Capítulo XXXVII. El laboratorio.
Desde la recortada perspectiva de su ventana, Leonardo Katz tenía una vista estrecha de la avenida. Las ambulancias corrían desde temprano en la mañana —entre sueños creyó escuchar una que se repetía decenas de veces—; mezcladas con las patrullas de policía, bomberos, y rescatistas. La explosión no pudo escucharla, aunque resonó a lo lejos confundiéndose con los ritmos normales del tráfico pesado. Katz, simplemente, ignoraba lo pronto que se emplearían las latas de leche.
Intentó reanudar su sueño; ignoraba qué horas eran, pero realmente no tenía nada qué hacer, salvo esperar. Entonces, mirando el techo y la espartana decoración del apartamento amoblado, trató de pensar en Erica. Nada de lo que había hecho en aquella misión le había enseñado mayor cosa que pudiese serle útil a un intento de acercamiento. Su objetivo, encontrar al imán, fue fruto de una simple coincidencia; algo que no daría ni para ponerlo en una película barata. El asesinato de aquel tipo tampoco fue obra suya: lo enviaron a “marcar el paquete” y salir, cosa que además salió mal, considerando la lluvia de balas en la que se vio envuelto. Si no hubiese sido por la astucia al volante del taxista colombiano, ahora mismo estaría en una sala de interrogatorios, o en la propia morgue.
Plantearse un problema teórico sigue siendo la mejor forma de escapar, al menos sicológicamente, de un problema real. Katz no quería aceptar que tenía miedo de quedarse atrapado en Teherán. Ahora estaba involucrado en tres crímenes distintos, y no habría abogado en el mundo islámico que lo sacara del hoyo donde lo enterrarían vivo; James Al-Jezza nunca le dijo si había horca para los espías en Irán.
Intentó concentrarse de nuevo en la chica; era difícil, con todo el ruido de las sirenas cruzando entre los otros autos, raudos por llegar a levantar cuerpos mutilados. No, Erica es lo importante ahora, se dijo reafirmándose en la cama. Miró la puerta, imaginó que pasaría si ella entrara de repente, con su falda recortada, su camisa blanca y sus labios humectados y seductores resplandeciendo. ¿Tenía cerrojo la puerta? Tal vez no. La policía podría entrar en cualquier momento y apuntarle con una pistola; estaba medio vestir y resultaría difícil que un escuálido tipo como él se enfrentase a un rollizo y musculoso oficial de policía. ¡Mierda! Erica… ni siquiera podía recordar la forma de sus ojos, o el tono de su voz; algo, cualquier cosa.
Cerró los ojos, se cubrió con la sábana tibia y trató de pensar en cualquier mujer.
Mientras el agente secreto se masturbaba, el subdirector de contrainteligencia sentía una violenta patada en el estómago acompañando su desayuno: el noticiero mostraba, desde el límite impuesto por el cordón policial, los pisos superiores de la residencia militar hecha trizas unas horas antes. Amin no solo conocía el sitio, había vivido en él casi una década atrás, y podía recordar en una centésima de segundo sus refrigeradores pequeños, las sábanas grises, la ducha estrecha y los jabones olorosos a sustancias industriales. Esos edificios vivían atiborrados de oficiales; hasta tres podían compartir uno de esos estrechos espacios; ¿cómo entonces afirmaba el periodista que no había habido una sola baja en todo el lugar? Hablaban de una docena de heridos —unos en estado crítico—, pero ni un solo muerto.
El dolor en la boca del estómago no lo causaban los rollos de canela que venía comiendo cada mañana desde su divorcio, sino que este extraño ataque a una residencia militar, sin muertos, podía estar directamente relacionado con la muerte del alemán y la muerte del clérigo. ¿Cómo? No sabía, pero tenía que averiguarlo; en la ciudad rara vez pasaban tantas cosas seguidas como ahora.
Saltando de peldaño en peldaño y rebuscándose las llaves del auto en un bolsillo, Hedayat procuraba encontrar en la memoria de su celular el teléfono del detective de homicidios. Dio con él ya montado en el coche; marcó y de inmediato recibió respuesta: no, no se encontraba aún en la escena, puesto que no habían encontrado cadáveres en el lugar de los hechos. ¿Conocía a alguien tuviera que estar en la investigación? Naturalmente: Saeed Avini-Ara; un científico, el mejor hombre en materia de explosivos; aunque, advirtió el detective Fanizadeh, podía ser algo difícil tratar con él: tenía sesenta y cinco años.
Media hora más tarde, tras sortear un tráfico endemoniado, llegó hasta el viejo investigador.
Con premura, distintos departamentos de investigación habían instalado campamentos alrededor del edificio volado. Hedayat quedó mudo al acercarse: los dos extremos de la torre se mantenían; hechas añicos por supuesto. Lo que vendría a ser la mitad no existía en forma alguna: el cielo, las montañas y la cúpula de una mezquita podían verse claramente. No había humo, ni fuego, y el aire era dulce, pegajoso.
—Póngase esto —le dijo un hombre vestido con un traje anticontaminante blanco, ofreciéndole una máscara antigas—. Es mejor que si va a estar por aquí se proteja.
Ofendido por el susto que se había dado, el subdirector tomó la máscara y preguntó por Avini-Ara. El tipo de blanco le señaló un vagón de remolque con el escudo de la policía
metropolitana. Dentro, los tres hombres vestían los mismos trajes anticontaminantes, pero no llevaban máscaras. Amin reconoció a Saeed de inmediato: piel blanca rojiza, medio calvo, enormes gafas de marco y una postura muy propia de un profesor, con una taza siempre al pie de los labios mientras hablaba. Cuando los tres hombres se percataron de la presencia del detective este mostró su identificación, inteligentemente los dos ayudantes del investigador principal se marcharon.
—Creo que aún no se les ha comunicado nada —afirmó Saeed y sorbió ruidosamente su café.
—Cree que es recomendable consumir algo en un ambiente tan tóxico —replicó Amin tratando de zafarse de los asuntos de procedimiento legal.
—A mi edad lo que no mata me hace más fuerte —sorbió ruidosamente de nuevo—; ¡por Alá que así es!
—¿Qué han encontrado?
—Se le pasará un informe a su debido tiempo.
—Mi querido colega investigador —dijo Hedayat acercándose enseñando las palmas de las manos, lo que pretendía mostrar que venía en forma de humilde siervo de Dios a pedir un favor a un hermano—: en mi departamento investigamos algo de trascendencia nacional. Creemos que aquí puede haber una pista; necesitamos que nos pase cualquier dato fuera de lo ordinario que encuentren.
El viejo dejó la taza a un lado y se irguió completamente; aunque era más bajo que Amin, sus ojos semitraslúcidos le daban un aspecto inquietante:
—¿Fuera de lo común? ¿Tiene usted idea de lo que son esta clase de investigaciones? ¿O lo que es realmente una bomba?
Amin tenía que aceptar que, a parte de algunas nociones básicas, no sabía nada de explosivos. Su campo de acción en el Ejército había sido otro.
—Lo que sea —dijo, casi como una súplica. El viejo se reclinó de nuevo sobre la mesa, y lo miraba con una sonrisa de triunfo; de seguro ya lo fastidiaban bastante sus superiores para que además viniese un cazador de topos a cuestionarlo.
—Los primeros en llegar fueron los de antiexplosivos. Bien; son cuidadosos, y trajeron con ellos un perro, no muy grande… no sé de qué clase, yo tengo peces, y el animal pasados los quince minutos empezó a toser. Lo sacaron de inmediato, pero me acaban de confirmar que está muerto. Trajimos contadores de radioactividad, pero nada. Sin embargo —y dicho esto le dio la espalda dirigiéndose al extremo del vagón—, mire: ¿ve esta opacidad en el borde de la ventana? No es suciedad; el aire está lleno de esto.
—Qué es, ¿mercurio?
—Mercurio, acetona, níquel, estaño, cromo… tenemos hasta ahora una lista de treinta cosas distintas, la mayoría metales y carburantes —miró la ventana y el caos de fragmentos de múltiple origen marcados con triángulos rojos—. Llevo cuarenta años estudiando explosivos. He ido a cuanta convención en la materia se desarrolla en el globo, y nunca, nunca en la vida había visto algo… excepto por la artillería.
—¿Artillería? Sé algo de artillería.
—Los proyectiles de mortero que desarrollaba la industria norcoreana y china fueron por un tiempo objeto de sanciones. Ellos venden armas a muchos países, pero sus proyectiles de mortero y obuses recibieron una sanción hace… cinco años, seis años. En Japón, sí, seis años, en Japón escuché la noticia: hasta residuos de excrementos humanos fueron encontrados en la composición de las granadas de mortero. Luego dijeron que no era intencional, que las nuevas factorías de material bélico… no, no, no, espere; Corea del Norte no, fue
“En todo el mundo el tráfico de explosivos está en un nivel de control especial, por decirlo de alguna manera: hay acuerdos que, por ejemplo, buscan asegurar que el plástico tenga un olor definido para que los perros de las aduanas puedan detectarlos, y así; lo que se busca evitar es el terrorismo. Ahora bien, más allá de eso existen los convenios sobre el llamado daño a un tercero: un parágrafo especial que debe proteger a los civiles del envenenamiento producto de los residuos explosivos en las áreas de combate. Los americanos, quienes por supuesto han hecho caso omiso a esos acuerdos por años, descubrieron el daño que el uso de explosivos venenosos puede causar en las tropas de ocupación; lo vieron tras la guerra del 91: Síndrome del Golfo, lo llamaron. Según sus políticos era por las armas de Hussein, lo cierto es que eran los residuos de uranio empobrecido de sus propias armas, lo que estaba envenenando a esos hombres.
—¿Finalmente qué me insinúa usted? ¿Armas americanas o armas chinas?
—China, me temo. Fabrican un explosivo lleno de residuos metálicos, tan pequeños que una vez detonado el artefacto quedan en suspensión en el ambiente y envenenan el agua; como no pueden venderlo en el mercado abierto lo entregan por un cifra menor a los traficantes de armas que tienen las rutas comerciales y los contactos para ponerlos en países olvidados donde se luchan guerras atroces.
Hedayat permaneció mudo mirando al docto profesor un buen rato…
—¿Se siente bien, hermano? Dijo Saeed cuando se cansó de esa perturbadora expresión en el rostro del subdirector de inteligencia. Como no respondió de inmediato Avini-ara se giró rápidamente hasta un armario y sacó una jeringa la cual clavó en una ampolleta con la agilidad de una enfermera veterana. Amin se percató del hecho y agitó rápidamente la mano para llamar la atención de Saeed:
—¡Déjelo, no me pasa nada! —Y se sentó en un banco diminuto junto a una de las paredes laterales del remolque— ¿Tendría un poco de agua? Lo siento, es un ligero mareo, ha de ser por el olor a quemado.
—Lo lamento, no se puede beber agua aquí, podría ser mortal. Si no se siente bien le recomiendo que salga; es lo mejor.
Hedayat se incorporó, y tras ponerse la máscara, pidió el número de teléfono celular al doctor Saeed y abandono el escenario de los estallidos. Aceleró en su auto de regreso a casa; corrió por la escalera, se desvistió frenéticamente y se metió en la ducha abriendo el grifo a máxima presión con agua hirviente. Allí estuvo unos once minutos, durante los cuales, con los ojos cerrados, intentaba borrar la escena de los hechos, los olores, el humo y los recuerdos del pasado. Tras secar su piel escocida con una toalla nueva se tendió en la cama.
Estados Unidos – Irak – uranio – artillería – Saddam. En su momento, el sargento Hedayat, adscrito a la rama de inteligencia militar, solo tenía un miedo que le impedía dormir en su campamento a la luz de las estrellas del desierto: las armas químicas que empleaba el dictador de Irak contra sus posiciones y los kurdos al norte. Temía envenenarse, ya que recibir un disparo, donde fuera, o perder un miembro, eran cosas con las que podría lidiar y vivir, aunque malamente, durante el resto de sus días; mas sentir que diminutos corpúsculos invadían su sangre, su piel, sus huesos, sus ojos, su cerebro; quemando, arrasando, como una caballería impetuosa o en forma de una lenta incursión. Algo para quitar el sueño.
El temor se volvió odio cuando, a siete años de terminado el conflicto, su hijo, Aria, murió al tercer mes de vida, sin que los médicos pudieran explicar qué lo había matado. Se sintió culpable, hizo que su esposa lo viera como culpable, y por ello ahora vivía solo; ¿qué sería de él si Aria fuese ahora un adolescente, feliz, hermoso, saludable? Su esposa no se habría ido, no habría cometido el error de juntarse con esa otra mujer que llegó después; hubiese de seguro tomado el puesto de asesor psicológico en la pequeña empresa de frascos de su primo, que ahora exportaba a diecisiete países, y tenía una oficina en Roma y otra en Londres. Tendría una casa, seguro, dos autos; y no solo Aria, claro, porque también deseó tener una hija, una niña de ojos tan grandes y negros como su madre. Tampoco estaría en el problema que estaba ahora ¿no?
Saltó de la cama y tomó prendas limpias del armario para vestirse. Tendría que quemar la ropa que llevó a la base, no era seguro usarla, ni aunque la lavase un centenar de veces.
Regresó al auto, con hambre, pero incapaz de comer. Las palabras del experto en explosivos le quemaban la mente en peor manera que la insinuación de una mujer bonita: los traficantes de armas. Los hombres como Franz Wessel, siempre violando las leyes montados en un reactor privado. Uno de los mayores crímenes de Occidente era haber engendrado a los vividores de la guerra. Si dos pueblos deben luchar, hay en ello cierto honor; mas nunca lo habrá en quienes avivan las llamas para hacerse con el botín. Pero a parte de sus propios odios, Hedayat tenía que poner en orden el rompecabezas, como siempre, ignorando las piezas faltantes: Wessel temía por su vida; juraba ser objeto de seguimiento por parte de extranjeros —¿quiénes?—; luego aparece asesinado, ¡y de qué forma!: ejecutado a sangre fría junto a otros miembros de su personal. Pasan los días, muere un imán: otro disparo de milimétrica precisión, y sus inidentificables guardaespaldas igualmente liquidados. ¿Mismos hombres, mismos métodos? Posiblemente. Ahora vuela en pedazos una instalación militar —de nulo valor táctico, pero enorme valor psicológico— con un explosivo que no se podía comprar en el mercado y que difícilmente hubiese podio haber sido introducido al país por aquellos terroristas. El único que podía era el alemán; ¿o acaso quién, sino un hombre de recursos múltiples como él, podía transportar de un punto a otro material bélico no registrado como arsenal de nación alguna?
Tocó momentáneamente la llave ya puesta —nunca la retiró— en el encendido; regresó su mano derecha al volante y mordió el mismo con los dientes mientras miraba el reflejo de sus propios ojos, traslúcidos, sobre los ladrillos rojos de la pared. Las mandíbulas presionaban intensificando los gestos faciales:
“El Gobierno, su gobierno…” pensaba él “no…” Podía el Estado, o alguno de esos organismos secretos que operaban al amparo de una ley secreta expedida por el Consejo Supremo, haberse encargado del alemán, del guía, ¿incluso de la explosión? El arma encontrada en el edificio desde donde se disparó al imán —pieza que olvidó poner en su puzzle mental— pertenecía al Ejército, pero cuando se reportó al forense se presentó como un arma distinta, con lo cual se podría pensar que alguien quería encubrir este hecho.
Y ahora que lo pensaba bien, ¿por qué la prensa europea no había cubierto, ni mencionado siquiera, la muerte de un alemán en territorio iraní? Una cosa es un infarto en un balneario, pero ser asesinado en un barrio de clase baja es otra cosa. Pero ni una nota, ni un comentario… ¿qué hacía Franz Wessel para el estado que fuese tan secreto como para tapar con tierra su propio deceso?
Soltó el volante y tomó el teléfono móvil.
El director contrainteligencia contestó pesadamente tras varios accesos de tos.
—Diga, lo escucho.
—Señor, ¿puede recibirme en una hora?
—Eso debe hablarlo con mi asistente; tengo tres citas en las siguientes dos horas.
—Entonces podría brindarme diez minutos de su tiempo, antes de abandonar su despacho, para hablar.
—¿Sobre qué?
—Le presentaré un informe.
—¿Por qué tantos misterios?
—…
—Entiendo… no me lo va a decir por teléfono. Cinco en punto, Hedayat.
—Alá sea con usted.
El director cortó la comunicación, pero Amin tenía lo que necesitaba. Se entrevistaría con el director y le expondría su teoría en un informe razonable y bien redactado. Los acontecimientos de los últimos días, la presencia de agentes extranjeros, la desaparición de los sujetos sometidos a vigilancia, y las oscuras prácticas que se estaban realizando alrededor de las investigaciones criminales, sólo dejaban un camino para esclarecer los hechos: una investigación profunda que ascendiese por los peldaños del poder, revelase la identidad y acciones de Franz Wessel, el origen del rifle de francotirador empleado en el asesinato del imán, así como la identidad de este.
Llegó pasadas las tres de la tarde a la oficina, se negó a prestarle atención a los recados dejados en la contestadora, preparó té, encendió la computadora y empezó a teclear, sabiendo que tenía menos de una hora para presentar un informe de sus actividades de los últimos seis días.
Terminando su labor a las cuatro y cincuenta, a las cinco en punto estaba en la puerta de la oficina del director; dos oficiales de inteligencia naval salían de allí; no los conocía y se limitó a saludar con la palma de la mano. Entró y el director, previsiblemente, se estaba poniendo la chaqueta. Amin arrojó la carpeta con el informe sobre el escritorio para llamar la atención.
—Esto tiene que ir un grado más arriba —dijo Hedayat, sin preámbulos, como si estuviesen en medio, o al final, de una larga discusión.
—¿Qué cosa? —Pero el director estaba más concentrado en limpiar el sudor de su ancho cuello.
—Necesito que se reúna el Comité —entonces el director lo miró detenidamente—; necesito que se reúnan y presentar ante ellos una solicitud para llevar mi investigación dentro del Ministerio de Defensa.
El director arrojó el pañuelo untado de transpiración sobre la carpeta del informe.
—¿Pero qué tornillo se le ha soltado? ¿Sabe lo que está diciendo? ¿Sabe que está hablando de una conspiración? ¿Sabe que puede perder su puesto? ¿Sabe que puede perder su libertad?
Sin amedrentarse, Amin metió sus manos en los bolsillos y miró el húmedo pañuelo azul.
—Tengo todo para sustentar esta solicitud. Tengo todo —porque yo no me quedo quieto— para darle a entender al Comité que estamos bajo la posibilidad de una enorme filtración o un caso de corrupción como no se ha visto nunca en este país. Alguien, alguien, señor director, habrá de escucharme si usted hace caso omiso a este memorando. Si tengo que ir con el Presidente lo haré, si tengo que ir con el Líder Supremo ¡lo haré!
Y se retiró decididamente en dirección a su despacho. Al girar al final del corredor no pudo evitar su curiosidad por ver el rostro consternado del director; este había puesto sus enormes posaderas en el escritorio y sostenía el teléfono en oído derecho, mirando de reojo la puerta, esperando, al parecer, que Amin terminara de largarse.
