Sunday, March 23, 2008

Capítulo XXXIV. La puerta de salida.

¡Qué oscuros son los caminos del ateo! Pensó Katz, citando sin intención a Lútero: aquel corredor, antes un ancho pasaje sin mucha luz, de breve longitud, con jóvenes y adultos de pie esperando el momento de la oración, parecía ahora muy breve, estrecho, y solitario… Alguien parecía llamar tras él, pero no sería tan tonto como para detenerse.

La voz aumentó su tono. Parecía decir “venga”, pero podría estar alertando algo, reclamando, o nombrando, despidiéndose, o puteando. Sin importarle un comino, él siguió caminando y nada lo detendría, de este momento en adelante:

El joven discípulo del imán había logrado superar el impacto de ver el cuello y cráneo reventado de su maestro, y logrando visualizar su situación y la de los hechos ocurridos, se puso en pie y corrió tras la única persona que había visto junto al imán y que no estaba ahora allí, impactado, vociferando u horrorizado con aquella violencia sin sonido. Vislumbró la silueta del extranjero, lejos, alcanzando la puerta de salida. Éste se inclinó un segundo para ponerse de nuevo la sandalias y ahí fue que logró darle alcance, detenerlo a unos centímetros sin que aquel forastero diera muestras de importarle los continuos llamados que le hacía.

Las emociones lo volvían hipersensible: al sentir una mano posársele sobre su hombro, Katz giró por reflejo al tiempo en que disparaba su pierna hasta extenderla como una lanza de ataque. La patada dio de lleno en las costillas; Leonardo dio un paso adelante y arrojó un puñetazo al estómago del chico y luego con un codazo le partió la mandíbula. Katz, seguro como nunca de la efectividad de su ataque no esperó más y fue derecho a la salida, a las luces, donde la gente se mezclaba entre sí sin concierto alguno.

—¡Diablos al fin lo veo! —exclamó molesto el coronel Matson: aún sin sus prismáticos, la figura del joven Leo se distinguía plenamente, zigzagueando entre la calle, huyéndole a los autos, las bicicletas y las sombras que no podía ver.

Julius levantó su rifle, buscó con la mira a Katz y se preparó a disparar.

Una enorme camioneta mercedes, totalmente negra, salió de la nada y frenó en seco a centésimas de segundo de aplastar a Katz. La puerta se abrió y un tipo en traje terracota saltó apuntándole con un revolver de cañón aterrador.

—¡No se mueva! —dijo en farsi; Leonardo frenó, y un martillo invisible aplastó la nariz y toda la frente del hombre. El agente secreto saltó sobre el cuerpo y siguió corriendo alcanzando el callejón estrecho y vació que le pareció la única salida.

En el sexto piso del edificio situado a cien metros calle abajo, Julius, sabiendo que su labor estaba terminada, se deshizo del rifle en segundos: arrancó la botella plástica de 7up perforada que le había servido de silenciador, extrajo las balas sobrantes del cargador y lanzó el rifle al baño casi con asco, de la misma manera que se retiraba los gruesos guantes quirúrgicos para el tratamiento de victimas de VIH. Tenía once segundos más para alcanzar a Dick y al auto.

Otro de los guardaespaldas había saltado de la camioneta, hizo dos disparos, ambos dando a las paredes del callejón; sabiendo lo difícil que resultaba darle dio la orden a uno de sus compañeros de arrancar y alcanzar el otro lado de la calle para encerrar al escurridizo asesino. Luego tomó aire y se mandó tras Katz: corrió y llegó al interior de un jardín, descubriendo madres y chicos por doquier. Tuvo que guardar el arma. Una de las mujeres miraba hacía una reja abierta y le señalaba algo a otra, el hombre supo pronto hacía dónde se dirigía el asesino. Pistola al cinto y aplicarse mientras los ojos se concentraban en las vestimentas de los hombres… ahí estaba trotando hacía la esquina en donde otra calleja moría en una gran avenida de denso tráfico. Ansiaba desenfundar y abrir fuego, pero de lo que hizo uso fue de su celular. Fue allí cuando vio un taxi frenar y abrirle la puerta al fugitivo.

Cuando el BMW viejo y chato pintado de blanco y con una raya azul al medio frenó cerrándole el paso, Leo pensó que era el fin; la película para él se detuvo, reiniciándose, al instante, por los ojos, la barba rojiza y la expresión de alarma del William:

—¡Subite guevón, subite! —Leonardo metió toda su humanidad entre el auto y este arrancó mientras una nueva detonación retumbaba a lo lejos.

El ronroneo del motor y la aceleración resultaron, en aquellos segundos, relajantes.

—...paisa.

—Quedate agachado, quedate agachado mientras nos les volamos a estos malparidos.

Y frente a sus ojos, los vidrios del asiento trasero se fragmentaron y cayeron hechos granos sobre su cara. William, quien parecía llevar entonces un gorro de lana —inusual con el calor— lo arrastró sobre su cara transformándolo en un pasamontañas de cinematográfico asaltante. El auto dio un bandazo; vidrios y pasajero fueron mandados contra la puerta izquierda; luego más disparos y crujidos metálicos ahí donde los proyectiles se clavaban.

Leonardo, aún en medio de las sacudidas, alzó su cabeza para ver por la ventana trasera. La enorme Mercedes era un enorme toro de lidia corriendo a un par de metros del taxi BMW; los ojos del conductor, y su pistola en una mano podían verse con claridez entre el los rayos abrasadores de la tarde. Esa cosa aceleró y le dio de lleno un golpe al BMW, Leonardo terminó en el suelo, y fue entonces que la fría y lisa superficie de una pistola Glock 9mm le rozó la sien, William le daba una espada de matador.

Incorporándose, pensó mejor qué hacer. Los asientos traseros tenían largos cinturones de seguridad; envolviendo su brazo izquierdo en uno, Leo fue levantando la vista esperando tener un blanco sobre el cual abrir fuego. ¡PUM! Otro choque y de vuelta al suelo; sin estar herido más que en su orgullo, Leonardo intentó regresar de nuevo a su anterior postura.

Una moto honda a plena potencia alcanzó al taxi por su costado izquierdo: el piloto estaba por completo de negro y el azul estival se reflejaba en su visera. Katz le propinó dos disparos, el vidrio se hizo añicos pero la moto ya estaba en otro lado: en efecto, aceleró y se situó frente al taxi a fin de bloquear su visibilidad; zigzagueaba, además, de tal forma que intentar dispararle sería desperdiciar municiones, mientras el toro marchaba a toda potencia, situándose paralelamente con Leonardo y William.

Sobrevino una embestida… y Leonardo creyó que el mundo se había pegado una sacudida. La puerta derecha del pasajero se desprendió un tanto y quedó balanceándose con un extremo rasguñando la carretera. Poco a poco fue acelerando de nuevo, para situarse a la par, con vistas a chocar de nuevo. La silueta de una cabeza conduciendo se delineó frente a Leonardo, a pesar de estar este completamente recostado en la silla trasera. Katz dio un salto y le clavó una patada a la puerta y quedó, durante un segundo, fuera del auto apenas sostenido por el cinturón de seguridad: apuntó con su mano izquierda a la ventanilla del conductor —a penas a medio metro de distancia— y disparó tres veces contra la cabeza oscura que allí se escondía. Al momento ya estaba de nuevo recostado contra su espalda al tiempo en que la Mercedes negra perdía el control y arrastraba una hilera de autos parqueados, terminando por girar sobre su trompa, y caer estrepitosamente quedando con las ruedas hacía arriba.

—¡Pilas, guevón, el de la moto! —gritó William regresando el presente a su ritmo vertiginoso: el motociclista de negro, con una MP-5 colgada de su nuca intentaba apuntarle directo al taxista a su cabeza. Leo disparó una vez en vano, dándose cuenta, al segundo intento, de que estaba sin balas.

—¡Cargador! —gritó.

—Ni mierda, eso era todo…

Una ráfaga de disparos cortó el lado izquierdo del auto con un rosario de perforaciones.

Aplicando toda su fuerza al volante, William intentó aplastar al piloto de la Honda contra el muro del estrecho pasaje por donde acababan de introducirse. Mas este retrocedió a tiempo y el único damnificado fue el BMW que ahora era más carrocería que nada.

Este esqueleto metálico, sin embargo, contaba con un motor modificado y tanques de reserva de combustible como para un rally, y precisamente aquello era toda esa fuga: sin disminuir la velocidad saltaron sobre otra avenida y un autobús estuvo a punto de terminar con ellos. Resonaron miles de cláxones, todo fue confusión, pero ahora estaban en un sector más despejado, rodeados de fábricas y gigantescas cajas de acero cuyos penachos de humo negro se difuminaban entre el smog urbano.

Su temor a que le volaran la cabeza, hacia de Leonardo un tímido espectador de los eventos: ahora estaban en lo que parecía un arenal; un campo baldío con terrenos en construcción y viejas obras en espera de ser borradas del mapa. El suelo, lleno de polvo, arena, tierra seca, y fragmentos de grava, generaba una gran pantalla de humo que imposibilitaba hacer blanco al empecinado escolta en moto que aún los seguía con ánimo de matarlos. William, evidentemente, era un zorro astuto. No obstante, una vez alcanzaron de vuelta el asfalto, el hombre que los perseguía empuñó de nuevo su sub ametralladora, esta vez empleando ambas manos dejando el control y equilibrio de la moto a sus rodillas.

—¡Agarrate moacho! —dijo William; e inmediatamente aplicó los frenos. La rueda delantera de la Honda se enterró entre el baúl, mientras un grito resonó por encima de los aullantes neumáticos frenados en seco. A cinco metros de distancia vio Leonardo llegar el cuerpo del hombre con casco; se estampó contra el suelo, y su cabeza rebotó tantas veces que al final quedó desprendida del resto del conjunto.

Hubo un momento de reposo, tan sólo tres segundos para que el agente secreto y el taxista expiraran todo el aire y la tensión contenidos, y miraran el cuerpo estirado en cuero negro de un cadáver. Entonces un motor resonó a su lado: otro auto; esta vez un Skoda Octavia, muy nuevo, jade platinado, frenó cerrándoles todo el paso de la calle. Su puerta delantera se abrió y saltó un tipo robusto, completamente calvo, protegido por gafas oscuras y un enorme revolver mágnum. Habían unos quince metros entre el despojo de taxi y este tipo con pinta de policía, quien empezó a dar órdenes sin dejar de apuntar.

De la mano derecha de William salió un teléfono celular. Empezó a marcar un mensaje de texto, aunque el contenido del mismo estaba fuera del alcance visual de Katz.

—Pelao, ¿sabés qué? Como que figuró cambiar de plan.

—¿Qué plan?

Y encogiéndose en su asiento William aceleró; resonaron disparos y los dos fragmentos de ventana que quedaban estallaron. El tipo de la mágnum saltó a un lado a segundos de ser llevado por delante. Reincorporándose a su puesto, el taxista aferró el volante y giró sobre la primera calle que encontró. Leo pudo entonces sentarse normalmente, pero al mirar atrás aquella esmeralda voladora los seguía, y su capacidad de poder parecía superar a la del BMW, dándole alcance en cuestión de segundos. Una sub ametralladora uzi salió por una ventana y Leo tuvo que buscar la seguridad del piso, una vez más, al tiempo que aire dentro del auto era surcado por mortales abejas de plomo.

El callejón trasero, oscurecido por las monumentales factorías y sus diminutas ventanas gestadoras de haces de luz que cortaban el camino en tinieblas, era cruzado a toda potencia por los dos autos, cuya velocidad borraba las imágenes y hacían de esto algo parecido a un viaje sideral a otra galaxia. El centro de la Vía Láctea estalló llenando el taxi de luz; de nuevo estaban en terreno despejado, sin edificios, en curso directo a colisionar contra la fachada marfil de un muro de concreto. Y en vez de dar freno o girar el mando, William cambió de marcha y de ciento sesenta pasaron a ciento noventa kilómetros por hora. Las latas crujían, las puertas se desprendieron junto a los fragmentos sobrantes de plexiglás.

Leonardo vio el edificio; mas estaba sin palabras para emitir una objeción: de cuatro pisos, techos inclinados, sin ventanas y tan blanco como una catedral, el muro trasero debía ser puro ladrillo… o quizá concreto impenetrable.

Los dos hombres de seguridad que venían tras el taxi destrozado vieron como éste se hundía entre enormes lienzos colgados de una puerta abierta. Lo que parecía un muro resultó ser sólo enormes telas colgadas. Allí debieron frenar, aunque no podían verlos porque el interior de la bodega era oscuro por completo. Conductor y acompañante sabían que podían estar metiéndose en una trampa, así que alistaron las mini uzi israelíes con cargadores completos, y dejaron el auto escurrirse lentamente por la puerta de acceso.

Lo que quedaba del taxi permanecía estacionado y echando humo. Sin puertas, ni vidrios, como un queso suizo de latón: perforado hasta la saciedad, y con un neumático convertido en jirones de caucho derretido. El sospechoso, o sospechosos, no estaban a la vista; quizá huyeron, o estaban ocultos tras las columnas del edificio, tan alto como un hangar, pero con las manchas de aceite y pintura propias de un taller mecánico. Un mezzanine en lo alto y una puerta cerrada; nada más, y para llegar a este había una larga escalera de caracol. ¿Dónde diablos estaban? Sincronizadamente cerraron las puertas del auto, y empezaron a caminar hacia los restos del BMW.

—¡Si daaaaannn un paaaaaso más los haré pedazos! —exclamó una voz desde lo alto. Dirigiendo las miradas al mezzanine ambos guardaespaldas vieron la figura de un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo a cuadros y gafas polarizadas. Lo terrible en él era la ametralladora M60 que sostenía en uno de sus musculosos brazos, mientras mantenía las balas enrolladas sobre la otra extremidad. Había surgido de repente.

—¡Tiren las aaaaarmaaass! —Volvió a gritar el coronel Matson en farsi. Luego jaló el gatillo y descargó una veintena de balas sobre el techo del Skoda para ratificar su orden.

Dudosos entre disparar o correr, aquellos dos sujetos estaban congelados. La M60 empezó a escupir fuego de nuevo y el bello auto último modelo empezó a descomponerse, como una fruta en el suelo, en segundos. El más joven arrojó la uzi y se puso de rodillas.

—¡Abdul! —le increpó el otro cuando el atronador ruido se fue extinguiendo, antes de ver a su espalda a un viejo de rostro rasguñado por el tiempo encañonándolo con un rifle Winchester de repetición.

—Mejor sigue su ejemplo, hermano —le dijo el viejo, no siendo el único ahora: de todos lados una horda de sujetos vestidos como maleantes le apuntaban con diversidad de armas: pistolas automáticas, escopetas de cañones recortados, rifles M-4 y sub ametralladoras Skorpion. Derrotado el tipo se agachó y puso su mini uzi en el suelo, justo antes de que el viejo le propinase un cachazo en la espalda.

Los maleantes empezaron a descargar patadas contra los dos guardaespaldas del difunto imán Estrella del Norte, hasta que el coronel, bajando por la escalera rápidamente, ordenó atarlos, amordazarlos y llevarlos a otro lado. Katz, saliendo de su escondite, pudo ver de cerca el rostro de su perseguidor, o lo quedaba de una cara desfigurada a golpes.

William daba vueltas en torno a su inerte taxi.

—Lo siento —dijo Leonardo acercándose— era bonito.

—Qué va… lo que vale es el motor, que todavía lo puedo sacar, y ponérselo a ese —dijo señalando el Skoda, que a pesar del castigo inflingido por la ametralladora, podía aún ser refaccionado y puesto a la venta—. Mirá qué belleza, ave María.

—¡William! —la voz de Dick Matson sobresaltó tanto al taxista como a Leonardo. Pero sí, ahí estaba, con sus brazos cruzados y su aspecto imponente. Los dos hombres se pusieron a conversar, aunque Katz no supo en qué idioma. Ahí fue cuando una descomunal mano se posó en su hombro: Jules le dio unas palmadas en la espalda y en el tono más familiar y amistoso preguntó “¿cerveza?” a lo que Leonardo, agotado por una de las tardes más agitadas de su vida, contestó afirmativamente moviendo la cabeza; luego siguió al francotirador al interior del desguasadero de autos robados.

Wednesday, March 12, 2008

Capítulo XXXIII. La Mezquita

Para esta ciudad, para este país, para este lado del planeta, las cosas no habían cambiado: el crimen de Franz Wessel había pasado desapercibido para la prensa. Por directrices tomadas directamente en el centro del poder iraní todo el asunto se manejaba entre la cancillería y la embajada alemana. El ministro de defensa, personalmente, llamaba directamente al embajador y de Berlín salían mensajes codificados en respuesta: Franz Wessel, su figura fantasmal, debía permanecer en las brumas.

Pero Amin Hedayat no entendía de eso. Atravesando las arterias congestionadas de la ciudad en plena hora punta, buscaba a los asesinos; ya fuera en las terrazas de los cafés, en las cabinas telefónicas, o colándose en las entradas del metro. No contaba con motivos personales cercanos: no había familiar muerto que necesitara vengar de los agentes extranjeros; sólo su certeza de la importancia de la seguridad en materia de inteligencia.

Hacía calor; el verano había alcanzado ese punto donde no tiene remedio. Si Amin manejaba sin rumbo, no era porque el verano hubiese trastornado su mente, sino porque el temor a que los asesinos hubiesen escapado se acrecentaba minuto a minuto. Tenía que encontrar la manera de hacer visible la amenaza para todo el Ministerio, o bien, en última instancia dirigirse al Presidente en persona.

Ignoraba que otro asesinato se estaba planeando en esos mismos momentos, en una calle que no podía ver, en una casa que ignoraba que existiera.

El rifle armado fue ajustado a la carrocería de un Volvo recién robado. Su color gris metalizado había pasado a ser negro, sus vidrios oscurecidos, y los rines cromados instalados por sus nuevos propietarios borraron cualquier vestigio de la antigua identidad del automóvil. Autos tan finos son extraños; se supone que pertenecen a cierta elite de Teherán, por tanto rara vez son revisados por la policía.

Leonardo no había visto el Volvo; en su vida podría verlo, pero este estaba tras una sencilla pared de yeso que separaba el vehículo del taller de trabajo donde los conspiradores planeaban su golpe. Si estaban ahora ahí era porque, treinta minutos antes, Irma había recibido una llamada de su amiga.

—Está confirmado —le dijo a Dick Matson que leía el periódico en uno de los cuartos del segundo piso—: estarán a medio día en la mezquita.

El coronel levantó momentáneamente sus ojos grises: “gracias”.

Motesakkeram… —contestó.

Suficientemente inteligente para saber en qué estaba metida, obvió las preguntas que le habrían surgido a cualquier otro ser humano de verse metido en el gradual proceso que apunta a la muerte de un desconocido. Estaba dispuesta a ir a cualquier extremo con tal de alcanzar su soñada Ciudad de la Luz.

—¿Qué debo hacer ahora? —Preguntó, aún en persa.

—Esperar. Esperar a Leonardo.

A unos metros del auto mencionado arriba, sobre una mesa de madera basta, suficientemente amplia como para hacer cualquier reparación encima de esta, pero lo suficientemente vieja como para no hacer parte del mobiliario general de la hostería, se extendió un mapa general de Teherán; ni una sola marca manchaba las delgadas líneas grises que dibujaban avenidas y manzanas. El coronel Matson extrajo de lo oculto un acetato de dos octavos; tenía algunas marcas en tinta roja y fue puesto, sobre el mapa, con milimétrica precisión.

—Todo este —dijo mientras Leonardo se inclinaba para ver mejor—, es el distrito de Amirieh; nuestra mezquita esta ahí. Te quedarás aquí en Allameh Majlesi; es una escuela, así que habrá mucho tránsito porque supongo que muchos estudiantes se mueven de un lado para el otro antes de que se llame para la oración.

—Okay.

—Caminas tres calles en esta dirección y encuentras la mezquita; es muy grande imposible no verla.

—Okay.

—El lugar… parece que fue bombardeado. No tengo la historia completa, sólo una estúpida guía turística que hasta ahora no me ha resuelto nada… Pero parece que fue construida durante el reinado del primer Pahlevi; no me extraña que se esté cayendo a pedazos. La administración de Ahmadinejad puso un enorme presupuesto para… —se detuvo y miró al agente secreto como descubriendo por primera vez que estaba presente—. El lugar es una ruina completa, pero tiene sólo una entrada que es por esta calle.

—¿No tenemos un mapa?

—No.

—Okay.

—Esta mezquita prácticamente no tiene techo. El anterior era una gran cúpula pero amenazaba con venirse abajo, así que la removieron, si lo que dice la guía esa es verdad. No hay ventanas y el muro del lado sur está siendo refaccionado, igual que los pilares.

Hubo una pausa: el coronel —Leo lo entendió así— medía cuánto podía decirle a su agente sin ponerlo a él o a sí mismo en peligro.

—Lo que quiero que hagas es que entres en el sitio, y esperes. Debes estar muy pendiente de ver entrar al imán o de hallarlo en el sitio. Son menos de cien metros cuadrados, pero concéntrate. Acércate tanto como puedas, pero no establezcas ningún contacto visual con él a menos que sea absolutamente inevitable. Lo que necesito es que lo señales.

—Cómo.

—Sólo tócalo. Una vez, pero despacio. Y mira: tienes que estar absolutamente seguro de que es el hombre correcto; no hay más que una oportunidad. ¿Entiendes, soldado?

—Sí.

—Repite tus órdenes.

—Entrar, localizar, señalar… y salir me imagino.

—…Hasta que termine la oración; antes no hagas nada o te meterás en un lío. Y al salir no corras, no huyas, sólo muévete sin parar hasta que alcances la salida. Si te siguen, ¿puedes perderlos?

—Eso creo.

—Sí o no. Tengo que estar seguro.

—Lo haré.

—Regresarás hasta esta calle, ¿correcto? Y sigues el tránsito hacía el este… a tu izquierda, hasta que alcances este parque. Sí esto de aquí es un parque, se llama Park-e Sharh. Alguien te recogerá. Ahora, si sientes que tienes una sombra tras de ti, dirígete de inmediato a una estación de autobuses que hay hacia el norte. Acá. Toma un bus hacía cualquier lado y bájate en algún lugar lo bastante lejos y lo bastante público como para poder encontrarnos sin riesgo. Entendido soldado.

—Entendido, señor.

—Jules te llevará hasta frente de la escuela. De ahí en adelante depende de ti.

—Sí, señor.

Trayendo al presente el recuerdo de Malcom Rivers y sus enseñanzas, Leonardo Katz procuró darse confianza; había sido entrenado, sabía cómo hacerlo; cómo actuar, desaparecer, hacerse uno con el ambiente. El coronel Matson también lo había instruido en ello, tiempo atrás, en calidad de instructor de una pequeña guerrilla urbana. Si esa era su universidad, la ciudad, cualquier metrópoli en el mundo, podría ser su territorio, su jungla, su montaña impenetrable para los hombres pero no para el tigre que conoce los recodos, las grutas y las cavidades de los árboles muertos, donde acecha, listo a lanzar su zarpa.

—¿Coronel?

Matson, obviamente, esperaba preguntas.

—¿De casualidad no tiene un par de anteojos sin aumento?

El wolskwagen de Jules lo arrojó casi frente a la escuela, donde Katz apreció la exactitud de las palabras de Dick Matson: los estudiantes salían en manadas, regándose por diversas puertas, ocupando esquinas, parando el tráfico y aumentando la sensación de caos inherente a la calle. Pululaba toda clase de gente a esa hora, y el barrio parecía de clase media, lo suficiente como para que Leonardo, con su camisa a rayas, sus pantalones grises y sus sandalias de cuero se sintiera como un pobre diablo, rodeado de chicos ataviados con lo mejor de la moda europea.

El perfil de la mezquita —una línea delgada que señalaba la presencia de un muro antiguo en la relativamente nueva calle— entró en el ángulo visual de Leo, y desde ese momento los altoparlantes empezaron su canto de llamado. Todo, con calor incluido, era confusión. A unos cien metros el agente se sintió menos solo: otros tantos jóvenes, no tan jóvenes, empleados de todas clases y viejos, se dirigían hacía la puerta de la mezquita. Andamios de hierro y redes azules de protección evidenciaban la presencia de las obras. Katz redujo la velocidad de sus pasos para mezclarse mejor con la gente. Llevaba unas gafas sin aumento que el coronel le había entregado al salir junto con el resto del atuendo que, por cierto, sentía demasiado grande para un joven tan escuálido como él. De seguro era ropa de Matson.

Intentó revisar matrículas, pero habían tantos autos aparcados junto a la acerca, tan cerca, increíblemente próximos, que olvidó el asunto y se coló con el resto de los visitantes por una puerta de arqueado marco.

Los muchachos holgazaneaban, apoyados en las paredes, y algunos hombres mayores leían. El templo, a diferencia de Occidente, seguía significando el sitio de reunión de la comunidad, y no un antro privado de un clero acaudalado. Pero tantos hombres pasando, o estáticos, en el pasillo sin luz, llenaron a Katz con la sensación de estarse sumergiendo en el agujero temporalmente abierto de un lago congelado: siendo niño su madre siempre lo prevenía de andar por los estanques congelados; aunque otros chicos patinaran allí, ella siempre le repetía que podía quebrarse el hielo, y que tras sumergirse, el agua volvería a congelarse impidiéndole salir, dejándolo atrapado para siempre.

Adentro parecía no caber un alma: hombres de todas las catalogaciones existentes en la sociedad multiétnica iraní estaban de pie o sentados en las centenares de alfombras tendidas en el suelo. Unos hablaban con otros, nadie parecía estar solo excepto el agente secreto con su misión terrorista a las espaldas. Era un cambio en el gran campo de batalla ideológico: si un alumno del fundamentalismo se colaba en un avión o un restaurante para detonar una bomba y matar a diez o trescientos civiles, en nombre de Alá, por qué no podría él ingresar en una mezquita y matar a una sola persona, en nombre de la democracia, la igualdad, las libertades y el resto del panfleto… Dejó las sandalias ordenadas junto al resto del centenar de zapatos en el pasillo, y se sumergió.

Matar… las órdenes del coronel sólo mencionaban que él debía señalar a su objetivo, lo que quería decir que lo estaban observando. Se tendió en el piso, cruzo sus piernas y se dedicó recorrer los muros con la vista: paredes descascaradas y largos pendones con frases en persa o árabe, vaya usted a saber. Y la pared sur, tanto como la que daba al este, hechas pedazos por lo que parecía la acción de un grupo de bombas. ¿Estragos de la guerra con Irak? Menos sabía sobre tal punto porque durante sus charlas el profesor James Al-Jezza éste no lo había mencionado.

Los andamios, sin hombres, seguían allí: y tras estos y los velos protectores contra la caída involuntaria de material, un edificio muy feo, color herrumbre con ventanas más negras que la noche estaba observándolo por una veintena de ojos.

—¿Sabe que estamos aquí? —Preguntó Julius, quien en ese momento tenía los prismáticos.

—No. Pero supongo que pudo llegar a deducirlo —respondió el coronel Matson quien seguía auscultando pieza a pieza el rifle de precisión.

—Espero que sea el único.

—Es un chico inteligente; hay muy pocos así.

De nuevo apuntó hacía el centro descubierto de la mezquita: Katz ya estaba de pie y caminaba con las manos en los bolsillos entre la muchedumbre congregada. No debía perderlo de vista, pero era realmente fácil seguirle el rastro: la camisa que el coronel le había entregado estaba cubierta de laca con isótopos de tritio; visto con el filtro de los prismáticos militares de amplio espectro, su cuello, espalda, brazos y el bolsillo del pecho brillaban con intensidad entre los grises asistentes al llamado del muecín.

Leonardo se apoyó en una columna mientras los hombres parecían ordenarse para iniciar la oración. Desde su perspectiva podría examinar rostros y ver a los recién llegados sin mayor esfuerzo. El maldito Dick tenía razón: era un chico listo.

El imán Estrella del Norte se destacó de inmediato ya que su estatura y delgada figura contrastaban con los tres tipejos de traje y cara de matones que lo rodeaban. Mierda… pensó Katz: uno de ellos estaba en la madraza el día en que conoció al imán. El turbante y la barba poblada, así como sus amables facciones de sabio eran tan reconocibles como el rostro elegante de Abraham Lincoln en los billetes de cinco.

Caminando por un extremo del salón, mientras los hombres ya se paraban alineados con los pies separados y las manos sobre sus antebrazos, Katz se fue acercando a su presa, quien ahora estaba solamente acompañado por un guardaespaldas flaco y muy joven. Logró encontrar un espacio, a menos de un metro del enorme radical musulmán, recordando que Osama Bin Laden también era un tipo muy alto, de similar contextura física, misma edad, e idénticos ojos.

Sobre un taburete de madera el francotirador apoyó el bípode de su rifle. Bajó el cañón para apuntarlo a las ventanas inexistentes de la mezquita, tras las cuales se descubrían docenas de espaldas, y asió el mango mientras empezaba a concentrarse en su respiración, a fin de disminuir el movimiento cardiaco.

El rifle de precisión Dragunov (SDV por sus siglas en ruso) de 7.62 milímetros es, junto al conocido Ak-47, uno de los fusiles más vendidos, modificado y adoptado por distintos gobiernos en todo el mundo. Es, a diferencia de los Winchester o Heckler & Kosh, mucho más pesado y sus proyectiles suelen ser devastadores. El modelo que tenía, en casi todos los sentidos, era similar al fusil Dragunov manufacturado por la industria armamentística iraní, excepto por el hecho de que el aquí mencionado había sido fabricado por Finlandia.

Estando en Fort Peary, a Julius le fue explicado —muy brevemente y de manera completamente teórica— la misión que tenía por delante y la necesidad de elegir el rifle indicado para el escenario. Los técnicos sabían que el SDV era el arma estándar usada por los francotiradores del ejército iraní, y conocían incluso qué modelo y con qué especificaciones era entregado a sus hombres. El problema técnico era hacer llegar a Matson y a Julius uno de estos, sin tener que robarlo de un arsenal —lo que habría sido una locura—, o sin tener que comprarlo en el mercado negro, acción que habría involucrado aún más a la Compañía. La solución más obvia fue la de comprar algo parecido por Internet, mandarlo a un agente encubierto en un piso franco y que este lo desarmara para mandarlo, pieza por pieza, escondido en computadores supuestamente donados por una ONG a los pobres chicos de las escuelas de Zanjan.

Siendo un experto en armamento europeo, Julius tomó el SDV finlandés y junto a un armero lo convirtieron en un Dragunov iraní. Las instrucciones de cómo y con qué fueron enviadas al agente en Helsinki por el mismo correo ordinario en que le llegó el rifle nuevo y con todos sus accesorios.

Ahora en Teherán, el último pasó de un proceso que comenzó al norte de Europa llegó cuando Dick tuvo listo el cargador de seis proyectiles, igualmente modificados.

Cada misión tiene sus necesidades, las cuales, si no son satisfechas, redundarán en el fracaso. Si Dick llegó a ser teniente coronel es porque entendía esto, por tanto no tomó ninguna decisión absoluta hasta no tener un panorama completamente claro de las circunstancias en las que se hallaría el imán. Dispararle con un rifle tan pesado y potente como el SDV llevaría a dos cosas: una, que la presión de la cavidad craneana no soportaría la fragmentación del proyectil y provocarían que la cabeza se le reventara al tipo, llevando al asunto a convertirse en un espantoso espectáculo de diminutas bolitas de materia gris proyectadas en todos los sentidos, o dos, que la punta afilada cruzaría hueso y sesos con suficiente potencia como para matar a otro par de desdichados. Y no queriendo ni una cosa ni la otra, Matson cambió las balas de plomo por cuerpos de acero completamente romos, tan pesados, que al expandirse, por acción de su propia temperatura, no podrían salir de la cabeza de la víctima. Aunque si bien había que contemplar que tanta fuerza proyectada hacia un solo punto provocaría que los ojos se le salieran de las cuencas al imán y que su paladar se partiera en dos, eso era preferible a un volcán de sangre que complicase la salida de su agente.

El plan, tendido en los minutos posteriores a la confirmación de Irma sobre la presencia de Estrella del Norte en la mezquita, no tenía fisuras aparentes. Aunque nunca se sabe.

—Ciento once metros, diez grados —dijo Dick ahora actuando como marcador; su resolución a expresarse en metros y no yardas era porque conocía la torpeza de Julius fuera del sistema métrico decimal. La retícula graduada del SDV permite que el tirador corrija cualquier desviación que cause el retroceso, pero es de vital importancia, en un tiro como este, conocer factores como viento e inclinación.

—Tengo al cascabel en la mira —afirmó Julius. Leonardo era el cascabel.

En mitad del círculo, dentro de las líneas convergentes de la mira, la escueta figura del escritor se mostraba inocente a todo, hasta que levantó la mano derecha y tocó el hombro de un hombre delgado y larguirucho con un turbante gris y blanco en la cabeza.

—¡Lo tenemos! —Exclamaron los mercenarios. De inmediato Julius aplicó sus dedos al botón graduador de la mira PSO y dejó el eje de la cruz sobre el parietal de la víctima. Entonces los hombres al unísono se inclinaron hacía Alá.

—¿Dick?

Con un gruñido Matson respondió: estaba concentrado en medir la distancia y la dirección del viento.

—¿Sabes cuál es la reacción de una cabeza humana cuando es golpeada por un bate de acero directamente, digamos, por un jugador de las Grandes Ligas?

Los ojos de ambos hombres se encontraron.

—Bueno —el coronel regresó a sus prismáticos— espero que este bateador tenga el brazo un poco lesionado.

Por tercera vez los hombres de la mezquita se pusieron en pie para repetir la oración; sus brazos estaban uno sobre otro y miraban al suelo, por lo que no podían ver al propio Leo, pendiente de cada movimiento, tratando de imitar a los musulmanes que lo rodeaban. Hasta ahora iba bastante bien para ser un ateo.

De rodillas; frente y nariz pegadas a la alfombra. Los hombres oraban, Leo, a su forma, también:

Busco refugio y protección en el Conocimiento, de la estupidez y la ignorancia.

En el nombre de la Democracia, y la Ilustración

Ellas son la Libertad, única.

La Libertad eterna.

Que ha engendrado la Civilización, y engendrará Justicia.

Por encima de todo.

Ahora los fieles y el kafur estaban sentados con las piernas cruzadas en profunda oración. Leonardo se sentía increíblemente ligero, relajado, casi en un trance de pacífica espiritualidad. Pero el imán seguía ahí con vida.

Los hombres miraron a la derecha: “hago lo que hago por que es lo correcto; soy un patriota y odio a los terroristas como este hijo de puta que está frente a mí”, pensó Katz. Luego los hombres giraron sus cabezas a la izquierda: “mentira: lo haces por dinero, y por poder: toda misión que terminas, todo hombre que matas, te pone un paso más adelante en la escala evolutiva, ¿verdad?” Horrorizado de sus propias palabras el corazón le dio un vuelco, en el preciso instante en que todos los fieles se inclinaban de nuevo hacía la Meca el Arcángel San Gabriel soplaba su cabeza.

Mierda. Pero no fue un soplo, sino el aire viciado de un lugar sagrado cortado por una bala de acero volando a una velocidad fantástica. Y alguien conectó un home-run.

Al ver hacia adelante notó que el imán, a diferencia de los demás, no estaba postrado, sino tumbado sobre su cabeza y hombros con tanta vida como una muñeca de trapo abandonada en una calle vacía. Tras un segundo más, el peso de los hombros se venció contra el costado derecho y quedó allí tendido el cuerpo de guía religioso con la lengua escurrida entre sus dientes amarillos.

La visión duró menos de un segundo: todo el mundo se empezó a poner de pie y él tuvo que hacer lo mismo. En un instante el cadáver se voló del plano de la realidad de Leo Katz y éste empezó a caminar de espaldas, notando que los fieles tomaban toda clase de caminos y empezaban a despedirse unos de otros, mirando en todas direcciones, hablando en toda clase de registros, excepto uno que empezó a gemir, y luego a gritar… Las voces de alarma empezaron a correr, mientras los curiosos fueron cerrando el cerco en medio de la mezquita. Katz tomó aire, encontró el anhelado rectángulo negro de la salida, y se mandó a grandes zancadas hacía una seguridad que no estaba del todo convencido de si aún existía.

La superficie de este lago le pareció ahora un duro cristal.