Friday, June 19, 2009

10. Pieza clavada

Franklin se estableció en un motel del oeste de Washington. El último contacto con la ARE lo puso al corriente de la situación: capturar al francotirador era perentorio. La solidez del estado, entendía Franklin tumbado en su cama, estaba meciéndose tras el ataque terrorista. Colombia, que nunca había tenido un elemento de unidad más que la fe pública, tenía ahora en su súper presidente, infalible y honesto, y un gobierno al servicio de las necesidades de cada ciudadano, el elemento que permitía amalgamar todas las pasiones, todas las almas. Eran pensamientos de insomne, le dijo luego a Federico, pero le llenaban de temor. Todo lo que sabía de Colombia, antes de trasladarse a vivir allí, era sobre la violencia: bombas, combates, personas despedazadas, o desaparecidas y nunca encontradas. Una guerra sin frentes ni trincheras, de todos contra todos. Eso había terminado; Vargas acabó con ello, de eso estaba segura la nación, y si alguien atacaba a aquel magnífico estadista, es porque algo andaba mal.

Pero lo que llenaba de pánico a los colombianos no era saber que alguien andaba por ahí con malas intenciones, sino no poder decir con certeza quién, de dónde venía, por qué ahora. Y las sospechas, así lo parecían entender los cuatro agentes de la ARE, destruían incluso las mejores relaciones.

Temprano esa mañana, Molina se comunicó a su cuarto y lo citó para reunirse con él unas horas más tarde en Arlington Memorial.

Alrededor del monumento a los caídos en Iwo Jima, los dos antiguos trabajadores de la CIA dieron vueltas, comiendo tacos de un puesto ambulante y sosteniendo una conversación sin mirarse a la cara, pendientes todo el tiempo de los pocos paseantes cercanos a ese parque en aquella mañana tan fría:

—Tienen suerte —dijo Robert Molina al terminar su taco y arrojarlo en un cesto de basura—, puedo conseguir imágenes del diez de marzo y supongo que ustedes podrán encontrar el lugar desde donde se disparó el arma.
—Gracias, es mucho más de lo que esperaba.
—¿Realmente les va a servir de algo?
—Veremos.
—Sí, verán, pero que nadie más lo haga, ¿entiende? Esto sale de aquí pero ni se les pase por la cabeza emplearlo como evidencia contra nadie.
—No somos policías —respondió Franklin deteniéndose en el mismo lugar donde habían empezado a caminar. Se cubrió la boca como si estuviera meditando y dijo—: ¿dónde puedo recoger el material?
—Se lo dejé en la recepción del hotel donde se está hospedando. La contraseña para ingresar a los datos del disco es el nombre que le asignamos a Noriega.

Franklin sonrió, por el recuerdo o por el sobrenombre que entonces la CIA le tenía asignado al dictador panameño; como sea se alejó del lugar sin despedirse; Molina tomó el camino opuesto. El agente de la ARE llegó a su hotel quince minutos más tarde y tras encerrarse en su cuarto, con el sobre lacrado ya metido bajo su camisa, metió la ropa como pudo en su maleta, pidió un taxi para que lo recogiese a dos calles de distancia, frente a una tienda de abarrotes donde durante años hizo las compras de casa, pagó la cuenta añadiendo quince dólares de más y se apresuró como si huyera de la escena de un crimen. Quizá un comportamiento un tanto excéntrico, pero no dio muestras en algún momento de ser culpable de algo. De hecho, Franklin sabía que si fuera un verdadero agente de campo tendría que comportarse de otro modo al sacar una información delicada fuera del país. La diferencia consistía aquí que ignoraba los alcances de la oposición.

En la tienda compró un videojuego para computadora, arrojó el disco a la basura y lo reemplazo por los datos proporcionados por Molina. El oficial de aduanas no comentó nada al respecto cuando vio la caja de Chessmaster 4.000


Elizabeth le sirvió un café a Federico, estaban solos y escuchaban música mientras miraban por la ventana cómo un sol blanquecino palidecía la ciudad. No conversaban; habían decidido mantenerse en la oficina esperando, o bien nuevas órdenes de Max Cohen o información por parte de Franklin, de cuyo vuelo no tenían dato alguno. Danilo se había marchado una hora atrás; recibió una llamada a su teléfono móvil y pidió permiso para salir, pero sin jefe ahora, dar o pedir tal permiso resultaba una tontería, así lo vieron los tres agentes, se rieron en el momento, pero de momento Federico estaba molesto: caminaba de un lado al otro sin dejar de mirar por la ventana, a la nada realmente, intranquilo y tensionado. Elizabeth lo miraba recostada contra una columna. Durante un tiempo intercambiaron algunas frases: “¿Le ocurre algo?” preguntaba ella, “no, nada” respondía él. “Lo noto tenso”, decía Elizabeth; “pues son impresiones suyas” respondía Federico.

Con el café tal vez pensó ella que se calmaría, pero la rutina del breve paseo de un punto al otro de la ventana no terminaba. Elizabeth intentó de nuevo iniciar un diálogo:

—Usted sí cree que esa información que nos va a traer sirva de algo.
Federico se detuvo en seco.
—Y si pensó que estaba perdiendo el tiempo por qué no lo dijo —la mirada de Federico resolvió cualquier duda sobre el estado de ánimo del agente: ojos duros, frente constreñida.
—A lo que me refería es a la utilidad que le podemos dar en una futura estrategia para atrapar al sospechoso.
—Bueno eso sí no lo sé. Tocará esperar a ver, ¿no cree?
Elizabeth fue a la cocina a dejar su taza, desde allá preguntó en el tono más informal:
—Y antes de que esto pasara, ¿qué plan tenían para enfrentar algo así?

Federico finalmente se detuvo; soltó en una exhalación la mitad de la tensión que lo consumía y, viendo la taza vacía, se dirigió a la cocina. Elizabeth, con los brazos cruzados, esperaba una respuesta.

—No había plan —en la pausa llenó de nuevo su taza de café y sorbió ruidosamente al beber—. Se supone que esto no iba a pasar nunca. De pasar sería porque nos habríamos dormido y simplemente uno no se podía dormir en esto; si lo hacía, pues listo, se acabó. No teníamos un escenario como “oiga, tal vez le disparen al presidente y se salve y tenemos que atrapar al culpable”. Si hubieran matado a Vargas, o a quien quiera que fuera el presidente se cerraba la ARE. Así que una cosa como está… simplemente… fuera de lugar.


No hablaron mucho; al caer la noche el silencio se incrementó hasta dejar oír todos los sonidos de la congestionada Avenida Séptima. Elizabeth y Federico emplearon esas horas en navegar por Internet, aunque cada uno ignoraba lo que el otro hacía. La llamada de Franklin, pasadas las siete de la noche, los despertó de su aislamiento; ordenaron una pizza al servicio de comidas de la torre y trataron de decidir qué hacer con las imágenes.

—Definitivamente no podemos dejar que nadie las vea —afirmó Federico.
—Pero en algún momento las vamos a tener que mostrar —aseguró Elizabeth.
—Pero es que esa información pertenece a Frank; si él decide que la puede dejar ver por otras agencias, correcto, liberamos esa información. De otro modo no.
—¿Son imágenes?
—Qué más pueden ser.
—No sé: interceptación de llamadas, correos electrónicos…

Resonó el timbre de la puerta. Federico prácticamente dio un brinco sobre la recepción y encendió la pantalla para ver quién venía por el pasillo. No había un timbre como tal que pudiera ser presionado, sino que el detector de movimiento disparaba un ulular agudo en todo el centro del recibidor. Era Danilo. Recordando con cierto esfuerzo los códigos, Federico retiró los seguros de la puerta, acción que le tomó ocho minutos.

—La ciudad está una mierda. No están dejando pasar a nadie por la del Dorado sin aguantarse ¡cuatro retenes!
—Franklin llamó. Ya está por llegar —dijo Elizabeth.
—No, si es que él me llamó del aeropuerto; lo tienen retenido con otros gringos.

A pesar del tiempo que llevaba en Colombia, su ascendencia y cargo, Franklin seguía siendo ante todo estadounidense.

—Llamemos a la policía aeroportuaria —sugirió Elizabeth y de inmediato se lanzó al teléfono. Federico la detuvo al instante:
—Tengamos paciencia.

Y esperaron. A Franklin le tomó casi tres horas llegar a la oficina, tiempo en el cual comieron y escucharon las pocas cosas interesantes que Danilo tenía por narrar: estuvo con algunos amigos retirados de la Armada, comentando lo sucedido con el Presidente y atento a cualquier dato, rumor, o afirmación sospechosa. Elizabeth a ello no comentó nada, pero se levantó a mitad de la charla a fumar en la cocina, evidenciando el poco interés que le suscitaba el recuento de una tarde tan improductiva.

Franklin descargó sus maletas, sus noventa kilos de peso y rechazó de plano la pizza de pollo y champiñones; deseaba una cerveza, pero a esa hora era imposible conseguir una. Se aflojó entonces la corbata del todo, sacó la caja del videojuego y se la arrojó a Federico:

—Ojala haya algo ahí de verdadero valor para nuestras indagaciones.

Al instante Federico, Elizabeth y Danilo fueron a la computadora. Franklin debió decirles la contraseña aunque de seguro pasó por alto mencionar a qué hacía referencia la palabra “pineapple”. Al instante el programa se ejecutó: era un video de vigilancia satelital, en total tres horas grabadas a baja definición, y únicamente en un área que durante los primeros treinta minutos los agentes no pudieron identificar; todo eran manchas grises, saltos de la pantalla, y de cuando en cuando un vehículo que revelaba la presencia de una calle. Pero durante esa primera media hora no se revelaba nada valioso. Federico y Danilo, acostumbrados a labores de vigilancia, miraban la pantalla con la misma atención que le dedicarían a un aceptablemente entretenido programa de televisión; Elizabeth, por otra parte, aguantó acaso unos ocho minutos antes de pararse, estirarse, sentarse de nuevo, revisar sus uñas, frotarse el pie derecho durante un rato y bostezar repetidas veces. Franklin tampoco demostró mayor interés.

Al minuto treinta y siete de filmación el foco de la cámara se desplaza rápidamente por varias manzanas. Allí descubrieron los agentes que la resolución de la cámara era alta pero que las imágenes estaban en tonos grises debido a que esta era una vigilancia con lente térmico. Por unos minutos no hubo más que una gran franja gris plomo en la pantalla, hasta que una forma evidentemente humana de color blanco aparecía junto a un cuadro de tono oscuro. El hombre se ocupaba de guardar algo en su mochila y segundos después corrió hasta alcanzar una motocicleta tendida en una zanja.

Minuto treinta y ocho: cruza entre materiales de construcción apilados, tuberías y cubos compuestos por ladrillos de bloque. Alcanza un sendero en mejores condiciones que la arenosa superficie llena de fragmentos de grava y levanta diminutas nubes de polvo dejando una estela totalmente recta.

Minuto treinta y nueve. Salta la cerca que limita la zona de construcción y se introduce por un callejón de la zona industrial. A su lado hay camiones estacionados pero no gente al parecer. En ningún momento aceleró más de lo debido —al menos esa era la impresión que daba a juzgar por el desplazamiento en dirección contraria de todo lo que lo rodeaba—, y en esas primeras calles no parecía haber testigos, o elementos suficientes como para indicar qué calles recorría. Las obras del antiguo sector de Patio Bonito cubrían varios kilómetros, lo que haría un reto encontrar aquella salida, determinar la dirección tomada y buscar allí cámaras de vigilancia.

La cámara siguió al hombre en moto otros dos kilómetros hasta una avenida más amplia, entonces los cuatro agentes se acercaron a la pantalla listos a encontrar cualquier detalle que permitiese reconocer el lugar. Al minuto cuarenta y cinco Federico aseguró que aquella era la Avenida Chile; no estaba seguro pero creyó reconocer las fachadas de un par de edificios. Pasada la primera hora los agentes estaban de acuerdo sobre la avenida, pero la moto seguía avanzando sin que nada la detuviese.

Una hora y cuarenta minutos más de imágenes. A ratos, cuando algo en la pantalla delataba la posición del terrorista —los cuatro estaban de acuerdo sobre quién era aquel hombre—, alguno mencionaba el nombre de la calle. En tal sentido Elizabeth resultaba más eficiente, mencionando los números calle por calle. Faltando cuatro minutos para que el video llegara a su fin el terrorista se detuvo, condujo su moto hasta un estacionamiento y luego atravesó una calle para entrar en un almacén de ropa. La imagen apuntó a la puerta por un minuto y diez segundos más antes de apagarse del todo.

El almacén de cadena pertenecía a un centro comercial en el sector de Galerías. Federico le devolvió el video a Franklin y le sugirió guardarlo en la caja fuerte. Luego todos se pusieron de pie y decidieron que haría cada uno al día siguiente.


A las ocho de la mañana del día quince de marzo los agentes de la ARE vieron por primera vez la cara del francotirador que había intentado asesinar al presidente de Colombia. Desde ese momento entrarían en una cuenta regresiva de horas para ponerlo bajo arresto y confirmarle al país que la nación seguía siendo un lugar seguro.

Saturday, April 25, 2009

9. Pieza amenazada

Trece de marzo. En la oscuridad del amanecer, Franklin caminó seis calles hasta que encontró un taxi que lo depositó en Rose Hill, al sur de Washington. En la calle por la que se introdujo Franklin empezaban a retoñar los cerezos, olía a humedad fría y los autos aparcados en las entradas tenían sus ventanas veteadas de escarcha. Habían autos sedán y convertibles franceses, italianos y belgas; ninguno mayor de tres años. Un vecindario para los burócratas con dinero. En el 11406 pulsó el timbre unas cuatro veces y al final apareció una rubia de cuarenta y tantos años con el pelo húmedo y cubierta con una bata hurtada al hotel Plaza de Nueva York.

—Molina —dijo Franklin sin saludar.

La rubia, sin abrir la boca, le franqueó el paso pero le pidió el favor de que limpiase sus zapatos en el tapete de la entrada. La casa, que por fuera daba la impresión de ser una pequeña mansión de tejados puntiagudos, muchas ventanas, puerta de caoba y aldabón dorado, por dentro denotaba los estragos causados por el tiempo y una vida hogareña no del todo palaciega: tapetes desgastados, libros fuera de lugar, juguetes esparcidos por la sala, una niña a medio vestir que lo miraba fijamente tras una puerta entreabierta y una anciana en caminador que parecía hacer un verdadero esfuerzo por llegar a una caótica y estrecha cocina situada en un extremo desde donde empezaba un desfile de ropa húmeda que llegaba hasta los muebles del comedor. Tras cerrar la puerta la rubia se inclinó hacia el piso, a los pies de Franklin, allí gateaba un bebé de ojos azules. Tras levantarlo la mujer señaló las escaleras:

—Segundo piso, puerta del fondo.

Como cruzar un portal entre dos mundos, así era subir esa escalera de caracol; donde terminaba el suelo cubierto por la basta y reseca alfombra y empezaba un suelo de madera lustrada tan suave como la superficie de un violín. Los ruidos del hogar que despierta dieron paso, tras el séptimo escalón, a un concierto para piano y clavicémbalo. La puerta del cuarto del fondo estaba abierta, y la luz de la mañana, pálida nívea, bañaba a un hombre encorvado en un escritorio minimalista. Franklin tocó suavemente y Molina alzó la vista por encima de sus gafas.

Huérfano y formado a pulso, Robert Molina había logrado entrar a Princeton cuando aún esta institución se negaba a aceptar negros, no como política oficial, sino por decisión interna de sus oscuros directivos. Descendiente de panameños, nunca fue bien visto por sus estirados compañeros, pero desde el principio de su carrera se ganó el respeto de sus maestros. Con una mente privilegiada, pasó del derecho a la física, de ahí a la Historia de Occidente y luego a maestrías en idiomas y el estudio de conflictos en Latinoamérica; estudios pagados de su bolsillo y de la entonces generosa chequera de la CIA.

—Siéntate chico —dijo Robert señalando una silla ocupada por una torre de ensayos con empastes amarillos—. ¿Ya te ofrecieron café allá abajo?

Nadie sabía cuándo entró a trabajar para la Compañía; sus registros fueron borrados y quienes le vieron llegar ya estaban jubilados o muertos. Había trabajado para Allen Dulles y a su servicio se transformó en el mayor estratega de la agencia para el Hemisferio Sur. En su carrera, admitía, había cometido varios errores, pero no se lamentaba por lo que había hecho ni por las políticas que, en parte debido a él, empleó la Unión para luchar contra el comunismo en Centro y Sur América.

—Creo que… ¿Silvie? Estaba algo ocupada, y no quise molestarla.

Como otros tantos espiócratas, había tenido más de una mujer; tres en su caso y todas del Distrito de Columbia. Su verdadera vida fue en los corredores de la agencia, primero en el corazón de Washington y más tarde entre los bosques de Virginia. Se retiró a mediados de los noventa por orden expresa de Tenet quien, tras encontrarlo rodeado de sus innumerables medicamentos, ordenó hacer una ceremonia en su honor, darle una pensión y una casa en Rose Hill. Desde entonces Molina daba conferencias para la hermandad de servicios secretos y clases en Georgetown.

—Esa zorra… En todo caso, es un gusto verte, chico. Escuché que estabas en cierta clase de club de policías en tu país natal.

Ese espacio allí en la segunda planta de su casa era el reflejo exacto del despacho que había tenido en el tercer piso del bloque 2 en Langley. Las paredes llenas de recortes de prensa; cajas de cartón para documentos marcadas con siglas nombres de países, la inevitable bandera, una foto de Andreas Kelly autografiada en la pared izquierda y la Declaración de Independencia en la otra, cincuenta lápices bien afilados sobre el escritorio y un pequeño librero con la Biblia, la Constitución, Ulysses de Joyce y un volumen de poemas de Emily Dickinson.

—Nada tan elegante; es una empresa de análisis en seguridad para los jefazos del estado mayor. Analizamos seguridad y si hay algo mal les decimos. De seguro ya escuchaste lo que pasó hace un par de días con Vargas.

Cuando Franklin Villareal entró en la CIA, Molina se convirtió, si bien no en su jefe —recordemos que el primero era de Operaciones y el segundo de Análisis— si se transformó en un guía y un maestro que lo salvó en más de una ocasión de caer en los pozos sin fondo del tenebroso mundo del espionaje. En una época donde muchos terminaban despedidos o relegados al pasillo de Archivos por cometer errores de juicio, dormirse en vigilancia, o dispararse en el pie, Franklin tuvo la continua asistencia de Molina, trasformándose este casi en un padre adoptivo.

—Vargas. Muchos por este pueblo quisieran muerto a ese bastardo; pero ese bastardo tiene pelotas y no es nada tonto y no se dejará joder por el señor presidente.

Tras el asunto en Bolivia, Franklin pasó al equipo de análisis de Molina. Juntos trabajaron por casi diez años sobre una mesa de tres por tres, analizando fotos y estableciendo conexiones entre los nombres que arrojaba cada semana el teletipo. El trabajo de la unidad permitió crear la fuerza de tareas encargada de coordinar la ayuda a los Contra en Nicaragua. Cuando el asunto se ventiló a la luz pública la oficina fue cerrada; Franklin enviado a Archivo y Molina empezó a escuchar a sus superiores decir que “the old shelf” estaba para tirar a la calle, o a un hogar de ancianos.

—Ahora me pregunto cuántos por ahí lo estarán pensando en serio. Hay mucha gente preocupada en el gobierno de Colombia y no faltarán los halcones que miren en esta dirección.

La relación como compañeros de trabajó terminó, pero no así la amistad, la cual mantuvieron mediante correo y llamadas telefónicas. Desde que Franklin había ingresado a la ARE se había comunicado dos veces con Molina para solicitarle ayuda teórica en casos complicados; en ambas ocasiones siempre se comunicó con él mediante correo electrónico en el que lo llamaba “querido profesor” y se despedía firmando “su agradecido alumno”. Entonces, que se presentara al despuntar un día cualquiera de marzo, con la camisa arrugada y el rostro sin afeitar, solo podía indicar que buscaba asesoría, e incluso, información.

—Lo que has venido a averiguar es si la Compañía tiene algún interés en la muerte de Vargas. Relájate, porque no lo tienen. Verás, el presidente Kelly podrá ser el hijo de un campesino sin modales, pero es honesto; es posiblemente el tipo más limpio en Washington, de lejos. Ahora, la política oficial del Senado es otra: quieren quemar la imagen de Vargas, y quieren quemarlo lo suficiente como para que cada hombre, mujer y niño escupan su foto cuando la vuelvan a ver en Time.

—¿Qué hay del doctor Staunton? ¿Aprobaría una acción encubierta debajo de cuerda?

—¿Staunton? ¿Es un chiste? Cielos, si veo a alguien dirigiendo a los demócratas en cuatro años será a él. Jesús, era el juez predilecto de Frank Beuler; juegan al golf y todo eso, quiero decir. Staunton es de los que cree en la tecnocracia y por eso no me agrada, pero ni siquiera consideraría atacar a Vargas o a ningún otro jefe de estado. Al menos no se comprometería con ello.

—¿Qué hay de grupos derechistas? Radicales y eso.

—Espera, espera, espera —fue diciendo Molina mientras se ponía en pie. Le costaba tanto esfuerzo enderezarse y caminar, que por momentos parecía un castillo de naipes ambulante, siempre listo a deshacerse tras cada paso dado. En una larga mesa del fondo, entre sus múltiples trofeos de natación —así llegó a Princeton, nadando como un cetáceo— había una vieja cafetera eléctrica, uno de los primeros modelos de Oster de este tipo de máquina. De seguro en algún extremo decía aún “propiedad de la CIA”, pero en América tomar algo de la oficina al momento del retiro hace parte del acervo cultural—. ¿Estas considerando… verdaderamente están ustedes considerando la posibilidad de que los Estados Unidos esté envuelto en un complot para matar a su presidente?

—Te lo dije, hay mucha gente preocupada en Bogotá.

—¡Diablos no!

Tras su atronadora exclamación soltó la taza en la que pretendía servir café, esta era de metal y solo produjo un ruido leve al chocar con la mullida alfombra persa. Molina respiraba rápidamente, pero regresó a la normalidad tras pasar algo de saliva. Dejó la cafetera en su lugar, pero para ese instante ya Franklin recogía la taza y se encargaba de servir la bebida.

—Cielos, chico, lo siento —dijo lentamente. Franklin puso una taza llena de café humeante y muy dulce frente a él—. Gracias. Cielos, demonios, sabes que amo a este país. Le serví por casi cuarenta y cinco años, más que ninguna otra persona. Y durante todos esos años tuve que ver como los medios y los vagos malinterpretaban todo lo que hacíamos. Basura. Es tan fácil juzgar cuando estás viendo un libro de Historia; ¿pero dónde estaban todos ellos cuando las cosas pasaban? Tú sabes a lo que me estoy refiriendo. Cuántas veces vimos pasar frente a nosotros esos asuntos asquerosos, esas muertes, esos regímenes terribles, sabiendo al mismo tiempo que no podíamos hacer nada, ¿ah?

—Sí, sé a lo que te refieres.

—Mírame aquí, tratando de llevar un hogar y una vida. Soy un fracaso en eso, pero mi carrera y mi servicio a la patria nunca lo dejé. Aún conozco gente en los servicios secretos; gente que conoce gente y así y así. Tal vez pueda ayudarte a saber quién quiere muerto a tu presidente. No me gusta el tipo, no te mentiré, pero yo no creo que esta clase de cosas deban hacerse; él tiene su oportunidad de hacer las cosas a su forma, o si no que el pueblo de Colombia lo juzgue. Parte de tener tanto poder significa el compromiso a hacer las cosas bien cuando pueden hacerse. Cada día que llegaba a trabajar pensaba en eso; miraba los mapas en la mesa y pensaba, “¿qué está pasando allí que yo pueda resolver?”; solo unas pocas veces me llegó la respuesta, y menos veces aún pude hacer algo. Pero esta vez, me toca, supongo.

—Gracias, Bob —respondió Franklin simplemente, y se quedaron en silencio, bebiéndose su café y mirando un viejo globo terráqueo suspendido del techo mediante un hilo casi invisible.


Mientras Franklin abandonaba la casa de Robert Molina, los tres agentes de la ARE tenían su reunión, la primera con la presencia de Elizabeth Betancur. Allí estaba Max Cohen, ocupando de nuevo el escritorio sagrado del difunto Ever Ríos; pasaba las carpetas ante sus ojos mirándolas de lejos, dejando resbalar las pupilas de un extremo a otro del papel; o era un lector muy veloz o buscaba algo que parecía no encontrar en ninguno de los tres informes. Terminada la revisión ordenó las carpetas y miró a sus trabajadores con sacerdotal resignación:

—¿Esto es todo?

Esto puso en tensión a Elizabeth; Federico soltó un suspiro y Danilo, en medio, miró a sus compañeros esperando sus reacciones. Este fue el primero dar contestación:

—Bueno han sido veinticuatro horas…

—¿Y las primeras veinticuatro horas son? —cuestionamiento retórico que Elizabeth respondió al instante:

—Son las últimas veinticuatro horas.

—Franklin podría haber conseguido algo —intervino defensivamente Federico— mientras Elizabeth terminaba de declamar las últimas tres sílabas—. Está en Washington y tiene ahí unos buenos contactos; se sabe mover y todo eso. —Pareció notar que se aproximaba una réplica por parte de Cohen, así que, acelerando su explicación, agregó— Ya sé que va a parecer contrario al procedimiento, o a la lógica, estar buscando a los culpables tan lejos de donde pasaron las cosas. Pero le pido, doctor, que le demos a Franklin un compás de espera antes de declarar que esta agencia no ha hecho mayor cosa.

—Yo no dije eso, Federico.

—Pero con su tono lo dejó clarísimo.

—A ver —Max se reclinó en la silla y su expresión de cura párroco se transformó en la adusta mueca del juez que añade el comentario moral al juicio—. Yo quiero que entiendan, por un lado, las presiones a las que estoy sometido, y segundo que entiendan la necesidad que tenemos de proactividad, de encontrar resultados y de aclarar las cosas. Más que todo de aclarar las cosas. Yo me tengo que presentar todos los días en la Casa de Nariño y ¿qué les voy a llevar? ¿Tres carpetas como estas, una además con errores de ortografía?

Danilo se pasó una mano por la nuca y bajó la vista hasta las puntas de sus zapatos.

—Entiendan bien la vaina: necesitamos decirle al señor Presidente y a sus perros amaestrados qué pasó, qué vamos a hacer, y cómo lo vamos a hacer. Y yo necesito un plan de acción.

Elizabeth se puso en pie, sus compañeros la miraron no sin cierto sobresalto.

—Dígales que tenemos un perfil del atacante y que las pesquisas para encontrarlo ya están por buen camino.

—¡Genial, buenísimo! Qué dicha escuchar esas palabras. Señorita me encantaría que viniera conmigo a Palacio y le diga exactamente eso a la gente con la que me tengo que reunir.

—No es necesario el sarcasmo.

—Es que yo no estoy siendo sarcástico. Usted tiene bonita voz, parece estar muy segura de lo que dice y, además, eso es lo que quieren oír; que se están haciendo vainas.

—Dígales además que podemos coordinar la captura del sospechoso y, si no ha salido de la ciudad, tenerlo cercado en las próximas veinticuatro horas.

—Pero añada —dijo Federico levantándose igualmente— que no hemos descartado la presencia de filtraciones dentro del gobierno, así que todo de aquí en adelante está en manos nuestras, que necesitamos acceso a todas las fuerzas del orden, pero hasta no tener bajo custodia al terrorista no vamos a hacer declaraciones.

Máximo Cohen se pasaba un dedo bajo la mandíbula sin quitar la vista de sus dos agentes. Meditaba, sin duda, tal vez no tanto en la validez de estos argumentos sino en los detalles que debía añadir a estos para consolidar su discurso ante el jefe y los otros. Como hombre de aguda retórica, terminó la concepción de su alegato en cuarenta segundos, dejó la pose y, acomodándose el ajustado chaleco y la corbata fija bajo este, se fue levantando mientras se despedía:

—Aunque les diga todo eso van a querer estar pendientes del asunto. Pero más vale que Franklin nos traiga algo bueno o estas próximas veinticuatro horas van a ser un desperdicio. Si logro convencer con lo que ustedes dicen a Vargas, vamos a tener tanto discreción con el asunto como la cooperación de las demás instituciones, y, si realmente el tipo no ha salido de la ciudad y la estrategia funciona, tal vez, quién sabe, demos con él.

Max Cohen dejó la oficina no mucho tiempo después, pero los agentes de la ARE optaron por planear su propia estrategia para atrapar al atacante, o al menos su identidad.

Tuesday, January 20, 2009

8. Defensa.


Elizabeth recibió un arma, una identificación, y una clave para el sistema de computadoras. A altas horas de la noche del once de marzo terminó la primera reunión con la nueva miembro de la ARE. Se le explicó el plan a seguir; ella debía regresar con la Policía y averiguar todo lo que estos supieran sobre la forma en como había sido ejecutado el atentado. Un agente del DAS había muerto también durante el atentado y los forenses podrían tener una idea más clara de quién había sido su verdugo. Danilo iría a inteligencia militar y Franklin tomaría el primer vuelo a los Estados Unidos.

Mientras cenaban, la noche del catorce, una pizza vegetariana y coca cola, llegaron a las siguientes conclusiones:

1. Era muy importante averiguar el origen y el recorrido del arma.
2. Monitorear la actividad de antiguos mercenarios que hubiesen ya trabajado en Colombia.
3. Hallar algún rastro, cualquiera, de comunicaciones sospechosas, o planes para acabar con la vida del Presidente actual o anterior.


A las seis de la mañana Franklin abordó el avión de American con destino a Atlanta. Danilo el Avianca directo a Cartagena. Elizabeth su automóvil hacia los cuarteles generales de la Policía Nacional, y Federico al de la DNE.

La Dirección Nacional de Estudios está ubicada entre las avenidas El Dorado y 68. Es un edificio de concreto con vidrios de seguridad y un amplio perímetro electrificado y vigilado por más de treinta cámaras. El acceso allí está muy restringido, aún para miembros del ejecutivo, pero en el caso de Federico, bastó su identificación como agente de la ARE, pero debió entregar su arma para poder seguir dentro. Lo primero que impresiona al visitante es lo joven que es el personal allí: la mayoría son muchachos y muchachas que no pasan de los veinticinco; todos ataviados de trajes médicos grises y zapatos de lona. El resto son los “profesionales”, agentes o analistas con algún rango que les permite vestir de zapatos de cuero y corbata a la moda. Estos rara vez se mueven de sus despachos, a menos que sea la hora de almorzar o se les requiera en algún otro lugar del complejo. Por último hay hombres vestidos rigurosamente de negro parados en los extremos de los corredores con la quietud propia de la guardia suiza del Vaticano. Son los únicos que portan armas; las temibles A-777 que pueden atravesar el pecho de un hombre de lado a lado sin perder su trayectoria. Hay además un elemento que siempre resulta divertido y que ha despertado la imaginación de muchos por fuera de las rejas de aquel lugar: los robots. Son unidades en forma de tonel de cerca de un metro de altura con cámaras giratorias en sus costados; se pasean por los corredores, baños y cualquier lugar abierto como si fuesen curiosas mascotas. Cuando fueron introducidos, un año y medio atrás, se decía que eran capaces de liberar humo o dispararle a los intrusos. La verdad es que aquellos tambores con ruedas están programados para ubicar y señalar cualquier cosa fuera de lugar: una línea de electricidad que se calienta demasiado, una luz que parpadea, un escape de agua en un lavabo, o incluso un empleado fumando; se envía una señal al piso de vigilancia y esta se comunica con los encargados de ponerle fin al problema.

Cualquiera podía sentirse allí como en una nave espacial: con temperatura controlada, jóvenes vestidos de gris, soldados de negro y robots paseantes, el cuartel general de la DNE agradaba o inquietaba a sus pocos visitantes, dependiendo de lo impresionables que fuesen. Federico se acercó a la recepción y allí un viejo guardia de ojos cansados le preguntó que deseaba.

—Me dirijo a ver al subdirector de S2.

El guardián de la puerta no preguntó si tenía cita o no, tal cosa no existe en la DNE; si alguien está allí parado es porque debía estar allí. El viejo levantó una mano y llamó a una muchacha pelirroja. Solícita se acercó corriendo y escuchó la breve orden:

—Este hombre va a donde al uno de S2.
—Uno de S2 —repitió la chica, enseñó su espalda y empezó a caminar hacia las escaleras que conducían al segundo piso. Sin nada que añadir, el portero dirigió su vista de nuevo hacia la computadora.

Federico siguió la chica sin preguntarle nada; era bastante bonita pero acaso tendría diecinueve años. La DNE no recibe aspirantes ni currículos; busca y recluta al personal que requiera, desde aquellos muchachos hasta su director, elección esta última que está en manos del Presidente. Los chicos eran escogidos de entre los mejores bachilleres de Colombia, de acuerdo al puntaje del examen ICFES, una prueba obligatoria para todo colombiano que aspire a cursar estudios superiores. Los agentes de reclutamiento revisan el historial de los chicos, les hacen una entrevista en casa, se les hace un nuevo examen para medir su coeficiente intelectual, pasan tres pruebas de polígrafo, dos con psicólogos y finalmente son llevados a un curso de inducción que toma una semana.

Ya dentro del cuartel general se les indica que allí están al servicio de todo el mundo. Desde limpiar oficinas hasta llevar recados o sacar copias, ya que hasta cierto grado de antigüedad no se le permite a los analistas sacar copias solos. Posiblemente esa es una de las tareas más importantes de los “mini espías” como se les llama jocosamente a los muchachos de overol gris: ser testigos de todo y vigilar que nadie hiciese nada sospechoso. Si alguien se metía demasiado tiempo en el baño alguno terminaría acercándose a averiguar qué ocurría; si un agente trabajaba por encima de su tiempo reglamentario de seguro tendría a un mini espía allí echando una mirada. Agentes y analistas parecen entender esto, pese a que no sea muy halagador, y procuran llevarse bien con los chicos, que además son muy valorados por los directivos de la agencia. Se dice que cierta vez un analista veterano trató de sobrepasarse con una muchacha, la chica puso la queja y el analista fue despedido de inmediato. A cambio de una lealtad a toda prueba, estos jóvenes reciben subsidios de hasta el ochenta por ciento sobre el costo total de su carrera, jugosos bonos sobre su salario y cartas de recomendación para asegurarles empleo una vez obtenido su título.

Tras cruzar un intrincado laberinto de divisiones y puertas, la pelirroja se detuvo al pie de una puerta marcada con las letras “UNO”.

—Uno de S2. ¿Desea algo más?
—No, muchas gracias —respondió Federico mostrando su mejor sonrisa; sin mirarle de nuevo la chica despareció entre los corredores. El agente tocó la puerta y tras escuchar una voz al fondo otorgarle el permiso de seguir entró.

Justo Cifuentes parecía más un policía de los años setenta que un ex general retirado del Ejército: abundante cabellera negra y ondulada, grandes gafas de marco negro y un bigote de cepillo que ocultaba las continuas malas palabras que formaban sus labios sin emitir ruido. Al entrar Federico el bigote se agitó convulso mientras los pequeños ojos del general retirado apuntaban al inesperado visitante. Tras cerrar la puerta, la expresión de alerta desapareció y los labios se ensancharon en una ensayada sonrisa.

—Don Federico… pláceme verlo.
—General —saludó simplemente el agente tomando asiento de inmediato.
—Aquí no me tiene que llamar general; eso es para los doblehijueputas que no les enseñaron a tener respeto a sus mayores —las manos de Cifuentes estaban manchadas de tinta. En su escritorio había cuatro esferos de diferentes colores y las carpetas con informes, fotocopias de informes y fotos formaban dos pilas a lado y lado. En la DNE nadie puede estar ocioso o corre el riesgo de ser “sapeado” por los mini espías— Cuénteme, ¿cómo para qué soy bueno?
—Alguien trató de matar a Vargas. Falló pero nuestro primer análisis muestra que es bueno; solo que uno de los hombres de seguridad se le adelantó un paso.
—“Hombre de seguridad” —remedó en voz baja Cifuentes—. ¡Mataron a Ríos! Ah, ese negro hijueputa era el tipo más valiente de este país.
—Y era mi amigo.
—Y amigo del Presidente y de todo el mundo. Cuando nos informaron a mí casi me da un patatús. Yo lo conocí brevemente pero leí todos los informes sobre él: tenía los cojones bien puestos.
—Estaba detrás de toda la seguridad de Vargas; pero el asesino pudo poner un rifle a más de un kilómetro y disparar. Hablamos de un rifle calibre .50.
—Sí, aquí nos enteramos. Cada bala de esa vaina parece un consolador.
—Debió venir de fuera. El arma. Y el matón también.
—Dio usted en el clavo, mi amigo —el general se reclinó en su silla y empezó a mascar la punta de uno de sus esferos mirando con admiración a Federico. Pronto volvió a erguirse y tomó unas veinte carpetas de su costado derecho—. Estos son los primeros reportes de estación sobre la actividad de los bandidos de las Farc.
—¿Las Farc?
—“¿Las Farc?” Claro que sí, guevón; quién más va a querer atentar contra la vida del señor Presidente.
—¿Estos son reportes de inteligencia? —Exclamó impresionado Federico mientras tomaba una carpeta que le fue arrebatada de inmediato— ¿Tenemos confirmación?
—¡Upale! —Dijo Cifuentes colocando el documento de vuelta en su lugar— A ver si aprendemos a respetar. Los de inteligencia no tiran ni meados; estos son análisis que yo mandé a hacer de acuerdo al comportamiento y las llamadas de los bandidos.
—A ver, vuelvo y pregunto: ¿hay alguna confirmación de esto? Alguna llamada, un mensaje, alguna cosa…
—Nada en concreto todavía. Pero ustedes tienen que entender que estas cosas toman tiempo. Esa gente es muy astuta y no se va a poner a decir por teléfono —levantó una bocina invisible y la sostuvo junto a su rostro—: “listo, ya mandé a fulanito para que mate al triplehijueputa de Vargas”.
—¿Entonces S1 no le ha mandado nada?
—Pues sí mandan algo —dijo el subdirector de contrainteligencia regresando a su tono calmado—, pero mire —y abrió una de las carpetas del lado derecho—: cuentas, cuentas, cuentas, cuentas —a medida en que repetía la palabra pasaba copias de largas líneas de números llenas de círculos rojos y anotaciones enrevesadas— y más cuentas. Pagan esto, deben lo otro, compran aquello. —Soltó una risotada y agregó— Vea, el mes pasado tuvieron que cerrar el Club Bolivariano de Viena; ¡estaban debiendo siete meses de arriendo! Esos pobres hijueputas no tienen ni qué comer. Al que llaman “comandante Alfredo” le tocó empezar a repartir periódicos y lavar platos en un MacDonalds —y estalló en risas, siendo acompañado, más reservadamente, por Federico, a quien la existencia crepuscular de las Farc le tenía sin cuidado. Estaba seguro que de estar ellos involucrados en un atentado contra Vargas ya todos, y sobre todo la ARE, estarían al corriente. En realidad los exiliados de las antiguas fuerzas guerrilleras se habían entregado a labores mal remuneradas, y aquellos con algo más de cerebro a producir literatura socialista y dictar cátedras en universidades de España y Francia. El Club Bolivariano era un centro de estudios sobre la problemática de tierras en las naciones de la antigua Gran Colombia: Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.

Cuando la risa se extinguió por completo, Federico tomó aire para soltar su tono más tajante:

—Hay verdaderamente la posibilidad de que un asesino profesional esté en el país con la firme resolución de matar a Vargas. Eso es lo que creemos. Ahora yo pregunto: ¿hay esta clase de personas?
—¿Asesinos a sueldo?
—Sí.
—No. Al menos no como usted se los imagina, o se los puede imaginar cualquiera, con un apartamento lujoso, y veinte pasaportes, y que viven matando presidentes por todo el mundo. La mayoría de los sicarios trabajan para bandas criminales. La época de los asesinos al servicio de los gobiernos se acabó, al menos en los países civilizados. Quién sabe como sea la vaina por allá en el África. Pero gente a la que se le llame, se le de una contraseña y pida tantos millones por matar a un presidente, no. No creo, al menos.
—¿Por qué no? Discúlpeme que joda tanto pero tengo que estar seguro.
—Ay, don Federico… Vea: supongamos que hay una persona con las habilidades suficientes como para ser un sicario capaz de matar a un presidente. ¿Cómo van a hacer para contactarlo? El sicario necesitaría estar trabajando para alguien, y si, digamos, trabajara para la mafia italiana, la mafia china, o la mafia rusa, pues, por poner ejemplos de bandas de crimen organizado, la Interpol y las agencias de inteligencia ya lo sabrían.
—Correcto. Entendido. ¿Qué hay de los mercenarios?
—Con los asesores militares, o mercenarios, como quiera usted decirles, hay un problemita semejante. Vea: los gobiernos contratan son los servicios de agencias de militares profesionales retirados. Como Blackwater, por citarle un ejemplo sencillo. Estas agencias, ya sea en Europa del Este, ya sea en Estados Unidos, están reglamentadas por los gobiernos y se ciñen a los mismos acuerdos, o a acuerdos parecidos, que las armas. O sea, nadie puede salir de determinado país como aventurero e irse a pelear una guerra en otro lado sin estar violando la ley.
—O sea que de haber una persona así en Colombia.
—Osease mi querido doctor Góngora, que de haber tal persona por estos lados, si viene de Francia, de Inglaterra o de los Estados Unidos, esos gobiernos nos lo harían saber porque tanto el FBI, como el SDT, como el MI-5 ya los tienen fichados, precisamente para que este tipo de vainas no pasen.
—¿Y si viene de otro lado?
—Pues quedan dos opciones; una que haya venido sin que los de fuera se den cuenta; pero tendría que pasar los registros de inmigración o entrar sin papeles, y esos son demasiados riesgos. U otra es que nunca antes haya trabajado en Colombia, pero eso no es modus operandi de nadie en el negocio, ¿sabe porqué?
—Compatibilidad de terreno. No podría trabajar si no sabe dónde está pisando.
—Esa vaina. Y en ese caso el DAS tiene reportados a todos los extranjeros que andan ahí medio perdidos o metiendo las narices donde no deben.

Y Federico sabía que de ser así ellos, la ARE, ya tendrían el nombre y la descripción en una base de datos.

—¿Algo más? —Preguntó el general.
—¿Pueden ubicar la fuente de origen del arma?
—Mijo, eso es como tratar de averiguar dónde cogió una puta la gonorrea que le acaba de pegar a uno. ¡Sabrá Mandrake!
—Mierda…
—Primero tenemos que encontrar el arma, saber qué modelo es y de qué año, entonces sí podríamos tratar de averiguar de dónde carajos salió.

Cifuentes estaba en lo cierto, y parecía increíble que un arma tan grande hubiese desaparecido en las narices de todas las fuerzas de seguridad juntas. Ahora mismo el fusil podía estar desarmado y enterrado. El asesino debía haber cargado el instrumento en su espalda y huir en un vehículo ligero que, por cierto, no dejó marcas alrededor del sitio donde disparó. Federico abandonó el cuartel general de la DNE y se encaminó hacia las oficinas del DAS, algunos kilómetros al oriente.


Mientras eso ocurría Danilo esperaba en un café a que terminase la hora de almuerzo de los oficiales de la Armada. Debía verse con el jefe de Inteligencia Naval, almirante Milciades Carreño, a quien conocía de sus días en el GCA. Confiaba en que su pasado e historial con la institución bastasen para entablar una charla productiva sobre cualquier movimiento que hubiese puesto en alerta a todo el sistema de espionaje militar.

Franklin continuaba volando rumbo al norte y en el cuartel general de la Policía Nacional se encontraba Elizabeth haciendo preguntas similares a las que Federico hizo al subdirector de S2 de la DNE. Aunque, a diferencia de Góngora, Alba y su contacto, la mayor de la SIJIN Clemencia Gómez, no hablaban en una oficina, sino en el auto de la agente Alba.

—Pues sí mijita que las cosas se han puesto tiesas por acá: han echado a un poco de gente. Y gente buena, gente trabajadora. Y quiénes se quedan, se quedan los que menos trabajan, los que ya llevan los años haciendo ni mierda y están es acurrucados esperando la pensión —dijo la mayor Gómez entre bocado y bocado de su sándwich de pollo y rúgula. Su edad era desconocida, pero era robusta y de anchas caderas lo que provocaba que su uniforme luciera ajustado. Su cara, en otro tiempo bella y de rasgos finos, parecía deformada, como un globo mal inflado, debido al aumento de peso que significó sacarla de la calle y ponerla en un despacho, a parte de concebir cuatro hijos.

Sus quejas se debían al deterioro general que sufría la Policía Nacional. Desde el proceso de partición federal que había sufrido la antes centralista nación colombiana, cada estado tenía su propio sistema policial, con uniformes y métodos distintos. La Policía Nacional entonces debía ser el órgano veedor y coordinador de estas fuerzas, y para ello claro, la administración central ya no requería tanto personal como antes. La Procuraduría General de la Nación, además, vivía apretándole las clavijas a la institución, y para cumplir con los estándares requeridos, los oficiales superiores vivían despidiendo y reemplazando subalternos.

Al terminar con su sándwich la oficial hizo una pequeña bola con la envoltura plástica y la arrojó al fondo del auto. Elizabeth, que dejó de comer su almuerzo cuando descubrió que había queso picado entre el pollo le ofreció su sándwich a Clemencia.

—Uy gracias mijita, mi dios se lo pague. Que es ahora me da un hambre tenaz. Debe ser el estrés, pero me estoy poniendo como una lechona esperando su Nochebuena. En cambio mírese, si usted está como una reina, como una princesa. ¿Usted mi amor cómo hace para estar tan linda?

Elizabeth rió protocolariamente mientras se limpiaba los labios y buscaba sitio dónde arrojar la servilleta usada.

—Eso tírela por ahí, usted no se me afane —le sugirió la mayor.
—Pues ha de ser la falta de marido —dijo sin Elizabeth sin ocultar su tristeza—. Y el estrés me imagino, o la falta de estrés, o ya ni sé. Lo que pasó el otro día con el Presidente me hizo recordar esos días terribles, esas jornadas tan angustiantes en que uno no sabía a qué momento iba a estallar la siguiente bomba. Ah… yo creo que me dejo llevar mucho por las cosas que pasan. Las noticias malas siempre me ponen así.
—Hmmm… y si viera la mano de cosas que yo tengo que ver sumercé.
—¿Qué cosas?
—Pues le cuento que anoche mi coronel llegó verde de la piedra.
—¿Don Arnulfo? —Elizabeth se refería al teniente coronel Arnulfo Tafur, jefe de Investigación Nacional y esposo de Clemencia.
—El día del atentado el ministro reunió a todo el mundo y les pegó la qué vaciada, y claro, mi general Betancur se descargó con todos ayer por la mañana. Que eran una mano de incompetentes, que no servían pa’ ni mierda… Eso les dijo hasta de qué se iban a morir. Y es que parece que a unos patrulleros que cerraban el cerco por la cuarta este se les voló el tipo que hizo el disparo.
—¿El asesino?

La mayor asintió sosteniendo el labio inferior apretado bajo sus dientes superiores.

—Un momento —exclamó Elizabeth acomodándose el cabello nerviosamente—, ¿usted me está diciendo que lo vieron?
—Pues mire. Los chinos, porque son un par de culicagados de la Metropolitana, estaban haciendo una ronda allá por los caños; seguramente estaban evadidos, ni idea. Pero, dicen que cuando sonó la advertencia por el radio ellos vieron salir de la zona de construcción a un man en una moto. De civil. Iba volado.
—¿Y por qué no se lanzaron a perseguirlo?
—Por güevones. Claro, al momentico no lo relacionaron y cuando cayeron en cuenta pues ni dieron con el rastro del man; con ese aguacero tan tremendo que cayó…
—¿Llevaba algo? El arma… un paquete.
—Una mochila grande.
—¿Cómo era el tipo?
—Pues en eso no se ponen de acuerdo, porque, a ver, uno dice que era como moreno, como medio indio, y el otro que no, que era que llevaba una media velada en la cara y además, en eso sí están seguros, que llevaba un gorro de lana.
—Ni casco ni chaleco reflectivo.
—Nada… si por eso es que estamos tan seguros que ese es. Además de que iba a toda mierda, estaba en la zona de construcción, y allá no podía quedarse nadie. ¿Quién más iba a ser? ¡Ese era el tipo!

Elizabeth guardó silencio unos segundos y se terminó su botella de agua mineral. Parecía buscar respuestas o mejores preguntas. Al final, como si el resto de la conversación no hubiera ocurrido, preguntó:

—¿Y qué más dijo su marido?
—No me dijo nada más, estaba todo chicho. Y cómo no iba a estar, si casi lo echan; o mejor dicho, está a un pelito que de que me lo boten del servicio activo si no se arregla esta vaina cuanto antes, mijita.
—Y luego que supieron lo de la moto no trataron de relacionarlo con algo: con huellas que haya dejado en el sitio, o con vehículos robados…
—Pero si no ve que despuecito llegaron los de contraterrorismo, luego los del DAS, los de la DNE, y periodistas y de todo. Eso lo dejaron echo un sancocho y a los forenses, pues los que hacen la vaina, qué iban a hacer en medio de ese zaperoco. Nada, no hay ni una sola huella.


Pasadas las tres de la tarde Danilo fue recibido por el almirante. Durante los primeros treinta minutos discutieron sobre asuntos de la vida cotidiana de cada uno, el pasado, y los posibles autores del atentado. Al igual que el subdirector de contrainteligencia de la DNE, el almirante Carreño podía apostar a que miembros de las Farc habían puesto en marcha el asunto. Danilo no intentó persuadirlo, y prefirió por seguirle la cuerda al hombre.

—¿Y cómo introducen un arma tan grande? —Preguntó el agente revolviendo el café que acaban de servirle
—Posiblemente a través de Venezuela o Ecuador —el almirante se reclinó en su silla y encendió un puro de fabricación nacional. Exhalando el humo y mirando la punta arder, agregó—: Pero una mejor posibilidad sería por barco, no le quepa la menor duda.
—¿Porqué?
—Bueno, los barcos transportan todo, incluyendo grano y maquinaria a un ritmo que no permite un control efectivo de la aduana. Piense que si arriban a Buenaventura tres mil cajas de repuestos para tractores John Deere, todo el personal de seguridad tendría que ponerse a revisar caja por caja. No, lo que hacemos ahora es emplear escáneres y perros adiestrados. Durante la guerra las guerrillas nunca lo intentaron, o lo intentaron poco; es un método arriesgado para contrabandear armas. Siempre resultaba mejor introducir armamentos desde otros países o mediante lanchas.
—Pero interceptábamos esas lanchas.
—Sí mi chino, pero a la gente que se encargaba de transportar ese material rara vez le confiaban algo de la operación. De esa manera, cuando los agarrábamos, no sabían ni pío. Además es imposible interceptar todas las embarcaciones, no sin la ayuda de un satélite, cosa que hacen los gringos. Ahora, si lo que estamos hablando aquí es de una sola arma; un rifle como es este caso, es más factible desarmarlo e introducirlo entre la carga.
—En ese caso tendrían que tener amigos dentro del proceso de embalaje para poder meter el arma en un envío legal.
—Precisamente, muchacho, precisamente. Si encuentran el arma pueden encontrar el lugar de origen y si es así tendrán a los vendedores —y Carreño expiró otra bocanada de humo que eclipsó la luz del techo—. Yo creo que la DNE, si se pone las pilas, podrá averiguar quién le puede vender a esos guerrilleros un arma de semejante tamaño.

Danilo, no obstante, tenía otra cosa en mente:

—¿Ustedes en inteligencia tienen registros de la vigilancia que se hace a los buques?

El almirante bajó la vista y clavó una mirada severa al agente.

—¿Qué clase de vigilancia?
—En la aduana, quiero decir —replicó Danilo en tono de excusa.
—Ah… el control de arribo. Claro por supuesto, mi querido teniente. Para buscar qué.
—Los barcos que no fueron revisados ni por ustedes ni por la DIAN ni por el DAS ni agencia alguna.
—Me la puso complicadita. Déjeme ver… —levantó la tapa de su computadora portátil y durante unos tres minutos estuvo revisando archivos—. Cuatrocientas doce embarcaciones en lo que va del mes en nueve puertos. ¿Y si fue hace dos meses, o hace dos años?
—Revisaremos lo que va del año y echarnos la bendición. ¿Me puede hacer llegar a eso a nuestra computadora?

El almirante dio un sí con la cabeza mientras mascaba su tabaco seguía manipulando la computadora.

Satisfecho, Danilo se levantó, estrechó la mano de su antiguo superior y le deseo buena suerte, saludos a la familia, buen viento y buena mar. Mas antes de abrir la puerta se dirigió una última vez al almirante:

—Si ese rifle, de precisión, calibre cincuenta, llegó de otro país, ¿usted cuál creería que fue?
—Estados Unidos de América —respondió el oficial naval sin levantar la vista del computador. Como Danilo seguía aferrando el pomo de la puerta, pero sin decidirse a abandonar, el almirante dejó su puro y encaró al agente—: Desde hace un año y medio a los gringos les compramos de todo: desde la maquinaria agrícola hasta los botones de las camisas. Todo. De esa lista que le voy a enviar al menos el treinta y cinco por ciento de las embarcaciones pertenecen a ese país. Y le digo una cosa más: la factoría Barret produce los mejores rifles antimateria que se puedan comprar en este lado del planeta. Si usted se va por los Estados Unidos, digamos por Arizona, y se encuentra con una feria de armas, puede perfectamente comprar un armatoste de esos en once mil dólares. Puede que esté en un error. Pero averigüe por ahí de todos modos.

Con las manos en el bolsillo el agente de la ARE abandonó el edificio y se encaminó a la oficina.


Atardecía en Washington y la gente ya buscaba la tibieza del hogar o el calor de los restaurantes del centro. En Dulles, Franklin abordó un taxi conducido por un colombiano quien bajo su gruesa chaqueta de aviador llevaba una camiseta del Atlético Nacional; evitó que le hablara y prefirió recostar la cabeza contra la ventana y rememorar sus días en la capital de la nación que le vio crecer. Llegaba tarde la primavera, con lluvias y granizos helados. En Atlanta tuvo que esperar a que culminase un torrencial aguacero, último coletazo de un crudo invierno.

Despidió el taxi en la esquina de Wilson Boulevard y la calle Oakland, en pleno Arlington. Tras ver el taxi desaparecer entre las oscuras calles enfiló arrastrando su maleta tres calles hasta el Ford Inn de la calle Lincoln. Ya conocía el sitio así que pidió el mismo cuarto de siempre con vista a la avenida estatal. Procuró relajarse y dormir, pero no comió y durmió mal, según le comentó a Federico después, temeroso de que las respuestas que hallara en Langley al día siguiente confirmaran la actuación de los Estados Unidos en el atentado.

Thursday, January 01, 2009

7. Alfil blanca.


El comunicado llegó desde la oficina del coronel Justo Buitrago y fue confirmada por Max Cohen la mañana del 14 de mayo: la ARE quedaba temporalmente cerrada hasta nueva orden; sus agentes debían permanecer en sus domicilios y estar listos a presentarse donde se les requiriera en el término de la distancia. Para los tres agentes esto significaba meditar en sus apartamentos mientras jugaban con el nudo de las corbatas que no podían quitarse, a la espera de sus inminentes despidos.

Esa misma mañana Cohen estableció comunicación con Londres: primero un correo electrónico escueto y frío (Mrs. Lauren Ríos Bledel, lamentamos informarle que su esposo, Ever Jesús Ríos, ha muerto en el cumplimiento de su deber para con la República.) y luego una llamada que duró cuarenta y cinco minutos y en la que Máximo intentó consolar a la viuda y explicarle los procedimientos a llevarse a cabo con el occiso. Cuando Cohen le señaló a Lauren el deseo del presidente de que su hombre de seguridad fuera enterrado en el Panteón de los Héroes del Cementerio Central, la mujer exclamó con toda la fuerza de sus pulmones un no rotundo; era su esposo, el padre de sus hijos; le pertenecía a su familia y no a la “República”, así que ella se encargaría de ponerlo en una soleada parcela de tierra británica y no en un frío mausoleo bogotano.

Cumplida su obligación como jefe, Máximo tomó su desayuno, tuvo una charla rutinaria con sus hijos y se dirigió a la Casa de Nariño, allí debía ver al coronel Buitrago, el Ministro de Defensa, el director del DNE, Nemesio Espitia, y el jefe de contraterrorismo del DAS, Franco Enciso. La agenda tenía solo dos puntos: uno, establecer qué había sucedido, y dos, decidir qué se haría. Ninguno de los allí presentes dudaba que el atentado iba directamente dirigido contra la vida de Vargas. Considerar en aquel salón oloroso a cigarrillo, colonia y trajes recién planchados que el asunto se limitaba a una amenaza, causar pánico, o asesinar al agente Ríos, sería tan inapropiado como soltar una broma al respecto.

—Primero, porque así es como deben hacerse las cosas, por pasos, debemos elevar un comunicado a la Nación, explicando, en la medida en que nos es posible explicarlo, los acontecimientos del día de ayer y las primeras medidas que se han de tomar. Pero hablo de que antes de una hora tiene que estar eso en el aire —dijo el Ministro Arangure poniéndose de pie para servirse más café. Julio Cesar Arangure era el hombre de más edad en la sala: setenta y cinco años. Aunque algunos, especialmente los caricaturistas, solían comentar que ya pasaba de los ochenta, y que por lo tanto debía retirarse, el viejo siempre encontraba el modo de evadir el sistema. Sumamente inteligente, se había retirado a los veinticuatro años del servicio activo en el Ejército (Artillería), y tras cursar estudios de matemáticas aplicadas en la Universidad Nacional se había dedicado a los números durante más de treinta años, antes de entrar en la política. Blanco, sonrosado, con las espaldas dobladas y enteramente vestido de negro, Arangure parecía un viejo parlamentario inglés. A pesar de haber nacido en Barranquilla, empleaba un español afectado, muy propio de los antiguos dandis bogotanos.

—Entonces terminemos esta reunión en media hora —replicó, con una semisonrisa atravesada bajo el bigote, el director de contraterrorismo del DAS. Vestido como gangster, de piel aceitunada y ojos saltones, Enciso era una de las personalidades más oscuras del mundo de la inteligencia: torpe y procaz en su expresión hablada, ordinario en su postura, sobrepasado con las damas y siempre armado —excepto en Palacio— con un revolver Colt largo. Nadie lo había visto trepar hasta su posición, sino que saltó sobre ella de repente, abandonando las labores de inteligencia nocturna en los garitos y billares por un cómodo despacho en el piso 22.

Nadie dio réplica a las palabras del hombre del DAS. Cuando Arangure regresó a su sillón, Espitia tomó la palabra:

—Tenemos que decirle al país que efectivamente conocemos, tanto las intenciones del grupo detrás de este acto, como a sus cabecillas principales. La prensa va a querer los nombres, pero se les aclarará que esta información permanece clasificada por simples medidas básicas de seguridad.
—¿Y usted puede asegurarnos que no va a haber filtraciones a la prensa por parte de mandos medios dentro del DNE? —Preguntó Cohen; Espitia le sostuvo la mirada un rato, como considerando el tamaño del insulto—. Creo que tenemos ese derecho a saber —agregó Max tratando de involucrar a los otros, cosa que resultó ya que de inmediato empezaron a escapar murmullos de aprobación.
—Señor ministro, le digo ahora como le he dicho antes: toda información que entra al DNE es de mi incumbencia y toda información que sale no sale si yo no lo permito. Pero no puedo hablar por las demás dependencias entregadas en este momento a la investigación. Yo respondo por mi gente.
—Apruebo eso —agregó por su parte Enciso—, me parece que ese sí es el procedimiento a seguir.
—Pues qué felicidad que, al menos ustedes dos, hayan llegado a un acuerdo sobre cómo operar en este caso. Yo por mi parte pienso, y no me tomen, tal como suele hacer el colombiano corriente, por un viejito negativo, pero vean, si el DNE sale a decir que está haciéndole un seguimiento, es decir, que tiene marcados a los responsables de las acciones del día de ayer, eso sólo puede significar una cosa: que los conspiradores son extranjeros. Cosa que no sabemos, y que si la hacemos pública provocará que cada quien empiece a sospechar, ya sea de Venezuela, ya sea Estados Unidos, ya sea de los guerrilleros que salieron exiliados, en fin… Pensemos antes de actuar —repuso en tono solemne Julio Cesar Arangure.

Enciso comentó algo, pero muy al margen.

—Doctor Arangure usted tiene mucha razón; tanto así que yo pensaría que usted es la persona más que calificada para hacer la declaración —dijo Nemesio Espitia.
—Pero se está olvidando de algo, señor Espitia: yo soy ministro, no un investigador. Y, una vez tenemos los elementos dispuestos de esta manera, creo que todos llegamos a la conclusión de que la persona más idónea para referirle a la Nación lo que está ocurriendo, o lo que ha ocurrido, es aquí el señor Enciso.

El mencionado, que mantenía el costado izquierdo de su mandíbula apoyado en su puño cerrado, y que con ojos soñolientos observaba el entrecruzar de afirmaciones, despertó de pronto al percatarse de que allí había sonado su propio nombre; se enderezó en la silla, pero se atragantó al tratar de preguntar algo y, en ese lapso de tiempo en que no pudo responder nada, los demás presentes llegaron a un acuerdo por mayoría: el director de contraterrorismo debía hacer las declaraciones a toda el país.


Esa mañana, Federico había decidido que no movería un solo músculo sino hasta el momento en que escuchara la llamada del deber a través de su teléfono celular. Entre tanto, movía sus pies de un lado al otro y paseaba por las más de ciento cincuenta opciones televisivas. Cuando en diez de estas empezó a repetirse el rostro del hombre del DAS, Federico se detuvo.

Lo tenían todo bajo control. El francotirador, el arma, su plan, sus superiores. Todo, claro está, explicado mediante una serie de imprecisiones: el asesino de Ever había sido identificado y su captura sería cuestión de horas; el arma estaba igualmente identificada —de hecho solo había una clase de rifle que podía disparar una bala de tal calibre—, y, una vez el malhechor cayera en manos de la justicia, se sabría para quién estaba trabajando. Las cadenas regresaron a sus transmisiones habituales —programas de chismes y salud estética—, y Federico buscó su teléfono móvil; minutos después arreglaba un encuentro de los tres agentes allí en su propio apartamento. Como explicaría una hora más tarde, independientemente de lo que decidieran los altos jerarcas de la seguridad nacional, ellos debían encontrar y detener al asesino de Ever.

—¿Cuál creen que será el plan a seguir por el coronel Buitrago? —Preguntó Danilo; en ese momento se encargaba de repartir en tres vasos la cerveza de dos botellas.
—Buitrago no va a hacer nada. Es un guardaespaldas nada más —respondió Federico recibiendo su vaso—. Toda la autoridad del proceso estará en manos del DAS.
—Será en manos de ese tipo que apareció en televisión —agregó Franklin tras tomarse un sorbo de Peronni.
—¿Espitia? Si ese man es un pobre pendejo. La directora no es tan bruta como para ponerlo a encabezar una cacería de este nivel.
—Pero sí su departamento, contraterrorismo.
—Bueno, primero hay que tener, tenemos que tener, dos cosas en cuenta: una, que se cometió un acto criminal y entonces debe participar la Fiscalía. Segundo, que el asunto puede ser catalogado como un ataque terrorista solo si se prueba un móvil político, que hasta ahora no hay.
—Atentar contra el Presidente ya de por sí se tiene que considerar un asunto político —afirmó Danilo.
—A menos que sea una declaración de guerra —le contestó Franklin.
—¿Y guerra como por parte de quién?

Franklin alzó los hombros.

—Eso ya sería tarea para la DNE.
—Y si la gente del norte está involucrada… —preguntó dubitativamente Federico en dirección a Franklin.
—¿La CIA? No creo. No sería su estilo; prefieren un presidente fugitivo a un presidente muerto. De todos modos alguien podría saber algo.
—¿Usted se podría pasear por allá y echar una mirada?
—Claro, pero honestamente no creo que pueda conseguir nada.
—¿Quién más? —Preguntó Federico.
—Los guerrilleros en el exilio. Podría ser —respondió Danilo—. O alguien dentro del propio gobierno que piensa que se puede beneficiar con la muerte del señor Presidente.
—Esa última no me suena —replicó Federico—; Vargas se ha sabido rodear de amigos; si hubiera un golpe de estado todos perderían, desde el vicepresidente Buchelli hasta los jueces.
—Algún mafioso tal vez —aventuró Franklin.
—Ninguno tiene la plata —desestimó Danilo.
—Y en el caso de los guerrilleros ni hablar, los círculos políticos que han tratado de levantar están completamente infiltrados —Federico se levantó violentamente y empezó a dar vueltas—. ¡Carajo, pensemos! Nosotros deberíamos conocer a todos los enemigos de Vargas, y si es así por qué no sabemos quién pudo haberlo atacado.
—Calma y deja de moverte—sugirió Franklin—; vas a terminar llevando agujeros en esos zapatos. Yo lo que sugiero es que cada uno regrese a sus antiguos contactos: el DAS y el Ejército.
—Soy de la Armada —espetó Danilo.
—La misma cosa, hombre. Y allí tratemos de averiguar todo lo posible, o al menos hasta que tengamos una idea más sensata de quién es el enemigo al que debemos combatir.
—Pero primero deberíamos esperar a ver que nos dice Max, ¿no? —preguntó Danilo.
—Nos van a hacer a un lado. Esta es la oportunidad de jodernos que había estado esperando Buitrago, y otros más. No a mucha gente le hacía feliz que tuviéramos presupuesto y acceso a información.

Danilo también se levantó. Federico acompañó a sus compañeros hasta la puerta mientras arreglaban el sitio para una próxima reunión. Entonces sonó su teléfono móvil, Franklin y Danilo, quienes ya descendían por la escalera, se vieron detenidos por un chiflido de Federico. Al otro lado de la línea estaba Cohen, ordenando que los tres se presentaran lo antes posible en la oficina del ARE. Una vez le explicó esto a sus compañeros, Federico agregó:

—Ya saben, muchachos, pase lo que pase, la muerte de Ever no puede quedar impune. Voy por una corbata y mi chaqueta y los veo en diez minutos en el carro.


Magda no estaba; Ever no regresaría. Cuado los tres agentes encontraron a Max Cohen sentado en el despacho de Ríos, la desolación que expresaron en sus rostros fue tal que Cohen debió decirles: “Bueno, todos lamentamos la muerte de Ever; es un suceso muy trágico y la única forma en que vamos a resarcir su fallecimiento será atrapando a los criminales que hicieron esto”. Al tiempo que hablaba los tres agentes se sentaron alrededor.

—Usted dice fallecimiento como hubiera sufrido un infarto, lo hubieran atropellado, o algo así —comentó Danilo arrastrando una butaca de madera. Federico y Franklin ocuparon las sillas giratorias frente al escritorio.
—Por ahora la ARE sigue funcionando. Por ahora —anunció Cohen ignorando las palabras del agente—. Cometieron un error terrible y muchos en el Ministerio de Defensa quieren comérselos vivos. Pero, por suerte el Presidente tiene mucha confianza en ustedes y sabe que son una herramienta más efectiva que las maquinarias de los demás organismos de inteligencia. Van, eso sí, a tener que trabajar en llave, y muy de seguro tendrán menos libertades; hablo de más restricciones.
—Según nuestras órdenes nadie puede intervenir en nuestras investigaciones, salvo usted, el Ministro o el Presidente —recordó Federico.
—Ahora cada uno de los jefes de inteligencia debe presentarse cada día a las ocho de la mañana a reportarle al Presidente los avances de la investigación. En otras palabras van a convertir esto en una carrera para ver quién merece que le aumenten el presupuesto o le asignen un ministerio el próximo año.
—Para lograr resultados necesitamos un acceso total —afirmó Federico aprovechando el tono ligero que Cohen había aplicado a la discusión.
—¿Qué tienen hasta ahora? —Cohen, mientras hablaba y esperaba una respuesta, giraba en rededor buscando algo. Danilo le hizo una seña con la mano: “¿café?”; Cohen asintió y Danilo abandonó la oficina.
—Decidimos ir a consultar a algunas fuentes personales. Gente que conocemos de años atrás; y hacer un… sondeo para ver si puede haber alguien por ahí involucrado, de las Fuerzas Armadas, el DAS y…
—Los gringos —añadió Max y Federico asintió en silencio.

El jefe Cohen permaneció en silencio por un rato, mirando la colección de fotos y objetos personales de Ever Ríos. Todo ello sería entregado a la viuda, y el director de la ARE contemplaba el conjunto como si fuesen sus propios recuerdos. Cuando Danilo regresó con una taza de líquido humeante, y Max sorbió un poco de ello, regresó a la realidad:

—Ustedes tres no obtendrán mucho. Hace falta alguien y me han sugerido un nombre para que ocupe el puesto que ha quedado vacío.
—¿Piensan nombrarnos un nuevo encargado? —preguntó Franklin no sin cierta incredulidad.
—No, no, no; para nada. Es una capitana con una carrera bien llevada, quien además servirá de enlace entre la ARE y la Policía Nacional.
—¿Una mujer? —Franklin otra vez.
—Una capitana —reiteró Cohen—. Se llama Elizabeth Alba Betancur.
—Emparentada con el general de la Policía —afirmó Federico.
—Seguramente. Y óiganme muy bien: van a trabajar con ella; tendrán que confiar en ella y ese es el acuerdo. Tiene muy buenos contactos y no vamos a desaprovechar eso.
—¿Y si viene a espiarnos? A tomar todo lo que reunamos y pasárselo a los policías. ¿Eh? —el tono de desagrado de Franklin iba en aumento.
—Escúcheme muy bien, Villareal, y lo mismo todos: aquí no estamos compitiendo con nadie. Queremos que se sepa la verdad y atrapar a los causantes de la muerte de Ever y evitar que alguien, quien sea, intente matar a Vargas. No somos la Policía, ni el DAS, ni la DNE. Ever conocía a todo el mundo en la alta política, en inteligencia y conocía de memoria los nombres de los allegados al Presidente. Pero ahora no está, y tenemos que trabajar con lo que tenemos. ¿Está claro?
—Si ella llega a entorpecer nuestro trabajo de cualquier manera, renuncio —sentenció Federico. Los otros dos agentes se unieron a él.
—Y si ustedes entorpecen el de ella no van a volver a conseguir un empleo con el Estado jamás en su vida, se los puedo jurar —replicó Max Cohen. Luego se fue. Los tres agentes de la ARE ocuparon sus despachos y empezaron a revisar antiguas agendas, páginas de Internet y a planear sus viajes y visitas. A las cuatro de la tarde recibieron una llamada de la recepción: era la capitán Alba. Y, pese a su ánimo inicial, los tres hombres emplearon los minutos que le tomó a la mujer llegar hasta el piso para arreglarse un poco.

Max Cohen no les había entregado documento alguno sobre la nueva integrante de la ARE. A parte de su rango y nombre desconocían todo: edad, aspecto, estado civil, experiencia en inteligencia, experiencia con armas, todo. A ojos de esos tres hombres la recién llegada venía a espiarlos. La ARE tenía privilegios sobre el resto de la familia de la defensa: podían hacerse con cualquier información, desde las comunicaciones entre radiopatrullas hasta los memorandos privados que corrían en la Casa de Nariño. Otras agencias trataban de conseguir información de la ARE, mediante halagos o amenazas, pero el grupo antes comandado por Ever Ríos tenía fama de impenetrable. Una mujer venida de fuera y con profundos nexos con la Policía Nacional significaba todo un riesgo.

Era alta, y para nada ordinaria; su cabello, castaño, recogido con un moño y muy ajustado alargaba un tanto sus cejas, los pómulos y el borde de los ojos. Venía de rojo, con un conjunto conservador de pantalón y chaqueta, un bolso común en su mano derecha y una tarjeta de visitante colgando de la izquierda. Tras pasar la puerta, y al encontrarse a los tres agentes allí esperándola, se puso firme y espero a que estos, tras hacerse a una primera impresión, le diesen alguna orden.

Federico dio el primer paso, extendió su mano, se presentó y le dio la bienvenida. Sus compañeros hicieron lo mismo segundos después.

—Es un placer —dijo ella, aún sin sonreír, sin alterar aquel rostro fino y bien maquillado, con unos enormes ojos negros que se paseaban de extremo a extremo del reducido centro de operaciones—. Disculpen, ¿esto es todo?

Ni Federico ni Danilo parecieron entender, mas Franklin replicó al instante:

—Es suficiente para nuestra labor.

Elizabeth Alba lo miró y enseñó una sonrisa de póster.

—Creo que así es mejor; los lugares grandes y viejos no me hacen sentir cómoda.

A esto no hubo respuesta.

—¿Puedo sentarme? —preguntó.

Acomodaron algunas sillas alrededor del puesto de Magda. Elizabeth permanecía muy erguida en su silla, con el bolso aferrado por sus dos manos, y estas sobre las rodillas. No parecía tímida, ni nerviosa; acaso incómoda por verse rodeada de hombres que la analizaban con frialdad científica.

—No sé si conocen mi hoja de vida…
—No la conocemos —replicó de inmediato Franklin.

Y durante la siguiente hora dio un resumen de su vida, sin entrar en detalles, pero aclarando cada aspecto de su asenso a través de la institución. Había nacido en Cuatro Esquinas, un corregimiento diminuto perdido entre los bosques y las ondulaciones de Boyacá. Al cumplir los doce sus padres se divorciaron y, tras sufrir de algunos maltratos por parte de su padre, quedó en custodia de la madre. Tenía dos hermanos mayores que abandonaron la casa durante aquel tiempo y ahora vivían en Chiquinquirá. Antonia, la madre de Elizabeth, se trasladó con su hermana a Bogotá y se dedicó al comercio informal hasta que contrajo matrimonio con un sargento de la policía. El suboficial, apenas dos años mayor que la joven Antonia, le tomó cariño a la pequeña y se ganó la confianza de ella, transformándose en su modelo a seguir. Al culminar el bachillerato, Elizabeth estaba decidida a ser parte de la Policía Nacional, realizó el curso y tras graduarse empezó a estudiar psicología, ya que durante su adolescencia tuvo que visitar a distintas psicólogas juveniles que la ayudarían a sobrellevar sus depresiones y pesadillas.

Contrajo matrimonio a los veinticinco años con un coronel de antinarcóticos, pero este falleció once meses después en combates con la guerrilla. Del profundo pozo de tristeza en el que sumiría a consecuencia de ello saldría gracias a un tiempo pasado en Francia, donde hizo realizó un posgrado en ciencias forenses aplicadas al contraterrorismo. Vivió en París lo que ella denominaba “una época de desenfreno”, indisciplinada, con muchos libros, y la compañía transitoria de “amigos”. De vuelta en Bogotá entró al Centro de Estudios de Seguridad, rama de la Policía que se dedica a producir informes y libros para el resto de la institución.

—Sinceramente no soy editora, y en mis últimos meses todo lo que hacía era corregir pruebas. Ahora que me salió esta oportunidad quiero volver a integrarme a la labor de campo, que es, pienso, la mejor forma de servir a mi país.

Al terminar su narración, sostenía una sonrisa compartida con Danilo. Franklin jugaba con su pluma Mont Blanc; pero Federico la miraba fijamente taladrando entre los ojos de la nueva miembro de la ARE.

—Ahora yo le voy a explicar un par de cosas, señorita Alba —dijo.
—Llámeme Elizabet, o Liz.
—Liz. La ARE no está al servicio del país; sino al del Presidente. Somos sus guardianes protectores y si alguien cruza la línea tratando de hacerle daño nosotros tenemos dos opciones: lo apresamos o lo matamos; lo que nos quede más fácil. Usted, como policía es una agente del orden y una herramienta de aplicación de la Ley. Como agente tiene que estar dispuesta a violar esa Ley y quebrantar el orden, para que ese hombre —señaló con la cabeza a un retrato de José Hilario Vargas colgado en la pared del fondo—, siga administrando la Nación. ¿Eso es aceptable para usted?

Elizabeth no contestó de inmediato, pero durante los cuatro o cinco segundos en que permaneció con los labios cerrados, le sostuvo la mirada a Federico conservando un gesto de astucia en la mirada.

—Es aceptable —afirmó muy segura.

Wednesday, November 05, 2008

6. Las piezas negras.

El hombre que buscaban con ahínco las fuerzas principales del régimen colombiano se paseaba con andar vagabundo por los corredores del aeropuerto El Dorado. Calzado de grandes zapatillas deportivas, tipo tenista con relámpagos plateados y agujetas grises. Con una gran chaqueta North Pole negra, jeans holgados y camiseta de baloncestista, el americano contemplaba la magnificencia y esplendor del edificio: gigantescas cúpulas, estructuras en aluminio, muros blancos como el marfil pulido y fuentes que derramaban y conducían agua de un punto al otro, como si aquellos fuesen los jardines colgantes de Babilonia. El hombre que había intentado asesinar al Presidente detestaba los lugares públicos, pero reconocía la paz que sentía en el espacioso aeropuerto de diseño futurista.
Años antes, durante su primera visita, aquel lugar no pasaba de ser un edificio viejo, de un mundo posterior al concepto de buen gusto arquitectónico, con pasillos grises, estrechas escaleras, sillas rotas, olor a tabaco, orinales sucios y rateros apostados en cada columna. Los viajeros que llegaban de fuera abrazaban su equipaje como a pequeños bebes que hubiesen salvado de una zona de guerra. La policía de turismo les recomendaba mantenerse juntos, no descuidar ni sus bolsillos, evitar llevar cualquier cosa que colgase o emitiese brillo, dirigirse, para cualquier consulta con la autoridad debidamente uniformada, y, si era necesario establecer contacto con un nativo, no hacerlo si este fumaba o bebía.
Ocupó una silla, “muy cómoda”, se dijo, aunque no fuese de un material más fino o moderno que la basta fibra de vidrio con las que estaban hechas sus antepasadas. Pero al menos no se rompían, y el departamento de limpieza las mantenía libres de chicles y colillas de cigarrillo. Extrajo una novela de detectives de edición rústica, gastada y con las esquinas dobladas, y trató de captar algo del contenido, haciendo pausas entre un párrafo y otro para controlar la gran pantalla de arribos internacionales.
Quienes esperaba llegaron en la lenta banda transportadora, rodeados de turistas ricos (europeos y canadienses) y pobres (ecuatorianos, bolivianos, uruguayos), divididos en dos bandos tan fáciles de reconocer que a los agentes del DAS de inmigración no les tomaba más que unos minutos dividirse las presas y comenzar el trabajo de los interrogatorios. Colombia, mediante discretas campañas, invitaba a los extranjeros a visitar la nación y quedarse, eso sí, mientras trajeran algunos pesos, estuvieran libres de enfermedades, y no superasen los cuarenta años. Las embajadas que tenían por labor vender al país como la nueva tierra de las oportunidades, estaban instaladas en Argentina, Chile, los Estados Unidos y la Europa Occidental incluyendo Moscú y Oslo. Así, de las tierras vecinas no se aceptaban súbditos, por buena intención que tuviesen. Los hombres del DAS debían detener a estos últimos turistas, tomarles sus datos, entregarles una tarjeta y darles la orden de reportarse al teléfono entregado cada doce horas, durante el tiempo que hubiesen declarado que permanecerían en el país.
El reverso de este sistema de control de inmigración lo componía el despacho de “Atención, ayuda e inmigraciones” —anuncio escrito en cinco idiomas—, donde, tras cruzar la atenta vigilancia de un robusto oficial de policía, encontraba el viajero la brillante sonrisa de alguna de las encargadas de las ventanillas: ex candidatas del concurso nacional de la belleza que no alcanzaron a captar la atención de alguna agencia de modelos prestigiosa. Conocedoras de todo, se encargaban de dar a conocer el país y las ventajas de establecerse en él. Se preferían familias, aunque se aceptaban hombres o mujeres sin compromisos; la prioridad eran los blancos, de ser posible no judíos, y en caso de ser negros debían demostrar un pasado judicial inmaculado y unas cuentas bancarias nada despreciables. Mientras las encargadas sonreían y charlaban en alguno de los seis idiomas disponibles, los interesados eran observados atentamente por agentes de la DNE, quienes debían rastrear el pasado de los solicitantes y confirmarle a las chicas mediante los apuntadores si estas debían o no poner el sello en la forma impresa que los recién llegados debían haber llenado.
Como la tarea del DAS en ese punto era la de pescar inmigrantes ilegales, o a quienes tuviesen el potencial intelectual de querer quedarse para disfrutar de la bonanza económica, el americano estaba seguro que aquellos a quienes esperaba no corrían peligro alguno. Cuando vio al primero de ellos, el francés, sobresalir entre la multitud que arriazaba, guardó su novela de detectives y lo esperó al final de la banda continua.
Una vez estuvieron uno frente al otro, se miraron a los ojos por un instante, el francés devolvió su vista al mundo comercial que se desplegaba frente a él y siguió derecho, como si el americano fuese de aire. Tras él venía la mexicana y al final, separados por media docena de viejos holandeses, el colombiano. Estos últimos dos repitieron el comportamiento del francés: mirar al yanqui y seguir derecho, formando una fila a la que se vino a unir el americano en la parte trasera. Caminaron en fila, con unos ocho metros de separación entre sí, hasta la puerta de salida.
Eran las nueve de la mañana, el día estaba nublado y gris, y los vientos traían rocío de las lejanas montañas. Los recién llegados se taparon los ojos mientras una ventisca agitaba sus ropas. Solo el americano parecía bien preparado para la baja temperatura. Levantó un brazo llamando la atención de un taxi y empezó a hablar con el conductor mientras los otros tres guardaban sus equipajes en el gran baúl del Renault. En media hora el vehículo dejó a los tres hombres y a la mujer en una casa del barrio La Candelaria.

Con los cambios económicos de los últimos años, lo que en un tiempo fue un barrio habitado por intelectuales y estudiantes, era ahora propiedad casi exclusiva de los así llamados “nuevos colombianos”: aquellos que, por amor, dinero, trabajo o simplemente un mejor clima habían decidido aceptar la aventura de comenzar de nuevo entre los cerros de los Andes. Ya fuese en la mañana o en horas previas al caer de la noche, bares y restaurantes, así como panaderías y cafés, dejaban escapar la melodiosa muestra de voces extranjeras. Si se entraba en un restaurante era posible que el mesero le hablara en italiano, que la encargada de la panadería hablase en francés, que el dueño de la cigarrería dos calles abajo se dirigiese a sus ayudantes en alemán, y que los arriesgados skaters que practicaban en un callejón parlotearan y soltasen uno que otro juramento en inglés cockney. La Candelaria era pues el barrio de los extranjeros y no vivía allí un solo colombiano que pudiese señalarse de ser la excepción, salvo las empleadas domésticas y algunos jardineros. Y este cambio, decían algunos, se debía a una política de “reorganización” ejecutada por miembros del Departamento Distrital de Tierras, siguiendo órdenes directas del Ministerio del Interior: de la Avenida 19 hasta la Avenida 1ª, y de la Avenida 10ª hasta las raíces de los pinos que cubrían los Cerros, solo se permitían nacionales en calidad de empleados, pero nunca de propietarios o habitantes.
El taxi se detuvo en una calle estrecha hecha de lozas de piedra frente a una casa roja similar a una fonda medieval. Al detenerse, dos enormes policías, rubios y de fría mirada empezaron a acercarse al vehículo. El americano descendió y saludó en un torpe español al policía, este respondió con una casi imperceptible inclinación de la cabeza; su compañero, un negro, extrajo su radio y empezó a hablar por este mientras detallaba los contornos del taxi. Tal vez era apenas una pose, pero el taxista, ofendido, solicitó a los viajeros que le pagasen para poder largarse cuanto antes de esos callejones que se habían transformado en otro país.
Despedido el taxi, el americano le dirigió una última mirada a los policías y cerró la puerta de un portazo. Conocía perfectamente la situación del sector y las medidas de apartheid que los gobernantes, deseosos de verse rodeados de blancos, habían tomado. Fue hasta el solar donde sus compañeros recién llegados esperaban indicaciones.
—Los cuartos están allá al fondo —indicó con el brazo—, del otro lado hay un baño con ducha, pero deberán esperar para que haya agua caliente. Creo que tengo algo de comida en la cocina, que está por este lado —concluyó y viró hacia su izquierda, allí lo siguieron los otros, ocuparon una pequeña mesa de aluminio y se dejaron atender por el americano, quien les entregó cervezas.
Lucían agotados; el vuelo de París había salido la noche anterior, y aunque seguramente habían dormido en el avión, el cambio horario les estaría afectando el ánimo, así que redujeron su conversación a conocer las reglas de la casa y las órdenes recibidas hasta el momento. Arrastraron los pies hasta la gran alcoba del segundo piso y se instalaron en los catres militares bajo las gruesas mantas fabricadas en Boyacá. Nathan Dale, como sería identificado más tarde el americano, los dejó descansar y el mismo se retiró a su cuarto para informar mediante correo cifrado que el resto de su equipo había llegado y que en veinticuatro horas estaría listo para actuar.

La verdadera identidad de estas cuatro personas permanece en el misterio; lo que se sabe de ellos son fragmentos amontonados que dan algunas luces sobre sus orígenes: Dale era sin duda estadounidense, con pasado militar y un pasaporte que lo identificaba como originario de San Antonio, en el estado de Texas. Tenía, según este documento, veintiocho años. Atlético, con un atractivo que terminaba en una nariz algo torcida. Con su cabello castaño oscuro y piel bronceada, podía parecer tanto un caucásico como un latino. Hablaba un español fluido y, cuando se lo proponía, con el acento y modismos propios de los cinco países hispanohablantes que aseguraba haber visitado en calidad de mercenario. Pero no era un bocón, ni un hombre tosco, a pesar de su descuido al vestir o en su propio aseo: su cabello sin cortar estaba apelmazado por la grasa, sus dientes ya no brillaban por la capa de nicotina que los cubría, y cuando se despojaba de su chaqueta de esquimal despedía un cortante olor a sudoración.
Llevaba cuatro meses en Colombia; dos en Cali, uno en el municipio cundinamarqués de Melgar, y uno en Bogotá. En la primera ciudad, capital del Valle del Cauca, había descargado bultos en una plaza y enseñado inglés en un pequeño instituto de formación para adultos mayores. En su primer oficio no tenía que abrir la boca, en el segundo debía hablar todo el tiempo. Mentir y guardar silencio le dieron pautas para conducirse en un país a veces incomprensible. Durante su tiempo en la ciudad turística de Melgar se dedicó a beber, se acostó con dos prostitutas —como luego le contó al francés, no estaba seguro de que lo fueran pero les pagó de todos modos—, y se voló del hotel sin pagar la cuenta. Bogotá fue para él una experiencia distinta: allí el espíritu caribe moría o era reducido a espectáculo de restaurante y música para elevador. Mientras en Cali y Melgar lo saludaban, le invitaban trago —“¡Sentate, gringo, tomate un guaro!”—, lo atragantaban de comida y las mujeres se arrojaban a sus brazos, en la capital de la nación muchos lo miraban como a un insecto; en dos restaurantes de la Zona Rosa le prohibieron la entrada —simplemente porque no llevaba corbata— y en tres oportunidades la policía le había ordenado que apoyara sus manos sobre la pared para someterlo a una requisa.
No era una situación muy distinta a la de otros tantos estadounidenses que por placer o negocios visitaban el país. Eran interrogados una y otra vez por el DAS, vigilados constantemente por el DNE, requisados por la policía y observados con recelo por el personal de los hoteles. La culpa, decían los colombianos que se enteraban de este trato, era la actual tensión entre el coloso del norte y la “libertina” Colombia, desde que Andreas Kelly y su equipo neoconservador había llegado a la Casa Blanca. La banca republicana declaraba que el antiguamente llamado país del sagrado corazón era una cueva corruptos, y que la masiva fabricación de drogas por parte de este país estaba sumiendo a Norteamérica en la debacle moral. Semejantes afirmaciones le daban leña a aquellos que gustaban de rumorar que una invasión estaba en marcha. Podían faltar razones legales, afirmaban, pero ya encontrarían los “gringos” una maniobra para poner a su ejército en marcha contra Colombia. La amenaza de invasión llevaba entonces a los más fervientes patriotas a levantar una mano de rechazo ante la menor presencia de cualquier estadounidense. Aún no se había presentado el menor signo de violencia, pero la embajada misma, situada sobre la a El Dorado, y rodeada de sacos de arena y con marines camuflados en cada esquina, parecía una buena muestra de que algunos temían lo peor.
Tras recibir al resto de su equipo de tres, Nathan Dale se dedicó a pasar los siguientes dos días a la espera de instrucciones, haciendo sus ejercicios, leyendo los periódicos, pero sin tocar nada del material logístico que guardaba bajo las piedras del patio. En la noche cada uno comió a parte y a la mañana siguiente el francés Jean Philibert Dennis, la mexicana Julieta Hidalgo y el colombiano Oscar Plazas, salieron a recorrer la ciudad con un mapa bajo el brazo y unos buenos pesos para llenarse los bolsillos de cuanta tontería les ofrecieran en la calle, como buenos turistas.
Jean era mucho mayor que el americano; le llevaba cuando menos diez años. De espaldas más robustas, piel sonrosada, cabello rubio casi albino y enormes ojos espectrales. Vestía de mejor manera, combinando unos pantalones blancos muy formales con un polo rojo y un suéter deportivo que le hacían juego. A su lado caminaba la mexicana Julieta: cabello abundante y ondulado color madera, facciones atractivas pero muy marcadas, como si su bello rostro fuera el producto de varias cirugías plásticas. Tras ellos el colombiano: jeans, camiseta del Santa Fe, un equipo local de fútbol, y gorra de los Yanquees de Nueva York. Barbado, con lentes oscuros, corta estatura pero de músculos marcados. Iba tras la pareja a una distancia de once metros cuando mucho, como si los siguiera o si fuese su escolta. Era de hecho el único que estaba armado.
Fueron a centros comerciales, ojearon artesanías, se tomaron fotos frente a cada iglesia que encontraron y luego dieron de comer a las palomas de la Plaza de Bolívar. A media tarde la lluvia canceló cualquier otro plan y los tres regresaron caminando a la casa. Nathan los esperaba junto al fuego. Afuera se desplomó un aguacero y los conspiradores escucharon sus primeras órdenes:
Tras saludarlos, darles la bienvenida y aclararles lo agradecido que estaba de tenerlos a todos allí, entró en materia dando un ligero repaso a sus actividades de los días anteriores.
—No hay posibilidad de que esos hechos que usted nos cuenta puedan venir a complicar nuestro trabajo aquí —afirmó Jean, como reiterando algo dicho por Nathan.
—No. El último reporte que tengo de inteligencia es que la policía y el DAS siguen sus investigaciones por el curso esperado y que no obtendrán resultados hasta dentro de tres o cuatro meses cuando ya hayamos concluida nuestra labor aquí.
—Perdón —interrumpió Julieta levantando la mano—; usted me está dando, o nos está dando a entender que el tiempo de la misión va a ser inferior a ese lapso que usted ha dicho, es decir, tres o cuatro meses. Me va a disculpar, pero no ha sido específico en eso.
—Dos meses, máximo tres. Si le preocupa su dinero, creo que aclaré al principio que les daría adelantos mensuales hasta haber finalizado la operación. Así que por el tiempo no deben preocuparse.
—Me preocupa, o nos preocupa porque cuanto más tiempo pasemos aquí mayores serán las posibilidades de ser capturados.
—Por eso es indispensable que nos atengamos al cronograma que hemos fijado. Los horarios y los desplazamientos deben seguirse al pie de la letra. Lo contrario podría provocar… no, de seguro causará el fracaso de esta empresa. Me ha sido ordenado seguir unos movimientos muy precisos y unas fechas exactas. Cualquier desatención a este requerimiento y nos podemos ver en un aprieto del que no nos sacará nadie. ¿Está claro?
Las tres cabezas frente a él asintieron. Todos tenían experiencia en operaciones militares o paramilitares, así que escuchar las exigencias de un comandante no les era extraño. Jean Dennis tenía más experiencia en combate que Nathan Dale: mientras este último había sido un soldado la mayor parte de su vida, restringiendo sus actuaciones en el frente a apenas unos años en conflictos sin nombre, el primero había trabajado como mercenario en decenas de países, y como matón en una que otra guerra sucia. Pero Dale había tenido una formación académica como suboficial con la que Dennis no contaba. Cabe añadir que el americano había llamado al francés, y no de otro modo.
Dennis por su parte había tenido, mucho tiempo atrás, una relación seria con Julieta. Ahora el asunto se reducía a una amistad de negocios, donde eran más francos entre sí y confiaban más el uno en el otro que cuando eran amantes. El colombiano era el más silencioso; miraba a todos con suma curiosidad, como si los hubiera encontrado charlando en un autobús. Su origen estaba ligado tanto a Dale como a Hidalgo: Hacía ya algunos años Nathan había llegado al país como parte del paquete de ayuda militar llamado “Plan Colombia” que el gobierno estadounidense entregó al país para combatir el narcotráfico. Decenas de mercenarios —denominados “asesores militares” o simplemente “contratistas”— arribaron para dar soporte, logístico o de primera mano, a la guerra contra las guerrillas. Plazas, entonces sargento segundo, se hizo amigo de Dale, y cuando ambos se vieron investigados por narcotráfico, el americano ayudó a salir al colombiano del país y trasladarse a México, donde Plazas se vería empleado como guardia de corps del Cártel de Sinaloa.
La investigación por tráfico de estupefacientes estuvo en lista de espera de un juzgado, recogiendo polvo, hasta que vencieron sus términos y la legalización de las drogas la mandó directamente al fuego, con otros noventa procesos de similares características. Plazas podía regresar a Colombia, pero tenía un trabajo y una relación estable con una muchacha de Ciudad Juárez, relación que para entonces ya había concluido y de la que habían dos niños pequeños.
Julieta Hidalgo, según se cree, era la hija de un capo del cártel, aunque hay un acontecimiento que puede poner esta hipótesis en duda: Julieta había trabajado con la policía federal durante once meses hasta que inició una relación con el magistrado Fermín Barón, de la corte superior del Distrito Federal. Barón falleció en un confuso accidente en Belice, cuando al parecer se quedó sin oxígeno mientras buceaba; la Hidalgo estaba con él y por tanto se le dio el trato de sospechosa, mas un equipo de reputados abogados le permitieron salir airosa del asunto. De aquellas trágicas vacaciones en las que murió el magistrado se conserva una, en que la pareja anda de compras por el distrito turístico de Ciudad de Belice, y se aprecia que entre los escoltas de la pareja está el colombiano Plazas.
Si Hidalgo era la Mata-Hari del cártel dentro del aparato policial y jurídico mexicano, es algo que continúa sin aclarar. No obstante, el que ya conociera a Plazas permite establecer un vínculo entre la señorita Julieta y la mafia sinaloense.

Esta sesión concluyó pasadas las doce de la noche, una vez los implicados lograron memorizar los pasos dos y tres de la operación. Dale repitió una y otra vez que todo el procedimiento estaba basado en una serie de movimientos específicos y en el cumplimiento a pie juntillas de las órdenes que llegaran de “E-6”. El siguiente movimiento se ejecutaría en ocho días.

Thursday, October 16, 2008

5. Apertura

Iban a ser casi las once; el calor era aterrador a pesar de que unos gruesos nubarrones se habían empezado a desplegar desde los cerros orientales, en gruesos cúmulos algodonados, formando una media luna que amenazaba la ciudad. La temperatura, en ascenso, era en partes iguales radiación solar, la humedad del suelo, ahora evaporándose, y la energía desplegada por la muchedumbre que, a cada pausa del Presidente, disparaba una salva de apabullantes aplausos.

A las 10.45 los tres agentes estaban sumamente nerviosos. Cada vez que una amenaza se hacía manifiesta alrededor, o próxima, aunque fuese a millas, de Vargas, todos respiraban profundo, eliminaban cualquier pensamiento no relacionado con la situación y, sin el ánimo de ser negativos, buscaban una solución al problema. Los agentes seleccionados para esta labor, como alguna vez dijo Max Cohen, debían ser hombres —o acaso mujeres— con una capacidad de concentración superior a la normal. Pero esta vez, aquella mañana, al salirse de la rutina, el miedo a que el peor de todos los escenarios surgiera, empezó a enfriar el interior de sus cuerpos.

Franklin repitió su pregunta “¿Qué estaba ocurriendo?”. No hubo respuesta. Federico estaba por acercarse a la tarima cuando vio a Ever correr hacia Vargas. ¡Corría! Dio tres zancadas con la corbata ondeando al aire, aplicó sus palmas delante y se llevó brutalmente al Presidente… antes de desaparecer.

Los hombres del DAS, repartidos por el escenario, junto al toldo, en la parte trasera, en fin, repartidos tal como Ever había ordenado, se apoderaron del lugar: en una centésima de segundo abarrotaban el lugar como en si fuese una fiesta de barrio, mientras atronaban las radios de los soldados, policías y agentes quienes, enloquecidos por el estruendo, corrían sin orden alguno. Los presentes guardaban un glacial silencio, pero no había pánico; nadie sabía qué estaba ocurriendo: el presidente había desparecido bajo un alud de hombres en camiseta y unos pocos de traje y corbata.

Federico saltó sobre las bardas y se topó con aquel muro de agentes; clavando su cabeza se abrió paso entre los robustos hombres del DAS. Tras estos habían dos soldados del CEAT sirviendo de retaguardia a Vargas. Otras tantas personas, de seguro miembros de la comitiva presidencia, estaban entrando a la tarima e iban en círculos gritando o apretándose el rostro en una loca fiesta sin música.

—¡Dónde está Papá! —gritó Federico, al menos dos veces, por la radio.

—Va para la casa, ya tenemos el carro listo —respondió Danilo quien, en efecto, acompañaba al Presidente a un Blackhawk donde un escuadrón de la guardia presidencial formaba un anillo de presidencial. Sus rifles el apuntaban a todo el mundo sin distinguir entre amigos o enemigos.

Danilo entregó al Presidente a uno de los soldados y empezó a gritar “¡Fuera, fuera, fuera, fuera, fuera!”. Mientras tanto, bajo el ruido de las aspas y el escándalo humano alrededor, Vargas preguntaba por Ever; intentó retener a Danilo para que este le informase, pero los soldados estaban empeñados en meter al jefe de gobierno entre el helicóptero y salir de allí cuanto antes. Esto pudo haber calmado a Federico, quien ahora tenía otra preocupación: Ever no aparecía por ningún lado; en medio del estruendo, las voces y el remolino humano general, habría sido imposible escucharlo si es que estaba hablando a través de la radio. Como comentaría Federico más tarde, lo que lo sacó de su agitación y lo llevó a un estado cercano al shock fue notar que sus zapatos y la bota de sus pantalones estaban manchados de sangre: la roja sustancia cubría todo el suelo y su propia cara estaba reflejada en él. Cuando logró abrirse paso, alrededor de un vacío estaban los presentes, observando un cuadro ahora irreversible: Ever permanecía extendido sobre su costado derecho, y a parte de que estaba sin cabeza y no parecía haber nada mal con él.

Federico se desmayó de la impresión; despertó quince minutos más tarde en una camilla de la cruz roja. Un enfermero le estaba midiendo la presión: por un rato, a parte del movimiento de sus párpados, permanecía estático: sus ojos giraron para mirar a sus compañeros, Franklin y Danilo, que por sus apesadumbradas expresiones dejaban ver claramente que ya se habían enterado de la noticia. Se incorporó sin dejar la camilla, tratando de hablar pero aún incapaz de formar una oración completa.

—¿Qué se supone que debemos hacer? —Preguntó Danilo. La cuestión en aquel momento era así: habían tratado de matar al Presidente, no tenían ningún punto para empezar, su jefe estaba muerto y no sabían a quién debían reportar primero, a quién consultar.

Max Cohen recibió la llamada faltando diez minutos para las doce del día. Dictaba en ese momento una cátedra sobre derecho y reformas constitucionales. Irónicamente, así lo consideró él, le hablaba en aquellos momentos, a una nueva generación de abogados próximos a culminar sus carreras de pregrado, sobre la pena de muerte.

—Se llama a esta la Razón 500: siendo el presidente de la república el primer ciudadano de la nación; entiéndase, el primer ciudadano: el centro del poder ejecutivo sobre toda la soberanía y la representación primera y última de la colombianidad en cualquier caso y por encima de todos, la unidad de la patria y el símbolo supremo de la justicia, atentar contra la vida del primer mandatario no puede recibir otro castigo que la pena de muerte. Me preguntaba uno de ustedes, otro joven, hace un rato, que por qué no había pena de muerte para otros crímenes “más graves”: la violación, el homicidio de niños, el secuestro incluso. Pues bueno: precisamente por que existe la Ley; que no es la ley de Dios, sino el sistema procesal colombiano; un sistema que, y no me canso de repetirlo, es considerado único en el mundo, muy por encima, incluso que el de otras naciones latinoamericanas. Cuando la vida u honra de un ciudadano se ven atacados, cuando se viola la ley, el sujeto que acomete el crimen debe ser procesado y, ante todo, debe recibir un castigo acorde a su delito. No es lo mismo el que le roba a una señora su cartera, que el que roba a la nación. Que el que mata a su mujer por que esta le es infiel que el que atenta contra la vida del presidente: porque va más allá de atacar a un hombre, está atacando a toda una nación. En algunos países un atentado contra la vida del presidente, primer ministro o incluso del rey, se ven como actos de guerra.

Entonces llegó la llamada; la encargada del auditorio de la universidad buscó durante un buen rato llamar la atención de Cohen, quien usualmente se entregaba de cuerpo y alma a sus cátedras. Una vez logró que el director del ARE pidiera disculpas y se acercara a ella, esta le condujo, sin agregar una sola palabra más, directo por el pasillo hasta la recepción. Si lo habían localizado ahí es que algo grave, por encima de cualquier caso que se pudiera presentar en un día normal, había ocurrido en relación al tan mencionado primer mandatario de la nación.

Sudaba, aún antes de tomar la bocina; recostó su cuerpo contra el escritorio —no era un hombre muy alto— y, dándole la espalda a la recepcionista empezó a responder por monosílabos. Tras cuatro minutos de silencios y gruñidos colgó, entró de nuevo, pidió disculpas a todos y, tras tomar su agenda del podio, se dirigió hacia su automóvil, visiblemente perturbado. Faltando unos minutos para la una de la tarde estaba en el Palacio de Nariño; subiendo hacia el despacho del Presidente, haciendo lo posible por cruzar en medio del tumulto de periodistas y personal interno. Julio Cesar Arangure, el ministro de defensa, estaba junto a la puerta del despacho principal, sin duda lo esperaba, pero no lo saludó de manera alguna; le hizo seguir y cerró la puerta bruscamente tras él.

Las ventanas estaban ya siendo bañadas por las primeras oleadas de lo que prometía ser una gran tempestad. Vargas no estaba ahí, fue lo primero que notó Cohen: estaba la primera dama, el coronel Buitrago, Hernán Buchelli y el ministro de defensa. Solo le extrañaba la presencia de la señora de Vargas.

Ninguno hablaba; estaban esperando de pie con las manos en los bolsillos, con excepción de Juanita Díaz, que estaba recostada contra el escritorio de su esposo. Max Cohen se inclinó hacia ella y le saludó, esta devolvió el saludo parcamente y pasó a dedicar su atención al globo terráqueo de la esquina. Una franja de la pared oeste se movió; mimetizado en el muro blanco y lila de cenefas doradas estaba el acceso a las áreas privadas de la familia Vargas. Quien acababa de cruzar ese umbral entre el mundo privado y el área pública del señor Presidente era su médico, Omar Dylan; viejo y delgado como un esqueleto, pero firme, tanto en su postura como en las órdenes que daba. Se retiró sus enormes gafas de acero y, obviando a todos los demás, se acercó a Juanita:

—Físicamente está en perfectas condiciones. La tensión un poco alta; el pecho acelerado. Pero creo que deberían hablar los dos, y, de ser posible, evitar todo compromiso en lo que resta del día.

Y acarreando su maletín de cuero abandonó el despacho presidencial como si fuese el escenario de una obra teatral. Juanita Díaz pasó al cuarto cerrando la puerta tras de sí; los hombres del presidente empezaron a tomar asiento donde pudieron, sin acercarse, por supuesto al sillón del primer mandatario. Le ordenaron al guardaespaldas salir y el ministro, el coronel y Cohen iniciaron una discusión cuyo contenido permanece en las brumas de los secretos de estado.

Franklin estuvo junto al ahora incompleto cuerpo de Ever Jesús Ríos mientras este era levantado por la Fiscalía para su traslado a medicina legal. Federico regresaba a la oficina, esquivando el tráfico de la hora del almuerzo, soportando la humedad de su auto y viendo las calles mezclarse bajo el diluvio. Sus pensamientos no podían ser más que sombríos. Danilo, ahora separado de sus armas, había regresado al uniforme reglamentario: traje oscuro y pistola automática. Sobre esta estaba su mano derecha, la izquierda estaba en su cintura, su cabello humedecido dejaba correr gotas que a todo momento debía retirarse que le cayesen a los ojos; al frente tenía un cadáver, y en los oídos las palabras del forense que hacía su trabajo. El occiso era Marcel Granados Lopera, de treinta y dos años, agente del DAS durante sus últimos seis. Le habían tajado la garganta de un extremo a otro con un solo corte, bastante profundo. La segunda víctima del día. ¿Y si era la primera?

—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —Danilo se hincó para dirigirse de la forma más discreta al encargado.

—Dos horas aproximadamente. Pero no le puedo asegurar si murió antes o después del agente que mataron en la tribuna.

Danilo sacó su teléfono móvil, pero lo volvió a guardar de inmediato; tal vez, por unos segundos, creyó que esto debía contárselo a Ever, luego debió recordar que estaba muerto. Eso o pensaba llamar a alguien más, a su novia, o a alguno de sus compañeros. Tras guardarse de nuevo su aparato empezó a caminar alrededor de la escena del crimen. El forense lo miró unos instantes antes de cerrar la bolsa con el cadáver. Estaban en el primer piso de la casa abandonada, que medio derruida goteaba por todas partes. Era el esqueleto de un hogar, con corrientes heladas pasando de un extremo a otro. Toda evidencia que hubiese habido ahí ya debía haberse borrado a causa de la lluvia y el viento. El agente del ARE subió al segundo piso. Allí había una carretilla y una pila de arena, la ventana y la brecha rota entre esta y el suelo, allí por donde el francotirador hizo su disparo.

Como si estuviese aplicándose al ejercicio, Danilo apoyó todo el peso de su cuerpo en las palmas de sus manos y los dedos de sus pies, manteniendo su cabeza a la altura que debía estar el francotirador. Su vista era excelente, pero aún con ello apenas si se distinguía en la distancia la gran carpa donde había estado el presidente. Los autos que rodeaban aún el perímetro lucían borrosos, en buena parte por la lluvia, y en mayor medida por la distancia. El tirador debía ser excepcional. Al menos allí estaba la primera pista: hombres con la capacidad de hacer semejantes disparos debían de contarse con los dedos de la mano, y eso a nivel mundial.

El teléfono de Danilo vibró; al contestar mencionó este primer dato, Franklin, del otro lado de la línea, habían recobrado el proyectil que había matado a Ever. Danilo escuchó impresionado:

—Calibre 50. ¿Como el de una ametralladora antiaérea?

—Un rifle antimateria Barrett, digo yo. Los de la Fiscalía van a llevárselo, pero yo ya pude tomarle algunas fotos. De todas maneras debemos arreglar el acceso a todas las evidencias que consigan estas personas. Hay que atrapar a este hijo de puta.

Danilo respondió con otra amenaza similar. Colgó el aparato y echó una última ojeada al lugar. El cuarto tenía unos seis metros de ancho y siete de largo; una alcoba principal. La arena de construcción estaba apilada en una esquina, junto a la carretilla, Danilo se acercó a detallarla pero no vio nada interesante; se fijó en la arena y, tras pensarlo un descubrió algo inusual que sólo mencionaría unas horas más tarde ante sus compañeros: a diferencia de las demás construcciones, donde se suele formar una pirámide cónica, esta estaba apilada de forma burda, desordenada, como arrimada afanosamente por un obrero que ve pasarse la hora de salida.

El agente llamó al policía que había llegado al lugar y había encontrado el cadáver. Le enseñó la arena.

—¿Cuando llegaron a verificar por primera vez esa arena estaba así? —Preguntó.

El policía meditó un rato y luego negó con la cabeza:

—Pues yo la veo igual. Pero usted entenderá que uno no se fija mucho en eso. Vinimos, miramos, no vimos nada raro y nos retiramos. ¿Usted cree que ahí guardaron el arma?

Danilo no respondió. Había suficiente material para esconder a un hombre si este montaba un sistema seguro para respirar bajo aquella pila. Un hombre y su arma; pudo haber estado desde temprano en la mañana, esperando. Aquello, comentaría luego, le recordó a las tácticas de algunos guerrilleros, quienes ocultos entre el fango esperaban durante todo un día para tender una emboscada a las patrullas de la marina. ¿Podía ser entonces que fuera el francotirador un hombre de las fuerzas especiales? El súbdito de alguna nación extranjera que hecho mercenario ha puesto a disposición de un partido desconocido su pericia para matar. Y había algo más. No pudo haberse cubierto de arena él mismo, si es que aquel fue el procedimiento para ocultarse; tuvo que haber alguien que le ayudase cubriéndolo; y dos hacen ya una conspiración.

Su teléfono volvió a vibrar, pero en vez de una llamada en la pantalla aparecía pendiente un mensaje de texto. En clave le ordenaban dirigirse de inmediato al cuartel general. De todos modos no quedaba mucho por hacer, salvo seguir aguantando el frío de la tarde lluviosa —había amainado ya la feroz tormenta— y seguir hilando ideas.

Franklin y Danilo llegaron a las dos y cuarenta y cinco minutos a la oficina de ARE. Magda no estaba, se le había ordenado salir y regresar en dos horas. Máximo Cohen y Federico estaban allí. Ambos conversaban —al menos eso parecía— en la oficina de Ever. Sus objetos personales, en las paredes y el escritorio, observaron esa tarde discutir a los cuatro hombres; había sucedido algo que no debería haber pasado: habían intentado matar a Vargas y uno de los agentes, además de un hombre del DAS, estaba muerto.

Los reclamos serían ridículos, tanto como preguntar qué había sucedido, aunque Cohen debía estar de nuevo en el Palacio de Nariño para responder a todo el poder ejecutivo, empezando por el Presidente mismo. La misión de la ARE no era saltar sobre el primer mandatario cuando empezaran a detonar los disparos, para ello habían siempre siete guardaespaldas robustos como jugadores de fútbol americano, pero con mejores reflejos. La agencia debía detectar las amenazas antes de que los conspiradores decidieran llevar el asunto al terreno de la práctica.

—Si Vargas está vivo, digámonos las verdades, es de puro milagro —dijo Cohen encendiendo su pipa, tras los primeros diez minutos de conversación. Ocupaba la silla gerencial del ahora difunto Ever y sus ojos viajaban de un extremo a otro de la mesa, pero nunca sobre los ojos de sus agentes. Danilo estaba de pie, Federico y Franklin ocupaban las sillas frente al escritorio. Max continuó:

—Una vez les dije que no creía en milagros, pero que sólo uno podía salvar al presidente si alguien estaba decidido a matarlo y tenía un plan para ello. Ahora, esto no lo puede saber nadie más porque nadie más va a entenderlo. Para los políticos y los policías la cosa es de delincuentes y víctimas: no pueden concebir la idea de criminal antes que el crimen. Y si alguien va a cometer un crimen debe ser un criminal y por ello debe ser detenido; esa es, en teoría, nuestra labor. Decirles que no podemos evitar que se atente contra la vida de una persona si los conspiradores han evitado todos nuestros sistemas de detección los llevará a pensar que no estamos haciendo nuestro trabajo.

—Pero aquí tenemos un hecho claro —señaló Federico—: la muerte de Ever.

Danilo preguntó por quién se lo diría a la familia Ríos; Max le dirigió una mirada veloz, encendió de nuevo su pipa y continuó con su argumentación anterior.

—Entre las primeras cosas que van a preguntar será por la identidad de los que están tras el atentado. En Colombia se ha desarrollado un curioso sistema de investigación: primero tenemos el nombre del culpable y luego realizamos la investigación para asegurarnos que en efecto sí es el culpable. Durante la guerra, cada vez que había un atentado señalaban a las guerrillas de hacerlo; igualmente con los homicidios, con los secuestros o las extorsiones. Se decía: “son las Farc”, aunque no se tuviera una certeza de cómo ni cuándo, y luego debía la policía y el DAS y la Fiscalía investigar para atrapar a los miembros de esta organización que habían cometido el delito. A esto se le llama “presunción razonable”. Si esta noche me piden un nombre (y estoy completamente seguro de que así será), díganme, ¿qué les voy a decir? Ese es el quid de la cuestión, señores.

—Es un outsider —declaró de inmediato Franklin—. Uno o varios profesionales, posiblemente extranjeros que han sido contratados por… fuerzas desconocidas con intenciones de acabar con la vida del Presidente.

—Eso último está fuera de toda duda —dijo Federico.

—¿Porqué extranjeros? ¿Acaso Colombia no produce sicarios ya?

—El arma que ha sido usada —respondió Franklin— debe poder disparar con alta precisión proyectiles calibre .50. Yo solo conozco un rifle de estas características: el Barrett antimateria; y esa es un arma que no puede conseguirse en Colombia y que muy pocos aquí conocen y no digamos ya manejan.

—Es un buen principio —concedió Cohen. Soltó un suspiro, no estaba satisfecho seguramente, pero se puso de pie de inmediato y, apuntándose la chaqueta agregó en voz baja—. Tal vez presionando al DAS y al DNE ganemos algo de tiempo hasta que ustedes se organicen y empecemos una investigación seria.

La ciudad estaba siendo azotada por relámpagos, la lluvia duraría hasta el día siguiente o se extendería por todo el resto del mes de abril. Máximo Cohen partió cuando las lámparas de la Avenida Séptima ya alumbraban un tráfico que se estancaba por momentos: toda camioneta o camión eran detenidos por soldados de la PM y policías de boina verde de antiterrorismo.

La casa de Nariño, silenciosa, estaba rodeada de un cinturón de periodistas, igualmente silenciosos.

Saturday, September 27, 2008


4. El Rey

Magda entró con un paso seductor de caderas oscilantes; los zapatos de alto tacón causaban ese efecto, al igual que fuertes dolores en los tobillos y en la espalda, no obstante, ante el gran jefe no podía andar descalza como le gustaba permanecer. En su mano derecha sostenía un plato y en este un vaso de agua con hielo. Ever no bebía café, ya que aseguraba que era uno de los causantes de la senilidad en personas mayores, mientras que el líquido elemento era siempre una necesidad del cuerpo humano. Al retirarse cerró la puerta.

Ever estaba en aquel momento dejando su gabardina negra en la percha, al lado del paraguas y el sombrero. Estos últimos accesorios rara vez los sacaba, ni aún en días de lluvia. Ese paraguas era en verdad un obsequio, y un arma. Cargaba proyectiles calibre 22 que disparaba por la punta; tal vez estaba descargado, tal vez no.

Federico ignoraba cuántos años tenía su jefe, pero ciertamente lucía más joven y en mejor forma física que él. Alto, de un metro con noventa centímetros, piel lustrosa, cabello rasurado, enormes ojos y unos delgados labios con cuyas muecas podía pasar de sensual a aterrador en medio segundo. Alguien podía juzgarlo de vanidoso y ese sería el único reclamo que su presencia podía generar: sus trajes eran hechos eran de Savile Row, en Londres; cada tres meses, eso lo sabían todos dentro de la agencia, hacía una visita a su sastre particular. Como en Bogotá no hay estaciones, sus trajes solo variaban de acuerdo a si eran lluviosos o soleados: unos claros otros oscuros, eso era todo.

—¿Dónde están los demás? —Fue la primera pregunta de Federico. Ever encendió su computadora y sin quitar los ojos de la pantalla respondió:

—Danilo está en Palacio; Franklin en el sitio —echó una rápida ojeada a su reloj—, o debe de estar por llegar ya. ¿Algo nuevo?

—Nada. D3 sigue con lo de los correos electrónicos, pero están casi seguros que son obra de niños; van a terminar por pasarle el asunto al DAS.

—¿El reporte de la Policía?

—Cien hombres de cerco; Fuerza Disponible. Veinte de CEAT, divididos a ambos costados. El DAS mandará cincuenta para que estén entre la masa.

—Cincuenta.

—Sí, eso es lo que dijeron.

—Para casi tres mil personas que van a estar ahí.

—Aunque se los dijésemos van a argüir que no pueden ya conseguir más gente.

—Claro que no. ¿Algo más?

—El listado de personal logístico. Encontré dos nombres con registros demasiado recientes, un mes y una semana respectivamente.

—Muy bien, no los quiero —A medida en que Ever hablaba Federico tomaba notas en su Palm.

—El ministro de Seguridad Social no estará —dijo Federico.

—¿Razón?

—Su hija tiene presentación en la escuela; día de padres de familia.

—¿Está confirmado?

—La pequeña tiene un papel protagónico en Cascanueces.

Federico sabía lo importante que era esto para Ever; muchas veces el peligro no se descubría por quienes estaban presentes sino por aquellos que hicieran falta. En un simposio realizado el año anterior, Ever Ríos citó a Sam Giancana: “si quieres saber quién es el traidor, busca entre los sobrevivientes”.

Tras revisar en detalle el cronograma de actividades del presidente, Ever y Federico fueron a la cocina. Al fondo, tras retirar una lámina de yeso que ocultaba una caja de seguridad, accedieron a sus pistolas de dotación Boa 9mm automáticas, hechas en Colombia por la Industria Militar. Allí había igualmente chalecos antibalas y clips extra para sus armas. Aunque los cuatro agentes podían y portaban armas propias, estas Boa con proyectiles prefragmentados no llevaban números de registro. Eran “armas fantasma”; si asesinaban a alguien con una de estas los forenses nunca podrían relacionarlos directamente con el hecho.

Ever recibió una llamada a su teléfono móvil, se retiró de la cocina y un par de segundos después regresó:

—Agarre el carro, un helicóptero de la Policía viene a recogerme. Tengo que hablar ya con Buitrago sobre lo de esos agentes del DAS.

Se refería al coronel Justo Daniel Buitrago, jefe de seguridad del presidente Vargas. Federico y Ever fueron juntos por el corredor y frente al elevador se despidieron. Para el agente Góngora aquello era también otra parte de la rutina, en que Ever siempre estaba entre los faldones del poder mientras él y los otros hacían el trabajo pesado. No es que el jefe se hubiese convertido en un figurín; seguía siendo un espía profesional, así que su trabajo principal en todas las reuniones, cócteles, almuerzos, cenas, desayunos, eventos y viajes era capturar al vuelo información o establecer lazos que le permitieran saber un poco más de todos. Federico Góngora lo ignoraba, pero una noche, allí en las oficinas de la agencia, Ever le había dicho a Máximo Cohen: “muchos espías son ‘prostitutas’ de la información. Yo soy el proxeneta”.

Mientras Federico encendía el automóvil, Ever subía al helicóptero de la policía. Uno tendría que vérselas con las calles, los embotellamientos y el calor ascendiente de la mañana; el otro miraría la ciudad desde los cielos mientras trataba de lidiar con el a veces imposible coronel Buitrago.

—Ese no es asunto mío —Replicó prontamente el coronel con una expresión que en su caso era casi siempre un reflejo—. Mire, Ríos: yo me encargo de la seguridad personal del Presidente. Lo que haga el DAS es cosa de ellos. ¡Hable con la directora!

—Coronel, quizá usted piensa que aún son las seis de la mañana y que está hablando con alguno de sus hijos escasos de cerebro —empezó a decir lentamente Ever— O tal vez a esta altura se le forma un coágulo temporal en la cabeza. Me va a decir que no tiene el menor control sobre el personal de seguridad que se distribuye alrededor del Presidente, ¿me está diciendo eso? Tiene a su cargo a casi doscientos veinte hombres y deja que ellos hagan lo que les da la real gana.

El coronel se tomó sus treinta segundos para responder sin perder los estribos. Llevaba ya años enfrentando al implacable Ever, y responderle con insultos o amenazas le podrían acarrear problemas; aquel negro estaba bien conectado y era astuto como un zorro; el Presidente lo trataba como un amigo y su “agencia” podía mover a todo el estamento de defensa gubernamental como fichas de parqués.

—Su trabajo, Ríos, es prevenir amenazas, no meterse en las estrategias de seguridad.

—Error… yo trabajo sobre amenazas: si me parece que la corbata de un ministro brilla de tal modo que le pueda causar un sarcoma al Presidente al ministro le quedan dos opciones, cambiarse la corbata o perderse. Cincuenta hombres del DAS bostezando entre la masa me sirven tanto como tener pelo entre el estómago; o apoyan el cordón de seguridad o servirán agua para los técnicos; no van a estar ociosos.

Buitrago se inclinó hacia Ever:

—Entonces bien puede ir con cada uno de esos agentes y decírselo.

Ever estaba a punto de responder algo, pero se lo guardó y tomando el diagrama impreso del lugar del evento al que asistiría el Presidente pasó al siguiente punto de sus requerimientos.

Franklin detuvo su automóvil; al abrir la puerta y poner un pie en la tierra gris y sin vida del camino quiso exhalar todo el aire caliente de su cuerpo. Odiaba tener que usar corbata, más aún para tareas que lo tenían fuera de la oficina, pero como odiaba los escenarios cerrados de trabajo había tenido que aprender a amar las corbatas, los trajes a la medida y las camisas de puños cerrados. Sacó su botella de agua, bebió el resto del contenido y arrojó el envase al asiento trasero antes de cerrar la puerta de un golpe. Luego chaqueta en mano se dirigió hacia la tribuna.

Un policía se acercó, pero antes que hubiese abierto su boca para cuestionar qué hacía ahí, Frank extrajo su identificación, mandando al agente de regreso a su puesto. Tras hacer un chequeo general del sitio se dirigió hacia un camión adyacente al escenario. Allí había otro policía, pero este lo dejó pasar sin dedicarle una gran atención: si estaba allí, a esa hora, debía ser por algo.

En el vehículo permanecía una nube de tabaco rubio, dentro se encontraban tres técnicos controlando las diez cámaras de vigilancia establecidas alrededor del podio donde el Presidente daría su discurso.

Los técnicos tenían frente a sí una labor de complejidad clínica. Debían hallar entre los presentes alguna amenaza. No podían parpadear, no podían cometer errores. Si algo emergía, como los ojos del cocodrilo en el pantano, debían mandar al ataque a los agentes e informar a los guardaespaldas del Presidente que este debía ser retirado en el acto. Como aquello significaba que los robustos hombres de traje negro debían saltar sobre Vargas, la amenaza debía ser real. Podemos decir que estos sujetos debían ver la trayectoria de una bala, y sólo así poder desatar el pánico.

—Control —dijo Franklin al entrar.

—Entonces… —dijo lentamente el técnico del medio, el más obeso de los tres. Giró su silla y le ofreció un cigarrillo a Frank— ¿Cómo vamos hoy?

—Hasta ahora no he visto nada que me moleste. Pero naturalmente es muy temprano para decidir si este va ser un buen día, o si este va a ser el día.

Como ocurría normalmente, Frank hablaba un español supeditado al sistema estadounidense de expresión. El gordo, Arnoldo Mendieta, no replicó nada y siguió con la vista clavada en las pantallas. A estas Frank dedicó su atención por un rato: cuatro estaban dedicadas a la muchedumbre que se empezaba a agolpar contra las vallas de seguridad de la policía, situadas a ocho metros de la tarima. Otras dos mostraban los extremos internos opuestos del podio y al personal que allí trabajaba. Dos enseñaban el estacionamiento de vehículos oficiales, con un paneo directamente sobre las matrículas de los autos. El encargado de esta última cámara tenía una computadora portátil conectada a la base de datos del DAS; hasta ahora, como decía Frank, era un buen día.

Salió sin decir palabra y dejó la puerta abierta. Miró alrededor y luego empezó a caminar en reversa, observando siempre por encima del camión. Allí habían tres hombres de traje negro, bien ocultos para todo el mundo, excepto para la detallista mirada del ex agente de la CIA.

Eran francotiradores profesionales de la policía; cada uno con al menos cien aciertos a un blanco situado a medio kilómetro. En un extremo estaba el teniente Villanueva, conocido de Franklin; aquí actuaba como marcador de sus tiradores. No era este el único trío de protectores armados con rifles Winchester de largo alcance, pero era el único oficial de policía, de aquel orden, que conocía a Frank.

—Entonces, teniente: ¿teniendo un buen día?

—Los carros que me parquearon allá si quedaron lindos, ¿no? —respondió con sarcasmo el oficial sin quitarse de enfrente los binoculares—. Con ese brillo tan hijueputa que están pegando no voy a ver una mierda; y esta gente tampoco.

—Lamentándolo mucho, teniente. Nosotros no diseñamos este asunto.

—Supongo que no.

—Pero, usted debe tener en cuenta que una buena parte del trabajo pueden hacerlo las cámaras de seguridad.

—Viejo Frank: si yo me hubiese confiado una puta vez, una sola puta vez en cualquier cachivache distinto a los ojos de mis muchachos durante una operación, los terroristas le habrían dado por el culo a todo el país.

—Tenga eso por seguro, teniente. ¿Algo más que reportar?

—No… excepto una cosa: estamos apuntando hacia el noroeste. El equipo B está apuntando hacia el sureste, ¿nadie está apuntando hacia el oeste?

En esa dirección apuntó Frank su mirada: la muchedumbre ya superaba las dos mil personas, lo cual era algo increíble. Pero fuera de la masa allí congregada, y de las patrullas y agentes de policía a pie no había nada, ni siquiera un arbusto, en por lo menos cuatro kilómetros de tierra desnuda.

—Bien… de hecho no pienso que ustedes tengan que preocuparse por ese costado gente. No es un riesgo aceptable apuntar a los espectadores.

—Es que yo no estoy hablando de apuntarle a los espectadores; yo estoy hablando de apuntarle a eso —exclamó llenándose de furia el teniente, señalando algo remoto establecido en la nada plana del horizonte. Franklin tuvo que tomar los binoculares para localizar, en esa nada de la que hablamos, una remota casa, de dos pisos: la última entre las arenas y terraplenes de un sector en construcción.

No era una vivienda completa, sino las partes últimas que se negaban a caer de lo que fue el hogar de alguien. Todo aquel vasto desierto que Franklin estaba observando, y al que, de una forma indirecta se dirigiría el Presidente esa mañana, había sido en otro tiempo el sector de Patio Bonito: hectáreas y hectáreas cuadradas de concentraciones humanas sin ningún orden ni planificación. Por intermedio del Departamento de Planeación Distrital de Bogotá, el gobierno de Vargas había empezado el piloto de un gran plan para redistribuir la tierra en las áreas urbanas. Se tratada de la compra de grandes zonas de terreno, el cual tenía unos pocos propietarios. Lo que se alzaba sobre aquellos suelos eran más principalmente tugurios, edificios abandonados y fábricas de polución. Una vez el gobierno se hizo al terreno lo derribó todo y alzó sobre este una serie de círculos compuestos por torres de treinta pisos, dotados de servicios, con grandes ventanas y zonas verdes en rededor. Los presentes, allí esa mañana, eran las familias que, mediante un nuevo sistema de crédito, se habían hecho a alguno de estos apartamentos de diseño moderno, con grandes espacios y hermosa visa. La casita hecha pedazos, aún no terminada de derribar, era el último vestigio del caótico pasado del sur de Bogotá.

—Ciertamente —respondió entonces Franklin—. Pero, dígame teniente: ¿usted realmente cree que es posible para un francotirador allí situado disparar contra el escenario?

—Creo que cualquier vaina es posible hoy en día —refunfuñó el oficial en voz baja—. De todos modos no quiero ver a nadie ahí.

Franklin igualmente lo consideró una idea sensata. El helicóptero con el jefe de seguridad del Presidente y Ever había llegado hacía algunos segundos. Frank aprovechó para comunicárselo a su jefe.

Unos cinco minutos más tarde una camioneta con cuatro hombres de antiterrorismo de la policía llegaron al lugar. Lo rodearon y, a parte de treinta bultos de cemento y una pila de arena de dos metros, no hallaron nada. Lo reportaron, regresaron a su vehículo de ahí a su posición establecida.

Aunque el lugar ahora estaba desocupado, dos ojos estaban encima de este: Ever igualmente consideraba aquellas ruinas como una amenaza, así se lo hizo ver al coronel Buitrago, este parecía ya harto de las continuas preguntas y objeciones que ponía el jefe del ARE:

—Se acaba de mandar personal a ese sitio, señor Ríos, y no encontraron nada. No vamos a mantener a nadie ahí porque el brigadier no cuenta con más gente en el sitio. Además, desde ahí es imposible lanzar cualquier ataque contra el Presidente. Punto.

Ever no agregó nada más, prefirió llamar por su radio a Federico y pedirle que contactara a alguien del DAS. Federico fue con el jefe del destacamento, un sujeto de treinta y tantos años vestido con una chaqueta de cuero y jeans que portaba una radio en la mano. Tras mostrarle su identificación el agente encargado lo miró con desconfianza mientras preguntaba lentamente qué deseaba.

—Necesito a dos de sus agentes de inmediato —respondió Federico.

El agente respondió que necesitaba saber para qué los requería, Federico se explicó: la casa abandonada situada un kilómetro hacia el oeste debía estar bajo vigilancia y únicamente los hombres del DAS podían abandonar sus posiciones y cubrir el lugar. El hombre al mando del destacamento aceptó de inmediato al parecer, pero dijo que debía ser él y nadie más quien les asignara las órdenes a sus agentes.

Casi de inmediato una gran agitación se apropió del lugar. Los soldados y policías alrededor, con todas sus variaciones de uniformes empezaron a revisar sus armas y a inspeccionar en detalle sus uniformes. Se había dado por radio la señal en clave, secreta, que todo el mundo conocía: el Presidente estaba aquí. Sus traslados, siempre coordinados por la ARE y el coronel Buitrago, eran considerados clasificados. Bien podía arranca la caravana de coches blindados y motocicletas a andar desde la Casa de Nariño, aunque el primer mandatario se estuviese desplazando en un helicóptero artillado. El único que había puesto una queja sobre este procedimiento, según Ever, era el propio José Hilario Vargas.

Ever Jesús de nuevo repasó el esquema, esto sin abandonar su posición sobre la tarima. Al frente ya se agolpaba una masa de quizá tres mil personas, los agentes del DAS, como había pedido él mismo, vestían de forma casual y permanecían alejados de la muchedumbre, cerca de los equipos sonoros, cual si fueran parte del equipo técnico del evento. La instalación había empezado a las seis de la tarde del día anterior, y a esa hora aún había tareas por realizar; tanto tiempo gastado, se podría pensar para una simple alocución presidencial. No pasaba lo mismo con la seguridad: policías, francotiradores, agentes del DAS y de las otras agencias estaban ya ahí, en sus puestos, listos a seguir todos los protocolos de acción en caso de presentarse la menor amenaza. Ever fue a la parte trasera del toldo y se dirigió directamente al Presidente; lo saludó respetuosamente, mas Vargas siempre tenía una actitud relajada hacia su personal:

—¡Ever! Qué hubo hermano. Genial que usted esté por aquí encargándose de toda la vaina. ¿Cómo está su señora y sus hijos?

El agente Ríos respondió amablemente que todos estaban bien y le enviaban saludes. José Vargas vestía con pantalones claros y una camisa sin corbata, prenda esta última que empleaban únicamente para asuntos oficiales. Una vez, de hecho, el lente de un fotógrafo alemán lo había capturado sentado sobre su escritorio, respondiendo una llamada, rodeado de ministros y llevando una sudadera. Siempre deseoso de parecer un hombre descomplicado, en una de sus primeras entrevistas aseguró carecer de trajes costosos, salvo un esmoquin italiano empleado para asuntos de etiqueta. Afirmó entonces que un Presidente debía ser considerado un empleado público más, y si el pueblo debía buscar algún día un símbolo de unidad —algo que la Constitución afirmaba que el Presidente era— debían dirigir sus miradas hacia la selva, a las montañas, a las hermosas costas, o acaso a la bandera tricolor.

Ever y Vargas caminaron hacia la tarima. Antes de subir apareció Luis Ángel Mayarino, jefe de comunicaciones y portavoz de la Casa de Nariño. En sus manos llevaba el discurso, era un hombre alto y delgado como una palma africana; extendiéndole los papeles a Vargas parecía no querer dejar ir al mandatario antes que hubiese echado un vistazo al argumento por él redactado. Sin más palabras Vargas hizo caso: movió los labios rápidamente ante el primer párrafo y agregó secamente “Aceptable. Irá bien”. Como rara vez demostraba mayor entusiasmo ante uno de los escritos de Mayarino, este consideró terminada su tarea y fue a buscar su sitio sobre el escenario.

Sobre el escenario estaban presentes algo así como treinta personas. Ever se situó en la mitad y empezó a contar cabezas, en sentido de las manecillas del reloj, desde el dúo encargado de la cámara diagonal al podio, hasta sus contrarios en el ángulo opuesto. Allí apenas si eran necesarias ocho personas, y empezó a despedir gente sin que estos encontrasen argumento para contravenir la orden. Los guardaespaldas empezaron a subir y a revisar el sitio; cada uno podía portar una pistola automática, así que Ever debía situarse en una esquina con su arma, lista a dispararle a cualquiera de aquellos hombres, que si bien eran constantemente pacientes del polígrafo y los psiquiatras, el sólo hecho de estar armados cerca del Presidente los hacía potenciales magnicidas. Bajo la sombra de un enorme altoparlante, el jefe de la ARE esperó la llegada de su protegido.

Franklin estaba de nuevo con los francotiradores. Con un par de prismáticos vigilaba el desplazamiento de las unidades contraterroristas. Federico había regresado a su auto, se había aflojado la corbata y, con una antena y una computadora portátil, se dedicaba a escuchar las conversaciones entre los distintos servicios de seguridad presentes. Danilo no llevaba su traje sastre aquella mañana: tomó un uniforme de policía y un rifle de asalto Armalite AR-15, cuatro granadas, una Sig-Sawer 9mm y su cuchillo de caza. Si alguien quería subir por la escalera hasta el interior del escenario debía pasar por encima de él.

El jefe, Ríos, presionó un botón de su cronómetro Omega:

—Papá está aquí; todos presentes en el comedor —era la contraseña designada para señalar la llegada de Vargas. Ahora todos debían poner su atención en ver lo que en teoría no debía estar ahí.

Todos pudieron escuchar entonces, a su alrededor y a través de la frecuencia radial, el rugido estruendoso de la muchedumbre aclamando al presidente más popular en la historia del país. Una tormenta de aplausos y aclamaciones se elevaron al cielo y agitaron el centro de la Tierra. José Vargas, frente a cuatro mil setecientas personas, se inclinó a saludar a su pueblo.

Hacer una venia para saludar a una muchedumbre había sido uno de lo gestos característicos de Vargas durante toda su carrera política. Había empezado como concejal de Bogotá, a los veinticuatro años, alcalde a los treinta y dos, senador por el partido Liberal a los treinta y cinco, ministro de justicia a los treinta y siete, cinco años de estancia en Moscú y ahora, a los cincuenta y un años y tres meses, presidente de la República.

Quienes corrían a su alrededor como fieles cortesanos no cesaban de recordarle, a quien quisiera escucharlo, que Vargas no venía de una familia encumbrada, sino de la clase media trabajadora: Enrique Vargas era agrónomo de profesión, pero desde que terminó su carrera, hasta que nació el segundo de sus hijos, José Hilario, mantuvo a sus hijos con su sueldo de conductor de autobús. Su esposa, Milla Enea Matejko, hacía lo propio en un encumbrado colegio local enseñando piano y, en breves ocasiones, francés. Aunque hablaba siete idiomas, y en la universidad de Varsovia estudiaba física aplicada, su mal manejo del castellano le valió verse relegada a ser, simplemente, la estricta y odiada profesora de piano.

La relación de Enrique con Milla dio, no sólo dos hijos, sino la fuerza para que el padre de familia buscase una mejor ocupación. Estudiante de una escuela moderna, no deseaba ver a sus retoños convertidos en unos ignorantes por simple falta de recursos; así que tomó un trabajo de tiempo parcial como mesero en eventos organizados en los salones del Grand Imperia Hotel, allí conoció al abogado Eliécer Calles, exitoso en su campo, con un caudal de dinero a sus espaldas, y una sola pasión verdadera: el ajedrez.

Vargas jugaba poco, pero su dedicación al juego ciencia le granjeó una amistad duradera con Calles. Éste por su parte lo introdujo dentro de diversos círculos sociales, permitiéndole así hacerse a un puesto en una fábrica de insumos agrícolas en Zipaquirá, un municipio situado a una hora de la capital.

La infancia de José Hilario transcurrió entonces en una antigua casona, húmeda y recorrida de pisos al techo por incontables grietas y grandes ventanas veteadas de mugre y algas. Su padre era un hombre a la antigua: trabajaba de las ocho a las ocho, todos los días, descontando el domingo, día de visita a la iglesia para elevar una plegaria de agradecimiento por los favores recibidos. Su madre por el contrario daba clases particulares de francés y matemáticas; cuando esta permanecía en casa no resistía ver a sus hijos jugando o distrayéndose frente al televisor: los obligaba a estudiar aquellas asignaturas que la escuela no cubría, como latín y botánica.

A sus quince años, José Hilario presenció la ruptura familiar: Enrique Vargas llevaba algunos años sosteniendo un romance con una antigua compañera de la secundaria. Al parecer el hombre estaba cansado de mantener esta relación bajo el sigilo y el miedo; reveló la situación a su esposa, pero esta se negó a divorciarse de él. Llegaron a un acuerdo: ellos permanecerían en Zipaquirá y el Enrique, que había logrado ser ascendido a la dirección central la firma exportadora de insumos, se instalaría en la ciudad, con su compañera, y les enviaría lo necesario a su esposa e hijos para vivir.

La situación en casa se complicó al parecer; Milla moriría a los cuarenta y dos años por una sobredosis de pastillas mezcladas con vodka. Se había hecho, al parecer desde hacía muchos años atrás, adicta tanto a los fármacos como al licor. Pero hasta que esto sucedió, al cumplir José Hilario los diecisiete, aquella dama polaca se fue tornando cada vez más agresiva, hasta el punto que Horacio Antonio, el hermano mayor de José, se quitaría la vida estrellando su propio auto contra un muro de concreto. Con tan funesto acto no es extraño que la madre terminase volcando sus últimos días a un consumo sin pausa de anfetaminas; y el joven José, quien dependía mucho de su hermano, en un sentido afectivo, enfermó repetidas veces, y a lo largo del año que siguió al deceso de Horacio, estuvo interno en una clínica bogotana en unas siete oportunidades.

Extrañamente, o singularmente al menos, sería también el juego ciencia el recurso con el que saldría de sus padecimientos. Así como su padre encontró en el ajedrez una forma de entablar una amistad que le reportaría enormes beneficios, el muchacho desarrolló un interés tal en la disciplina que logró dejar atrás el abismo depresivo en el que se había hundido con la pérdida de sus familiares. En algunas entrevistas y artículos de prensa redactados por él mismo, José Hilario Vargas declararía que su pasión, incluso su adicción al juego fue lo que lo rescató de una segura debacle moral cuya senda lo hubiese dirigido sin duda a la autodestrucción. Jugaba hasta siete partidas al día, recorriendo la ciudad de un extremo a otro (había regresado a Bogotá tras la muerte de su madre), buscando jugadores en los clubes de billares, en los cafés y las universidades. Extrañamente nunca entró a participar en torneo alguno.

Se hizo abogado en la Universidad del Rosario; realizó prácticas con Eliécer Calles, quien sería su primer guía en los caminos y vericuetos de la política. Calles, liberal de toda una vida, hijo de liberales pero padre de nadie, tomó al muchacho y lo impulsó a llegar a aquellas cimas a las que él, por una u otra razón, jamás pudo alcanzar.

Durante su periodo de alcalde de Bogotá, un periodista le preguntó qué clase de dirigente era; Vargas se tomó su tiempo y dijo que, ante todo, era un hombre que disfrutaba seriamente la política, pero más aún la administración. “Todo puede resolverse si se sitúan los asuntos en su lugar” declaró, aunque, incluso él admitiría, unos años más tarde, que como burgomaestre no logró alcanzar el desempeño deseado. No es esta recordada como una mala administración, pero analistas de diversos niveles coinciden en señalar que durante los cuatro años de administración Vargas la ciudad sólo vio un crecimiento físico, mas no social: se desarrolló el metro, el tren de cercanías, se invirtieron millones en la reparación de la malla vial y en otras tantas obras, pero incluso los planes de apoyo para los estratos más bajos de la población quedaron frenados, algunos llegando a estancarse por completo.

Su mala racha en este campo pudo ser uno de los factores para que, durante los siguientes años, su carrera se desarrollase en la sombra. Cuando entró a reemplazar en el Ministerio de Justicia al investigado Orlando Padilla Prieto, muchos consideraron su nombramiento como una jugada del gobierno conservador de entonces para congraciarse un poco con los liberales, quienes en el congreso orquestaban una campaña de oratoria contra el poder. Y aun tan alto cargo no le reportaría mayor publicidad; daba cortas declaraciones y los periodistas rara vez preguntaban por él, salvo cuando se estaba ejecutando un gran caso en la corte suprema o se desataba un gran escándalo de corrupción; los micrófonos corrían hasta la puerta de su despacho, y al ser atendidos por el siempre relajado Vargas, este respondía con vaguedades que no valía la pena reseñar ni siquiera en las últimas ediciones de los noticieros.

Lo que sí logró llamar la atención del país fue su compromiso matrimonial con la periodista Juanita Díaz, una atractiva presentadora de noticias, alta, de elegantes facciones y un juvenil tono de voz que nunca le alcanzó para ser considerada una periodista seria. Estaba encargada de las noticias culturales y de farándula, realizando, una que otra vez, la presentación del noticiero de la mañana. El político, de treinta y seis años, y la egresada de economía de veintisiete, se habían conocido en un partido de tenis durante el cual algunos miembros del gobierno jugaron contra algunos tenistas nacionales con mejores o peores trayectorias. El asunto no pasó de ser una nota cómica en la sección final de las noticias: los ya mayores hombres de estado corrían torpemente tras la pelota; solo Vargas, en mejor condición física que sus compañeros, logró ganarle un par de sets a Patricio Banca, su contendiente en esa oportunidad. Díaz se encargó del cubrimiento del asunto y le realizó algunas preguntas a José Hilario, las cuales no llegaron a salir al aire, según el coordinador, por falta de tiempo. Ese día se iniciaría un romance que duraría dos años, al cabo de los cuales la pareja anunció su compromiso de boda.

Heredero de la robustez de su padre, el color claro y el rostro simétrico de su madre, José Hilario siempre tuvo un singular atractivo de hombre maduro. Él y Juanita lucían como una encantadora pareja; esta caleña había sido modelo y concursante en diversos certámenes de belleza. Su boda se realizaría en San Petersburgo, ya que, tras terminar su periodo como ministro, el futuro presidente fue enviado a la embajada colombiana en Moscú.

Su camino a la presidencia no fue, como sugieren algunos, una larga lucha, sino apenas una carrera de obstáculos que José Vargas sorteó con agilidad.

Tomas Cipriano Velasco llegó al poder mediante gritos y amenazas; su propuesta de “erradicar la politiquería” se desarrolló en una purga general en todos los niveles del gobierno. No exageramos: hasta las aseadoras de los edificios ministeriales quedaron en la calle, así como los oficiales diplomáticos, generales del Estado Mayor, directores de instituciones gubernamentales y sus secretarias o secretarios. El “barrido” fue aclamado por los fanáticos del nuevo gobierno, quienes hablaban de una “demolición de la antigua burocracia”. Para mantener los tres poderes en funcionamiento, Velasco se trajo a sus amigos, los amigos de estos, familiares, allegados, socios comerciales, acreedores, ex amantes, compinches del club, ex colegas de la universidad o el colegio y algunos liberales que golpearon la puerta de su despacho con alguna bella ofrenda en sus manos.

José Hilario Vargas regresó a Bogotá, le ofrecieron ser decano de Leyes en la Universidad Nacional y no titubeó para aceptar el cargo. Su esposa trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, vivían en un pequeño apartamento del barrio El Retiro y con un solo auto parecían llevar una vida plena, tal vez feliz, pero ante todo sencilla. Durante este periodo Vargas escribiría tres libros, uno de ajedrez con escasa circulación, uno de leyes, en el que compilaba sus escritos publicados en la revista de leyes de la Universidad Javeriana, y un análisis crítico, bastante cáustico, sobre los últimos gobiernos, en especial el del entonces presidente Velasco.

El texto, publicado por el FCE, se agotó en su primera edición y la editorial Panamericana compró los derechos para vender una versión revisada por el autor. Al llegar de esta manera a muchas más librerías, el libro, que mezclaba un negro sentido del humor, con el ajedrez, con la literatura, y la situación nacional, sacó a Vargas del olvido y lo puso de nuevo en las páginas de los diarios. Y, semanalmente, debemos decir: desde su columna de opinión El jinete, en las páginas de El Espectador, se transformó en la mayor pieza de artillería de la oposición al gobierno; aquellos que cerraron filas a favor de Velasco, como los directores de los canales privados, revistas como Diners, e intelectuales de derechas, le declararon la guerra, invitándolo a peligrosos debates donde intentaron, sin lograrlo, aplacarlo mediante emboscadas. Contrario a lo que buscaban, Vargas se tornó tan famoso, que cuando por fin el gobierno logró expulsarlo de la Universidad Nacional, los liberales lo hicieron jefe de su partido, y su principal ficha para los próximos comicios electorales.

Muerto Velasco, desangrada la nación, el pueblo votó por él y al presentar su discurso de posesión impresionó a sus oyentes presentándose sin libreto alguno en las manos, aferrando el podio como si desease levantarlo, e inclinándose sobre el micrófono en forma amenazadora: “Espero que me estén escuchando todos; y por todos me refiero también a aquellos colombianos que se han olvidado de sus obligaciones, de mirar al poder, señalarle sus defectos, y que han preferido dar la espalda y no complicarse la vida. ¡Tenemos mucho que hacer!”. Durante sesenta minutos recriminó a todo el mundo y declaró que ahora todos estaban condenados a dedicar sus días levantando los escombros y reconstruyendo el edificio despedazado de la patria.

“Le dieron el poder a una pandilla de maleantes con tal de sentirse seguros contra los fantasmas del bosque. El resultado corre por los riachuelos de sus veredas y los grandes ríos de la nación: el tinte carmesí de la sangre humana”

Escandalizados, los viejos políticos lo criticaron severamente. Uno que otro periodista le dio el título de “Tomás Velasco II”, por su lengua de fuego. Pero su primera batalla, en el campo político, la ganó cuando fue recibido por el presidente Frank Beuler. Ambos compartían la misma visión de centro izquierda, así que Vargas consideró conveniente tender un sólido puente entre ambas naciones; un puente reducido hasta entonces a ser una débil soga por las acciones de la anterior administración colombiana.

Beuer tenía un proyecto, y lo llevaría a cabo así viese en riesgo su propia carrera, como se lo comentó a Vargas en la Oficina Oval: legalizaría las drogas, les impondría un estricto control, toneladas de impuestos y largas condenas a aquellos que fuesen pillados vendiéndole estupefacientes a menores de edad o mujeres embarazadas. Los demócratas habían llegado al poder con un discurso similar al de los liberales en Colombia: acabar la guerra, todas las guerras, y no prolongarlas.

Si en los Estados Unidos Frank Beuer se ganó enemigos, procesos, investigaciones y demás, en Colombia Vargas empezó a ganarse amenazas políticas, sociales y de muerte. Ni a los narcotraficantes, ni a las guerrillas, ni a los paramilitares, mucho menos a la iglesia o a los conservadores les interesaba que las drogas fueran legalizadas. Para ellos era una cuestión de negocios, o moralidad; para Vargas y los liberales de izquierda, una cuestión de vidas humanas y una nación cuya tierra fértil estaba siendo destrozada por acabar algo inextinguible.

“Hay quienes llaman a esta la ‘flor maldita’.” dijo en un discurso mientras sostenía una amapola en su mano, “Pero esta es una obra de la naturaleza, una obra de Dios. Quiénes son ustedes para sojuzgar la obra del Señor; para quemar los bosques y envenenar la tierra.”

Contra viento y marea el congreso de los Estados Unidos levantó la prohibición de las drogas. Hubo una serie de eventos, fiestas y conciertos por toda la nación norteamericana celebrando el fin de la restricción, principalmente contra la marihuana.

Cuando el Cesar dice hágase, ya está hecho. Siempre se puede contar con la obediencia al Tío Sam, especialmente por parte de sus sobrinos más pobres; países como Ecuador, Bolivia, México y por supuesto Colombia, legalizaron la cocaína, heroína y la marihuana. Y empezaron a exportarla abiertamente a los Estados Unidos.

Velasco y Beuler ya tenían planes para lo que sin duda se convertiría en un bombardeo de estas sustancias sobre el suelo estadounidense. Primero, la DAFT (Agencia de control de drogas, alcohol, armas de fuego y tabaco) recibía en los puertos la mercancía, evaluaba cargamento por cargamento, y si llegaban a descubrir algún ingrediente nocivo, como la acetona, o sucedáneos para rendir el producto, como cal, los agentes procedían a incinerar toda la carga y poner a los transportistas bajo arresto.

La importación a la antigua, mediante avionetas, se tornó mucho más arriesgada: once aeronaves que volaban sin identificación o no respondían a la torre de control, eran derribadas de inmediato mediante buques radar cercanos a las costas, cazas ultramodernos con misiles inteligentes, e incluso con rayos láser. Fue esa la primera aplicación que tuvo el programa de la Guerra de las Galaxias: un rayo podía ser disparado desde las montañas del centro de Estados Unidos, coordinado entre satélites y apuntado a cualquier objeto que estuviese dentro de la mira de uno de estos aparatos. Este proceso tomaba unas once milésimas de segundo, desde el momento en que el operador oprimía el botón de disparo, hasta que la descarga de luz freía, literalmente, al aparato y a todos los que estuviesen dentro. En la mayoría de los casos reportados —unos diez dentro de un periodo de tres años—, las aeronaves se fragmentaron en el aire, en cenizas diminutas que, esparcidas por el aire, llegaban a formar pequeñas nubes y misteriosas nubes grises, de las cuales se dio un buen recuento fotográfico por parte de turistas y agentes de derechos humanos. Otro tanto ocurrió con los botes inflables que intentaban aproximarse a la costa y, a pesar de la identificación positiva por parte de los servicios de vigilancia, escapaban a los guardacostas. En billones de partículas esparcidas en las aguas quedaron reducidos los que intentaron evadir los impuestos y controles de la importación de drogas.

En Colombia, la industria de las drogas cayó prontamente en manos del Estado. La siembra, producción y distribución de las sustancias, que antes era dirigida por los temidos capos, con sus grandes camionetas, gigantescas mansiones veraniegas, esculturales mujeres y escoltas malencarados armados hasta los dientes, quedó en manos, tanto de campesinos como de los encopetados y entrajados hombres de negocios de las grandes ciudades, quienes, hartos ya de pasar de un empleo malo al otro, vendieron sus capacidades administrativas al gobierno y pronto se hicieron ricos en la floreciente industria.

Los grupos económicos de siempre, hasta entonces en proceso de desmoronamiento, también se hicieron a una parte del negocio; la competencia se tornó feroz, el estado aplicó sus colmillos a la yugular de las cuentas bancarias y el dinero fue encausado hacia el desarrollo social, de obras y de proyectos tecnológicos a futuro. Capaz de generar trabajo, energía, alimento e incluso su propia maquinaria, Colombia se tornó en la tercera potencia del continente americano, peleando por un ajustado segundo lugar con Canadá.

Un uso extensivo de los medios de comunicación le permitía al gobierno hacer saber las buenas nuevas, cuya progresión matemática arrancaba lágrimas de los más patriotas, a diario. No era raro entonces que el fotogénico presidente José Hilario Vargas fuese tan fuertemente aclamado aquella calurosa mañana de Abril, así como en cualquier otra presentación que daba.

Cuando la ovación disminuyó su atronador volumen, Vargas arrancó el micrófono del podio y caminó hasta el borde de la tarima con una mano en el bolsillo y una sonrisa de humorista de club privado:

—Hola cómo están.

La aclamación recobró su anterior tono como una tormenta desatada repentinamente. Se agitaban banderas y pancartas. Las mujeres se llevaban los dedos a la boca y lanzaban besos cuya pasión se dejaba ver en la forma en que ardorosamente cerraban los ojos a la hora de lanzarlos. Los hombres, salidos de sus transpiradas camisas, agitaban el puño en alto y luego extendían los dedos; todos querían tocar al ser divino.

—Ahora estoy recordando mi primera… mi primera charla con ustedes; porque para mí son charlas; aunque solo hable yo… lástima —enseñó una sonrisa inocente y hubo risas en réplica. Tras bambalinas Mayarino cerró los ojos y soltó un suspiro forzado: Vargas entraría a improvisar, de nuevo—. Decía… la primera vez que le hablé al país fue para hablar de trabajo. Bueno, es hora de hablar de ¡celebración!

Y alzó los brazos en alto. Sus fanáticos lo imitaron mientras aullaban enloquecidos. El magnetismo de su imagen no dejaba nunca de impresionar a su equipo de trabajo, incluidos sus leales protectores:

—Solo falta que se tire como en un concierto de rock sobre la gente y que lo muevan de aquí para allá… —dijo Federico. Como no recibió de inmediato una respuesta de Ever giró su cabeza para mirarlo, allí, semioculto junto a un altavoz del doble de su tamaño. Aun con la distancia Federico notó que los duros ojos de su jefe directo estaban clavados en un punto más allá de las cabezas que se agitaban emocionadas.

—¿Algo particular? —preguntó disimuladamente.

—La casa que está allá, a una milla, ¿está asegurada?

—Claro que sí.

—Confirmado afirmativamente —agregó Frank—. ¿Tenemos alguna duda sobre ese punto?

Pero Ever no contestó. Allí estaba, no había ido a ningún lado, sino que parecía hipnotizado por algo que él y solo él podía ver. Federico, que recordaría ese momento como ningún otro en toda su vida, diría sobre el particular que nunca había visto al frío Ever Jesús tan aterrorizado.