Sunday, June 29, 2008

Capítulo XL. La camioneta gris.

Irma tenía su propia operación en marcha, iniciada tras algunas conversaciones con Dick Matson. La seguridad del grupo, y su posterior salida, podían asegurarse mediante la red de amigas y socias de la señorita Yushij. Estas reportaban continuamente cualquier dato que captasen de sus amantes entre la policía, el ministerio de seguridad y el ejército. Eran cerca de ocho colaboradoras que dejaban mensajes en puntos clave a la antigua manera: en las grietas de muros, postes y andenes; con una marca hecha en tiza en el muro paralelo al lugar donde se dejaba la nota. De esa manera funcionó la red de espionaje de Irma durante los últimos ocho días; todo a cambio de un tiquete a París y algo de dinero.

Había llegado el momento de dejar Irán, para siempre. Dirigiéndose hacia el norte, Irma contemplaba las montañas: estaba harta de vivir ahí sin salida; de sentirse sola y no poder ir sola por donde quisiese sin correr peligro. En esta tierra, en su tierra, quedarían miles de recuerdos, que por ella bien podían quedarse ahí.

Los patrulleros en moto de la policía de tránsito de la ciudad habían recibido sus órdenes a las cero horas. Entre su listado de tareas para ese día, debían comunicar la presencia de un Renault Tondar rojo escarlata, posiblemente conducido por una mujer, y matriculado en la ciudad hacía tres años. El comunicado hablaba de reportar el auto y su movimiento, no detenerlo, ni seguirlo; el capitán Sayyed no iba a poner a sus hombres en labores policiales solo porque así lo requería un cazador de espías.

Irma no se había librado del auto aún. Nunca en su vida había arrojado algo que le pudiese ser útil más tarde, y aquel vehículo le había costado mucho dinero; fue algo se de dio así misma, la clase de regalo más alto que puede haber. Le había sido, en los últimos días, de suprema utilidad. El americano le había ofrecido casi el precio que pagó por él, y ella había aceptado. De hecho aquel sujeto, que hablaba el farsi con un raro acento pero una locuacidad sorprendente, se portaba como todo un caballero, de manera siempre muy respetuoso frente a ella. Los americanos que había conocido eran por lo general vulgares; exigían a gritos cuanto deseaban, bebían sin moderación, y cada cuatro sílabas soltaban alguna palabrota. ¿De dónde había salido este?

El hombre en quien pensaba Irma estaba a treinta yardas tras ella, en una destartalada Land Rover blanca. Su rostro estaba cubierto por unas enormes gafas de sol y una barba de varios días teñida de negro; a su lado viajaba Katz quien lucía igualmente barbado, con sus gafas sin aumento y una gorra sucia en la cabeza. Julius iba detrás, oculto, ya que algún testigo podría haberlo mencionado como conductor personal del señor Günter Mann. No había sido así, realmente nadie lo recordaba, pero era necesario ser cautelosos. Cada uno de los tres hombres, por ejemplo, miraba a lado y lado, esperando ver algún auto más de dos veces, ir tras ellos demasiado tiempo, o mirarlos más de lo normal.

Los policías de tránsito, con sus cascos blancos y cazadoras de cuero, no estaban dentro de su lista de amenazas.

Llegaron al restaurante, situando los autos, el Renault y el Rover, en las puertas trasera y delantera respectivamente. Irma no iba armada, así que, como le ordenó Matson, debía esperar en el auto, con el motor encendido, hasta que Leonardo fuese a buscarla. Sin embargo, si él se dirigía a ella de forma extraña, con los ojos cerrados, llamándola por otro nombre, o rascándose la cabeza, debía arrancar de inmediato, deshacerse del auto, y buscar sus propios medios para esconderse o salir del país, sin pensar nunca más en Leo Katz o los otros.

Katz se asomó perezosamente y con la mano derecha la invitó a entrar.

Todo había sido recogido, sin dejar rastro alguno de que aquello había sido un restaurante. Hasta sus olores a miles de especias se borraron, junto a las mesas, los implementos de la cocina, los kilos y kilos de víveres y abarrotes. Olía a desinfectante, eso era todo, si descontamos, por supuesto, a su antiguo propietario, si es que alguna vez lo fue realmente. William estaba en el segundo piso, solo, ya que sus guardaespaldas estaban distribuidos por toda la casa: uno en el tejado, con prismáticos; dos en el primer piso, cuidando las puertas delantera y trasera, y otro frente a la puerta del cuarto donde el taxista conversaba con el teniente coronel Matson.

—Teníamos un acuerdo, Günter —decía William en su inglés de acento persa—; ustedes no lo cumplieron, pero yo le ofrecí la oportunidad de salir; y lo hice por el muchacho, a quien realmente aprecio, y usted sabe el poco aprecio que puede desarrollar un hombre en un campo como en el que yo me hallo metido.

—Dejémonos de tonterías Will —Matson se recostó contra la pared con los brazos cruzados—. Usted y sólo usted quería agarrar a Wessel. Muy bien, Wessel está muerto. ¿Acaso planeaban sacarlo de aquí?

—Ese no es asunto suyo, Günter.

—Ahora lo es: Wessel creyó que Leonardo iba por él, que era uno de ustedes, e intentó matarlo; Leo se defendió y lo mató.

—Y lo hizo muy bien según la policía: mató además a otros cuatro payasos él solo. Ahora creerán que lo hicimos nosotros.

—Error, la noticia no ha trascendido. Franz Wessel se encargaba de armar a Hézbola, con armas alemanas, por cierto.

—De eso no estamos seguros.

—Por favor. Ambos gobiernos lo van a mantener oculto el tiempo que puedan.

—¿Y si no?

Matson se irguió de nuevo; se acercó a William, ya con el tono sosegado de quien busca una solución acordada.

—Necesitamos una salida.

—La tienen; con nosotros.

—No… para usted es tomar un taxi y perderse, ¿verdad? Vamos hacia Afganistán.

—¿Ustedes? ¿Y Leonardo? ¿Y la mujer?

—Son fuertes.

—Tiene alguna puta idea de qué clase de desierto es ese: no es una pista de baile: son montañas, pozos de sal, eso sin contar a los bandidos que pueden escuchar un motor de auto a kilómetros; ¡eso sin contar al ejército!

—Conozco el desierto; he estado en Afganistán.

—Oh, claro: olvidé quiénes le daba los stinger a los bandidos, quiénes ordenaban derribar nuestros helicópteros, quiénes torturaban a nuestros hombres…

—Esta conversación no nos lleva a ningún lado. Necesito agua, alimentos, un auto y una ruta fuera de esta ciudad hasta la línea del tren.

William se quedó mirando a Matson un rato; al final sonrió:

—¿Por qué confías en mí, Dick?

—Me la debes, Raúl —con el dedo índice doblado el coronel golpeó el vidrio—. Odias al gobierno de este país tanto como yo. Pero ustedes le dieron a los terroristas los nombres de nuestros contactos… los torturaron, los colgaron. Ustedes apoyaron a Jomeini, ¿y cómo les pagó? Introduciendo agitadores en Chechenia, entrenando a los sujetos que atacan los cines y las escuelas.

—Todos tenemos pecados. ¿Pero no se supone que ahora somos independientes? ¿Que no representamos ya a ningún gobierno?

—Puede que yo sea un mercenario, pero amo a mi país. ¿Puedes tú decir lo mismo?

William retrocedió, riendo retóricamente.

—Ayudaré a Leonardo, eso es lo que voy a hacer. No te debo nada coronel Matson —caminando hacia atrás llegó a la puerta, antes de darse media vuelta para salir agregó—. Mejor aléjate de esta tierra, nunca has tenido suerte en ella.

—Tal vez, capitán Strogov, tal vez.

Leonardo no sabía como apaciguar el nerviosismo que Irma le había contagiado. Ella caminaba de un lado para otro del salón con los brazos cruzados y fumando un cigarrillo. Al escuchar las pisadas bajando la escalera, el agente secreto se lanzó a hacer preguntas, las cuales se guardó de inmediato al ver a William; cada vez le quedaba menos claro quién demonios era él.

—Moacho… —dijo el taxista en su tono más amable—, vení que te tengo un regalo.

Y apoyando la mano en su hombro se lo llevó al garaje. Una enorme Toyota gris pardo, casi nueva, apenas con sus ruedas cubiertas de polvo, esperaba como si estuviese bajo el árbol de Navidad.

—Mirá —William sacó las llaves y las empezó a agitar ante las narices de Katz—. Esta nave que vos estás viendo ahí es para que te largués de una buena vez de este país del diablo. Vos y la señorita. Y si quieres te llevas a los gringos, pero eso es cosa tuya.

Dejó caer las llaves y Leo las atrapó en el aire.

—Otra cosa… Esa llave roja, que te di con la de la Toyota, es de un apartacho que tengo junto al parque Gheytarieh; ¿la señorita sabe dónde es? —Preguntó William, de repente, a la sorprendida Irma. Esta agitó la cabeza ya que al parecer no comprendía lo que el hombre preguntaba—. Bueno, les doy luego la dirección. Ahí pueden esperar hasta mañana, y a primera hora, pero lo que se dice primera hora, te vuelas de esta ciudad y del país. En el apartamento tengo agua, comida, un mapa… mejor dicho lo que vos necesites para el safari, ¿cierto?

—Claro… gracias.

A pesar de que Leonardo había recibido en su mano la llave de la enorme camioneta Toyota, William fue el que se apoderó del timón y encendió el motor; Katz estaba a su lado mirando el lujoso conjunto de aditamentos electrónicos en el tablero.

—Bacana la narcotoyota, ¿cierto? —Exclamó William mientras los demás, Julius, Irma y Dick se acomodaban atrás.

La mezcla de ambas palabras, narco, contracción de narcotraficante, y Toyota, la marca del vehículo, hizo desternillar de risa a Leonardo.

—Del putas —agregó Katz entre risas.

Miren lo que es la globalización: dos hombres se encuentran en Medio Oriente y hablan como colombianos, pero ninguno de los dos lo es. Antes de dejar el garaje William se inclinó por la ventana para hablar con uno de sus ayudantes; este asintió a las órdenes y luego fue a cerrar la puerta.

El vehículo de ventanas oscuras giró silenciosamente entre el barrio que caía entre la somnolencia del medio día y los llamados a la oración que reverberaban por toda la ciudad. Fue acelerando por la calle con mucha gracia, siendo observada, cien metros atrás, por Amin Hedayat y sus dos asistentes. Ambos jóvenes confiaban en su superior, así que no les importaba mucho estar separados de las nuevas obligaciones a las que habían sido asignados; si el jefe decía que algo debía hacerse, debía hacerse, y podía contar con ellos.

Cuando la camioneta fue apenas visible al final de la calle, el auto de Bahman Farahani, un viejo Mazda familiar, aceleró y empezó a seguirle el rastro al coche de los conspiradores.

Estos fueron hacia el oeste, llevándole una ventaja de dos calles a los hombres de contrainteligencia; Amin, sin embargo, tenía años de seguir espías y les conocía todos los trucos. En ningún momento los viajeros de la Toyota gris pardo hicieron movimiento sospechoso alguno; se detenían en los pares y semáforos, sin cometer una sola infracción. O ignoraban que los seguían, se dijo una vez más Hedayat, o él había cometido un error. ¡En nombre de Alá! ¡Por qué no tenía más hombres de respaldo! Necesitaba, lastimosamente, tanto a Bahman como a Parviz, para detener, llegado el momento, a aquellos hombres, debido a ello no los envió en otro coche.

Ya subiendo por la avenida Imán Alí su teléfono celular empezó a pitar.

—Hedayat —contestó mientras sacaba la cabeza por la ventana para poder ver a la camioneta, momentáneamente oculta tras un camión lleno de arena.

—¿Puedo saber dónde se encuentra? —Era el director.

—Voy siguiendo a unos sospechosos —respondió apresuradamente. Maldijo por dentro no saber mentir tan bien como a los espías que perseguía.

—¿Y quién le dio esa orden?

—Recibí un soplo por parte de uno de mis informantes. En cuanto confirme las identidades de estos sospechosos llamaré refuerzos para realizar la detención.

Del otro lado no se escuchó respuesta alguna por cuatro o cinco segundos.

—Escuche bien Hedayat —dijo el director una vez se puso de nuevo al aparato—: indíqueme ahora dónde se hayan estos sospechosos, y enviaré a un par de agentes para que realicen el seguimiento…

Una válvula al interior del corazón de Amin liberó una sustancia fría que le corrió hasta el fondo de las tripas. No, ya no podía confiar en nadie. Y sin querer cortó la comunicación y arrojó el teléfono al piso. Haría el trabajo por sí solo.

—Trajeron las armas ¿verdad? —preguntó a sus acompañantes.

Estos respondieron que sí y se las sacaron del pantalón: ambas pistolas automáticas suizas Sig-Sawer. Tanto Parviz como Bahman parecían felices de estarlas empuñando. Hedayat asentía nerviosamente mientras estos las guardaban de nuevo.

—Si tenemos que hacerlo nosotros mismos —dijo—, lo haremos; por encima de todos.

Con el aire acondicionado, y el olor a pino verde que le recordaba siempre su infancia en los bosques de Alaska, Katz se entregó al relajado placer de admirar la ciudad en la tarde veraniega. Empezaba a sentir la paz de un asunto que venía a concluir, sin más sangre, sin más muertos, sin prisas, sin amenazas.

Seguía creyendo que esta era una hermosa ciudad, pacífica y sencilla, y aún con toda la magnificencia de Occidente. Si no fuese por el incomprensible idioma, y los muchos problemas que había adquirido, podría quedarse allí por meses. Conseguirse, luego, quizá, una chica de piel canela y ojos verdes para olvidar a Erika Cruz; un apartamento elegante como el que había ocupado los días anteriores junto al coronel, y un auto propio, sencillo pero eficiente, para recorrer Teherán en las noches.

—Qué filo —dijo de pronto—. Me muero del hambre.

—Tranquilo Leo que ya vamos a llegar —respondió distraídamente William; más bien parecía pendiente del espejo retrovisor.

Ahora se habían adentrado por Bahmanpoor, una bifurcación al noroeste. Dick y Julius estaban igualmente pendientes de cualquier auto que viniese tras ellos, pero nadie más los acompañaba en aquella calle. Siguieron por Khorasami a baja velocidad, esta vez buscando un lugar para aparcar.

Resonaban los pájaros entre los árboles frondosos de aquel barrio. Entre las casas burguesas que no alzaban más de tres plantas había un edificio de once pisos y muros blancos con largas ventanas. Parecía nuevo y en la recepción olía a pintura. El ascensor los llevó al quinto piso.

Al igual que los pisos francos del coronel, esta casa de seguridad, propiedad exclusiva de William, no contaba con muebles; en vez de esto habían cajas con libros, mochilas, uniformes, linternas de campamento, numerosas latas de decenas de alimentos distintos, botiquines de primeros auxilios, y en fin, todo lo necesario para iniciarse en el negocio de venta de artículos para excursionistas.

La vista, esta vez, daba sobre el parque Qeitariyeh, un enorme bosque al otro lado de la avenida. Nubosidades espumosas se derramaban sobre las montañas. No lo había notado, pero estas descendían hasta hacerse una con la recta superficie del horizonte. Hacía el oeste, hacia su mundo, no habían cerros, ni picos, ni colinas, era una ruta despejada, y hasta ahora podía verlo. Si se pensaba con cuidado, claro, se llegaba también a la conclusión de que allí, siguiendo esa plana dirección, se llegaba a la desértica y violenta Irak. Saldrían en auto, eso era todo lo que sabía, ¿pero a dónde?

El coronel Matson estaba dormido ya en su sleeping bag. Julius leía uno de los libros de la caja, Irma sacaba algo de ropa de su maleta y miraba al fondo de esta como poseída por la nostalgia; William calentaba algo de comer en la cocina, y Leonardo se sentía perdido.

A las cuatro de la tarde cayó la primera lluvia que Katz hubiese sentido desde su llegada a Irán.

Peor que actuar como un cliché de la cultura popular occidental es convertirse en uno sin desearlo. Amin Hedayat se sentía, mientras contaba las ventanas del edificio, en la posición del detective de seriado americano que espera la salida del delincuente tragando salchichas sobrecubiertas de salsas, pero eso era todo lo que Bahman había podido conseguir sin alejarse demasiado.

Arreciaba el caer de la lluvia, y el parabrisas parecía derretirse en una cascada cristalina, imposibilitando la visibilidad. Dentro apenas si se podía respirar; la humedad tornaba el pan más blando de lo debido, a la parsi-cola le daba un sabor raro y adhería la ropa a la piel. Se había dicho a sí mismo que emplearía esos minutos de almuerzo en pensar una forma de llegar hasta los saboteadores sin darles la posibilidad de escapar.

Eran todos: Katz, Mann, Yushij, un negro del que no sabía nada y un sujeto que de seguro era su guía. ¿Qué esperaban? ¿Por qué no se habían largado ya de la ciudad?

—Muy bien, jefe —dijo Parviz terminando de masticar y limpiándose las manos con una servilleta que terminó arrojando a la calle—. Cómo se supone que lo haremos.

—Necesitamos refuerzos —respondió quedamente Hedayat.

—Pensé que los de la oficina no nos ayudarían con esto —dijo Bahman.

—No lo harán —Amin sacó su teléfono móvil—. Escuche, Farahani, necesito saber exactamente en qué piso y en qué departamento están esos hombres. Ellos no deben saber que estamos aquí, pero nosotros tenemos que estar seguros dónde están ellos; ¿está claro?

—Sí, señor.

—Cuando esté confirmado nos repartiremos las salidas; entonces llamaremos a los otros.

—¿Cuáles otros, señor? —Preguntó Parviz.

—Yo me encargaré de eso.

Bahman Farahani tenía veinticinco años, llevaba cuatro años con Hedayat, desde que este lo descubrió resolviendo los complicados crucigramas del Times. Su conocimiento del idioma inglés rebasaba incluso a los filólogos del departamento de traducciones. Era además de sanas costumbres, puntual y de pocos amigos; Amin lo consideraba su mano derecha.

Bahman esperó a que hubiese suficiente gente en la recepción para pasar directamente a las escaleras. Se asomó al corredor del segundo piso, fue de extremo a extremo y regresó a la escalera, repitiendo la rutina hasta el cuarto piso, donde encontró a un encargado de mantenimiento y limpieza. Le mostró rápidamente su identificación y afirmó ser policía; como los ciudadanos de Teherán saben que la policía secreta es una presencia constante, lo mejor es portarse como buenos ciudadanos y responder.

—¿Cuatro hombres y una mujer? Qué cosa más extraña, señor. No, no creo haberlos visto.

—¿Todos estos apartamentos están ocupados?

—¿En este piso?

—En el edificio.

—Si, señor. Oh, no, vea usted: arriba, en el quinto, no se han podido ocupar los departamentos seis, siete y ocho. Termitas.

—Y los demás.

—Ocupados.

—Muy bien. Inquilinos nuevos, ¿de este mes?

—La mayoría de aquí son parejas de pensionados, señor. Hay unos chinos que viven en el sexto, son diplomáticos y no permiten que hablemos con ellos, señor. Aunque en todo caso no hablo chino.

—Quédate por acá muchacho —dijo el agente encaminándose a la escalera. Como el joven encargado de limpieza debía encargarse de limpiar las bombillas del corredor, no pensaba ir a ningún lado de todos modos.

“Apartamentos seis, siete y ocho” pensaba el agente ascendiendo por la escalera. Una pequeña revisión al borde de la esquina para comprobar si había una cámara o un vigilante cerca: ninguno de los dos. Entonces seguir y acercarse a cada una de estas: la seis, vacía, la siete… pegó el oído a la puerta. Nada. Hizo lo mismo con la ocho, pero tampoco se escuchaba voz o movimiento alguno. Tendría que idear otra manera de localizarlos, pensó, e iba caminando de vuelta a la escalera cuando un olor extraño lo detuvo. ¿Lo imaginaba? Fue hasta el extremo del pasillo, junto a la escalera, tocó la pared y camino lentamente hasta el lado opuesto, ¡ahí estaba otra vez! Un olor picante, un tanto ahumado, a salsa o cosa parecida. Se inclinó junto a la parte inferior de la puerta ocho, acercó la nariz y solo inhaló polvo. En la siete se olía el frío del abandono, pero no a insecticida, como se supondría si es que allí estaba actuando algún grupo de control de plagas. Finalmente se puso de rodillas ante la puerta seis. ¡Salsa boloñesa!

Se irguió de inmediato alejándose de la puerta. Empezó a marcar el teléfono de Amin Hedayat. No había duda en que, en el supuesto apartamento desocupado, había personas tomando un almuerzo vespertino.

—Piso quinto, departamento seis.

—Muy bien, espera ahí —respondió Hedayat cerrando el auto. Parviz ya estaba del otro lado, vigilando la salida trasera que daba a un pequeño jardín con juegos para niños.

Apenas hubo cortado la comunicación empezó a marcar el número de Ali Parsa, el asistente principal del ministro de inteligencia y seguridad nacional. Si entre sus nuevas labores, el subdirector de contrainteligencia debía ponerse a buscar terroristas árabes por la ciudad, pues bien podía decir que había encontrado algunos. Si el SAVAMA se negaba a enviar agentes para proceder a la captura, tendría todo un nuevo argumento para referir al Comité, y la certeza absoluta que el Ministerio ocultaba algo.

Dick no dormía, ¿cómo puede hacerlo un soldado en territorio enemigo? Estaba simplemente descansando en su bolsa de dormir y mirando al techo mientras escuchaba la radio local con los audífonos puestos. Aunque las noticias eran parcas al respecto, el resto podía imaginarlo el radioescucha avezado: la ciudad estaba contemplando el continuo desplazamiento de policías, en uniforme y de civil; de camiones cargados de tropas de asalto, trajes negros, cascos y rifles; agentes, de una entidad u otra haciendo preguntas, y claro, los espías y soplones, que todo el mundo distingue entre la muchedumbre pero qué se le va a hacer.

Entonces había funcionado. El imán estaba muerto y la policía estaba buscando a unos terroristas en lugar de los asesinos. Maldito Thomas Jefferson. Matson nunca había creído en el plan que una mañana lluviosa en un café de Fayetteville le había expuesto. No solo era el trabajar para la CIA, sino regresar a Irán, matar a un sujeto a quien no conocía y luego plantar bombas entre civiles. Si aceptó el trabajo, no fue por los informes de inteligencia que Jefferson le presentó, ni por le dinero; diablos nunca lo hacía realmente por el dinero, un verdadero guerrero lo hace por que cree en el bien ulterior de toda acción de guerra. Pero esta vez era distinto, se trataba de volver a Teherán. Había hecho volar en pedazos las oficinas de la contrainteligencia local, allí donde alguna vez se reunieron los terroristas para planear el secuestro de los diplomáticos. Le importaba un comino lo que dijese la Historia oficial: lo habían planeado; tomar a esos americanos, vendarles los ojos y enseñarlos al mundo como sus prisioneros de guerra. Bien, su hermoso edificio lleno de recuerdos estaba hecho puré ahora. Lo justificaría, de llegar el caso, diciendo que con ello bloqueaba a los investigadores que pudiesen tener una pista sobre él. Aunque según Thomas Jefferson era muy difícil que tal cosa ocurriese: su fachada, la de Leonardo y la de Jules eran perfectas; de hecho habrían ya salido en un vuelo directo a Turquía si Leo no hubiese liquidado al puerco alemán vendedor de armas. No hay forma de culparlo, es cierto, y por otro lado, un vendedor de armas menos evitará algunas guerras en el futuro.

—Hey, Dick —era Julius que estaba a su lado, hablaba en voz más baja de lo que se había estipulado para estar en aquel piso franco—. William dice que hay problemas.

Matson revisó el cargador de su arma y fue hacia la sala de estar, allí estaba Leonardo, junto a la puerta, también pistola en mano. William estaba de rodillas junto a la ventana asomándose a ver a la calle tímidamente. En su mano izquierda llevaba una Colt 1911 negra y gastada —sacada de la calle, sin duda— y en su mano derecha un teléfono celular. Se llevó el teléfono al oído y contestó algo; colgó cuando Matson se sentó a su lado.

—Qué ocurre —preguntó.

—Policías.

Dick se levantó y miró hacia la calle: una camioneta de carga negra, cinco autos patrulla de color blanco con su franja verde al medio, tres hombres de uniforme negro y rifles, y otros cinco policías de uniforme regular hablando con agentes de traje. Sin alzar la cabeza, Matson regresó al cuarto, allí estaban sus cosas, entre las cuales sacó un tarro de leche en polvo, sellado y con clavos de dos pulgadas ceñidos mediante cinta aislante. Puso el explosivo en la mochila que cargaba Irma y se puso esta a la espalda. Llegó a donde estaba Leonardo y dejó el bolso a su lado. Sin dejar de mirar a su discípulo se tocó la oreja, ordenándole así que pusiese mucho cuidado en los ruidos del corredor. Le mostró su teléfono celular y el morral, dándole a entender que en éste habían explosivos, así que, llegado el momento, debía correr alejándose de la puerta e yendo directamente al cuarto principal situado al fondo. Irma y William ya iban en esa dirección.

Irma, asustada ante todo esa agitación sin ruido, estaba parada en el cuarto vacío, tenía las manos sobre la nuca y no sabía qué demonios hacer. Sus ojos estaban, de momento, clavados en la aterradora pistola del taxista. William notó la impresión que su arma causaba en ella, así que sonrió y dijo, en el tono más simpático que podía usar en un idioma que dominaba con fluidez:

—Bueno, si empieza un tiroteo, ¡los coreanos del piso de arriba sí que se van a molestar!

—¿Quiénes perdón?

—Ah, unos diplomáticos que viven en el piso de arriba, pero no les gusta nada: todo, todo, todo los molesta.

Las puertas del ascensor se abrieron y, mientras se arreglaba el traje, Amin Hedayat salió y se dirigió hacia la puerta seis, pasando junto a los once policías de la fuerza especial de orden llamados para tomar por asalto una madriguera de terroristas. Cada uno portaba una versión compacta del rifle kalashnikov, de color tan negro como sus uniformes y pasamontañas. A la cabeza de la fila, parado junto a la puerta, el primero de la fuerza cargaba un escudo de plexiglás antibalas; frente a él, uno de sus compañeros sostenía un mazo de seis kilos, suficiente para tirar la puerta al piso. Amin y su asistente, Bahman, se pararon a medio metro de la puerta, sin enseñar sus armas. El subdirector de contrainteligencia tenía ya la mano lista sobre el timbre del apartamento; con la misma mano, sabía, podía dar la orden de derribar la puerta y acabar con quienes estuviesen dentro.

Un cosquilleo en la pierna lo asaltó de repente; su celular vibraba y el identificador de llamadas reveló la identidad del imbécil del otro lado de la línea: Adel al-Rahim, director de contrainteligencia local, su jefe.

A menos de treinta centímetros de Hedayat estaba Leo, con la cabeza pegada a la puerta, sin estar completamente seguro de qué pasaba del otro lado de las láminas de pino, donde creía oír a un hombre más bajo que él hablar rápidamente en persa, lengua que ignoraba por completo pese al tiempo que había pasado en Irán.

Al mirar a su lado de reojo, vio a Matson rasgar violentamente las cortinas con su cuchillo, y por un momento la tensión del momento se suavizó ante la incógnita que le surgía ante tales acciones.

Llevando las cortinas seccionadas en largas franjas, anudadas entre sí, Dick llegó hasta el baño, tomó una extensión de cableado eléctrico que encontró arrollado y sin uso en la cocina, y ató las cortinas a esta. El cable aislante negro le dio tres vueltas al inodoro, de donde se sostendría la soga improvisada del coronel.

Estaba por llamar a Irma, ya que consideraba un deber, no de caballero, sino de comandante, proteger a sus aliados, en este caso sus fuentes, y esperaba que ella fuese la primera en descender tras de Julius, quien caería del baño del quinto piso al del tercero, rompería la ventana y aseguraría el lugar mientras él entretenía a la policía. La explosión, el incendio y las alarmas sacarían a todo el mundo en estampida, y las patrullas allá abajo no serían suficientes para detenerlos. Con toda la ola de estallidos en la ciudad, lo único que necesita el saboteador para causar el caos es… un ligero “bum”.

Entonces fue cuando Irma pasó a su lado.

William que iba tras ella sólo susurró “dijo que necesitaba el teléfono”.

Leonardo la escuchó detenerse junto al teléfono en el suelo del corredor.

Y Julius la escuchó hablar en voz baja, viendo además la mitad de su rostro donde se dibujaba una amable sonrisa.

Hedayat estaba a punto de clavarle un puñetazo a la puerta. Si lo hubiese hecho… pero no lo hizo, era un hombre lo suficientemente inteligente para contemplar, aún en el peor de los escenarios, una alternativa. Lo que escuchaba, sin embargo, acortaba sus posibilidades, a cada sílaba.

—Señor, escuche —decía Amin masticando cada sílaba que soltaba con ese tono de sirviente que tanto detestaba emplear—, una vez los tenga en mi poder, yo y solo yo seré responsable. Estoy dispuesto… no, sí puedo demostrar que todo esto que está pasando, pero debo detener a estos hombres. Yo… Muy bien, señor, firmaré ese papel; estaré allá en treinta minutos.

Y colgó el teléfono. Sus opciones de realizar una labor por las líneas legales, de seguir los procedimientos de acuerdo al reglamento, y cumplir la misión encomendada por su país de capturar a quienes atacaban sus intereses, se habían volatilizado; acababan de aplicarle una sanción de once días por evasión del cargo.

La burocracia es cruel, así que era hora de saltar las reglas por una vez: aún tenía a su grupo de asalto, a la policía y sus propias manos. Se llevaría a Katz y a sus secuaces hasta el ministerio y les extraería la verdad aunque tuviese que arrancarle la piel a pedazos para conseguirlo.

Desenfundó la pistola e hizo un gesto al policía a su lado izquierdo; este levantó el mazo en alto, pero lo dejó caer de inmediato viendo lo que tenía al frente:

Tres asiáticos, pequeños pero robustos, habían salido de la nada y les apuntaban con pistolas Makarov 9mm mientras gritaban como locos. La guardia de asalto respondió levantando los rifles, y por un segundo Bahman, parado en el extremo del corredor, creyó que iba a presenciar una matanza en directo.

Detrás de los pistoleros surgió otro coreano, más grande, con una mandíbula desproporcionada y hablando en un persa con acento muy marcado.

—¿Quiénes son ustedes?

—Policía de Teherán —respondió el hombre del mazo, mayor Amestris Shariati, jefe del pelotón de asalto—. Venimos a realizar un arresto.

—Eso es evidente —dijo despectivamente aquel asiático de casi dos metros—. Pero están poniendo en riesgo las medidas de protección de los diplomáticos a mi cargo.

—¿Quién es usted si se puede saber? —Preguntó Hedayat sin bajar su pistola, antes más seguro que algo raro ocurría allí.

—Mi nombre es Chae Man-shik, soy el jefe de seguridad general del cuerpo diplomático de la República Popular de Corea del Norte. Y ustedes, caballeros, han violado uno de los acuerdos que mi país tiene con el suyo referente a las medidas de seguridad. Así que les sugiero que llamen a su superior, de inmediato, antes que yo llame al mío.

Katz, Matson, Julius, William e Irma observaron a los hombres embarcarse de nuevo con sus rifles colgando a un lado, flácidos, a sus compañeros de uniforme gris subir a sus autos patrulla, y al asistente del ministro hablar en términos amistosos con el guardián de los norcoreanos. Hedayat, que para los conspiradores no era sino un rostro más, miraba al edificio recostado en un auto, como si este se estuviese elevando para perderse entre los cúmulos de nubes en la noche cerrada.

Los tres hombres miraban de reojo a la señorita Irma sin saber qué preguntar.

—Oh, el señor Man-shik y sus amigos de la embajada son… buenos clientes; y siempre me he esforzado por recordar los teléfonos de mis clientes, ya saben —dijo ella, orgullosa y con falsa timidez, respondiendo la pregunta que imaginaba atenazada en los labios de aquellos hombres occidentales.

Ali Parsa esperaba en su auto a que Hedayat terminase de hablar con sus hombres; la orden era perentoria: debía dirigirse en aquel preciso instante hasta el Ministerio y presentarse ante su superior inmediato, el director de contrainteligencia; en cuanto a los dos agentes que había traído consigo, tendría que hablar con ellos, aunque por ahora el que estaba con la soga al cuello era Hedayat. Apretó el claxon para llamar la atención del subdirector… cuya butaca temblaba a punto de hacerse pedazos.

—No importa lo que pase; quiero que se quede aquí y vigile el auto. En algún momento uno de ellos, o todos, saldrán; una vez pase eso quiero que los siga; no importa donde vayan, pero quiero que los siga y me comunique en dónde se esconden. Regresaré mañana a primera hora de la tarde. ¿Cuento con usted, verdad Bahman?

—Siempre, señor.

Parsa vio a Hedayat despedirse de sus compinches y venir al auto; una vez estuvo a dentro este soltó una explicación que nadie había exigido:

—Los he enviado a casa. Me ayudarán con sus reportes para la audiencia de mañana.

El asistente del ministro no dijo nada. Para él Amin era sólo una molestia que había llegado a quitarle tiempo valioso en su investigación. El Presidente mismo había ya solicitado un reporte completo a su equipo de asesores de seguridad, y esto quiere decir que el ministro debía estar allí y aclarar, sin vacilaciones, quién y por qué causas habían atacado la ciudad. El ex subdirector y sus callejones sin salida no le iban a dar respuestas al presidente.

A las once de la noche entró Basir Akhoundzadeh al edificio donde estaba Leonardo y los otros. Este era un hombre de cuarenta y siete años, calvo, un tanto obeso, tocado con un gorro de lana y vestido enteramente de negro. Ya había venido otras veces al edificio y su auto estaba registrado en el control del parqueadero subterráneo, por tanto nada lo detuvo hasta que llegó al quinto piso. Golpeó con cortesía la puerta número seis y esperó. William salió pasados unos segundos.

—Muy bien camarada, cuáles son las órdenes —preguntó muy respetuosamente con su voz de tonel el señor Akhoundzadeh.

—Retira a todos los hombres, todos. Que regresen a sus bases o encuentren manera de cruzar la frontera. Como sea, ningún contacto entre las células bajo ninguna circunstancia.

—Gadhir y su hermano están en la puerta. ¿Deben irse también?

—Así es. Que se reporten en treinta días. Igual usted, camarada. Nos veremos en Nicosia en treinta días.

Y no hubieron más palabras; el rostro ancho y grisáceo de Basir, que siempre podía recordar en cualquier persona la imagen de un sapo, se ensanchó en una sonrisa. Los dos hombres se dieron un sencillo abrazo fraternal y luego se separaron. Akhoundzadeh se perdió entre las sombras de la escalera como de cierta manera se hundía de nuevo entre las sombras del mundo. William respetaba a ese sujeto, a pesar de saberlo un asesino despiadado, líder de la última banda de filiación comunista, el Mujahideen-e-Khalq o MEK.

Al cerrar la puerta, Matson, Julius y Katz lo esperaban entre las penumbras del apartamento sin bombillos.

—Ahora estamos solos —dijo el cada vez más misterioso William—. Quiero decir, ahora ustedes están solos —agregó tras dar dos pasos. Siguió caminando y se metió en su cuarto.

Julius durmió en el pasillo. Irma en el cuarto de huéspedes, el coronel y el agente secreto se quedaron en la sala, sin poder dormir y mirando las estrellas.

Thursday, June 26, 2008

Capítulo XXXIX. El cubículo

Tras las llamadas telefónicas la reacción no se hizo esperar. Al lugar llegaron, junto a unos cuantos periodistas bien conectados, equipos de antiexplosivos, unidades de antiterrorismo, grupos de socorro y un destacamento de ocho hombres adjuntos a la fuerza de trabajo del SAVAMA.

Amin Hedayat, también asignado a esta fuerza de trabajo, estaba a esa hora cotejando rostros frente a una computadora y bebiendo ingentes cantidades de café barato. No sé enteró de estos hechos sino hasta que la bomba fue neutralizada, dos horas después de que un taxista alertó a un teniente de la policía turística en el Aeropuerto.

Según el conductor, pasado el medio día un joven de polo y jeans con una barba monumental lo detuvo frente al Museo Nacional de Teherán. Llevaba consigo una maleta y la introdujo en el baúl; anunció que tenía prisa por llegar al parque Amir Kabir. A unas siete calles, el hombre empezó a discutir por su teléfono celular, según el chofer, en un dialecto incomprensible, pero que no se parecía al árabe o a lengua occidental alguna que hubiese escuchado antes. Luego, pasando frente al parqueadero de buses, quizá un poco antes, abrió la puerta y salió caminando, sin dejar el teléfono, evitando los autos que cruzaban raudos como un completo demente. Tras aquella pérdida monumental de tiempo, sintiéndose robado, lo único que pudo hacer el conductor del taxi fue maldecir a aquel tipo, dar media vuelta en el siguiente giro y dirigirse al aeropuerto para esperar los pasajeros del vuelo de la una en punto.

Ya entre sus compañeros, y superada la cólera que inicialmente sintió, empezó a lustrar el auto, pensó en limpiar también el baúl y al abrirlo se encontró la maleta de su anterior y despreciable cliente. Esperaba, aceptó, que allí hubiese dinero, o al menos documentos que señalaran a quién pertenecían aquellas cosas. Se reunió con otro compañero y empezaron a revolver el contenido. Había un uniforme de policía empacado en plástico y una caja de cartón llena de virutas plásticas, como si escondiese una preciada y frágil obra. Explorando con las manos, el conductor sacó las pesadas latas de leche en polvo europea, con un teléfono celular en el medio; una rara forma, a ojos de los dos profesionales del volante, de cargar un teléfono móvil. Cierta inquietud le entró a su compañero, dijo igualmente el taxista, por lo que llamaron a un agente de la policía turística que hacía guardia por allí.

Demasiado obvio para ser cierto, el policía primero se comunicó con su superior, quien ordenó de inmediato formar un cordón de seguridad mientras los expertos en bombas arribaban. Minutos más tarde la congestión frente al aeropuerto Mehrabad era impresionante. Al técnico, por otra parte, le tomó sólo unos segundos deshacer tan sencilla bomba: revisar la unión entre el detonante y la carga, que no existía, y retirar la “antena”, en este caso un viejo celular finlandés. La carga empacada en latas de alimentos fue puesta en un contenedor de seguridad y retirada para su posterior análisis, los policías se llevaron a los dos taxistas, sus autos fueron levantados con grúa, y los agentes de contrainteligencia partieron junto a ellos para el interrogatorio de rigor.

El noticiero lanzó la noticia de “última hora” a las cuatro y diez minutos de la tarde, momento en el cual ya se había retirado la bomba, los testigos y los autos. Katz estaba escribiendo a esa hora en un computador prestado el primer borrador completo de su crónica. Se escuchó el volumen de la televisión aumentar, así que Leonardo se acercó a la sala.

En el suelo —aquel sitio no tenía muebles— estaba Jules, o Julius, mirando la televisión y riéndose por algo. El coronel Matson estaba al pie de la televisión con los ojos clavados en la presentadora, no porque fuera una belleza —medianamente bonita es el término—, sino por la noticia del momento:

Las cámaras mostraban la entrada del terminal aéreo y a dos sujetos vestidos con trajes similares a holgadas escafandras retirando una caja de metal con el cuidado que se trasladaría la tumba del profeta Mahoma si tuviesen que hacerlo. El resto eran primeros planos de los agentes de turismo encargados de acordonar el área, aviones despegando y otros tocando tierra. Un hombre mayor, muy elegante, de cabello blanco y largos bigotes, empezó a responder las preguntas de los periodistas.

Dick estuvo escuchando un rato. Leonardo se acercó a la ventana y empezó a mirar a la distancia.

—No tienen ni la más remota idea de qué encontraron —dijo el coronel devolviendo el volumen de la tele a su anterior nivel—; y dicen hablar de detenidos… qué payaso. Espero que por detenidos no se esté refiriendo al taxista a quien le descargamos el cuerpo del delito.

—Oh, no. De seguro tienen una lista de “sospechosos de siempre” —replicó Jules. Luego miró a Katz y le preguntó—: Y tú qué rayos haces ahí, ¿eh? ¿Esperas ver algo de la función?

Lo cual no era posible por un bloque de apartamentos situado justo frente a aquella ventana. Los conspiradores se habían pasado a la última casa de seguridad establecida por el coronel en Teherán: un cómodo y amplio apartamento de tres alcobas en el complejo habitacional Ekbatan, Fase 2. Según la táctica de Matson, no revelada sino a Jules, a medida en que las cosas se complicaban en la ciudad, lo mejor era irse acercando al aeropuerto, en vez de buscar los límites de la metrópoli. Dick sabía que en caso de que las cosas se salieran de control, sólo los separarían unos cien o doscientos metros de la pista de aterrizaje del Mehrabad. Allí Jules trataría de identificar uno de los aviones franceses adscritos en secreto a la OTAN, cuyo trabajo era, a parte de acarrear carga y pasajeros, tomar fotos con cámaras de seguridad ocultas bajo las alas. Como estos aparatos eran tripulados por agentes del servicio secreto francés (SDECE), estos usan ciertas claves para reconocer personal local que debe ser sacado con urgencia y Jules conocía algunas de estas contraseñas. Ya adentro y volando hacia el mundo libre, todo problema legal que se ganasen los conspiradores más tarde sería una bagatela si se compara con lo que podrían recibir si eran capturados por los iraníes.

Al ver las imágenes en la televisión, no obstante, Dick se relajó pensando que esa posibilidad era cada vez más lejana. Sin embargo no se podía perder tiempo.

—Hay que llamar al sultán —dijo el coronel sentándose—. Es esta noche o mañana, no más tiempo.

—Al sultán no le agradó que hubiese muerto el alemán. ¿Realmente podemos confiar en él?

—¿Quién es el sultán? —Interrumpió Leo.

—Para ti, la Resistencia; nada más —el coronel giró hacía Jules—: ellos confían en mí, yo en ellos. Es la base de la fuerza multiplicada; no arreglos de pistoleros.

—Como sea —dijo Leonardo retirándose al cuarto. Empezaba a entender, que cuanto menos se sabe de un asunto, menos peligro se corre.

Entró el asesor principal del ministro, entró el director de contrainteligencia local, entró el doctor Saeed Avini-Ara, uno de sus alumnos, dos agentes que no tenían nada que hacer ahí, y claro, Amin Hedayat. El cuarto 303 del Ministerio de Inteligencia Seguridad Nacional de Irán —Vezarat-e Ettela'at va Amniat-e Keshvar, VEVAK o SAVAMA, como también se conoce— parece una bóveda egipcia en el corazón de una pirámide: paredes desnudas coloreadas por la luz dorada de las lámparas; nada de muebles, y una enorme mesa eléctrica con una pantalla luminosa por debajo. El sitio era para el análisis de pruebas, y en aquel momento, las evidencias estaban desperdigadas alrededor de una maleta de viaje.

—La maleta —dijo Ali Parsa, de treinta y siete años, asesor principal del ministro Gholam Hossein—, que ya ha sido revisada con escáneres, no tiene partículas de contaminación; es nueva y contiene huellas ni fibras que se pudiesen usar como pista. Encontramos dentro una camisa y unos pantalones que pertenecen al uniforme de la policía; no tenían huellas ni señales de uso. Estaban igualmente los explosivos, los cuales mantenemos en el laboratorio, y eso…

Entre una bolsa plástica de cierres herméticos había una libreta roja, no mayor a una agenda pequeña, con tapas de piel en color rojo oscuro, y una estrella de cinco puntas trazada en bajorrelieve.

—Todo el material escrito en este cuaderno ha sido ya entregado a la oficina de análisis grafológico; pero quiero que observen algunos apartados del material.

Dicho esto presionó un botón sobre la mesa. A un extremo un foco disparó una intensa luz contra una de las paredes. El cuadro blanco quedó sólidamente expresado en el muro color hueso; en medio, un reloj de arena digital daba vueltas hasta que se cargó el archivo de imagen a la computadora conectada al proyector de video: empezaron a aparecer rayas borrosas, ordenadas unas sobre otras; carriles para la escritura y el dibujo. Las ilustraciones trazadas con tinta azul mostraban los mecanismos del explosivo.

El grupo de hombres en la sala empezaron a acercarse a la proyección, atraídos como colegiales por un interés devorador. Hedayat, sin embargo, tenía los ojos puestos en la libreta empacada que la poderosa mano de Ali mantenía cautiva.

Seguían pasando las hojas en la pantalla. Ahora aparecían líneas de texto en alfabeto árabe, vulgarmente trazadas como notas caligráficas.

—Estas notas han sido escritas en árabe hijazi, propio del sur de Arabia Saudita. Hay errores gramaticales y de concordancia, pero también palabras inidentificables de dialectos locales árabes. En otras palabras hemos llegado a la conclusión de que estas notas han sido tomadas por un hombre joven, con baja instrucción, que ha sido encomendado para una misión.

—¿Qué dicen? —Preguntó Hedayat.

—Estas —Ali señalaba la pantalla—, son órdenes, contactos, y pisos francos. Todo, sin embargo está en clave. Menciona sitios de la ciudad, rutas, horas, no hace referencia a días, pero sí a horas, y personas concretas mediante seudónimos: estrella polar, estrella sur, estrella norte, etc.

“Las primeras páginas, sin embargo, son las que más nos llamaron la atención. No las hemos puesto aquí ya que han sido separadas y clasificadas. Son, lo que creemos, partes de un manifiesto contra el islamismo chiíta.”

Todas las cabezas se giraron hacia Ali Parsa. Este levantó la libreta enseñándola a todos.

—Nuestro juicio preeliminar es el siguiente: creemos que tras los ataques hay miembros de la red de Al-Queda que se han infiltrado en Irán siguiendo órdenes de Estados Unidos. Temíamos que algo así sucediera; desde hace unos meses estábamos contemplando esa posibilidad. Ahora, como pueden ver, es una amenaza presente y real.

Simplemente, el mundo se detuvo para el subdirector Hedayat. Las últimas palabras de Parsa congelaron el cuadro, titilaron en su mente un segundo, y luego le provocaron una súbita pérdida de presión en el cerebro. ¿Era una broma? ¿Habían entrado todos en un cuadro surrealista, en una mala película, en una novela barata? La última de todas las posibilidades que ha Amin Hedayat se le hubiesen podido pasar por la cabeza era la de la presencia de los supuestos terroristas de Al-Queda.

—¿Esto tiene alguna confirmación? —Preguntó Amin, cuya voz escapó casi como una honda exclamación; no deseaba gritar, pese a estar tremendamente agitado.

—¡Por supuesto! Y se procederá de inmediato contra quienes están amparando la presencia de estos terroristas en esta ciudad. Como saben los imperialistas han dado apoyo a Osama Ben Laden y a sus hombres desde que los soviéticos estaban en Afganistán. Ben Laden y la familia real saudita, con el dinero de los americanos, han alimentado a los talibs, y les han encomendado tareas como ataques sobre nuestra frontera este. Recuerden, hermanos, cuando estos salvajes mataron a un grupo de nuestros diplomáticos en Mazar ya hace algunos años.

Hedayat recordó aquello de inmediato: sólo uno de los diplomáticos había sobrevivido, fingiéndose muerto entre los cadáveres de su compañeros. En cuanto pudo, con enorme valentía, se puso en marcha de vuelta a casa; luego fue interrogado duramente por las autoridades de contrainteligencia. Aquel sujeto, a quien Amin logró escuchar durante el interrogatorio, estaba seguro que, antes de ser fusilados, el jefe de aquellos bandidos talibanes había estado pidiendo órdenes a Kandahar, muy posiblemente a los agentes del ISI, el servicio secreto pakistaní. Las cosas eran distintas entonces. El gobierno pakistaní de aquel momento había caído, y ahora gobernaba Musharaf, aliado de los estadounidenses y víctima constante de las amenazas de Al-Queda. Sí, las alianzas habían cambiado. Y arrojar tal juicio de esa forma no le parecía juicioso para nada.

Mientras los otros asentían ante las palabras de Ali Parsa, Amin Hedayat fue abandonando lentamente el salón. Al cerrar la puerta tras él, ya en el frío corredor, el subdirector de contrainteligencia, ahora relegado a simple observador de una torpe investigación, decidió que, como fuese, tenía que atrapar a Katz, a Mann, o la mujer de apellido Yushij. Había estado perdiendo el tiempo estas últimas setenta y dos horas. Si los tuviese ahora en su poder, podría demostrar la verdad, cualquiera que fuese.

¿Y cuál era esa verdad? Se preguntó Amin tras encerrarse en el ascensor y presionar el botón del piso cuarto, donde tenía su puesto de trabajo, ¿y de dónde habían sacado tamaña idea? Era terrible pensar en la traición, pero a cada minuto aquella posibilidad aumentaba: el Gobierno había asesinado a un vendedor de armas y a un imán por medio de un grupo de mercenarios extranjeros, posiblemente con el apoyo de algunos ciudadanos. Ahora estaban cubriendo todas sus huellas mediante el bombardeo de instituciones. Luego encuentran una libreta mágica, llena de información útil que cualquiera podría haber escrito. Los explosivos eran fáciles de reconocer, incluso por un taxista, mucho más tras los ataques de los días anteriores. Ahora el Ministerio tenía todas las pruebas; denunciaría públicamente a Al-Queda —que es lo mismo que denunciar a un fantasma por un robo de joyas—, a los Estados Unidos, y así enterrarían todo el asunto.

El cubículo que le habían asignado como nueva oficina, medía la cuarta parte del tamaño de su despacho anterior. A parte de una terminal de computadora, una papelera, y dos cajones, no tenía nada allí; sin embargo, esta vez, la máquina podría servir de algo.

Estaba solo, estaba contra el tiempo, y lo sabía. Ingresó a la red de seguimiento de civiles; un programa muy completo que era alimentado constantemente con los perfiles de millones de ciudadanos de los cuales se hubiese alguna vez hecho un reporte. Tan vasto era, que al potente procesador le tomó cuatro minutos hallar los datos de Irma Yushij. La página no contenía mayor cosa: datos esenciales, algunas fotos, aficiones, amistades, propiedades; a parte de su apartamento, ya requisado, tenía un auto, un Renault Tondar. Si había escapado lo más seguro es que hubiese vendido su coche a cualquier desconocido; pero este tipo de trámites, más tratándose de una mujer sola, no son tan sencillos, a menos que el comprador hubiese sido un familiar, un amigo, o su pareja actual. Era una pista muy débil para seguirla, pero no intentarlo sería igual a negarse ver una posibilidad.

De su agenda personal sacó el teléfono de capitán Reza Sayyad, jefe de control de tránsito para Teherán. Sus cámaras de vigilancia y agentes motorizados podían encontrar casi cualquier cosa en la ciudad en cuestión de horas.

Aunque estaba ocupado, oír de nuevo, tras varios meses, la voz de Hedayat, le hizo poner el resto de sus tareas, momentáneamente, a un lado. Escuchó pacientemente el pedido y juró que si el vehículo señalado estaba aún en la ciudad, y se movía lo suficiente en las siguientes horas, lo encontrarían. Pero, que a medida en que pasaran las horas, las posibilidades irían disminuyendo. Hedayat agradeció a Sayyad cualquier esfuerzo y colgó. No pensaría más en esa posibilidad; tenía que buscar otras, y mejores: regresar al aeropuerto a revisar los controles de aduanas; contactar a los puestos fronterizos de carretera, aunque fuese de uno en uno, y por último, al menos de momento, contactar a todos sus conocidos en las calles, en el bajo mundo de los ladrones, las prostitutas, los vendedores de droga, incluso, con los propios judíos.

Regresó a su casa y trabajó hasta las once de la noche fabricando esa lista de contactos. Sin embargo, no tuvo que usarla, a las siete horas del día siguiente fue despertado por el capitán Reza Sayyed: habían encontrado el Tondar vinotinto.

Sunday, June 15, 2008

Capítulo XXXVIII. El salón del Comité.

Irma jugaba ajedrez con Leonardo Katz, era tarde en la noche, pero el calor los mantenía despiertos junto a dos botellas de agua Perrier. Katz, quien nunca fue bueno en el ajedrez, pero se consideraba con conocimientos sobre el tema por encima del promedio general, estaba siendo físicamente destripado por la bella Irma, quien a cada movimiento miraba al agente secreto con una sonrisa de madre compasiva.

—¿Qué sentido tiene seguir jugando? —Preguntó entonces Leo, viendo que no le quedaba mucho que hacer con tres peones, un alfil y un rey atemorizado que iba de un lado a otro del tablero.

—Tú dijiste que no podías dormir.

—Sí, pero esto me frustra; de esa manera no puedo dormir tampoco.

—Bueno, dejaste claro que eras malo. Yo creo que simplemente ignoras muchas cosas. Cosas que deberías aprender.

—¿Ah sí? ¿Qué has aprendido tú con esto?

—A hacer negocios, por ejemplo.

—¿Me ayudaría a pescar a una chica?

Otra sonrisa de madre.

—Empieza por corregir tu lenguaje, chico. No se trata de arrojar el anzuelo y esperar a que alguien pique; o te puedes quedar esperando por años.

—Está bien, entiendo. Ahora, háblame sobre eso de hacer negocios.

—Muy bien; empiezas teniendo unos recursos, si no los tienes debes adquirirlos. Cuando te sientes en capacidad de competir debes plantear una estrategia, la cual apunta a dejar a tu rival en una situación donde no se sienta capaz de competir. Tú mismo ahora tienes ganas de abandonar la partida, simplemente porque crees que tus piezas son insuficientes para lograr un jaque-mate. Pero cuando conoces las reglas del juego, cuando realmente las conoces sabes en qué punto sí debes abandonar la partida.

—Emplear recursos.

—Sí, todo puede ser una herramienta.

—¿El Cielo era una herramienta?

—Sí… —Irma, en este caso, no levantó los ojos del tablero— pero no te confundas: yo no soy una proxeneta. Era un negocio, como cualquier otro; todas las chicas eran socias, los ingresos se repartían equitativamente, y con ello pudimos emprender otras empresas.

—Como esa fábrica de vestidos.

—Exacto.

—Te envidio

Irma rió preguntando por qué; Katz movió otro peón, ficha que fue a dar de inmediato al arrume de bajas situadas fuera del tablero.

—Porque tienes el control de tu vida. Porque has hecho algo para salir adelante y lo has logrado. Creo que eres muy hermosa y que podrías haberte casado con un tipo poderoso; inclusive un buen tipo.

—¿Y qué habría ganado con eso? ¿Eh? Te lo diré: una cocina, un auto prestado, niños que atender, e incluso una golpiza de vez en cuando. Oh no, no me gustan las restricciones; la pieza más valiosa que he ganado en este juego es mi libertad. Tengo mi auto, tengo mi apartamento, mis negocios, incluso la clase de amante que quiero cuando quiero tenerlo. Soy lo que esta sociedad no quiere que la mujer sea: un ser con alma.

La mirada de Leo estaba perdida entre el tablero, aunque claramente no estaba pensando en continuar la lucha. Surgió, sin embargo, una sonrisa que sostuvo durante unos segundos, negando con la cabeza, como recordando un chiste, o al menos dejando entender que así era.

—¿Qué es lo gracioso? —Preguntó Irma, no molesta, sino ejecutando su parte.

—Pensaba en Borges…

—Oh, Borges.

—Nosotros movemos las fichas; quién nos mueve a nosotros.

—¿Te refieres a todo este asunto en el que estamos metidos?

—Sí. Pero la verdad es que la respuesta no me importa —movió una mano en el aire—… está fuera de mi comprensión.

—No… con tal que ganemos la partida.

Era este un día muy importante en su vida; por primera vez, estaba dispuesta a lanzarse en una cruzada, casi personal, contra todo el mundo, con tal de exponer una amenaza, doméstica o extranjera, contra su país. Amin Hedayat escogió su camisa más fina importada de la India, la chaqueta que nunca usaba, y los pantalones italianos que en un arranque de vanidad le compró a su tío. Antes de salir se miró en el espejo tres veces; quizá debía haberse cortado un poco la barba, por lo demás parecía lo suficientemente atilado como para presentarse ante el Líder Supremo en persona; cosa que, por demás, se vería obligado a hacer si a eso llegaba la gravedad del asunto.

Salió y cerró la puerta, aplicando llave a las tres cerraduras que mantenían su refugio fuera del alcance del corrupto mundo. Antes de haber girado la llave por tercera vez sonó el teléfono. Naturalmente, la contestadota se encargaría de registrar la llamada, mas algo lo obligó a consultar su reloj: 7.47; alguno de sus múltiples conocidos, o sus propios familiares, podrían considerar que aún estaba en casa. Retiró los cerrojos y se apresuró a contestar.

—¡Amin! —extraño, pensó, era la voz de un joven— Soy yo, Arizeh —recordó de inmediato, era el hermano menor de su ex esposa; un muchacho humilde, de buen humor y muy patriota que trabajaba en la oficina de la delegación de exportaciones como traductor de alemán, francés e italiano; uno de sus mejores informadores— ¿Estás bien ahí? ¿No has salido de casa, verdad?

Lo que decía en verdad era más confuso que eso, pero Hedayat comprendió el mensaje.

—Sí. No he salido, pero estaba por salir; ¿qué ocurre Arizeh?

—El, el, el edificio… donde trabajas… acaba de caerse al piso. Yo lo acabo de ver caerse al piso.

Sonaba tan fuera de lógica que Hedayat se sintió molesto. No obstante, que un tipo inteligente como su antiguo cuñado barbotease frases sin sentido a primeras horas de la mañana era salirse demasiado de la línea. Amin cortó la comunicación con el índice y marcó el teléfono del primer piso; el encargado de la central de comunicaciones debía responderle. El llamado se repitió, y al tercer ulular en la distancia, Amin empezó a sentir que los nervios se le agitaban convulsos. Marcó el teléfono de Arizeh Duhari, tampoco hubo respuesta. Sacó su teléfono móvil, pero nadie le había llamado ni enviado mensajes escritos. De la repisa tomó el control remoto y encendió la televisión, la cual podía ver angularmente mientras conseguía que alguien le respondiera en el edificio de Contrainteligencia. Distinguió el rostro oscuro y los grandes bigotes del presentador de noticias de la mañana, el maldito aparato, empero, estaba sin sonido, ¿para oír qué a fin de cuentas? Entonces la imagen cambió y un edificio hecho escombros entre columnas de humo enfocado por una cámara temblorosa le hizo tirar la bocina del teléfono al piso.

Puso la tele a todo volumen.

“…que empezó a ser reportado a grupos de rescate y bomberos desde distintos puntos del sector. Aunque las edificaciones cercanas no sufrieron daños considerables, entre los heridos hay numerosas personas que se encontraban en los alrededores y fueron alcanzadas por fragmentos del edificio despedidos por la detonación.”

Amid ya estaba cayendo a través de la escalera; al alcanzar la puerta de su auto su móvil timbró dentro de su traje y con un gruñido contestó.

—Hedayat —era el director.

—Señor, ¿cuál es el estado de la situación?

—Escúcheme: a las nueve en punto el Comité estará reunido; venga de inmediato para acá. Olvídese del cuartel; allí no hay nada qué hacer.

—Señor, la información sobre mi investigación…

—Nada que hacer allá. ¿Me he expresado con claridad?

—Ciertamente, señor.

Arrojó el teléfono a la silla trasera, ofuscado. Su mente ardía a cada minuto y reprochaba todo el desarrollo de los eventos a su mala suerte. Que Alá lo castigara si estaba sojuzgando sus planes, pero no podía ser justo que la maquinaria de la justicia se viese de pronto estancada de forma tan infame. Si se daba prisa podría alcanzar su antigua y ahora arrasada oficina con tiempo suficiente para ir de vuelta al centro de la ciudad y presentarse a las 8.50 para enfrentar al Comité. ¿Enfrentar? Él iba poner a temblar a todo el Establecimiento si es que se confirmaba todo lo que suponía.

Le tomó media hora acercarse al cordón policial. Reconoció el laboratorio móvil forense del doctor Saeed Avini-Ara; al menos podría empezar hablando con él antes de intentar llegar hasta lo que quedase de su despacho y archivo. Un policía patrullero, no obstante, lo detuvo en el acto:

—Hedayat Amin. Subdirector de operaciones. Me es urgente ingresar al sitio.

—Va a ser imposible, señor —el policía, aunque joven, parecía estar muy seguro de cada palabra—: Nadie ha podido entrar —y dicho esto señaló a un enorme árbol situado en toda la esquina de la manzana donde se alzaban las ruinas del edificio carbonizado: el sauce estaba casi sin hojas, pero ni una sola rama quemada, ni estropeada por obra de la explosión. Debajo, un hombre con traje antirradiación levantaba pájaros muertos con pinzas y los descargaba en una bolsa roja. Cualquiera que trabajase en alguno de los edificios de esa calle conocía a los gorriones grises que, tanto en la mañana como al caer el sol, revoloteaban masa en torno al sauce, o se descargaban contra las ventanas provocando sobresaltos en los atareados empleados. Ahora todos yacían muertos por el suelo alrededor del sitio de la bomba.

De igual manera, pensó Amid instantáneamente tras captar esa escena, los seres vivos más débiles —e incluso fuertes, como la cucaracha— estarían cayendo exánimes por la contaminación que liberaba el explosivo una vez detonado. Obra de los mismos hombres. Si Hedayat fuese un paranoico, creería que el estallido ocurría para borrar sus avances en la investigación que estaba en marcha. Pero suponer ello sería igual a creer cualquier otra tonta teoría surgida de una mente desocupada.

Cuando de nuevo la nausea lo atacó, encendió el motor y giró el volante para dirigirse al norte, a enfrentar con las manos vacías al Comité.

El coronel extendió el mapa, y girándolo con una mano, situó el sur apuntando a la silla donde estaba Leonardo, quien empezó a seguir el índice de Matson mientras este recorría la carretera sinuosa hasta el mar. Irían al norte hasta el Caspio; en algún bote surcarían aquel mar rodeado de arenas hasta alcanzar Bakú.

—Podemos alcanzar la costa en cuatro horas, y Azerbaiyán en once —dijo tomando asiento frente a la pequeña mesa auxiliar plástica de la cocina. Irma se daba una ducha a esa hora; trabajaba de noche y se acostaba cuando las siluetas de Teherán se dibujaban en el firmamento azul de la madrugada. A una breve comprobación Leonardo descubrió bocetos de ropa femenina en los cuadernos de Irma—. Pero, como te dije antes, muchacho, todo depende de que los jefes de Washington puedan lograr los arreglos.

En efecto, esa ruta a través de la región de Mazandarán, había ya sido estudiada por Leonardo junto a James Al-Jezza, mientras Thomas Jefferson le explicaba la misión. Pero había entonces mencionado el profesor ciertos inquietantes puntos que debían tenerse en cuenta: si bien resultaba la más corta de las rutas para abandonar el país —en caso de que la alternativa del aeropuerto quedase cortada, lo cual era aquí el caso—, no estaba establecido por la Compañía tener una nave anclada en el puerto de Babolsar, ni documentos falsificados que les permitiesen arribar sin problemas en Bakú, donde Katz podría solicitar ayuda en el consulado de los Estados Unidos. Es claro que ni la CIA, ni mucho menos el coronel Matson consideraban posible un escape fuera de la ley, con persecuciones y disparos; ya tenían demasiados problemas por cosas así.

Turquía, aunque estaba más lejos, era más factible, pero…

—Aunque saltásemos todos los controles, y pudiéramos pasar sin identificaciones aceptables, significaría recorrer todo un país de cabo a rabo para llegar a una casa segura de la Compañía en Estambul. En todo caso, para que la Compañía nos diese esa salida tendrían que pasar días mientras ellos disponen la operación —dijo Matson, y movió de nuevo el mapa empezando a señalar con la punta de su cigarrillo la frontera con Irak.

—Por aquí ni pensarlo. Hay tantas tropas ahí, iraníes y de los nuestros, que corremos tanto riesgo de ser abaleados por unos que por los otros —le dio una calada al cigarrillo y el camino de la línea fronteriza siguió hasta el océano—. Lo mismo puede decirse de toda la costa frente a Arabia Saudita.

Esto desinfló a Leonardo: durante la fase de planificación, Thomas Jefferson y Al-Jezza aseguraron que la mejor forma de salir, al menos por tierra, era tomar toda la carretera hasta la provincia de Kuzestán y cruzar la frontera entre Irán e Irak, y entre este y Kuwait, en lo cual se emplearía a una unidad de Seals para asegurar la extracción. Además de sonar emocionante, para Katz tenía el valor de poder pasar, en horas, de Irán a un país aliado, y quedar seguro en un hotel cinco estrellas mientras se hacían los arreglos para devolverlo al Planeta Occidente. Pero el coronel no pensaba de tal forma.

—Queda Afganistán —dijo Leonardo tras una pausa, al escuchar que la puerta del baño se abría.

—Sí, claro, siempre queda Afganistán. Pero sería una locura, tan peligrosa como dirigirse a Irak.

—¡Claro! Ni pensarlo, jefe.

El coronel Matson terminó su cigarrillo, pero sus ojos, a la perspectiva de Katz, seguían clavados en la gran mancha parda que separaba Irán de Afganistán.

—Una locura —repetía Dick, en español, y nadie en particular—; una locura.

Como la sala de de oración de una mezquita, el salón de audiencias del Comité Central de Evaluación, órgano subordinado al poder del Ejército de Guardianes de la Revolución Islámica —mejor conocido como Sepah, o “guardianes”—, tiene sus suelos cubiertos de alfombras mullidas y de maravillosas tramas que contrastan con la desnudez espartana de sus muros. Sólo la bandera iraní y una foto del Líder Ayatolá Khamenei estaban presentes en la pared del fondo. Entre esta y las sillas para los asistentes había una larga mesa donde los siete miembros del Comité debían escuchar sobre las potenciales amenazas que se cernían sobre la República a un nivel que requiriera una participación urgente de las demás agencias estatales. Cuando Amin entró en el lugar, revisándose continuamente los zapatos y la chaqueta, pensaba además en que aquel era el último paso que debía dar si las cosas se salían de control; debía poner en alerta a todo el establecimiento antes que algo le sucediese a él: la muerte o la desacreditación.

Tomó asiento y consultó la hora, los miembros del Comité estaban siete minutos retrasados, igualmente el Director. A parte de él sólo había un encargado de poner flores en un jarrón de cobre situado junto a la entrada, y una mujer vestida de gris y negro que escribía en una computadora a un lado. Sacó del maletín su agenda privada, la cual mantenía dentro de un cajón en su propio apartamento y donde consignaba, casi a manera de diario —casi porque Hedayat no habría aceptado que eso era—, los avances de sus investigaciones. Diría lo que tenía allí, lo expondría todo y luego dejaría que el Comité y sus sabios miembros decidieran: era él un alarmista, o había un verdadero problema flotando sobre la seguridad de la República.

Precedidos de dos muchachos que empujaban un carrito con una jarra de agua y vasos, entraron en línea los siete miembros del Comité. Vestían de la forma tradicional, tocados de turbantes negros; el más joven de ellos, situado a uno de los extremos, tendría acaso cincuenta y siete años. La secretaria se puso de pie y empezó a entregar copias de un texto a cada miembro, y cada uno, como si fuese aquel el pase de un hipnotizador, iban cayendo en la lectura, sin mover la boca o mirar al subdirector de contrainteligencia. Por demás, la sala seguía vacía.

—De pie —ordenó el más anciano de los miembros, quien debía ser el presidente, situado en la justa mitad—. Diga su nombre y cargo.

Hedayat saludó respetuosamente y respondió.

—Dice usted —este era otro miembro—, que ha habido una penetración por parte de organismos de inteligencia extranjeros en el gobierno de la República. ¿Es eso cierto?

—No señor, no es cierto.

—¿Puede explicarse?

—He venido a señalarle a este comité sobre la presencia de agentes extranjeros (que no precisamente tienen que estar actuando bajo órdenes de un gobierno), que podrían estar trabajando para una organización que busca ocultar o destruir una red de tráfico de armas. Quiero además dejar expuesto ante este comité que podría haber hombres dentro del Gobierno que podrían estar colaborando con estos extranjeros de un modo u otro.

—¿No es eso un caso de penetración?

—Para ello, señor, sería necesario iniciar toda una investigación. Para ello he venido ha ustedes.

—Una petición como la suya debe venir directamente del director de contrainteligencia nacional. Usted es subdirector adjunto para la oficina de Teherán.

—Sí he venido aquí es porque, a raíz de los últimos acontecimientos, creo que mi vida puede correr igualmente peligro. He venido aquí a levantar una denuncia como ciudadano.

—Pero… un ciudadano debe recurrir a los canales tradicionales. Usted es parte de uno de esos canales.

La conversación se estaba dando entre un hombre solo y un ser de siete cabezas que se alternaban para hablar pero que compartían la misma mente.

—No sé hasta qué punto pueda haber personal burocrático involucrado…

—Las acusaciones que usted hace son graves. Aunque no esté apuntando a nadie en particular.

—No estoy apuntando a nadie en particular.

—¿Tiene esto algo que ver con los atentados que han ocurrido en la ciudad?

—Sí señor.

—¿Cuál es la relación?

—Creo que los explosivos pertenecían a un vendedor de armas llamado Franz Wessel. Franz Wessel murió al ser asaltado por un grupo armado en su taller de pintura al oeste de la ciudad.

—Estamos enterados de eso.

La respuesta sorprendió a Hedayat; cierto ánimo lo alumbró en su interior:

—¿Qué es lo que saben?

—No puede cuestionarnos.

—Entiendo. Proseguiré: tres días más tarde murió un imán identificado como Barid Somma por obra de un francotirador, que eventualmente ejecutó a un guardaespaldas del imán y cuyo nombre y origen no se me han informado. En el lugar donde se originaron los disparos se encontró el arma homicida, un rifle de manufactura nacional perteneciente al ejército; sin embargo para el informe presentado a mi oficina se cambió el modelo a un rifle estándar alemán. Según parece, además, el asesino, o los asesinos, fue perseguido o perseguidos por la fuerza de seguridad del imán; la policía metropolitana halló una motocicleta y una camioneta que chocaron, según los testigos, mientras perseguían un taxi a través de la avenida Enghelab, y que en el curso de esta carrera hubo intercambio de disparos.

—No ha aclarado la relación entre el vendedor de armas alemán y las explosiones. Tampoco entre aquel y todos estos sucesos tan impresionantes que nos está mencionando.

—En primer lugar, el explosivo empleado fue, en ambos casos, plástico; que no puede ser comprado dentro de este país sino que debe ser importado. Segundo, el material contenía trazas de metales y químicos que hacen inestable esta carga, además de ilegal para las leyes internacionales de comercialización de armas. Franz Wessel era un vendedor de armas, con acceso a material semejante al que acabo de describir, y estaba en la ciudad justo antes de estos atentados. He ahí un muy posible vínculo. Por último, fue la muerte de este maestro lo que, desde mi punto de vista, ha sido el detonante de estos ataques.

—¿Por qué lo cree así?

—Es un presentimiento.

No hubo respuesta.

—Antes de ser asesinado Franz Wessel —prosiguió rápidamente Hedayat—, un representante del ministerio de defensa se hizo presente en nuestras oficinas afirmando que el vendedor de armas alemán estaba siendo seguido por agentes; mencionó a un periodista sudamericano llamado Kratz, y a un alemán de apellido Mann…

—¿Esto fue confirmado?... Que fuesen agentes.

—No está aún confirmado; pero los dos han desaparecido, junto a una mujer que creemos estaba relacionada personalmente con Franz Wessel: Irma Yushij. Ninguno de los dos extranjeros regresó a su hotel; el personal del Evin reportó que Günter Mann canceló la cuenta y salió con su equipaje, no hizo lo mismo Leonard Katz quien salió sin pagar, pero al parecer no olvidó sacar su equipaje, el cual desapareció del cuarto.

—¿Han salido del país?

—No está confirmado que hayan salido del país. Solicito a este comité que se inicie una búsqueda de esos hombres y de la mujer. Su presencia aquí, su relación con uno de los muertos y su intempestiva salida es, hasta ahora, lo más sospechoso y sólido que tenemos. Ahora espero saber cuál es la decisión de este comité.

Esperaba una respuesta inmediata, y, honestamente, no esperaba que fuese positiva. En vez de esto, los hombres de la mesa del Comité tornaron sus miradas al presidente, quien estaba en el centro. Este retiró de su frente sus gafas de lectura y cruzó las manos sobre la mesa.

—Subdirector Hedayat. Siempre he tenido un gran respeto por su trabajo; hace unos años fue gracias a usted que descubrimos que los americanos tenían más de treinta agentes en esta ciudad. Esa fue una acción valerosa y por ella se considera, tanto a usted como a su departamento, piezas fundamentales en la construcción de una nación libre de la dominación extranjera. Pero cada acción que se tome desde ahora, señor Hedayat, deberá ser responsabilidad de este comité si decide seguir sus hipótesis de conspiraciones. No se ha presentado aquí prueba alguna, y solo tenemos tres nombres, que para nosotros no significan nada.

“Pero los ataques son reales. Igual las muertes del imán, y del vendedor de armas. Sin un informe completo, con evidencia, que pruebe el vínculo entre todos estos hechos, este comité no le puede dar más poderes a su departamento, cuya acción por ahora estará estancada debido al ataque que se ha sufrido. El señor Presidente unos minutos antes de entrar se ha comunicado conmigo, como director de este Comité, y me ha dicho que todas las investigaciones y la captura de los involucrados queda en manos del ministro Hossein del Ministerio de Inteligencia y Seguridad Nacional. A él deberá entregar todos los avances de su investigación.

—Los avances de mi investigación, señor presidente, han quedado hechos cenizas junto a mi oficina.

—Entonces creo que no le queda otra opción que colaborar con la fuerza de trabajo del SAVAMA.

—Señor presidente, usted y yo nos conocemos de tiempo atrás; si he llegado a esta instancia, espero que entienda que temo que esto supere un caso de terrorismo.

El presidente del comité se enderezó sobre su asiento, tomando de nuevo sus gafas y revisando otra vez los documentos secretos que le habían sido entregados por la secretaria. Los hombres situados a izquierda y derecha le hablaban al oído y este parecía asentir a todo sin que sus labios se moviesen siquiera un tanto. Se inclinó hacia el micrófono y habló por última vez:

—Este comité ha decidido tomar las siguientes decisiones: primero, como ya sabe, sus investigaciones alrededor de la presencia de agentes extranjeros en nuestro país y su relación con los atentados que han ocurrido pasarán directamente a la fuerza de trabajo del Ministerio. Segundo: se dará una orden de detención preventiva contra los dos hombres y la mujer que usted ha señalado hoy y será usted, Amin Hedayat, parte del equipo de interrogatorios. Pero escúcheme bien: aunque estas personas aparezcan, no se podrá detenerlas más que por doce horas ya que el ministerio no tiene un argumento concluyente contra ellos. Tercero: tendrá acceso a toda la información que recabe el SAVAMA a menos que el ministro Hossein considere lo contrario. Puede retirarse.

No fue directamente a su auto; prefirió caminar con la chaqueta sobre el hombro ya que el calor era insoportable. Pidió un refresco en una cafetería y se sentó en la terraza; le cayó bien la soda helada, y siendo un día tan bello pensó que no le había ido tan mal. Usaría lo que le quedase de libertad, más los recursos del Ministerio, para hacer las cosas por su cuenta propia. De momento, ni la mujer ni los dos extranjeros podrían salir del país sin ser detenidos. Bien podría ser que ya hubiesen dejado el país, pero debía tener fe en que no era así. Su objetivo más importante ahora era descubrir quién era realmente ese imán, y en qué medida su muerte estaba relacionada con tan violentos ataques.