Friday, August 15, 2008

  1. La Torre Blanca

Federico Góngora de la Espriella despertó más temprano de lo usual el viernes 13 de mayo. Bebió su medio litro de agua embotellada en la cocina; ingirió un huevo crudo y, ataviado con una sudadera speedo, salió a trotar mientras en sus audífonos resonaba un conjunto de cuerda interpretando ritmos antillanos.

Su apartamento se encontraba sobre la Avenida Séptima, el espinazo de Bogotá. En el tercer piso de un edificio blanco escalonado construido treinta años atrás durante la explosión de la arquitectura colombiana apuntada a las clases medias. Ahora este sector, el norte de la ciudad, era tan costoso, que Federico solo vivía ahí porque había heredado, tanto su actual residencia, como otros dos apartamentos situados en los pisos quinto y séptimo; el pago por el alquiler de estos dos inmuebles le daba a Góngora lo suficiente para vivir holgadamente.

Sus padres, muertos en un accidente, habían dejado el resto de las propiedades —una finca y tres casas en Medellín—, repartidas entre las hermanas de Federico, la viuda y la soltera, cuyas vidas seguían el lento transcurrir de los días en Cartagena, ambas dedicadas a las artes y la vida social. El lento transcurrir del ocaso de sus vidas. Federico tal vez también veía esa situación: había llegado a los cuarenta, saludable, con la razonable pérdida de cabello; robusto y con una expresión que cuando lo deseaba podía ser simpática. Solo, eso sí, ya que ni siquiera había tenido una mascota en su casa, la razón, políticas de la junta de vecinos del edificio: únicamente los habitantes de la primera planta podían poseer animales.

Mujeres, a lo largo de su vida, había conocido pocas, que, al menos valiese la pena recordar. No extrañaba a nadie al punto que le trajese al alma de vuelta la melancolía que sentía, por otras perdidas para él mucho más importantes: sus padres, su mejor amigo de toda la vida, su abuela, un tío teniente de corbeta a quien quería como un padre, e incluso la cercanía de sus dos hermanas. Un mes atrás, una de ellas, Xiomara, le envió una carta, hecha a mano —tanto ella como Dulcinea aborrecen la tecnología—, invitándolo a dejar en manos de la firma administradora de finca raíz los apartamentos, para trasladarse a Cartagena de Indias con lo que le fuese estrictamente necesario traer. Federico se negó a esto por dos razones, una personal: ¿quién pondrá flores en la tumba de los viejos? Y otra económica: aún no estaba en edad de abandonar la vida laboral y dedicarse a la pintura. Quizá, agregó con dulces palabras, en un futuro dentro de cinco años.

Pero la soledad carcome y en últimas mata: en cinco años sería un viejo demasiado decrépito aún para aceptar la idea de embalar sus libros, empacar sus camisas, y trasladarlo todo al mar. Mas esa puerta no estaba para ser cerrada. La de su vida personal seguramente sí. Se había entregado a vivir de enlatados de toda clase, alimentos precocidos y cereales con leche. En su casa sólo había cerveza cuando invitaba a sus colegas de trabajo para ver el fútbol, por demás ni una gota de alcohol.

Quien entrase en una mañana como la de aquel 13 de mayo se habría encontrado el cesto de la ropa sucia en mitad del pasillo; tras evitarlo, y seguir por el corredor sin bombilla, donde la poca luz que atraviesa las persianas de la ventana no llega, daría a la sala donde habita únicamente un sofá de cuatro puestos y una mesa de centro, ambas apuntando al televisor Sony de cuarenta y dos pulgadas que databa del año en que la tecnología de pantallas en plasma era el sueño de muchos y la realidad de pocos. A la derecha un segundo corredor lleva a dos cuartos, uno abierto con un gran lecho matrimonial, y otro cerrado, ocupado hasta el techo de trastos familiares. Girando hacia la izquierda, el visitante podría ver el comedor, con su mesa redonda de vidrio y sus sillas de aluminio, y la cocina de puerta blanca en madera con un mirador opaco. Eso era todo, más muros marfil y tapete gris ratón.

El orden presente se mantenía, primero por la acción de una vieja señora encargada de la limpieza, que tenía clientes en todo el edificio. Aquellos apartamentos estaban habitados tanto por jóvenes parejas de recién casados, como por seniles uniones con fotos de hijos y nietos abarrotando mesas y paredes. Aquella vieja limpiadora no era la única de su especie en el edificio, pero sí la mayor. Había muchachas más jóvenes que viajaban casi una hora en el metro para llegar hasta este lugar; limpiaban cuatro propiedades distintas y se marchaban a eso de las siete de la noche para llevar la comida a sus hijos. Según chismorreaban algunos porteros, una de esas muchachas ofrecía su compañía a los solteros del edificio, y era bien remunerada por esto. Federico, al comentar esto, muy de paso, con uno de sus amigos, aclaró que si bien sonaba muy interesante, no podía imaginar quién era la chica que daba esta clase de servicio: de las tres que había visto, ninguna valía la pena siquiera invitarla a tomar un café.

Federico estuvo de vuelta en media hora. Estuvo corriendo a todo lo largo del Parque el Virrey —una larga franja de bosque que parte en dos el sector, yendo de norte a sur—, y al llegar, con los músculos adoloridos, introdujo en la ducha. Veinte minutos después desayunaba y a los treinta estaba saliendo para la oficina.

Aunque la primera línea de metro va directamente desde la calle 200 hasta la calle primera, y con veloces vagones podría poner a un habitante del norte en el corazón de la ciudad en diez minutos, los bogotanos que se han hecho a un automóvil prefieren seguir usando este para ir al trabajo, y solo el transporte público los fines de semana. Cosa extraña, la situación inversa del resto de Occidente, pero, aunque hubiesen pasado los tiempos, un coche sigue siendo, en este rincón de América Latina, un símbolo de estabilidad social. Familia educada, casa propia, perro fino en el jardín y auto en la cochera. Federico pertenecía igualmente a este orden de personas; su Mazda Allegro del color de la tinta china, brillado con esmero, y con tapicería color plomo olorosa a buen cuero, costaba una fortuna en combustible y otra tanta por cuestión de impuestos de movilidad. Quien pretendiese entrar al centro de la ciudad —downtown como le dicen ahora los capitalinos—, debía estar dispuesto a pagar cerca de cuarenta mil pesos, fuera de lo que suelen cobrar los parqueaderos públicos.

Góngora le decía a todos los que le señalaban aquellos inconvenientes que lo suyo eran razones de seguridad. No podía ir entre taxis, metro y Transmilenio de un lado para otro. Si se presentaba una emergencia sería ridículo ir corriendo hasta la bahía más próxima de taxis, y tener que pedir en esta una ficha. No, el coche entraba dentro de sus necesidades laborales.

A parte de ese comentario, dicho quizá solo un par de veces, Federico Góngora nunca hablaba de su trabajo. Comentaba que se trataba de “seguridad”, pero hasta ahí dejaba avanzar las conversaciones. Esa podría anotarse también como una de las razones por las cuales había tenido tantas dificultades en relacionarse con mujeres. Primero estaba escaso de amigos: descontando a sus compañeros de oficina, apenas podía mencionar, como verdaderos amigos, a otros dos hombres, uno de los cuales viajaba constantemente y cada que lo veía, en algún almuerzo informal, se veía como un tipo distinto; aunque era un año menor que él era terriblemente obeso y completamente calvo. El otro se entregó a cierta forma de vida bohemia, con rutinas que lo aislaban del mundo: alcohol en la mañana, paseos silenciosos en la tarde, y llenar un lienzo tras otro de imágenes abstractas en la noche.

Se había hecho viejo en una ciudad gobernada por jóvenes. El alcalde mismo de Bogotá tenía treinta y cinco años, y el Presidente cincuenta y uno. Su anterior trabajo, en el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, lo llevaba, según había llegado a averiguar, una muchacha de veintiocho años. Casarse ahora y tener hijos, dijo en la carta a sus hermanas, lo comprometía a trasformarse en un viejo cuando sus vástagos alcanzasen la adolescencia. Entonces, por el momento, prefería su ritmo de vida, con gastos relativos a ropa, entretenimiento y artículos de uso diario, que no por estar catalogados así deban ser los que compra todo el mundo. Muy lejos así veía el tener que dividir sus ingresos entre pañales, medicinas y juguetes de colores.

Pagó el impuesto de acceso a la ciudad y desde ese momento se vio en libertad de recorrer las calles a su antojo, libre de la avenida de un solo sentido. Encendió la radio y se dedicó a escuchar las noticias durante los siguientes veinte minutos que le tomó llegar a su edificio y estacionar el auto: el mundo, rodaba. La secretaria de estado norteamericana, Ursula Shanon, había presentado nuevas pruebas de la presencia de líderes fundamentalistas en Bangkog ante el Congreso. En su discurso, añadió el locutor no sin cierta ironía, no mencionó a Colombia, país que —como lo señalaban los caricaturistas— parecía tenerlo tatuado en la cabeza.

Estados Unidos parecía perder el control sobre Tailandia, antaño uno de sus principales aliados en el sudeste asiático. El nuevo presidente —un tipo obeso y socialista hasta la médula— era el primer presidente tailandés que los occidentales pudiesen recordar en su vida. Los colombianos, siempre últimos en todo, estaban despertando hacia lejano Oriente, además: los consulados ofrecían paquetes turísticos, muy baratos, a la nueva generación de colombianos ricos. Se empezaban a trenzar acuerdos binacionales, y en un mes, o menos, el Presidente José Hilario Vargas viajaría a reunirse con su homólogo, Prachai Archa, en Chiang Mai, como parte del encuentro mundial de países productores de arroz. Se esperaba, por supuesto, que aquella reunión trajese grandes acuerdos, benéficos para los dos países.

Aunque tal vez no sería así, pese a lo que pudiese pensar el presentador de noticias. Colombia había desarrollado una capacidad arrasadora para aplastar a sus competidores, cualquiera que fuese el ramo, y sacar ventaja de los acuerdos binacionales. Para un hombre que pretende vivir informado de todo, como era Federico, esto debió pasársele por la mente. Con Ecuador, por ejemplo, y no mucho tiempo atrás, Colombia había tenido una seria crisis diplomática, aireada por el parlamento ecuatoriano una vez se puso en evidencia que el vecino del norte era el dueño absoluto de toda su energía. Se habían hecho a las empresas nacionales y habían obligado al ministro de minas y energía del país a firmar acuerdos para la compra de energía colombiana.

El asunto pasó al olvido poco tiempo después, cuando las dos facciones de la cámara se reconciliaron sin más. Pero este era solo un capítulo más del historial de abusos que estaba cometiendo el país contra sus vecinos y aliados. En México, los opositores del régimen de Cipriano Soastegui —todos en el exilio—, repetían incansablemente que el mandatario se mantenía en el poder protegido por matones colombianos. Era cierto, sí, que un destacamento de la Legión Internacional de Fuerzas Especiales de Colombia ayudaba en el entrenamiento de la guardia presidencial en Los Pinos; algo comprensible si se consideran los tres intentos de asesinato anteriores. Sumemos además el oscuro caso cubano: tras cortar completamente relaciones con Colombia, Cuba se vio una mañana sin producción agrícola, ya que dos tercios del país fueron atacados con una bacteria que se extinguió en cincuenta horas, sin rastros, así que todos los teóricos de conspiración alrededor del mundo empezaron a llenar los foros de sospechas en la red con el nombre de Colombia.

Y ahora los Estados Unidos, uno de los más antiguos socios de Colombia en toda su historia empezaba a cuestionar duramente al país latinoamericano. A finales del año pasado, Andreas Kelly había llegado a la Casa Blanca, en lo que los medios masivos americanos llamaron The Republican Ride: la derecha se apoderaba de todos poderes constitucionales y empezaba a plantear la modificación de ciertas leyes. En enero, el propio Kelly había llamado a Colombia “agujero negro”, donde la corrupción estaba desbocada y nadie quería mirar dentro. La Cancillería hizo lo suyo, pidiendo al aún hombre más poderoso de la Galaxia que rectificara lo dicho, pero el presidente Kelly era originario de Virginia, y allí los hombres —quienes se consideran a sí mismos hombres de verdad— nunca, nunca, se retractan.

El conflicto continuaba esa mañana del 13 de mayo.

La oficina de la Agencia de Análisis de Riesgos Ejecutivos (ARE), ubicada en el octavo piso de una enorme torre de finales del Siglo XX, es el único despacho empleado de los cuatro con los que cuenta la planta. Las otras tres se encuentran igualmente alquiladas por el Ministerio de Defensa, aunque, en aquel momento, estaban completamente desocupadas.

La seguridad en la torre era estricta: desde los policías militares parados en la calle, haciendo rondas seguidas alrededor del perímetro; cargaban con sus rifles, chalecos antibalas, radios y granadas de humo; aquellos hombres eran el recuerdo viviente de otra época, una con neblinas de miedo posadas permanentemente en las calles. Y muchos bogotanos, al caminar por la Avenida Séptima y alcanzar esta calle, preferían cruzar por el semáforo a estar cerca de los guardianes y sus instrumentos de muerte colgados sobre el pecho.

Dentro se procuraba mantener la seguridad acorde con la elegancia clásica de la recepción. Entre tapices, alfombras persas, enchapes dorados y paredes marmóreas, las cámaras, reducidas a capullos de cristal negro, no desatendían esquina alguna, y los policías entrenados en antiterrorismo lucían diseños de Salvatore Ferragamo, con las Boa 9mm bajo el brazo para que no resaltasen demasiado. El resto estaba en manos de la tecnología: si el visitante no tenía nada que hacer allí se le obligaría a dar media vuelta antes de acercarse a la barra de registro. En esta tenía que demostrar cuál era su necesidad por entrar en la torre, para luego confirmar, directamente con quien tenía la cita, si sus palabras eran ciertas. Se le hacía pasar por un escáner que detectaba, no solo metales sino cualquier elemento electrónico, de teléfonos celulares a tarjetas de crédito comunes. El ingreso de cualquiera de estos elementos estaba reservado a los usuarios del edificio; los demás estaban obligados a pasar su visita desconectados del mundo.

El ascensor podía llevarlo a cualquier piso, pero del séptimo al décimo debía tener una identificación para que la caja se moviese. Dentro de esta, además, dos cámaras observaban: una de imagen de alta resolución, y una térmica que registraba cualquier impaciencia, nerviosismo, miedo, angustia, o presión por parte de los que quisiesen llegar a las zonas más reservadas. Cuando Federico Góngora llegó esa mañana, miró sin ver el inexistente decorado del piso octavo: los muros y el suelo eran blancos; el techo emitía, a través de una pantalla de cristal líquido, una luz pálida. Cuatro metros separaban la entrada del elevador de la puerta metálica de la oficina 804. Ningún título anunciaba qué clase de empresa laboraba allí, y un ojo invisible en la puerta le permitía a la secretaria, del otro lado, ver quién se aproximaba. Ella, por cierto, no operaba nada, todo era digital: un escáner ocular apuntaba desde el dintel de la puerta al ojo derecho, en ocasiones, y al izquierdo en otras; la comprobación de identidad duraba menos de una décima de segundo. Federico respiró profundamente dos veces antes de decirle a la puerta su nombre; si no tenía cuidado, sabía bien, le podría sobrevenir un temblor en la voz, y toda muestra de duda le sería informada a la secretaria, quien podría, siguiendo el protocolo, negarse rotundamente a abrir la entrada al despacho.

Las barras de una pulgada y cuarto se retiraron gruñendo por lo bajo. La puerta se abrió y Federico comenzó un nuevo día de trabajo.

El diseño interior no deslumbraba, no para una época de cambios, donde todos querían dejar el pasado atrás, y tenían el dinero para contratar decoradores profesionales de Europa o del Norte. Divisiones azules, con más de una década de uso, alfombras gris ratón, tan duras ya de uso como el concreto mismo; un espacio totalmente carente de vida vegetal, sin sillas de espera o música flotante. Una mesa de hueso con soportes laminados, muy propia de la década del noventa, con un teléfono y una computadora encima era el espacio de trabajo de Magda Susana Naranjo, la secretaria principal y única de la agencia.

Federico saludaba, al menos a esta chica, de manera breve y en confianza: un “qué hubo” y alzar las cejas. Magda respondía inclinando su cabeza hacia el lado derecho y enunciando en voz alta “buenos días, doctor Góngora”. Aunque Federico no era doctorado en nada, en Colombia existe una tradición inexplicable de darle título a cualquiera que ostente una posición de poder. Magda entonces, tras saludar, se desplazaba silenciosamente —andaba por la oficina sin zapatos a esa hora— hasta la cocina y allí, con método de tiempos y movimientos bien calculados, preparaba la segunda de una serie de tazas de café que podrán llegar a veinte, siendo la primera, como no podía ser de otra forma, la de ella.

Magda tenía diecinueve años; a parte de ser la más joven empleada de la agencia era la única mujer en ella. Trabajando sola con cuatro hombres atractivos, nunca había recibido por parte de ellos el menor asomo de interés. Y no era fea: pese a medir acaso un metro con sesenta, su rostro albergaba una sonrisa conmovedora y unos expresivos ojos castaños. Su piel, muy blanca, su cabello, muy rubio, amen de sus anchas caderas le hacía pensar a cualquiera que esta muchacha bogotana había escapado de la corte de Luis XVI. Llegó allí, realmente, gracias a Máximo Cohen, director de la agencia, quien era su profesor en la Universidad Javeriana. Le había dado el empleo, según él, por lista y ser capaz de guardar secretos. Efectivamente hasta donde sabemos, Magda Naranjo nunca habló con nadie sobre lo que veía cada día.

Federico tenía su pequeño despacho, en realidad un cubículo con puerta, pero lo suficientemente espacioso para no sentirse como un empleado de baja categoría. De hecho no había un organigrama piramidal en la agencia: Máximo Cohen era el director, había cuatro agentes y estaba la secretaria. Dos veces por semana llegaba una aseadora del Palacio de Nariño a realizar la limpieza de la oficina; gracias a ello recibía dos cheques, pero tenía que vivir bajo vigilancia continua por parte del DAS.

Al recibir su primera taza de café tipo exportación del día, el agente Góngora se paró a mirar por la ventana: desde su posición podía ver, a través de los intersticios de los rascacielos circundantes, la capital del país más desarrollado de Sur América, siendo él mismo el protector de la pieza más valiosa de aquella nación.

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