9. Pieza amenazada
Trece de marzo. En la oscuridad del amanecer, Franklin caminó seis calles hasta que encontró un taxi que lo depositó en Rose Hill, al sur de Washington. En la calle por la que se introdujo Franklin empezaban a retoñar los cerezos, olía a humedad fría y los autos aparcados en las entradas tenían sus ventanas veteadas de escarcha. Habían autos sedán y convertibles franceses, italianos y belgas; ninguno mayor de tres años. Un vecindario para los burócratas con dinero. En el 11406 pulsó el timbre unas cuatro veces y al final apareció una rubia de cuarenta y tantos años con el pelo húmedo y cubierta con una bata hurtada al hotel Plaza de Nueva York.
—Molina —dijo Franklin sin saludar.
La rubia, sin abrir la boca, le franqueó el paso pero le pidió el favor de que limpiase sus zapatos en el tapete de la entrada. La casa, que por fuera daba la impresión de ser una pequeña mansión de tejados puntiagudos, muchas ventanas, puerta de caoba y aldabón dorado, por dentro denotaba los estragos causados por el tiempo y una vida hogareña no del todo palaciega: tapetes desgastados, libros fuera de lugar, juguetes esparcidos por la sala, una niña a medio vestir que lo miraba fijamente tras una puerta entreabierta y una anciana en caminador que parecía hacer un verdadero esfuerzo por llegar a una caótica y estrecha cocina situada en un extremo desde donde empezaba un desfile de ropa húmeda que llegaba hasta los muebles del comedor. Tras cerrar la puerta la rubia se inclinó hacia el piso, a los pies de Franklin, allí gateaba un bebé de ojos azules. Tras levantarlo la mujer señaló las escaleras:
—Segundo piso, puerta del fondo.
Como cruzar un portal entre dos mundos, así era subir esa escalera de caracol; donde terminaba el suelo cubierto por la basta y reseca alfombra y empezaba un suelo de madera lustrada tan suave como la superficie de un violín. Los ruidos del hogar que despierta dieron paso, tras el séptimo escalón, a un concierto para piano y clavicémbalo. La puerta del cuarto del fondo estaba abierta, y la luz de la mañana, pálida nívea, bañaba a un hombre encorvado en un escritorio minimalista. Franklin tocó suavemente y Molina alzó la vista por encima de sus gafas.
Huérfano y formado a pulso, Robert Molina había logrado entrar a Princeton cuando aún esta institución se negaba a aceptar negros, no como política oficial, sino por decisión interna de sus oscuros directivos. Descendiente de panameños, nunca fue bien visto por sus estirados compañeros, pero desde el principio de su carrera se ganó el respeto de sus maestros. Con una mente privilegiada, pasó del derecho a la física, de ahí a la Historia de Occidente y luego a maestrías en idiomas y el estudio de conflictos en Latinoamérica; estudios pagados de su bolsillo y de la entonces generosa chequera de la CIA.
—Siéntate chico —dijo Robert señalando una silla ocupada por una torre de ensayos con empastes amarillos—. ¿Ya te ofrecieron café allá abajo?
Nadie sabía cuándo entró a trabajar para la Compañía; sus registros fueron borrados y quienes le vieron llegar ya estaban jubilados o muertos. Había trabajado para Allen Dulles y a su servicio se transformó en el mayor estratega de la agencia para el Hemisferio Sur. En su carrera, admitía, había cometido varios errores, pero no se lamentaba por lo que había hecho ni por las políticas que, en parte debido a él, empleó la Unión para luchar contra el comunismo en Centro y Sur América.
—Creo que… ¿Silvie? Estaba algo ocupada, y no quise molestarla.
Como otros tantos espiócratas, había tenido más de una mujer; tres en su caso y todas del Distrito de Columbia. Su verdadera vida fue en los corredores de la agencia, primero en el corazón de Washington y más tarde entre los bosques de Virginia. Se retiró a mediados de los noventa por orden expresa de Tenet quien, tras encontrarlo rodeado de sus innumerables medicamentos, ordenó hacer una ceremonia en su honor, darle una pensión y una casa en Rose Hill. Desde entonces Molina daba conferencias para la hermandad de servicios secretos y clases en Georgetown.
—Esa zorra… En todo caso, es un gusto verte, chico. Escuché que estabas en cierta clase de club de policías en tu país natal.
Ese espacio allí en la segunda planta de su casa era el reflejo exacto del despacho que había tenido en el tercer piso del bloque 2 en Langley. Las paredes llenas de recortes de prensa; cajas de cartón para documentos marcadas con siglas nombres de países, la inevitable bandera, una foto de Andreas Kelly autografiada en la pared izquierda y la Declaración de Independencia en la otra, cincuenta lápices bien afilados sobre el escritorio y un pequeño librero con la Biblia, la Constitución, Ulysses de Joyce y un volumen de poemas de Emily Dickinson.
—Nada tan elegante; es una empresa de análisis en seguridad para los jefazos del estado mayor. Analizamos seguridad y si hay algo mal les decimos. De seguro ya escuchaste lo que pasó hace un par de días con Vargas.
Cuando Franklin Villareal entró en la CIA, Molina se convirtió, si bien no en su jefe —recordemos que el primero era de Operaciones y el segundo de Análisis— si se transformó en un guía y un maestro que lo salvó en más de una ocasión de caer en los pozos sin fondo del tenebroso mundo del espionaje. En una época donde muchos terminaban despedidos o relegados al pasillo de Archivos por cometer errores de juicio, dormirse en vigilancia, o dispararse en el pie, Franklin tuvo la continua asistencia de Molina, trasformándose este casi en un padre adoptivo.
—Vargas. Muchos por este pueblo quisieran muerto a ese bastardo; pero ese bastardo tiene pelotas y no es nada tonto y no se dejará joder por el señor presidente.
Tras el asunto en Bolivia, Franklin pasó al equipo de análisis de Molina. Juntos trabajaron por casi diez años sobre una mesa de tres por tres, analizando fotos y estableciendo conexiones entre los nombres que arrojaba cada semana el teletipo. El trabajo de la unidad permitió crear la fuerza de tareas encargada de coordinar la ayuda a los Contra en Nicaragua. Cuando el asunto se ventiló a la luz pública la oficina fue cerrada; Franklin enviado a Archivo y Molina empezó a escuchar a sus superiores decir que “the old shelf” estaba para tirar a la calle, o a un hogar de ancianos.
—Ahora me pregunto cuántos por ahí lo estarán pensando en serio. Hay mucha gente preocupada en el gobierno de Colombia y no faltarán los halcones que miren en esta dirección.
La relación como compañeros de trabajó terminó, pero no así la amistad, la cual mantuvieron mediante correo y llamadas telefónicas. Desde que Franklin había ingresado a la ARE se había comunicado dos veces con Molina para solicitarle ayuda teórica en casos complicados; en ambas ocasiones siempre se comunicó con él mediante correo electrónico en el que lo llamaba “querido profesor” y se despedía firmando “su agradecido alumno”. Entonces, que se presentara al despuntar un día cualquiera de marzo, con la camisa arrugada y el rostro sin afeitar, solo podía indicar que buscaba asesoría, e incluso, información.
—Lo que has venido a averiguar es si la Compañía tiene algún interés en la muerte de Vargas. Relájate, porque no lo tienen. Verás, el presidente Kelly podrá ser el hijo de un campesino sin modales, pero es honesto; es posiblemente el tipo más limpio en Washington, de lejos. Ahora, la política oficial del Senado es otra: quieren quemar la imagen de Vargas, y quieren quemarlo lo suficiente como para que cada hombre, mujer y niño escupan su foto cuando la vuelvan a ver en Time.
—¿Qué hay del doctor Staunton? ¿Aprobaría una acción encubierta debajo de cuerda?
—¿Staunton? ¿Es un chiste? Cielos, si veo a alguien dirigiendo a los demócratas en cuatro años será a él. Jesús, era el juez predilecto de Frank Beuler; juegan al golf y todo eso, quiero decir. Staunton es de los que cree en la tecnocracia y por eso no me agrada, pero ni siquiera consideraría atacar a Vargas o a ningún otro jefe de estado. Al menos no se comprometería con ello.
—¿Qué hay de grupos derechistas? Radicales y eso.
—Espera, espera, espera —fue diciendo Molina mientras se ponía en pie. Le costaba tanto esfuerzo enderezarse y caminar, que por momentos parecía un castillo de naipes ambulante, siempre listo a deshacerse tras cada paso dado. En una larga mesa del fondo, entre sus múltiples trofeos de natación —así llegó a Princeton, nadando como un cetáceo— había una vieja cafetera eléctrica, uno de los primeros modelos de Oster de este tipo de máquina. De seguro en algún extremo decía aún “propiedad de la CIA”, pero en América tomar algo de la oficina al momento del retiro hace parte del acervo cultural—. ¿Estas considerando… verdaderamente están ustedes considerando la posibilidad de que los Estados Unidos esté envuelto en un complot para matar a su presidente?
—Te lo dije, hay mucha gente preocupada en Bogotá.
—¡Diablos no!
Tras su atronadora exclamación soltó la taza en la que pretendía servir café, esta era de metal y solo produjo un ruido leve al chocar con la mullida alfombra persa. Molina respiraba rápidamente, pero regresó a la normalidad tras pasar algo de saliva. Dejó la cafetera en su lugar, pero para ese instante ya Franklin recogía la taza y se encargaba de servir la bebida.
—Cielos, chico, lo siento —dijo lentamente. Franklin puso una taza llena de café humeante y muy dulce frente a él—. Gracias. Cielos, demonios, sabes que amo a este país. Le serví por casi cuarenta y cinco años, más que ninguna otra persona. Y durante todos esos años tuve que ver como los medios y los vagos malinterpretaban todo lo que hacíamos. Basura. Es tan fácil juzgar cuando estás viendo un libro de Historia; ¿pero dónde estaban todos ellos cuando las cosas pasaban? Tú sabes a lo que me estoy refiriendo. Cuántas veces vimos pasar frente a nosotros esos asuntos asquerosos, esas muertes, esos regímenes terribles, sabiendo al mismo tiempo que no podíamos hacer nada, ¿ah?
—Sí, sé a lo que te refieres.
—Mírame aquí, tratando de llevar un hogar y una vida. Soy un fracaso en eso, pero mi carrera y mi servicio a la patria nunca lo dejé. Aún conozco gente en los servicios secretos; gente que conoce gente y así y así. Tal vez pueda ayudarte a saber quién quiere muerto a tu presidente. No me gusta el tipo, no te mentiré, pero yo no creo que esta clase de cosas deban hacerse; él tiene su oportunidad de hacer las cosas a su forma, o si no que el pueblo de Colombia lo juzgue. Parte de tener tanto poder significa el compromiso a hacer las cosas bien cuando pueden hacerse. Cada día que llegaba a trabajar pensaba en eso; miraba los mapas en la mesa y pensaba, “¿qué está pasando allí que yo pueda resolver?”; solo unas pocas veces me llegó la respuesta, y menos veces aún pude hacer algo. Pero esta vez, me toca, supongo.
—Gracias, Bob —respondió Franklin simplemente, y se quedaron en silencio, bebiéndose su café y mirando un viejo globo terráqueo suspendido del techo mediante un hilo casi invisible.
Mientras Franklin abandonaba la casa de Robert Molina, los tres agentes de la ARE tenían su reunión, la primera con la presencia de Elizabeth Betancur. Allí estaba Max Cohen, ocupando de nuevo el escritorio sagrado del difunto Ever Ríos; pasaba las carpetas ante sus ojos mirándolas de lejos, dejando resbalar las pupilas de un extremo a otro del papel; o era un lector muy veloz o buscaba algo que parecía no encontrar en ninguno de los tres informes. Terminada la revisión ordenó las carpetas y miró a sus trabajadores con sacerdotal resignación:
—¿Esto es todo?
Esto puso en tensión a Elizabeth; Federico soltó un suspiro y Danilo, en medio, miró a sus compañeros esperando sus reacciones. Este fue el primero dar contestación:
—Bueno han sido veinticuatro horas…
—¿Y las primeras veinticuatro horas son? —cuestionamiento retórico que Elizabeth respondió al instante:
—Son las últimas veinticuatro horas.
—Franklin podría haber conseguido algo —intervino defensivamente Federico— mientras Elizabeth terminaba de declamar las últimas tres sílabas—. Está en Washington y tiene ahí unos buenos contactos; se sabe mover y todo eso. —Pareció notar que se aproximaba una réplica por parte de Cohen, así que, acelerando su explicación, agregó— Ya sé que va a parecer contrario al procedimiento, o a la lógica, estar buscando a los culpables tan lejos de donde pasaron las cosas. Pero le pido, doctor, que le demos a Franklin un compás de espera antes de declarar que esta agencia no ha hecho mayor cosa.
—Yo no dije eso, Federico.
—Pero con su tono lo dejó clarísimo.
—A ver —Max se reclinó en la silla y su expresión de cura párroco se transformó en la adusta mueca del juez que añade el comentario moral al juicio—. Yo quiero que entiendan, por un lado, las presiones a las que estoy sometido, y segundo que entiendan la necesidad que tenemos de proactividad, de encontrar resultados y de aclarar las cosas. Más que todo de aclarar las cosas. Yo me tengo que presentar todos los días en la Casa de Nariño y ¿qué les voy a llevar? ¿Tres carpetas como estas, una además con errores de ortografía?
Danilo se pasó una mano por la nuca y bajó la vista hasta las puntas de sus zapatos.
—Entiendan bien la vaina: necesitamos decirle al señor Presidente y a sus perros amaestrados qué pasó, qué vamos a hacer, y cómo lo vamos a hacer. Y yo necesito un plan de acción.
Elizabeth se puso en pie, sus compañeros la miraron no sin cierto sobresalto.
—Dígales que tenemos un perfil del atacante y que las pesquisas para encontrarlo ya están por buen camino.
—¡Genial, buenísimo! Qué dicha escuchar esas palabras. Señorita me encantaría que viniera conmigo a Palacio y le diga exactamente eso a la gente con la que me tengo que reunir.
—No es necesario el sarcasmo.
—Es que yo no estoy siendo sarcástico. Usted tiene bonita voz, parece estar muy segura de lo que dice y, además, eso es lo que quieren oír; que se están haciendo vainas.
—Dígales además que podemos coordinar la captura del sospechoso y, si no ha salido de la ciudad, tenerlo cercado en las próximas veinticuatro horas.
—Pero añada —dijo Federico levantándose igualmente— que no hemos descartado la presencia de filtraciones dentro del gobierno, así que todo de aquí en adelante está en manos nuestras, que necesitamos acceso a todas las fuerzas del orden, pero hasta no tener bajo custodia al terrorista no vamos a hacer declaraciones.
Máximo Cohen se pasaba un dedo bajo la mandíbula sin quitar la vista de sus dos agentes. Meditaba, sin duda, tal vez no tanto en la validez de estos argumentos sino en los detalles que debía añadir a estos para consolidar su discurso ante el jefe y los otros. Como hombre de aguda retórica, terminó la concepción de su alegato en cuarenta segundos, dejó la pose y, acomodándose el ajustado chaleco y la corbata fija bajo este, se fue levantando mientras se despedía:
—Aunque les diga todo eso van a querer estar pendientes del asunto. Pero más vale que Franklin nos traiga algo bueno o estas próximas veinticuatro horas van a ser un desperdicio. Si logro convencer con lo que ustedes dicen a Vargas, vamos a tener tanto discreción con el asunto como la cooperación de las demás instituciones, y, si realmente el tipo no ha salido de la ciudad y la estrategia funciona, tal vez, quién sabe, demos con él.
Max Cohen dejó la oficina no mucho tiempo después, pero los agentes de la ARE optaron por planear su propia estrategia para atrapar al atacante, o al menos su identidad.
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