Capítulo XXXII. La diminuta hostería.
Los empleados de la empresa de energía llegaron días atrás, treparon por un poste diagonal a la entrada del hotel, revisaron las líneas, bajaron y preguntaron al botones de la entrada si estaban fallando las farolas. Extrañado, el chico dijo que no; luego los dos empleados entraron en el hotel, hicieron la misma pregunta al recepcionista y se fueron. Una acción rutinaria, diríamos, pero no para el departamento de alumbrado público sino para la oficina de contrainteligencia de Teherán.
El equipo de dos hombres había situado en la parte superior del poste un “ojo”, una cámara de vigilancia de muy alta definición de forma completamente redonda capaz de soportar la intemperie debido a su forma y el material aislante de su cubierta. Las imágenes eran enviadas mediante una señal de teléfono móvil a cualquier computadora predeterminada mediante una red inalámbrica. Dos de estos ojos electrónicos fueron situados diagonalmente a la entrada del Azadi Hotel, y otros dos frente a las puertas del Evin Hotel.
Las computadoras con las que contaban los agentes no podían identificar por sí mismas los rostros de los elementos investigados; era entonces trabajo de los agentes tener los ojos puestos sobre las pantallas de LCD durante el tiempo que les tomara su turno de vigilancia y parpadear lo menos posible. Así los dos agentes llegaron a preguntarse por qué no hablar directamente con el personal de ambos hoteles y sugerirles que cooperaran con una llamada al momento en que el alemán o el colombiano mostraran sus rostros en recepción. Lo que ignoraban era que su jefe, Amín Hedayat, temía que la penetración de los extranjeros dentro del hotel tuviese la profundidad suficiente como para que algún colaborador los pusiera en alerta si los agentes de seguridad, o cualquier desconocido, se había presentado haciendo preguntas.
Lamentablemente para los agentes, el alemán Günter Mann no pensaba regresar jamás a su hotel; sus camisas, un par de pantalones y algunos papeles sin valor —simples páginas de Internet impresas— serían a su tiempo trasladados por la administración del hotel a un lugar seguro en espera de que el huésped regresase. Pero mejor suerte podrían tener con el colombiano Katz; este bajó del auto de Irma unas calles arriba y fue caminando lentamente en dirección a la puerta del hotel. Sus manos en el bolsillo y los ojos bien abiertos, tratando, como un chico frente al enigma de la revista de pasatiempos, de encontrar el error en la imagen. No podía ver la mega van de vigilancia estacionada bajo los frondosos árboles del parqueadero sur, y de haberla visto no le habría puesto atención. Sus ojos y corazón estaban fijos en el trecho que separaba la avenida de la puerta principal.
Aparte de algo de viento frío golpeándole la ropa no sentía nada más. Caminaba como en un paseo, contando las estrellas, fijándose en los vehículos, analizando los movimientos de las tres o cuatro personas que se movían por ahí entre murmullos, hacia o desde los autos.
—¿Disculpe señor? —Si la voz que se escuchó a su espalda no hubiese resonado con la misma pasividad del audio de un televisor a bajo volumen, Leo Katz habría saltado del susto. Le tomó entonces unos instantes comprender que las dos palabras se las habían dicho en francés, no en inglés ni en español. Mas le sonaron tan irreales que giró su cuerpo impulsado por la curiosidad.
Frente a él había un negro, muy alto, de enormes ojos sin edad determinada, vestido de camisa blanca y pantalones grises. En todo sentido su postura era la de un sirviente, aunque no estaba inclinado, sino que miraba a Katz con el anhelo de escuchar de los labios de éste una orden.
—¿Sí? —dijo Katz ahora de repente lleno de prisa por moverse hacía algún lado.
—Carta de señor Günter Mann —esto lo dijo en un inglés afectado por el peso de la lengua gala.
El papel que le estaba ofreciendo el enorme francés era una hoja de cuaderno doblada; dentro las enormes y cuidadas letras redondas del coronel Matson decían en un español muy claro: “Este es Jules, es un amigo. Síguelo. Tenemos que vernos. Hasta la victoria siempre”. Katz guardó la hoja en su bolsillo trasero y asintió con la cabeza; habían sido esas últimas palabras las que lo habían impresionado más, ya que era una frase de revolucionario viejo que sólo usaban dentro del grupo de cabezas de martillo.
—Mi auto… —dijo Jules o Julius señalando un wolkswagen escarabajo negro algo abollado. Sin decir más llegó hasta su interior y encendió el motor, todo con una serie de suaves movimientos que delataban una preparada parsimonia. Tras un instante de duda, Leonardo salió casi corriendo en dirección al Renault de Irma, habiendo comprendido la necesidad del procedimiento: si alguien vigilaba la entrada y veía a Julius hablar con Leo podía ordenar el seguimiento de éste una vez abordara su coche; dos autos, en cambio, podría complicar las cosas si el primero, es decir el beatle negro, optaba por tomar una dirección distinta a la del Tondar vinotinto.
En el auto Irma observaba fijamente su teléfono celular; la luz de la pantalla era lo único brillante en la noche que se había vuelto oscura de repente.
—¿Mala suerte esta vez? —preguntó ella distraídamente al tiempo en que Katz cerraba la puerta.
—Aún no lo sé —contestó él de forma aún más distraída.
Pasaron unos segundos de silencio; Irma con su celular, Leonardo con los ojos fijos en la conexión entre la estrecha calle que llevaba al hotel y la enorme avenida. Hermosamente el cochecito emergió como en una película; Leonardo tocó el hombro de Irma para llamar su atención sin palabras y le señaló el auto de Jules.
—¿Qué?
—Quiero que lo sigas, pero por favor dale unos cincuenta metros de ventaja.
—Lo que digas espía —respondió la mujer en un susurro cargado de una casi inidentificable ironía.
Siguieron el curso de la avenida hasta el primer retorno que encontraron; a momentos el coche negro se hacía inidentificable entre los demás autos y Leonardo empezó a temer que Irma perdiese de vista el objetivo. Regresaban al norte y pudieron aumentar la velocidad a cincuenta kilómetros; la disminución de la cantidad de tráfico relajó los nervios tensos de Katz; Irma parecía divertirse.
Quince minutos más tarde la enorme estructura llena de luces de la Organización de la Conferencia Islámica llamó la atención tanto de Irma como de Leonardo, cosa que les hizo acercarse descuidadamente al Wolkswagen negro donde, por suerte, aún se podía ver los definidos pómulos del conductor. De por sí estas calles del norte de la ciudad estaban más iluminadas y las aceras más habitadas. Había comercios elegantes de todo tipo y música de esquina a esquina.
El escarabajo desapareció en un instante.
—¿A dónde fue?
—¿Qué?
—El auto, ¡el maldito auto! ¿Dónde?
Como respuesta Irma giró volante agresivamente y el Renault quedó incrustado en una calle mínima con farolas europeas que centellaban entre los árboles. El objetivo del seguimiento se deslizaba silenciosamente por la acogedora calle, ignorando al parecer el nerviosismo que atacaba al agente secreto y a su colaboradora.
Zigzaguearon un rato más en una penosa marcha tras un lento conductor que parecía buscar una dirección entre las laberínticas calles donde todas las fachadas se parecían. Cuando el pequeño automotor alemán se detuvo finalmente, Irma, como si conociera de memoria el procedimiento, aceleró y pasó frente al WV para venir a girar en la calle siguiente y buscar donde aparcar entre una larga fila de autos franceses, británicos y japoneses.
El barrio parecía calmado y elegante; la clase de calles que el occidental promedio buscaría a la hora planear mudarse. Árboles, poco tráfico, fachadas impecables y con los únicos ruidos provenientes de las hojas de los urapanes y el ronronear distante de los motores vehiculares. Con esto, y la vista próxima del edificio Golestan Zarrin elevándose a unos metros calle abajo, Leonardo se sentía de nuevo en Colombia, en alguna calle nunca explorada de la Bogotá estrato seis.
—¡Hey Leo! —Irma le sacudió la manga para traerlo de vuelta a Teherán.
Estaban en la acera a un par de metros del Wolskwagen beatle que yacía abandonado entre una camioneta familiar y un Land Rover desaseado. Katz miró hacía donde parecía fijar su atención Irma: en una esquina una linterna lanzaba dos destellos seguidos cada cuatro segundos; por demás la iluminación ámbar de la calle no permitía siquiera definir la silueta de aquel observador misterioso que les llamaba desde las tinieblas. Sin dudarlo Leonardo se dirigió hacía la estrella intermitente.
—Oye tú —cantó una voz de blues ahí en el punto más oscuro de la esquina—, debes tener más cuidado cuando cruzas una calle así; pueden estar observando desde el otro extremo de la calle; ¿pillas lo que digo?
Separados los tres caminaron otra calle más bajo las copas de los árboles. De vez en cuando una motocicleta de repartos pasaba en una dirección u otra, pero a parte de los autos estacionados no parecía haber más tráfico entre lo que parecía una mezcla de zona residencial y comercial. Al final de la calle se empezaron a dibujar en la comprensión de Katz formas arquitectónicas fuera de la ya conocida línea moderna iraní: un alto techo de tejas en madera, empinado como ningún otro, protegía los tres pisos de una casa con ventanas rojas y muros blancos. El nombre que decoraba la entrada cerrada al público no podía ser más revelador: Mont Alpenhäuser . La puerta se abrió sola y recibió a los tres nuevos huéspedes.
El lugar había sido abandonado, o vendido o embargado. Su destino, cualquiera que fuese, incluía una remodelación total: las paredes habían sido pintadas de blanco, y el olor a barniz parecía un recuerdo flotante que se niega a ser olvidado. Por el suelo quedaban hojas de tabloides y plásticos salpicados de marfil hielo número 3. La recepción había sido desmontada en partes, envuelta igualmente para su protección y puesta a un lado; como todas las luces del pequeño lobby estaban encendidas, daba la impresión de haber labores aún entrada ya la noche.
El teniente coronel Matson estaba en la cocina leyendo uno de los periódicos descartados. La hoja ocupaba todo el mesón metálico y con una pluma el americano llenaba un cuestionario en farsi. Aquella misma herramienta le sirvió para señalar una silla plástica arrinconada a un lado.
—Trae esa silla y siéntate —dijo llenando otra respuesta más. Le echó una ojeada a Irma parada al pie de una gran nevera pintada de verde—. Usted puede esperar fuera.
Irma se retiró el rusari de la cabeza y se desabrochó la casaca mientras giraba lentamente sobre sus talones. Aún dentro del refugio alpino el calor veraniego vivía sin importarle los conceptos decorativos de otras naciones.
Dick sostuvo la pluma entre las yemas de sus dedos y la hizo girar mientras enseñaba una sonrisa protocolaria o tal vez paternal a Leonardo. Bajó la mirada y el joven se quedó esperando una señal de cuál debía ser su próxima acción: esperar las órdenes, responder las preguntas, empezar a dar respuestas o solicitar los detalles sobre el curso de acción.
—¿Cómo has estado? —Matson, finalizando al parecer el cuestionario sobre cultura general de la sección de ocio, puso de pie su enorme y torneada figura de boxeador para alcanzarse una jarra llena de líquido ámbar y dos vasos largos— ¿Has visto cosas nuevas en la ciudad?
“Sí, he visto a varios muertos”
—¿Sediento? —Ya estaba sirviendo el té de todos modos. Al poner ambos vasos sobre la cubierta de diarios atrasados, Dick se inclinó sobre sus brazos cruzados y su boca semiabierta murmuraba algo, un susurro, que invitaba a inclinarse igualmente sobre los periódicos y escuchar algo que no debía ser captado por los oídos de nadie más. Raramente, para Leonardo esa cara pálida, que ni el sol pérsico podía cambiar, los bigotes abundantes rubios y los ojos calcinados del coronel se habían convertido en lo único humanamente cercano a su realidad, al mundo que conocía, allá en el Imperio Occidental. El último hombre en el que podía confiar.
—He sido informado de que has encontrado al Imán y que conoces su paradero. ¿Cuánto de esto es información precisa?
—Mmmm… no podría decirle dónde está exactamente ahora, señor.
—Está bien; creo que lo mejor es que me digas qué sabes.
—Irma… Ella —señaló hacía los corredores sin luz donde debía estar la mujer—, dice que tiene una amiga que es, o fue, amante de uno de los hombres de seguridad del Imán. Cada tres días hace su oración de la mañana en una mezquita de la parte vieja de la ciudad.
—Voy a necesitar el nombre.
—Ok.
—Seguro que es en la mañana. ¿Puede cambiar de idea e ir en la tarde?
—Irma podría darme una confirmación, supongo.
—Negativo; no es bueno involucrar a más personas. Nos arriesgaremos a hacerlo con lo que tenemos.
—¿Hacer qué, señor?
—¿Estas seguro de poder reconocer al imán si lo vieras?
—Sí; pero a parte de eso no podría darle una descripción si me la pidiera, señor… Digamos que si me topo con él por una calle lo reconocería.
El coronel se enderezó y dejó su vaso en el fregadero; Jules entró en la cocina como si sólo se hubiese ausentado un rato y se sentó en la mesa esperando al parecer que le sirviesen algo de comer. Mientras Katz terminaba el horrible té tibio con un casi imaginario sabor a limón, escuchó a Matson decir “creo que es más que suficiente”. Irma entró entonces. Parecía desconectada de la escena. Los cuatro partieron y devoraron una largo sándwich de ternera con queso de cabra y persa-cola sacada de la nevera, siendo esto último un gran alivio para la temperatura corporal de Leonardo.
Dick Matson dijo algo persa de repente, aún masticando; Irma Yushij le respondió sorprendida, escondiendo una risa nerviosa que protegía una servilleta de papel; luego ella respondió y así se estableció un diálogo del que Julius y Leonardo estaban excluidos.
Estaba en paz al fin. La sensación que le dejaba la muerte de aquellos tipos en ese taller brillante de lienzos en blanco y sol veraniego, que en las últimas horas se había reducido a sólo un par de flashes sangrientos por cada hora, parecía haberse desvanecido. Aún la enorme cabeza de col del alemán, reventada de un balazo, se sentía, cuando se pensaba en ella, como parte de una conversación fuera de contexto. “Uno se acostumbra a todo”, pensó al cerrarle la puerta al tema.
Y lo hizo tal como su maestra en el arte del homicidio le había enseñado. Durmió profundamente en una de las enormes camas de madera que aún los dueños del hostal no se habían llevado consigo; consiguió despertar a tiempo, en las primeras frías horas del día siguiente y se aplicó a su memorizada rutina de ejercicios.
—¡Leonardo! —Llamó el coronel desde la puerta del ático; Katz había subido tras ducharse al último piso y miraba desde el balcón a los primeros apresurados hombres y mujeres de negocios salir de sus apacibles casas salvaguardadas por los enormes árboles. El coronel traía café.
Tras un saludo militar, Leo tomó su taza; el joven y el veterano se quedaron pues a ver el rumbo que tomaban las gentes sencillas. Leonardo miraba al coronel mientras preparaba la pregunta correcta; Matson, esa clase de hombre que entiende el comportamiento de otros, esperó.
—¿Qué va pasar con el imán?
—Vamos a matarlo, Leo.
—¿Quién es él?
—No sabemos. Pero esas son las órdenes.
—¿Qué tengo yo que ver con todo esto?
—Nada. Tu misión era identificarlo. Una identificación positiva, como se le llama a eso.
—Pero no tiene ni idea de a quién van a matar, ni porqué. ¿Es un terrorista? ¿Es un líder importante para los extremistas?
El teniente coronel Dick Matson se alejó del balcón y se cruzó de brazos esperando que Leonardo lo mirara directamente a los ojos. Estos eran, bajo la sombra del cuarto sin iluminación, la mirada de un tigre entre vorágine selvática.
—Katz, si te detienen, si te interrogan, no sabrás nada y nada podrás darle a la policía secreta. Mejor que no sepas quién es —dio un paso adelante y de nuevo la luz de la mañana lo cubrió; parecía joven ahora—. No hay razón para que los de contrainteligencia puedan estar siguiéndote; esa es la razón por la que creo te enviaron aquí en primer lugar. No eres nadie a quién puedan relacionar con nosotros.
—¿Nosotros?
—Oh, es una lástima que la señorita Irma quiera irse. Haría mucho bien a su país aquí. Parece que tiene toda una lista de contactos…
Era algo de verdad para odiar, pero ese hombre era su maestro y merecía respeto, aún cuando prefiriera ignorar la gravedad de algunas preguntas y hechos y prefiriera escapar por vías alternas. Así que lo dejó hablar, asintiendo o negando de acuerdo a como viniesen las preguntas retóricas que soltaba de cuando en cuando. Una ventaja para alguien que habla dos o más idiomas es cuando decide cerrar su mente a determinado dialecto; así que comenzó a hablarse a sí mismo en español:
“La CIA —o alguien más arriba— quería muerto al Imán Estrella del Norte. Un hombre sin nombre. Alguien que entró en la mira de ciertas personas que lo creen una amenaza para los Estados Unidos; y si es así ¿por qué no capturarlo? Secuestrarlo y enviarlo a un país aliado para que lo sometan a una de esas cárceles secretas. Puede que sea un crimen pero esto es una guerra. Una Guerra. Encerrado en una biblioteca en mitad del País de las Maravillas no se puede entender que un conflicto global no es una sesión de bridge: hay bajas, daños colaterales, errores, pero ante todo se trata de salvar vidas. No, tampoco seamos tan patéticos: una vida, aún si es la de un niño de brazos o la de un jefe de estado, no representan gran cosa en el gran teatro de la Historia humana. Nos han enseñado, como cristianos, a defender la vida humana como la cosa más valiosa en el Universo. ¿Lo es? Piensa, seis mil millones de seres humanos… todos queremos vivir; y tal vez tener un auto y casa. Pero los hombres nunca podrán entenderse; habrá caos y siempre surgirán leviatanes. ¿Qué es lo mejor para todos? Paz, desarrollo sostenido, aire puro… pero estos salvajes barbudos no lo entienden. Si el Islam llegó a Irán —la tierra de los arios— mediante la espada y la sangre, y perdieron su religión, a su Zoroastro, quién está más encima que el hombre mismo para decir lo que es bueno y es malo para ellos: que democracia, libertad de opinión, de orientación sexual, de raza y credo son malas sólo porque vienen ‘de afuera’ ¿dónde es afuera? Quién fija los muros de este planeta? ¿Dios, Alá?
“Más allá de este balcón, que divide la oscuridad que me rodea y la luz que llueve sobre los ciudadanos, hay otros soldados. Se cubren el rostro, se visten de explosivo plástico y recitan el Corán… ¡Qué sátira! Y tantos millones de musulmanes no sentirse ofendidos; o no tanto claro, si un caricaturista europeo, en cambio dibuja a Mahoma: queman embajadas y piden la cabeza —muy literalmente— del guasón. Pero como los hombres no son lobos, sino bandadas de perdices, siempre se dejarán llevar por esos líderes, esos hombres, imanes y papas que los lancen directo a estas putas cruzadas…”
—¡Dígame qué debo hacer, señor!
—En cuanto Irma tenga una confirmación de su fuente iremos a la mezquita; tú debes acercarte y señalarnos quién es. Pero recuerda que no puede haber margen alguno de error.
—No querrán matar al hombre equivocado, ¿verdad?
—No quiero desperdiciar balas, ni una oportunidad como esta; si fallamos puede hacerse imposible que lo veamos de nuevo.
—¿Quién es ése hombre?
El coronel sólo movió la cabeza en un simple gesto: “no” (sé quién es, pero no te lo diré) No obstante, antes de terminar de girar la perilla de la puerta del desván, la voz de Leonardo lo retuvo un instante más:
—Y una vez ocurra… ¿qué haré yo?
—Salir. E Irma también.
Por un instante entonces, sus pertenencias, camisetas, medias, una chaqueta y las libretas sin usar junto al pasaporte le cruzaron por la cabeza mediante una serie de imágenes de aterradora nitidez.
—¡Mis equipaje sigue en el Azadi!
—Oh, no debes preocuparte. De hecho, esa debe ser la menor de tus preocupaciones.
Y cerró la puerta.
Para un hombre que vive su profesión de tiempo completo, ningún minuto debe ser desperdiciado. Así ni los días empiezan a las nueve ni terminan a las cinco. Matson, por ejemplo, tras sólo dormir cuatro horas, empezó a revisar mapas, trazar horarios y revisar mensajes en clave dejados por sus contactos en páginas de la red. Cuando llevó las dos tazas de café al desván para hablar con Leonardo ya tenía todo un programa en mente.
La llamada “suite presidencial” de la hostería había sido desocupada por completo de cualquier forma de amoblado. Sus enormes espacios vacíos habían sido llenados con ochenta unidades centrales de procesamiento de finlandesa y ensamblaje chino. Desde las seis de la mañana —de esto hacía tres horas— Julius y Dick habían estado desarmando parte por parte cada una de las computadoras. De entre sus múltiples circuitos, tableros, cables y chips, iban saliendo pequeñas piezas metálicas empacadas en fibra aislante, que con cuidado y mucho orden iban poniendo en el escritorio de madera, en posiciones específicas, con el mismo cuidado con el que se ensamblaría un rompecabezas.
Para Julius resultaba tedioso estar llevando cada CPU a la mesa para que Matson la desbaratara y, en algunos casos, anunciase con una total carencia de emoción que aquella estaba vacía, favor alcanzar otra.
La mesa tenía dos metros de largo, y metro y medio de ancho; un escritorio francés de formas rectas diseñado en el siglo XIX y manufacturado por suizos para hacer parte del decorado de la hospedería. Sobre su superficie color miel empezaba a aparecer, lentamente, los huesos de una maquinaria con incontables partes, todas en color negro, que se distribuían todas en una forma piramidal que terminaba con un delgado tubo de unas seis pulgadas. No hacía falta mucho cerebro para darse cuenta que los ochenta computadores albergaban las piezas un rifle.
—Sí, está completo. Pero necesitaré algo más.
Matson ya lo tenía listo: sobre la mesa colocó un telescopio para niños empacado en una caja llena de ilustraciones referentes al viaje a la luna. Era más una pieza de coleccionista que un verdadero juguete. Sacándolo de su empaque se reveló como en realidad como una mira telescópica para un rifle de precisión; al retirar el plástico de burbujas Matson demostraba una paciencia y un cuidado propios de quien quiere extraer algo sin causarle el menor defecto, ya que, como sabían ambos hombres, la mira había sido graduada milímetro a milímetro en su lugar de origen, lista para dar en el blanco dentro del rango de los ciento cincuenta a los doscientos ochenta metros con un margen de error máximo de
Como un hobby de fin de semana, los dos profesionales de la muerte se avocaron al ensamblaje del rifle, mientras un paquete de cigarrillos proveniente del mercado negro mostraba, entre su boca semiabierta, las puntas de ocho proyectiles 7.62; el imán Estrella del Norte tenía las horas contadas.
