Monday, July 28, 2008

Epilogo.

Fue durante la primera semana de agosto. Un jueves muy temprano en una mañana de un día sin clases, en el que Leonardo Katz pudo dedicar por entero a la decoración de su nuevo apartamento.

Cuando sonó el timbre, a eso de las ocho y cinco de la mañana, Katz se fue despacio hacia su puerta limpiándose las manos recubiertas de pintura con disolvente; dando pasos lentos con los pies descalzos deleitándose con la alfombra nueva comprada en descuento que cubría cada centímetro cuadrado del hábitat, como había decidido llamar a aquel refugio en el piso noveno de la Torre C del Centro Urbano Antonio Nariño.

Era uno de los guardianes. Lo saludó por su nombre y le entregó la revista envuelta en plástico adherente. El último número de la revista S... En portada una escultural rubia llamada Linda Salamanca acompañada de diversos titulares.

Fue a su cocina, tomó su jarrón de café, se sirvió una taza completa; buscó su ventana, contempló su ciudad, dejó que el aroma a papel nuevo lo invadiera como lo invadía el aroma de un café recién hecho, y comenzó a pasar páginas.

En la lista de colaboradores unos nueve, entre un futbolista argentino retirado y un poeta caleño nadaísta estaba él, en una foto en blanco y negro que lo mostraba cruzando velozmente una calle, con el rostro parcialmente protegido por la solapa de su casaca negra recién comprada, clavándole los ojos al fotógrafo de manera enigmática: un misterio dentro de otro misterio; el nombre, Leonardo Katz.

"No tiene computador, no tiene novia, ni estudios universitarios. Sólo tiene una pasión: escribir. Próximo a publicar su primera novela, este joven escritor bogotano nos trae en exclusiva una crónica sobre el convulso Irán de nuestros días."

Y a miles de kilómetros de distancia, en un lugar donde no existía ni existiría la revista S... jamás; entre un viejo archivador encerrado entre un cuarto humedecido, en una carpeta que nadie nunca revisaría de nuevo estaba la siguiente anotación:

"Leonardo Katz: periodista. Nacionalidad, colombiano. Edad, 21 años. Se cree que ha sido secuestrado por agentes de Al-Queda. Se pide que no se contacte a la embajada colombiana hasta tener nuevas informaciones acerca de sus captores."

FIN DE FLORES PARA IRMA

Capítulo LV. La Terraza

Leonardo Katz, escritor, empezó con una promesa: no volvería jamás a los famosos cafés de Paris. Su juramento tenía como base el picante sedimento que le había dejado entre los dientes el líquido que acababa de ingerir y por el que el menú le tenía el apodo de "tostado especial", con un costo, un valor, de tan sólo tres euros la unidad; sin rebaja.

Estaba mirando la taza o tacita; un diminutivo en sí de todos modos. El tiempo hacía contrastar su color ocre con el blanco inmaculado del mantel de lino. Una rajadura ya muy cicatrizada en el borde ­­le daba un aire de pobreza, tal vez para que contrastase con el ambiente de estrechez impresionista del resto del lugar.

Así debió verlo el emisario: el agente ir-desertflower 1 removía con una cucharita el azúcar que infructuosamente intentó mejorar el "tostado especial" servido por un pakistaní ilegal. De cuando en cuando miraba con ojos nostálgicos las erizadas torres del centro de París, diseñadas por arquitectos modernos, y entre todas a aquella eterna que se distinguía desde cualquier parte de la ciudad, como una mujer de elegancia clásica contrasta con las obesas matronas del siglo XXI.

Se acercó y esperó no ser visto; no deseaba que fuese un alegre ¡sorpresa! sino tan sólo evitar que el agente preparase demasiado sus respuestas.

Katz, sentado frente a la terraza, intentando ver la supuesta belleza de unos geranios marchitos que delimitaban la terraza con el vacío, habría dado la mitad de su cuerpo por tener a Erica al frente, sonriéndole, endulzando con su extraña voz el silencio y la tibieza de aquella tarde veraniega. Aquel era un restaurante situado en el sexto piso de un edificio de oficinas dedicadas, casi en exclusiva, a manejar la tesorería pública del ayuntamiento. Sus hombres y mujeres tomaban a aquella hora sus cafés entre fotocopiadoras y libros de contabilidad; así los únicos presentes en el lugar eran tres fantasmas de meseros, un espía graduado con honores y ahora, su contacto.

"Buenos días" dijo en un francés pésimo. Al retirar su atención de los geranios, Leonardo encontró un traje Polo Ralph Laurent con corbata color caoba apretada entre la chaqueta cruzada y un amplio torso ejercitado.

El hombre misterioso de la embajada; aquel que lo había detenido frente a la escuela; el perro guardián de Thomas Jefferson, repantigado en su silla lo miraba con una simpatía hasta ahora nunca antes demostrada.

Ah, por cierto, soy Ashton.

"Me importa un culo" pensó Leo instantáneamente.

El jefe está orgulloso. Hiciste el trabajo. Cierta gente está volando en las oficinas de Virginia; y... con las puntas de los dedos hizo cruzar un papel doblado sobre la mesa hoy es tu día de pago.

Leonardo lo abrió; el papel en blanco y dentro, como una amenaza, un cheque de un banco local colombiano. Su propio nombre escrito por la ya conocida y a la vez misteriosa máquina de escribir eléctrica de la Embajada, más una suma que quitaba el aliento en letras y números, por si las moscas. El borroso sello de una importadora de productos para odontología pasaba tan desapercibida como la firma ilegible que la acompañaba.

En medio de la Cuidad de la Luz, Leo Katz estaba lejos de sentirse rico. Ya en Bogotá sería otro cuento.

El equivalente a seis meses de salario de un oficial de inteligencia explicó Ashton.

Carajo esto es un montón de plata —dejó escapar Katz en un clarísimo español.

El agente sin apellido soltó un bufido de burla:

Claro Leo una fortuna.

Pero para un colombiano que ha pasado noches con agua de panela y harina cruda era una fortuna. Esos tres meses de salario básico más prestaciones legales significaban meses de arriendo en un apartamento decente; electrodomésticos, una tele nueva, ropa en fin.

¿Es real? O como el resto de los asuntos aquí es una falsificación.

No olvides que pagar bien es una de las principales políticas de la Compañía.

Claro; tampoco se me olvida la forma en que le pagan a quienes no les sirven bien.

Callado.

No manejamos las razones, ni siquiera las decisiones; no nos metemos en cosas de política; ya deberías saberlo.

Sí, me lo dijeron, igual que me dijeron que no podían involucrarse con asesinatos, ni directa ni indirectamente.

Ok, pero déjame darte una enseñanza más: hay niveles de verdad y niveles de mentira. En todo. En el mismo modo, esto es una guerra. No hay guerra sin bajas. Es un asunto de los Estados Unidos. Y, no lo olvides, eres un soldado.

Levantó la servilleta doblada y la dejó caer de nuevo como si la hubiese usado. Se puso en pie y abonó un dólar al bolsillo del paquistaní ilegal. Arreglándose la corbata por tercera vez en cinco minutos agregó:

Envía tu reporte a esa oficina señaló el cheque. Ahí está el número de teléfono por si necesitas la dirección.

Pero Katz no respondió nada; ambos ojos fijos en la Torre Eiffel, la frente inclinada apuntando al horizonte, el puño sosteniendo la mandíbula, cerrado como una caja fuerte, la rabia contenida de aquel que empieza a entender en qué clase de mundo está. Ashton reparó en esto e inclinándose un poco le dijo:

Nosotros no iniciamos el incendio, Leonard y se largó escurriéndose entre las mesas y unos cuantos peces gordos de oficina que mascaban unos crepes. Leo Katz sólo pudo restregarse el rostro con las manos, un gesto completamente teatral que utilizaba para demostrar una completa desazón: por fuera de las fronteras de ese mundo civilizado donde se toma "especial tostado" la guerra contra el terrorismo de la CIA continuaba.

Su avión salió una hora más tarde. Durante su recorrido, del centro de París al Charles de Gaulle, entre un taxi feísimo conducido por un italiano de increíbles bigotes y jerga de arponero esto último una suposición porque Leo Katz no hablaba francés, intentó pensar en Irma, y buscar su figura bella y corriente entre los ciudadanos del mundo que empezaban a asfixiarse con el calor de junio.

Su misión comenzó a deshacerse. Las comodidades del vuelo, el café de abordo, las piernas de la sobrecargo, el océano, infinito, y un atardecer idílico ante el cual las palabras sobraban le dieron en qué pensar hasta que fue derribado por el sueño.

Llegó tardísimo a una Colombia envuelta en la penumbra y un frío macilento donde una luna de antiácido alumbraba los tejados cortantes del centro de la ciudad. El taxista, que se agenció una pequeña fortuna, lo dejó en la húmeda avenida Séptima a unos metros del Capitolio revestido del naranja de las lámparas callejeras.

Cuando agotado se tendió en su cama, despedazado casi, se quedó viendo la hora hasta dormirse: 3.40 am.

Tal vez durmió por dos días, o más, porque al despertar eran las seis y diez minutos del primer lunes del segundo semestre de clases. Sin estar completamente repuesto de sus "vacaciones", Leo Katz regresó al trabajo.

No obstante, recuperó el sentido a las cuatro y media de la tarde. Tenía los ojos fijos en tres docenas de dulces de coco de envoltura verde los cuales intentaba contar, aunque llevaba ya un buen rato en ello y los números no le cuadraban. Y luego, cuando tras un desmedido esfuerzo lo logró, estando a punto de hacer la anotación en la planilla de inventario no la encontró y en la confusión los números se le borraron de su memoria de corto plazo.

Estaba en el suelo. Se puso en cuclillas para levantar las hojas desparramadas sobre el pavimento empapado por la mitad del contenido de una gaseosa tan agitada que al ser retirada su tapa su contenido se derramó sin que hubiese forma de detenerlo, y entonces escuchó los zapatos deportivos arrastrarse y un cuerpo frágil chocar sin violencia sobre la lámina de metal. Era ella, claro; ¿quién más?

Tenía el cabello recogido, aunque un mechón de pelo rebelde le colgaba sobre el ojo derecho. Tras tanta agitación ahora podía verla con calma. Estaba en camiseta y shorts ajustados; el agotamiento tras un violento juego de voleibol, con golpes, saltos, caídas y gritos, había dejado su cuerpo y temperamento igualmente ablandados.

No sea malo y véndame una gaseosa dijo casi bordeando el desfallecimiento.

Es como estar en una nube; ser etéreo, tal vez. La verdad es que ya nada te importa, pensó mientras se deleitaba con la sensual boca jadeante de Erica Cruz. Era una sensación que no tenía desde que había terminado su misión en México junto a los Cabeza de Martillo. Sacó la 7up helada que siempre reservaba para sí en los días soleados, y al ponérsela al frente agregó:

Aquí está. Pero no les digas nada a las otras o se lanzarán sobre mí como chacales.

Ja replicó sin ganas de reír.

Sin saber qué agregar, Leo se arriesgó a darle una punzada a la agotada nínfula:

Sobre todo no le digas nada a Daniela; me parece que tiene pésima actitud.

¿Daniela? No qué va; ella es rebacana.

Quizá contigo, pero a mí me detesta.

No... Ella es bien con todo el mundo.

Claro.

Pagó y se largó. Caminaba despacio y balanceaba su figura a cada paso como una modelo, sin desprenderse del balón de voleibol que guardaba bajo su brazo. Se detuvo, como ya lo había hecho en el pasado, miró a Leo, con los mismos ojos felinos, y este pensó, de igual manera que lo hizo tiempo atrás, que aquel mamífero era lo más hermoso que había visto en toda su pesada y larga existencia. Mas esta vez ella giró todo su cuerpo y lo enfrentó:

Usted qué es lo que tanto me mira dejó caer la pelota y se llevó los puños a la cintura. ¿Es que le gusto mucho o qué?

Usted me vuelve loco, Erica Cruz. En medio de la nada el silencio me susurra su nombre; el recuerdo de sus ojos son la única luz que me queda en la penumbra y nada tendría para mí sentido si creyese que no la podría volver a ver.

Ella enrojeció de repente; sostenía su boca brillante ligeramente abierta, cual si hubiese escuchado a alguien proferir alguna procacidad enorme. Como pudo, tomó su balón, giró su esbelta cintura y se escabulló mediante enormes zancadas. Pero algo muy dentro de ella la detuvo antes de alcanzar la puerta; apuntó una mirada de reojo a Leonardo con las cejas fruncidas como si hubiese descubierto que ese insulto imaginario había sido dirigido a ella.

Atemorizado, Katz se lanzó hacia el oscuro objeto de su deseo, logró darle alcance tras pasar el portón, redujo su marcha frente a las oficinas de secretaría, y empezó a caminar a su lado. Ninguna bata blanca asomaba en el patio interno; apenas algunos suéteres rojos.

Oiga, no lo tome a mal, ¿sí? dijo él con voz de huérfano.

Quién lo está tomando a mal respondió ella sin alzar la voz.

Simplemente, no hay que hacer un caso federal por esto.

Frente al cuarto de instrumentos deportivos él le cerró el paso. Estaba a menos de veinte centímetros de ella y mientras buscaba las palabras adecuadas para justificar sus acciones la contempló bien, ahora que podía. La muchacha era una niña, ¡Grasa! Como decía Hegel cada vez que se estrellaba con una fémina de abrumadoras cualidades. Erica escasamente tenía catorce años y su cuerpo apenas despuntaba un desarrollo exiguo, pero espantosamente sugestivo.

Usted es un tipo raro, Leonardo Katz; si fuera un man normal, como cualquier otro tipo, listo, no le vería problema en verme con usted. Sólo como amigos. Pero todo sería bien. Pero en cambio no, usted me da la impresión de que anda en un cuento todo torcido. No sé si anda con una pandilla, o vende drogas, no sé. Pero

Se mordió el labio inferior y estuvo contemplando por un rato a Leo, a un tipo joven que trabaja tiempo completo en una cafetería de un colegio público. Un tipo que cinco días atrás estaba cruzando un desierto que nadie se atrevía a cruzar. Un agente secreto que dos semanas atrás disparaba y huía entre los corredores de una capital de Medio Oriente. Que mientras ella veía la televisión o paseaba entre los frescos salones de un centro comercial, él colaboraba con los servicios de inteligencia rusos eliminando a un vendedor de armas que proveía a los chechenios de los explosivos que aterrorizaban a los moscovitas. Sí, un chekista; y tal vez ella lo intuía con ese sexto sentido femenino, pero claro, no tenía la mente tan sucia como para anotar tal idea en la lista de posibles ocupaciones extra del señor Katz. Y sin embargo la sensación que le producía aquel extraño acento, esos labios, esos ojos pequeños y curiosos, le bajaba de la nuca hasta la cavidad del corazón; se derramaba entre su estómago como vino caliente y terminaba más abajo de su vientre en las noches en las que se soñaba con él, llenándola de un miedo que en esa tarde le empezó germinar desde el centro de las pupilas, y que Leonardo terminó notando por fracciones de segundo, obligándolo a inclinarse sobre ella, a buscar el olor de su cabello y la textura de sus labios. Entonces el hechizo se hizo trizas:

¿La señorita ahí es que no piensa ir a clases? —era la coordinadora (bata de carnicero, cabello corto de madrastra jubilada y maldita, gafas de anciana y garganta de gallina), esperaba con los brazos cruzados en medio patio. Erica echó a correr escalera arriba, y Leo, ahora experimentado en el arte de la evasión, se borró del mapa.

Friday, July 25, 2008

Capítulo LIV. El Hotel Kabul

El cielo raso era de un color castaño; Leo llevaba un rato viéndolo y ya tenía los ojos perdidos allí. Carecía de la energía suficiente para ponerse en pie y cuan siquiera echar una ojeada a la calle. Desde su perspectiva, además, el cuarto era muy deprimente. Su propia cama era un lecho hospitalario con sabanas pesadas y cobijas de pelo de camello. Había un viejo armario, un espejo ovalado con bordes dorados —perturbador fósil de una época colonial borrada para siempre—, y una mesa con una lámpara de bombillo parpadeante. Eso era todo; y la ventana claro, que dejaba penetrar, a través de sus cortinas de telaraña, el sol de las once y diez. Estaba solo, y la cama de junto había sido hecha con la precisión que sólo se ve en los cuarteles.

Cerró los ojos, escondió su cabeza de la luz cubriéndose con la colcha y procuró dormir otro rato. Vio el helicóptero hacerse pedazos de nuevo y una cara gritando en el asiento del piloto. Se levantó de un salto y sobresaltado por el susto. Maldijo en voz alta y en español. Luego se pasó la mano por la cara: mierda… aún tenía la espantosa barba del espía occidental en suelo musulmán.

Se levantó y caminó hasta el baño al que calificó de aceptable, al menos mejor que el que tenía en Bogotá, pero muy lejos de parecerse al del Azadi Hotel de Teherán. La eficiente administración o quizá un amigo previsor había dejado crema de afeitar, tres cuchillas y una muestra de loción. El agua estaba fría y el día tibio. Se aseó completamente de todos modos y al terminar se quedó un rato mirándose en el espejo. ¿A quién veía Leo Katz, tras todo lo sucedido? Tal vez a Paul Fields, tal vez al asesino eficiente, o al espía imposible, o al mismísimo agente secreto de Joseph Conrad. Regresó a la cama y siguió mirando al techo.

El blackhawk trasladó a Katz y a sus compañeros hasta la base de la Coalición en Herát, la mayor ciudad del oeste de Afganistán. Leo no tuvo tiempo de verla, un médico y un psiquiatra estuvieron revisando que el desierto no le hubiera hervido los sesos. Ambos seguramente concluyeron que Leonardo era así de nacimiento, lo conectaron a una bolsa de suero y en la tarde lo subieron a un monstruoso helicóptero de doble hélice, un Boeing CH-47 Chinook. De esta parte del viaje sólo podía recordar que le habían dado un chaleco antibalas con una etiqueta blanca sobre la que alguien escribió “Katz Leonardo. Journalist. Columbia”. Cuando despertó de nuevo ya estaba en aquel hotel, el Kabul Plaza.

A las once se abrió la puerta pero Leonardo no se apresuró a cubrirse pensando que era Matson. Sonó una voz femenina exclamar cierta sorpresa y cerrar de nuevo apresuradamente.

—Lo siento —dijo Katz alzando la voz—. Por favor sigue.

Entró Irma; su pantalón, zapatos baratos y gabán fueron cambiados por el uniforme de un soldado estadounidense. Incluso la bandera de las barras y estrellas estaba en su brazo. En la franja del apellido se leía “Dickinson”. Por demás estaba bellísima. Leo de por sí sentía una gran debilidad hacia las mujeres en uniforme, y su amiga, en este caso, parecía haber rejuvenecido: sin maquillaje y con su pelo suelto parecía una niña. Llevaba un paquete envuelto en plástico transparente bajo el brazo y una taza de poliestireno llena de café humeante.

—Delicioso, gracias —dijo Katz sorbiendo un poco.

—Gracias.

—No gracias a ti. Me moría por un café.

—No. Quiero decir… —sonrió dulcemente, dejó el uniforme empacado sobre la cama y se puso de pie—. Gracias por todo.

Leonardo se quedó con la taza a unos centímetros de su boca sin saber qué decir. Una motocicleta pasó por la calle haciendo un gran ruido.

—Aún no hemos salido —dijo cuando Irma estaba ya en el umbral de la puerta.

—Yo sí —respondió ella, y cerró.

Leonardo, uniformado para el desierto, subió las escaleras y llegó a la terraza. Había mesas allí pero ningún bar que las atendiese. El coronel tenía una botella de agua y miraba la ciudad y las montañas del norte tras esta. Katz ocupó una silla y se quedó mirando la hermosa mezquita Abdul Rahman, con su cúpula roja y sus muros color ocre. Matson lucía de nuevo sus insignias de teniente coronel y su boina verde con la bandera negra del quinto grupo estaba sobre su rodilla derecha.

—¿Qué vas a hacer ahora Leonardo?

—Voy a casa. Voy a dormir mucho. Voy a conseguir una novia. Voy a escribir una novela. Voy a convertirme en un buen colombiano. Y voy a olvidar esto.

El coronel reía entre dientes pero sin agregar nada más. Bebió un trago de agua y luego, moviendo su silla, encaró a Katz:

—¿Por qué no te quedas?

—¿Dónde, aquí?

—Correcto.

—No… no lo creo. ¿Haciendo qué? Vivo en Colombia; no es el mejor lugar del mundo pero he logrado adaptarme. Además quiero escribir.

—Pues escribe sobre lo que pasa acá. Realmente hace falta.

Pero Leonardo seguía agitando la cabeza en forma negativa. Como no quería seguir siendo presionado optó por preguntarle a Dick si él se quedaría.

—Leonardo, hay cerca de cuarenta organizaciones internacionales trabajando en la reconstrucción de este país. Algunas nuevas llegan, otras se van, así como la financiación. Todos ellos necesitan protección porque este país los necesita a ellos. Nosotros nos encargaremos de darles protección. Leo, esta guerra no la vamos a ganar eliminando tipos en las montañas, la vamos a ganar dándole paz a estas personas, y eso significa una vida digna y unas oportunidades de progreso y de justicia.

—Pensé que ya no estaba con el Ejército.

—Así es. Si estuviera aún con las Fuerzas tendría que ir a donde el Pentágono me ordenase; así que me uní a un programa distinto de la OTAN… bueno, es secreto, pero me ofrecí voluntariamente para ayudar en programas de seguridad para la reconstrucción.

—Mentes y corazones.

—Más o menos —dijo entre risas, luego añadió con extrema seriedad—: Leo, hace veinte años sacamos a los soviets de aquí. Ahora estoy dispuesto a sacar a los malditos que quieren mantener a esta gente en la miseria y la ignorancia.

—Buena suerte, señor. Y cuídese.

—No, cuídate. Y no vuelvas a trabajar para la CIA.

—No lo haré.

—Lo digo en serio.

—Lo sé, señor. Me atraparon en esto, pero no volverá a pasar.

Matson revisó su reloj y le ordenó a Katz bajar con sus cosas a la recepción. Quince minutos más tarde abordaron un humvee con dos rángers dentro y se dirigieron hacia el norte a través de la ciudad que soportaba el peso de un verano terrible.

Si en verano aquella ciudad parecía un basurero en invierno debía ser el lugar más deprimente del mundo. Los edificios viejos se sucedían unos a otros, pero no con la constancia de las grandes ciudades, sino que estas torres, muchas de ellas pertenecientes a la era soviética, se elevaban entre las miserias de la propia calle. Dick le enseñaba a Leo y a Irma los sitios de interés: El ministerio de comunicaciones, el hotel Serena con sus muros de concreto y guardias en cada esquina, el cinema Aryana, cerrado durante la dictadura talibán, el círculo Masoud, el edificio de la Suprema Corte y luego hectáreas y hectáreas de viviendas de barro entre nubes de arena y moscas; edificaciones cayéndose a pedazos y cráteres de diámetro lunar producto de la ira del Tío Sam.

—¿Qué avión es ese? —Fueron las únicas palabras de Irma en toda aquella parte del viaje, señalando un caza rodeado de banderas a unos cien metros de la entrada del aeropuerto.

—Es un avión ruso, un Su-22 de la antigua fuerza aérea afgana.

A la entrada del aeropuerto había un enorme cartel en memoria de Ahmad Shah Masud, el “León de Panjshir”, un arquitecto que luchó durante años contra rusos y talibanes. Dick Matson, quien lo había conocido durante los días de la lucha contra Unión Soviética, sentía un enorme respeto por aquel sujeto ya fallecido. Los talibanes, siguiendo órdenes de Osama Bin Laden, lo asesinaron el nueve de septiembre de 2001.

El interior del aeropuerto estaba bajo control de tropas afganas, aunque había marines en uniforme y comandos de civil por todos lados. Un teniente de inteligencia militar los hizo pasar a la sala de aduanas. Allí estaba Julius, vestido con turbante, suéter gris y pantalones blancos, un atuendo repetido docenas de veces en la calle. Sus pies estaban sobre la mesa y fumaba mientras leía el periódico local. Leonardo estuvo a punto de preguntar de dónde rayos había salido pero cerró la boca ante lo que vio: sobre la mesa de aluminio estaba su maleta, sus libros y ropa. Cómo había llegado aquello ahí, no lo sabía ni lo sabría nunca; Julius era un tipo perturbadoramente oscuro y lleno de secretos.

—Hay excelentes peleas de perros al oeste de la ciudad, Dick. ¿No vienes?

—Luego —respondió Matson. Luego de entregarles a Leo y a Irma sus pasajes y documentos de viaje, ordenó a esta y a Julius que salieron mientras Leonardo cambiaba su uniforme por sus jeans baratos, su camiseta gris de Condorito y sus botas de constructor. Su pasaporte colombiano estaba también allí, pero esta vez usaría el estadounidense. Era increíble, pensó, las habilidades que desarrollaban algunos agentes secretos para pasar por encima de la ley.

Dick les abrió paso hasta que llegaron a la pista. Allí se despidió de Leonardo, al que le dio un abrazo, y de Irma con la cual sólo hubo un apretón de manos.

Luego caminaron hasta un Airbus A320 de la aerolínea Swiss Skies. Al ir subiendo por la escalera, Leonardo, que ascendía con pasos cortos, miraba a Dick Matson, su maestro, allí de pie, firme como una roca; sabía, además, que al darse vuelta, mientras el regresaba al mundo occidental, él se entregaría de nuevo a las operaciones secretas. Tal vez llegaría el día en que él terminase así, viviendo de la guerra. Esperaba que no, esperaba morir a los noventa años en una finca al norte de Bogotá, rodeado de nietos y periodistas culturales.

Durante el vuelo, tanto él como Irma se dedicaron a escribir en las pequeñas libretas rojas. Irma, empezaba, con trazos temblorosos, a redactar los primeros apuntes de su diario en francés. Esto hizo sonreír a Leonardo, para quien el aprendizaje del español también fue un lento proceso de años y crecimiento. Su metamorfosis, pensó luego, no parecía haber terminado con el paso de ser un chico estadounidense a ser un joven latinoamericano, sino que de aprendiz de escritor mutó a agente secreto, envuelto en operaciones de guerrilla, persecuciones en auto, tiroteos y fugas por desiertos. Ahora podía considerarse experimentado en cosas que la mayoría de los mortales ni siquiera soñarían con hacer, pero, temía que este proceso lo llevase a su propia destrucción. Si se hacía adicto a la adrenalina podría terminar muerto en un sótano, ejecutado por terroristas o agentes de contrainteligencia. Como Charlie Gordon, el protagonista de Flores para Algernon —libro que ahora deseaba haber tomado de la casa de Irma—, quien a cada paso se hace más inteligente, pero al mismo tiempo más infeliz, al final sufre el dolor más grande, perder todo lo que ha conseguido; y ese podía ser también el dolor más grande para Leonardo: convertirse en un superhéroe para ver luego todo evaporarse ante sus ojos. Antes de quedarse dormido tras la cena, Katz deseo con todo su corazón que aquello no sucediese nunca.

En el luminoso y futurista aeropuerto Charles de Gaulle Irma Yushij y Leonardo Katz se dijeron adiós. Ella lo abrazó con fuerza y al separarse había lágrimas en sus ojos. Se sobrepuso e intentó una sonrisa:

—No, esto no está bien. Si te digo adiós ahora nunca te voy a volver a ver.

Leonardo le pidió entonces la libreta y anotó su correo electrónico.

Ella por su parte tomó su maleta de viaje y extrajo su abrigo negro. Se lo entregó, mas Leonardo no supo qué responder.

—Tómalo —dijo ella poniéndole la prenda regalada por Franz Wessel en las narices—; por favor, a mí solo me trae malos recuerdos, y además le queda mejor a un hombre que a una mujer occidental. Pensé en tirarlo igualmente al desierto, pero tú eres un muchacho muy alto y se te va a ver bien.

Katz se puso de inmediato el gabán y eso fue todo. Irma, la prostituta de Teherán, la madame de El Cielo, la poeta, la empresaria, la hija del editor devorado por la revolución, se marchaba vestida de soldado estadounidense; su pasaporte decía que ella era la sargento segunda Arianah Melany Dickinson Hatami. Sólo le serviría durante un par de meses antes de caducar, pero por ahora podía entrar libremente en Europa, e incluso en Estados Unidos, como miembro de la infantería de marina. Definitivamente la CIA podía hacerlo todo.

Katz se dirigió a un puesto de información y preguntó donde había computadoras públicas con acceso a Internet. Mandó un correo electrónico y media hora después obtuvo su respuesta: un agente de la Compañía se reuniría con él a las cuatro de la tarde en un restaurante de la rue Bosquet para presentar su informe preliminar. Leo borró el mensaje y se dirigió al mostrador de Air France para preguntar por los próximos vuelos a Bogotá.

Thursday, July 24, 2008

Capítulo LIII. El no lugar

Y cuando despertó, Leo Katz supo que aún estaba en Irán: le dolían los huesos y había tenido pesadillas. Concretamente, se vio a sí mismo invitando a salir a Erika frente a toda la escuela, y aún al abrir los ojos, en vez de escuchar el traqueteo de las ruedas sobre los raíles, creía sentir aún los chiflidos y risas de la multitud burlándose de su atrevimiento. Lo único que no podía recordar era si Erika aceptaba o no. Pero fue un sueño terrible y sus huesos, como si fuesen testigos, lo pateaban por dentro.

Ya no hacía calor —aquel sueño había sido un abrasador escenario—, pero el viento seguía siendo igual de seco y cortante. No obstante estaban en las montañas de nuevo.

—¿Sabes qué horas son? —Le preguntó a Irma en cuanto pudo volver a salivar la boca y a mover correctamente la mandíbula.

—Las siete y veinte minutos.

Pese a los dolores había dormido todo un día; algo positivo. Faltaba mucho para la puesta del sol, aún, y Leonardo ignoraba cuánto más tendrían que viajar entre carbón. Sus manos, su ropa, su propio rostro estaban cubiertos de una pátina negra imposible de sacar.

Por fortuna para Leo, y para Irma, que sentía la resequedad con más desagrado que su compañero, el viaje terminaba ahora: Dick Matson llamó su atención arrojándoles una piedra de carbón. Los dos se acercaron al otro vagón y escucharon:

—Preparados para salto en seis minutos. Mucho cuidado; recuerden caer con los pies juntos y rodar.

—Qué suerte que este no es un Hércules.

Dick sonrió entendiendo el apunte. Luego, con las puntas de los dedos se señaló los ojos y tocó el reloj de su muñeca: atento y preparado. Katz levantó su mochila y, con las manos aferradas al pie del vagón, empezó a respirar lentamente para reducir el miedo natural que le corría como un ejército de hormigas de vidrio por las piernas y los brazos. Había rocas de todos los tamaños, arbustos resecos de hojas afiladas, poca arena y más bien mucha grava se acumulaba al pie de la carrilera.

—¡Diez! —gritó Matson. Leonardo empezó a contar de forma regresiva sentándose al borde del vagón. Irma hizo lo mismo pero en su aterrorizada cara se le notaba el temor creciente a resbalarse.

Dick y Julius saltaron cuando la cuenta llegó a cero; Leonardo los siguió al alcanzar el número uno sin pensar, sin dudar, simplemente descolgándose como lo haría si hubiese estado sentado en una barda al lado del camino. Sintió medio segundo después sus pies enterrarse entre las diminutas piedras, no intentó rodar luego, se quedó allí de pie con sus brazos pegados al cuerpo como si se hubiese lanzado a una piscina. Miró hacia delante, y vio que Irma seguía trepada en el borde del vagón, incapaz de moverse. Dick lo rozó por un lado al ir corriendo tras el tren mientras le gritaba a Irma que saltase de inmediato. Unos veinte metros adelante la mujer se dejó caer en los brazos de Matson y ambos terminaron rodando en una nube de polvo.

Una de las enormes manos de Jules tomó a Leo por el brazo obligándolo a ponerse de rodillas. Fue un movimiento súbito y violento, pero ante el que no habría excusas: el negro miraba en todas direcciones como si viese a sus enemigos invisibles; mas Katz entendió a tiempo: estaban a cincuenta metros de una autopista que se dirigía al noroeste y a menos de cien de una arteria principal que se conectaba a esta. Por allí pasaban autos, camiones e incluso motocicletas. Cuando el tren redujo su forma visible en el horizonte, Leonardo pudo ver el complejo de los ferrocarriles donde haría su próxima parada. Ya no estaban entre el desierto montañoso; por todos lados se veía actividad humana.

En total el tren había recorrido seiscientos treinta y dos kilómetros hasta ese punto, en, aproximadamente, once horas y media. Había hecho dos paradas, pero su destino final era Mashhad, la capital de la provincia de Jorasán, la ciudad más grande e importante del este de Irán. Naturalmente, los aventureros debían evitarla, así como a cualquier otro ser humano que, al activarse su curiosidad, los pusiese en peligro.

Irma estaba bien; todos estaban bien, aunque cubiertos de hollín y transpiración seca. No obstante, Julius, y el propio coronel, lucían tan propios de aquel ambiente agreste que no parecían tan lamentables como Irma y Leonardo, animales de ciudad, que ya parecían extenuados.

El coronel ordenó moverse de inmediato, señalando un puente situado a unos cien metros de ellos en dirección sur. El puente pasaba por encima de un río de arena; los autos por aquella vía eran menos, y aquel punto parecía bueno para esconderse hasta que cayera la noche.

Bajo el puente, mientras empezaba a oscurecer de nuevo, el teniente coronel Dick Matson explicó el asunto con lo que algunos autores llaman “un prólogo necesario”:

—Nunca como ahora habremos estado en tanto peligro de morir. Estamos a ciento ochenta kilómetros de la frontera con Afganistán. En ese tiempo-espacio puede ocurrir cualquier cosa: ser atacados por el ejército, ser atacados por los talibanes o morir de sed. Tengo que advertirles que nunca en mi vida he hecho una cosa así, por que algo que aprendí en las Fuerzas es que nunca se debía hacer algo como esto. He considerado, junto con Julius, la posibilidad de robar un vehículo que nos pueda acercar a la frontera. Pero sería arriesgarnos a ser blanco de las patrullas aéreas; sus pilotos saben bien reconocer las marcas que dejan los vehículos en la arena. La única manera de no ser detectados es mediante el yomp, hasta que podamos alcanzar una posición en que podamos establecer contacto con fuerzas amistosas.

El plan era atravesar el desierto de Jorasán hacia el sureste, cruzando las montañas, hasta alcanzar Afganistán y las fuerzas de la coalición estacionadas cerca de la frontera. Se moverían de noche y tan separados que ningún satélite o avión de reconocimiento les diese importancia. Los peligros, obviamente, a parte de los mencionados por Dick en su preámbulo, eran perder la orientación, separarse del grupo o enloquecer. Al igual que la selva, que nubla los sentidos hasta que el cerebro, de forma defensiva, empieza a generar alucinaciones, en el desierto el calor y la repetición constante de panoramas similares causan, en personas agotadas o con bajos niveles de hidratación, pérdida de la razón o la noción del tiempo. Algo muy similar a lo que ocurre cuando una persona es sometida al aislamiento sensorial.

A las nueve de la noche comenzaron la marcha, manteniendo una separación de quince metros entre cada uno. Dick, el guía, iba adelante; Leonardo no debía perderlo de vista, así como Irma debía mantener sus ojos fijos en él. Julius iba a veinte metros de ella, con el rifle AK a su espalda y asegurándose que nada los siguiera.

De ese momento, a las siete de la mañana del día siguiente, los viajeros evitaron las últimas concentraciones humanas y se introdujeron entre los riscos cortantes de la cordillera. El aire se hacía diáfano, como pasar de un río de aceitoso caudal a uno de alcohol puro. La luna y las estrellas de verano les dieron luz suficiente como para no perderse de vista; Matson revisaba su mapa con una linterna de campaña sostenida a dos centímetros del papel. Para un boina verde, pensó Leonardo, el mundo debe ser su casa. ¿Podría acaso guiarse también entre la montaña como entre el bosque, como entre la nieve, como entre la jungla húmeda? Muy probablemente sí; para él, Katz, las estrellas seguían siendo granos de arena diamantina arrojados al azar por la aleatoria fuerza del cosmos. De seguro se comportaba como un tonto y un ignorante, pero él no había pedido venir aquí. Los escritores —meditó luego— como los artistas, deben aprender de todo; el conocimiento del mundo les permite hacer reflejos de este en sus obras. ¿Acaso la mediocridad de las artes hoy en día se debía a que ya nadie quería saber nada más que lo específicamente relacionado con su labor? Era muy probable: antaño los pintores ilustraban su época, su gente, la Historia o incluso le daban vida a la mitología cristiana. Ahora un mozalbete derretía vasos plásticos extraídos del vertedero de una cafetería y luego los pegaba a láminas de madera para poder exhibir aquello la galería. Los escritores no se quedaban atrás: inventaban historias insulsas sobre pecados de oficina o amores por correspondencia, o cualquier otro tipo de drama clase B ambientado en alguna temporada de caos. El cine se mantenía. Corrección, Hollywood mantenía al cine: Europa y la India procuraban hacer películas de bajo presupuesto, lagrimas a litros y supuestas buenas actuaciones, basadas, generalmente, en primeros planos a los rostros mal afeitados de actores reconocidos. Sobre la música no podía decir nada porque nada sabía en verdad.

Aprender, entonces, debía ser parte de la disciplina del artista; una fase necesaria dentro de la ceremonia de creación. Un pianista, por poner el ejemplo más sencillo, podía practicar hasta seis horas al día, todos los días, y agregar a ello el estudio analítico de las sonatas y conciertos más reconocidos de la Historia; a ello, entonces, debía sumar la apreciación de las artes plásticas, la literatura, la fotografía, y el vasto etcétera que podríamos mencionar, donde composición, talento y alma se mezclan en crear algo útilmente inútil como es el Arte.

Leonardo Katz debía aprender a entender las constelaciones, los mapas y la brújula, como a los hombres, las mujeres y la vida diaria. En medio de una cueva los viajeros instalaron su campamento improvisado, sin luz, arrollados en mantas y comiendo pulpa de frutas de empaques metalizados. Luego vino el coronel y le dio la orden de hacer la primera guardia; así pudo el agente secreto ver el cielo mutar de color hasta hacerse de un finísimo azul zafiro. No intentó dormir luego de ser relevado por Dick, sino que se dedicó a revisar el plan de su novela; al final decidió componer un larguísimo monólogo que mezclara las relaciones interpersonales y los problemas económicos que aquejan al ciudadano promedio.

Latas de leche condensada les dieron la energía de empezar la navegación entre las rocas, los diminutos guijarros que se clavaban en la planta de los pies. Katz agradeció tener sus botas de constructor, pero lamentó que Irma tuviese que andar despacio y torciendo el rostro cada vez que una piedrita centenaria afilada por el viento se le hundía en la carne.

Navegaban entre una marea violenta, con enormes olas de magma ahora seca y gris, donde el viento corría colándose entre sus surcos, grietas y rocas, silbando de todas las formas posibles. Viajaban por una luna habitada por sirenas invisibles. Leonardo empezó a sentirse mal cuando, tras alcanzar la cima de la montaña vio un valle abismal a sus pies, un cañón de negrura absoluta que se iba empinando poco a poco hasta elevarse otros cientos de metros por encima de su ángulo recto horizontal. Ese descenso fue lento y lleno de temores; al llegar al fondo, los aventureros tuvieron que tomarse las manos para no perderse entre la nada. Permanecieron ciegos hasta que, mientras trepaban, empezaron a verse las caras entre sí, pintadas de azul por el sol aún oculto. Extenuados llegaron a la cima, sólo para descubrir otra serie de ondulaciones sin fin.

Rodeados de cardos secos se instalaron a dormir. Leonardo de nuevo tuvo a su cargo la primera guardia. Estaba extenuado y sus rodillas fallaban, como el resto de su sistema motor; con sólo cerrar los ojos un instante, sus párpados se adherían entre sí y requería un gran esfuerzo, a cada vez mayor, para separarlos.

Durmió bien cuando le fue permitido el descanso, pero su cuerpo, atacado por las altas temperaturas, empezó a deshacerse, de tal forma que Leonardo se encontró empapado de sudor cuando fue despertado al caer la noche. Su rostro, por el que pasó una mano para limpiarse la boca estaba cubierto de una barba espesa y dura como si estuviese compuesta por filamentos de cobre.

Por la posición del sol, ya casi extinto al occidente, Leo Katz supo que viajaban hacia el oriente de nuevo. Las millas anteriores fueron un recorrido hacia el sur, cruzando la cordillera; ahora, seguían la línea de las montañas, entre una tierra muerta y accidentada, muy distinta al desierto plano que Katz había previsto. Al llegar a lo alto de una de estas colinas, de no más de ochenta metros, Leonardo avistó una oscura llanura con pastos y fragmentos de vida humana extendidos entre los montes que él cruzaba y otras montañas más hacia el sur. No es que estuviesen en el confín del mundo, pensó, sino que aquel viaje requería mantenerse alejado de los habitantes locales. Ignoraba cuán fuerte o qué tan débil era la presencia del gobierno en estas zonas del país; quizá el coronel tampoco tenía mayor idea, así que mejor no correr riesgos.

En el curso de la noche abandonaron las montañas, aunque allí la presencia de vida silvestre, y tierras húmedas por la presencia de algunos caudales aumentaba, así como el olor del hombre, el fuego y el gas de las minas. Estas montañas de Jorasán son la parte más fértil de la región; hay diversos pueblos localizados allí al pie del río que corre de sur a norte. Al iluminarse el cielo, Leonardo esperó la orden del coronel para detenerse y descansar; no hubo tal. Irma y Leo se miraban; en los ojos de esta estaba pintado el esfuerzo sobrehumano que había hecho para seguir caminando las últimas sesenta millas, agotando el agua del cuerpo. Leonardo, trotó un poco para acercarse a Matson, quien guiaba como siempre la columna, y le preguntó dónde acamparían. Este, sin detenerse, replicó:

—Ya no nos podemos detener.

—Leonardo —exclamó Irma más atrás—, dile que no puedo seguir; estoy por caerme al piso.

—Sigue caminando, Leo —ordenó Dick, luego se regresó por Irma. Le pidió la mochila, se la puso a la espalda por encima de la que ya llevaba y tomándola por el brazo le dijo en farsi:

—Detrás de esas colinas está Afganistán. Y —trazó un semicírculo apuntando con el dedo— toda esta zona es el corredor de desplazamiento de la guardia fronteriza de Irán. Si alcanzamos las colinas nos podremos detener, mientras, seremos pasto de los francotiradores. Si las cosas se ponen mal habrá que esconderse, pero por ahora, cuanto más tiempo podamos ganar a menos peligro estaremos expuestos.

Le soltó el brazo, le dio de beber el contenido de su cantimplora y luego le dijo:

—Nos vamos a separar aun más. Si te caes al piso te quedas sola.

Un miedo terrible se apoderó instantáneamente de Irma; dos lágrimas se le escaparon y soltó un quejido muy débil que intentó ocular tapándose la boca. Matson la tomó de nuevo por el brazo como si se lo fuese a arrancar. Le señaló de nuevo las elevadas lomas que limitaban aquel desierto que tendrían que cruzar y le dijo al oído:

—Mira bien el sendero que dejan mis pies y la dirección que llevamos. Hacía allá está mi hogar, hacia allá esta París. ¿Quieres ir a París? ¿No dijiste que dejarías todo por ir a París? Que eras una mujer que perseguía sus sueños; bien, ahora tus pies te duelen, pero llegó el momento de que demuestres, fuera de toda palabra, que no hay barrera que frene lo que buscas.

La dejó y siguió caminando. Irma, pálida y con los hombros caídos miraba hacia la nada, por sobre la marea seca de esta tierra en ruinas, la Ciudad de la Luz. Y guiada por la punta afilada de la Torre Eiffel, empezó a caminar, alimentada por la energía ígnea del odio a su propio dolor.

Las ondulaciones, accidentes, montes, riscos, cañones y demás desaparecieron. La tierra a en torno se hizo en planicie, y las montañas alrededor, antes tan claras como puntos de referencia, desaparecieron. Estaban entre el cielo, más azul que nunca, y una nada infinita de arena parda.

Para Leonardo aquellas fueron las peores horas. Fuego verdadero le abrasaba de los pies hasta los ojos. Al abrir la boca sólo sentía el aire seco que puede salir de un horno encendido. Y cuando llegó el medio día, y su sombra desapareció, creyó que había sido tragado por la arena finalmente: arena bajo sus párpados, arena entre su ropa, entre sus fosas nasales, las orejas, sobre la lengua, tapando cada poro, imposibilitando el avance. Desesperado, creyéndose atrapado trató de correr, pero el intento culminó en fracaso: la arena, fina como el talco, había atrapado sus rodillas, y su nivel, como un caudal creciente de agua —¡agua!—, empezaba a cubrir sus muslos, para proseguir con su cadera. Cayó al piso para desenterrarse; si pudiera ver, maldita sea, podría trepar para salir de esta celda asfixiante. Por más que movía las manos, aumentando el frenesí de su desesperación por salir a la superficie, más arena lo envolvía, hasta que sus brazos mismos quedaron presos y, habría gritado, si no fuese tanto el miedo de ahogarse con aquella materia viva que lo devoraba.

El coronel tuvo que tomarlo por la camisa, abrirle la boca y derramar dentro la poca agua que le quedaba. Le limpió los párpados y Leo pudo abrir los ojos; estaba tendido en el suelo. Dick le sugirió que no guardase más la pulpa de fruta y se la tragase toda. Leonardo, aún en el piso, obedeció la orden, y aunque no se sintió mejor, pudo ponerse de nuevo en pie y seguir el curso que dibujaban sus propias sombras, alargadas por la luz de la tarde.

Irma y Leonardo se apoyaron entre sí para caminar. Él quiso preguntarle algo —luego no se acordó de qué fue—, pero ella le ordenó callar: cada vez que abría la boca el aire caliente le arrebata el agua del cuerpo. No importaba, pero unos diez minutos más tarde ella señaló algo y exclamó otro tanto en farsi, muy preocupada, creyó Katz, a juzgar por su tono: delante, manchando la recta superficie del mundo inerte, ciertas figuras, muy pequeñas, distorsionadas además por el calor, avanzaban. El coronel, además, avanzaba hacia ellos como si no los viese, como si no los pudiese ver, o si no le importase ya.

Eran caballos, y sus jinetes, claro; agrupados entre sí, hechos un obeso insecto de miles de patas, hasta que se revelaron cabezas, formas de hombros y luego, rostros barbados, turbantes, gorros, manos aferradas a las bridas de las bestias, y luego, rifles; fusiles AK sobre los hombros, o colgados de la espalda. A unos cien metros, Leonardo decidió que eran unos treinta, todos hombres, con un guía robusto de camisa gris, y una enorme barba; un hombre blanco teñido de rojo por el sol.

El guía adelantó a los otros y detuvo su caballo a dos metros del coronel Matson; se desmontó lentamente, se quedó mirando a Dick y exclamó:

—Capitán Gary Howard, señor —saludó militarmente en una fracción de segundo y añadió.

Matson sonrió y cuidadosamente saludó al capitán.

—Soy el teniente coronel Richard Matson. Bueno, algunos progresan, ¿verdad Gary?

El guía empezó a reír enseñando sus apretados y amarillentos dientes. Sus cavernosas carcajadas llegaron a Leonardo, quien, observando la escena, había estado conteniendo la respiración. Aliviado se dejó caer en el suelo.

—¡Demonios Dick! Algo me decía que eras el paquete… ¡Por Cristo que sí!

Levantó una mano y gritó.

—¡Hey Buker! ¡Trae agua y que el doc atienda a esas personas! ¡Pero ya maldición!

Un sujeto rubio de largos bigotes y pañoleta de pirata en la cabeza desmontó y extrajo dos contenedores de agua, a su lado un gigantesco árabe de piel cetrina se acercó corriendo a donde estaban Irma y Leonardo; de inmediato empezó a revisar los ojos y el interior de la boca de Irma. Katz tomó una de las cantimploras que le ofreció Buker y empezó a beber como un loco.

—Despacio chico —advirtió el sargento Fred Buker—; ahogarse en medio del desierto es la forma más ridícula de morir.

Aquellos eran hombres de algún destacamento A, del quinto grupo de fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos. Los otros eran guerreros de alguna tribu occidental afgana, entrenados y formados por los boinas verdes. Al verlos, Irma tomó su rusari y se cubrió totalmente el cabello y la cara, dejando sólo espacio suficiente para poder ver.

El grupo llevaba consigo unos seis caballos extra, a parte de aquellos que cargaban cestos con alimentos, agua y munición. Tras muchos años Leonardo volvía a montar, y lo hacía torpemente, en parte porque nunca dejó de tenerle cierto miedo a esta clase de animales, y en parte porque estaba agotado por el recorrido. Su estado de ánimo mejoró, y se dedicó a contemplar a sus nuevos compañeros de viaje: aquellos soldados americanos se mezclaban con los afganos como si fuesen parte de su tribu, hablaban con ellos y reían o señalaban quién sabe qué en él, en Matson y en Julius, quien reservado cabalgaba a un lado junto a Irma.

Dick, por su parte, charlaba animadamente con el capitán Howard. Como luego se enteraría Leo, Matson había recibido a Gary en el 2003, justo antes de partir para Irak. Necesitaba alguien que lo sustituyera en sus labores contra los talibanes. Howard, recordaba Dick, parecía recién egresado de West Point: impecable y rígido como un académico. En tres meses lo transformó en un guerrero salvaje que blandía su cuchillo y lanzaba gritos de guerra al entrar en combate. Katz se sintió entonces orgulloso de ser también alumno de aquel hombre tan famoso.

La banda recorrió durante el resto de la tarde veinte mil metros. Tras un descanso de cuatro horas empezaron los siguientes cincuenta kilómetros de recorrido hasta Afganistán, donde pudieron ver, a la distancia, las primeras unidades de tropas americanas estacionadas con artillería AA y antenas de interceptación de señales. Al medio día descendieron al río; mientras las bestias bebían y los afganos se entregaban a la oración, el ingeniero de comunicaciones del equipo montó una radio y solicitó una extracción en la base de Chakab. Allí llegaron una hora y media más tarde, aunque no pudieron ver mucho: un UH-60 Blackhawk se presentó aún antes de que alguno de los aventureros hubiese podido bajarse del caballo. Tuvieron que correr de inmediato hacia el aparato, no sin un gran esfuerzo, ya que los cuatro llevaban días caminando. Dentro una cabo les gritó que aquello no era un autobús escolar, y que mejor seguían las reglas de seguridad. Dick estaba al parecer muy cansado para replicarle algo a esa chica.

El médico encargado del destacamento llegó con un muchacho de quince años herido espantosamente en un costado de su torso. El capitán Howard le entregó a la cabo el correo y, una vez todo estuvo debidamente atado, el pájaro se elevó elegantemente hasta que el poblado no fue más que una mancha junto al serpenteante curso del verdoso río.

Antes de quedarse dormido, Leonardo vio a Irma, al pie de la puerta, tomar con una mano su rusari, hacer un nudo con él y arrojarlo al vacío. Liberada al fin de su cultura se quedó dormida.

Saturday, July 19, 2008

Capítulo LII. El desierto

La luna enseñó su cara al filo de la media noche, cosa ignorada por Leonardo Katz ya que no tenía reloj. El satélite pacífico se mostró con nitidez y proximidad al violento planeta. Leo pudo detallar en aquel globo blanco rectas avenidas, sinuosos canales, pozos gigantescos, lagunas de toda clase y tejados de casas habitadas, seguramente, por lunáticos. En Bogotá no podía ver la luna, al menos no tan cerca pese a estar unos mil y tantos metros por encima de la montaña por donde transitaban ahora. El tren de carbón llevaba una velocidad cercana a las cincuenta millas por hora, a juzgar por el viento, que golpeaba los rostros de los viajeros permitiéndoles no asfixiarse con el polvo flotante del carbón.

El material que trasladaba el tren estaba triturado y transformado en pequeñas piedras, por lo que no había una forma segura de poner el trasero sin empezar a resbalarse. Todo intento, tanto por parte de Irma, como por parte de Katz de ponerse cómodos terminaba fracasando. La luz no era suficiente para leer, o escribir, así que, a parte de meditar, no podían hacer nada. El coronel, en el vagón siguiente, encendió una linterna de bolsillo una vez, apagándola inmediatamente, esto atrajo la atención de Leo, quien al mirar a Matson notó que este le estaba haciendo señas.

—¿Puedes dormir? —Preguntó en voz baja Dick una vez estuvieron lo suficientemente cerca para hablar.

—No, no creo, no tengo donde…

—Muy bien, en ese caso haz la primera guardia. Quédate aquí sentado con esta linterna. De ocurrir algo sospechoso enciende la luz y apuntala a mi cara hasta que despierte.

—Bien.

—Mucho cuidado, mucho cuidado.

—Sí, señor.

—Dile a la chica que intente dormir, nos esperan muchas horas de marcha aún.

Dicho esto regresó a su posición: había logrado cavar, seguramente con sus manos, una zanja entre el montículo de carbón. Allí, rodeado de piedras, como en un ataúd, pálido y con los brazos sobre el pecho, como un difunto, se quedó dormido. Julius dormía ya de la misma manera, mimetizado completamente entre la carga.

Leonardo fue con Irma y le ayudó a abrir una zanja para ella. Luego, de su morral, extrajo la pistola y la puso sobre su rodilla derecha mientras en la izquierda tenía la linterna, fuertemente agarrada, ya que temía que esta se le resbalase y se perdiese, ya entre el carbón, ya en medio del desierto. Tenía que estar alerta, no distraerse, ni concentrarse tanto en un movimiento continuo que terminase cayendo dormido.

El paisaje era poco llamativo: montañas y rocas y las planicies interminables del desierto, donde la propia luz de la luna parecía negarse a llegar. Las estrellas se contaban por millones, pero para verlas debía inclinar la cabeza completamente hacia atrás y, tras hacerlo por un par de minutos empezó a sentir dolor. El ronroneo de las máquinas era además hipnótico.

¿Valía la pena escribir sobre esto? Se preguntó de nuevo; no ahora, claro, ¿pero algún día valdrá la pena? Como aquello no parecía ser parte del proceso de formación de escritor quizá no. Era mejor guardar silencio en torno a ello. Intentó pensar luego en el helicóptero destruido, pero ya su cabeza sangraba por este hecho: se había desarmado en el aire, a causa del proyectil o el rayo láser disparado por una aeronave situada casi a una altura inalcanzable. No, olvidar, mejor olvidar. Cuando se aprende a olvidar convenientemente algo, se vuelve esta la mejor herramienta para sobrevivir a un mundo violento. Había olvidado ya al primer hombre que mató —al menos sus ojos y la expresión de sorpresa que tenían—, luego a los otros, incluso al alemán y sus secuaces. Fases tantas de un videojuego superado. Capítulos de novela más de un libro sin valor literario.

La nube gris con los cuerpos hechos ceniza de los tripulantes del helicóptero se le formó de nuevo frente a los ojos. Agitó la cabeza: se estaba quedando dormido. Prefirió pensar entonces en qué respondería en su primera entrevista para televisión, una vez fuera famoso y su novela El empleado del mes se vendiese por millones.

Dick Matson salió de su ataúd de carbón un rato después. A Leonardo le pareció que no había transcurrido mucho tiempo, pero en verdad no sabría decir qué horas eran.

—¿Ya he terminado, señor?

—No realmente, pero no duermo mucho.

Silencio, la luna, el viento.

—¿Qué rayos fue eso de esta mañana, Leo?

—No lo sé, señor.

—Basta con eso de “señor”, no eres un maldito infante de marina.

—Muy bien; no lo sé, estoy seguro que desintegraron ese aparato con una sobrecarga de energía.

—Sí, pero lo que yo me pregunto es ¿quiénes eran?

—¡Pero ya qué importa, están muertos!

—No levantes la voz.

—Lo siento —Leonardo se acomodó mejor, o al menos lo intentó; su trasero se estaba adhiriendo al metal oxidado del vagón—. Es que no quiero pensar en eso. Hayan sido quienes hayan sido, enviamos una señal de ayuda, como cuando se solicita un ataque aéreo, y esa fue la respuesta. Somos responsables de esas muertes, yo al menos siento que sí.

—Leonardo, mi preocupación no es si estuvo bien o mal; entiende de una buena vez que esa clase de clasificaciones no existen en el reino animal. Pero es que estoy seguro que no había posibilidad de que alguien, ni la guardia revolucionaria, ni la policía, ni la contrainteligencia, nadie, nos siguiera ni intentase detenernos.

—¿Entonces por qué diablos no tomamos un avión el aeropuerto?

—¿Recuerdas a tu amigo William?

—¿William? Yo no creo que ese tipo nos hubiese vendido.

—A ustedes no, pero a mí sí. En el mismo modo, no se puede confiar en ese tipo de personas. Conozco a ese sujeto y sé de lo que estoy hablando.

—¿Quién es?

Raúl Strogov, apellido que adoptó de la mujer que tomó por esposa cuando se radicó completamente en Rusia. Su anterior apellido es desconocido, así como su país de origen, pero podría ser cubano, o más posiblemente mexicano, según algunos indicios que flotan por ahí. Desde muy joven se unió al partido comunista y esto le permitió conseguir una beca en la Universidad de la Amistad Patrice Lumumba en Moscú. Que tuviese los conocimientos de ruso suficientes para ingresar hace pensar que pertenecía a una clase alta. Se graduó en Historia de Medio Oriente e hizo un doctorado en literatura árabe. Su capacidad de expresión en cuatro dialectos árabes —y muy posiblemente el farsi—, lo puso en la mira de los caza talentos del KGB.

En el curso de adiestramiento no se destacó por su corrección política; parecía siempre dispuesto a hacer lo que sus instructores le ordenasen y asentir ante lo que el Partido dijese. Como allí valoraban más la lealtad política que la capacidad operativa, fue enviado erróneamente a América del Sur. Primero estuvo en Ecuador y luego en Colombia y de ambos salió por la misma razón: aunque logró en las dos asignaciones desarrollar una identidad creíble, vivir entre los locales y adquirir información, pronto se dio cuenta que la capacidad de penetración de la CIA era demasiado alta para que él, o cualquier otro agente estuviese seguro por mucho tiempo. Así lo dejó saber en una serie de informes que luego pasaron a Moscú. Se aplicaron nuevas medidas y Raúl recibió un asenso.

También ganó el derecho a aplicarse a su verdadero campo de trabajo. Empezó a viajar por Argelia, Túnez, Irán, Siria, Egipto, Libia y Yemen. Su misión era mantener los vínculos entre la Unión Soviética y los “elementos progresistas” que allí se ocultaban o se entrenaban. Aunque Strogov, quien siempre viajó con credencial de periodista y documentos mexicanos, se presentaba ante los miembros de estas células como “representante” y tomaba nota de sus necesidades, su verdadero trabajo era mandar reportes acerca del estado de ánimo, capacidad, lealtad, y seguridad de estos grupos terroristas.

Algo más importante que estos reportes obligó a salir a Raúl y trasladarse de nuevo a Moscú. El continuo derribo de aeronaves soviéticas por parte de los mujahedines limitaba todo esfuerzo ruso por mantener el control del país. Los informes del GRU habían dejado de ser confiables; sus reportes de bajas enemigas sólo mencionaban locales, pero no podían diferenciar un árabe de un afgano ni entre estos a qué etnia podía pertenecer. El Segundo Directorio del KGB estaba seguro de la presencia de americanos entre los rebeldes pese a que aún no habían capturado a ninguno. Tal vez el Primer Directorio debía ocuparse del asunto.

Raúl siguió empleando su fachada de periodista, viajó junto a otros corresponsales occidentales que se arriesgaban, entre la muerte, las malas condiciones y las minas, hasta llegar a las posiciones de los mujahedines. Las cosas que vio en el camino, el rastro de muerte y las victimas no le hicieron cambiar de opinión ni cuestionarse qué hacía allí y a quién servía; para Raúl los pueblos podían vivir en paz o en guerra, si elegían esto último, como parecía ser el caso de los afganos, las víctimas terminarían siendo aquellos que no pudiesen escapar de la voluntad de los otros. Así se lo dijo a un cronista francés que viajaba con él.

Este periodista, llamado Marc Freyè, buscaba a un antiguo compañero suyo de la universidad, un joven afgano de familia moderadamente adinerada que había enviado a su muchacho a estudiar medicina en París. Freyè quería hacer un largo reportaje sobre él, ya que mediante correo este le había comentado que ahora ayudaba en un campamento muyahedin. A Strogov no le interesaba el médico, pero sí esperaba ver dentro del campamento a algún americano que confirmase los rumores de la Lubianka.

El lugar, en el extremo suroeste del país, a unas cincuenta millas de la frontera con Pakistán, estaba habitado por los rebeldes, sus familias, y aquellas personas que simplemente no tenían a donde ir. El médico estaba allí, por supuesto, con una fila de pacientes más larga que cualquier centro médico moscovita. Tras saludarse con su amigo Marc, y serle presentado Raúl, empezó a hablar con los dos sobre sus años allí y su lucha por prevenir a todos, pero en especial a los niños, de las minas y trampas instaladas por los soviéticos.

A media tarde Raúl Strogov se dedicó a recorrer el campamento, tomando fotografías y desplegando sonrisas a todo el mundo. Una mujer le preguntó si era también un americano, el contestó que no, que era venezolano, pero quiso saber de inmediato si había visto a algún americano. La dama, que ya era una anciana, le señaló un toldo con dos guardias fuertemente armados a la entrada. Raúl se acercó cautelosamente y se sentó a fumarse un cigarrillo. Aquellos guardias absorbieron de inmediato el olor a tabaco fino y, tras dudarlo un rato, le pidieron un poco. Amablemente el agente del KGB les entregó la cajetilla que tenía en el bolsillo y empezó a hacerles preguntas, las cuales fueron contestadas con evasivas, pero que lograron convencer a los guerreros que aquel hombre que hablaba torpemente su dialecto local, era un periodista venido de América. Así, un rato más tarde, le permitieron entrar a echar un vistazo dentro del toldo, a condición de no tomar notas ni fotografías.

Las cajas con los misiles stinger estaban ahí, unas sobre otras. Había también medicinas, alimentos enlatados europeos, y revistas médicas estadounidenses. Pero lo más valioso de todo era el radio transmisor que estaba situado sobre una mesa, junto a los mapas. El interés de Raúl por esto puso nervioso al centinela que de inmediato le pidió que salieran ya de ahí; Strogov, sin embargo, no movió un músculo. Cuando el soldado intentó llevárselo fuera asiéndolo por el brazo, Strogov le descargó el borde de su mano contra la garganta, y un segundo después le rompió el cuello al girarle la cabeza trescientos sesenta grados. Arrastró el cuerpo, le quitó las armas y lo cubrió con una enredadera de camuflaje, luego regresó a los mapas.

Tomó todos los apuntes de coordenadas que pudo y, vaciando su mochila de cigarrillos y chocolates empezó a guardar el radio. Fue entonces cuando entró el entonces teniente Lawrence Olmstead.

Matson y Strogov, recordaba ahora el coronel, se miraron fijamente por un segundo, luego Dick desenvainó el cuchillo y se lanzó contra Raúl dispuesto a despedazarlo. El agente a su vez tomó el Kalashnikov del guardia muerto y disparó una ráfaga de tres tiros. Matson cayó al suelo y Strogov salió corriendo empujando a los curiosos que se acercaban a ver qué había retumbado de tal forma. Cuando otro muyahedin trató de detenerlo, Raúl arrojó sus granadas, se trepó a un caballo y se marchó al galope, disparando como un cowboy.

Los guerreros se repusieron en un par de minutos del sorpresivo ataque. En esta clase de situaciones es difícil establecer qué ocurre en realidad. Cuando llegaron donde Dick, y este les comunicó lo ocurrido y lo importante, por encima de todo, que era atrapar a ese sujeto, una banda de treinta jinetes se lanzó al galope siguiendo las huellas del espía soviético. Este, como no era tan tonto para creer que podía escapar de los nativos, se escondió en la primera gruta que encontró, modificó la frecuencia del radio y se puso en contacto con el primer oficial del GRU que logró localizar; reportó sus coordenadas y las del campamento. Luego recargó el rifle y se aprestó a defender su posición entre las rocas.

Los muyahedines entrenados especialmente por Matson lo rodearon, pero todo intento por avanzar los ponía en riesgo: Raúl había escogido sabiamente su escondite, con un campo despejado en semicírculo, lo cual hacía suicida cualquier intento de aproximación. Un mig apareció veinte minutos después, disparando desde media milla de distancia. La misma aeronave arrasó el campamento y se mantuvo dando vueltas hasta que cuatro unidades de infantería se acercaron al lugar y recogieron a estresado agente.

Fue ascendido a capitán, recibió la Orden de Lenin, la medalla a los héroes de la Unión Soviética y estrechó la mano del mismísimo Yury Andropov. Era un inmigrante convertido en héroe de la rodina. Andropov lo llamó “ejemplo para la juventud”. Un ejemplo mantenido en secreto, claro, hasta que Oleg Gordievski logró salir de Rusia y le habló de él a los británicos. Fue así como Dick Matson llegaría a enterarse de quién era el hombre que le había fracturado dos costillas y había hecho pedazos su campamento. Planeó vengarse, tal vez rompiéndole el cuello en alguna ciudad de Medio Oriente, pero las cosas tuvieron otro desarrollo.

El KGB fue desarticulado y sus hombres echados a la calle. En el mejor de los casos se hicieron políticos, en el peor taxistas, y algunos aprovecharon lo que sabían para transformarse en mafiosos. Raúl se vio de pronto sin su uniforme de oficial, sentado en una oficina helada en Yasenevo, tomando un té despreciable y viendo a su mujer e hijos alimentándose precariamente. Sin embargo no abandonó su puesto, no sabía hacer otra cosa y no quería volver a su país.

A finales de la década del noventa, Dick Matson entró a un restaurante de Plaza Verbano, en Roma, con el ánimo de comer algo de pasta y beber algo de vino sin tener que pagar la fortuna que le cobraban en el hotel donde se hospedaba. Andaba, por esos días, buscando trabajo como asesor militar; no había pasado un mes desde que abandonase el servicio activo.

Pidió la carta y empezó a titubear; no venía en plan de turista y sus gastos aumentarían gradualmente a cada fracción de segundo que estuviese sin hacerse a un contrato. De pronto levantó la vista para llamar al camarero: estaba aprendiendo italiano por correo pero los nombres de los platos aún se le complicaban; entonces fue que lo vio.

Estaba más viejo, pero su pelo tenía un corte impecable y, a diferencia de la última vez, estaba perfectamente rasurado. Llevaba una chaqueta, una camisa y una corbata que llenaron de envidia a Dick, quien estaba acostumbrado a vestir de uniforme y no estaba al corriente de la moda italiana. Al verlo además pedir con tanta seguridad una botella de quién sabe qué cosa, sintió deseos de estrangularlo. Pero se calmó a tiempo. Sus contactos en la CIA le habían dicho que ahora vivía encerrado en una oficina de análisis y que los ingresos de esta clase de empleados no dan ni para mantener un coche. ¿Había desertado? Matson fue directamente a resolver su duda.

Raúl quedó momentáneamente congelado al ver a Dick.

—Buenos días capitán Raúl Pavlovich.

—Buenos días señor —contestó Raúl en español, su inglés era elemental, pero por suerte, Dick se dirigió a él durante el resto del almuerzo en español.

El encuentro se desarrolló civilizadamente; no podía haber verdadera concordia entre estos dos hombres, pero seguían considerándose a sí mismos caballeros.

Strogov le contó a Matson que había abandonado Rusia finalmente; había llevado a su familia a Marsella —su mujer, Olga, tenía parientes allí— y él se había convertido en asesor privado de inteligencia y seguridad para compañías europeas. Sin ambages le confesó que muchos de sus “patrones” en realidad lo contrataban para hacer labores de espionaje y, en uno que otro caso, patearle los bajos a algún infeliz. Ganaba bien y sus hijos irían a la universidad en vez de ser recolectores de patatas, como habían sido los padres de Olga, o políticos corruptos, como su propio padre.

Al terminar Raúl insistió en pagar el almuerzo y luego invitó a Dick a fumarse unos habanos mientras paseaban un rato. Atardecía y el ambiente entre los dos hombres se fue relajando. Strogov lamentó haber matado al muchacho, pero no el haber llamado el ataque aéreo; era una guerra y el defendía su país. Luego le contó apartes de su propia vida y porqué había abrazado la causa del comunismo. Dick a su vez le explicó, sin detalles comprometedores, por qué había dejado las fuerzas especiales. Ahora buscaba empleo, pero no sabía dónde; en América mucha gente lo conocía y a él no le agradaban los mercenarios.

Antes de separarse Raúl le dio el nombre de una compañía en París que empleaba ex miembros de unidades élite para revisiones de seguridad en países donde funcionaban oleoductos privados. La compañía, una aseguradora, vendía pólizas contra terrorismo y secuestro a aquellas empresas y empleados que estaban bien protegidos. Ese fue el primer empleo que obtuvo Matson como civil en toda su vida.

Pasaron los años, el 11-S, la empresa se hizo asquerosamente rica y promovió a Dick Matson a supervisor global. Una mañana al levantarse, contaba Dick, descubrió que apenas podía ver sus pies tras la barriga en aumento que ahora le colgaba. Horrorizado renunció a su cargo y empezó a buscar plaza allí donde aún hubiera acción. El Tio Sam necesitaba gente para labores de apoyo en países inestables y cosas así. Los ataques de Al-Queda le dieron ánimo a muchos grupos insurgentes musulmanes que buscaban el derribo de los regímenes laicos en los que vivían. Dick y otros como él empezaron a ejecutar misiones en países como Pakistán, Jordania y Arabia Saudí.

Una tarde, meses atrás, recibió una llamada mientras celebraba el cumpleaños de un compañero de armas en un hotel de Mallorca. Temió que algo le hubiese pasado a su hijo, esa era la única excepción que permitía a su supervisor en Washington ponerse en contacto con él. La voz que escuchó del otro lado no era la aquel hombre, sino la de un americano que decía llamarse Thomas Jefferson, y lo estaba esperando en el lobby del hotel.

A esa hora, once de la noche, la mayoría de los huéspedes dormían o estaban divirtiéndose. Sonaba un piano y el encargado de atender a los visitantes no estaba visible.

—Parecía un vampiro —recordaba Dick—; nunca he visto a un hombre tan parecido a Drácula. Definitivamente un spook, y eso nunca puede traer nada bueno.

—¿Qué le convenció de venir entonces?

—La libertad de acción. Durante toda mi carrera siempre me vi a mí mismo como a un instrumento, un peón; no es algo tan malo si quien mueve las piezas es un Bobby Fisher. Cuando no… En todo caso, desde que soy contratista privado me gusta conocer el plan en conjunto; saber en qué me estoy metiendo, de otro modo no me involucraría. Ahora, cuando tienes el cuadro completo y el mando absoluto en el terreno sólo dependes de ti mismo y puedes introducir los cambios deseados.

Al Queda —explicó el teniente coronel— no era la gran y poderosa organización que los americanos, y por extensión el resto del mundo civilizado pensaba que era. Carecían de un cuartel general, o un comandante verdadero. Si bien Osama Bin Laden aparecía como cabeza suprema de la organización, su labor era más la de coordinador económico que de jefe operativo. La Base era en realidad la entidad que coordina el traslado de fondos, de los grandes patrocinadores, a las pequeñas células que actúan en todo el mundo, de distintas nacionalidades y diversos nombres. Del sudeste asiático a las mezquitas en EE. UU, Al Queda podía brindar un apoyo a todo el que se comprometiera a combatir, en nombre de Alá, al Imperio y sus aliados.

La dificultad de capturar y destruir a estos terroristas estriba en la inconmensurabilidad de la organización misma. En principio podría estar manejada por media docena de hombres, o bien por un centenar. Además, más allá de su propia agenda política, su poder se basa, como toda organización terrorista, en lo útil que le puede ser a un tercer grupo:

Al Queda sirve de filtro económico, entre las células de la Yihad y quienes desean invertir en estas, ya sea por motivos religiosos o capitales. Los ataques que llevan a cabo estas bandas pueden beneficiar a estos inversores de distintas formas: ya bien impulsando el poder político de aquellos líderes de extrema derecha, así como a sus contrarios; todo depende del correcto empleo de las maniobras políticas. Por otro lado estaba la droga, quienes la sembraban, simples granjeros; los dueños de la tierra, políticos y terratenientes; y los intermediarios del comercio y distribución. Es más fácil invadir y derrocar a un régimen, por grande que sea su fuerza militar, a acabar con un negocio que hace girar millones de dólares alrededor del globo. Muchos viven de ello, y mientras mayor sea el control que los países desarrollados tengan en los países productores, más limitada estará la producción de estupefacientes. La verdadera labor de Al Queda es luchar contra el control de Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia sobre el comercio de drogas y armas en los países musulmanes.

Leonardo entendía bien este problema; no en vano vivía en Colombia.

Desde sus inicios, el terrorismo ha sido siempre la herramienta de un poder superior contra otro, a diferencia de lo que piensan los románticos, que consideran a estos grupos “luchadores de la libertad”.

En un plano de logística militar, toda fuerza necesita hombres y estos hombres motivación. Toda nación genera su cuota anual de jóvenes desadaptados, que por una razón u otra, buscan el sentido de sus vidas en la militancia política. Europa Central produce nazis, América del Norte produce klansmen, Sudamérica produce comunistas, y Medio Oriente y el sudeste asiático radicales musulmanes. Y de la misma manera que la Unión Soviética empleó agentes para introducir el comunismo, e impulsó a los grupos terroristas que enarbolaban la bandera roja, Al Queda diseminaba agentes por los países musulmanes, o incluso allí donde el Islam no es mayoría, para atizar la hoguera del odio, lavar cerebros y formar nuevos reclutas.

Todo esto lo supo Thomas Jefferson al leer el libro Los puros que el comité de estudios en inteligencia de la CIA había preparado. Estos agentes se infiltraban en los países y las escuelas haciéndose pasar por maestros de ley coránica y guías religiosos. Los imanes tienen mucho prestigio y cierto poder. Si Al Queda estaba usando a esta clase de personas para reclutar combatientes y formar células terroristas, había que empezar a detenerlos.

La perspectiva era fascinante: capturar a estos agentes significaría frenar la influencia de Al Queda en sus territorios y poder conseguir de estos más información acerca de sus mandos. El único problema es que Langley no contaba con aprobación parlamentaria para lanzarse de cacería. Este tipo de operaciones requieren varios millones, amen de la completa certeza de que ni los Estados Unidos, ni la propia Compañía corren el riesgo de quedar expuestas si fracasan. Las operaciones paramilitares sólo las podía aprobar en ese entonces el Comité de Inteligencia del Senado. Y esto, incluso en estos agitados tiempos, es difícil.

Thomas Jefferson ideó entonces un plan llamado Desert Flower —nadie sabe de dónde diablos viene el nombre—; su objetivo, demostrar que Al Queda empleaba imanes para reclutamiento y organización de grupos terroristas. El plan, encontrar a uno de estos y matarlo, de tal manera que La Base tuviese alguna reacción que los pusiese en evidencia. Para esto no necesitaba un permiso del Senado, ya que la CIA no se involucraría en forma alguna con la operación: él, Jefferson, se limitaría a enviar a los hombres y darles ciertas órdenes.

Los registros de transmisiones que se consideraban sospechosos guardaban toda una serie de nombres y lugares en clave. Los descifradores de códigos tienen la tarea de relacionar estas palabras con locaciones exactas y personas determinadas. Tras un estudio de los nombres se estableció que el individuo denominado en farsi setare (Estrella del Norte) era un miembro de Al Queda en Irán. Y aunque no necesariamente tenía que ser la clase de agente que Thomas Jefferson estaba buscando, las coincidencias eran muchas.

Alguien debía ir a buscarlo y alguien debía ir a matarlo.

—¿Por qué yo? —Preguntó Leonardo mientras masticaba lentamente una barra de chocolate.

—Realmente no lo sé. Tal vez por lo de México. Tal vez fue cosa de los israelíes. En todo caso pienso que eras la persona correcta.

—Cualquier pudo haber hecho lo que yo hice.

—Tal vez sí, pero tal vez no; muchas operaciones fracasan por errores de selección de personal que nadie podía preveer. En la operación Eagle Claw seleccionaron hombres de la armada y el ejército para pilotear los Sikorsky; por eso ocurrió lo que ocurrió.

Con sus tres peones, eficientemente elegidos, Thomas Jefferson no podía fallar. Leonardo Katz no tenía opción sino colaborar con la CIA; además, si se había metido en un asunto como la Operación Oz es porque algo tenía de aventurero. Julius era un mercenario completo, por la cantidad justa haría cualquier cosa. Matson podía negarse, y por ello le fue explicado desde un principio el asunto. Era, por cierto, el más capacitado para llevar a cabo el golpe: manejaba armas, conocía el desierto, hablaba farsi y tenía los contactos necesarios.

Uno de esos contactos era Raúl Pavlovich Strogov, Matson logró ubicarlo y ambos se reunieron en París. Strogov escuchó atentamente el requerimiento de Matson y meditó un rato. Dick necesitaba alguien confiable, con conocimientos de farsi y de cultura iraní, que pudiera moverse con seguridad en el área y tuviese acceso a armas y explosivos. Raúl no estaba seguro de ser esa clase de hombre; ni aún ante la jugosa oferta de dinero dio una respuesta clara. Dijo que tenía que pensarlo y que se reunirían en tres días. En efecto, llegado el momento de la reunión, Raúl aceptó el trato pero bajo ciertas condiciones.

—Atrapar a Franz Wessel, ¿verdad?

—El SVR, el servicio de inteligencia ruso tenía en la mira a Wessel desde hacía años. Igualmente la CIA; habían intentado capturarlo una vez pero logró escapar. Los rusos, en cambio, no tenían ninguna prueba para presentarlo en un juicio en caso de que lo capturaran. Lo que deseaban era tenderle una trampa.

—Y ahí los explosivos.

—Correcto.

Raúl expuso su plan: Rusia podía pedir a las autoridades iraníes que apresasen a Franz, pero para ello necesitaban demostrar que este vendía, por su cuenta, explosivos a elementos insurgentes. Los rusos, mediante sus agencias aliadas, sabían que Wessel tenía un embarque de explosivos chinos desechados por el ejército de la República Popular por ser inestables y muy venenosos. Franz pudo haberlos vendido a cualquiera, sólo necesitaba un comprador.

Dick entraría a Irán bajo su falsa identidad de alemán vendedor de dispositivos electrónicos. Julius, se le uniría en Teherán y luego Katz. Matson compraría los explosivos y, tras haber localizado y eliminado al imán, causaría una serie de explosiones por la ciudad obligando a todo el mundo a movilizarse a la caza de unos terroristas inexistentes. El gobierno iraní y sus servicios secretos también estaban tras Al Queda, quienes mediante los talibanes se había dedicado a atacarlos a todo lo largo de la frontera con Afganistán. Naturalmente el SAVAMA no compartía sus hallazgos con la CIA ni con ningún otro servicio secreto. En ese punto fue necesaria la ayuda de Israel, ya que el Mossad había logrado hacerse con algunos de esos informes y análisis. Con esto, Dick Matson lograría hacerle creer a los iraníes que Al Queda estaba detrás de los ataques, causados por la misteriosa muerte del imán. Tal vez este plan no le gustaría mucho a Thomas Jefferson, pero qué se le iba a hacer: Matson tenía una cuenta que saldar con su pasado y no estaba dispuesto a perder.

Necesitaban, sin embargo, apoyo logístico, seguridad, y datos. Strogov aseguró que él podía brindar todo ello, siempre y cuando se le pagara lo justo. Como el dinero no era problema, Dick accedió.

Raúl, durante sus años como agente del KGB, había hecho amistades dentro de todos los círculos de terrorismo socialista alrededor de Europa y Medio Oriente. Conocía a muchos hombres y mujeres que, pasados los años, estarían dispuestos a seguir de nuevo sus órdenes. Uno de esos grupos era el Mujahedin-e Khalq o MEK. Aunque este grupo declaró un cese al fuego en 2003, y empezó a trabajar como parte del Consejo Nacional de Resistencia de Irán, sus agentes dentro de Teherán se mantenían en condición de sleepers, y sólo Raúl Pavlovich los conocía bien y podía ponerlos en acción.

Pero sin duda lo más valioso fue que el propio Strogov se reunió en Londres con Jeraf al-Qadir, un prominente miembro del Consejo Nacional de Resistencia y amigo personal de Strogov. Este se dedicaba a viajar por el mundo para hablar con aquellos quienes podrían apoyar el movimiento secular demócrata en Irán. No obstante, no había hombre que conociese mejor Teherán, su cultura, y sus fuerzas de seguridad. Raúl lo convenció de trabajar con la CIA en el adiestramiento de un agente que entraría en Irán.

—James Al-Jezza —dijo Katz en voz baja.

—Vaya seudónimo —replicó Matson—. Con todo ese tipo es un peso pesado en relaciones internacionales.

—A mí me dijo que el MI-5 lo había capturado.

—¡Ja! Ese viejo tiene buen sentido del humor: según sé el gobierno británico le ha asignado más guardaespaldas que al Primer Ministro.

Leonardo también rió, aunque no sabía bien por qué; pero estaba cansado, y la risa le dio ánimos de seguir escuchando. El sol aún oculto pintó de violeta una franja delgada sobre el horizonte. Era un nuevo día y él no había dormido.

—Cuando liquidaste a ese tipo —continuó Matson—, toda la operación corrió el riesgo de irse al piso. Strogov estaba enfurecido; Moscú le había dado orden de abandonar todo el asunto. Afortunadamente logré convencerlo de que nada ganaría yo eliminando a un cochino vendedor de armas y de que siguiéramos adelante. Aceptó, pero luego se negó a cumplir con uno de los acuerdos, y era el de sacarnos del país en un avión de carga. Así que tuve que empezar a considera la alternativa de salir por tierra.

Hizo una pausa, dando a entender que la historia había terminado, mas luego agregó:

—Lo único de todo este asunto que no entiendo es la presencia de ese helicóptero. Si la policía, o la guardia revolucionaria, o el ejército tenían algo contra nosotros, ¿por qué no se movilizaron antes? ¿Por qué no enviaron más hombres, o bloquearon las carreteras?

—Entonces pudo ser él,­ Raúl.

—Pensándolo bien, no es posible: no sabía a dónde íbamos y no pondría a su gente en riesgo lanzándoles un soplo a las autoridades.

—Pero si Wessel intentó matarme es porque creyó que estaba con los rusos. Tal vez también se lo dijo a los iraníes.

Dick alzó los hombros sin saber qué agregar.

—Los que sabían están muertos ahora. Duérmete Leo; pero cúbrete la cara si no quieres que el sol te la arranque de cuajo.

—Sí señor.

Thursday, July 17, 2008

Capítulo LI. El expreso de carbón.

No tardaron en llegar a Semnan, en un viaje silencioso en que nadie quería recordar lo ocurrido. Irma condujo, Jules hizo guardia, Leonardo durmió y Dick leyó la Divina Comedia que Irma, contra todo compromiso, había traído; como Matson no hablaba italiano debía estar leyendo en farsi.

Semnan es una pequeña ciudad del este, calida y fresca con almenas que pueden ser vistas desde la carretera, centellando al caer la tarde, como faros. Mas los conspiradores no podían arriesgarse a mostrar sus caras, o su auto abaleado, a los policías locales, aún cuando la noche se venía ya; Julius le señaló a Irma un camino polvoriento que se introducía entre las arenas. Aquello podía ser propiedad privada, pero, ninguna señal lo declaraba así y ya realmente nada les importaba a estos aventureros.

—Gira noventa grados —ordenó Matson guardando la obra de Dante y poniéndola de nuevo en la mochila.

—Por aquí nos podemos perder —respondió Irma, obedeciendo pese a ello las órdenes del coronel—. No vamos hacia ningún lado.

—Sólo aléjate de la carretera, ¿quieres?

—Ok.

Katz despertó cuando la camioneta se sacudió con el quinto agujero que encontró. Las mochilas y los pasajeros daban repetidos saltos al pasar por la superficie irregular. Soñaba con Ángela, lo cual para él era mejor augurio que soñar con Erika. Al apagarse el motor todo vestigio de sueño desapareció: las ventanas le enseñaban una interminable superficie dorada; el desierto cubierto por el sol crepuscular. Tan bello cuadro le hizo creer que ya habían abandonado Irán, y que ahora, en Afganistán, verían muy pronto un hermoso helicóptero descender sobre ellos con amigables pilotos de película, sonrientes entre sus cascos con emblemas de póquer.

Al bajar, estirar las piernas y extender los brazos, girando además la cintura, descubrió que había una ciudad llena de luces, y tras esta las mismas montañas que llevaba viendo todo el día. No, no estaban ni cerca de casa. Irma apareció frente a él y le entregó la mochila que debía cargar. Se veía tan fresca como en el momento en que salieron, tenía una elegancia y belleza que no podían ser al parecer borradas por fuerza alguna.

El teniente coronel dio la orden de empezar a empujar el auto. Los cuatro apoyaron su cuerpo contra la enorme camioneta, ahora golpeada por la inclemencia de las balas y el viento seco del desierto, y la fueron llevando hasta que empezó a rodar hacia un agujero de cuatro metros de profundidad. Dick regresó a donde se habían estacionado y tomó los últimos galones que quedaban de gasolina guardados en un contenedor plástico. Bañó con el combustible la camioneta, pero no le prendió fuego, como esperaba Katz, y posiblemente Irma. Julius, que ya estaba a unos diez metros de allí gritó “¡vámonos!” y tanto Irma como Leonardo se fueron tras él en dirección sur, donde no se veía nada más que arena uniforme.

Matson venía tras ellos, virando en redondo de cuando en cuando para ver si habían dejado algún rastro. Ninguno, al parecer, más que sus huellas acaso, las cuales el viento se encargaría de borrar en los próximos minutos.

Un kilómetro o menos más al sur se extiende la vía férrea. Julius se detuvo haciendo la señal de alto para los otros. Revisó su reloj y le mostró su mano con tres dedos arriba a Dick: treinta minutos. Matson asintió sin palabras igualmente, se quitó la mochila de la espalda y se sentó a contemplar el disco solar, rojo apagado ya, que se hundía tras las montañas. Irma y Katz hicieron lo mismo sin preguntar nada. Julius sacó unos binoculares y se paró mirando hacia el oeste, esperando.

Una escena, pensó Leonardo Katz, una escena de todo ello. Luego empezó a escribir en su libreta roja: el empleado del mes esperando el autobús; al lado está la mujer mayor de la que se ha hecho amante, aunque lo ha hecho, torpemente, intentando acercarse a su hija. Debía darle un nombre a la mujer; ¿por qué no Irma? Irma Cuervo. El esposo de Irma, en este viaje familiar que ha fracasado cuando el eje delantero de la camioneta se ha partido en dos, mira la carretera con la esperanza de ver el autobús que de el pueblo X va hacia Bogotá. Anochece, con calor, y entre el joven encargado de la tienda escolar y la dama corre cierta tensión sexual: dos cómplices a un pie de la Ley. Erika empieza a contar estrellas recostada en el suelo, y el muchacho, de nuevo, no sabe qué es más perturbador: la sensual inocencia de la hija o la descarada libidinosidad de la madre.

Irma pensaba en un poema que dedicaría a todo ello. Pero era un río de frases inconexas, provenientes de los manantiales milenarios de la literatura persa.

El coronel, en cambio, se despedía, ya que una vez más había logrado salir con vida de Teherán. Había cambiado de entonces a ahora, pero en este caso había triunfado. Tomó de su cinturón la cantimplora, bebió un trago y lo levantó, discretamente, en forma de brindis. Por el mayor Meadows, pensó. Aquel hombre había sido su figura a seguir desde que lo conoció allí en Irán, más de dos décadas atrás.

Recién superado su adiestramiento en las fuerzas especiales, Matson, entonces no más que un muchacho con la cabeza llena de conocimientos y el cuerpo lleno de energía, veía pasar los días entre los pinos y el olor a tierra húmeda de una base en el corazón de Alemania Occidental. Tenía libros, tenía revistas, una cancha de golf y una enorme piscina, pero ansiaba más disparar un rifle que aceptar las sonrisas de las chicas mensajeras o siquiera volver a casa. En el mundo parecía no haber más guerra aun cuando la tierra se cimbraba ante continuos sismos políticos. Todos, por ejemplo, comentaban lo de Irán, la revolución y los americanos allí detenidos. Hablaban de lanzar la bomba; de rescatar a los diplomáticos y lanzar la bomba. Los veteranos, oficiales y suboficiales que encanecieron sin ascender en la pirámide, miraban los televisores y los diarios sin decir palabra.

A él tales acontecimientos le llamaba la atención desde un punto de vista cultural: había estado estudiando persa durante los últimos dieciséis meses con logros admirables. El Imperio crepuscular requería boinas verdes que entrenasen a sus fuerzas a lo largo de rocoso país. A Matson le pareció una buena oportunidad de probar nuevos aires, conocer una cultura antiquísima con paisajes amplios que inspirasen pintar un cuadro. Por demás, veía todo el asunto como un gran juego político que no traería nada bueno al ejército, a menos que los Estados Unidos iniciase una guerra contra Irán, aunque eso él no lo podía preveer ya que, entonces, sabía muy poco de política.

Pero una mañana, tras dejar su cartera a un lado del escritorio donde se encargaba de traducir del inglés al alemán los comunicados del estado mayor, encontró a un capitán de inteligencia militar que sólo le hizo tres preguntas tras saludar brevemente: ¿tiene experiencia en combate?: no. ¿Habla persa?: sí. ¿Sabe conducir?: sí. Le ordenó recoger sus cosas y seguirlo fuera de la base. La neblina evitó que los vieran, a él, al capitán, a un cabo cuyo nombre ignoraba entonces, y trepar a un jeep para dirigirse a la pista aérea. Cuando le preguntó al capitán a dónde se dirigían este respondió que lo ignoraba completamente. Dick, no obstante, supuso que era hacia el sur, a Irán.

La CIA se encargó de darles a ambos boinas verdes documentos falsificados que los identificaban como turistas alemanes. Entraron al país, vestidos de civiles pero con la misma actitud con la que se hubiesen infiltrado en territorio enemigo, porque en eso se había convertido el país que hasta hacía muy poco era el principal aliado de Estados Unidos.

Una vez dentro debían contactar a “Squire”, nombre clave de un agente que sería el hombre de punta en toda la operación. “Squire” terminó siendo ni más ni menos que el mayor Richard Meadows, una leyenda viviente dentro de las Fuerzas Especiales, con incontables medallas —la mayoría de ellas secretas— y un historial increíble. Meadows había estado entrando y saliendo te Teherán, manteniendo comunicación con el cuartel general de la operación en Egipto mediante una radio que ocultaba fuera de la ciudad, y moviéndose por allí con la seguridad con la que se movía en las junglas de Vietnam del Norte. Dick Meadows, como llegaría a saber más tarde Matson, había participado en la operación Ivory Coast en Son Tay, el fallido intento de rescate de prisioneros de guerra; asalto que falló por vacíos de inteligencia, lo cual llevó al pelotón de boinas verdes a encontrarse con un campamento sin prisioneros.

Meadows, en el papel de un irlandés dedicado a los autos, se hospedaba en el Arya Sheraton. Matson se buscó un hotel familiar a cuatro calles de la embajada americana, donde entró con una mochila llena de libros socialistas, una botella de vodka y un porro en los labios. El propietario del inmueble, un fotógrafo jubilado, estuvo todo el tiempo seguro que en el cuarto 211 había alojado a un hippy alemán.

El coronel Charles “Charlie” Beckwith estaba al mando del equipo de fuerzas especiales infiltrados en la ciudad, quienes servirían de respaldo y guía a los Delta y los Rangers que vendrían a ejecutar el golpe. No obstante la confianza de Matson, y seguramente de los otros, estaba en el mayor Meadows; en Vietnam nunca perdió a ninguno de sus hombres y se le consideraba un maestro en estrategia militar. Que estuviese allí, aun cuando estaba retirado ya del servicio activo, le daba buenas perspectivas a la operación, al menos para esos hombres que lo consideraban un guerrero de corazón.

Junto a Meadows aprendió lo que eran verdaderas labores de inteligencia en pleno corazón de territorio enemigo. Moverse con cautela, registrar todo en la mente, hacerse parte del entorno y planificar conforme a la realidad. Le debía mucho al mayor.

La noche del asalto Dick Matson, que entonces no se llamaba así, tenía a su mando a dos iraníes reclutados en Estados Unidos; estos hacían parte del grupo de conductores que se encargarían de guiar los camiones donde irían los Rangers y los Delta. Matson esperó esa noche a que llegara la señal, pero esta nunca llegó y de inmediato supuso que algo malo había pasado. Fue al amanecer a ver a Dick Meadows y se enteró de lo sucedido: el choque en el desierto y la veloz retirada de las fuerzas restantes; así los boinas verdes y su comandante quedaban solos en Teherán.

Matson, muy molesto, presentó un plan ante Meadows para rescatar con la fuerza presente y algunos colaboradores locales a los rehenes; el mayor pareció interesado, pero, como le dijo al propio Matson, no se podía contar con una aptitud psicológica positiva por parte de los diplomáticos americanos: estos podían caer presas del pánico y terminar atacándolos a ellos; además Richard Meadows seguía siendo un militar de carrera, respetuoso del reglamento; y aunque se había metido en ello por cuenta propia, no estaba muy seguro de querer pasar por encima de sus superiores, entre ellos el presidente de los Estados Unidos, quien ya había dado la orden de abortar todo intento de rescate.

Matson era joven y estaba lleno de ira. Ahora podía contemplar el cuadro con una sonrisa compasiva, pero en el momento estuvo muy seguro de su idea, tanto si le interesaba o no al mayor. Pensó quedarse en Teherán e ir disponiendo las cosas gradualmente para reintentar una operación de rescate. Mientras ejecutaba las labores de observación, logró acercarse a algunos de los estudiantes que acampaban frente a la embajada. A diferencia de los pasdaran, la guardia revolucionara, compuesta por pistoleros, los estudiantes tenían todo un discurso político intelectual con el que Dick estaba dispuesto a jugar y creer, siguiéndoles el juego, con tal de poder llegar a conocer sus planes. Consideraba que una vez descubierto el intento de rescate, los secuestradores llevarían a los diplomáticos a otro lugar, posiblemente secreto, como una casa de campo o un cuartel militar. Llegado el momento, Dick Matson y sus colaboradores informarían a Washington acerca de cada detalle del lugar, de tal forma que no hubiese margen de error.

Los planes de Matson no se llevarían nunca acabo, ya que muy pronto se enteró que los detalles de la operación, incluidos los nombres de los agentes dentro de Teherán, habían caído en manos del enemigo. Su posición estaba comprometida, así que se lanzó a toda prisa en su bicicleta hacia el aeropuerto, a media ciudad de distancia. Al llegar la policía y la guardia revolucionaria rondaba el lugar como palomas una plaza; detenían a todos y registraban cada maleta con inusitada violencia. Sin saber qué hacer, mas sin perder la calma, Dick Matson fue hacia una cafetería en el segundo piso y se sentó a meditar un plan de escape. Estaba en Teherán, un oasis anclado al pie de las montañas rodeado de semanas de desierto. Comenzó a plantearse la posibilidad de subir clandestinamente al tren de aterrizaje de algún avión comercial europeo que con suerte lo pusiese un poco más al norte del mapa, y allí, detenido de seguro por la policía —sino es que terminaba en la sala de cuidados intensivos de un hospital—, contactar una embajada o consulado americano.

Como parece ser que la fortuna, en ocasiones, no abandona a los valientes, algo mejor estaba allí sentado, apenas a cuatro mesas de distancia.

Tenía el pelo blanco, rostro arrugado como un mono y enormes brazos de marinero. Usaba una camisa azul clara y bebía agua, sin mucho gusto, ajeno a todo el movimiento de seguridad en la terminal. Como parecía ser el único occidental presente allí en ese momento, Dick esperaba poder al menos entablar una conversación, relajarse, y pensar con cabeza fría un verdadero plan de escape. Le preguntó al viejo si tenía algo más fuerte que simple agua embotellada, pero este le contestó que, aunque deseaba más que nada beberse cuando menos una botella de whiskey, debía pilotear y, como no quería perder su vida, debía mantenerse sobrio.

Era extraño, no parecía un piloto; hablaba un alemán de acento francés, muy académico y teatralmente pausado. Dick se presentó, con su falsa identidad de estudiante alemán, y empezó por preguntarle qué avión piloteaba; era una avioneta corriente bimotor; ¿había sido piloto desde siempre?

—Lo heredé de mi padre, que fue prisionero de los yankees; los americanos, los americanos eran inteligentes y, cuando menos aquellos que trató mi difunto padre, unos verdaderos caballeros. Le asignaron un aparato para transportar personal administrativo militar, y yo creo que una que otra labor de espionaje. Mi padre, un patriota, lo habría hecho con el mayor gusto y sin cobrar una sola moneda.

—Usted siguió sus pasos, según veo.

—Pero únicamente en la profesión, no en el cargo. Mire usted, joven, que todos empezaron a hacer dinero en Alemania; un joven, como lo era yo en esos días, no podía quedarse atrás y fui directo a Siemens. Oh, eran los días en que un hombre bien dispuesto a trabajar podía hacerse a un empleo sin ponerse de rodillas ante nadie, o mostrar cartones y medallas. Me dieron un cursillo en computadoras, ¡y cuán grandes eran entonces! Pero los clientes no daban espera, y telegrafiaban urgente pidiendo revisiones y nuevas partes. Desde entonces, joven, he levantado una familia haciendo esto de llevar tecnología, muchas veces a países donde ni siquiera hablan una lengua civilizada.

Ahora parecía de mejor humor; Dick comentó algo sobre Berlín y sus deseos de estudiar Historia del Arte, con énfasis en arte persa y asirio. A medida en que Matson contaba aquellas mentiras, con una seguridad increíble, el viejo se animaba, hasta que llegó un punto de quiebre en que se sonrisa, cayendo por un oculto barranco, se destrozó en una mueca de tristeza.

—Ah… que tan grande puede llegar a ser la patria con jóvenes como tú… Pero hay otros, que aunque lo han recibido todo se desperdician en… la industria de la inmoralidad. Oh, mi hijo, mi hijo… le di todo para hacer de él un gran abogado: fue a la escuela, aprendió idiomas: inglés, francés y latín, ¡latín! Nunca en su casa faltó ejemplo de respeto por las buenas costumbres, pero el, dejó todo eso a un lado; abandonó su carrera y su casa y su novia, una santa, sus amigos, los amigos correctos y ahora anda detrás de una mujerzuela turca que dice ser actriz…

—¿Qué hace su hijo?

—Se ha convertido en un actor de cine rojo. Tocaba el piano y la mandolina, quién lo creyera, y ahora se pasea por París, con prostitutas y homosexuales, haciendo esas cochinadas. He perdido la fe, muchacho, la fe se me ha escurrido entre tanta lágrima que su madre y yo hemos derramado. ¿Qué será de mi futuro? Si ahora anda lejos y corre tantos riesgos de contagiarse de esas enfermedades modernas que son tan monstruosas.

—Hay que encaminarlo a la senda de Dios —dijo Matson procurando emplear su tono sacerdotal.

—Oh Dios, Dios nos niega su luz. Parece haber olvidado al mundo entero; mira este país, se cae a pedazos. Mira a Norteamérica, antaño poderosa con sus aviones y bombas y revistas con mujeres de grandes pechos; la creíamos invencible. Ahora se derrumba con todos esos políticos maricones.

—Vendrán tiempos mejores, señor. Para todos.

El viejo sólo murmuraba.

—¿Qué permitió a la madre patria resurgir de las cenizas que dejaron los británicos y los americanos? —continuó diciendo Dick Matson. No espero respuesta, claro—: el férreo corazón alemán; nuestra capacidad de trabajo. ¿Se han apagado los motores? ¿Ha muerto el último granjero? Yo digo que a Alemania le esperan aún mejores días. Mientras no se nos olvide lo que es el trabajo diario y a conciencia, nadie nos detendrá. Le prometo que hablaré con su hijo y lo devolveré a la senda de los justos. Tal vez él también perdió la fe, y fue arrastrado por el tridente del diablo.

Esta última frase recibió un grave asentimiento del anciano, quien además se torno positivamente pensativo, como si, ante el breve discurso del boina verde, hubiese encontrado, al menos hipotéticamente, la solución a sus actuales dificultades de espíritu.

—Sin embargo, señor —agregó, apagando su tono enérgico, Dick—, estoy metido ahora en un grave inconveniente: me habían propuesto viajar a Afganistán y visitar allí los buda de piedra; pero he sido engaño: me han robado todo exceptuando lo que llevo puesto. Casi pierdo la vida también y juraron matarme. Fui a la embajada, nada, está cerrada porque temen que la tomen los estudiantes. No cargo un centavo, señor, pero temo que si no regreso a casa pronto aquellos pillos me encontrarán tarde o temprano.

—¡Humm! Así que también atacan a los académicos. ¡Qué tiempos estos! Vamos, si no te incomoda viajar entre procesadores HAL 983 abrasados por un rayo, creo que puedo ponerte de vuelta en casa.

Así fue que Dick Matson logró salir de su primera incursión a Irán, gracias a la ayuda del viejo Arnold Friederick Mann Matson, piloto y vendedor de la empresa Siemens.

Ya de vuelta a su base recibió un castigo de treinta días por negarse a cumplir las órdenes. Sólo la hábil labor de su abogado le permitió que la pena fuese tan corta y que no lo expulsaran de las Fuerzas Especiales. Cuando se enteró de todo el desarrollo de los tristes acontecimientos de Desierto Uno se sintió muy apesadumbrado. No sólo lamentaba la muerte de esos tantos americanos, sino haber, en principio, juzgado de cobardes a los pilotos que lo dejaron a él y a sus compañeros, tirados a su suerte en Teherán.

Decidió emplear el resto de su tiempo en otras labores: visitó en su casa al viejo Arnold Mann. Aquel deprimido hombre vivía en un verdadero palacio: una casa nueva, de diseño eduardiano con piscina en el patio. Tenía una mujer, que a pesar de su edad conservaba una extraña belleza, que no se comparaba, claro, con la deslumbrante gracia de Celestine Matson, actriz estadounidense que se casaría con Lothar Mann y le daría tres hijos, entre ellos Arnold. Así este hombre, de ascendencia norteamericana, tomó a Dick casi como un hijo: le acceso a su biblioteca y al fascinante y nuevo mundo de los computadores.

Sin embargo, Dick no pudo cumplir su misión de devolver al hijo de Arnold Mann a la senda del “buen camino”. Cuando logró ubicarlo, filmando Cleopatra y las mil momias en El Cairo, este ya agonizaba por culpa del Sida.

Este frustrado aspirante de abogado, no era actor porno, como suponía su padre, sino director, y de buen ojo: había hecho una fortuna y en los festivales de la Costa Azul lo recibían con tapete rojo. Su esposa, una finlandesa escultural, había dejado ya de participar frente a la cámara para ser la asistente y administradora de los filmes de Günter Mann. Por esos días en los que Dick arribó al Cairo, ni ella, ni nadie del equipo de producción sabían dónde estaba.

Dick empleó sus conocimientos y astucia para ubicarlo, y no tardó mucho en hallarlo, moribundo, en una casa de achís de la periferia de la ciudad. A parte de inyectarse heroína no hacía nada más. Habló con un Dick sobre su vida y sus deseos de hacer arte verdadero, para venir a morir apenas el sol despuntó entre las dunas. Tomó sus objetos personales, llamó al consulado de Alemania Occidental, a la policía, y luego se escabulló de vuelta al aeropuerto.

Le entregó aquellas cosas a Arnold y a su esposa, pero se quedó con el pasaporte el cual aseguró no haber encontrado. Dick conservaría aquel documento para construir otra identidad, la cual pudiese usar con seguridad en un futuro, en una próxima operación encubierta al servicio de los Estados Unidos.

El viejo Arnold murió en 1986, su esposa, cuatro semanas más tarde. A modo de herencia le dejó un apartamento en el centro de Berlín, que desde entonces estaba continuamente en alquiler, un Cadillac, que el teniente coronel conservaba ahora en una bodega y paseaba por Europa cuando podía permitirse unas vacaciones, y libros, muchos, que permanecían arrumados en su casa de Nueva Jersey.

Luego, en 1995 moriría, de leucemia, el mayor Richard “Dick” Meadows. De este, y del segundo apellido de su amigo Arnold, tomaría el nombre que emplearía como propio. Desde 1999 no sería el teniente coronel Lawrence Daniel Olmstead van Melle de las Fuerzas Especiales, sino Richard —“Dick” para casi todos— Matson, o por mucho, coronel Dick Matson, asesor militar privado.

Por ellos era que brindaba Dick Matson esa noche temprana en el desierto iraní. Por todos los que se habían ido desde entonces, en que era un joven rebelde, hasta ahora, que era un profesional de la guerra y un estudioso de las artes militares.

A lo lejos se escuchó venir el tren; el equipo se puso de pie y esperando órdenes. Leonardo estaba nervioso; aquello se salía por completo de sus planes o de toda visión que pasara por su mente de una forma de escape. Un tren. Trepar a un tren.

Dick ordenó a que todos bajasen la cabeza y lo siguiesen a través de una zanja de un metro más o menos generada por el viento y una que otra lluvia anual durante siglos al pie de la línea del tren. La máquina diesel pasó frente a ellos y los vagones empezaron a sucederse uno tras otro. Katz nunca había viajado en tren, y lamentaba que la primera vez tuviese que ser así y no en un cómodo vagón del TGV a través de la bella Europa.

Tras pasar las primeras cargas guardadas en enormes contenedores, siguieron los vagones del carbón amontonado, siendo estas casi la mitad de la carga que llevaba el convoy. Dick y Julius salieron de la zanja, seguidos instintivamente por Leonardo e Irma, los cuales recibieron ayuda para saltar a uno de estos contenedores de carbón, mientras Matson y su amigo trepaban al siguiente. La soledad del desierto era casi absoluta, y aunque hubiese habido alguien por allí, la oscuridad de la noche sin luna le hubiese impedido ver mayor cosa.

Rauda la máquina viajaba a toda potencia hacia el oriente.

Sunday, July 13, 2008

Capítulo L. El camino a casa

A las dos de la mañana Dick Matson se paró junto a un Leonardo Katz profundamente dormido, le pisó la mano lentamente, el agente secreto despertó de inmediato, sin mayor sobre salto, y se puso de pie tras unos segundos de agitar la cabeza. El coronel le alcanzó un café, y Leonardo, taza en mano, le dijo que había una última cosa que debía hacer. Salió al frío corredor, subió por la escalera hasta el último piso y de ahí, hasta el techo. El viento helado de las montañas soplaba con toda su intensidad; abajo la cuidad parecía tan despierta como siempre. El agente secreto, recordó su primera noche en la ciudad y se alegró de que esta fuera la última. A un pararrayos ató la antena de su dispositivo de transmisión: pulsó las letras IGH; desató la antena y se introdujo de nuevo en el edificio.

Entró en el apartamento pensando en cuál sería el mejor destino para el transmisor: si el desierto, o dejarlo en un baño público del primer aeropuerto que pisara. Realmente no tenía ganas de llevarlo consigo a su casa en Bogotá; sabía que en le futuro esa clase de cosas le traerían malos recuerdos.

Desayunaron sopas instantáneas de ramen mientras se preparaban. Cada uno llevaría una maleta con alimentos enlatados, agua en botellas, medicinas y un arma. Como si fuera otra de sus tantas unidades entrenadas, Matson hizo formar a sus cuatro acompañantes y revisó su equipo; tras la breve inspección de treinta segundos, levantó el brazo ordenando que subiesen a la camioneta. William, quien se había quedado haciendo los arreglos del apartamento —quién sabe qué clase de arreglos—, fue el último en llegar, entregándole a Matson una mochila deportiva de marca. Un simple vistazo a través de la cremallera parcialmente abierta le confirmó a Dick el contenido: un rifle de asalto AK-47 y dos cargadores.

Al salir bordearon el parque, y se dirigieron hacia el oeste. Era Dick esta vez quien llevaba el volante de la camioneta; como todo hombre frente a los mandos de un gran auto, parecía sentir una especial satisfacción.

Dichas calles eran un laberinto; por suerte no era su misión. Leonardo Katz estaba admirado ante la capacidad del coronel para guiarse en un entorno extraño. Poder buscar el occidente sin ayuda de brújula o mapa. Se conducía, digamos, como si estuviese en su propia ciudad, llevando a unos turistas de regreso a su hotel, o directo al aeropuerto, tras una velada entre amigos.

A pesar de ser un país en el que no se consume alcohol, y en que las costumbres religiosas parecían estar por encima de todo, incluso de la diversión, se apreciaba esa noche, en estas calles del norte de la ciudad, un gran movimiento; música escapando de cada puerta y risas en cada esquina poco iluminada, donde voces de hombres y mujeres se combinaban en exhalaciones altas y bajas.

El auto vino a detenerse en una esquina sin nombre; nadie decía nada, pero el motor seguía en marcha. La puerta del pasajero se abrió y William bajó a la calle. Contaminando el aire acondicionado del interior con el vaho húmedo de la calle. El taxista, o lo que fuese, se inclinó sosteniéndose en el marco de la puerta y sonrió a todos. Se despidió de Irma, de Julius, y le pidió a Leonardo que se cuidara de las malas compañías. Luego le clavó una mirada agresiva al coronel Matson:

—Günter Mann… espero que esta sea la última vez en la vida en me vuelva a topar con usted —cerró la puerta y echó a correr calle abajo. Katz sintió curiosidad por el destino final de aquel extraño pero agradable sujeto. Al fin y al cabo le había servido de chofer, de guía turístico, como contacto y, finalmente, le había salvado la vida.

Raúl Strogov; el capitán Raúl Strogov, corrió como nunca en su vida las tres calles cuesta abajo hasta el borde del jardín. Se situó frente a una de las cámaras, encendió un cigarrillo y esperó. Tal vez fue una de las más angustiosas esperas en su vida, o tal vez no, es poco lo que se sabe de él. Pero no le gustaba estar ahí. Pisando ese suelo de concreto, territorio enemigo, ni se sentiría bien hasta estar del otro lado de la verja. Al fin, tras ocho minutos dos hombres robustos, con pieles alienígenas que relumbraban blancas a la luz de los faroles, se acercaron a él, auscultaron su rostro un instante y luego, coordinando todo con un pequeño radio común de vigilancia, le ayudaron a trepar el muro de concreto y ponerse a salvo. Los dos mastines encargados de la guardia nocturna de la embajada de la Federación Rusa siguieron caminando hasta rodear toda la propiedad; luego entraron y se reincorporaron a sus labores.

El capitán Strogov salió en el vuelo de las once de la mañana, dos días después, rumbo a Estambul. Un tren lo llevaría de vuelta a Moscú, a donde arribaría tres días más tarde para rendir su informe completo acerca del asunto Wessel.

Pero esa mañana los conspiradores siguieron su ruta; las montañas del norte no podían verse a tal hora, y Leonardo se preguntaba si habría carreteras que pasasen sobre ellas, o túneles bien iluminados a través de las entrañas de la tierra. De repente el coronel torció el volante y la camioneta giró temerariamente en el retorno de la calle Attari, con lo cual fueron a tomar el sentido oeste-este de la avenida Ayatolá Sadir.

—¿Qué ocurre? —Preguntó de inmediato Katz, temiendo que aquella fuera una maniobra evasiva ante un posible seguimiento. Los ojos calmos y transparentes del coronel aparecieron en el espejo retrovisor:

—Nada —respondió susurrando. La aguja del velocímetro se fue inclinando lenta e inexorablemente. Los pocos autos y camiones presentes esa noche empezaron a pasar frente a las ventanas como recuerdos borrosos.

¿Avanzaban en sentido contrario? ¿Iban acaso a Afganistán y no al Caspio?

Irma viajaba a su nueva vida completamente dormida; el viejo Jules también. Él no podía dormir. A medida en que las tinieblas cóncavas se decoloraban, el paisaje se iba revelando. En un disco de datos que cargaba en su mochila, Leo Katz tenía consignadas once páginas del primer borrador completo de su crónica para la revista S… aunque sabía que muchas cosas le quedarían sin contar. Cada vez que cerraba los ojos, y su cabeza, recostada contra la ventana, se sometía a la vibración del vehículo, Leonardo recordaba aquel viaje tan largo que hizo cuando era niño, en compañía de su familia, de Anchorage a Reno, Nevada; aunque sus padres le contaron cómo se fueron relevando para conducir, a Katz le pareció que sólo su padre estuvo manejando todas esas horas. Al abrir los ojos, de vuelta al presente, y ver a Matson confiado guiar el volante con una mano, sintió venir de él un espectro familiar que le agradó y que le permitió conciliar el sueño.

Rara vez el Comité debe reunirse a tan tempranas horas. Por lo general, por más importante que sea el caso, empiezan sus labores a las nueve en punto de la mañana. Que los integrantes del comité, y las partes citadas, empiecen a ingresar al pobre salón de audiencias, a las siete y cuarto de la mañana, es muy, muy inusual.

A diferencia de la primera reunión, en la que Amin presentó su acusación, donde a parte de la secretaria, un ayuda de cámara y los miembros del Comité no había nadie, aquella mañana las sillas dispuestas para los asistentes a las audiencias se llenaron. Tras los bancos que debían ocupar los sabios ancianos, cinco miembros de la guaria revolucionaria, uniformados y con pistolas, esperaban con las manos a la espalda. A sus espaldas, Hedayat sintió la llegada de toda una fauna perteneciente a las distintas ramas de policía y agencias encubiertas del país. Hombres mayores, pocos jóvenes, poco atléticos, más bien bajos y con barrigas inflando sus camisas a rayas. Unos pocos, quizá políticos, usaban corbatas, que por lo general no son muy comunes entre los iraníes, empezando con el Presidente. Y por cierto que la presencia de este estaba, a la vez descartada y confirmada, por una cámara de televisión que dos técnicos estaban instalando en el corredor intermedio de la sala de audiencias.

Amin revisó de nuevo su teléfono: no habían llamadas; estaba a punto de llamar a Bahman, pero en ese momento escuchó la voz del director, quien acompañado del ministro de inteligencia y seguridad nacional, y su asistente, venía hablando a voz en cuello, buscando tal vez llamar la atención de todos con sus discursos patrióticos. Escanear de nuevo el recinto, aquellos hombres, y ya Amin podía confesar que odiaba todos esos tipos, y que ya ni siquiera le extrañaba, si al final de su investigación, descubría un profundo caso de corrupción gestado entre los amos del poder.

—Señor Hedayat —dijo el director Adel al-Rahim a manera de saludo—. Espero que se haya preparado para lo de hoy; esta es una de las peores crisis en toda la historia del Servicio.

—Vengo aquí representando la verdad, señor director —respondió secamente Amin sin darse cuenta al parecer lo retóricas que sonaban sus palabras.

El director se cruzó de brazos, enseñó una sonrisa burlesca y preguntó por qué.

Sonó el teléfono celular justo en aquel instante, pero era contestarle al director o contestarle a Bahman. Que esperase, pensó tras tres segundos de duda.

—Porque todo esfuerzo por parte del Servicio por poner en claro las causas relacionadas con los eventos de los últimos días, desde la muerte del comerciante Franz Wessel, han sido, de una manera u otra, bloqueados por la mismísima burocracia estatal.

El director, que no parecía impresionado, solo contestó:

—Mejor tenga cuidado con sus palabras. Esta gente que le rodea no ha venido a reírse.

Los presentes se levantaron mientras desfilaban las largas túnicas de los miembros del Comité. Sonaron los micrófonos al ser acomodados y las sillas cubiertas de cuero mientras los traseros de los presentes buscaban ponerse cómodos. La gutural voz de órgano de uno de los ancianos —de anchas espaldas y relativamente más joven que los otros—, resonó brutalmente reventando tímpanos mientras hacía la introducción al acta.

La vibración del teléfono continuaba; parecía el agitarse de un hombre que se ahoga. La desesperación superó los temores, y Amin se llevó el teléfono al oído.

—Adelante.

—Señor; los he encontrado.

—¿A qué se refiere? —De lado, el subdirector pudo ver al ministro Hossein de pie leyendo de una hoja, pero las palabras de su Farahani aplastaban a las del señor Gholam.

—Los sospechosos, señor; salieron a las tres de la mañana del edificio que registramos ayer. Dieron algunas vueltas por el barrio, así que me mantuve a distancia, cuando tomaron la avenida y traté de acercarme aceleraron, y ni un maldito policía apareció para detenerlos; irían acaso a cien kilómetros por hora, señor.

—¡Farahani!

—Los perdí un rato; era simplemente imposible seguirles el paso sin exponerme yo también. He seguido todos sus procedimientos, señor; usted nos ha dicho que en casos como estos…

—¡Farahani dónde diablos están!

—Acaban de salir de la ciudad y cruzaron la intersección entre la avenida Babaie y la autopista Nueve.

Hedayat se dio una sonora palmada en plena frente al escuchar aquello. Su mano se fue arrastrando por encima de los ojos y el tabique nasal. Tras pasar, los ojos se abrieron, y Amin pudo ver que todos en la sala lo miraban con especial interés, empezando por el presidente del Comité, quien parecía esperar una respuesta.

—Puede respondernos, subdirector Hedayat, o tiene que atender necesariamente esa llamada.

Silencio. Amin apagó el celular con el pulgar y no dejó de apretar la tecla hasta que le dolió el dedo. Luego se inclinó sobre el micrófono:

—¿Disculpe?

Un coro de voces ofuscadas invadió cada pulgada cúbica del salón. Los viejos del Comité no decían nada, pero el presidente negaba tristemente con la cabeza. ¿Qué habían preguntado? ¿Qué esperaban que respondiera?

—Señor subdirector —dijo el presidente golpeando su escritorio con la mano abierta para lograr que las avispas se callasen—, su comportamiento en los últimos días, según lo dejan ver los registros de investigación del Ministerio, son, no sólo muy sospechoso, sino además indigno de un hombre en su actual cargo. Presentó una acusación muy grave ante su superior inmediato, y no pudo sostener la misma por falta de pruebas ante nosotros los presentes. Ahora ha hecho uso de recursos de la ciudad para labores que no le competen, como la detención de posibles terroristas, cuando la ley de Contrainteligencia perfectamente establece cuáles son las funciones de un subdirector adjunto. Y a parte de un serio incidente diplomático, que el canciller tuvo que tomar en sus propias manos, no le ha dado al grupo de trabajo del SAVAMA dato alguno que conduzca a la captura de los responsables de los ataques cometidos en la ciudad.

—¡Es suficiente! ¡Qué no he hecho nada! ¡Los terroristas a los que ustedes buscan están escapando de la ciudad en este momento por una carretera hacia el oriente!

—Le sugiero que modere su tono…

—¡No! Diez horas atrás tenía a sus terroristas atrapados entre un anillo policial. Pero fueron ustedes mismos —Hedayat los señalaba con el dedo— los que me quitaron todas las herramientas. Le diré, señor presidente del Comité, le diré, señor ministro, le diré, señor director, y señores presentes en esta sala a quienes además no conozco, les diré cuáles son las funciones de un subdirector adjunto de contrainteligencia, y son las mismas de todo el personal de contrainteligencia y por extensión de todo ciudadano honesto de este país: detener a toda persona, extranjera o nativa, que entregue, de un modo u otro información clasificada de la República, o a todo aquel que pretenda atacar sus intereses y a sus ciudadanos. Eso es lo que he estado haciendo durante los últimos quince días, intentando atrapar a estos individuos.

Si en la sala hubiese habido un reloj analógico su tictac habría sido audible para todos. La cámara de televisión estaba apuntando directamente a la vena alborotada en la frente de Hedayat.

Pacientemente, con un gesto de prepotencia exacerbada, mientras se arreglaba el traje y la cortaba —era uno de los pocos que la usaba, como ya se dijo—, Ali Parsa se puso de pie y se dirigió a los viejos:

—La fuerza de trabajo combinada de los sectores policial, de seguridad, contraespionaje e inteligencia electrónica han ya levantado una lista de sospechosos. Alrededor de trescientos hombres y mujeres, entre egipcios, iraquíes, pakistaníes, y once árabes aún no identificados. Detrás de estos perros están los causantes de todas estas muertes y terror general. Los someteremos al más duro interrogatorio en la medida en que les demos caza —miró satisfecho a Hedayat y tomó asiento.

—¡Esto es ridículo! —Sentenció Amin— ¡No tienen nada!

—Señor Hedayat —exclamó el presidente del Comité—, ya que creo que, ante la gravedad de la situación, no puedo seguir llamándolo señor subdirector; le diré qué es lo que tiene usted, o al menos qué ha presentado ante nosotros, como guardianes del gobierno de la Revolución al que gustosamente representamos: una mujer, Irma Yushij, que se encuentra desaparecida, cuyo único vínculo con toda esta investigación es haber, posiblemente conocido, a un extranjero asesinado por delincuentes cuyo nombre ni siquiera aparece en los registros. Luego a un ciudadano mexicano… —el anciano junto al presidente se inclinó para decirle algo al oído—, quiero decir colombiano, en todo caso latinoamericano, que desapareció de su hotel hace ya varios días y que el departamento de seguridad del Azadi describió como periodista, y creo que es de público conocimiento cómo son los periodistas occidentales. Por último su informe señala a un ciudadano europeo, Günter Mann, también como sospechoso; aunque los testigos que lo vieron afirmaron a la policía —policía que usted solicitó a este comité—, que este hombre haría un recorrido turístico de quince días por Zanjan y Gilan. Me temo que no es mayor cosa.

El ayuda de cámara, que había entrado al recinto mientras el presidente del comité hablaba, entregó un mensaje al ministro y este se puso de pie junto a su séquito:

—El excelentísimo señor Presidente desea se le presente de inmediato un informe sobre la captura de los terroristas; por tanto debo marcharme ahora.

—Habrá un receso hasta las dos de la tarde —dijo rápidamente el presidente y todo lo demás fueron ruidos de sillas al moverse y voces que discutían mientras Amin Hedayat se hundía en la desolación. Los conspiradores y terroristas habían ganado ¿cómo? Encontrando el punto más débil de toda la estructura gubernamental: su propia torpeza de gigante ciego, que aunque fuerte no puede notar el daño que la descomposición de una pequeña herida puede causar en todo su cuerpo. Y es que hace unos años, hace realmente poco tiempo, él mismo contaba con todas las herramientas y todo el poder para detener a los agentes imperialistas; en algunos casos le bastaba una ronda por el aeropuerto y frente a las cámaras de vigilancia para ver llegar a los espías, y una vez dentro de Teherán estos quedaban atrapados sin posibilidad de escapar. Nunca usó en ellos la tortura de forma alguna; no la necesita quien tiene la inteligencia y las pruebas para llevar a la corte a un infiltrado. Ese era el alfa y omega, inteligencia pura, la capacidad para ver lo que otros llevan a cabo, aunque lo hagan de forma encubierta, y exponerlo. Ahora, siguiendo esos mismos procedimientos su carrera estaba hecha pedazos, o al menos al borde de un risco muy alto. ¿Había sido derrotado en su propio juego? ¿Habrían los conspiradores previsto incluso esto? En ese caso un aplauso por esas cabezas agudas en el cuartel enemigo, que con la brillantez de Al-Huarizmi resolvieron la ecuación última, para hacerle zancadilla al departamento de contrainteligencia.

Sacó de su bolsillo el teléfono celular: era hora de llamar a Bahman y decirle que cancelase toda la operación antes que él también se quedase sin puesto y sin futuro. No bien el aparato terminó de captar la señal cuando recibió una llamada y se agitó convulsamente en la mano de Amin.

—Adelante —respondió sin haber confirmado la identidad de su interlocutor.

—Señor, han cruzado el puesto de control y ahora van directo por la autopista hacia las montañas. He tenido que detenerme por combustible, pero si no cambian de ruta podré seguirlos un buen trecho, pero necesitamos otro vehículo, creo yo.

La voz agitada del muchacho contagió a Hedayat, quien se quedó dudando entre cancelar definitivamente el seguimiento o seguir con este hasta las últimas consecuencias; aunque terminase preso o muerto. Cuestión, pensó, de darlo todo por aquello que se desea, condición última de quien entiende su profesión como su vida misma, que por conservarla entregará hasta su última bocanada de aire y toda la sangre de sus venas; más allá de riesgos, más allá de las barreras que se dibujan en la mente, entre lo correcto y lo “estúpidamente peligroso”, es la verdadera bravura aquella donde no hay agotamiento tan grande para detenernos en la lucha, pensaba. Y pensaba en el desierto, en los días de la guerra, cuando estudiaba los mapas, las señales de radio, y las fotos de reconocimiento aéreo, descubriendo las posiciones de avanzada de los iraquíes y sus grupos de infiltración hábilmente camuflados. Entonces, con su rifle a la espalda saltaba dentro del primer helicóptero disponible, e importándole un comino la cadena de mando ordenaba al piloto llevarlo a aquellas coordenadas, a la hora que fuera, para exterminar a estas unidades ocultas entre la arena y camufladas como rocas. ¿A cuántos abatió entonces? No lo sabía ni quiso jamás averiguarlo; las vidas que haya salvado, eso es lo que le quedaría siempre en el corazón.

—Bahman, escuche: quédese donde está…. No, mejor regrese de inmediato a su oficina y espere allí. Lo llamaré en una hora o antes.

A paso apresurado Hamid abandonó la sala, y encontró el pasillo bloqueado por los hombres que hace un momento lo miraban de forma acusatoria. Tomó las escaleras y subió al siguiente piso, deslizándose por el corredor en busca de una puerta abierta. De uno de los despachos salió la secretaria del comité y pasó sin mirar a Hedayat; la oficina de esta quedó abierta y sobre un escritorio atestado de documentos esparcidos como cartas de póquer había un teléfono de seguridad. Descolgó y marcó rápidamente; la memoria para los números telefónicos resulta a veces vital para los detectives.

La llamada fue contestada de inmediato por una mujer joven.

—Oficina del capitán Hedayat.

—Buenos días… Soraya, habla Amin Hedayat, necesito hablar con mi hermano.

—Temo que no puedo localizarlo en este momento, señor Amin Hedayat. ¿Quiere dejarle un mensaje?

—Soraya, ¿está mi hermano en el hangar?

—Lo lamento, señor; no puedo responder a eso.

—Es muy importante, ha ocurrido algo de lo que debo informarlo de inmediato. Si está en el hangar iré a verlo y hablaré con él.

—En ese caso le avisaré que viene para acá y de esa forma ambos podrán encontrarse en la pista del helipuerto —dijo la muchacha tras unos instantes de vacilación.

Sin agradecer Amin colgó el aparato, se topó con la secretaria, la cuál se dio un gran susto al verlo allí, y salió a la terraza de la parte trasera del edificio. Allí funciona un café para el personal del Ministerio que tiene una escalera de emergencia la cual va a dar al estacionamiento. En cinco minutos los neumáticos del auto chillaron sobre el asfalto frío y húmedo. Los pocos hombres allí —guardaespaldas y vigilantes— se quedaron mudos viendo la inusual escena.

El capitán Adar Hedayat era un año mayor que su hermano Amin. Las diferencias físicas eran pocas, realmente parecían gemelos, aunque en los últimos años Adar se había transformado en un robusto toro, con algunos centímetros de más en la cadera, y Amin estaba hecho un delgado, e incluso escuálido, agente en traje de negocios. Ambos habían servido al ejército, como la mayoría de los hombres de su generación; pero mientras uno entró a la infantería ligera el otro se enroló en la fuerza aérea con el sueño de ser piloto de combate. Sus estudios, no obstante, apenas le dieron para comandar helicópteros. No podía quejarse, tenía al mando el primer escuadrón de reconocimiento, compuesto de seis aeronaves Bell 214, pilotados por hombres a los que veía como su propia familia; una estabilidad y una paz difícil de encontrar en el cambiante mundo moderno.

Hacia el sur, directamente, tras pasar la plaza Hagh-Shenaas se encuentra una bifurcación que abraza el aeródromo militar Ghale Morgi; una escuela de adiestramiento en realidad, pero que al mismo tiempo sirve de hogar al primero y quinto escuadrones de defensa y reconocimiento de la ciudad. Debían haber pasado unos seis años desde la última vez en que Hedayat hizo ese recorrido, llevando a su padre, ya entonces muy enfermo, a conocer el lugar donde trabajaba su primogénito.

Mal aparcado quedó el auto, pero Amin no tenía tiempo de sutilezas; a cada segundo que pasaba los terroristas se le escapaban. Si bien estarían aún muy lejos de la frontera, a cada metro que se internaran en el desierto más difícil sería encontrarlos, ya que sin una orden de detención oficial el ejército no movería ni al último de sus hombres en las arenas del Semnan. De hecho, si los terroristas hubiesen deseado salir por el aeropuerto, lo habrían hecho en la total impunidad. La duda, pensó Hedayat, debió obligarlos a buscar una ruta por tierra, donde hay menos controles. Si su plan era tan bueno, ¿por qué hacerlo variar?

—Puedo ayudarle, señor —preguntó un cabo retóricamente.

—Soy Hedayat Amin; busco a mi hermano, el capitán Adar.

Mientras el suboficial se comunicaba por radio con la pista de helicópteros, Hedayat seguía analizando el asunto: algo en el plan de los conspiradores había fallado. ¿Qué pudo ser? ¿La muerte de Franz Wessel, o la del imán? Ambos parecían tan metódicamente planeados… pero a diferencia del maestro, el vendedor de armas no fue emboscado en un sitio público, sino eliminado de forma bastante violenta; casi una reacción necesaria para eliminar a quien sin duda era un testigo. No lo planearon… tenían que hacerlo y lo hicieron.

Hedayat caminaba como un zombi, mirando sin ver las botas del cabo marchar hacia el helipuerto y los hangares de la zona oeste. Su mente trabajaba a toda prisa, hecha una máquina imparable, buscando el sentido de toda esta historia: un falso, o verdadero, quién sabe, periodista latinoamericano; un alemán y una mujer iraní. Dos hombres y una mujer, aparecen, muere un vendedor de armas, tiroteado, muere un imán, de un solo disparo. Mueren algunos en edificios dinamitados. Luego la policía y los servicios de inteligencia buscan terroristas y todo lo que los une, ese lazo tendido, arrojado vulgarmente, son las palabras de herr Wessel, del difunto Franz, quien conocía a la mujer —era su amante—, vio a Katz por que se acercó a él —como periodista—, y conoce a Mann —porque ambos son de la misma nacionalidad—, ahora, qué lo hace dudar de ellos tres, tanto para llamar a su contacto dentro del Ministerio de Defensa y denunciarlos por espionaje. Algo vio, algo sabía…

—Capitán —exclamó el cabo. Al fondo frente al motor en refacción de un helicóptero, un hombre de escasos cabellos, bigote finamente cortado, gafas de sol francesas y camiseta color caqui húmeda de transpiración, levantó la cabeza y asintió repetidamente para luego, alzando una mano ordenar al muchacho que se retirara.

Debió descubrir la fachada de alguno de ellos; o Mann o Katz. Descubrió que venían detrás de él, específicamente de él, y quiso protegerse. Pero esta teoría, de dos asesinos buscando a un vendedor de armas, dejaba por fuera al imán y los ataques. Una muerte limpia, de varios balazos a la cabeza, por ejemplo, explosivos en el auto o venenos, serían más propios del Mossad israelí. ¿Y si era una operación conjunta? Mann —que perfectamente podría ser un americano con falso pasaporte y algo de sangre teutona en sus venas— liquida a Wessel; a cambio Katz, un judío latinoamericano mata al imán, un pobre hombre fichado por la CIA como terrorista, o colaborador de terroristas, o agitador político, o simplemente no les gustó su cara.

Ya entonces el capitán Adar estaba frente a él; sonreía amablemente y tenía las manos sobre la cintura como preguntándole, sin palabras, a su hermano menor si no se había metido de nuevo en otro problema.

—Hermano… —dijo Amin, luego los dos se abrazaron, y al separarse continuó—: qué te trae aquí y por qué estás tan agitado.

Le tomó unos diez minutos explicarlo, más otros diez de contestar preguntas. Cuando pudo cerrar la boca para esperar una respuesta a su solicitud, el capitán giró la cabeza para mirar su trabajo a medio hacer; parecía ser aquel el único impedimento para ayudar a su hermano en la caza de aquellos terroristas.

—Cada minuto que pasa se nos hará más difícil encontrarlos —añadió Amin, como apuntalando el túnel perforado en la negativa inicial de Adar de apoyarlo.

—No podemos tomar ninguna de estas aeronaves; todas deben estar en servicio y retirar cualquiera de estas me metería en un gran problema. Hay un control estricto, está computarizado; así cualquier helicóptero que abandone o despegue de esta nave será detectada y se le comunicará al coronel Hatami, y no quiero que esto quede en mi hoja de servicios.

—¿Y cuándo realizan ejercicios de adiestramiento?

—Deben estar en la lista de labores diarias. Hay una agenda que se sigue al pie de la letra; ¿realmente no es posible seguirlos por tierra?

—Ya te lo he dicho: tardaríamos horas en encontrarlos, y podrían intentar asesinarnos para luego perderse en el desierto. Si no creyera que es la mejor manera nunca habría venido aquí.

—Entiende. Estas son aeronaves de adiestramiento; en toda la base no hay…

Adar encontró algo en su mente con lo que no contaba un momento atrás. Ordenó a sus hombres junto al aparato en reparación detenerse.

—Tomarán un descanso de quince minutos a partir de este momento —ordenó tronando, con lo cual los hombres empezaron a retirarse de inmediato—. Si al cabo de ese tiempo no he regresado seguirán con este aparato hasta terminar de instalar las nuevas partes.

Los soldados, detenidos de momento en su carrera, saludaron, recibieron la orden con un sí gestual y siguieron corriendo; en toda base el tiempo libre es oro puro. Una vez se alejaron unos veinte metros, Adar se acercó al rotor del helicóptero, allí un hombre mayor, de unos cuarenta años, con una barba tan negra como la noche y un abdomen creciente bajo el overol de trabajo bebía una soda, en lata, mientras procuraba quitar con su velludo brazo el sudor acumulado en sus espesas cejas.

—¿Golab?

—El obeso sujeto se plantó firmemente dejando su frente y la lata a un lado de momento.

—Andando, hay una misión en marcha.

Amin no hizo preguntas, pese a su momentánea ignorancia relativa al giro de las cosas; consideraba que la situación estaba dando un giro positivo, que su hermano había encontrado una solución al problema, así que mejor esperar a ver las soluciones aparecer en vez de perder el tiempo cuestionando las acciones de otros.

Primero caminaban a paso presuroso, estos tres hombres; luego el capitán empezó a correr y el ex subdirector lo siguió, muy de cerca, dejando solo rezagado al teniente Golab Pesyani, que hacía su mejor esfuerzo pese a la media cajetilla de cigarrillos que se fumaba antes del medio día. En este caso antes de las nueve de la mañana. Pero seguían trotando, a todo lo largo de los hangares azules alineados frente a las pistas de helicópteros. El último de estos, cubierto de rojo gracias a la descomposición de viejas capas de zinc no removidas por falta de presupuesto, estaba cerrada totalmente con candado. Adar Hedayat enfiló rumbo hacia uno de los costados, en el extremo había una puerta protegida por un perro encadenado. El animal ladró como una salva de cañonazos, unos tras otros, apenas los hombres se introdujeron en el corredor. Mas cuando el capitán de helicópteros se detuvo a su lado, transformó sus advertencias en gemidos de mascota consentida., se echó sobre sus patas y sacó la lengua amablemente.

La pequeña puerta marcada como “servicio” ocultaba la negrura y el olor a aceite, siendo tan penetrante este que Amin tuvo que taparse la nariz de inmediato, ya que sentía que el hedor se derramaba en sus pulmones. Con una mano sobre el hombro derecho de su hermano avanzaba, como en el resto de la investigación, a tientas, sin ver.

Se encendieron las luces: tres focos distribuidos por el suelo apuntando a un aparato de hélices pintado de negro, con formas que Amin, apenas si instruido en helicópteros, no pudo reconocer.

—Golab, la puerta.

—Sí señor —escuchó Amin decir al gordo; luego sus pasos hacía una esquina, y luego un generador eléctrico ronronear pesadamente mientras la luz natural de la mañana empezaba a derramarse entre el tejado que, partido a la mitad, se abría en dos. Lo que quedó expuesto tras iluminarse la estancia fue un RH-53 Sea Stallion; ancho, de dimensiones aplastantes, pintado por entero de negro y con el emblema iraní cercano al rotor de cola. A parte de eso carecía de detalles superficiales; ni siquiera con números de matrícula contaba.

Adar trepó al aparato y empezó a operar los controles desde el interior. Golab sacó de un casillero metálico una lista de vuelo y empezó a revisar el aparato por todos lados. Aún con el sol iluminando aquella caparazón de lata, la aeronave permanecía oscura, como el único punto donde la luz del cielo no llegaba. Parecía un mal augurio, el tipo de vehículo que emplearía la muerte si la muerte fuese un ser que necesitase de transporte a motor. Con todo parecía un excelente aparato, poderoso y moderno. Si Amin hubiese sabido más de aeronaves, habría notado que el modelo frente a él tenía más de veinte años, y actualmente solo estaba en uso por parte de la Armada. De hecho, el Ejército contaba con otro tipo de helicópteros para los menesteres en que se suele emplear los RH-53, los Mi-24 rusos.

El capitán golpeó la ventanilla llamando la atención de Amin, este trepó de inmediato dentro del helicóptero. Una vez se les unió el teniente Golab, y las compuertas se cerraron, los motores empezaron a rugir, primero, y fueron seguidos del trueno de las aspas en movimiento. El interior de la cabina, no solo se lleno con ruido bestial de la maquinaria, sino con una agitación sísmica e incontrolable. Sin testigos, el Sea Stallion abandonó la concha escarlata de zinc y recibió los rayos directos del sol que se levantaba. La ciudad, era plana y árida en ese sector del sur; la mar de arena que se extendía frente a ellos parecía el confín del mundo.

Capitán y copiloto revisaban en la pantalla del computador la hoja de ruta. A un hombre como Amin le seguía pareciendo increíble que un solo hombre pudiese recordar y entender tantos botones y diales. Tan ensimismado estaba en su observación que no notó que le hablaban por el canal interno de su casco.

—¿Estás seguro que es hacia el este?

—Este noreste, sí. —respondió. Seguía siendo algo increíble, pensó un instante después: aquel tosco y enorme aparato se elevaba como una pluma: allí abajo la base se había transformado en un gran círculo con una X en el medio. Simplemente nunca la había visto de esa forma. Esta aeronave tan poderosa era algo increíble, se repetía el ex agente de contrainteligencia, maravillado como un niño pequeño.

—¿Hermano?

—Sí —respondió el capitán sin dejar de mirar sus cartas de navegación.

—¿Qué clase de helicóptero es este? ¿De qué tipo?

—Es un Sikorsky CH-53 americano. Sirve más que todo a operaciones de extracción.

—¿Por qué este no tiene números de matrícula?

—Este no hace parte de la flota de la Armada. No está en los registros.

Amin, sin decir palabra, se acercó al hombro de su hermano, como si ver los ojos de este —ahora cubiertos con la visera oscura del casco— pudiesen confirmar o denegar lo anteriormente dicho.

—Eso qué significa.

El barbudo Golab miró a su capitán un momento, como recordándole algo, mas Adar no parecía tener deseos de guardar secretos con su hermano.

—Este aparato en el que estás montado lo usaron los americanos cuando quisieron sacar a su gente de la embajada hace veinticinco años. De sus ocho helicópteros perdieron dos de forma estúpida, y otros dos los dejaron abandonados cuando sacaron a su gente del desierto. No puedo decirte ahora dónde está el otro, pero este me fue asignado para labores de adiestramiento de pilotos para misiones de extracción en el desierto. ¡Ja! Suena irónico, pero concretamente lo que busco es que a nadie le ocurra lo que le sucedió a los americanos esa noche: quedar atrapados en una tormenta de arena.

—¿Y por qué este específicamente y los otros no?

—Ya te lo dije: no está registrado, técnicamente no existe. Yo me he encargado de cuidarlo, de repararlo y de instruir en él a los nuevos pilotos que usarán los RH-53D de la Armada.

Ya habían dejado la ciudad. Las últimas fábricas y complejos habitacionales del oriente, rodeados de tierra seca, estaban ahora bajo el helicóptero y muy pronto quedarían atrás. Las primeras montañas, lomas y colinas de tono pardo rojizo se alzaban allí donde terminaba la presencia humana. Amin se concentró en la vía que trepaba las montañas; a novecientos metros de altura no le debía quedar imposible distinguir una camioneta Toyota color amarillo. Su hermano y el copiloto también estaban informados sobre el hecho y debían tener sus ojos de águila puestos en la vía.

—Es posible que hayan tomado una desviación —sugirió su hermano cuando llegaron al cruce de dos avenidas—. Si siguieron hacia el noroeste se toparán con la guardia revolucionaria de Khosrowabad; tienen dos puestos de control sobre la carretera. Pero podrían desviarse hacia Sangareyun y proseguir al este sin toparse con nadie.

Amin consultó su propio mapa; en efecto era una gran curva, pero se evitaría un control militar donde revisarían sus documentos. Aunque no tenían caso alguno contra ellos, y tendrían, en principio, que dejarlos pasar, estos hombres de los puestos de carretera suelen ser más inquisitivos que el policía común metropolitana. Por Alá… si sólo Farahani los hubiese seguido… Tal vez no los habría perdido del todo; pero allí arriba su teléfono celular sería inútil en un área sin cobertura, corriendo el riesgo de alterar los equipos electrónicos de abordo. Tenía que tomar una decisión final: el éxito o el fracaso de toda su búsqueda: seguir o desviarse.

—Sureste —dijo finalmente Amin Hedayat sin saber que se estaba echando una soga al cuello.

Pasaron por encima de otro control de carretera para pago de impuestos. Lugar por donde los conspiradores habían cruzado hacía sólo una hora y dónde Leonardo, enseñando su pasaporte colombiano, no tuvo problema alguno. Allá abajo la carretera apenas era transitada por uno que otro vehículo y rara vez se veían más de dos. Con aquel sol que estaba alcanzando el cenit era fácil, a cualquier distancia, distinguir un vehículo con el destello de la luz en sus ventanas. ¡Cuánta inmensidad de tierra!

Dick no durmió más que dos horas; recién salidos de Teherán cambiaron de puestos y Leonardo, que no había manejado en mucho tiempo, se sentía dirigiendo el curso de un gran buque; sensación placentera, además, ya que de niño siempre jugaba a ser el piloto de un barco pirata, algo mejor que ser el responsable de una nave ballenera, como el Pequod, pensó Leonardo riendo internamente.

Le fascinaba el paisaje. Mientras fue turista inocente debió buscarse un guía, o una guía turística que le enseñase también las maravillas naturales de un país con paisajes tan hermosos. La vasta e inabarcable extensión de árida llanura le invitaba a caminar, sentir el viento y entregarse a la meditación. Olvidarse del mundo debió ser más fácil en los desiertos que en los bosques o las selvas. Quizá por ello Medio Oriente fue la cuna de las grandes religiones, que con todo y sus fallas habían guiado la mente de millones durante siglos. Allí, en Irán, en Persia, surgió el zoroastrismo la más antigua religión monoteísta aún existente, cientos de años antes que inventaran a Dios y a Alá y que sus súbditos empezaran a pelearse por el dominio del mundo.

—Helicóptero —dijo Julius sin dejar de mirar adelante. Parecía que lo había visto en uno de los espejos retrovisores. Luego sacó la cabeza por la ventana para mirar hacia atrás. Katz intentó verlo igualmente en su espejo, pero no consiguió ver nada más que el firmamento azul claro y el camino marcado tras ellos.

—Los tengo —dijo el capitán Hedayat, provocando que Amin se sobresaltara y se lanzara hacia el puesto de mando. Adar estaba señalando una pantalla de video que mostraba la camioneta amarilla y, los números de matrícula, bastante difusos, en la parte inferior.

Una camioneta amarilla Toyota viajando hacia el oriente; no podía ser otra.

—Muy bien vamos a acercarnos.

El capitán inclinó los mandos y por un segundo Amin pensó que iba a expulsar su estómago por la boca: el Sikorsky tenía ahora un ángulo de 135 grados y apuntaba hacia el lejano suelo rocoso.

El paisaje ahí cambiaba, de una tierra rojiza calcárea a un color ocre oscuro, como sangre seca, entre rocas y arbustos muertos. La carretera serpenteaba vacía entre aquellos montes lunares. Allí el vehículo brillaba como un grano de oro que se va a la fuga. El helicóptero se situó paralelo a los fugitivos, a unos doscientos metros de altura y a otros doscientos de la vía. Si las ventanas no fuesen tan oscuras, pensó Amin empuñando sus prismáticos, podría incluso verles las caras.

Sonó el amartillar del AK en la parte trasera del vehículo; el coronel tenía el rifle en sus manos e Irma la cabeza entre las suyas mientras decía algo en farsi.

—Por favor, no vaya usted a cometer una estupidez —agregó terriblemente nerviosa, tal vez no por la situación, sino por ver un arma de alto poder a unos centímetros de ella. Eso parecía aterrarla y Leonardo habría deseado decirle a Matson que se guardara su rifle; pero este seguía siendo su oficial superior, de una forma no convencional, claro, y por tanto debía esperar a que conservarse la calma y se le ocurriese un buen plan.

—Definitivamente vienen por nosotros. Ahí hay un hombre con prismáticos; se refleja el sol en ellos —dijo Dick, quien parecía estar dispuesto a dispararle desde allí.

A su lado, Jules se echó la bendición con la mano derecha y luego la izquierda, cosa rara para un católico. Si esa bestia voladora decidía atacarlos nada podrían hacer. De seguro contaba con ametralladoras capaces de hacer pedazos la camioneta; ni Dios los salvaría de esa, pero al menos los creyentes pueden encomendarse a alguien, un ateo ¿a quién pedía ayuda?

¿Cómo detenerlos? Tanta fue la prisa por ir tras los terroristas fugitivos que Amin no había pensado en cómo atraparlos. Lo único sería posar el helicóptero frente a la camioneta, obligándolos a parar, pero corriendo el riesgo de que estos no se detuvieran, o que cualquier otro viajero no lo hiciese a tiempo y terminasen chocando y muriendo todos juntos. ¿Dispararles?

—¿Hermano?

—Adelante.

—¿Esta nave está equipada con armamento?

—¿Para amedrentarlos?

—Sí.

—Teniente —dijo Adar y Golab de inmediato presionó un botón en la parte superior de la cabina, lo cual activó un nuevo panel que surgió a un lado. Tras activar otros interruptores tomó la palanca y empezó a fijar una mira en la pantalla de video. La ametralladora Vulcan .50 estaba fijada en la parte delantera del aparato, por tanto el RH-53 debía tras la camioneta.

—Mucho cuidado, teniente —exclamó Amin—. Los necesitamos vivos.

—No está hablando con uno de sus subordinados —replicó de inmediato Golab, claramente ofendido—; conozco perfectamente mi trabajo.

Irma vio la aeronave a unos trescientos metros tras ellos y acercándose lentamente. Era claro que podía ponerse como desease mientras que la camioneta —pequeña en comparación al helicóptero— apenas tenía un camino que seguir. Un relámpago tronó a lo lejos, aún en el día sin nubes, y frente a los viajeros el suelo saltó hecho pedazos en una consecución de géiseres de tierra.

Irma pegó un grito que por poco mata a Leonardo. Habían disparado con la ametralladora.

—¡Ni pienses en detenerte! —exclamó el coronel volviendo a ser el instructor de hierro que Katz conoció en el pasado.

En vez de frenar el vehículo aceleró. Irma no sabía quién estaba más loco o qué podía pasar, y para hacer más distorsionado el cuadro, Leonardo pugnaba por extraerse algo de la suela del zapato; incluso el negro Julius lo miraba con desconcierto:

—¿Qué diablos haces, chico?

Finalmente Leonardo logró sacarlo: era el pequeño transmisor plateado que la CIA le había entregado para mantener una comunicación con ellos. Curioso, Julius tomó el aparato entre sus enormes manos y lo revisó como un juguete. En ese momento una nueva ráfaga de tiros cubrió de tierra seca la camioneta.

“¡Nos van a matar!” Gritó Irma en farsi. Dick, fastidiado, la tomó por el brazo y le respondió, en el mismo idioma: “¡Cállate mujer! Nadie falla estando tan cerca; quieren que detengamos el auto”. “¡Cuide sus modales!” Replicó Irma, quien había cambiado, en medio segundo, el miedo por la ira.

—No se detienen —dijo Adar, temeroso al parecer de estar metiéndose en algo indebido, como atacar un vehículo lleno de gente que no conocía.

—Tendremos que cortarles el paso. Bajar y detenerlos con nuestras propias armas.

—¿Y si están armados? —Replicó de inmediato el teniente—. Capitán creo que sea conveniente seguir…

—Silencio —Adar pareció acallar incluso el rotor de la aeronave—. Les apuntaremos de frente y dispararemos a la vía. Tendrán que detenerse o volcarse. Una vez frenen usaremos el “arpón”.

—¡Es una locura! —barbotó nervioso Golab.

—¿Qué es el arpón?

—Es algo que me dieron antes de salir —dijo Katz apresuradamente—. Puede enviar un mensaje de onda corta en una frecuencia especial que sólo pueden detectar los nuestros. Bueno, no exactamente; no sé cómo funciona, pero me dijeron que si me veía en problemas podría usarlo.

—Dudo que la caballería venga hasta acá, Leonardo —dijo secamente el teniente coronel Dick Matson.

—Ridículo —agregó Julius.

—¡Maldita sea! Ustedes tres están ahí hincados ante su dios pidiéndole ayuda. ¡Al menos esta cosa es algo de este planeta!

Ninguno de los acompañantes de Katz respondió nada. Jules, calmadamente, preguntó qué debía hacer con él.

—Se debe conectar a una antena; cualquier cosa de metal que sirva de antena. Luego se enciende y se pulsa el mensaje en clave morse.

De inmediato Jules extrajo la lujosa radio empotrada al panel de control del vehículo. Introdujo la punta del alambre de cobre del transmisor a la antena de la camioneta y espero mientras la luz se tornaba verde.

Ahora la carretera subía y bajaba sobre los contornos irregulares de la montaña. Estaban finalmente rodeados de enormes montes de roca y sedimento; frente a ellos surgió entonces el Sikorsky con su rugido ensordecedor y sus descomunales hélices cerrando el paso.

—¡Creo que tengo señal! —Alcanzó a gritar Jules por encima del estruendo— ¿Cuál es la clave que debo enviar?

—¡Ese, o, ese!

Julius soltó un bufido de burla y empezó a golpear el manipulador con la punta de su dedo índice. Parecía calmo y confiado aún en medio del angustioso momento.

Amin, Adar y Golab veían la camioneta dirigirse a ellos sin disminuir siquiera un tanto la velocidad. El teniente ajustaba el cañón mediante la cámara de tal forma que pudiese lanzar una ráfaga de balas .50 directamente a la carretera. Siempre sentía un enorme placer al disparar así que nadie lo sacaría de su concentración.

—Una vez frenen activa esa palanca roja que está junto a la compuerta —dijo el capitán Hedayat—. Eso liberará el “arpón” y podremos usarlo sobre esa Toyota. Una vez estén enganchados y nos elevemos no creo que piensen saltar.

El “arpón” era en realidad un enorme electroimán conectado mediante un cable al CH-53. Siendo aquel aparato para entrenamientos, a un ingeniero aeronáutico se le había ocurrido instalarlo para que los reclutas aprendieran a enganchar y levantar vehículos o material en zonas de combate o terrenos difíciles. Este artilugio no estaba disponible en ningún otro helicóptero de las fuerzas iraníes.

—¿Resistirá el peso, con cuatro personas dentro? —Preguntó inseguro Amin.

—Lo hemos hecho hasta con siete, ¿verdad teniente?

—Verdad.

La camioneta no se detenía, y cada metro que devoraba lo acercaba cada vez más al robusto helicóptero que ahora lucía como un dragón a la espera del caballero. Dick irguiéndose dentro del auto fue abriendo la claraboya con una mano mientras con la otra sostenía el rifle.

—Sin importar qué pase, no frenes —ordenó mientras asomaba los ojos por encima del auto.

Sonó una nueva secuencia de veloces estampidos que ensordecieron a todos. Una nube de polvo, un muro sólido casi, se levantó frente a ellos; pero la aguja de la velocidad no se movió, antes siguió aumentando, pasando de noventa y cinco a cien millas por hora. Dick tuvo que arrojarse al piso y cerrar aquella compuerta superior ante la lluvia de fragmentos de asfalto y grava que cayeron sobre el auto. Un repentino deseo de frenar atacó el cerebro de Leonardo, pero su pierna estaba tan tensionada como uno de los cables del puente de San Francisco, así que sólo podía seguir acelerando entre los escombros volátiles.

Piloto, copiloto y pasajero vieron de entre la nube surgir la camioneta que con un raudo salto pasó por encima de la zanja trazada a balazos. Aquel era un vehículo todo terreno; cualquier otro coche habría hundido sus ruedas delanteras en la brecha habría quedado completamente vertical durante un segundo antes de irse de nuevo al piso con las ruedas y las tripas apuntando al cielo.

La trompa del Sikorsky surgió frente a ellos y los remaches metálicos se le grabaron a Katz en la mente tras cerrar los ojos, seguro de que sobrevendría el estruendo del impacto. Pero le fallaron los cálculos, el aparato estaba a cuatro metros de altura y la camioneta, de dos metros de alto, voló por encima del asfalto apenas a sesenta centímetros.

De largo el CH-53 Sea Stallion tiene 28 metros, así que la sombra que este proyectaba por encima de los fugitivos apenas duró una fracción de segundo. La guadaña giratoria del rotor de cola tenía la suficiente potencia para causar un ligero corte vertical, y muy recto, sobre el parabrisas. Antes que pudiesen parpadear el helicóptero había desaparecido y sólo quedaban las zigzagueantes formas de la carretera sobre la montaña.

Amin de un grito ordenó que el aparato diese media vuelta, pero Golab, con un grito aún más estentóreo, le dijo que se callara: estaban muy cerca de la montaña y si no operaban con cuidado la corriente podía provocar que diesen contra las rocas. El capitán Adar, sin añadir comentario alguno, elevó el aparato hasta que superaron la altura de los cerros y la carretera abajo pareció una hebra de hilo abandonada. Entonces el aparato pudo dar su giro de ciento ochenta grados para apuntar de nuevo hacia los fugitivos.

—Teniente quiero que destroce la parte trasera de ese auto.

—¡No! —se interpuso Amin— ¡Encuentre otra forma!

—¡Ese es el procedimiento!: si un vehículo no se detiene cuando se hacen disparos de advertencia se le debe disparar a uno de sus flancos para averiarlo. No hay otra salida a menos que estés dispuesto a dejarlos escapar. ¡Adelante teniente!

El Sikorsky se mandó una vez más en picada. Golab se inclinó sobre la pantalla como un niño con un videojuego: aquello requería toda su concentración; era una maniobra de cirujano.

Apretó el gatillo y las trazadoras dibujaron una línea recta de su panza a la camioneta situada doscientos veinte metros de distancia.

El vidrio lateral izquierdo inferior saltó hecho pedazo e Irma vio el relumbrar de los proyectiles a menos de un palmo de su cara. Pegó un salto hacia delante y cayó sobre el regazo de Julius que la atrapó entre sus brazos para protegerla. Leonardo, que vio saltar en el mismo momento su espejo retrovisor, y sintió junto a su mejilla las balas rasguñar la ventana, le metió una patada al freno y giró el volante, tal como le enseñó alguna vez una asesina profesional rusa, haciendo girar el auto como un trompo para no volcarse ante la fuerza destructora de la inercia. Tras cuatro vueltas en redondo la camioneta quedó apuntando de nuevo al helicóptero.

Adoloridos por la agitación, los aventureros tenían ahora que encarar a su perseguidor. Para Katz el CH-45 —que él confundía con un Blackhawk— se asemejaba al rostro ancho y grasoso de un obeso policía corrupto de grandes gafas ahumadas, papada y cigarrillo humeante en la punta de los labios, con su presa acorralada en un callejón de mala muerte.

El rifle y la cabeza del coronel Matson aparecieron de nuevo a su lado:

—Muy bien hecho, soldado. Vamos a hacerlo de nuevo —y le dio una palmada en el hombro.

Leonardo cambió de marcha y se preparó para hundir el acelerador en su última carga contra el Sikorsky; entonces algo indescriptible pasó: un rayo, una línea recta de pálido azul eléctrico surgió del cielo en una fracción de segundo; en menos tiempo, de hecho, del que tarda pasar un pensamiento terrible que descartamos enseguida. Fue como una burla de la mente, un espejismo que ataca a cuatro personas que no han dormido y han estado bajo tensión durante los últimos días; sí, de seguro eso fue aquella raya brillante que al tocar la aeronave como un juguete al que un niño descarga un martillazo: las aspas de hélice y rotor salieron disparados como flechas; el plexiglás de la cabina se curvó desprendiéndose de sus uniones, al igual que cada fragmento del fuselaje. Los remaches se transformaron en perdigones metálicos de este big-bang mezclados con todo el instrumental electrónico y mecánico, lo cual formó una ensalada de metales y cables que llenó el cielo y bañó la carretera. En el aire, a treinta pies donde antes hubo una poderosa aeronave sólo quedaba una nubecita gris: las cenizas volátiles de tres hombres muertos.

Como despertar de un sueño, cada uno creyó que habían imaginado la persecución. Y mientras Irma caía de rodillas agradeciendo a Alá y Dick botaba el aliento contenido y Jules cerraba los ojos cansadamente, el estupefacto Leo vio dibujarse en lo profundo del firmamento celeste la estela curva que dejaba un microscópico triángulo plateado que, como el helicóptero iraní-americano, tardó un segundo en hacerse parte de la imaginación.

El desierto y el rumor de su silencio se quedaron. Pasaron quizá otros dos minutos hasta que la camioneta amarilla echase reversa y retomara su anterior rumbo, esta vez, siguiendo el límite de velocidad en carretera.