3. El tablero
Una de las primeras labores del día para Federico era el revisar
Años atrás, cuando trajeron e instalaron las primeras computadoras, y se creó
Como decíamos, las amenazas eran muchas: principalmente por parte de las guerrillas: José Hilario Vargas llegó a
Su antecesor, Tomás Cipriano Velasco, fue quien comenzó el proceso llamado “El Gran Avance”, consistente en un despliegue descomunal de fuerzas en dirección sur para llevarse por delante las posiciones de los guerrilleros. Esta estrategia fue presentada y vendida a los medios como una “muestra del ingenio colombiano para vencer a los enemigos de
Se derrotaba al terrorismo, decía Velasco, y para probarlo las víctimas en descomposición se llevaban a las cabeceras locales, o a cualquier lugar fuera de la espesura del bosque húmedo donde pudiese aterrizar un helicóptero con periodistas, para que las cámaras hicieran flash sobre los rostros deformados, los cuerpos húmedos, con laceraciones púrpura descansando sobre el plástico con el que los envolverían y arrojarían a la fosa común. Debido, además, a que en otros aspectos de la información no era tan fácil conseguir noticias acerca, por ejemplo, de los casos abundantes de corrupción, el desmadrado desplazamiento al que se veían sometidos los indígenas, la detención ilegal y la desaparición posterior de dirigentes estudiantiles y sindicales, entonces la noticia del día, el titular fresco que cada mañana recibía la nación de las grandes ciudades, era el combate —algunas veces llamado “batalla”— del día, o los días anteriores: se tomaba un pueblo, se apoderaban de una sima, de un corregimiento, despejaban una carretera, daban de baja a un jefe guerrillero, bueno, siempre había algo de acción para cada día de la semana.
Velasco contaba con el apoyo del colombiano medio en las ciudades; aquellos seres de oficina o fábrica que ven dos noticieros al día y ojean el periódico colgado en la tienda de la esquina; a la pregunta, “¿considera que Tomás Velasco es mejor presidente que los anteriores?” La respuesta era generalmente un sí. Pero tanto la izquierda, como los intelectuales, como un número creciente de políticos y personajes influyentes empezaba a desconfiar de él. En el pasado, un jefe de estado colombiano podía hacer cuanto le viniese en gana, siempre y cuando no le causara problemas a los poderosos y mantuviera una buena imagen ante la plebe. Pero estas personas, a diferencia de los obreros, los taxistas, las empleadas domésticas, y los estudiantes de universidades costosas, leen, y no Semana o Cromos, sino Foreign Affairs, The New Yorker, Le Monde Diplomatique, y otras publicaciones, y al resto del mundo, ciertamente, no le gustaba lo que estaba pasando en Colombia. Allí, bandas de matones o militares que debían estar cumpliendo su servicio con el pueblo protegían las villas veraniegas o las dachas invernales de los ricos y poderosos. Tom Dadford, de Newsweek, escribió una escandalizadora crónica sobre una fiesta a la que fue invitada cerca de un pueblo en el departamento de Antioquia. Su historia, con todos los matices narrativos propios de la literatura americana, detallaba bien el cerco de hombres fuertemente armados que rodeaban la propiedad, todos boinas rojas de las Fuerzas Especiales, quienes eran sumamente inquisitivos a la hora de registrar los coches y al personal del servicio para este gran almuerzo de camarones y langosta, con mujeres vestidas de Prada y Versace, relojes Cartier y charlas sobre lo último en tecnología. Al salir, y regresar a Medellín, se enteró por la carretera de que una banda de cuatro hombres había detenido una camioneta con monjas, las había despojado de todo su dinero, y habían violado a dos de ellas. “Fuera de los blindados círculos de poder, el pueblo no sabe lo que seguridad significa” escribió Dadford.
La nota causó revuelo. Los medios la mencionaron y un batallón de cámaras fue a buscar a las monjas, quienes al ser parte de un estricto convento se negaron a mostrar la cara. La policía entonces ofreció cien millones de pesos por la captura —“vivos o muertos” dijo el vicepresidente Maecha— de los responsables. No tardó la policía en darles captura y enseñarlos en las noticias de las siete de la noche. El presidente viajó de inmediato a visitar a las monjas violadas pero la hermana superiora del convento se negó a dejarlo entrar, ya que nunca, en los ciento cincuenta y siete años de existencia del convento se había permitido la entrada de ningún hombre, ni siquiera del clero. La policía entró a patadas, sacaron a las dos muchachas, una de diecinueve y otra de veintiuno, y las llevaron en helicóptero al palacio presidencial; el presidente les hizo unas preguntas y luego les pidió la bendición. Pero el daño estaba ya hecho.
El evento por supuesto pudo haberse manipulado de forma positiva por los agentes de prensa del presidente, pero un hecho evitó que
Entonces los poderosos dueños de los canales privados de televisión, los medios impresos y la radio pudieron dedicarse a tirar contra el presidente Velasco. Los comediantes lo imitaban, los caricaturistas dibujaban con furia y los cantantes pop empezaron a denunciar la situación del país. Los directores de las revistas que en su momento de gloria acompañaban al primer mandatario empezaron a redactar editoriales llenas de veneno: Velasco igual politiquería. Velasco igual corrupción. Velasco igual muerte y destrucción masiva. Velasco, ¡renuncie!
En vez de permitir que la presión estadounidense, encauzada por sus peones en Colombia lo llevara a la renuncia, Velasco se propuso alcanzar sus objetivos en el tiempo que le quedaba de gobierno. Ordenó a sus generales hacer un mayor uso de la nueva capacidad aérea colombiana: medio centenar de bombarderos. Las bajas civiles del conflicto aumentaron progresivamente semana a semana; mas ahora los medios sí estaban interesados en mostrar la clase de guerra que se estaba llevando al sur del país. Así, columnas de miles de indígenas marchaban hacia ningún lado con nada en las manos; iglesias, casas y edificios de alcaldías parecían modelos de cartón castigados por el puño de un demente. Las guerrillas, en su desordenado repliegue, dejaban caminos, faldas de montañas, claros de bosque y esquinas de caseríos sembrados de hombres y mujeres reventados a tiros.
Dos realidades salieron a la luz, gracias en buena parte a los cronistas internacionales que llenaban las revistas estadounidenses y europeas con las miserias bélicas del tercer mundo. Primero, el desmedido empleo de civiles como soldados; estos escuadrones de milicianos no eran grupos de autodefensa, sino compañías formadas por oficiales de las fuerzas especiales, quienes reclutaban a los hombres y mujeres que quisiesen pelear y no tuviesen nada que perder; se les daba cierta instrucción básica, un rifle y una mochila más un par de botas para terreno pantanoso. De esta forma los guerrilleros se vieron obligados a disparar a su paso contra toda forma de vida bípeda con la que se toparan. No es broma, así lo describió el corresponsal Kurt Veneguen para la prensa alemana: “cruzamos una nube de plumas, caminando sobre tripas de aves de corral, cuyo rastro de sangre nos llevó hasta una mujer, increíblemente gorda, que huía con sus dos últimas gallinas, hasta que los proyectiles dieron con ella”.
En segundo lugar, las guerrillas estaban siendo exterminadas, finalmente. El poderío táctico de estos grupos siempre se basaba en el mantenimiento de líneas de suministro y corredores de movimiento que estuviesen fuera del conocimiento o control del estado. Ahora no había donde desplazarse, huir, o esconderse. Algunas comunidades se habían vuelto tribus cerradas que no permitían acercarse a ningún desconocido. Si alguien, cualquiera, les parecía sospechoso, le disparaban, o lo detenían y lo torturaban hasta que confesaba que era guerrillero, entonces lo mataban. La guerra, como un gran “esfuerzo patriótico” tiene siempre la capacidad de enloquecer a las personas”.
Pero no era el sur y el oriente del país las únicas regiones sometidas al fuego y el plomo. Al norte y sobre la costa pacífica se luchaba con igual intensidad, pero allí, cerca de los municipios más grandes, y las ciudades, el proceso debía hacerse de forma más cautelosa, evitando que causase demasiado daño a las fuentes de dinero, o aquellos que lo tenían. La fuga de capitales al exterior estaba de nuevo en alza y si las fábricas empezaban a volar, o las ciudades a ser escenarios de combate, bueno, el país terminaría de hundirse.
No quedando otra táctica de presión, las Farc empezaron a lanzar ataques con explosivos en las ciudades. Bogotá, Medellín, Cali, e incluso la fortificada Cartagena fueron sacudidas con cargas masivas de explosivos plásticos, morteros de larga distancia y disparos con bazuca. Con las tropas en el frente las ciudades se volvieron inseguras, afirmaban los analistas; la policía, el DAS y
Los correos electrónicos que llegaban a las redacciones de los diarios y revistas repetían el mismo discurso, una y otra vez: si el presidente Velasco presentaba su renuncia, y se iniciaba un proceso de paz, con intervención internacional, y llegase a acuerdos que protegieran la vida de los miembros de estos que regresaran a la vida civil.
Una de las sugerencias presentadas por
Trujillo, un economista y empresario santandereano, delgado, gris y de ojos hundidos, tomó la tarea de organizar
El cuartel general estaba situado junto a la intersección de dos avenidas principales,
El DNE estaba dividido en tres áreas: inteligencia, contrainteligencia y medios electrónicos, llamados S1, S2 y S3, respectivamente. Este último, S3, ocupaba toda la planta inferior, cuatro pisos bajo tierra, empleando doscientas computadoras alemanas encargadas de la intervención de señales y la intromisión en redes privadas. Fue este departamento el que dio con el origen de los ataques con explosivos.
Al parecer, durante los últimos meses, desde que empezara la arremetida violenta del Ejército contra las posiciones de las guerrillas en el sur del país, emisarios políticos de las FARC habían enviado agentes a Europa, principalmente a España, Francia y Holanda, con el fin de conseguir adeptos a su causa. Para las agencias de contrainteligencia de estos países el asunto pasó completamente desapercibido, y si hubo alguna investigación alrededor de estas acciones esto nunca fue demostrado. Estos “agentes” publicitarios eran en buena medida estudiantes de las universidades públicas, inclinados hacia las teorías de extrema izquierda, quienes no tenían más medio de vida que un trabajo mal pagado de medio tiempo para ayudar a sus familias y pagar los costos de su educación. A cambio de buenas sumas de dinero, estudiantes de idiomas, de literatura y ciencias políticas empezaron a dejar sus carreras —aunque una buena cantidad, según se demostró, estaba ya graduada— y se trasladaron a las grandes capitales del viejo mundo a vender sus ideales mediante panfletos, libros, canciones o ensayos publicados en revistas de Internet.
La tarea de reclutamiento y organización tomó un buen tiempo, cerca de quince meses, pero se consiguieron resultados satisfactorios: así nueve células terroristas, de cuatro y hasta treinta miembros se formaron entre Europa Central, los Países Bajos y
Cuando esto estuvo claramente establecido el presidente Velasco ordenó comenzar la operación Enjambre. Hacía Europa partieron decenas de agentes entrenados, quienes, al igual que los hombres y mujeres enviados por las FARC, llegaron al viejo continente cargados de dinero. Su objetivo: crear redes de espionaje que permitieran rastrear y detener a los guerrilleros, así como identificar a los extranjeros que venían a Colombia a dinamitar hospitales y puentes.
Durante años los colombianos han emigrado al exterior; falta de oportunidades, problemas domésticos, problemas con la justicia, problemas con el gobierno, problema con aquellos que se oponían al gobierno, etcétera, etcétera; la nación produce cada año su cuota de emigrantes quienes han buscado, desde las grandes capitales, hasta las aldeas más remotas, sitios donde hacerse a una nueva vida. Pocos de estos viajeros olvidaron su país, valga decirlo, y muchos de los mismos estaban dispuestos a colaborar, si, además, se les mostraba un buen fajo de billetes para resolver todos sus problemas.
Enjambre dio resultados: cinco canadienses, tres franceses, un español y seis rusos fueron capturados por el DAS en una serie de operativos realizados al mismo tiempo, completamente coordinados. En el caso de los franceses, estos fueron cayeron con noventa kilos de C4; los rusos —de hecho un cosaco, un chechenio y dos mujeres y dos hombres de Sebastopol— guardaban en tejado un arsenal de pistolas y revólveres de distintos calibres. A los canadienses no les fue mejor: su casa, con un cuarto frío en la parte trasera, guardaba lechones, supuestamente para la comercialización, cada uno con dos o tres proyectiles para lanzacohetes RPG. Sólo el español tuvo que ser liberado ante la falta de pruebas en su contra.
Los canadienses se movieron, pero no así los rusos. Mientras el CMI5 —contrainteligencia canadiense— empezó a rastrear cada movimiento de los colombianos en sus ciudades, el FSB o Servicio de Seguridad Federal no recibió orden alguna de movilizarse ni perseguir a nadie; al parecer, los colombianos allí infiltrados habían tendido fuertes lazos con organizaciones disímiles de la mafia rusa. Algunas de estas organizaciones criminales poseían el dinero suficiente para brindarles protección y transporte a sus invitados sudamericanos. A cambio, los agentes terroristas coordinaban la exportación de cocaína y heroína de altísima pureza para ser inhalada por media Europa. El negocio, para ambas partes, resultó excelente, así lo pudieron ver los medios, semanas después de la caída de la red de las FARC en Europa Occidental:
En las selvas el avance se hizo más complicado. La estrategia de avance del Ejército para las áreas montañosas del sur del país dependía en un noventa por ciento de la capacidad de movilizar recursos mediante helicópteros. Una vez una aeronave llegaba a una base, un equipo de mecánicos saltaba sobre ella, revisaban su funcionamiento, reparaban cualquier avería y la reabastecían de combustible, tan rápida y eficazmente como lo haría un equipo de mecánicos en un circuito de carreras. Los helicópteros, Huey, Blackhawk o los MH-53 Pave Low llevaban hombres, equipo, armamento pesado, extraían heridos o ejecutaban furiosas lluvias de fuego sobre las concentraciones de personal enemigo detectadas ya bien fuera por los aviones de reconocimiento con detectores de calor o por los comandos de penetración profunda de las fuerzas especiales. La guerra, siguiendo este protocolo, se libraba veinticuatro horas al día en una lucha sin descanso.
Una de aquellas noches de intensa actividad, la base ciento once situada al oeste del departamento de Nariño fue arrasada por completo, sus edificios derribados, sus helicópteros hechos pedazos y noventa hombres del personal interno murieron. Hubo dos sobrevivientes, pero uno no tenía mandíbula ya que un fragmento de mampostería se la arrancó de cuajo, y el otro, en estado de shock apenas podía hablar. No obstante este último, pasada una semana de recuperación dolorosa, contó que, a instantes previos al ataque había helicópteros, al menos dos, sobrevolando el área; aquella era una base de helicópteros, claro, pero a esa hora, once y diez de la noche, no habían aeronaves en operación. Por otro lado, los forenses descubrieron los restos de proyectiles ZAB y MBD-4, armamento regular de las aeronaves MI-24. Las FARC, al parecer, poseían ahora helicópteros artillados, así al menos se lo dijo el directo del DNE al ministro de defensa.
El ministro de defensa no quiso creerlo, tampoco el presidente; simplemente, aceptar tal cosa sería como aceptar que la “derrotada” fuerza de las FARC podía detener al Ejército en su marcha triunfal. Esa semana hubo cinco aeronaves derribadas, a un costo de veintiún hombres muertos. Aristóteles Trujillo se sentía mancillado en su honor. Había recibido la tarea de convertirse en los ojos y oídos del Estado, pero en cuanto lo que escuchaba y veía no era del gusto del gran amo, debía guardar silencio y regresar a su despacho con el rabo entre las patas. Así que decidió iniciar una nueva operación, mucho más secreta que cualquier otra jamás realizada por el DNE.
Tomó un mes, pero Trujillo pudo regresar al despacho presidencial con algo que podría compararse con una bomba, aunque esta estaba hecha de papel. Frente a Velasco fueron exhibidas once fotografías, cada una de un metro cincuenta de largo por un metro veinte de ancho de tomas satelitales del Parque Nacional Yapacana, una reserva de selva tropical setenta y cinco kilómetros dentro de territorio venezolano. Las imágenes a todo color eran bastante claras: cinco helicópteros tipo Hind estaban siendo reparados, mientras otros seis, como explicó el encargado de análisis de imágenes, estaban cubiertos por camuflaje. Venezuela tenía helicópteros Hind, pero eran aeronaves Mi-
Velasco consideró esto como insubordinación; se había hecho un pacto con una potencia extranjera completamente a sus espaldas. Y esa misma mañana a Trujillo le fue exigida la renuncia al cargo. Como nuevo director del DNE quedó la antigua subdirectora, Gloria Puyana de Esguerra, una dama de sociedad, bien conectada, cuya colaboración en la campaña de Velasco por la presidencia había sido invaluable. Sólo hasta que se creó
En su primera visita al Cuartel General, se reunió a solas con la directora y con el jefe del departamento de estudios para Europa Oriental, un joven matemático e historiador de
Tres días más tarde, a las seis de la mañana, hora local, un avión Cessna de una compañía petrolera venezolana perdió altitud y se desplomó sobre los helicópteros Hind ocultos entre la jungla de la reserva forestal desde donde despegaban para atacar en Colombia. Tres de estas aeronaves quedaron inutilizadas, murieron cuatro personas y hubo cincuenta y cuatro heridos, treinta de considerable gravedad. Los medios locales cubrieron eficientemente el hecho y las medidas tomadas por el gobierno para refrenar los avances de los periodistas generaron toda una serie contradicciones.
Cuando la guardia venezolana, y
Inteligencia se presentó al Palacio de Miraflores con estas pruebas, pero, irónicamente como había sucedido en el caso colombiano, el presidente prefirió guardar silencio y archivar el caso. Horas antes había llegado un comunicado de
En el lapso de las tres semanas siguientes a estos hechos, los otros cuatro helicópteros comprados por las FARC fueron ubicados por los aviones de inteligencia militar y destruidos por comandos anfibios de la armada. En Rusia no se presentaron incidentes, o al menos no quedan evidencias de actividades del DNE allí. Los agentes del terrorismo se desvanecieron, pero no está confirmado que hayan sido secuestrados o asesinados.
Velasco moriría cuatro meses más tarde; los autores intelectuales de su muerte siguen siendo desconocidos. Se supuso que podían ser los mafiosos rusos, los guerrilleros de las FARC o el casi desmovilizado Ejército de Liberación Nacional, o cualquiera que lo odiase suficiente, más que una buena parte del país, como para planear y ejecutar su eliminación. Si hubiera vivido, no obstante, habría tenido que retirarse, como otros expresidentes, por la puerta trasera; hacerse a un sitio cómodo y seguro, y dedicarse a escribir sus memorias mientras los ciudadanos de una nación lo olvidaban gradualmente.
Los cambios traídos por su administración revolucionaron la forma de combatir a las fuerzas insurgentes, al crimen doméstico e internacional. Había gente aún, como Federico, que podía dividir la historia de la inteligencia nacional en dos, antes y después de Velasco. Aquella mañana, la última con calma como agente de
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