Sunday, May 11, 2008

Capítulo XXXVI. El Nido

Las labores, que habían comenzado la misma noche del homicidio del imán, iban por la mitad de la agenda. Cuatro hombres estaban encargados de llevarlas a cabo: Dick, Julius, Leonardo y William. Del subsuelo del restaurante fueron extrayendo, una a una, con casi teatral precaución, cajas de plástico, pálido azul médico, cada una con un peso similar a libra y media. El contenido de éstas se removía perezosamente en el interior; aquello era un líquido espeso, consideró Katz, mientras la sustancia iba de un punto a otro de su empaque sobre las manos curiosas del joven. Antes de empezar la extracción, el coronel Matson le explicó a William y a Leonardo sobre las precauciones alrededor de la manipulación de la “sustancia”, como optó por llamarla Dick: mantenerlo lejos de la cara; emplear ambas manos para mover cada empaque, y, sobre todo y por encima de cualquier otra cosa, mantener el producto lejos de cualquier forma de corriente eléctrica, vibración u onda de baja frecuencia; eso último explica porqué una profunda fosa de aguas estancadas había albergado los explosivos durante los últimos días: el mero empleo de un teléfono celular habría podido poner al restaurante de comida típica de William a volar por los cielos.

Trasladaron todo a la mesa auxiliar de la cocina suiza. Allí esperaban ya dos cajas, cerradas, que tras ser retirados sus sellos revelaron contener 24 latas de leche en polvo para niños, de origen danés o algo parecido, ya que Leonardo no era muy bueno con los idiomas nórdicos que siempre confundía. En la foto una madre rubia sostenía a su niño, rodeados por un cinturón imaginario de vitaminas y minerales expresados en letras de colores. Las latas estaban llenas.

—Aquí —señaló el coronel, mostrándole un cubo de plástico rojo con capacidad para unos ocho litros de agua. Ahí fue el contenido de la primera lata; Katz se esmeró en extraer hasta la última partícula de leche deshidratada, pero el coronel, con su mano y un gesto le ordenó que se apresurase y siguiera con otra.

El proceso se hizo mecánico y rutinario tras terminar la primera caja. Yendo por la mitad de la segunda Katz estaba hastiado, con leche hasta en las fosas nasales, sus dedos magullados de abrir latas y sus riñones quejándose por permanecer tanto tiempo en el frío suelo. Al vaciar la última quiso ver lo que los adultos hacían: cautelosamente los tres hombres tomaban las latas vacías, vertían el espeso caldo púrpura en estas y procedían a sellarlas, no solo fijando a conciencia sus tapas ajustables, sino aplicando silicona en todo el borde.

Leonardo ofreció su ayuda; Julius lo miró y negó con la cabeza, susurrando “está bien”. Katz, entonces, sin nada mejor que hacer, se dedicó por espacio de veinte minutos a ver a esos tres hombres ocuparse de latas y líquidos, como niños jugando a la cocina. Era un asunto extraño, y fue lo mejor sin duda quedarse la margen: en México, siguiendo las instrucciones de Dick Matson, había ensamblado explosivos; resultaba algo tan sencillo una vez se conoce las bases del procedimiento… menos mal ni en Colombia ni en los Estados Unidos la gente tiene por práctica el manejo de explosivos. Los hay claro, pero cuando dos personas de escasa materia gris quieren solucionar una disputa se van por las automáticas o los cuchillos; cosas muy del hombre si se le mira bien. Los explosivos son distintos: van más allá del hombre. Es la fuerza de la naturaleza, condensada y aplicada desde un solo punto; gas en expansión, el puño de Dios hecho burbuja, imparable e instantáneo que crece sin conocer de puertas o ventanas, sino que todo lo barre.

Luego, cuando se conoce la teoría, uno tiene un poco del árbol del conocimiento plantado en su jardín mental. Puedes hacer una pequeña bomba y volar el casillero de ese hijo de puta que te empujó en el baile y te robó a tu novia. O hacer un explosivo, tan complejo y poderoso, como para hacerle saber al resto del mundo tu nombre. Eso es una bomba: un grito de la conciencia, de un pueblo, de una cultura. En Hiroshima, por ejemplo, la nación le hizo saber a los soviets: “¡deteneos! Tokio no será otro Berlín”.

Hay un secreto placer en las armas, y más en los explosivos, que recorre la mente masculina, que a diferencia de lo que piensan las mujeres no es una mente animal e instintiva, sino matemática, artística, precisa. Los grandes en todos los campos fueron, hombres, sí, pero además matemáticos; empíricos o profesionales. Véase a Napoleón controlando hombres, mapas y distancias mediante números; o a Pelé, controlando hombres, distancias y al balón, figura de perfecta redondez, cuya naturaleza no es extraña a quien tiene algo de Física en la cabeza.

Cuando el hombre no entiende algo lo considera brujería; ya estemos hablando de lo que hace el chamán de la pradera, el médico especialista, el mecánico que siempre encuentra el daño, o las modernas tecnologías, que siempre van un paso más delante de nuestra comprensión. Para Leo Katz aquello era brujería: no estaban manejando explosivo plástico, desde el punto de vista en que él entendía la composición de los mismos; sino un líquido, quizá inflamable al mínimo roce, que encerrado funerariamente entre latas de leche en polvo noruegas se dirigía a poner la ciudad de Teherán patas arriba. A romper el orden conocido, la quietud de esta ciudad eterna, para que se escuche el grito de los que no toleran del todo el estado de las cosas.

Terminado este tedioso proceso, de llenar las pequeñas latas —cada una de unos quince centímetros de alto—, se dio paso a empacar el producto con miras a su destinatario final: una veintena de viejos teléfonos celulares, de pantallas sin color, anchos y con la pintura de sus carcasas desgastada ahí donde la mano de su usuario se posó mil veces, fueron dispuestos sobre la mesa. El coronel llamó a Leonardo con la mano:

—Muy bien —le dijo también a Julius y a William—. Les mostraré cómo hacerlo, así que háganlo como yo lo explico, de lo contrario…

Si no se sigue cada paso del proceso, el proceso en sí carecerá de sentido” repitió mentalmente Katz. Aquel tipo era realmente un maestro, alguien que enseña algo útil.

No era realmente complicado, se tomaba la lata de leche y se le ponía el elástico; se tomaba otra y se ajustaba a la primera, asegurándose que el elástico quedara paralelo entre ambas. Se seguía así hasta dar cabida a seis tarros de leche; entonces, en medio de ellos se debía buscar espacio para insertar uno de estos teléfonos móviles, con la parte superior de los mismos apuntando hacia arriba, en forma tal que su antena no pudiese quedar bloqueada por metal alguno.

Con ambas manos, cada hombre tomó su colección de latas, las transportó al suelo, donde decenas de hojas de periódico estaban abiertas, y con ayuda de pintura negra en aerosol, cubrieron las posibles huellas que hubiese entre las latas, la goma elástica y el teléfono móvil.

Los terroristas destaparon cervezas, bebieron y meditaron.

La última fase del procedimiento consistió en traer del cuarto de lavado los bolsos de viaje. Estos eran deportivos, de diseño sencillo y color azul apagado. En cada uno iban metiendo un juego de explosivos con su detonador celular en medio. Con los diarios manchados de pintura negra y marcas de suelas de zapatos, fueron rellenados los espacios vacíos del maletín, de tal forma, que al cerrarlos estos quedaron tan abultados cual si estuviesen llenos de ropa u otros artículos.

Entre los cuatro llevaron todo al callejón trasero, alguien vendría por ello, pero Leonardo no pudo verlo, ya que en opinión del coronel era mejor que se quedase oculto. De esa manera vio Katz partir las oscuras bolsas cargadas de suficiente explosivo incendiario como para revivir el sueño de Nerón. Se quedó en el pasillo a oscuras —empezaba a caer la tarde— y el olor a condimentos y gas lo tenía mareado, pero todos sus deseos de salir estaban circunscritos a las ordenes de su jefe, el coronel Matson. Tal vez por eso se sentía tan en paz y tan seguro: no era un comando, un elemento ejecutando un golpe tras las líneas enemigas, sino un soldado con un superior al que se le podía mirar a los ojos y pedir seguridad, apoyo moral, y una vía de escape. “Los buenos comandantes” se dijo “no solo llevan a sus hombres a la guerra; también los traen de vuelta a casa”.

Los bolsos deportivos fueron de hecho separados entre un grupo de motociclistas vestidos de negro. Eran hombres en contacto con la célula de William, listos a seguir cualquier orden que llegase —a la hora del día que fuera— a sus teléfonos móviles en forma de mensajes de negocios. Frente al teatro Setare, muy concurrido a esa hora —5.30pm—, unas calles al oeste del restaurante, fueron entregadas estas maletas desde una camioneta gris sin distintivos. Como cada uno de los operadores en moto tenía unas instrucciones previas, fue esta una veloz operación en la que no se enunció palabra alguna. Todos aceleraron hacia los cuatro puntos cardinales con sus letales cargas, sin haber mostrado el rostro o sin haber reconocido cara alguna en el encuentro relámpago.

Uno de estos siguió hacia el oeste; se introdujo entre los barrios a toda velocidad, para salir a unos dos kilómetros al norte, unirse al lento tránsito de la hora punta hasta encontrar otra arteria por la cual seguir hacia el donde se ocultaba el sol, a lo lejos, entre los altos edificios empresariales del centro de la ciudad, llegando una hora y media más tarde hacia su objetivo.

La base contaba con kilómetros y kilómetros de alambre de espino, altas rejas, cámaras infrarrojas, guardianes en cada esquina y unos cuantos perros de olfato muy desarrollado, no tantos como hubiese deseado el general en jefe de la base, pero aceptaba que los cánidos no eran animales muy apreciados dentro de la sociedad musulmana, y que por tanto algunos de sus oficiales no estarían muy cómodos con su presencia. El gran vallado protegía la enorme base militar del occidente de Teherán, la más grande en cuanto a medidas del país, donde se albergaban más de ochenta mil hombres; casi un tercio de la fuerza de infantería total de la República.

El complejo contaba con todo; desde modernas instalaciones habitacionales para la oficialidad, hasta una sala de cine, pasando por extensas piscinas de medidas olímpicas, y una sala de conferencias para catorce mil personas, lugar donde el Presidente solía dar sus discursos. Desde la calle los civiles podían ver poco, y anuncios ajustados a las mayas de alambre los invitaban a no pasarse demasiado tiempo observando al interior, ya que podían poner nerviosa a la guardia.

El correo de la muerte llegó con su motocicleta a la entrada sur. Una puerta sencilla para automóviles operada por un cabo con una radio, una pistola y un pito. Generalmente el cabo debía asegurarse de frenar el tránsito cuando salía de su residencia un oficial, ya que allí el transito a determinadas horas podía ser particularmente lento. Y estando por terminar su guardia, amen de dar parte a su relevo, no tenía deseos de mover de nuevo la reja, acción que tenía que ejecutar unas treinta veces al día, por lo menos. Pero quien esperaba allí en una moto Yamaha era uno de esos jóvenes capitanes que suelen ser amables con todo el mundo porque buscan, en la popularidad, puntos para continuar su ascenso. El capitán sostenía su casco en una mano, se retiraba sus gafas y sonreía al guardia. El cabo saludó y el oficial estrechó su mano, deseándole en nombre de Alá que pasara una buena noche. Agradecido de que alguien le bendijera, cerró de nuevo la cerca y se dio prisa por terminar su entrega de material al hosco sargento segundo que se ocupaba del turno nocturno.

El cabo salió a las ocho y once minutos. Dos minutos más tarde salía de nuevo el capitán, esta vez sin su bolsa de viaje, la cual quedó en bajo la cama del departamento 11 del edificio C del conjunto de residencias para oficiales. Como el sitio se hallaba desocupado —los edificios de la primera planta no tienen buena reputación—, nadie revisaría esa bolsa de viaje, a nadie le importaría la cerradura forzada, ni la válvula de gas ligeramente abierta, llenando de propano la estancia, muy lentamente.

Terminó de oscurecer; la base estaba acompañada de chirridos de insectos, el sargento segundo leía manuales de radio en su puesto, la ciudad encendida se iba apagando, los autos eran cada vez menos en la calle, el calor se disipaba, las estrellas se descubrían, pasaban las horas… fueron desapareciendo las estrellas, los autos fueron regresando, las luces del alba se fueron encendiendo, como un horno prendido a lo lejos, el sargento segundo revisó las respuestas de su manual de procedimientos radiales —le fue muy bien solo erró en una—, los insectos abandonaron sus muros y volaron, el azul polar tiño la fachada blanca del edificio C, y el cabo llegó, como siempre, con dos tazas de café recién hecho en la mano. Treinta segundos después ambos vasos de icopor se fueron al piso:

A las 0700 el teléfono celular hizo sonar su alarma despertadora, quedando encendido y recibiendo señal. Esto, se pensaba, sería lo suficiente como para agitar las partículas de níquel que quedaban atrapadas dentro del explosivo líquido durante su etapa de condensación, provocando que toda la sustancia se agitara y estallara. Pero al parecer esto no era cierto, y eso salvó la vida de los quince suboficiales y oficiales que a esa hora abandonaban sus residencias para ir a la formación en la plaza de banderas.

Muy distinto era, claro, que cierta persona decidiera marcar al número de ese teléfono: al recibir la llamada, el vibrador del aparato se activó, chocando violentamente con las latas de leche que lo mantenían sujeto, agitando las partículas de nitroglicerina, cuya combustión inmediata impulsaba en todas direcciones los fragmentos de níquel, mercurio y otros residuos que, sin espacio para liberarse, se aceleraban enloquecidos calentando, en una minúscula fracción de segundo, el cóctel de nitrato de amonio, nitrocelulosa, nitroglicerina y HMX. La descomposición de estos elementos generó una onda explosiva de cien metros de diámetro, ya que la fuerza principal de la explosión se dirigió hacia arriba, al ser sus partículas pesadas dirigidas en esta dirección, las cuales destrozaron piso por piso el edificio. Una “pequeña bomba atómica” encerrada en una torre de seis plantas.

Cuando los dos encargados de la puerta pudieron recordar en qué planeta estaban, y ponerse de pie entre los vidrios y los fragmentos irreconocibles e hirvientes de materia, lo que vieron frente a sí, aún humeando pero ya sin fuego —debido a que la presión misma del gas sofocó cualquier llamarada—, era el esqueleto de un edificio reducido un rompecabezas mal pegado a varillas de alambre retorcido, estando todo a punto de irse al piso de un soplo. De lejos se escucharon sirenas, de cerca gritos y llamados de auxilio. No había líneas telefónicas seguramente; y como el manual de acción en caso de atentados con bomba señalaba que no se debían utilizar radios o teléfonos celulares en los lugares donde ocurrían los atentados —en previsión de que pudiese haber más explosivos ocultos—, tanto el sargento segundo como el cabo se quedaron mirando la tragedia sin poder mover un músculo.

Y ni ellos ni ninguno de los afectados indirectos que empezaban a movilizarse sabían, o imaginaban, que había otras tantas bolsas deportivas, corriendo en moto por la ciudad.

Friday, April 18, 2008

Capítulo XXXV. El desguasadero

Cerveza, la bebida universal, excepto para los musulmanes. La que tenía Leonardo Katz en su mano era una Heineken contrabandeada, fría, y tan efectiva como calmante, que Leo lucía ya despreocupado mientras observaba el proceso de desensamblaje de los dos autos sobrevivientes a la excitante persecución. Una que otra vez, eso sí, giraba su cabeza para mirar a través de las ventanas del despacho particular de William. Allí hablaba seriamente con el coronel Matson, y Katz habría dado un brazo y una pierna por saber qué se traían entre manos esos dos. ¿De dónde diablos se conocían? Evidentemente el taxista colombiano había resultado tan parte de la operación como el propio Leonardo: había sido contratado para ayudarlo, desde su llegada al país, hasta sacarlo con vida del peligroso atentado contra el imán.

Ahora ese imán estaba muerto y su misión terminada. La tensión abdominal-bascular que antecede a los grandes acontecimientos parecía recordarle, que en el fondo, aún tenía alma; o quizá era sólo miedo; en todo caso, Katz deseaba entonces y como nunca, que todo fuese como en las películas: una vez la acción se acaba, el volumen desciende, y la pantalla se sumerge en el fade to black, se ve al héroe ya en su casa, o rumbo a ella, antes de que los créditos de cierre envíen a todos los testigos fuera del teatro.

Y no obstante la pregunta continuaba: cómo salir. Pasar entre las amenazas, y las puertas controladas hasta ese avión rumbo a París. El asesinato del alemán —qué difícil parecía recordarlo ahora, pensó Leo— seguía bullendo, caliente aún, entre las calles, las estaciones de policía y los agentes investigadores a cubierto entre sus autos. Aún ignorando los esfuerzos de las fuerzas de contrainteligencia para atraparlo, Katz tenía tan presente la amenaza como el calor de la tarde adhiriendo la camisa prestada a su piel.

Fue y se buscó otra cerveza. Allí lo encontró el coronel, unos diez minutos más tarde, cuando ya terminaba ésta y trataba de extraerle las últimas gotas situando la lata verticalmente.

—Leonardo necesitamos hablar —dijo y le señaló la puerta con la cabeza, a pesar de que no había nadie más, la seguridad, tan necesaria, parecía más cosa de poder estar tan solos como fuese posible—. Me temo tenemos algunos problemas para salir de aquí —agregó traspasando el umbral, enfilando por una escalera hacía un patio elevado que resumaba frescura.

—Bueno, ya algo me decía que no iba a ser fácil —respondió Katz buscando con una mano tapar el sol, de tal forma que pudiese contemplar el atardecer sobre todo el ancho horizonte desértico—. ¿Es por el alemán?

Dick estaba a su lado, mirando en sentido opuesto, directamente a los rascacielos pintados de naranja.

—Por qué diablos sabía que de alguna maldita manera estabas comprometido… Dios, Leonardo… —comentó, pensando en voz alta, realmente. Lo encaró cruzado de brazos— ¿Qué sucedió?

—¿Qué sucedió? El tipo está muerto. Eso sucedió.

—¿Cómo?

—¿Cómo? ¿Qué importa ahora?

—¡Te estoy dando una orden para que me respondas!

Como un chico atrapado al tratar de cubrir una travesura, Katz tuvo que mirar al coronel, sólo para que un momento después sus ojos resbalasen hasta el suelo.

—¿Qué se supone que tenía que hacer —decía en voz baja—, dejarme matar? El tipo me saca por la mala de mi hotel, me introduce en un auto, me ata a un poste, me muestra un cuchillo, me amenaza con usarlo… mierda ¿quién era ese hijo de puta para comenzar?

Dick Matson le explicó entonces a Leonardo la importancia de Franz Wessel dentro de todo el panorama, y la forma en como el alemán encajaba dentro de las siguientes jugadas. Al terminar las primeras estrellas empezaron a aparecer. Tan claro como el cielo era el resto del curso de acción a seguir dentro de la operación. Tan irregular y sórdida como se veía la ciudad de noche, así se veían las consecuencias que buscaban las acciones del coronel. Como fuera, hasta que terminase el asunto Leonardo no podía salir del país.

—Salgamos de este agujero; tengo hambre —fueron las ultimas palabras de Matson antes de reingresar al edificio.

Mientras los conspiradores cenaban pizza y 7up en un semiabandonado apartamento de seguridad con vista al parque, Amin Hedayat recibía el informe de la muerte del imán Estrella del Norte, mejor conocido por sus documentos como Barid Somma.

—Impacto de bala. Rostro prácticamente deshecho. Cuello, ni qué decir; se aseguraron de que iban a matarlo —iba apenas ojeando el extenso informe pasando una página tras otra—. ¿Y los otros?

El asistente dio un paso para entregar otro reporte, de igual extensión al primero.

—Tres hombres fueron vistos por los testigos acompañar al fallecido —dijo el asistente—: uno está imposibilitado para hablar; los médicos lo tienen bajo un sueño de narcóticos. Otro recibió un impacto en pleno rostro a la entrada de la mezquita; no hemos tenido hasta ahora forma de saber quién era porque no tiene cara, además de que robaron sus documentos. Los otros al parecer viajaban en una camioneta que se volcó once calles más arriba; el conductor tenía varios orificios de bala entre la cabeza y el cuello; su propio cráneo lo encontramos embadurnando las paredes del vehículo; supongo que eso encegueció al que lo acompañaba y no le permitió ver el muro de concreto contra el que chocó.

Las noticias parecía preocupaban mucho a Hedayat, quien hundía las yemas de sus dedos entre su cabellera negra ansiosamente, tratando al parecer, de forma infructuosa, de darle marcha a las neuronas que no le trabajaban bien: ¡era el extremo! Primero liquidaban a un alemán, proveedor de armas, con una veintena de enemigos esparcidos por el globo. Ahora un maestro de escuela coránica. Aparentemente, sin problemas; pero con un buen puñado de guardaespaldas. ¿Era una labor de limpieza? ¿De quién? ¿Qué relacionaba a los dos hombres? Al menos sabía quién era uno de ellos.

—Massud —Amin consultó el reloj y se puso de pie buscando su chaqueta—. Que la policía se encargue de buscar a los extranjeros. Usted y cuantos estén disponibles, los quiero averiguando quién era este tal Barid Somma, y quiénes eran los de su escolta; quién pagaba por ella y todo eso.

—Pero…

—Puede que no haya ninguna relación; pero dos muertes así en tan pocos días, en esta ciudad… Ese imán quizá tiene respuestas.

—Sólo que está muerto, señor.

Hedayat quizá no vio necesidad de responder, o no escuchó lo obvio. No obstante fue directo por su auto mientras marcaba el número de la morgue, a donde arribó veinte minutos más tarde.

El cuerpo del imán era excesivamente largo; alienígena. Su piel era cobriza y con manchas inidentificables a lo largo de la espalda —estaba bocabajo—. Su cabeza estaba rasurada y el punto por donde había entrado la bala estaba limpio. Amin se inclinó para ver el rostro: desfigurado por completo, uno de los ojos se le había salido y la boca no podía cerrarse. Su último gesto fue de profundo dolor.

—Como es obvio —continuó diciendo el médico forense, un muchacho recién egresado— ni tatuajes ni marcas. No encontré perforaciones por agujas en ninguna parte, pero hasta no tener los exámenes de sangre no podré decirle si tomaba algún medicamento o sí estaba enfermo.

Las palmas de las manos estaban manchadas de tinta, y eran estas unas enormes garras de uñas que simulaban un juego completo de cuchillos de mesa. La tosquedad de estas y del cuerpo contrastaba de un modo radical con la fineza y buena presentación del vendedor de armas alemán. La pregunta seguía siendo qué unía a estos dos hombres.

—El proyectil… —dijo quedamente Amin, a lo que el empleado encendió una pantalla plasma de televisión situada a un lado del cuarto. Una foto de alta resolución mostraba un cuerpo casi esférico metálico y limpio con los rasguños habituales producidos por el ánima del fusil. El sub director de contrainteligencia permanecía mudo—. No sé gran cosa de balística, doctor. Pero creo, por mi experiencia, que una bala de fusil disparada directamente al cráneo de un hombre debería lucir más como una seta.

—Si fuera de plomo; la que extraje del cuerpo es de acero.

—¿Una bala de acero? ¿Con qué la dispararon?

—No podría decirle qué clase de arma, no es mi especialidad, tendría que buscarse a un conocedor de rifles. Pero por el desgaste a lo largo del cuerpo de la bala sabemos que no fue un rifle ordinario, sino un arma especialmente hecha para un francotirador.

—¿Distancia?

—Si no hubieran movido el cuerpo intentando reanimarlo lo sabríamos con claridad. Pero por la inclinación no pudieron haber sido más de cincuenta metros. De hecho ya tenemos el edificio desde donde pudieron haber disparado.

—¿Encontraron el arma?

—Eso no lo sé, señor.

Amin Hedayat cruzó sus brazos y clavó la vista en el joven. Este tornó su mirada hacía el cadáver, pero la insistencia silenciosa de Hedayat terminó por vencerlo:

—No tengo acceso a esa información.

—Akbar.

—¿Señor?

—¿Cuántas veces tu padre intentó enviarte al ejército?

—Yo…

—¿Cuántas?

—¡Sí lo sé!

—Sabes que siempre pude convencer a tu padre de que una carrera en medicina sería más provechosa que enviarte a una unidad en el desierto, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces ésta vez creo que puedes tú ayudarme, ¿cierto?

—No puedo… —murmuró Akbar. Amin se acercó a él, era obvio que había algo más en todo ello.

—¿Qué ocurre? —El tono era muy bajo.

—Escribí mi informe y lo mandé al detective Fanizadeh. En cuanto intenté averiguar qué clase de rifle había matado a ese hombre me dijeron que escribiera un segundo informe diciendo que el arma era un Heckler and Koch MGS 90 A1. Llamé al detective y le pregunté que si podía ver el arma, el me dijo que no habían encontrado ninguna, y que siguiera con el resto de los cadáveres; hace un rato llamó él mismo y me dijo que sí, que era un Heckler and Koch, pero modelo PSG1 A1. Y por cierto tampoco pude verlo.

Lentamente Amin Hedayat puso la mano, en forma compasiva, en el hombro de su ahijado Akbar. Se metió las manos en los bolsillos y deseó que Alá protegiera al muchacho. Sin perder su rostro de meditación profunda salió del edificio de la morgue en busca de su auto. La calle le pareció fría, atormentada por fuertes vientos, y con ojos en las esquinas pendientes de sus movimientos. Arrancó y dio marcha, sin premura, hacía su apartamento.

Nada como ir tranquilamente por una amplia autopista y encontrarse, de repente, con un enorme muro bloqueando todos tus planes. Hedayat, hasta ahora, nunca se había topado con tapizas de orden alguno. Había obtenido algunos triunfos parándole los pies a los intentos de la OTAN de reclutar científicos del programa nuclear, y de los chinos que trataban de poner estaciones de escucha cerca de las empresas de desarrollo tecnológico de la ciudad.

Alguien quería obstruir la investigación; o al menos estaba esa intención aflorando entre las pesquisas. ¿Quién? El alemán tenía tratos con el gobierno; muy posiblemente compra de armas no convencionales, ya que estas eran vomitadas minuto a minuto por las factorías nacionales. A menos que una parte de estas fuera a parar a otras manos; a grupos o individuos con los que el estado no quiere mantener relación alguna. Pero todo eran rumores, o palabras desconectadas; ni una prueba para comenzar a trazar un mapa.

Qué se tiene: un alemán muerto; un imán muerto, otros tantas víctimas… un rifle desaparecido, igual que las huellas del lugar donde Wessel fue asesinado. Tanta precisión sólo puede responder a individuos no sólo entrenados, también conocedores del terreno, de las dimensiones en los espacios. Hombres con armas, con autos, con conocidos, cámaras, vías de escape, documentos. Una operación de millones de riales, o dólares —sólo Alá tiene la respuesta—, contra dos hombres en las márgenes opuestas de la filosofía de vida. Entonces, ¿quién podía poner a estos dos hombres en bajo la misma mira? América, Alemanía, o la República de Irán; ¿por qué no creerlo? Si al fin y al cabo era alguien en la empinada cuesta de la jerarquía quien ponía una traba en la investigación.

Rugiente el vehículo de Hedayat rasgó el ronroneo pasivo de la apacible noche; Leonardo lo escuchó claramente porque miraba al techo sin poder dormir. Su bolsa de dormir lo asfixiaba, las impresiones de la persecución le galopaban en la cabeza, y con todo su corazón ansiaba poder largarse y volver a Colombia a dormir en su helada cama, porque lo que se le venía encima durante las siguientes horas —confiando en las palabras del coronel Matson— habría de ser mucho más peligroso de lo que hasta ahora había visto.

Sunday, March 23, 2008

Capítulo XXXIV. La puerta de salida.

¡Qué oscuros son los caminos del ateo! Pensó Katz, citando sin intención a Lútero: aquel corredor, antes un ancho pasaje sin mucha luz, de breve longitud, con jóvenes y adultos de pie esperando el momento de la oración, parecía ahora muy breve, estrecho, y solitario… Alguien parecía llamar tras él, pero no sería tan tonto como para detenerse.

La voz aumentó su tono. Parecía decir “venga”, pero podría estar alertando algo, reclamando, o nombrando, despidiéndose, o puteando. Sin importarle un comino, él siguió caminando y nada lo detendría, de este momento en adelante:

El joven discípulo del imán había logrado superar el impacto de ver el cuello y cráneo reventado de su maestro, y logrando visualizar su situación y la de los hechos ocurridos, se puso en pie y corrió tras la única persona que había visto junto al imán y que no estaba ahora allí, impactado, vociferando u horrorizado con aquella violencia sin sonido. Vislumbró la silueta del extranjero, lejos, alcanzando la puerta de salida. Éste se inclinó un segundo para ponerse de nuevo la sandalias y ahí fue que logró darle alcance, detenerlo a unos centímetros sin que aquel forastero diera muestras de importarle los continuos llamados que le hacía.

Las emociones lo volvían hipersensible: al sentir una mano posársele sobre su hombro, Katz giró por reflejo al tiempo en que disparaba su pierna hasta extenderla como una lanza de ataque. La patada dio de lleno en las costillas; Leonardo dio un paso adelante y arrojó un puñetazo al estómago del chico y luego con un codazo le partió la mandíbula. Katz, seguro como nunca de la efectividad de su ataque no esperó más y fue derecho a la salida, a las luces, donde la gente se mezclaba entre sí sin concierto alguno.

—¡Diablos al fin lo veo! —exclamó molesto el coronel Matson: aún sin sus prismáticos, la figura del joven Leo se distinguía plenamente, zigzagueando entre la calle, huyéndole a los autos, las bicicletas y las sombras que no podía ver.

Julius levantó su rifle, buscó con la mira a Katz y se preparó a disparar.

Una enorme camioneta mercedes, totalmente negra, salió de la nada y frenó en seco a centésimas de segundo de aplastar a Katz. La puerta se abrió y un tipo en traje terracota saltó apuntándole con un revolver de cañón aterrador.

—¡No se mueva! —dijo en farsi; Leonardo frenó, y un martillo invisible aplastó la nariz y toda la frente del hombre. El agente secreto saltó sobre el cuerpo y siguió corriendo alcanzando el callejón estrecho y vació que le pareció la única salida.

En el sexto piso del edificio situado a cien metros calle abajo, Julius, sabiendo que su labor estaba terminada, se deshizo del rifle en segundos: arrancó la botella plástica de 7up perforada que le había servido de silenciador, extrajo las balas sobrantes del cargador y lanzó el rifle al baño casi con asco, de la misma manera que se retiraba los gruesos guantes quirúrgicos para el tratamiento de victimas de VIH. Tenía once segundos más para alcanzar a Dick y al auto.

Otro de los guardaespaldas había saltado de la camioneta, hizo dos disparos, ambos dando a las paredes del callejón; sabiendo lo difícil que resultaba darle dio la orden a uno de sus compañeros de arrancar y alcanzar el otro lado de la calle para encerrar al escurridizo asesino. Luego tomó aire y se mandó tras Katz: corrió y llegó al interior de un jardín, descubriendo madres y chicos por doquier. Tuvo que guardar el arma. Una de las mujeres miraba hacía una reja abierta y le señalaba algo a otra, el hombre supo pronto hacía dónde se dirigía el asesino. Pistola al cinto y aplicarse mientras los ojos se concentraban en las vestimentas de los hombres… ahí estaba trotando hacía la esquina en donde otra calleja moría en una gran avenida de denso tráfico. Ansiaba desenfundar y abrir fuego, pero de lo que hizo uso fue de su celular. Fue allí cuando vio un taxi frenar y abrirle la puerta al fugitivo.

Cuando el BMW viejo y chato pintado de blanco y con una raya azul al medio frenó cerrándole el paso, Leo pensó que era el fin; la película para él se detuvo, reiniciándose, al instante, por los ojos, la barba rojiza y la expresión de alarma del William:

—¡Subite guevón, subite! —Leonardo metió toda su humanidad entre el auto y este arrancó mientras una nueva detonación retumbaba a lo lejos.

El ronroneo del motor y la aceleración resultaron, en aquellos segundos, relajantes.

—...paisa.

—Quedate agachado, quedate agachado mientras nos les volamos a estos malparidos.

Y frente a sus ojos, los vidrios del asiento trasero se fragmentaron y cayeron hechos granos sobre su cara. William, quien parecía llevar entonces un gorro de lana —inusual con el calor— lo arrastró sobre su cara transformándolo en un pasamontañas de cinematográfico asaltante. El auto dio un bandazo; vidrios y pasajero fueron mandados contra la puerta izquierda; luego más disparos y crujidos metálicos ahí donde los proyectiles se clavaban.

Leonardo, aún en medio de las sacudidas, alzó su cabeza para ver por la ventana trasera. La enorme Mercedes era un enorme toro de lidia corriendo a un par de metros del taxi BMW; los ojos del conductor, y su pistola en una mano podían verse con claridez entre el los rayos abrasadores de la tarde. Esa cosa aceleró y le dio de lleno un golpe al BMW, Leonardo terminó en el suelo, y fue entonces que la fría y lisa superficie de una pistola Glock 9mm le rozó la sien, William le daba una espada de matador.

Incorporándose, pensó mejor qué hacer. Los asientos traseros tenían largos cinturones de seguridad; envolviendo su brazo izquierdo en uno, Leo fue levantando la vista esperando tener un blanco sobre el cual abrir fuego. ¡PUM! Otro choque y de vuelta al suelo; sin estar herido más que en su orgullo, Leonardo intentó regresar de nuevo a su anterior postura.

Una moto honda a plena potencia alcanzó al taxi por su costado izquierdo: el piloto estaba por completo de negro y el azul estival se reflejaba en su visera. Katz le propinó dos disparos, el vidrio se hizo añicos pero la moto ya estaba en otro lado: en efecto, aceleró y se situó frente al taxi a fin de bloquear su visibilidad; zigzagueaba, además, de tal forma que intentar dispararle sería desperdiciar municiones, mientras el toro marchaba a toda potencia, situándose paralelamente con Leonardo y William.

Sobrevino una embestida… y Leonardo creyó que el mundo se había pegado una sacudida. La puerta derecha del pasajero se desprendió un tanto y quedó balanceándose con un extremo rasguñando la carretera. Poco a poco fue acelerando de nuevo, para situarse a la par, con vistas a chocar de nuevo. La silueta de una cabeza conduciendo se delineó frente a Leonardo, a pesar de estar este completamente recostado en la silla trasera. Katz dio un salto y le clavó una patada a la puerta y quedó, durante un segundo, fuera del auto apenas sostenido por el cinturón de seguridad: apuntó con su mano izquierda a la ventanilla del conductor —a penas a medio metro de distancia— y disparó tres veces contra la cabeza oscura que allí se escondía. Al momento ya estaba de nuevo recostado contra su espalda al tiempo en que la Mercedes negra perdía el control y arrastraba una hilera de autos parqueados, terminando por girar sobre su trompa, y caer estrepitosamente quedando con las ruedas hacía arriba.

—¡Pilas, guevón, el de la moto! —gritó William regresando el presente a su ritmo vertiginoso: el motociclista de negro, con una MP-5 colgada de su nuca intentaba apuntarle directo al taxista a su cabeza. Leo disparó una vez en vano, dándose cuenta, al segundo intento, de que estaba sin balas.

—¡Cargador! —gritó.

—Ni mierda, eso era todo…

Una ráfaga de disparos cortó el lado izquierdo del auto con un rosario de perforaciones.

Aplicando toda su fuerza al volante, William intentó aplastar al piloto de la Honda contra el muro del estrecho pasaje por donde acababan de introducirse. Mas este retrocedió a tiempo y el único damnificado fue el BMW que ahora era más carrocería que nada.

Este esqueleto metálico, sin embargo, contaba con un motor modificado y tanques de reserva de combustible como para un rally, y precisamente aquello era toda esa fuga: sin disminuir la velocidad saltaron sobre otra avenida y un autobús estuvo a punto de terminar con ellos. Resonaron miles de cláxones, todo fue confusión, pero ahora estaban en un sector más despejado, rodeados de fábricas y gigantescas cajas de acero cuyos penachos de humo negro se difuminaban entre el smog urbano.

Su temor a que le volaran la cabeza, hacia de Leonardo un tímido espectador de los eventos: ahora estaban en lo que parecía un arenal; un campo baldío con terrenos en construcción y viejas obras en espera de ser borradas del mapa. El suelo, lleno de polvo, arena, tierra seca, y fragmentos de grava, generaba una gran pantalla de humo que imposibilitaba hacer blanco al empecinado escolta en moto que aún los seguía con ánimo de matarlos. William, evidentemente, era un zorro astuto. No obstante, una vez alcanzaron de vuelta el asfalto, el hombre que los perseguía empuñó de nuevo su sub ametralladora, esta vez empleando ambas manos dejando el control y equilibrio de la moto a sus rodillas.

—¡Agarrate moacho! —dijo William; e inmediatamente aplicó los frenos. La rueda delantera de la Honda se enterró entre el baúl, mientras un grito resonó por encima de los aullantes neumáticos frenados en seco. A cinco metros de distancia vio Leonardo llegar el cuerpo del hombre con casco; se estampó contra el suelo, y su cabeza rebotó tantas veces que al final quedó desprendida del resto del conjunto.

Hubo un momento de reposo, tan sólo tres segundos para que el agente secreto y el taxista expiraran todo el aire y la tensión contenidos, y miraran el cuerpo estirado en cuero negro de un cadáver. Entonces un motor resonó a su lado: otro auto; esta vez un Skoda Octavia, muy nuevo, jade platinado, frenó cerrándoles todo el paso de la calle. Su puerta delantera se abrió y saltó un tipo robusto, completamente calvo, protegido por gafas oscuras y un enorme revolver mágnum. Habían unos quince metros entre el despojo de taxi y este tipo con pinta de policía, quien empezó a dar órdenes sin dejar de apuntar.

De la mano derecha de William salió un teléfono celular. Empezó a marcar un mensaje de texto, aunque el contenido del mismo estaba fuera del alcance visual de Katz.

—Pelao, ¿sabés qué? Como que figuró cambiar de plan.

—¿Qué plan?

Y encogiéndose en su asiento William aceleró; resonaron disparos y los dos fragmentos de ventana que quedaban estallaron. El tipo de la mágnum saltó a un lado a segundos de ser llevado por delante. Reincorporándose a su puesto, el taxista aferró el volante y giró sobre la primera calle que encontró. Leo pudo entonces sentarse normalmente, pero al mirar atrás aquella esmeralda voladora los seguía, y su capacidad de poder parecía superar a la del BMW, dándole alcance en cuestión de segundos. Una sub ametralladora uzi salió por una ventana y Leo tuvo que buscar la seguridad del piso, una vez más, al tiempo que aire dentro del auto era surcado por mortales abejas de plomo.

El callejón trasero, oscurecido por las monumentales factorías y sus diminutas ventanas gestadoras de haces de luz que cortaban el camino en tinieblas, era cruzado a toda potencia por los dos autos, cuya velocidad borraba las imágenes y hacían de esto algo parecido a un viaje sideral a otra galaxia. El centro de la Vía Láctea estalló llenando el taxi de luz; de nuevo estaban en terreno despejado, sin edificios, en curso directo a colisionar contra la fachada marfil de un muro de concreto. Y en vez de dar freno o girar el mando, William cambió de marcha y de ciento sesenta pasaron a ciento noventa kilómetros por hora. Las latas crujían, las puertas se desprendieron junto a los fragmentos sobrantes de plexiglás.

Leonardo vio el edificio; mas estaba sin palabras para emitir una objeción: de cuatro pisos, techos inclinados, sin ventanas y tan blanco como una catedral, el muro trasero debía ser puro ladrillo… o quizá concreto impenetrable.

Los dos hombres de seguridad que venían tras el taxi destrozado vieron como éste se hundía entre enormes lienzos colgados de una puerta abierta. Lo que parecía un muro resultó ser sólo enormes telas colgadas. Allí debieron frenar, aunque no podían verlos porque el interior de la bodega era oscuro por completo. Conductor y acompañante sabían que podían estar metiéndose en una trampa, así que alistaron las mini uzi israelíes con cargadores completos, y dejaron el auto escurrirse lentamente por la puerta de acceso.

Lo que quedaba del taxi permanecía estacionado y echando humo. Sin puertas, ni vidrios, como un queso suizo de latón: perforado hasta la saciedad, y con un neumático convertido en jirones de caucho derretido. El sospechoso, o sospechosos, no estaban a la vista; quizá huyeron, o estaban ocultos tras las columnas del edificio, tan alto como un hangar, pero con las manchas de aceite y pintura propias de un taller mecánico. Un mezzanine en lo alto y una puerta cerrada; nada más, y para llegar a este había una larga escalera de caracol. ¿Dónde diablos estaban? Sincronizadamente cerraron las puertas del auto, y empezaron a caminar hacia los restos del BMW.

—¡Si daaaaannn un paaaaaso más los haré pedazos! —exclamó una voz desde lo alto. Dirigiendo las miradas al mezzanine ambos guardaespaldas vieron la figura de un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo a cuadros y gafas polarizadas. Lo terrible en él era la ametralladora M60 que sostenía en uno de sus musculosos brazos, mientras mantenía las balas enrolladas sobre la otra extremidad. Había surgido de repente.

—¡Tiren las aaaaarmaaass! —Volvió a gritar el coronel Matson en farsi. Luego jaló el gatillo y descargó una veintena de balas sobre el techo del Skoda para ratificar su orden.

Dudosos entre disparar o correr, aquellos dos sujetos estaban congelados. La M60 empezó a escupir fuego de nuevo y el bello auto último modelo empezó a descomponerse, como una fruta en el suelo, en segundos. El más joven arrojó la uzi y se puso de rodillas.

—¡Abdul! —le increpó el otro cuando el atronador ruido se fue extinguiendo, antes de ver a su espalda a un viejo de rostro rasguñado por el tiempo encañonándolo con un rifle Winchester de repetición.

—Mejor sigue su ejemplo, hermano —le dijo el viejo, no siendo el único ahora: de todos lados una horda de sujetos vestidos como maleantes le apuntaban con diversidad de armas: pistolas automáticas, escopetas de cañones recortados, rifles M-4 y sub ametralladoras Skorpion. Derrotado el tipo se agachó y puso su mini uzi en el suelo, justo antes de que el viejo le propinase un cachazo en la espalda.

Los maleantes empezaron a descargar patadas contra los dos guardaespaldas del difunto imán Estrella del Norte, hasta que el coronel, bajando por la escalera rápidamente, ordenó atarlos, amordazarlos y llevarlos a otro lado. Katz, saliendo de su escondite, pudo ver de cerca el rostro de su perseguidor, o lo quedaba de una cara desfigurada a golpes.

William daba vueltas en torno a su inerte taxi.

—Lo siento —dijo Leonardo acercándose— era bonito.

—Qué va… lo que vale es el motor, que todavía lo puedo sacar, y ponérselo a ese —dijo señalando el Skoda, que a pesar del castigo inflingido por la ametralladora, podía aún ser refaccionado y puesto a la venta—. Mirá qué belleza, ave María.

—¡William! —la voz de Dick Matson sobresaltó tanto al taxista como a Leonardo. Pero sí, ahí estaba, con sus brazos cruzados y su aspecto imponente. Los dos hombres se pusieron a conversar, aunque Katz no supo en qué idioma. Ahí fue cuando una descomunal mano se posó en su hombro: Jules le dio unas palmadas en la espalda y en el tono más familiar y amistoso preguntó “¿cerveza?” a lo que Leonardo, agotado por una de las tardes más agitadas de su vida, contestó afirmativamente moviendo la cabeza; luego siguió al francotirador al interior del desguasadero de autos robados.

Wednesday, March 12, 2008

Capítulo XXXIII. La Mezquita

Para esta ciudad, para este país, para este lado del planeta, las cosas no habían cambiado: el crimen de Franz Wessel había pasado desapercibido para la prensa. Por directrices tomadas directamente en el centro del poder iraní todo el asunto se manejaba entre la cancillería y la embajada alemana. El ministro de defensa, personalmente, llamaba directamente al embajador y de Berlín salían mensajes codificados en respuesta: Franz Wessel, su figura fantasmal, debía permanecer en las brumas.

Pero Amin Hedayat no entendía de eso. Atravesando las arterias congestionadas de la ciudad en plena hora punta, buscaba a los asesinos; ya fuera en las terrazas de los cafés, en las cabinas telefónicas, o colándose en las entradas del metro. No contaba con motivos personales cercanos: no había familiar muerto que necesitara vengar de los agentes extranjeros; sólo su certeza de la importancia de la seguridad en materia de inteligencia.

Hacía calor; el verano había alcanzado ese punto donde no tiene remedio. Si Amin manejaba sin rumbo, no era porque el verano hubiese trastornado su mente, sino porque el temor a que los asesinos hubiesen escapado se acrecentaba minuto a minuto. Tenía que encontrar la manera de hacer visible la amenaza para todo el Ministerio, o bien, en última instancia dirigirse al Presidente en persona.

Ignoraba que otro asesinato se estaba planeando en esos mismos momentos, en una calle que no podía ver, en una casa que ignoraba que existiera.

El rifle armado fue ajustado a la carrocería de un Volvo recién robado. Su color gris metalizado había pasado a ser negro, sus vidrios oscurecidos, y los rines cromados instalados por sus nuevos propietarios borraron cualquier vestigio de la antigua identidad del automóvil. Autos tan finos son extraños; se supone que pertenecen a cierta elite de Teherán, por tanto rara vez son revisados por la policía.

Leonardo no había visto el Volvo; en su vida podría verlo, pero este estaba tras una sencilla pared de yeso que separaba el vehículo del taller de trabajo donde los conspiradores planeaban su golpe. Si estaban ahora ahí era porque, treinta minutos antes, Irma había recibido una llamada de su amiga.

—Está confirmado —le dijo a Dick Matson que leía el periódico en uno de los cuartos del segundo piso—: estarán a medio día en la mezquita.

El coronel levantó momentáneamente sus ojos grises: “gracias”.

Motesakkeram… —contestó.

Suficientemente inteligente para saber en qué estaba metida, obvió las preguntas que le habrían surgido a cualquier otro ser humano de verse metido en el gradual proceso que apunta a la muerte de un desconocido. Estaba dispuesta a ir a cualquier extremo con tal de alcanzar su soñada Ciudad de la Luz.

—¿Qué debo hacer ahora? —Preguntó, aún en persa.

—Esperar. Esperar a Leonardo.

A unos metros del auto mencionado arriba, sobre una mesa de madera basta, suficientemente amplia como para hacer cualquier reparación encima de esta, pero lo suficientemente vieja como para no hacer parte del mobiliario general de la hostería, se extendió un mapa general de Teherán; ni una sola marca manchaba las delgadas líneas grises que dibujaban avenidas y manzanas. El coronel Matson extrajo de lo oculto un acetato de dos octavos; tenía algunas marcas en tinta roja y fue puesto, sobre el mapa, con milimétrica precisión.

—Todo este —dijo mientras Leonardo se inclinaba para ver mejor—, es el distrito de Amirieh; nuestra mezquita esta ahí. Te quedarás aquí en Allameh Majlesi; es una escuela, así que habrá mucho tránsito porque supongo que muchos estudiantes se mueven de un lado para el otro antes de que se llame para la oración.

—Okay.

—Caminas tres calles en esta dirección y encuentras la mezquita; es muy grande imposible no verla.

—Okay.

—El lugar… parece que fue bombardeado. No tengo la historia completa, sólo una estúpida guía turística que hasta ahora no me ha resuelto nada… Pero parece que fue construida durante el reinado del primer Pahlevi; no me extraña que se esté cayendo a pedazos. La administración de Ahmadinejad puso un enorme presupuesto para… —se detuvo y miró al agente secreto como descubriendo por primera vez que estaba presente—. El lugar es una ruina completa, pero tiene sólo una entrada que es por esta calle.

—¿No tenemos un mapa?

—No.

—Okay.

—Esta mezquita prácticamente no tiene techo. El anterior era una gran cúpula pero amenazaba con venirse abajo, así que la removieron, si lo que dice la guía esa es verdad. No hay ventanas y el muro del lado sur está siendo refaccionado, igual que los pilares.

Hubo una pausa: el coronel —Leo lo entendió así— medía cuánto podía decirle a su agente sin ponerlo a él o a sí mismo en peligro.

—Lo que quiero que hagas es que entres en el sitio, y esperes. Debes estar muy pendiente de ver entrar al imán o de hallarlo en el sitio. Son menos de cien metros cuadrados, pero concéntrate. Acércate tanto como puedas, pero no establezcas ningún contacto visual con él a menos que sea absolutamente inevitable. Lo que necesito es que lo señales.

—Cómo.

—Sólo tócalo. Una vez, pero despacio. Y mira: tienes que estar absolutamente seguro de que es el hombre correcto; no hay más que una oportunidad. ¿Entiendes, soldado?

—Sí.

—Repite tus órdenes.

—Entrar, localizar, señalar… y salir me imagino.

—…Hasta que termine la oración; antes no hagas nada o te meterás en un lío. Y al salir no corras, no huyas, sólo muévete sin parar hasta que alcances la salida. Si te siguen, ¿puedes perderlos?

—Eso creo.

—Sí o no. Tengo que estar seguro.

—Lo haré.

—Regresarás hasta esta calle, ¿correcto? Y sigues el tránsito hacía el este… a tu izquierda, hasta que alcances este parque. Sí esto de aquí es un parque, se llama Park-e Sharh. Alguien te recogerá. Ahora, si sientes que tienes una sombra tras de ti, dirígete de inmediato a una estación de autobuses que hay hacia el norte. Acá. Toma un bus hacía cualquier lado y bájate en algún lugar lo bastante lejos y lo bastante público como para poder encontrarnos sin riesgo. Entendido soldado.

—Entendido, señor.

—Jules te llevará hasta frente de la escuela. De ahí en adelante depende de ti.

—Sí, señor.

Trayendo al presente el recuerdo de Malcom Rivers y sus enseñanzas, Leonardo Katz procuró darse confianza; había sido entrenado, sabía cómo hacerlo; cómo actuar, desaparecer, hacerse uno con el ambiente. El coronel Matson también lo había instruido en ello, tiempo atrás, en calidad de instructor de una pequeña guerrilla urbana. Si esa era su universidad, la ciudad, cualquier metrópoli en el mundo, podría ser su territorio, su jungla, su montaña impenetrable para los hombres pero no para el tigre que conoce los recodos, las grutas y las cavidades de los árboles muertos, donde acecha, listo a lanzar su zarpa.

—¿Coronel?

Matson, obviamente, esperaba preguntas.

—¿De casualidad no tiene un par de anteojos sin aumento?

El wolskwagen de Jules lo arrojó casi frente a la escuela, donde Katz apreció la exactitud de las palabras de Dick Matson: los estudiantes salían en manadas, regándose por diversas puertas, ocupando esquinas, parando el tráfico y aumentando la sensación de caos inherente a la calle. Pululaba toda clase de gente a esa hora, y el barrio parecía de clase media, lo suficiente como para que Leonardo, con su camisa a rayas, sus pantalones grises y sus sandalias de cuero se sintiera como un pobre diablo, rodeado de chicos ataviados con lo mejor de la moda europea.

El perfil de la mezquita —una línea delgada que señalaba la presencia de un muro antiguo en la relativamente nueva calle— entró en el ángulo visual de Leo, y desde ese momento los altoparlantes empezaron su canto de llamado. Todo, con calor incluido, era confusión. A unos cien metros el agente se sintió menos solo: otros tantos jóvenes, no tan jóvenes, empleados de todas clases y viejos, se dirigían hacía la puerta de la mezquita. Andamios de hierro y redes azules de protección evidenciaban la presencia de las obras. Katz redujo la velocidad de sus pasos para mezclarse mejor con la gente. Llevaba unas gafas sin aumento que el coronel le había entregado al salir junto con el resto del atuendo que, por cierto, sentía demasiado grande para un joven tan escuálido como él. De seguro era ropa de Matson.

Intentó revisar matrículas, pero habían tantos autos aparcados junto a la acerca, tan cerca, increíblemente próximos, que olvidó el asunto y se coló con el resto de los visitantes por una puerta de arqueado marco.

Los muchachos holgazaneaban, apoyados en las paredes, y algunos hombres mayores leían. El templo, a diferencia de Occidente, seguía significando el sitio de reunión de la comunidad, y no un antro privado de un clero acaudalado. Pero tantos hombres pasando, o estáticos, en el pasillo sin luz, llenaron a Katz con la sensación de estarse sumergiendo en el agujero temporalmente abierto de un lago congelado: siendo niño su madre siempre lo prevenía de andar por los estanques congelados; aunque otros chicos patinaran allí, ella siempre le repetía que podía quebrarse el hielo, y que tras sumergirse, el agua volvería a congelarse impidiéndole salir, dejándolo atrapado para siempre.

Adentro parecía no caber un alma: hombres de todas las catalogaciones existentes en la sociedad multiétnica iraní estaban de pie o sentados en las centenares de alfombras tendidas en el suelo. Unos hablaban con otros, nadie parecía estar solo excepto el agente secreto con su misión terrorista a las espaldas. Era un cambio en el gran campo de batalla ideológico: si un alumno del fundamentalismo se colaba en un avión o un restaurante para detonar una bomba y matar a diez o trescientos civiles, en nombre de Alá, por qué no podría él ingresar en una mezquita y matar a una sola persona, en nombre de la democracia, la igualdad, las libertades y el resto del panfleto… Dejó las sandalias ordenadas junto al resto del centenar de zapatos en el pasillo, y se sumergió.

Matar… las órdenes del coronel sólo mencionaban que él debía señalar a su objetivo, lo que quería decir que lo estaban observando. Se tendió en el piso, cruzo sus piernas y se dedicó recorrer los muros con la vista: paredes descascaradas y largos pendones con frases en persa o árabe, vaya usted a saber. Y la pared sur, tanto como la que daba al este, hechas pedazos por lo que parecía la acción de un grupo de bombas. ¿Estragos de la guerra con Irak? Menos sabía sobre tal punto porque durante sus charlas el profesor James Al-Jezza éste no lo había mencionado.

Los andamios, sin hombres, seguían allí: y tras estos y los velos protectores contra la caída involuntaria de material, un edificio muy feo, color herrumbre con ventanas más negras que la noche estaba observándolo por una veintena de ojos.

—¿Sabe que estamos aquí? —Preguntó Julius, quien en ese momento tenía los prismáticos.

—No. Pero supongo que pudo llegar a deducirlo —respondió el coronel Matson quien seguía auscultando pieza a pieza el rifle de precisión.

—Espero que sea el único.

—Es un chico inteligente; hay muy pocos así.

De nuevo apuntó hacía el centro descubierto de la mezquita: Katz ya estaba de pie y caminaba con las manos en los bolsillos entre la muchedumbre congregada. No debía perderlo de vista, pero era realmente fácil seguirle el rastro: la camisa que el coronel le había entregado estaba cubierta de laca con isótopos de tritio; visto con el filtro de los prismáticos militares de amplio espectro, su cuello, espalda, brazos y el bolsillo del pecho brillaban con intensidad entre los grises asistentes al llamado del muecín.

Leonardo se apoyó en una columna mientras los hombres parecían ordenarse para iniciar la oración. Desde su perspectiva podría examinar rostros y ver a los recién llegados sin mayor esfuerzo. El maldito Dick tenía razón: era un chico listo.

El imán Estrella del Norte se destacó de inmediato ya que su estatura y delgada figura contrastaban con los tres tipejos de traje y cara de matones que lo rodeaban. Mierda… pensó Katz: uno de ellos estaba en la madraza el día en que conoció al imán. El turbante y la barba poblada, así como sus amables facciones de sabio eran tan reconocibles como el rostro elegante de Abraham Lincoln en los billetes de cinco.

Caminando por un extremo del salón, mientras los hombres ya se paraban alineados con los pies separados y las manos sobre sus antebrazos, Katz se fue acercando a su presa, quien ahora estaba solamente acompañado por un guardaespaldas flaco y muy joven. Logró encontrar un espacio, a menos de un metro del enorme radical musulmán, recordando que Osama Bin Laden también era un tipo muy alto, de similar contextura física, misma edad, e idénticos ojos.

Sobre un taburete de madera el francotirador apoyó el bípode de su rifle. Bajó el cañón para apuntarlo a las ventanas inexistentes de la mezquita, tras las cuales se descubrían docenas de espaldas, y asió el mango mientras empezaba a concentrarse en su respiración, a fin de disminuir el movimiento cardiaco.

El rifle de precisión Dragunov (SDV por sus siglas en ruso) de 7.62 milímetros es, junto al conocido Ak-47, uno de los fusiles más vendidos, modificado y adoptado por distintos gobiernos en todo el mundo. Es, a diferencia de los Winchester o Heckler & Kosh, mucho más pesado y sus proyectiles suelen ser devastadores. El modelo que tenía, en casi todos los sentidos, era similar al fusil Dragunov manufacturado por la industria armamentística iraní, excepto por el hecho de que el aquí mencionado había sido fabricado por Finlandia.

Estando en Fort Peary, a Julius le fue explicado —muy brevemente y de manera completamente teórica— la misión que tenía por delante y la necesidad de elegir el rifle indicado para el escenario. Los técnicos sabían que el SDV era el arma estándar usada por los francotiradores del ejército iraní, y conocían incluso qué modelo y con qué especificaciones era entregado a sus hombres. El problema técnico era hacer llegar a Matson y a Julius uno de estos, sin tener que robarlo de un arsenal —lo que habría sido una locura—, o sin tener que comprarlo en el mercado negro, acción que habría involucrado aún más a la Compañía. La solución más obvia fue la de comprar algo parecido por Internet, mandarlo a un agente encubierto en un piso franco y que este lo desarmara para mandarlo, pieza por pieza, escondido en computadores supuestamente donados por una ONG a los pobres chicos de las escuelas de Zanjan.

Siendo un experto en armamento europeo, Julius tomó el SDV finlandés y junto a un armero lo convirtieron en un Dragunov iraní. Las instrucciones de cómo y con qué fueron enviadas al agente en Helsinki por el mismo correo ordinario en que le llegó el rifle nuevo y con todos sus accesorios.

Ahora en Teherán, el último pasó de un proceso que comenzó al norte de Europa llegó cuando Dick tuvo listo el cargador de seis proyectiles, igualmente modificados.

Cada misión tiene sus necesidades, las cuales, si no son satisfechas, redundarán en el fracaso. Si Dick llegó a ser teniente coronel es porque entendía esto, por tanto no tomó ninguna decisión absoluta hasta no tener un panorama completamente claro de las circunstancias en las que se hallaría el imán. Dispararle con un rifle tan pesado y potente como el SDV llevaría a dos cosas: una, que la presión de la cavidad craneana no soportaría la fragmentación del proyectil y provocarían que la cabeza se le reventara al tipo, llevando al asunto a convertirse en un espantoso espectáculo de diminutas bolitas de materia gris proyectadas en todos los sentidos, o dos, que la punta afilada cruzaría hueso y sesos con suficiente potencia como para matar a otro par de desdichados. Y no queriendo ni una cosa ni la otra, Matson cambió las balas de plomo por cuerpos de acero completamente romos, tan pesados, que al expandirse, por acción de su propia temperatura, no podrían salir de la cabeza de la víctima. Aunque si bien había que contemplar que tanta fuerza proyectada hacia un solo punto provocaría que los ojos se le salieran de las cuencas al imán y que su paladar se partiera en dos, eso era preferible a un volcán de sangre que complicase la salida de su agente.

El plan, tendido en los minutos posteriores a la confirmación de Irma sobre la presencia de Estrella del Norte en la mezquita, no tenía fisuras aparentes. Aunque nunca se sabe.

—Ciento once metros, diez grados —dijo Dick ahora actuando como marcador; su resolución a expresarse en metros y no yardas era porque conocía la torpeza de Julius fuera del sistema métrico decimal. La retícula graduada del SDV permite que el tirador corrija cualquier desviación que cause el retroceso, pero es de vital importancia, en un tiro como este, conocer factores como viento e inclinación.

—Tengo al cascabel en la mira —afirmó Julius. Leonardo era el cascabel.

En mitad del círculo, dentro de las líneas convergentes de la mira, la escueta figura del escritor se mostraba inocente a todo, hasta que levantó la mano derecha y tocó el hombro de un hombre delgado y larguirucho con un turbante gris y blanco en la cabeza.

—¡Lo tenemos! —Exclamaron los mercenarios. De inmediato Julius aplicó sus dedos al botón graduador de la mira PSO y dejó el eje de la cruz sobre el parietal de la víctima. Entonces los hombres al unísono se inclinaron hacía Alá.

—¿Dick?

Con un gruñido Matson respondió: estaba concentrado en medir la distancia y la dirección del viento.

—¿Sabes cuál es la reacción de una cabeza humana cuando es golpeada por un bate de acero directamente, digamos, por un jugador de las Grandes Ligas?

Los ojos de ambos hombres se encontraron.

—Bueno —el coronel regresó a sus prismáticos— espero que este bateador tenga el brazo un poco lesionado.

Por tercera vez los hombres de la mezquita se pusieron en pie para repetir la oración; sus brazos estaban uno sobre otro y miraban al suelo, por lo que no podían ver al propio Leo, pendiente de cada movimiento, tratando de imitar a los musulmanes que lo rodeaban. Hasta ahora iba bastante bien para ser un ateo.

De rodillas; frente y nariz pegadas a la alfombra. Los hombres oraban, Leo, a su forma, también:

Busco refugio y protección en el Conocimiento, de la estupidez y la ignorancia.

En el nombre de la Democracia, y la Ilustración

Ellas son la Libertad, única.

La Libertad eterna.

Que ha engendrado la Civilización, y engendrará Justicia.

Por encima de todo.

Ahora los fieles y el kafur estaban sentados con las piernas cruzadas en profunda oración. Leonardo se sentía increíblemente ligero, relajado, casi en un trance de pacífica espiritualidad. Pero el imán seguía ahí con vida.

Los hombres miraron a la derecha: “hago lo que hago por que es lo correcto; soy un patriota y odio a los terroristas como este hijo de puta que está frente a mí”, pensó Katz. Luego los hombres giraron sus cabezas a la izquierda: “mentira: lo haces por dinero, y por poder: toda misión que terminas, todo hombre que matas, te pone un paso más adelante en la escala evolutiva, ¿verdad?” Horrorizado de sus propias palabras el corazón le dio un vuelco, en el preciso instante en que todos los fieles se inclinaban de nuevo hacía la Meca el Arcángel San Gabriel soplaba su cabeza.

Mierda. Pero no fue un soplo, sino el aire viciado de un lugar sagrado cortado por una bala de acero volando a una velocidad fantástica. Y alguien conectó un home-run.

Al ver hacia adelante notó que el imán, a diferencia de los demás, no estaba postrado, sino tumbado sobre su cabeza y hombros con tanta vida como una muñeca de trapo abandonada en una calle vacía. Tras un segundo más, el peso de los hombros se venció contra el costado derecho y quedó allí tendido el cuerpo de guía religioso con la lengua escurrida entre sus dientes amarillos.

La visión duró menos de un segundo: todo el mundo se empezó a poner de pie y él tuvo que hacer lo mismo. En un instante el cadáver se voló del plano de la realidad de Leo Katz y éste empezó a caminar de espaldas, notando que los fieles tomaban toda clase de caminos y empezaban a despedirse unos de otros, mirando en todas direcciones, hablando en toda clase de registros, excepto uno que empezó a gemir, y luego a gritar… Las voces de alarma empezaron a correr, mientras los curiosos fueron cerrando el cerco en medio de la mezquita. Katz tomó aire, encontró el anhelado rectángulo negro de la salida, y se mandó a grandes zancadas hacía una seguridad que no estaba del todo convencido de si aún existía.

La superficie de este lago le pareció ahora un duro cristal.

Friday, February 22, 2008

Capítulo XXXII. La diminuta hostería.

Los empleados de la empresa de energía llegaron días atrás, treparon por un poste diagonal a la entrada del hotel, revisaron las líneas, bajaron y preguntaron al botones de la entrada si estaban fallando las farolas. Extrañado, el chico dijo que no; luego los dos empleados entraron en el hotel, hicieron la misma pregunta al recepcionista y se fueron. Una acción rutinaria, diríamos, pero no para el departamento de alumbrado público sino para la oficina de contrainteligencia de Teherán.

El equipo de dos hombres había situado en la parte superior del poste un “ojo”, una cámara de vigilancia de muy alta definición de forma completamente redonda capaz de soportar la intemperie debido a su forma y el material aislante de su cubierta. Las imágenes eran enviadas mediante una señal de teléfono móvil a cualquier computadora predeterminada mediante una red inalámbrica. Dos de estos ojos electrónicos fueron situados diagonalmente a la entrada del Azadi Hotel, y otros dos frente a las puertas del Evin Hotel.

Las computadoras con las que contaban los agentes no podían identificar por sí mismas los rostros de los elementos investigados; era entonces trabajo de los agentes tener los ojos puestos sobre las pantallas de LCD durante el tiempo que les tomara su turno de vigilancia y parpadear lo menos posible. Así los dos agentes llegaron a preguntarse por qué no hablar directamente con el personal de ambos hoteles y sugerirles que cooperaran con una llamada al momento en que el alemán o el colombiano mostraran sus rostros en recepción. Lo que ignoraban era que su jefe, Amín Hedayat, temía que la penetración de los extranjeros dentro del hotel tuviese la profundidad suficiente como para que algún colaborador los pusiera en alerta si los agentes de seguridad, o cualquier desconocido, se había presentado haciendo preguntas.

Lamentablemente para los agentes, el alemán Günter Mann no pensaba regresar jamás a su hotel; sus camisas, un par de pantalones y algunos papeles sin valor —simples páginas de Internet impresas— serían a su tiempo trasladados por la administración del hotel a un lugar seguro en espera de que el huésped regresase. Pero mejor suerte podrían tener con el colombiano Katz; este bajó del auto de Irma unas calles arriba y fue caminando lentamente en dirección a la puerta del hotel. Sus manos en el bolsillo y los ojos bien abiertos, tratando, como un chico frente al enigma de la revista de pasatiempos, de encontrar el error en la imagen. No podía ver la mega van de vigilancia estacionada bajo los frondosos árboles del parqueadero sur, y de haberla visto no le habría puesto atención. Sus ojos y corazón estaban fijos en el trecho que separaba la avenida de la puerta principal.

Aparte de algo de viento frío golpeándole la ropa no sentía nada más. Caminaba como en un paseo, contando las estrellas, fijándose en los vehículos, analizando los movimientos de las tres o cuatro personas que se movían por ahí entre murmullos, hacia o desde los autos.

—¿Disculpe señor? —Si la voz que se escuchó a su espalda no hubiese resonado con la misma pasividad del audio de un televisor a bajo volumen, Leo Katz habría saltado del susto. Le tomó entonces unos instantes comprender que las dos palabras se las habían dicho en francés, no en inglés ni en español. Mas le sonaron tan irreales que giró su cuerpo impulsado por la curiosidad.

Frente a él había un negro, muy alto, de enormes ojos sin edad determinada, vestido de camisa blanca y pantalones grises. En todo sentido su postura era la de un sirviente, aunque no estaba inclinado, sino que miraba a Katz con el anhelo de escuchar de los labios de éste una orden.

—¿Sí? —dijo Katz ahora de repente lleno de prisa por moverse hacía algún lado.

—Carta de señor Günter Mann —esto lo dijo en un inglés afectado por el peso de la lengua gala.

El papel que le estaba ofreciendo el enorme francés era una hoja de cuaderno doblada; dentro las enormes y cuidadas letras redondas del coronel Matson decían en un español muy claro: “Este es Jules, es un amigo. Síguelo. Tenemos que vernos. Hasta la victoria siempre”. Katz guardó la hoja en su bolsillo trasero y asintió con la cabeza; habían sido esas últimas palabras las que lo habían impresionado más, ya que era una frase de revolucionario viejo que sólo usaban dentro del grupo de cabezas de martillo.

—Mi auto… —dijo Jules o Julius señalando un wolkswagen escarabajo negro algo abollado. Sin decir más llegó hasta su interior y encendió el motor, todo con una serie de suaves movimientos que delataban una preparada parsimonia. Tras un instante de duda, Leonardo salió casi corriendo en dirección al Renault de Irma, habiendo comprendido la necesidad del procedimiento: si alguien vigilaba la entrada y veía a Julius hablar con Leo podía ordenar el seguimiento de éste una vez abordara su coche; dos autos, en cambio, podría complicar las cosas si el primero, es decir el beatle negro, optaba por tomar una dirección distinta a la del Tondar vinotinto.

En el auto Irma observaba fijamente su teléfono celular; la luz de la pantalla era lo único brillante en la noche que se había vuelto oscura de repente.

—¿Mala suerte esta vez? —preguntó ella distraídamente al tiempo en que Katz cerraba la puerta.

—Aún no lo sé —contestó él de forma aún más distraída.