Tuesday, September 09, 2008

3. El tablero 

Una de las primeras labores del día para Federico era el revisar la Red Interna, como se le conocía entonces a la unión de bancos de datos informáticos de las agencias de inteligencia: allí, mediante un sencillo motor de búsqueda, se podía acceder a noticias o nuevas informaciones referentes a determinados tópicos: terroristas, asesinos internacionales, mercenarios, criminales de guerra buscados, los sospechosos de siempre y quienes, de acuerdo a las medidas que estuviese tomando en determinado momento el gobierno, podrían querer matar a José Hilario Vargas. Los resultados eran pocos.

            Años atrás, cuando trajeron e instalaron las primeras computadoras, y se creó la Red Interna, la lista era inabarcable para un solo hombre; los cuatro tenían que sentarse y tomar cada uno una parte, hacer a un lado las falsas amenazas y calcular rápidamente cuáles eran las de verdad. Naturalmente, este proceso es más complicado: cada nueva fuente, o nuevo dato ingresado en el sistema debía tener una serie de “positivos” lo cual le daba un lugar e  la escala de riesgo que va de tres a cien. Y, al contrario de las demás agencias que podían pasar por alto todo lo que estuviese marcado por debajo de cincuenta, la ARE significaba precisamente eso: análisis de riesgos; cobertura total de todo extremo afilado que apuntase hacia el presidente; llenar un informe con ello y trasmitirlo a Max Cohen, lo que él hiciese con el material no lo sabían ni siquiera ellos.

            Como decíamos, las amenazas eran muchas: principalmente por parte de las guerrillas: José Hilario Vargas llegó a la Casa de Nariño sin un discurso de guerra; mencionó educación, salud, vivienda y poner en práctica los artículos de la Constitución   . En su primera entrevista como mandatario a la CNN, dijo, cuando se le preguntó por los grupos armados al margen de la Ley, que la seguridad más importante que necesitaban el sesenta por ciento de la población colombiana, es decir, los pobres, es la de tener todos los días qué comer, dónde dormir y un camino recto hacia la consecución de sus planes. Su ambigua respuesta ocultaba las nuevas estrategias bélicas.

            Su antecesor, Tomás Cipriano Velasco, fue quien comenzó el proceso llamado “El Gran Avance”, consistente en un despliegue descomunal de fuerzas en dirección sur para llevarse por delante las posiciones de los guerrilleros. Esta estrategia fue presentada y vendida a los medios como una “muestra del ingenio colombiano para vencer a los enemigos de la Democracia”, como dijo a la revista Semana el general Rito Sierra, por entonces comandante de las fuerzas armadas. Al sur, sobre las líneas fronterizas con Ecuador, Perú y Brasil, una fuerza compuesta por milicianos —paramilitares—, y mercenarios se encargaba de minar los caminos marginales, algunos puentes y disparar granadas de mortero mientras los francotiradores, venidos de todo el mundo como en una temporada de caza, buscaban entre la espesura a cualquiera que pudiese ser guerrillero, disparaban, y a los civiles que mataban los marcaban como “victimas de fuego cruzado”.

            Se derrotaba al terrorismo, decía Velasco, y para probarlo las víctimas en descomposición se llevaban a las cabeceras locales, o a cualquier lugar fuera de la espesura del bosque húmedo donde pudiese aterrizar un helicóptero con periodistas, para que las cámaras hicieran flash sobre los rostros deformados, los cuerpos húmedos, con laceraciones púrpura descansando sobre el plástico con el que los envolverían y arrojarían a la fosa común. Debido, además, a que en otros aspectos de la información no era tan fácil conseguir noticias acerca, por ejemplo, de los casos abundantes de corrupción, el desmadrado desplazamiento al que se veían sometidos los indígenas, la detención ilegal y la desaparición posterior de dirigentes estudiantiles y sindicales, entonces la noticia del día, el titular fresco que cada mañana recibía la nación de las grandes ciudades, era el combate —algunas veces llamado “batalla”— del día, o los días anteriores: se tomaba un pueblo, se apoderaban de una sima, de un corregimiento, despejaban una carretera, daban de baja a un jefe guerrillero, bueno, siempre había algo de acción para cada día de la semana.

            Velasco contaba con el apoyo del colombiano medio en las ciudades; aquellos seres de oficina o fábrica que ven dos noticieros al día y ojean el periódico colgado en la tienda de la esquina; a la pregunta, “¿considera que Tomás Velasco es mejor presidente que los anteriores?” La respuesta era generalmente un sí. Pero tanto la izquierda, como los intelectuales, como un número creciente de políticos y personajes influyentes empezaba a desconfiar de él. En el pasado, un jefe de estado colombiano podía hacer cuanto le viniese en gana, siempre y cuando no le causara problemas a los poderosos y mantuviera una buena imagen ante la plebe. Pero estas personas, a diferencia de los obreros, los taxistas, las empleadas domésticas, y los estudiantes de universidades costosas, leen, y no Semana o Cromos, sino Foreign Affairs, The New Yorker, Le Monde Diplomatique, y otras publicaciones, y al resto del mundo, ciertamente, no le gustaba lo que estaba pasando en Colombia. Allí, bandas de matones o militares que debían estar cumpliendo su servicio con el pueblo protegían las villas veraniegas o las dachas invernales de los ricos y poderosos. Tom Dadford, de Newsweek, escribió una escandalizadora crónica sobre una fiesta a la que fue invitada cerca de un pueblo en el departamento de Antioquia. Su historia, con todos los matices narrativos propios de la literatura americana, detallaba bien el cerco de hombres fuertemente armados que rodeaban la propiedad, todos boinas rojas de las Fuerzas Especiales, quienes eran sumamente inquisitivos a la hora de registrar los coches y al personal del servicio para este gran almuerzo de camarones y langosta, con mujeres vestidas de Prada y Versace, relojes Cartier y charlas sobre lo último en tecnología. Al salir, y regresar a Medellín, se enteró por la carretera de que una banda de cuatro hombres había detenido una camioneta con monjas, las había despojado de todo su dinero, y habían violado a dos de ellas. “Fuera de los blindados círculos de poder, el pueblo no sabe lo que seguridad significa” escribió Dadford.

            La nota causó revuelo. Los medios la mencionaron y un batallón de cámaras fue a buscar a las monjas, quienes al ser parte de un estricto convento se negaron a mostrar la cara. La policía entonces ofreció cien millones de pesos por la captura —“vivos o muertos” dijo el vicepresidente Maecha— de los responsables. No tardó la policía en darles captura y enseñarlos en las noticias de las siete de la noche. El presidente viajó de inmediato a visitar a las monjas violadas pero la hermana superiora del convento se negó a dejarlo entrar, ya que nunca, en los ciento cincuenta y siete años de existencia del convento se había permitido la entrada de ningún hombre, ni siquiera del clero. La policía entró a patadas, sacaron a las dos muchachas, una de diecinueve y otra de veintiuno, y las llevaron en helicóptero al palacio presidencial; el presidente les hizo unas preguntas y luego les pidió la bendición. Pero el daño estaba ya hecho.

            El evento por supuesto pudo haberse manipulado de forma positiva por los agentes de prensa del presidente, pero un hecho evitó que la Marcha de Velasco siguiera su camino. En los Estados Unidos fue elegido como presidente el demócrata Frank Beuler; y con una gran sonrisa, durante su discurso de toma de posesión anunció las amenazas que se cernían sobre el mundo y que la Unión, como siempre había hecho, combatiría en playas o campos de marihuana. Y empezó por Colombia. No dijo nombres, pero dijo que en América del Sur las condiciones de vida de los ciudadanos —a quienes por primera vez un presidente norteamericano llamó “hermanos”— estaban regidas por el miedo y la incertidumbre. La guerra contra las drogas había degenerado en un genocidio que no estaba resolviendo el problema. “Al despertar esta mañana pensé” dijo el Presidente “cuántos chicos y chicas quedan en las calles de América consumiendo narcóticos; y me pregunté de inmediato si la muerte de tantos en las selvas y montañas, fuera de nuestras fronteras, realmente estaba solucionando el problema. Yo creo que no”. Y como siempre hubo una gran ovación.         

           

Entonces los poderosos dueños de los canales privados de televisión, los medios impresos y la radio pudieron dedicarse a tirar contra el presidente Velasco. Los comediantes lo imitaban, los caricaturistas dibujaban con furia y los cantantes pop empezaron a denunciar la situación del país. Los directores de las revistas que en su momento de gloria acompañaban al primer mandatario empezaron a redactar editoriales llenas de veneno: Velasco igual politiquería. Velasco igual corrupción. Velasco igual muerte y destrucción masiva. Velasco, ¡renuncie!

            En vez de permitir que la presión estadounidense, encauzada por sus peones en Colombia lo llevara a la renuncia, Velasco se propuso alcanzar sus objetivos en el tiempo que le quedaba de gobierno. Ordenó a sus generales hacer un mayor uso de la nueva capacidad aérea colombiana: medio centenar de bombarderos. Las bajas civiles del conflicto aumentaron progresivamente semana a semana; mas ahora los medios sí estaban interesados en mostrar la clase de guerra que se estaba llevando al sur del país. Así, columnas de miles de indígenas marchaban hacia ningún lado con nada en las manos; iglesias, casas y edificios de alcaldías parecían modelos de cartón castigados por el puño de un demente. Las guerrillas, en su desordenado repliegue, dejaban caminos, faldas de montañas, claros de bosque y esquinas de caseríos sembrados de hombres y mujeres reventados a tiros.

            Dos realidades salieron a la luz, gracias en buena parte a los cronistas internacionales que llenaban las revistas estadounidenses y europeas con las miserias bélicas del tercer mundo. Primero, el desmedido empleo de civiles como soldados; estos escuadrones de milicianos no eran grupos de autodefensa, sino compañías formadas por oficiales de las fuerzas especiales, quienes reclutaban a los hombres y mujeres que quisiesen pelear y no tuviesen nada que perder; se les daba cierta instrucción básica, un rifle y una mochila más un par de botas para terreno pantanoso. De esta forma los guerrilleros se vieron obligados a disparar a su paso contra toda forma de vida bípeda con la que se toparan. No es broma, así lo describió el corresponsal Kurt Veneguen para la prensa alemana: “cruzamos una nube de plumas, caminando sobre tripas de aves de corral, cuyo rastro de sangre nos llevó hasta una mujer, increíblemente gorda, que huía con sus dos últimas gallinas, hasta que los proyectiles dieron con ella”.

            En segundo lugar, las guerrillas estaban siendo exterminadas, finalmente. El poderío táctico de estos grupos siempre se basaba en el mantenimiento de líneas de suministro y corredores de movimiento que estuviesen fuera del conocimiento o control del estado. Ahora no había donde desplazarse, huir, o esconderse. Algunas comunidades se habían vuelto tribus cerradas que no permitían acercarse a ningún desconocido. Si alguien, cualquiera, les parecía sospechoso, le disparaban, o lo detenían y lo torturaban hasta que confesaba que era guerrillero, entonces lo mataban. La guerra, como un gran “esfuerzo patriótico” tiene siempre la capacidad de enloquecer a las personas”.

            Pero no era el sur y el oriente del país las únicas regiones sometidas al fuego y el plomo. Al norte y sobre la costa pacífica se luchaba con igual intensidad, pero allí, cerca de los municipios más grandes, y las ciudades, el proceso debía hacerse de forma más cautelosa, evitando que causase demasiado daño a las fuentes de dinero, o aquellos que lo tenían. La fuga de capitales al exterior estaba de nuevo en alza y si las fábricas empezaban a volar, o las ciudades a ser escenarios de combate, bueno, el país terminaría de hundirse.

            No quedando otra táctica de presión, las Farc empezaron a lanzar ataques con explosivos en las ciudades. Bogotá, Medellín, Cali, e incluso la fortificada Cartagena fueron sacudidas con cargas masivas de explosivos plásticos, morteros de larga distancia y disparos con bazuca. Con las tropas en el frente las ciudades se volvieron inseguras, afirmaban los analistas; la policía, el DAS y la Fiscalía estaban a la caza de los terroristas, pero no tenían forma de establecer con seguridad quiénes eran ellos; cada agencia de la ley tenía su propia versión y rara vez coincidían. Los refugiados del conflicto, además, llenaban las ciudades o establecían campamentos en cualquier lugar lo suficientemente plano y seco como para poder poner una fogata y tiendas alrededor.

            Los correos electrónicos que llegaban a las redacciones de los diarios y revistas repetían el mismo discurso, una y otra vez: si el presidente Velasco presentaba su renuncia, y se iniciaba un proceso de paz, con intervención internacional, y llegase a acuerdos que protegieran la vida de los miembros de estos que regresaran a la vida civil.

            Una de las sugerencias presentadas por la Agencia Central de Inteligencia durante una visita del presidente Velasco a los Estados Unidos, fue la de crear igualmente un organismo que recabara datos de todas las demás agencias y presentarse informes, con distintos grados de seguridad, para que los encargados de regir las agencias gubernamentales de seguridad pudieran enfocar de mejor manera la lucha contra el terrorismo. La propuesta fue aceptada, se destinaron nuevos fondos —el presupuesto para la financiación de las artes y las ciencias— para la creación y puesta en funcionamiento de la Dirección Nacional de Estudios en Inteligencia. Tan académico nombre fue escogido por el ex ministro de defensa y primer director de la DNE, Aristóteles Trujillo, quien estaría al mando durante los siguientes tres años.

            Trujillo, un economista y empresario santandereano, delgado, gris y de ojos hundidos, tomó la tarea de organizar la DNE como una más de sus empresas. Decidió, juiciosamente, evitar que la CIA participase de la organización y entrenamiento de los nuevos agentes. De hecho el asunto se desarrolló dentro del más absoluto secreto; se formaron cien agentes en la primera fase, setenta hombres y treinta mujeres. Siguiendo las políticas de reclutamiento del nuevo director, la contratación de analistas y jefes de departamento se dejó en manos de empresas privadas con experiencia en la búsqueda de talentos. El personal debía ser joven, lleno de energía y habilidades, dirigidos por ex miembros de la Policía Nacional, el DAS, y el Ejército, que no tuviesen una sola mancha en su currículo.

            El cuartel general estaba situado junto a la intersección de dos avenidas principales, la Avenida carrera 68, y la Avenida El Dorado. Pese a esto, muy pocas personas realmente sabían quienes laboraban entre aquellos edificios de cemento apergaminado con vidrios de seguridad verdosos. Los guardianes no electrónicos del DNE parecían guardias carcelarios: trajes negros, casco y un rifle cruzado en su pecho. Quien por allí pasara vería a la distancia, en medio del corredor de entrada, una estatua femenina sobre un pedestal gris; era la figura de Policarpa Salavarrieta, rebelde de la época revolucionaria contra la colonia española, quien se convirtió en mártir de la causa patriótica al ser ejecutada por espionaje.

            El DNE estaba dividido en tres áreas: inteligencia, contrainteligencia y medios electrónicos, llamados S1, S2 y S3, respectivamente. Este último, S3, ocupaba toda la planta inferior, cuatro pisos bajo tierra, empleando doscientas computadoras alemanas encargadas de la intervención de señales y la intromisión en redes privadas. Fue este departamento el que dio con el origen de los ataques con explosivos.

            Al parecer, durante los últimos meses, desde que empezara la arremetida violenta del Ejército contra las posiciones de las guerrillas en el sur del país, emisarios políticos de las FARC habían enviado agentes a Europa, principalmente a España, Francia y Holanda, con el fin de conseguir adeptos a su causa. Para las agencias de contrainteligencia de estos países el asunto pasó completamente desapercibido, y si hubo alguna investigación alrededor de estas acciones esto nunca fue demostrado. Estos “agentes” publicitarios eran en buena medida estudiantes de las universidades públicas, inclinados hacia las teorías de extrema izquierda, quienes no tenían más medio de vida que un trabajo mal pagado de medio tiempo para ayudar a sus familias y pagar los costos de su educación. A cambio de buenas sumas de dinero, estudiantes de idiomas, de literatura y ciencias políticas empezaron a dejar sus carreras —aunque una buena cantidad, según se demostró, estaba ya graduada— y se trasladaron a las grandes capitales del viejo mundo a vender sus ideales mediante panfletos, libros, canciones o ensayos publicados en revistas de Internet.

            La tarea de reclutamiento y organización tomó un buen tiempo, cerca de quince meses, pero se consiguieron resultados satisfactorios: así nueve células terroristas, de cuatro y hasta treinta miembros se formaron entre Europa Central, los Países Bajos y la Península Ibérica. Todos con dinero, conocimientos en manejo de explosivos, propaganda y doctrina socialista. Viajaban a Colombia, planeaban sus operaciones en cuartos de hotel lujoso o fincas alquiladas, ensamblaban allí mismo, en ciertos casos, los explosivos, dinamitaban un puente, incendiaban autos, o ejecutaban a algún oficial militar en descanso y luego tomaban su avión de vuelta a casa. Siendo la política siempre de los colombianos de dar el mejor trato a los extranjeros, los criminales aprovechaban su estatus de viajeros del primer mundo, con carteras llenas e interés en las artesanías para ejecutar la campaña del terror que los guerrilleros veían como única forma de hacer ceder al gobierno.

            Cuando esto estuvo claramente establecido el presidente Velasco ordenó comenzar la operación Enjambre. Hacía Europa partieron decenas de agentes entrenados, quienes, al igual que los hombres y mujeres enviados por las FARC, llegaron al viejo continente cargados de dinero. Su objetivo: crear redes de espionaje que permitieran rastrear y detener a los guerrilleros, así como identificar a los extranjeros que venían a Colombia a dinamitar hospitales y puentes.

            Durante años los colombianos han emigrado al exterior; falta de oportunidades, problemas domésticos, problemas con la justicia, problemas con el gobierno, problema con aquellos que se oponían al gobierno, etcétera, etcétera; la nación produce cada año su cuota de emigrantes quienes han buscado, desde las grandes capitales, hasta las aldeas más remotas, sitios donde hacerse a una nueva vida. Pocos de estos viajeros olvidaron su país, valga decirlo, y muchos de los mismos estaban dispuestos a colaborar, si, además, se les mostraba un buen fajo de billetes para resolver todos sus problemas.

            Enjambre dio resultados: cinco canadienses, tres franceses, un español y seis rusos fueron capturados por el DAS en una serie de operativos realizados al mismo tiempo, completamente coordinados. En el caso de los franceses, estos fueron cayeron con noventa kilos de C4; los rusos —de hecho un cosaco, un chechenio y dos mujeres y dos hombres de Sebastopol— guardaban en tejado un arsenal de pistolas y revólveres de distintos calibres. A los canadienses no les fue mejor: su casa, con un cuarto frío en la parte trasera, guardaba lechones, supuestamente para la comercialización, cada uno con dos o tres proyectiles para lanzacohetes RPG. Sólo el español tuvo que ser liberado ante la falta de pruebas en su contra. La Cancillería de inmediato reunió a los embajadores de los respectivos países y les comunicó que, a menos que sus gobiernos y agencias se comprometieran en atrapar a los agentes de las FARC en sus ciudades, los prisioneros se mantendrían en celdas de confinamiento solitario, sin abogado y sin derecho a hacer llamadas.

            Los canadienses se movieron, pero no así los rusos. Mientras el CMI5 —contrainteligencia canadiense— empezó a rastrear cada movimiento de los colombianos en sus ciudades, el FSB o Servicio de Seguridad Federal no recibió orden alguna de movilizarse ni perseguir a nadie; al parecer, los colombianos allí infiltrados habían tendido fuertes lazos con organizaciones disímiles de la mafia rusa. Algunas de estas organizaciones criminales poseían el dinero suficiente para brindarles protección y transporte a sus invitados sudamericanos. A cambio, los agentes terroristas coordinaban la exportación de cocaína y heroína de altísima pureza para ser inhalada por media Europa. El negocio, para ambas partes, resultó excelente, así lo pudieron ver los medios, semanas después de la caída de la red de las FARC en Europa Occidental:

            En las selvas el avance se hizo más complicado. La estrategia de avance del Ejército para las áreas montañosas del sur del país dependía en un noventa por ciento de la capacidad de movilizar recursos mediante helicópteros. Una vez una aeronave llegaba a una base, un equipo de mecánicos saltaba sobre ella, revisaban su funcionamiento, reparaban cualquier avería y la reabastecían de combustible, tan rápida y eficazmente como lo haría un equipo de mecánicos en un circuito de carreras. Los helicópteros, Huey, Blackhawk o los MH-53 Pave Low llevaban hombres, equipo, armamento pesado, extraían heridos o ejecutaban furiosas lluvias de fuego sobre las concentraciones de personal enemigo detectadas ya bien fuera por los aviones de reconocimiento con detectores de calor o por los comandos de penetración profunda de las fuerzas especiales. La guerra, siguiendo este protocolo, se libraba veinticuatro horas al día en una lucha sin descanso.

            Una de aquellas noches de intensa actividad, la base ciento once situada al oeste del departamento de Nariño fue arrasada por completo, sus edificios derribados, sus helicópteros hechos pedazos y noventa hombres del personal interno murieron. Hubo dos sobrevivientes, pero uno no tenía mandíbula ya que un fragmento de mampostería se la arrancó de cuajo, y el otro, en estado de shock apenas podía hablar. No obstante este último, pasada una semana de recuperación dolorosa, contó que, a instantes previos al ataque había helicópteros, al menos dos, sobrevolando el área; aquella era una base de helicópteros, claro, pero a esa hora, once y diez de la noche, no habían aeronaves en operación. Por otro lado, los forenses descubrieron los restos de proyectiles ZAB y MBD-4, armamento regular de las aeronaves MI-24. Las FARC, al parecer, poseían ahora helicópteros artillados, así al menos se lo dijo el directo del DNE al ministro de defensa.

            El ministro de defensa no quiso creerlo, tampoco el presidente; simplemente, aceptar tal cosa sería como aceptar que la “derrotada” fuerza de las FARC podía detener al Ejército en su marcha triunfal. Esa semana hubo cinco aeronaves derribadas, a un costo de veintiún hombres muertos. Aristóteles Trujillo se sentía mancillado en su honor. Había recibido la tarea de convertirse en los ojos y oídos del Estado, pero en cuanto lo que escuchaba y veía no era del gusto del gran amo, debía guardar silencio y regresar a su despacho con el rabo entre las patas. Así que decidió iniciar una nueva operación, mucho más secreta que cualquier otra jamás realizada por el DNE.

            Tomó un mes, pero Trujillo pudo regresar al despacho presidencial con algo que podría compararse con una bomba, aunque esta estaba hecha de papel. Frente a Velasco fueron exhibidas once fotografías, cada una de un metro cincuenta de largo por un metro veinte de ancho de tomas satelitales del Parque Nacional Yapacana, una reserva de selva tropical setenta y cinco kilómetros dentro de territorio venezolano. Las imágenes a todo color eran bastante claras: cinco helicópteros tipo Hind estaban siendo reparados, mientras otros seis, como explicó el encargado de análisis de imágenes, estaban cubiertos por camuflaje. Venezuela tenía helicópteros Hind, pero eran aeronaves Mi-35 M2, no aquellos Mi-24V con más de dos décadas de operación. Las fotografías satelitales, dijo al final el muy orgulloso Aristóteles, eran cortesía de la NRO, la Oficina Nacional de Reconocimiento de los Estados Unidos; agencia que controla el espionaje mediante satélites y aviones. Este era un “pequeño obsequio” para estrechar los lazos entre las agencias estadounidenses y la recientemente formada DNE.

            Velasco consideró esto como insubordinación; se había hecho un pacto con una potencia extranjera completamente a sus espaldas. Y esa misma mañana a Trujillo le fue exigida la renuncia al cargo. Como nuevo director del DNE quedó la antigua subdirectora, Gloria Puyana de Esguerra, una dama de sociedad, bien conectada, cuya colaboración en la campaña de Velasco por la presidencia había sido invaluable. Sólo hasta que se creó la DNE se le pudo dar un cargo en el que se le pudieran reconocer sus servicios al gobierno. No tenía la menor idea sobre asuntos de inteligencia, pero Velasco era un viejo zorro: con aquella nueva directora —cuya vida conocía al derecho y de cabeza— él sería quien realmente llevara las bridas de la principal agencia de inteligencia de Colombia.

            En su primera visita al Cuartel General, se reunió a solas con la directora y con el jefe del departamento de estudios para Europa Oriental, un joven matemático e historiador de la Universidad Nacional. Les hizo tres preguntas concisas: ¿sabían con qué organizaciones trataban las FARC en Rusia? ¿Sabían quiénes eran sus contactos? ¿Podían estos hombres ser asesinados? Y tres veces la respuesta fue “Sí, señor Presidente”. Se estableció allí mismo una operación para borrar todo vínculo entre los padrinos del hampa y los terroristas colombianos. Pero antes de dar luz verde realizó otro viaje, mediante el túnel que conecta todos los edificios del Centro Administrativo Nacional entre sí, con el Aeropuerto y el Palacio de Nariño. El acceso allí es restringido y sólo el presidente puede usarlo a su conveniencia. Estuvo en el Ministerio de Defensa durante una hora aproximadamente y luego regresó a su despacho.

            Tres días más tarde, a las seis de la mañana, hora local, un avión Cessna de una compañía petrolera venezolana perdió altitud y se desplomó sobre los helicópteros Hind ocultos entre la jungla de la reserva forestal desde donde despegaban para atacar en Colombia. Tres de estas aeronaves quedaron inutilizadas, murieron cuatro personas y hubo cincuenta y cuatro heridos, treinta de considerable gravedad. Los medios locales cubrieron eficientemente el hecho y las medidas tomadas por el gobierno para refrenar los avances de los periodistas generaron toda una serie contradicciones.

            Cuando la guardia venezolana, y la Dirección de Inteligencia Militar iniciaron sus investigaciones sobre lo ocurrido, descubrieron que el siniestro no había sido producto de un error de pilotaje o una falla mecánica. Primero, la aeronave volaba fuera de cualquier ruta comercial establecida; segundo, dicho avión no estaba registrado entre las aeronaves privadas de la Industria de Petróleos del Orinoco; tercero, la explosión causada por la caída del aparato había sido desproporcionada. Entonces los investigadores empezaron a realizar pruebas químicas sobre las cenizas; resultado: nitrato de amonio y diesel, ANFO; el avión, no tripulado, estaba hasta el techo de aquel material.

            Inteligencia se presentó al Palacio de Miraflores con estas pruebas, pero, irónicamente como había sucedido en el caso colombiano, el presidente prefirió guardar silencio y archivar el caso. Horas antes había llegado un comunicado de la Casa de Nariño: si el gobierno de Caracas intentaba denunciar el hecho, los colombianos harían lo mismo con la presencia de los Mi-24 comprados con dinero de las drogas; si intentaban seguir con ello, ejecutarían otro ataque: volarían un puente o el puerto mismo a donde llegaban los helicópteros desmontados, y así sucesivamente hasta que llegaran ambos gobiernos a un acuerdo.

            En el lapso de las tres semanas siguientes a estos hechos, los otros cuatro helicópteros comprados por las FARC fueron ubicados por los aviones de inteligencia militar y destruidos por comandos anfibios de la armada. En Rusia no se presentaron incidentes, o al menos no quedan evidencias de actividades del DNE allí. Los agentes del terrorismo se desvanecieron, pero no está confirmado que hayan sido secuestrados o asesinados.

            Velasco moriría cuatro meses más tarde; los autores intelectuales de su muerte siguen siendo desconocidos. Se supuso que podían ser los mafiosos rusos, los guerrilleros de las FARC o el casi desmovilizado Ejército de Liberación Nacional, o cualquiera que lo odiase suficiente, más que una buena parte del país, como para planear y ejecutar su eliminación. Si hubiera vivido, no obstante, habría tenido que retirarse, como otros expresidentes, por la puerta trasera; hacerse a un sitio cómodo y seguro, y dedicarse a escribir sus memorias mientras los ciudadanos de una nación lo olvidaban gradualmente.

            Los cambios traídos por su administración revolucionaron la forma de combatir a las fuerzas insurgentes, al crimen doméstico e internacional. Había gente aún, como Federico, que podía dividir la historia de la inteligencia nacional en dos, antes y después de Velasco. Aquella mañana, la última con calma como agente de la ARE, pudo terminar en minutos un proceso que años antes habría tomado días de consulta. Terminó su café, escuchó el eco de la puerta al cerrarse, y supo que su jefe, Ever, había llegado. Era hora de empezar a trabajar en serio.

 

sdsd

 

 

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