Capítulo XXXIV. La puerta de salida.
¡Qué oscuros son los caminos del ateo! Pensó Katz, citando sin intención a Lútero: aquel corredor, antes un ancho pasaje sin mucha luz, de breve longitud, con jóvenes y adultos de pie esperando el momento de la oración, parecía ahora muy breve, estrecho, y solitario… Alguien parecía llamar tras él, pero no sería tan tonto como para detenerse.
La voz aumentó su tono. Parecía decir “venga”, pero podría estar alertando algo, reclamando, o nombrando, despidiéndose, o puteando. Sin importarle un comino, él siguió caminando y nada lo detendría, de este momento en adelante:
El joven discípulo del imán había logrado superar el impacto de ver el cuello y cráneo reventado de su maestro, y logrando visualizar su situación y la de los hechos ocurridos, se puso en pie y corrió tras la única persona que había visto junto al imán y que no estaba ahora allí, impactado, vociferando u horrorizado con aquella violencia sin sonido. Vislumbró la silueta del extranjero, lejos, alcanzando la puerta de salida. Éste se inclinó un segundo para ponerse de nuevo la sandalias y ahí fue que logró darle alcance, detenerlo a unos centímetros sin que aquel forastero diera muestras de importarle los continuos llamados que le hacía.
Las emociones lo volvían hipersensible: al sentir una mano posársele sobre su hombro, Katz giró por reflejo al tiempo en que disparaba su pierna hasta extenderla como una lanza de ataque. La patada dio de lleno en las costillas; Leonardo dio un paso adelante y arrojó un puñetazo al estómago del chico y luego con un codazo le partió la mandíbula. Katz, seguro como nunca de la efectividad de su ataque no esperó más y fue derecho a la salida, a las luces, donde la gente se mezclaba entre sí sin concierto alguno.
—¡Diablos al fin lo veo! —exclamó molesto el coronel Matson: aún sin sus prismáticos, la figura del joven Leo se distinguía plenamente, zigzagueando entre la calle, huyéndole a los autos, las bicicletas y las sombras que no podía ver.
Julius levantó su rifle, buscó con la mira a Katz y se preparó a disparar.
Una enorme camioneta mercedes, totalmente negra, salió de la nada y frenó en seco a centésimas de segundo de aplastar a Katz. La puerta se abrió y un tipo en traje terracota saltó apuntándole con un revolver de cañón aterrador.
—¡No se mueva! —dijo en farsi; Leonardo frenó, y un martillo invisible aplastó la nariz y toda la frente del hombre. El agente secreto saltó sobre el cuerpo y siguió corriendo alcanzando el callejón estrecho y vació que le pareció la única salida.
En el sexto piso del edificio situado a cien metros calle abajo, Julius, sabiendo que su labor estaba terminada, se deshizo del rifle en segundos: arrancó la botella plástica de 7up perforada que le había servido de silenciador, extrajo las balas sobrantes del cargador y lanzó el rifle al baño casi con asco, de la misma manera que se retiraba los gruesos guantes quirúrgicos para el tratamiento de victimas de VIH. Tenía once segundos más para alcanzar a Dick y al auto.
Otro de los guardaespaldas había saltado de la camioneta, hizo dos disparos, ambos dando a las paredes del callejón; sabiendo lo difícil que resultaba darle dio la orden a uno de sus compañeros de arrancar y alcanzar el otro lado de la calle para encerrar al escurridizo asesino. Luego tomó aire y se mandó tras Katz: corrió y llegó al interior de un jardín, descubriendo madres y chicos por doquier. Tuvo que guardar el arma. Una de las mujeres miraba hacía una reja abierta y le señalaba algo a otra, el hombre supo pronto hacía dónde se dirigía el asesino. Pistola al cinto y aplicarse mientras los ojos se concentraban en las vestimentas de los hombres… ahí estaba trotando hacía la esquina en donde otra calleja moría en una gran avenida de denso tráfico. Ansiaba desenfundar y abrir fuego, pero de lo que hizo uso fue de su celular. Fue allí cuando vio un taxi frenar y abrirle la puerta al fugitivo.
Cuando el BMW viejo y chato pintado de blanco y con una raya azul al medio frenó cerrándole el paso, Leo pensó que era el fin; la película para él se detuvo, reiniciándose, al instante, por los ojos, la barba rojiza y la expresión de alarma del William:
—¡Subite guevón, subite! —Leonardo metió toda su humanidad entre el auto y este arrancó mientras una nueva detonación retumbaba a lo lejos.
El ronroneo del motor y la aceleración resultaron, en aquellos segundos, relajantes.
—...paisa.
—Quedate agachado, quedate agachado mientras nos les volamos a estos malparidos.
Y frente a sus ojos, los vidrios del asiento trasero se fragmentaron y cayeron hechos granos sobre su cara. William, quien parecía llevar entonces un gorro de lana —inusual con el calor— lo arrastró sobre su cara transformándolo en un pasamontañas de cinematográfico asaltante. El auto dio un bandazo; vidrios y pasajero fueron mandados contra la puerta izquierda; luego más disparos y crujidos metálicos ahí donde los proyectiles se clavaban.
Leonardo, aún en medio de las sacudidas, alzó su cabeza para ver por la ventana trasera. La enorme Mercedes era un enorme toro de lidia corriendo a un par de metros del taxi BMW; los ojos del conductor, y su pistola en una mano podían verse con claridez entre el los rayos abrasadores de la tarde. Esa cosa aceleró y le dio de lleno un golpe al BMW, Leonardo terminó en el suelo, y fue entonces que la fría y lisa superficie de una pistola Glock 9mm le rozó la sien, William le daba una espada de matador.
Incorporándose, pensó mejor qué hacer. Los asientos traseros tenían largos cinturones de seguridad; envolviendo su brazo izquierdo en uno, Leo fue levantando la vista esperando tener un blanco sobre el cual abrir fuego. ¡PUM! Otro choque y de vuelta al suelo; sin estar herido más que en su orgullo, Leonardo intentó regresar de nuevo a su anterior postura.
Una moto honda a plena potencia alcanzó al taxi por su costado izquierdo: el piloto estaba por completo de negro y el azul estival se reflejaba en su visera. Katz le propinó dos disparos, el vidrio se hizo añicos pero la moto ya estaba en otro lado: en efecto, aceleró y se situó frente al taxi a fin de bloquear su visibilidad; zigzagueaba, además, de tal forma que intentar dispararle sería desperdiciar municiones, mientras el toro marchaba a toda potencia, situándose paralelamente con Leonardo y William.
Sobrevino una embestida… y Leonardo creyó que el mundo se había pegado una sacudida. La puerta derecha del pasajero se desprendió un tanto y quedó balanceándose con un extremo rasguñando la carretera. Poco a poco fue acelerando de nuevo, para situarse a la par, con vistas a chocar de nuevo. La silueta de una cabeza conduciendo se delineó frente a Leonardo, a pesar de estar este completamente recostado en la silla trasera. Katz dio un salto y le clavó una patada a la puerta y quedó, durante un segundo, fuera del auto apenas sostenido por el cinturón de seguridad: apuntó con su mano izquierda a la ventanilla del conductor —a penas a medio metro de distancia— y disparó tres veces contra la cabeza oscura que allí se escondía. Al momento ya estaba de nuevo recostado contra su espalda al tiempo en que
—¡Pilas, guevón, el de la moto! —gritó William regresando el presente a su ritmo vertiginoso: el motociclista de negro, con una MP-5 colgada de su nuca intentaba apuntarle directo al taxista a su cabeza. Leo disparó una vez en vano, dándose cuenta, al segundo intento, de que estaba sin balas.
—¡Cargador! —gritó.
—Ni mierda, eso era todo…
Una ráfaga de disparos cortó el lado izquierdo del auto con un rosario de perforaciones.
Aplicando toda su fuerza al volante, William intentó aplastar al piloto de
Este esqueleto metálico, sin embargo, contaba con un motor modificado y tanques de reserva de combustible como para un rally, y precisamente aquello era toda esa fuga: sin disminuir la velocidad saltaron sobre otra avenida y un autobús estuvo a punto de terminar con ellos. Resonaron miles de cláxones, todo fue confusión, pero ahora estaban en un sector más despejado, rodeados de fábricas y gigantescas cajas de acero cuyos penachos de humo negro se difuminaban entre el smog urbano.
Su temor a que le volaran la cabeza, hacia de Leonardo un tímido espectador de los eventos: ahora estaban en lo que parecía un arenal; un campo baldío con terrenos en construcción y viejas obras en espera de ser borradas del mapa. El suelo, lleno de polvo, arena, tierra seca, y fragmentos de grava, generaba una gran pantalla de humo que imposibilitaba hacer blanco al empecinado escolta en moto que aún los seguía con ánimo de matarlos. William, evidentemente, era un zorro astuto. No obstante, una vez alcanzaron de vuelta el asfalto, el hombre que los perseguía empuñó de nuevo su sub ametralladora, esta vez empleando ambas manos dejando el control y equilibrio de la moto a sus rodillas.
—¡Agarrate moacho! —dijo William; e inmediatamente aplicó los frenos. La rueda delantera de
Hubo un momento de reposo, tan sólo tres segundos para que el agente secreto y el taxista expiraran todo el aire y la tensión contenidos, y miraran el cuerpo estirado en cuero negro de un cadáver. Entonces un motor resonó a su lado: otro auto; esta vez un Skoda Octavia, muy nuevo, jade platinado, frenó cerrándoles todo el paso de la calle. Su puerta delantera se abrió y saltó un tipo robusto, completamente calvo, protegido por gafas oscuras y un enorme revolver mágnum. Habían unos quince metros entre el despojo de taxi y este tipo con pinta de policía, quien empezó a dar órdenes sin dejar de apuntar.
De la mano derecha de William salió un teléfono celular. Empezó a marcar un mensaje de texto, aunque el contenido del mismo estaba fuera del alcance visual de Katz.
—Pelao, ¿sabés qué? Como que figuró cambiar de plan.
—¿Qué plan?
Y encogiéndose en su asiento William aceleró; resonaron disparos y los dos fragmentos de ventana que quedaban estallaron. El tipo de la mágnum saltó a un lado a segundos de ser llevado por delante. Reincorporándose a su puesto, el taxista aferró el volante y giró sobre la primera calle que encontró. Leo pudo entonces sentarse normalmente, pero al mirar atrás aquella esmeralda voladora los seguía, y su capacidad de poder parecía superar a la del BMW, dándole alcance en cuestión de segundos. Una sub ametralladora uzi salió por una ventana y Leo tuvo que buscar la seguridad del piso, una vez más, al tiempo que aire dentro del auto era surcado por mortales abejas de plomo.
El callejón trasero, oscurecido por las monumentales factorías y sus diminutas ventanas gestadoras de haces de luz que cortaban el camino en tinieblas, era cruzado a toda potencia por los dos autos, cuya velocidad borraba las imágenes y hacían de esto algo parecido a un viaje sideral a otra galaxia. El centro de
Leonardo vio el edificio; mas estaba sin palabras para emitir una objeción: de cuatro pisos, techos inclinados, sin ventanas y tan blanco como una catedral, el muro trasero debía ser puro ladrillo… o quizá concreto impenetrable.
Los dos hombres de seguridad que venían tras el taxi destrozado vieron como éste se hundía entre enormes lienzos colgados de una puerta abierta. Lo que parecía un muro resultó ser sólo enormes telas colgadas. Allí debieron frenar, aunque no podían verlos porque el interior de la bodega era oscuro por completo. Conductor y acompañante sabían que podían estar metiéndose en una trampa, así que alistaron las mini uzi israelíes con cargadores completos, y dejaron el auto escurrirse lentamente por la puerta de acceso.
Lo que quedaba del taxi permanecía estacionado y echando humo. Sin puertas, ni vidrios, como un queso suizo de latón: perforado hasta la saciedad, y con un neumático convertido en jirones de caucho derretido. El sospechoso, o sospechosos, no estaban a la vista; quizá huyeron, o estaban ocultos tras las columnas del edificio, tan alto como un hangar, pero con las manchas de aceite y pintura propias de un taller mecánico. Un mezzanine en lo alto y una puerta cerrada; nada más, y para llegar a este había una larga escalera de caracol. ¿Dónde diablos estaban? Sincronizadamente cerraron las puertas del auto, y empezaron a caminar hacia los restos del BMW.
—¡Si daaaaannn un paaaaaso más los haré pedazos! —exclamó una voz desde lo alto. Dirigiendo las miradas al mezzanine ambos guardaespaldas vieron la figura de un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo a cuadros y gafas polarizadas. Lo terrible en él era la ametralladora M60 que sostenía en uno de sus musculosos brazos, mientras mantenía las balas enrolladas sobre la otra extremidad. Había surgido de repente.
—¡Tiren las aaaaarmaaass! —Volvió a gritar el coronel Matson en farsi. Luego jaló el gatillo y descargó una veintena de balas sobre el techo del Skoda para ratificar su orden.
Dudosos entre disparar o correr, aquellos dos sujetos estaban congelados.
—¡Abdul! —le increpó el otro cuando el atronador ruido se fue extinguiendo, antes de ver a su espalda a un viejo de rostro rasguñado por el tiempo encañonándolo con un rifle Winchester de repetición.
—Mejor sigue su ejemplo, hermano —le dijo el viejo, no siendo el único ahora: de todos lados una horda de sujetos vestidos como maleantes le apuntaban con diversidad de armas: pistolas automáticas, escopetas de cañones recortados, rifles M-4 y sub ametralladoras Skorpion. Derrotado el tipo se agachó y puso su mini uzi en el suelo, justo antes de que el viejo le propinase un cachazo en la espalda.
Los maleantes empezaron a descargar patadas contra los dos guardaespaldas del difunto imán Estrella del Norte, hasta que el coronel, bajando por la escalera rápidamente, ordenó atarlos, amordazarlos y llevarlos a otro lado. Katz, saliendo de su escondite, pudo ver de cerca el rostro de su perseguidor, o lo quedaba de una cara desfigurada a golpes.
William daba vueltas en torno a su inerte taxi.
—Lo siento —dijo Leonardo acercándose— era bonito.
—Qué va… lo que vale es el motor, que todavía lo puedo sacar, y ponérselo a ese —dijo señalando el Skoda, que a pesar del castigo inflingido por la ametralladora, podía aún ser refaccionado y puesto a la venta—. Mirá qué belleza, ave María.
—¡William! —la voz de Dick Matson sobresaltó tanto al taxista como a Leonardo. Pero sí, ahí estaba, con sus brazos cruzados y su aspecto imponente. Los dos hombres se pusieron a conversar, aunque Katz no supo en qué idioma. Ahí fue cuando una descomunal mano se posó en su hombro: Jules le dio unas palmadas en la espalda y en el tono más familiar y amistoso preguntó “¿cerveza?” a lo que Leonardo, agotado por una de las tardes más agitadas de su vida, contestó afirmativamente moviendo la cabeza; luego siguió al francotirador al interior del desguasadero de autos robados.
