8. Defensa.
Elizabeth recibió un arma, una identificación, y una clave para el sistema de computadoras. A altas horas de la noche del once de marzo terminó la primera reunión con la nueva miembro de la ARE. Se le explicó el plan a seguir; ella debía regresar con la Policía y averiguar todo lo que estos supieran sobre la forma en como había sido ejecutado el atentado. Un agente del DAS había muerto también durante el atentado y los forenses podrían tener una idea más clara de quién había sido su verdugo. Danilo iría a inteligencia militar y Franklin tomaría el primer vuelo a los Estados Unidos.
Mientras cenaban, la noche del catorce, una pizza vegetariana y coca cola, llegaron a las siguientes conclusiones:
1. Era muy importante averiguar el origen y el recorrido del arma.
2. Monitorear la actividad de antiguos mercenarios que hubiesen ya trabajado en Colombia.
3. Hallar algún rastro, cualquiera, de comunicaciones sospechosas, o planes para acabar con la vida del Presidente actual o anterior.
A las seis de la mañana Franklin abordó el avión de American con destino a Atlanta. Danilo el Avianca directo a Cartagena. Elizabeth su automóvil hacia los cuarteles generales de la Policía Nacional, y Federico al de la DNE.
La Dirección Nacional de Estudios está ubicada entre las avenidas El Dorado y 68. Es un edificio de concreto con vidrios de seguridad y un amplio perímetro electrificado y vigilado por más de treinta cámaras. El acceso allí está muy restringido, aún para miembros del ejecutivo, pero en el caso de Federico, bastó su identificación como agente de la ARE, pero debió entregar su arma para poder seguir dentro. Lo primero que impresiona al visitante es lo joven que es el personal allí: la mayoría son muchachos y muchachas que no pasan de los veinticinco; todos ataviados de trajes médicos grises y zapatos de lona. El resto son los “profesionales”, agentes o analistas con algún rango que les permite vestir de zapatos de cuero y corbata a la moda. Estos rara vez se mueven de sus despachos, a menos que sea la hora de almorzar o se les requiera en algún otro lugar del complejo. Por último hay hombres vestidos rigurosamente de negro parados en los extremos de los corredores con la quietud propia de la guardia suiza del Vaticano. Son los únicos que portan armas; las temibles A-777 que pueden atravesar el pecho de un hombre de lado a lado sin perder su trayectoria. Hay además un elemento que siempre resulta divertido y que ha despertado la imaginación de muchos por fuera de las rejas de aquel lugar: los robots. Son unidades en forma de tonel de cerca de un metro de altura con cámaras giratorias en sus costados; se pasean por los corredores, baños y cualquier lugar abierto como si fuesen curiosas mascotas. Cuando fueron introducidos, un año y medio atrás, se decía que eran capaces de liberar humo o dispararle a los intrusos. La verdad es que aquellos tambores con ruedas están programados para ubicar y señalar cualquier cosa fuera de lugar: una línea de electricidad que se calienta demasiado, una luz que parpadea, un escape de agua en un lavabo, o incluso un empleado fumando; se envía una señal al piso de vigilancia y esta se comunica con los encargados de ponerle fin al problema.
Cualquiera podía sentirse allí como en una nave espacial: con temperatura controlada, jóvenes vestidos de gris, soldados de negro y robots paseantes, el cuartel general de la DNE agradaba o inquietaba a sus pocos visitantes, dependiendo de lo impresionables que fuesen. Federico se acercó a la recepción y allí un viejo guardia de ojos cansados le preguntó que deseaba.
—Me dirijo a ver al subdirector de S2.
El guardián de la puerta no preguntó si tenía cita o no, tal cosa no existe en la DNE; si alguien está allí parado es porque debía estar allí. El viejo levantó una mano y llamó a una muchacha pelirroja. Solícita se acercó corriendo y escuchó la breve orden:
—Este hombre va a donde al uno de S2.
—Uno de S2 —repitió la chica, enseñó su espalda y empezó a caminar hacia las escaleras que conducían al segundo piso. Sin nada que añadir, el portero dirigió su vista de nuevo hacia la computadora.
Federico siguió la chica sin preguntarle nada; era bastante bonita pero acaso tendría diecinueve años. La DNE no recibe aspirantes ni currículos; busca y recluta al personal que requiera, desde aquellos muchachos hasta su director, elección esta última que está en manos del Presidente. Los chicos eran escogidos de entre los mejores bachilleres de Colombia, de acuerdo al puntaje del examen ICFES, una prueba obligatoria para todo colombiano que aspire a cursar estudios superiores. Los agentes de reclutamiento revisan el historial de los chicos, les hacen una entrevista en casa, se les hace un nuevo examen para medir su coeficiente intelectual, pasan tres pruebas de polígrafo, dos con psicólogos y finalmente son llevados a un curso de inducción que toma una semana.
Ya dentro del cuartel general se les indica que allí están al servicio de todo el mundo. Desde limpiar oficinas hasta llevar recados o sacar copias, ya que hasta cierto grado de antigüedad no se le permite a los analistas sacar copias solos. Posiblemente esa es una de las tareas más importantes de los “mini espías” como se les llama jocosamente a los muchachos de overol gris: ser testigos de todo y vigilar que nadie hiciese nada sospechoso. Si alguien se metía demasiado tiempo en el baño alguno terminaría acercándose a averiguar qué ocurría; si un agente trabajaba por encima de su tiempo reglamentario de seguro tendría a un mini espía allí echando una mirada. Agentes y analistas parecen entender esto, pese a que no sea muy halagador, y procuran llevarse bien con los chicos, que además son muy valorados por los directivos de la agencia. Se dice que cierta vez un analista veterano trató de sobrepasarse con una muchacha, la chica puso la queja y el analista fue despedido de inmediato. A cambio de una lealtad a toda prueba, estos jóvenes reciben subsidios de hasta el ochenta por ciento sobre el costo total de su carrera, jugosos bonos sobre su salario y cartas de recomendación para asegurarles empleo una vez obtenido su título.
Tras cruzar un intrincado laberinto de divisiones y puertas, la pelirroja se detuvo al pie de una puerta marcada con las letras “UNO”.
—Uno de S2. ¿Desea algo más?
—No, muchas gracias —respondió Federico mostrando su mejor sonrisa; sin mirarle de nuevo la chica despareció entre los corredores. El agente tocó la puerta y tras escuchar una voz al fondo otorgarle el permiso de seguir entró.
Justo Cifuentes parecía más un policía de los años setenta que un ex general retirado del Ejército: abundante cabellera negra y ondulada, grandes gafas de marco negro y un bigote de cepillo que ocultaba las continuas malas palabras que formaban sus labios sin emitir ruido. Al entrar Federico el bigote se agitó convulso mientras los pequeños ojos del general retirado apuntaban al inesperado visitante. Tras cerrar la puerta, la expresión de alerta desapareció y los labios se ensancharon en una ensayada sonrisa.
—Don Federico… pláceme verlo.
—General —saludó simplemente el agente tomando asiento de inmediato.
—Aquí no me tiene que llamar general; eso es para los doblehijueputas que no les enseñaron a tener respeto a sus mayores —las manos de Cifuentes estaban manchadas de tinta. En su escritorio había cuatro esferos de diferentes colores y las carpetas con informes, fotocopias de informes y fotos formaban dos pilas a lado y lado. En la DNE nadie puede estar ocioso o corre el riesgo de ser “sapeado” por los mini espías— Cuénteme, ¿cómo para qué soy bueno?
—Alguien trató de matar a Vargas. Falló pero nuestro primer análisis muestra que es bueno; solo que uno de los hombres de seguridad se le adelantó un paso.
—“Hombre de seguridad” —remedó en voz baja Cifuentes—. ¡Mataron a Ríos! Ah, ese negro hijueputa era el tipo más valiente de este país.
—Y era mi amigo.
—Y amigo del Presidente y de todo el mundo. Cuando nos informaron a mí casi me da un patatús. Yo lo conocí brevemente pero leí todos los informes sobre él: tenía los cojones bien puestos.
—Estaba detrás de toda la seguridad de Vargas; pero el asesino pudo poner un rifle a más de un kilómetro y disparar. Hablamos de un rifle calibre .50.
—Sí, aquí nos enteramos. Cada bala de esa vaina parece un consolador.
—Debió venir de fuera. El arma. Y el matón también.
—Dio usted en el clavo, mi amigo —el general se reclinó en su silla y empezó a mascar la punta de uno de sus esferos mirando con admiración a Federico. Pronto volvió a erguirse y tomó unas veinte carpetas de su costado derecho—. Estos son los primeros reportes de estación sobre la actividad de los bandidos de las Farc.
—¿Las Farc?
—“¿Las Farc?” Claro que sí, guevón; quién más va a querer atentar contra la vida del señor Presidente.
—¿Estos son reportes de inteligencia? —Exclamó impresionado Federico mientras tomaba una carpeta que le fue arrebatada de inmediato— ¿Tenemos confirmación?
—¡Upale! —Dijo Cifuentes colocando el documento de vuelta en su lugar— A ver si aprendemos a respetar. Los de inteligencia no tiran ni meados; estos son análisis que yo mandé a hacer de acuerdo al comportamiento y las llamadas de los bandidos.
—A ver, vuelvo y pregunto: ¿hay alguna confirmación de esto? Alguna llamada, un mensaje, alguna cosa…
—Nada en concreto todavía. Pero ustedes tienen que entender que estas cosas toman tiempo. Esa gente es muy astuta y no se va a poner a decir por teléfono —levantó una bocina invisible y la sostuvo junto a su rostro—: “listo, ya mandé a fulanito para que mate al triplehijueputa de Vargas”.
—¿Entonces S1 no le ha mandado nada?
—Pues sí mandan algo —dijo el subdirector de contrainteligencia regresando a su tono calmado—, pero mire —y abrió una de las carpetas del lado derecho—: cuentas, cuentas, cuentas, cuentas —a medida en que repetía la palabra pasaba copias de largas líneas de números llenas de círculos rojos y anotaciones enrevesadas— y más cuentas. Pagan esto, deben lo otro, compran aquello. —Soltó una risotada y agregó— Vea, el mes pasado tuvieron que cerrar el Club Bolivariano de Viena; ¡estaban debiendo siete meses de arriendo! Esos pobres hijueputas no tienen ni qué comer. Al que llaman “comandante Alfredo” le tocó empezar a repartir periódicos y lavar platos en un MacDonalds —y estalló en risas, siendo acompañado, más reservadamente, por Federico, a quien la existencia crepuscular de las Farc le tenía sin cuidado. Estaba seguro que de estar ellos involucrados en un atentado contra Vargas ya todos, y sobre todo la ARE, estarían al corriente. En realidad los exiliados de las antiguas fuerzas guerrilleras se habían entregado a labores mal remuneradas, y aquellos con algo más de cerebro a producir literatura socialista y dictar cátedras en universidades de España y Francia. El Club Bolivariano era un centro de estudios sobre la problemática de tierras en las naciones de la antigua Gran Colombia: Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.
Cuando la risa se extinguió por completo, Federico tomó aire para soltar su tono más tajante:
—Hay verdaderamente la posibilidad de que un asesino profesional esté en el país con la firme resolución de matar a Vargas. Eso es lo que creemos. Ahora yo pregunto: ¿hay esta clase de personas?
—¿Asesinos a sueldo?
—Sí.
—No. Al menos no como usted se los imagina, o se los puede imaginar cualquiera, con un apartamento lujoso, y veinte pasaportes, y que viven matando presidentes por todo el mundo. La mayoría de los sicarios trabajan para bandas criminales. La época de los asesinos al servicio de los gobiernos se acabó, al menos en los países civilizados. Quién sabe como sea la vaina por allá en el África. Pero gente a la que se le llame, se le de una contraseña y pida tantos millones por matar a un presidente, no. No creo, al menos.
—¿Por qué no? Discúlpeme que joda tanto pero tengo que estar seguro.
—Ay, don Federico… Vea: supongamos que hay una persona con las habilidades suficientes como para ser un sicario capaz de matar a un presidente. ¿Cómo van a hacer para contactarlo? El sicario necesitaría estar trabajando para alguien, y si, digamos, trabajara para la mafia italiana, la mafia china, o la mafia rusa, pues, por poner ejemplos de bandas de crimen organizado, la Interpol y las agencias de inteligencia ya lo sabrían.
—Correcto. Entendido. ¿Qué hay de los mercenarios?
—Con los asesores militares, o mercenarios, como quiera usted decirles, hay un problemita semejante. Vea: los gobiernos contratan son los servicios de agencias de militares profesionales retirados. Como Blackwater, por citarle un ejemplo sencillo. Estas agencias, ya sea en Europa del Este, ya sea en Estados Unidos, están reglamentadas por los gobiernos y se ciñen a los mismos acuerdos, o a acuerdos parecidos, que las armas. O sea, nadie puede salir de determinado país como aventurero e irse a pelear una guerra en otro lado sin estar violando la ley.
—O sea que de haber una persona así en Colombia.
—Osease mi querido doctor Góngora, que de haber tal persona por estos lados, si viene de Francia, de Inglaterra o de los Estados Unidos, esos gobiernos nos lo harían saber porque tanto el FBI, como el SDT, como el MI-5 ya los tienen fichados, precisamente para que este tipo de vainas no pasen.
—¿Y si viene de otro lado?
—Pues quedan dos opciones; una que haya venido sin que los de fuera se den cuenta; pero tendría que pasar los registros de inmigración o entrar sin papeles, y esos son demasiados riesgos. U otra es que nunca antes haya trabajado en Colombia, pero eso no es modus operandi de nadie en el negocio, ¿sabe porqué?
—Compatibilidad de terreno. No podría trabajar si no sabe dónde está pisando.
—Esa vaina. Y en ese caso el DAS tiene reportados a todos los extranjeros que andan ahí medio perdidos o metiendo las narices donde no deben.
Y Federico sabía que de ser así ellos, la ARE, ya tendrían el nombre y la descripción en una base de datos.
—¿Algo más? —Preguntó el general.
—¿Pueden ubicar la fuente de origen del arma?
—Mijo, eso es como tratar de averiguar dónde cogió una puta la gonorrea que le acaba de pegar a uno. ¡Sabrá Mandrake!
—Mierda…
—Primero tenemos que encontrar el arma, saber qué modelo es y de qué año, entonces sí podríamos tratar de averiguar de dónde carajos salió.
Cifuentes estaba en lo cierto, y parecía increíble que un arma tan grande hubiese desaparecido en las narices de todas las fuerzas de seguridad juntas. Ahora mismo el fusil podía estar desarmado y enterrado. El asesino debía haber cargado el instrumento en su espalda y huir en un vehículo ligero que, por cierto, no dejó marcas alrededor del sitio donde disparó. Federico abandonó el cuartel general de la DNE y se encaminó hacia las oficinas del DAS, algunos kilómetros al oriente.
Mientras eso ocurría Danilo esperaba en un café a que terminase la hora de almuerzo de los oficiales de la Armada. Debía verse con el jefe de Inteligencia Naval, almirante Milciades Carreño, a quien conocía de sus días en el GCA. Confiaba en que su pasado e historial con la institución bastasen para entablar una charla productiva sobre cualquier movimiento que hubiese puesto en alerta a todo el sistema de espionaje militar.
Franklin continuaba volando rumbo al norte y en el cuartel general de la Policía Nacional se encontraba Elizabeth haciendo preguntas similares a las que Federico hizo al subdirector de S2 de la DNE. Aunque, a diferencia de Góngora, Alba y su contacto, la mayor de la SIJIN Clemencia Gómez, no hablaban en una oficina, sino en el auto de la agente Alba.
—Pues sí mijita que las cosas se han puesto tiesas por acá: han echado a un poco de gente. Y gente buena, gente trabajadora. Y quiénes se quedan, se quedan los que menos trabajan, los que ya llevan los años haciendo ni mierda y están es acurrucados esperando la pensión —dijo la mayor Gómez entre bocado y bocado de su sándwich de pollo y rúgula. Su edad era desconocida, pero era robusta y de anchas caderas lo que provocaba que su uniforme luciera ajustado. Su cara, en otro tiempo bella y de rasgos finos, parecía deformada, como un globo mal inflado, debido al aumento de peso que significó sacarla de la calle y ponerla en un despacho, a parte de concebir cuatro hijos.
Sus quejas se debían al deterioro general que sufría la Policía Nacional. Desde el proceso de partición federal que había sufrido la antes centralista nación colombiana, cada estado tenía su propio sistema policial, con uniformes y métodos distintos. La Policía Nacional entonces debía ser el órgano veedor y coordinador de estas fuerzas, y para ello claro, la administración central ya no requería tanto personal como antes. La Procuraduría General de la Nación, además, vivía apretándole las clavijas a la institución, y para cumplir con los estándares requeridos, los oficiales superiores vivían despidiendo y reemplazando subalternos.
Al terminar con su sándwich la oficial hizo una pequeña bola con la envoltura plástica y la arrojó al fondo del auto. Elizabeth, que dejó de comer su almuerzo cuando descubrió que había queso picado entre el pollo le ofreció su sándwich a Clemencia.
—Uy gracias mijita, mi dios se lo pague. Que es ahora me da un hambre tenaz. Debe ser el estrés, pero me estoy poniendo como una lechona esperando su Nochebuena. En cambio mírese, si usted está como una reina, como una princesa. ¿Usted mi amor cómo hace para estar tan linda?
Elizabeth rió protocolariamente mientras se limpiaba los labios y buscaba sitio dónde arrojar la servilleta usada.
—Eso tírela por ahí, usted no se me afane —le sugirió la mayor.
—Pues ha de ser la falta de marido —dijo sin Elizabeth sin ocultar su tristeza—. Y el estrés me imagino, o la falta de estrés, o ya ni sé. Lo que pasó el otro día con el Presidente me hizo recordar esos días terribles, esas jornadas tan angustiantes en que uno no sabía a qué momento iba a estallar la siguiente bomba. Ah… yo creo que me dejo llevar mucho por las cosas que pasan. Las noticias malas siempre me ponen así.
—Hmmm… y si viera la mano de cosas que yo tengo que ver sumercé.
—¿Qué cosas?
—Pues le cuento que anoche mi coronel llegó verde de la piedra.
—¿Don Arnulfo? —Elizabeth se refería al teniente coronel Arnulfo Tafur, jefe de Investigación Nacional y esposo de Clemencia.
—El día del atentado el ministro reunió a todo el mundo y les pegó la qué vaciada, y claro, mi general Betancur se descargó con todos ayer por la mañana. Que eran una mano de incompetentes, que no servían pa’ ni mierda… Eso les dijo hasta de qué se iban a morir. Y es que parece que a unos patrulleros que cerraban el cerco por la cuarta este se les voló el tipo que hizo el disparo.
—¿El asesino?
La mayor asintió sosteniendo el labio inferior apretado bajo sus dientes superiores.
—Un momento —exclamó Elizabeth acomodándose el cabello nerviosamente—, ¿usted me está diciendo que lo vieron?
—Pues mire. Los chinos, porque son un par de culicagados de la Metropolitana, estaban haciendo una ronda allá por los caños; seguramente estaban evadidos, ni idea. Pero, dicen que cuando sonó la advertencia por el radio ellos vieron salir de la zona de construcción a un man en una moto. De civil. Iba volado.
—¿Y por qué no se lanzaron a perseguirlo?
—Por güevones. Claro, al momentico no lo relacionaron y cuando cayeron en cuenta pues ni dieron con el rastro del man; con ese aguacero tan tremendo que cayó…
—¿Llevaba algo? El arma… un paquete.
—Una mochila grande.
—¿Cómo era el tipo?
—Pues en eso no se ponen de acuerdo, porque, a ver, uno dice que era como moreno, como medio indio, y el otro que no, que era que llevaba una media velada en la cara y además, en eso sí están seguros, que llevaba un gorro de lana.
—Ni casco ni chaleco reflectivo.
—Nada… si por eso es que estamos tan seguros que ese es. Además de que iba a toda mierda, estaba en la zona de construcción, y allá no podía quedarse nadie. ¿Quién más iba a ser? ¡Ese era el tipo!
Elizabeth guardó silencio unos segundos y se terminó su botella de agua mineral. Parecía buscar respuestas o mejores preguntas. Al final, como si el resto de la conversación no hubiera ocurrido, preguntó:
—¿Y qué más dijo su marido?
—No me dijo nada más, estaba todo chicho. Y cómo no iba a estar, si casi lo echan; o mejor dicho, está a un pelito que de que me lo boten del servicio activo si no se arregla esta vaina cuanto antes, mijita.
—Y luego que supieron lo de la moto no trataron de relacionarlo con algo: con huellas que haya dejado en el sitio, o con vehículos robados…
—Pero si no ve que despuecito llegaron los de contraterrorismo, luego los del DAS, los de la DNE, y periodistas y de todo. Eso lo dejaron echo un sancocho y a los forenses, pues los que hacen la vaina, qué iban a hacer en medio de ese zaperoco. Nada, no hay ni una sola huella.
Pasadas las tres de la tarde Danilo fue recibido por el almirante. Durante los primeros treinta minutos discutieron sobre asuntos de la vida cotidiana de cada uno, el pasado, y los posibles autores del atentado. Al igual que el subdirector de contrainteligencia de la DNE, el almirante Carreño podía apostar a que miembros de las Farc habían puesto en marcha el asunto. Danilo no intentó persuadirlo, y prefirió por seguirle la cuerda al hombre.
—¿Y cómo introducen un arma tan grande? —Preguntó el agente revolviendo el café que acaban de servirle
—Posiblemente a través de Venezuela o Ecuador —el almirante se reclinó en su silla y encendió un puro de fabricación nacional. Exhalando el humo y mirando la punta arder, agregó—: Pero una mejor posibilidad sería por barco, no le quepa la menor duda.
—¿Porqué?
—Bueno, los barcos transportan todo, incluyendo grano y maquinaria a un ritmo que no permite un control efectivo de la aduana. Piense que si arriban a Buenaventura tres mil cajas de repuestos para tractores John Deere, todo el personal de seguridad tendría que ponerse a revisar caja por caja. No, lo que hacemos ahora es emplear escáneres y perros adiestrados. Durante la guerra las guerrillas nunca lo intentaron, o lo intentaron poco; es un método arriesgado para contrabandear armas. Siempre resultaba mejor introducir armamentos desde otros países o mediante lanchas.
—Pero interceptábamos esas lanchas.
—Sí mi chino, pero a la gente que se encargaba de transportar ese material rara vez le confiaban algo de la operación. De esa manera, cuando los agarrábamos, no sabían ni pío. Además es imposible interceptar todas las embarcaciones, no sin la ayuda de un satélite, cosa que hacen los gringos. Ahora, si lo que estamos hablando aquí es de una sola arma; un rifle como es este caso, es más factible desarmarlo e introducirlo entre la carga.
—En ese caso tendrían que tener amigos dentro del proceso de embalaje para poder meter el arma en un envío legal.
—Precisamente, muchacho, precisamente. Si encuentran el arma pueden encontrar el lugar de origen y si es así tendrán a los vendedores —y Carreño expiró otra bocanada de humo que eclipsó la luz del techo—. Yo creo que la DNE, si se pone las pilas, podrá averiguar quién le puede vender a esos guerrilleros un arma de semejante tamaño.
Danilo, no obstante, tenía otra cosa en mente:
—¿Ustedes en inteligencia tienen registros de la vigilancia que se hace a los buques?
El almirante bajó la vista y clavó una mirada severa al agente.
—¿Qué clase de vigilancia?
—En la aduana, quiero decir —replicó Danilo en tono de excusa.
—Ah… el control de arribo. Claro por supuesto, mi querido teniente. Para buscar qué.
—Los barcos que no fueron revisados ni por ustedes ni por la DIAN ni por el DAS ni agencia alguna.
—Me la puso complicadita. Déjeme ver… —levantó la tapa de su computadora portátil y durante unos tres minutos estuvo revisando archivos—. Cuatrocientas doce embarcaciones en lo que va del mes en nueve puertos. ¿Y si fue hace dos meses, o hace dos años?
—Revisaremos lo que va del año y echarnos la bendición. ¿Me puede hacer llegar a eso a nuestra computadora?
El almirante dio un sí con la cabeza mientras mascaba su tabaco seguía manipulando la computadora.
Satisfecho, Danilo se levantó, estrechó la mano de su antiguo superior y le deseo buena suerte, saludos a la familia, buen viento y buena mar. Mas antes de abrir la puerta se dirigió una última vez al almirante:
—Si ese rifle, de precisión, calibre cincuenta, llegó de otro país, ¿usted cuál creería que fue?
—Estados Unidos de América —respondió el oficial naval sin levantar la vista del computador. Como Danilo seguía aferrando el pomo de la puerta, pero sin decidirse a abandonar, el almirante dejó su puro y encaró al agente—: Desde hace un año y medio a los gringos les compramos de todo: desde la maquinaria agrícola hasta los botones de las camisas. Todo. De esa lista que le voy a enviar al menos el treinta y cinco por ciento de las embarcaciones pertenecen a ese país. Y le digo una cosa más: la factoría Barret produce los mejores rifles antimateria que se puedan comprar en este lado del planeta. Si usted se va por los Estados Unidos, digamos por Arizona, y se encuentra con una feria de armas, puede perfectamente comprar un armatoste de esos en once mil dólares. Puede que esté en un error. Pero averigüe por ahí de todos modos.
Con las manos en el bolsillo el agente de la ARE abandonó el edificio y se encaminó a la oficina.
Atardecía en Washington y la gente ya buscaba la tibieza del hogar o el calor de los restaurantes del centro. En Dulles, Franklin abordó un taxi conducido por un colombiano quien bajo su gruesa chaqueta de aviador llevaba una camiseta del Atlético Nacional; evitó que le hablara y prefirió recostar la cabeza contra la ventana y rememorar sus días en la capital de la nación que le vio crecer. Llegaba tarde la primavera, con lluvias y granizos helados. En Atlanta tuvo que esperar a que culminase un torrencial aguacero, último coletazo de un crudo invierno.
Despidió el taxi en la esquina de Wilson Boulevard y la calle Oakland, en pleno Arlington. Tras ver el taxi desaparecer entre las oscuras calles enfiló arrastrando su maleta tres calles hasta el Ford Inn de la calle Lincoln. Ya conocía el sitio así que pidió el mismo cuarto de siempre con vista a la avenida estatal. Procuró relajarse y dormir, pero no comió y durmió mal, según le comentó a Federico después, temeroso de que las respuestas que hallara en Langley al día siguiente confirmaran la actuación de los Estados Unidos en el atentado.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

0 comments:
Post a Comment