guardaespaldas del traficante lo detuvieron y lo encerraron en su propia casa. Iracundo, Ever tomó una botella vacía de Jack Daniels y, escapando por una ventana, se lanzó contra el tipejo que abrazaba a Carmen; estaba solo tratando de quitarle el vestido a la muchacha, y tan ebrio al parecer, que no se dio cuenta que se acercaba el alto y fuerte pretendiente. La botella se hizo añicos en la enorme cabeza de Salman, los guardaespaldas se alarmaron y empezaron a dispararle. Ever se lanzó a correr hasta llegar a la carretera, trepó a un bus viejo que avanzaba desocupado rumbo al terminal y llegó al pueblo media hora después.

Sus problemas empezaron al llegar a la estación de policía para denunciar el abuso contra su novia. Allí estaba su antiguo jefe y uno de los guardaespaldas. Declararon que Ever era un proxeneta, su novia una puta, y además que pretendían robar al señor Salman. El joven porteador recibió una paliza y fue confinado a una jaula (en todo el sentido de la palabra) durante noventa días hasta que fue trasladado al a prisión departamental de Quibdo, donde pasó sus siguientes tres años sin saber ni de su familia, ni de su prometida.

Su tiempo en prisión lo transformó: pasó de ser un joven sencillo, con planes para el presente y libre de pensamientos complejos sobre la humanidad, el alma, el principio, el fin, o el correr mismo del tiempo, ha ser un sujeto frío y estudioso. Según sus primeros compañeros de presidio, le había, simplemente, robado a la mujer; y todo por que era un negro tonto e ignorante; los blancos no eran más astutos —quien le decía eso estaba condenando a treinta años por embaucar a unos banqueros españoles—, pero sí más estudiados.

Preso se sometió a la educación de los misioneros protestantes de Tennesse. Aprendió algo de inglés, de historia y de matemáticas. Nada que le sirviese realmente para el mundo moderno, pensó, ya que la mayoría de detenidos por grandes crímenes eran aquellos capaces de abrir bóvedas de seguridad, secuestrar gente adinerada, asaltar casas de millonarios protegidas por perros y guardias armados. Los analfabetos o poco educados emplearon su tiempo, y se ganaron sus condenas, por asaltos vulgares, robo de baratijas, homicidios por unos cuantos dólares, o si acaso, vínculos con las guerrillas.

Lo llamaron a su celda una mañana, y pensando que era un abogado —por que de hecho nunca le habían adjudicado uno— se arregló lo mejor que pudo y fue optimista al patio de visitas. Allí habían dos policías, se identificaron como pertenecientes a la Interpol, le preguntaron cuatro veces su nombre, verificaron sus huellas y sin dejarle decir una sola palabra lo montaron en una camioneta rumbo al aeropuerto. El viaje hasta Bogotá lo hizo en veinte minutos, y su primera experiencia de volar no le impresionó mucho: un estrecho asiento, nada de beber, calor pegajoso y una presión insoportable en los oídos. Las cosas cambiaron radicalmente cuatro horas después; tras media docena de inyecciones y la revisión rutinaria de un médico del aeropuerto, subió a un descomunal avión de American Airlines; una bestia de trescientas noventa sillas, algo inconcebiblemente grande que pese a toda la lógica —tan adentrada en su cerebro— podía volar como una nube, más alto incluso que las gaviotas de la playa.

Tres comidas empacadas en plástico, pantalla de video con películas incomprensibles, una espera de dos horas en un aeropuerto desconocido y atiborrado de gente —debió de ser en la Florida— y otro viaje, esta vez en una aeronave más pequeña, hasta la fría Londres, a donde desembarcó a las siete de la tarde de una tarde de otoño.

Aquello era el mundo; Colombia, pensó, no era nada. La capital del Reino Unido era una megalopolis colosal y grandiosamente bella con millones de lámparas, hoteles de un lujo exquisito y muchachas pálidas de mejillas rosadas, tan preciosas como muñecas. Ever Ríos fue hospedado en un hotel sin mucho lujo para viajeros frecuentes en la parte baja del río Támesis. En la mañana probó su primer desayuno británico, “coles grises, huevos tibios y té”, según recordaba Ever cierta vez, y se presentaron los hombres de la Interpol británica. Como intérprete llegó la entonces embajadora en Inglaterra, Norma Céspedes de Trujillo. Al ser presentados, la embajadora se negó a darle la mano a Ever, estornudando falsamente en vez de estrechar la mano que el chocoano le ofrecía y, entre risas, agregó que el clima estaba muy frío. Luego, afirmó Ever, tomó al policía colombiano que se había encargado de transportar al joven, y le preguntó si no había alguna manera de conseguir a un hombre, o incluso una muchacha, de “raza blanca” colombiana que representara a Ever en la corte, en vez de dejar que los medios del mundo viesen, como testigo, a un negro, y creyeran que aquella nación sudamericana era una república africana. El policía primero se rió, luego se puso serio y replicó “¡pero cómo se le ocurre señora embajadora!”. Era un buen policía.

En todo aquel transcurso de tiempo Ever no sabía qué diablos estaba haciendo allí, en lo que le parecía la orilla opuesta de la galaxia. A las diez de la mañana entró a un recinto enorme, todo chapado en madera con “cuadros antiguos” en el techo y una veintena de hombres de negro y otros tantos de traje mezclados con policías de casco. Lo sentaron en un extremo de la sala y empezó el juicio. Tuvieron que ponerse de pie a la llegada del juez, un hombre viejo con peluca de bucles blancos. Al sentarse de nuevo la embajadora se inclinó hacia Ever:

—Escúcheme bien señor Jesús; ponga mucho cuidado y no nos haga quedar mal: cuando yo le diga se dirige a esa silla que está junto al estrado, o sea donde se sienta el juez que es ese señor; le van a hacer unas preguntas pero usted no responda nada, y digo nada de nada; se va a quedar callado y cuando yo le diga señala a ese tipo de traje platinado que está en primera fila. ¿Entendió señor Jesús?

Asintió mansamente. No era estúpido: los seriados de televisión sobre abogados y jueces —comenzando con el propio Perry Mason— le encantaban: allí al menos la justicia funcionaba. Lo llamarían a declarar, ¿pero contra quién? No recordaba haber visto en su vida a ninguno de esos hombres blancos de ajadas pieles grises. Al ser llamado al estrado y fijar su mirada en el tipo de traje platinado —es verdad, parecía envoltura para goma de mascar— supo a quién estaban enjuiciando: era el “señor” Salman.

Salman Marüiz, mejor conocido como El Turco Rojo, era un ex agente de la KGB que se había dedicado a vender armas tras desertar a finales de los sesenta e instalarse en Bruselas. Había nacido ciertamente en Estambul, de familia trabajadora y socialista que tras recibir varias palizas en la cárcel se había dirigido a la Unión Soviética para estudiar. Terminó trabajando para el segundo directorio en calidad de asistente de torturas, y luego de unos años, cansado de no llegar a ningún lado y aquella horrenda kvas todos los días en vez de cerveza negra, buscó a los británicos y planteó su deserción. Luego, los detalles de su paso al comercio de armas no son claros, pero por alguna razón los ingleses querían sumirlo en una prisión por el resto de sus días. El servicio secreto británico había estado siguiendo al traficante por años, tomando apunte de cuanto paso daba, y claro, el incidente con el porteador Ever estaba en los registros de operaciones.

Como en la televisión, los malos serían castigados. La embajadora se situó junto al testigo y comenzaron los alegatos de la fiscalía. Ríos quería saber qué pasaba, pero no se atrevía preguntarle nada a la “doctora” Norma. Puso toda su concentración en buscar palabras que le sonaran conocidas, pero el acento violento del fiscal británico no le dio muchas opciones.

Llegó el momento en que debía señalar al acusado. Hizo como le ordenaban y apuntó su dedo al ahora calvo y atormentado Salman. El fiscal dijo algo, no en inglés sino en italiano (en realidad en latín, afirmó: quod erat demostrandum) y se retiró ordenando que se llevasen al testigo. El policía le hizo una seña para que se levantara, pero de inmediato le ordenó sentarse de nuevo. El abogado defensor pidió interrogar al testigo:

Este abogado era un texano de cincuenta y dos años, robusto, lampiño y con cara de sabelotodo. Se fue acercando al estrado mientras hablaba sobre los trajes de los fiscales, de la educación del juez, y de que él era un sencillo hombre de granja que había tomado el derecho para sacar adelante a sus críos, a su “apá” y a su “amá”. Al menos el abogado hablaba de forma más clara, y parecía más simpático que los fiscales, pensó Ever en aquel momento. Dejó de agradarle un minuto y medio más tarde cuando empezó a afirmar que la fiscalía podía estar empleando un truco sucio trayendo a un negro cualquiera de la calle para que señalase a un hombre determinado en la corte. La fiscalía presentó una violenta objeción pero la obra se siguió desarrollando:

—Veamos pues, mi querido amigo —decía el abogado cuyo nombre no podía recordar—, tú sabes por qué estás aquí.

La diplomática que hacía la labor de traducción estúpidamente respondió por Ever.

—¡Discúlpeme, señora, o señorita! Pero le estoy preguntando al joven de color; no a usted, mi querida dama. A ver, chico: ¿tienes la más remota idea de quién es ese caballero con ese traje tan bonito sentado entre la chica rubia y el viejecito de bombín?

Ever se quedó callado. Al fondo, notó, los espectadores cuchicheaban entre sí. Entonces respondió, en un inglés abierto y muy españolizado lo siguiente:

—Ese es mister Salaman. Él tiene varios barcos grandes. Los barcos llegan a la bahía y nosotros vamos en bote y llevamos las cajas hasta la playa. En la playa subimos esas cajas a camiones. Mister Salman vino un día con unos amigos y empezó a tomar en mi casa; tomaban whiskey. Mister Salman quería abusar de mi esposa, pero yo no lo dejé y le rompí una botella de whiskey en la cabeza y luego corrí y me metieron preso por atacar a mister Salman.

El fiscal fue a una mesa y levantó una bolsa llena de fragmentos de vidrio roto.

—La evidencia veinticuatro que su señoría declaró inservible para este juicio.

El vendedor de armas parecía al borde del colapso. Sus puños estaban blancos de tanto apretarlos y sus labios temblaban sin parar. El abogado texano se acomodaba su corbata de lazo y, tras beber un poco de agua, regresó para preguntar “¿tienes alguna idea de lo que había en esas cajas, chico? Quizá eran plátanos”.

—No señor. Los plátanos se transportan en cajas de cartón; además no se importan sino que se exportan —risas al fondo, el juez golpea el martillo—. Había cohetes en esas cajas.

El fiscal dio un salto, levantó un gran cartel y lo sostuvo frente a Ever; en él había diversas clases de proyectiles pesados de largo alcance dibujados a mano y pintados con colores.

—Puede el testigo señalar qué clase de “cohetes” había en las cajas.

—¡Objeción! —Gritó brutalmente el abogado— ¡Estoy interrogándolo!

—Denegada —barbotó el juez— Que el testigo responda.

Ever señaló los misiles blancos y delgados como palillos chinos. Los 9K-32 soviéticos.

—Q.E.D —empezó a decir el fiscal antes que una voz resonara en toda la sala:

—¡Negro hijo de puta! Te haré ahorcar, ¡no importa dónde te escondas! —gritaba Salman mientras los martillazos caían como bombas. Salman fue condenado de por vida a una prisión del condado de Kent; murió seis años más tarde de derrame cerebral.

Al salir de la sala de audiencias, un joven reportero se acercó a Ever. “Señor Ríos” le llamó, pero mientras el cordón policía lo detenía, la embajadora empujaba a Ever dentro del coche patrulla; como nadie lo había llamado “señor” antes, Ever decidió que aquel joven debía ser un buen muchacho, le gritó el nombre del hotel y este sonrió agradecido. Dentro del auto la doctora Norma cargaba un gesto de pésimo humor.

Al hotel, ahora protegido por una veintena de policías, se presentó el muchacho, su nombre era Richard Scott, y esa era su primera asignación para el diario The Guardian.

Scott —un escocés, como podrá el lector suponer—, anhelaba viajar por todo el mundo como reportero. Por ahora tenía que conformarse con atrapar noticias locales al vuelo; se había enterado del proceso contra “El Turco Rojo” y quiso encontrar un ángulo no cubierto por los medios. Ahora tenía la oportunidad de una gran crónica. Sabía algo de español, muy poco, pero lo complementó bien con el conocimiento que tenía Ever Ríos de Inglés. En una entrevista con té y tostadas francesas empezaría una amistad de más de veinte años.

Aunque la embajadora planeaba mandar de vuelta a la cárcel a Ever, los fiscales, muy agradecidos con el colombiano, le ofrecieron un programa de residencia y estudios como refugiado político. La cárcel departamental de Quibdo, dijo Ríos, no era precisamente el lugar más seguro del mundo. La cancillería colombiana quería a su prisionero de vuelta, recibiendo una airada respuesta de los británicos: ahora el señor Ever Jesús Ríos era un huésped de Su Majestad. Cuando el Ministerio de Relaciones exteriores fue en busca del historial delictivo de Ríos, descubrió que el joven había pasado su tiempo en prisión porque nunca se le inició un proceso ni se le asignó abogado. Scott recogió toda la historia y el gobierno colombiano quedó en ridículo; a Ever ya no le importaba: ahora estaba en una casita con calefacción en Manchester, estudiando historia y lingüística.

Su historial con los servicios secretos tiene un inicio que permanece en las brumas; se ignora a ciencia cierta si empezó a trabajar para los británicos o para los colombianos. Pero a los veinticinco años estaba trabajando de conductor para el consulado colombiano en París. Se presentó por entonces una queja por parte del ministerio de interior francés, en que señalaban que Ever compraba información para localizar a supuestos integrantes del IRA. Como no sabían para quién trabajaba lo dejaron en paz; Ever regresó por una temporada más a Inglaterra, pero siguió manteniendo contactos con el servicio diplomático exterior colombiano.

Por aquel entonces contrajo matrimonio, además, con una atractiva decoradora de interiores llamada Lauren Bledel, una prima lejana de Scott quien le fue presentada en una fiesta. La señorita Bledel era además colaboradora ocasional de The Guardian; poco instruida en las rudezas de la vida real, pero amable y sencilla con una deslumbrante sonrisa que se ganaba las simpatías de todos.

No fue una vida conyugal fácil. A los treinta la pareja se trasladó a Bogotá y Ever empezó a trabajar con la unidad exterior del DAS —no existía por aquel entonces el DNE—. La pareja ya tenía dos hijos y llegó a vivir en un departamento de dos pisos en un barrio refinado del norte de la ciudad. El clima, sin estaciones, y la alegría de la gente les causó buena impresión en los primeros días. Pero las realidades sociales se revelaron muy pronto: Colombia estaba llena de pobreza; bastaba cruzar dos calles al sur para toparse con niños de siete años que vendían colombinas bajo la lluvia helada de las siete de la noche, con sus rostros grises alumbrados por las luces de tráfico. La distancia con Inglaterra causó mella igualmente, tanto para Lauren como para su hija Bryony, como para su hijo Sean.

Habría que añadir el contacto gélido que Lauren hizo con la sociedad circundante. Las mujeres del barrio y del club la miraban encantadas; todas querían ser su amiga, no porque realmente les interesara su trabajo en la decoración de interiores —al cual no se había podido dedicar realmente—, sino para poder decir que tenían una amiga inglesa. Un día llegó a enterarse que una de las socias del club hacía correr el rumor que era de la realeza, o que al menos había tenido una aventura con algún príncipe europeo. Y las máscaras de la hipocresía no podían ser más llamativas a la hora de llegar con Ever a algún evento. Tal vez sea cierto o no, pero cierta vez Lauren fue invitada a un almuerzo al aire libre en una hacienda cercana al pueblo de Cajicá. Allí llegó con su esposo y sus dos hijos. La anfitriona saludó con una descomunal sonrisa y, al ver a Ever, añadió: “puedes decirle a tu chofer que espere allí en el garaje con el resto de la servidumbre”. Lauren se puso roja de ira de inmediato, pero Ever se plantó frente a ella y en inglés le dijo “si no es más mi señora, me retiro”. Los chicos no entendían y Lauren, que conocía bien a su esposo, tomó aire y se dejó conducir hasta la mesa instalada en el patio. Cuando todos los invitados estuvieron sentados, llegó corriendo la empleada gritando a voz en cuello que los retretes y lavamanos estaban devolviendo el contenido del pozo séptico, inundando baños y cocina con excrementos. Algunos reían, otros se levantaban discretamente, la dueña de casa corrió a detener la tragedia, y Ever se presentó con la camioneta para recoger a su familia. Según Ríos luego fueron a comer hamburguesas en Wimpi.

Lo que determinó la separación de los esposos fueron los continuos viajes que empezó a realizar Ever, de los cuales no podía decir nada en casa. Los chicos querían regresar a la isla y Lauren estaba cansada de pasar sus días leyendo, encerrada en casa por cuestiones de seguridad. Desde entonces Ever Ríos se trasladó a vivir en una suite del hotel Colonia y visitaba dos veces al mes a su familia en Londres.

El historial de operaciones de Ever permanece cerrado, pero por alguna razón —y debió ser una buena razón— Max Cohen lo eligió para la labor de dirigir al resto del equipo de agentes del ARE.

De la misma edad, pero distinto tono de piel y un pasado un tanto menos oscuro, Franklin David Villareal, había sido llamado a trabajar para la ARE por haber sido analista de inteligencia de la CIA.

La historia empieza cuando la familia Villareal abandona el país azotado por las carnicerías que siguieron al nueve de abril de 1948, fecha en la cual un político local muy afamado, de nombre Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado, desatando la furia de los liberales. Los Villareal, conservadores en territorio liberal, huyeron con lo que tenían y se trasladaron a los Estados Unidos, más exactamente a Albani, Nueva York, a donde llegaron con poco más que nada. Franklin, el séptimo de ocho hijos, nació allí, en el húmedo hospital de caridad Franklin D. Roosvelt.

Mientras sus hermanos mayores emigraban por el país, buscando emplearse como obreros o braceros, los menores vagaban por la calle y jugaban con los otros chicos del barrio, generalmente blancos pobres que se mantenían alejados de los negros. Pese a esto, Franklin siempre afirmó que creció en un entorno multirracial de variable tolerancia “tiempos calmados y tormentosos” explicó. Siguió sus estudios en una secundaria local, destacándose como reportero para un diario local de Albani a los dieciséis años; luego, al no poder hacerse a una beca para ingresar en la universidad se enroló en la infantería de marina, siendo enviado a Corea durante un año. Allí fue reclutado por la Compañía y, tras pasar los exámenes de admisión y el entrenamiento básico en Camp Peary, tuvo su primera asignación en Bolivia.

Allí llegó con un pasaporte colombiano que lo identificaba como Ramón Benavente y muy pocas cosas en su valija a parte de una cámara fotográfica, algunas camisas y libretas blancas. Durante cuatro años estuvo trabajando, a manera de cobertura, como fotoperiodista; aunque el material que enviaba a los periódicos locales, algunas revistas y uno que otro corresponsal extranjero no llegaba a ser ni la mitad de la información que hacía enviar a la estación local de la CIA. Sus instantáneas de marchas, protestas y huelgas se enfocaban en quienes podían ser los líderes de estas y en la presencia de la “oposición” en estas. Hasta donde llegó a saber Villareal ningún agente del KGB tuvo contacto con los miembros de la Izquierda organizada; tal vez Langley pensaba lo contrario y por eso las masivas detenciones durante aquellos años. Como agente siempre se le tuvo bajo buena consideración; nunca discutía sus asignaciones, tomaba una misión y la llevaba a buen término, pero fue justamente por una de estas que terminó en un despacho gris de Virginia.

En 1980 los militares llevarían de nuevo un golpe de estado contra el gobierno interino de Lidia Guelier. Luis García Tejada se hizo entonces al poder desencadenando una de las olas de violencia gubernamental más sangrientas de la historia de Bolivia. Fueron centenares los desaparecidos; Washington, por entonces al mando de Jimmy Carter, se opuso a esta situación y todas las operaciones en marcha de la CIA se detuvieron. No así las carreras de los agentes encubiertos en el terreno. Tras el golpe, Franklin, de alguna forma, mezcló las fotografías consideradas como material de inteligencia con las que distribuía a los periódicos y corresponsales. Una de estas salió a la luz: se trataba de un individuo mayor, de aspecto europeo, vestido de negro, presente en una reunión del nuevo líder de estado; se trataba de Klaus Barbie. Si bien los cazadores de nazis ya lo habían identificado, sólo a través de la presión que generó esta fotografía en el gobierno boliviano Barbie fue arrestado y trasladado a Francia para su posterior juicio.

La exposición del Carnicero de Lyon, como se le apodó a Klaus, trajo otras consecuencias: se reveló, además, que el ex SS vendía, con apoyo de sus socios latinos, armas a Israel, por entonces bajo el embargo de armas que causó la guerra del 67. Los periodistas e investigadores tuvieron material de sobra y Franklin tuvo que ser retirado del campo, sancionado por dos meses sin paga y luego enviado a un estrecho cubículo en el cuartel general de la CIA, presentando su renuncia a mediados de los noventa.

Casado, luego divorciado, y con un hijo viviendo en Swampton, Georgia, Franklin viajó a Colombia y empezó a vivir de clases de inglés, de historia y, en buena parte, de la riqueza de su amante, Claudia Bautista Villamil, hija de un industrial risaraldense. Sus estudios en Historia de Occidente no le bastaban para hacerse a un verdadero empleo en la educación, así que, a parte de enseñar inglés no tenía otro empleo; hasta la mañana en que Máximo Cohen lo llamó para entrevistarlo. Cohen no sabía que Villareal había sido agente de campo —no lo hubiese creído posible—, pero que conociera los entresijos y corredores de la agencia de inteligencia más poderosa del mundo le parecía bastante.

Esta nueva agencia, la ARE, no necesitaba, como su antecesora, un batallón de fieros mastines que pudiesen proteger al primer mandatario, amen de cazar eficazmente a sus enemigos; necesitaba más bien cerebros que pudiesen tomar el diario, los reportes de las agencias de inteligencia, mirar al techo un rato y descubrir si algo iba mal. Detectar una conspiración no es tarea fácil, ya que es mil veces más posible que no haya complot alguno a que se presente uno. Pero el manto de sigilo que cubría al grupo evitaba que el mundo exterior anduviese exigiéndole resultados. Su misión no consistía en atrapar malhechores, ni en buscar vida en otros mundos; debían esperar y anticiparse a todo aquel que desease atentar contra la vida de un solo hombre. La ARE no cubría a la familia presidencial ni al vicepresidente y de seguro dejarían que alguien muriera si eso salvaba la vida del presidente.

No obstante a todo ello, era imprescindible que la nueva fuerza tuviese elementos con la capacidad de enfrentarse a una situación de extrema violencia. Si alguien intentaba dispararle al presidente los agentes que estuviesen cerca debían lanzarse, no a proteger al hombre —a menos que sus propios guardaespaldas no estuviesen cerca—, sino tras el o los perpetradores del acto. Que el protegido muriera era una tragedia, pero que los magnicidas escaparan ya era demasiado. De esta forma, Max consideró tener en la lista de pago a un agente con verdadera experiencia en combate. El elegido fue el teniente de la Armada Danilo Moretti Mendieta, de veintiocho años, siendo así el más joven del grupo.

Su padre era un pintor siciliano, con lazos familiares extendidos por todo el Viejo Continente, muchos de los cuales mantenían generosamente al artista. En Bogotá, ciudad que conoció brevemente pero no encontró de su agrado, conoció a una muchacha de colegio con la que se obsesionó y, contra el deseo de sus padres, contrajo matrimonio. El hombre le llevaba casi veinte años a la chica, pero aún así se establecieron en Cartagena, principal puerto del norte de Colombia, y comenzaron a vivir una vida sencilla.

El problema vino, como suele suceder en estos casos, con la llegada de Danilo; todo niño necesita atención, medicamentos y escuela. El dinero del exterior no dejaba de llegar, con este se suplían las necesidades básicas, pero a parte de unos muebles y un televisor a blanco y negro no se veían más posesiones. La madre de Danilo comenzó a hartarse de la situación. Sugirió emigrar a Italia, donde la vida, imaginaba ella, era más próspera. Su esposo se negó: había llegado a Cartagena y no saldría de allí nunca. Hubieron discusiones a lo largo de los años antes que aceptasen que no podían vivir juntos; Danilo y su madre se trasladaron a Bogotá, pero una vez terminada la secundaria el muchacho regresó con su padre a la misma casa donde había nacido.

Habiendo nacido sin inclinación alguna hacia las artes, Danilo Moretti prefería la vida estricta y disciplinada; buscó enlistarse en la marina y fue aceptado; tras cumplir con el servicio obligatorio entró a la escuela superior de cadetes y fue enviado a un destructor como controlador de radar. Como la guerra en Colombia no se extiende a los mares —a no ser que se mencionen las operaciones de interceptación de lanchas con narcóticos o armas para las guerrillas— la vida en el mar era “demasiado plácida” para el entonces sargento primero. Un programa le llamó la atención: varios de sus compañeros se habían presentado voluntarios para el curso de fuerzas especiales navales.

El entrenamiento, dictado por miembros del grupo Sea Air and Land (SEAL) de los Estados Unidos, era exigente a un grado terrible: todos los involucrados se veían separados de las comodidades relativas de su cargo y quedaban expuestos al trato casi inhumano de los instructores cuya misión, a parte de instruir, es hacerles la vida un infierno. De su grupo de cincuenta aspirantes salieron tres. Él fue uno de los admitidos y de inmediato se le asignó a orden público.

Los blancos eran establecidos por inteligencia militar y luego buscados por las unidades de cuatro hombres que se desplazaban lentamente a lo largo de un cauto río. No siempre se empleaban los botes de goma inflable, en ocasiones se utilizaron las mismas chalupas que usaban los habitantes de las zonas de conflicto para la caza. Así mismo, los comandos de la armada llevaban camisa, sombrero y pantalones civiles; sus armas y demás equipo se guardaba bajo las sogas o las mayas llenas de pescado fresco. Las guerrillas, o bien infiltraban sus propios hombres en los caseríos flotantes sobre el lecho del río, o compraban, con dinero o miedo, la continua vigilancia de los locales. La unidad de Moretti viajaba especialmente en horas de la tarde, una vez el sol buscaba la boscosa línea del horizonte, y la luz, cada vez más tenue, dificultaba que se vieran los rostros de los operadores.

La planificación permitía a las unidades llegar coordinadamente al sitio. Vigilaban la propiedad y reportaban la situación del enemigo; si del centro de operaciones se ordenaba retirarse, las unidades regresaban a sus balsas, con presteza pero sin prisa y sin hacer el menor ruido; de lo contrario, se les daba la orden de actuar. En medio de la noche empleaban el factor sorpresa, su buena puntería y preferiblemente armas cortas dotadas de silenciadores. Los objetivos que les eran dados a las unidades siempre eran blancos que requerían de una delicada intervención, algo que no podía hacer el ejército regular o la fuerza aérea. Robo de información almacenada, captura de cabecillas guerrilleros o de capos locales del narcotráfico, destrucción de plantas de procesamiento de narcóticos o simples labores de reconocimiento, que no por carentes de acción dejaban de ser exigentes.

La propiedad era custodiada por cuatro guerrilleros armados con pistolas. No llevaban uniforme sino prendas de jornalero. Tampoco cargaban grandes rifles automáticos; se les veía patrullar con escopetas comunes. Empleaban radios como cualquier grupo de vigilantes en una propiedad privada. La casona, de tres pisos, era donde se ocultaban los guardaespaldas del comandante; dos permanecían despiertos, uno atento a la radio, y otro observaba por las ventanas el movimiento de la protección externa. No podía ver en las tinieblas exteriores a los hombres del Grupo de Comandos Anfibios poniéndose sus uniformes negros, tiñéndose el rostro de verde fango y alistando sus armas.

El primer equipo de cuatro hombres se encargó de trepar por una escalera hasta el tejado de un depósito de material. Luego, gracias a una soga, hasta el tejado. El grupo dos estaba encargado de vigilar el movimiento enemigo. Mediante visores térmicos estaban ya localizados los guardaespaldas y el resto de los habitantes de la casa. La orden de atacar llegó.

Uno de los marinos se descolgó frente a la ventana donde estaba el vigilante; tras abatirlo disparándole con una Sig-Sawer 9mm a través del vidrio, rompió de una patada los cristales y se introdujo en el corredor; sus compañeros llegaron detrás. El primero tumbó la puerta del cuarto principal de una patada y arrojó una granada de magnesio; la detonación fue lo suficientemente estruendosa para que la casa entera se agitara. Ya se escuchaban voces y los primeros disparos provenientes del exterior.

El segundo equipo de comandos anfibios empleó rifles de largo alcance con miras telescópicas. Cualquier movimiento alrededor de la casona fue eliminado. Un mensaje les llegó por radio dos minutos después de iniciado el ataque; el equipo se acercó a la casa y se encargó de proteger a los cuatro hombres que descendían por la soga junto al comandante guerrillero capturado. Un ingeniero del primer equipo se encargó de instalar explosivos para retrasar la persecución del enemigo. Diez minutos más tarde estaban a bordo de las canoas y empezaron la huída río abajo.

La anterior operación es un ejemplo arquetípico de las misiones llevadas a cabo por el GCA al que pertenecía Moretti; en algunos casos las cosas se complicaban, ya fuera por errores de inteligencia o por desperfectos del equipo, mala coordinación, entre otras.

Quizá por una de esas razones Danilo abandonó su vida en la armada y se retiró a Bogotá para tratar de crear una empresa de seguridad con otros militares retirados. Pero una mejor razón pudo ser la muerte de su padre, víctima de un cáncer de hígado, lo cual lo sumió en una profunda depresión. Se reunió de nuevo con su madre, quien contrajo matrimonio por segunda vez, y ahora llevaba un jardín infantil. Danilo, al momento de ser llamado por Max, acababa de vender lo que quedaba de su negocio de seguridad privada para ejecutivos de “high profile”: una computadora portátil y una cafetera eléctrica.

Max Cohen los reunió a los cuatro en lo que en adelante sería su oficina; decenas de metros cuadrados sin un solo mueble —salvo cuatro bancas de aluminio— sobre un suelo de concreto. Les explicó los objetivos, las necesidades y el deber máximo: mantener con vida al Presidente por encima de cualquier otra persona, aún ellos mismos. Se les darían todas las herramientas de investigación y un excelente salario, de tal manera que no tuviesen que pensar en otra cosa que en las amenazas potenciales o reales.

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