Capítulo XXXVI. El Nido
Las labores, que habían comenzado la misma noche del homicidio del imán, iban por la mitad de la agenda. Cuatro hombres estaban encargados de llevarlas a cabo: Dick, Julius, Leonardo y William. Del subsuelo del restaurante fueron extrayendo, una a una, con casi teatral precaución, cajas de plástico, pálido azul médico, cada una con un peso similar a libra y media. El contenido de éstas se removía perezosamente en el interior; aquello era un líquido espeso, consideró Katz, mientras la sustancia iba de un punto a otro de su empaque sobre las manos curiosas del joven. Antes de empezar la extracción, el coronel Matson le explicó a William y a Leonardo sobre las precauciones alrededor de la manipulación de la “sustancia”, como optó por llamarla Dick: mantenerlo lejos de la cara; emplear ambas manos para mover cada empaque, y, sobre todo y por encima de cualquier otra cosa, mantener el producto lejos de cualquier forma de corriente eléctrica, vibración u onda de baja frecuencia; eso último explica porqué una profunda fosa de aguas estancadas había albergado los explosivos durante los últimos días: el mero empleo de un teléfono celular habría podido poner al restaurante de comida típica de William a volar por los cielos.
Trasladaron todo a la mesa auxiliar de la cocina suiza. Allí esperaban ya dos cajas, cerradas, que tras ser retirados sus sellos revelaron contener 24 latas de leche en polvo para niños, de origen danés o algo parecido, ya que Leonardo no era muy bueno con los idiomas nórdicos que siempre confundía. En la foto una madre rubia sostenía a su niño, rodeados por un cinturón imaginario de vitaminas y minerales expresados en letras de colores. Las latas estaban llenas.
—Aquí —señaló el coronel, mostrándole un cubo de plástico rojo con capacidad para unos ocho litros de agua. Ahí fue el contenido de la primera lata; Katz se esmeró en extraer hasta la última partícula de leche deshidratada, pero el coronel, con su mano y un gesto le ordenó que se apresurase y siguiera con otra.
El proceso se hizo mecánico y rutinario tras terminar la primera caja. Yendo por la mitad de la segunda Katz estaba hastiado, con leche hasta en las fosas nasales, sus dedos magullados de abrir latas y sus riñones quejándose por permanecer tanto tiempo en el frío suelo. Al vaciar la última quiso ver lo que los adultos hacían: cautelosamente los tres hombres tomaban las latas vacías, vertían el espeso caldo púrpura en estas y procedían a sellarlas, no solo fijando a conciencia sus tapas ajustables, sino aplicando silicona en todo el borde.
Leonardo ofreció su ayuda; Julius lo miró y negó con la cabeza, susurrando “está bien”. Katz, entonces, sin nada mejor que hacer, se dedicó por espacio de veinte minutos a ver a esos tres hombres ocuparse de latas y líquidos, como niños jugando a la cocina. Era un asunto extraño, y fue lo mejor sin duda quedarse la margen: en México, siguiendo las instrucciones de Dick Matson, había ensamblado explosivos; resultaba algo tan sencillo una vez se conoce las bases del procedimiento… menos mal ni en Colombia ni en los Estados Unidos la gente tiene por práctica el manejo de explosivos. Los hay claro, pero cuando dos personas de escasa materia gris quieren solucionar una disputa se van por las automáticas o los cuchillos; cosas muy del hombre si se le mira bien. Los explosivos son distintos: van más allá del hombre. Es la fuerza de la naturaleza, condensada y aplicada desde un solo punto; gas en expansión, el puño de Dios hecho burbuja, imparable e instantáneo que crece sin conocer de puertas o ventanas, sino que todo lo barre.
Luego, cuando se conoce la teoría, uno tiene un poco del árbol del conocimiento plantado en su jardín mental. Puedes hacer una pequeña bomba y volar el casillero de ese hijo de puta que te empujó en el baile y te robó a tu novia. O hacer un explosivo, tan complejo y poderoso, como para hacerle saber al resto del mundo tu nombre. Eso es una bomba: un grito de la conciencia, de un pueblo, de una cultura. En Hiroshima, por ejemplo, la nación le hizo saber a los soviets: “¡deteneos! Tokio no será otro Berlín”.
Hay un secreto placer en las armas, y más en los explosivos, que recorre la mente masculina, que a diferencia de lo que piensan las mujeres no es una mente animal e instintiva, sino matemática, artística, precisa. Los grandes en todos los campos fueron, hombres, sí, pero además matemáticos; empíricos o profesionales. Véase a Napoleón controlando hombres, mapas y distancias mediante números; o a Pelé, controlando hombres, distancias y al balón, figura de perfecta redondez, cuya naturaleza no es extraña a quien tiene algo de Física en la cabeza.
Cuando el hombre no entiende algo lo considera brujería; ya estemos hablando de lo que hace el chamán de la pradera, el médico especialista, el mecánico que siempre encuentra el daño, o las modernas tecnologías, que siempre van un paso más delante de nuestra comprensión. Para Leo Katz aquello era brujería: no estaban manejando explosivo plástico, desde el punto de vista en que él entendía la composición de los mismos; sino un líquido, quizá inflamable al mínimo roce, que encerrado funerariamente entre latas de leche en polvo noruegas se dirigía a poner la ciudad de Teherán patas arriba. A romper el orden conocido, la quietud de esta ciudad eterna, para que se escuche el grito de los que no toleran del todo el estado de las cosas.
Terminado este tedioso proceso, de llenar las pequeñas latas —cada una de unos quince centímetros de alto—, se dio paso a empacar el producto con miras a su destinatario final: una veintena de viejos teléfonos celulares, de pantallas sin color, anchos y con la pintura de sus carcasas desgastada ahí donde la mano de su usuario se posó mil veces, fueron dispuestos sobre la mesa. El coronel llamó a Leonardo con la mano:
—Muy bien —le dijo también a Julius y a William—. Les mostraré cómo hacerlo, así que háganlo como yo lo explico, de lo contrario…
“Si no se sigue cada paso del proceso, el proceso en sí carecerá de sentido” repitió mentalmente Katz. Aquel tipo era realmente un maestro, alguien que enseña algo útil.
No era realmente complicado, se tomaba la lata de leche y se le ponía el elástico; se tomaba otra y se ajustaba a la primera, asegurándose que el elástico quedara paralelo entre ambas. Se seguía así hasta dar cabida a seis tarros de leche; entonces, en medio de ellos se debía buscar espacio para insertar uno de estos teléfonos móviles, con la parte superior de los mismos apuntando hacia arriba, en forma tal que su antena no pudiese quedar bloqueada por metal alguno.
Con ambas manos, cada hombre tomó su colección de latas, las transportó al suelo, donde decenas de hojas de periódico estaban abiertas, y con ayuda de pintura negra en aerosol, cubrieron las posibles huellas que hubiese entre las latas, la goma elástica y el teléfono móvil.
Los terroristas destaparon cervezas, bebieron y meditaron.
La última fase del procedimiento consistió en traer del cuarto de lavado los bolsos de viaje. Estos eran deportivos, de diseño sencillo y color azul apagado. En cada uno iban metiendo un juego de explosivos con su detonador celular en medio. Con los diarios manchados de pintura negra y marcas de suelas de zapatos, fueron rellenados los espacios vacíos del maletín, de tal forma, que al cerrarlos estos quedaron tan abultados cual si estuviesen llenos de ropa u otros artículos.
Entre los cuatro llevaron todo al callejón trasero, alguien vendría por ello, pero Leonardo no pudo verlo, ya que en opinión del coronel era mejor que se quedase oculto. De esa manera vio Katz partir las oscuras bolsas cargadas de suficiente explosivo incendiario como para revivir el sueño de Nerón. Se quedó en el pasillo a oscuras —empezaba a caer la tarde— y el olor a condimentos y gas lo tenía mareado, pero todos sus deseos de salir estaban circunscritos a las ordenes de su jefe, el coronel Matson. Tal vez por eso se sentía tan en paz y tan seguro: no era un comando, un elemento ejecutando un golpe tras las líneas enemigas, sino un soldado con un superior al que se le podía mirar a los ojos y pedir seguridad, apoyo moral, y una vía de escape. “Los buenos comandantes” se dijo “no solo llevan a sus hombres a la guerra; también los traen de vuelta a casa”.
Los bolsos deportivos fueron de hecho separados entre un grupo de motociclistas vestidos de negro. Eran hombres en contacto con la célula de William, listos a seguir cualquier orden que llegase —a la hora del día que fuera— a sus teléfonos móviles en forma de mensajes de negocios. Frente al teatro Setare, muy concurrido a esa hora —5.30pm—, unas calles al oeste del restaurante, fueron entregadas estas maletas desde una camioneta gris sin distintivos. Como cada uno de los operadores en moto tenía unas instrucciones previas, fue esta una veloz operación en la que no se enunció palabra alguna. Todos aceleraron hacia los cuatro puntos cardinales con sus letales cargas, sin haber mostrado el rostro o sin haber reconocido cara alguna en el encuentro relámpago.
Uno de estos siguió hacia el oeste; se introdujo entre los barrios a toda velocidad, para salir a unos dos kilómetros al norte, unirse al lento tránsito de la hora punta hasta encontrar otra arteria por la cual seguir hacia el donde se ocultaba el sol, a lo lejos, entre los altos edificios empresariales del centro de la ciudad, llegando una hora y media más tarde hacia su objetivo.
La base contaba con kilómetros y kilómetros de alambre de espino, altas rejas, cámaras infrarrojas, guardianes en cada esquina y unos cuantos perros de olfato muy desarrollado, no tantos como hubiese deseado el general en jefe de la base, pero aceptaba que los cánidos no eran animales muy apreciados dentro de la sociedad musulmana, y que por tanto algunos de sus oficiales no estarían muy cómodos con su presencia. El gran vallado protegía la enorme base militar del occidente de Teherán, la más grande en cuanto a medidas del país, donde se albergaban más de ochenta mil hombres; casi un tercio de la fuerza de infantería total de
El complejo contaba con todo; desde modernas instalaciones habitacionales para la oficialidad, hasta una sala de cine, pasando por extensas piscinas de medidas olímpicas, y una sala de conferencias para catorce mil personas, lugar donde el Presidente solía dar sus discursos. Desde la calle los civiles podían ver poco, y anuncios ajustados a las mayas de alambre los invitaban a no pasarse demasiado tiempo observando al interior, ya que podían poner nerviosa a la guardia.
El correo de la muerte llegó con su motocicleta a la entrada sur. Una puerta sencilla para automóviles operada por un cabo con una radio, una pistola y un pito. Generalmente el cabo debía asegurarse de frenar el tránsito cuando salía de su residencia un oficial, ya que allí el transito a determinadas horas podía ser particularmente lento. Y estando por terminar su guardia, amen de dar parte a su relevo, no tenía deseos de mover de nuevo la reja, acción que tenía que ejecutar unas treinta veces al día, por lo menos. Pero quien esperaba allí en una moto Yamaha era uno de esos jóvenes capitanes que suelen ser amables con todo el mundo porque buscan, en la popularidad, puntos para continuar su ascenso. El capitán sostenía su casco en una mano, se retiraba sus gafas y sonreía al guardia. El cabo saludó y el oficial estrechó su mano, deseándole en nombre de Alá que pasara una buena noche. Agradecido de que alguien le bendijera, cerró de nuevo la cerca y se dio prisa por terminar su entrega de material al hosco sargento segundo que se ocupaba del turno nocturno.
El cabo salió a las ocho y once minutos. Dos minutos más tarde salía de nuevo el capitán, esta vez sin su bolsa de viaje, la cual quedó en bajo la cama del departamento 11 del edificio C del conjunto de residencias para oficiales. Como el sitio se hallaba desocupado —los edificios de la primera planta no tienen buena reputación—, nadie revisaría esa bolsa de viaje, a nadie le importaría la cerradura forzada, ni la válvula de gas ligeramente abierta, llenando de propano la estancia, muy lentamente.
Terminó de oscurecer; la base estaba acompañada de chirridos de insectos, el sargento segundo leía manuales de radio en su puesto, la ciudad encendida se iba apagando, los autos eran cada vez menos en la calle, el calor se disipaba, las estrellas se descubrían, pasaban las horas… fueron desapareciendo las estrellas, los autos fueron regresando, las luces del alba se fueron encendiendo, como un horno prendido a lo lejos, el sargento segundo revisó las respuestas de su manual de procedimientos radiales —le fue muy bien solo erró en una—, los insectos abandonaron sus muros y volaron, el azul polar tiño la fachada blanca del edificio C, y el cabo llegó, como siempre, con dos tazas de café recién hecho en la mano. Treinta segundos después ambos vasos de icopor se fueron al piso:
A las 0700 el teléfono celular hizo sonar su alarma despertadora, quedando encendido y recibiendo señal. Esto, se pensaba, sería lo suficiente como para agitar las partículas de níquel que quedaban atrapadas dentro del explosivo líquido durante su etapa de condensación, provocando que toda la sustancia se agitara y estallara. Pero al parecer esto no era cierto, y eso salvó la vida de los quince suboficiales y oficiales que a esa hora abandonaban sus residencias para ir a la formación en la plaza de banderas.
Muy distinto era, claro, que cierta persona decidiera marcar al número de ese teléfono: al recibir la llamada, el vibrador del aparato se activó, chocando violentamente con las latas de leche que lo mantenían sujeto, agitando las partículas de nitroglicerina, cuya combustión inmediata impulsaba en todas direcciones los fragmentos de níquel, mercurio y otros residuos que, sin espacio para liberarse, se aceleraban enloquecidos calentando, en una minúscula fracción de segundo, el cóctel de nitrato de amonio, nitrocelulosa, nitroglicerina y HMX. La descomposición de estos elementos generó una onda explosiva de cien metros de diámetro, ya que la fuerza principal de la explosión se dirigió hacia arriba, al ser sus partículas pesadas dirigidas en esta dirección, las cuales destrozaron piso por piso el edificio. Una “pequeña bomba atómica” encerrada en una torre de seis plantas.
Cuando los dos encargados de la puerta pudieron recordar en qué planeta estaban, y ponerse de pie entre los vidrios y los fragmentos irreconocibles e hirvientes de materia, lo que vieron frente a sí, aún humeando pero ya sin fuego —debido a que la presión misma del gas sofocó cualquier llamarada—, era el esqueleto de un edificio reducido un rompecabezas mal pegado a varillas de alambre retorcido, estando todo a punto de irse al piso de un soplo. De lejos se escucharon sirenas, de cerca gritos y llamados de auxilio. No había líneas telefónicas seguramente; y como el manual de acción en caso de atentados con bomba señalaba que no se debían utilizar radios o teléfonos celulares en los lugares donde ocurrían los atentados —en previsión de que pudiese haber más explosivos ocultos—, tanto el sargento segundo como el cabo se quedaron mirando la tragedia sin poder mover un músculo.
Y ni ellos ni ninguno de los afectados indirectos que empezaban a movilizarse sabían, o imaginaban, que había otras tantas bolsas deportivas, corriendo en moto por la ciudad.