Tuesday, August 05, 2008

Delicado, ciertamente delicado. No hay un solo campo en el que el espionaje no pueda ser utilizado.

Sun Tzu. Arte de la Guerra. Capítulo 13, párrafo 12.

Il n’y a pas de solution parce qu’il n’y a pas de problème.

Marcel Duchamp


Prólogo

El poste. De madera ordinaria arrancada del corazón de la montaña. Clavado en el suelo desnudo; veinte centímetros bajo la superficie; rodeado por un anillo de concreto. Su estatura total, desde su base, un metro noventa. Se espera que ningún convicto sea más alto.

El patio. De largo, treinta metros de polvo de ladrillo hasta la pared de concreto. De ancho, dieciocho. Una pista de boliche con casonas coloniales cubriendo sus costados.

El lugar, el patio del Cuartel General Segundo de Guardia Presidencial. La más antigua y tosca de las instalaciones militares de la parte Centro de la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Por razones administrativas, más exactamente el Artículo 3 de la Ley de Justicia Militar 3328, todos los condenados a muerte por la llamada Razón 500 deben ser ejecutados en aquel punto, antes de las cinco de la mañana.

De sobra lo sabía el coronel; instrumento del Estado, con muchas batallas y sinsabores en el grueso archivo que cuenta su carrera, primero como lancero, más tarde comandante en jefe de la Guardia. Mas siendo pasadas las cinco y cuarto, casi las cinco y veinte, nada en aquel proceso se había dado. Y él, aún con todo su poder, nada podía hacer por poner en marcha las cosas.

Ante todo se necesitaban dos cosas: uno, el testigo; elemento realmente innecesario, que la Ley 3328 en su párrafo tercero inciso segundo declara como el garante de que la ejecución será llevada tal y como lo estipulan los demás renglones de dicha ley. El segundo elemento requerido en la obra era, por razones más que obvias, el reo, ya juzgado y encontrado culpable. Pero ninguno de los dos aparecía. Por el reo, no se apresuraba. Pese a que una lluvia infinita bañaba el núcleo de la ciudad en forma de atomizadas gotas similares al rocío, y que, ya de por sí, podría estar haciendo miles de cosas distintas y más importantes (como beber una enorme taza de chocolate espeso y dos mogollas recién hechas), sabía que el traslado del prisionero estaba en manos del CEAT, y por tanto esto tomaría horas, ya que el coronel estaba seguro que todo lo que tenía que ver con la policía era realizado con desmesurada lentitud.

Levantando su capote impermeable consultó la hora. El viejo cronómetro suizo le aseguró que la hora oficial eran las cinco y treinta dos. El testigo debía estar, por tarde, a las cuatro y media. Recorrer la extensión del patio, verificar la distancia desde la que se pararían los verdugos, asegurarse que el poste estuviese bien fijo en su sitio, revisar los rifles, y dejar por escrito que todos los cuatro verdugos contaban con sus pases de seguridad, para, por último, verificar que el reo fuera el mismo que indicaba la sentencia escrita del juez y no algún pobre diablo. Como le había dicho en veces anteriores al señor Presidente era trabajo de un comité, no de una sola persona, y si no se podía asignar más gente a ello lo mejor es que simplemente no se hiciera.

La lluvia arreció, el diámetro de cada gota aumentó, y al chocar creaban diminutos cráteres sobre la vasta extensión de tierra roja. El coronel buscó refugio en el alero del cuartel. Apuntó sus ojos de águila al cerro de Monserrate, pero descubrió que de forma muy deprimente se hallaba bajo control de la más densa de las nubes. Fue entonces cuando oyó el cerrojo y el perturbador rugido metálico de los portones de entrada al abrirse. El reo venía ya; sus minutos restantes en este mundo estaban acabándose.

Coincidencialmente, el testigo, mujer de cincuenta y tres años, abogada retirada, viuda de un magistrado, entró a la par con el pelotón del CEAT que custodiaba al prisionero. Esto no pudo ser visto por el coronel, claro, ya que él se encontraba en el patio, y la entrega del procesado a los dos sargentos asistentes del coronel se realizaba en un corredor pálido y frío pintado de azul en el interior del cuartel.

Bajo el alero se encontraron, uno de los sargentos y el coronel. El oficial al mando revisó los documentos, tomaba cada hoja de una punta evitando que se mojaran y se aseguraba que al pie estuviera la firma del testigo.

Una última consulta al reloj: las seis en punto.

La testigo. Tan baja que parecía enana; con los años tallados en el rostro y en surcos blancos sobre la cabellera lacia anudada en un moño rojo. Vestido de precio módico, normal para una jubilada del mundo judicial. Una sombrilla amarilla pollo, que por su contraste enceguecía entre tanto gris y negro, la protegía del agua, mas no del frío; temblaba entonces y sus puños cerrados buscaban cobijo entre las mangas.

Era difícil determinar si llovía o no. Eso no detenía a los sargentos, quienes condujeron al reo al poste. Una teniente de policía —tan vieja ella como la propia testigo— echaban sin ánimo ni prisa una mirada al patio.

Entró el pelotón de ejecución. Cuatro hombres designados por el Ministro, avalados por le general en jefe del Ejército, veteranos de la guerra, y con familias que ignoran por completo su trabajo. Traje por entero negro; botas impecables (con poco uso), pasamontañas de material impermeable y un rifle con una sola bala; un viejo galil asignado sólo a este menester.

El prisionero ya estaba en poste. El pelotón se alineó; los presentes terminaron de firmar el acta de de presencia, se escucharon los cerrojos. Surgió el silencio.

El reo. De un metro setenta y ocho de alto, de complexión fuerte, vestido con una camiseta gris ajustada por la lluvia a su amplio torso; jeans de tercera, gastados hasta el límite. Zapatos de lona, rojos. Todo el material provisto por la buena voluntad del episcopado que, como es costumbre, vigila y protege de cerca al procesado que espera la pena de muerte. La Ley 3328 en su párrafo decimosegundo impide que los reos condenados a muerte sean ejecutados con prendas de los reclusos federales.

La última voluntad de aquel hombre fue que le permitieran estar junto al madero, pero no ser esposado a él. El párrafo decimocuarto en su inciso tercero permite que la última voluntad del prisionero se anteponga a todo el resto de la ley, pero jamás a la sentencia, ni a los párrafos primero, cuarto y del sexto al décimo primero.

Así se paró, sin ataduras, a enfrentar la muerte. Inevitable. Las palabras del coronel se empezaron a escuchar a las seis treinta y cuatro de la mañana del día nueve de noviembre: preparen... ¡ar! Apunten... ¡ar!

...

0 comments: