Thursday, January 01, 2009

7. Alfil blanca.


El comunicado llegó desde la oficina del coronel Justo Buitrago y fue confirmada por Max Cohen la mañana del 14 de mayo: la ARE quedaba temporalmente cerrada hasta nueva orden; sus agentes debían permanecer en sus domicilios y estar listos a presentarse donde se les requiriera en el término de la distancia. Para los tres agentes esto significaba meditar en sus apartamentos mientras jugaban con el nudo de las corbatas que no podían quitarse, a la espera de sus inminentes despidos.

Esa misma mañana Cohen estableció comunicación con Londres: primero un correo electrónico escueto y frío (Mrs. Lauren Ríos Bledel, lamentamos informarle que su esposo, Ever Jesús Ríos, ha muerto en el cumplimiento de su deber para con la República.) y luego una llamada que duró cuarenta y cinco minutos y en la que Máximo intentó consolar a la viuda y explicarle los procedimientos a llevarse a cabo con el occiso. Cuando Cohen le señaló a Lauren el deseo del presidente de que su hombre de seguridad fuera enterrado en el Panteón de los Héroes del Cementerio Central, la mujer exclamó con toda la fuerza de sus pulmones un no rotundo; era su esposo, el padre de sus hijos; le pertenecía a su familia y no a la “República”, así que ella se encargaría de ponerlo en una soleada parcela de tierra británica y no en un frío mausoleo bogotano.

Cumplida su obligación como jefe, Máximo tomó su desayuno, tuvo una charla rutinaria con sus hijos y se dirigió a la Casa de Nariño, allí debía ver al coronel Buitrago, el Ministro de Defensa, el director del DNE, Nemesio Espitia, y el jefe de contraterrorismo del DAS, Franco Enciso. La agenda tenía solo dos puntos: uno, establecer qué había sucedido, y dos, decidir qué se haría. Ninguno de los allí presentes dudaba que el atentado iba directamente dirigido contra la vida de Vargas. Considerar en aquel salón oloroso a cigarrillo, colonia y trajes recién planchados que el asunto se limitaba a una amenaza, causar pánico, o asesinar al agente Ríos, sería tan inapropiado como soltar una broma al respecto.

—Primero, porque así es como deben hacerse las cosas, por pasos, debemos elevar un comunicado a la Nación, explicando, en la medida en que nos es posible explicarlo, los acontecimientos del día de ayer y las primeras medidas que se han de tomar. Pero hablo de que antes de una hora tiene que estar eso en el aire —dijo el Ministro Arangure poniéndose de pie para servirse más café. Julio Cesar Arangure era el hombre de más edad en la sala: setenta y cinco años. Aunque algunos, especialmente los caricaturistas, solían comentar que ya pasaba de los ochenta, y que por lo tanto debía retirarse, el viejo siempre encontraba el modo de evadir el sistema. Sumamente inteligente, se había retirado a los veinticuatro años del servicio activo en el Ejército (Artillería), y tras cursar estudios de matemáticas aplicadas en la Universidad Nacional se había dedicado a los números durante más de treinta años, antes de entrar en la política. Blanco, sonrosado, con las espaldas dobladas y enteramente vestido de negro, Arangure parecía un viejo parlamentario inglés. A pesar de haber nacido en Barranquilla, empleaba un español afectado, muy propio de los antiguos dandis bogotanos.

—Entonces terminemos esta reunión en media hora —replicó, con una semisonrisa atravesada bajo el bigote, el director de contraterrorismo del DAS. Vestido como gangster, de piel aceitunada y ojos saltones, Enciso era una de las personalidades más oscuras del mundo de la inteligencia: torpe y procaz en su expresión hablada, ordinario en su postura, sobrepasado con las damas y siempre armado —excepto en Palacio— con un revolver Colt largo. Nadie lo había visto trepar hasta su posición, sino que saltó sobre ella de repente, abandonando las labores de inteligencia nocturna en los garitos y billares por un cómodo despacho en el piso 22.

Nadie dio réplica a las palabras del hombre del DAS. Cuando Arangure regresó a su sillón, Espitia tomó la palabra:

—Tenemos que decirle al país que efectivamente conocemos, tanto las intenciones del grupo detrás de este acto, como a sus cabecillas principales. La prensa va a querer los nombres, pero se les aclarará que esta información permanece clasificada por simples medidas básicas de seguridad.
—¿Y usted puede asegurarnos que no va a haber filtraciones a la prensa por parte de mandos medios dentro del DNE? —Preguntó Cohen; Espitia le sostuvo la mirada un rato, como considerando el tamaño del insulto—. Creo que tenemos ese derecho a saber —agregó Max tratando de involucrar a los otros, cosa que resultó ya que de inmediato empezaron a escapar murmullos de aprobación.
—Señor ministro, le digo ahora como le he dicho antes: toda información que entra al DNE es de mi incumbencia y toda información que sale no sale si yo no lo permito. Pero no puedo hablar por las demás dependencias entregadas en este momento a la investigación. Yo respondo por mi gente.
—Apruebo eso —agregó por su parte Enciso—, me parece que ese sí es el procedimiento a seguir.
—Pues qué felicidad que, al menos ustedes dos, hayan llegado a un acuerdo sobre cómo operar en este caso. Yo por mi parte pienso, y no me tomen, tal como suele hacer el colombiano corriente, por un viejito negativo, pero vean, si el DNE sale a decir que está haciéndole un seguimiento, es decir, que tiene marcados a los responsables de las acciones del día de ayer, eso sólo puede significar una cosa: que los conspiradores son extranjeros. Cosa que no sabemos, y que si la hacemos pública provocará que cada quien empiece a sospechar, ya sea de Venezuela, ya sea Estados Unidos, ya sea de los guerrilleros que salieron exiliados, en fin… Pensemos antes de actuar —repuso en tono solemne Julio Cesar Arangure.

Enciso comentó algo, pero muy al margen.

—Doctor Arangure usted tiene mucha razón; tanto así que yo pensaría que usted es la persona más que calificada para hacer la declaración —dijo Nemesio Espitia.
—Pero se está olvidando de algo, señor Espitia: yo soy ministro, no un investigador. Y, una vez tenemos los elementos dispuestos de esta manera, creo que todos llegamos a la conclusión de que la persona más idónea para referirle a la Nación lo que está ocurriendo, o lo que ha ocurrido, es aquí el señor Enciso.

El mencionado, que mantenía el costado izquierdo de su mandíbula apoyado en su puño cerrado, y que con ojos soñolientos observaba el entrecruzar de afirmaciones, despertó de pronto al percatarse de que allí había sonado su propio nombre; se enderezó en la silla, pero se atragantó al tratar de preguntar algo y, en ese lapso de tiempo en que no pudo responder nada, los demás presentes llegaron a un acuerdo por mayoría: el director de contraterrorismo debía hacer las declaraciones a toda el país.


Esa mañana, Federico había decidido que no movería un solo músculo sino hasta el momento en que escuchara la llamada del deber a través de su teléfono celular. Entre tanto, movía sus pies de un lado al otro y paseaba por las más de ciento cincuenta opciones televisivas. Cuando en diez de estas empezó a repetirse el rostro del hombre del DAS, Federico se detuvo.

Lo tenían todo bajo control. El francotirador, el arma, su plan, sus superiores. Todo, claro está, explicado mediante una serie de imprecisiones: el asesino de Ever había sido identificado y su captura sería cuestión de horas; el arma estaba igualmente identificada —de hecho solo había una clase de rifle que podía disparar una bala de tal calibre—, y, una vez el malhechor cayera en manos de la justicia, se sabría para quién estaba trabajando. Las cadenas regresaron a sus transmisiones habituales —programas de chismes y salud estética—, y Federico buscó su teléfono móvil; minutos después arreglaba un encuentro de los tres agentes allí en su propio apartamento. Como explicaría una hora más tarde, independientemente de lo que decidieran los altos jerarcas de la seguridad nacional, ellos debían encontrar y detener al asesino de Ever.

—¿Cuál creen que será el plan a seguir por el coronel Buitrago? —Preguntó Danilo; en ese momento se encargaba de repartir en tres vasos la cerveza de dos botellas.
—Buitrago no va a hacer nada. Es un guardaespaldas nada más —respondió Federico recibiendo su vaso—. Toda la autoridad del proceso estará en manos del DAS.
—Será en manos de ese tipo que apareció en televisión —agregó Franklin tras tomarse un sorbo de Peronni.
—¿Espitia? Si ese man es un pobre pendejo. La directora no es tan bruta como para ponerlo a encabezar una cacería de este nivel.
—Pero sí su departamento, contraterrorismo.
—Bueno, primero hay que tener, tenemos que tener, dos cosas en cuenta: una, que se cometió un acto criminal y entonces debe participar la Fiscalía. Segundo, que el asunto puede ser catalogado como un ataque terrorista solo si se prueba un móvil político, que hasta ahora no hay.
—Atentar contra el Presidente ya de por sí se tiene que considerar un asunto político —afirmó Danilo.
—A menos que sea una declaración de guerra —le contestó Franklin.
—¿Y guerra como por parte de quién?

Franklin alzó los hombros.

—Eso ya sería tarea para la DNE.
—Y si la gente del norte está involucrada… —preguntó dubitativamente Federico en dirección a Franklin.
—¿La CIA? No creo. No sería su estilo; prefieren un presidente fugitivo a un presidente muerto. De todos modos alguien podría saber algo.
—¿Usted se podría pasear por allá y echar una mirada?
—Claro, pero honestamente no creo que pueda conseguir nada.
—¿Quién más? —Preguntó Federico.
—Los guerrilleros en el exilio. Podría ser —respondió Danilo—. O alguien dentro del propio gobierno que piensa que se puede beneficiar con la muerte del señor Presidente.
—Esa última no me suena —replicó Federico—; Vargas se ha sabido rodear de amigos; si hubiera un golpe de estado todos perderían, desde el vicepresidente Buchelli hasta los jueces.
—Algún mafioso tal vez —aventuró Franklin.
—Ninguno tiene la plata —desestimó Danilo.
—Y en el caso de los guerrilleros ni hablar, los círculos políticos que han tratado de levantar están completamente infiltrados —Federico se levantó violentamente y empezó a dar vueltas—. ¡Carajo, pensemos! Nosotros deberíamos conocer a todos los enemigos de Vargas, y si es así por qué no sabemos quién pudo haberlo atacado.
—Calma y deja de moverte—sugirió Franklin—; vas a terminar llevando agujeros en esos zapatos. Yo lo que sugiero es que cada uno regrese a sus antiguos contactos: el DAS y el Ejército.
—Soy de la Armada —espetó Danilo.
—La misma cosa, hombre. Y allí tratemos de averiguar todo lo posible, o al menos hasta que tengamos una idea más sensata de quién es el enemigo al que debemos combatir.
—Pero primero deberíamos esperar a ver que nos dice Max, ¿no? —preguntó Danilo.
—Nos van a hacer a un lado. Esta es la oportunidad de jodernos que había estado esperando Buitrago, y otros más. No a mucha gente le hacía feliz que tuviéramos presupuesto y acceso a información.

Danilo también se levantó. Federico acompañó a sus compañeros hasta la puerta mientras arreglaban el sitio para una próxima reunión. Entonces sonó su teléfono móvil, Franklin y Danilo, quienes ya descendían por la escalera, se vieron detenidos por un chiflido de Federico. Al otro lado de la línea estaba Cohen, ordenando que los tres se presentaran lo antes posible en la oficina del ARE. Una vez le explicó esto a sus compañeros, Federico agregó:

—Ya saben, muchachos, pase lo que pase, la muerte de Ever no puede quedar impune. Voy por una corbata y mi chaqueta y los veo en diez minutos en el carro.


Magda no estaba; Ever no regresaría. Cuado los tres agentes encontraron a Max Cohen sentado en el despacho de Ríos, la desolación que expresaron en sus rostros fue tal que Cohen debió decirles: “Bueno, todos lamentamos la muerte de Ever; es un suceso muy trágico y la única forma en que vamos a resarcir su fallecimiento será atrapando a los criminales que hicieron esto”. Al tiempo que hablaba los tres agentes se sentaron alrededor.

—Usted dice fallecimiento como hubiera sufrido un infarto, lo hubieran atropellado, o algo así —comentó Danilo arrastrando una butaca de madera. Federico y Franklin ocuparon las sillas giratorias frente al escritorio.
—Por ahora la ARE sigue funcionando. Por ahora —anunció Cohen ignorando las palabras del agente—. Cometieron un error terrible y muchos en el Ministerio de Defensa quieren comérselos vivos. Pero, por suerte el Presidente tiene mucha confianza en ustedes y sabe que son una herramienta más efectiva que las maquinarias de los demás organismos de inteligencia. Van, eso sí, a tener que trabajar en llave, y muy de seguro tendrán menos libertades; hablo de más restricciones.
—Según nuestras órdenes nadie puede intervenir en nuestras investigaciones, salvo usted, el Ministro o el Presidente —recordó Federico.
—Ahora cada uno de los jefes de inteligencia debe presentarse cada día a las ocho de la mañana a reportarle al Presidente los avances de la investigación. En otras palabras van a convertir esto en una carrera para ver quién merece que le aumenten el presupuesto o le asignen un ministerio el próximo año.
—Para lograr resultados necesitamos un acceso total —afirmó Federico aprovechando el tono ligero que Cohen había aplicado a la discusión.
—¿Qué tienen hasta ahora? —Cohen, mientras hablaba y esperaba una respuesta, giraba en rededor buscando algo. Danilo le hizo una seña con la mano: “¿café?”; Cohen asintió y Danilo abandonó la oficina.
—Decidimos ir a consultar a algunas fuentes personales. Gente que conocemos de años atrás; y hacer un… sondeo para ver si puede haber alguien por ahí involucrado, de las Fuerzas Armadas, el DAS y…
—Los gringos —añadió Max y Federico asintió en silencio.

El jefe Cohen permaneció en silencio por un rato, mirando la colección de fotos y objetos personales de Ever Ríos. Todo ello sería entregado a la viuda, y el director de la ARE contemplaba el conjunto como si fuesen sus propios recuerdos. Cuando Danilo regresó con una taza de líquido humeante, y Max sorbió un poco de ello, regresó a la realidad:

—Ustedes tres no obtendrán mucho. Hace falta alguien y me han sugerido un nombre para que ocupe el puesto que ha quedado vacío.
—¿Piensan nombrarnos un nuevo encargado? —preguntó Franklin no sin cierta incredulidad.
—No, no, no; para nada. Es una capitana con una carrera bien llevada, quien además servirá de enlace entre la ARE y la Policía Nacional.
—¿Una mujer? —Franklin otra vez.
—Una capitana —reiteró Cohen—. Se llama Elizabeth Alba Betancur.
—Emparentada con el general de la Policía —afirmó Federico.
—Seguramente. Y óiganme muy bien: van a trabajar con ella; tendrán que confiar en ella y ese es el acuerdo. Tiene muy buenos contactos y no vamos a desaprovechar eso.
—¿Y si viene a espiarnos? A tomar todo lo que reunamos y pasárselo a los policías. ¿Eh? —el tono de desagrado de Franklin iba en aumento.
—Escúcheme muy bien, Villareal, y lo mismo todos: aquí no estamos compitiendo con nadie. Queremos que se sepa la verdad y atrapar a los causantes de la muerte de Ever y evitar que alguien, quien sea, intente matar a Vargas. No somos la Policía, ni el DAS, ni la DNE. Ever conocía a todo el mundo en la alta política, en inteligencia y conocía de memoria los nombres de los allegados al Presidente. Pero ahora no está, y tenemos que trabajar con lo que tenemos. ¿Está claro?
—Si ella llega a entorpecer nuestro trabajo de cualquier manera, renuncio —sentenció Federico. Los otros dos agentes se unieron a él.
—Y si ustedes entorpecen el de ella no van a volver a conseguir un empleo con el Estado jamás en su vida, se los puedo jurar —replicó Max Cohen. Luego se fue. Los tres agentes de la ARE ocuparon sus despachos y empezaron a revisar antiguas agendas, páginas de Internet y a planear sus viajes y visitas. A las cuatro de la tarde recibieron una llamada de la recepción: era la capitán Alba. Y, pese a su ánimo inicial, los tres hombres emplearon los minutos que le tomó a la mujer llegar hasta el piso para arreglarse un poco.

Max Cohen no les había entregado documento alguno sobre la nueva integrante de la ARE. A parte de su rango y nombre desconocían todo: edad, aspecto, estado civil, experiencia en inteligencia, experiencia con armas, todo. A ojos de esos tres hombres la recién llegada venía a espiarlos. La ARE tenía privilegios sobre el resto de la familia de la defensa: podían hacerse con cualquier información, desde las comunicaciones entre radiopatrullas hasta los memorandos privados que corrían en la Casa de Nariño. Otras agencias trataban de conseguir información de la ARE, mediante halagos o amenazas, pero el grupo antes comandado por Ever Ríos tenía fama de impenetrable. Una mujer venida de fuera y con profundos nexos con la Policía Nacional significaba todo un riesgo.

Era alta, y para nada ordinaria; su cabello, castaño, recogido con un moño y muy ajustado alargaba un tanto sus cejas, los pómulos y el borde de los ojos. Venía de rojo, con un conjunto conservador de pantalón y chaqueta, un bolso común en su mano derecha y una tarjeta de visitante colgando de la izquierda. Tras pasar la puerta, y al encontrarse a los tres agentes allí esperándola, se puso firme y espero a que estos, tras hacerse a una primera impresión, le diesen alguna orden.

Federico dio el primer paso, extendió su mano, se presentó y le dio la bienvenida. Sus compañeros hicieron lo mismo segundos después.

—Es un placer —dijo ella, aún sin sonreír, sin alterar aquel rostro fino y bien maquillado, con unos enormes ojos negros que se paseaban de extremo a extremo del reducido centro de operaciones—. Disculpen, ¿esto es todo?

Ni Federico ni Danilo parecieron entender, mas Franklin replicó al instante:

—Es suficiente para nuestra labor.

Elizabeth Alba lo miró y enseñó una sonrisa de póster.

—Creo que así es mejor; los lugares grandes y viejos no me hacen sentir cómoda.

A esto no hubo respuesta.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

Acomodaron algunas sillas alrededor del puesto de Magda. Elizabeth permanecía muy erguida en su silla, con el bolso aferrado por sus dos manos, y estas sobre las rodillas. No parecía tímida, ni nerviosa; acaso incómoda por verse rodeada de hombres que la analizaban con frialdad científica.

—No sé si conocen mi hoja de vida…
—No la conocemos —replicó de inmediato Franklin.

Y durante la siguiente hora dio un resumen de su vida, sin entrar en detalles, pero aclarando cada aspecto de su asenso a través de la institución. Había nacido en Cuatro Esquinas, un corregimiento diminuto perdido entre los bosques y las ondulaciones de Boyacá. Al cumplir los doce sus padres se divorciaron y, tras sufrir de algunos maltratos por parte de su padre, quedó en custodia de la madre. Tenía dos hermanos mayores que abandonaron la casa durante aquel tiempo y ahora vivían en Chiquinquirá. Antonia, la madre de Elizabeth, se trasladó con su hermana a Bogotá y se dedicó al comercio informal hasta que contrajo matrimonio con un sargento de la policía. El suboficial, apenas dos años mayor que la joven Antonia, le tomó cariño a la pequeña y se ganó la confianza de ella, transformándose en su modelo a seguir. Al culminar el bachillerato, Elizabeth estaba decidida a ser parte de la Policía Nacional, realizó el curso y tras graduarse empezó a estudiar psicología, ya que durante su adolescencia tuvo que visitar a distintas psicólogas juveniles que la ayudarían a sobrellevar sus depresiones y pesadillas.

Contrajo matrimonio a los veinticinco años con un coronel de antinarcóticos, pero este falleció once meses después en combates con la guerrilla. Del profundo pozo de tristeza en el que sumiría a consecuencia de ello saldría gracias a un tiempo pasado en Francia, donde hizo realizó un posgrado en ciencias forenses aplicadas al contraterrorismo. Vivió en París lo que ella denominaba “una época de desenfreno”, indisciplinada, con muchos libros, y la compañía transitoria de “amigos”. De vuelta en Bogotá entró al Centro de Estudios de Seguridad, rama de la Policía que se dedica a producir informes y libros para el resto de la institución.

—Sinceramente no soy editora, y en mis últimos meses todo lo que hacía era corregir pruebas. Ahora que me salió esta oportunidad quiero volver a integrarme a la labor de campo, que es, pienso, la mejor forma de servir a mi país.

Al terminar su narración, sostenía una sonrisa compartida con Danilo. Franklin jugaba con su pluma Mont Blanc; pero Federico la miraba fijamente taladrando entre los ojos de la nueva miembro de la ARE.

—Ahora yo le voy a explicar un par de cosas, señorita Alba —dijo.
—Llámeme Elizabet, o Liz.
—Liz. La ARE no está al servicio del país; sino al del Presidente. Somos sus guardianes protectores y si alguien cruza la línea tratando de hacerle daño nosotros tenemos dos opciones: lo apresamos o lo matamos; lo que nos quede más fácil. Usted, como policía es una agente del orden y una herramienta de aplicación de la Ley. Como agente tiene que estar dispuesta a violar esa Ley y quebrantar el orden, para que ese hombre —señaló con la cabeza a un retrato de José Hilario Vargas colgado en la pared del fondo—, siga administrando la Nación. ¿Eso es aceptable para usted?

Elizabeth no contestó de inmediato, pero durante los cuatro o cinco segundos en que permaneció con los labios cerrados, le sostuvo la mirada a Federico conservando un gesto de astucia en la mirada.

—Es aceptable —afirmó muy segura.

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