Wednesday, November 05, 2008

6. Las piezas negras.

El hombre que buscaban con ahínco las fuerzas principales del régimen colombiano se paseaba con andar vagabundo por los corredores del aeropuerto El Dorado. Calzado de grandes zapatillas deportivas, tipo tenista con relámpagos plateados y agujetas grises. Con una gran chaqueta North Pole negra, jeans holgados y camiseta de baloncestista, el americano contemplaba la magnificencia y esplendor del edificio: gigantescas cúpulas, estructuras en aluminio, muros blancos como el marfil pulido y fuentes que derramaban y conducían agua de un punto al otro, como si aquellos fuesen los jardines colgantes de Babilonia. El hombre que había intentado asesinar al Presidente detestaba los lugares públicos, pero reconocía la paz que sentía en el espacioso aeropuerto de diseño futurista.
Años antes, durante su primera visita, aquel lugar no pasaba de ser un edificio viejo, de un mundo posterior al concepto de buen gusto arquitectónico, con pasillos grises, estrechas escaleras, sillas rotas, olor a tabaco, orinales sucios y rateros apostados en cada columna. Los viajeros que llegaban de fuera abrazaban su equipaje como a pequeños bebes que hubiesen salvado de una zona de guerra. La policía de turismo les recomendaba mantenerse juntos, no descuidar ni sus bolsillos, evitar llevar cualquier cosa que colgase o emitiese brillo, dirigirse, para cualquier consulta con la autoridad debidamente uniformada, y, si era necesario establecer contacto con un nativo, no hacerlo si este fumaba o bebía.
Ocupó una silla, “muy cómoda”, se dijo, aunque no fuese de un material más fino o moderno que la basta fibra de vidrio con las que estaban hechas sus antepasadas. Pero al menos no se rompían, y el departamento de limpieza las mantenía libres de chicles y colillas de cigarrillo. Extrajo una novela de detectives de edición rústica, gastada y con las esquinas dobladas, y trató de captar algo del contenido, haciendo pausas entre un párrafo y otro para controlar la gran pantalla de arribos internacionales.
Quienes esperaba llegaron en la lenta banda transportadora, rodeados de turistas ricos (europeos y canadienses) y pobres (ecuatorianos, bolivianos, uruguayos), divididos en dos bandos tan fáciles de reconocer que a los agentes del DAS de inmigración no les tomaba más que unos minutos dividirse las presas y comenzar el trabajo de los interrogatorios. Colombia, mediante discretas campañas, invitaba a los extranjeros a visitar la nación y quedarse, eso sí, mientras trajeran algunos pesos, estuvieran libres de enfermedades, y no superasen los cuarenta años. Las embajadas que tenían por labor vender al país como la nueva tierra de las oportunidades, estaban instaladas en Argentina, Chile, los Estados Unidos y la Europa Occidental incluyendo Moscú y Oslo. Así, de las tierras vecinas no se aceptaban súbditos, por buena intención que tuviesen. Los hombres del DAS debían detener a estos últimos turistas, tomarles sus datos, entregarles una tarjeta y darles la orden de reportarse al teléfono entregado cada doce horas, durante el tiempo que hubiesen declarado que permanecerían en el país.
El reverso de este sistema de control de inmigración lo componía el despacho de “Atención, ayuda e inmigraciones” —anuncio escrito en cinco idiomas—, donde, tras cruzar la atenta vigilancia de un robusto oficial de policía, encontraba el viajero la brillante sonrisa de alguna de las encargadas de las ventanillas: ex candidatas del concurso nacional de la belleza que no alcanzaron a captar la atención de alguna agencia de modelos prestigiosa. Conocedoras de todo, se encargaban de dar a conocer el país y las ventajas de establecerse en él. Se preferían familias, aunque se aceptaban hombres o mujeres sin compromisos; la prioridad eran los blancos, de ser posible no judíos, y en caso de ser negros debían demostrar un pasado judicial inmaculado y unas cuentas bancarias nada despreciables. Mientras las encargadas sonreían y charlaban en alguno de los seis idiomas disponibles, los interesados eran observados atentamente por agentes de la DNE, quienes debían rastrear el pasado de los solicitantes y confirmarle a las chicas mediante los apuntadores si estas debían o no poner el sello en la forma impresa que los recién llegados debían haber llenado.
Como la tarea del DAS en ese punto era la de pescar inmigrantes ilegales, o a quienes tuviesen el potencial intelectual de querer quedarse para disfrutar de la bonanza económica, el americano estaba seguro que aquellos a quienes esperaba no corrían peligro alguno. Cuando vio al primero de ellos, el francés, sobresalir entre la multitud que arriazaba, guardó su novela de detectives y lo esperó al final de la banda continua.
Una vez estuvieron uno frente al otro, se miraron a los ojos por un instante, el francés devolvió su vista al mundo comercial que se desplegaba frente a él y siguió derecho, como si el americano fuese de aire. Tras él venía la mexicana y al final, separados por media docena de viejos holandeses, el colombiano. Estos últimos dos repitieron el comportamiento del francés: mirar al yanqui y seguir derecho, formando una fila a la que se vino a unir el americano en la parte trasera. Caminaron en fila, con unos ocho metros de separación entre sí, hasta la puerta de salida.
Eran las nueve de la mañana, el día estaba nublado y gris, y los vientos traían rocío de las lejanas montañas. Los recién llegados se taparon los ojos mientras una ventisca agitaba sus ropas. Solo el americano parecía bien preparado para la baja temperatura. Levantó un brazo llamando la atención de un taxi y empezó a hablar con el conductor mientras los otros tres guardaban sus equipajes en el gran baúl del Renault. En media hora el vehículo dejó a los tres hombres y a la mujer en una casa del barrio La Candelaria.

Con los cambios económicos de los últimos años, lo que en un tiempo fue un barrio habitado por intelectuales y estudiantes, era ahora propiedad casi exclusiva de los así llamados “nuevos colombianos”: aquellos que, por amor, dinero, trabajo o simplemente un mejor clima habían decidido aceptar la aventura de comenzar de nuevo entre los cerros de los Andes. Ya fuese en la mañana o en horas previas al caer de la noche, bares y restaurantes, así como panaderías y cafés, dejaban escapar la melodiosa muestra de voces extranjeras. Si se entraba en un restaurante era posible que el mesero le hablara en italiano, que la encargada de la panadería hablase en francés, que el dueño de la cigarrería dos calles abajo se dirigiese a sus ayudantes en alemán, y que los arriesgados skaters que practicaban en un callejón parlotearan y soltasen uno que otro juramento en inglés cockney. La Candelaria era pues el barrio de los extranjeros y no vivía allí un solo colombiano que pudiese señalarse de ser la excepción, salvo las empleadas domésticas y algunos jardineros. Y este cambio, decían algunos, se debía a una política de “reorganización” ejecutada por miembros del Departamento Distrital de Tierras, siguiendo órdenes directas del Ministerio del Interior: de la Avenida 19 hasta la Avenida 1ª, y de la Avenida 10ª hasta las raíces de los pinos que cubrían los Cerros, solo se permitían nacionales en calidad de empleados, pero nunca de propietarios o habitantes.
El taxi se detuvo en una calle estrecha hecha de lozas de piedra frente a una casa roja similar a una fonda medieval. Al detenerse, dos enormes policías, rubios y de fría mirada empezaron a acercarse al vehículo. El americano descendió y saludó en un torpe español al policía, este respondió con una casi imperceptible inclinación de la cabeza; su compañero, un negro, extrajo su radio y empezó a hablar por este mientras detallaba los contornos del taxi. Tal vez era apenas una pose, pero el taxista, ofendido, solicitó a los viajeros que le pagasen para poder largarse cuanto antes de esos callejones que se habían transformado en otro país.
Despedido el taxi, el americano le dirigió una última mirada a los policías y cerró la puerta de un portazo. Conocía perfectamente la situación del sector y las medidas de apartheid que los gobernantes, deseosos de verse rodeados de blancos, habían tomado. Fue hasta el solar donde sus compañeros recién llegados esperaban indicaciones.
—Los cuartos están allá al fondo —indicó con el brazo—, del otro lado hay un baño con ducha, pero deberán esperar para que haya agua caliente. Creo que tengo algo de comida en la cocina, que está por este lado —concluyó y viró hacia su izquierda, allí lo siguieron los otros, ocuparon una pequeña mesa de aluminio y se dejaron atender por el americano, quien les entregó cervezas.
Lucían agotados; el vuelo de París había salido la noche anterior, y aunque seguramente habían dormido en el avión, el cambio horario les estaría afectando el ánimo, así que redujeron su conversación a conocer las reglas de la casa y las órdenes recibidas hasta el momento. Arrastraron los pies hasta la gran alcoba del segundo piso y se instalaron en los catres militares bajo las gruesas mantas fabricadas en Boyacá. Nathan Dale, como sería identificado más tarde el americano, los dejó descansar y el mismo se retiró a su cuarto para informar mediante correo cifrado que el resto de su equipo había llegado y que en veinticuatro horas estaría listo para actuar.

La verdadera identidad de estas cuatro personas permanece en el misterio; lo que se sabe de ellos son fragmentos amontonados que dan algunas luces sobre sus orígenes: Dale era sin duda estadounidense, con pasado militar y un pasaporte que lo identificaba como originario de San Antonio, en el estado de Texas. Tenía, según este documento, veintiocho años. Atlético, con un atractivo que terminaba en una nariz algo torcida. Con su cabello castaño oscuro y piel bronceada, podía parecer tanto un caucásico como un latino. Hablaba un español fluido y, cuando se lo proponía, con el acento y modismos propios de los cinco países hispanohablantes que aseguraba haber visitado en calidad de mercenario. Pero no era un bocón, ni un hombre tosco, a pesar de su descuido al vestir o en su propio aseo: su cabello sin cortar estaba apelmazado por la grasa, sus dientes ya no brillaban por la capa de nicotina que los cubría, y cuando se despojaba de su chaqueta de esquimal despedía un cortante olor a sudoración.
Llevaba cuatro meses en Colombia; dos en Cali, uno en el municipio cundinamarqués de Melgar, y uno en Bogotá. En la primera ciudad, capital del Valle del Cauca, había descargado bultos en una plaza y enseñado inglés en un pequeño instituto de formación para adultos mayores. En su primer oficio no tenía que abrir la boca, en el segundo debía hablar todo el tiempo. Mentir y guardar silencio le dieron pautas para conducirse en un país a veces incomprensible. Durante su tiempo en la ciudad turística de Melgar se dedicó a beber, se acostó con dos prostitutas —como luego le contó al francés, no estaba seguro de que lo fueran pero les pagó de todos modos—, y se voló del hotel sin pagar la cuenta. Bogotá fue para él una experiencia distinta: allí el espíritu caribe moría o era reducido a espectáculo de restaurante y música para elevador. Mientras en Cali y Melgar lo saludaban, le invitaban trago —“¡Sentate, gringo, tomate un guaro!”—, lo atragantaban de comida y las mujeres se arrojaban a sus brazos, en la capital de la nación muchos lo miraban como a un insecto; en dos restaurantes de la Zona Rosa le prohibieron la entrada —simplemente porque no llevaba corbata— y en tres oportunidades la policía le había ordenado que apoyara sus manos sobre la pared para someterlo a una requisa.
No era una situación muy distinta a la de otros tantos estadounidenses que por placer o negocios visitaban el país. Eran interrogados una y otra vez por el DAS, vigilados constantemente por el DNE, requisados por la policía y observados con recelo por el personal de los hoteles. La culpa, decían los colombianos que se enteraban de este trato, era la actual tensión entre el coloso del norte y la “libertina” Colombia, desde que Andreas Kelly y su equipo neoconservador había llegado a la Casa Blanca. La banca republicana declaraba que el antiguamente llamado país del sagrado corazón era una cueva corruptos, y que la masiva fabricación de drogas por parte de este país estaba sumiendo a Norteamérica en la debacle moral. Semejantes afirmaciones le daban leña a aquellos que gustaban de rumorar que una invasión estaba en marcha. Podían faltar razones legales, afirmaban, pero ya encontrarían los “gringos” una maniobra para poner a su ejército en marcha contra Colombia. La amenaza de invasión llevaba entonces a los más fervientes patriotas a levantar una mano de rechazo ante la menor presencia de cualquier estadounidense. Aún no se había presentado el menor signo de violencia, pero la embajada misma, situada sobre la a El Dorado, y rodeada de sacos de arena y con marines camuflados en cada esquina, parecía una buena muestra de que algunos temían lo peor.
Tras recibir al resto de su equipo de tres, Nathan Dale se dedicó a pasar los siguientes dos días a la espera de instrucciones, haciendo sus ejercicios, leyendo los periódicos, pero sin tocar nada del material logístico que guardaba bajo las piedras del patio. En la noche cada uno comió a parte y a la mañana siguiente el francés Jean Philibert Dennis, la mexicana Julieta Hidalgo y el colombiano Oscar Plazas, salieron a recorrer la ciudad con un mapa bajo el brazo y unos buenos pesos para llenarse los bolsillos de cuanta tontería les ofrecieran en la calle, como buenos turistas.
Jean era mucho mayor que el americano; le llevaba cuando menos diez años. De espaldas más robustas, piel sonrosada, cabello rubio casi albino y enormes ojos espectrales. Vestía de mejor manera, combinando unos pantalones blancos muy formales con un polo rojo y un suéter deportivo que le hacían juego. A su lado caminaba la mexicana Julieta: cabello abundante y ondulado color madera, facciones atractivas pero muy marcadas, como si su bello rostro fuera el producto de varias cirugías plásticas. Tras ellos el colombiano: jeans, camiseta del Santa Fe, un equipo local de fútbol, y gorra de los Yanquees de Nueva York. Barbado, con lentes oscuros, corta estatura pero de músculos marcados. Iba tras la pareja a una distancia de once metros cuando mucho, como si los siguiera o si fuese su escolta. Era de hecho el único que estaba armado.
Fueron a centros comerciales, ojearon artesanías, se tomaron fotos frente a cada iglesia que encontraron y luego dieron de comer a las palomas de la Plaza de Bolívar. A media tarde la lluvia canceló cualquier otro plan y los tres regresaron caminando a la casa. Nathan los esperaba junto al fuego. Afuera se desplomó un aguacero y los conspiradores escucharon sus primeras órdenes:
Tras saludarlos, darles la bienvenida y aclararles lo agradecido que estaba de tenerlos a todos allí, entró en materia dando un ligero repaso a sus actividades de los días anteriores.
—No hay posibilidad de que esos hechos que usted nos cuenta puedan venir a complicar nuestro trabajo aquí —afirmó Jean, como reiterando algo dicho por Nathan.
—No. El último reporte que tengo de inteligencia es que la policía y el DAS siguen sus investigaciones por el curso esperado y que no obtendrán resultados hasta dentro de tres o cuatro meses cuando ya hayamos concluida nuestra labor aquí.
—Perdón —interrumpió Julieta levantando la mano—; usted me está dando, o nos está dando a entender que el tiempo de la misión va a ser inferior a ese lapso que usted ha dicho, es decir, tres o cuatro meses. Me va a disculpar, pero no ha sido específico en eso.
—Dos meses, máximo tres. Si le preocupa su dinero, creo que aclaré al principio que les daría adelantos mensuales hasta haber finalizado la operación. Así que por el tiempo no deben preocuparse.
—Me preocupa, o nos preocupa porque cuanto más tiempo pasemos aquí mayores serán las posibilidades de ser capturados.
—Por eso es indispensable que nos atengamos al cronograma que hemos fijado. Los horarios y los desplazamientos deben seguirse al pie de la letra. Lo contrario podría provocar… no, de seguro causará el fracaso de esta empresa. Me ha sido ordenado seguir unos movimientos muy precisos y unas fechas exactas. Cualquier desatención a este requerimiento y nos podemos ver en un aprieto del que no nos sacará nadie. ¿Está claro?
Las tres cabezas frente a él asintieron. Todos tenían experiencia en operaciones militares o paramilitares, así que escuchar las exigencias de un comandante no les era extraño. Jean Dennis tenía más experiencia en combate que Nathan Dale: mientras este último había sido un soldado la mayor parte de su vida, restringiendo sus actuaciones en el frente a apenas unos años en conflictos sin nombre, el primero había trabajado como mercenario en decenas de países, y como matón en una que otra guerra sucia. Pero Dale había tenido una formación académica como suboficial con la que Dennis no contaba. Cabe añadir que el americano había llamado al francés, y no de otro modo.
Dennis por su parte había tenido, mucho tiempo atrás, una relación seria con Julieta. Ahora el asunto se reducía a una amistad de negocios, donde eran más francos entre sí y confiaban más el uno en el otro que cuando eran amantes. El colombiano era el más silencioso; miraba a todos con suma curiosidad, como si los hubiera encontrado charlando en un autobús. Su origen estaba ligado tanto a Dale como a Hidalgo: Hacía ya algunos años Nathan había llegado al país como parte del paquete de ayuda militar llamado “Plan Colombia” que el gobierno estadounidense entregó al país para combatir el narcotráfico. Decenas de mercenarios —denominados “asesores militares” o simplemente “contratistas”— arribaron para dar soporte, logístico o de primera mano, a la guerra contra las guerrillas. Plazas, entonces sargento segundo, se hizo amigo de Dale, y cuando ambos se vieron investigados por narcotráfico, el americano ayudó a salir al colombiano del país y trasladarse a México, donde Plazas se vería empleado como guardia de corps del Cártel de Sinaloa.
La investigación por tráfico de estupefacientes estuvo en lista de espera de un juzgado, recogiendo polvo, hasta que vencieron sus términos y la legalización de las drogas la mandó directamente al fuego, con otros noventa procesos de similares características. Plazas podía regresar a Colombia, pero tenía un trabajo y una relación estable con una muchacha de Ciudad Juárez, relación que para entonces ya había concluido y de la que habían dos niños pequeños.
Julieta Hidalgo, según se cree, era la hija de un capo del cártel, aunque hay un acontecimiento que puede poner esta hipótesis en duda: Julieta había trabajado con la policía federal durante once meses hasta que inició una relación con el magistrado Fermín Barón, de la corte superior del Distrito Federal. Barón falleció en un confuso accidente en Belice, cuando al parecer se quedó sin oxígeno mientras buceaba; la Hidalgo estaba con él y por tanto se le dio el trato de sospechosa, mas un equipo de reputados abogados le permitieron salir airosa del asunto. De aquellas trágicas vacaciones en las que murió el magistrado se conserva una, en que la pareja anda de compras por el distrito turístico de Ciudad de Belice, y se aprecia que entre los escoltas de la pareja está el colombiano Plazas.
Si Hidalgo era la Mata-Hari del cártel dentro del aparato policial y jurídico mexicano, es algo que continúa sin aclarar. No obstante, el que ya conociera a Plazas permite establecer un vínculo entre la señorita Julieta y la mafia sinaloense.

Esta sesión concluyó pasadas las doce de la noche, una vez los implicados lograron memorizar los pasos dos y tres de la operación. Dale repitió una y otra vez que todo el procedimiento estaba basado en una serie de movimientos específicos y en el cumplimiento a pie juntillas de las órdenes que llegaran de “E-6”. El siguiente movimiento se ejecutaría en ocho días.

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