5. Apertura
Iban a ser casi las once; el calor era aterrador a pesar de que unos gruesos nubarrones se habían empezado a desplegar desde los cerros orientales, en gruesos cúmulos algodonados, formando una media luna que amenazaba la ciudad. La temperatura, en ascenso, era en partes iguales radiación solar, la humedad del suelo, ahora evaporándose, y la energía desplegada por la muchedumbre que, a cada pausa del Presidente, disparaba una salva de apabullantes aplausos.
A las 10.45 los tres agentes estaban sumamente nerviosos. Cada vez que una amenaza se hacía manifiesta alrededor, o próxima, aunque fuese a millas, de Vargas, todos respiraban profundo, eliminaban cualquier pensamiento no relacionado con la situación y, sin el ánimo de ser negativos, buscaban una solución al problema. Los agentes seleccionados para esta labor, como alguna vez dijo Max Cohen, debían ser hombres —o acaso mujeres— con una capacidad de concentración superior a la normal. Pero esta vez, aquella mañana, al salirse de la rutina, el miedo a que el peor de todos los escenarios surgiera, empezó a enfriar el interior de sus cuerpos.
Franklin repitió su pregunta “¿Qué estaba ocurriendo?”. No hubo respuesta. Federico estaba por acercarse a la tarima cuando vio a Ever correr hacia Vargas. ¡Corría! Dio tres zancadas con la corbata ondeando al aire, aplicó sus palmas delante y se llevó brutalmente al Presidente… antes de desaparecer.
Los hombres del DAS, repartidos por el escenario, junto al toldo, en la parte trasera, en fin, repartidos tal como Ever había ordenado, se apoderaron del lugar: en una centésima de segundo abarrotaban el lugar como en si fuese una fiesta de barrio, mientras atronaban las radios de los soldados, policías y agentes quienes, enloquecidos por el estruendo, corrían sin orden alguno. Los presentes guardaban un glacial silencio, pero no había pánico; nadie sabía qué estaba ocurriendo: el presidente había desparecido bajo un alud de hombres en camiseta y unos pocos de traje y corbata.
Federico saltó sobre las bardas y se topó con aquel muro de agentes; clavando su cabeza se abrió paso entre los robustos hombres del DAS. Tras estos habían dos soldados del CEAT sirviendo de retaguardia a Vargas. Otras tantas personas, de seguro miembros de la comitiva presidencia, estaban entrando a la tarima e iban en círculos gritando o apretándose el rostro en una loca fiesta sin música.
—¡Dónde está Papá! —gritó Federico, al menos dos veces, por la radio.
—Va para la casa, ya tenemos el carro listo —respondió Danilo quien, en efecto, acompañaba al Presidente a un Blackhawk donde un escuadrón de la guardia presidencial formaba un anillo de presidencial. Sus rifles el apuntaban a todo el mundo sin distinguir entre amigos o enemigos.
Danilo entregó al Presidente a uno de los soldados y empezó a gritar “¡Fuera, fuera, fuera, fuera, fuera!”. Mientras tanto, bajo el ruido de las aspas y el escándalo humano alrededor, Vargas preguntaba por Ever; intentó retener a Danilo para que este le informase, pero los soldados estaban empeñados en meter al jefe de gobierno entre el helicóptero y salir de allí cuanto antes. Esto pudo haber calmado a Federico, quien ahora tenía otra preocupación: Ever no aparecía por ningún lado; en medio del estruendo, las voces y el remolino humano general, habría sido imposible escucharlo si es que estaba hablando a través de la radio. Como comentaría Federico más tarde, lo que lo sacó de su agitación y lo llevó a un estado cercano al shock fue notar que sus zapatos y la bota de sus pantalones estaban manchados de sangre: la roja sustancia cubría todo el suelo y su propia cara estaba reflejada en él. Cuando logró abrirse paso, alrededor de un vacío estaban los presentes, observando un cuadro ahora irreversible: Ever permanecía extendido sobre su costado derecho, y a parte de que estaba sin cabeza y no parecía haber nada mal con él.
Federico se desmayó de la impresión; despertó quince minutos más tarde en una camilla de la cruz roja. Un enfermero le estaba midiendo la presión: por un rato, a parte del movimiento de sus párpados, permanecía estático: sus ojos giraron para mirar a sus compañeros, Franklin y Danilo, que por sus apesadumbradas expresiones dejaban ver claramente que ya se habían enterado de la noticia. Se incorporó sin dejar la camilla, tratando de hablar pero aún incapaz de formar una oración completa.
—¿Qué se supone que debemos hacer? —Preguntó Danilo. La cuestión en aquel momento era así: habían tratado de matar al Presidente, no tenían ningún punto para empezar, su jefe estaba muerto y no sabían a quién debían reportar primero, a quién consultar.
Max Cohen recibió la llamada faltando diez minutos para las doce del día. Dictaba en ese momento una cátedra sobre derecho y reformas constitucionales. Irónicamente, así lo consideró él, le hablaba en aquellos momentos, a una nueva generación de abogados próximos a culminar sus carreras de pregrado, sobre la pena de muerte.
—Se llama a esta
Entonces llegó la llamada; la encargada del auditorio de la universidad buscó durante un buen rato llamar la atención de Cohen, quien usualmente se entregaba de cuerpo y alma a sus cátedras. Una vez logró que el director del ARE pidiera disculpas y se acercara a ella, esta le condujo, sin agregar una sola palabra más, directo por el pasillo hasta la recepción. Si lo habían localizado ahí es que algo grave, por encima de cualquier caso que se pudiera presentar en un día normal, había ocurrido en relación al tan mencionado primer mandatario de la nación.
Sudaba, aún antes de tomar la bocina; recostó su cuerpo contra el escritorio —no era un hombre muy alto— y, dándole la espalda a la recepcionista empezó a responder por monosílabos. Tras cuatro minutos de silencios y gruñidos colgó, entró de nuevo, pidió disculpas a todos y, tras tomar su agenda del podio, se dirigió hacia su automóvil, visiblemente perturbado. Faltando unos minutos para la una de la tarde estaba en el Palacio de Nariño; subiendo hacia el despacho del Presidente, haciendo lo posible por cruzar en medio del tumulto de periodistas y personal interno. Julio Cesar Arangure, el ministro de defensa, estaba junto a la puerta del despacho principal, sin duda lo esperaba, pero no lo saludó de manera alguna; le hizo seguir y cerró la puerta bruscamente tras él.
Las ventanas estaban ya siendo bañadas por las primeras oleadas de lo que prometía ser una gran tempestad. Vargas no estaba ahí, fue lo primero que notó Cohen: estaba la primera dama, el coronel Buitrago, Hernán Buchelli y el ministro de defensa. Solo le extrañaba la presencia de la señora de Vargas.
Ninguno hablaba; estaban esperando de pie con las manos en los bolsillos, con excepción de Juanita Díaz, que estaba recostada contra el escritorio de su esposo. Max Cohen se inclinó hacia ella y le saludó, esta devolvió el saludo parcamente y pasó a dedicar su atención al globo terráqueo de la esquina. Una franja de la pared oeste se movió; mimetizado en el muro blanco y lila de cenefas doradas estaba el acceso a las áreas privadas de la familia Vargas. Quien acababa de cruzar ese umbral entre el mundo privado y el área pública del señor Presidente era su médico, Omar Dylan; viejo y delgado como un esqueleto, pero firme, tanto en su postura como en las órdenes que daba. Se retiró sus enormes gafas de acero y, obviando a todos los demás, se acercó a Juanita:
—Físicamente está en perfectas condiciones. La tensión un poco alta; el pecho acelerado. Pero creo que deberían hablar los dos, y, de ser posible, evitar todo compromiso en lo que resta del día.
Y acarreando su maletín de cuero abandonó el despacho presidencial como si fuese el escenario de una obra teatral. Juanita Díaz pasó al cuarto cerrando la puerta tras de sí; los hombres del presidente empezaron a tomar asiento donde pudieron, sin acercarse, por supuesto al sillón del primer mandatario. Le ordenaron al guardaespaldas salir y el ministro, el coronel y Cohen iniciaron una discusión cuyo contenido permanece en las brumas de los secretos de estado.
Franklin estuvo junto al ahora incompleto cuerpo de Ever Jesús Ríos mientras este era levantado por
—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —Danilo se hincó para dirigirse de la forma más discreta al encargado.
—Dos horas aproximadamente. Pero no le puedo asegurar si murió antes o después del agente que mataron en la tribuna.
Danilo sacó su teléfono móvil, pero lo volvió a guardar de inmediato; tal vez, por unos segundos, creyó que esto debía contárselo a Ever, luego debió recordar que estaba muerto. Eso o pensaba llamar a alguien más, a su novia, o a alguno de sus compañeros. Tras guardarse de nuevo su aparato empezó a caminar alrededor de la escena del crimen. El forense lo miró unos instantes antes de cerrar la bolsa con el cadáver. Estaban en el primer piso de la casa abandonada, que medio derruida goteaba por todas partes. Era el esqueleto de un hogar, con corrientes heladas pasando de un extremo a otro. Toda evidencia que hubiese habido ahí ya debía haberse borrado a causa de la lluvia y el viento. El agente del ARE subió al segundo piso. Allí había una carretilla y una pila de arena, la ventana y la brecha rota entre esta y el suelo, allí por donde el francotirador hizo su disparo.
Como si estuviese aplicándose al ejercicio, Danilo apoyó todo el peso de su cuerpo en las palmas de sus manos y los dedos de sus pies, manteniendo su cabeza a la altura que debía estar el francotirador. Su vista era excelente, pero aún con ello apenas si se distinguía en la distancia la gran carpa donde había estado el presidente. Los autos que rodeaban aún el perímetro lucían borrosos, en buena parte por la lluvia, y en mayor medida por la distancia. El tirador debía ser excepcional. Al menos allí estaba la primera pista: hombres con la capacidad de hacer semejantes disparos debían de contarse con los dedos de la mano, y eso a nivel mundial.
El teléfono de Danilo vibró; al contestar mencionó este primer dato, Franklin, del otro lado de la línea, habían recobrado el proyectil que había matado a Ever. Danilo escuchó impresionado:
—Calibre 50. ¿Como el de una ametralladora antiaérea?
—Un rifle antimateria Barrett, digo yo. Los de
Danilo respondió con otra amenaza similar. Colgó el aparato y echó una última ojeada al lugar. El cuarto tenía unos seis metros de ancho y siete de largo; una alcoba principal. La arena de construcción estaba apilada en una esquina, junto a la carretilla, Danilo se acercó a detallarla pero no vio nada interesante; se fijó en la arena y, tras pensarlo un descubrió algo inusual que sólo mencionaría unas horas más tarde ante sus compañeros: a diferencia de las demás construcciones, donde se suele formar una pirámide cónica, esta estaba apilada de forma burda, desordenada, como arrimada afanosamente por un obrero que ve pasarse la hora de salida.
El agente llamó al policía que había llegado al lugar y había encontrado el cadáver. Le enseñó la arena.
—¿Cuando llegaron a verificar por primera vez esa arena estaba así? —Preguntó.
El policía meditó un rato y luego negó con la cabeza:
—Pues yo la veo igual. Pero usted entenderá que uno no se fija mucho en eso. Vinimos, miramos, no vimos nada raro y nos retiramos. ¿Usted cree que ahí guardaron el arma?
Danilo no respondió. Había suficiente material para esconder a un hombre si este montaba un sistema seguro para respirar bajo aquella pila. Un hombre y su arma; pudo haber estado desde temprano en la mañana, esperando. Aquello, comentaría luego, le recordó a las tácticas de algunos guerrilleros, quienes ocultos entre el fango esperaban durante todo un día para tender una emboscada a las patrullas de la marina. ¿Podía ser entonces que fuera el francotirador un hombre de las fuerzas especiales? El súbdito de alguna nación extranjera que hecho mercenario ha puesto a disposición de un partido desconocido su pericia para matar. Y había algo más. No pudo haberse cubierto de arena él mismo, si es que aquel fue el procedimiento para ocultarse; tuvo que haber alguien que le ayudase cubriéndolo; y dos hacen ya una conspiración.
Su teléfono volvió a vibrar, pero en vez de una llamada en la pantalla aparecía pendiente un mensaje de texto. En clave le ordenaban dirigirse de inmediato al cuartel general. De todos modos no quedaba mucho por hacer, salvo seguir aguantando el frío de la tarde lluviosa —había amainado ya la feroz tormenta— y seguir hilando ideas.
Franklin y Danilo llegaron a las dos y cuarenta y cinco minutos a la oficina de ARE. Magda no estaba, se le había ordenado salir y regresar en dos horas. Máximo Cohen y Federico estaban allí. Ambos conversaban —al menos eso parecía— en la oficina de Ever. Sus objetos personales, en las paredes y el escritorio, observaron esa tarde discutir a los cuatro hombres; había sucedido algo que no debería haber pasado: habían intentado matar a Vargas y uno de los agentes, además de un hombre del DAS, estaba muerto.
Los reclamos serían ridículos, tanto como preguntar qué había sucedido, aunque Cohen debía estar de nuevo en el Palacio de Nariño para responder a todo el poder ejecutivo, empezando por el Presidente mismo. La misión de
—Si Vargas está vivo, digámonos las verdades, es de puro milagro —dijo Cohen encendiendo su pipa, tras los primeros diez minutos de conversación. Ocupaba la silla gerencial del ahora difunto Ever y sus ojos viajaban de un extremo a otro de la mesa, pero nunca sobre los ojos de sus agentes. Danilo estaba de pie, Federico y Franklin ocupaban las sillas frente al escritorio. Max continuó:
—Una vez les dije que no creía en milagros, pero que sólo uno podía salvar al presidente si alguien estaba decidido a matarlo y tenía un plan para ello. Ahora, esto no lo puede saber nadie más porque nadie más va a entenderlo. Para los políticos y los policías la cosa es de delincuentes y víctimas: no pueden concebir la idea de criminal antes que el crimen. Y si alguien va a cometer un crimen debe ser un criminal y por ello debe ser detenido; esa es, en teoría, nuestra labor. Decirles que no podemos evitar que se atente contra la vida de una persona si los conspiradores han evitado todos nuestros sistemas de detección los llevará a pensar que no estamos haciendo nuestro trabajo.
—Pero aquí tenemos un hecho claro —señaló Federico—: la muerte de Ever.
Danilo preguntó por quién se lo diría a la familia Ríos; Max le dirigió una mirada veloz, encendió de nuevo su pipa y continuó con su argumentación anterior.
—Entre las primeras cosas que van a preguntar será por la identidad de los que están tras el atentado. En Colombia se ha desarrollado un curioso sistema de investigación: primero tenemos el nombre del culpable y luego realizamos la investigación para asegurarnos que en efecto sí es el culpable. Durante la guerra, cada vez que había un atentado señalaban a las guerrillas de hacerlo; igualmente con los homicidios, con los secuestros o las extorsiones. Se decía: “son las Farc”, aunque no se tuviera una certeza de cómo ni cuándo, y luego debía la policía y el DAS y
—Es un outsider —declaró de inmediato Franklin—. Uno o varios profesionales, posiblemente extranjeros que han sido contratados por… fuerzas desconocidas con intenciones de acabar con la vida del Presidente.
—Eso último está fuera de toda duda —dijo Federico.
—¿Porqué extranjeros? ¿Acaso Colombia no produce sicarios ya?
—El arma que ha sido usada —respondió Franklin— debe poder disparar con alta precisión proyectiles calibre .50. Yo solo conozco un rifle de estas características: el Barrett antimateria; y esa es un arma que no puede conseguirse en Colombia y que muy pocos aquí conocen y no digamos ya manejan.
—Es un buen principio —concedió Cohen. Soltó un suspiro, no estaba satisfecho seguramente, pero se puso de pie de inmediato y, apuntándose la chaqueta agregó en voz baja—. Tal vez presionando al DAS y al DNE ganemos algo de tiempo hasta que ustedes se organicen y empecemos una investigación seria.
La ciudad estaba siendo azotada por relámpagos, la lluvia duraría hasta el día siguiente o se extendería por todo el resto del mes de abril. Máximo Cohen partió cuando las lámparas de
La casa de Nariño, silenciosa, estaba rodeada de un cinturón de periodistas, igualmente silenciosos.
