Wednesday, January 30, 2008

Capítulo XXXI, El registro.

El genio es aquel que tiene la respuesta antes que la pregunta. Para Irma aquellas palabras eran un modelo a seguir. Proveniente de una familia cuya cultura intelectual estaba basada en profundas meditaciones, ella prefería el modelo occidental. Podría haberse casado, tenido hijos, amar a un hombre, ser ama de casa… pero optó por el riesgo buscando las soluciones antes que comenzaran los problemas. Se hizo amante de un hombre rico, empleó bien los recursos de su familia, formó su empresa y se hizo fuerte ahí donde la sociedad esperaba que una mujer se amilanara, entregara su bandera y su corazón. Al entrar a su apartamento, bien entrada la tarde, recorrer su colección de objetos personales, y tenderse en el sofá con la vista al techo, buscaba una nueva respuesta antes que surgiese la pregunta, o el problema, de estar colaborando con un espía.

Nada quedaba por hacer; ni excusas, ni ventanas para escapar volando. Ningún abogado la defendería si la policía secreta la detenía; tendría su abogado de oficio y un breve juicio para pasar los próximos treinta años marchitándose en una celda de tres por tres junto a otras once mujeres.

Barrotes, estrechos pasillos, baños fétidos y los cortes de la edad se dibujaron en el estucado cielo raso de ópalo rosa; con las yemas de los dedos dibujó circunferencias y examinó las ondulaciones de su propio rostro. Si aún era joven, pensaba, era porque utilizaba los productos de belleza occidentales y no los cosméticos nacionales. Invertir en ella misma, hacerse siempre con lo mejor del mercado; quien cree en sí mismo aplicará siempre lo mejor y no dejará nada a medias. Aún se sentía joven, por dentro. No obstante, si quería conservar la cabeza y los finos y bellos rasgos trazados en esta, más le valía abandonar lo poco que realmente tenía y partir hacia Occidente. Lo había intentado tres veces antes, lo que significaba tres filas, tres esperas largas, tres empleados ajenos a todo, tres protocolos de formularios, fotos, documentos copiados y autenticados. Si a un ave le basta abrir sus alas para emigrar, ¿por qué a una mujer le debe costar tanto ir hasta donde desea?

Leonardo Katz la sacaría de Irán, o ella misma mataría a Leonardo Katz. Debía tener los recursos; de seguro no estaba solo y habrían hombres allá afuera, tras los desiertos y las montañas con el poder suficiente como para poder ayudar a una mujer sola. Sola, si sola, estoy sola. Era una lástima que Katz fuese un muchacho tan carente de tantas cosas: de ingenio, de atractivo, de pasión; que fuera una marioneta que torpemente quiere aparenta ser hombre. Desde niña soñó con un hombre a caballo, que cruza la estepa y la arrebata de la tierra yerta asiéndola por la cintura. Que ambos navegan por praderas y bosques hasta lagos de luces con vida propia exhalada en músicas diversas, donde las noches cada una es única. Katz no era ese jinete, ella ya no era una niña, pero era cuestión de tomar un último riesgo… o morir de pie y reseca en el desierto.

Durante la noche se empleó en una actividad de búsqueda desde su sillón de lectora, en plena oscuridad y con un vasito que se llenaba de tequila a momentos y se desocupaba en segundos. Las chicas conocían a mucha gente; para mujeres como ellas los hombres no son seres sino números, hasta que tienen un nombre, y entonces son un recuerdo a veces incluso formidable. Existían también los casos de sujetos cuya importancia o impotencia dejaban un recuerdo sobre el que se podía volver sin dolor. Y la suerte estaba del lado de Irma: una austriaca, Helga, recordaba al jefe de seguridad de un imán; algo raro, y más si ese hombre negara ser su jefe de seguridad y se presentase como uno de sus discipulos, con americana, pantalón de dril gris y revolver Colt largo calibre 45.

—Farnod. No lo sé, mademoiselle Irma: ¿es verdaderamente iraní tal nombre?

—¿Y su apellido?

—Oh… es un poco tarde y apenas si recordé su nombre por pura casualidad.

—No te debes preocupar amiga; ¿hablaba inglés?

—Ummm… sí, sino de otro modo no le habría entendido nada.

Eran las cuatro de la mañana al terminar la conversación. Helga estudiaba cocina, lo que la hacía un personaje diurno que teme a la noche porque la transforma. Helga de dieciocho años que cree puede engañar a todos diciendo que tiene veintitrés. Se iría pronto, claro, cuando no pudiese soportar más el olor de los hombres y la certeza de que los hombres realmente existían y que no eran sueños oscuros esas manos, esos cuerpos y esas bocas ávidas de juventud. Pero por ahora había sido muy útil.

Del armario Irma extrajo su computadora portátil. Una vetusta IBM que se mantenía funcionando gracias a los injertos mecánicos que la muchachita española, Mirta, aplicaba cada dos meses para extender la vida del aparatejo ese. Pero era útil por su propia antigüedad, ya que bastaba muy poco para reducirla a fragmentos irreparables mediante golpes de martillo y no contaba con puertos inalámbricos ni de red para ser intervenida desde fuera. En su memoria electrónica estaba la lista de clientes, socios y colaboradores del Cielo.

Farnod Alizadeh; tal vez un nombre falso. Pero Franz le había dicho cierta vez que los hombres que usan nombres falsos jamás emplean sus identidades como cigarrillos o cubiertos desechables, sino que se hacen uno con el nombre y la leyenda que tiene aquel por título. En otras palabras el hombre de seguridad del imán que buscaba Leonardo —que ya que estamos en el cuento también debía ser un nombre falso— no se desharía del nombre con el que se había inscrito en el club Al Äcemän, mientras estuviera en Teherán. La dirección de una residencia en pleno centro de la ciudad sobre la avenida Jomeini bastaba por ahora para seguir la investigación. Encontrar al hombre, acercarse a él, preguntarle cosas y escudriñar, como bajando una escalera, hundiéndose en el cobertizo paso a paso iluminando el camino y viendo fragmentos olvidados que en una charla casual se revelan siempre para el interlocutor y rara vez para el interrogado.

Pero primero debía hablar con el agente secreto y preguntarle qué diablos pensaba hacer con el imán una vez lo encontrara.

Candy, la asesina a sueldo rusa, tenía una política muy clara sobre el asesinato selectivo: si tienes que matar, hazlo, y luego olvida la cosa como olvidas el encendido de un cigarrillo —a menos que ese sea un cigarrillo explosivo—, o el beso que das en la mañana a tu pareja —a menos que sea el último antes de desaparecer para siempre—. Bueno, racionalizaciones de una asesina profesional. Pero Katz tenía una nula experiencia en tal materia. Error: había llegado y había matado a un hombre peligroso como Franz Wessel, que de seguro tenía muchos enemigos. Pero nadie le había pedido que lo matara, claro; él se lo buscó cuando quiso decapitarlo.

Matar al imán y olvidar, matar al imán y olvidar, matar al imán y olvidar.

Rifle o pistola con silenciador. Una estocada con un punzón ¡viva el matador!; quizá cuchillo, un fino corte; ¿por qué no la bomba conectada a su coche? Veneno marca Borgia, o una serpiente de coral. Los métodos sólo forma son, y el arte verdadero es contenido y fuerza. Oh, Natacha Ivanovna, realmente no me enseñaste nada...

Jugar con palabras, eso era lo que hacía siempre Leonardo Katz para escapar de la realidad, así como invocar el nombre de su mentora, para sentirse menos solo. A pesar de que el tiempo pasa, siempre queda mucho por aprender; tanto, que si se tomara uno un momento para pensar en todo lo que se ignora acerca de un tema, por sencillo que sea, pronto se caerá en el campo del miedo absoluto.

Se estaba olvidando del coronel Matson, como es obvio; y quizá estaba ignorando, por puro descarte, la existencia de un pequeño grupo de soldados profesionales, tal vez mercenarios, tal vez mujahedines, que pudieran ir directamente a la morada del imán Estrella Norte y llenarle los intestinos de plomo… a menos que la alternativa fuese secuestrarlo... ¿y si este imán resultaba ser una figura más poderosa aún en la baraja de ese enemigo oculto y casi inalcanzable conocido como Terrorismo? ¿Sería él el líder de una secta, su guía espiritual, su confesor, su instructor, su bandera? ¿Y matarlo realmente solucionaría algo? ¿Se habría evitado el ataque del 11-S si, digamos, unos cinco años antes alguien hubiese mandado a un asesino a coser a puñaladas a Osama Bin Laden? ¿Qué es un hombre en medio de la filosofía del terrorismo religioso? ¿Una herramienta?, ¿El mismo Alá?

Terrorismo… heme aquí, planeando la muerte de un hombre al que no conozco, todo por el bien ulterior de los míos, de mi cultura y mi nación. Soy el agente secreto, el puño de la Constitución de los Estados Unidos de América.

Irma llegó a las dos de la tarde, dándole tiempo a Leonardo de redactar su testamento y ponerlo en su cuenta de correo enviándose a sí mismo el mensaje; confiaba en que alguien, su familia o Hegel o el propio coronel revisaran sus mensajes y hallasen su último escrito.

Parecía agotada. La natural elegancia, de orden matemático, que trazaba las líneas de sus trajes, estaba casi desdibujada, dejando a una mujer cansada de vivir tendida en el sillón presidencial de su empresa mientras se pasaba una toalla desmaquilladora por encima de sus parpados. Casi de inmediato comenzó a hablar.

—Encontré al hombre que has estado buscando —pero ni todo el polvo de la ciudad podían borrar el brillo de sus ojos de soprano—. Pero, como ya te dije antes, no esperes que sea gratis.

—Te sacaré de aquí. Es una promesa.

—¿Quiero saber cómo?

Reflauta. Pero no había forma de mentir, a menos que el mismo no supiera si estaba mintiendo o no; algo que naturalmente sucede cuando levantamos una hipótesis: se confía en ello pero eso no es garante de que sea verdad.

—El resto del personal que está conmigo en esto tiene más facilidades que yo para extracciones —¡mierda! Quizá estaba empeorando la situación…—. Documentos, o quizá ya tienen listo un avión; todo muy normal, no esperes que sea como en el cine.

Las cejas de Irma se arquearon de forma no muy amistosa.

—No soy ninguna tonta, amigo.

—En todo caso no será algo mío. Pero me has colaborado y aún puedes ser de mucha utilidad para la gente con la que trabajo; aunque no es asunto mío, ciertamente. Y… en caso de que, simplemente, decidas reiniciar tu vida en otra parte, pues, supongo que serás libre de hacerlo.

Pero ella estaba muy callada y desvió la mirada de nuevo a las líneas de producción de vestidos de alta costura. A donde fuera, o hiciera lo que hiciera, no sería tan rica como posiblemente era ahora; pero era su decisión. Se pensase lo que se pensase la deserción es siempre un acto de valentía.

—Necesito regresar a la ciudad. Hablar con un hombre y luego todo habrá terminado. Lo único que él necesita saber es dónde y cuándo.

Una hora después de que Leonardo Katz terminase así la conversación, la lista de sospechosos se había alargado hasta completar los treinta nombres. Estaban en la computadora de Amin en orden descendente, del más importante al más inocuo. El compatriota del difunto, señor Günter Mann, estaba bien arriba, junto a Leonardo Katz; ambos desaparecidos desde la mañana en que Wessel había sido asesinado.

—No puedo darle una orden de detención, habría que ir con la policía —respondió el jefe del Servicio de Seguridad Interna de Teherán. Hedayat había tratado, durante infructuosos quince minutos, de explicarle al director lo ridículo que sería dejar salir de la ciudad a tres sospechosos sólo porque eran extranjeros, siendo los nacionales de otros países los directamente investigados por una agencia de contrainteligencia como esta.

—Se equivoca y le diré porqué: el objetivo que nos ha encomendado el ministro Hossein, es la de asegurarnos que no hay traidores al régimen entre los buenos ciudadanos de este país… ¡Y! Especialmente en la capital de la nación.

Adel Al-Rajim señaló la fotografía del ministro Hossein en la tabla de mando que decoraba, si se puede decir, la pared lateral izquierda de la oficina del director. Por encima sólo estaba el presidente Ahmadinejad y el Líder Supremo Khamenei.

—¡Podría tratarse de agentes americanos, señor!

—Los tiempos de las detenciones han terminado. ¿Ha oído del caso de esa maestra española? La detuvieron por espionaje (¡espionaje!) y lo único que hacía era copiar los libros de texto que se venden aquí en cualquier librería y pasarlos a los maestros de las escuelas rurales. ¡Espionaje! Y ahora el gobierno no puede vender el grano que producimos a España; todo por este absurdo episodio.

No obstante, siendo un militar de carrera, Amin conocía el efecto final que puede tener la penetración de agentes enemigos dentro del territorio; y la muerte de un hombre importante como Franz Wessel, no sólo se podía determinar como un acto de terrorismo, sino que había que tratarlo como ataque directo a la soberanía del país. Y si bien, en esta primera instancia no podía dar captura a los sospechosos, sí podría lanzarse sobre los colaboradores que de seguro tenían diseminados por la ciudad.

En principio, es muy difícil que un agente, o un grupo de agentes, trabaje completamente solo dentro de territorio enemigo. Siempre buscarán corromper a algunos desleales, cuyas almas pueden atraparse con dinero, un chantaje o simples mentiras acerca de un mundo mejor de puertas para afuera. Estos colaboradores terminan implicados en asuntos periféricos alrededor del verdadero objetivo de la misión; de esta manera, cualquier dato importante está lejos de su alcance y si son atrapados no podrán revelar nada importante.

Al desconocer el tiempo que llevaba corriendo la operación contra Wessel, sería muy difícil de prever la amplitud del círculo de espías formado por los infiltrados. Podría ser algo muy pequeño, cosa de unos cinco nombres, o un listado kilométrico que anuncia cientos de detenciones; el tipo de cosas que para la prensa mundial significaría grandes anuncios y que para empleados gubernamentales como él serían el verdadero fin laboral. Aunque el trabajo de contrainteligencia signifique sacar a los espías de sus agujeros, el descubrimiento de una cloaca demasiado profunda provocaría gritos en distintos ministerios y despidos a diestra y siniestra. El nuevo presidente había facultado a la SAVAMA para llegar tan lejos como pudiera —eso se podía entender como un salto sobre los límites legales— para atrapar a los agentes extranjeros, saboteadores y terroristas. El riesgo que significaba la posible penetración de las naciones de la OTAN (e Israel) dentro de Irán no daba espacio para benevolencia alguna.

No obstante, Amin no pensaba en nada de ello, sino que le corría por las venas como la sangre. Era un hecho que el enemigo trabajaba en crear redes de espionaje, por todo el país, y a diferentes niveles. Moverse rápido cuando estos terroristas ingresaban en el suelo patrio era la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por tanto, ahora caminaba velozmente hasta la cafetería donde uno de sus colaboradores de turno, Abdel, bebía agua de tanque y masticaba fajas de harina con pollo picado en salsa de nigrus picante. Lo tomó del brazo y sin dejar que terminase de tragar su diminuto almuerzo lo envió a buscar el nombre de todas las amigas, amantes, o putas que pudiesen haberse acostado con Franz Wessel durante las estadías de éste en el país.

El último bocado de pollo pasó por la garganta de Abdel mientras ingresaba a los registros operacionales del Ministerio. Aunque mucha de la información se guardaba bajo un nivel de clasificación demasiado alto, un hombre como Franz Wessel, y sus conocidos, debían estar citados, precisamente cuando esta clase de incidentes ocurriesen. Y no tardó realmente en descubrir que estaba en lo cierto: una docena de contactos estaban archivados bajo el nombre Wessel Franz; siete eran iraníes, el resto extranjeros de nacionalidades imprecisas, es decir, que no estaban anotadas en los ficheros.

De los siete contactos nacionales, tres eran mujeres. Una aparecía como cocinera personal, otra como interprete, y una tercera simplemente como “amiga”, lo que parecía ser el vínculo más directo con el fallecido hombre de negocios.

—¿El nombre? —Preguntó Amin desde su oficina.

—Irma Yushij. Sin empleo, sin marido, sin bienes o familiares cercanos. Una mujer que vive del aíre.

El último comentario fue ignorado por Hedayat, quien ya estaba rebuscando en su celular el número del detective de homicidios con el que había hablado en la mañana. Aunque cabía la posibilidad de que ya tuvieran fichada y detenida a esta mujer, podían no haber relacionado el nombre aún y por tanto la “amiga” soltera y sin trabajo del extranjero rico se podría estar paseando impunemente, o bien viajando libre de cargos fuera del país.

Dos patrulleros en moto cerraron la entrada, dos vehículos sin marcas de la policía se estacionaron frente al portón principal. La calle frente a la residencia, siendo una avenida principal, estaba dominada por los ciudadanos propietarios de veloces autos japoneses que, en algunos casos, se pasaban del límite de velocidad, evitando así que los curiosos hicieran presencia.

Con una orden judicial conseguida en tiempo record, y unas cizallas rompecandados, el detective Omid Fanizadeh y su equipo: un asistente de criminalística, dos policías de la división de homicidios y dos sargentos recién ascendidos, ingresaron calmadamente, pero con presurosas zancadas, hacía la casa silenciosa que dormitaba entre las palmeras de la propiedad de un general de mecanizados, ahora en misión diplomática, que gustosamente había prestado la vivienda al ahora frío Franz Wessel, cuya cortesía alemana se petrificaba en una nevera de la morgue.

A los tres minutos de requisa los policías encontraron algo: una mujer. Una chica realmente, muy baja para ser una reina de belleza, pero de una figura escultural que no dejó de perturbar a los policías que la encontraron vestida con pantalones cortos y una playera roja anudada sobre su firme abdomen. Le dieron la orden inmediata de vestirse conforme a las leyes del decoro, y subir a una de las patrullas.

Naith Badiee; diecisiete años, interprete de laúd, de padres divorciados, fue la primera detenida por el caso de Franz Wessel. Dentro de la patrulla el capitán Omid habló con ella durante una hora y tres cuartos que duró el allanamiento de la casa de descanso del general. Al final aceptó colaborar mencionando los nombres y lugares relacionados con la antigua amante de Wessel, Irma Yushij, y los negocios de compra de equipos electrónicos de bajo costo con el comerciante alemán Günter (ignoraba o no recordaba el apellido).

Thursday, January 17, 2008

Capítulo XXX. La escena del crimen.

Un buen sueño siempre corre el riesgo de ser interrumpido por algún entrometido alarmista al otro lado de la línea telefónica. Amin Hedayat recibió la llamada del deber a las cuatro en punto, de parte del guardia nocturno de la oficina de contrainteligencia. Su reporte acerca de lo sucedido fue breve y muy conciso: alguien había asesinado a Franz Wessel y a otras cuatro personas, miembros de su escolta privada, en un taller propiedad de éste situado al sur de la ciudad.

Ya despierto recorrió su apartamento de soltero —en realidad una alcoba con baño, un pasillo y una cocina— buscando ropa limpia puesta a secar sobre las puertas y las sillas. Con dos meses de separado de su tercera esposa, su última prioridad era la de buscarse un gran apartamento donde sentir el vacío que genera la partida de alguien que alguna vez se amó.

Su protocolo de preparación para ir a la oficina terminaba con la revisión de su pistola, una PC-9 ZOAF, versión iraní bajo licencia de la suiza Sig-Sawer. Una última mirada en el espejo del pasillo anexo al ascensor e ir por el auto para atravesar los once kilómetros que lo separaban de su oficina.

Tan pronto como la información había entrado en su cabeza esta empezó a tejer líneas entre sinapsis antes desconectadas. Alguien había matado al alemán Wessel; lo hizo con precisión, lleno de conocimiento sobre el terreno, carente de prisa, sin emoción. Muy seguramente nueve a quince hombres… el informe de la policía basado en las respuestas de los posibles testigos tenía que arrojar el número aproximado. Estos llegaban en autos alquilados, divididos en dos grupos, como suelen hacerlo los equipos entrenados: una parte espera, alrededor del blanco haciendo guardia, el resto propina el golpe distribuido sobre cada área donde se pudiesen presentar posibles amenazas. A menos que tuviesen radios —cosa que sería fácil de investigar ya que todas las comunicaciones en Teherán están intervenidas—, su coordinación estaría basada en los tiempos: x segundos para llegar, y segundos para tomar control del lugar, z segundos para salir. Lo cual arroja un dato importante: los asesinos estaban entrenados; contaban con maquetas del lugar, planos, o incluso instalaciones similares para realizar prácticas. Lugares para hacerlo no son fáciles de encontrar dentro de la ciudad. A los civiles el ruido de los disparos podría ponerlos en estado de alarma. Por fuera de la ciudad sería distinto; y por fuera del país… muy fácil. Luego viene el transporte: ¿y si no llegaron en autos? ¿Por qué complicarse con vehículos robados que fácilmente podrían ser detenidos por la policía rural de tránsito, si podían hacerse a motos rentadas, o robadas también, mucho más fáciles de transportar, cargar y esconder que automotores más grandes.

Como un autómata, Hedayat entró, se sirvió té y alcanzó a su oficina sin toparse con nadie ni saludar a los pocos presentes. Su análisis interno consumía toda su atención: determinado número de motocicletas salen, a una señal de radio o una hora acordada y convergen en determinadas calles del sur de la ciudad. Cada moto trae a un hombre y su acompañante. Los pilotos hacen guardia con pistolas bajo sus cazadoras, mientras los otros, con subametralladoras (muy posiblemente uzis) arremetían contra el sitio, reducían a los presentes a la impotencia bajo los amedrentadores cañones, y terminaban alcanzando al alemán, solo o acompañado por alguien de su equipo, propinándole tantos balazos como los hubiesen instado a darle.

Amin Hedayat saludó con un monosílabo al capitán Omid Fanizadeh, del departamento de homicidios. Tan sólo en dos oportunidades anteriores se habían visto, y se conocían más por la presencia de sus nombres en memorandos interdepartamentales que por haber tenido una relación cercana. Debido, tal vez a su carrera militar, o a pasados conflictos propios, los policías no estaban precisamente en la lista de personas que agradasen a Hedayat. Cierta vez incluso le dijo al Ministro que la existencia de un departamento de policía era innecesaria; algo heredado de los países occidentales que una república revolucionaria como Irán no requería. Bastaba, para él, una redistribución de las labores del Ejército, de tal manera que éste pudiera navegar entre el pueblo como un pez en el agua.

Tras la brevísima introducción, Amin sacó una grabadora de su escritorio, comprobó la conexión de esta a una toma de corriente, colocó un casette y dejó el aparato en mitad de la tapa de cuero del escritorio. El capitán Fanizadeh, no ajeno a los interrogatorios, pero sí a los sistemas de los agentes de contrainteligencia, cargaba sobre su rostro los delatadores gestos de un hombre nervioso.

—Capitán, sea breve y específico —dijo Amin sin mirar al policía.

—Tengo a dos de mis hombres encargados del extranjero y casi todo mi departamento en la escena del tiroteo.

Hedayat pulsó el botón de pausa rápidamente.

—Le pedí concisión y claridad; por favor, evíteme lo que ya sé y dígame qué tiene en relación a las muertes del alemán y de sus hombres.

De nuevo la cinta se puso en marcha, y tras una pausa larga, dos breves carraspeos guturales y el roce de ropas de alguien que se acomoda, quedaron consignadas las siguientes palabras:

“En las últimas horas de la mañana el personal de hotel… (el capitán se estaba rebuscando un apunte de su libreta de notas, pero al parecer el agente Hedayat le pidió que siguiera adelante) descubrieron dos cuerpos en la terraza de una de las casas de junto; llamaron a la policía y mi departamento fue transferido allá. Me dicen que otras tantas llamadas de teléfonos móviles llegaron a la estación local advirtiendo que escuchaban disparos de armas. En todo caso cuando llegamos…

“—Un momento… ¿especificaron qué tipo de armas?

“—No está claro en el informe previo. Los que llamaron fueron comerciantes de la calle, dudo que puedan reconocer el calibre de las armas, o si había fuego cruzado.

“—Continúe.

“—Mi impresión inicial al llegar es que se trataba de un atraco. Cosa singular, si me permite, que alguien se haya tomado la molestia de tomar por asalto el estudio de un pintor, lugar sin objetos de valor, a no ser que alguien famoso y pensaran robar las pinturas. Por otro móvil, entonces, creo que iban directo por el ciudadano europeo que responde al nombre de … espere está por acá… Franz Junger Wessel Oddel.

“—Usted menciona varias personas.

“—Fue un asalto armado hasta donde llega la primera fase de la recolección de evidencia. Puede que mis hombres hayan pasado algo por alto en estas primeras 20 horas. Ciertamente necesitaremos otras veinte de barrido para encontrar evidencia que se nos pudiese haber pasado por alto en la primera revisión. Tampoco puedo afirmar que sólo hayan podido ser un grupo organizado; creemos que pueden haber otros testigos, si es que no todo el personal del señor Wessel Oddel Franz fue eliminado. Sin embargo como usted me está pidiendo una declaración oral por fuera del informe oficial de mi oficina le diré que me parece imposible que esta sea la acción de un solo hombre. Por muy profesional que pudiese ser un asesino a sueldo —y déjeme decirle que esas cosas me parecen más propias de novelas folletinescas que de la vida real, al menos hasta donde llega mi conocimiento— eliminar a cuatro hombres, dejar al borde de la muerte a otro y huir sin dejar en la fuga pista alguna de la que podamos aferrarnos me parece un camino poco convincente. No, definitivamente fue un grupo entero: conocían el lugar, la víctima y planearon, quizá con meses de adelanto, el golpe.

Aquí hay un corte en la grabación y luego una serie de preguntas acerca de cartuchos de bala, perforaciones en las paredes y estado de los cadáveres al ser encontrados. El hecho de que el alemán yaciera arrojado de espaldas, con las rodillas dobladas y el cuello prácticamente fracturado por el choque violento de una bala de gran calibre disparada a quemarropa (el ojo derecho se reventó y las quemaduras de la pólvora y la expulsión del gas de la recamara del arma cauterizaron la cuenca) dejaba bastante claro que Wessel había sido sometido, puesto de rodillas y asesinado a sangre fría.

Haciendo un recuento de la entrecortada narración del capitán de la sección de homicidios, un grupo, no muy numeroso, pero seguramente superior a cuatro hombres, armados con metralletas o pistolas de alta velocidad con supresores de ruido añadidos, había tomado control de la casa de dos pisos, sometido a sus inquilinos, e iniciado un tiroteo con los guardaespaldas del alemán, de los cuales tres cayeron dados de baja y el cuarto quedó mortalmente herido y sobrevive de milagro. Se ignora entonces qué sucedió con respecto a Franz: ¿sería secuestrado o asesinado?

—Definitivamente fue ejecutado —respondió el detective.

“Quizá esas eran las órdenes que tenían: atraparlo o matarlo” pensó Hedayat.

Algo así como un choque eléctrico le sobrevino a Amin en la parte trasera de su cabeza; era un recordatorio de que no podía sentarse a divagar, o presumir nada. Aquel policía sudoroso no le estaba dando mayor información. De hecho, si le seguía escuchando, podría en su mente crearse más ideas ajenas a la verdadera realidad de la situación.

Amin Hedayat se puso de pie causando un sobresalto en las cejas del detective Fanizadeh, pero era imperioso terminar ahora la reunión y seguir a una segunda instancia de la investigación antes que el rastro terminara de difuminarse en alguna carretera tendida hacía una intraspasable frontera. Hedayat acompañó al capitán hasta la puerta solicitándole el envío de los informes que arrojara la investigación de campo durante las próximas veinticuatro horas; para evitar réplica alguna Hedayat se introdujo en un ascensor desocupado y fue directamente al cuarto piso del departamento de contrainteligencia; allí trabajan frente a sus terminales cerca de cuarenta agentes que tienen como tarea analizar las cientos de páginas de informes que sus propias fuentes, diseminadas por toda la ciudad, les envían en relación a actividades sospechosas por parte de extranjeros o nacionales. Eligió dos agentes y les ordenó trasladar sus listados de labor a otros agentes; siendo el subdirector los jóvenes no podían siquiera abrir la boca para presentar una queja por tan súbito giro en las órdenes; aunque para ser honestos, releer los listados de las llamadas hechas por agentes de tránsito acerca de matrículas sospechosas en autos de diplomáticos, no era, ni de lejos, tan interesante como lanzarse a recorrer las calles tras un verdadero caso.

—¿A dónde vamos, señor subdirector? —preguntó el más joven de los agentes (unos veinte años) a Hedayat una vez encendió el motor y comprobó el combustible.

—Por ahora sólo maneje —replicó Amin desde el fondo de la silla trasera. Sus ojos estaban clavados en un navegador del tamaño de una libreta de notas. Conforme los tiempos avanzan hay que darle oportunidad a las nuevas tecnologías, reconocería el subdirector si le cuestionaban el hecho de que cargase todo su trabajo en la memoria de aquella computadora en miniatura.

Del archivo de imágenes fue revisando las fotos de Leonardo Katz una tras otra. El político dijo que su contacto había estado bajo cierta vigilancia por el colombiano, justo antes que lo mataran. Y aunque podía ser una coincidencia, motivo y oportunidad son palabras clave; de mucho peso, realmente. Asegurar, o negar por completo que el extranjero aquel podría ser parte de la nómina de alguien que necesitaba a Franz Wessel fuera del camino, sería, en cualquier sentido, una acción irresponsable.

Primero, ¿quiénes podrían querer fuera del camino al proveedor de armas? Porque eso era lo que era él: un proveedor de armas de escala mundial. Qué hacía en Irán no era asunto suyo, pero sí de alguien más, de algún departamento o ministerio que prefería guardar silencio respecto al tema y que no se hicieran preguntas sobre el mismo. Frenar a los curiosos es también labor del departamento de contrainteligencia; Leonardo Katz es uno, y la información que pudiera recabar acerca de un tipo como Franz Wessel podía traspasarse a un grupo de hombres armados encargados de ejecutar el operativo de (secuestro u homicidio) del susodicho.

De la misma manera en que nombres y banderas atormentaron a Franz Wessel, razones y naciones bailaban en la lista de sospechosos de Amin Hedayat. Estados Unidos, Israel, Rusia. Los tres, o ninguno. Tal vez su propia gente, o un competidor del ramo, celoso hasta la cólera. ¿Y si era su esposa? ¿O el amante de ella? ¿Un hijo descarriado, una amante con el corazón hecho pedazos, o un empleado insatisfecho con su salario? Pero en ese caso todo el asunto competería a los policías; si estaba él, subdirector de contrainteligencia para Teherán, entre todo este atascado tráfico de la hora punta, buscando respuestas entre granos de arena, era porque un alemán que prestaba un servicio confidencial al gobierno revolucionario había sido asesinado junto a sus acompañantes por una banda de profesionales. Como sea, Leo Katz… Leo Katz y ese hombre robusto, elegante y con bigote de rufián que está hablando con Katz en la piscina de un hotel estaban involucrados. Ambos eran extranjeros, ergo los dos son espías.

Ya el sol en el cenit, y Leo Katz buscando la manera de colarse en la sala de comunicaciones. Estaba de buen humor, relajado y sin rastros de estrés. Para quien el día anterior mató a cinco personas —ignorando que una vive a medias en la cama de un hospital— su estado de ánimo no podía ser mejor. La curiosidad despertada por un posible mensaje enviado por sus patrones lo tenía inyectado de energía. Alcanzar la PC, encontrar una respuesta en la red y tomar una decisión.

Tenía los ojos a unos veinte centímetros del cerrojo; todo problema, decía el instructor Dick Matson, puede inclinarse hacía la solución si se mira a la distancia correcta. Las opciones aquí eran volar la puerta de una patada, algo no muy educado, o encontrar algo que pudiera funcionar como llave.

De pie, de nuevo, recorriendo con la vista las máquinas tejedoras alienadas y a la espera de sus operadoras, Leo vio bajo cada una de ellas un puñado de largas agujas tan finas como para aplicar inyecciones a bebes. Katz tomó dos y regresó a la cerradura; probó girar la perilla y el seguro saltó sin poner objeción. Mirando las agujas Leonardo pensó en su mala suerte: si aquello hubiera sido de vida o muerte no habría encontrado la manera de saltar aquel obstáculo.

El calor que se derramaba por los tejados traslúcidos, y el canto ahogado de cigarras llenaban al agente secreto de paz. Si estuviera en casa podría escribir, pensó. En el sueño perfecto, rodeado de un lago, y césped verde, sin la molesta presencia de los homo sapiens y sus guerras frías y calientes; solo completamente solo con sus pensamientos y las libretas rojas, llenándolas de trazos sanguíneos en letras puntiagudas, redactando verdades en fragmentos de historias.

Algo positivo pasó; la computadora estaba en inglés. Katz temía toparse con un Windows en inteligible persa. El escritorio estaba de extremo a extremo tapizado con archivos de hoja de cálculo. Al abrir el navegador de Internet encontró la lista de correos de la empresa: pedidos de Frankfurt, Oslo, Moscú, y otra docena de ciudades con nombres de nueve sílabas que en la vida Leo había escuchado de ellas. No eran una pobre empresa de pobres mujeres solas con hijos a cuestas; y si lo eran Katz era un idiota que no entendía de negocios, como naturalmente no entendía de muchas cosas. Mientras dejaba correr, como el agua, sus pensamientos, el motor de búsqueda halló el blog de un pintor llamado Flamingo. El sitio no contaba con fotos y los posts eran continuos, día tras día, provocando que Leonardo no supiera por dónde empezar.

El último había sido puesto hacía unos minutos; era un haiku, pero no se veía relación entre el contexto y las palabras, por tanto Leonardo siguió leyendo. Uno de los textos había sido puesto a las cinco de la tarde —la foto de un gato callejero— y el otro a las once de la noche, siendo de seguro aquel escrito después de la transmisión de Katz, siendo su contenido no tenía nada de secreto, siempre y cuando se pudiese leer entre líneas su significado:

…con la información que tenía entonces, se reunió con su compañero de tareas; juntos fueron al lugar especificado y ejecutaron el golpe tal y como las circunstancias lo permitían. Luego, con otras identidades, salieron del reino mágico y volvieron a casa…

Era, según “Flamingo” un fragmento de un cuento A prince of the Middle East, del escritor pakistaní Suali Dogamu. Para Katz quedaba en el aire la pregunta de qué tan verdadera era la existencia de tal escritor. Pero si las instrucciones eran claras había una interrogante aún más poderosa: execute the hit, sólo podía significar una cosa: la CIA le estaba dando la orden de matar al imán… contradiciendo la Orden Ejecutiva 12333 de 1981 que prohíbe a la Compañía involucrarse directa o indirectamente con la muerte de nadie. Mierda… las cosas cambian. Pero para efectos legales, siempre se podría negar conocimiento: nadie había contactado a Katz; Thomas Jefferson era sin duda un seudónimo. Lo habían enviado a Irán sin una misión clara, sin más soporte que la palabra de cierta persona. Y ahora recibía una orden que no era una orden sino un párrafo de una novela del montón o sólo el desvarío de un pintor insignificante. Y las barras y estrellas permanecen inmaculadas ante la sangre que corre.

Dando marcha atrás; dejando la computadora como estaba, el cuarto cerrado, y las agujas en su sitio, Leo se recostó en la silla presidencial de la oficina de Irma. Sentía un tambor tocar en su pecho y la repercusión de éste en las sienes; matar al imán Estrella del Norte no sería una verdadera tragedia después de todo. Siempre y cuando no tuviera que hacerlo él mismo. Mas para eso estaba el coronel Matson: un boina verde con experiencia de acción tras las líneas enemigas infiltrado en un país que se asegura enemigo de la Unión no ha venido en plan de turista… ahora sólo faltaba esperar a que Irma pudiera encontrar el sitio, y al death man walking.