Tuesday, May 27, 2008

Capítulo XXXVII. El laboratorio.

Desde la recortada perspectiva de su ventana, Leonardo Katz tenía una vista estrecha de la avenida. Las ambulancias corrían desde temprano en la mañana —entre sueños creyó escuchar una que se repetía decenas de veces—; mezcladas con las patrullas de policía, bomberos, y rescatistas. La explosión no pudo escucharla, aunque resonó a lo lejos confundiéndose con los ritmos normales del tráfico pesado. Katz, simplemente, ignoraba lo pronto que se emplearían las latas de leche.

Intentó reanudar su sueño; ignoraba qué horas eran, pero realmente no tenía nada qué hacer, salvo esperar. Entonces, mirando el techo y la espartana decoración del apartamento amoblado, trató de pensar en Erica. Nada de lo que había hecho en aquella misión le había enseñado mayor cosa que pudiese serle útil a un intento de acercamiento. Su objetivo, encontrar al imán, fue fruto de una simple coincidencia; algo que no daría ni para ponerlo en una película barata. El asesinato de aquel tipo tampoco fue obra suya: lo enviaron a “marcar el paquete” y salir, cosa que además salió mal, considerando la lluvia de balas en la que se vio envuelto. Si no hubiese sido por la astucia al volante del taxista colombiano, ahora mismo estaría en una sala de interrogatorios, o en la propia morgue.

Plantearse un problema teórico sigue siendo la mejor forma de escapar, al menos sicológicamente, de un problema real. Katz no quería aceptar que tenía miedo de quedarse atrapado en Teherán. Ahora estaba involucrado en tres crímenes distintos, y no habría abogado en el mundo islámico que lo sacara del hoyo donde lo enterrarían vivo; James Al-Jezza nunca le dijo si había horca para los espías en Irán.

Intentó concentrarse de nuevo en la chica; era difícil, con todo el ruido de las sirenas cruzando entre los otros autos, raudos por llegar a levantar cuerpos mutilados. No, Erica es lo importante ahora, se dijo reafirmándose en la cama. Miró la puerta, imaginó que pasaría si ella entrara de repente, con su falda recortada, su camisa blanca y sus labios humectados y seductores resplandeciendo. ¿Tenía cerrojo la puerta? Tal vez no. La policía podría entrar en cualquier momento y apuntarle con una pistola; estaba medio vestir y resultaría difícil que un escuálido tipo como él se enfrentase a un rollizo y musculoso oficial de policía. ¡Mierda! Erica… ni siquiera podía recordar la forma de sus ojos, o el tono de su voz; algo, cualquier cosa.

Cerró los ojos, se cubrió con la sábana tibia y trató de pensar en cualquier mujer.

Mientras el agente secreto se masturbaba, el subdirector de contrainteligencia sentía una violenta patada en el estómago acompañando su desayuno: el noticiero mostraba, desde el límite impuesto por el cordón policial, los pisos superiores de la residencia militar hecha trizas unas horas antes. Amin no solo conocía el sitio, había vivido en él casi una década atrás, y podía recordar en una centésima de segundo sus refrigeradores pequeños, las sábanas grises, la ducha estrecha y los jabones olorosos a sustancias industriales. Esos edificios vivían atiborrados de oficiales; hasta tres podían compartir uno de esos estrechos espacios; ¿cómo entonces afirmaba el periodista que no había habido una sola baja en todo el lugar? Hablaban de una docena de heridos —unos en estado crítico—, pero ni un solo muerto.

El dolor en la boca del estómago no lo causaban los rollos de canela que venía comiendo cada mañana desde su divorcio, sino que este extraño ataque a una residencia militar, sin muertos, podía estar directamente relacionado con la muerte del alemán y la muerte del clérigo. ¿Cómo? No sabía, pero tenía que averiguarlo; en la ciudad rara vez pasaban tantas cosas seguidas como ahora.

Saltando de peldaño en peldaño y rebuscándose las llaves del auto en un bolsillo, Hedayat procuraba encontrar en la memoria de su celular el teléfono del detective de homicidios. Dio con él ya montado en el coche; marcó y de inmediato recibió respuesta: no, no se encontraba aún en la escena, puesto que no habían encontrado cadáveres en el lugar de los hechos. ¿Conocía a alguien tuviera que estar en la investigación? Naturalmente: Saeed Avini-Ara; un científico, el mejor hombre en materia de explosivos; aunque, advirtió el detective Fanizadeh, podía ser algo difícil tratar con él: tenía sesenta y cinco años.

Media hora más tarde, tras sortear un tráfico endemoniado, llegó hasta el viejo investigador.

Con premura, distintos departamentos de investigación habían instalado campamentos alrededor del edificio volado. Hedayat quedó mudo al acercarse: los dos extremos de la torre se mantenían; hechas añicos por supuesto. Lo que vendría a ser la mitad no existía en forma alguna: el cielo, las montañas y la cúpula de una mezquita podían verse claramente. No había humo, ni fuego, y el aire era dulce, pegajoso.

—Póngase esto —le dijo un hombre vestido con un traje anticontaminante blanco, ofreciéndole una máscara antigas—. Es mejor que si va a estar por aquí se proteja.

Ofendido por el susto que se había dado, el subdirector tomó la máscara y preguntó por Avini-Ara. El tipo de blanco le señaló un vagón de remolque con el escudo de la policía

metropolitana. Dentro, los tres hombres vestían los mismos trajes anticontaminantes, pero no llevaban máscaras. Amin reconoció a Saeed de inmediato: piel blanca rojiza, medio calvo, enormes gafas de marco y una postura muy propia de un profesor, con una taza siempre al pie de los labios mientras hablaba. Cuando los tres hombres se percataron de la presencia del detective este mostró su identificación, inteligentemente los dos ayudantes del investigador principal se marcharon.

—Creo que aún no se les ha comunicado nada —afirmó Saeed y sorbió ruidosamente su café.

—Cree que es recomendable consumir algo en un ambiente tan tóxico —replicó Amin tratando de zafarse de los asuntos de procedimiento legal.

—A mi edad lo que no mata me hace más fuerte —sorbió ruidosamente de nuevo—; ¡por Alá que así es!

—¿Qué han encontrado?

—Se le pasará un informe a su debido tiempo.

—Mi querido colega investigador —dijo Hedayat acercándose enseñando las palmas de las manos, lo que pretendía mostrar que venía en forma de humilde siervo de Dios a pedir un favor a un hermano—: en mi departamento investigamos algo de trascendencia nacional. Creemos que aquí puede haber una pista; necesitamos que nos pase cualquier dato fuera de lo ordinario que encuentren.

El viejo dejó la taza a un lado y se irguió completamente; aunque era más bajo que Amin, sus ojos semitraslúcidos le daban un aspecto inquietante:

—¿Fuera de lo común? ¿Tiene usted idea de lo que son esta clase de investigaciones? ¿O lo que es realmente una bomba?

Amin tenía que aceptar que, a parte de algunas nociones básicas, no sabía nada de explosivos. Su campo de acción en el Ejército había sido otro.

—Lo que sea —dijo, casi como una súplica. El viejo se reclinó de nuevo sobre la mesa, y lo miraba con una sonrisa de triunfo; de seguro ya lo fastidiaban bastante sus superiores para que además viniese un cazador de topos a cuestionarlo.

—Los primeros en llegar fueron los de antiexplosivos. Bien; son cuidadosos, y trajeron con ellos un perro, no muy grande… no sé de qué clase, yo tengo peces, y el animal pasados los quince minutos empezó a toser. Lo sacaron de inmediato, pero me acaban de confirmar que está muerto. Trajimos contadores de radioactividad, pero nada. Sin embargo —y dicho esto le dio la espalda dirigiéndose al extremo del vagón—, mire: ¿ve esta opacidad en el borde de la ventana? No es suciedad; el aire está lleno de esto.

—Qué es, ¿mercurio?

—Mercurio, acetona, níquel, estaño, cromo… tenemos hasta ahora una lista de treinta cosas distintas, la mayoría metales y carburantes —miró la ventana y el caos de fragmentos de múltiple origen marcados con triángulos rojos—. Llevo cuarenta años estudiando explosivos. He ido a cuanta convención en la materia se desarrolla en el globo, y nunca, nunca en la vida había visto algo… excepto por la artillería.

—¿Artillería? Sé algo de artillería.

—Los proyectiles de mortero que desarrollaba la industria norcoreana y china fueron por un tiempo objeto de sanciones. Ellos venden armas a muchos países, pero sus proyectiles de mortero y obuses recibieron una sanción hace… cinco años, seis años. En Japón, sí, seis años, en Japón escuché la noticia: hasta residuos de excrementos humanos fueron encontrados en la composición de las granadas de mortero. Luego dijeron que no era intencional, que las nuevas factorías de material bélico… no, no, no, espere; Corea del Norte no, fue la China, sí. Montaron nuevas plantas al oeste del país, pero no las construyeron, simplemente tomaron procesadoras de hidrocarburos y las transformaron en factorías de explosivos y misiles.

“En todo el mundo el tráfico de explosivos está en un nivel de control especial, por decirlo de alguna manera: hay acuerdos que, por ejemplo, buscan asegurar que el plástico tenga un olor definido para que los perros de las aduanas puedan detectarlos, y así; lo que se busca evitar es el terrorismo. Ahora bien, más allá de eso existen los convenios sobre el llamado daño a un tercero: un parágrafo especial que debe proteger a los civiles del envenenamiento producto de los residuos explosivos en las áreas de combate. Los americanos, quienes por supuesto han hecho caso omiso a esos acuerdos por años, descubrieron el daño que el uso de explosivos venenosos puede causar en las tropas de ocupación; lo vieron tras la guerra del 91: Síndrome del Golfo, lo llamaron. Según sus políticos era por las armas de Hussein, lo cierto es que eran los residuos de uranio empobrecido de sus propias armas, lo que estaba envenenando a esos hombres.

—¿Finalmente qué me insinúa usted? ¿Armas americanas o armas chinas?

—China, me temo. Fabrican un explosivo lleno de residuos metálicos, tan pequeños que una vez detonado el artefacto quedan en suspensión en el ambiente y envenenan el agua; como no pueden venderlo en el mercado abierto lo entregan por un cifra menor a los traficantes de armas que tienen las rutas comerciales y los contactos para ponerlos en países olvidados donde se luchan guerras atroces.

Hedayat permaneció mudo mirando al docto profesor un buen rato…

—¿Se siente bien, hermano? Dijo Saeed cuando se cansó de esa perturbadora expresión en el rostro del subdirector de inteligencia. Como no respondió de inmediato Avini-ara se giró rápidamente hasta un armario y sacó una jeringa la cual clavó en una ampolleta con la agilidad de una enfermera veterana. Amin se percató del hecho y agitó rápidamente la mano para llamar la atención de Saeed:

—¡Déjelo, no me pasa nada! —Y se sentó en un banco diminuto junto a una de las paredes laterales del remolque— ¿Tendría un poco de agua? Lo siento, es un ligero mareo, ha de ser por el olor a quemado.

—Lo lamento, no se puede beber agua aquí, podría ser mortal. Si no se siente bien le recomiendo que salga; es lo mejor.

Hedayat se incorporó, y tras ponerse la máscara, pidió el número de teléfono celular al doctor Saeed y abandono el escenario de los estallidos. Aceleró en su auto de regreso a casa; corrió por la escalera, se desvistió frenéticamente y se metió en la ducha abriendo el grifo a máxima presión con agua hirviente. Allí estuvo unos once minutos, durante los cuales, con los ojos cerrados, intentaba borrar la escena de los hechos, los olores, el humo y los recuerdos del pasado. Tras secar su piel escocida con una toalla nueva se tendió en la cama.

Estados Unidos – Irak – uranio – artillería – Saddam. En su momento, el sargento Hedayat, adscrito a la rama de inteligencia militar, solo tenía un miedo que le impedía dormir en su campamento a la luz de las estrellas del desierto: las armas químicas que empleaba el dictador de Irak contra sus posiciones y los kurdos al norte. Temía envenenarse, ya que recibir un disparo, donde fuera, o perder un miembro, eran cosas con las que podría lidiar y vivir, aunque malamente, durante el resto de sus días; mas sentir que diminutos corpúsculos invadían su sangre, su piel, sus huesos, sus ojos, su cerebro; quemando, arrasando, como una caballería impetuosa o en forma de una lenta incursión. Algo para quitar el sueño.

El temor se volvió odio cuando, a siete años de terminado el conflicto, su hijo, Aria, murió al tercer mes de vida, sin que los médicos pudieran explicar qué lo había matado. Se sintió culpable, hizo que su esposa lo viera como culpable, y por ello ahora vivía solo; ¿qué sería de él si Aria fuese ahora un adolescente, feliz, hermoso, saludable? Su esposa no se habría ido, no habría cometido el error de juntarse con esa otra mujer que llegó después; hubiese de seguro tomado el puesto de asesor psicológico en la pequeña empresa de frascos de su primo, que ahora exportaba a diecisiete países, y tenía una oficina en Roma y otra en Londres. Tendría una casa, seguro, dos autos; y no solo Aria, claro, porque también deseó tener una hija, una niña de ojos tan grandes y negros como su madre. Tampoco estaría en el problema que estaba ahora ¿no?

Saltó de la cama y tomó prendas limpias del armario para vestirse. Tendría que quemar la ropa que llevó a la base, no era seguro usarla, ni aunque la lavase un centenar de veces.

Regresó al auto, con hambre, pero incapaz de comer. Las palabras del experto en explosivos le quemaban la mente en peor manera que la insinuación de una mujer bonita: los traficantes de armas. Los hombres como Franz Wessel, siempre violando las leyes montados en un reactor privado. Uno de los mayores crímenes de Occidente era haber engendrado a los vividores de la guerra. Si dos pueblos deben luchar, hay en ello cierto honor; mas nunca lo habrá en quienes avivan las llamas para hacerse con el botín. Pero a parte de sus propios odios, Hedayat tenía que poner en orden el rompecabezas, como siempre, ignorando las piezas faltantes: Wessel temía por su vida; juraba ser objeto de seguimiento por parte de extranjeros —¿quiénes?—; luego aparece asesinado, ¡y de qué forma!: ejecutado a sangre fría junto a otros miembros de su personal. Pasan los días, muere un imán: otro disparo de milimétrica precisión, y sus inidentificables guardaespaldas igualmente liquidados. ¿Mismos hombres, mismos métodos? Posiblemente. Ahora vuela en pedazos una instalación militar —de nulo valor táctico, pero enorme valor psicológico— con un explosivo que no se podía comprar en el mercado y que difícilmente hubiese podio haber sido introducido al país por aquellos terroristas. El único que podía era el alemán; ¿o acaso quién, sino un hombre de recursos múltiples como él, podía transportar de un punto a otro material bélico no registrado como arsenal de nación alguna?

Tocó momentáneamente la llave ya puesta —nunca la retiró— en el encendido; regresó su mano derecha al volante y mordió el mismo con los dientes mientras miraba el reflejo de sus propios ojos, traslúcidos, sobre los ladrillos rojos de la pared. Las mandíbulas presionaban intensificando los gestos faciales:

“El Gobierno, su gobierno…” pensaba él “no…” Podía el Estado, o alguno de esos organismos secretos que operaban al amparo de una ley secreta expedida por el Consejo Supremo, haberse encargado del alemán, del guía, ¿incluso de la explosión? El arma encontrada en el edificio desde donde se disparó al imán —pieza que olvidó poner en su puzzle mental— pertenecía al Ejército, pero cuando se reportó al forense se presentó como un arma distinta, con lo cual se podría pensar que alguien quería encubrir este hecho.

Y ahora que lo pensaba bien, ¿por qué la prensa europea no había cubierto, ni mencionado siquiera, la muerte de un alemán en territorio iraní? Una cosa es un infarto en un balneario, pero ser asesinado en un barrio de clase baja es otra cosa. Pero ni una nota, ni un comentario… ¿qué hacía Franz Wessel para el estado que fuese tan secreto como para tapar con tierra su propio deceso?

Soltó el volante y tomó el teléfono móvil.

El director contrainteligencia contestó pesadamente tras varios accesos de tos.

—Diga, lo escucho.

—Señor, ¿puede recibirme en una hora?

—Eso debe hablarlo con mi asistente; tengo tres citas en las siguientes dos horas.

—Entonces podría brindarme diez minutos de su tiempo, antes de abandonar su despacho, para hablar.

—¿Sobre qué?

—Le presentaré un informe.

—¿Por qué tantos misterios?

—…

—Entiendo… no me lo va a decir por teléfono. Cinco en punto, Hedayat.

—Alá sea con usted.

El director cortó la comunicación, pero Amin tenía lo que necesitaba. Se entrevistaría con el director y le expondría su teoría en un informe razonable y bien redactado. Los acontecimientos de los últimos días, la presencia de agentes extranjeros, la desaparición de los sujetos sometidos a vigilancia, y las oscuras prácticas que se estaban realizando alrededor de las investigaciones criminales, sólo dejaban un camino para esclarecer los hechos: una investigación profunda que ascendiese por los peldaños del poder, revelase la identidad y acciones de Franz Wessel, el origen del rifle de francotirador empleado en el asesinato del imán, así como la identidad de este.

Llegó pasadas las tres de la tarde a la oficina, se negó a prestarle atención a los recados dejados en la contestadora, preparó té, encendió la computadora y empezó a teclear, sabiendo que tenía menos de una hora para presentar un informe de sus actividades de los últimos seis días.

Terminando su labor a las cuatro y cincuenta, a las cinco en punto estaba en la puerta de la oficina del director; dos oficiales de inteligencia naval salían de allí; no los conocía y se limitó a saludar con la palma de la mano. Entró y el director, previsiblemente, se estaba poniendo la chaqueta. Amin arrojó la carpeta con el informe sobre el escritorio para llamar la atención.

—Esto tiene que ir un grado más arriba —dijo Hedayat, sin preámbulos, como si estuviesen en medio, o al final, de una larga discusión.

—¿Qué cosa? —Pero el director estaba más concentrado en limpiar el sudor de su ancho cuello.

—Necesito que se reúna el Comité —entonces el director lo miró detenidamente—; necesito que se reúnan y presentar ante ellos una solicitud para llevar mi investigación dentro del Ministerio de Defensa.

El director arrojó el pañuelo untado de transpiración sobre la carpeta del informe.

—¿Pero qué tornillo se le ha soltado? ¿Sabe lo que está diciendo? ¿Sabe que está hablando de una conspiración? ¿Sabe que puede perder su puesto? ¿Sabe que puede perder su libertad?

Sin amedrentarse, Amin metió sus manos en los bolsillos y miró el húmedo pañuelo azul.

—Tengo todo para sustentar esta solicitud. Tengo todo —porque yo no me quedo quieto— para darle a entender al Comité que estamos bajo la posibilidad de una enorme filtración o un caso de corrupción como no se ha visto nunca en este país. Alguien, alguien, señor director, habrá de escucharme si usted hace caso omiso a este memorando. Si tengo que ir con el Presidente lo haré, si tengo que ir con el Líder Supremo ¡lo haré!

Y se retiró decididamente en dirección a su despacho. Al girar al final del corredor no pudo evitar su curiosidad por ver el rostro consternado del director; este había puesto sus enormes posaderas en el escritorio y sostenía el teléfono en oído derecho, mirando de reojo la puerta, esperando, al parecer, que Amin terminara de largarse.

Sunday, May 11, 2008

Capítulo XXXVI. El Nido

Las labores, que habían comenzado la misma noche del homicidio del imán, iban por la mitad de la agenda. Cuatro hombres estaban encargados de llevarlas a cabo: Dick, Julius, Leonardo y William. Del subsuelo del restaurante fueron extrayendo, una a una, con casi teatral precaución, cajas de plástico, pálido azul médico, cada una con un peso similar a libra y media. El contenido de éstas se removía perezosamente en el interior; aquello era un líquido espeso, consideró Katz, mientras la sustancia iba de un punto a otro de su empaque sobre las manos curiosas del joven. Antes de empezar la extracción, el coronel Matson le explicó a William y a Leonardo sobre las precauciones alrededor de la manipulación de la “sustancia”, como optó por llamarla Dick: mantenerlo lejos de la cara; emplear ambas manos para mover cada empaque, y, sobre todo y por encima de cualquier otra cosa, mantener el producto lejos de cualquier forma de corriente eléctrica, vibración u onda de baja frecuencia; eso último explica porqué una profunda fosa de aguas estancadas había albergado los explosivos durante los últimos días: el mero empleo de un teléfono celular habría podido poner al restaurante de comida típica de William a volar por los cielos.

Trasladaron todo a la mesa auxiliar de la cocina suiza. Allí esperaban ya dos cajas, cerradas, que tras ser retirados sus sellos revelaron contener 24 latas de leche en polvo para niños, de origen danés o algo parecido, ya que Leonardo no era muy bueno con los idiomas nórdicos que siempre confundía. En la foto una madre rubia sostenía a su niño, rodeados por un cinturón imaginario de vitaminas y minerales expresados en letras de colores. Las latas estaban llenas.

—Aquí —señaló el coronel, mostrándole un cubo de plástico rojo con capacidad para unos ocho litros de agua. Ahí fue el contenido de la primera lata; Katz se esmeró en extraer hasta la última partícula de leche deshidratada, pero el coronel, con su mano y un gesto le ordenó que se apresurase y siguiera con otra.

El proceso se hizo mecánico y rutinario tras terminar la primera caja. Yendo por la mitad de la segunda Katz estaba hastiado, con leche hasta en las fosas nasales, sus dedos magullados de abrir latas y sus riñones quejándose por permanecer tanto tiempo en el frío suelo. Al vaciar la última quiso ver lo que los adultos hacían: cautelosamente los tres hombres tomaban las latas vacías, vertían el espeso caldo púrpura en estas y procedían a sellarlas, no solo fijando a conciencia sus tapas ajustables, sino aplicando silicona en todo el borde.

Leonardo ofreció su ayuda; Julius lo miró y negó con la cabeza, susurrando “está bien”. Katz, entonces, sin nada mejor que hacer, se dedicó por espacio de veinte minutos a ver a esos tres hombres ocuparse de latas y líquidos, como niños jugando a la cocina. Era un asunto extraño, y fue lo mejor sin duda quedarse la margen: en México, siguiendo las instrucciones de Dick Matson, había ensamblado explosivos; resultaba algo tan sencillo una vez se conoce las bases del procedimiento… menos mal ni en Colombia ni en los Estados Unidos la gente tiene por práctica el manejo de explosivos. Los hay claro, pero cuando dos personas de escasa materia gris quieren solucionar una disputa se van por las automáticas o los cuchillos; cosas muy del hombre si se le mira bien. Los explosivos son distintos: van más allá del hombre. Es la fuerza de la naturaleza, condensada y aplicada desde un solo punto; gas en expansión, el puño de Dios hecho burbuja, imparable e instantáneo que crece sin conocer de puertas o ventanas, sino que todo lo barre.

Luego, cuando se conoce la teoría, uno tiene un poco del árbol del conocimiento plantado en su jardín mental. Puedes hacer una pequeña bomba y volar el casillero de ese hijo de puta que te empujó en el baile y te robó a tu novia. O hacer un explosivo, tan complejo y poderoso, como para hacerle saber al resto del mundo tu nombre. Eso es una bomba: un grito de la conciencia, de un pueblo, de una cultura. En Hiroshima, por ejemplo, la nación le hizo saber a los soviets: “¡deteneos! Tokio no será otro Berlín”.

Hay un secreto placer en las armas, y más en los explosivos, que recorre la mente masculina, que a diferencia de lo que piensan las mujeres no es una mente animal e instintiva, sino matemática, artística, precisa. Los grandes en todos los campos fueron, hombres, sí, pero además matemáticos; empíricos o profesionales. Véase a Napoleón controlando hombres, mapas y distancias mediante números; o a Pelé, controlando hombres, distancias y al balón, figura de perfecta redondez, cuya naturaleza no es extraña a quien tiene algo de Física en la cabeza.

Cuando el hombre no entiende algo lo considera brujería; ya estemos hablando de lo que hace el chamán de la pradera, el médico especialista, el mecánico que siempre encuentra el daño, o las modernas tecnologías, que siempre van un paso más delante de nuestra comprensión. Para Leo Katz aquello era brujería: no estaban manejando explosivo plástico, desde el punto de vista en que él entendía la composición de los mismos; sino un líquido, quizá inflamable al mínimo roce, que encerrado funerariamente entre latas de leche en polvo noruegas se dirigía a poner la ciudad de Teherán patas arriba. A romper el orden conocido, la quietud de esta ciudad eterna, para que se escuche el grito de los que no toleran del todo el estado de las cosas.

Terminado este tedioso proceso, de llenar las pequeñas latas —cada una de unos quince centímetros de alto—, se dio paso a empacar el producto con miras a su destinatario final: una veintena de viejos teléfonos celulares, de pantallas sin color, anchos y con la pintura de sus carcasas desgastada ahí donde la mano de su usuario se posó mil veces, fueron dispuestos sobre la mesa. El coronel llamó a Leonardo con la mano:

—Muy bien —le dijo también a Julius y a William—. Les mostraré cómo hacerlo, así que háganlo como yo lo explico, de lo contrario…

Si no se sigue cada paso del proceso, el proceso en sí carecerá de sentido” repitió mentalmente Katz. Aquel tipo era realmente un maestro, alguien que enseña algo útil.

No era realmente complicado, se tomaba la lata de leche y se le ponía el elástico; se tomaba otra y se ajustaba a la primera, asegurándose que el elástico quedara paralelo entre ambas. Se seguía así hasta dar cabida a seis tarros de leche; entonces, en medio de ellos se debía buscar espacio para insertar uno de estos teléfonos móviles, con la parte superior de los mismos apuntando hacia arriba, en forma tal que su antena no pudiese quedar bloqueada por metal alguno.

Con ambas manos, cada hombre tomó su colección de latas, las transportó al suelo, donde decenas de hojas de periódico estaban abiertas, y con ayuda de pintura negra en aerosol, cubrieron las posibles huellas que hubiese entre las latas, la goma elástica y el teléfono móvil.

Los terroristas destaparon cervezas, bebieron y meditaron.

La última fase del procedimiento consistió en traer del cuarto de lavado los bolsos de viaje. Estos eran deportivos, de diseño sencillo y color azul apagado. En cada uno iban metiendo un juego de explosivos con su detonador celular en medio. Con los diarios manchados de pintura negra y marcas de suelas de zapatos, fueron rellenados los espacios vacíos del maletín, de tal forma, que al cerrarlos estos quedaron tan abultados cual si estuviesen llenos de ropa u otros artículos.

Entre los cuatro llevaron todo al callejón trasero, alguien vendría por ello, pero Leonardo no pudo verlo, ya que en opinión del coronel era mejor que se quedase oculto. De esa manera vio Katz partir las oscuras bolsas cargadas de suficiente explosivo incendiario como para revivir el sueño de Nerón. Se quedó en el pasillo a oscuras —empezaba a caer la tarde— y el olor a condimentos y gas lo tenía mareado, pero todos sus deseos de salir estaban circunscritos a las ordenes de su jefe, el coronel Matson. Tal vez por eso se sentía tan en paz y tan seguro: no era un comando, un elemento ejecutando un golpe tras las líneas enemigas, sino un soldado con un superior al que se le podía mirar a los ojos y pedir seguridad, apoyo moral, y una vía de escape. “Los buenos comandantes” se dijo “no solo llevan a sus hombres a la guerra; también los traen de vuelta a casa”.

Los bolsos deportivos fueron de hecho separados entre un grupo de motociclistas vestidos de negro. Eran hombres en contacto con la célula de William, listos a seguir cualquier orden que llegase —a la hora del día que fuera— a sus teléfonos móviles en forma de mensajes de negocios. Frente al teatro Setare, muy concurrido a esa hora —5.30pm—, unas calles al oeste del restaurante, fueron entregadas estas maletas desde una camioneta gris sin distintivos. Como cada uno de los operadores en moto tenía unas instrucciones previas, fue esta una veloz operación en la que no se enunció palabra alguna. Todos aceleraron hacia los cuatro puntos cardinales con sus letales cargas, sin haber mostrado el rostro o sin haber reconocido cara alguna en el encuentro relámpago.

Uno de estos siguió hacia el oeste; se introdujo entre los barrios a toda velocidad, para salir a unos dos kilómetros al norte, unirse al lento tránsito de la hora punta hasta encontrar otra arteria por la cual seguir hacia el donde se ocultaba el sol, a lo lejos, entre los altos edificios empresariales del centro de la ciudad, llegando una hora y media más tarde hacia su objetivo.

La base contaba con kilómetros y kilómetros de alambre de espino, altas rejas, cámaras infrarrojas, guardianes en cada esquina y unos cuantos perros de olfato muy desarrollado, no tantos como hubiese deseado el general en jefe de la base, pero aceptaba que los cánidos no eran animales muy apreciados dentro de la sociedad musulmana, y que por tanto algunos de sus oficiales no estarían muy cómodos con su presencia. El gran vallado protegía la enorme base militar del occidente de Teherán, la más grande en cuanto a medidas del país, donde se albergaban más de ochenta mil hombres; casi un tercio de la fuerza de infantería total de la República.

El complejo contaba con todo; desde modernas instalaciones habitacionales para la oficialidad, hasta una sala de cine, pasando por extensas piscinas de medidas olímpicas, y una sala de conferencias para catorce mil personas, lugar donde el Presidente solía dar sus discursos. Desde la calle los civiles podían ver poco, y anuncios ajustados a las mayas de alambre los invitaban a no pasarse demasiado tiempo observando al interior, ya que podían poner nerviosa a la guardia.

El correo de la muerte llegó con su motocicleta a la entrada sur. Una puerta sencilla para automóviles operada por un cabo con una radio, una pistola y un pito. Generalmente el cabo debía asegurarse de frenar el tránsito cuando salía de su residencia un oficial, ya que allí el transito a determinadas horas podía ser particularmente lento. Y estando por terminar su guardia, amen de dar parte a su relevo, no tenía deseos de mover de nuevo la reja, acción que tenía que ejecutar unas treinta veces al día, por lo menos. Pero quien esperaba allí en una moto Yamaha era uno de esos jóvenes capitanes que suelen ser amables con todo el mundo porque buscan, en la popularidad, puntos para continuar su ascenso. El capitán sostenía su casco en una mano, se retiraba sus gafas y sonreía al guardia. El cabo saludó y el oficial estrechó su mano, deseándole en nombre de Alá que pasara una buena noche. Agradecido de que alguien le bendijera, cerró de nuevo la cerca y se dio prisa por terminar su entrega de material al hosco sargento segundo que se ocupaba del turno nocturno.

El cabo salió a las ocho y once minutos. Dos minutos más tarde salía de nuevo el capitán, esta vez sin su bolsa de viaje, la cual quedó en bajo la cama del departamento 11 del edificio C del conjunto de residencias para oficiales. Como el sitio se hallaba desocupado —los edificios de la primera planta no tienen buena reputación—, nadie revisaría esa bolsa de viaje, a nadie le importaría la cerradura forzada, ni la válvula de gas ligeramente abierta, llenando de propano la estancia, muy lentamente.

Terminó de oscurecer; la base estaba acompañada de chirridos de insectos, el sargento segundo leía manuales de radio en su puesto, la ciudad encendida se iba apagando, los autos eran cada vez menos en la calle, el calor se disipaba, las estrellas se descubrían, pasaban las horas… fueron desapareciendo las estrellas, los autos fueron regresando, las luces del alba se fueron encendiendo, como un horno prendido a lo lejos, el sargento segundo revisó las respuestas de su manual de procedimientos radiales —le fue muy bien solo erró en una—, los insectos abandonaron sus muros y volaron, el azul polar tiño la fachada blanca del edificio C, y el cabo llegó, como siempre, con dos tazas de café recién hecho en la mano. Treinta segundos después ambos vasos de icopor se fueron al piso:

A las 0700 el teléfono celular hizo sonar su alarma despertadora, quedando encendido y recibiendo señal. Esto, se pensaba, sería lo suficiente como para agitar las partículas de níquel que quedaban atrapadas dentro del explosivo líquido durante su etapa de condensación, provocando que toda la sustancia se agitara y estallara. Pero al parecer esto no era cierto, y eso salvó la vida de los quince suboficiales y oficiales que a esa hora abandonaban sus residencias para ir a la formación en la plaza de banderas.

Muy distinto era, claro, que cierta persona decidiera marcar al número de ese teléfono: al recibir la llamada, el vibrador del aparato se activó, chocando violentamente con las latas de leche que lo mantenían sujeto, agitando las partículas de nitroglicerina, cuya combustión inmediata impulsaba en todas direcciones los fragmentos de níquel, mercurio y otros residuos que, sin espacio para liberarse, se aceleraban enloquecidos calentando, en una minúscula fracción de segundo, el cóctel de nitrato de amonio, nitrocelulosa, nitroglicerina y HMX. La descomposición de estos elementos generó una onda explosiva de cien metros de diámetro, ya que la fuerza principal de la explosión se dirigió hacia arriba, al ser sus partículas pesadas dirigidas en esta dirección, las cuales destrozaron piso por piso el edificio. Una “pequeña bomba atómica” encerrada en una torre de seis plantas.

Cuando los dos encargados de la puerta pudieron recordar en qué planeta estaban, y ponerse de pie entre los vidrios y los fragmentos irreconocibles e hirvientes de materia, lo que vieron frente a sí, aún humeando pero ya sin fuego —debido a que la presión misma del gas sofocó cualquier llamarada—, era el esqueleto de un edificio reducido un rompecabezas mal pegado a varillas de alambre retorcido, estando todo a punto de irse al piso de un soplo. De lejos se escucharon sirenas, de cerca gritos y llamados de auxilio. No había líneas telefónicas seguramente; y como el manual de acción en caso de atentados con bomba señalaba que no se debían utilizar radios o teléfonos celulares en los lugares donde ocurrían los atentados —en previsión de que pudiese haber más explosivos ocultos—, tanto el sargento segundo como el cabo se quedaron mirando la tragedia sin poder mover un músculo.

Y ni ellos ni ninguno de los afectados indirectos que empezaban a movilizarse sabían, o imaginaban, que había otras tantas bolsas deportivas, corriendo en moto por la ciudad.