Friday, June 19, 2009

10. Pieza clavada

Franklin se estableció en un motel del oeste de Washington. El último contacto con la ARE lo puso al corriente de la situación: capturar al francotirador era perentorio. La solidez del estado, entendía Franklin tumbado en su cama, estaba meciéndose tras el ataque terrorista. Colombia, que nunca había tenido un elemento de unidad más que la fe pública, tenía ahora en su súper presidente, infalible y honesto, y un gobierno al servicio de las necesidades de cada ciudadano, el elemento que permitía amalgamar todas las pasiones, todas las almas. Eran pensamientos de insomne, le dijo luego a Federico, pero le llenaban de temor. Todo lo que sabía de Colombia, antes de trasladarse a vivir allí, era sobre la violencia: bombas, combates, personas despedazadas, o desaparecidas y nunca encontradas. Una guerra sin frentes ni trincheras, de todos contra todos. Eso había terminado; Vargas acabó con ello, de eso estaba segura la nación, y si alguien atacaba a aquel magnífico estadista, es porque algo andaba mal.

Pero lo que llenaba de pánico a los colombianos no era saber que alguien andaba por ahí con malas intenciones, sino no poder decir con certeza quién, de dónde venía, por qué ahora. Y las sospechas, así lo parecían entender los cuatro agentes de la ARE, destruían incluso las mejores relaciones.

Temprano esa mañana, Molina se comunicó a su cuarto y lo citó para reunirse con él unas horas más tarde en Arlington Memorial.

Alrededor del monumento a los caídos en Iwo Jima, los dos antiguos trabajadores de la CIA dieron vueltas, comiendo tacos de un puesto ambulante y sosteniendo una conversación sin mirarse a la cara, pendientes todo el tiempo de los pocos paseantes cercanos a ese parque en aquella mañana tan fría:

—Tienen suerte —dijo Robert Molina al terminar su taco y arrojarlo en un cesto de basura—, puedo conseguir imágenes del diez de marzo y supongo que ustedes podrán encontrar el lugar desde donde se disparó el arma.
—Gracias, es mucho más de lo que esperaba.
—¿Realmente les va a servir de algo?
—Veremos.
—Sí, verán, pero que nadie más lo haga, ¿entiende? Esto sale de aquí pero ni se les pase por la cabeza emplearlo como evidencia contra nadie.
—No somos policías —respondió Franklin deteniéndose en el mismo lugar donde habían empezado a caminar. Se cubrió la boca como si estuviera meditando y dijo—: ¿dónde puedo recoger el material?
—Se lo dejé en la recepción del hotel donde se está hospedando. La contraseña para ingresar a los datos del disco es el nombre que le asignamos a Noriega.

Franklin sonrió, por el recuerdo o por el sobrenombre que entonces la CIA le tenía asignado al dictador panameño; como sea se alejó del lugar sin despedirse; Molina tomó el camino opuesto. El agente de la ARE llegó a su hotel quince minutos más tarde y tras encerrarse en su cuarto, con el sobre lacrado ya metido bajo su camisa, metió la ropa como pudo en su maleta, pidió un taxi para que lo recogiese a dos calles de distancia, frente a una tienda de abarrotes donde durante años hizo las compras de casa, pagó la cuenta añadiendo quince dólares de más y se apresuró como si huyera de la escena de un crimen. Quizá un comportamiento un tanto excéntrico, pero no dio muestras en algún momento de ser culpable de algo. De hecho, Franklin sabía que si fuera un verdadero agente de campo tendría que comportarse de otro modo al sacar una información delicada fuera del país. La diferencia consistía aquí que ignoraba los alcances de la oposición.

En la tienda compró un videojuego para computadora, arrojó el disco a la basura y lo reemplazo por los datos proporcionados por Molina. El oficial de aduanas no comentó nada al respecto cuando vio la caja de Chessmaster 4.000


Elizabeth le sirvió un café a Federico, estaban solos y escuchaban música mientras miraban por la ventana cómo un sol blanquecino palidecía la ciudad. No conversaban; habían decidido mantenerse en la oficina esperando, o bien nuevas órdenes de Max Cohen o información por parte de Franklin, de cuyo vuelo no tenían dato alguno. Danilo se había marchado una hora atrás; recibió una llamada a su teléfono móvil y pidió permiso para salir, pero sin jefe ahora, dar o pedir tal permiso resultaba una tontería, así lo vieron los tres agentes, se rieron en el momento, pero de momento Federico estaba molesto: caminaba de un lado al otro sin dejar de mirar por la ventana, a la nada realmente, intranquilo y tensionado. Elizabeth lo miraba recostada contra una columna. Durante un tiempo intercambiaron algunas frases: “¿Le ocurre algo?” preguntaba ella, “no, nada” respondía él. “Lo noto tenso”, decía Elizabeth; “pues son impresiones suyas” respondía Federico.

Con el café tal vez pensó ella que se calmaría, pero la rutina del breve paseo de un punto al otro de la ventana no terminaba. Elizabeth intentó de nuevo iniciar un diálogo:

—Usted sí cree que esa información que nos va a traer sirva de algo.
Federico se detuvo en seco.
—Y si pensó que estaba perdiendo el tiempo por qué no lo dijo —la mirada de Federico resolvió cualquier duda sobre el estado de ánimo del agente: ojos duros, frente constreñida.
—A lo que me refería es a la utilidad que le podemos dar en una futura estrategia para atrapar al sospechoso.
—Bueno eso sí no lo sé. Tocará esperar a ver, ¿no cree?
Elizabeth fue a la cocina a dejar su taza, desde allá preguntó en el tono más informal:
—Y antes de que esto pasara, ¿qué plan tenían para enfrentar algo así?

Federico finalmente se detuvo; soltó en una exhalación la mitad de la tensión que lo consumía y, viendo la taza vacía, se dirigió a la cocina. Elizabeth, con los brazos cruzados, esperaba una respuesta.

—No había plan —en la pausa llenó de nuevo su taza de café y sorbió ruidosamente al beber—. Se supone que esto no iba a pasar nunca. De pasar sería porque nos habríamos dormido y simplemente uno no se podía dormir en esto; si lo hacía, pues listo, se acabó. No teníamos un escenario como “oiga, tal vez le disparen al presidente y se salve y tenemos que atrapar al culpable”. Si hubieran matado a Vargas, o a quien quiera que fuera el presidente se cerraba la ARE. Así que una cosa como está… simplemente… fuera de lugar.


No hablaron mucho; al caer la noche el silencio se incrementó hasta dejar oír todos los sonidos de la congestionada Avenida Séptima. Elizabeth y Federico emplearon esas horas en navegar por Internet, aunque cada uno ignoraba lo que el otro hacía. La llamada de Franklin, pasadas las siete de la noche, los despertó de su aislamiento; ordenaron una pizza al servicio de comidas de la torre y trataron de decidir qué hacer con las imágenes.

—Definitivamente no podemos dejar que nadie las vea —afirmó Federico.
—Pero en algún momento las vamos a tener que mostrar —aseguró Elizabeth.
—Pero es que esa información pertenece a Frank; si él decide que la puede dejar ver por otras agencias, correcto, liberamos esa información. De otro modo no.
—¿Son imágenes?
—Qué más pueden ser.
—No sé: interceptación de llamadas, correos electrónicos…

Resonó el timbre de la puerta. Federico prácticamente dio un brinco sobre la recepción y encendió la pantalla para ver quién venía por el pasillo. No había un timbre como tal que pudiera ser presionado, sino que el detector de movimiento disparaba un ulular agudo en todo el centro del recibidor. Era Danilo. Recordando con cierto esfuerzo los códigos, Federico retiró los seguros de la puerta, acción que le tomó ocho minutos.

—La ciudad está una mierda. No están dejando pasar a nadie por la del Dorado sin aguantarse ¡cuatro retenes!
—Franklin llamó. Ya está por llegar —dijo Elizabeth.
—No, si es que él me llamó del aeropuerto; lo tienen retenido con otros gringos.

A pesar del tiempo que llevaba en Colombia, su ascendencia y cargo, Franklin seguía siendo ante todo estadounidense.

—Llamemos a la policía aeroportuaria —sugirió Elizabeth y de inmediato se lanzó al teléfono. Federico la detuvo al instante:
—Tengamos paciencia.

Y esperaron. A Franklin le tomó casi tres horas llegar a la oficina, tiempo en el cual comieron y escucharon las pocas cosas interesantes que Danilo tenía por narrar: estuvo con algunos amigos retirados de la Armada, comentando lo sucedido con el Presidente y atento a cualquier dato, rumor, o afirmación sospechosa. Elizabeth a ello no comentó nada, pero se levantó a mitad de la charla a fumar en la cocina, evidenciando el poco interés que le suscitaba el recuento de una tarde tan improductiva.

Franklin descargó sus maletas, sus noventa kilos de peso y rechazó de plano la pizza de pollo y champiñones; deseaba una cerveza, pero a esa hora era imposible conseguir una. Se aflojó entonces la corbata del todo, sacó la caja del videojuego y se la arrojó a Federico:

—Ojala haya algo ahí de verdadero valor para nuestras indagaciones.

Al instante Federico, Elizabeth y Danilo fueron a la computadora. Franklin debió decirles la contraseña aunque de seguro pasó por alto mencionar a qué hacía referencia la palabra “pineapple”. Al instante el programa se ejecutó: era un video de vigilancia satelital, en total tres horas grabadas a baja definición, y únicamente en un área que durante los primeros treinta minutos los agentes no pudieron identificar; todo eran manchas grises, saltos de la pantalla, y de cuando en cuando un vehículo que revelaba la presencia de una calle. Pero durante esa primera media hora no se revelaba nada valioso. Federico y Danilo, acostumbrados a labores de vigilancia, miraban la pantalla con la misma atención que le dedicarían a un aceptablemente entretenido programa de televisión; Elizabeth, por otra parte, aguantó acaso unos ocho minutos antes de pararse, estirarse, sentarse de nuevo, revisar sus uñas, frotarse el pie derecho durante un rato y bostezar repetidas veces. Franklin tampoco demostró mayor interés.

Al minuto treinta y siete de filmación el foco de la cámara se desplaza rápidamente por varias manzanas. Allí descubrieron los agentes que la resolución de la cámara era alta pero que las imágenes estaban en tonos grises debido a que esta era una vigilancia con lente térmico. Por unos minutos no hubo más que una gran franja gris plomo en la pantalla, hasta que una forma evidentemente humana de color blanco aparecía junto a un cuadro de tono oscuro. El hombre se ocupaba de guardar algo en su mochila y segundos después corrió hasta alcanzar una motocicleta tendida en una zanja.

Minuto treinta y ocho: cruza entre materiales de construcción apilados, tuberías y cubos compuestos por ladrillos de bloque. Alcanza un sendero en mejores condiciones que la arenosa superficie llena de fragmentos de grava y levanta diminutas nubes de polvo dejando una estela totalmente recta.

Minuto treinta y nueve. Salta la cerca que limita la zona de construcción y se introduce por un callejón de la zona industrial. A su lado hay camiones estacionados pero no gente al parecer. En ningún momento aceleró más de lo debido —al menos esa era la impresión que daba a juzgar por el desplazamiento en dirección contraria de todo lo que lo rodeaba—, y en esas primeras calles no parecía haber testigos, o elementos suficientes como para indicar qué calles recorría. Las obras del antiguo sector de Patio Bonito cubrían varios kilómetros, lo que haría un reto encontrar aquella salida, determinar la dirección tomada y buscar allí cámaras de vigilancia.

La cámara siguió al hombre en moto otros dos kilómetros hasta una avenida más amplia, entonces los cuatro agentes se acercaron a la pantalla listos a encontrar cualquier detalle que permitiese reconocer el lugar. Al minuto cuarenta y cinco Federico aseguró que aquella era la Avenida Chile; no estaba seguro pero creyó reconocer las fachadas de un par de edificios. Pasada la primera hora los agentes estaban de acuerdo sobre la avenida, pero la moto seguía avanzando sin que nada la detuviese.

Una hora y cuarenta minutos más de imágenes. A ratos, cuando algo en la pantalla delataba la posición del terrorista —los cuatro estaban de acuerdo sobre quién era aquel hombre—, alguno mencionaba el nombre de la calle. En tal sentido Elizabeth resultaba más eficiente, mencionando los números calle por calle. Faltando cuatro minutos para que el video llegara a su fin el terrorista se detuvo, condujo su moto hasta un estacionamiento y luego atravesó una calle para entrar en un almacén de ropa. La imagen apuntó a la puerta por un minuto y diez segundos más antes de apagarse del todo.

El almacén de cadena pertenecía a un centro comercial en el sector de Galerías. Federico le devolvió el video a Franklin y le sugirió guardarlo en la caja fuerte. Luego todos se pusieron de pie y decidieron que haría cada uno al día siguiente.


A las ocho de la mañana del día quince de marzo los agentes de la ARE vieron por primera vez la cara del francotirador que había intentado asesinar al presidente de Colombia. Desde ese momento entrarían en una cuenta regresiva de horas para ponerlo bajo arresto y confirmarle al país que la nación seguía siendo un lugar seguro.

0 comments: