<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' version='2.0'><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-37267496</atom:id><lastBuildDate>Sun, 18 Oct 2009 01:36:58 +0000</lastBuildDate><title>Ajedrez</title><description>Novela blog.</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/</link><managingEditor>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>59</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-1324623381957614939</guid><pubDate>Fri, 19 Jun 2009 19:09:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-06-19T12:13:53.296-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;10. Pieza clavada&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Franklin se estableció en un motel del oeste de Washington. El último contacto con la ARE lo puso al corriente de la situación: capturar al francotirador era perentorio. La solidez del estado, entendía Franklin tumbado en su cama, estaba meciéndose tras el ataque terrorista. Colombia, que nunca había tenido un elemento de unidad más que la fe pública, tenía ahora en su súper presidente, infalible y honesto, y un gobierno al servicio de las necesidades de cada ciudadano, el elemento que permitía amalgamar todas las pasiones, todas las almas. Eran pensamientos de insomne, le dijo luego a Federico, pero le llenaban de temor. Todo lo que sabía de Colombia, antes de trasladarse a vivir allí, era sobre la violencia: bombas, combates, personas despedazadas, o desaparecidas y nunca encontradas. Una guerra sin frentes ni trincheras, de todos contra todos. Eso había terminado; Vargas acabó con ello, de eso estaba segura la nación, y si alguien atacaba a aquel magnífico estadista, es porque algo andaba mal.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pero lo que llenaba de pánico a los colombianos no era saber que alguien andaba por ahí con malas intenciones, sino no poder decir con certeza quién, de dónde venía, por qué ahora. Y las sospechas, así lo parecían entender los cuatro agentes de la ARE, destruían incluso las mejores relaciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Temprano esa mañana, Molina se comunicó a su cuarto y lo citó para reunirse con él unas horas más tarde en Arlington Memorial.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Alrededor del monumento a los caídos en Iwo Jima, los dos antiguos trabajadores  de la CIA dieron vueltas, comiendo tacos de un puesto ambulante y sosteniendo una conversación sin mirarse a la cara, pendientes todo el tiempo de los pocos paseantes cercanos a ese parque en aquella mañana tan fría:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Tienen suerte —dijo Robert Molina al terminar su taco y arrojarlo en un cesto de basura—, puedo conseguir imágenes del diez de marzo y supongo que ustedes podrán encontrar el lugar desde donde se disparó el arma.&lt;br /&gt; —Gracias, es mucho más de lo que esperaba.&lt;br /&gt; —¿Realmente les va a servir de algo?&lt;br /&gt; —Veremos.&lt;br /&gt; —Sí, verán, pero que nadie más lo haga, ¿entiende? Esto sale de aquí pero ni se les pase por la cabeza emplearlo como evidencia contra nadie.&lt;br /&gt; —No somos policías —respondió Franklin deteniéndose en el mismo lugar donde habían empezado a caminar. Se cubrió la boca como si estuviera meditando y dijo—: ¿dónde puedo recoger el material?&lt;br /&gt; —Se lo dejé en la recepción del hotel donde se está hospedando. La contraseña para ingresar a los datos del disco es el nombre que le asignamos a Noriega.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Franklin sonrió, por el recuerdo o por el sobrenombre que entonces la CIA le tenía asignado al dictador panameño; como sea se alejó del lugar sin despedirse; Molina tomó el camino opuesto. El agente de la ARE llegó a su hotel quince minutos más tarde y tras encerrarse en su cuarto, con el sobre lacrado ya metido bajo su camisa, metió la ropa como pudo en su maleta, pidió un taxi para que lo recogiese a dos calles de distancia, frente a una tienda de abarrotes donde durante años hizo las compras de casa, pagó la cuenta añadiendo quince dólares de más y se apresuró como si huyera de la escena de un crimen. Quizá un comportamiento un tanto excéntrico, pero no dio muestras en algún momento de ser culpable de algo. De hecho, Franklin sabía que si fuera un verdadero agente de campo tendría que comportarse de otro modo al sacar una información delicada fuera del país. La diferencia consistía aquí que ignoraba los alcances de la oposición.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En la tienda compró un videojuego para computadora, arrojó el disco a la basura y lo reemplazo por los datos proporcionados por Molina. El oficial de aduanas no comentó nada al respecto cuando vio la caja de Chessmaster 4.000&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elizabeth le sirvió un café a Federico, estaban solos y escuchaban música mientras miraban por la ventana cómo un sol blanquecino palidecía la ciudad. No conversaban; habían decidido mantenerse en la oficina esperando, o bien nuevas órdenes de Max Cohen o información por parte de Franklin, de cuyo vuelo no tenían dato alguno. Danilo se había marchado una hora atrás; recibió una llamada a su teléfono móvil y pidió permiso para salir, pero sin jefe ahora, dar o pedir tal permiso resultaba una tontería, así lo vieron los tres agentes, se rieron en el momento, pero de momento Federico estaba molesto: caminaba de un lado al otro sin dejar de mirar por la ventana, a la nada realmente, intranquilo y tensionado. Elizabeth lo miraba recostada contra una columna. Durante un tiempo intercambiaron algunas frases: “¿Le ocurre algo?” preguntaba ella, “no, nada” respondía él. “Lo noto tenso”, decía Elizabeth; “pues son impresiones suyas” respondía Federico.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con el café tal vez pensó ella que se calmaría, pero la rutina del breve paseo de un punto al otro de la ventana no terminaba. Elizabeth intentó de nuevo iniciar un diálogo:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Usted sí cree que esa información que nos va a traer sirva de algo.&lt;br /&gt; Federico se detuvo en seco.&lt;br /&gt; —Y si pensó que estaba perdiendo el tiempo por qué no lo dijo —la mirada de Federico resolvió cualquier duda sobre el estado de ánimo del agente: ojos duros, frente constreñida.&lt;br /&gt; —A lo que me refería es a la utilidad que le podemos dar en una futura estrategia para atrapar al sospechoso.&lt;br /&gt; —Bueno eso sí no lo sé. Tocará esperar a ver, ¿no cree?&lt;br /&gt; Elizabeth fue a la cocina a dejar su taza, desde allá preguntó en el tono más informal:&lt;br /&gt; —Y antes de que esto pasara, ¿qué plan tenían para enfrentar algo así?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Federico finalmente se detuvo; soltó en una exhalación la mitad de la tensión que lo consumía y, viendo la taza vacía, se dirigió a la cocina. Elizabeth, con los brazos cruzados, esperaba una respuesta.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—No había plan —en la pausa llenó de nuevo su taza de café y sorbió ruidosamente al beber—. Se supone que esto no iba a pasar nunca. De pasar sería porque nos habríamos dormido y simplemente uno no se podía dormir en esto; si lo hacía, pues listo, se acabó. No teníamos un escenario como “oiga, tal vez le disparen al presidente y se salve y tenemos que atrapar al culpable”. Si hubieran matado a Vargas, o a quien quiera que fuera el presidente se cerraba la ARE. Así que una cosa como está… simplemente… fuera de lugar.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hablaron mucho; al caer la noche el silencio se incrementó hasta dejar oír todos los sonidos de la congestionada Avenida Séptima. Elizabeth y Federico emplearon esas horas en navegar por Internet, aunque cada uno ignoraba lo que el otro hacía. La llamada de Franklin, pasadas las siete de la noche, los despertó de su aislamiento; ordenaron una pizza al servicio de comidas de la torre y trataron de decidir qué hacer con las imágenes.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Definitivamente no podemos dejar que nadie las vea —afirmó Federico.&lt;br /&gt; —Pero en algún momento las vamos a tener que mostrar —aseguró Elizabeth.&lt;br /&gt; —Pero es que esa información pertenece a Frank; si él decide que la puede dejar ver por otras agencias, correcto, liberamos esa información. De otro modo no.&lt;br /&gt; —¿Son imágenes?&lt;br /&gt; —Qué más pueden ser.&lt;br /&gt; —No sé: interceptación de llamadas, correos electrónicos…&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Resonó el timbre de la puerta. Federico prácticamente dio un brinco sobre la recepción y encendió la pantalla para ver quién venía por el pasillo. No había un timbre como tal que pudiera ser presionado, sino que el detector de movimiento disparaba un ulular agudo en todo el centro del recibidor. Era Danilo. Recordando con cierto esfuerzo los códigos, Federico retiró los seguros de la puerta, acción que le tomó ocho minutos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—La ciudad está una mierda. No están dejando pasar a nadie por la del Dorado sin aguantarse ¡cuatro retenes!&lt;br /&gt; —Franklin llamó. Ya está por llegar —dijo Elizabeth.&lt;br /&gt; —No, si es que él me llamó del aeropuerto; lo tienen retenido con otros gringos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A pesar del tiempo que llevaba en Colombia, su ascendencia y cargo, Franklin seguía siendo ante todo estadounidense.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Llamemos a la policía aeroportuaria —sugirió Elizabeth y de inmediato se lanzó al teléfono. Federico la detuvo al instante:&lt;br /&gt; —Tengamos paciencia.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Y esperaron. A Franklin le tomó casi tres horas llegar a la oficina, tiempo en el cual comieron y escucharon las pocas cosas interesantes que Danilo tenía por narrar: estuvo con algunos amigos retirados de la Armada, comentando lo sucedido con el Presidente y atento a cualquier dato, rumor, o afirmación sospechosa. Elizabeth a ello no comentó nada, pero se levantó a mitad de la charla a fumar en la cocina, evidenciando el poco interés que le suscitaba el recuento de una tarde tan improductiva.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Franklin descargó sus maletas, sus noventa kilos de peso y rechazó de plano la pizza de pollo y champiñones; deseaba una cerveza, pero a esa hora era imposible conseguir una. Se aflojó entonces la corbata del todo, sacó la caja del videojuego y se la arrojó a Federico:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Ojala haya algo ahí de verdadero valor para nuestras indagaciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al instante Federico, Elizabeth y Danilo fueron a la computadora. Franklin debió decirles la contraseña aunque de seguro pasó por alto mencionar a qué hacía referencia la palabra “pineapple”. Al instante el programa se ejecutó: era un video de vigilancia satelital, en total tres horas grabadas a baja definición, y únicamente en un área que durante los primeros treinta minutos los agentes no pudieron identificar; todo eran manchas grises, saltos de la pantalla, y de cuando en cuando un vehículo que revelaba la presencia de una calle. Pero durante esa primera media hora no se revelaba nada valioso. Federico y Danilo, acostumbrados a labores de vigilancia, miraban la pantalla con la misma atención que le dedicarían a un aceptablemente entretenido programa de televisión; Elizabeth, por otra parte, aguantó acaso unos ocho minutos antes de pararse, estirarse, sentarse de nuevo, revisar sus uñas, frotarse el pie derecho durante un rato y bostezar repetidas veces. Franklin tampoco demostró mayor interés.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al minuto treinta y siete de filmación el foco de la cámara se desplaza rápidamente por varias manzanas. Allí descubrieron los agentes que la resolución de la cámara era alta pero que las imágenes estaban en tonos grises debido a que esta era una vigilancia con lente térmico. Por unos minutos no hubo más que una gran franja gris plomo en la pantalla, hasta que una forma evidentemente humana de color blanco aparecía junto a un cuadro de tono oscuro. El hombre se ocupaba de guardar algo en su mochila y segundos después corrió hasta alcanzar una motocicleta tendida en una zanja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Minuto treinta y ocho: cruza entre materiales de construcción apilados, tuberías y cubos compuestos por ladrillos de bloque. Alcanza un sendero en mejores condiciones que la arenosa superficie llena de fragmentos de grava y levanta diminutas nubes de polvo dejando una estela totalmente recta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Minuto treinta y nueve. Salta la cerca que limita la zona de construcción y se introduce por un callejón de la zona industrial. A su lado hay camiones estacionados pero no gente al parecer. En ningún momento aceleró más de lo debido —al menos esa era la impresión que daba a juzgar por el desplazamiento en dirección contraria de todo lo que lo rodeaba—, y en esas primeras calles no parecía haber testigos, o elementos suficientes como para indicar qué calles recorría. Las obras del antiguo sector de Patio Bonito cubrían varios kilómetros, lo que haría un reto encontrar aquella salida, determinar la dirección tomada y buscar allí cámaras de vigilancia.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La cámara siguió al hombre en moto otros dos kilómetros hasta una avenida más amplia, entonces los cuatro agentes se acercaron a la pantalla listos a encontrar cualquier detalle que permitiese reconocer el lugar. Al minuto cuarenta y cinco Federico aseguró que aquella era la Avenida Chile; no estaba seguro pero creyó reconocer las fachadas de un par de edificios. Pasada la primera hora los agentes estaban de acuerdo sobre la avenida, pero la moto seguía avanzando sin que nada la detuviese.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Una hora y cuarenta minutos más de imágenes. A ratos, cuando algo en la pantalla delataba la posición del terrorista —los cuatro estaban de acuerdo sobre quién era aquel hombre—, alguno mencionaba el nombre de la calle. En tal sentido Elizabeth resultaba más eficiente, mencionando los números calle por calle. Faltando cuatro minutos para que el video llegara a su fin el terrorista se detuvo, condujo su moto hasta un estacionamiento y luego atravesó una calle para entrar en un almacén de ropa. La imagen apuntó a la puerta por un minuto y diez segundos más antes de apagarse del todo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El almacén de cadena pertenecía a un centro comercial en el sector de Galerías. Federico le devolvió el video a Franklin y le sugirió guardarlo en la caja fuerte. Luego todos se pusieron de pie y decidieron que haría cada uno al día siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las ocho de la mañana del día quince de marzo los agentes de la ARE vieron por primera vez la cara del francotirador que había intentado asesinar al presidente de Colombia. Desde ese momento entrarían en una cuenta regresiva de horas para ponerlo bajo arresto y confirmarle al país que la nación seguía siendo un lugar seguro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-1324623381957614939?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2009/06/10.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-7309399215365127592</guid><pubDate>Sat, 25 Apr 2009 20:57:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-04-25T14:01:46.928-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;9. Pieza amenazada&lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Trece de marzo. En la oscuridad del amanecer, Franklin caminó seis calles hasta que encontró un taxi que lo depositó en Rose Hill, al sur de Washington. En la calle por la que se introdujo Franklin empezaban a retoñar los cerezos, olía a humedad fría y los autos aparcados en las entradas tenían sus ventanas veteadas de escarcha. Habían autos sedán y convertibles franceses, italianos y belgas; ninguno mayor de tres años. Un vecindario para los burócratas con dinero. En el 11406 pulsó el timbre unas cuatro veces y al final apareció una rubia de cuarenta y tantos años con el pelo húmedo y cubierta con una bata hurtada al hotel Plaza de Nueva York. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Molina —dijo Franklin sin saludar.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La rubia, sin abrir la boca, le franqueó el paso pero le pidió el favor de que limpiase sus zapatos en el tapete de la entrada. La casa, que por fuera daba la impresión de ser una pequeña mansión de tejados puntiagudos, muchas ventanas, puerta de caoba y aldabón dorado, por dentro denotaba los estragos causados por el tiempo y una vida hogareña no del todo palaciega: tapetes desgastados, libros fuera de lugar, juguetes esparcidos por la sala, una niña a medio vestir que lo miraba fijamente tras una puerta entreabierta y una anciana en caminador que parecía hacer un verdadero esfuerzo por llegar a una caótica y estrecha cocina situada en un extremo desde donde empezaba un desfile de ropa húmeda que llegaba hasta los muebles del comedor. Tras cerrar la puerta la rubia se inclinó hacia el piso, a los pies de Franklin, allí gateaba un bebé de ojos azules. Tras levantarlo la mujer señaló las escaleras:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Segundo piso, puerta del fondo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Como cruzar un portal entre dos mundos, así era subir esa escalera de caracol; donde terminaba el suelo cubierto por la basta y reseca alfombra y empezaba un suelo de madera lustrada tan suave como la superficie de un violín. Los ruidos del hogar que despierta dieron paso, tras el séptimo escalón, a un concierto para piano y clavicémbalo. La puerta del cuarto del fondo estaba abierta, y la luz de la mañana, pálida nívea, bañaba a un hombre encorvado en un escritorio minimalista. Franklin tocó suavemente y Molina alzó la vista por encima de sus gafas. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Huérfano y formado a pulso, Robert Molina había logrado entrar a Princeton cuando aún esta institución se negaba a aceptar negros, no como política oficial, sino por decisión interna de sus oscuros directivos. Descendiente de panameños, nunca fue bien visto por sus estirados compañeros, pero desde el principio de su carrera se ganó el respeto de sus maestros. Con una mente privilegiada, pasó del derecho a la física, de ahí a la Historia de Occidente y luego a maestrías en idiomas y el estudio de conflictos en Latinoamérica; estudios pagados de su bolsillo y de la entonces generosa chequera de la CIA. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Siéntate chico —dijo Robert señalando una silla ocupada por una torre de ensayos con empastes amarillos—. ¿Ya te ofrecieron café allá abajo?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Nadie sabía cuándo entró a trabajar para la Compañía; sus registros fueron borrados y quienes le vieron llegar ya estaban jubilados o muertos. Había trabajado para Allen Dulles y a su servicio se transformó en el mayor estratega de la agencia para el Hemisferio Sur. En su carrera, admitía, había cometido varios errores, pero no se lamentaba por lo que había hecho ni por las políticas que, en parte debido a él, empleó la Unión para luchar contra el comunismo en Centro y Sur América.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Creo que… ¿Silvie? Estaba algo ocupada, y no quise molestarla.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Como otros tantos espiócratas, había tenido más de una mujer; tres en su caso y todas del Distrito de Columbia. Su verdadera vida fue en los corredores de la agencia, primero en el corazón de Washington y más tarde entre los bosques de Virginia. Se retiró a mediados de los noventa por orden expresa de Tenet quien, tras encontrarlo rodeado de sus innumerables medicamentos, ordenó hacer una ceremonia en su honor, darle una pensión y una casa en Rose Hill. Desde entonces Molina daba conferencias para la hermandad de servicios secretos y clases en Georgetown. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Esa zorra… En todo caso, es un gusto verte, chico. Escuché que estabas en cierta clase de club de policías en tu país natal. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ese espacio allí en la segunda planta de su casa era el reflejo exacto del despacho que había tenido en el tercer piso del bloque 2 en Langley. Las paredes llenas de recortes de prensa; cajas de cartón para documentos marcadas con siglas nombres de países, la inevitable bandera, una foto de Andreas Kelly autografiada en la pared izquierda y la Declaración de Independencia en la otra, cincuenta lápices bien afilados sobre el escritorio y un pequeño librero con la Biblia, la Constitución, Ulysses de Joyce y un volumen de poemas de Emily Dickinson. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Nada tan elegante; es una empresa de análisis en seguridad para los jefazos del estado mayor. Analizamos seguridad y si hay algo mal les decimos. De seguro ya escuchaste lo que pasó hace un par de días con Vargas. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cuando Franklin Villareal entró en la CIA, Molina se convirtió, si bien no en su jefe —recordemos que el primero era de Operaciones y  el segundo de Análisis— si se transformó en un guía y un maestro que lo salvó en más de una ocasión de caer en los pozos sin fondo del tenebroso mundo del espionaje. En una época donde muchos terminaban despedidos o relegados al pasillo de Archivos por cometer errores de juicio, dormirse en vigilancia, o dispararse en el pie, Franklin tuvo la continua asistencia de Molina, trasformándose este casi en un padre adoptivo. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Vargas. Muchos por este pueblo quisieran muerto a ese bastardo; pero ese bastardo tiene pelotas y no es nada tonto y no se dejará joder por el señor presidente. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Tras el asunto en Bolivia, Franklin pasó al equipo de análisis de Molina. Juntos trabajaron por casi diez años sobre una mesa de tres por tres, analizando fotos y estableciendo conexiones entre los nombres que arrojaba cada semana el teletipo. El trabajo de la unidad permitió crear la fuerza de tareas encargada de coordinar la ayuda a los Contra en Nicaragua. Cuando el asunto se ventiló a la luz pública la oficina fue cerrada; Franklin enviado a Archivo y Molina empezó a escuchar a sus superiores decir que “the old shelf” estaba para tirar a la calle, o a un hogar de ancianos. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Ahora me pregunto cuántos por ahí lo estarán pensando en serio. Hay mucha gente preocupada en el gobierno de Colombia y no faltarán los halcones que miren en esta dirección.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La relación como compañeros de trabajó terminó, pero no así la amistad, la cual mantuvieron mediante correo y llamadas telefónicas. Desde que Franklin había ingresado a la ARE se había comunicado dos veces con Molina para solicitarle ayuda teórica en casos complicados; en ambas ocasiones siempre se comunicó con él mediante correo electrónico en el que lo llamaba “querido profesor” y se despedía firmando “su agradecido alumno”. Entonces, que se presentara al despuntar un día cualquiera de marzo, con la camisa arrugada y el rostro sin afeitar, solo podía indicar que buscaba asesoría, e incluso, información. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Lo que has venido a averiguar es si la Compañía tiene algún interés en la muerte de Vargas. Relájate, porque no lo tienen. Verás, el presidente Kelly podrá ser el hijo de un campesino sin modales, pero es honesto; es posiblemente el tipo más limpio en Washington, de lejos. Ahora, la política oficial del Senado es otra: quieren quemar la imagen de Vargas, y quieren quemarlo lo suficiente como para que cada hombre, mujer y niño escupan su foto cuando la vuelvan a ver en Time. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¿Qué hay del doctor Staunton? ¿Aprobaría una acción encubierta debajo de cuerda? &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¿Staunton? ¿Es un chiste? Cielos, si veo a alguien dirigiendo a los demócratas en cuatro años será a él. Jesús, era el juez predilecto de Frank Beuler; juegan al golf y todo eso, quiero decir. Staunton es de los que cree en la tecnocracia y por eso no me agrada, pero ni siquiera consideraría atacar a Vargas o a ningún otro jefe de estado. Al menos no se comprometería con ello. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¿Qué hay de grupos derechistas? Radicales y eso.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Espera, espera, espera —fue diciendo Molina mientras se ponía en pie. Le costaba tanto esfuerzo enderezarse y caminar, que por momentos parecía un castillo de naipes ambulante, siempre listo a deshacerse tras cada paso dado. En una larga mesa del fondo, entre sus múltiples trofeos de natación —así llegó a Princeton, nadando como un cetáceo— había una vieja cafetera eléctrica, uno de los primeros modelos de Oster de este tipo de máquina. De seguro en algún extremo decía aún “propiedad de la CIA”, pero en América tomar algo de la oficina al momento del retiro hace parte del acervo cultural—. ¿Estas considerando… verdaderamente están ustedes considerando la posibilidad de que los Estados Unidos esté envuelto en un complot para matar a su presidente?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Te lo dije, hay mucha gente preocupada en Bogotá.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¡Diablos no! &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Tras su atronadora exclamación soltó la taza en la que pretendía servir café, esta era de metal y solo produjo un ruido leve al chocar con la mullida alfombra persa. Molina respiraba rápidamente, pero regresó a la normalidad tras pasar algo de saliva. Dejó la cafetera en su lugar, pero para ese instante ya Franklin recogía la taza y se encargaba de servir la bebida. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Cielos, chico, lo siento —dijo lentamente. Franklin puso una taza llena de café humeante y muy dulce frente a él—. Gracias. Cielos, demonios, sabes que amo a este país. Le serví por casi cuarenta y cinco años, más que ninguna otra persona. Y durante todos esos años tuve que ver como los medios y los vagos malinterpretaban todo lo que hacíamos. Basura. Es tan fácil juzgar cuando estás viendo un libro de Historia; ¿pero dónde estaban todos ellos cuando las cosas pasaban? Tú sabes a lo que me estoy refiriendo. Cuántas veces vimos pasar frente a nosotros esos asuntos asquerosos, esas muertes, esos regímenes terribles, sabiendo al mismo tiempo que no podíamos hacer nada, ¿ah?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Sí, sé a lo que te refieres. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Mírame aquí, tratando de llevar un hogar y una vida. Soy un fracaso en eso, pero mi carrera y mi servicio a la patria nunca lo dejé. Aún conozco gente en los servicios secretos; gente que conoce gente y así y así. Tal vez pueda ayudarte a saber quién quiere muerto a tu presidente. No me gusta el tipo, no te mentiré, pero yo no creo que esta clase de cosas deban hacerse; él tiene su oportunidad de hacer las cosas a su forma, o si no que el pueblo de Colombia lo juzgue. Parte de tener tanto poder significa el compromiso a hacer las cosas bien cuando pueden hacerse. Cada día que llegaba a trabajar pensaba en eso; miraba los mapas en la mesa y pensaba, “¿qué está pasando allí que yo pueda resolver?”; solo unas pocas veces me llegó la respuesta, y menos veces aún pude hacer algo. Pero esta vez, me toca, supongo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Gracias, Bob —respondió Franklin simplemente, y se quedaron en silencio, bebiéndose su café y mirando un viejo globo terráqueo suspendido del techo mediante un hilo casi invisible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Franklin abandonaba la casa de Robert Molina, los tres agentes de la ARE tenían su reunión, la primera con la presencia de Elizabeth Betancur. Allí estaba Max Cohen, ocupando de nuevo el escritorio sagrado del difunto Ever Ríos;  pasaba las carpetas ante sus ojos mirándolas de lejos, dejando resbalar las pupilas de un extremo a otro del papel; o era un lector muy veloz o buscaba algo que parecía no encontrar en ninguno de los tres informes. Terminada la revisión ordenó las carpetas y miró a sus trabajadores con sacerdotal resignación:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¿Esto es todo?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Esto puso en tensión a Elizabeth; Federico soltó un suspiro y Danilo, en medio, miró a sus compañeros esperando sus reacciones. Este fue el primero dar contestación:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Bueno han sido veinticuatro horas…&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¿Y las primeras veinticuatro horas son? —cuestionamiento retórico que Elizabeth respondió al instante:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Son las últimas veinticuatro horas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Franklin podría haber conseguido algo —intervino defensivamente Federico— mientras Elizabeth terminaba de declamar las últimas tres sílabas—. Está en Washington y tiene ahí unos buenos contactos; se sabe mover y todo eso. —Pareció notar que se aproximaba una réplica por parte de Cohen, así que, acelerando su explicación, agregó— Ya sé que va a parecer contrario al procedimiento, o a la lógica, estar buscando a los culpables tan lejos de donde pasaron las cosas. Pero le pido, doctor, que le demos a Franklin un compás de espera antes de declarar que esta agencia no ha hecho mayor cosa.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Yo no dije eso, Federico.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Pero con su tono lo dejó clarísimo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—A ver —Max se reclinó en la silla y su expresión de cura párroco se transformó en la adusta mueca del juez que añade el comentario moral al juicio—. Yo quiero que entiendan, por un lado, las presiones a las que estoy sometido, y segundo que entiendan la necesidad que tenemos de proactividad, de encontrar resultados y de aclarar las cosas. Más que todo de aclarar las cosas. Yo me tengo que presentar todos los días en la Casa de Nariño y ¿qué les voy a llevar? ¿Tres carpetas como estas, una además con errores de ortografía?&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Danilo se pasó una mano por la nuca y bajó la vista hasta las puntas de sus zapatos. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Entiendan bien la vaina: necesitamos decirle al señor Presidente y a sus perros amaestrados qué pasó, qué vamos a hacer, y cómo lo vamos a hacer. Y yo necesito un plan de acción.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Elizabeth se puso en pie, sus compañeros la miraron no sin cierto sobresalto.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Dígales que tenemos un perfil del atacante y que las pesquisas para encontrarlo ya están por buen camino.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—¡Genial, buenísimo! Qué dicha escuchar esas palabras. Señorita me encantaría que viniera conmigo a Palacio y le diga exactamente eso a la gente con la que me tengo que reunir.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—No es necesario el sarcasmo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Es que yo no estoy siendo sarcástico. Usted tiene bonita voz, parece estar muy segura de lo que dice y, además, eso es lo que quieren oír; que se están haciendo vainas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Dígales además que podemos coordinar la captura del sospechoso y, si no ha salido de la ciudad, tenerlo cercado en las próximas veinticuatro horas. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Pero añada —dijo Federico levantándose igualmente— que no hemos descartado la presencia de filtraciones dentro del gobierno, así que todo de aquí en adelante está en manos nuestras, que necesitamos acceso a todas las fuerzas del orden, pero hasta no tener bajo custodia al terrorista no vamos a hacer declaraciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Máximo Cohen se pasaba un dedo bajo la mandíbula sin quitar la vista de sus dos agentes. Meditaba, sin duda, tal vez no tanto en la validez de estos argumentos sino en los detalles que debía añadir a estos para consolidar su discurso ante el jefe y los otros. Como hombre de aguda retórica, terminó la concepción de su alegato en cuarenta segundos, dejó la pose y, acomodándose el ajustado chaleco y la corbata fija bajo este, se fue levantando mientras se despedía:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;—Aunque les diga todo eso van a querer estar pendientes del asunto. Pero más vale que Franklin nos traiga algo bueno o estas próximas veinticuatro horas van a ser un desperdicio. Si logro convencer con lo que ustedes dicen a  Vargas, vamos a tener tanto discreción con el asunto como la cooperación de las demás instituciones, y, si realmente el tipo no ha salido de la ciudad y la estrategia funciona, tal vez, quién sabe, demos con él.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Max Cohen dejó la oficina no mucho tiempo después, pero los agentes de la ARE optaron por planear su propia estrategia para atrapar al atacante, o al menos su identidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-7309399215365127592?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2009/04/9.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-8273123607896647681</guid><pubDate>Tue, 20 Jan 2009 22:49:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-01-20T15:07:35.770-08:00</atom:updated><title></title><description>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;8. Defensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;Elizabeth recibió un arma, una identificación, y una clave para el sistema de computadoras. A altas horas de la noche del once de marzo terminó la primera reunión con la nueva miembro de la ARE. Se le explicó el plan a seguir; ella debía regresar con la Policía y averiguar todo lo que estos supieran sobre la forma en como había sido ejecutado el atentado. Un agente del DAS había muerto también durante el atentado y los forenses podrían tener una idea más clara de quién había sido su verdugo. Danilo iría a inteligencia militar y Franklin tomaría el primer vuelo a los Estados Unidos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Mientras cenaban, la noche del catorce, una pizza vegetariana y coca cola, llegaron a las siguientes conclusiones: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Era muy importante averiguar el origen y el recorrido del arma.&lt;br /&gt;2. Monitorear la actividad de antiguos mercenarios que hubiesen ya trabajado en Colombia.&lt;br /&gt;3. Hallar algún rastro, cualquiera, de comunicaciones sospechosas, o planes para acabar con la vida del Presidente actual o anterior. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las seis de la mañana Franklin abordó el avión de American con destino a Atlanta. Danilo el Avianca directo a Cartagena. Elizabeth su automóvil hacia los cuarteles generales de la Policía Nacional, y Federico al de la DNE. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La Dirección Nacional de Estudios está ubicada entre las avenidas El Dorado y 68. Es un edificio de concreto con vidrios de seguridad y un amplio perímetro electrificado y vigilado por más de treinta cámaras. El acceso allí está muy restringido, aún para miembros del ejecutivo, pero en el caso de Federico, bastó su identificación como agente de la ARE, pero debió entregar su arma para poder seguir dentro. Lo primero que impresiona al visitante es lo joven que es el personal allí: la mayoría son muchachos y muchachas que no pasan de los veinticinco; todos ataviados de trajes médicos grises y zapatos de lona. El resto son los “profesionales”, agentes o analistas con algún rango que les permite vestir de zapatos de cuero y corbata a la moda. Estos rara vez se mueven de sus despachos, a menos que sea la hora de almorzar o se les requiera en algún otro lugar del complejo. Por último hay hombres vestidos rigurosamente de negro parados en los extremos de los corredores con la quietud propia de la guardia suiza del Vaticano. Son los únicos que portan armas; las temibles A-777 que pueden atravesar el pecho de un hombre de lado a lado sin perder su trayectoria. Hay además un elemento que siempre resulta divertido y que ha despertado la imaginación de muchos por fuera de las rejas de aquel lugar: los robots. Son unidades en forma de tonel de cerca de un metro de altura con cámaras giratorias en sus costados; se pasean por los corredores, baños y cualquier lugar abierto como si fuesen curiosas mascotas. Cuando fueron introducidos, un año y medio atrás, se decía que eran capaces de liberar humo o dispararle a los intrusos. La verdad es que aquellos tambores con ruedas están programados para ubicar y señalar cualquier cosa fuera de lugar: una línea de electricidad que se calienta demasiado, una luz que parpadea, un escape de agua en un lavabo, o incluso un empleado fumando; se envía una señal al piso de vigilancia y esta se comunica con los encargados de ponerle fin al problema. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cualquiera podía sentirse allí como en una nave espacial: con temperatura controlada, jóvenes vestidos de gris, soldados de negro y robots paseantes, el cuartel general de la DNE agradaba o inquietaba a sus pocos visitantes, dependiendo de lo impresionables que fuesen. Federico se acercó a la recepción y allí un viejo guardia de ojos cansados le preguntó que deseaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Me dirijo a ver al subdirector de S2. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El guardián de la puerta no preguntó si tenía cita o no, tal cosa no existe en la DNE; si alguien está allí parado es porque debía estar allí. El viejo levantó una mano y llamó a una muchacha pelirroja. Solícita se acercó corriendo y escuchó la breve orden:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Este hombre va a donde al uno de S2.&lt;br /&gt; —Uno de S2 —repitió la chica, enseñó su espalda y empezó a caminar hacia las escaleras que conducían al segundo piso. Sin nada que añadir, el portero dirigió su vista de nuevo hacia la computadora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Federico siguió la chica sin preguntarle nada; era bastante bonita pero acaso tendría diecinueve años. La DNE no recibe aspirantes ni currículos; busca y recluta al personal que requiera, desde aquellos muchachos hasta su director, elección esta última que está en manos del Presidente. Los chicos eran escogidos de entre los mejores bachilleres de Colombia, de acuerdo al puntaje del examen ICFES, una prueba obligatoria para todo colombiano que aspire a cursar estudios superiores. Los agentes de reclutamiento revisan el historial de los chicos, les hacen una entrevista en casa, se les hace un nuevo examen para medir su coeficiente intelectual, pasan tres pruebas de polígrafo, dos con psicólogos y finalmente son llevados a un curso de inducción que toma una semana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ya dentro del cuartel general se les indica que allí están al servicio de todo el mundo. Desde limpiar oficinas hasta llevar recados o sacar copias, ya que hasta cierto grado de antigüedad no se le permite a los analistas sacar copias solos. Posiblemente esa es una de las tareas más importantes de los “mini espías” como se les llama jocosamente a los muchachos de overol gris: ser testigos de todo y vigilar que nadie hiciese nada sospechoso. Si alguien se metía demasiado tiempo en el baño alguno terminaría acercándose a averiguar qué ocurría; si un agente trabajaba por encima de su tiempo reglamentario de seguro tendría a un mini espía allí echando una mirada. Agentes y analistas parecen entender esto, pese a que no sea muy halagador, y procuran llevarse bien con los chicos, que además son muy valorados por los directivos de la agencia. Se dice que cierta vez un analista veterano trató de sobrepasarse con una muchacha, la chica puso la queja y el analista fue despedido de inmediato. A cambio de una lealtad a toda prueba, estos jóvenes reciben subsidios de hasta el ochenta por ciento sobre el costo total de su carrera, jugosos bonos sobre su salario y cartas de recomendación para asegurarles empleo una vez obtenido su título.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Tras cruzar un intrincado laberinto de divisiones y puertas, la pelirroja se detuvo al pie de una puerta marcada con las letras “UNO”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Uno de S2. ¿Desea algo más?&lt;br /&gt; —No, muchas gracias —respondió Federico mostrando su mejor sonrisa; sin mirarle de nuevo la chica despareció entre los corredores. El agente tocó la puerta y tras escuchar una voz al fondo otorgarle el permiso de seguir entró. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Justo Cifuentes parecía más un policía de los años setenta que un ex general retirado del Ejército: abundante cabellera negra y ondulada, grandes gafas de marco negro y un bigote de cepillo que ocultaba las continuas malas palabras que formaban sus labios sin emitir ruido. Al entrar Federico el bigote se agitó convulso mientras los pequeños ojos del general retirado apuntaban al inesperado visitante. Tras cerrar la puerta, la expresión de alerta desapareció y los labios se ensancharon en una ensayada sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Don Federico… pláceme verlo.&lt;br /&gt; —General —saludó simplemente el agente tomando asiento de inmediato. &lt;br /&gt; —Aquí no me tiene que llamar general; eso es para los doblehijueputas que no les enseñaron a tener respeto a sus mayores —las manos de Cifuentes estaban manchadas de tinta. En su escritorio había cuatro esferos de diferentes colores y las carpetas con informes, fotocopias de informes y fotos formaban dos pilas a lado y lado. En la DNE nadie puede estar ocioso o corre el riesgo de ser “sapeado” por los mini espías— Cuénteme, ¿cómo para qué soy bueno?&lt;br /&gt; —Alguien trató de matar a Vargas. Falló pero nuestro primer análisis muestra que es bueno; solo que uno de los hombres de seguridad se le adelantó un paso.&lt;br /&gt; —“Hombre de seguridad” —remedó en voz baja Cifuentes—. ¡Mataron a Ríos! Ah, ese negro hijueputa era el tipo más valiente de este país. &lt;br /&gt; —Y era mi amigo.&lt;br /&gt; —Y amigo del Presidente y de todo el mundo. Cuando nos informaron a mí casi me da un patatús. Yo lo conocí brevemente pero leí todos los informes sobre él: tenía los cojones bien puestos.&lt;br /&gt; —Estaba detrás de toda la seguridad de Vargas; pero el asesino pudo poner un rifle a más de un kilómetro y disparar. Hablamos de un rifle calibre .50.&lt;br /&gt; —Sí, aquí nos enteramos. Cada bala de esa vaina parece un consolador. &lt;br /&gt; —Debió venir de fuera. El arma. Y el matón también. &lt;br /&gt; —Dio usted en el clavo, mi amigo —el general se reclinó en su silla y empezó a mascar la punta de uno de sus esferos mirando con admiración a Federico. Pronto volvió a erguirse y tomó unas veinte carpetas de su costado derecho—. Estos son los primeros reportes de estación sobre la actividad de los bandidos de las Farc. &lt;br /&gt; —¿Las Farc?&lt;br /&gt; —“¿Las Farc?” Claro que sí, guevón; quién más va a querer atentar contra la vida del señor Presidente.&lt;br /&gt; —¿Estos son reportes de inteligencia? —Exclamó impresionado Federico mientras tomaba una carpeta que le fue arrebatada de inmediato— ¿Tenemos confirmación?&lt;br /&gt; —¡Upale! —Dijo Cifuentes colocando el documento de vuelta en su lugar— A ver si aprendemos a respetar. Los de inteligencia no tiran ni meados; estos son análisis que yo mandé a hacer de acuerdo al comportamiento y las llamadas de los bandidos. &lt;br /&gt; —A ver, vuelvo y pregunto: ¿hay alguna confirmación de esto? Alguna llamada, un mensaje, alguna cosa…&lt;br /&gt; —Nada en concreto todavía. Pero ustedes tienen que entender que estas cosas toman tiempo. Esa gente es muy astuta y no se va a poner a decir por teléfono —levantó una bocina invisible y la sostuvo junto a su rostro—: “listo, ya mandé a fulanito para que mate al triplehijueputa de Vargas”. &lt;br /&gt; —¿Entonces S1 no le ha mandado nada?&lt;br /&gt; —Pues sí mandan algo —dijo el subdirector de contrainteligencia regresando a su tono calmado—, pero mire —y abrió una de las carpetas del lado derecho—: cuentas, cuentas, cuentas, cuentas —a medida en que repetía la palabra pasaba copias de largas líneas de números llenas de círculos rojos y anotaciones enrevesadas— y más cuentas. Pagan esto, deben lo otro, compran aquello. —Soltó una risotada y agregó— Vea, el mes pasado tuvieron que cerrar el Club Bolivariano de Viena; ¡estaban debiendo siete meses de arriendo! Esos pobres hijueputas no tienen ni qué comer. Al que llaman “comandante Alfredo” le tocó empezar a repartir periódicos y lavar platos en un MacDonalds —y estalló en risas, siendo acompañado, más reservadamente, por Federico, a quien la existencia crepuscular de las Farc le tenía sin cuidado. Estaba seguro que de estar ellos involucrados en un atentado contra Vargas ya todos, y sobre todo la ARE, estarían al corriente. En realidad los exiliados de las antiguas fuerzas guerrilleras se habían entregado a labores mal remuneradas, y aquellos con algo más de cerebro a producir literatura socialista y dictar cátedras en universidades de España y Francia. El Club Bolivariano era un centro de estudios sobre la problemática de tierras en las naciones de la antigua Gran Colombia: Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cuando la risa se extinguió por completo, Federico tomó aire para soltar su tono más tajante:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Hay verdaderamente la posibilidad de que un asesino profesional esté en el país con la firme resolución de matar a Vargas. Eso es lo que creemos. Ahora yo pregunto: ¿hay esta clase de personas? &lt;br /&gt; —¿Asesinos a sueldo?&lt;br /&gt; —Sí. &lt;br /&gt; —No. Al menos no como usted se los imagina, o se los puede imaginar cualquiera, con un apartamento lujoso, y veinte pasaportes, y que viven matando presidentes por todo el mundo. La mayoría de los sicarios trabajan para bandas criminales. La época de los asesinos al servicio de los gobiernos se acabó, al menos en los países civilizados. Quién sabe como sea la vaina por allá en el África. Pero gente a la que se le llame, se le de una contraseña y pida tantos millones por matar a un presidente, no. No creo, al menos.&lt;br /&gt; —¿Por qué no? Discúlpeme que joda tanto pero tengo que estar seguro.&lt;br /&gt; —Ay, don Federico… Vea: supongamos que hay una persona con las habilidades suficientes como para ser un sicario capaz de matar a un presidente. ¿Cómo van a hacer para contactarlo? El sicario necesitaría estar trabajando para alguien, y si, digamos, trabajara para la mafia italiana, la mafia china, o la mafia rusa, pues, por poner ejemplos de bandas de crimen organizado, la Interpol y las agencias de inteligencia ya lo sabrían.&lt;br /&gt; —Correcto. Entendido. ¿Qué hay de los mercenarios? &lt;br /&gt; —Con los asesores militares, o mercenarios, como quiera usted decirles, hay un problemita semejante. Vea: los gobiernos contratan son los servicios de agencias de militares profesionales retirados. Como Blackwater, por citarle un ejemplo sencillo. Estas agencias, ya sea en Europa del Este, ya sea en Estados Unidos, están reglamentadas por los gobiernos y se ciñen a los mismos acuerdos, o a acuerdos parecidos, que las armas. O sea, nadie puede salir de determinado país como aventurero e irse a pelear una guerra en otro lado sin estar violando la ley.&lt;br /&gt; —O sea que de haber una persona así en Colombia.&lt;br /&gt; —Osease mi querido doctor Góngora, que de haber tal persona por estos lados, si viene de Francia, de Inglaterra o de los Estados Unidos, esos gobiernos nos lo harían saber porque tanto el FBI, como el SDT, como el MI-5 ya los tienen fichados, precisamente para que este tipo de vainas no pasen.&lt;br /&gt; —¿Y si viene de otro lado?&lt;br /&gt; —Pues quedan dos opciones; una que haya venido sin que los de fuera se den cuenta; pero tendría que pasar los registros de inmigración o entrar sin papeles, y esos son demasiados riesgos. U otra es que nunca antes haya trabajado en Colombia, pero eso no es modus operandi de nadie en el negocio, ¿sabe porqué?&lt;br /&gt; —Compatibilidad de terreno. No podría trabajar si no sabe dónde está pisando.&lt;br /&gt; —Esa vaina. Y en ese caso el DAS tiene reportados a todos los extranjeros que andan ahí medio perdidos o metiendo las narices donde no deben. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Y Federico sabía que de ser así ellos, la ARE, ya tendrían el nombre y la descripción en una base de datos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Algo más? —Preguntó el general.&lt;br /&gt; —¿Pueden ubicar la fuente de origen del arma? &lt;br /&gt; —Mijo, eso es como tratar de averiguar dónde cogió una puta la gonorrea que le acaba de pegar a uno. ¡Sabrá Mandrake! &lt;br /&gt; —Mierda…&lt;br /&gt; —Primero tenemos que encontrar el arma, saber qué modelo es y de qué año, entonces sí podríamos tratar de averiguar de dónde carajos salió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cifuentes estaba en lo cierto, y parecía increíble que un arma tan grande hubiese desaparecido en las narices de todas las fuerzas de seguridad juntas. Ahora mismo el fusil podía estar desarmado y enterrado. El asesino debía haber cargado el instrumento en su espalda y huir en un vehículo ligero que, por cierto, no dejó marcas alrededor del sitio donde disparó. Federico abandonó el cuartel general de la DNE y se encaminó hacia las oficinas del DAS, algunos kilómetros al oriente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras eso ocurría Danilo esperaba en un café a que terminase la hora de almuerzo de los oficiales de la Armada. Debía verse con el jefe de Inteligencia Naval, almirante Milciades Carreño, a quien conocía de sus días en el GCA. Confiaba en que su pasado e historial con la institución bastasen para entablar una charla productiva sobre cualquier movimiento que hubiese puesto en alerta a todo el sistema de espionaje militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Franklin continuaba volando rumbo al norte y en el cuartel general de la Policía Nacional se encontraba Elizabeth haciendo preguntas similares a las que Federico hizo al subdirector de S2 de la DNE. Aunque, a diferencia de Góngora, Alba y su contacto, la mayor de la SIJIN Clemencia Gómez, no hablaban en una oficina, sino en el auto de la agente Alba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Pues sí mijita que las cosas se han puesto tiesas por acá: han echado a un poco de gente. Y gente buena, gente trabajadora. Y quiénes se quedan, se quedan los que menos trabajan, los que ya llevan los años haciendo ni mierda y están es acurrucados esperando la pensión —dijo la mayor Gómez entre bocado y bocado de su sándwich de pollo y rúgula. Su edad era desconocida, pero era robusta y de anchas caderas lo que provocaba que su uniforme luciera ajustado. Su cara, en otro tiempo bella y de rasgos finos, parecía deformada, como un globo mal inflado, debido al aumento de peso que significó sacarla de la calle y ponerla en un despacho, a parte de concebir cuatro hijos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Sus quejas se debían al deterioro general que sufría la Policía Nacional. Desde el proceso de partición federal que había sufrido la antes centralista nación colombiana, cada estado tenía su propio sistema policial, con uniformes y métodos distintos. La Policía Nacional entonces debía ser el órgano veedor y coordinador de estas fuerzas, y para ello claro, la administración central ya no requería tanto personal como antes. La Procuraduría General de la Nación, además, vivía apretándole las clavijas a la institución, y para cumplir con los estándares requeridos, los oficiales superiores vivían despidiendo y reemplazando subalternos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Al terminar con su sándwich la oficial hizo una pequeña bola con la envoltura plástica y la arrojó al fondo del auto. Elizabeth, que dejó de comer su almuerzo cuando descubrió que había queso picado entre el pollo le ofreció su sándwich a Clemencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Uy  gracias mijita, mi dios se lo pague. Que es ahora me da un hambre tenaz. Debe ser el estrés, pero me estoy poniendo como una lechona esperando su Nochebuena. En cambio mírese, si usted está como una reina, como una princesa. ¿Usted mi amor cómo hace para estar tan linda? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Elizabeth rió protocolariamente mientras se limpiaba los labios y buscaba sitio dónde arrojar la servilleta usada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Eso tírela por ahí, usted no se me afane —le sugirió la mayor.&lt;br /&gt; —Pues ha de ser la falta de marido —dijo sin Elizabeth sin ocultar su tristeza—. Y el estrés me imagino, o la falta de estrés, o ya ni sé. Lo que pasó el otro día con el Presidente me hizo recordar esos días terribles, esas jornadas tan angustiantes en que uno no sabía a qué momento iba a estallar la siguiente bomba. Ah… yo creo que me dejo llevar mucho por las cosas que pasan. Las noticias malas siempre me ponen así.&lt;br /&gt; —Hmmm… y si viera la mano de cosas que yo tengo que ver sumercé. &lt;br /&gt; —¿Qué cosas?&lt;br /&gt; —Pues le cuento que anoche mi coronel llegó verde de la piedra.&lt;br /&gt; —¿Don Arnulfo? —Elizabeth se refería al teniente coronel Arnulfo Tafur, jefe de Investigación Nacional y esposo de Clemencia. &lt;br /&gt; —El día del atentado el ministro reunió a todo el mundo y les pegó la qué vaciada, y claro, mi general Betancur se descargó con todos ayer por la mañana. Que eran una mano de incompetentes, que no servían pa’ ni mierda… Eso les dijo hasta de qué se iban a morir. Y es que parece que a unos patrulleros que cerraban el cerco por la cuarta este se les voló el tipo que hizo el disparo.&lt;br /&gt; —¿El asesino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; La mayor asintió sosteniendo el labio inferior apretado bajo sus dientes superiores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Un momento —exclamó Elizabeth acomodándose el cabello nerviosamente—, ¿usted me está diciendo que lo vieron?&lt;br /&gt; —Pues mire. Los chinos, porque son un par de culicagados de la Metropolitana, estaban haciendo una ronda allá por los caños; seguramente estaban evadidos, ni idea. Pero, dicen que cuando sonó la advertencia por el radio ellos vieron salir de la zona de construcción a un man en una moto. De civil. Iba volado. &lt;br /&gt; —¿Y por qué no se lanzaron a perseguirlo?&lt;br /&gt; —Por güevones. Claro, al momentico no lo relacionaron y cuando cayeron en cuenta pues ni dieron con el rastro del man; con ese aguacero tan tremendo que cayó…&lt;br /&gt; —¿Llevaba algo? El arma… un paquete. &lt;br /&gt; —Una mochila grande.&lt;br /&gt; —¿Cómo era el tipo?&lt;br /&gt; —Pues en eso no se ponen de acuerdo, porque, a ver, uno dice que era como moreno, como medio indio, y el otro que no, que era que llevaba una media velada en la cara y además, en eso sí están seguros, que llevaba un gorro de lana. &lt;br /&gt; —Ni casco ni chaleco reflectivo. &lt;br /&gt; —Nada… si por eso es que estamos tan seguros que ese es. Además de que iba a toda mierda, estaba en la zona de construcción, y allá no podía quedarse nadie. ¿Quién más iba a ser? ¡Ese era el tipo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Elizabeth guardó silencio unos segundos y se terminó su botella de agua mineral. Parecía buscar respuestas o mejores preguntas. Al final, como si el resto de la conversación no hubiera ocurrido, preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Y qué más dijo su marido?&lt;br /&gt; —No me dijo nada más, estaba todo chicho. Y cómo no iba a estar, si casi lo echan; o mejor dicho, está a un pelito que de que me lo boten del servicio activo si no se arregla esta vaina cuanto antes, mijita. &lt;br /&gt; —Y luego que supieron lo de la moto no trataron de relacionarlo con algo: con huellas que haya dejado en el sitio, o con vehículos robados…&lt;br /&gt; —Pero si no ve que despuecito llegaron los de contraterrorismo, luego los del DAS, los de la DNE, y periodistas y de todo. Eso lo dejaron echo un sancocho y a los forenses, pues los que hacen la vaina, qué iban a hacer en medio de ese zaperoco. Nada, no hay ni una sola huella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasadas las tres de la tarde Danilo fue recibido por el almirante. Durante los primeros treinta minutos discutieron sobre asuntos de la vida cotidiana de cada uno, el pasado, y los posibles autores del atentado. Al igual que el subdirector de contrainteligencia de la DNE, el almirante Carreño podía apostar a que miembros de las Farc habían puesto en marcha el asunto. Danilo no intentó persuadirlo, y prefirió por seguirle la cuerda al hombre. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Y cómo introducen un arma tan grande? —Preguntó el agente revolviendo el café que acaban de servirle &lt;br /&gt; —Posiblemente a través de Venezuela o Ecuador —el almirante se reclinó en su silla y encendió un puro de fabricación nacional. Exhalando el humo y mirando la punta arder, agregó—: Pero una mejor posibilidad sería por barco, no le quepa la menor duda.&lt;br /&gt; —¿Porqué?&lt;br /&gt; —Bueno, los barcos transportan todo, incluyendo grano y maquinaria a un ritmo que no permite un control efectivo de la aduana. Piense que si arriban a Buenaventura tres mil cajas de repuestos para tractores John Deere, todo el personal de seguridad tendría que ponerse a revisar caja por caja. No, lo que hacemos ahora es emplear escáneres y perros adiestrados. Durante la guerra las guerrillas nunca lo intentaron, o lo intentaron poco; es un método arriesgado para contrabandear armas. Siempre resultaba mejor introducir armamentos desde otros países o mediante lanchas.&lt;br /&gt; —Pero interceptábamos esas lanchas.&lt;br /&gt; —Sí mi chino, pero a la gente que se encargaba de transportar ese material rara vez le confiaban algo de la operación. De esa manera, cuando los agarrábamos, no sabían ni pío. Además es imposible interceptar todas las embarcaciones, no sin la ayuda de un satélite, cosa que hacen los gringos. Ahora, si lo que estamos hablando aquí es de una sola arma; un rifle como es este caso, es más factible desarmarlo e introducirlo entre la carga. &lt;br /&gt; —En ese caso tendrían que tener amigos dentro del proceso de embalaje para poder meter el arma en un envío legal. &lt;br /&gt; —Precisamente, muchacho, precisamente. Si encuentran el arma pueden encontrar el lugar de origen y si es así tendrán a los vendedores —y Carreño expiró otra bocanada de humo que eclipsó la luz del techo—. Yo creo que la DNE, si se pone las pilas, podrá averiguar quién le puede vender a esos guerrilleros un arma de semejante tamaño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Danilo, no obstante, tenía otra cosa en mente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Ustedes en inteligencia tienen registros de la vigilancia que se hace a los buques?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El almirante bajó la vista y clavó una mirada severa al agente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Qué clase de vigilancia?&lt;br /&gt; —En la aduana, quiero decir —replicó Danilo en tono de excusa.&lt;br /&gt; —Ah… el control de arribo. Claro por supuesto, mi querido teniente. Para buscar qué.&lt;br /&gt; —Los barcos que no fueron revisados ni por ustedes ni por la DIAN ni por el DAS ni agencia alguna. &lt;br /&gt; —Me la puso complicadita. Déjeme ver… —levantó la tapa de su computadora portátil y durante unos tres minutos estuvo revisando archivos—. Cuatrocientas doce embarcaciones en lo que va del mes en nueve puertos. ¿Y si fue hace dos meses, o hace dos años?&lt;br /&gt; —Revisaremos lo que va del año y echarnos la bendición. ¿Me puede hacer llegar a eso a nuestra computadora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El almirante dio un sí con la cabeza mientras mascaba su tabaco seguía manipulando la computadora. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;        Satisfecho, Danilo se levantó, estrechó la mano de su antiguo superior y le deseo buena suerte, saludos a la familia, buen viento y buena mar. Mas antes de abrir la puerta se dirigió una última vez al almirante:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;         —Si ese rifle, de precisión, calibre cincuenta, llegó de otro país, ¿usted cuál creería que fue?&lt;br /&gt; —Estados Unidos de América —respondió el oficial naval sin levantar la vista del computador. Como Danilo seguía aferrando el pomo de la puerta, pero sin decidirse a abandonar, el almirante dejó su puro y encaró al agente—: Desde hace un año y medio a los gringos les compramos de todo: desde la maquinaria agrícola hasta los botones de las camisas. Todo. De esa lista que le voy a enviar al menos el treinta y cinco por ciento de las embarcaciones pertenecen a ese país. Y le digo una cosa más: la factoría Barret produce los mejores rifles antimateria que se puedan comprar en este lado del planeta. Si usted se va por los Estados Unidos, digamos por Arizona, y se encuentra con una feria de armas, puede perfectamente comprar un armatoste de esos en once mil dólares. Puede que esté en un error. Pero averigüe por ahí de todos modos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Con las manos en el bolsillo el agente de la ARE abandonó el edificio y se encaminó a la oficina. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atardecía en Washington y la gente ya buscaba la tibieza del hogar o el calor de los restaurantes del centro. En Dulles, Franklin abordó un taxi conducido por un colombiano quien bajo su gruesa chaqueta de aviador llevaba una camiseta del Atlético Nacional; evitó que le hablara y prefirió recostar la cabeza contra la ventana y rememorar sus días en la capital de la nación que le vio crecer. Llegaba tarde la primavera, con lluvias y granizos helados. En Atlanta tuvo que esperar a que culminase un torrencial aguacero, último coletazo de un crudo invierno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Despidió el taxi en la esquina de Wilson Boulevard y la calle Oakland, en pleno Arlington. Tras ver el taxi desaparecer entre las oscuras calles enfiló arrastrando su maleta tres calles hasta el Ford Inn de la calle Lincoln. Ya conocía el sitio así que pidió el mismo cuarto de siempre con vista a la avenida estatal. Procuró relajarse y dormir, pero no comió y durmió mal, según le comentó a Federico después, temeroso de que las respuestas que hallara en Langley al día siguiente confirmaran la actuación de los Estados Unidos en el atentado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-8273123607896647681?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2009/01/8.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-4409429909415838604</guid><pubDate>Fri, 02 Jan 2009 02:10:00 +0000</pubDate><atom:updated>2009-01-01T18:14:33.342-08:00</atom:updated><title></title><description>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;7. Alfil blanca.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comunicado llegó desde la oficina del coronel Justo Buitrago y fue confirmada por Max Cohen la mañana del 14 de mayo: la ARE quedaba temporalmente cerrada hasta nueva orden; sus agentes debían permanecer en sus domicilios y estar listos a presentarse donde se les requiriera en el término de la distancia. Para los tres agentes esto significaba meditar en sus apartamentos mientras jugaban con el nudo de las corbatas que no podían quitarse, a la espera de sus inminentes despidos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Esa misma mañana Cohen estableció comunicación con Londres: primero un correo electrónico escueto y frío (Mrs. Lauren Ríos Bledel, lamentamos informarle que su esposo, Ever Jesús Ríos, ha muerto en el cumplimiento de su deber para con la República.) y luego una llamada que duró cuarenta y cinco minutos y en la que Máximo intentó consolar a la viuda y explicarle los procedimientos a llevarse a cabo con el occiso. Cuando Cohen le señaló a Lauren el deseo del presidente de que su hombre de seguridad fuera enterrado en el Panteón de los Héroes del Cementerio Central, la mujer exclamó con toda la fuerza de sus pulmones un no rotundo; era su esposo, el padre de sus hijos; le pertenecía a su familia y no a la “República”, así que ella se encargaría de ponerlo en una soleada parcela de tierra británica y no en un frío mausoleo bogotano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Cumplida su obligación como jefe, Máximo tomó su desayuno, tuvo una charla rutinaria con sus hijos y se dirigió a la Casa de Nariño, allí debía ver al coronel Buitrago, el Ministro de Defensa, el director del DNE, Nemesio Espitia, y el jefe de contraterrorismo del DAS, Franco Enciso. La agenda tenía solo dos puntos: uno, establecer qué había sucedido, y dos, decidir qué se haría. Ninguno de los allí presentes dudaba que el atentado iba directamente dirigido contra la vida de Vargas. Considerar en aquel salón oloroso a cigarrillo, colonia y trajes recién planchados que el asunto se limitaba a una amenaza, causar pánico, o asesinar al agente Ríos, sería tan inapropiado como soltar una broma al respecto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Primero, porque así es como deben hacerse las cosas, por pasos, debemos elevar un comunicado a la Nación, explicando, en la medida en que nos es posible explicarlo, los acontecimientos del día de ayer y las primeras medidas que se han de tomar. Pero hablo de que antes de una hora tiene que estar eso en el aire —dijo el Ministro Arangure poniéndose de pie para servirse más café. Julio Cesar Arangure era el hombre de más edad en la sala: setenta y cinco años. Aunque algunos, especialmente los caricaturistas, solían comentar que ya pasaba de los ochenta, y que por lo tanto debía retirarse, el viejo siempre encontraba el modo de evadir el sistema. Sumamente inteligente, se había retirado a los veinticuatro años del servicio activo en el Ejército (Artillería), y tras cursar estudios de matemáticas aplicadas en la Universidad Nacional se había dedicado a los números durante más de treinta años, antes de entrar en la política. Blanco, sonrosado, con las espaldas dobladas y enteramente vestido de negro, Arangure parecía un viejo parlamentario inglés. A pesar de haber nacido en Barranquilla, empleaba un español afectado, muy propio de los antiguos dandis bogotanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Entonces terminemos esta reunión en media hora —replicó, con una semisonrisa atravesada bajo el bigote, el director de contraterrorismo del DAS. Vestido como gangster, de piel aceitunada y ojos saltones, Enciso era una de las personalidades más oscuras del mundo de la inteligencia: torpe y procaz en su expresión hablada, ordinario en su postura, sobrepasado con las damas y siempre armado —excepto en Palacio— con un revolver Colt largo. Nadie lo había visto trepar hasta su posición, sino que saltó sobre ella de repente, abandonando las labores de inteligencia nocturna en los garitos y billares por un cómodo despacho en el piso 22. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Nadie dio réplica a las palabras del hombre del DAS. Cuando Arangure regresó a su sillón, Espitia tomó la palabra:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Tenemos que decirle al país que efectivamente conocemos, tanto las intenciones del grupo detrás de este acto, como a sus cabecillas principales. La prensa va a querer los nombres, pero se les aclarará que esta información permanece clasificada por simples medidas básicas de seguridad.&lt;br /&gt; —¿Y usted puede asegurarnos que no va a haber filtraciones a la prensa por parte de mandos medios dentro del DNE? —Preguntó Cohen; Espitia le sostuvo la mirada un rato, como considerando el tamaño del insulto—. Creo que tenemos ese derecho a saber —agregó Max tratando de involucrar a los otros, cosa que resultó ya que de inmediato empezaron a escapar murmullos de aprobación.&lt;br /&gt; —Señor ministro, le digo ahora como le he dicho antes: toda información que entra al DNE es de mi incumbencia y toda información que sale no sale si yo no lo permito. Pero no puedo hablar por las demás dependencias entregadas en este momento a la investigación. Yo respondo por mi gente. &lt;br /&gt; —Apruebo eso —agregó por su parte Enciso—, me parece que ese sí es el procedimiento a seguir. &lt;br /&gt; —Pues qué felicidad que, al menos ustedes dos, hayan llegado a un acuerdo sobre cómo operar en este caso. Yo por mi parte pienso, y no me tomen, tal como suele hacer el colombiano corriente, por un viejito negativo, pero vean, si el DNE sale a decir que está haciéndole un seguimiento, es decir, que tiene marcados a los responsables de las acciones del día de ayer, eso sólo puede significar una cosa: que los conspiradores son extranjeros. Cosa que no sabemos, y que si la hacemos pública provocará que cada quien empiece a sospechar, ya sea de Venezuela, ya sea Estados Unidos, ya sea de los guerrilleros que salieron exiliados, en fin… Pensemos antes de actuar —repuso en tono solemne Julio Cesar Arangure.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Enciso comentó algo, pero muy al margen. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Doctor Arangure usted tiene mucha razón; tanto así que yo pensaría que usted es la persona más que calificada para hacer la declaración —dijo Nemesio Espitia.&lt;br /&gt; —Pero se está olvidando de algo, señor Espitia: yo soy ministro, no un investigador. Y, una vez tenemos los elementos dispuestos de esta manera, creo que todos llegamos a la conclusión de que la persona más idónea para referirle a la Nación lo que está ocurriendo, o lo que ha ocurrido, es aquí el señor Enciso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El mencionado, que mantenía el costado izquierdo de su mandíbula apoyado en su puño cerrado, y que con ojos soñolientos observaba el entrecruzar de afirmaciones, despertó de pronto al percatarse de que allí había sonado su propio nombre; se enderezó en la silla, pero se atragantó al tratar de preguntar algo y, en ese lapso de tiempo en que no pudo responder nada, los demás presentes llegaron a un acuerdo por mayoría: el director de contraterrorismo debía hacer las declaraciones a toda el país. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa mañana, Federico había decidido que no movería un solo músculo sino hasta el momento en que escuchara la llamada del deber a través de su teléfono celular. Entre tanto, movía sus pies de un lado al otro y paseaba por las más de ciento cincuenta opciones televisivas. Cuando en diez de estas empezó a repetirse el rostro del hombre del DAS, Federico se detuvo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Lo tenían todo bajo control. El francotirador, el arma, su plan, sus superiores. Todo, claro está, explicado mediante una serie de imprecisiones: el asesino de Ever había sido identificado y su captura sería cuestión de horas; el arma estaba igualmente identificada —de hecho solo había una clase de rifle que podía disparar una bala de tal calibre—, y, una vez el malhechor cayera en manos de la justicia, se sabría para quién estaba trabajando. Las cadenas regresaron a sus transmisiones habituales —programas de chismes y salud estética—, y Federico buscó su teléfono móvil; minutos después arreglaba un encuentro de los tres agentes allí en su propio apartamento. Como explicaría una hora más tarde, independientemente de lo que decidieran los altos jerarcas de la seguridad nacional, ellos debían encontrar y detener al asesino de Ever.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Cuál creen que será el plan a seguir por el coronel Buitrago? —Preguntó Danilo; en ese momento se encargaba de repartir en tres vasos la cerveza de dos botellas. &lt;br /&gt; —Buitrago no va a hacer nada. Es un guardaespaldas nada más —respondió Federico recibiendo su vaso—. Toda la autoridad del proceso estará en manos del DAS.&lt;br /&gt; —Será en manos de ese tipo que apareció en televisión —agregó Franklin tras tomarse un sorbo de Peronni.&lt;br /&gt; —¿Espitia? Si ese man es un pobre pendejo. La directora no es tan bruta como para ponerlo a encabezar una cacería de este nivel.&lt;br /&gt; —Pero sí su departamento, contraterrorismo.&lt;br /&gt; —Bueno, primero hay que tener, tenemos que tener, dos cosas en cuenta: una, que se cometió un acto criminal y entonces debe participar la Fiscalía. Segundo, que el asunto puede ser catalogado como un ataque terrorista solo si se prueba un móvil político, que hasta ahora no hay. &lt;br /&gt; —Atentar contra el Presidente ya de por sí se tiene que considerar un asunto político —afirmó Danilo.&lt;br /&gt; —A menos que sea una declaración de guerra —le contestó Franklin.&lt;br /&gt; —¿Y guerra como por parte de quién?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Franklin alzó los hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Eso ya sería tarea para la DNE. &lt;br /&gt; —Y si la gente del norte está involucrada… —preguntó dubitativamente Federico en dirección a Franklin.&lt;br /&gt; —¿La CIA? No creo. No sería su estilo; prefieren un presidente fugitivo a un presidente muerto. De todos modos alguien podría saber algo.&lt;br /&gt; —¿Usted se podría pasear por allá y echar una mirada?&lt;br /&gt; —Claro, pero honestamente no creo que pueda conseguir nada. &lt;br /&gt; —¿Quién más? —Preguntó Federico.&lt;br /&gt; —Los guerrilleros en el exilio. Podría ser —respondió Danilo—. O alguien dentro del propio gobierno que piensa que se puede beneficiar con la muerte del señor Presidente.&lt;br /&gt; —Esa última no me suena —replicó Federico—; Vargas se ha sabido rodear de amigos; si hubiera un golpe de estado todos perderían, desde el vicepresidente Buchelli hasta los jueces.&lt;br /&gt; —Algún mafioso tal vez —aventuró Franklin.&lt;br /&gt; —Ninguno tiene la plata —desestimó Danilo.&lt;br /&gt; —Y en el caso de los guerrilleros ni hablar, los círculos políticos que han tratado de levantar están completamente infiltrados —Federico se levantó violentamente y empezó a dar vueltas—. ¡Carajo, pensemos! Nosotros deberíamos conocer a todos los enemigos de Vargas, y si es así por qué no sabemos quién pudo haberlo atacado.&lt;br /&gt; —Calma y deja de moverte—sugirió Franklin—; vas a terminar llevando agujeros en esos zapatos. Yo lo que sugiero es que cada uno regrese a sus antiguos contactos: el DAS y el Ejército.&lt;br /&gt; —Soy de la Armada —espetó Danilo.&lt;br /&gt; —La misma cosa, hombre. Y allí tratemos de averiguar todo lo posible, o al menos hasta que tengamos una idea más sensata de quién es el enemigo al que debemos combatir. &lt;br /&gt; —Pero primero deberíamos esperar a ver que nos dice Max, ¿no? —preguntó Danilo.&lt;br /&gt; —Nos van a hacer a un lado. Esta es la oportunidad de jodernos que había estado esperando Buitrago, y otros más. No a mucha gente le hacía feliz que tuviéramos presupuesto y acceso a información.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Danilo también se levantó. Federico acompañó a sus compañeros hasta la puerta mientras arreglaban el sitio para una próxima reunión. Entonces sonó su teléfono móvil, Franklin y Danilo, quienes ya descendían por la escalera, se vieron detenidos por un chiflido de Federico. Al otro lado de la línea estaba Cohen, ordenando que los tres se presentaran lo antes posible en la oficina del ARE. Una vez le explicó esto a sus compañeros, Federico agregó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Ya saben, muchachos, pase lo que pase, la muerte de Ever no puede quedar impune. Voy por una corbata y mi chaqueta y los veo en diez minutos en el carro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Magda no estaba; Ever no regresaría. Cuado los tres agentes encontraron a Max Cohen sentado en el despacho de Ríos, la desolación que expresaron en sus rostros fue tal que Cohen debió decirles: “Bueno, todos lamentamos la muerte de Ever; es un suceso muy trágico y la única forma en que vamos a resarcir su fallecimiento será atrapando a los criminales que hicieron esto”. Al tiempo que hablaba los tres agentes se sentaron alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Usted dice fallecimiento como hubiera sufrido un infarto, lo hubieran atropellado, o algo así —comentó Danilo arrastrando una butaca de madera. Federico y Franklin ocuparon las sillas giratorias frente al escritorio. &lt;br /&gt; —Por ahora la ARE sigue funcionando. Por ahora —anunció Cohen ignorando las palabras del agente—. Cometieron un error terrible y muchos en el Ministerio de Defensa quieren comérselos vivos. Pero, por suerte el Presidente tiene mucha confianza en ustedes y sabe que son una herramienta más efectiva que las maquinarias de los demás organismos de inteligencia. Van, eso sí, a tener que trabajar en llave, y muy de seguro tendrán menos libertades; hablo de más restricciones. &lt;br /&gt; —Según nuestras órdenes nadie puede intervenir en nuestras investigaciones, salvo usted, el Ministro o el Presidente —recordó Federico.&lt;br /&gt; —Ahora cada uno de los jefes de inteligencia debe presentarse cada día a las ocho de la mañana a reportarle al Presidente los avances de la investigación. En otras palabras van a convertir esto en una carrera para ver quién merece que le aumenten el presupuesto o le asignen un ministerio el próximo año. &lt;br /&gt; —Para lograr resultados necesitamos un acceso total —afirmó Federico aprovechando el tono ligero que Cohen había aplicado a la discusión.&lt;br /&gt; —¿Qué tienen hasta ahora? —Cohen, mientras hablaba y esperaba una respuesta, giraba en rededor buscando algo. Danilo le hizo una seña con la mano: “¿café?”; Cohen asintió y Danilo abandonó la oficina.&lt;br /&gt; —Decidimos ir a consultar a algunas fuentes personales. Gente que conocemos de años atrás; y hacer un… sondeo para ver si puede haber alguien por ahí involucrado, de las Fuerzas Armadas, el DAS y…&lt;br /&gt; —Los gringos —añadió Max y Federico asintió en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; El jefe Cohen permaneció en silencio por un rato, mirando la colección de fotos y objetos personales de Ever Ríos. Todo ello sería entregado a la viuda, y el director de la ARE contemplaba el conjunto como si fuesen sus propios recuerdos. Cuando Danilo regresó con una taza de líquido humeante, y Max sorbió un poco de ello, regresó a la realidad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Ustedes tres no obtendrán mucho. Hace falta alguien y me han sugerido un nombre para que ocupe el puesto que ha quedado vacío. &lt;br /&gt; —¿Piensan nombrarnos un nuevo encargado? —preguntó Franklin no sin cierta incredulidad.&lt;br /&gt; —No, no, no; para nada. Es una capitana con una carrera bien llevada, quien además servirá de enlace entre la ARE y la Policía Nacional.&lt;br /&gt; —¿Una mujer? —Franklin otra vez.&lt;br /&gt; —Una capitana —reiteró Cohen—. Se llama Elizabeth Alba Betancur. &lt;br /&gt; —Emparentada con el general de la Policía —afirmó Federico.&lt;br /&gt; —Seguramente. Y óiganme muy bien: van a trabajar con ella; tendrán que confiar en ella y ese es el acuerdo. Tiene muy buenos contactos y no vamos a desaprovechar eso.  &lt;br /&gt; —¿Y si viene a espiarnos? A tomar todo lo que reunamos y pasárselo a los policías. ¿Eh? —el tono de desagrado de Franklin iba en aumento.&lt;br /&gt; —Escúcheme muy bien, Villareal, y lo mismo todos: aquí no estamos compitiendo con nadie. Queremos que se sepa la verdad y atrapar a los causantes de la muerte de Ever y evitar que alguien, quien sea, intente matar a Vargas. No somos la Policía, ni el DAS, ni la DNE. Ever conocía a todo el mundo en la alta política, en inteligencia y conocía de memoria los nombres de los allegados al Presidente. Pero ahora no está, y tenemos que trabajar con lo que tenemos. ¿Está claro?&lt;br /&gt; —Si ella llega a entorpecer nuestro trabajo de cualquier manera, renuncio —sentenció Federico. Los otros dos agentes se unieron a él. &lt;br /&gt; —Y si ustedes entorpecen el de ella no van a volver a conseguir un empleo con el Estado jamás en su vida, se los puedo jurar —replicó Max Cohen. Luego se fue. Los tres agentes de la ARE ocuparon sus despachos y empezaron a revisar antiguas agendas, páginas de Internet y a planear sus viajes y visitas. A las cuatro de la tarde recibieron una llamada de la recepción: era la capitán Alba. Y, pese a su ánimo inicial, los tres hombres emplearon los minutos que le tomó a la mujer llegar hasta el piso para arreglarse un poco. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Max Cohen no les había entregado documento alguno sobre la nueva integrante de la ARE. A parte de su rango y nombre desconocían todo: edad, aspecto, estado civil, experiencia en inteligencia, experiencia con armas, todo. A ojos de esos tres hombres la recién llegada venía a espiarlos. La ARE tenía privilegios sobre el resto de la familia de la defensa: podían hacerse con cualquier información, desde las comunicaciones entre radiopatrullas hasta los memorandos privados que corrían en la Casa de Nariño. Otras agencias trataban de conseguir información de la ARE, mediante halagos o amenazas, pero el grupo antes comandado por Ever Ríos tenía fama de impenetrable. Una mujer venida de fuera y con profundos nexos con la Policía Nacional significaba todo un riesgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Era alta, y para nada ordinaria; su cabello, castaño, recogido con un moño y muy ajustado alargaba un tanto sus cejas, los pómulos y el borde de los ojos. Venía de rojo, con un conjunto conservador de pantalón y chaqueta, un bolso común en su mano derecha y una tarjeta de visitante colgando de la izquierda. Tras pasar la puerta, y al encontrarse a los tres agentes allí esperándola, se puso firme y espero a que estos, tras hacerse a una primera impresión, le diesen alguna orden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Federico dio el primer paso, extendió su mano, se presentó y le dio la bienvenida. Sus compañeros hicieron lo mismo segundos después. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Es un placer —dijo ella, aún sin sonreír, sin alterar aquel rostro fino y bien maquillado, con unos enormes ojos negros que se paseaban de extremo a extremo del reducido centro de operaciones—. Disculpen, ¿esto es todo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ni Federico ni Danilo parecieron entender, mas Franklin replicó al instante: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Es suficiente para nuestra labor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Elizabeth Alba lo miró y enseñó una sonrisa de póster.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Creo que así es mejor; los lugares grandes y viejos no me hacen sentir cómoda. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; A esto no hubo respuesta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —¿Puedo sentarme? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Acomodaron algunas sillas alrededor del puesto de Magda. Elizabeth permanecía muy erguida en su silla, con el bolso aferrado por sus dos manos, y estas sobre las rodillas. No parecía tímida, ni nerviosa; acaso incómoda por verse rodeada de hombres que la analizaban con frialdad científica. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —No sé si conocen mi hoja de vida… &lt;br /&gt; —No la conocemos —replicó de inmediato Franklin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Y durante la siguiente hora dio un resumen de su vida, sin entrar en detalles, pero aclarando cada aspecto de su asenso a través de la institución. Había nacido en Cuatro Esquinas, un corregimiento diminuto perdido entre los bosques y las ondulaciones de Boyacá. Al cumplir los doce sus padres se divorciaron y, tras sufrir de algunos maltratos por parte de su padre, quedó en custodia de la madre. Tenía dos hermanos mayores que abandonaron la casa durante aquel tiempo y ahora vivían en Chiquinquirá. Antonia, la madre de Elizabeth, se trasladó con su hermana a Bogotá y se dedicó al comercio informal hasta que contrajo matrimonio con un sargento de la policía. El suboficial, apenas dos años mayor que la joven Antonia, le tomó cariño a la pequeña y se ganó la confianza de ella, transformándose en su modelo a seguir. Al culminar el bachillerato, Elizabeth estaba decidida a ser parte de la Policía Nacional, realizó el curso y tras graduarse empezó a estudiar psicología, ya que durante su adolescencia tuvo que visitar a distintas psicólogas juveniles que la ayudarían a sobrellevar sus depresiones y pesadillas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Contrajo matrimonio a los veinticinco años con un coronel de antinarcóticos, pero este falleció once meses después en combates con la guerrilla. Del profundo pozo de tristeza en el que sumiría a consecuencia de ello saldría gracias a un tiempo pasado en Francia, donde hizo realizó un posgrado en ciencias forenses aplicadas al contraterrorismo. Vivió en París lo que ella denominaba “una época de desenfreno”, indisciplinada, con muchos libros, y la compañía transitoria de “amigos”. De vuelta en Bogotá entró al Centro de Estudios de Seguridad, rama de la Policía que se dedica a producir informes y libros para el resto de la institución. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Sinceramente no soy editora, y en mis últimos meses todo lo que hacía era corregir pruebas. Ahora que me salió esta oportunidad quiero volver a integrarme a la labor de campo, que es, pienso, la mejor forma de servir a mi país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Al terminar su narración, sostenía una sonrisa compartida con Danilo. Franklin jugaba con su pluma Mont Blanc; pero Federico la miraba fijamente taladrando entre los ojos de la nueva miembro de la ARE. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Ahora yo le voy a explicar un par de cosas, señorita Alba —dijo.&lt;br /&gt; —Llámeme Elizabet, o Liz.&lt;br /&gt; —Liz. La ARE no está al servicio del país; sino al del Presidente. Somos sus guardianes protectores y si alguien cruza la línea tratando de hacerle daño nosotros tenemos dos opciones: lo apresamos o lo matamos; lo que nos quede más fácil. Usted, como policía es una agente del orden y una herramienta de aplicación de la Ley. Como agente tiene que estar dispuesta a violar esa Ley y quebrantar el orden, para que ese hombre —señaló con la cabeza a un retrato de José Hilario Vargas colgado en la pared del fondo—, siga administrando la Nación. ¿Eso es aceptable para usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Elizabeth no contestó de inmediato, pero durante los cuatro o cinco segundos en que permaneció con los labios cerrados, le sostuvo la mirada a Federico conservando un gesto de astucia en la mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; —Es aceptable —afirmó muy segura.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-4409429909415838604?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2009/01/7.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2329343538442233396</guid><pubDate>Wed, 05 Nov 2008 20:26:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-11-05T12:27:09.059-08:00</atom:updated><title></title><description>6. Las piezas negras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre que buscaban con ahínco las fuerzas principales del régimen colombiano se paseaba con andar vagabundo por los corredores del aeropuerto El Dorado. Calzado de grandes zapatillas deportivas, tipo tenista con relámpagos plateados y agujetas grises. Con una gran chaqueta North Pole negra, jeans holgados y camiseta de baloncestista, el americano contemplaba la magnificencia y esplendor del edificio: gigantescas cúpulas, estructuras en aluminio, muros blancos como el marfil pulido y fuentes que derramaban y conducían agua de un punto al otro, como si aquellos fuesen los jardines colgantes de Babilonia. El hombre que había intentado asesinar al Presidente detestaba los lugares públicos, pero reconocía la paz que sentía en el espacioso aeropuerto de diseño futurista.&lt;br /&gt; Años antes, durante su primera visita, aquel lugar no pasaba de ser un edificio viejo, de un mundo posterior al concepto de buen gusto arquitectónico, con pasillos grises, estrechas escaleras, sillas rotas, olor a tabaco, orinales sucios y rateros apostados en cada columna. Los viajeros que llegaban de fuera abrazaban su equipaje como a pequeños bebes que hubiesen salvado de una zona de guerra. La policía de turismo les recomendaba mantenerse juntos, no descuidar ni sus bolsillos, evitar llevar cualquier cosa que colgase o emitiese brillo, dirigirse, para cualquier consulta con la autoridad debidamente uniformada, y, si era necesario establecer contacto con un nativo, no hacerlo si este fumaba o bebía. &lt;br /&gt; Ocupó una silla, “muy cómoda”, se dijo, aunque no fuese de un material más fino o moderno que la basta fibra de vidrio con las que estaban hechas sus antepasadas. Pero al menos no se rompían, y el departamento de limpieza las mantenía libres de chicles y colillas de cigarrillo. Extrajo una novela de detectives de edición rústica, gastada y con las esquinas dobladas, y trató de captar algo del contenido, haciendo pausas entre un párrafo y otro para controlar la gran pantalla de arribos internacionales.&lt;br /&gt; Quienes esperaba llegaron en la lenta banda transportadora, rodeados de turistas ricos (europeos y canadienses) y pobres (ecuatorianos, bolivianos, uruguayos), divididos en dos bandos tan fáciles de reconocer que a los agentes del DAS de inmigración no les tomaba más que unos minutos dividirse las presas y comenzar el trabajo de los interrogatorios. Colombia, mediante discretas campañas, invitaba a los extranjeros a visitar la nación y quedarse, eso sí, mientras trajeran algunos pesos, estuvieran libres de enfermedades, y no superasen los cuarenta años. Las embajadas que tenían por labor vender al país como la nueva tierra de las oportunidades, estaban instaladas en Argentina, Chile, los Estados Unidos y la Europa Occidental incluyendo Moscú y Oslo. Así, de las tierras vecinas no se aceptaban súbditos, por buena intención que tuviesen. Los hombres del DAS debían detener a estos últimos turistas, tomarles sus datos, entregarles una tarjeta y darles la orden de reportarse al teléfono entregado cada doce horas, durante el tiempo que hubiesen declarado que permanecerían en el país. &lt;br /&gt; El reverso de este sistema de control de inmigración lo componía el despacho de “Atención, ayuda e inmigraciones” —anuncio escrito en cinco idiomas—, donde, tras cruzar la atenta vigilancia de un robusto oficial de policía, encontraba el viajero la brillante sonrisa de alguna de las encargadas de las ventanillas: ex candidatas del concurso nacional de la belleza que no alcanzaron a captar la atención de alguna agencia de modelos prestigiosa. Conocedoras de todo, se encargaban de dar a conocer el país y las ventajas de establecerse en él. Se preferían familias, aunque se aceptaban hombres o mujeres sin compromisos; la prioridad eran los blancos, de ser posible no judíos, y en caso de ser negros debían demostrar un pasado judicial inmaculado y unas cuentas bancarias nada despreciables. Mientras las encargadas sonreían y charlaban en alguno de los seis idiomas disponibles, los interesados eran observados atentamente por agentes de la DNE, quienes debían rastrear el pasado de los solicitantes y confirmarle a las chicas mediante los apuntadores si estas debían o no poner el sello en la forma impresa que los recién llegados debían haber llenado.&lt;br /&gt; Como la tarea del DAS en ese punto era la de pescar inmigrantes ilegales, o a quienes tuviesen el potencial intelectual de querer quedarse para disfrutar de la bonanza económica, el americano estaba seguro que aquellos a quienes esperaba no corrían peligro alguno. Cuando vio al primero de ellos, el francés, sobresalir entre la multitud que arriazaba, guardó su novela de detectives y lo esperó al final de la banda continua.&lt;br /&gt; Una vez estuvieron uno frente al otro, se miraron a los ojos por un instante, el francés devolvió su vista al mundo comercial que se desplegaba frente a él y siguió derecho, como si el americano fuese de aire. Tras él venía la mexicana y al final, separados por media docena de viejos holandeses, el colombiano. Estos últimos dos repitieron el comportamiento del francés: mirar al yanqui y seguir derecho, formando una fila a la que se vino a unir el americano en la parte trasera. Caminaron en fila, con unos ocho metros de separación entre sí, hasta la puerta de salida.&lt;br /&gt; Eran las nueve de la mañana, el día estaba nublado y gris, y los vientos traían rocío de las lejanas montañas. Los recién llegados se taparon los ojos mientras una ventisca agitaba sus ropas. Solo el americano parecía bien preparado para la baja temperatura. Levantó un brazo llamando la atención de un taxi y empezó a hablar con el conductor mientras los otros tres guardaban sus equipajes en el gran baúl del Renault. En media hora el vehículo dejó a los tres hombres y a la mujer en una casa del barrio La Candelaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los cambios económicos de los últimos años, lo que en un tiempo fue un barrio habitado por intelectuales y estudiantes, era ahora propiedad casi exclusiva de los así llamados “nuevos colombianos”: aquellos que, por amor, dinero, trabajo o simplemente un mejor clima habían decidido aceptar la aventura de comenzar de nuevo entre los cerros de los Andes. Ya fuese en la mañana o en horas previas al caer de la noche, bares y restaurantes, así como panaderías y cafés, dejaban escapar la melodiosa muestra de voces extranjeras. Si se entraba en un restaurante era posible que el mesero le hablara en italiano, que la encargada de la panadería hablase en francés, que el dueño de la cigarrería dos calles abajo se dirigiese a sus ayudantes en alemán, y que los arriesgados skaters que practicaban en un callejón parlotearan y soltasen uno que otro juramento en inglés cockney. La Candelaria era pues el barrio de los extranjeros y no vivía allí un solo colombiano que pudiese señalarse de ser la excepción, salvo las empleadas domésticas y algunos jardineros. Y este cambio, decían algunos, se debía a una política de “reorganización” ejecutada por miembros del Departamento Distrital de Tierras, siguiendo órdenes directas del Ministerio del Interior: de la Avenida 19 hasta la Avenida 1ª, y de la Avenida 10ª  hasta las raíces de los pinos que cubrían los Cerros, solo se permitían nacionales en calidad de empleados, pero nunca de propietarios o habitantes. &lt;br /&gt; El taxi se detuvo en una calle estrecha hecha de lozas de piedra frente a una casa roja similar a una fonda medieval. Al detenerse, dos enormes policías, rubios y de fría mirada empezaron a acercarse al vehículo. El americano descendió y saludó en un torpe español al policía, este respondió con una casi imperceptible inclinación de la cabeza; su compañero, un negro, extrajo su radio y empezó a hablar por este mientras detallaba los contornos del taxi. Tal vez era apenas una pose, pero el taxista, ofendido, solicitó a los viajeros que le pagasen para poder largarse cuanto antes de esos callejones que se habían transformado en otro país. &lt;br /&gt; Despedido el taxi, el americano le dirigió una última mirada a los policías y cerró la puerta de un portazo. Conocía perfectamente la situación del sector y las medidas de apartheid que los gobernantes, deseosos de verse rodeados de blancos, habían tomado. Fue hasta el solar donde sus compañeros recién llegados esperaban indicaciones. &lt;br /&gt; —Los cuartos están allá al fondo —indicó con el brazo—, del otro lado hay un baño con ducha, pero deberán esperar para que haya agua caliente. Creo que tengo algo de comida en la cocina, que está por este lado —concluyó y viró hacia su izquierda, allí lo siguieron los otros, ocuparon una pequeña mesa de aluminio y se dejaron atender por el americano, quien les entregó cervezas. &lt;br /&gt; Lucían agotados; el vuelo de París había salido la noche anterior, y aunque seguramente habían dormido en el avión, el cambio horario les estaría afectando el ánimo, así que redujeron su conversación a conocer las reglas de la casa y las órdenes recibidas hasta el momento. Arrastraron los pies hasta la gran alcoba del segundo piso y se instalaron en los catres militares bajo las gruesas mantas fabricadas en Boyacá. Nathan Dale, como sería identificado más tarde el americano, los dejó descansar y el mismo se retiró a su cuarto para informar mediante correo cifrado que el resto de su equipo había llegado y que en veinticuatro horas estaría listo para actuar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdadera identidad de estas cuatro personas permanece en el misterio; lo que se sabe de ellos son fragmentos amontonados que dan algunas luces sobre sus orígenes: Dale era sin duda estadounidense, con pasado militar y un pasaporte que lo identificaba como originario de San Antonio, en el estado de Texas. Tenía, según este documento, veintiocho años. Atlético, con un atractivo que terminaba en una nariz algo torcida. Con su cabello castaño oscuro y piel bronceada, podía parecer tanto un caucásico como un latino. Hablaba un español fluido y, cuando se lo proponía, con el acento y modismos propios de los cinco países hispanohablantes que aseguraba haber visitado en calidad de mercenario. Pero no era un bocón, ni un hombre tosco, a pesar de su descuido al vestir o en su propio aseo: su cabello sin cortar estaba apelmazado por la grasa, sus dientes ya no brillaban por la capa de nicotina que los cubría, y cuando se despojaba de su chaqueta de esquimal despedía un cortante olor a sudoración.&lt;br /&gt; Llevaba cuatro meses en Colombia; dos en Cali, uno en el municipio cundinamarqués de Melgar, y uno en Bogotá. En la primera ciudad, capital del Valle del Cauca, había descargado bultos en una plaza y enseñado inglés en un pequeño instituto de formación para adultos mayores. En su primer oficio no tenía que abrir la boca, en el segundo debía hablar todo el tiempo. Mentir y guardar silencio le dieron pautas para conducirse en un país a veces incomprensible. Durante su tiempo en la ciudad turística de Melgar se dedicó a beber, se acostó con dos prostitutas —como luego le contó al francés, no estaba seguro de que lo fueran pero les pagó de todos modos—, y se voló del hotel sin pagar la cuenta. Bogotá fue para él una experiencia distinta: allí el espíritu caribe moría o era reducido a espectáculo de restaurante y música para elevador. Mientras en Cali y Melgar lo saludaban, le invitaban trago —“¡Sentate, gringo, tomate un guaro!”—, lo atragantaban de comida y las mujeres se arrojaban a sus brazos, en la capital de la nación muchos lo miraban como a un insecto; en dos restaurantes de la Zona Rosa le prohibieron la entrada —simplemente porque no llevaba corbata— y en tres oportunidades la policía le había ordenado que apoyara sus manos sobre la pared para someterlo a una requisa. &lt;br /&gt; No era una situación muy distinta a la de otros tantos estadounidenses que por placer o negocios visitaban el país. Eran interrogados una y otra vez por el DAS, vigilados constantemente por el DNE, requisados por la policía y observados con recelo por el personal de los hoteles. La culpa, decían los colombianos que se enteraban de este trato, era la actual tensión entre el coloso del norte y la “libertina” Colombia, desde que Andreas Kelly y su equipo neoconservador había llegado a la Casa Blanca. La banca republicana declaraba que el antiguamente llamado país del sagrado corazón era una cueva corruptos, y que la masiva fabricación de drogas por parte de este país estaba sumiendo a Norteamérica en la debacle moral. Semejantes afirmaciones le daban leña a aquellos que gustaban de rumorar que una invasión estaba en marcha. Podían faltar razones legales, afirmaban, pero ya encontrarían los “gringos” una maniobra para poner a su ejército en marcha contra Colombia. La amenaza de invasión llevaba entonces a los más fervientes patriotas a levantar una mano de rechazo ante la menor presencia de cualquier estadounidense. Aún no se había presentado el menor signo de violencia, pero la embajada misma, situada sobre la a El Dorado, y rodeada de sacos de arena y con marines camuflados en cada esquina, parecía una buena muestra de que algunos temían lo peor.&lt;br /&gt; Tras recibir al resto de su equipo de tres, Nathan Dale se dedicó a pasar los siguientes dos días a la espera de instrucciones, haciendo sus ejercicios, leyendo los periódicos, pero sin tocar nada del material logístico que guardaba bajo las piedras del patio. En la noche cada uno comió a parte y a la mañana siguiente el francés Jean Philibert Dennis, la mexicana Julieta Hidalgo y el colombiano Oscar Plazas, salieron a recorrer la ciudad con un mapa bajo el brazo y unos buenos pesos para llenarse los bolsillos de cuanta tontería les ofrecieran en la calle, como buenos turistas. &lt;br /&gt; Jean era mucho mayor que el americano; le llevaba cuando menos diez años. De espaldas más robustas, piel sonrosada, cabello rubio casi albino y enormes ojos espectrales. Vestía de mejor manera, combinando unos pantalones blancos muy formales con un polo rojo y un suéter deportivo que le hacían juego. A su lado caminaba la mexicana Julieta: cabello abundante y ondulado color madera, facciones atractivas pero muy marcadas, como si su bello rostro fuera el producto de varias cirugías plásticas. Tras ellos el colombiano: jeans, camiseta del Santa Fe, un equipo local de fútbol, y gorra de los Yanquees de Nueva York. Barbado, con lentes oscuros, corta estatura pero de músculos marcados. Iba tras la pareja a una distancia de once metros cuando mucho, como si los siguiera o si fuese su escolta. Era de hecho el único que estaba armado.&lt;br /&gt; Fueron a centros comerciales, ojearon artesanías, se tomaron fotos frente a cada iglesia que encontraron y luego dieron de comer a las palomas de la Plaza de Bolívar. A media tarde la lluvia canceló cualquier otro plan y los tres regresaron caminando a la casa. Nathan los esperaba junto al fuego. Afuera se desplomó un aguacero y los conspiradores escucharon sus primeras órdenes:&lt;br /&gt; Tras saludarlos, darles la bienvenida y aclararles lo agradecido que estaba de tenerlos a todos allí, entró en materia dando un ligero repaso a sus actividades de los días anteriores.&lt;br /&gt; —No hay posibilidad de que esos hechos que usted nos cuenta puedan venir a complicar nuestro trabajo aquí —afirmó Jean, como reiterando algo dicho por Nathan. &lt;br /&gt; —No. El último reporte que tengo de inteligencia es que la policía y el DAS siguen sus investigaciones por el curso esperado y que no obtendrán resultados hasta dentro de tres o cuatro meses cuando ya hayamos concluida nuestra labor aquí.&lt;br /&gt; —Perdón —interrumpió Julieta levantando la mano—; usted me está dando, o nos está dando a entender que el tiempo de la misión va a ser inferior a ese lapso que usted ha dicho, es decir, tres o cuatro meses. Me va a disculpar, pero no ha sido específico en eso.&lt;br /&gt; —Dos meses, máximo tres. Si le preocupa su dinero, creo que aclaré al principio que les daría adelantos mensuales hasta haber finalizado la operación. Así que por el tiempo no deben preocuparse.&lt;br /&gt; —Me preocupa, o nos preocupa porque cuanto más tiempo pasemos aquí mayores serán las posibilidades de ser capturados.&lt;br /&gt; —Por eso es indispensable que nos atengamos al cronograma que hemos fijado. Los horarios y los desplazamientos deben seguirse al pie de la letra. Lo contrario podría provocar… no, de seguro causará el fracaso de esta empresa. Me ha sido ordenado seguir unos movimientos muy precisos y unas fechas exactas. Cualquier desatención a este requerimiento y nos podemos ver en un aprieto del que no nos sacará nadie. ¿Está claro?&lt;br /&gt; Las tres cabezas frente a él asintieron. Todos tenían experiencia en operaciones militares o paramilitares, así que escuchar las exigencias de un comandante no les era extraño. Jean Dennis tenía más experiencia en combate que Nathan Dale: mientras este último había sido un soldado la mayor parte de su vida, restringiendo sus actuaciones en el frente a apenas unos años en conflictos sin nombre, el primero había trabajado como mercenario en decenas de países, y como matón en una que otra guerra sucia. Pero Dale había tenido una formación académica como suboficial con la que Dennis no contaba. Cabe añadir que el americano había llamado al francés, y no de otro modo. &lt;br /&gt; Dennis por su parte había tenido, mucho tiempo atrás, una relación seria con Julieta. Ahora el asunto se reducía a una amistad de negocios, donde eran más francos entre sí y confiaban más el uno en el otro que cuando eran amantes. El colombiano era el más silencioso; miraba a todos con suma curiosidad, como si los hubiera encontrado charlando en un autobús. Su origen estaba ligado tanto a Dale como a Hidalgo: Hacía ya algunos años Nathan había llegado al país como parte del paquete de ayuda militar llamado “Plan Colombia” que el gobierno estadounidense entregó al país para combatir el narcotráfico. Decenas de mercenarios —denominados “asesores militares” o simplemente “contratistas”— arribaron para dar soporte, logístico o de primera mano, a la guerra contra las guerrillas. Plazas, entonces sargento segundo, se hizo amigo de Dale, y cuando ambos se vieron investigados por narcotráfico, el americano ayudó a salir al colombiano del país y trasladarse a México, donde Plazas se vería empleado como guardia de corps del Cártel de Sinaloa. &lt;br /&gt; La investigación por tráfico de estupefacientes estuvo en lista de espera de un juzgado, recogiendo polvo, hasta que vencieron sus términos y la legalización de las drogas la mandó directamente al fuego, con otros noventa procesos de similares características. Plazas podía regresar a Colombia, pero tenía un trabajo y una relación estable con una muchacha de Ciudad Juárez, relación que para entonces ya había concluido y de la que habían dos niños pequeños.  &lt;br /&gt; Julieta Hidalgo, según se cree, era la hija de un capo del cártel, aunque hay un acontecimiento que puede poner esta hipótesis en duda: Julieta había trabajado con la policía federal durante once meses hasta que inició una relación con el magistrado Fermín Barón, de la corte superior del Distrito Federal. Barón falleció en un confuso accidente en Belice, cuando al parecer se quedó sin oxígeno mientras buceaba; la Hidalgo estaba con él y por tanto se le dio el trato de sospechosa, mas un equipo de reputados abogados le permitieron salir airosa del asunto. De aquellas trágicas vacaciones en las que murió el magistrado se conserva una, en que la pareja anda de compras por el distrito turístico de Ciudad de Belice, y se aprecia que entre los escoltas de la pareja está el colombiano Plazas. &lt;br /&gt; Si Hidalgo era la Mata-Hari del cártel dentro del aparato policial y jurídico mexicano, es algo que continúa sin aclarar. No obstante, el que ya conociera a Plazas permite establecer un vínculo entre la señorita Julieta y la mafia sinaloense. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta sesión concluyó pasadas las doce de la noche, una vez los implicados lograron memorizar los pasos dos y tres de la operación. Dale repitió una y otra vez que todo el procedimiento estaba basado en una serie de movimientos específicos y en el cumplimiento a pie juntillas de las órdenes que llegaran de “E-6”. El siguiente movimiento se ejecutaría en ocho días.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2329343538442233396?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/11/6.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2147393073761174995</guid><pubDate>Fri, 17 Oct 2008 00:29:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-10-16T17:29:52.195-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CUsers%5CJOHNCA%7E1%5CAppData%5CLocal%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;o:smarttagtype namespaceuri="urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" name="PersonName"&gt;&lt;/o:smarttagtype&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if !mso]&gt;&lt;object classid="clsid:38481807-CA0E-42D2-BF39-B33AF135CC4D" id="ieooui"&gt;&lt;/object&gt; &lt;style&gt; st1\:*{behavior:url(#ieooui) } &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0pt; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:ES-CO; 	mso-fareast-language:ES-CO;} @page Section1 	{size:612.0pt 792.0pt; 	margin:70.85pt 85.05pt 70.85pt 85.05pt; 	mso-header-margin:36.0pt; 	mso-footer-margin:36.0pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0pt 5.4pt 0pt 5.4pt; 	mso-para-margin:0pt; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;5. Apertura&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Iban a ser casi las once; el calor era aterrador a pesar de que unos gruesos nubarrones se habían empezado a desplegar desde los cerros orientales, en gruesos cúmulos algodonados, formando una media luna que amenazaba la ciudad. La temperatura, en ascenso, era en partes iguales radiación solar, la humedad del suelo, ahora evaporándose, y la energía desplegada por la muchedumbre que, a cada pausa del Presidente, disparaba una salva de apabullantes aplausos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A las 10.45 los tres agentes estaban sumamente nerviosos. Cada vez que una amenaza se hacía manifiesta alrededor, o próxima, aunque fuese a millas, de Vargas, todos respiraban profundo, eliminaban cualquier pensamiento no relacionado con la situación y, sin el ánimo de ser negativos, buscaban una solución al problema. Los agentes seleccionados para esta labor, como alguna vez dijo Max Cohen, debían ser hombres —o acaso mujeres— con una capacidad de concentración superior a la normal. Pero esta vez, aquella mañana, al salirse de la rutina, el miedo a que el peor de todos los escenarios surgiera, empezó a enfriar el interior de sus cuerpos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Franklin repitió su pregunta “¿Qué estaba ocurriendo?”. No hubo respuesta. Federico estaba por acercarse a la tarima cuando vio a Ever correr hacia Vargas. ¡Corría! Dio tres zancadas con la corbata ondeando al aire, aplicó sus palmas delante y se llevó brutalmente al Presidente… antes de desaparecer. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los hombres del DAS, repartidos por el escenario, junto al toldo, en la parte trasera, en fin, repartidos tal como Ever había ordenado, se apoderaron del lugar: en una centésima de segundo abarrotaban el lugar como en si fuese una fiesta de barrio, mientras atronaban las radios de los soldados, policías y agentes quienes, enloquecidos por el estruendo, corrían sin orden alguno. Los presentes guardaban un glacial silencio, pero no había pánico; nadie sabía qué estaba ocurriendo: el presidente había desparecido bajo un alud de hombres en camiseta y unos pocos de traje y corbata. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico saltó sobre las bardas y se topó con aquel muro de agentes; clavando su cabeza se abrió paso entre los robustos hombres del DAS. Tras estos habían dos soldados del CEAT sirviendo de retaguardia a Vargas. Otras tantas personas, de seguro miembros de la comitiva presidencia, estaban entrando a la tarima e iban en círculos gritando o apretándose el rostro en una loca fiesta sin música. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Dónde está Papá! —gritó Federico, al menos dos veces, por la radio. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Va para la casa, ya tenemos el carro listo —respondió Danilo quien, en efecto, acompañaba al Presidente a un Blackhawk donde un escuadrón de la guardia presidencial formaba un anillo de presidencial. Sus rifles el apuntaban a todo el mundo sin distinguir entre amigos o enemigos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Danilo entregó al Presidente a uno de los soldados y empezó a gritar “¡Fuera, fuera, fuera, fuera, fuera!”. Mientras tanto, bajo el ruido de las aspas y el escándalo humano alrededor, Vargas preguntaba por Ever; intentó retener a Danilo para que este le informase, pero los soldados estaban empeñados en meter al jefe de gobierno entre el helicóptero y salir de allí cuanto antes. Esto pudo haber calmado a Federico, quien ahora tenía otra preocupación: Ever no aparecía por ningún lado; en medio del estruendo, las voces y el remolino humano general, habría sido imposible escucharlo si es que estaba hablando a través de la radio. Como comentaría Federico más tarde, lo que lo sacó de su agitación y lo llevó a un estado cercano al shock fue notar que sus zapatos y la bota de sus pantalones estaban manchados de sangre: la roja sustancia cubría todo el suelo y su propia cara estaba reflejada en él. Cuando logró abrirse paso, alrededor de un vacío estaban los presentes, observando un cuadro ahora irreversible: Ever permanecía extendido sobre su costado derecho, y a parte de que estaba sin cabeza y no parecía haber nada mal con él. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico se desmayó de la impresión; despertó quince minutos más tarde en una camilla de la cruz roja. Un enfermero le estaba midiendo la presión: por un rato, a parte del movimiento de sus párpados, permanecía estático: sus ojos giraron para mirar a sus compañeros, Franklin y Danilo, que por sus apesadumbradas expresiones dejaban ver claramente que ya se habían enterado de la noticia. Se incorporó sin dejar la camilla, tratando de hablar pero aún incapaz de formar una oración completa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Qué se supone que debemos hacer? —Preguntó Danilo. La cuestión en aquel momento era así: habían tratado de matar al Presidente, no tenían ningún punto para empezar, su jefe estaba muerto y no sabían a quién debían reportar primero, a quién consultar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Max Cohen recibió la llamada faltando diez minutos para las doce del día. Dictaba en ese momento una cátedra sobre derecho y reformas constitucionales. Irónicamente, así lo consideró él, le hablaba en aquellos momentos, a una nueva generación de abogados próximos a culminar sus carreras de pregrado, sobre la pena de muerte.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Se llama a esta &lt;st1:personname productid="la Raz￳n" st="on"&gt;la Razón&lt;/st1:personname&gt; 500: siendo el presidente de la república el primer ciudadano de la nación; entiéndase, el &lt;i style=""&gt;primer ciudadano&lt;/i&gt;: el centro del poder ejecutivo sobre toda la soberanía y la representación primera y última de la colombianidad en cualquier caso y por encima de todos, la unidad de la patria y el símbolo supremo de la justicia, atentar contra la vida del primer mandatario no puede recibir otro castigo que la pena de muerte. Me preguntaba uno de ustedes, otro joven, hace un rato, que por qué no había pena de muerte para otros crímenes “más graves”: la violación, el homicidio de niños, el secuestro incluso. Pues bueno: precisamente por que existe &lt;st1:personname productid="la Ley" st="on"&gt;&lt;i style=""&gt;la Ley&lt;/i&gt;&lt;/st1:personname&gt;; que no es la ley de Dios, sino el sistema procesal colombiano; un sistema que, y no me canso de repetirlo, es considerado único en el mundo, muy por encima, incluso que el de otras naciones latinoamericanas. Cuando la vida u honra de un ciudadano se ven atacados, cuando se viola la ley, el sujeto que acomete el crimen &lt;i style=""&gt;debe&lt;/i&gt; ser procesado y, ante todo, debe recibir un castigo &lt;i style=""&gt;acorde &lt;/i&gt;a su delito. No es lo mismo el que le roba a una señora su cartera, que el que roba a la nación. Que el que mata a su mujer por que esta le es infiel que el que atenta contra la vida del presidente: porque va más allá de atacar a un hombre, está atacando a toda una nación. En algunos países un atentado contra la vida del presidente, primer ministro o incluso del rey, se ven como actos de guerra. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entonces llegó la llamada; la encargada del auditorio de la universidad buscó durante un buen rato llamar la atención de Cohen, quien usualmente se entregaba de cuerpo y alma a sus cátedras. Una vez logró que el director del ARE pidiera disculpas y se acercara a ella, esta le condujo, sin agregar una sola palabra más, directo por el pasillo hasta la recepción. Si lo habían localizado ahí es que algo grave, por encima de cualquier caso que se pudiera presentar en un día normal, había ocurrido en relación al tan mencionado primer mandatario de la nación. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sudaba, aún antes de tomar la bocina; recostó su cuerpo contra el escritorio —no era un hombre muy alto— y, dándole la espalda a la recepcionista empezó a responder por monosílabos. Tras cuatro minutos de silencios y gruñidos colgó, entró de nuevo, pidió disculpas a todos y, tras tomar su agenda del podio, se dirigió hacia su automóvil, visiblemente perturbado. Faltando unos minutos para la una de la tarde estaba en el Palacio de Nariño; subiendo hacia el despacho del Presidente, haciendo lo posible por cruzar en medio del tumulto de periodistas y personal interno. Julio Cesar Arangure, el ministro de defensa, estaba junto a la puerta del despacho principal, sin duda lo esperaba, pero no lo saludó de manera alguna; le hizo seguir y cerró la puerta bruscamente tras él.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Las ventanas estaban ya siendo bañadas por las primeras oleadas de lo que prometía ser una gran tempestad. Vargas no estaba ahí, fue lo primero que notó Cohen: estaba la primera dama, el coronel Buitrago, Hernán Buchelli y el ministro de defensa. Solo le extrañaba la presencia de la señora de Vargas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ninguno hablaba; estaban esperando de pie con las manos en los bolsillos, con excepción de Juanita Díaz, que estaba recostada contra el escritorio de su esposo. Max Cohen se inclinó hacia ella y le saludó, esta devolvió el saludo parcamente y pasó a dedicar su atención al globo terráqueo de la esquina. Una franja de la pared oeste se movió; mimetizado en el muro blanco y lila de cenefas doradas estaba el acceso a las áreas privadas de la familia Vargas. Quien acababa de cruzar ese umbral entre el mundo privado y el área pública del señor Presidente era su médico, Omar Dylan; viejo y delgado como un esqueleto, pero firme, tanto en su postura como en las órdenes que daba. Se retiró sus enormes gafas de acero y, obviando a todos los demás, se acercó a Juanita:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Físicamente está en perfectas condiciones. La tensión un poco alta; el pecho acelerado. Pero creo que deberían hablar los dos, y, de ser posible, evitar todo compromiso en lo que resta del día.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Y acarreando su maletín de cuero abandonó el despacho presidencial como si fuese el escenario de una obra teatral. Juanita Díaz pasó al cuarto cerrando la puerta tras de sí; los hombres del presidente empezaron a tomar asiento donde pudieron, sin acercarse, por supuesto al sillón del primer mandatario. Le ordenaron al guardaespaldas salir y el ministro, el coronel y Cohen iniciaron una discusión cuyo contenido permanece en las brumas de los secretos de estado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Franklin estuvo junto al ahora incompleto cuerpo de Ever Jesús Ríos mientras este era levantado por &lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a" st="on"&gt;la Fiscalía&lt;/st1:personname&gt; para su traslado a medicina legal. Federico regresaba a la oficina, esquivando el tráfico de la hora del almuerzo, soportando la humedad de su auto y viendo las calles mezclarse bajo el diluvio. Sus pensamientos no podían ser más que sombríos. Danilo, ahora separado de sus armas, había regresado al uniforme reglamentario: traje oscuro y pistola automática. Sobre esta estaba su mano derecha, la izquierda estaba en su cintura, su cabello humedecido dejaba correr gotas que a todo momento debía retirarse que le cayesen a los ojos; al frente tenía un cadáver, y en los oídos las palabras del forense que hacía su trabajo. El occiso era Marcel Granados Lopera, de treinta y dos años, agente del DAS durante sus últimos seis. Le habían tajado la garganta de un extremo a otro con un solo corte, bastante profundo. La segunda víctima del día. ¿Y si era la primera? &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —Danilo se hincó para dirigirse de la forma más discreta al encargado. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Dos horas aproximadamente. Pero no le puedo asegurar si murió antes o después del agente que mataron en la tribuna. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Danilo sacó su teléfono móvil, pero lo volvió a guardar de inmediato; tal vez, por unos segundos, creyó que esto debía contárselo a Ever, luego debió recordar que estaba muerto. Eso o pensaba llamar a alguien más, a su novia, o a alguno de sus compañeros. Tras guardarse de nuevo su aparato empezó a caminar alrededor de la escena del crimen. El forense lo miró unos instantes antes de cerrar la bolsa con el cadáver. Estaban en el primer piso de la casa abandonada, que medio derruida goteaba por todas partes. Era el esqueleto de un hogar, con corrientes heladas pasando de un extremo a otro. Toda evidencia que hubiese habido ahí ya debía haberse borrado a causa de la lluvia y el viento. El agente del ARE subió al segundo piso. Allí había una carretilla y una pila de arena, la ventana y la brecha rota entre esta y el suelo, allí por donde el francotirador hizo su disparo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Como si estuviese aplicándose al ejercicio, Danilo apoyó todo el peso de su cuerpo en las palmas de sus manos y los dedos de sus pies, manteniendo su cabeza a la altura que debía estar el francotirador. Su vista era excelente, pero aún con ello apenas si se distinguía en la distancia la gran carpa donde había estado el presidente. Los autos que rodeaban aún el perímetro lucían borrosos, en buena parte por la lluvia, y en mayor medida por la distancia. El tirador debía ser excepcional. Al menos allí estaba la primera pista: hombres con la capacidad de hacer semejantes disparos debían de contarse con los dedos de la mano, y eso a nivel mundial. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El teléfono de Danilo vibró; al contestar mencionó este primer dato, Franklin, del otro lado de la línea, habían recobrado el proyectil que había matado a Ever. Danilo escuchó impresionado:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Calibre 50. ¿Como el de una ametralladora antiaérea?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Un rifle antimateria Barrett, digo yo. Los de &lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a" st="on"&gt;la Fiscalía&lt;/st1:personname&gt; van a llevárselo, pero yo ya pude tomarle algunas fotos. De todas maneras debemos arreglar el acceso a todas las evidencias que consigan estas personas. Hay que atrapar a este hijo de puta. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Danilo respondió con otra amenaza similar. Colgó el aparato y echó una última ojeada al lugar. El cuarto tenía unos seis metros de ancho y siete de largo; una alcoba principal. La arena de construcción estaba apilada en una esquina, junto a la carretilla, Danilo se acercó a detallarla pero no vio nada interesante; se fijó en la arena y, tras pensarlo un descubrió algo inusual que sólo mencionaría unas horas más tarde ante sus compañeros: a diferencia de las demás construcciones, donde se suele formar una pirámide cónica, esta estaba apilada de forma burda, desordenada, como arrimada afanosamente por un obrero que ve pasarse la hora de salida. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El agente llamó al policía que había llegado al lugar y había encontrado el cadáver. Le enseñó la arena.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Cuando llegaron a verificar por primera vez esa arena estaba así? —Preguntó. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El policía meditó un rato y luego negó con la cabeza:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Pues yo la veo igual. Pero usted entenderá que uno no se fija mucho en eso. Vinimos, miramos, no vimos nada raro y nos retiramos. ¿Usted cree que ahí guardaron el arma?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Danilo no respondió. Había suficiente material para esconder a un hombre si este montaba un sistema seguro para respirar bajo aquella pila. Un hombre y su arma; pudo haber estado desde temprano en la mañana, esperando. Aquello, comentaría luego, le recordó a las tácticas de algunos guerrilleros, quienes ocultos entre el fango esperaban durante todo un día para tender una emboscada a las patrullas de la marina. ¿Podía ser entonces que fuera el francotirador un hombre de las fuerzas especiales? El súbdito de alguna nación extranjera que hecho mercenario ha puesto a disposición de un partido desconocido su pericia para matar. Y había algo más. No pudo haberse cubierto de arena él mismo, si es que aquel fue el procedimiento para ocultarse; tuvo que haber alguien que le ayudase cubriéndolo; y dos hacen ya una conspiración.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su teléfono volvió a vibrar, pero en vez de una llamada en la pantalla aparecía pendiente un mensaje de texto. En clave le ordenaban dirigirse de inmediato al cuartel general. De todos modos no quedaba mucho por hacer, salvo seguir aguantando el frío de la tarde lluviosa —había amainado ya la feroz tormenta— y seguir hilando ideas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Franklin y Danilo llegaron a las dos y cuarenta y cinco minutos a la oficina de ARE. Magda no estaba, se le había ordenado salir y regresar en dos horas. Máximo Cohen y Federico estaban allí. Ambos conversaban —al menos eso parecía— en la oficina de Ever. Sus objetos personales, en las paredes y el escritorio, observaron esa tarde discutir a los cuatro hombres; había sucedido algo que no debería haber pasado: habían intentado matar a Vargas y uno de los agentes, además de un hombre del DAS, estaba muerto. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los reclamos serían ridículos, tanto como preguntar qué había sucedido, aunque Cohen debía estar de nuevo en el Palacio de Nariño para responder a todo el poder ejecutivo, empezando por el Presidente mismo. La misión de &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la  ARE&lt;/st1:personname&gt; no era saltar sobre el primer mandatario cuando empezaran a detonar los disparos, para ello habían siempre siete guardaespaldas robustos como jugadores de fútbol americano, pero con mejores reflejos. La agencia debía detectar las amenazas antes de que los conspiradores decidieran llevar el asunto al terreno de la práctica. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Si Vargas está vivo, digámonos las verdades, es de puro milagro —dijo Cohen encendiendo su pipa, tras los primeros diez minutos de conversación. Ocupaba la silla gerencial del ahora difunto Ever y sus ojos viajaban de un extremo a otro de la mesa, pero nunca sobre los ojos de sus agentes. Danilo estaba de pie, Federico y Franklin ocupaban las sillas frente al escritorio. Max continuó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Una vez les dije que no creía en milagros, pero que sólo uno podía salvar al presidente si alguien estaba decidido a matarlo y tenía un plan para ello. Ahora, esto no lo puede saber nadie más porque nadie más va a entenderlo. Para los políticos y los policías la cosa es de delincuentes y víctimas: no pueden concebir la idea de criminal antes que el crimen. Y si alguien va a cometer un crimen &lt;i style=""&gt;debe ser&lt;/i&gt; un criminal y por ello debe ser detenido; esa es, en teoría, nuestra labor. Decirles que no podemos evitar que se atente contra la vida de una persona si los conspiradores han evitado todos nuestros sistemas de detección los llevará a pensar que no estamos haciendo nuestro trabajo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Pero aquí tenemos un hecho claro —señaló Federico—: la muerte de Ever. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Danilo preguntó por quién se lo diría a la familia Ríos; Max le dirigió una mirada veloz, encendió de nuevo su pipa y continuó con su argumentación anterior.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Entre las primeras cosas que van a preguntar será por la identidad de los que están tras el atentado. En Colombia se ha desarrollado un curioso sistema de investigación: primero tenemos el nombre del culpable y luego realizamos la investigación para asegurarnos que &lt;i style=""&gt;en efecto&lt;/i&gt; sí es el culpable. Durante la guerra, cada vez que había un atentado señalaban a las guerrillas de hacerlo; igualmente con los homicidios, con los secuestros o las extorsiones. Se decía: “son las Farc”, aunque no se tuviera una certeza de cómo ni cuándo, y luego debía la policía y el DAS y &lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a" st="on"&gt;la  Fiscalía&lt;/st1:personname&gt; investigar para atrapar a los miembros de esta organización que habían cometido el delito. A esto se le llama “presunción razonable”. Si esta noche me piden un nombre (y estoy completamente seguro de que así será), díganme, ¿qué les voy a decir? Ese es el &lt;i style=""&gt;quid &lt;/i&gt;de la cuestión, señores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Es un &lt;i style=""&gt;outsider&lt;/i&gt; —declaró de inmediato Franklin—. Uno o varios profesionales, posiblemente extranjeros que han sido contratados por… fuerzas desconocidas con intenciones de acabar con la vida del Presidente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Eso último está fuera de toda duda —dijo Federico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Porqué extranjeros? ¿Acaso Colombia no produce sicarios ya?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—El arma que ha sido usada —respondió Franklin— debe poder disparar con alta precisión proyectiles calibre .50. Yo solo conozco un rifle de estas características: el Barrett antimateria; y esa es un arma que no puede conseguirse en Colombia y que muy pocos aquí conocen y no digamos ya manejan. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Es un buen principio —concedió Cohen. Soltó un suspiro, no estaba satisfecho seguramente, pero se puso de pie de inmediato y, apuntándose la chaqueta agregó en voz baja—. Tal vez presionando al DAS y al DNE ganemos algo de tiempo hasta que ustedes se organicen y empecemos una investigación seria. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La ciudad estaba siendo azotada por relámpagos, la lluvia duraría hasta el día siguiente o se extendería por todo el resto del mes de abril. Máximo Cohen partió cuando las lámparas de &lt;st1:personname productid="la Avenida S￩ptima" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Avenida" st="on"&gt;la Avenida&lt;/st1:personname&gt; Séptima&lt;/st1:personname&gt; ya alumbraban un tráfico que se estancaba por momentos: toda camioneta o camión eran detenidos por soldados de &lt;st1:personname productid="la PM" st="on"&gt;la PM&lt;/st1:personname&gt; y policías de boina verde de antiterrorismo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La casa de Nariño, silenciosa, estaba rodeada de un cinturón de periodistas, igualmente silenciosos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2147393073761174995?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/10/normal-0-21-false-false-false.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2627028799201297524</guid><pubDate>Sat, 27 Sep 2008 18:19:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-09-27T11:21:47.352-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;4.  El Rey&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Magda entró con un paso seductor de caderas oscilantes; los zapatos de alto tacón causaban ese efecto, al igual que fuertes dolores en los tobillos y en la espalda, no obstante, ante el gran jefe no podía andar descalza como le gustaba permanecer. En su mano derecha sostenía un plato y en este un vaso de agua con hielo. Ever no bebía café, ya que aseguraba que era uno de los causantes de la senilidad en personas mayores, mientras que el líquido elemento era siempre una necesidad del cuerpo humano. Al retirarse cerró la puerta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever estaba en aquel momento dejando su gabardina negra en la percha, al lado del paraguas y el sombrero. Estos últimos accesorios rara vez los sacaba, ni aún en días de lluvia. Ese paraguas era en verdad un obsequio, y un arma. Cargaba proyectiles calibre 22 que disparaba por la punta; tal vez estaba descargado, tal vez no. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico ignoraba cuántos años tenía su jefe, pero ciertamente lucía más joven y en mejor forma física que él. Alto, de un metro con noventa centímetros, piel lustrosa, cabello rasurado, enormes ojos y unos delgados labios con cuyas muecas podía pasar de sensual a aterrador en medio segundo. Alguien podía juzgarlo de vanidoso y ese sería el único reclamo que su presencia podía generar: sus trajes eran hechos eran de Savile Row, en Londres; cada tres meses, eso lo sabían todos dentro de la agencia, hacía una visita a su sastre particular. Como en Bogotá no hay estaciones, sus trajes solo variaban de acuerdo a si eran lluviosos o soleados: unos claros otros oscuros, eso era todo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Dónde están los demás? —Fue la primera pregunta de Federico. Ever encendió su computadora y sin quitar los ojos de la pantalla respondió:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Danilo está en Palacio; Franklin en el sitio —echó una rápida ojeada a su reloj—, o debe de estar por llegar ya. ¿Algo nuevo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Nada. D3 sigue con lo de los correos electrónicos, pero están casi seguros que son obra de niños; van a terminar por pasarle el asunto al DAS. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿El reporte de &lt;st1:personname productid="la Polic￭a" st="on"&gt;la Policía&lt;/st1:PersonName&gt;?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Cien hombres de cerco; Fuerza Disponible. Veinte de CEAT, divididos a ambos costados. El DAS mandará cincuenta para que estén entre la masa. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Cincuenta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Sí, eso es lo que dijeron.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Para casi tres mil personas que van a estar ahí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Aunque se los dijésemos van a argüir que no pueden ya conseguir más gente. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Claro que no. ¿Algo más?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—El listado de personal logístico. Encontré dos nombres con registros demasiado recientes, un mes y una semana respectivamente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Muy bien, no los quiero —A medida en que Ever hablaba Federico tomaba notas en su Palm. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—El ministro de Seguridad Social no estará —dijo Federico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Razón?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Su hija tiene presentación en la escuela; día de padres de familia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Está confirmado?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—La pequeña tiene un papel protagónico en &lt;i style=""&gt;Cascanueces&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico sabía lo importante que era esto para Ever; muchas veces el peligro no se descubría por quienes estaban presentes sino por aquellos que hicieran falta. En un simposio realizado el año anterior, Ever Ríos citó a Sam Giancana: “si quieres saber quién es el traidor, busca entre los sobrevivientes”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tras revisar en detalle el cronograma de actividades del presidente, Ever y Federico fueron a la cocina. Al fondo, tras retirar una lámina de yeso que ocultaba una caja de seguridad, accedieron a sus pistolas de dotación Boa 9mm automáticas, hechas en Colombia por &lt;st1:personname productid="la Industria Militar." st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Industria" st="on"&gt;la Industria&lt;/st1:PersonName&gt; Militar.&lt;/st1:PersonName&gt; Allí había igualmente chalecos antibalas y clips extra para sus armas. Aunque los cuatro agentes podían y portaban armas propias, estas Boa con proyectiles prefragmentados no llevaban números de registro. Eran “armas fantasma”; si asesinaban a alguien con una de estas los forenses nunca podrían relacionarlos directamente con el hecho. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever recibió una llamada a su teléfono móvil, se retiró de la cocina y un par de segundos después regresó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Agarre el carro, un helicóptero de &lt;st1:personname productid="la Polic￭a" st="on"&gt;la Policía&lt;/st1:PersonName&gt; viene a recogerme. Tengo que hablar ya con Buitrago sobre lo de esos agentes del DAS. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se refería al coronel Justo Daniel Buitrago, jefe de seguridad del presidente Vargas. Federico y Ever fueron juntos por el corredor y frente al elevador se despidieron. Para el agente Góngora aquello era también otra parte de la rutina, en que Ever siempre estaba entre los faldones del poder mientras él y los otros hacían el trabajo pesado. No es que el jefe se hubiese convertido en un figurín; seguía siendo un espía profesional, así que su trabajo principal en todas las reuniones, cócteles, almuerzos, cenas, desayunos, eventos y viajes era capturar al vuelo información o establecer lazos que le permitieran saber un poco más de todos. Federico Góngora lo ignoraba, pero una noche, allí en las oficinas de la agencia, Ever le había dicho a Máximo Cohen: “muchos espías son ‘prostitutas’ de la información. Yo soy el proxeneta”. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Mientras Federico encendía el automóvil, Ever subía al helicóptero de la policía. Uno tendría que vérselas con las calles, los embotellamientos y el calor ascendiente de la mañana; el otro miraría la ciudad desde los cielos mientras trataba de lidiar con el a veces imposible coronel Buitrago. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Ese no es asunto mío —Replicó prontamente el coronel con una expresión que en su caso era casi siempre un reflejo—. Mire, Ríos: yo me encargo de la seguridad &lt;i style=""&gt;personal&lt;/i&gt; del Presidente. Lo que haga el DAS es cosa de ellos. ¡Hable con la directora!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Coronel, quizá usted piensa que aún son las seis de la mañana y que está hablando con alguno de sus hijos escasos de cerebro —empezó a decir lentamente Ever— O tal vez a esta altura se le forma un coágulo temporal en la cabeza. Me va a decir que no tiene el menor control sobre el personal de seguridad que se distribuye alrededor del Presidente, ¿me está diciendo eso? Tiene a su cargo a casi doscientos veinte hombres y deja que ellos hagan lo que les da la real gana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El coronel se tomó sus treinta segundos para responder sin perder los estribos. Llevaba ya años enfrentando al implacable Ever, y responderle con insultos o amenazas le podrían acarrear problemas; aquel negro estaba bien conectado y era astuto como un zorro; el Presidente lo trataba como un amigo y su “agencia” podía mover a todo el estamento de defensa gubernamental como fichas de parqués. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Su trabajo, Ríos, es prevenir amenazas, no meterse en las estrategias de seguridad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Error… yo trabajo &lt;i style=""&gt;sobre amenazas&lt;/i&gt;: si me parece que la corbata de un ministro brilla de tal modo que le pueda causar un sarcoma al Presidente al ministro le quedan dos opciones, cambiarse la corbata o perderse. Cincuenta hombres del DAS bostezando entre la masa me sirven tanto como tener pelo entre el estómago; o apoyan el cordón de seguridad o servirán agua para los técnicos; no van a estar ociosos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Buitrago se inclinó hacia Ever:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Entonces bien puede ir con cada uno de esos agentes y decírselo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever estaba a punto de responder algo, pero se lo guardó y tomando el diagrama impreso del lugar del evento al que asistiría el Presidente pasó al siguiente punto de sus requerimientos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Franklin detuvo su automóvil; al abrir la puerta y poner un pie en la tierra gris y sin vida del camino quiso exhalar todo el aire caliente de su cuerpo. Odiaba tener que usar corbata, más aún para tareas que lo tenían fuera de la oficina, pero como odiaba los escenarios cerrados de trabajo había tenido que aprender a amar las corbatas, los trajes a la medida y las camisas de puños cerrados. Sacó su botella de agua, bebió el resto del contenido y arrojó el envase al asiento trasero antes de cerrar la puerta de un golpe. Luego chaqueta en mano se dirigió hacia la tribuna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Un policía se acercó, pero antes que hubiese abierto su boca para cuestionar qué hacía ahí, Frank extrajo su identificación, mandando al agente de regreso a su puesto. Tras hacer un chequeo general del sitio se dirigió hacia un camión adyacente al escenario. Allí había otro policía, pero este lo dejó pasar sin dedicarle una gran atención: si estaba allí, a esa hora, debía ser por algo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En el vehículo permanecía una nube de tabaco rubio, dentro se encontraban tres técnicos controlando las diez cámaras de vigilancia establecidas alrededor del podio donde el Presidente daría su discurso.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los técnicos tenían frente a sí una labor de complejidad clínica. Debían hallar entre los presentes alguna amenaza. No podían parpadear, no podían cometer errores. Si algo emergía, como los ojos del cocodrilo en el pantano, debían mandar al ataque a los agentes e informar a los guardaespaldas del Presidente que este debía ser retirado en el acto. Como aquello significaba que los robustos hombres de traje negro debían saltar sobre Vargas, la amenaza debía ser real. Podemos decir que estos sujetos debían ver la trayectoria de una bala, y sólo así poder desatar el pánico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Control —dijo Franklin al entrar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Entonces… —dijo lentamente el técnico del medio, el más obeso de los tres. Giró su silla y le ofreció un cigarrillo a Frank— ¿Cómo vamos hoy? &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Hasta ahora no he visto nada que me moleste. Pero naturalmente es muy temprano para decidir si este va ser un buen día, o si este va a ser &lt;i style=""&gt;el día&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Como ocurría normalmente, Frank hablaba un español supeditado al sistema estadounidense de expresión. El gordo, Arnoldo Mendieta, no replicó nada y siguió con la vista clavada en las pantallas. A estas Frank dedicó su atención por un rato: cuatro estaban dedicadas a la muchedumbre que se empezaba a agolpar contra las vallas de seguridad de la policía, situadas a ocho metros de la tarima. Otras dos mostraban los extremos internos opuestos del podio y al personal que allí trabajaba. Dos enseñaban el estacionamiento de vehículos oficiales, con un paneo directamente sobre las matrículas de los autos. El encargado de esta última cámara tenía una computadora portátil conectada a la base de datos del DAS; hasta ahora, como decía Frank, era un buen día.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Salió sin decir palabra y dejó la puerta abierta. Miró alrededor y luego empezó a caminar en reversa, observando siempre por encima del camión. Allí habían tres hombres de traje negro, bien ocultos para todo el mundo, excepto para la detallista mirada del ex agente de &lt;st1:personname productid="la CIA." st="on"&gt;la CIA.&lt;/st1:PersonName&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Eran francotiradores profesionales de la policía; cada uno con al menos cien aciertos a un blanco situado a medio kilómetro. En un extremo estaba el teniente Villanueva, conocido de Franklin; aquí actuaba como marcador de sus tiradores. No era este el único trío de protectores armados con rifles Winchester de largo alcance, pero era el único oficial de policía, de aquel orden, que conocía a Frank.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Entonces, teniente: ¿teniendo un buen día?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Los carros que me parquearon allá si quedaron lindos, ¿no? —respondió con sarcasmo el oficial sin quitarse de enfrente los binoculares—. Con ese brillo tan hijueputa que están pegando no voy a ver una mierda; y esta gente tampoco. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Lamentándolo mucho, teniente. Nosotros no diseñamos este asunto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Supongo que no.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Pero, usted debe tener en cuenta que una buena parte del trabajo pueden hacerlo las cámaras de seguridad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Viejo Frank: si yo me hubiese confiado una puta vez, una sola puta vez en cualquier cachivache distinto a los ojos de mis muchachos durante una operación, los terroristas le habrían dado por el culo a todo el país.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Tenga eso por seguro, teniente. ¿Algo más que reportar?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No… excepto una cosa: estamos apuntando hacia el noroeste. El equipo B está apuntando hacia el sureste, ¿nadie está apuntando hacia el oeste? &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En esa dirección apuntó Frank su mirada: la muchedumbre ya superaba las dos mil personas, lo cual era algo increíble. Pero fuera de la masa allí congregada, y de las patrullas y agentes de policía a pie no había nada, ni siquiera un arbusto, en por lo menos cuatro kilómetros de tierra desnuda.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Bien… de hecho no pienso que ustedes tengan que preocuparse por ese costado gente. No es un riesgo aceptable apuntar a los espectadores.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Es que yo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;no estoy hablando de apuntarle a los espectadores; yo estoy hablando de apuntarle a &lt;i style=""&gt;eso&lt;/i&gt; —exclamó llenándose de furia el teniente, señalando algo remoto establecido en la nada plana del horizonte. Franklin tuvo que tomar los binoculares para localizar, en esa nada de la que hablamos, una remota casa, de dos pisos: la última entre las arenas y terraplenes de un sector en construcción. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No era una vivienda completa, sino las partes últimas que se negaban a caer de lo que fue el hogar de alguien. Todo aquel vasto desierto que Franklin estaba observando, y al que, de una forma indirecta se dirigiría el Presidente esa mañana, había sido en otro tiempo el sector de Patio Bonito: hectáreas y hectáreas cuadradas de concentraciones humanas sin ningún orden ni planificación. Por intermedio del Departamento de Planeación Distrital de Bogotá, el gobierno de Vargas había empezado el piloto de un gran plan para redistribuir la tierra en las áreas urbanas. Se tratada de la compra de grandes zonas de terreno, el cual tenía unos pocos propietarios. Lo que se alzaba sobre aquellos suelos eran más principalmente tugurios, edificios abandonados y fábricas de polución. Una vez el gobierno se hizo al terreno lo derribó todo y alzó sobre este una serie de círculos compuestos por torres de treinta pisos, dotados de servicios, con grandes ventanas y zonas verdes en rededor. Los presentes, allí esa mañana, eran las familias que, mediante un nuevo sistema de crédito, se habían hecho a alguno de estos apartamentos de diseño moderno, con grandes espacios y hermosa visa. La casita hecha pedazos, aún no terminada de derribar, era el último vestigio del caótico pasado del sur de Bogotá.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Ciertamente —respondió entonces Franklin—. Pero, dígame teniente: ¿usted realmente cree que es posible para un francotirador allí situado disparar contra el escenario?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Creo que cualquier vaina es posible hoy en día —refunfuñó el oficial en voz baja—. De todos modos no quiero ver a nadie ahí. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Franklin igualmente lo consideró una idea sensata. El helicóptero con el jefe de seguridad del Presidente y Ever había llegado hacía algunos segundos. Frank aprovechó para comunicárselo a su jefe.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Unos cinco minutos más tarde una camioneta con cuatro hombres de antiterrorismo de la policía llegaron al lugar. Lo rodearon y, a parte de treinta bultos de cemento y una pila de arena de dos metros, no hallaron nada. Lo reportaron, regresaron a su vehículo de ahí a su posición establecida. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aunque el lugar ahora estaba desocupado, dos ojos estaban encima de este: Ever igualmente consideraba aquellas ruinas como una amenaza, así se lo hizo ver al coronel Buitrago, este parecía ya harto de las continuas preguntas y objeciones que ponía el jefe del ARE:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Se acaba de mandar personal a ese sitio, señor Ríos, y no encontraron nada. No vamos a mantener a nadie ahí porque el brigadier no cuenta con más gente en el sitio. Además, desde ahí es imposible lanzar cualquier ataque contra el Presidente. Punto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever no agregó nada más, prefirió llamar por su radio a Federico y pedirle que contactara a alguien del DAS. Federico fue con el jefe del destacamento, un sujeto de treinta y tantos años vestido con una chaqueta de cuero y jeans que portaba una radio en la mano. Tras mostrarle su identificación el agente encargado lo miró con desconfianza mientras preguntaba lentamente qué deseaba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Necesito a dos de sus agentes de inmediato —respondió Federico.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El agente respondió que necesitaba saber para qué los requería, Federico se explicó: la casa abandonada situada un kilómetro hacia el oeste debía estar bajo vigilancia y únicamente los hombres del DAS podían abandonar sus posiciones y cubrir el lugar. El hombre al mando del destacamento aceptó de inmediato al parecer, pero dijo que debía ser él y nadie más quien les asignara las órdenes a sus agentes. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Casi de inmediato una gran agitación se apropió del lugar. Los soldados y policías alrededor, con todas sus variaciones de uniformes empezaron a revisar sus armas y a inspeccionar en detalle sus uniformes. Se había dado por radio la señal en clave, secreta, que todo el mundo conocía: el Presidente estaba aquí. Sus traslados, siempre coordinados por &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la ARE&lt;/st1:PersonName&gt; y el coronel Buitrago, eran considerados clasificados. Bien podía arranca la caravana de coches blindados y motocicletas a andar desde &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:PersonName&gt; de Nariño, aunque el primer mandatario se estuviese desplazando en un helicóptero artillado. El único que había puesto una queja sobre este procedimiento, según Ever, era el propio José Hilario Vargas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever Jesús de nuevo repasó el esquema, esto sin abandonar su posición sobre la tarima. Al frente ya se agolpaba una masa de quizá tres mil personas, los agentes del DAS, como había pedido él mismo, vestían de forma casual y permanecían alejados de la muchedumbre, cerca de los equipos sonoros, cual si fueran parte del equipo técnico del evento. La instalación había empezado a las seis de la tarde del día anterior, y a esa hora aún había tareas por realizar; tanto tiempo gastado, se podría pensar para una simple alocución presidencial. No pasaba lo mismo con la seguridad: policías, francotiradores, agentes del DAS y de las otras agencias estaban ya ahí, en sus puestos, listos a seguir todos los protocolos de acción en caso de presentarse la menor amenaza. Ever fue a la parte trasera del toldo y se dirigió directamente al Presidente; lo saludó respetuosamente, mas Vargas siempre tenía una actitud relajada hacia su personal:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Ever! Qué hubo hermano. Genial que usted esté por aquí encargándose de toda la vaina. ¿Cómo está su señora y sus hijos?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El agente Ríos respondió amablemente que todos estaban bien y le enviaban saludes. José Vargas vestía con pantalones claros y una camisa sin corbata, prenda esta última que empleaban únicamente para asuntos oficiales. Una vez, de hecho, el lente de un fotógrafo alemán lo había capturado sentado sobre su escritorio, respondiendo una llamada, rodeado de ministros y llevando una sudadera. Siempre deseoso de parecer un hombre descomplicado, en una de sus primeras entrevistas aseguró carecer de trajes costosos, salvo un esmoquin italiano empleado para asuntos de etiqueta. Afirmó entonces que un Presidente debía ser considerado un empleado público más, y si el pueblo debía buscar algún día un símbolo de unidad —algo que &lt;st1:personname productid="la Constituci￳n" st="on"&gt;la Constitución&lt;/st1:PersonName&gt; afirmaba que el Presidente era— debían dirigir sus miradas hacia la selva, a las montañas, a las hermosas costas, o acaso a la bandera tricolor. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever y Vargas caminaron hacia la tarima. Antes de subir apareció Luis Ángel Mayarino, jefe de comunicaciones y portavoz de &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:PersonName&gt; de Nariño. En sus manos llevaba el discurso, era un hombre alto y delgado como una palma africana; extendiéndole los papeles a Vargas parecía no querer dejar ir al mandatario antes que hubiese echado un vistazo al argumento por él redactado. Sin más palabras Vargas hizo caso: movió los labios rápidamente ante el primer párrafo y agregó secamente “Aceptable. Irá bien”. Como rara vez demostraba mayor entusiasmo ante uno de los escritos de Mayarino, este consideró terminada su tarea y fue a buscar su sitio sobre el escenario.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sobre el escenario estaban presentes algo así como treinta personas. Ever se situó en la mitad y empezó a contar cabezas, en sentido de las manecillas del reloj, desde el dúo encargado de la cámara diagonal al podio, hasta sus contrarios en el ángulo opuesto. Allí apenas si eran necesarias ocho personas, y empezó a despedir gente sin que estos encontrasen argumento para contravenir la orden. Los guardaespaldas empezaron a subir y a revisar el sitio; cada uno podía portar una pistola automática, así que Ever debía situarse en una esquina con su arma, lista a dispararle a cualquiera de aquellos hombres, que si bien eran constantemente pacientes del polígrafo y los psiquiatras, el sólo hecho de estar armados cerca del Presidente los hacía potenciales magnicidas. Bajo la sombra de un enorme altoparlante, el jefe de &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la ARE&lt;/st1:PersonName&gt; esperó la llegada de su protegido. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Franklin estaba de nuevo con los francotiradores. Con un par de prismáticos vigilaba el desplazamiento de las unidades contraterroristas. Federico había regresado a su auto, se había aflojado la corbata y, con una antena y una computadora portátil, se dedicaba a escuchar las conversaciones entre los distintos servicios de seguridad presentes. Danilo no llevaba su traje sastre aquella mañana: tomó un uniforme de policía y un rifle de asalto Armalite AR-15, cuatro granadas, una Sig-Sawer 9mm y su cuchillo de caza. Si alguien quería subir por la escalera hasta el interior del escenario debía pasar por encima de él. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El jefe, Ríos, presionó un botón de su cronómetro Omega: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Papá está aquí; todos presentes en el comedor —era la contraseña designada para señalar la llegada de Vargas. Ahora todos debían poner su atención en ver lo que en teoría no debía estar ahí. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Todos pudieron escuchar entonces, a su alrededor y a través de la frecuencia radial, el rugido estruendoso de la muchedumbre aclamando al presidente más popular en la historia del país. Una tormenta de aplausos y aclamaciones se elevaron al cielo y agitaron el centro de &lt;st1:personname productid="la Tierra. Jos￩" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Tierra." st="on"&gt;la Tierra.&lt;/st1:PersonName&gt; José&lt;/st1:PersonName&gt; Vargas, frente a cuatro mil setecientas personas, se inclinó a saludar a su pueblo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Hacer una venia para saludar a una muchedumbre había sido uno de lo gestos característicos de Vargas durante toda su carrera política. Había empezado como concejal de Bogotá, a los veinticuatro años, alcalde a los treinta y dos, senador por el partido Liberal a los treinta y cinco, ministro de justicia a los treinta y siete, cinco años de estancia en Moscú y ahora, a los cincuenta y un años y tres meses, presidente de &lt;st1:personname productid="la República." st="on"&gt;la  República.&lt;/st1:PersonName&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Quienes corrían a su alrededor como fieles cortesanos no cesaban de recordarle, a quien quisiera escucharlo, que Vargas no venía de una familia encumbrada, sino de la clase media trabajadora: Enrique Vargas era agrónomo de profesión, pero desde que terminó su carrera, hasta que nació el segundo de sus hijos, José Hilario, mantuvo a sus hijos con su sueldo de conductor de autobús. Su esposa, Milla Enea Matejko, hacía lo propio en un encumbrado colegio local enseñando piano y, en breves ocasiones, francés. Aunque hablaba siete idiomas, y en la universidad de Varsovia estudiaba física aplicada, su mal manejo del castellano le valió verse relegada a ser, simplemente, la estricta y odiada profesora de piano. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La relación de Enrique con Milla dio, no sólo dos hijos, sino la fuerza para que el padre de familia buscase una mejor ocupación. Estudiante de una escuela moderna, no deseaba ver a sus retoños convertidos en unos ignorantes por simple falta de recursos; así que tomó un trabajo de tiempo parcial como mesero en eventos organizados en los salones del Grand Imperia Hotel, allí conoció al abogado Eliécer Calles, exitoso en su campo, con un caudal de dinero a sus espaldas, y una sola pasión verdadera: el ajedrez. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Vargas jugaba poco, pero su dedicación al juego ciencia le granjeó una amistad duradera con Calles. Éste por su parte lo introdujo dentro de diversos círculos sociales, permitiéndole así hacerse a un puesto en una fábrica de insumos agrícolas en Zipaquirá, un municipio situado a una hora de la capital.&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La infancia de José Hilario transcurrió entonces en una antigua casona, húmeda y recorrida de pisos al techo por incontables grietas y grandes ventanas veteadas de mugre y algas. Su padre era un hombre a la antigua: trabajaba de las ocho a las ocho, todos los días, descontando el domingo, día de visita a la iglesia para elevar una plegaria de agradecimiento por los favores recibidos. Su madre por el contrario daba clases particulares de francés y matemáticas; cuando esta permanecía en casa no resistía ver a sus hijos jugando o distrayéndose frente al televisor: los obligaba a estudiar aquellas asignaturas que la escuela no cubría, como latín y botánica.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A sus quince años, José Hilario presenció la ruptura familiar: Enrique Vargas llevaba algunos años sosteniendo un romance con una antigua compañera de la secundaria. Al parecer el hombre estaba cansado de mantener esta relación bajo el sigilo y el miedo; reveló la situación a su esposa, pero esta se negó a divorciarse de él. Llegaron a un acuerdo: ellos permanecerían en Zipaquirá y el Enrique, que había logrado ser ascendido a la dirección central la firma exportadora de insumos, se instalaría en la ciudad, con su compañera, y les enviaría lo necesario a su esposa e hijos para vivir. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La situación en casa se complicó al parecer; Milla moriría a los cuarenta y dos años por una sobredosis de pastillas mezcladas con vodka. Se había hecho, al parecer desde hacía muchos años atrás, adicta tanto a los fármacos como al licor. Pero hasta que esto sucedió, al cumplir José Hilario los diecisiete, aquella dama polaca se fue tornando cada vez más agresiva, hasta el punto que Horacio Antonio, el hermano mayor de José, se quitaría la vida estrellando su propio auto contra un muro de concreto. Con tan funesto acto no es extraño que la madre terminase volcando sus últimos días a un consumo sin pausa de anfetaminas; y el joven José, quien dependía mucho de su hermano, en un sentido afectivo, enfermó repetidas veces, y a lo largo del año que siguió al deceso de Horacio, estuvo interno en una clínica bogotana en unas siete oportunidades. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Extrañamente, o singularmente al menos, sería también el juego ciencia el recurso con el que saldría de sus padecimientos. Así como su padre encontró en el ajedrez una forma de entablar una amistad que le reportaría enormes beneficios, el muchacho desarrolló un interés tal en la disciplina que logró dejar atrás el abismo depresivo en el que se había hundido con la pérdida de sus familiares. En algunas entrevistas y artículos de prensa redactados por él mismo, José Hilario Vargas declararía que su pasión, incluso su adicción al juego fue lo que lo rescató de una segura debacle moral cuya senda lo hubiese dirigido sin duda a la autodestrucción. Jugaba hasta siete partidas al día, recorriendo la ciudad de un extremo a otro (había regresado a Bogotá tras la muerte de su madre), buscando jugadores en los clubes de billares, en los cafés y las universidades. Extrañamente nunca entró a participar en torneo alguno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se hizo abogado en &lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt; del Rosario; realizó prácticas con Eliécer Calles, quien sería su primer guía en los caminos y vericuetos de la política. Calles, liberal de toda una vida, hijo de liberales pero padre de nadie, tomó al muchacho y lo impulsó a llegar a aquellas cimas a las que él, por una u otra razón, jamás pudo alcanzar. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Durante su periodo de alcalde de Bogotá, un periodista le preguntó qué clase de dirigente era; Vargas se tomó su tiempo y dijo que, ante todo, era un hombre que disfrutaba seriamente la política, pero más aún la administración. “Todo puede resolverse si se sitúan los asuntos en su lugar” declaró, aunque, incluso él admitiría, unos años más tarde, que como burgomaestre no logró alcanzar el desempeño deseado. No es esta recordada como una mala administración, pero analistas de diversos niveles coinciden en señalar que durante los cuatro años de administración Vargas la ciudad sólo vio un crecimiento físico, mas no social: se desarrolló el metro, el tren de cercanías, se invirtieron millones en la reparación de la malla vial y en otras tantas obras, pero incluso los planes de apoyo para los estratos más bajos de la población quedaron frenados, algunos llegando a estancarse por completo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su mala racha en este campo pudo ser uno de los factores para que, durante los siguientes años, su carrera se desarrollase en la sombra. Cuando entró a reemplazar en el Ministerio de Justicia al investigado Orlando Padilla Prieto, muchos consideraron su nombramiento como una jugada del gobierno conservador de entonces para congraciarse un poco con los liberales, quienes en el congreso orquestaban una campaña de oratoria contra el poder. Y aun tan alto cargo no le reportaría mayor publicidad; daba cortas declaraciones y los periodistas rara vez preguntaban por él, salvo cuando se estaba ejecutando un gran caso en la corte suprema o se desataba un gran escándalo de corrupción; los micrófonos corrían hasta la puerta de su despacho, y al ser atendidos por el siempre relajado Vargas, este respondía con vaguedades que no valía la pena reseñar ni siquiera en las últimas ediciones de los noticieros. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Lo que sí logró llamar la atención del país fue su compromiso matrimonial con la periodista Juanita Díaz, una atractiva presentadora de noticias, alta, de elegantes facciones y un juvenil tono de voz que nunca le alcanzó para ser considerada una periodista seria. Estaba encargada de las noticias culturales y de farándula, realizando, una que otra vez, la presentación del noticiero de la mañana. El político, de treinta y seis años, y la egresada de economía de veintisiete, se habían conocido en un partido de tenis durante el cual algunos miembros del gobierno jugaron contra algunos tenistas nacionales con mejores o peores trayectorias. El asunto no pasó de ser una nota cómica en la sección final de las noticias: los ya mayores hombres de estado corrían torpemente tras la pelota; solo Vargas, en mejor condición física que sus compañeros, logró ganarle un par de sets a Patricio Banca, su contendiente en esa oportunidad. Díaz se encargó del cubrimiento del asunto y le realizó algunas preguntas a José Hilario, las cuales no llegaron a salir al aire, según el coordinador, por falta de tiempo. Ese día se iniciaría un romance que duraría dos años, al cabo de los cuales la pareja anunció su compromiso de boda.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Heredero de la robustez de su padre, el color claro y el rostro simétrico de su madre, José Hilario siempre tuvo un singular atractivo de hombre maduro. Él y Juanita lucían como una encantadora pareja; esta caleña había sido modelo y concursante en diversos certámenes de belleza. Su boda se realizaría en San Petersburgo, ya que, tras terminar su periodo como ministro, el futuro presidente fue enviado a la embajada colombiana en Moscú. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su camino a la presidencia no fue, como sugieren algunos, una larga lucha, sino apenas una carrera de obstáculos que José Vargas sorteó con agilidad. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tomas Cipriano Velasco llegó al poder mediante gritos y amenazas; su propuesta de “erradicar la politiquería” se desarrolló en una purga general en todos los niveles del gobierno. No exageramos: hasta las aseadoras de los edificios ministeriales quedaron en la calle, así como los oficiales diplomáticos, generales del Estado Mayor, directores de instituciones gubernamentales y sus secretarias o secretarios. El “barrido” fue aclamado por los fanáticos del nuevo gobierno, quienes hablaban de una “demolición de la antigua burocracia”. Para mantener los tres poderes en funcionamiento, Velasco se trajo a sus amigos, los amigos de estos, familiares, allegados, socios comerciales, acreedores, ex amantes, compinches del club, ex colegas de la universidad o el colegio y algunos liberales que golpearon la puerta de su despacho con alguna bella ofrenda en sus manos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;José Hilario Vargas regresó a Bogotá, le ofrecieron ser decano de Leyes en &lt;st1:personname productid="la Universidad Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt; Nacional&lt;/st1:PersonName&gt; y no titubeó para aceptar el cargo. Su esposa trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, vivían en un pequeño apartamento del barrio El Retiro y con un solo auto parecían llevar una vida plena, tal vez feliz, pero ante todo sencilla. Durante este periodo Vargas escribiría tres libros, uno de ajedrez con escasa circulación, uno de leyes, en el que compilaba sus escritos publicados en la revista de leyes de &lt;st1:personname productid="la Universidad Javeriana" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt; Javeriana&lt;/st1:PersonName&gt;, y un análisis crítico, bastante cáustico, sobre los últimos gobiernos, en especial el del entonces presidente Velasco.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El texto, publicado por el FCE, se agotó en su primera edición y la editorial Panamericana compró los derechos para vender una versión revisada por el autor. Al llegar de esta manera a muchas más librerías, el libro, que mezclaba un negro sentido del humor, con el ajedrez, con la literatura, y la situación nacional, sacó a Vargas del olvido y lo puso de nuevo en las páginas de los diarios. Y, semanalmente, debemos decir: desde su columna de opinión &lt;i style=""&gt;El jinete&lt;/i&gt;, en las páginas de &lt;i style=""&gt;El Espectador&lt;/i&gt;, se transformó en la mayor pieza de artillería de la oposición al gobierno; aquellos que cerraron filas a favor de Velasco, como los directores de los canales privados, revistas como &lt;i style=""&gt;Diners&lt;/i&gt;, e intelectuales de derechas, le declararon la guerra, invitándolo a peligrosos debates donde intentaron, sin lograrlo, aplacarlo mediante emboscadas. Contrario a lo que buscaban, Vargas se tornó tan famoso, que cuando por fin el gobierno logró expulsarlo de &lt;st1:personname productid="la Universidad Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt;  Nacional&lt;/st1:PersonName&gt;, los liberales lo hicieron jefe de su partido, y su principal ficha para los próximos comicios electorales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Muerto Velasco, desangrada la nación, el pueblo votó por él y al presentar su discurso de posesión impresionó a sus oyentes presentándose sin libreto alguno en las manos, aferrando el podio como si desease levantarlo, e inclinándose sobre el micrófono en forma amenazadora: “Espero que me estén escuchando todos; y por todos me refiero también a aquellos colombianos que se han olvidado de sus obligaciones, de mirar al poder, señalarle sus defectos, y que han preferido dar la espalda y no complicarse la vida. ¡Tenemos &lt;i style=""&gt;mucho&lt;/i&gt; que hacer!”. Durante sesenta minutos recriminó a todo el mundo y declaró que ahora todos estaban condenados a dedicar sus días levantando los escombros y reconstruyendo el edificio despedazado de la patria. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;“Le dieron el poder a una pandilla de maleantes con tal de sentirse seguros contra los fantasmas del bosque. El resultado corre por los riachuelos de sus veredas y los grandes ríos de la nación: el tinte carmesí de la sangre humana”&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Escandalizados, los viejos políticos lo criticaron severamente. Uno que otro periodista le dio el título de “Tomás Velasco II”, por su lengua de fuego. Pero su primera batalla, en el campo político, la ganó cuando fue recibido por el presidente Frank Beuler. Ambos compartían la misma visión de centro izquierda, así que Vargas consideró conveniente tender un sólido puente entre ambas naciones; un puente reducido hasta entonces a ser una débil soga por las acciones de la anterior administración colombiana. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Beuer tenía un proyecto, y lo llevaría a cabo así viese en riesgo su propia carrera, como se lo comentó a Vargas en &lt;st1:personname productid="la Oficina Oval" st="on"&gt;la Oficina Oval&lt;/st1:PersonName&gt;: legalizaría las drogas, les impondría un estricto control, toneladas de impuestos y largas condenas a aquellos que fuesen pillados vendiéndole estupefacientes a menores de edad o mujeres embarazadas. Los demócratas habían llegado al poder con un discurso similar al de los liberales en Colombia: acabar la guerra, todas las guerras, y no prolongarlas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Si en los Estados Unidos Frank Beuer se ganó enemigos, procesos, investigaciones y demás, en Colombia Vargas empezó a ganarse amenazas políticas, sociales y de muerte. Ni a los narcotraficantes, ni a las guerrillas, ni a los paramilitares, mucho menos a la iglesia o a los conservadores les interesaba que las drogas fueran legalizadas. Para ellos era una cuestión de negocios, o moralidad; para Vargas y los liberales de izquierda, una cuestión de vidas humanas y una nación cuya tierra fértil estaba siendo destrozada por acabar algo inextinguible.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;“Hay quienes llaman a esta la ‘flor maldita’.” dijo en un discurso mientras sostenía una amapola en su mano, “Pero esta es una obra de la naturaleza, una obra de Dios. Quiénes son ustedes para sojuzgar la obra del Señor; para quemar los bosques y envenenar la tierra.” &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Contra viento y marea el congreso de los Estados Unidos levantó la prohibición de las drogas. Hubo una serie de eventos, fiestas y conciertos por toda la nación norteamericana celebrando el fin de la restricción, principalmente contra la marihuana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando el Cesar dice hágase, ya está hecho. Siempre se puede contar con la obediencia al Tío Sam, especialmente por parte de sus sobrinos más pobres; países como Ecuador, Bolivia, México y por supuesto Colombia, legalizaron la cocaína, heroína y la marihuana. Y empezaron a exportarla abiertamente a los Estados Unidos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Velasco y Beuler ya tenían planes para lo que sin duda se convertiría en un bombardeo de estas sustancias sobre el suelo estadounidense. Primero, &lt;st1:personname productid="la DAFT" st="on"&gt;la  DAFT&lt;/st1:PersonName&gt; (Agencia de control de drogas, alcohol, armas de fuego y tabaco) recibía en los puertos la mercancía, evaluaba cargamento por cargamento, y si llegaban a descubrir algún ingrediente nocivo, como la acetona, o sucedáneos para rendir el producto, como cal, los agentes procedían a incinerar toda la carga y poner a los transportistas bajo arresto. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La importación a la antigua, mediante avionetas, se tornó mucho más arriesgada: once aeronaves que volaban sin identificación o no respondían a la torre de control, eran derribadas de inmediato mediante buques radar cercanos a las costas, cazas ultramodernos con misiles inteligentes, e incluso con rayos láser. Fue esa la primera aplicación que tuvo el programa de &lt;st1:personname productid="la Guerra" st="on"&gt;la  Guerra&lt;/st1:PersonName&gt; de las Galaxias: un rayo podía ser disparado desde las montañas del centro de Estados Unidos, coordinado entre satélites y apuntado a cualquier objeto que estuviese dentro de la mira de uno de estos aparatos. Este proceso tomaba unas once milésimas de segundo, desde el momento en que el operador oprimía el botón de disparo, hasta que la descarga de luz freía, literalmente, al aparato y a todos los que estuviesen dentro. En la mayoría de los casos reportados —unos diez dentro de un periodo de tres años—, las aeronaves se fragmentaron en el aire, en cenizas diminutas que, esparcidas por el aire, llegaban a formar pequeñas nubes y misteriosas nubes grises, de las cuales se dio un buen recuento fotográfico por parte de turistas y agentes de derechos humanos. Otro tanto ocurrió con los botes inflables que intentaban aproximarse a la costa y, a pesar de la identificación positiva por parte de los servicios de vigilancia, escapaban a los guardacostas. En billones de partículas esparcidas en las aguas quedaron reducidos los que intentaron evadir los impuestos y controles de la importación de drogas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En Colombia, la industria de las drogas cayó prontamente en manos del Estado. La siembra, producción y distribución de las sustancias, que antes era dirigida por los temidos capos, con sus grandes camionetas, gigantescas mansiones veraniegas, esculturales mujeres y escoltas malencarados armados hasta los dientes, quedó en manos, tanto de campesinos como de los encopetados y entrajados hombres de negocios de las grandes ciudades, quienes, hartos ya de pasar de un empleo malo al otro, vendieron sus capacidades administrativas al gobierno y pronto se hicieron ricos en la floreciente industria.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los grupos económicos de siempre, hasta entonces en proceso de desmoronamiento, también se hicieron a una parte del negocio; la competencia se tornó feroz, el estado aplicó sus colmillos a la yugular de las cuentas bancarias y el dinero fue encausado hacia el desarrollo social, de obras y de proyectos tecnológicos a futuro. Capaz de generar trabajo, energía, alimento e incluso su propia maquinaria, Colombia se tornó en la tercera potencia del continente americano, peleando por un ajustado segundo lugar con Canadá. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Un uso extensivo de los medios&lt;i style=""&gt; &lt;/i&gt;de comunicación le permitía al gobierno hacer saber las buenas nuevas, cuya progresión matemática arrancaba lágrimas de los más patriotas, a diario. No era raro entonces que el fotogénico presidente José Hilario Vargas fuese tan fuertemente aclamado aquella calurosa mañana de Abril, así como en cualquier otra presentación que daba. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando la ovación disminuyó su atronador volumen, Vargas arrancó el micrófono del podio y caminó hasta el borde de la tarima con una mano en el bolsillo y una sonrisa de humorista de club privado: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Hola cómo están.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La aclamación recobró su anterior tono como una tormenta desatada repentinamente. Se agitaban banderas y pancartas. Las mujeres se llevaban los dedos a la boca y lanzaban besos cuya pasión se dejaba ver en la forma en que ardorosamente cerraban los ojos a la hora de lanzarlos. Los hombres, salidos de sus transpiradas camisas, agitaban el puño en alto y luego extendían los dedos; todos querían tocar al ser divino.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Ahora estoy recordando mi primera… mi primera charla con ustedes; porque para mí son charlas; aunque solo hable yo… lástima —enseñó una sonrisa inocente y hubo risas en réplica. Tras bambalinas Mayarino cerró los ojos y soltó un suspiro forzado: Vargas entraría a improvisar, de nuevo—. Decía… la primera vez que le hablé al país fue para hablar de trabajo. Bueno, es hora de hablar de ¡celebración!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Y alzó los brazos en alto. Sus fanáticos lo imitaron mientras aullaban enloquecidos. El magnetismo de su imagen no dejaba nunca de impresionar a su equipo de trabajo, incluidos sus leales protectores:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Solo falta que se tire como en un concierto de rock sobre la gente y que lo muevan de aquí para allá… —dijo Federico. Como no recibió de inmediato una respuesta de Ever giró su cabeza para mirarlo, allí, semioculto junto a un altavoz del doble de su tamaño. Aun con la distancia Federico notó que los duros ojos de su jefe directo estaban clavados en un punto más allá de las cabezas que se agitaban emocionadas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Algo particular? —preguntó disimuladamente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—La casa que está allá, a una milla, ¿está asegurada?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Claro que sí. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Confirmado afirmativamente —agregó Frank—. ¿Tenemos alguna duda sobre ese punto?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero Ever no contestó. Allí estaba, no había ido a ningún lado, sino que parecía hipnotizado por algo que él y solo él podía ver. Federico, que recordaría ese momento como ningún otro en toda su vida, diría sobre el particular que nunca había visto al frío Ever Jesús tan aterrorizado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2627028799201297524?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/09/4.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2479722017613905057</guid><pubDate>Tue, 09 Sep 2008 19:05:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-09-09T12:10:01.584-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic; font-weight: bold;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;3. El tablero &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Una de las primeras labores del día para Federico era el revisar &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Red Interna" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Red" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la   Red&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Interna&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, como se le conocía entonces a la unión de bancos de datos informáticos de las agencias de inteligencia: allí, mediante un sencillo motor de búsqueda, se podía acceder a noticias o nuevas informaciones referentes a determinados tópicos: terroristas, asesinos internacionales, mercenarios, criminales de guerra buscados, los sospechosos de siempre y quienes, de acuerdo a las medidas que estuviese tomando en determinado momento el gobierno, podrían querer matar a José Hilario Vargas. Los resultados eran pocos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Años atrás, cuando trajeron e instalaron las primeras computadoras, y se creó &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Red Interna" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Red" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la   Red&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Interna&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, la lista era inabarcable para un solo hombre; los cuatro tenían que sentarse y tomar cada uno una parte, hacer a un lado las falsas amenazas y calcular rápidamente cuáles eran las de verdad. Naturalmente, este proceso es más complicado: cada nueva fuente, o nuevo dato ingresado en el sistema debía tener una serie de “positivos” lo cual le daba un lugar e&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la escala de riesgo que va de tres a cien. Y, al contrario de las demás agencias que podían pasar por alto todo lo que estuviese marcado por debajo de cincuenta, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la ARE&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; significaba precisamente eso: análisis de riesgos; cobertura total de todo extremo afilado que apuntase hacia el presidente; llenar un informe con ello y trasmitirlo a Max Cohen, lo que él hiciese con el material no lo sabían ni siquiera ellos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Como decíamos, las amenazas eran muchas: principalmente por parte de las guerrillas: José Hilario Vargas llegó a &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Casa&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Nariño sin un discurso de guerra; mencionó educación, salud, vivienda y poner en práctica los artículos de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Constituci￳n" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la  Constitución&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;. En su primera entrevista como mandatario a &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la CNN" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la CNN&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, dijo, cuando se le preguntó por los grupos armados al margen de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Ley" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Ley&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, que la seguridad más importante que necesitaban el sesenta por ciento de la población colombiana, es decir, los pobres, es la de tener todos los días qué comer, dónde dormir y un camino recto hacia la consecución de sus planes. Su ambigua respuesta ocultaba las nuevas estrategias bélicas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Su antecesor, Tomás Cipriano Velasco, fue quien comenzó el proceso llamado “El Gran Avance”, consistente en un despliegue descomunal de fuerzas en dirección sur para llevarse por delante las posiciones de los guerrilleros. Esta estrategia fue presentada y vendida a los medios como una “muestra del ingenio colombiano para vencer a los enemigos de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Democracia" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Democracia&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;”, como dijo a la revista Semana el general Rito Sierra, por entonces comandante de las fuerzas armadas. Al sur, sobre las líneas fronterizas con Ecuador, Perú y Brasil, una fuerza compuesta por milicianos —paramilitares—, y mercenarios se encargaba de minar los caminos marginales, algunos puentes y disparar granadas de mortero mientras los francotiradores, venidos de todo el mundo como en una temporada de caza, buscaban entre la espesura a cualquiera que pudiese ser guerrillero, disparaban, y a los civiles que mataban los marcaban como “victimas de fuego cruzado”.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Se derrotaba al terrorismo, decía Velasco, y para probarlo las víctimas en descomposición se llevaban a las cabeceras locales, o a cualquier lugar fuera de la espesura del bosque húmedo donde pudiese aterrizar un helicóptero con periodistas, para que las cámaras hicieran flash sobre los rostros deformados, los cuerpos húmedos, con laceraciones púrpura descansando sobre el plástico con el que los envolverían y arrojarían a la fosa común. Debido, además, a que en otros aspectos de la información no era tan fácil conseguir noticias acerca, por ejemplo, de los casos abundantes de corrupción, el desmadrado desplazamiento al que se veían sometidos los indígenas, la detención ilegal y la desaparición posterior de dirigentes estudiantiles y sindicales, entonces la noticia del día, el titular fresco que cada mañana recibía la nación de las grandes ciudades, era el combate —algunas veces llamado “batalla”— del día, o los días anteriores: se tomaba un pueblo, se apoderaban de una sima, de un corregimiento, despejaban una carretera, daban de baja a un jefe guerrillero, bueno, siempre había algo de acción para cada día de la semana.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Velasco contaba con el apoyo del colombiano medio en las ciudades; aquellos seres de oficina o fábrica que ven dos noticieros al día y ojean el periódico colgado en la tienda de la esquina; a la pregunta, “¿considera que Tomás Velasco es mejor presidente que los anteriores?” La respuesta era generalmente un sí. Pero tanto la izquierda, como los intelectuales, como un número creciente de políticos y personajes influyentes empezaba a desconfiar de él. En el pasado, un jefe de estado colombiano podía hacer cuanto le viniese en gana, siempre y cuando no le causara problemas a los poderosos y mantuviera una buena imagen ante la plebe. Pero estas personas, a diferencia de los obreros, los taxistas, las empleadas domésticas, y los estudiantes de universidades costosas, leen, y no &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Semana&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; o &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Cromos&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, sino &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Foreign Affairs&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;The New Yorker&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Le Monde Diplomatique&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, y otras publicaciones, y al resto del mundo, ciertamente, no le gustaba lo que estaba pasando en Colombia. Allí, bandas de matones o militares que debían estar cumpliendo su servicio con el pueblo protegían las villas veraniegas o las dachas invernales de los ricos y poderosos. Tom Dadford, de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Newsweek&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, escribió una escandalizadora crónica sobre una fiesta a la que fue invitada cerca de un pueblo en el departamento de Antioquia. Su historia, con todos los matices narrativos propios de la literatura americana, detallaba bien el cerco de hombres fuertemente armados que rodeaban la propiedad, todos boinas rojas de las Fuerzas Especiales, quienes eran sumamente inquisitivos a la hora de registrar los coches y al personal del servicio para este gran almuerzo de camarones y langosta, con mujeres vestidas de Prada y Versace, relojes Cartier y charlas sobre lo último en tecnología. Al salir, y regresar a Medellín, se enteró por la carretera de que una banda de cuatro hombres había detenido una camioneta con monjas, las había despojado de todo su dinero, y habían violado a dos de ellas. “Fuera de los blindados círculos de poder, el pueblo no sabe lo que seguridad significa” escribió Dadford. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;La nota causó revuelo. Los medios la mencionaron y un batallón de cámaras fue a buscar a las monjas, quienes al ser parte de un estricto convento se negaron a mostrar la cara. La policía entonces ofreció cien millones de pesos por la captura —“vivos o muertos” dijo el vicepresidente Maecha— de los responsables. No tardó la policía en darles captura y enseñarlos en las noticias de las siete de la noche. El presidente viajó de inmediato a visitar a las monjas violadas pero la hermana superiora del convento se negó a dejarlo entrar, ya que nunca, en los ciento cincuenta y siete años de existencia del convento se había permitido la entrada de ningún hombre, ni siquiera del clero. La policía entró a patadas, sacaron a las dos muchachas, una de diecinueve y otra de veintiuno, y las llevaron en helicóptero al palacio presidencial; el presidente les hizo unas preguntas y luego les pidió la bendición. Pero el daño estaba ya hecho.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;El evento por supuesto pudo haberse manipulado de forma positiva por los agentes de prensa del presidente, pero un hecho evitó que &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Marcha" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Marcha&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Velasco siguiera su camino. En los Estados Unidos fue elegido como presidente el demócrata Frank Beuler; y con una gran sonrisa, durante su discurso de toma de posesión anunció las amenazas que se cernían sobre el mundo y que &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Uni￳n" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Unión&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, como siempre había hecho, combatiría en playas o campos de marihuana. Y empezó por Colombia. No dijo nombres, pero dijo que en América del Sur las condiciones de vida de los ciudadanos —a quienes por primera vez un presidente norteamericano llamó “hermanos”— estaban regidas por el miedo y la incertidumbre. La guerra contra las drogas había degenerado en un genocidio que no estaba resolviendo el problema. “Al despertar esta mañana pensé” dijo el Presidente “cuántos chicos y chicas quedan en las calles de América consumiendo narcóticos; y me pregunté de inmediato si la muerte de tantos en las selvas y montañas, fuera de nuestras fronteras, realmente estaba solucionando el problema. Yo creo que no”. Y como siempre hubo una gran ovación. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Entonces los poderosos dueños de los canales privados de televisión, los medios impresos y la radio pudieron dedicarse a tirar contra el presidente Velasco. Los comediantes lo imitaban, los caricaturistas dibujaban con furia y los cantantes pop empezaron a denunciar la situación del país. Los directores de las revistas que en su momento de gloria acompañaban al primer mandatario empezaron a redactar editoriales llenas de veneno: Velasco igual politiquería. Velasco igual corrupción. Velasco igual muerte y destrucción masiva. Velasco, ¡renuncie! &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;En vez de permitir que la presión estadounidense, encauzada por sus peones en Colombia lo llevara a la renuncia, Velasco se propuso alcanzar sus objetivos en el tiempo que le quedaba de gobierno. Ordenó a sus generales hacer un mayor uso de la nueva capacidad aérea colombiana: medio centenar de bombarderos. Las bajas civiles del conflicto aumentaron progresivamente semana a semana; mas ahora los medios sí estaban interesados en mostrar la clase de guerra que se estaba llevando al sur del país. Así, columnas de miles de indígenas marchaban hacia ningún lado con nada en las manos; iglesias, casas y edificios de alcaldías parecían modelos de cartón castigados por el puño de un demente. Las guerrillas, en su desordenado repliegue, dejaban caminos, faldas de montañas, claros de bosque y esquinas de caseríos sembrados de hombres y mujeres reventados a tiros. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Dos realidades salieron a la luz, gracias en buena parte a los cronistas internacionales que llenaban las revistas estadounidenses y europeas con las miserias bélicas del tercer mundo. Primero, el desmedido empleo de civiles como soldados; estos escuadrones de milicianos no eran grupos de autodefensa, sino compañías formadas por oficiales de las fuerzas especiales, quienes reclutaban a los hombres y mujeres que quisiesen pelear y no tuviesen nada que perder; se les daba cierta instrucción básica, un rifle y una mochila más un par de botas para terreno pantanoso. De esta forma los guerrilleros se vieron obligados a disparar a su paso contra toda forma de vida bípeda con la que se toparan. No es broma, así lo describió el corresponsal Kurt Veneguen para la prensa alemana: “cruzamos una nube de plumas, caminando sobre tripas de aves de corral, cuyo rastro de sangre nos llevó hasta una mujer, increíblemente gorda, que huía con sus dos últimas gallinas, hasta que los proyectiles dieron con ella”.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;En segundo lugar, las guerrillas estaban siendo exterminadas, finalmente. El poderío táctico de estos grupos siempre se basaba en el mantenimiento de líneas de suministro y corredores de movimiento que estuviesen fuera del conocimiento o control del estado. Ahora no había donde desplazarse, huir, o esconderse. Algunas comunidades se habían vuelto tribus cerradas que no permitían acercarse a ningún desconocido. Si alguien, cualquiera, les parecía sospechoso, le disparaban, o lo detenían y lo torturaban hasta que confesaba que era guerrillero, entonces lo mataban. La guerra, como un gran “esfuerzo patriótico” tiene siempre la capacidad de enloquecer a las personas”. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Pero no era el sur y el oriente del país las únicas regiones sometidas al fuego y el plomo. Al norte y sobre la costa pacífica se luchaba con igual intensidad, pero allí, cerca de los municipios más grandes, y las ciudades, el proceso debía hacerse de forma más cautelosa, evitando que causase demasiado daño a las fuentes de dinero, o aquellos que lo tenían. La fuga de capitales al exterior estaba de nuevo en alza y si las fábricas empezaban a volar, o las ciudades a ser escenarios de combate, bueno, el país terminaría de hundirse. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;No quedando otra táctica de presión, las Farc empezaron a lanzar ataques con explosivos en las ciudades. Bogotá, Medellín, Cali, e incluso la fortificada Cartagena fueron sacudidas con cargas masivas de explosivos plásticos, morteros de larga distancia y disparos con bazuca. Con las tropas en el frente las ciudades se volvieron inseguras, afirmaban los analistas; la policía, el DAS y &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Fiscalía&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; estaban a la caza de los terroristas, pero no tenían forma de establecer con seguridad quiénes eran ellos; cada agencia de la ley tenía su propia versión y rara vez coincidían. Los refugiados del conflicto, además, llenaban las ciudades o establecían campamentos en cualquier lugar lo suficientemente plano y seco como para poder poner una fogata y tiendas alrededor. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Los correos electrónicos que llegaban a las redacciones de los diarios y revistas repetían el mismo discurso, una y otra vez: si el presidente Velasco presentaba su renuncia, y se iniciaba un proceso de paz, con intervención internacional, y llegase a acuerdos que protegieran la vida de los miembros de estos que regresaran a la vida civil.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Una de las sugerencias presentadas por &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="La Agencia Central" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Agencia" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Agencia&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Central&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Inteligencia durante una visita del presidente Velasco a los Estados Unidos, fue la de crear igualmente un organismo que recabara datos de todas las demás agencias y presentarse informes, con distintos grados de seguridad, para que los encargados de regir las agencias gubernamentales de seguridad pudieran enfocar de mejor manera la lucha contra el terrorismo. La propuesta fue aceptada, se destinaron nuevos fondos —el presupuesto para la financiación de las artes y las ciencias— para la creación y puesta en funcionamiento de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Direcci￳n Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Direcci￳n" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Dirección&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Nacional&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Estudios en Inteligencia. Tan académico nombre fue escogido por el ex ministro de defensa y primer director de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la DNE" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la DNE&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, Aristóteles Trujillo, quien estaría al mando durante los siguientes tres años. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Trujillo, un economista y empresario santandereano, delgado, gris y de ojos hundidos, tomó la tarea de organizar &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la DNE" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la DNE&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; como una más de sus empresas. Decidió, juiciosamente, evitar que &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la CIA" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la CIA&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; participase de la organización y entrenamiento de los nuevos agentes. De hecho el asunto se desarrolló dentro del más absoluto secreto; se formaron cien agentes en la primera fase, setenta hombres y treinta mujeres. Siguiendo las políticas de reclutamiento del nuevo director, la contratación de analistas y jefes de departamento se dejó en manos de empresas privadas con experiencia en la búsqueda de talentos. El personal debía ser joven, lleno de energía y habilidades, dirigidos por ex miembros de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Polic￭a Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Polic￭a" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Policía&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Nacional&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, el DAS, y el Ejército, que no tuviesen una sola mancha en su currículo. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;El cuartel general estaba situado junto a la intersección de dos avenidas principales, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Avenida" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Avenida&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; carrera 68, y &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Avenida El" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Avenida" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Avenida&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; El&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Dorado. Pese a esto, muy pocas personas realmente sabían quienes laboraban entre aquellos edificios de cemento apergaminado con vidrios de seguridad verdosos. Los guardianes no electrónicos del DNE parecían guardias carcelarios: trajes negros, casco y un rifle cruzado en su pecho. Quien por allí pasara vería a la distancia, en medio del corredor de entrada, una estatua femenina sobre un pedestal gris; era la figura de Policarpa Salavarrieta, rebelde de la época revolucionaria contra la colonia española, quien se convirtió en mártir de la causa patriótica al ser ejecutada por espionaje. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;El DNE estaba dividido en tres áreas: inteligencia, contrainteligencia y medios electrónicos, llamados S1, S2 y S3, respectivamente. Este último, S3, ocupaba toda la planta inferior, cuatro pisos bajo tierra, empleando doscientas computadoras alemanas encargadas de la intervención de señales y la intromisión en redes privadas. Fue este departamento el que dio con el origen de los ataques con explosivos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Al parecer, durante los últimos meses, desde que empezara la arremetida violenta del Ejército contra las posiciones de las guerrillas en el sur del país, emisarios políticos de las FARC habían enviado agentes a Europa, principalmente a España, Francia y Holanda, con el fin de conseguir adeptos a su causa. Para las agencias de contrainteligencia de estos países el asunto pasó completamente desapercibido, y si hubo alguna investigación alrededor de estas acciones esto nunca fue demostrado. Estos “agentes” publicitarios eran en buena medida estudiantes de las universidades públicas, inclinados hacia las teorías de extrema izquierda, quienes no tenían más medio de vida que un trabajo mal pagado de medio tiempo para ayudar a sus familias y pagar los costos de su educación. A cambio de buenas sumas de dinero, estudiantes de idiomas, de literatura y ciencias políticas empezaron a dejar sus carreras —aunque una buena cantidad, según se demostró, estaba ya graduada— y se trasladaron a las grandes capitales del viejo mundo a vender sus ideales mediante panfletos, libros, canciones o ensayos publicados en revistas de Internet. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;La tarea de reclutamiento y organización tomó un buen tiempo, cerca de quince meses, pero se consiguieron resultados satisfactorios: así nueve células terroristas, de cuatro y hasta treinta miembros se formaron entre Europa Central, los Países Bajos y &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Pen￭nsula Ib￩rica." st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Pen￭nsula" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Península&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Ibérica.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Todos con dinero, conocimientos en manejo de explosivos, propaganda y doctrina socialista. Viajaban a Colombia, planeaban sus operaciones en cuartos de hotel lujoso o fincas alquiladas, ensamblaban allí mismo, en ciertos casos, los explosivos, dinamitaban un puente, incendiaban autos, o ejecutaban a algún oficial militar en descanso y luego tomaban su avión de vuelta a casa. Siendo la política siempre de los colombianos de dar el mejor trato a los extranjeros, los criminales aprovechaban su estatus de viajeros del primer mundo, con carteras llenas e interés en las artesanías para ejecutar la campaña del terror que los guerrilleros veían como única forma de hacer ceder al gobierno.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Cuando esto estuvo claramente establecido el presidente Velasco ordenó comenzar la operación &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Enjambre&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;. Hacía Europa partieron decenas de agentes entrenados, quienes, al igual que los hombres y mujeres enviados por las FARC, llegaron al viejo continente cargados de dinero. Su objetivo: crear redes de espionaje que permitieran rastrear y detener a los guerrilleros, así como identificar a los extranjeros que venían a Colombia a dinamitar hospitales y puentes. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Durante años los colombianos han emigrado al exterior; falta de oportunidades, problemas domésticos, problemas con la justicia, problemas con el gobierno, problema con aquellos que se oponían al gobierno, etcétera, etcétera; la nación produce cada año su cuota de emigrantes quienes han buscado, desde las grandes capitales, hasta las aldeas más remotas, sitios donde hacerse a una nueva vida. Pocos de estos viajeros olvidaron su país, valga decirlo, y muchos de los mismos estaban dispuestos a colaborar, si, además, se les mostraba un buen fajo de billetes para resolver todos sus problemas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Enjambre &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;dio resultados: cinco canadienses, tres franceses, un español y seis rusos fueron capturados por el DAS en una serie de operativos realizados al mismo tiempo, completamente coordinados. En el caso de los franceses, estos fueron cayeron con noventa kilos de C4; los rusos —de hecho un cosaco, un chechenio y dos mujeres y dos hombres de Sebastopol— guardaban en tejado un arsenal de pistolas y revólveres de distintos calibres. A los canadienses no les fue mejor: su casa, con un cuarto frío en la parte trasera, guardaba lechones, supuestamente para la comercialización, cada uno con dos o tres proyectiles para lanzacohetes RPG. Sólo el español tuvo que ser liberado ante la falta de pruebas en su contra. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="La Canciller￭a" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;La  Cancillería&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de inmediato reunió a los embajadores de los respectivos países y les comunicó que, a menos que sus gobiernos y agencias se comprometieran en atrapar a los agentes de las FARC en sus ciudades, los prisioneros se mantendrían en celdas de confinamiento solitario, sin abogado y sin derecho a hacer llamadas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Los canadienses se movieron, pero no así los rusos. Mientras el CMI5 —contrainteligencia canadiense— empezó a rastrear cada movimiento de los colombianos en sus ciudades, el FSB o Servicio de Seguridad Federal no recibió orden alguna de movilizarse ni perseguir a nadie; al parecer, los colombianos allí infiltrados habían tendido fuertes lazos con organizaciones disímiles de la mafia rusa. Algunas de estas organizaciones criminales poseían el dinero suficiente para brindarles protección y transporte a sus invitados sudamericanos. A cambio, los agentes terroristas coordinaban la exportación de cocaína y heroína de altísima pureza para ser inhalada por media Europa. El negocio, para ambas partes, resultó excelente, así lo pudieron ver los medios, semanas después de la caída de la red de las FARC en Europa Occidental: &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;En las selvas el avance se hizo más complicado. La estrategia de avance del Ejército para las áreas montañosas del sur del país dependía en un noventa por ciento de la capacidad de movilizar recursos mediante helicópteros. Una vez una aeronave llegaba a una base, un equipo de mecánicos saltaba sobre ella, revisaban su funcionamiento, reparaban cualquier avería y la reabastecían de combustible, tan rápida y eficazmente como lo haría un equipo de mecánicos en un circuito de carreras. Los helicópteros, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Huey&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Blackhawk&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; o los MH-53 &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Pave Low&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; llevaban hombres, equipo, armamento pesado, extraían heridos o ejecutaban furiosas lluvias de fuego sobre las concentraciones de personal enemigo detectadas ya bien fuera por los aviones de reconocimiento con detectores de calor o por los comandos de penetración profunda de las fuerzas especiales. La guerra, siguiendo este protocolo, se libraba veinticuatro horas al día en una lucha sin descanso. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Una de aquellas noches de intensa actividad, la base ciento once situada al oeste del departamento de Nariño fue arrasada por completo, sus edificios derribados, sus helicópteros hechos pedazos y noventa hombres del personal interno murieron. Hubo dos sobrevivientes, pero uno no tenía mandíbula ya que un fragmento de mampostería se la arrancó de cuajo, y el otro, en estado de shock apenas podía hablar. No obstante este último, pasada una semana de recuperación dolorosa, contó que, a instantes previos al ataque había helicópteros, al menos dos, sobrevolando el área; aquella era una base de helicópteros, claro, pero a esa hora, once y diez de la noche, no habían aeronaves en operación. Por otro lado, los forenses descubrieron los restos de proyectiles ZAB y MBD-4, armamento regular de las aeronaves MI-24. Las FARC, al parecer, poseían ahora helicópteros artillados, así al menos se lo dijo el directo del DNE al ministro de defensa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;El ministro de defensa no quiso creerlo, tampoco el presidente; simplemente, aceptar tal cosa sería como aceptar que la “derrotada” fuerza de las FARC podía detener al Ejército en su marcha triunfal. Esa semana hubo cinco aeronaves derribadas, a un costo de veintiún hombres muertos. Aristóteles Trujillo se sentía mancillado en su honor. Había recibido la tarea de convertirse en los ojos y oídos del Estado, pero en cuanto lo que escuchaba y veía no era del gusto del gran amo, debía guardar silencio y regresar a su despacho con el rabo entre las patas. Así que decidió iniciar una nueva operación, mucho más secreta que cualquier otra jamás realizada por el DNE. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Tomó un mes, pero Trujillo pudo regresar al despacho presidencial con algo que podría compararse con una bomba, aunque esta estaba hecha de papel. Frente a Velasco fueron exhibidas once fotografías, cada una de un metro cincuenta de largo por un metro veinte de ancho de tomas satelitales del Parque Nacional Yapacana, una reserva de selva tropical setenta y cinco kilómetros dentro de territorio venezolano. Las imágenes a todo color eran bastante claras: cinco helicópteros tipo &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Hind&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; estaban siendo reparados, mientras otros seis, como explicó el encargado de análisis de imágenes, estaban cubiertos por camuflaje. Venezuela tenía helicópteros Hind, pero eran aeronaves Mi-&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:metricconverter productid="35 M2" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;35 M2&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:metricconverter&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, no aquellos Mi-24V con más de dos décadas de operación. Las fotografías satelitales, dijo al final el muy orgulloso Aristóteles, eran cortesía de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la NRO" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la NRO&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Oficina Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Oficina" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Oficina&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Nacional&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Reconocimiento de los Estados Unidos; agencia que controla el espionaje mediante satélites y aviones. Este era un “pequeño obsequio” para estrechar los lazos entre las agencias estadounidenses y la recientemente formada DNE.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Velasco consideró esto como insubordinación; se había hecho un pacto con una potencia extranjera completamente a sus espaldas. Y esa misma mañana a Trujillo le fue exigida la renuncia al cargo. Como nuevo director del DNE quedó la antigua subdirectora, Gloria Puyana de Esguerra, una dama de sociedad, bien conectada, cuya colaboración en la campaña de Velasco por la presidencia había sido invaluable. Sólo hasta que se creó &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la DNE" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la DNE&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; se le pudo dar un cargo en el que se le pudieran reconocer sus servicios al gobierno. No tenía la menor idea sobre asuntos de inteligencia, pero Velasco era un viejo zorro: con aquella nueva directora —cuya vida conocía al derecho y de cabeza— él sería quien realmente llevara las bridas de la principal agencia de inteligencia de Colombia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;En su primera visita al Cuartel General, se reunió a solas con la directora y con el jefe del departamento de estudios para Europa Oriental, un joven matemático e historiador de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad Nacional." st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Universidad&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Nacional.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; Les hizo tres preguntas concisas: ¿sabían con qué organizaciones trataban las FARC en Rusia? ¿Sabían quiénes eran sus contactos? ¿Podían estos hombres ser asesinados? Y tres veces la respuesta fue “Sí, señor Presidente”. Se estableció allí mismo una operación para borrar todo vínculo entre los padrinos del hampa y los terroristas colombianos. Pero antes de dar luz verde realizó otro viaje, mediante el túnel que conecta todos los edificios del Centro Administrativo Nacional entre sí, con el Aeropuerto y el Palacio de Nariño. El acceso allí es restringido y sólo el presidente puede usarlo a su conveniencia. Estuvo en el Ministerio de Defensa durante una hora aproximadamente y luego regresó a su despacho. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Tres días más tarde, a las seis de la mañana, hora local, un avión Cessna de una compañía petrolera venezolana perdió altitud y se desplomó sobre los helicópteros &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Hind &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;ocultos entre la jungla de la reserva forestal desde donde despegaban para atacar en Colombia. Tres de estas aeronaves quedaron inutilizadas, murieron cuatro personas y hubo cincuenta y cuatro heridos, treinta de considerable gravedad. Los medios locales cubrieron eficientemente el hecho y las medidas tomadas por el gobierno para refrenar los avances de los periodistas generaron toda una serie contradicciones. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Cuando la guardia venezolana, y &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Direcci￳n" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Dirección&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Inteligencia Militar iniciaron sus investigaciones sobre lo ocurrido, descubrieron que el siniestro no había sido producto de un error de pilotaje o una falla mecánica. Primero, la aeronave volaba fuera de cualquier ruta comercial establecida; segundo, dicho avión no estaba registrado entre las aeronaves privadas de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Industria" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la  Industria&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Petróleos del Orinoco; tercero, la explosión causada por la caída del aparato había sido desproporcionada. Entonces los investigadores empezaron a realizar pruebas químicas sobre las cenizas; resultado: nitrato de amonio y diesel, ANFO; el avión, no tripulado, estaba hasta el techo de aquel material. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Inteligencia se presentó al Palacio de Miraflores con estas pruebas, pero, irónicamente como había sucedido en el caso colombiano, el presidente prefirió guardar silencio y archivar el caso. Horas antes había llegado un comunicado de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la Casa&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; de Nariño: si el gobierno de Caracas intentaba denunciar el hecho, los colombianos harían lo mismo con la presencia de los Mi-24 comprados con dinero de las drogas; si intentaban seguir con ello, ejecutarían otro ataque: volarían un puente o el puerto mismo a donde llegaban los helicópteros desmontados, y así sucesivamente hasta que llegaran ambos gobiernos a un acuerdo. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;En el lapso de las tres semanas siguientes a estos hechos, los otros cuatro helicópteros comprados por las FARC fueron ubicados por los aviones de inteligencia militar y destruidos por comandos anfibios de la armada. En Rusia no se presentaron incidentes, o al menos no quedan evidencias de actividades del DNE allí. Los agentes del terrorismo se desvanecieron, pero no está confirmado que hayan sido secuestrados o asesinados. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Velasco moriría cuatro meses más tarde; los autores intelectuales de su muerte siguen siendo desconocidos. Se supuso que podían ser los mafiosos rusos, los guerrilleros de las FARC o el casi desmovilizado Ejército de Liberación Nacional, o cualquiera que lo odiase suficiente, más que una buena parte del país, como para planear y ejecutar su eliminación. Si hubiera vivido, no obstante, habría tenido que retirarse, como otros expresidentes, por la puerta trasera; hacerse a un sitio cómodo y seguro, y dedicarse a escribir sus memorias mientras los ciudadanos de una nación lo olvidaban gradualmente.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;Los cambios traídos por su administración revolucionaron la forma de combatir a las fuerzas insurgentes, al crimen doméstico e internacional. Había gente aún, como Federico, que podía dividir la historia de la inteligencia nacional en dos, antes y después de Velasco. Aquella mañana, la última con calma como agente de &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;la ARE&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;, pudo terminar en minutos un proceso que años antes habría tomado días de consulta. Terminó su café, escuchó el eco de la puerta al cerrarse, y supo que su jefe, Ever, había llegado. Era hora de empezar a trabajar en serio.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;sdsd&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2479722017613905057?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/09/3.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-6430801875151325268</guid><pubDate>Mon, 25 Aug 2008 02:41:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-09-09T12:05:21.273-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt;2. Los peones blancos&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;st1:personname productid="la Agencia" st="on"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;La Agencia&lt;/span&gt;&lt;/st1:personname&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt; de Análisis de Riesgos Ejecutivos (ARE para todo el mundo) tiene una sola misión, detectar y señalar cualquier amenaza contra la vida del presidente de &lt;st1:personname productid="la Rep￺blica" st="on"&gt;la República&lt;/st1:personname&gt; de Colombia. No es que fuera una labor sencilla, pero sí delicada, por ello el personal se reducía a cuatro agentes con magníficos sueldos y licencia para todo. Nada ni nadie podía detener a un agente de &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la ARE&lt;/st1:personname&gt;; estaban por encima del DAS, del DNE, de &lt;st1:personname productid="la Polic￭a" st="on"&gt;la Policía&lt;/st1:personname&gt;, el Ejército, todo el mundo en otras palabras excepto por encima de tres hombres: el director, el ministro de Defensa y el Presidente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Fue creada cinco años atrás, la razón, el asesinato del presidente Tomás Cipriano Velasco. La respuesta que dio la comisión de analistas del DAS tras el magnicidio, fue que este pudo haberse evitado de haber existido una coordinación efectiva entre las agencias gubernamentales encargadas de inteligencia. Los dos detenidos en aquel momento, por ejemplo, no estaban fichados por departamento alguno. De hecho resultaba increíble que sólo dos personas, ambas con un grado de instrucción que no llegaba a la secundaria, hubiesen llevado a cabo el homicidio de uno de los hombres más custodiados del mundo. Por esos días la guerra civil estaba en su punto más álgido y una vez muerto Velasco, el jefe de estado más detestado desde el nacimiento de &lt;st1:personname productid="la Rep￺blica" st="on"&gt;la  República&lt;/st1:personname&gt;, la confusión fue monumental; acusaciones iban de extremo a extremo; se solicitaban despidos inmediatos, pero faltaba un presidente ya que el primero en esa lista era el vicepresidente mismo, que desde la llegada de Velasco al poder era al mismo tiempo el encargado de la cartera de Defensa. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aun mientras los restos del vehículo presidencial humeaban en la carretera, el ministro de gobierno de aquel entonces, Julio Céspedes Monterreal, ordenó al jefe del DAS crear una comisión de investigación que identificase, atrapase y explicara por qué los culpables habían llegado tan lejos. Así nació &lt;st1:personname productid="la Comisi￳n" st="on"&gt;la Comisión&lt;/st1:personname&gt; de Análisis de Riesgos Ejecutivos: durante nueve meses una fuerza de trabajo de ciento veinte personas a lo largo del país juntaron evidencia, realizaron estudios y al final presentaron novecientos treinta legajos que componían el informe final acerca de cómo se pudo haber evitado y cómo evitarlo de nuevo. No obstante y su copioso informe, los autores intelectuales del magnicidio nunca fueron atrapados. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ñandis Escobar y Cristobal Guatamarín, en cambio, estuvieron en la cárcel federal de Tunja durante dos años y tres días, aislados del mundo pero en buenas condiciones. Nunca pudieron, pese a los interrogatorios constantes, responder quién los había contratado: a saber de ellos un hombre con el rostro cubierto les había hecho la proposición. Escobar tenía a su padre en el hospital con cáncer de hígado; Guatamarín tenía a su hija presa en España por tráfico de drogas. El misterioso hombre prometió pagar los tratamientos del enfermo y sacar de prisión a la convicta. Tuvieron unas quince sesiones cada uno, siempre en cuartos de hoteles baratos con muy poca luz a primeras horas de la mañana. Luego recibieron instrucción de un mercenario búlgaro-danés (en esto nunca llegaron a ponerse de acuerdo) que les explicó el plan y los hizo practicarlo durante nueve sesiones de seis horas cada una. Ninguno de esos dos hombres pudo ser claramente identificado. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El 16 de octubre la caravana presidencial salió a las nueve de la mañana de &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:personname&gt; de Nariño y se dirigió a la residencia campestre de Hato Grande. A unos veinte kilómetros de la propiedad dos hombres bajaron en motocicleta de la montaña, apuntaron al tercer vehículo con una bazooka y lo volaron en pedazos. Atraparlos les tomó a los guardaespaldas quince minutos de persecución; el ataque por parte de los asesinos había durado dos minutos y siete segundos. El arma, además, era de fabricación casera: un tubo de cañería empleado como rampa de un cohete de propulsión sólida, un percutor en la punta y sesenta balines que, como metralla, mataron al presidente, a su jefe de seguridad, y dejaron al chofer con medio cuerpo paralizado. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El arma había sido construida con materiales que se podían comprar en cualquier ferretería. El Departamento Federal de Investigación de los Estados Unidos (FBI) fue llamado para colaborar con la investigación del DAS, pero no pudo llegar a mejores conclusiones: el plan había sido trazado por una sola persona, excesivamente inteligente, y el arma había sido construida por dos o más personas con grandes conocimientos de física y química. Por encima de todo, lo que más atormentaba a los investigadores era que los asesinos supieran a cual auto atacar: viajaban nueve camionetas Mercedes, exactamente iguales, y el presidente estaba en libertad de subirse a cualquiera de ellas, cosa que siempre hacía al azar. Durante los interrogatorios ambos detenidos aseguraron que la información les llegó en un mensaje de teléfono móvil a las ocho y cuarenta minutos de la mañana, es decir, diez minutos antes de que Tomás Cipriano Velasco subiera a su transporte. Entonces los investigadores quedaron en el limbo: nadie, con excepción de Velasco, sabía a qué vehículo se subiría; por protocolo de seguridad debía simplemente salir de la residencia presidencial y dirigirse a una de las camionetas sin decir nada a nadie. Está, por último, el hecho de que, hasta el día anterior, el jefe de seguridad, mayor Ricardo Fandiño, ordenó que no habría cambios de posición en el orden de la caravana. Esta era una movida que siempre se empleaba en los viajes por carretera del presidente, y solo Fandiño supo por qué la cambió, llevándose su secreto a la tumba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero la comisión conjunta del DAS y el FBI llegó a otra conclusión, no tan precisa como quién había enviado el mensaje sobre la situación del presidente respecto a su escolta, sino bastante ambigua: detrás del atentado —según el informe final— había un grupo de unas diez personas, vinculadas con las células urbanas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) quienes trabajaron por separado y nunca se conocieron entre sí. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estas afirmaciones desataron la furia de varios congresistas del Partido Liberal; ¿cómo era posible —decía el congresista Patricio Olmos Rueda— que tras cinco meses de investigación los resultados fuesen tan vanos? Pero así estaban las cosas. El Partido Conservador tenía su propio discurso: lo grave no era el magnicidio, sino que los responsables de cuidar de la vida del presidente hubiesen fallado, dejándole claro a los enemigos de la democracia —así lo declaraban ellos— que sus instituciones podían ser derribadas mediante la fuerza. Entonces se propuso la creación de &lt;st1:personname productid="la Agencia" st="on"&gt;la Agencia&lt;/st1:personname&gt; de Protección Presidencial. Una entidad con todos los recursos para recabar información mediante la cual las amenazas contra el primer mandatario de la nación pudiesen ser detectadas y eliminadas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;st1:personname productid="La APP" st="on"&gt;La APP&lt;/st1:personname&gt; empezó a reclutar agentes de todas las instituciones: Fiscalía General de &lt;st1:personname productid="la Naci￳n" st="on"&gt;la  Nación&lt;/st1:personname&gt;, DAS, DNE, Policía Nacional y un largo etcétera. Pronto tuvo más de mil cien agentes con identificaciones, quienes podían pasar, aún por encima de sus antiguas instituciones, para llegar “la verdad”. El resultado fue atroz: agentes de &lt;st1:personname productid="La APP" st="on"&gt;la  APP&lt;/st1:personname&gt; robaban, secuestraban, asesinaban, timaban, extorsionaban y además le mentían al Congreso. Los informes llegados de cada sucursal de cada estado mostraban que había tantas amenazas contra la seguridad de la democracia como agentes. Bombas en globos de aire caliente, satélites que podían reflejar un láser para asesinar a una determinada persona, zapatos con veneno, esporas ponzoñosas… la creatividad era increíble, pero como su director el general de la policía retirado Esteban Ulloa decía, que sólo dos hombres montados en una moto hubiesen podido asesinar al presidente Velasco demostraba nada era absurdo, y que además las operaciones en marcha —y sus terribles consecuencias— estaban plenamente justificadas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No así su presupuesto al parecer. El jefe del partido Liberal, el entonces ex senador en campaña José Hilario Vargas, se presentó a televisión nacional en una entrevista de una hora señalando los costos verdaderos de esta “cacería de brujas” como el mismo lo llamó. &lt;st1:personname productid="La APP" st="on"&gt;La APP&lt;/st1:personname&gt; le costaba a la nación casi cuatro puntos de su PIB, una cifra alarmante, y buena parte del dinero se estaba irrigando hacia cuentas numeradas en Suiza y Aruba. Esto, explicó Vargas, se debía a que muchos agentes, en cuanto lograban impresionar a sus jefes con reportes amarillistas, conseguían cheques en blanco para comprarle información a quien quiera que pudiese revelar todo el tamaño de la conspiración denunciada. Sobra decir que algunos agentes, como Cantalicia Espinel quien ahora vivía como refugiada política en Venezuela, habían amasado verdaderas fortunas; pero lo peor eran los capitales entregados a soplones y timadores de manos de agentes que realmente creían en estos tipos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Vargas entonces llegó al poder y aplastó de un golpe &lt;st1:personname productid="La APP" st="on"&gt;la APP&lt;/st1:personname&gt;: su director fue enviado directo a un consulado en Bulgaria, su plana mayor fue puesta literalmente en la calle. Y los agentes investigados fueron puestos bajo arresto. El golpe fue tan violento que los medios lo aclamaron: la corrupción en Colombia vería su extinción, decían los columnistas, ahora que el sanguinario Velasco estaba muerto y que en el solio de Bolívar había un hombre recto e implacable. A los diez días de su toma de posesión, José Vargas contaba con los aplausos de todo el país. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero una de sus primeras medidas, no sólo fue el desmantelamiento de &lt;st1:personname productid="La APP" st="on"&gt;la  APP&lt;/st1:personname&gt;, sino la creación de una agencia más pequeña que la sustituyera; así nació &lt;st1:personname productid="la ARE." st="on"&gt;la ARE.&lt;/st1:personname&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Para ello Vargas llamó a &lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:personname&gt; de Nariño al subdirector de &lt;st1:personname productid="la Direcci￳n Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Direcci￳n" st="on"&gt;la Dirección&lt;/st1:personname&gt; Nacional&lt;/st1:personname&gt; de Estudios —es decir la agencia central de inteligencia colombiana—, Máximo Cohen, un filósofo e historiador quien había llegado a su puesto por su enorme capacidad de análisis y varios triunfos secretos, y le pidió que buscase al personal de la nueva agencia, la cual, como enfatizó el nuevo presidente, debía ser tan secreta que sólo una decena de personas supiese de su existencia. No era esta una labor fácil; Cohen era sin embargo muy inteligente y, para seguir al pie de la letra las instrucciones de Vargas, concibió un equipo muy pequeño de ex agentes desempleados que pudiesen ver una situación y actuar debidamente. No era necesario que comprasen informadores, sino que tuviesen acceso tanto a los reportes de las agencias de inteligencia, como al presidente mismo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Máximo Cohen se aseguró de que sus agentes pudieran tener acceso a todo, e incluso que pudiesen pasar por encima de cualquier persona o institución, con excepción del Ministro de Defensa y de él mismo como director. Solicitó un centenar de currículos y se sentó en su casa campestre de Villa de Leiva a analizar prospectos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ocho fueron los seleccionados, de los cuales debían salir cinco. Mediante correo electrónico los llamó a entrevista y durante la siguiente semana se encargó de hablar con ellos en una suite del Hotel Tequendama. No les dijo a qué entidad pertenecía ni cuáles serían sus cargos; en vez de esto, optó por una serie de charlas amistosas sobre temas universales: arte, vida, muerte, mujeres, familia, futuro y país. Las respuestas iban quedando grabadas, tanto la mente del nuevo director como en una cámara de alta definición oculta entre un arreglo floral que decoraba una ovalada mesa de centro color carbón. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico Góngora fue el único que logró descubrir la cámara. En su opinión no hacía juego con la mesa de centro y más bien hacía falta en la mesa del pasillo que conducía a la puerta; entonces, dejó caer una pluma que traía dando giros entre sus dedos y al inclinarse a levantarla pudo ver de cerca el florero, descubriendo el lente del aparato. El agente de contrainteligencia del DAS fue el primero en la lista de admitidos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Nacido en Bogotá había llegado a los veinte años sin la seguridad de qué camino elegir. Empezó a estudiar criminalística, como otros tantos miles de jóvenes que veían en esta carrera —ofrecida por medio millar de instituciones en la ciudad— la posibilidad de hacerse a un oficio entretenido y bien pago; los delitos nunca faltarían y a los empleados públicos de la rama policial jamás les retenían los cheques. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estudió durante dos años, mantenido por sus hermanas, pero con la terrible sensación de estar perdiendo el tiempo. La mediocridad del pensum académico, el pésimo ambiente que se respiraba en la institución, con muchachos y muchachas para los cuales la vida era desconectarse del mundo con la música y la televisión más el lapso de tiempo que se sucede entre una desconexión a otra, eran todos estos motivos para que cada día abandonase las rutinas propias, se dejase crecer el cabello, una espesa barba y rara vez le diese un relevo a sus ropas. Lo único bueno de aquella etapa de desolación interior fue el contacto, por primera vez en su vida, con los libros. La ley y el funcionamiento de los poderes oficiales cautivaron su atención hasta llenar su boca de toda clase de teorías, siempre disponibles a quien se tomara el tiempo de escucharlas. El gobierno, sostenía ante sus aburridos compañeros, no debía ser una forma de control sobre el territorio sino el control absoluto. La menor fisura puede crear en cualquier país el brote de enfermedades como pobreza, delincuencia, analfabetismo y crisis de salud. Cuando un gobierno, en cambio, controla, basado en un organigrama de precisión matemática, cada aspecto de la vida del país, todo ciudadano puede hacer uso de sus derechos. Cuando terminaba, si no terminaba solo, quienes lo escuchaban asentían lentamente y luego dirigían la charla hacia el fútbol o las mujeres. Federico consideró al terminar el cuatro semestre de carrera que su futuro no podía estar entre las fuerzas de la ley, ya que estas estaban conformadas por borrachines, onanistas, adictos al fútbol o mujeriegos. El poder estaba en quien hacía surgir las ideas y giraba el timón para modificar el rumbo de los acontecimientos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entró a &lt;st1:personname productid="la Universidad Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:personname&gt; Nacional&lt;/st1:personname&gt; con uno de los puntajes más altos en los exámenes de ingreso. Eligió filosofía y letras, pero al pasar las semanas y chocar contra las publicaciones exigidas por los profesores, una nueva desazón se apoderó de él: las ideas que creaba y modificaba en su mente respecto a cómo mejorar al país nada tenían que ver con los postulados de alto entramado redactados por los pensadores más reconocidos de la historia. Los franceses y alemanes podían llenar libros, que aunque traducidos al español, resultaban tan incomprensibles como los pictogramas sumerios. Y cambió entonces de postura: los filósofos eran unos vagos que se dedicaban a garabatear ideas incomprensibles sobre el alma humana, lejos de buscar las verdaderas respuestas que necesitaba el hombre; mucho papel, mucho discurso y citas al pie de página mientras seguían habiendo niños con hambre y políticos corruptos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al menos en Colombia, la filosofía no servía para nada, declaró a su hermana una vez. Algo muy distinto sucedía en el campo de las leyes: se podía ser un abogado chupasangre o, mediante el conocimiento y buen uso de &lt;st1:personname productid="la Ley" st="on"&gt;la Ley&lt;/st1:personname&gt;, hacer que &lt;st1:personname productid="la Constituci￳n" st="on"&gt;la Constitución&lt;/st1:personname&gt; dejase de ser letra muerta. Así que se hizo abogado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al comenzar sus prácticas, durante el cuarto año de carrera, en su mente se dibujó una curva dinámica donde, en el punto más alto de detenciones y procesos, se hallaban los pobres diablos, que o bien eran inocentes, o eran culpables de delitos comunes: asaltos, robos, o estafas no planeadas. Los abogados eran un ejército de cobrar cuentas y saldar venganzas. La fuerza jurídica del país empleaba dos tercios de su capacidad para resolver pleitos de hacendados, enredos con pólizas de seguro, despedazar matrimonios y enriquecerse con herencias de terceros. Los grandes delitos en cambio: robos millonarios por parte de entidades y agentes estatales, terrorismo, masacres, exportación de drogas, esclavitud y otros no eran confrontados por nadie. ¿Qué hacían las agencias de seguridad? Nada al parecer; y todo el cambio debía surgir de allí, decidió Federico mientras presentaba su solicitud de ingreso al DAS. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No tenía madera para ser agente encubierto o detective de homicidios, pese a sus estudios en dicha material, los cuales, la verdad, no eran aceptados en la institución. Pero parecía ser bueno para estudiar a las personas; fue enviado al Aeropuerto el Dorado, vestido de civil y con un radio transmisor para cumplir turnos de vigilancia de doce horas. En ello estuvo durante casi diez años, a la caza de instructores mercenarios que venían a trabajar para la guerrilla; tras los reclamados por Interpol; y capturando a los traficantes de drogas o armas. Al final fue ascendido y se le dio una oficina en dentro del Cuartel General para analizar los progresos en investigaciones varias y asistir en interrogatorios. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La llegada al poder de Tomás Cipriano Velasco le cambió la vida, pero no para bien. Hasta ahora podía decir que había servido a las fuerzas del bien en la lucha contra los criminales, parándoles los pies en ocasiones varias. Ahora una especie de herrumbre maloliente empezaba a trepar por las columnas de todo el aparataje de seguridad del estado: si para detener a un hombre sospechoso de un crimen los fiscales y agentes debían hacerse con una gran cantidad de pruebas, ahora bastaba con rumores para imprimir órdenes de captura. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Las prisiones se abarrotaron de “terroristas” e “informantes” de las Farc y el ELN. Uno de cada diez extranjeros era un asesor en bombas, y todas las mujeres, entre &lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a General" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Fiscal￭a" st="on"&gt;la Fiscalía&lt;/st1:personname&gt; General&lt;/st1:personname&gt; y el Ministerio de Defensa, empezaron a ser investigadas, interrogadas o vigiladas desde viejos coches por oscuros mirones a sueldo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico, quien hizo buen uso de sus básicas nociones de sicología para servir de apoyo en los interrogatorios, desarrolló, durante los últimos cinco años de labores, su propio método para que los detenidos suministrasen información o revelasen sus crímenes. Estaba basado en un modelo de contra preguntas de Erroll Pettissen Ven, psiquiatra holandés de principios del siglo XX: convencer al paciente de que lleva el hilo de la conversación para extraer de sus preguntas las conclusiones obvias y mediante estas hacer preguntas breves y directas que fuesen respondidas de inmediato llevando, en el caso de los interrogatorios, a que los sospechosos cometieran errores o cometieran indiscreciones. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tan eficiente resultó, al menos en siete de cada diez casos, que el FBI lo llamó a dictar un curso en la academia del departamento en Cuántico, Virginia. Fue una época de prosperidad y plácida vida para el agente; estuvo incluso a punto de casarse con la hermana de un agente de apellido Fierbanks del que se había hecho amigo. No obstante para Góngora vivir alejado de su patria era demasiado, como era demasiado para la chica, Esther, vivir lejos de los Estados Unidos. Acordaron mantener un contacto por correo electrónico pero el flujo de mensajes fue más bien breve y ambos terminaron por no saber nada el uno del otro. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al llegar a Colombia, además, la situación era caótica: estallaban más bombas que nunca y los esfuerzos en seguridad terminaban en nada. La nueva agencia de coordinación de inteligencia, &lt;st1:personname productid="la Direcci￳n Nacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Direcci￳n" st="on"&gt;la Dirección&lt;/st1:personname&gt; Nacional&lt;/st1:personname&gt; de Estudios, DNE, sólo había logrado frenar el ingreso de armas desde el exterior, así como el apoyo de otros países a las guerrillas; pero en el contexto territorial colombiano el antiterrorismo estaba fallando. &lt;st1:personname productid="La Agencia Central" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Agencia" st="on"&gt;La Agencia&lt;/st1:personname&gt; Central&lt;/st1:personname&gt; de Inteligencia envió un reporte al presidente Velasco informándole sobre la presencia de cerca de veinte células terroristas, cuyo único objetivo era el de buscar un golpe de estado, a manos de la oposición —tan perseguida y vigilada como las guerrillas mismas—, o de los generales de las Fuerzas Armadas. Si no se hacía algo para mejorar la imagen del actual gobierno, decía en su comunicado &lt;st1:personname productid="la Compa￱￭a" st="on"&gt;la Compañía&lt;/st1:personname&gt;, la lista de grupos de inconformistas que empleaban la violencia para hacerse escuchar iría en aumento. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se ignora también cual fue la respuesta del presidente; Velasco terminaría muriendo faltando dos meses para convocar a elecciones y, según parece, en su agenda próxima no había ningún deseo de frenar el proceso nacional de purgas llamado “Seguridad Legítima”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Góngora, que había renunciado al Departamento al poco de regresar a su patria, estuvo desempleado casi seis meses; manteniéndose con el producto del alquiler de los dos pisos arrendados en su edificio. En toda Bogotá era imposible conseguir empleo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su ingreso el ARE le significó un amplio giro en su estilo de vida: empezó a devengar un sueldo sustancioso, y como soltero, pudo empezar a gastar en trajes a la medida, zapatos de diseñador, corbatas francesas, un Mazda último modelo, un nuevo equipo de sonido, televisor de alta definición —importado ya que por entonces tal tecnología no había llegado a Colombia—, y la planificación de viajes alrededor del mundo para unas próximas vacaciones. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los otros no tardaron en ser escogidos; Cohen buscaba perfiles extraños de colombianos que pudiesen ser sometidos a un gran estrés, con capacidad de meditar y que supieran manejar un arma. Los matones, o los gorilas sin razonamiento estaban descartados; si alguien demostraba habilidades que se saliesen del margen de lo usual, ese era el hombre que había que tener al lado. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Y el primero de estos, que se destacó por tener el historial más oscuro, fue Ever Jesús Ríos Velez. Surgido de un remoto caserío del Departamento del Chocó (ahora Estado del Chocó), con una vida sumergida en operaciones clandestinas para &lt;st1:personname productid="La Canciller￭a" st="on"&gt;la Cancillería&lt;/st1:personname&gt; y luego como oficial de vigilancia del DNE. Tenía, al ingresar al ARE, cuarenta años cumplidos, veinte de los cuales se había dedicado a labores de inteligencia. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Nacido en &lt;st1:personname productid="La Llanta" st="on"&gt;La Llanta&lt;/st1:personname&gt;, un corregimiento entre la espesura de la selva, donde a parte del puesto de radio no hay otro contacto con el resto del país —si se pasa por alto el casi invisible sendero solo conocido por los locales—. Allí las posibilidades de educación son muy pocas; en general quedan dos opciones, abandonar el pueblo o aprender un oficio y vivir sin mayores aspiraciones. Ever pudo haber sido uno de esos; su padre, proveía gasolina a los habitantes del caserío mediante un escuadrón de jumentos encargados de realizar viajes de cincuenta kilómetros hasta el río. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando su segundo hijo, Ever Jesús, cumplió los catorce años, lo envió a Basilea, un punto de paso de transporte de carga; salió de casa con la tarea de llevar un recado a un primo de su madre, quien acarreaba en un viejo camión manteca de cerdo. Pero no regresaría a casa sino diez años después; siendo la primera vez fuera del campo donde había crecido, se encontró entonces con la violencia de vehículos que corrían por la autopista de ciento veinte kilómetros por hora; intentó seguir entonces otra ruta, distinta a las indicaciones de su padre, terminando así tan lejos de la vía principal del departamento que luego no supo cómo regresar. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En el primer pueblo que pudo detenerse perdió el burro sobre el que había venido viajando; nunca, sin embargo, trato de pedir ayuda, sino que su interés principal estaba en llegar a Basilea para cumplir con el recado. Ever contaría a su madre, muchos años después de separarse de ella para este viaje, que su situación terminó de complicarse cuando se encontró con una banda de jóvenes australianos que venían recorriendo el continente en un Cadillac cubierto de polvo y años. A parte de un diccionario y un mapa no contaban con más guía en aquel rincón de Sur América. Los muchachos empezaron a hacerle preguntas a Ever, pero este no podía dar respuesta alguna; cuando los extranjeros empezaron a realizar señales con las manos y los brazos, pensó que lo llevarían con él hasta el siguiente pueblo, o a Basilea misma; en realidad, aquel grupo de estudiantes buscaba un guía. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Llegaron a Quibdó, capital del estado; una ciudad pequeña con altas tasas de pobreza, pero para el muchacho extraído del corazón de la jungla aquel era un lugar enorme, lleno de autos, de ruido, música, gente y ni un solo conocido. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pasaría cerca de un año trabajando en la plaza de mercado descargando mercancías y durmiendo sobre costales hasta que empezó a involucrarse con contrabandistas. Armamento pesado para las guerrillas estaba llegando a través de barcos japoneses anclados frente a las costas del Pacífico colombiano. Los porteadores eran robustos lugareños sin más necesidad que una buena paga y quienes ignoraban la clase de crimen con la que se estaban involucrando. Ever tampoco podía ver el cuadro completo, y seguramente, si no hubiese conocido a Carmen, hubiese pasado sus días como otra más de las negras siluetas que al amanecer se recortaban en la playa cargando cajas de proyectiles desde canoas hasta los jeeps. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Carmen era una muchacha sencilla; natural de Pio XII, un corregimiento costero, hija de un pescador, y con solo una pasión, la danza. Al conocerla tenía diecinueve años, dos años mayor a Ever, quien ya era lo bastante alto y musculoso para impresionar a la joven. Tuvieron un noviazgo sencillo y a los dos meses empezaron a plantearse el matrimonio. Para Ever Jesús el matrimonio era una de esas etapas en la vida que tocaba tomar conforme llegara; estaba, o creía estar, enamorado de aquella muchacha delgada y bonita, por tanto lo mejor sería hacerse a su propio rancho, organizar una boda y esperar a los hijos y luego a la señora muerte. Pero ocurre que el mundo es más complicado que eso. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Una tarde, a semanas ya de realizarse la boda, Ever fue detenido por su jefe inmediato, un antioqueño sencillo y joven que le pidió como favor organizar una reunión sencilla en su casa para “don Salman”, el propietario de los barcos y de las armas que se encargaban de subir a los transportes todoterreno. El tal señor Salman, explicó el paisa, siempre estaba de viaje, de un barco a otro, o de un avión a otro; era hombre sencillo, agregó, y disfrutaba de cosas tales como atardeceres en playas que la civilización y el mal llamado progreso no hubiesen infestado de hoteles. Como Ever se había hecho a una casa de bareque y paja frente a una playa de arena como oro blanco, el jefe pensó que unos aguardientes, el atardecer y la brisa suave con olor a coco serían un buen regalo para el traficante de armas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En efecto el gran hombre se hizo presente. Era un viejo de tez cetrina, barbas y cabello blanco, vestido como turista —con un traje de aspecto caribeño cuyo costo debía ascender hasta las estrellas—, de baja estatura y sonrisa sosegada. Saludó a Ever Jesús, a su prometida Carmen, se sentó en una mesa por la pareja frente a la casa y, mientras bebía de una botella de whiskey, conversaba con su socio colombiano y un par de sujetos de barbas rufianescas que portaban pistolas plateadas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El sol se fue resbalando en el paraíso mientras la luna ocupaba su lugar. Ever estaba pendiente de sus invitados, pero a sugerencia de su jefe era Carmen quien los atendía. En determinado momento, Salman tomó de la cintura a la muchacha y la hizo sentarse en sus piernas. Los tipos reían tomaban de forma imparable; Ever sentía que eso no estaba bien, así que quiso ir y ordenarle a su futura esposa que dejara ya a esos hombres y regresara a la cabaña. No pudo acercarse a la mesa, los guardaespaldas del traficante lo detuvieron y lo encerraron en su propia casa. Iracundo, Ever tomó una botella vacía de Jack Daniels y, escapando por una ventana, se lanzó contra el tipejo que abrazaba a Carmen; estaba solo tratando de quitarle el vestido a la muchacha, y tan ebrio al parecer, que no se dio cuenta que se acercaba el alto y fuerte pretendiente. La botella se hizo añicos en la enorme cabeza de Salman, los guardaespaldas se alarmaron y empezaron a dispararle. Ever se lanzó a correr hasta llegar a la carretera, trepó a un bus viejo que avanzaba desocupado rumbo al terminal y llegó al pueblo media hora después. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sus problemas empezaron al llegar a la estación de policía para denunciar el abuso contra su novia. Allí estaba su antiguo jefe y uno de los guardaespaldas. Declararon que Ever era un proxeneta, su novia una puta, y además que pretendían robar al señor Salman. El joven porteador recibió una paliza y fue confinado a una jaula (en todo el sentido de la palabra) durante noventa días hasta que fue trasladado al a prisión departamental de Quibdo, donde pasó sus siguientes tres años sin saber ni de su familia, ni de su prometida.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su tiempo en prisión lo transformó: pasó de ser un joven sencillo, con planes para el presente y libre de pensamientos complejos sobre la humanidad, el alma, el principio, el fin, o el correr mismo del tiempo, ha ser un sujeto frío y estudioso. Según sus primeros compañeros de presidio, le había, simplemente, robado a la mujer; y todo por que era un negro tonto e ignorante; los blancos no eran más astutos —quien le decía eso estaba condenando a treinta años por embaucar a unos banqueros españoles—, pero sí más estudiados. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Preso se sometió a la educación de los misioneros protestantes de Tennesse. Aprendió algo de inglés, de historia y de matemáticas. Nada que le sirviese realmente para el mundo moderno, pensó, ya que la mayoría de detenidos por grandes crímenes eran aquellos capaces de abrir bóvedas de seguridad, secuestrar gente adinerada, asaltar casas de millonarios protegidas por perros y guardias armados. Los analfabetos o poco educados emplearon su tiempo, y se ganaron sus condenas, por asaltos vulgares, robo de baratijas, homicidios por unos cuantos dólares, o si acaso, vínculos con las guerrillas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Lo llamaron a su celda una mañana, y pensando que era un abogado —por que de hecho nunca le habían adjudicado uno— se arregló lo mejor que pudo y fue optimista al patio de visitas. Allí habían dos policías, se identificaron como pertenecientes a &lt;st1:personname productid="la Interpol" st="on"&gt;la Interpol&lt;/st1:personname&gt;, le preguntaron cuatro veces su nombre, verificaron sus huellas y sin dejarle decir una sola palabra lo montaron en una camioneta rumbo al aeropuerto. El viaje hasta Bogotá lo hizo en veinte minutos, y su primera experiencia de volar no le impresionó mucho: un estrecho asiento, nada de beber, calor pegajoso y una presión insoportable en los oídos. Las cosas cambiaron radicalmente cuatro horas después; tras media docena de inyecciones y la revisión rutinaria de un médico del aeropuerto, subió a un descomunal avión de American Airlines; una bestia de trescientas noventa sillas, algo inconcebiblemente grande que pese a toda la lógica —tan adentrada en su cerebro— podía volar como una nube, más alto incluso que las gaviotas de la playa. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tres comidas empacadas en plástico, pantalla de video con películas incomprensibles, una espera de dos horas en un aeropuerto desconocido y atiborrado de gente —debió de ser en &lt;st1:personname productid="la Florida" st="on"&gt;la Florida&lt;/st1:personname&gt;— y otro viaje, esta vez en una aeronave más pequeña, hasta la fría Londres, a donde desembarcó a las siete de la tarde de una tarde de otoño. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aquello era el mundo; Colombia, pensó, no era nada. La capital del Reino Unido era una megalopolis colosal y grandiosamente bella con millones de lámparas, hoteles de un lujo exquisito y muchachas pálidas de mejillas rosadas, tan preciosas como muñecas. Ever Ríos fue hospedado en un hotel sin mucho lujo para viajeros frecuentes en la parte baja del río Támesis. En la mañana probó su primer desayuno británico, “coles grises, huevos tibios y té”, según recordaba Ever cierta vez, y se presentaron los hombres de &lt;st1:personname productid="la Interpol" st="on"&gt;la Interpol&lt;/st1:personname&gt; británica. Como intérprete llegó la entonces embajadora en Inglaterra, Norma Céspedes de Trujillo. Al ser presentados, la embajadora se negó a darle la mano a Ever, estornudando falsamente en vez de estrechar la mano que el chocoano le ofrecía y, entre risas, agregó que el clima estaba muy frío. Luego, afirmó Ever, tomó al policía colombiano que se había encargado de transportar al joven, y le preguntó si no había alguna manera de conseguir a un hombre, o incluso una muchacha, de “raza blanca” colombiana que representara a Ever en la corte, en vez de dejar que los medios del mundo viesen, como testigo, a un negro, y creyeran que aquella nación sudamericana era una república africana. El policía primero se rió, luego se puso serio y replicó “¡pero cómo se le ocurre señora embajadora!”. Era un buen policía. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En todo aquel transcurso de tiempo Ever no sabía qué diablos estaba haciendo allí, en lo que le parecía la orilla opuesta de la galaxia. A las diez de la mañana entró a un recinto enorme, todo chapado en madera con “cuadros antiguos” en el techo y una veintena de hombres de negro y otros tantos de traje mezclados con policías de casco. Lo sentaron en un extremo de la sala y empezó el juicio. Tuvieron que ponerse de pie a la llegada del juez, un hombre viejo con peluca de bucles blancos. Al sentarse de nuevo la embajadora se inclinó hacia Ever:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Escúcheme bien señor Jesús; ponga mucho cuidado y no nos haga quedar mal: cuando yo le diga se dirige a esa silla que está junto al estrado, o sea donde se sienta el juez que es ese señor; le van a hacer unas preguntas pero usted no responda nada, y digo nada de nada; se va a quedar callado y cuando yo le diga señala a ese tipo de traje platinado que está en primera fila. ¿Entendió señor Jesús?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Asintió mansamente. No era estúpido: los seriados de televisión sobre abogados y jueces —comenzando con el propio Perry Mason— le encantaban: allí al menos la justicia funcionaba. Lo llamarían a declarar, ¿pero contra quién? No recordaba haber visto en su vida a ninguno de esos hombres blancos de ajadas pieles grises. Al ser llamado al estrado y fijar su mirada en el tipo de traje platinado —es verdad, parecía envoltura para goma de mascar— supo a quién estaban enjuiciando: era el “señor” Salman.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Salman Marüiz, mejor conocido como El Turco Rojo, era un ex agente de &lt;st1:personname productid="la KGB" st="on"&gt;la  KGB&lt;/st1:personname&gt; que se había dedicado a vender armas tras desertar a finales de los sesenta e instalarse en Bruselas. Había nacido ciertamente en Estambul, de familia trabajadora y socialista que tras recibir varias palizas en la cárcel se había dirigido a &lt;st1:personname productid="la Uni￳n Sovi￩tica" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Uni￳n" st="on"&gt;la Unión&lt;/st1:personname&gt;  Soviética&lt;/st1:personname&gt; para estudiar. Terminó trabajando para el segundo directorio en calidad de asistente de torturas, y luego de unos años, cansado de no llegar a ningún lado y aquella horrenda kvas todos los días en vez de cerveza negra, buscó a los británicos y planteó su deserción. Luego, los detalles de su paso al comercio de armas no son claros, pero por alguna razón los ingleses querían sumirlo en una prisión por el resto de sus días. El servicio secreto británico había estado siguiendo al traficante por años, tomando apunte de cuanto paso daba, y claro, el incidente con el porteador Ever estaba en los registros de operaciones. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Como en la televisión, los malos serían castigados. La embajadora se situó junto al testigo y comenzaron los alegatos de la fiscalía. Ríos quería saber qué pasaba, pero no se atrevía preguntarle nada a la “doctora” Norma. Puso toda su concentración en buscar palabras que le sonaran conocidas, pero el acento violento del fiscal británico no le dio muchas opciones. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Llegó el momento en que debía señalar al acusado. Hizo como le ordenaban y apuntó su dedo al ahora calvo y atormentado Salman. El fiscal dijo algo, no en inglés sino en italiano (en realidad en latín, afirmó: &lt;i style=""&gt;quod erat demostrandum&lt;/i&gt;) y se retiró ordenando que se llevasen al testigo. El policía le hizo una seña para que se levantara, pero de inmediato le ordenó sentarse de nuevo. El abogado defensor pidió interrogar al testigo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Este abogado era un texano de cincuenta y dos años, robusto, lampiño y con cara de sabelotodo. Se fue acercando al estrado mientras hablaba sobre los trajes de los fiscales, de la educación del juez, y de que él era un sencillo hombre de granja que había tomado el derecho para sacar adelante a sus críos, a su “apá” y a su “amá”. Al menos el abogado hablaba de forma más clara, y parecía más simpático que los fiscales, pensó Ever en aquel momento. Dejó de agradarle un minuto y medio más tarde cuando empezó a afirmar que la fiscalía podía estar empleando un truco sucio trayendo a un negro cualquiera de la calle para que señalase a un hombre determinado en la corte. La fiscalía presentó una violenta objeción pero la obra se siguió desarrollando: &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Veamos pues, mi querido amigo —decía el abogado cuyo nombre no podía recordar—, tú sabes por qué estás aquí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La diplomática que hacía la labor de traducción estúpidamente respondió por Ever.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Discúlpeme, señora, o señorita! Pero le estoy preguntando al joven de color; no a usted, mi querida dama. A ver, chico: ¿tienes la más remota idea de quién es ese caballero con ese traje tan bonito sentado entre la chica rubia y el viejecito de bombín? &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever se quedó callado. Al fondo, notó, los espectadores cuchicheaban entre sí. Entonces respondió, en un inglés abierto y muy españolizado lo siguiente:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Ese es mister Salaman. Él tiene varios barcos grandes. Los barcos llegan a la bahía y nosotros vamos en bote y llevamos las cajas hasta la playa. En la playa subimos esas cajas a camiones. Mister Salman vino un día con unos amigos y empezó a tomar en mi casa; tomaban whiskey. Mister Salman quería abusar de mi esposa, pero yo no lo dejé y le rompí una botella de whiskey en la cabeza y luego corrí y me metieron preso por atacar a mister Salman. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El fiscal fue a una mesa y levantó una bolsa llena de fragmentos de vidrio roto. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—La evidencia veinticuatro que su señoría declaró inservible para este juicio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El vendedor de armas parecía al borde del colapso. Sus puños estaban blancos de tanto apretarlos y sus labios temblaban sin parar. El abogado texano se acomodaba su corbata de lazo y, tras beber un poco de agua, regresó para preguntar “¿tienes alguna idea de lo que había en esas cajas, chico? Quizá eran plátanos”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No señor. Los plátanos se transportan en cajas de cartón; además no se importan sino que se exportan —risas al fondo, el juez golpea el martillo—. Había cohetes en esas cajas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El fiscal dio un salto, levantó un gran cartel y lo sostuvo frente a Ever; en él había diversas clases de proyectiles pesados de largo alcance dibujados a mano y pintados con colores. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Puede el testigo señalar qué clase de “cohetes” había en las cajas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Objeción! —Gritó brutalmente el abogado— ¡Estoy interrogándolo!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Denegada —barbotó el juez— Que el testigo responda.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ever señaló los misiles blancos y delgados como palillos chinos. Los 9K-32 soviéticos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Q.E.D —empezó a decir el fiscal antes que una voz resonara en toda la sala:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Negro hijo de puta! Te haré ahorcar, ¡no importa dónde te escondas! —gritaba Salman mientras los martillazos caían como bombas. Salman fue condenado de por vida a una prisión del condado de Kent; murió seis años más tarde de derrame cerebral. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Al salir de la sala de audiencias, un joven reportero se acercó a Ever. “Señor Ríos” le llamó, pero mientras el cordón policía lo detenía, la embajadora empujaba a Ever dentro del coche patrulla; como nadie lo había llamado “señor” antes, Ever decidió que aquel joven debía ser un buen muchacho, le gritó el nombre del hotel y este sonrió agradecido. Dentro del auto la doctora Norma cargaba un gesto de pésimo humor. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al hotel, ahora protegido por una veintena de policías, se presentó el muchacho, su nombre era Richard Scott, y esa era su primera asignación para el diario &lt;i style=""&gt;The Guardian&lt;/i&gt;. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Scott —un escocés, como podrá el lector suponer—, anhelaba viajar por todo el mundo como reportero. Por ahora tenía que conformarse con atrapar noticias locales al vuelo; se había enterado del proceso contra “El Turco Rojo” y quiso encontrar un ángulo no cubierto por los medios. Ahora tenía la oportunidad de una gran crónica. Sabía algo de español, muy poco, pero lo complementó bien con el conocimiento que tenía Ever Ríos de Inglés. En una entrevista con té y tostadas francesas empezaría una amistad de más de veinte años. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aunque la embajadora planeaba mandar de vuelta a la cárcel a Ever, los fiscales, muy agradecidos con el colombiano, le ofrecieron un programa de residencia y estudios como refugiado político. La cárcel departamental de Quibdo, dijo Ríos, no era precisamente el lugar más seguro del mundo. La cancillería colombiana quería a su prisionero de vuelta, recibiendo una airada respuesta de los británicos: ahora el señor Ever Jesús Ríos era un huésped de Su Majestad. Cuando el Ministerio de Relaciones exteriores fue en busca del historial delictivo de Ríos, descubrió que el joven había pasado su tiempo en prisión porque nunca se le inició un proceso ni se le asignó abogado. Scott recogió toda la historia y el gobierno colombiano quedó en ridículo; a Ever ya no le importaba: ahora estaba en una casita con calefacción en Manchester, estudiando historia y lingüística. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Su historial con los servicios secretos tiene un inicio que permanece en las brumas; se ignora a ciencia cierta si empezó a trabajar para los británicos o para los colombianos. Pero a los veinticinco años estaba trabajando de conductor para el consulado colombiano en París. Se presentó por entonces una queja por parte del ministerio de interior francés, en que señalaban que Ever compraba información para localizar a supuestos integrantes del IRA. Como no sabían para quién trabajaba lo dejaron en paz; Ever regresó por una temporada más a Inglaterra, pero siguió manteniendo contactos con el servicio diplomático exterior colombiano. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Por aquel entonces contrajo matrimonio, además, con una atractiva decoradora de interiores llamada Lauren Bledel, una prima lejana de Scott quien le fue presentada en una fiesta. La señorita Bledel era además colaboradora ocasional de &lt;i style=""&gt;The Guardian&lt;/i&gt;; poco instruida en las rudezas de la vida real, pero amable y sencilla con una deslumbrante sonrisa que se ganaba las simpatías de todos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No fue una vida conyugal fácil. A los treinta la pareja se trasladó a Bogotá y Ever empezó a trabajar con la unidad exterior del DAS —no existía por aquel entonces el DNE—. La pareja ya tenía dos hijos y llegó a vivir en un departamento de dos pisos en un barrio refinado del norte de la ciudad. El clima, sin estaciones, y la alegría de la gente les causó buena impresión en los primeros días. Pero las realidades sociales se revelaron muy pronto: Colombia estaba llena de pobreza; bastaba cruzar dos calles al sur para toparse con niños de siete años que vendían colombinas bajo la lluvia helada de las siete de la noche, con sus rostros grises alumbrados por las luces de tráfico. La distancia con Inglaterra causó mella igualmente, tanto para Lauren como para su hija Bryony, como para su hijo Sean. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Habría que añadir el contacto gélido que Lauren hizo con la sociedad circundante. Las mujeres del barrio y del club la miraban encantadas; todas querían ser su amiga, no porque realmente les interesara su trabajo en la decoración de interiores —al cual no se había podido dedicar realmente—, sino para poder decir que tenían una amiga inglesa. Un día llegó a enterarse que una de las socias del club hacía correr el rumor que era de la realeza, o que al menos había tenido una aventura con algún príncipe europeo. Y las máscaras de la hipocresía no podían ser más llamativas a la hora de llegar con Ever a algún evento. Tal vez sea cierto o no, pero cierta vez Lauren fue invitada a un almuerzo al aire libre en una hacienda cercana al pueblo de Cajicá. Allí llegó con su esposo y sus dos hijos. La anfitriona saludó con una descomunal sonrisa y, al ver a Ever, añadió: “puedes decirle a tu chofer que espere allí en el garaje con el resto de la servidumbre”. Lauren se puso roja de ira de inmediato, pero Ever se plantó frente a ella y en inglés le dijo “si no es más mi señora, me retiro”. Los chicos no entendían y Lauren, que conocía bien a su esposo, tomó aire y se dejó conducir hasta la mesa instalada en el patio. Cuando todos los invitados estuvieron sentados, llegó corriendo la empleada gritando a voz en cuello que los retretes y lavamanos estaban devolviendo el contenido del pozo séptico, inundando baños y cocina con excrementos. Algunos reían, otros se levantaban discretamente, la dueña de casa corrió a detener la tragedia, y Ever se presentó con la camioneta para recoger a su familia. Según Ríos luego fueron a comer hamburguesas en &lt;i style=""&gt;Wimpi&lt;/i&gt;. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Lo que determinó la separación de los esposos fueron los continuos viajes que empezó a realizar Ever, de los cuales no podía decir nada en casa. Los chicos querían regresar a la isla y Lauren estaba cansada de pasar sus días leyendo, encerrada en casa por cuestiones de seguridad. Desde entonces Ever Ríos se trasladó a vivir en una suite del hotel Colonia y visitaba dos veces al mes a su familia en Londres. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El historial de operaciones de Ever permanece cerrado, pero por alguna razón —y debió ser una buena razón— Max Cohen lo eligió para la labor de dirigir al resto del equipo de agentes del ARE.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;De la misma edad, pero distinto tono de piel y un pasado un tanto menos oscuro, Franklin David Villareal, había sido llamado a trabajar para &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la ARE&lt;/st1:personname&gt; por haber sido analista de inteligencia de &lt;st1:personname productid="la CIA." st="on"&gt;la CIA.&lt;/st1:personname&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La historia empieza cuando la familia Villareal abandona el país azotado por las carnicerías que siguieron al nueve de abril de 1948, fecha en la cual un político local muy afamado, de nombre Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado, desatando la furia de los liberales. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Los Villareal, conservadores en territorio liberal, huyeron con lo que tenían y se trasladaron a los Estados Unidos, más exactamente a Albani, Nueva York, a donde llegaron con poco más que nada. Franklin, el séptimo de ocho hijos, nació allí, en el húmedo hospital de caridad Franklin D. Roosvelt.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Mientras sus hermanos mayores emigraban por el país, buscando emplearse como obreros o braceros, los menores vagaban por la calle y jugaban con los otros chicos del barrio, generalmente blancos pobres que se mantenían alejados de los negros. Pese a esto, Franklin siempre afirmó que creció en un entorno multirracial de variable tolerancia “tiempos calmados y tormentosos” explicó. Siguió sus estudios en una secundaria local, destacándose como reportero para un diario local de Albani a los dieciséis años; luego, al no poder hacerse a una beca para ingresar en la universidad se enroló en la infantería de marina, siendo enviado a Corea durante un año. Allí fue reclutado por &lt;st1:personname productid="la Compa￱￭a" st="on"&gt;la Compañía&lt;/st1:personname&gt; y, tras pasar los exámenes de admisión y el entrenamiento básico en Camp Peary, tuvo su primera asignación en Bolivia. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Allí llegó con un pasaporte colombiano que lo identificaba como Ramón Benavente y muy pocas cosas en su valija a parte de una cámara fotográfica, algunas camisas y libretas blancas. Durante cuatro años estuvo trabajando, a manera de cobertura, como fotoperiodista; aunque el material que enviaba a los periódicos locales, algunas revistas y uno que otro corresponsal extranjero no llegaba a ser ni la mitad de la información que hacía enviar a la estación local de &lt;st1:personname productid="la CIA. Sus" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la CIA." st="on"&gt;la CIA.&lt;/st1:personname&gt;  Sus&lt;/st1:personname&gt; instantáneas de marchas, protestas y huelgas se enfocaban en quienes podían ser los líderes de estas y en la presencia de la “oposición” en estas. Hasta donde llegó a saber Villareal ningún agente del KGB tuvo contacto con los miembros de &lt;st1:personname productid="la Izquierda" st="on"&gt;la  Izquierda&lt;/st1:personname&gt; organizada; tal vez Langley pensaba lo contrario y por eso las masivas detenciones durante aquellos años. Como agente siempre se le tuvo bajo buena consideración; nunca discutía sus asignaciones, tomaba una misión y la llevaba a buen término, pero fue justamente por una de estas que terminó en un despacho gris de Virginia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En 1980 los militares llevarían de nuevo un golpe de estado contra el gobierno interino de Lidia Guelier. Luis García Tejada se hizo entonces al poder desencadenando una de las olas de violencia gubernamental más sangrientas de la historia de Bolivia. Fueron centenares los desaparecidos; Washington, por entonces al mando de Jimmy Carter, se opuso a esta situación y todas las operaciones en marcha de &lt;st1:personname productid="la CIA" st="on"&gt;la CIA&lt;/st1:personname&gt; se detuvieron. No así las carreras de los agentes encubiertos en el terreno. Tras el golpe, Franklin, de alguna forma, mezcló las fotografías consideradas como material de inteligencia con las que distribuía a los periódicos y corresponsales. Una de estas salió a la luz: se trataba de un individuo mayor, de aspecto europeo, vestido de negro, presente en una reunión del nuevo líder de estado; se trataba de Klaus Barbie. Si bien los cazadores de nazis ya lo habían identificado, sólo a través de la presión que generó esta fotografía en el gobierno boliviano Barbie fue arrestado y trasladado a Francia para su posterior juicio. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La exposición del &lt;i style=""&gt;Carnicero de Lyon&lt;/i&gt;, como se le apodó a Klaus, trajo otras consecuencias: se reveló, además, que el ex SS vendía, con apoyo de sus socios latinos, armas a Israel, por entonces bajo el embargo de armas que causó la guerra del 67. Los periodistas e investigadores tuvieron material de sobra y Franklin tuvo que ser retirado del campo, sancionado por dos meses sin paga y luego enviado a un estrecho cubículo en el cuartel general de &lt;st1:personname productid="la CIA" st="on"&gt;la CIA&lt;/st1:personname&gt;, presentando su renuncia a mediados de los noventa. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Casado, luego divorciado, y con un hijo viviendo en Swampton, Georgia, Franklin viajó a Colombia y empezó a vivir de clases de inglés, de historia y, en buena parte, de la riqueza de su amante, Claudia Bautista Villamil, hija de un industrial risaraldense. Sus estudios en Historia de Occidente no le bastaban para hacerse a un verdadero empleo en la educación, así que, a parte de enseñar inglés no tenía otro empleo; hasta la mañana en que Máximo Cohen lo llamó para entrevistarlo. Cohen no sabía que Villareal había sido agente de campo —no lo hubiese creído posible—, pero que conociera los entresijos y corredores de la agencia de inteligencia más poderosa del mundo le parecía bastante. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Esta nueva agencia, &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;la  ARE&lt;/st1:personname&gt;, no necesitaba, como su antecesora, un batallón de fieros mastines que pudiesen proteger al primer mandatario, amen de cazar eficazmente a sus enemigos; necesitaba más bien cerebros que pudiesen tomar el diario, los reportes de las agencias de inteligencia, mirar al techo un rato y descubrir si algo iba mal. Detectar una conspiración no es tarea fácil, ya que es mil veces más posible que no haya complot alguno a que se presente uno. Pero el manto de sigilo que cubría al grupo evitaba que el mundo exterior anduviese exigiéndole resultados. Su misión no consistía en atrapar malhechores, ni en buscar vida en otros mundos; debían esperar y anticiparse a todo aquel que desease atentar contra la vida de un solo hombre. &lt;st1:personname productid="la ARE" st="on"&gt;La  ARE&lt;/st1:personname&gt; no cubría a la familia presidencial ni al vicepresidente y de seguro dejarían que alguien muriera si eso salvaba la vida del presidente. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;No obstante a todo ello, era imprescindible que la nueva fuerza tuviese elementos con la capacidad de enfrentarse a una situación de extrema violencia. Si alguien intentaba dispararle al presidente los agentes que estuviesen cerca debían lanzarse, no a proteger al hombre —a menos que sus propios guardaespaldas no estuviesen cerca—, sino tras el o los perpetradores del acto. Que el protegido muriera era una tragedia, pero que los magnicidas escaparan ya era demasiado. De esta forma, Max consideró tener en la lista de pago a un agente con verdadera experiencia en combate. El elegido fue el teniente de &lt;st1:personname productid="la Armada Danilo" st="on"&gt;la Armada Danilo&lt;/st1:personname&gt; Moretti Mendieta, de veintiocho años, siendo así el más joven del grupo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Su padre era un pintor siciliano, con lazos familiares extendidos por todo el Viejo Continente, muchos de los cuales mantenían generosamente al artista. En Bogotá, ciudad que conoció brevemente pero no encontró de su agrado, conoció a una muchacha de colegio con la que se obsesionó y, contra el deseo de sus padres, contrajo matrimonio. El hombre le llevaba casi veinte años a la chica, pero aún así se establecieron en Cartagena, principal puerto del norte de Colombia, y comenzaron a vivir una vida sencilla.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;El problema vino, como suele suceder en estos casos, con la llegada de Danilo; todo niño necesita atención, medicamentos y escuela. El dinero del exterior no dejaba de llegar, con este se suplían las necesidades básicas, pero a parte de unos muebles y un televisor a blanco y negro no se veían más posesiones. La madre de Danilo comenzó a hartarse de la situación. Sugirió emigrar a Italia, donde la vida, imaginaba ella, era más próspera. Su esposo se negó: había llegado a Cartagena y no saldría de allí nunca. Hubieron discusiones a lo largo de los años antes que aceptasen que no podían vivir juntos; Danilo y su madre se trasladaron a Bogotá, pero una vez terminada la secundaria el muchacho regresó con su padre a la misma casa donde había nacido. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Habiendo nacido sin inclinación alguna hacia las artes, Danilo Moretti prefería la vida estricta y disciplinada; buscó enlistarse en la marina y fue aceptado; tras cumplir con el servicio obligatorio entró a la escuela superior de cadetes y fue enviado a un destructor como controlador de radar. Como la guerra en Colombia no se extiende a los mares —a no ser que se mencionen las operaciones de interceptación de lanchas con narcóticos o armas para las guerrillas— la vida en el mar era “demasiado plácida” para el entonces sargento primero. Un programa le llamó la atención: varios de sus compañeros se habían presentado voluntarios para el curso de fuerzas especiales navales. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;El entrenamiento, dictado por miembros del grupo &lt;i style=""&gt;Sea Air and Land&lt;/i&gt; (SEAL) de los Estados Unidos, era exigente a un grado terrible: todos los involucrados se veían separados de las comodidades relativas de su cargo y quedaban expuestos al trato casi inhumano de los instructores cuya misión, a parte de instruir, es hacerles la vida un infierno. De su grupo de cincuenta aspirantes salieron tres. Él fue uno de los admitidos y de inmediato se le asignó a orden público. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Los blancos eran establecidos por inteligencia militar y luego buscados por las unidades de cuatro hombres que se desplazaban lentamente a lo largo de un cauto río. No siempre se empleaban los botes de goma inflable, en ocasiones se utilizaron las mismas chalupas que usaban los habitantes de las zonas de conflicto para la caza. Así mismo, los comandos de la armada llevaban camisa, sombrero y pantalones civiles; sus armas y demás equipo se guardaba bajo las sogas o las mayas llenas de pescado fresco. Las guerrillas, o bien infiltraban sus propios hombres en los caseríos flotantes sobre el lecho del río, o compraban, con dinero o miedo, la continua vigilancia de los locales. La unidad de Moretti viajaba especialmente en horas de la tarde, una vez el sol buscaba la boscosa línea del horizonte, y la luz, cada vez más tenue, dificultaba que se vieran los rostros de los operadores. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;La planificación permitía a las unidades llegar coordinadamente al sitio. Vigilaban la propiedad y reportaban la situación del enemigo; si del centro de operaciones se ordenaba retirarse, las unidades regresaban a sus balsas, con presteza pero sin prisa y sin hacer el menor ruido; de lo contrario, se les daba la orden de actuar. En medio de la noche empleaban el factor sorpresa, su buena puntería y preferiblemente armas cortas dotadas de silenciadores. Los objetivos que les eran dados a las unidades siempre eran blancos que requerían de una delicada intervención, algo que no podía hacer el ejército regular o la fuerza aérea. Robo de información almacenada, captura de cabecillas guerrilleros o de capos locales del narcotráfico, destrucción de plantas de procesamiento de narcóticos o simples labores de reconocimiento, que no por carentes de acción dejaban de ser exigentes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;La propiedad era custodiada por cuatro guerrilleros armados con pistolas. No llevaban uniforme sino prendas de jornalero. Tampoco cargaban grandes rifles automáticos; se les veía patrullar con escopetas comunes. Empleaban radios como cualquier grupo de vigilantes en una propiedad privada. La casona, de tres pisos, era donde se ocultaban los guardaespaldas del comandante; dos permanecían despiertos, uno atento a la radio, y otro observaba por las ventanas el movimiento de la protección externa. No podía ver en las tinieblas exteriores a los hombres del Grupo de Comandos Anfibios poniéndose sus uniformes negros, tiñéndose el rostro de verde fango y alistando sus armas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;El primer equipo de cuatro hombres se encargó de trepar por una escalera hasta el tejado de un depósito de material. Luego, gracias a una soga, hasta el tejado. El grupo dos estaba encargado de vigilar el movimiento enemigo. Mediante visores térmicos estaban ya localizados los guardaespaldas y el resto de los habitantes de la casa. La orden de atacar llegó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;           &lt;/span&gt;Uno de los marinos se descolgó frente a la ventana donde estaba el vigilante; tras abatirlo disparándole con una Sig-Sawer 9mm a través del vidrio, rompió de una patada los cristales y se introdujo en el corredor; sus compañeros llegaron detrás. El primero tumbó la puerta del cuarto principal de una patada y arrojó una granada de magnesio; la detonación fue lo suficientemente estruendosa para que la casa entera se agitara. Ya se escuchaban voces y los primeros disparos provenientes del exterior.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El segundo equipo de comandos anfibios empleó rifles de largo alcance con miras telescópicas. Cualquier movimiento alrededor de la casona fue eliminado. Un mensaje les llegó por radio dos minutos después de iniciado el ataque; el equipo se acercó a la casa y se encargó de proteger a los cuatro hombres que descendían por la soga junto al comandante guerrillero capturado. Un ingeniero del primer equipo se encargó de instalar explosivos para retrasar la persecución del enemigo. Diez minutos más tarde estaban a bordo de las canoas y empezaron la huída río abajo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La anterior operación es un ejemplo arquetípico de las misiones llevadas a cabo por el GCA al que pertenecía Moretti; en algunos casos las cosas se complicaban, ya fuera por errores de inteligencia o por desperfectos del equipo, mala coordinación, entre otras.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Quizá por una de esas razones Danilo abandonó su vida en la armada y se retiró a Bogotá para tratar de crear una empresa de seguridad con otros militares retirados. Pero una mejor razón pudo ser la muerte de su padre, víctima de un cáncer de hígado, lo cual lo sumió en una profunda depresión. Se reunió de nuevo con su madre, quien contrajo matrimonio por segunda vez, y ahora llevaba un jardín infantil. Danilo, al momento de ser llamado por Max, acababa de vender lo que quedaba de su negocio de seguridad privada para ejecutivos de “&lt;i style=""&gt;high profile&lt;/i&gt;”: una computadora portátil y una cafetera eléctrica.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Max Cohen los reunió a los cuatro en lo que en adelante sería su oficina; decenas de metros cuadrados sin un solo mueble —salvo cuatro bancas de aluminio— sobre un suelo de concreto. Les explicó los objetivos, las necesidades y el deber máximo: mantener con vida al Presidente por encima de cualquier otra persona, aún ellos mismos. Se les darían todas las herramientas de investigación y un excelente salario, de tal manera que no tuviesen que pensar en otra cosa que en las amenazas potenciales o reales. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-6430801875151325268?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/08/1.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-6815851749866802289</guid><pubDate>Fri, 15 Aug 2008 21:38:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-08-15T14:38:59.827-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;ol style="margin-top: 0pt;" start="1" type="1"&gt;&lt;li class="MsoNormal" style=""&gt;&lt;st1:personname productid="La Torre Blanca" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="La Torre" st="on"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;La Torre&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/st1:PersonName&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt; Blanca&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/st1:PersonName&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ol&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Federico Góngora de &lt;st1:personname productid="la Espriella" st="on"&gt;la Espriella&lt;/st1:PersonName&gt; despertó más temprano de lo usual el viernes 13 de mayo. Bebió su medio litro de agua embotellada en la cocina; ingirió un huevo crudo y, ataviado con una sudadera &lt;i style=""&gt;speedo&lt;/i&gt;, salió a trotar mientras en sus audífonos resonaba un conjunto de cuerda interpretando ritmos antillanos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su apartamento se encontraba sobre &lt;st1:personname productid="la Avenida Séptima" st="on"&gt;la Avenida Séptima&lt;/st1:PersonName&gt;, el espinazo de Bogotá. En el tercer piso de un edificio blanco escalonado construido treinta años atrás durante la explosión de la arquitectura colombiana apuntada a las clases medias. Ahora este sector, el norte de la ciudad, era tan costoso, que Federico solo vivía ahí porque había heredado, tanto su actual residencia, como otros dos apartamentos situados en los pisos quinto y séptimo; el pago por el alquiler de estos dos inmuebles le daba a Góngora lo suficiente para vivir holgadamente. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sus padres, muertos en un accidente, habían dejado el resto de las propiedades —una finca y tres casas en Medellín—, repartidas entre las hermanas de Federico, la viuda y la soltera, cuyas vidas seguían el lento transcurrir de los días en Cartagena, ambas dedicadas a las artes y la vida social. El lento transcurrir del ocaso de sus vidas. Federico tal vez también veía esa situación: había llegado a los cuarenta, saludable, con la razonable pérdida de cabello; robusto y con una expresión que cuando lo deseaba podía ser simpática. Solo, eso sí, ya que ni siquiera había tenido una mascota en su casa, la razón, políticas de la junta de vecinos del edificio: únicamente los habitantes de la primera planta podían poseer animales. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Mujeres, a lo largo de su vida, había conocido pocas, que, al menos valiese la pena recordar. No extrañaba a nadie al punto que le trajese al alma de vuelta la melancolía que sentía, por otras perdidas para él mucho más importantes: sus padres, su mejor amigo de toda la vida, su abuela, un tío teniente de corbeta a quien quería como un padre, e incluso la cercanía de sus dos hermanas. Un mes atrás, una de ellas, Xiomara, le envió una carta, hecha a mano —tanto ella como Dulcinea aborrecen la tecnología—, invitándolo a dejar en manos de la firma administradora de finca raíz los apartamentos, para trasladarse a Cartagena de Indias con lo que le fuese estrictamente necesario traer. Federico se negó a esto por dos razones, una personal: ¿quién pondrá flores en la tumba de los viejos? Y otra económica: aún no estaba en edad de abandonar la vida laboral y dedicarse a la pintura. Quizá, agregó con dulces palabras, en un futuro dentro de cinco años. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero la soledad carcome y en últimas mata: en cinco años sería un viejo demasiado decrépito aún para aceptar la idea de embalar sus libros, empacar sus camisas, y trasladarlo todo al mar. Mas esa puerta no estaba para ser cerrada. La de su vida personal seguramente sí. Se había entregado a vivir de enlatados de toda clase, alimentos precocidos y cereales con leche. En su casa sólo había cerveza cuando invitaba a sus colegas de trabajo para ver el fútbol, por demás ni una gota de alcohol. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Quien entrase en una mañana como la de aquel 13 de mayo se habría encontrado el cesto de la ropa sucia en mitad del pasillo; tras evitarlo, y seguir por el corredor sin bombilla, donde la poca luz que atraviesa las persianas de la ventana no llega, daría a la sala donde habita únicamente un sofá de cuatro puestos y una mesa de centro, ambas apuntando al televisor Sony de cuarenta y dos pulgadas que databa del año en que la tecnología de pantallas en plasma era el sueño de muchos y la realidad de pocos. A la derecha un segundo corredor lleva a dos cuartos, uno abierto con un gran lecho matrimonial, y otro cerrado, ocupado hasta el techo de trastos familiares. Girando hacia la izquierda, el visitante podría ver el comedor, con su mesa redonda de vidrio y sus sillas de aluminio, y la cocina de puerta blanca en madera con un mirador opaco. Eso era todo, más muros marfil y tapete gris ratón. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El orden presente se mantenía, primero por la acción de una vieja señora encargada de la limpieza, que tenía clientes en todo el edificio. Aquellos apartamentos estaban habitados tanto por jóvenes parejas de recién casados, como por seniles uniones con fotos de hijos y nietos abarrotando mesas y paredes. Aquella vieja limpiadora no era la única de su especie en el edificio, pero sí la mayor. Había muchachas más jóvenes que viajaban casi una hora en el metro para llegar hasta este lugar; limpiaban cuatro propiedades distintas y se marchaban a eso de las siete de la noche para llevar la comida a sus hijos. Según chismorreaban algunos porteros, una de esas muchachas ofrecía su compañía a los solteros&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;del edificio, y era bien remunerada por esto. Federico, al comentar esto, muy de paso, con uno de sus amigos, aclaró que si bien sonaba muy interesante, no podía imaginar quién era la chica que daba esta clase de servicio: de las tres que había visto, ninguna valía la pena siquiera invitarla a tomar un café. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico estuvo de vuelta en media hora. Estuvo corriendo a todo lo largo del Parque el Virrey —una larga franja de bosque que parte en dos el sector, yendo de norte a sur—, y al llegar, con los músculos adoloridos, introdujo en la ducha. Veinte minutos después desayunaba y a los treinta estaba saliendo para la oficina. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Aunque la primera línea de metro va directamente desde la calle 200 hasta la calle primera, y con veloces vagones podría poner a un habitante del norte en el corazón de la ciudad en diez minutos, los bogotanos que se han hecho a un automóvil prefieren seguir usando este para ir al trabajo, y solo el transporte público los fines de semana. Cosa extraña, la situación inversa del resto de Occidente, pero, aunque hubiesen pasado los tiempos, un coche sigue siendo, en este rincón de América Latina, un símbolo de estabilidad social. Familia educada, casa propia, perro fino en el jardín y auto en la cochera. Federico pertenecía igualmente a este orden de personas; su Mazda &lt;i style=""&gt;Allegro&lt;/i&gt; del color de la tinta china, brillado con esmero, y con tapicería color plomo olorosa a buen cuero, costaba una fortuna en combustible y otra tanta por cuestión de impuestos de movilidad. Quien pretendiese entrar al centro de la ciudad —&lt;i style=""&gt;downtown&lt;/i&gt; como le dicen ahora los capitalinos—, debía estar dispuesto a pagar cerca de cuarenta mil pesos, fuera de lo que suelen cobrar los parqueaderos públicos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Góngora le decía a todos los que le señalaban aquellos inconvenientes que lo suyo eran razones de seguridad. No podía ir entre taxis, metro y Transmilenio de un lado para otro. Si se presentaba una emergencia sería ridículo ir corriendo hasta la bahía más próxima de taxis, y tener que pedir en esta una ficha. No, el coche entraba dentro de sus necesidades laborales. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A parte de ese comentario, dicho quizá solo un par de veces, Federico Góngora nunca hablaba de su trabajo. Comentaba que se trataba de “seguridad”, pero hasta ahí dejaba avanzar las conversaciones. Esa podría anotarse también como una de las razones por las cuales había tenido tantas dificultades en relacionarse con mujeres. Primero estaba escaso de amigos: descontando a sus compañeros de oficina, apenas podía mencionar, como verdaderos amigos, a otros dos hombres, uno de los cuales viajaba constantemente y cada que lo veía, en algún almuerzo informal, se veía como un tipo distinto; aunque era un año menor que él era terriblemente obeso y completamente calvo. El otro se entregó a cierta forma de vida bohemia, con rutinas que lo aislaban del mundo: alcohol en la mañana, paseos silenciosos en la tarde, y llenar un lienzo tras otro de imágenes abstractas en la noche. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se había hecho viejo en una ciudad gobernada por jóvenes. El alcalde mismo de Bogotá tenía treinta y cinco años, y el Presidente cincuenta y uno. Su anterior trabajo, en el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, lo llevaba, según había llegado a averiguar, una muchacha de veintiocho años. Casarse ahora y tener hijos, dijo en la carta a sus hermanas, lo comprometía a trasformarse en un viejo cuando sus vástagos alcanzasen la adolescencia. Entonces, por el momento, prefería su ritmo de vida, con gastos relativos a ropa, entretenimiento y artículos de uso diario, que no por estar catalogados así deban ser los que compra todo el mundo. Muy lejos así veía el tener que dividir sus ingresos entre pañales, medicinas y juguetes de colores. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pagó el impuesto de acceso a la ciudad y desde ese momento se vio en libertad de recorrer las calles a su antojo, libre de la avenida de un solo sentido. Encendió la radio y se dedicó a escuchar las noticias durante los siguientes veinte minutos que le tomó llegar a su edificio y estacionar el auto: el mundo, rodaba. La secretaria de estado norteamericana, Ursula Shanon, había presentado nuevas pruebas de la presencia de líderes fundamentalistas en Bangkog ante el Congreso. En su discurso, añadió el locutor no sin cierta ironía, no mencionó a Colombia, país que —como lo señalaban los caricaturistas— parecía tenerlo tatuado en la cabeza. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estados Unidos parecía perder el control sobre Tailandia, antaño uno de sus principales aliados en el sudeste asiático. El nuevo presidente —un tipo obeso y socialista hasta la médula— era el primer presidente tailandés que los occidentales pudiesen recordar en su vida. Los colombianos, siempre últimos en todo, estaban despertando hacia lejano Oriente, además: los consulados ofrecían paquetes turísticos, muy baratos, a la nueva generación de colombianos ricos. Se empezaban a trenzar acuerdos binacionales, y en un mes, o menos, el Presidente José Hilario Vargas viajaría a reunirse con su homólogo, Prachai Archa, en Chiang Mai, como parte del encuentro mundial de países productores de arroz. Se esperaba, por supuesto, que aquella reunión trajese grandes acuerdos, benéficos para los dos países.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aunque tal vez no sería así, pese a lo que pudiese pensar el presentador de noticias. Colombia había desarrollado una capacidad arrasadora para aplastar a sus competidores, cualquiera que fuese el ramo, y sacar ventaja de los acuerdos binacionales. Para un hombre que pretende vivir informado de todo, como era Federico, esto debió pasársele por la mente. Con Ecuador, por ejemplo, y no mucho tiempo atrás, Colombia había tenido una seria crisis diplomática, aireada por el parlamento ecuatoriano una vez se puso en evidencia que el vecino del norte era el dueño absoluto de toda su energía. Se habían hecho a las empresas nacionales y habían obligado al ministro de minas y energía del país a firmar acuerdos para la compra de energía colombiana. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El asunto pasó al olvido poco tiempo después, cuando las dos facciones de la cámara se reconciliaron sin más. Pero este era solo un capítulo más del historial de abusos que estaba cometiendo el país contra sus vecinos y aliados.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;En México, los opositores del régimen de Cipriano Soastegui —todos en el exilio—, repetían incansablemente que el mandatario se mantenía en el poder protegido por matones colombianos. Era cierto, sí, que un destacamento de &lt;st1:personname productid="la Legi￳n Internacional" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Legi￳n" st="on"&gt;la Legión&lt;/st1:PersonName&gt; Internacional&lt;/st1:PersonName&gt; de Fuerzas Especiales de Colombia ayudaba en el entrenamiento de la guardia presidencial en Los Pinos; algo comprensible si se consideran los tres intentos de asesinato anteriores. Sumemos además el oscuro caso cubano: tras cortar completamente relaciones con Colombia, Cuba se vio una mañana sin producción agrícola, ya que dos tercios del país fueron atacados con una bacteria que se extinguió en cincuenta horas, sin rastros, así que todos los teóricos de conspiración alrededor del mundo empezaron a llenar los foros de sospechas en la red con el nombre de Colombia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Y ahora los Estados Unidos, uno de los más antiguos socios de Colombia en toda su historia empezaba a cuestionar duramente al país latinoamericano. A finales del año pasado, Andreas Kelly había llegado a &lt;st1:personname productid="la Casa Blanca" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Casa" st="on"&gt;la Casa&lt;/st1:PersonName&gt; Blanca&lt;/st1:PersonName&gt;, en lo que los medios masivos americanos llamaron &lt;i style=""&gt;The Republican Ride&lt;/i&gt;: la derecha se apoderaba de todos poderes constitucionales y empezaba a plantear la modificación de ciertas leyes. En enero, el propio Kelly había llamado a Colombia “agujero negro”, donde la corrupción estaba desbocada y nadie quería mirar dentro. &lt;st1:personname productid="La Canciller￭a" st="on"&gt;La Cancillería&lt;/st1:PersonName&gt; hizo lo suyo, pidiendo al aún hombre más poderoso de &lt;st1:personname productid="la Galaxia" st="on"&gt;la Galaxia&lt;/st1:PersonName&gt; que rectificara lo dicho, pero el presidente Kelly era originario de Virginia, y allí los hombres —quienes se consideran a sí mismos hombres de verdad— nunca, nunca, se retractan.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El conflicto continuaba esa mañana del 13 de mayo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La oficina de &lt;st1:personname productid="la Agencia" st="on"&gt;la Agencia&lt;/st1:PersonName&gt; de Análisis de Riesgos Ejecutivos (ARE), ubicada en el octavo piso de una enorme torre de finales del Siglo XX, es el único despacho empleado de los cuatro con los que cuenta la planta. Las otras tres se encuentran igualmente alquiladas por el Ministerio de Defensa, aunque, en aquel momento, estaban completamente desocupadas. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La seguridad en la torre era estricta: desde los policías militares parados en la calle, haciendo rondas seguidas alrededor del perímetro; cargaban con sus rifles, chalecos antibalas, radios y granadas de humo; aquellos hombres eran el recuerdo viviente de otra época, una con neblinas de miedo posadas permanentemente en las calles. Y muchos bogotanos, al caminar por &lt;st1:personname productid="la Avenida Séptima" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Avenida" st="on"&gt;la Avenida&lt;/st1:PersonName&gt; Séptima&lt;/st1:PersonName&gt; y alcanzar esta calle, preferían cruzar por el semáforo a estar cerca de los guardianes y sus instrumentos de muerte colgados sobre el pecho. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Dentro se procuraba mantener la seguridad acorde con la elegancia clásica de la recepción. Entre tapices, alfombras persas, enchapes dorados y paredes marmóreas, las cámaras, reducidas a capullos de cristal negro, no desatendían esquina alguna, y los policías entrenados en antiterrorismo lucían diseños de Salvatore Ferragamo, con las Boa 9mm bajo el brazo para que no resaltasen demasiado. El resto estaba en manos de la tecnología: si el visitante no tenía nada que hacer allí se le obligaría a dar media vuelta antes de acercarse a la barra de registro. En esta tenía que demostrar cuál era su necesidad por entrar en la torre, para luego confirmar, directamente con quien tenía la cita, si sus palabras eran ciertas. Se le hacía pasar por un escáner que detectaba, no solo metales sino cualquier elemento electrónico, de teléfonos celulares a tarjetas de crédito comunes. El ingreso de cualquiera de estos elementos estaba reservado a los usuarios del edificio; los demás estaban obligados a pasar su visita desconectados del mundo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El ascensor podía llevarlo a cualquier piso, pero del séptimo al décimo debía tener una identificación para que la caja se moviese. Dentro de esta, además, dos cámaras observaban: una de imagen de alta resolución, y una térmica que registraba cualquier impaciencia, nerviosismo, miedo, angustia, o presión por parte de los que quisiesen llegar a las zonas más reservadas. Cuando Federico Góngora llegó esa mañana, miró sin ver el inexistente decorado del piso octavo: los muros y el suelo eran blancos; el techo emitía, a través de una pantalla de cristal líquido, una luz pálida. Cuatro metros separaban la entrada del elevador de la puerta metálica de la oficina 804. Ningún título anunciaba qué clase de empresa laboraba allí, y un ojo invisible en la puerta le permitía a la secretaria, del otro lado, ver quién se aproximaba. Ella, por cierto, no operaba nada, todo era digital: un escáner ocular apuntaba desde el dintel de la puerta al ojo derecho, en ocasiones, y al izquierdo en otras; la comprobación de identidad duraba menos de una décima de segundo. Federico respiró profundamente dos veces antes de decirle a la puerta su nombre; si no tenía cuidado, sabía bien, le podría sobrevenir un temblor en la voz, y toda muestra de duda le sería informada a la secretaria, quien podría, siguiendo el protocolo, negarse rotundamente a abrir la entrada al despacho.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Las barras de una pulgada y cuarto se retiraron gruñendo por lo bajo. La puerta se abrió y Federico comenzó un nuevo día de trabajo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El diseño interior no deslumbraba, no para una época de cambios, donde todos querían dejar el pasado atrás, y tenían el dinero para contratar decoradores profesionales de Europa o del Norte. Divisiones azules, con más de una década de uso, alfombras gris ratón, tan duras ya de uso como el concreto mismo; un espacio totalmente carente de vida vegetal, sin sillas de espera o música flotante. Una mesa de hueso con soportes laminados, muy propia de la década del noventa, con un teléfono y una computadora encima era el espacio de trabajo de Magda Susana Naranjo, la secretaria principal y única de la agencia. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico saludaba, al menos a esta chica, de manera breve y en confianza: un “qué hubo” y alzar las cejas. Magda respondía inclinando su cabeza hacia el lado derecho y enunciando en voz alta “buenos días, doctor Góngora”. Aunque Federico no era doctorado en nada, en Colombia existe una tradición inexplicable de darle título a cualquiera que ostente una posición de poder. Magda entonces, tras saludar, se desplazaba silenciosamente —andaba por la oficina sin zapatos a esa hora— hasta la cocina y allí, con método de tiempos y movimientos bien calculados, preparaba la segunda de una serie de tazas de café que podrán llegar a veinte, siendo la primera, como no podía ser de otra forma, la de ella. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Magda tenía diecinueve años; a parte de ser la más joven empleada de la agencia era la única mujer en ella. Trabajando sola con cuatro hombres atractivos, nunca había recibido por parte de ellos el menor asomo de interés. Y no era fea: pese a medir acaso un metro con sesenta, su rostro albergaba una sonrisa conmovedora y unos expresivos ojos castaños. Su piel, muy blanca, su cabello, muy rubio, amen de sus anchas caderas le hacía pensar a cualquiera que esta muchacha bogotana había escapado de la corte de Luis XVI. Llegó allí, realmente, gracias a Máximo Cohen, director de la agencia, quien era su profesor en &lt;st1:personname productid="la Universidad Javeriana." st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt;  Javeriana.&lt;/st1:PersonName&gt; Le había dado el empleo, según él, por lista y ser capaz de guardar secretos. Efectivamente hasta donde sabemos, Magda Naranjo nunca habló con nadie sobre lo que veía cada día.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Federico tenía su pequeño despacho, en realidad un cubículo con puerta, pero lo suficientemente espacioso para no sentirse como un empleado de baja categoría. De hecho no había un organigrama piramidal en la agencia: Máximo Cohen era el director, había cuatro agentes y estaba la secretaria. Dos veces por semana llegaba una aseadora del Palacio de Nariño a realizar la limpieza de la oficina; gracias a ello recibía dos cheques, pero tenía que vivir bajo vigilancia continua por parte del DAS. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al recibir su primera taza de café tipo exportación del día, el agente Góngora se paró a mirar por la ventana: desde su posición podía ver, a través de los intersticios de los rascacielos circundantes, la capital del país más desarrollado de Sur América, siendo él mismo el protector de la pieza más valiosa de aquella nación. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-6815851749866802289?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/08/la-torre-blanca-federico-gngora-de-la.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-854688259708438330</guid><pubDate>Tue, 05 Aug 2008 23:36:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-08-05T16:36:58.346-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Delicado, ciertamente delicado. No hay un solo campo en el que el espionaje no pueda ser utilizado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Sun Tzu. Arte de &lt;st1:personname productid="la Guerra. Cap￭tulo" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Guerra." st="on"&gt;la Guerra.&lt;/st1:PersonName&gt; Capítulo&lt;/st1:PersonName&gt; 13, párrafo 12.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="" lang="FR"&gt;Il n’y a pas de solution parce qu’il n’y a pas de problème.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: right;" align="right"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="" lang="FR"&gt;Marcel Duchamp&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt; &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;Prólogo&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;El poste. De madera ordinaria arrancada del corazón de la montaña. Clavado en el suelo desnudo; veinte centímetros bajo la superficie; rodeado por un anillo de concreto. Su estatura total, desde su base, un metro noventa. Se espera que ningún convicto sea más alto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El patio. De largo, treinta metros de polvo de ladrillo hasta la pared de concreto. De ancho, dieciocho. Una pista de boliche con casonas coloniales cubriendo sus costados.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El lugar, el patio del Cuartel General Segundo de Guardia Presidencial. La más antigua y tosca de las instalaciones militares de la parte Centro de la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Por razones administrativas, más exactamente el Artículo 3 de la Ley de Justicia Militar 3328, todos los condenados a muerte por la llamada Razón 500 deben ser ejecutados en aquel punto, antes de las cinco de la mañana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;De sobra lo sabía el coronel; instrumento del Estado, con muchas batallas y sinsabores en el grueso archivo que cuenta su carrera, primero como lancero, más tarde comandante en jefe de la Guardia. Mas siendo pasadas las cinco y cuarto, casi las cinco y veinte, nada en aquel proceso se había dado. Y él, aún con todo su poder, nada podía hacer por poner en marcha las cosas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ante todo se necesitaban dos cosas: uno, el testigo; elemento realmente innecesario, que la Ley 3328 en su párrafo tercero inciso segundo declara como el garante de que la ejecución será llevada tal y como lo estipulan los demás renglones de dicha ley. El segundo elemento requerido en la obra era, por razones más que obvias, el reo, ya juzgado y encontrado culpable. Pero ninguno de los dos aparecía. Por el reo, no se apresuraba. Pese a que una lluvia infinita bañaba el núcleo de la ciudad en forma de atomizadas gotas similares al rocío, y que, ya de por sí, podría estar haciendo miles de cosas distintas y más importantes (como beber una enorme taza de chocolate espeso y dos mogollas recién hechas), sabía que el traslado del prisionero estaba en manos del CEAT, y por tanto esto tomaría horas, ya que el coronel estaba seguro que todo lo que tenía que ver con la policía era realizado con desmesurada lentitud.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Levantando su capote impermeable consultó la hora. El viejo cronómetro suizo le aseguró que la hora oficial eran las cinco y treinta dos. El testigo debía estar, por tarde, a las cuatro y media. Recorrer la extensión del patio, verificar la distancia desde la que se pararían los verdugos, asegurarse que el poste estuviese bien fijo en su sitio, revisar los rifles, y dejar por escrito que todos los cuatro verdugos contaban con sus pases de seguridad, para, por último, verificar que el reo fuera el mismo que indicaba la sentencia escrita del juez y no algún pobre diablo. Como le había dicho en veces anteriores al señor Presidente era trabajo de un comité, no de una sola persona, y si no se podía asignar más gente a ello lo mejor es que simplemente no se hiciera.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La lluvia arreció, el diámetro de cada gota aumentó, y al chocar creaban diminutos cráteres sobre la vasta extensión de tierra roja. El coronel buscó refugio en el alero del cuartel. Apuntó sus ojos de águila al cerro de Monserrate, pero descubrió que de forma muy deprimente se hallaba bajo control de la más densa de las nubes. Fue entonces cuando oyó el cerrojo y el perturbador rugido metálico de los portones de entrada al abrirse. El reo venía ya; sus minutos restantes en este mundo estaban acabándose. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Coincidencialmente, el testigo, mujer de cincuenta y tres años, abogada retirada, viuda de un magistrado, entró a la par con el pelotón del CEAT que custodiaba al prisionero. Esto no pudo ser visto por el coronel, claro, ya que él se encontraba en el patio, y la entrega del procesado a los dos sargentos asistentes del coronel se realizaba en un corredor pálido y frío pintado de azul en el interior del cuartel.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Bajo el alero se encontraron, uno de los sargentos y el coronel. El oficial al mando revisó los documentos, tomaba cada hoja de una punta evitando que se mojaran y se aseguraba que al pie estuviera la firma del testigo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Una última consulta al reloj: las seis en punto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La testigo. Tan baja que parecía enana; con los años tallados en el rostro y en surcos blancos sobre la cabellera lacia anudada en un moño rojo. Vestido de precio módico, normal para una jubilada del mundo judicial. Una sombrilla amarilla pollo, que por su contraste enceguecía entre tanto gris y negro, la protegía del agua, mas no del frío; temblaba entonces y sus puños cerrados buscaban cobijo entre las mangas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Era difícil determinar si llovía o no. Eso no detenía a los sargentos, quienes condujeron al reo al poste. Una teniente de policía —tan vieja ella como la propia testigo— echaban sin ánimo ni prisa una mirada al patio. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entró el pelotón de ejecución. Cuatro hombres designados por el Ministro, avalados por le general en jefe del Ejército, veteranos de la guerra, y con familias que ignoran por completo su trabajo. Traje por entero negro; botas impecables (con poco uso), pasamontañas de material impermeable y un rifle con una sola bala; un viejo &lt;i style=""&gt;galil&lt;/i&gt; asignado sólo a este menester.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El prisionero ya estaba en poste. El pelotón se alineó; los presentes terminaron de firmar el acta de de presencia, se escucharon los cerrojos. Surgió el silencio.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El reo. De un metro setenta y ocho de alto, de complexión fuerte, vestido con una camiseta gris ajustada por la lluvia a su amplio torso; jeans de tercera, gastados hasta el límite. Zapatos de lona, rojos. Todo el material provisto por la buena voluntad del episcopado que, como es costumbre, vigila y protege de cerca al procesado que espera la pena de muerte. La Ley 3328 en su párrafo decimosegundo impide que los reos condenados a muerte sean ejecutados con prendas de los reclusos federales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La última voluntad de aquel hombre fue que le permitieran estar junto al madero, pero no ser esposado a él. El párrafo decimocuarto en su inciso tercero permite que la última voluntad del prisionero se anteponga a todo el resto de la ley, pero jamás a la sentencia, ni a los párrafos primero, cuarto y del sexto al décimo primero. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Así se paró, sin ataduras, a enfrentar la muerte. Inevitable. Las palabras del coronel se empezaron a escuchar a las seis treinta y cuatro de la mañana del día nueve de noviembre: preparen... ¡ar! Apunten... ¡ar!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES-CO"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-854688259708438330?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/08/delicado-ciertamente-delicado.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2864027206612392535</guid><pubDate>Tue, 05 Aug 2008 23:32:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-08-05T16:35:32.047-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;AJEDREZ&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;(novela)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_n44g5-E89a4/SJjjgPHr5uI/AAAAAAAAAAM/2au4dgEiS6g/s1600-h/Marcel+Duchamp+Chess+Board.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_n44g5-E89a4/SJjjgPHr5uI/AAAAAAAAAAM/2au4dgEiS6g/s320/Marcel+Duchamp+Chess+Board.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5231181110144919266" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;br /&gt;John Carvajal&lt;br /&gt;2008&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2864027206612392535?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/08/ajedrez-novela-john-carvajal-2008.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp1.blogger.com/_n44g5-E89a4/SJjjgPHr5uI/AAAAAAAAAAM/2au4dgEiS6g/s72-c/Marcel+Duchamp+Chess+Board.jpg' height='72' width='72'/><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-7106885003174202092</guid><pubDate>Mon, 28 Jul 2008 23:25:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-28T16:25:33.066-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Epilogo&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Fue durante la primera semana de agosto. Un jueves muy temprano en una mañana de un día sin clases, en el que Leonardo Katz pudo dedicar por entero a la decoración de su nuevo apartamento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando sonó el timbre, a eso de las ocho y cinco de la mañana, Katz se fue despacio hacia su puerta limpiándose las manos recubiertas de pintura con disolvente; dando pasos lentos con los pies descalzos deleitándose con la alfombra nueva comprada en descuento que cubría cada centímetro cuadrado del &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;“&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;hábitat&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;”&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;, como había decidido llamar a aquel refugio en el piso noveno de la Torre C del Centro Urbano Antonio Nariño. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Era uno de los guardianes. Lo saludó por su nombre y le entregó la revista envuelta en plástico adherente. El último número de la revista S... En portada una escultural rubia llamada Linda Salamanca acompañada de diversos titulares. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Fue a su cocina, tomó su jarrón de café, se sirvió una taza completa; buscó su ventana, contempló su ciudad, dejó que el aroma a papel nuevo lo invadiera como lo invadía el aroma de un café recién hecho, y comenzó a pasar páginas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En la lista de colaboradores &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;unos nueve&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;, entre un futbolista argentino retirado y un poeta caleño nadaísta estaba él, en una foto en blanco y negro que lo mostraba cruzando velozmente una calle, con el rostro parcialmente protegido por la solapa de su casaca negra&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;recién comprada, clavándole los ojos al fotógrafo de manera enigmática: un misterio dentro de otro misterio; el nombre, Leonardo Katz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;"&lt;i style=""&gt;No tiene computador, no tiene novia, ni estudios universitarios. Sólo tiene una pasión: escribir. Próximo a publicar su primera novela, este joven escritor bogotano nos trae en exclusiva una crónica sobre el convulso Irán de nuestros días.&lt;/i&gt;"&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Y a miles de kilómetros de distancia, en un lugar donde no existía ni existiría la revista S... jamás; entre un viejo archivador encerrado entre un cuarto humedecido, en una carpeta que nadie nunca revisaría de nuevo estaba la siguiente anotación:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;"&lt;i style=""&gt;Leonardo Katz: periodista. Nacionalidad, colombiano. Edad, 21 años. Se cree que ha sido secuestrado por agentes de Al-Queda. Se pide que no se contacte a la embajada colombiana hasta tener nuevas informaciones acerca de sus captores.&lt;/i&gt;"&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;FIN DE FLORES PARA IRMA&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-7106885003174202092?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/07/epilogo.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-1815129309160026010</guid><pubDate>Mon, 28 Jul 2008 23:24:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-28T16:25:01.854-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Capítulo LV. La Terraza&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Leonardo Katz, escritor, empezó con una promesa: no volvería jamás a los famosos cafés de Paris. Su juramento tenía como base el picante sedimento que le había dejado entre los dientes el líquido que acababa de ingerir y por el que el menú le tenía el apodo de "tostado especial", con un costo, un valor, de tan sólo tres euros la unidad; sin rebaja.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estaba mirando la taza o tacita; un diminutivo en sí de todos modos. El tiempo hacía contrastar su color ocre con el blanco inmaculado del mantel de lino. Una rajadura ya muy cicatrizada en el borde ­­le daba un aire de pobreza, tal vez para que contrastase con el ambiente de estrechez impresionista del resto del lugar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Así debió verlo el emisario: el agente &lt;span style="font-variant: small-caps;"&gt;ir-desertflower 1&lt;/span&gt; removía con una cucharita el azúcar que infructuosamente intentó mejorar el "tostado especial" servido por un pakistaní ilegal. De cuando en cuando miraba con ojos nostálgicos las erizadas torres del centro de París, diseñadas por arquitectos modernos, y entre todas a aquella eterna que se distinguía desde cualquier parte de la ciudad, como una mujer de elegancia clásica contrasta con las obesas matronas del siglo XXI.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se acercó y esperó no ser visto; no deseaba que fuese un alegre ¡sorpresa! sino tan sólo evitar que el agente preparase demasiado sus respuestas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Katz, sentado frente a la terraza, intentando ver la supuesta belleza de unos geranios marchitos que delimitaban la terraza con el vacío, habría dado la mitad de su cuerpo por tener a Erica al frente, sonriéndole, endulzando con su extraña voz el silencio y la tibieza de aquella tarde veraniega. Aquel era un restaurante situado en el sexto piso de un edificio de oficinas dedicadas, casi en exclusiva, a manejar la tesorería pública del ayuntamiento. Sus hombres y mujeres tomaban a aquella hora sus cafés entre fotocopiadoras y libros de contabilidad; así los únicos presentes en el lugar eran tres fantasmas de meseros, un espía graduado con honores y ahora, su contacto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;"Buenos días" dijo en un francés pésimo. Al retirar su atención de los geranios, Leonardo encontró un traje Polo Ralph Laurent con corbata color caoba apretada entre la chaqueta cruzada y un amplio torso ejercitado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El hombre misterioso de la embajada; aquel que lo había detenido frente a la escuela; el perro guardián de Thomas Jefferson, repantigado en su silla lo miraba con una simpatía hasta ahora nunca antes demostrada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Ah, por cierto, soy Ashton. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;"Me importa un culo" pensó Leo instantáneamente. &lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;El jefe está orgulloso. Hiciste el trabajo. Cierta gente está volando en las oficinas de Virginia; y... &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;con las puntas de los dedos hizo cruzar un papel doblado sobre la mesa&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt; hoy es tu día de pago.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Leonardo lo abrió; el papel en blanco y dentro, como una amenaza, un cheque de un banco local colombiano. Su propio nombre escrito por la ya conocida y a la vez misteriosa máquina de escribir eléctrica de la Embajada, más una suma que quitaba el aliento en letras y números, por si las moscas. El borroso sello de una importadora de productos para odontología pasaba tan desapercibida como la firma ilegible que la acompañaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En medio de la Cuidad de la Luz, Leo Katz estaba lejos de sentirse rico. Ya en Bogotá sería otro cuento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;El equivalente a seis meses de salario de un oficial de inteligencia &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;explicó Ashton.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Carajo esto es un montón de plata —dejó escapar Katz en un clarísimo español.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El agente sin apellido soltó un bufido de burla:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Claro Leo&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;…&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt; una fortuna.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero para un colombiano que ha pasado noches con agua de panela y harina cruda &lt;i&gt;sí &lt;/i&gt;era una fortuna. Esos tres meses de salario básico más prestaciones legales significaban meses de arriendo en un apartamento decente; electrodomésticos, una tele nueva, ropa&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;…&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt; en fin. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;¿Es real? O como el resto de los asuntos aquí es una falsificación. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;No olvides que pagar bien es una de las principales políticas de la Compañía. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Claro; tampoco se me olvida la forma en que le pagan a quienes no les sirven bien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Callado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;No manejamos las razones, ni siquiera las decisiones; no nos metemos en cosas de política; ya deberías saberlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Sí, me lo dijeron, igual que me dijeron que no podían involucrarse con asesinatos, ni directa ni indirectamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Ok, pero déjame darte una enseñanza más: hay niveles de verdad y niveles de mentira. En todo. En el mismo modo, esto es una guerra. No hay guerra sin bajas. Es un asunto de los Estados Unidos. Y, no lo olvides, eres un soldado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Levantó la servilleta doblada y la dejó caer de nuevo como si la hubiese usado. Se puso en pie y abonó un dólar al bolsillo del paquistaní ilegal. Arreglándose la corbata por tercera vez en cinco minutos agregó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Envía tu reporte a esa oficina &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;señaló el cheque&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;. Ahí está el número de teléfono por si necesitas la dirección. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero Katz no respondió nada; ambos ojos fijos en la Torre Eiffel, la frente inclinada apuntando al horizonte, el puño sosteniendo la mandíbula, cerrado como una caja fuerte, la rabia contenida de aquel que empieza a entender en qué clase de mundo está. Ashton reparó en esto e inclinándose un poco le dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Nosotros no iniciamos el incendio, Leonard &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;y se largó escurriéndose entre las mesas y unos cuantos peces gordos de oficina que mascaban unos crepes. Leo Katz sólo pudo restregarse el rostro con las manos, un gesto completamente teatral que utilizaba para demostrar una completa desazón: por fuera de las fronteras de ese mundo civilizado donde se toma "especial tostado" la guerra contra el terrorismo de la CIA continuaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Su avión salió una hora más tarde. Durante su recorrido, del centro de París al Charles de Gaulle, entre un taxi feísimo conducido por un italiano de increíbles bigotes y jerga de arponero &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;esto último una suposición porque Leo Katz no hablaba francés&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;, intentó pensar en Irma, y buscar su figura bella y corriente entre los ciudadanos del mundo que empezaban a asfixiarse con el calor de junio.&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Su misión comenzó a deshacerse. Las comodidades del vuelo, el café de abordo, las piernas de la sobrecargo, el océano, infinito, y un atardecer idílico ante el cual las palabras sobraban le dieron en qué pensar hasta que fue derribado por el sueño.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Llegó tardísimo a una Colombia envuelta en la penumbra y un frío macilento donde una luna de antiácido alumbraba los tejados cortantes del centro de la ciudad. El taxista, que se agenció una pequeña fortuna, lo dejó en la húmeda avenida Séptima a unos metros del Capitolio revestido del naranja de las lámparas callejeras. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cuando agotado se tendió en su cama, despedazado casi, se quedó viendo la hora hasta dormirse: 3.40 am. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Tal vez durmió por dos días, o más, porque al despertar eran las seis y diez minutos del primer lunes del segundo semestre de clases. Sin estar completamente repuesto de sus "vacaciones", Leo Katz regresó al trabajo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;No obstante, recuperó el sentido a las cuatro y media de la tarde. Tenía los ojos fijos en tres docenas de dulces de coco de envoltura verde los cuales intentaba contar, aunque llevaba ya un buen rato en ello y los números no le cuadraban. Y luego, cuando tras un desmedido esfuerzo lo logró, estando a punto de hacer la anotación en la planilla de inventario no la encontró y en la confusión los números se le borraron de su memoria de corto plazo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estaba en el suelo. Se puso en cuclillas para levantar las hojas desparramadas sobre el pavimento empapado por la mitad del contenido de una gaseosa tan agitada que al ser retirada su tapa su contenido se derramó sin que hubiese forma de detenerlo, y entonces escuchó los zapatos deportivos arrastrarse y un cuerpo frágil chocar sin violencia sobre la lámina de metal. Era ella, claro; ¿quién más?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tenía el cabello recogido, aunque un mechón de pelo rebelde le colgaba sobre el ojo derecho. Tras tanta agitación ahora podía verla con calma. Estaba en camiseta y shorts ajustados; el agotamiento tras un violento juego de voleibol, con golpes, saltos, caídas y gritos, había dejado su cuerpo y temperamento igualmente ablandados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;No sea malo y véndame una gaseosa &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;dijo casi bordeando el desfallecimiento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Es como estar en una nube; ser etéreo, tal vez. La verdad es que ya nada te importa, pensó mientras se deleitaba con la sensual boca jadeante de Erica Cruz. Era una sensación que no tenía desde que había terminado su misión en México junto a los Cabeza de Martillo. Sacó la 7up helada que siempre reservaba para sí en los días soleados, y al ponérsela al frente agregó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Aquí está. Pero no les digas nada a las otras o se lanzarán sobre mí como chacales. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Ja &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;replicó sin ganas de reír.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Sin saber qué agregar, Leo se arriesgó a darle una punzada a la agotada nínfula:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Sobre todo no le digas nada a Daniela; me parece que tiene pésima actitud.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;¿Daniela? No qué va; ella es rebacana. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Quizá contigo, pero a mí me detesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;No... Ella es bien con todo el mundo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Claro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pagó y se largó. Caminaba despacio y balanceaba su figura a cada paso como una modelo, sin desprenderse del balón de voleibol que guardaba bajo su brazo. Se detuvo, como ya lo había hecho en el pasado, miró a Leo, con los mismos ojos felinos, y este pensó, de igual manera que lo hizo tiempo atrás, que aquel mamífero era lo más hermoso que había visto en toda su pesada y larga existencia. Mas esta vez ella giró todo su cuerpo y lo enfrentó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Usted qué es lo que tanto me mira &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;dejó caer la pelota y se llevó los puños a la cintura&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;. ¿Es que le gusto mucho o qué?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Usted me vuelve loco, Erica Cruz. En medio de la nada el silencio me susurra su nombre; el recuerdo de sus ojos son la única luz que me queda en la penumbra y nada tendría para mí sentido si creyese que no la podría volver a ver.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ella enrojeció de repente; sostenía su boca brillante ligeramente abierta, cual si hubiese escuchado a alguien proferir alguna procacidad enorme. Como pudo, tomó su balón, giró su esbelta cintura y se escabulló mediante enormes zancadas. Pero algo muy dentro de ella la detuvo antes de alcanzar la puerta; apuntó una mirada de reojo a Leonardo con las cejas fruncidas como si hubiese descubierto que ese insulto imaginario había sido dirigido a ella.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Atemorizado, Katz se lanzó hacia el oscuro objeto de su deseo, logró darle alcance tras pasar el portón, redujo su marcha frente a las oficinas de secretaría, y empezó a caminar a su lado. Ninguna bata blanca asomaba en el patio interno; apenas algunos suéteres rojos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Oiga, no lo tome a mal, ¿sí? &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;dijo él con voz de huérfano.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Quién lo está tomando a mal &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;respondió ella sin alzar la voz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Simplemente, no hay que hacer un caso federal por esto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Frente al cuarto de instrumentos deportivos él le cerró el paso. Estaba a menos de veinte centímetros de ella y mientras buscaba las palabras adecuadas para justificar sus acciones la contempló bien, ahora que podía. La muchacha era una niña, &lt;i&gt;¡Grasa!&lt;/i&gt; Como decía Hegel cada vez que se estrellaba con una fémina de abrumadoras cualidades. Erica escasamente tenía catorce años y su cuerpo apenas despuntaba un desarrollo exiguo, pero espantosamente sugestivo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Usted es un tipo raro, Leonardo Katz; si fuera un &lt;i&gt;man&lt;/i&gt; normal, como cualquier otro tipo, listo, no le vería problema en verme con usted. Sólo como amigos. Pero todo sería bien. Pero en cambio&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;…&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt; no, usted me da la impresión de que anda en un cuento todo torcido. No sé si anda con una pandilla, o vende drogas, no sé. Pero&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;…&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se mordió el labio inferior y estuvo contemplando por un rato a Leo, a un tipo joven que trabaja tiempo completo en una cafetería de un colegio público. Un tipo que cinco días atrás estaba cruzando un desierto que nadie se atrevía a cruzar. Un agente secreto que dos semanas atrás disparaba y huía entre los corredores de una capital de Medio Oriente. Que mientras ella veía la televisión o paseaba entre los frescos salones de un centro comercial, él colaboraba con los servicios de inteligencia rusos eliminando a un vendedor de armas que proveía a los chechenios de los explosivos que aterrorizaban a los moscovitas. Sí, un chekista; y tal vez ella lo intuía con ese sexto sentido femenino, pero claro, no tenía la mente tan sucia como para anotar tal idea en la lista de posibles ocupaciones extra del señor Katz. Y sin embargo la sensación que le producía aquel extraño acento, esos labios, esos ojos pequeños y curiosos, le bajaba de la nuca hasta la cavidad del corazón; se derramaba entre su estómago como vino caliente y terminaba más abajo de su vientre en las noches en las que se soñaba con él, llenándola de un miedo que en esa tarde le empezó germinar desde el centro de las pupilas, y que Leonardo terminó notando por fracciones de segundo, obligándolo a inclinarse sobre ella, a buscar el olor de su cabello y la textura de sus labios. Entonces el hechizo se hizo trizas:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;¿La señorita ahí es que no piensa ir a clases? &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—era &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;la coordinadora (bata de carnicero, cabello corto de madrastra jubilada y maldita, gafas de anciana y garganta de gallina)&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;" lang="ES-CO"&gt;—&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;, esperaba con los brazos cruzados en medio patio. Erica echó a correr escalera arriba, y Leo, ahora experimentado en el arte de la evasión, se borró del mapa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-1815129309160026010?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/07/captulo-lv.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-2816493652403466865</guid><pubDate>Sat, 26 Jul 2008 05:03:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-25T22:04:23.667-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Capítulo LIV. El Hotel Kabul&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;El cielo raso era de un color castaño; Leo llevaba un rato viéndolo y ya tenía los ojos perdidos allí. Carecía de la energía suficiente para ponerse en pie y cuan siquiera echar una ojeada a la calle. Desde su perspectiva, además, el cuarto era muy deprimente. Su propia cama era un lecho hospitalario con sabanas pesadas y cobijas de pelo de camello. Había un viejo armario, un espejo ovalado con bordes dorados —perturbador fósil de una época colonial borrada para siempre—, y una mesa con una lámpara de bombillo parpadeante. Eso era todo; y la ventana claro, que dejaba penetrar, a través de sus cortinas de telaraña, el sol de las once y diez. Estaba solo, y la cama de junto había sido hecha con la precisión que sólo se ve en los cuarteles. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Cerró los ojos, escondió su cabeza de la luz cubriéndose con la colcha y procuró dormir otro rato. Vio el helicóptero hacerse pedazos de nuevo y una cara gritando en el asiento del piloto. Se levantó de un salto y sobresaltado por el susto. Maldijo en voz alta y en español. Luego se pasó la mano por la cara: mierda… aún tenía la espantosa barba del espía occidental en suelo musulmán. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Se levantó y caminó hasta el baño al que calificó de aceptable, al menos mejor que el que tenía en Bogotá, pero muy lejos de parecerse al del Azadi Hotel de Teherán. La eficiente administración o quizá un amigo previsor había dejado crema de afeitar, tres cuchillas y una muestra de loción. El agua estaba fría y el día tibio. Se aseó completamente de todos modos y al terminar se quedó un rato mirándose en el espejo. ¿A quién veía Leo Katz, tras todo lo sucedido? Tal vez a Paul Fields, tal vez al asesino eficiente, o al espía imposible, o al mismísimo agente secreto de Joseph Conrad. Regresó a la cama y siguió mirando al techo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El blackhawk trasladó a Katz y a sus compañeros hasta la base de la Coalición en Herát, la mayor ciudad del oeste de Afganistán. Leo no tuvo tiempo de verla, un médico y un psiquiatra estuvieron revisando que el desierto no le hubiera hervido los sesos. Ambos seguramente concluyeron que Leonardo era así de nacimiento, lo conectaron a una bolsa de suero y en la tarde lo subieron a un monstruoso helicóptero de doble hélice, un Boeing CH-47 Chinook. De esta parte del viaje sólo podía recordar que le habían dado un chaleco antibalas con una etiqueta blanca sobre la que alguien escribió “&lt;i style=""&gt;Katz Leonardo.&lt;/i&gt; &lt;i style=""&gt;Journalist. Columbia&lt;/i&gt;”. Cuando despertó de nuevo ya estaba en aquel hotel, el Kabul Plaza. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A las once se abrió la puerta pero Leonardo no se apresuró a cubrirse pensando que era Matson. Sonó una voz femenina exclamar cierta sorpresa y cerrar de nuevo apresuradamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Lo siento —dijo Katz alzando la voz—. Por favor sigue.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Entró Irma; su pantalón, zapatos baratos y gabán fueron cambiados por el uniforme de un soldado estadounidense. Incluso la bandera de las barras y estrellas estaba en su brazo. En la franja del apellido se leía “Dickinson”. Por demás estaba bellísima. Leo de por sí sentía una gran debilidad hacia las mujeres en uniforme, y su amiga, en este caso, parecía haber rejuvenecido: sin maquillaje y con su pelo suelto parecía una niña. Llevaba un paquete envuelto en plástico transparente bajo el brazo y una taza de poliestireno llena de café humeante. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Delicioso, gracias —dijo Katz sorbiendo un poco. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Gracias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No gracias a ti. Me moría por un café.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No. Quiero decir… —sonrió dulcemente, dejó el uniforme empacado sobre la cama y se puso de pie—. Gracias por &lt;i style=""&gt;todo&lt;/i&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Leonardo se quedó con la taza a unos centímetros de su boca sin saber qué decir. Una motocicleta pasó por la calle haciendo un gran ruido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Aún no hemos salido —dijo cuando Irma estaba ya en el umbral de la puerta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Yo sí —respondió ella, y cerró.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Leonardo, uniformado para el desierto, subió las escaleras y llegó a la terraza. Había mesas allí pero ningún bar que las atendiese. El coronel tenía una botella de agua y miraba la ciudad y las montañas del norte tras esta. Katz ocupó una silla y se quedó mirando la hermosa mezquita Abdul Rahman, con su cúpula roja y sus muros color ocre. Matson lucía de nuevo sus insignias de teniente coronel y su boina verde con la bandera negra del quinto grupo estaba sobre su rodilla derecha. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Qué vas a hacer ahora Leonardo? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Voy a casa. Voy a dormir mucho. Voy a conseguir una novia. Voy a escribir una novela. Voy a convertirme en un buen colombiano. Y voy a olvidar esto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El coronel reía entre dientes pero sin agregar nada más. Bebió un trago de agua y luego, moviendo su silla, encaró a Katz:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Por qué no te quedas?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Dónde, aquí?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Correcto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No… no lo creo. ¿Haciendo qué? Vivo en Colombia; no es el mejor lugar del mundo pero he logrado adaptarme. Además quiero escribir. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Pues escribe sobre lo que pasa acá. Realmente hace falta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pero Leonardo seguía agitando la cabeza en forma negativa. Como no quería seguir siendo presionado optó por preguntarle a Dick si él se quedaría.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Leonardo, hay cerca de cuarenta organizaciones internacionales trabajando en la reconstrucción de este país. Algunas nuevas llegan, otras se van, así como la financiación. Todos ellos necesitan protección porque este país los necesita a ellos. Nosotros nos encargaremos de darles protección. Leo, esta guerra no la vamos a ganar eliminando tipos en las montañas, la vamos a ganar dándole paz a estas personas, y eso significa una vida digna y unas oportunidades de progreso y de justicia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Pensé que ya no estaba con el Ejército.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Así es. Si estuviera aún con las Fuerzas tendría que ir a donde el Pentágono me ordenase; así que me uní a un programa distinto de &lt;st1:personname productid="la OTAN" st="on"&gt;la OTAN&lt;/st1:PersonName&gt;… bueno, es secreto, pero me ofrecí voluntariamente para ayudar en programas de seguridad para la reconstrucción.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Mentes y corazones.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Más o menos —dijo entre risas, luego añadió con extrema seriedad—: Leo, hace veinte años sacamos a los soviets de aquí. Ahora estoy dispuesto a sacar a los malditos que quieren mantener a esta gente en la miseria y la ignorancia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Buena suerte, señor. Y cuídese. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No, &lt;i style=""&gt;tú &lt;/i&gt;cuídate. Y no vuelvas a trabajar para &lt;st1:personname productid="la CIA." st="on"&gt;la CIA.&lt;/st1:PersonName&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No lo haré.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Lo digo en serio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Lo sé, señor. Me atraparon en esto, pero no volverá a pasar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Matson revisó su reloj y le ordenó a Katz bajar con sus cosas a la recepción. Quince minutos más tarde abordaron un &lt;i style=""&gt;humvee&lt;/i&gt; con dos rángers dentro y se dirigieron hacia el norte a través de la ciudad que soportaba el peso de un verano terrible.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Si en verano aquella ciudad parecía un basurero en invierno debía ser el lugar más deprimente del mundo. Los edificios viejos se sucedían unos a otros, pero no con la constancia de las grandes ciudades, sino que estas torres, muchas de ellas pertenecientes a la era soviética, se elevaban entre las miserias de la propia calle. Dick le enseñaba a Leo y a Irma los sitios de interés: El ministerio de comunicaciones, el hotel Serena con sus muros de concreto y guardias en cada esquina, el cinema Aryana, cerrado durante la dictadura talibán, el círculo Masoud, el edificio de &lt;st1:personname productid="la Suprema Corte" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Suprema" st="on"&gt;la Suprema&lt;/st1:PersonName&gt; Corte&lt;/st1:PersonName&gt; y luego hectáreas y hectáreas de viviendas de barro entre nubes de arena y moscas; edificaciones cayéndose a pedazos y cráteres de diámetro lunar producto de la ira del Tío Sam. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Qué avión es ese? —Fueron las únicas palabras de Irma en toda aquella parte del viaje, señalando un caza rodeado de banderas a unos cien metros de la entrada del aeropuerto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Es un avión ruso, un Su-22 de la antigua fuerza aérea afgana. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A la entrada del aeropuerto había un enorme cartel en memoria de Ahmad Shah Masud, el “León de Panjshir”, un arquitecto que luchó durante años contra rusos y talibanes. Dick Matson, quien lo había conocido durante los días de la lucha contra Unión Soviética, sentía un enorme respeto por aquel sujeto ya fallecido. Los talibanes, siguiendo órdenes de Osama Bin Laden, lo asesinaron el nueve de septiembre de 2001. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El interior del aeropuerto estaba bajo control de tropas afganas, aunque había marines en uniforme y comandos de civil por todos lados. Un teniente de inteligencia militar los hizo pasar a la sala de aduanas. Allí estaba Julius, vestido con turbante, suéter gris y pantalones blancos, un atuendo repetido docenas de veces en la calle. Sus pies estaban sobre la mesa y fumaba mientras leía el periódico local. Leonardo estuvo a punto de preguntar de dónde rayos había salido pero cerró la boca ante lo que vio: sobre la mesa de aluminio estaba su maleta, sus libros y ropa. Cómo había llegado aquello ahí, no lo sabía ni lo sabría nunca; Julius era un tipo perturbadoramente oscuro y lleno de secretos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Hay excelentes peleas de perros al oeste de la ciudad, Dick. ¿No vienes? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Luego —respondió Matson. Luego de entregarles a Leo y a Irma sus pasajes y documentos de viaje, ordenó a esta y a Julius que salieron mientras Leonardo cambiaba su uniforme por sus jeans baratos, su camiseta gris de &lt;i style=""&gt;Condorito&lt;/i&gt; y sus botas de constructor. Su pasaporte colombiano estaba también allí, pero esta vez usaría el estadounidense. Era increíble, pensó, las habilidades que desarrollaban algunos agentes secretos para pasar por encima de la ley. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Dick les abrió paso hasta que llegaron a la pista. Allí se despidió de Leonardo, al que le dio un abrazo, y de Irma con la cual sólo hubo un apretón de manos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Luego caminaron hasta un Airbus A320 de la aerolínea &lt;i style=""&gt;Swiss Skies&lt;/i&gt;. Al ir subiendo por la escalera, Leonardo, que ascendía con pasos cortos, miraba a Dick Matson, su maestro, allí de pie, firme como una roca; sabía, además, que al darse vuelta, mientras el regresaba al mundo occidental, él se entregaría de nuevo a las operaciones secretas. Tal vez llegaría el día en que él terminase así, viviendo de la guerra. Esperaba que no, esperaba morir a los noventa años en una finca al norte de Bogotá, rodeado de nietos y periodistas culturales. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Durante el vuelo, tanto él como Irma se dedicaron a escribir en las pequeñas libretas rojas. Irma, empezaba, con trazos temblorosos, a redactar los primeros apuntes de su diario en francés. Esto hizo sonreír a Leonardo, para quien el aprendizaje del español también fue un lento proceso de años y crecimiento. Su metamorfosis, pensó luego, no parecía haber terminado con el paso de ser un chico estadounidense a ser un joven latinoamericano, sino que de aprendiz de escritor mutó a agente secreto, envuelto en operaciones de guerrilla, persecuciones en auto, tiroteos y fugas por desiertos. Ahora podía considerarse experimentado en cosas que la mayoría de los mortales ni siquiera soñarían con hacer, pero, temía que este proceso lo llevase a su propia destrucción. Si se hacía adicto a la adrenalina podría terminar muerto en un sótano, ejecutado por terroristas o agentes de contrainteligencia. Como Charlie Gordon, el protagonista de &lt;i style=""&gt;Flores para Algernon &lt;/i&gt;—libro que ahora deseaba haber tomado de la casa de Irma—, quien a cada paso se hace más inteligente, pero al mismo tiempo más infeliz, al final sufre el dolor más grande, perder todo lo que ha conseguido; y ese podía ser también el dolor más grande para Leonardo: convertirse en un superhéroe para ver luego todo evaporarse ante sus ojos. Antes de quedarse dormido tras la cena, Katz deseo con todo su corazón que aquello no sucediese nunca. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;En el luminoso y futurista aeropuerto Charles de Gaulle Irma Yushij y Leonardo Katz se dijeron adiós. Ella lo abrazó con fuerza y al separarse había lágrimas en sus ojos. Se sobrepuso e intentó una sonrisa:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No, esto no está bien. Si te digo adiós ahora nunca te voy a volver a ver. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Leonardo le pidió entonces la libreta y anotó su correo electrónico. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ella por su parte tomó su maleta de viaje y extrajo su abrigo negro. Se lo entregó, mas Leonardo no supo qué responder.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Tómalo —dijo ella poniéndole la prenda regalada por Franz Wessel en las narices—; por favor, a mí solo me trae malos recuerdos, y además le queda mejor a un hombre que a una mujer occidental. Pensé en tirarlo igualmente al desierto, pero tú eres un muchacho muy alto y se te va a ver bien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Katz se puso de inmediato el gabán y eso fue todo. Irma, la prostituta de Teherán, la madame de &lt;i style=""&gt;El Cielo&lt;/i&gt;, la poeta, la empresaria, la hija del editor devorado por la revolución, se marchaba vestida de soldado estadounidense; su pasaporte decía que ella era la sargento segunda Arianah Melany Dickinson Hatami. Sólo le serviría durante un par de meses antes de caducar, pero por ahora podía entrar libremente en Europa, e incluso en Estados Unidos, como miembro de la infantería de marina. Definitivamente &lt;st1:personname productid="la CIA" st="on"&gt;la CIA&lt;/st1:PersonName&gt; podía hacerlo todo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Katz se dirigió a un puesto de información y preguntó donde había computadoras públicas con acceso a Internet. Mandó un correo electrónico y media hora después obtuvo su respuesta: un agente de &lt;st1:personname productid="la Compañía" st="on"&gt;la  Compañía&lt;/st1:PersonName&gt; se reuniría con él a las cuatro de la tarde en un restaurante de la rue Bosquet para presentar su informe preliminar. Leo borró el mensaje y se dirigió al mostrador de &lt;i style=""&gt;Air France&lt;/i&gt; para preguntar por los próximos vuelos a Bogotá. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-2816493652403466865?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/07/captulo-liv.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-7015340212439590911</guid><pubDate>Thu, 24 Jul 2008 23:53:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-24T16:53:20.108-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Capítulo LIII. El no lugar&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Y cuando despertó, Leo Katz supo que aún estaba en Irán: le dolían los huesos y había tenido pesadillas. Concretamente, se vio a sí mismo invitando a salir a Erika frente a toda la escuela, y aún al abrir los ojos, en vez de escuchar el traqueteo de las ruedas sobre los raíles, creía sentir aún los chiflidos y risas de la multitud burlándose de su atrevimiento. Lo único que no podía recordar era si Erika aceptaba o no. Pero fue un sueño terrible y sus huesos, como si fuesen testigos, lo pateaban por dentro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Ya no hacía calor —aquel sueño había sido un abrasador escenario—, pero el viento seguía siendo igual de seco y cortante. No obstante estaban en las montañas de nuevo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Sabes qué horas son? —Le preguntó a Irma en cuanto pudo volver a salivar la boca y a mover correctamente la mandíbula.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Las siete y veinte minutos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pese a los dolores había dormido todo un día; algo positivo. Faltaba mucho para la puesta del sol, aún, y Leonardo ignoraba cuánto más tendrían que viajar entre carbón. Sus manos, su ropa, su propio rostro estaban cubiertos de una pátina negra imposible de sacar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Por fortuna para Leo, y para Irma, que sentía la resequedad con más desagrado que su compañero, el viaje terminaba ahora: Dick Matson llamó su atención arrojándoles una piedra de carbón. Los dos se acercaron al otro vagón y escucharon:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Preparados para salto en seis minutos. Mucho cuidado; recuerden caer con los pies juntos y rodar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Qué suerte que este no es un Hércules.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Dick sonrió entendiendo el apunte. Luego, con las puntas de los dedos se señaló los ojos y tocó el reloj de su muñeca: atento y preparado. Katz levantó su mochila y, con las manos aferradas al pie del vagón, empezó a respirar lentamente para reducir el miedo natural que le corría como un ejército de hormigas de vidrio por las piernas y los brazos. Había rocas de todos los tamaños, arbustos resecos de hojas afiladas, poca arena y más bien mucha grava se acumulaba al pie de la carrilera. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Diez! —gritó Matson. Leonardo empezó a contar de forma regresiva sentándose al borde del vagón. Irma hizo lo mismo pero en su aterrorizada cara se le notaba el temor creciente a resbalarse. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Dick y Julius saltaron cuando la cuenta llegó a cero; Leonardo los siguió al alcanzar el número uno sin pensar, sin dudar, simplemente descolgándose como lo haría si hubiese estado sentado en una barda al lado del camino. Sintió medio segundo después sus pies enterrarse entre las diminutas piedras, no intentó rodar luego, se quedó allí de pie con sus brazos pegados al cuerpo como si se hubiese lanzado a una piscina. Miró hacia delante, y vio que Irma seguía trepada en el borde del vagón, incapaz de moverse. Dick lo rozó por un lado al ir corriendo tras el tren mientras le gritaba a Irma que saltase de inmediato. Unos veinte metros adelante la mujer se dejó caer en los brazos de Matson y ambos terminaron rodando en una nube de polvo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Una de las enormes manos de Jules tomó a Leo por el brazo obligándolo a ponerse de rodillas. Fue un movimiento súbito y violento, pero ante el que no habría excusas: el negro miraba en todas direcciones como si viese a sus enemigos invisibles; mas Katz entendió a tiempo: estaban a cincuenta metros de una autopista que se dirigía al noroeste y a menos de cien de una arteria principal que se conectaba a esta. Por allí pasaban autos, camiones e incluso motocicletas. Cuando el tren redujo su forma visible en el horizonte, Leonardo pudo ver el complejo de los ferrocarriles donde haría su próxima parada. Ya no estaban entre el desierto montañoso; por todos lados se veía actividad humana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En total el tren había recorrido seiscientos treinta y dos kilómetros hasta ese punto, en, aproximadamente, once horas y media. Había hecho dos paradas, pero su destino final era Mashhad, la capital de la provincia de Jorasán, la ciudad más grande e importante del este de Irán. Naturalmente, los aventureros debían evitarla, así como a cualquier otro ser humano que, al activarse su curiosidad, los pusiese en peligro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Irma estaba bien; todos estaban bien, aunque cubiertos de hollín y transpiración seca. No obstante, Julius, y el propio coronel, lucían tan propios de aquel ambiente agreste que no parecían tan lamentables como Irma y Leonardo, animales de ciudad, que ya parecían extenuados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;El coronel ordenó moverse de inmediato, señalando un puente situado a unos cien metros de ellos en dirección sur. El puente pasaba por encima de un río de arena; los autos por aquella vía eran menos, y aquel punto parecía bueno para esconderse hasta que cayera la noche. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Bajo el puente, mientras empezaba a oscurecer de nuevo, el teniente coronel Dick Matson explicó el asunto con lo que algunos autores llaman “un prólogo necesario”: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Nunca como ahora habremos estado en tanto peligro de morir. Estamos a ciento ochenta kilómetros de la frontera con Afganistán. En ese tiempo-espacio puede ocurrir cualquier cosa: ser atacados por el ejército, ser atacados por los talibanes o morir de sed. Tengo que advertirles que nunca en mi vida he hecho una cosa así, por que algo que aprendí en las Fuerzas es que &lt;i style=""&gt;nunca &lt;/i&gt;se debía hacer algo como esto. He considerado, junto con Julius, la posibilidad de robar un vehículo que nos pueda acercar a la frontera. Pero sería arriesgarnos a ser blanco de las patrullas aéreas; sus pilotos saben bien reconocer las marcas que dejan los vehículos en la arena. La única manera de no ser detectados es mediante el &lt;i style=""&gt;yomp&lt;/i&gt;, hasta que podamos alcanzar una posición en que podamos establecer contacto con fuerzas amistosas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El plan era atravesar el desierto de Jorasán hacia el sureste, cruzando las montañas, hasta alcanzar Afganistán y las fuerzas de la coalición estacionadas cerca de la frontera. Se moverían de noche y tan separados que ningún satélite o avión de reconocimiento les diese importancia. Los peligros, obviamente, a parte de los mencionados por Dick en su preámbulo, eran perder la orientación, separarse del grupo o enloquecer. Al igual que la selva, que nubla los sentidos hasta que el cerebro, de forma defensiva, empieza a generar alucinaciones, en el desierto el calor y la repetición constante de panoramas similares causan, en personas agotadas o con bajos niveles de hidratación, pérdida de la razón o la noción del tiempo. Algo muy similar a lo que ocurre cuando una persona es sometida al aislamiento sensorial.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A las nueve de la noche comenzaron la marcha, manteniendo una separación de quince metros entre cada uno. Dick, el guía, iba adelante; Leonardo no debía perderlo de vista, así como Irma debía mantener sus ojos fijos en él. Julius iba a veinte metros de ella, con el rifle AK a su espalda y asegurándose que nada los siguiera. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;De ese momento, a las siete de la mañana del día siguiente, los viajeros evitaron las últimas concentraciones humanas y se introdujeron entre los riscos cortantes de la cordillera. El aire se hacía diáfano, como pasar de un río de aceitoso caudal a uno de alcohol puro. La luna y las estrellas de verano les dieron luz suficiente como para no perderse de vista; Matson revisaba su mapa con una linterna de campaña sostenida a dos centímetros del papel. Para un boina verde, pensó Leonardo, el mundo debe ser su casa. ¿Podría acaso guiarse también entre la montaña como entre el bosque, como entre la nieve, como entre la jungla húmeda? Muy probablemente sí; para él, Katz, las estrellas seguían siendo granos de arena diamantina arrojados al azar por la aleatoria fuerza del cosmos. De seguro se comportaba como un tonto y un ignorante, pero él no había pedido venir aquí. Los escritores —meditó luego— como los artistas, deben aprender de todo; el conocimiento del mundo les permite hacer reflejos de este en sus obras. ¿Acaso la mediocridad de las artes hoy en día se debía a que ya nadie quería saber nada más que lo específicamente relacionado con su labor? Era muy probable: antaño los pintores ilustraban su época, su gente, la Historia o incluso le daban vida a la mitología cristiana. Ahora un mozalbete derretía vasos plásticos extraídos del vertedero de una cafetería y luego los pegaba a láminas de madera para poder exhibir aquello la galería. Los escritores no se quedaban atrás: inventaban historias insulsas sobre pecados de oficina o amores por correspondencia, o cualquier otro tipo de drama clase B ambientado en alguna temporada de caos. El cine se mantenía. Corrección, Hollywood mantenía al cine: Europa y la India procuraban hacer películas de bajo presupuesto, lagrimas a litros y supuestas buenas actuaciones, basadas, generalmente, en primeros planos a los rostros mal afeitados de actores reconocidos. Sobre la música no podía decir nada porque nada sabía en verdad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Aprender, entonces, debía ser parte de la disciplina del artista; una fase necesaria dentro de la ceremonia de creación. Un pianista, por poner el ejemplo más sencillo, podía practicar hasta seis horas al día, todos los días, y agregar a ello el estudio analítico de las sonatas y conciertos más reconocidos de la Historia; a ello, entonces, debía sumar la apreciación de las artes plásticas, la literatura, la fotografía, y el vasto etcétera que podríamos mencionar, donde composición, talento y alma se mezclan en crear algo útilmente inútil como es el Arte. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Leonardo Katz debía aprender a entender las constelaciones, los mapas y la brújula, como a los hombres, las mujeres y la vida diaria. En medio de una cueva los viajeros instalaron su campamento improvisado, sin luz, arrollados en mantas y comiendo pulpa de frutas de empaques metalizados. Luego vino el coronel y le dio la orden de hacer la primera guardia; así pudo el agente secreto ver el cielo mutar de color hasta hacerse de un finísimo azul zafiro. No intentó dormir luego de ser relevado por Dick, sino que se dedicó a revisar el plan de su novela; al final decidió componer un larguísimo monólogo que mezclara las relaciones interpersonales y los problemas económicos que aquejan al ciudadano promedio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Latas de leche condensada les dieron la energía de empezar la navegación entre las rocas, los diminutos guijarros que se clavaban en la planta de los pies. Katz agradeció tener sus botas de constructor, pero lamentó que Irma tuviese que andar despacio y torciendo el rostro cada vez que una piedrita centenaria afilada por el viento se le hundía en la carne. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Navegaban entre una marea violenta, con enormes olas de magma ahora seca y gris, donde el viento corría colándose entre sus surcos, grietas y rocas, silbando de todas las formas posibles. Viajaban por una luna habitada por sirenas invisibles. Leonardo empezó a sentirse mal cuando, tras alcanzar la cima de la montaña vio un valle abismal a sus pies, un cañón de negrura absoluta que se iba empinando poco a poco hasta elevarse otros cientos de metros por encima de su ángulo recto horizontal. Ese descenso fue lento y lleno de temores; al llegar al fondo, los aventureros tuvieron que tomarse las manos para no perderse entre la nada. Permanecieron ciegos hasta que, mientras trepaban, empezaron a verse las caras entre sí, pintadas de azul por el sol aún oculto. Extenuados llegaron a la cima, sólo para descubrir otra serie de ondulaciones sin fin. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Rodeados de cardos secos se instalaron a dormir. Leonardo de nuevo tuvo a su cargo la primera guardia. Estaba extenuado y sus rodillas fallaban, como el resto de su sistema motor; con sólo cerrar los ojos un instante, sus párpados se adherían entre sí y requería un gran esfuerzo, a cada vez mayor, para separarlos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Durmió bien cuando le fue permitido el descanso, pero su cuerpo, atacado por las altas temperaturas, empezó a deshacerse, de tal forma que Leonardo se encontró empapado de sudor cuando fue despertado al caer la noche. Su rostro, por el que pasó una mano para limpiarse la boca estaba cubierto de una barba espesa y dura como si estuviese compuesta por filamentos de cobre. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Por la posición del sol, ya casi extinto al occidente, Leo Katz supo que viajaban hacia el oriente de nuevo. Las millas anteriores fueron un recorrido hacia el sur, cruzando la cordillera; ahora, seguían la línea de las montañas, entre una tierra muerta y accidentada, muy distinta al desierto plano que Katz había previsto. Al llegar a lo alto de una de estas colinas, de no más de ochenta metros, Leonardo avistó una oscura llanura con pastos y fragmentos de vida humana extendidos entre los montes que él cruzaba y otras montañas más hacia el sur. No es que estuviesen en el confín del mundo, pensó, sino que aquel viaje requería mantenerse alejado de los habitantes locales. Ignoraba cuán fuerte o qué tan débil era la presencia del gobierno en estas zonas del país; quizá el coronel tampoco tenía mayor idea, así que mejor no correr riesgos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En el curso de la noche abandonaron las montañas, aunque allí la presencia de vida silvestre, y tierras húmedas por la presencia de algunos caudales aumentaba, así como el olor del hombre, el fuego y el gas de las minas. Estas montañas de Jorasán son la parte más fértil de la región; hay diversos pueblos localizados allí al pie del río que corre de sur a norte. Al iluminarse el cielo, Leonardo esperó la orden del coronel para detenerse y descansar; no hubo tal. Irma y Leo se miraban; en los ojos de esta estaba pintado el esfuerzo sobrehumano que había hecho para seguir caminando las últimas sesenta millas, agotando el agua del cuerpo. Leonardo, trotó un poco para acercarse a Matson, quien guiaba como siempre la columna, y le preguntó dónde acamparían. Este, sin detenerse, replicó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Ya no nos podemos detener.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Leonardo —exclamó Irma más atrás—, dile que no puedo seguir; estoy por caerme al piso. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Sigue caminando, Leo —ordenó Dick, luego se regresó por Irma. Le pidió la mochila, se la puso a la espalda por encima de la que ya llevaba y tomándola por el brazo le dijo en farsi:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Detrás de esas colinas está Afganistán. Y —trazó un semicírculo apuntando con el dedo— toda esta zona es el corredor de desplazamiento de la guardia fronteriza de Irán. Si alcanzamos las colinas nos podremos detener, mientras, seremos pasto de los francotiradores. Si las cosas se ponen mal habrá que esconderse, pero por ahora, cuanto más tiempo podamos ganar a menos peligro estaremos expuestos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Le soltó el brazo, le dio de beber el contenido de su cantimplora y luego le dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Nos vamos a separar aun más. Si te caes al piso te quedas sola. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Un miedo terrible se apoderó instantáneamente de Irma; dos lágrimas se le escaparon y soltó un quejido muy débil que intentó ocular tapándose la boca. Matson la tomó de nuevo por el brazo como si se lo fuese a arrancar. Le señaló de nuevo las elevadas lomas que limitaban aquel desierto que tendrían que cruzar y le dijo al oído:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Mira bien el sendero que dejan mis pies y la dirección que llevamos. Hacía allá está mi hogar, hacia allá esta París. ¿Quieres ir a París? ¿No dijiste que dejarías todo por ir a París? Que eras una mujer que perseguía sus sueños; bien, ahora tus pies te duelen, pero llegó el momento de que demuestres, fuera de toda palabra, que no hay barrera que frene lo que buscas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La dejó y siguió caminando. Irma, pálida y con los hombros caídos miraba hacia la nada, por sobre la marea seca de esta tierra en ruinas, &lt;st1:personname productid="la Ciudad" st="on"&gt;la Ciudad&lt;/st1:PersonName&gt; de &lt;st1:personname productid="la Luz. Y" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Luz." st="on"&gt;la   Luz.&lt;/st1:PersonName&gt; Y&lt;/st1:PersonName&gt; guiada por la punta afilada de &lt;st1:personname productid="la Torre Eiffel" st="on"&gt;&lt;st1:personname productid="la Torre" st="on"&gt;la Torre&lt;/st1:PersonName&gt; Eiffel&lt;/st1:PersonName&gt;, empezó a caminar, alimentada por la energía ígnea del odio a su propio dolor. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Las ondulaciones, accidentes, montes, riscos, cañones y demás desaparecieron. La tierra a en torno se hizo en planicie, y las montañas alrededor, antes tan claras como puntos de referencia, desaparecieron. Estaban entre el cielo, más azul que nunca, y una nada infinita de arena parda. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Para Leonardo aquellas fueron las peores horas. Fuego verdadero le abrasaba de los pies hasta los ojos. Al abrir la boca sólo sentía el aire seco que puede salir de un horno encendido. Y cuando llegó el medio día, y su sombra desapareció, creyó que había sido tragado por la arena finalmente: arena bajo sus párpados, arena entre su ropa, entre sus fosas nasales, las orejas, sobre la lengua, tapando cada poro, imposibilitando el avance. Desesperado, creyéndose atrapado trató de correr, pero el intento culminó en fracaso: la arena, fina como el talco, había atrapado sus rodillas, y su nivel, como un caudal creciente de agua —¡agua!—, empezaba a cubrir sus muslos, para proseguir con su cadera. Cayó al piso para desenterrarse; si pudiera ver, maldita sea, podría trepar para salir de esta celda asfixiante. Por más que movía las manos, aumentando el frenesí de su desesperación por salir a la superficie, más arena lo envolvía, hasta que sus brazos mismos quedaron presos y, habría gritado, si no fuese tanto el miedo de ahogarse con aquella materia viva que lo devoraba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El coronel tuvo que tomarlo por la camisa, abrirle la boca y derramar dentro la poca agua que le quedaba. Le limpió los párpados y Leo pudo abrir los ojos; estaba tendido en el suelo. Dick le sugirió que no guardase más la pulpa de fruta y se la tragase toda. Leonardo, aún en el piso, obedeció la orden, y aunque no se sintió mejor, pudo ponerse de nuevo en pie y seguir el curso que dibujaban sus propias sombras, alargadas por la luz de la tarde.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Irma y Leonardo se apoyaron entre sí para caminar. Él quiso preguntarle algo —luego no se acordó de qué fue—, pero ella le ordenó callar: cada vez que abría la boca el aire caliente le arrebata el agua del cuerpo. No importaba, pero unos diez minutos más tarde ella señaló algo y exclamó otro tanto en farsi, muy preocupada, creyó Katz, a juzgar por su tono: delante, manchando la recta superficie del mundo inerte, ciertas figuras, muy pequeñas, distorsionadas además por el calor, avanzaban. El coronel, además, avanzaba hacia ellos como si no los viese, como si no los pudiese ver, o si no le importase ya.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Eran caballos, y sus jinetes, claro; agrupados entre sí, hechos un obeso insecto de miles de patas, hasta que se revelaron cabezas, formas de hombros y luego, rostros barbados, turbantes, gorros, manos aferradas a las bridas de las bestias, y luego, rifles; fusiles AK sobre los hombros, o colgados de la espalda. A unos cien metros, Leonardo decidió que eran unos treinta, todos hombres, con un guía robusto de camisa gris, y una enorme barba; un hombre blanco teñido de rojo por el sol. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El guía adelantó a los otros y detuvo su caballo a dos metros del coronel Matson; se desmontó lentamente, se quedó mirando a Dick y exclamó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Capitán Gary Howard, señor —saludó militarmente en una fracción de segundo y añadió.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Matson sonrió y cuidadosamente saludó al capitán.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Soy el teniente coronel Richard Matson. Bueno, algunos progresan, ¿verdad Gary?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El guía empezó a reír enseñando sus apretados y amarillentos dientes. Sus cavernosas carcajadas llegaron a Leonardo, quien, observando la escena, había estado conteniendo la respiración. Aliviado se dejó caer en el suelo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Demonios Dick! Algo me decía que &lt;i style=""&gt;tú &lt;/i&gt;eras el paquete… ¡Por Cristo que sí!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Levantó una mano y gritó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Hey Buker! ¡Trae agua y que el &lt;i style=""&gt;doc&lt;/i&gt; atienda a esas personas! ¡Pero ya maldición!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Un sujeto rubio de largos bigotes y pañoleta de pirata en la cabeza desmontó y extrajo dos contenedores de agua, a su lado un gigantesco árabe de piel cetrina se acercó corriendo a donde estaban Irma y Leonardo; de inmediato empezó a revisar los ojos y el interior de la boca de Irma. Katz tomó una de las cantimploras que le ofreció Buker y empezó a beber como un loco.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Despacio chico —advirtió el sargento Fred Buker—; ahogarse en medio del desierto es la forma más ridícula de morir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Aquellos eran hombres de algún destacamento A, del quinto grupo de fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos. Los otros eran guerreros de alguna tribu occidental afgana, entrenados y&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;formados por los boinas verdes. Al verlos, Irma tomó su rusari y se cubrió totalmente el cabello y la cara, dejando sólo espacio suficiente para poder ver. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El grupo llevaba consigo unos seis caballos extra, a parte de aquellos que cargaban cestos con alimentos, agua y munición. Tras muchos años Leonardo volvía a montar, y lo hacía torpemente, en parte porque nunca dejó de tenerle cierto miedo a esta clase de animales, y en parte porque estaba agotado por el recorrido. Su estado de ánimo mejoró, y se dedicó a contemplar a sus nuevos compañeros de viaje: aquellos soldados americanos se mezclaban con los afganos como si fuesen parte de su tribu, hablaban con ellos y reían o señalaban quién sabe qué en él, en Matson y en Julius, quien reservado cabalgaba a un lado junto a Irma. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Dick, por su parte, charlaba animadamente con el capitán Howard. Como luego se enteraría Leo, Matson había recibido a Gary en el 2003, justo antes de partir para Irak. Necesitaba alguien que lo sustituyera en sus labores contra los talibanes. Howard, recordaba Dick, parecía recién egresado de West Point: impecable y rígido como un académico. En tres meses lo transformó en un guerrero salvaje que blandía su cuchillo y lanzaba gritos de guerra al entrar en combate. Katz se sintió entonces orgulloso de ser también alumno de aquel hombre tan famoso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La banda recorrió durante el resto de la tarde veinte mil metros. Tras un descanso de cuatro horas empezaron los siguientes cincuenta kilómetros de recorrido hasta Afganistán, donde pudieron ver, a la distancia, las primeras unidades de tropas americanas estacionadas con artillería AA y antenas de interceptación de señales. Al medio día descendieron al río; mientras las bestias bebían y los afganos se entregaban a la oración, el ingeniero de comunicaciones del equipo montó una radio y solicitó una extracción en la base de Chakab. Allí llegaron una hora y media más tarde, aunque no pudieron ver mucho: un UH-60 Blackhawk se presentó aún antes de que alguno de los aventureros hubiese podido bajarse del caballo. Tuvieron que correr de inmediato hacia el aparato, no sin un gran esfuerzo, ya que los cuatro llevaban días caminando. Dentro una cabo les gritó que aquello no era un autobús escolar, y que mejor seguían las reglas de seguridad. Dick estaba al parecer muy cansado para replicarle algo a esa chica. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El médico encargado del destacamento llegó con un muchacho de quince años herido espantosamente en un costado de su torso. El capitán Howard le entregó a la cabo el correo y, una vez todo estuvo debidamente atado, el pájaro se elevó elegantemente hasta que el poblado no fue más que una mancha junto al serpenteante curso del verdoso río. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Antes de quedarse dormido, Leonardo vio a Irma, al pie de la puerta, tomar con una mano su rusari, hacer un nudo con él y arrojarlo al vacío. Liberada al fin de su cultura se quedó dormida. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37267496-7015340212439590911?l=puestodecombate.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://puestodecombate.blogspot.com/2008/07/captulo-liii.html</link><author>noreply@blogger.com (Juan Pablo Bonilla)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-37267496.post-3013698475118638952</guid><pubDate>Sun, 20 Jul 2008 03:33:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-07-19T20:34:26.579-07:00</atom:updated><title></title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;b style=""&gt;Capítulo LII. El desierto&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;La luna enseñó su cara al filo de la media noche, cosa ignorada por Leonardo Katz ya que no tenía reloj. El satélite pacífico se mostró con nitidez y proximidad al violento planeta. Leo pudo detallar en aquel globo blanco rectas avenidas, sinuosos canales, pozos gigantescos, lagunas de toda clase y tejados de casas habitadas, seguramente, por lunáticos. En Bogotá no podía ver la luna, al menos no tan cerca pese a estar unos mil y tantos metros por encima de la montaña por donde transitaban ahora. El tren de carbón llevaba una velocidad cercana a las cincuenta millas por hora, a juzgar por el viento, que golpeaba los rostros de los viajeros permitiéndoles no asfixiarse con el polvo flotante del carbón.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El material que trasladaba el tren estaba triturado y transformado en pequeñas piedras, por lo que no había una forma segura de poner el trasero sin empezar a resbalarse. Todo intento, tanto por parte de Irma, como por parte de Katz de ponerse cómodos terminaba fracasando. La luz no era suficiente para leer, o escribir, así que, a parte de meditar, no podían hacer nada. El coronel, en el vagón siguiente, encendió una linterna de bolsillo una vez, apagándola inmediatamente, esto atrajo la atención de Leo, quien al mirar a Matson notó que este le estaba haciendo señas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Puedes dormir? —Preguntó en voz baja Dick una vez estuvieron lo suficientemente cerca para hablar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No, no creo, no tengo donde…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Muy bien, en ese caso haz la primera guardia. Quédate aquí sentado con esta linterna. De ocurrir algo sospechoso enciende la luz y apuntala a mi cara hasta que despierte. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Bien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Mucho cuidado, mucho cuidado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Sí, señor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Dile a la chica que intente dormir, nos esperan muchas horas de marcha aún.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Dicho esto regresó a su posición: había logrado cavar, seguramente con sus manos, una zanja entre el montículo de carbón. Allí, rodeado de piedras, como en un ataúd, pálido y con los brazos sobre el pecho, como un difunto, se quedó dormido. Julius dormía ya de la misma manera, mimetizado completamente entre la carga. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Leonardo fue con Irma y le ayudó a abrir una zanja para ella. Luego, de su morral, extrajo la pistola y la puso sobre su rodilla derecha mientras en la izquierda tenía la linterna, fuertemente agarrada, ya que temía que esta se le resbalase y se perdiese, ya entre el carbón, ya en medio del desierto. Tenía que estar alerta, no distraerse, ni concentrarse tanto en un movimiento continuo que terminase cayendo dormido. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El paisaje era poco llamativo: montañas y rocas y las planicies interminables del desierto, donde la propia luz de la luna parecía negarse a llegar. Las estrellas se contaban por millones, pero para verlas debía inclinar la cabeza completamente hacia atrás y, tras hacerlo por un par de minutos empezó a sentir dolor. El ronroneo de las máquinas era además hipnótico. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;¿Valía la pena escribir sobre esto? Se preguntó de nuevo; no ahora, claro, ¿pero algún día valdrá la pena? Como aquello no parecía ser parte del proceso de formación de escritor quizá no. Era mejor guardar silencio en torno a ello. Intentó pensar luego en el helicóptero destruido, pero ya su cabeza sangraba por este hecho: se había desarmado en el aire, a causa del proyectil o el rayo láser disparado por una aeronave situada casi a una altura inalcanzable. No, olvidar, mejor olvidar. Cuando se aprende a olvidar convenientemente algo, se vuelve esta la mejor herramienta para sobrevivir a un mundo violento. Había olvidado ya al primer hombre que mató —al menos sus ojos y la expresión de sorpresa que tenían—, luego a los otros, incluso al alemán y sus secuaces. Fases tantas de un videojuego superado. Capítulos de novela más de un libro sin valor literario. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La nube gris con los cuerpos hechos ceniza de los tripulantes del helicóptero se le formó de nuevo frente a los ojos. Agitó la cabeza: se estaba quedando dormido. Prefirió pensar entonces en qué respondería en su primera entrevista para televisión, una vez fuera famoso y su novela &lt;i style=""&gt;El empleado del mes&lt;/i&gt; se vendiese por millones. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Dick Matson salió de su ataúd de carbón un rato después. A Leonardo le pareció que no había transcurrido mucho tiempo, pero en verdad no sabría decir qué horas eran. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Ya he terminado, señor?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No realmente, pero no duermo mucho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Silencio, la luna, el viento. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Qué rayos fue eso de esta mañana, Leo?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No lo sé, señor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Basta con eso de “señor”, no eres un maldito infante de marina.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Muy bien; no lo sé, estoy seguro que desintegraron ese aparato con una sobrecarga de energía. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Sí, pero lo que yo me pregunto es ¿quiénes eran?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¡Pero ya qué importa, están muertos!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—No levantes la voz. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Lo siento —Leonardo se acomodó mejor, o al menos lo intentó; su trasero se estaba adhiriendo al metal oxidado del vagón—. Es que no quiero pensar en eso. Hayan sido quienes hayan sido, enviamos una señal de ayuda, como cuando se solicita un ataque aéreo, y esa fue la respuesta. Somos responsables de esas muertes, yo al menos siento que sí.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Leonardo, mi preocupación no es si estuvo bien o mal; entiende de una buena vez que esa clase de clasificaciones no existen en el reino animal. Pero es que estoy seguro que no había posibilidad de que alguien, ni la guardia revolucionaria, ni la policía, ni la contrainteligencia, nadie, nos siguiera ni intentase detenernos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Entonces por qué diablos no tomamos un avión el aeropuerto?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Recuerdas a tu amigo William?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿William? Yo no creo que ese tipo nos hubiese vendido. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—A ustedes no, pero a mí sí. En el mismo modo, no se puede confiar en ese tipo de personas. Conozco a ese sujeto y sé de lo que estoy hablando.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—¿Quién es?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Raúl Strogov, apellido que adoptó de la mujer que tomó por esposa cuando se radicó completamente en Rusia. Su anterior apellido es desconocido, así como su país de origen, pero podría ser cubano, o más posiblemente mexicano, según algunos indicios que flotan por ahí. Desde muy joven se unió al partido comunista y esto le permitió conseguir una beca en &lt;st1:personname productid="la Universidad" st="on"&gt;la Universidad&lt;/st1:PersonName&gt; de &lt;st1:personname productid="la Amistad Patrice" st="on"&gt;la Amistad Patrice&lt;/st1:PersonName&gt; Lumumba en Moscú. Que tuviese los conocimientos de ruso suficientes para ingresar hace pensar que pertenecía a una clase alta. Se graduó en Historia de Medio Oriente e hizo un doctorado en literatura árabe. Su capacidad de expresión en cuatro dialectos árabes —y muy posiblemente el farsi—, lo puso en la mira de los caza talentos del KGB. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;En el curso de adiestramiento no se destacó por su corrección política; parecía siempre dispuesto a hacer lo que sus instructores le ordenasen y asentir ante lo que el Partido dijese. Como allí valoraban más la lealtad política que la capacidad operativa, fue enviado erróneamente a América del Sur. Primero estuvo en Ecuador y luego en Colombia y de ambos salió por la misma razón: aunque logró en las dos asignaciones desarrollar una identidad creíble, vivir entre los locales y adquirir información, pronto se dio cuenta que la capacidad de penetración de &lt;st1:personname productid="la CIA" st="on"&gt;la CIA&lt;/st1:PersonName&gt; era demasiado alta para que él, o cualquier otro agente estuviese seguro por mucho tiempo. Así lo dejó saber en una serie de informes que luego pasaron a Moscú. Se aplicaron nuevas medidas y Raúl recibió un asenso. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;También ganó el derecho a aplicarse a su verdadero campo de trabajo. Empezó a viajar por Argelia, Túnez, Irán, Siria, Egipto, Libia y Yemen. Su misión era mantener los vínculos entre &lt;st1:personname productid="la Unión Soviética" st="on"&gt;la  Unión Soviética&lt;/st1:PersonName&gt; y los “elementos progresistas” que allí se ocultaban o se entrenaban. Aunque Strogov, quien siempre viajó con credencial de periodista y documentos mexicanos, se presentaba ante los miembros de estas células como “representante” y tomaba nota de sus necesidades, su verdadero trabajo era mandar reportes acerca del estado de ánimo, capacidad, lealtad, y seguridad de estos grupos terroristas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Algo más importante que estos reportes obligó a salir a Raúl y trasladarse de nuevo a Moscú. El continuo derribo de aeronaves soviéticas por parte de los mujahedines limitaba todo esfuerzo ruso por mantener el control del país. Los informes del GRU habían dejado de ser confiables; sus reportes de bajas enemigas sólo mencionaban locales, pero no podían diferenciar un árabe de un afgano ni entre estos a qué etnia podía pertenecer. El Segundo Directorio del KGB estaba seguro de la presencia de americanos entre los rebeldes pese a que aún no habían capturado a ninguno. Tal vez el Primer Directorio debía ocuparse del asunto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Raúl siguió empleando su fachada de periodista, viajó junto a otros corresponsales occidentales que se arriesgaban, entre la muerte, las malas condiciones y las minas, hasta llegar a las posiciones de los mujahedines. Las cosas que vio en el camino, el rastro de muerte y las victimas no le hicieron cambiar de opinión ni cuestionarse qué hacía allí y a quién servía; para Raúl los pueblos podían vivir en paz o en guerra, si elegían esto último, como parecía ser el caso de los afganos, las víctimas terminarían siendo aquellos que no pudiesen escapar de la voluntad de los otros. Así se lo dijo a un cronista francés que viajaba con él. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Este periodista, llamado Marc Freyè, buscaba a un antiguo compañero suyo de la universidad, un joven afgano de familia moderadamente adinerada que había enviado a su muchacho a estudiar medicina en París. Freyè quería hacer un largo reportaje sobre él, ya que mediante correo este le había comentado que ahora ayudaba en un campamento muyahedin. A Strogov no le interesaba el médico, pero sí esperaba ver dentro del campamento a algún americano que confirmase los rumores de &lt;st1:personname productid="la Lubianka." st="on"&gt;la Lubianka.&lt;/st1:PersonName&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El lugar, en el extremo suroeste del país, a unas cincuenta millas de la frontera con Pakistán, estaba habitado por los rebeldes, sus familias, y aquellas personas que simplemente no tenían a donde ir. El médico estaba allí, por supuesto, con una fila de pacientes más larga que cualquier centro médico moscovita. Tras saludarse con su amigo Marc, y serle presentado Raúl, empezó a hablar con los dos sobre sus años allí y su lucha por prevenir a todos, pero en especial a los niños, de las minas y trampas instaladas por los soviéticos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;A media tarde Raúl Strogov se dedicó a recorrer el campamento, tomando fotografías y desplegando sonrisas a todo el mundo. Una mujer le preguntó si era también un americano, el contestó que no, que era venezolano, pero quiso saber de inmediato si había visto a algún americano. La dama, que ya era una anciana, le señaló un toldo con dos guardias fuertemente armados a la entrada. Raúl se acercó cautelosamente y se sentó a fumarse un cigarrillo. Aquellos guardias absorbieron de inmediato el olor a tabaco fino y, tras dudarlo un rato, le pidieron un poco. Amablemente el agente del KGB les entregó la cajetilla que tenía en el bolsillo y empezó a hacerles preguntas, las cuales fueron contestadas con evasivas, pero que lograron convencer a los guerreros que aquel hombre que hablaba torpemente su dialecto local, era un periodista venido de América. Así, un rato más tarde, le permitieron entrar a echar un vistazo dentro del toldo, a condición de no tomar notas ni fotografías.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Las cajas con los misiles &lt;i style=""&gt;stinger&lt;/i&gt; estaban ahí, unas sobre otras. Había también medicinas, alimentos enlatados europeos, y revistas médicas estadounidenses. Pero lo más valioso de todo era el radio transmisor que estaba situado sobre una mesa, junto a los mapas. El interés de Raúl por esto puso nervioso al centinela que de inmediato le pidió que salieran ya de ahí; Strogov, sin embargo, no movió un músculo. Cuando el soldado intentó llevárselo fuera asiéndolo por el brazo, Strogov le descargó el borde de su mano contra la garganta, y un segundo después le rompió el cuello al girarle la cabeza trescientos sesenta grados. Arrastró el cuerpo, le quitó las armas y lo cubrió con una enredadera de camuflaje, luego regresó a los mapas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Tomó todos los apuntes de coordenadas que pudo y, vaciando su mochila de cigarrillos y chocolates empezó a guardar el radio. Fue entonces cuando entró el entonces teniente Lawrence Olmstead. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Matson y Strogov, recordaba ahora el coronel, se miraron fijamente por un segundo, luego Dick desenvainó el cuchillo y se lanzó contra Raúl dispuesto a despedazarlo. El agente a su vez tomó el Kalashnikov del guardia muerto y disparó una ráfaga de tres tiros. Matson cayó al suelo y Strogov salió corriendo empujando a los curiosos que se acercaban a ver qué había retumbado de tal forma. Cuando otro muyahedin trató de detenerlo, Raúl arrojó sus granadas, se trepó a un caballo y se marchó al galope, disparando como un cowboy. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los guerreros se repusieron en un par de minutos del sorpresivo ataque. En esta clase de situaciones es difícil establecer qué ocurre en realidad. Cuando llegaron donde Dick, y este les comunicó lo ocurrido y lo importante, por encima de todo, que era atrapar a ese sujeto, una banda de treinta jinetes se lanzó al galope siguiendo las huellas del espía soviético. Este, como no era tan tonto para creer que podía escapar de los nativos, se escondió en la primera gruta que encontró, modificó la frecuencia del radio y se puso en contacto con el primer oficial del GRU que logró localizar; reportó sus coordenadas y las del campamento. Luego recargó el rifle y se aprestó a defender su posición entre las rocas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Los muyahedines entrenados especialmente por Matson lo rodearon, pero todo intento por avanzar los ponía en riesgo: Raúl había escogido sabiamente su escondite, con un campo despejado en semicírculo, lo cual hacía suicida cualquier intento de aproximación. Un mig apareció veinte minutos después, disparando desde media milla de distancia. La misma aeronave arrasó el campamento y se mantuvo dando vueltas hasta que cuatro unidades de infantería se acercaron al lugar y recogieron a estresado agente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Fue ascendido a capitán, recibió la Orden de Lenin, la medalla a los héroes de la Unión Soviética y estrechó la mano del mismísimo Yury Andropov. Era un inmigrante convertido en héroe de la &lt;i style=""&gt;rodina&lt;/i&gt;. Andropov lo llamó “ejemplo para la juventud”. Un ejemplo mantenido en secreto, claro, hasta que Oleg Gordievski logró salir de Rusia y le habló de él a los británicos. Fue así como Dick Matson llegaría a enterarse de quién era el hombre que le había fracturado dos costillas y había hecho pedazos su campamento. Planeó vengarse, tal vez rompiéndole el cuello en alguna ciudad de Medio Oriente, pero las cosas tuvieron otro desarrollo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El KGB fue desarticulado y sus hombres echados a la calle. En el mejor de los casos se hicieron políticos, en el peor taxistas, y algunos aprovecharon lo que sabían para transformarse en mafiosos. Raúl se vio de pronto sin su uniforme de oficial, sentado en una oficina helada en Yasenevo, tomando un té despreciable y viendo a su mujer e hijos alimentándose precariamente. Sin embargo no abandonó su puesto, no sabía hacer otra cosa y no quería volver a su país.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;A finales de la década del noventa, Dick Matson entró a un restaurante de Plaza Verbano, en Roma, con el ánimo de comer algo de pasta y beber algo de vino sin tener que pagar la fortuna que le cobraban en el hotel donde se hospedaba. Andaba, por esos días, buscando trabajo como asesor militar; no había pasado un mes desde que abandonase el servicio activo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pidió la carta y empezó a titubear; no venía en plan de turista y sus gastos aumentarían gradualmente a cada fracción de segundo que estuviese sin hacerse a un contrato. De pronto levantó la vista para llamar al camarero: estaba aprendiendo italiano por correo pero los nombres de los platos aún se le complicaban; entonces fue que lo vio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Estaba más viejo, pero su pelo tenía un corte impecable y, a diferencia de la última vez, estaba perfectamente rasurado. Llevaba una chaqueta, una camisa y una corbata que llenaron de envidia a Dick, quien estaba acostumbrado a vestir de uniforme y no estaba al corriente de la moda italiana. Al verlo además pedir con tanta seguridad una botella de quién sabe qué cosa, sintió deseos de estrangularlo. Pero se calmó a tiempo. Sus contactos en la CIA le habían dicho que ahora vivía encerrado en una oficina de análisis y que los ingresos de esta clase de empleados no dan ni para mantener un coche. ¿Había desertado? Matson fue directamente a resolver su duda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Raúl quedó momentáneamente congelado al ver a Dick. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Buenos días capitán Raúl Pavlovich. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;—Buenos días señor —contestó Raúl en español, su inglés era elemental, pero por suerte, Dick se dirigió a él durante el resto del almuerzo en español.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;El encuentro se desarrolló civilizadamente; no podía haber verdadera concordia entre estos dos hombres, pero seguían considerándose a sí mismos caballeros. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Strogov le contó a Matson que había abandonado Rusia finalmente; había llevado a su familia a Marsella —su mujer, Olga, tenía parientes allí— y él se había convertido en asesor privado de inteligencia y seguridad para compañías europeas. Sin ambages le confesó que muchos de sus “patrones” en realidad lo contrataban para hacer labores de espionaje y, en uno que otro caso, patearle los bajos a algún infeliz. Ganaba bien y sus hijos irían a la universidad en vez de ser recolectores de patatas, como habían sido los padres de Olga, o políticos corruptos, como su propio padre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Al terminar Raúl insistió en pagar el almuerzo y luego invitó a Dick a fumarse unos habanos mientras paseaban un rato. Atardecía y el ambiente entre los dos hombres se fue relajando. Strogov lamentó haber matado al muchacho, pero no el haber llamado el ataque aéreo; era una guerra y el defendía su país. Luego le contó apartes de su propia vida y porqué había abrazado la causa del comunismo. Dick a su vez le explicó, sin detalles comprometedores, por qué había dejado las fuerzas especiales. Ahora buscaba empleo, pero no sabía dónde; en América mucha gente lo conocía y a él no le agradaban los mercenarios. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Antes de separarse Raúl le dio el nombre de una compañía en París que empleaba ex miembros de unidades élite para revisiones de seguridad en países donde funcionaban oleoductos privados. La compañía, una aseguradora, vendía pólizas contra terrorismo y secuestro a aquellas empresas y empleados que estaban bien protegidos. Ese fue el primer empleo que obtuvo Matson como civil en toda su vida. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt;"&gt;Pasaron los años, el 11-S, la empresa se hizo asquerosamente rica y promovió a Dick Matson a supervisor global. Una mañana al levantarse, contaba Dick, descubrió que apen