Saturday, September 27, 2008


4. El Rey

Magda entró con un paso seductor de caderas oscilantes; los zapatos de alto tacón causaban ese efecto, al igual que fuertes dolores en los tobillos y en la espalda, no obstante, ante el gran jefe no podía andar descalza como le gustaba permanecer. En su mano derecha sostenía un plato y en este un vaso de agua con hielo. Ever no bebía café, ya que aseguraba que era uno de los causantes de la senilidad en personas mayores, mientras que el líquido elemento era siempre una necesidad del cuerpo humano. Al retirarse cerró la puerta.

Ever estaba en aquel momento dejando su gabardina negra en la percha, al lado del paraguas y el sombrero. Estos últimos accesorios rara vez los sacaba, ni aún en días de lluvia. Ese paraguas era en verdad un obsequio, y un arma. Cargaba proyectiles calibre 22 que disparaba por la punta; tal vez estaba descargado, tal vez no.

Federico ignoraba cuántos años tenía su jefe, pero ciertamente lucía más joven y en mejor forma física que él. Alto, de un metro con noventa centímetros, piel lustrosa, cabello rasurado, enormes ojos y unos delgados labios con cuyas muecas podía pasar de sensual a aterrador en medio segundo. Alguien podía juzgarlo de vanidoso y ese sería el único reclamo que su presencia podía generar: sus trajes eran hechos eran de Savile Row, en Londres; cada tres meses, eso lo sabían todos dentro de la agencia, hacía una visita a su sastre particular. Como en Bogotá no hay estaciones, sus trajes solo variaban de acuerdo a si eran lluviosos o soleados: unos claros otros oscuros, eso era todo.

—¿Dónde están los demás? —Fue la primera pregunta de Federico. Ever encendió su computadora y sin quitar los ojos de la pantalla respondió:

—Danilo está en Palacio; Franklin en el sitio —echó una rápida ojeada a su reloj—, o debe de estar por llegar ya. ¿Algo nuevo?

—Nada. D3 sigue con lo de los correos electrónicos, pero están casi seguros que son obra de niños; van a terminar por pasarle el asunto al DAS.

—¿El reporte de la Policía?

—Cien hombres de cerco; Fuerza Disponible. Veinte de CEAT, divididos a ambos costados. El DAS mandará cincuenta para que estén entre la masa.

—Cincuenta.

—Sí, eso es lo que dijeron.

—Para casi tres mil personas que van a estar ahí.

—Aunque se los dijésemos van a argüir que no pueden ya conseguir más gente.

—Claro que no. ¿Algo más?

—El listado de personal logístico. Encontré dos nombres con registros demasiado recientes, un mes y una semana respectivamente.

—Muy bien, no los quiero —A medida en que Ever hablaba Federico tomaba notas en su Palm.

—El ministro de Seguridad Social no estará —dijo Federico.

—¿Razón?

—Su hija tiene presentación en la escuela; día de padres de familia.

—¿Está confirmado?

—La pequeña tiene un papel protagónico en Cascanueces.

Federico sabía lo importante que era esto para Ever; muchas veces el peligro no se descubría por quienes estaban presentes sino por aquellos que hicieran falta. En un simposio realizado el año anterior, Ever Ríos citó a Sam Giancana: “si quieres saber quién es el traidor, busca entre los sobrevivientes”.

Tras revisar en detalle el cronograma de actividades del presidente, Ever y Federico fueron a la cocina. Al fondo, tras retirar una lámina de yeso que ocultaba una caja de seguridad, accedieron a sus pistolas de dotación Boa 9mm automáticas, hechas en Colombia por la Industria Militar. Allí había igualmente chalecos antibalas y clips extra para sus armas. Aunque los cuatro agentes podían y portaban armas propias, estas Boa con proyectiles prefragmentados no llevaban números de registro. Eran “armas fantasma”; si asesinaban a alguien con una de estas los forenses nunca podrían relacionarlos directamente con el hecho.

Ever recibió una llamada a su teléfono móvil, se retiró de la cocina y un par de segundos después regresó:

—Agarre el carro, un helicóptero de la Policía viene a recogerme. Tengo que hablar ya con Buitrago sobre lo de esos agentes del DAS.

Se refería al coronel Justo Daniel Buitrago, jefe de seguridad del presidente Vargas. Federico y Ever fueron juntos por el corredor y frente al elevador se despidieron. Para el agente Góngora aquello era también otra parte de la rutina, en que Ever siempre estaba entre los faldones del poder mientras él y los otros hacían el trabajo pesado. No es que el jefe se hubiese convertido en un figurín; seguía siendo un espía profesional, así que su trabajo principal en todas las reuniones, cócteles, almuerzos, cenas, desayunos, eventos y viajes era capturar al vuelo información o establecer lazos que le permitieran saber un poco más de todos. Federico Góngora lo ignoraba, pero una noche, allí en las oficinas de la agencia, Ever le había dicho a Máximo Cohen: “muchos espías son ‘prostitutas’ de la información. Yo soy el proxeneta”.

Mientras Federico encendía el automóvil, Ever subía al helicóptero de la policía. Uno tendría que vérselas con las calles, los embotellamientos y el calor ascendiente de la mañana; el otro miraría la ciudad desde los cielos mientras trataba de lidiar con el a veces imposible coronel Buitrago.

—Ese no es asunto mío —Replicó prontamente el coronel con una expresión que en su caso era casi siempre un reflejo—. Mire, Ríos: yo me encargo de la seguridad personal del Presidente. Lo que haga el DAS es cosa de ellos. ¡Hable con la directora!

—Coronel, quizá usted piensa que aún son las seis de la mañana y que está hablando con alguno de sus hijos escasos de cerebro —empezó a decir lentamente Ever— O tal vez a esta altura se le forma un coágulo temporal en la cabeza. Me va a decir que no tiene el menor control sobre el personal de seguridad que se distribuye alrededor del Presidente, ¿me está diciendo eso? Tiene a su cargo a casi doscientos veinte hombres y deja que ellos hagan lo que les da la real gana.

El coronel se tomó sus treinta segundos para responder sin perder los estribos. Llevaba ya años enfrentando al implacable Ever, y responderle con insultos o amenazas le podrían acarrear problemas; aquel negro estaba bien conectado y era astuto como un zorro; el Presidente lo trataba como un amigo y su “agencia” podía mover a todo el estamento de defensa gubernamental como fichas de parqués.

—Su trabajo, Ríos, es prevenir amenazas, no meterse en las estrategias de seguridad.

—Error… yo trabajo sobre amenazas: si me parece que la corbata de un ministro brilla de tal modo que le pueda causar un sarcoma al Presidente al ministro le quedan dos opciones, cambiarse la corbata o perderse. Cincuenta hombres del DAS bostezando entre la masa me sirven tanto como tener pelo entre el estómago; o apoyan el cordón de seguridad o servirán agua para los técnicos; no van a estar ociosos.

Buitrago se inclinó hacia Ever:

—Entonces bien puede ir con cada uno de esos agentes y decírselo.

Ever estaba a punto de responder algo, pero se lo guardó y tomando el diagrama impreso del lugar del evento al que asistiría el Presidente pasó al siguiente punto de sus requerimientos.

Franklin detuvo su automóvil; al abrir la puerta y poner un pie en la tierra gris y sin vida del camino quiso exhalar todo el aire caliente de su cuerpo. Odiaba tener que usar corbata, más aún para tareas que lo tenían fuera de la oficina, pero como odiaba los escenarios cerrados de trabajo había tenido que aprender a amar las corbatas, los trajes a la medida y las camisas de puños cerrados. Sacó su botella de agua, bebió el resto del contenido y arrojó el envase al asiento trasero antes de cerrar la puerta de un golpe. Luego chaqueta en mano se dirigió hacia la tribuna.

Un policía se acercó, pero antes que hubiese abierto su boca para cuestionar qué hacía ahí, Frank extrajo su identificación, mandando al agente de regreso a su puesto. Tras hacer un chequeo general del sitio se dirigió hacia un camión adyacente al escenario. Allí había otro policía, pero este lo dejó pasar sin dedicarle una gran atención: si estaba allí, a esa hora, debía ser por algo.

En el vehículo permanecía una nube de tabaco rubio, dentro se encontraban tres técnicos controlando las diez cámaras de vigilancia establecidas alrededor del podio donde el Presidente daría su discurso.

Los técnicos tenían frente a sí una labor de complejidad clínica. Debían hallar entre los presentes alguna amenaza. No podían parpadear, no podían cometer errores. Si algo emergía, como los ojos del cocodrilo en el pantano, debían mandar al ataque a los agentes e informar a los guardaespaldas del Presidente que este debía ser retirado en el acto. Como aquello significaba que los robustos hombres de traje negro debían saltar sobre Vargas, la amenaza debía ser real. Podemos decir que estos sujetos debían ver la trayectoria de una bala, y sólo así poder desatar el pánico.

—Control —dijo Franklin al entrar.

—Entonces… —dijo lentamente el técnico del medio, el más obeso de los tres. Giró su silla y le ofreció un cigarrillo a Frank— ¿Cómo vamos hoy?

—Hasta ahora no he visto nada que me moleste. Pero naturalmente es muy temprano para decidir si este va ser un buen día, o si este va a ser el día.

Como ocurría normalmente, Frank hablaba un español supeditado al sistema estadounidense de expresión. El gordo, Arnoldo Mendieta, no replicó nada y siguió con la vista clavada en las pantallas. A estas Frank dedicó su atención por un rato: cuatro estaban dedicadas a la muchedumbre que se empezaba a agolpar contra las vallas de seguridad de la policía, situadas a ocho metros de la tarima. Otras dos mostraban los extremos internos opuestos del podio y al personal que allí trabajaba. Dos enseñaban el estacionamiento de vehículos oficiales, con un paneo directamente sobre las matrículas de los autos. El encargado de esta última cámara tenía una computadora portátil conectada a la base de datos del DAS; hasta ahora, como decía Frank, era un buen día.

Salió sin decir palabra y dejó la puerta abierta. Miró alrededor y luego empezó a caminar en reversa, observando siempre por encima del camión. Allí habían tres hombres de traje negro, bien ocultos para todo el mundo, excepto para la detallista mirada del ex agente de la CIA.

Eran francotiradores profesionales de la policía; cada uno con al menos cien aciertos a un blanco situado a medio kilómetro. En un extremo estaba el teniente Villanueva, conocido de Franklin; aquí actuaba como marcador de sus tiradores. No era este el único trío de protectores armados con rifles Winchester de largo alcance, pero era el único oficial de policía, de aquel orden, que conocía a Frank.

—Entonces, teniente: ¿teniendo un buen día?

—Los carros que me parquearon allá si quedaron lindos, ¿no? —respondió con sarcasmo el oficial sin quitarse de enfrente los binoculares—. Con ese brillo tan hijueputa que están pegando no voy a ver una mierda; y esta gente tampoco.

—Lamentándolo mucho, teniente. Nosotros no diseñamos este asunto.

—Supongo que no.

—Pero, usted debe tener en cuenta que una buena parte del trabajo pueden hacerlo las cámaras de seguridad.

—Viejo Frank: si yo me hubiese confiado una puta vez, una sola puta vez en cualquier cachivache distinto a los ojos de mis muchachos durante una operación, los terroristas le habrían dado por el culo a todo el país.

—Tenga eso por seguro, teniente. ¿Algo más que reportar?

—No… excepto una cosa: estamos apuntando hacia el noroeste. El equipo B está apuntando hacia el sureste, ¿nadie está apuntando hacia el oeste?

En esa dirección apuntó Frank su mirada: la muchedumbre ya superaba las dos mil personas, lo cual era algo increíble. Pero fuera de la masa allí congregada, y de las patrullas y agentes de policía a pie no había nada, ni siquiera un arbusto, en por lo menos cuatro kilómetros de tierra desnuda.

—Bien… de hecho no pienso que ustedes tengan que preocuparse por ese costado gente. No es un riesgo aceptable apuntar a los espectadores.

—Es que yo no estoy hablando de apuntarle a los espectadores; yo estoy hablando de apuntarle a eso —exclamó llenándose de furia el teniente, señalando algo remoto establecido en la nada plana del horizonte. Franklin tuvo que tomar los binoculares para localizar, en esa nada de la que hablamos, una remota casa, de dos pisos: la última entre las arenas y terraplenes de un sector en construcción.

No era una vivienda completa, sino las partes últimas que se negaban a caer de lo que fue el hogar de alguien. Todo aquel vasto desierto que Franklin estaba observando, y al que, de una forma indirecta se dirigiría el Presidente esa mañana, había sido en otro tiempo el sector de Patio Bonito: hectáreas y hectáreas cuadradas de concentraciones humanas sin ningún orden ni planificación. Por intermedio del Departamento de Planeación Distrital de Bogotá, el gobierno de Vargas había empezado el piloto de un gran plan para redistribuir la tierra en las áreas urbanas. Se tratada de la compra de grandes zonas de terreno, el cual tenía unos pocos propietarios. Lo que se alzaba sobre aquellos suelos eran más principalmente tugurios, edificios abandonados y fábricas de polución. Una vez el gobierno se hizo al terreno lo derribó todo y alzó sobre este una serie de círculos compuestos por torres de treinta pisos, dotados de servicios, con grandes ventanas y zonas verdes en rededor. Los presentes, allí esa mañana, eran las familias que, mediante un nuevo sistema de crédito, se habían hecho a alguno de estos apartamentos de diseño moderno, con grandes espacios y hermosa visa. La casita hecha pedazos, aún no terminada de derribar, era el último vestigio del caótico pasado del sur de Bogotá.

—Ciertamente —respondió entonces Franklin—. Pero, dígame teniente: ¿usted realmente cree que es posible para un francotirador allí situado disparar contra el escenario?

—Creo que cualquier vaina es posible hoy en día —refunfuñó el oficial en voz baja—. De todos modos no quiero ver a nadie ahí.

Franklin igualmente lo consideró una idea sensata. El helicóptero con el jefe de seguridad del Presidente y Ever había llegado hacía algunos segundos. Frank aprovechó para comunicárselo a su jefe.

Unos cinco minutos más tarde una camioneta con cuatro hombres de antiterrorismo de la policía llegaron al lugar. Lo rodearon y, a parte de treinta bultos de cemento y una pila de arena de dos metros, no hallaron nada. Lo reportaron, regresaron a su vehículo de ahí a su posición establecida.

Aunque el lugar ahora estaba desocupado, dos ojos estaban encima de este: Ever igualmente consideraba aquellas ruinas como una amenaza, así se lo hizo ver al coronel Buitrago, este parecía ya harto de las continuas preguntas y objeciones que ponía el jefe del ARE:

—Se acaba de mandar personal a ese sitio, señor Ríos, y no encontraron nada. No vamos a mantener a nadie ahí porque el brigadier no cuenta con más gente en el sitio. Además, desde ahí es imposible lanzar cualquier ataque contra el Presidente. Punto.

Ever no agregó nada más, prefirió llamar por su radio a Federico y pedirle que contactara a alguien del DAS. Federico fue con el jefe del destacamento, un sujeto de treinta y tantos años vestido con una chaqueta de cuero y jeans que portaba una radio en la mano. Tras mostrarle su identificación el agente encargado lo miró con desconfianza mientras preguntaba lentamente qué deseaba.

—Necesito a dos de sus agentes de inmediato —respondió Federico.

El agente respondió que necesitaba saber para qué los requería, Federico se explicó: la casa abandonada situada un kilómetro hacia el oeste debía estar bajo vigilancia y únicamente los hombres del DAS podían abandonar sus posiciones y cubrir el lugar. El hombre al mando del destacamento aceptó de inmediato al parecer, pero dijo que debía ser él y nadie más quien les asignara las órdenes a sus agentes.

Casi de inmediato una gran agitación se apropió del lugar. Los soldados y policías alrededor, con todas sus variaciones de uniformes empezaron a revisar sus armas y a inspeccionar en detalle sus uniformes. Se había dado por radio la señal en clave, secreta, que todo el mundo conocía: el Presidente estaba aquí. Sus traslados, siempre coordinados por la ARE y el coronel Buitrago, eran considerados clasificados. Bien podía arranca la caravana de coches blindados y motocicletas a andar desde la Casa de Nariño, aunque el primer mandatario se estuviese desplazando en un helicóptero artillado. El único que había puesto una queja sobre este procedimiento, según Ever, era el propio José Hilario Vargas.

Ever Jesús de nuevo repasó el esquema, esto sin abandonar su posición sobre la tarima. Al frente ya se agolpaba una masa de quizá tres mil personas, los agentes del DAS, como había pedido él mismo, vestían de forma casual y permanecían alejados de la muchedumbre, cerca de los equipos sonoros, cual si fueran parte del equipo técnico del evento. La instalación había empezado a las seis de la tarde del día anterior, y a esa hora aún había tareas por realizar; tanto tiempo gastado, se podría pensar para una simple alocución presidencial. No pasaba lo mismo con la seguridad: policías, francotiradores, agentes del DAS y de las otras agencias estaban ya ahí, en sus puestos, listos a seguir todos los protocolos de acción en caso de presentarse la menor amenaza. Ever fue a la parte trasera del toldo y se dirigió directamente al Presidente; lo saludó respetuosamente, mas Vargas siempre tenía una actitud relajada hacia su personal:

—¡Ever! Qué hubo hermano. Genial que usted esté por aquí encargándose de toda la vaina. ¿Cómo está su señora y sus hijos?

El agente Ríos respondió amablemente que todos estaban bien y le enviaban saludes. José Vargas vestía con pantalones claros y una camisa sin corbata, prenda esta última que empleaban únicamente para asuntos oficiales. Una vez, de hecho, el lente de un fotógrafo alemán lo había capturado sentado sobre su escritorio, respondiendo una llamada, rodeado de ministros y llevando una sudadera. Siempre deseoso de parecer un hombre descomplicado, en una de sus primeras entrevistas aseguró carecer de trajes costosos, salvo un esmoquin italiano empleado para asuntos de etiqueta. Afirmó entonces que un Presidente debía ser considerado un empleado público más, y si el pueblo debía buscar algún día un símbolo de unidad —algo que la Constitución afirmaba que el Presidente era— debían dirigir sus miradas hacia la selva, a las montañas, a las hermosas costas, o acaso a la bandera tricolor.

Ever y Vargas caminaron hacia la tarima. Antes de subir apareció Luis Ángel Mayarino, jefe de comunicaciones y portavoz de la Casa de Nariño. En sus manos llevaba el discurso, era un hombre alto y delgado como una palma africana; extendiéndole los papeles a Vargas parecía no querer dejar ir al mandatario antes que hubiese echado un vistazo al argumento por él redactado. Sin más palabras Vargas hizo caso: movió los labios rápidamente ante el primer párrafo y agregó secamente “Aceptable. Irá bien”. Como rara vez demostraba mayor entusiasmo ante uno de los escritos de Mayarino, este consideró terminada su tarea y fue a buscar su sitio sobre el escenario.

Sobre el escenario estaban presentes algo así como treinta personas. Ever se situó en la mitad y empezó a contar cabezas, en sentido de las manecillas del reloj, desde el dúo encargado de la cámara diagonal al podio, hasta sus contrarios en el ángulo opuesto. Allí apenas si eran necesarias ocho personas, y empezó a despedir gente sin que estos encontrasen argumento para contravenir la orden. Los guardaespaldas empezaron a subir y a revisar el sitio; cada uno podía portar una pistola automática, así que Ever debía situarse en una esquina con su arma, lista a dispararle a cualquiera de aquellos hombres, que si bien eran constantemente pacientes del polígrafo y los psiquiatras, el sólo hecho de estar armados cerca del Presidente los hacía potenciales magnicidas. Bajo la sombra de un enorme altoparlante, el jefe de la ARE esperó la llegada de su protegido.

Franklin estaba de nuevo con los francotiradores. Con un par de prismáticos vigilaba el desplazamiento de las unidades contraterroristas. Federico había regresado a su auto, se había aflojado la corbata y, con una antena y una computadora portátil, se dedicaba a escuchar las conversaciones entre los distintos servicios de seguridad presentes. Danilo no llevaba su traje sastre aquella mañana: tomó un uniforme de policía y un rifle de asalto Armalite AR-15, cuatro granadas, una Sig-Sawer 9mm y su cuchillo de caza. Si alguien quería subir por la escalera hasta el interior del escenario debía pasar por encima de él.

El jefe, Ríos, presionó un botón de su cronómetro Omega:

—Papá está aquí; todos presentes en el comedor —era la contraseña designada para señalar la llegada de Vargas. Ahora todos debían poner su atención en ver lo que en teoría no debía estar ahí.

Todos pudieron escuchar entonces, a su alrededor y a través de la frecuencia radial, el rugido estruendoso de la muchedumbre aclamando al presidente más popular en la historia del país. Una tormenta de aplausos y aclamaciones se elevaron al cielo y agitaron el centro de la Tierra. José Vargas, frente a cuatro mil setecientas personas, se inclinó a saludar a su pueblo.

Hacer una venia para saludar a una muchedumbre había sido uno de lo gestos característicos de Vargas durante toda su carrera política. Había empezado como concejal de Bogotá, a los veinticuatro años, alcalde a los treinta y dos, senador por el partido Liberal a los treinta y cinco, ministro de justicia a los treinta y siete, cinco años de estancia en Moscú y ahora, a los cincuenta y un años y tres meses, presidente de la República.

Quienes corrían a su alrededor como fieles cortesanos no cesaban de recordarle, a quien quisiera escucharlo, que Vargas no venía de una familia encumbrada, sino de la clase media trabajadora: Enrique Vargas era agrónomo de profesión, pero desde que terminó su carrera, hasta que nació el segundo de sus hijos, José Hilario, mantuvo a sus hijos con su sueldo de conductor de autobús. Su esposa, Milla Enea Matejko, hacía lo propio en un encumbrado colegio local enseñando piano y, en breves ocasiones, francés. Aunque hablaba siete idiomas, y en la universidad de Varsovia estudiaba física aplicada, su mal manejo del castellano le valió verse relegada a ser, simplemente, la estricta y odiada profesora de piano.

La relación de Enrique con Milla dio, no sólo dos hijos, sino la fuerza para que el padre de familia buscase una mejor ocupación. Estudiante de una escuela moderna, no deseaba ver a sus retoños convertidos en unos ignorantes por simple falta de recursos; así que tomó un trabajo de tiempo parcial como mesero en eventos organizados en los salones del Grand Imperia Hotel, allí conoció al abogado Eliécer Calles, exitoso en su campo, con un caudal de dinero a sus espaldas, y una sola pasión verdadera: el ajedrez.

Vargas jugaba poco, pero su dedicación al juego ciencia le granjeó una amistad duradera con Calles. Éste por su parte lo introdujo dentro de diversos círculos sociales, permitiéndole así hacerse a un puesto en una fábrica de insumos agrícolas en Zipaquirá, un municipio situado a una hora de la capital.

La infancia de José Hilario transcurrió entonces en una antigua casona, húmeda y recorrida de pisos al techo por incontables grietas y grandes ventanas veteadas de mugre y algas. Su padre era un hombre a la antigua: trabajaba de las ocho a las ocho, todos los días, descontando el domingo, día de visita a la iglesia para elevar una plegaria de agradecimiento por los favores recibidos. Su madre por el contrario daba clases particulares de francés y matemáticas; cuando esta permanecía en casa no resistía ver a sus hijos jugando o distrayéndose frente al televisor: los obligaba a estudiar aquellas asignaturas que la escuela no cubría, como latín y botánica.

A sus quince años, José Hilario presenció la ruptura familiar: Enrique Vargas llevaba algunos años sosteniendo un romance con una antigua compañera de la secundaria. Al parecer el hombre estaba cansado de mantener esta relación bajo el sigilo y el miedo; reveló la situación a su esposa, pero esta se negó a divorciarse de él. Llegaron a un acuerdo: ellos permanecerían en Zipaquirá y el Enrique, que había logrado ser ascendido a la dirección central la firma exportadora de insumos, se instalaría en la ciudad, con su compañera, y les enviaría lo necesario a su esposa e hijos para vivir.

La situación en casa se complicó al parecer; Milla moriría a los cuarenta y dos años por una sobredosis de pastillas mezcladas con vodka. Se había hecho, al parecer desde hacía muchos años atrás, adicta tanto a los fármacos como al licor. Pero hasta que esto sucedió, al cumplir José Hilario los diecisiete, aquella dama polaca se fue tornando cada vez más agresiva, hasta el punto que Horacio Antonio, el hermano mayor de José, se quitaría la vida estrellando su propio auto contra un muro de concreto. Con tan funesto acto no es extraño que la madre terminase volcando sus últimos días a un consumo sin pausa de anfetaminas; y el joven José, quien dependía mucho de su hermano, en un sentido afectivo, enfermó repetidas veces, y a lo largo del año que siguió al deceso de Horacio, estuvo interno en una clínica bogotana en unas siete oportunidades.

Extrañamente, o singularmente al menos, sería también el juego ciencia el recurso con el que saldría de sus padecimientos. Así como su padre encontró en el ajedrez una forma de entablar una amistad que le reportaría enormes beneficios, el muchacho desarrolló un interés tal en la disciplina que logró dejar atrás el abismo depresivo en el que se había hundido con la pérdida de sus familiares. En algunas entrevistas y artículos de prensa redactados por él mismo, José Hilario Vargas declararía que su pasión, incluso su adicción al juego fue lo que lo rescató de una segura debacle moral cuya senda lo hubiese dirigido sin duda a la autodestrucción. Jugaba hasta siete partidas al día, recorriendo la ciudad de un extremo a otro (había regresado a Bogotá tras la muerte de su madre), buscando jugadores en los clubes de billares, en los cafés y las universidades. Extrañamente nunca entró a participar en torneo alguno.

Se hizo abogado en la Universidad del Rosario; realizó prácticas con Eliécer Calles, quien sería su primer guía en los caminos y vericuetos de la política. Calles, liberal de toda una vida, hijo de liberales pero padre de nadie, tomó al muchacho y lo impulsó a llegar a aquellas cimas a las que él, por una u otra razón, jamás pudo alcanzar.

Durante su periodo de alcalde de Bogotá, un periodista le preguntó qué clase de dirigente era; Vargas se tomó su tiempo y dijo que, ante todo, era un hombre que disfrutaba seriamente la política, pero más aún la administración. “Todo puede resolverse si se sitúan los asuntos en su lugar” declaró, aunque, incluso él admitiría, unos años más tarde, que como burgomaestre no logró alcanzar el desempeño deseado. No es esta recordada como una mala administración, pero analistas de diversos niveles coinciden en señalar que durante los cuatro años de administración Vargas la ciudad sólo vio un crecimiento físico, mas no social: se desarrolló el metro, el tren de cercanías, se invirtieron millones en la reparación de la malla vial y en otras tantas obras, pero incluso los planes de apoyo para los estratos más bajos de la población quedaron frenados, algunos llegando a estancarse por completo.

Su mala racha en este campo pudo ser uno de los factores para que, durante los siguientes años, su carrera se desarrollase en la sombra. Cuando entró a reemplazar en el Ministerio de Justicia al investigado Orlando Padilla Prieto, muchos consideraron su nombramiento como una jugada del gobierno conservador de entonces para congraciarse un poco con los liberales, quienes en el congreso orquestaban una campaña de oratoria contra el poder. Y aun tan alto cargo no le reportaría mayor publicidad; daba cortas declaraciones y los periodistas rara vez preguntaban por él, salvo cuando se estaba ejecutando un gran caso en la corte suprema o se desataba un gran escándalo de corrupción; los micrófonos corrían hasta la puerta de su despacho, y al ser atendidos por el siempre relajado Vargas, este respondía con vaguedades que no valía la pena reseñar ni siquiera en las últimas ediciones de los noticieros.

Lo que sí logró llamar la atención del país fue su compromiso matrimonial con la periodista Juanita Díaz, una atractiva presentadora de noticias, alta, de elegantes facciones y un juvenil tono de voz que nunca le alcanzó para ser considerada una periodista seria. Estaba encargada de las noticias culturales y de farándula, realizando, una que otra vez, la presentación del noticiero de la mañana. El político, de treinta y seis años, y la egresada de economía de veintisiete, se habían conocido en un partido de tenis durante el cual algunos miembros del gobierno jugaron contra algunos tenistas nacionales con mejores o peores trayectorias. El asunto no pasó de ser una nota cómica en la sección final de las noticias: los ya mayores hombres de estado corrían torpemente tras la pelota; solo Vargas, en mejor condición física que sus compañeros, logró ganarle un par de sets a Patricio Banca, su contendiente en esa oportunidad. Díaz se encargó del cubrimiento del asunto y le realizó algunas preguntas a José Hilario, las cuales no llegaron a salir al aire, según el coordinador, por falta de tiempo. Ese día se iniciaría un romance que duraría dos años, al cabo de los cuales la pareja anunció su compromiso de boda.

Heredero de la robustez de su padre, el color claro y el rostro simétrico de su madre, José Hilario siempre tuvo un singular atractivo de hombre maduro. Él y Juanita lucían como una encantadora pareja; esta caleña había sido modelo y concursante en diversos certámenes de belleza. Su boda se realizaría en San Petersburgo, ya que, tras terminar su periodo como ministro, el futuro presidente fue enviado a la embajada colombiana en Moscú.

Su camino a la presidencia no fue, como sugieren algunos, una larga lucha, sino apenas una carrera de obstáculos que José Vargas sorteó con agilidad.

Tomas Cipriano Velasco llegó al poder mediante gritos y amenazas; su propuesta de “erradicar la politiquería” se desarrolló en una purga general en todos los niveles del gobierno. No exageramos: hasta las aseadoras de los edificios ministeriales quedaron en la calle, así como los oficiales diplomáticos, generales del Estado Mayor, directores de instituciones gubernamentales y sus secretarias o secretarios. El “barrido” fue aclamado por los fanáticos del nuevo gobierno, quienes hablaban de una “demolición de la antigua burocracia”. Para mantener los tres poderes en funcionamiento, Velasco se trajo a sus amigos, los amigos de estos, familiares, allegados, socios comerciales, acreedores, ex amantes, compinches del club, ex colegas de la universidad o el colegio y algunos liberales que golpearon la puerta de su despacho con alguna bella ofrenda en sus manos.

José Hilario Vargas regresó a Bogotá, le ofrecieron ser decano de Leyes en la Universidad Nacional y no titubeó para aceptar el cargo. Su esposa trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, vivían en un pequeño apartamento del barrio El Retiro y con un solo auto parecían llevar una vida plena, tal vez feliz, pero ante todo sencilla. Durante este periodo Vargas escribiría tres libros, uno de ajedrez con escasa circulación, uno de leyes, en el que compilaba sus escritos publicados en la revista de leyes de la Universidad Javeriana, y un análisis crítico, bastante cáustico, sobre los últimos gobiernos, en especial el del entonces presidente Velasco.

El texto, publicado por el FCE, se agotó en su primera edición y la editorial Panamericana compró los derechos para vender una versión revisada por el autor. Al llegar de esta manera a muchas más librerías, el libro, que mezclaba un negro sentido del humor, con el ajedrez, con la literatura, y la situación nacional, sacó a Vargas del olvido y lo puso de nuevo en las páginas de los diarios. Y, semanalmente, debemos decir: desde su columna de opinión El jinete, en las páginas de El Espectador, se transformó en la mayor pieza de artillería de la oposición al gobierno; aquellos que cerraron filas a favor de Velasco, como los directores de los canales privados, revistas como Diners, e intelectuales de derechas, le declararon la guerra, invitándolo a peligrosos debates donde intentaron, sin lograrlo, aplacarlo mediante emboscadas. Contrario a lo que buscaban, Vargas se tornó tan famoso, que cuando por fin el gobierno logró expulsarlo de la Universidad Nacional, los liberales lo hicieron jefe de su partido, y su principal ficha para los próximos comicios electorales.

Muerto Velasco, desangrada la nación, el pueblo votó por él y al presentar su discurso de posesión impresionó a sus oyentes presentándose sin libreto alguno en las manos, aferrando el podio como si desease levantarlo, e inclinándose sobre el micrófono en forma amenazadora: “Espero que me estén escuchando todos; y por todos me refiero también a aquellos colombianos que se han olvidado de sus obligaciones, de mirar al poder, señalarle sus defectos, y que han preferido dar la espalda y no complicarse la vida. ¡Tenemos mucho que hacer!”. Durante sesenta minutos recriminó a todo el mundo y declaró que ahora todos estaban condenados a dedicar sus días levantando los escombros y reconstruyendo el edificio despedazado de la patria.

“Le dieron el poder a una pandilla de maleantes con tal de sentirse seguros contra los fantasmas del bosque. El resultado corre por los riachuelos de sus veredas y los grandes ríos de la nación: el tinte carmesí de la sangre humana”

Escandalizados, los viejos políticos lo criticaron severamente. Uno que otro periodista le dio el título de “Tomás Velasco II”, por su lengua de fuego. Pero su primera batalla, en el campo político, la ganó cuando fue recibido por el presidente Frank Beuler. Ambos compartían la misma visión de centro izquierda, así que Vargas consideró conveniente tender un sólido puente entre ambas naciones; un puente reducido hasta entonces a ser una débil soga por las acciones de la anterior administración colombiana.

Beuer tenía un proyecto, y lo llevaría a cabo así viese en riesgo su propia carrera, como se lo comentó a Vargas en la Oficina Oval: legalizaría las drogas, les impondría un estricto control, toneladas de impuestos y largas condenas a aquellos que fuesen pillados vendiéndole estupefacientes a menores de edad o mujeres embarazadas. Los demócratas habían llegado al poder con un discurso similar al de los liberales en Colombia: acabar la guerra, todas las guerras, y no prolongarlas.

Si en los Estados Unidos Frank Beuer se ganó enemigos, procesos, investigaciones y demás, en Colombia Vargas empezó a ganarse amenazas políticas, sociales y de muerte. Ni a los narcotraficantes, ni a las guerrillas, ni a los paramilitares, mucho menos a la iglesia o a los conservadores les interesaba que las drogas fueran legalizadas. Para ellos era una cuestión de negocios, o moralidad; para Vargas y los liberales de izquierda, una cuestión de vidas humanas y una nación cuya tierra fértil estaba siendo destrozada por acabar algo inextinguible.

“Hay quienes llaman a esta la ‘flor maldita’.” dijo en un discurso mientras sostenía una amapola en su mano, “Pero esta es una obra de la naturaleza, una obra de Dios. Quiénes son ustedes para sojuzgar la obra del Señor; para quemar los bosques y envenenar la tierra.”

Contra viento y marea el congreso de los Estados Unidos levantó la prohibición de las drogas. Hubo una serie de eventos, fiestas y conciertos por toda la nación norteamericana celebrando el fin de la restricción, principalmente contra la marihuana.

Cuando el Cesar dice hágase, ya está hecho. Siempre se puede contar con la obediencia al Tío Sam, especialmente por parte de sus sobrinos más pobres; países como Ecuador, Bolivia, México y por supuesto Colombia, legalizaron la cocaína, heroína y la marihuana. Y empezaron a exportarla abiertamente a los Estados Unidos.

Velasco y Beuler ya tenían planes para lo que sin duda se convertiría en un bombardeo de estas sustancias sobre el suelo estadounidense. Primero, la DAFT (Agencia de control de drogas, alcohol, armas de fuego y tabaco) recibía en los puertos la mercancía, evaluaba cargamento por cargamento, y si llegaban a descubrir algún ingrediente nocivo, como la acetona, o sucedáneos para rendir el producto, como cal, los agentes procedían a incinerar toda la carga y poner a los transportistas bajo arresto.

La importación a la antigua, mediante avionetas, se tornó mucho más arriesgada: once aeronaves que volaban sin identificación o no respondían a la torre de control, eran derribadas de inmediato mediante buques radar cercanos a las costas, cazas ultramodernos con misiles inteligentes, e incluso con rayos láser. Fue esa la primera aplicación que tuvo el programa de la Guerra de las Galaxias: un rayo podía ser disparado desde las montañas del centro de Estados Unidos, coordinado entre satélites y apuntado a cualquier objeto que estuviese dentro de la mira de uno de estos aparatos. Este proceso tomaba unas once milésimas de segundo, desde el momento en que el operador oprimía el botón de disparo, hasta que la descarga de luz freía, literalmente, al aparato y a todos los que estuviesen dentro. En la mayoría de los casos reportados —unos diez dentro de un periodo de tres años—, las aeronaves se fragmentaron en el aire, en cenizas diminutas que, esparcidas por el aire, llegaban a formar pequeñas nubes y misteriosas nubes grises, de las cuales se dio un buen recuento fotográfico por parte de turistas y agentes de derechos humanos. Otro tanto ocurrió con los botes inflables que intentaban aproximarse a la costa y, a pesar de la identificación positiva por parte de los servicios de vigilancia, escapaban a los guardacostas. En billones de partículas esparcidas en las aguas quedaron reducidos los que intentaron evadir los impuestos y controles de la importación de drogas.

En Colombia, la industria de las drogas cayó prontamente en manos del Estado. La siembra, producción y distribución de las sustancias, que antes era dirigida por los temidos capos, con sus grandes camionetas, gigantescas mansiones veraniegas, esculturales mujeres y escoltas malencarados armados hasta los dientes, quedó en manos, tanto de campesinos como de los encopetados y entrajados hombres de negocios de las grandes ciudades, quienes, hartos ya de pasar de un empleo malo al otro, vendieron sus capacidades administrativas al gobierno y pronto se hicieron ricos en la floreciente industria.

Los grupos económicos de siempre, hasta entonces en proceso de desmoronamiento, también se hicieron a una parte del negocio; la competencia se tornó feroz, el estado aplicó sus colmillos a la yugular de las cuentas bancarias y el dinero fue encausado hacia el desarrollo social, de obras y de proyectos tecnológicos a futuro. Capaz de generar trabajo, energía, alimento e incluso su propia maquinaria, Colombia se tornó en la tercera potencia del continente americano, peleando por un ajustado segundo lugar con Canadá.

Un uso extensivo de los medios de comunicación le permitía al gobierno hacer saber las buenas nuevas, cuya progresión matemática arrancaba lágrimas de los más patriotas, a diario. No era raro entonces que el fotogénico presidente José Hilario Vargas fuese tan fuertemente aclamado aquella calurosa mañana de Abril, así como en cualquier otra presentación que daba.

Cuando la ovación disminuyó su atronador volumen, Vargas arrancó el micrófono del podio y caminó hasta el borde de la tarima con una mano en el bolsillo y una sonrisa de humorista de club privado:

—Hola cómo están.

La aclamación recobró su anterior tono como una tormenta desatada repentinamente. Se agitaban banderas y pancartas. Las mujeres se llevaban los dedos a la boca y lanzaban besos cuya pasión se dejaba ver en la forma en que ardorosamente cerraban los ojos a la hora de lanzarlos. Los hombres, salidos de sus transpiradas camisas, agitaban el puño en alto y luego extendían los dedos; todos querían tocar al ser divino.

—Ahora estoy recordando mi primera… mi primera charla con ustedes; porque para mí son charlas; aunque solo hable yo… lástima —enseñó una sonrisa inocente y hubo risas en réplica. Tras bambalinas Mayarino cerró los ojos y soltó un suspiro forzado: Vargas entraría a improvisar, de nuevo—. Decía… la primera vez que le hablé al país fue para hablar de trabajo. Bueno, es hora de hablar de ¡celebración!

Y alzó los brazos en alto. Sus fanáticos lo imitaron mientras aullaban enloquecidos. El magnetismo de su imagen no dejaba nunca de impresionar a su equipo de trabajo, incluidos sus leales protectores:

—Solo falta que se tire como en un concierto de rock sobre la gente y que lo muevan de aquí para allá… —dijo Federico. Como no recibió de inmediato una respuesta de Ever giró su cabeza para mirarlo, allí, semioculto junto a un altavoz del doble de su tamaño. Aun con la distancia Federico notó que los duros ojos de su jefe directo estaban clavados en un punto más allá de las cabezas que se agitaban emocionadas.

—¿Algo particular? —preguntó disimuladamente.

—La casa que está allá, a una milla, ¿está asegurada?

—Claro que sí.

—Confirmado afirmativamente —agregó Frank—. ¿Tenemos alguna duda sobre ese punto?

Pero Ever no contestó. Allí estaba, no había ido a ningún lado, sino que parecía hipnotizado por algo que él y solo él podía ver. Federico, que recordaría ese momento como ningún otro en toda su vida, diría sobre el particular que nunca había visto al frío Ever Jesús tan aterrorizado.

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